Diarios 1914-1923 – Franz Kafka

vendido

Estado: usado.

Editorial: Marymar.

Traducción: J. R. Wilcock.

Precio: $000.

Dentro de la obra genial y atormentada de Franz Kafka, los trece cuadernos que componen sus Diarios constituyen un documento excepcional para el conocimiento de la enigmática personalidad del gran escritor checo. Iniciados en 1910 y continuados ininterrumpidamente hasta un año antes de su muerte, estos Diarios, no destinado s a la publicación, y en los que Kafka volcó sus más íntimos secretos, frustraciones y deseos, contienen una de las confesiones más hirientes que ha producido la literatura europea del siglo XX.
Kafka y sus Precursores
Jorge Luis Borges
Yo premedité alguna vez un examen de los precursores de Kafka. A éste, al principio, lo pensé tan singular como el fénix de las alabanzas retóricas; a poco de frecuentarlo, creí reconocer su voz o sus hábitos, en textos de diversas literaturas y de diversas épocas. Registraré unos pocos aquí, en orden cronológico.
El primero es la paradoja de Zenón contra el movimiento. Un móvil que está en A (declara Aristóteles) no podrá alcanzar el punto B, porque antes deberá recorrer la mitad del camino entre los dos, y antes la mitad de la mitad, y antes, la mitad de la mitad, y así hasta el infinito; la forma de este ilustre problema es, exactamente, la de El Castillo, y el móvil y la flecha y Aquiles son los primeros personajes kafkianos de la literatura. En el segundo texto que el azar de los libros me deparó, la afinidad no está en la forma sino en el tono. Se trata de un apólogo de Han Yu, prosista del siglo IX, y consta en la admirable Anthologie raisonée de la littérature chinoise(1948) e Margoulié. Ese es el párrafo que marqué, misterioso y tranquilo: “Universalmente se admite que el unicornio es un ser sobrenatural y de buen agüero; así lo declaran las odas, los anales, las biografías de varones ilustres y otros textos cuya autoridad es indiscutible. Hasta los párvulos y las mujeres del pueblo saben que el unicornio constituye un presagio favorable. Pero este animal no figura entre los animales domésticos, no siempre es fácil encontrarlo, no se presta a una clasificación. No es como el caballo o el toro, el lobo o el ciervo. En tales condiciones, podríamos estar frente al unicornio y no sabríamos con seguridad que lo es. Sabemos que tal animal con crin es caballo y que tal animal con cuernos es toro. No sabemos como es el unicornio.”
El tercer texto procede de una fuente más previsible; los escritos de Kierkegaard. La finalidad mental de ambos escritores es cosa de nadie ignorada; lo que no se ha destacado aún, que yo sepa, es el hecho de que Kierkegaard, como Kafka, abundó en parábolas religiosas de tema contemporáneo y burgués. Lowrie, en su Kierkegaard, transcribe dos. Una es la historia de un falsificador que revisa, vigilado incesantemente, los billetes del Banco de Inglaterra; Dios, de igual modo, desconfiaría de Kierkegaard y le habría encomendado una misión, justamente por haber avezado el mal.
El sujeto de otra son las expedientes al Polo Norte. Los párrocos habrían declarado desde los púlpitos que participar en tales expediciones conviene a la salud eterna del alma. Habrían admitido, sin embargo, que llegar al Polo es difícil y tal vez imposible y que no todos pueden acometer la aventura. Finalmente, anunciarían, que cualquier viaje de Dinamarca a Londres, digamos en el vapor de la carrera-, o un paseo dominical en coche de plaza, son, bien mirados, verdaderas expediciones al Polo Norte, La cuarta de las Prefiguraciones la hallé en el poema Fears and Scruples de Browning, publicado en 1876. Un hombre tiene, o cree tener, un amigo famoso. Nunca lo ha visto y el hecho es que éste no ha podido, hasta el día de hoy, ayudarlo, pero se cuentan rasgos suyos muy nobles, y circulan cartas auténticas. Hay quien pone en duda los rasgos, y los grafólogos afirman la apocrifidad de las cartas. El hombre, en el último verso, pregunta: “¿Y si este amigo fuera Dios?”.
