el coto del hogar obrero de perón – 3 –

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DASHIELL HAMMETT

 

el halcón maltés – $200-
la llave de cristal – $300-
el hombre delgado – $300-
la llave de cristal – $300-
solo te ahorcan una vez – $200-
Dashiell Hammett. Biografía – Diane Johnson – $400-
Hellman and Hammett: The Legendary Passion of Lillian Hellman and Dashiell Hammett – Joan Mellen (version original en inglés) – $350-
Selected Letters of Dashiell Hammett : 1921-1960 Edited by Richard Layman (version original en inglés) – $350-
Una mujer inacabada. Autobiografía – Lillian Hellmann – $300-
La vida de Raymond Chandler – Frank MacShane – $200-
Selected Letters of Raymond Chandler – Edited By Frank MacShane (versión original en inglés) – $350-
Solo un asesinato – Jim Thompson – $300-
En el patio. Epílogo de Jonathan Lethem – Malcolm Braly – $400-
La habitación – Hubert Selby Jr. – $450-
Littlle Boy Blue – Edward Bunker – $500-
Black Cherry Blues – James Lee Burke – $350-
Mis rincones oscuros -James Ellroy – $300-
El poder del perro – Don Winslow – $200-

– LIBROS KALISH
https://libroskalish.wordpress.com/
Ayacucho 341
piso 7
departamento 56
(entre Corrientes y Sarmiento)
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– 11-2-235-3498
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– LIBROS KALISH
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Dashiell Hammett, todo un tipo
Escritor estadounidense cuya obra es esencial en el desarrollo de la novela negra. Sus relatos y novelas reflejan en tono crítico la convulsa sociedad de su país en los años veinte y sientan las bases de la figura literaria del detective privado. Después de trabajar durante una década en Hollywood, donde realizó la adaptación de su novela El halcón maltés, abandonó la literatura y fue encarcelado a consecuencia de la Caza de Brujas dirigida por el senador Mc Carthy en los años cincuenta.
1894. Nace en el estado de Maryland.
1914. Entra a trabajar como detective en la Agencia Pinkerton.
1923. Publica la primera historia del Agente de la Continental.
1944. Escribe El hombre delgado, su última obra.
1952. Permanece en prisión durante cinco meses.
1961. Es enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington.
Samuel Dashiell Hammett nació el 27 de mayo de 1894 en Saint Mary, condado del estado de Maryland, en la Costa Este de los Estados Unidos, en el seno de una familia católica de origen escocés y francés. Todavía adolescente abandonó la escuela en Baltimore, ciudad a la que se había trasladado su familia, a causa del fracaso de su padre en los negocios. Trabajó vendiendo periódicos y como aprendiz en compañías de ferrocarril, fábricas y agencias de bolsa. A los veinte años se incorporó a la Agencia Pinkerton, la empresa de investigación privada más famosa de los Estados Unidos. Su oficio de detective le permitió conocer pronto los perfiles más duros de la sociedad. La Pinkerton era la mejor escuela posible para un autor de novela negra, aunque entonces él, un joven alto, flaco y pelirrojo, estaba lejos de imaginar su futuro como escritor.
En 1918 dejó la agencia y se alistó en el Cuerpo de Ambulancias del ejército, donde contrajo una gripe que derivó en tuberculosis. Licenciado como sargento, se reintegró en la Pinkerton, pero un nuevo ataque de la enfermedad le obligó a renunciar al trabajo y a seguir un largo tratamiento en hospitales de veteranos de la costa del Pacífico. Tras ser dado de alta en 1921, un año después de su matrimonio con la enfermera Josephine Annis Dolan, a la que había conocido mientras permanecía internado, se trasladó a San Francisco, ciudad de notable influencia en su obra. Los ocho años que residió allí le proporcionaron no sólo un marco realista para sus tramas y personajes sino también un conocimiento sobre el terreno del acelerado desarrollo urbano de los Estados Unidos, telón de fondo de sus mejores narraciones.
En San Francisco, después de otro período de trabajo en la Pinkerton, que dio por finalizado al frustrarse a última hora un viaje profesional a Australia, estudió Periodismo y encontró un empleo como redactor publicitario de una joyería. Tenía buenas perspectivas de futuro profesional, pero para entonces ya había decidido encaminar sus pasos hacia la literatura popular y, más en concreto, a los relatos de intriga que publicaban las revistas especializadas al módico precio de diez centavos. Con ese objetivo comenzó a escribir mientras se dotaba de una cultura autodidacta frecuentando bibliotecas públicas. En 1922 las páginas de las revistas Smart Set y Black Mask acogieron sus primeras relatos. Al año siguiente inició con la segunda una colaboración regular mutuamente beneficiosa. En poco tiempo Hammett se convertiría en autor de éxito y referencia fundamental de la revista, y ésta alcanzaría, en buena medida gracias a su firma, el mayor prestigio entre las que eran conocidas con el nombre genérico de pulp fiction por la poca calidad del papel de pulpa en el que se imprimían.
A mitades de los años veinte Dashiell Hammet sobresalía entre los escritores del género por sus innovaciones formales y por su acerada visión de la sociedad americana de la época. El primer relato de la serie El agente de la Continental (Continental Op, 1923), un personaje que protagonizaría veintiséis narraciones, dos novela cortas y dos novelas, había sentado las bases de un cambio de rumbo en la ficción policíaca. Sus historias se caracterizaban por la fusión de intriga y acción, unos diálogos secos y chispeantes, la narración en primera persona, la eficacia y el cinismo del detective privado protagonista, la minuciosa descripción física de los personajes y una crítica apenas encubierta de los entresijos del poder y del dinero. Había nacido el estilo hard boiled (duro y en ebullición), del que Hammett sería la figura más representativa.
En 1927 se separó de su mujer, con la que había tenido dos hijas, y se dedicó con mayor intensidad a la literatura. Siguió publicando en Black Mask relatos independientes pero interconectados que más tarde, con pequeñas correcciones, agrupaba en novelas. Fue así cómo aparecieron dos protagonizadas por el agente de la Continental, Cosecha Roja (Red Harvest, 1929) y La maldición de los Dain (The Dain Curse, 1929), y la que le consagró como escritor, El halcón maltés (The Maltese Falcon, 1930). En esta última creó el detective Sam Spade, “tan asombroso como un hombre de verdad en un escaparate de maniquíes”, según el crítico del New York Graphic, y referencia inevitable de muchos de los posteriores héroes de la novela negra. El halcón maltés, con Sam Spade envuelto en una complicada trama en torno a una estatuilla que provoca la avaricia de todos los personajes, tiene un desenlace final que ridiculiza el ansia de dinero, pero paradójicamente convirtió a su autor en un hombre rico y famoso.
Tras abandonar San Francisco por Nueva York, volvió rápidamente a la Costa Oeste reclamado por Hollywood, donde a lo largo de los años treinta adoptó para la pantalla varias de sus novelas, realizó guiones originales por encargo y colaboró en otros de diferentes películas. Al principió de la década vivió un período fecundo en lo creativo y compulsivo en lo personal. Sus descomunales borracheras, sus múltiples aventuras amorosas, el derroche del dinero y sus enrevesadas relaciones con las compañías le convirtieron en uno de los personajes más conocidos y difíciles de la Meca del Cine. El escritor William Faulkner, con el que siempre mantuvo una buena relación, llegó a decir tiempo después que se había convertido en “uno de esos tipos que no pueden triunfar en Hollywood sin tratar de bajar a Dios de su trono celestial”.
De esa época es su cuarta novela, La llave de cristal (The Glass Key, 1931) , sus guiones de Las calles de la ciudad, de Rouben Mamoulian, y Alias Dinamita, de Alan Crosland, y su adaptación cinematográfica de El halcón maltés, dirigida por Roy del Ruth en 1931, con el papel de Spade interpretado por Ricardo Cortez. Esta novela tendría una versión más libre realizada en 1936 por William Dieterle, con el título Satan Met a Lady, y otra, de idéntico título a la obra de Hammett, y muy fiel a ella, dirigida por John Houston en 1941 con Humphrey Bogart como protagonista. La llave de cristal fue llevada también en dos ocasiones a la pantalla. Y el propio Hammett se convirtió con el paso de los años en personaje de otras películas, como ocurrió en 1977 con Julia, de Fred Zinnemann, y en 1982 con Hammett, de Wim Wenders, esta última basada en una ficción biográfica escrita por Joe Gores.
El hombre delgado (The Thin Man, 1933), novela de la que se realizaron cinco versiones cinematográficas, cerró el ciclo de la producción literaria de Hammett. Tras publicarla, siguió en Hollywood, todavía escribió algunos relatos poco significativos e incluso pareció aceptar el papel de autor de éxito en crisis de creación, pero en realidad estaba en trance de cambiar de vida. Su relación amorosa con la joven autora de teatro Lillian Hellman y su compromiso intelectual con el marxismo le condujeron en poco tiempo por caminos muy diferentes a los que había circulado hasta entonces. Fue un cambio radical con todas sus consecuencias, entre ellas la de renunciar a la literatura. El emparejamiento con Lillian Hellman, basado en la independencia y en la comunidad de intereses culturales, duró con altibajos hasta su muerte, casi treinta años después. La militancia política no resistió tanto el paso del tiempo, pero sí la mayoría de las convicciones que le llevaron en 1937, durante la guerra civil española, a afiliarse al Partido Comunista y a participar activamente en organizaciones de izquierda junto a muchos otros intelectuales y gentes del cine.
Su conciencia antifascista y su sentido patriótico hicieron que se alistara de nuevo en el Ejército al convertirse Estados Unidos en país beligerante en la Segunda Guerra Mundial. A pesar de su delicada salud y de sus 48 años consiguió vestir el uniforme y fue enviado a las Islas Aleutianas, cercanas a Alaska, dónde se encargó de la edición de un periódico militar. Acabada la contienda se instaló en Nueva York. Tenía 51 años, todavía era famoso aunque llevaba años sin publicar, las relaciones amorosas con Lillian Hellman no pasaban por su mejor momento y cada vez era más dependiente de su adición a la bebida. Todo siguió así hasta 1948. En ese año un ataque de delirium tremens le indujo a abandonar el alcohol. Y, para sorpresa de cuantos le conocían, dejó la bebida para siempre. Hellman escribió más tarde que se sentía obligado porque había dado su palabra al médico que le previno de que estaría muerto en pocos meses si seguía con su afición a la botella. Según la escritora, esa explicación le movió a preguntarle si siempre había mantenido su palabra, contestándole Hammett que “la mayoría de las veces, quizá porque muy raramente la he comprometido”.
El hombre delgado, apodo por el que era conocido tras la publicación de su novela postrera, actuaba siempre de acuerdo a sus propias reglas, como volvería a demostrar cuando el clima político del país se tornó particularmente hostil con las figuras públicas de la izquierda. El era una de las más relevantes, un objetivo mayor para quienes participaban en la Caza de Brujas del senador Mc Carthy, y al verse obligado a declarar ante la Corte Suprema durante el verano de 1952, optó por la cárcel antes que denunciar a los miembros del Congreso para los Derechos Humanos que, bajo su presidencia, habían pagado la fianza de once dirigentes comunistas juzgados en 1948. Condenado a seis años de prisión, pasó cinco meses en tres penales distintos y, tras ser puesto en libertad, tuvo que hacer frente a una deuda fiscal de 140.000 dólares que le llevó a la ruina.
Sin dinero, sin posibilidades de trabajo porque su nombre figuraba en la lista negra y minado por la enfermedad, Hammett se apartó de la vida pública. Refugiado en el silencio, siempre mantuvo una hoja en blanco en su máquina de escribir, pero ese gesto era más una evocación del pasado que una apuesta de futuro. Hasta 1956 aún pudo vivir solo, pero desde esa fecha siempre tuvo a su lado a Lillian Hellman, quien ya había alcanzado renombre como escritora y autora de teatro. El 10 de enero de 1961 murió de cáncer y, conforme a sus deseos, fue enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington como veterano de dos guerras.

