¿Qué es esto? Catilinaria – Ezequiel Martínez Estrada

Estado: usado.

Editorial: Biblioteca Nacional / Colihue, colección Los Raros.

Estudio preliminar de Fernando Alfón.

En Comentarios dejo un ensayo de Hernán Sassi que aparecio en elinterpretador N.28, donde lee esta gran obra maestra del ensayo argentino, suerte de versión rioplatense de El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, donde EME borra toda huella del humor de Dick y redobla hasta superar a éste en sus visiones paranoicas.

Precio: $40.

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $20.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Anuncios

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
Esta entrada fue publicada en Ezequiel Martínez Estrada. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a ¿Qué es esto? Catilinaria – Ezequiel Martínez Estrada

  1. Hernán Sassi dijo:

    ¿Esto era, Estrada?

    Exabrupto sobre ¿Qué es esto? Catilinaria (2005), de Ezequiel Martínez Estrada

    “Casi todo genio conoce, como fase de su desarrollo, la existencia catilinaria, sentimiento de odio y de venganza contra todo lo que existe.”

    F. Nietzsche, El crepúsculo de los ídolos

    I

    Cuando recién hacía mis primeras lecturas, embelezado con Cortázar, Borges y, a qué negarlo, hasta con los ensayos de Sábato, cayó a mis manos un texto de Ezequiel Martínez Estrada. Como era de prever, lo leí con perplejidad, con pasión, con la desmesura que su propia escritura dictaba. Fue así que durante un largo tiempo La cabeza de Goliat, Radiografía de la Pampa y sus cuentos –en ese orden– se transformaron en mis lecturas predilectas. Me entusiasmaba, por sobre todas las cosas, su mirada heterodoxa y su prosa poética, mágica, inimitable. Por ello, al leer al unísono a alguno de sus detractores, desoía sobre todo las críticas de los contornistas y, en particular, me divertía mucho con el librito de Sebreli, Martínez Estrada, una rebelión inútil, al cual siempre vuelvo para reparar en algún iluminador desatino del autor de Los deseos imaginarios del peronismo. No había dudas. Ezequiel Martínez Estrada era para mí nuestro gran ensayista, y más aún –y hoy veo con candidez mi ingenuidad–, el ensayista del ser nacional.

    Un día compartí mi entusiasmo con mi tío, un hombre versado en política y, aunque suene paradójico, peronista irredento, como algunos miembros de mi familia. Su visión de Estrada era muy otra de la que yo tenía. En esta versión, el autor del ¿Qué es esto? Catilinaria –recién ahí, en esta fraterna conversación, tuve el primer contacto con este texto maldito– era un hombre de la intelligentzia argentina, una mente reblandecida. Según él, a quien yo debía leer si quería comprender la Nación era a don Arturo Jauretche, no a ese “gorila de mierda” que años después terminara en Cuba abrazando ideales que antes había denostado con el peronismo.

    Al día siguiente, presuroso, fui a la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras donde hacía unos meses había comenzado mis estudios. Antes, mucho antes de pedir el Manual de zonceras o El medio pelo, leí sólo unas páginas, mejor dicho, pude leer sólo unas páginas del ¿Qué es esto? En ese momento comprendí –y lo viví en carne propia– por qué en una familia peronista la sola mención de Martínez Estrada había provocado, en más de una ocasión, no sólo escozor, sino más bien el desvío del tema y el cariz de lo conversado llevándolo a una escena de pugilato político, de arrebatos impulsivos, de cerrazones ideológicas.

    Con esta historia personal presente, con ese resquemor de hace unos años frente a este libro imposible y el mismo entusiasmo y veneración para con al resto de la obra estradiana, retomo la lectura –ahora integral– del ¿Qué es esto? Catilinaria, reeditado a fines del 2005 en la colección “Los raros” de la Biblioteca Nacional; colección que incluye a heterodoxos de toda laya, entre los que valdrían destacarse Vida de muertos de Ignacio Anzoátegui prologado por Christian Ferrer, Prometeo & Cía de Eduardo Wilde con prólogo de Guillermo Korn y El idioma nacional de los argentinos de Lucien Abeille, escrito que, según dicen ciertos entendidos, es un valioso eslabón perdido de nuestra cultura.