Mis notas registran asimismo dos cuentos. Uno pertenece a las Histories désobligeantes de León Bloy y refiere el caso de unas personas que abundan en globos terráqueos, en atlas, en guías de ferrocarril y en baúles, y que mueren sin haber logrado salir de su pueblo natal. El otro se titula Carcassonne y es obra de Lord Dunsany. Un invencible ejército de guerreros parte de un castillo infinito, sojuzga reinos y ve monstruos y fatiga los desiertos y las montañas, pero nunca llegan a Carcasona, aunque alguna vez la divisan. (Este cuento es, como fácilmente se advertirá, el estricto reverso del anterior; en el primero, nunca se sale de una ciudad; en el último, no se llega).
Si no me equivoco, las heterogéneas piezas que he enumerado se parecen a Kafka; si no me equivoco, no todas se parecen entre sí. Este último hecho es el más significativo. En cada uno de esos textos está la idiosincrasia de Kafka, en grado mayor o menor, pero si Kafka no hubiera escrito, no la percibiríamos; vale decir, no existiría. El poema Fears and Scruples de Browning profetiza la obra de Kafka, pero nuestra lectura de Kafka afina y desvía sensiblemente nuestra lectura del poema. Browning no lo leía.
Como ahora nosotros lo leemos. En el vocabulario crítico, la palabra precursor es indispensable, pero habría que tratar de purificarla de toda connotación de polémica o rivalidad. El hecho es que cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro. En esta correlación nada importa la identidad o la pluralidad de los hombres. El primer Kafka de Betrachtung es menos precursor del Kafka de los mitos sombríos y de las instituciones atroces que Browning o Lord Dunsany.
Levántate y anda, Samsa
Juan Forn
Hay un cuento de Kafka en que un escritor japonés es el máximo candidato a recibir el premio literario más importante del mundo pero, año tras año, es sistemáticamente relegado, a pesar de sus esfuerzos cada vez mayores por obtenerlo, que incluyen imitar a otros autores (por ejemplo, a un sueco autor de una exitosísima saga protagonizada por una chica que asesina villanos) e incluso copiar sus propias obras tempranas, cuando era feliz e indocumentado, y escribía sin pensar en otra satisfacción que llevar a buen puerto la historia que estaba contando. Los años se van sucediendo y el escritor japonés deforma cada vez más su estilo y su obra hasta que ya no tiene nada que ver con lo que era originalmente, momento en que obtiene por fin el tan ansiado premio, que no es otra cosa que un espejo.
Mentira: Kafka jamás escribió ese cuento. Pero el japonés Haruki Murakami, después de perder una vez más el Nobel hace dos semanas, publicó en el New Yorker un cuento titulado “Samsa enamorado”. Como todo el universo sabe, el protagonista de La metamorfosis de Kafka se llama Gregor Samsa (en los primeros borradores, su autor era aun más autobiográfico: lo llamaba Karl Samsa). Todos conocemos de memoria su inmortal comienzo: esa mañana en que, al despertar de un sueño agitado, el pobre Samsa descubre que se ha convertido en un monstruoso insecto. Y ese momento terrible del final, cuando Samsa trata de acercarse a su madre y su hermana y es tal la repulsión que le provoca a su amada hermana, que ésta prefiere soltar a la madre con tal de mantener la distancia con el monstruoso insecto: ese momento en que Samsa comprende que su familia le está pidiendo que los libere de él, y vuelve mansamente a su cuarto a dejarse morir.
En ese cuarto empieza el cuento de Murakami. En ese cuarto sin muebles y lleno de mugre, con la ventana tapiada y la puerta sorprendentemente abierta, despierta una mañana un insecto devenido humano. Así empieza el cuento de Murakami: “Al despertar descubrió que había experimentado una metamorfosis y se había convertido en Gregor Samsa”. A continuación, el protagonista se sorprende grandemente de sus manos y sus piernas humanas (“¡sólo dos de cada!”, comenta el narrador entre paréntesis), de su piel blanda, sin caparazón protector, sin armas de ataque o defensa, de ahí pasa a responder a sus necesidades más urgentes, y después de devorar a manos llenas el desayuno que encuentra servido en el comedor descubre que tiene frío y elige para cubrirse un camisón que encuentra en uno de los dormitorios (permítanme acá una frase de Kafka, el hombre que sentía que si no escribía era un insecto, para su familia y para el mundo: “La vista del lecho conyugal de mis padres, de las sábanas usadas y los camisones tirados encima, me impresiona hasta la náusea”).