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ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $40.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Publicado en Adolf Hitler, Angelina Jolie, Betty Davis, Dashiell Hammett, Edward Bunker, El Gaitero del tren Mitre, Hubert Selby Jr., James Ellroy, James Lee Burke, Jim Thompson, Jonathan Lethem, Miles Davis, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Pier Paolo Pasolini, Ralph Steadman, Raymond Chandler, The Rolling Stones, William T. Vollmann, zzz---EN INGLÉS---zzz | Deja un comentario

La dalia negra – James Ellroy

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Y ahora te doblo, mi borracho, mi navegante, mi primer guardián perdido, para amarte o para mirarte después.
Anne Sexton

Estado: usado.

Editorial: Ediciones B.

Precio: $300.

El 15 de enero de 1947, en un solar de Los Ángeles, apareció el cadáver desnudo y seccionado en dos de una mujer joven. El médico forense determinó que la habían torturado durante días. Elizabeth Short, de 22 años, llamada la Dalia Negra, llevará a los detectives a los bajos fondos de Hollywood, para así involucrar a ciertas personas adineradas de Los Ángeles. Ambos están obsesionados por lo que fue la vida de la Dalia Negra, y, sobre todo, por capturar al individuo que la asesinó…
El libro que inspiró la aclamada película dirigida por Brian de Palma y protaganizada por Scarlett Johansson y Josh Harnett.
“Yo soy a la novela negra lo que Beethoven es a la música”
Después de Mis rincones oscuros, Ellroy publica otra memoria sobre el fantasma de su madre: A la caza de la mujer. Aquí habla de las diferencias y conexiones de los libros.
Tenía 15 años, su padre estaba en el hospital, recuperándose de una embolia cerebral, y él se apoderó del departamento. A su madre la habían asesinado cinco años atrás. Empapeló las paredes de fotos de mujeres desnudas. Junto a la chica del mes de Playboy, estampó una imagen de Beethoven. Corría 1963 y James Ellroy iba en picada.
El escritor pasaría la próxima década intoxicándose con anfetaminas, alcoholizándose hasta perder la conciencia, durmiendo en pensiones infectas o en la calle, e irrumpiendo por las noches en casas de mujeres para robar un par de billetes y ropa interior. En un parque de Los Angeles, entre los arbustos, guardaba un busto de Beethoven. A fines de los 70, después de sobrevivir a un infierno, inició una vida sobrio, poniendo un nuevo póster del músico en la cabecera de la cama. Hoy, convertido en la voz central de la novela policial norteamericana, Ellroy tiene dos pequeños bustos de Beethoven en su escritorio. Hay más: en todos los rincones de su casa aparece el músico alemán, en decenas de ilustraciones. Es su héroe.
No es solo admiración. A mediados de los 70, cuando en su soledad lo acechaban mujeres imaginarias y todavía no publicaba ningún libro, el autor de Mis rincones oscuros sospechaba que “Beethoven era el único artista de la historia que rivalizaba con el desconocido e inédito Ellroy”. Tres décadas después, no ha cambiado de opinión. Sólo afinó la idea: “Yo soy a la novela negra lo que Beethoven es a la música”.
Ellroy está al otro lado del teléfono, hablando con una perfecta modulación. Tiene 63 años y ocupa un lugar tangencial, pero cada vez más desequilibrante en la literatura estadounidense. Suena imperturbable, sereno, algo seco y evidentemente orgulloso de su fama de excéntrico. Pareciera disfrutar cuando cuenta que duerme poco en las noches, que jamás aprendió a usar la máquina de escribir o el computador y que, a mano, escribe excesivas notas para cada una de sus novelas: los apuntes para Sangre vagabunda tienen 400 páginas más que el libro.
“No tengo computador, no voy al cine, no veo televisión. Ignoro la cultura popular. La última vez que leí una novela fue en 1988. Soy mucho más feliz llevando una vida interior”, dice desde Los Angeles, California, la ciudad que ha alimentado toda su obra.
Después de 25 años viviendo en diferentes ciudades de EEUU, Ellroy volvió a L.A. en 2006. Estaba recién separado y buscaba a una mujer. Otra más. Aún estaba bajo la “maldición Hilliker”. Es decir, el fantasma de su madre asesinada (Jean Hilliker) en 1958 aún lo atormentaba. Desde los 10 años lo persiguió. Ellroy, que por décadas se sintió responsable, en los 90 contrató a un detective y juntos buscaron al asesino. No lo encontraron. La brutal crónica de esa investigación es Mis rincones oscuros (1996), un volumen de memorias en que el Ellroy de carne y hueso ingresa a su universo de ficción: un mundo solitario e implacable, en donde todos tienen las manos manchadas.
El eco de ese libro es A la caza de la mujer, un nuevo volumen biográfico: Ellroy relata cómo el fantasma de su madre condicionó su obsesión con las mujeres. De paso, reconstruye el viaje autodestructivo de su juventud: drogadicto, alcohólico, paranoico, solitario, voyerista, fantaseaba con mujeres que no tenía. Forzaba puertas de las casas de esas chicas en Los Angeles y se paseaba en la oscuridad. Apenas robaba un par de dólares, comía algo, espiaba la ropa interior. No dejaba huellas. Años después, sobrio, Ellroy les pagaba a prostitutas para pasar un rato hablando desnudos. Trabajaba como caddie.
A la caza de la mujer es una confesión y el intento de escamotear esa maldición de su madre. “Mis dotes de narrador tienen su origen en el momento en que deseé verla muerta y decreté su asesinato (…). Ya no puedo recurrir mucho tiempo más a Ellas para encontrarla a Ella. He llevado demasiado al límite mi voluntad obsesiva”, anota en el libro.
¿Cree que todavía está bajo la “maldición Hilliker”?
Escribí el libro hace dos años, ya es historia vieja. Hoy entiendo mucho mejor lo que pasó en mi vida. Haber formalizado la idea de la maldición, haber escrito el libro, me liberó.
Novelista histórico
La novela que Ellroy leyó en 1988 fue Libra, en la que Don DeLillo explora los claroscuros de Lee Harvey Oswald, el hombre que disparó a J. F. Kennedy. Fue una revelación. Hasta ese momento, Ellroy no había salido del esquema clásico de la novela negra: calle, crímenes, asesinatos, detectives. Su afiladísimo y brutal estilo narrativo telegráfico le otorgaba una personalidad única. El límite de esa vía fue El cuarteto de Los Angeles, donde figuran La dalia negra (1987) y L. A. Confidential (1990). Luego vino el efecto DeLillo.
“Nos conocimos una vez, intercambiamos cartas. Somos cercanos, pero no somos amigos. Le debo mucho al señor DeLillo”, dice. Para empezar, le debe el fijarse en un tiempo en la historia de EEUU: en la Trilogía americana (América, 1995; Seis de los grandes, 2001, y Sangre vagabunda, 2009), Ellroy explora las zonas más oscuras de la historia política de EEUU en los 60, desde el asesinato de Kennedy hasta el caso Watergate. Más de 2.000 páginas paranoicas que van y vienen sobre los planes secretos de la CIA, la guerra de Vietnam, las redes de la mafia, la agitación de la izquierda, la muerte de Martin Luther King y las cavilaciones de J. Edgar Hoover, el jefe del FBI. El relato de un desastre.
Después de leer la Trilogía americana, queda la idea de que en los años 60 está el corazón del siglo XX en EEUU.
No comparto esa idea. Pese a que no estoy al tanto de lo que sucede hoy en la cultura popular, tengo ojos y puedo ver que EEUU ya no está en decadencia. Creo que EEUU reinará como la superpotencia del planeta.
En los 60, usted vivía su propio infierno mientras su país estaba cambiando completamente. ¿Cómo fue recuperar esa historia?
Generalmente observo el mundo a mi alrededor y logro darme cuenta de lo más importante. Pero en esos años yo tenía una agenda privada y paranoica, que consistía en beber, usar drogas y fantasear sobre mujeres y en convertirme en un gran escritor. No tenía idea de que el recrear la historia de EEUU sería mi destino. Tuve que investigar.
Habla bastante de esos excesos en A la caza de la mujer. Tuvo momentos muy solitarios. ¿Fue difícil recordar esa época?
No. Fue hace mucho tiempo. Soy extremadamente exhibicionista y me encanta hablar de mí mismo. Además, estaba explorando una nueva forma de escritura en este libro. Es un ensayo autobiográfico. El viejo James Ellroy comenta al joven James Ellroy y descubre sus momentos más significativos. El arte de contar una historia de ficción está en sustentar una narración en base a inferencias e implicaciones, y aquí me permito entrar en el terreno del significado. Puedo decir, ya que esto me pasó a mí y he pensado mucho en ello -pensar es mi principal actividad durante las noches-, qué significa todo lo que cuento. Eres libre de interpretarlo como quieras, no me molesta, pero te estoy diciendo lo que significa.
¿En qué momento se dio cuenta de que tenía que escribir otro libro sobre su madre?
A la caza de la mujer es algo totalmente diferente a Mis rincones oscuros. Gradualmente me di cuenta de que mi gran historia autobiográfica no era la del asesinato de mi madre, sino que su asesinato era responsable de la forma en que he buscado a las mujeres en mi vida. Mi madre está ahí, pero es analizada desde otro punto de vista. Esta no es una historia de crímenes, sino una de amor: entre mi madre y yo, y todas las mujeres que me han salvado el trasero.
No hace mucho decía que no quería convertirse en uno de esos escritores que al envejecer escriben libros cada vez más cortos. ¿En qué trabaja ahora?
Estoy escribiendo un libro enorme. Será el más grande de todos mis libros. Está ambientado en Los Angeles, en el mes del ataque de Pearl Harbor, en 1941. Aparecen personajes de La trilogía americana y de El cuarteto de Los Angeles. Mi propósito es unificar mis 11 novelas con esta nueva serie. Es un trabajo a gran escala.
Con el tiempo se ha alejado totalmente del perfil del novelista policial clásico.
No, no, no soy este tipo de escritor. La mejor manera de describirme sería decir que soy un novelista histórico. Eso es lo que he estado haciendo en los últimos años: recrear la historia de EEUU.
¿Qué le interesa de la historia?
Quiero vivir en el pasado. Quiero recrear un tiempo y un lugar que ha desaparecido para siempre. Y quiero reescribirlo de acuerdo a mis propias especificaciones.
¿Se siente parte de la tradición de la novela negra americana? ¿Fueron importantes para usted autores como Raymond Chandler o Dashiell Hammett?
Hammett más que Chandler. James Cain. Pero… Yo soy el non plus ultra de la novela negra americana. Echa una mirada a mi obra. Chandler, Hammett, Cain, nunca llegaron a hacer lo que yo he hecho. Nadie nunca lo hizo. Y nadie nunca lo hará.
The Best of Beethoven
Tracklist:
01. Symphony No 3 – Allegro con brio
02. Symphony No 5 – Allegro con brio ( 13:46 )
03. Symphony No 6 – Allegro ( 21:02 )
04. Symphony No 6 – Allegretto ( 26:04 )
05. Symphony No 7 – Allegretto ( 35:34 )
06. Symphony No 7 – Presto ( 38:56 )
07. Symphony No 9 “Ode to Joy” ( 42:24 )
08. Moonlight Sonata (Sonata al chiaro di luna) ( 1:07:38 )
09. Fur Elise (Per Elisa) ( 1:11:47 )
10. Rondò a Capriccio in G Major ( 1:14:24 )
11. Minuet in G ( 1:21:53 )
12. Duo for Clarinet and Bassoon ( 1:24:24 )
13. Piano Concerto No 5 Emperor movt. 2 ( 1:28:17 )
14. Piano Sonata Op. 13 Movement 2 Adagio ( 1:35:06 )
15. Concerto for Violin and Orchestra in D major ( 1:40:16 )