    II

    Cuenta la leyenda –ya mítica– que durante el primer período peronista Ezequiel Martínez Estrada sufrió un severo “desbarajuste glandular” o “peronitis” como él mismo lo llamaba, un padecimiento epidérmico que lo postró precisamente hasta el momento en que la Libertadora salvó al país del tirano prófugo. Como antídoto, Estrada emprende una vasta exégesis de ese hecho incomprensible que parte aguas en la historia política nacional: el peronismo.

    Más que como muestra del perspicaz analista de la cultura que fue, como veremos aquí, ¿Qué es esto? Catilinaria será una mera descarga pulsional fruto de aires de revancha por la tortura padecida en el propio cuerpo. Él, siempre con la cultura nacional a flor de piel, ahora vuelto polemista desencajado por rumiar durante años entre paredes, solitario, sin antes ni ahora tener enfrente al partidario peronista con quien medirse en batalla verbal, propone un abordaje simbiótico, o sea, de superficie, mejor dicho –y seamos justos con el resultado–, superficial, más todavía si lo comparamos con sus modelos en este texto, Cicerón, Plutarco y José María Ramos Mejía. No será azaroso entonces que, ante un hombre disminuido, un profeta del odio como el que tenemos aquí, en un texto sobre el más grande ensayista argentino Christian Ferrer encuadre a este libro entre aquellos que, junto con Cuadrante del pampero (1956), Las 40 (1957) y Exhortaciones (1957), eran “cuatro quejas por el estado moral del país”. Y antes que encolumnar estos textos en la saga de catilinarias memorables como El Dieciocho Brumario de Marx y Napoleón el pequeño de V. Hugo, o en la vasta prosapia de panfletos célebres junto al Anticristo de Nietzsche, a Yo acuso de Zolá o al Manifiesto comunista de Marx y Engels, mejor valdría la pena descender de esas cumbres y reparar meramente –más, sería una demasía– en ese “estado de queja” que mueve a este texto, precisamente –y aunque nos duela– en el estado de queja de comadrona de barrio que lleva a Estrada a convertirse, antes que en una catilinaria, en la expresión brutal de los lugares comunes más pedestres.

    Con la misma zaña con la que Sarmiento odió al indio –a quien apenas consideró un ser humano–, con esa misma inquina e incomprensión, Estrada odia a Perón. Dejando atrás esos sones de profeta visionario y herético que lo caracterizaron siempre, aquí construyó un personaje de ficción tan inverosímil y risible como el que supieron mentar en sus alegorías, en sus relatos elípticos, Borges, Bioy y Cortázar. Él también, como ellos, creó su ficción sobre Perón y el peronismo, y no me refiero precisamente a su cuento “Sábado de gloria”, centrado en el golpe del ’43. Era consciente de esto. Por ello aquí encara con fervor un análisis “espectroscópico”, un análisis de ese fantasma, de su molino de viento, su Moloch imaginario.

    Aquel que gustaba de analizar arquetipos nacionales inmarcesibles como los del gaucho o el guapo, yerra al deconstruir la figura del líder. En erupción volcánica y usando su pluma como catalizador de un encono abrasador, Ezequiel Martínez Estrada, quien como vemos más que nada aquí no sabía elogiar arteramente como el autor de Ficciones, despliega un sinnúmero de improperios: Perón, macarrónicamente equiparado con Hitler y Mussolini, con Al Capone, es alternativamente un gaucho malo, un tránsfuga, un resentido, un cuatrero, un mediocre, alguien con la estatura de un gnomo, un pastor de ovejas, un payaso, cuando no un ángel exterminador, farsante e hipócrita. Dentro de esta caracterología meridiana no puedo olvidar una descripción enternecedora: el General también fue “el que nos robó las cualidades que hacen del ser humano un hombre”. Estos epítetos difamatorios, estas bárbaras analogías, estos comentarios pueriles son acompañados con grajeas zumbonas y también con disparates cándidos como este que no puedo dejar de citar y al hacerlo tampoco puedo impedir que una leve sonrisa se esboce. (Pido al lector que tenga respeto por don Ezequiel y evite no ya la sonrisa, sino la carcajada.) El peronismo, según él en esta eximia hermenéutica política, es “un brote vergonzante de la homosexualidad”.