Entonces suena el timbre. En camisón, Samsa abre. ¿Pidieron un cerrajero?, dice una mujer jorobada y se abre paso y llega hasta la puerta del cuarto de Samsa y se arrodilla frente a la cerradura y mientras trabaja en ella le pregunta a Samsa dónde está el resto de la familia, ¿no vieron los tanques por las calles?, están deteniendo gente, mejor no salir, por eso vino ella en lugar de sus hermanos, porque a una jorobada no la van a detener si la ven por la calle, ¿y por qué tamaña cerradura en un cuarto que no tiene nada adentro?, pregunta la jorobada, con Samsa de pie a su espalda, y entonces gira y descubre la tremenda erección que asoma debajo del camisón, y se mosquea (“¿Ves de atrás a una jorobada en cuclillas y crees que tienes derecho a cogértela?”), pero entiende que Samsa es medio “lento”, que no tiene mala intención, y le dice que volverá en unos días con el cerrojo arreglado, y se va. Samsa vuelve al comedor, se sienta en una silla, mira alrededor, se pregunta qué significarán las palabras “familia”, “tanques”, “deteniendo gente”, “cogértela”. Todo es un misterio para él, salvo el anhelo de volver a ver a esa jorobada “y a su lado descifrar los enigmas del mundo”.
Así termina su cuento Murakami. Si hubiera sido mínimamente más explícito con los tanques (en Checoslovaquia entraron dos veces los tanques rusos: al final de la guerra y en 1968, para terminar con la primavera de Praga), el final de su cuento sería atronador: el judío Samsa sobrevive a los nazis encerrado en ese cuarto (recuérdese que las hermanas de Kafka murieron en Ravenbruck y Auschwitz) y se vuelve humano y sale de su encierro cuando termina la guerra. Pero Murakami prefiere concentrarse en la fabulita del insecto devenido humano (“¡Tengo manos! ¡Tengo hambre! ¡Tengo una erección! ¡Tengo novia!”). A diferencia de todos los lectores del mundo, Murakami no ve a Kafka en Samsa. Hoy sabemos que Kafka empezó a escribir La metamorfosis un domingo; tres días antes había sido el día más feliz de su vida: la mujer amada le había hablado de tú por primera vez, pero desde entonces ni una carta de ella. Kafka espera en cama ese domingo, no se ha levantado, oye a la familia desa-yunar y luego almorzar en el comedor, por la tarde le escribe a Felice que se siente insignificante: “A menudo dudo de que sea una persona. Si no escribiera yacería en el piso, digno de ser barrido”. Uno tiende a pensar que la familia no lo hubiera barrido sino respirado aliviada, si Kafka dejaba de escribir (y la mujer amada lo mismo), pero Kafka pasa las siguientes veintiséis noches escribiendo La metamorfosis. En el momento culminante del cuento, la amada hermana de Samsa dice de pronto: “Tenemos que librarnos de él”, y se corrige: “Tenemos que librarnos de eso”. Es una de esas catástrofes que Kafka sabe hacer ocurrir dentro de una sílaba, uno de esos milagros de estilo que son su marca de fábrica (tiempo después le diría a Gustav Janouch, en una de sus caminatas por Praga: “Era una historia sobre las verrugas de mi familia, yo la más grande”).
Cuando se publicó La metamorfosis, pocos meses más tarde, el Prager Tagblatt se escandalizó tanto que publicó un textito titulado “La remetamorfosis de Gregor Samsa”, donde un insecto hacía el trayecto inverso, desde el basural hasta la cama en la que despertaba convertido en humano. El cuentito terminaba en el lugar justo donde Murakami empieza el suyo. El autor era un joven poeta tísico llamado Karl Müller, que vivía miserablemente en una buhardilla y firmaba con el seudónimo Karl Brand. La reacción que produjo el relato del joven Brand estuvo en las antípodas de su propósito cándidamente humanista. Un mar de cartas llegó al Tagblatt: eran lectores que no tenían noticia del relato de Kafka y que consideraban deleznable que, en las páginas de su diario, un insecto se convirtiera en humano.