SUMO: OBRAS CUMBRES(2000) CD1/2 [FULL ALBUM]
CD1
Heroina (0:00)
Kaya (05:42)
La rubia tarada (08:57)
Fiebre (12:40)
Mula plateada (16:38)
Cuerdas, gargantas y cables(20:34)
No acabes (23:41)
Cinco magnificos (27:35)
Regtest (31:49)
Estallando desde el oceano (35:34)
El reggae de la paz y amor (39:10)
T.V. caliente a.k.a. Virna Lisi (43:26)
Debede (48:07)
El ojo blindado (50:59)
Mejor no hablar de ciertas cosas (53:16)
Fuck you (58:03)
Divididos por la felicidad (1:00:00)
No duermas mas (1:05:01)
CD2
Los viejos vinagres (1:08:04)
Hello Frank (1:11:23)
Next week (1:14:35)
Ojos de terciopelo (1:17:51)
No good (1:21:27)
Lo quiero ya (1:26:19)
Que me pisen (1:28:38)
La gota en el ojo (1:32:58)
Aqui vienen los blues jeans (1:36:05)
El cieguito volador (1:38:52)
No mas nada (1:42:14)
No te pongas azul (1:45:13)
Crua chan (1:49:19)
Brilla tu luz para mi (1:52:52)
No tan distintos (1:55:42)
Callate Mark (1:58:24)
Banderitas y globos (2:03:31)
Años (2:06:31)
Mañana en el abasto (2:11:05)
Noche de paz (2:15:15)

 

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto:juanpablolief@hotmail.com

 

Publicado en Adolf Hitler, Angelina Jolie, Anne Sexton, Boris Vian, Charly García, Charly Medina, Chilly Gonzales, Copi, Fogwill, James Ellroy, Luca Prodan, Ludwig van Beethoven, Moria Casán, Pier Paolo Pasolini, Quentin Tarantino, Ralph Steadman, Sumo, Uma Thurman, William T. Vollmann | Deja un comentario