    En ¿Qué es esto? Catilinaria encontramos disparates hilarantes (según Estrada, del ’46 al ’55 supimos tener campos de concentración dirigidos por una red de espionaje policial; La razón de mi vida es equiparable a Mein kampf; los descamisados fueron las SS de Perón y el líder tenía “ignorancia carismática”), retruécanos insustanciales (“El prestigio de Perón como político se debió a que era militar y su prestigio militar se debió a que era político”, o “El peronismo puso las cosas en el lugar de los valores y los valores en el lugar de las cosas”), lugares comunes propios de señora acomodada o de milico despechado (él, Perón, era la dama, y ella, Eva, el hombre; Eva era una mujer pública, y Perón una caricatura de otra caricatura, Mussolini), sazonados con metáforas de iniciado (Perón, con su “mirada de águila rapaz”) y repeticiones hastiantes (al final del texto la guardia pretoriana de Perón magnéticamente ha aglutinado a una infinidad de personajes y una cantidad de grupos inusitados). Todo ello es acompañado por obviedades poco dignas de Martínez Estrada. Por ejemplo, nos descubre una cualidad siniestra que nadie, pero nadie había descubierto en el ejecutor de la Shoa (“Hitler era un maestro en el arte de la propaganda”), así como en el capítulo de las “Vidas paralelas”, olvidando la vasta imaginería de Plutarco, organiza trilladas rimas genealógicas y psicológicas entre Rosas y Perón, propias más de un estudiante secundario completando un cuadro de doble entrada que de tamaña figura intelectual argentina.

    Ante este marco, el lector se fatiga con latiguillos efectistas (la mazorca como precursora de la GESTAPO y equivalente a la guardia pretoriana, así como en el Sarmiento veía a Rosas como precursor de Hitler, Mussolini y Franco, y lo propio hace aquí con Perón), con sentencias y slogans rimbombantes (“Perón era un fracasado, con todos los estigmas clínicos de ese tipo freudiano ya habitual en las revistas de psiquiatría”; eso sí, nuestro escritor no colige ni un solo correlato efectivo entre la teoría freudiana y ese tipo único que fue Perón, ni una sola ejemplificación cabal de la tipología encontrada), ni más ni menos inconducentes que los que hoy pueblan las exitosas páginas de Felipe Pigna; los cuales se reiteran hasta el hartazgo y demuestran la flaqueza intelectual de un hombre debilitado por aquella enfermedad que había dejado de ser epidérmica y ahora ponía en evidencia la retirada de aquel hombre de persuasión contundente.

    III

    Ante la publicación del ¿Qué es esto? Catilinaria, Jorge Luis Borges, le recriminó a Martínez Estrada el “elogio indirecto de Perón”, la crítica exegética que, en su desmesura, lo único que hacía era sostener al tirano. Antiperonista acérrimo como era, Borges no podía tolerar párrafos como el siguiente:

    “Perón supera a todos sus rivales en las malas tácticas y en las buenas: es un gobernante maquiavélico si se quiere, pero no incapaz, exuberante y no como sus detractores. Hay que saber quién ha sido para sentenciarlo, y la mayoría de sus acusadores ignoran, quién fue. Señores acusadores: ha sido un gobernante superior a vosotros, y si me replicáis que más infame, tenéis que demostrármelo”. (Estrada, E. M, 2005: 342)

    Con estas palabras Ezequiel Martínez Estrada, excluido como siempre de todo mandarinato circunstancial, dejaba claro que este texto estaba dedicado “a todos y a ninguno”. A diferencia de aquellos que ante la caída de Perón acompañaron exultantes las fanfarrias de los triunfadores, con este elogio desembozado –el único en este largo ensayo pletórico de disparates y bravatas– consigue aislarse más y más, volviendo a ubicarse en ese solitario promontorio donde se sentía a sus anchas para pensar la Nación.

    Como en Cuadrante pampero (1956), donde refiriéndose a los peronistas como a sus detractores sostiene que “sólo he visto que quienes sacaban a mi pueblo de la pocilga lo arrastraban al corral”, aquí afirma no tomar partido por ninguno y dice que disiente más crudamente con los antiperonistas que con los partidarios de Perón, hecho que, a excepción del pasaje citado, oculta muy bien en este libro. Aunque vitupere a los conjurados que salvaron al país de la tiranía, a los conservadores, al partido radical y al socialista –de quien dice que “es el partido conservador”–, retomando un fatalismo que lo llevó a escribir sus textos más célebres, se ocupa de aclarar que estos forajidos, ineptos e impresentables antes fueron ponzoñosamente inoculados por el propio peronismo, esa enfermedad nacional. Por lo tanto, para este enfoque, el peronismo, esperpéntico por donde lo mire Estrada por más que le prodigue ese elogio inverosímil, agazapado en los sótanos de la república, conspirará desde las sombras como una horda mítica y terminará siendo siempre, en forma retrospectiva o prospectiva, el gran responsable del mal nacional.