Permítanme agregar que el Prager Tagblatt cerró sus puertas en 1939, cuando los nazis entraron en Checoslovaquia, y que casi todos sus cultos lectores judíos de lengua alemana estaban muertos la mañana de 1945 en que terminó la guerra, esa mañana en que un insecto descubrió al despertar, en un cuarto vacío de muebles y lleno de mugre, que una metamorfosis lo había convertido en Gregor Samsa.
Kafka y sus amigos
Juan Forn
El mundo de la kafkología es un mundo signado desde su origen por el desagradecimiento: no hay kafkólogo que no acuse a Max Brod de traicionar a Kafka, en lugar de agradecerle por no haber quemado esos papeles.
Como bien se sabe, Brod incumplió por partida triple aquel pedido postrero de Kafka (“Quémalo todo, sin leerlo antes. Quiero que se me olvide”): 1) no quemó, 2) sí leyó y 3) hizo todo lo que pudo para que el mundo no olvidara nunca a Kafka. Brod dejó a un costado su propia carrera literaria y dedicó veinte años de su vida a trabajar por Kafka. En esos veinte años (de los ’30 a los ’50), la obra de Kafka pasó de ser singularmente imaginativa a ser profética, y de ser profética a ser realista, a retratar como ninguna otra la realidad del mundo.
Precisamente por esa razón aparecieron en el mundo los kafkólogos. Cuando la primera horneada de aquellos fanáticos llegó en peregrinación a Praga, apenas terminada la Segunda Guerra –recordemos que Brod comenzó a publicar la obra de Kafka en alemán cerca del año ’30, y en el ’33 debió trasladarse a Palestina, lo que dificultó la aparición de los libros de Kafka, y después vinieron la anexión de Austria, la invasión a Polonia y la guerra, y tengamos en cuenta que en los primeros años de posguerra no era nada fácil llegar hasta Checoslovaquia–, así que cuando aquellos kafkólogos iniciales se las arreglaron para llegar a Praga en 1946 y 1947, descubrieron que casi no quedaban con vida personas que hubieran conocido a Kafka personalmente (buena parte de la familia y muchos de los amigos habían muerto en los campos de concentración nazis). Por eso impresionó tanto a los kafkólogos la aparición de Gustav Janouch y sus Conversaciones con Kafka en 1951.
Janouch tenía diecisiete años y Kafka treinta y siete cuando se conocieron. El padre de Janouch trabajaba en la oficina contigua a la de Kafka en el Instituto del Seguro, y le mostró las cosas que escribía su hijo y después los presentó. El joven Janouch quería ser escritor y anotó todas las conversaciones que tuvo con Kafka, a lo largo del siguiente año y medio, cuando lo fue a visitar a la oficina y cuando tuvo ocasión de caminar con él por las calles de Praga. Después Kafka se enfermó y dejaron de verse. Janouch acababa de cumplir veintiún años (y asistir al suicidio de su padre) cuando supo de la muerte de Kafka. Desde entonces pasó un sinfín de penurias, pero logró sobrevivir a la guerra y a tres años de prisión después de la guerra, y cuando lo liberaron encontró aquel cuaderno en el que había anotado sus conversaciones con Kafka y logró que llegara desde la Praga comunista hasta las manos de Max Brod en Palestina. Brod hizo que el libro se publicara en Occidente y, a partir de entonces, los kafkólogos del mundo que llegaban a Praga iban todos en busca de Janouch, y todos sin excepción se decepcionaban con el Kafka que éste les contaba. Porque Janouch desconocía los libros de Kafka publicados póstumamente por Brod: no había leído ni El proceso ni El castillo ni la Carta al padre ni los Diarios. Esa es la gracia de su extraordinario libro: en él, Kafka no es un escritor genial; no subyuga al joven Janouch con su pluma sino con su mera calidad humana.