el coto del hogar obrero de perón – 2 –

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TRES –
LAS BRONCAS SÁDICAS DEL PETISO OREJUDO Y LOS FURORES INDÓMITOS DEL GIGOLO PINOCHET 
un ensayo de interpretación de la realidad nacional
juan pablo liefeld
Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez.
La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emilia, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emilia había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.
Mientras vivía, la señorita Emilia había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor -autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal-, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que la señorita Emilia fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de la señorita Emilia había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como la señorita Emilia podría haber dado por buena esta historia.
Cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, maduró y llegó a ser directora de la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año enviaron a la señorita Emilia por correo el recibo de la contribución, pero no obtuvieron respuesta. Entonces le escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle ofreciéndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y recibió en respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada caligrafía, comunicándole que no salía jamás de su casa. Así pues, la nota de la contribución fue archivada sin más comentarios.
Convocaron, entonces, una junta de regidores, y fue designada una delegación para que fuera a visitarla.
Allá fueron, en efecto, y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que aquélla había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro descorrió las cortinas de una ventana, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea había un retrato a lápiz, del padre de la señorita Emilia, con un deslucido marco dorado.
Todos se pusieron en pie cuando la señorita Emilia entró -una mujer pequeña, gruesa, vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descendía hasta la cintura y que se perdía en el cinturón-; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso, lo que en otra mujer pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad. Parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas de su faz, parecían dos pequeñas piezas de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita.
No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que hablaba terminó su exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que pendía de su cadena, oculto en el cinturón.
Su voz fue seca y fría.
-Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes dirigirse al Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.
-De allí venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por él?
-Sí, recibí un papel -contestó la señorita Emilia-. Quizá él se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos…
-Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero, señorita Emilia…
-Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! -exclamó llamando al negro-. Muestra la salida a estos señores.
II
Así pues, la señorita Emilia venció a los regidores que fueron a visitarla del mismo modo que treinta años antes había vencido a los padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y poco después de que su prometido -todos creímos que iba a casarse con ella- la hubiera abandonado. Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle; después que su prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la sazón-, que entraba y salía con la cesta del mercado al brazo.
“Como si un hombre -cualquier hombre- fuera capaz de tener la cocina limpia”, comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.
Una vecina de la señorita Emilia acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta años.
-¿Y qué quiere usted que yo haga? -dijo el alcalde.
-¿Qué quiero que haga? Pues que le envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?
-No creo que sea necesario -afirmó el juez Stevens-. Será que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el jardín. Ya le hablaré acerca de ello.
Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas partió de un hombre que le rogó cortésmente:
-Tenemos que hacer algo, señor juez; por nada del mundo querría yo molestar a la señorita Emilia; pero hay que hacer algo.
Por la noche, el tribunal de los regidores -tres hombres que peinaban canas, y otro algo más joven- se encontró con un hombre de la joven generación, al que hablaron del asunto.
-Es muy sencillo -afirmó éste-. Ordenen a la señorita Emilia que limpie el jardín, denle algunos días para que lo lleve a cabo y si no lo hace…
-Por favor, señor -exclamó el juez Stevens-. ¿Va usted a acusar a la señorita Emilia de que huele mal?
Al día siguiente por la noche, después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped de la finca de la señorita Emilia y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones nocturnos, husmeando los fundamentos del edificio, construidos con ladrillo, y las ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un acompasado movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pendía de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron cal, y también en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprendían el regreso, detrás de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a la señorita Emilia, rígida e inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor había desaparecido.
Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para la señorita Emilia. Nos habíamos acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta figura de la señorita Emilia, vestida de blanco; en primer término, su padre, dándole la espalda, con un látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su mansión. Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la tara de la locura en su familia, no hubieran faltado a la señorita Emilia ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas..
Cuando murió su padre, se supo que a su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegró a la gente; al fin podían compadecer a la señorita Emilia. Ahora que se había quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a conocer los temblores y la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.
Al día siguiente de la muerte de su padre, las señoras fueron a la casa a visitar a la señorita Emilia y darle el pésame, como es costumbre. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la señorita Emilia rompió en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.
No decimos que entonces estuviera loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer esto. Recordando a todos los jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no le había quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más remedio que agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.
III
La señorita Emilia estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven que una muchacha, con una vaga semejanza con esos ángeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de expresión a la vez trágica y serena…
Por entonces justamente la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las calles, y en el verano siguiente a la muerte de su padre empezaron los trabajos. La compañía constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz y ojos más claros que su rostro. Los muchachillos de la ciudad solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la reunión. Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emilia en las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de alquiler…
Al principio todos nos sentimos alegres de que la señorita Emilia tuviera un interés en la vida, aunque todas las señoras decían: “Una Grierson no podía pensar seriamente en unirse a un hombre del Norte, y capataz por añadidura.” Había otros, y éstos eran los más viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar a una verdadera señora aquello de noblesse oblige -claro que sin decir noblesse oblige- y exclamaban:
“¡Pobre Emilia! ¡Ya podían venir sus parientes a acompañarla!”, pues la señorita Emilia tenía familiares en Alabama, aunque ya hacía muchos años que su padre se había enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces se había roto toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían venido al funeral.
Pero lo mismo que la gente empezó a exclamar: “¡Pobre Emilia!”, ahora empezó a cuchichear: “Pero ¿tú crees que se trata de…?” “¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?”, y para hablar de ello, ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, oían el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo, podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes: “¡Pobre Emilia!”
Por lo demás, la señorita Emilia seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos que había motivos para que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca, reclamara el reconocimiento de su dignidad como última representante de los Grierson; como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó cuando adquirió el arsénico, el veneno para las ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se empezó a decir: “¡Pobre Emilia!”, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.
-Necesito un veneno -dijo al droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún una mujer esbelta, aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos y altaneros brillando en un rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las sienes y en las cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.
-Necesito un veneno -dijo.
-¿Cuál quiere, señorita Emilia? ¿Es para las ratas? Yo le recom…
-Quiero el más fuerte que tenga -interrumpió-. No importa la clase.
El droguero le enumeró varios.
-Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que usted desea. . .?
-Quiero arsénico. ¿Es bueno?
-¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es lo que desea…?
-Quiero arsénico.
El droguero la miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con la faz tensa.
-¡Sí, claro -respondió el hombre-; si así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir para qué se va a emplear.
La señorita Emilia continuaba mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y se lo empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. E1 droguero se metió en la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita Emilia abrió el paquete en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: “Para las ratas”.
IV
Al día siguiente, todos nos preguntábamos: “¿Se irá a suicidar?” y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos: “Se casará con él”. Más tarde dijimos: “Quizás ella le convenga aún”, pues Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante, había dicho en el Club Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez más: “¡Pobre Emilia!” desde atrás de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la señorita Emilia con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con guantes amarillos….
Fue entonces cuando las señoras empezaron a decir que aquello constituía una desgracia para la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas -la señorita Emilia pertenecía a la Iglesia Episcopal- de que fuera a visitarla. Nunca se supo lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso volver a oír nada acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita del ministro, la pareja cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los parientes que la señorita Emilia tenía en Alabama….
De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse. Supimos que la señorita Emilia había estado en casa del joyero y había encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos días más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo de trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: “Van a casarse” y nos sentíamos realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos parientas que la señorita Emilia tenía en casa eran todavía más Grierson de lo que la señorita Emilia había sido….
Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la pavimentación de las calles ya se había terminado hacía tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una notificación pública; pero creímos que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de la señorita Emilia para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer….
Y ésta fue la última vez que vimos a Homer Barron. También dejamos de ver a la señorita Emilia por algún tiempo. El negro salía y entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la entrada principal permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos entonces que esto era de esperar, como si aquella condición de su padre, que había arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para morir con él….
Cuando vimos de nuevo a la señorita Emilia había engordado y su cabello empezaba a ponerse gris. En pocos años este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando murió, a los 74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el de un hombre joven….
Todos estos años la puerta principal permaneció cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Había dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la iglesia los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta.
Entretanto, se le había dispensado de pagar las contribuciones.
Cuando la generación siguiente se ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a que la señorita Emilia les enseñara a pintar según las manidas imágenes representadas en las revistas para señoras. La puerta de la casa se cerró de nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la señorita Emilia fue la única que se negó a permitirles que colocasen encima de su puerta los números metálicos, y que colgasen de la misma un buzón. No quería ni oír hablar de ello.
Día tras día, año tras año, veíamos al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso y encorvado. Cada año, en el mes de diciembre, le enviábamos a la señorita Emilia el recibo de la contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del piso bajo -evidentemente había cerrado el piso alto de la casa- semejante al torso de un ídolo en su nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie podía decirlo. Y de este modo la señorita Emilia pasó de una a otra generación, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y perversa.
Y así murió. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma, pues hacía ya tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del negro. Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda y áspera, como si la tuviera en desuso.
Murió en una habitación del piso bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.
V
El negro recibió en la puerta principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las dejó entrar curioseándolo todo y hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la casa, salió por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de la señorita Emilia llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día siguiente, y allá fue la ciudad entera a contemplar a la señorita Emilia yaciendo bajo montones de flores, y con el retrato a lápiz de su padre colocado sobre el ataúd, acompañada por las dos damas sibilantes y macabras. En el balcón estaban los hombres, y algunos de ellos, los más viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido contemporánea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales por la estrecha unión de los últimos diez años.
Sabíamos ya todos que en el piso superior había una habitación que nadie había visto en los últimos cuarenta años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla, a que la señorita Emilia descansara en su tumba.
Al echar abajo la puerta, la habitación se llenó de una gran cantidad de polvo, que pareció invadirlo todo. En esta habitación, preparada y adornada como para una boda, por doquiera parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas sobre la mesa-tocador; sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que estaban marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si se hubieran acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían con una pálida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.
El hombre yacía en la cama..
Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sueño que dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo había aniquilado. Lo que quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había convertido en algo inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la almohada que estaba a su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz polvo.
Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrecía la depresión dejada por otra cabeza. Uno de los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella e inclinándonos hacia delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil e invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris.
“A Rose for Emily”, 1930

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Bibliografía (además de la televisión e Internet) utilizada para este ensayo de interpretación de la realidad nacional:
El manjar de los dioses. La búsqueda del árbol de la ciencia del bien y el mal. Una historia de las plantas, las drogas y la evolución humana – Terence McKenna
Las siete hermanas del sueño – Mordecai Cooke
Historia general de las drogas – Antonio Escohotado
Una historia de las drogas. Un viaje psicodélico al corazón del chamanismo contemporáneo – Daniel Pinchbeck
Una mirada a la oscuridad – Philip K. Dick
Trainspotting – Irvine Welsh (versión original en inglés)
Las Vegas parano – Hunter S. Thompson (versión en francés)
El señor de los venenos – Enrique Symns
Noches de cocaína – J. G. Ballard
Ponche de ácido lisérgico – Tom Wolfe
Yo fui el camello de Keith Richards – Tony Sánchez
El poder del perro – Don Winslow
La trilogía americana de James Ellroy: América, Seis de los grandes y Sangre vagabunda
El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis – Mircea Eliade
Acercamientos. Drogas y ebriedad – Ernst Jünger
Flash Backs. Historia personal y cultural de una época. Una autobiografía – Timothy Leary
Polvo blanco. Historia cultural de la cocaína – Tim Madge
Blow – Bruce Porter (versión original en inglés)
Confessions of a dope dealer – Sheldon Norberg (versión original en inglés)
La búsqueda del olvido. Historia global de las drogas, 1500-2000 – Richard Davenport-Hines
El siglo de la heroína – Tom Carnwath y Ian Smith
Una historia cultural de la intoxicación – Stuart Walton
Ciego de nieve. Una breve carrera en el comercio de la cocaína – Robert Sabbag
Marc, la sucia rata. Los pro y los contra de hacer dedo – José Sbarra
Vivir afuera – Fogwill
Europa Central – William T. Vollmann
En la frontera – Cormac McCarthy
En pos del milenio. Revolucionarios milenaristas y anarquistas místicos de la Edad Media – Norman Cohn
Historia nocturna. Un desciframiento del aquelarre – Carlo Ginzburg
El nacimiento del purgatorio – Jacques Le Goff
Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo – Georges Duby
La trata de esclavos. Historia del tráfico de seres humanos de 1440 a 1870 – Hugh Thomas
Sobre la responsabilidad. No matar – Oscar del Barco
La formación de la clase obrera en Inglaterra – E. P. Thompson
El cuerpo y la sociedad. Los hombres, las mujeres y la renuncia sexual en el cristianismo primitivo – Peter Brown
Historia criminal del cristianismo – Karlheinz Deschner
Técnica y civilización – Lewis Mumford
Después del Reich. Crimen y castigo en la posguerra alemana – Giles MacDonogh
Stauffenberg. La biografía del hombre que atentó contra Hitler – Peter Hoffmann
Caballeros y milagros. Violencia y sacralidad en la sociedad feudal – Dominique Barthélemy
La misericordia ajena – John Boswell
Miles. La autobiografía – Miles Davis y Quincy Troupe
DOS-
LAS MANOS DE CHARLY GARCIA
estaba buscando en google
fotos de las manos de charly garcía
para subir junto al cuento de william faulkner
una rosa para emily
y que queria cambiar su título por el siguiente:
“las broncas sadicas del petiso orejudo y los furores indomitos del gigolo pinochet”
ok
cuento de faulkner
que condensa en su miniatura
la inmensiad de la obra faulkneriana
toda la pesadilla faulkneriana
el corazón de las tinieblas
de america
de una america
que va de faulkner a onetti
que va de usuhia a la quiaca
todo faulkner
esta ahí
en esa breve narración
y georges steiner
creo que en lenguaje y silencio
escribe que faulkner
probablemente sea el único autor
del siglo XX
que logra rozar
algo de la vieja tragedia griega
bien
ok
y estaba buscando
las manos de charly garcia
y google me tira imagenes
algunas muy inquietantes
que no eran de charly
de sus manos
pone en google
manos de charly
ahora a la madrugada
y mira las cosas que te tira google
te advierto que no vas a ver cosas lindas
entrando a los sitios
que te ofrece esta busqueda
pero entre las cosas que
me tiro google
en mi busqueda de las manos de charly garcia
para hacer un collage que acompañe
el cuento de faulkner
una rosa para emily
di con esta nota que pego abajo
y este cretavio publicitario
charly medina
que me reenvio
en mi cabeza
a ese otro
creativo publicitario y su obra
fogwill
y en las obras de charly medina que acompañan la entrevista del bolg
peinate que veine gente
me recordaron
la novela
vivir afuera
y los pichiciegos
no se
de faulkner a charly
de charly a fogwill
y de ahí
a este personaje
charly medina
que no conocia
y que quiza te interese
escucharlo en esta entrevista

-LIBROS KALISH
Charly Medina muestra las uñas
http://peinatequevienegente.com/…/charly-medina-muestra-la…/
Publicado el 17 junio, 2014 por José Playo
Una vez andaba boludeando en Unquillo y recalé en un bar que se llama Papaíto. Es un lindo bar que cada tanto viste sus paredes con obras de algún pintor, fotógrafo o lo que sea.
Cuando yo fui, había cuadros pintados sobre cartón. Eran cuadros inocentes y pícaros a la vez. El eje parecía ser siempre la pobreza, la marginalidad y el humor.
Pregunté quién era el autor. “El Charly”, me dijeron.
Di con él en el corazón de un barrio carenciado en Unquillo. Martín Baez fue el fotógrafo que captó la situación del artista mejor que yo con mi grabador. Nos fuimos todos contentos. Dos horas de charla y salió esto…
Que conste en actas: Charly Medina se pinta las uñas de las manos y de los pies desde mucho antes que Charly García. Sus hermanos, cuando era chico, sospechaban que el destino del menor de los Medina era, indefectiblemente, ser puto.
Una nutrida lista de parejas femeninas desde que comenzó a ejercer su adolescencia prueba que el diagnóstico no se cumplió. Pero ese tiempo ya es historia, hoy Charly está solo, según sus palabras, “con el corazón con agujeritos”.
Fue rico, fue pobre. Fue aventurero y suicida; tuvo los pies sobre la tierra y luego la cabeza en las nubes. Hoy vive en Unquillo, barrio San José, donde el avance de la ciudad no se ha tragado las casas precarias, donde falta revoque y sobra simpleza.
En las inmediaciones del mundo Medina se erige el último bastión de la resistencia contra la injusticia, una confusa línea invisible que activa el reflejo de poner el seguro en la puerta del auto.
En ese rincón de Unquillo, el disfrute va escoltado siempre por el yugo de la crueldad. Y ahí el tipo de las uñas azules está chocho: “Es mi lugar en el mundo”, asegura.
Basural bacanal
Charly es un Keith Richards pobre. Y desde que se bajó de su vida burguesa, tuvo que pagar durísimos peajes que a veces lo tiraron a la banquina, desde donde volvió montado en cuadros que le permitían zigzaguear en el tráfico de la fatalidad, un tráfico que amenaza siempre con atropellarlo.
Su obra es singular, irónica, cruda; hay minas en bolas que dan a luz en basureros sembrados de botellas de plástico, hay meretrices tetonas de sonrisas bobaliconas, hay cacos fumando paco con media raya del culo afuera, hay mujeres crucificadas y con los ojos en compota. La obra es a veces trash, a veces pornográfica. Pero nunca aburrida; la obra de Medina cuaja de manera indiscutible con el paisaje.
“No sé cómo estoy viviendo, supongo que del arte –dice con humildad–. Este año no he tenido alumnos y mi oficio también es enseñar. En este barrio medio carenciado me conocen y me respetan, y los niños están becados. Además, tengo a otra gente con más dinero que sí puede pagar”, agrega.
Las condiciones de vida de Charly Medina generan preguntas que huelga responder. Su casa chorizo es su estudio y en ella duerme, come y piensa. Todo entre cuadros. Cuando no está sentado en dos cajones de cerveza que hacen de banqueta frente al bastidor, escucha música electrónica que brota de una MacBook: “Porque el rock ya no existe más, y porque me quedé enganchado con esta música cuando viví en Ibiza”, explica.
A Charly Medina, exempresario acaudalado, exdibujante publicitario, exgerente de la cuenta de L’Equipe, excreador de la firma Natural, exactor de reparto, exokupa, exfundador serial de pizzerías, expeón de cortijos, lo aqueja una duda existencial que todavía no ha podido descular: ¿vale la pena seguir vivo?
Para ayudarlo a dar con esa respuesta hay un batallón de psiquiatras, psicólogos y asistentes sociales que tratan de encarrilarlo: “Tengo 55 años –cuenta–, pertenezco a la generación del reviente. En mi adolescencia los ídolos eran suicidas y morían jóvenes. En mi vida los excesos son una constante; internaciones, intentos de suicidio, soy una crisis permanente”, dice.
Charly se debate a diario en una batalla tolkieniana entre la ciencia psiquiátrica y la pulsión por dejar la vida frente a un lienzo o dentro de una botella.
Nació en Río cuarto, pasó la adolescencia en Córdoba y a los 17 se independizó para correr en moto. Mientras, estudió en la Escuela Provincial de Bellas Artes y se metió en el vertiginoso mundo de las agencias de publicidad para dibujar storyboards y armar piezas gráficas. Esto fue en la prehistoria informática, cuando no había computadoras y a la gente se la ubicaba en un teléfono fijo. “Seguí laburando por 35 años –cuenta–. Para un tipo de mi edad era importante, pero me estaba limando la cabeza. Entonces, en una fiesta apareció una dama montada en un potro de nácar sin bridas y sin estribos. Se bajó y con ella vino el amor. Se llamaba Celeste y estuvimos seis años –recuerda–. Yo ya tenía un viaje programado a Europa así que al final me fui”, resume.
Arrancó en Ibiza, donde el infierno es sexy y arde bajo atardeceres dolarizados y paisajes pecaminosos. Fue un tiempo bisagra para él. De ahí se montó en un Fiat y se fue a recorrer el sur de España, laburando en los cortijos como peón hasta llegar al País Vasco, donde se convirtió en actor de reparto para una compañía de cine y televisión.
Se volvió cuando falleció su viejo, y ocurrió algo insólito: la noche de la despedida con su madre, ya listo para retomar su aventura en el Viejo Mundo, perdió los pasajes, el pasaporte y la guita que traía. “Quedé en bolas –recuerda–. Mis amigos me hicieron el aguante para poner una pizzería. Y con mi novia de ese entonces pusimos un estudio de diseño. Después me descarrilé un poco, y no sólo me dejó ella, sino que perdí los dos negocios y terminé internado en una granja de desintoxicación”, recuerda.
Tras cartón
Una noche de embole agarró un cartón del embalaje de una heladera y empezó a pintar. Esa obra se llamó La Villa y tenía una serie de personajes anclados en un mundo marginal. Alguien de la Agencia Córdoba Cultura la vio y se la llevó al Museo Emilio Caraffa. Luego un tipo se la compró para obsequiársela a uno de los mayores coleccionistas de Córdoba: “A partir de ahí el lenguaje medio de cómic que yo usaba para mis personajes empieza a gustar y se empieza a vender –rememora–. Entonces me pongo de cabeza a pintar. Y acá estoy, lo más pancho”.
Su producción está empezando a colarse en lugares de legitimación, como una inyección de realidad que calienta las venas de un ámbito a veces frívolo. Los cuadros de Charly escupen color y se pegan a las paredes con facilidad. Su obra es un vicio.
El seudónimo de Charly es “Cartonero Báez”, un hombre que utiliza los soportes descartables para una construcción tan mañosa como hilarante: “Mi obra es para mirar las cosas desde atrás. No sólo me mueve reflejar en manos de quiénes estamos –una manga de rufianes, señala–. Yo desde la plástica trato de decirte que esto es injusto y hacer que te preguntes qué hacemos todos desde nuestro lugar”, concluye. Y tras una pausa agrega: “Puta, no sabía que pensaba todas estas cosas”.
Derrapes
La amenaza constante en la vida del “Cartonero Báez” es el derrape. Y aplaca la sed de la ansiedad echando garguero abajo un buen trago de cerveza caliente, aduciendo que eso no es chupar. “Con los excesos las cosas se sienten de otra forma, si cometés excesos te llamás a vivir al límite –dice–. El whisky y mi moto no se llevan bien, por ejemplo, y me costó un par de palos darme cuenta. Por ahora decidí seguir viviendo. No tengo muy en claro el compromiso con la vida, no me resulta tan importante vivir, pero respeto mi misión, que es mi obra”, concluye.
Mañana Charly tal vez piense en dejar de existir y pasado, en irse a Brasil. El Cartonero y Medina tiran y aflojan una cuerda peligrosa: “Fluctúo entre la ironía y la desesperación –dice–. Soy negativo, cuando no realista. Por eso pinto lo que existe. Por eso prefiero vivir y después pintarlo”.
En eso sí se ha puesto de acuerdo con su alter ego: vivir es un mal necesario.
Charly ahora está empantanado en químicos con receta, químicos que le bajan estrepitosamente la libido: “Además, con la medicación las ganas de pintar se me van a la mierda –explica–. Y sí, soy jodido como pareja, pero creo que me voy a cambiar de bando porque los hombres nunca me hicieron daño como las mujeres –ironiza–. Tengo una hija de crianza en Nueva York pero decidí llevar una vida en soledad, tengo dos hermanos con hijos, tuve parejas y me dejaron todas –cuenta–, me mandé todas las cagadas posibles, y ahí empecé un período de autodestrucción. Y hasta ahora la gente que conozco me viene convenciendo de que es mejor estar vivo que muerto”, reflexiona.
La gran paradoja del arte obra de manera misteriosa. Quienes más amenazados se sienten por los personajes que caricaturiza Medina son los que compran su obra. Y hay un sentido bastante romántico en el hecho de que se desembolsen unos billetes para sacar a Medina de la pobreza por un rato e iconizar el miedo en un living. Charly Medina pinta para mantener a raya a sus demonios.
Otros lo compran porque esos demonios son patrimonio de todos.
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“Será que mi misión es pintar basura”
La obra de Charly Medina rompe los moldes y las bolas. Comunica algo que a la gente le llama la atención y que molesta, que ensucia, que seduce, que da morbo y que a veces provoca una sonrisa cómplice: “Cuando veo a la gente que mira mi obra y se ríe, ya está. Fantástico si se vende, más vale, pero con ver la reacción quedo muy conforme”.
Charly define su estilo como “figurativo realista, localista, y lleno de desperdicios”. “En mis obras hay mucha basura. Hay algunos que le dicen arte trash, pero qué sé yo. Mirá cómo le doy bola a las marcas conocidas y a las segundas marcas –dice señalando una pintura de una mesa en la que pueden verse los restos de un festejo entre delincuentes tras un golpe jugoso: cocaína, etiquetas de puchos, celulares, tarjetas de crédito, billetes en rollitos–. Este cuadro es para usarlo sobre una mesa en serio”, grafica.
Sopórtame
Charly Medina explora soportes para conseguir efectos. El comportamiento del acrílico sobre el cartón corrugado, por ejemplo, hace que se acumule tierra sobre los pliegues pequeños y “así la pintura va cambiando con el tiempo, va ganando una textura especial”, explica. Lo mismo ocurre cuando, para hacer una versión femenina de la crucifixión, crea un bastidor a medida.
Pero el tipo no se queda sólo con la parte material del trabajo y vuelve a insistir con el mensaje, además quiere comunicar su sincera preocupación en un estricto sentido ecológico, cuando hay sobradas pruebas de que el mundo cruel corre serios riesgos de irse al carajo.
Otra preocupación que tiene el artista es el rol de la mujer en la locura de este mundo: “En mi obra la mujer es protagonista en un contexto de pobreza. Y jugueteo con los clásicos. La Maja Desnuda en un basural es un ejemplo –dice–. Prefiero quedarme con esta intención de revelar la injusticia social. Estos últimos dos años estoy trabajando a escala uno en uno. Tengo una técnica muy lenta y detallista. Lleva mucho tiempo, por eso hago varias cosas a la vez”, resume.
Para vivir mejor y no parar de pintar, intuye, hay que poner una pata en Buenos Aires y de ahí pegar el salto a Miami. Está difícil. “Porque estoy mostrando una imagen que la gente no quiere ver, porque creo que hay mucha más poesía en una alcantarilla que en un jarrón de flores –confiesa–. O será que mi misión es pintar basura y acá me quedo. Me vine a vivir a este barrio de Unquillo porque es un barrio donde el contexto de mi obra habla por sí solo. Me siento más cómodo entre mis marginales, mis pobres, mis putas, mis drogadictos y mis choros”, concluye.
Locura, dolor, fiesta
¿Quién compra un cuadro con un choro pintado? Una pregunta extraña. Mientras, en casi todos sus cuadros las imágenes terribles se ven tras una detallada lluvia de papelitos de colores. “Eso quiere decir que, a pesar de la locura y el dolor, sigue la fiesta”, explica.
En su obra los pobres no reclaman nada, como si el verdaderamente pobre fuese quien analiza lo que ve frente a sus ojos sin que se le mueva un pelo.
“Juego a hacerme el Molina Campos o el Diego Cuquejo –confiesa Medina–, porque hago caricaturas y todos somos una caricatura. Por eso, en una misma obra podés encontrar un cura corrupto, una travesti, un choro, un cana que se hace el boludo y un tren con gente en el techo”, enumera antes de volver a su vaso de cerveza. Tiene prohibido el alcohol, pero una cerveza caliente no cuenta.
—————————
Perfil
Charly Medina nació en Río Cuarto en 1957. Egresó de la Escuela Provincial de Bellas Artes y trabajó 30 años como creativo publicitario. Actualmente está radicado y desarrolla su obra en Unquillo. Su blog es: charlymedina.blogspot.com.ar
http://charlymedina.blogspot.com.ar/