Hasta el día de hoy los kafkólogos no le perdonan a Brod ni la biografía que escribió sobre Kafka ni la manera en que “emprolijó” para su publicación los manuscritos, desde las novelas hasta los diarios. Lo acusan de construir un Kafka iluminado, un ser en estado de gracia, un casi santo. Es entendible que esa mirada que pedía Brod sobre Kafka cayera en desgracia después del Holocausto, de Hiroshima y Nagasaki, en aquel mundo de posguerra que iba a alienar a sus ciudadanos a golpes de consumismo o comunismo, según el lado de la Cortina de Hierro del cual hubiesen quedado. Brod había urgido a los lectores a ver integralmente a Kafka, no sólo como vidente del horror sino también en su particular forma de santidad. Pero el signo de los tiempos, en abrumadora mayoría, lo prefería laico, terreno, antirreligioso. Además de humillado y completamente infeliz. ¿Cómo ver gracia y trascendencia en aquél que nos hacía ver como nadie ese laberinto sin salida llamado realidad cotidiana?
Es por eso que el mundo de los kafkólogos desacredita el Kafka de Brod: Brod no entendía a Kafka; Brod traicionó a Kafka. Así es esta gente. El Kafka que ven los obliga a traicionar, a desacreditar, a todo aquel que vea otro Kafka. Como Janouch, por ejemplo.
Así es como llegamos al checo Josef Cermak: especialista en literatura comparada, cofundador de la Sociedad Franz Kafka en Praga, autor del libro Kafka, ficciones y mistificaciones, recibido vaya a saberse por qué con tanto respeto en nuestro país sólo porque viene amparado por María Kodama (quien seguramente presionó para que el libro de Cermak se publicara en Emecé, y le escribe un prólogo, y será junto al susodicho Cermak gestora y anfitriona de una bienal Borges-Kafka no muy comprensible, que se realizará alternativamente en Praga y Buenos Aires, o acaso en las dos ciudades a la vez, si la organización cuenta con la ayuda de gólems u odradeks). Cermak ha escrito su libro para desacreditar a Janouch. “Como un fiscal que busca desenmascarar a un acusado” (cito textualmente), Cermak nos dice que Janouch era “un individuo venido a menos, un pseudoartista con tendencia al extremismo, un aventurero que brujuleaba por la vida, que despilfarró su talento por una vida crápula, por su gusto patológico por inventar cosas y presentar sus vivencias como le venía en gana”. Esa es la acusación del fiscal: que Janouch inventó gran parte de sus conversaciones con Kafka y que “la crítica literaria científica” (sic) fue “su gran víctima”.
Cermak se pregunta si “los aforismos de Kafka en el libro de Janouch, con frecuencia realmente imponentes” (el subrayado es mío), “son o no patrimonio ideológico de Kafka”. Traduzcamos: Cermak teme que la crítica literaria “científica” sea engañada en su buena fe y ponga una de esas frases “imponentes”, escritas por un mero falsificador como Janouch, a la par de una “verdadera”, proveniente de alguno de los libros de Kafka (hasta donde yo sé, ni el joven Eckerman cuando publicó sus Conversaciones con Goethe ni el viejo Boswell cuando publicó su Vida del Dr. Johnson debieron enfrentar esta clase de cuestionamiento, pero sigamos).
Cermak dice que muchas investigaciones sobre Kafka “se fundan en el texto de Janouch” y cita el caso de la destacada kafkóloga francesa Marthe Robert, que tituló su opera magna Solo como Franz Kafka, pobrecita, a causa de una cita del crápula de Janouch. ¿Pero es justo echarle a Janouch la culpa de ese título tan poco afortunado, y todo porque en un momento de su libro Kafka le dice que no se siente “solo como Kaspar Hauser” sino apenas “solo como Franz Kafka”?
Cermak mismo es víctima de la prosa “imponente” del impostor, ya que en una parte de su libro reproduce veintidós páginas seguidas del libro de Janouch. Hay muchas otras citas textuales de Janouch en el libro de Cermak: algunas de dos o tres páginas, otras de una veintena de renglones, pero ninguna llama tanto la atención como ésa que va de la página 164 a la página 186 de corrido. Viene muy al caso una interesante teoría que tiene Juan Carlos Gómez, el fiel Goma de Gombrowicz, quien sostiene que ningún libro sobre un escritor es legítimo (“pasa la prueba”, es la expresión que usa Gómez) si las citas en sus páginas suman más del veinte por ciento del texto completo del libro. Las citas textuales de Janouch que hay en el libro de Cermak superan ese porcentaje, de manera que, según los parámetros del fiel Goma, Cermak sería un tanto fraudulento.