william t vollmann Angelina Jolie Osvaldo Pugliese libros kalish

UNO –
HOY TENGO GANAS DE TI – cinco –
basta
ricardo
me cansaste
todas las noches lo mismo
nunca se donde estas
y despues me entero por la tele
que estas por ahi
siempre con una atorranta diferente
ahora no pretendas
ricardo
que encima
me fume
que me humilles con la hija de onetti
soy una boluda importante
ricardo
por eso sali con vos tantos años
pero todo tiene un limite
ricardo
no me dejas esuchar
a ricardo montaner
con el pretexto que eso es populista
yo populista
atorrante
y encima me encagñas
con esa melancolia uruguya
sos peor que el depredador pinochet
basta ricardo
te vas
no te quiero ver mas
no te quiero escuchar mas
basta
vestite y andate
y mientras haces las valijas
ricardo
voy a poner a
ricardo montaner al palo
y descorchar una botella de champagne
y llamar a cinco taxi boys
para festejar
que por fin no te voy a ver mas
ricardo
y voy a subir
el video a las redes sociales
de los cinco taxi boys garchandome
con mascaras de ricardo montaner
y lo voy a llamar
al video
walter benjamin y el problema del mal
pd: yo no puedo creer que casullo y del barco
alguna vez hayan creido en vos
la verdad
que ni en el relato mas delirante
de Vichy mouse
es verosimil
y sin embargo…

Sobre la responsabilidad. No matar – Oscar del Barco
https://libroskalish.wordpress.com/…/sobre-la-responsabili…/

Los mejores Éxitos de Ricardo Montaner HD


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CERO – 
 …cacho mueve la cola cacho mueve la cola cacho mueve la cola cacho mueve la cola cacho mueve la cola…

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Publicado en Angelina Jolie, Charly Medina, Chilly Gonzales, Don Winslow, el perro de la kiosquera, Ernst Jünger, Eva Perón, Evita, Flema, Fogwill, James Ellroy, Juan Domingo Perón, La Renga, Osvaldo Pugliese, Pier Paolo Pasolini, Tan Biónica, William Faulkner, William T. Vollmann | Deja un comentario

el coto del hogar obrero de perón

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ACV
yo
juan pablo liefeld
responsabilizo
al desastre que hara
el macrismo en el conurbano bonaerense
a la canalla cultural argentina
que en su voluntad de leer mal
le hace al pais un daño terrible
y en los siguientes nombres
de Puan y Marcelo T.
de Letras y Sociales
de la UBA
encuentro una metáfora
de todo este mundo cultural argentino
que es una porquería:
la champion lee:
Josefina Ludmer, Beatriz Sarlo y Jorge Panesi
la B nacional:
Graciela Esperanza, Silvia Saitta, María Pía Lopez y Ricardo Foster
la reserva:
todos mis amigos de la UBA
que ocupan catedras y suplementos culturales y hacen revistas y son editores y publican libros y hacen películas
la canalla cultural
es peor que la corrupcion
y mi generacion
ya es pura corrupcion
me dan asco
porque sus festicholas
las van a pagar
dentro de 20 años
los que hoy son niños
y mañana seran pibitos
con un presente horrible
y no ustedes
que si de algo
saben
es de como facturarle
a otros sus porquerias
y nunca pagan nada
porque son tan pobres
que lo unico
que pueden dar
es guita
porque su vida
es solo guita
y lo unico que los mueve
es eso
la guita
money money money
por mas que hablen
de dumchamp
de peron y evita
de auschtwitz
a la canalla cultural argentina
lo unico que
le empapa la bombacha
y le dibuja relieves brutales en los calzoncillos
es la guita
money money money
conozco muy bien
lo que es el infierno
del conurbano bonaerense
y me canse de decirle
a mis amigos de la UBA
que eso
habia que pensarlo
bueno
ahora es tarde
ese infierno
ya no es algo
que queda del otro
lado de la ciudadela
en la que ustedes
viven muy horondos
no no no
ahora estan de a poquito
conociendo toda esa mierda
en sus propias vidas
de gente culta y leida
y con titulos universitarios
y vacaciones
en Berlin
en Nueva York
en Rio de Janeiro
y por qué no
si tambien les gusta
jugar a que son amigos del pueblo
en Mar del plata
no la de Borges y Bioy
sino que la de Peron
son unos hijos de puta
y me envenena
que su hijaputes
la van a pagar
los pibitos
que hoy estan dando
sus primeros pasos
en el mundo
y en unos años
seran adolencentes
con un presente horrible
gracias a la cobardia
de mi generacion
amigos
son los
amigos
Guernica ·
Humilla tu vanidad,
Apresurado en destruir, avaro en caridad,
Humilla tu vanidad,
digo, humíllate.
Pero el haber hecho en vez del no hacer nada
esto no es vanidad
juan pablo liefeld
dni 25 187 111

Pulp Fiction Libros Kalish - copia (2)Pulp Fiction Libros Kalish - copia (3)Pulp Fiction Libros Kalish - copiaPulp Fiction Libros KalishPulp Fiction Libros Kalish - copia (4)Pulp Fiction Libros Kalish - copia (4) - copia - copiaDSC09828DSC09838el papa francisco libros kalishMoria Casan Jorge Rial Libros Kalishwilliam t vollmann libros kalish

 

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NOVEDADES Y RECOMENDACIONES DE LIBROS KALISH

Pier Paolo Pasolini Stephen King Fogwill Proust Nick Cave William T Vollmann

 

Novedades y recomendaciones de Libros Kalish

 

Hellman and Hammett: The Legendary Passion of Lillian Hellman and Dashiell Hammett – Joan Mellen (version original en inglés)
Hans Christian Andersen: The Story of His Life and Work 1805-75  – Elias Bredsdorff  (version original en inglés)  
Isaac Babel: The Lonely Years 1925-1939 : Unpublished Stories and Private Correspondence – Isaac Babel and Nathalie Babel (version en inglés)
Alì dagli occhi azzurri – Pier Paolo Pasolini ( versión original en italiano)
Umano, troppo umano – Nietzsche (versión en italiano)
Boxcar Bertha. Autobiografía de uan hermana de la carretera – Ben Reitman
América – James Ellroy  
Selected Letters of Dashiell Hammett : 1921-1960 Edited by Richard Layman (version original en inglés)
The exegesis of Philip K. Dick – Jonathan Lethem y Pamela Jackson editores (versión  original en inglés)  
Guns, Germs, and Steel. The Gates of Human Societies – Jared Diamond (versión original en inglés) 
Les Sept piliers de la sagesse : Un triomphe – Thomas Edward Lawrence (versión en francés)
Malcolm X. A Life of Reinvention – Manning Marable (versión original en inglés)
Doce lecciones de filosofía – Jacques Derrida, Emmanuel Lévinas y otros
Pulp fiction. Tres historias sobre una misma historia – Quentin Tarantino 

 

Track 1

1 chano libros kalish2 john cassavetes3 john cassavetes 14 john cassavetes libros kalish6 carlos monzon
7 gonzalo basualdo8 aldana y leon 9 gonzalo basualdo libros kalish 10 chaplin jesus libros kalish 11 chaplin jesus 12 jesus chaplin 13 avenida rivadavia 5 carisma charly garcia borges libros kalish14 libros kalish madrugada 14 pity stephen king 15 eva peron copi 16 papa francisco 17 esteban masot 18 philip roth Erica Voget 19 Mariana Liefeld atardecer 21 pasteur hitler 22 libros kalish 23 libros kalish argentina