Pero lo más llamativo de su libro es que, luego de repetir una y otra vez que el engaño de Janouch sólo fue posible por su endiablada habilidad para inventar “imponentes aforismos”, Cermak procede a decirnos muy suelto de cuerpo que ese hombre capaz de crear un Kafka tan magistral que el mundo entero se lo creyó (empezando por Max Brod y Dora Dymant, la mujer en cuyos brazos murió Kafka) no consiguió ganarse la vida con la pluma “ni siquiera en el ala más barata de la literatura”. Según Cermak, “los intentos de Janouch por hacerse valer como escritor en revistas y periódicos checos fracasaron definitoriamente”. Razón por la cual se pasó a la lengua alemana “y allí tuvo una suerte inesperada: consiguió escribir una obrita que por un tiempo le reportó éxito mundial” (se refiere, por supuesto, a las Conversaciones con Kafka) “y aún tendrá que pasar tiempo para que se vea que la estatua por él creada es sólo de arena, al lado de la verdadera, que es de granito”.
Una estatua de arena. Eso es lo que nos ofrece Janouch, según Cermak: un libro de arena. Será quizá por eso que su libro tiene un prólogo de María Kodama. Y fíjense lo que dice en él la primera viuda de nuestras letras: “El deseo de apoderarse de la obra de un escritor ha sucedido desde el alba del mundo hasta nuestros días. Curiosamente, los destinos de Borges y Kafka se acercan en esta suerte de vampirismos de las rémoras” (no me miren a mí; yo me limito a citar la palabra alada de Kodama). “Ambos, ya transpuesto el Gran Mar, como llamaban a la muerte los florentinos” (¿qué tendrán que ver los florentinos? perdón, perdón, sigue la cita), “fueron y son víctimas de la voracidad de quienes, muchas veces sin conocerlos, escriben supuestas biografías y conversaciones, que ocultan la ambición de lograr un lugar en la literatura al que nunca accederán por mérito propio”.
¿Tiene el libro de Cermak “mérito propio”? ¿Tiene alguna virtud que el de Janouch no tenga? Permítanme contestar esta pregunta con unas palabras del libro Kafka. Los años de las decisiones, que escribió Reiner Stach, publicó Siglo XXI y ojalá algún día reciba la justicia que se merece. “Una sensación de agarrotamiento ataca a quien visita el estante K en cualquier biblioteca especializada en Germanística: metros y metros de Kafka. No hay instrumento metodológico que no se haya aplicado a su obra. Infinidad de sesudos análisis se citan mutuamente y nos recuerdan los juegos autistas: no es posible imaginar a quién van dirigidos. El escenario está dominado por el principio de repetición y el del plagio. Uno no puede dejar de preguntarse si lo que aquí se representa es la exacerbación, la parodia o la mera decadencia del culto a Kafka. Las escasísimas perlas que se pueden descubrir proceden casi en su totalidad de no especialistas, y en ellas presta providencial ayuda la empatía allí donde el conocimiento termina”.
Los kafkólogos se jactan de haber reconstruido la vida de Kafka casi instante por instante (“quedan aún algunos momentos poco conocidos”, afirma con petulancia Cermak en cierto momento de su libro). Podrán quizá recitar hora por hora, incluso minuto por minuto, lo que hizo Kafka cada día de su vida, pero es evidente que todavía no han llegado a conocerlo como lo conocieron –y nos lo hacen conocer– Brod y Janouch.

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
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2 respuestas a Diarios 1914-1923 – Franz Kafka

  1. Marie dijo:

    me interesa este!

  2. libroskalish dijo:

    hola
    escribime a mi mail y convinamos
    juanpablolief@hotmail.com
    saludos

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