Track 2

Track 3

Track 4

LOS PICHICIEGOS – FOGWILL -I-
Confesiones de un librero de mierda
Publicado marzo 22, 2013
Es mediados de febrero. Es un jueves. Labure todo el día en la librería. Y tengo hambre. Y estoy cansado. Pero un conocido tocaba en San Telmo y ahí fui.
Pase por casa rápido a comer algo. Y de ahí partimos en colectivo. Nos bajamos en Plaza de Mayo. Y ahí, justo ahí, en la Plaza descubro algo que no había visto nunca: una patrulla perdida de Pichiciegos fogwillianos cenando en una choza armada en la plaza frente a la Casa Rosada. Son los Pichiciegos que reclaman un poco de amor. No mas que eso. Que los reconozcan y un sueldito de hambre. Pero como no combatieron en las Islas Malvinas sino que quedaron como reserva en el sur no los quieren. Yo de solo pensar de haber tenido que hacer el servicio militar me baja la presión. No soy Ernst Jünger ni el ejercito argentino es el viejo ejercito prusiano de Ernst.
En fin.
A todo esto en las tres cuadras hasta el lugar donde tocaba mi conocido me tope con toda clase de lumpenes durmiendo en portales de lugares tales como el Ministerio de Economía y así y ya sobre Defensa la cosa se puso mas densa.
Soy un boludo importante pero se mirar en la calle. Yo iba a Defensa al 269 y en la esquina de Defensa y Alsina ademas de cartoneros y otras yerbas había un pibito de unos 17 años que entraba y salía de un conventillo que es una casa tomada y le daba ordenes a otro pibito de no mas de 7 años que iba y venia en bicicleta. Fija. Dealers. El pibito de 7 era el que hacia las entregas y el más grande el que cocinaba los pedidos.
En fin.
Registro todo eso y me gustaría quedarme un rato mas ahí estudiando el terreno. Pero avanzo. Obviamente los que vienen conmigo no ven nada.
Llegamos a la puerta del boliche. Decimos nuestros nombres y nos dejan pasar. Era una fiesta solo con invitación. Muy exclusiva Muy mierda, pero en francés y la puta que te parió.
Subimos.
El boliche tenía una terraza increíble que da a la cúpula del Convento de San Francisco y visualmente parece la continuación de la terraza.
Bien.
Miro. A derecha. A izquierda. Gente linda. Joven Guita. Mucha guita. Al toque medite: acá debe haber más de 8 personas que si secuestras ahora mismo antes de la madrugada su familia tiene la liquides suficiente para pagar un millón de dolares.
Para mantener a raya mi odio de clase me puse a beber. A robarle de los vasos de los conocidos ya que ponerse en pedo ahí era más caro que los libros más caros que vendo en mi librería.
Empezaron a pasar los minutos. Y el contraste entre la calle y esa terraza era brutal. No se si me entendés. Abajo pibitos de 10 años vendiendo droga y cartoneros revolviendo basura y tipos durmiendo en portales y ex soldados cenando en una choza y arriba a poco mas de 40 o 50 metros todo risas y vino del mejor y juventud y guita mucha guita. Me sentía como el personaje alemán de Dyango de Tarantino cuando están cerrando la compra de la negra y él mientras tocan Beethoven no puede dejar de ver en su cabeza al negro que Di Caprio ordenó que se lo comieran los perros porque ya no servia para una mierda. Algo así era mi malestar. Todos estos forros de la terraza eran Di Caprios y sus familias no dudo que pueden ser tan crueles como él en esa película de Tarantino. Además ese contraste entre la ciudad rica y la miserable, entre las vidas bellas y las vidas horribles y todo tan cerca y tan lejos y tan normal me hacía acordar a las novelas de Philip K. Dick o Ballard o Ellroy.
La cosa que me quede un rato ahí escuchando a mi conocido que toca música electrónica que no entiendo ni me gusta y luego sin lograr emborracharme, lo cual solo hizo que me pusiera a estudiar con ojo clínico a esa gente y sus ropas y sus gestos y palabras, me fui a dormir. Ah, en el lugar si bien había mucha gente puesta en la terraza si prendías un porro venia un patovica de seguridad y te pedía que lo apagues. Y otra cosa que me llamo la atención era un pibe en silla de ruedas, que apenas lo registre no le perdí mirada ya que razone que si un paralitico en silla de ruedas esta en una fiesta exclusiva en un cuarto piso de una fiesta re re re copaaaaada solo puede ser un pibe de guita. No lo se. Pero todo el mundo lo trataba con mucho servilismo y en un momento dado se le acerco un putito de anteojos con pollera escosesa y le dio un paquetito, luego de lo cual el paralitico le pregunto cuánto le debía y el homosexual pollerudo le dijo que nada. Ahí me dije si me llevara a esta silla de rueda fijo que le podría sacar un montón de verdes a su familia.
Luego me fui y cuando pase por la esquina ahí estaban los pibitos dealeando parados en el medio de la calle. Mire al de 16 a los ojos y me miro y lo salude.
Pero acá viene el remate de por qué te cuento todo esto.
Yo durante esos días de febrero estaba puteando porque el forro de Antonio de La Rúa, el ex de Yaquira, el pibe lindo que perteneció al grupo Sushi y fue parte de un Gobierno que sembró la Plaza de Mayo de cadáveres un diciembre de 2001 y consiguió abolir la moneda nacional, ese mismo forro, había declarado para Revista Gente que quería que su hijo naciera en Punta del Este. Que ese forro pueda decir eso me enferma, porque eso quiere decir que el jamás va a pagar nada de todo el dolor que causo.
Bueno. Viste que cuando llegue a la fiesta te dije que relojié el lugar y pensé que ahí había por lo menos 8 personas que si las secuestrabas te ganabas un millón de dolares blue en un par de horas (obviamente todo esto de los secuestros es imaginación producto de mi odio de clases y no de ninguna militancia criminal que practique o me interese practicar), ok, en la fiesta estaba Antonio de La Rúa y la hija de Macri, de Macri el que esta en China, el demonio de Papá Macri. ¡Y no los vi! La puta que los parió. Bueno, te lo digo ahora y acá. Antonio andate a la puta madre que te pario y te recitaría el poema con el que Primo Levi habré Si esto es un hombre, pero como es al pedo, solo te deseo lo peor, que es lo que Primo Levi le desea a tipos como vos en su poema: que tu casa se derrumbe, la enfermedad te imposibilite, tus descendientes te den vuelta la cara.
LOS PICHICIEGOS – FOGWILL -II-
las malvinas son argentinas
la plaza de mayo es británica
maradona es un negro de mierda
y tu corazón apesta

los pichiciegos fogwill los pichiciegos fogwill 3 los pichicieos fogwill 2

LOS PICHICIEGOS – FOGWILL -III-
Solo le pido a Dios
La historia que me contaron es la siguiente.
León Gieco escribió “Solo le pido a Diós” en contra de la Guerra de Malvinas.
La canción se volvió un hit. Un golazo como el de Diego a los Ingleses. Cobro un montón de guita. Y la canción en el intercambio paso de ser una bandera de un barco corsario a convertirse en un buque mercante.
Esto lo destrozo a León Gieco y se encerro a tomar merca y a destruirse para escapar del dolor horrible de un mundo asqueroso.
Esta historia se la escuhe contar en la radio un mediodía o una noche cualquiera de hace años no recuerdo a quién ni en qué radio.
En todo caso, el relato es verosímil.

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LOS PICHICIEGOS – FOGWILL -III-
Parte de la religión
Una flor
Una cruz
Un sol
Una moneda
Un pozo en la arena
Un resplandor
Un fulgor
Quizá
Simplemente
Algo
Que se parece
A mi corazón
Cuando lo veo
Reflejado
En tus
Ojos

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NOVEDADES Y RECOMENDACIONES DE LIBROS KALISH

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NOVEDADES Y RECOMENDACIONES DE LIBROS KALISH
 
Cosas que los nietos deberían saber – Mark Oliver Everett

Perdedores. Testimonios de alemanes y japoneses durante la Segunda Guerra Mundial – Nigel Cawthorne

El sueño de la razón. El Capricho 43 de Goya en el arte visual, la literatura y la música – Helmut C. Jacobs

Los guardianes de sabiduría Wisdom Keepers. Encuentros con ancianos líderes espirituales indios de América del Norte – Steve Wall y Harvey Arden

El credo falsificado – Karlheinz Deschner

¿Hay vida en la tierra? – Juan Villoro

Piano. La historia de un Steinway de gran cola – James Barron

París era ayer (1925-1939) – Janet Flanner

El ángel de la historia. Rosenzweig, Benjamin, Scholem – Stéphane Moses

Mi vida – León Trotski

A la cara – Christa Faust

Perú. 10.000 años de pintura. Desde la época rupestre hasta nuestros días – Marisa Mujica

Shakespeare, nuestro contemporáneo – Jan Kott

El Nilo blanco – Alan Moorhead

El bandolero, el pocho y la danza. Prólogo Carlos Monsiváis – David R. Maciel

Galería de escritoras isabelinas. La prensa periódica entre 1833 y 1895 – Íñigo Sanchez Llama

Escuchar a Bajtín – Iris M. Zavala

Filosofía de la cultura griega – Evanghélos Moutsopoulos
Ensayos sobre la filosofía en Al-Andalus – Andrés Martínez Lorca
Memorias intimas – Georges Simenon
Leon Blum – Jean Lacouture
The Complete War Memoirs of Charles De Gaulle (versión en inglés)
Ramón del Valle-Inclán – Miguel Casado
Journaux, 1959-1971 – Alejandra Pizarnik (versión en francés)
La Divina Comedia – Dante Alighieri
La Vie Parisienne 1852-1870 – Joanna Richardson (versión original en inglés)
Sociología de los campos de concentración – Eugen Kogon
The Masks of God. Mythology – Joseph Campbell (versión original en inglés)
Crítica de la impaciencia revolucionaria – Wolfgang Harich
Venice. A Maritime Republic – Frederic C. Lane (versión original en inglés)
Los orígenes de las enfermedades humanas – Thomas McKeown
Historia de Italia – Christopher Duggan
Adán, Eva y la serpiente – Elaine Pagels
Bertolt Brecht. Der unbequeme Klassiker – Ronald Hayman (versión en alemán)
El primer milenio de la cristiandad occidental – Peter Brown
El Islam – Karen Armstrong
Los inocentes – Hermann Broch
Banderas al amanecer – Robert Stone
El joven Adolfo – Beryl Bainbridge
Edith Piaf  – Simone Berteaut
La edad de la inocencia – Edith Wharton
Los falsos Mesías. De Simón el Mago a David Koresh – Christophe Bourseiller
Truman Capote. La biografía – Gerald Clarke
Cómo desaparecer completamente – Mariana Enríquez
La conspiración de la moda – Nicholas Coleridge
Vie et destin – Vassili Grossman (versión en francés)
Atípicos en la literatura latinoamericana – Noé Jitrik (compilador)
Gramsci et l´état. Pour une théorie matérialiste de la philosophie (versión francesa)
El encierro de las bestias. Magnus Mills
Rodrigo Superstar – Cicco
La dame du lac – Raymond Chandler (Traducción Boris Vian)
Cómo… hacer el amor igual que una estrella del porno – Jenna Jameson con Neil Strauss
Suttree – Cormac McCarthy

 

VARIACIONES CASSAVETES XII
FOGWILL
Cuando el deseo persigue, aunque estés muerta
La lengua te convoca y te despierta:
Molusco ensangrentado, embudo lánguido
Hombre interior de ti, pudor elástico
Cosa, caja ética, estético hambre
Denso tufo animal, sutil calambre
Oscurecida luz, tiniebla untuosa
Frutal masticación, partida rosa.
No hay lengua que metáforas no encuentre
Para invocar la boca de tu vientre.

gonzalo basualdo DSC08364A la recherche du temps perdu, MANS. pág. 14-917DSC06151DSC05688DSC08240DSC08392DSC08429DSC08406DSC08407DSC08419image560aac0e126b74.86591341Copia (2) de Copia de Sebald Borges Vollmann Charly Garcia Lisa Ann12009550_887416931313807_3688470655813605298_n

 

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balvanera confidential – Capítulo Cero Cero Cero

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EL PAISANO ENSIMISMADO O LA TENEBROSA SEXUALIDAD DEL GAUCHO EN LA VECINDAD DEL CHAVO DEL OCHO
el gigolo papo francisco basterrica riquelme tevez say no more

Para Anita Leporina que me escribio la madrugada de ayer “Así q sí podes, tirate unos números para la quiniela”. OK, creo que ya tire unos cuantos numeros, ahora vos anita anda y juga esos numero que te pase a pedido tuyo y reventa la banca que te da el cuero para eso y mucho mas.

“-Sí-me dijo el victorioso general Francisco Villa, cuando le pedía yo que me otorgara el precioso caudal de sus recuerdos-, que se conozca mi historia, con todos sus sufrimientos, con todas sus luchas, con todas sus miserias; con toda la sangre que me vi forzado a derramar, con todas las injusticias que me vi precisado a combatir, con todas las agresiones que me vi compelido a repeler y todas las infamias que hube de castigar.
Que se conozca todo mi pasado, aquel pasado que mis enemigos han esgrimido contra mí, pretendiendo asfixiarme con la polvareda de mis dolorosas hazañas de otras épocas, y aturdirme con los dicterios más crueles y las punzaduras más venenosas.
No pretendo justificarme ni defenderme; pero que se me conozca tal y como fui, para que se me aprecie tal y como soy: un hombre que nacido de la clase más ultrajada y más sufriente de nuestro pueblo, de la peonada que fecunda la tierra con su sudor y con su sangre y con sus lágrimas, supe rebelarme contra esa esclavitud brutal de nuestra sociedad egoísta y de nuestras costumbres corruptoras, y desarrollando todas mis energías, y reanimando todas mis esperanzas, y fortaleciendo todas mis aspiraciones de libertad y de justicia, he venido a ofrecerlas en toda su madurez a la causa nobilísima de mi patria y de mi Pueblo.
De mi patria: víctima hasta hoy de una odiosa herencia ancestral, en la que se mezclan todas las desenfrenadas ambiciones de los crueles aventureros que siguieron a Hernán Cortés, con todas las indiferencias, todas las indolencias, todas las pasividades de los súbditos de Moctecuzoma Ilhuicamina.
De mi pueblo: de ese pueblo sufrido y valeroso, abnegado y leal, que siempre ha sabido responder con todo el ardor de su sangre y el ímpetu de su raza guerrera, cuando un Miguel Hidalgo, cuando un Benito Juárez, cuando un Francisco I. Madero, le ha convocado a derrumbar las tiranías, a desbaratar los despotismos, a desenraizar los fanatismos, a reconquistar los derechos y a cimentar las libertades todas a que debemos aspirar.
Ya es tiempo de que el pueblo sacuda, de una vez por todas, la sábana de polvo impuesta por los negreros de la conquista, a sus más diáfanas aspiraciones de vida como vida, y no como un martirio inacabable.
Ya es tiempo de que en nuestra civilización desaparezcan las sombras del encomendero, del inquisidor, del señor feudal, y del déspota que a través de un siglo de nuestra sostenida independencia, aún se prolongan, aún se proyectan en nuestro suelo, aún manchan con negras tintas el verdor de nuestros campos, cuando bajo el sol radiante de la libertad aparecen las figuras pesantes de un Luis Terrazas, de un Enrique Creel, de un Porfirio Díaz o de un Victoriano Huerta.
Ya es tiempo de que desaparezca, y para siempre, la trágica forma del cacique en toda su abominable magnitud: desde el supremo magistrado, que gobierna sin más ley que su capricho, su ferocidad y su sed inagotable de mando y de riquezas, hasta el humilde gendarme y el ciego alguacil dela Acordada, que son elementos del pueblo para oprimir al pueblo, bajo la férula de hierro del cacique máximo.
Ya es tiempo de que los prejuicios acaben, de que la sociedad se establezca sobre bases más sólidas, más naturales, más sabias, más justas y mas nobles.
Y si a la revolución libertaria de 1910consagré todos mis esfuerzos y todas mis energías, en la revolución vindicadora y social de 1913 tengo cifradas todas mis esperanzas, todas mis ilusiones, de ver, ¡finalmente! Redimido a nuestro pueblo y venturosa a nuestra patria.
-Sí-continuó el general Villa, mientras un rayo de suprema fiereza brotaba de sus ojos relampagueantes-, que conozca el mundo todo lo malo que hice y por qué lo hice. Pero que lo conozca íntegramente, totalmente, que nada he de ocultarle ni desnaturalizarle ni mentirle: nada más que la verdad, pero toda la verdad he de decirle.
Y que conozca también lo bueno de mi vida. algo bueno, quizás mucho bueno, he llevado a cabo en mi existencia, y también ha de conocerlo el mundo; para que de la serena apreciación de todos mis actos, del balance que haga de mis hechos, del valor y trascendencia que conceda a mis hazañas, a las buenas y a las malas, brote el fallo con que la historia ha de juzgar a uno de aquellos mexicanos que por la fuerza arrolladora de su bien meditada rebeldía, ha sabido conducir por un camino de triunfos bélicos, cívicos y morales a un pueblo de soldados heroicos en abierta rebeldía contra la opresión y el despotismo.
Soldado del pueblo y caudillo de mis soldados, servidor sincero y desinteresado de mi patria y de mi pueblo, leal hasta la muerte a mis jefes y a mis compañeros, el más alto sentimiento de patriotismo guía todos mis actos.
No tengo ambición de mando ni afán de poderío. La intriga política, la farsa diplomática y el complicado engranaje administrativo, no son mi fuerte: sólo la guerra.
La misión que me he impuesto terminará el día en que termine la guerra por la victoria de nuestras armas; y entonces regresare a la oscuridad de mi vida, y volveré a ser el Francisco Villa de 1911, que sólo surgió nuevamente a la vida pública y a la lucha armada, cuando las traiciones de un abominable Pascual Orozco y de un espantoso Victoriano Huerta amenazaron la obra magna del pueblo redimido por el inmortal Francisco I. Madero.
Volveré feliz a esa vida modestísima, tranquila, llena de las más íntimas satisfacciones, a que creo tener derecho, tras de tanto luchar. He allí todo mi deseo: que si una bala enemiga no me depara la muerte de los héroes sobre el campo de batalla y en holocausto de mi patria, a quien le he ofrendado mi vida, que mi futura existencia sea de calma y de reposo, de trabajo honrado y regenerador, mirando cómo la obra de la verdadera paz y del verdadero progreso – a la que consagré mis mejores años – enraiza fuertemente y para su felicidad, en las almas de los hijos de mis soldados, de mis compañeros, de mis hermanos, que siempre respondieron a mi grito de libertad y de vindicta, con su grito de adhesión y de confianza.
Para que todos ellos, amigos y enemigos, conozcan al Francisco Villa de verdad, el de carne y hueso, al de nervios y sangre y corazón y pensamiento, que ni es el hombre-fiera que pintan los enemigos del pueblo, atribuyéndome una insaciable sed de sangre, de pillaje y de exterminio, y acaudillando unas hordas desenfrenadas de brigantes, ni es tampoco el super-hombre que quisieran encontrar en esta época de seres normales, de hombres como todos, los que encarinñados con el forjamiento de ídolos populares, no ven que ante las aras de esos falsos ídolos se sacrifica estérilmente la sangre de los pueblos.
¡Ni hombre-fiera, ni super-hombre! ¡Hombre nada más! Hombre sencillo, rudo, que aprendió a leer muy tarde, que vivió la vida agreste de las montañas y las selvas, pero en cuyo corazón, que sufrió todas las amarguras y palpitó con todas las altiveces, hay un caudal inagotable de amor para mi patria y para mi pueblo.
Patriota sincero y compañero leal: esos son los únicos títulos que sí reclamo, porque he sabido conquistarlos al precio de mi sangre y de mis constantes esfuerzos”

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DON RAMÓN
DANDO CLASES FRENTE A LOS MISERABLES DE LA UBA Y LOS CANALLAS DE LOS MEDIOS MASIVOS DE COMUNICACIÓN

¡¡¡VIVA ZAPATA!!!

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