    Todas las quimeras emancipatorias todas, todas las banderas del peronismo, para Estrada son solo embustes propios de un artero prestidigitador acompañado por secuaces listos para todo latrocinio. En este texto en el cual trata de descubrir el componente demoníaco del peronismo, como bien señala Sebastián Puente en “De Catalina a Perón. Sobre el peronismo como trauma epistemológico” (El ojo mocho Nro. 18/19, 2004), Martínez Estrada analiza en esta catilinaria el ejercicio de la imaginación conspirativa, y denuncia una conjura, la del peronismo, quien, azuzado por el nazifascismo, conspira desde los sótanos de la Argentina, desde las entrañas del país, porque “el propio carácter del peronismo (es) el de pertenecer al sótano”.

    IV

    Si el escritor de Radiografía y La cabeza de Goliat nos deslumbraba con su sutileza y poesía a la hora del retrato de una figura capital de nuestra historia, en un cálido aguafuerte que era remanso para una nueva embestida intelectual o en la ponderación y categórica refutación de una idea rectora de la Patria; el Ezequiel Martínez Estrada del ¿Qué es esto? Catilinaria da pena por su falta rigor e ideas, las cuales trata de ocultar con oropeles prestados de una bibliografía propia de un bibliotecario aturdido ante el marasmo libresco. Como nunca antes, y como si él solo no pudiera encarar tal empresa, aquí se vale de una apabullante argamasa intelectual que va, entre otros, desde la Biblia, Jenofonte, Esopo, Cicerón, Aristóteles y Bukhardt, a Goethe, V. Hugo, Thoreau, Weber, Marx, Jung, Dostoievski, Grousac, T. S. Elliot, Simone Weil y, muy presentes en este texto, Ortega y Gasset, y Le Bon.

    El iluminado por el saber libresco que alardea en los títulos ordenadores en cada capítulo es movido por la hybris y ofrece una visión colérica y patética (en su acepción moderna más que griega). El que galvanizaba ideas con un sinnúmero de recursos, el radiógrafo de la Argentina, de nuestras figuras y textos patrios, aquí es una pálida sombra en el arte de injuriar, cuyo adalid en nuestras letras ha sido Borges, otro antiperonista que en el espinoso campo de las opiniones políticas hacía el papel de imberbe, cuando no el de payaso.

    A propósito, aquello que le reprochaba Borges a Martínez Estrada, más que ser una precisa definición del ¿Qué es esto?, lo era de Rosas y su tiempo (1907) de José María Ramos Mejía, un libro-faro para éste, el de nuestro gran ensayista, un texto que sirve como muestra en espejo de aquello que Estrada quiso pero no pudo hacer con la figura de Perón.

    Aunque tome a Rosas y su tiempo como modelo, Ezequiel Marínez Estrada tiene poco y nada de aquel ensayo en el que Ramos Mejía, hombre de familia unitaria, se exigía a sí mismo equidistancia y se disponía a “estrujar el lenguaje” si era necesario para ahogar al oportunista que vengara las miserias padecidas en el hogar unitario. Si hay algo que no deseaba el autor de Las multitudes argentinas –y no por razones caballerescas, sino más bien científicas–, era tomarse revancha con la pluma. Su trabajo, aunque desmesurado, requería mesura. Por ello, escapando siempre de los arrebatos que lo desviaran del cauce adecuado, anhelaba con pasión los solitarios parajes de la objetividad científica para dar una fiel y exhaustiva pintura de Rosas que repara con justeza en las virtudes de ese personaje cautivante hasta la veneración o el espanto.

    Vale la pena extraer una filigrana, un pasaje justo e iluminador en el retrato del tirano y embriagador como siempre en su prosa, en la que confluyen tanto la razón del científico como la pasión del escritor:

    “Porque precisamente, parte de su fuerza (la de Rosas) estuvo en reflejar el espíritu de la plebe de su época. Ese extraño histrionismo, que es una de sus peculiaridades psicológicas más notorias, era en efecto una de las inclinaciones del alma popular contemporánea. En el temperamento travieso del populacho porteño de su tiempo, había esa mezcla del payaso y del delincuente que Rosas mezclaba en sus gracias con su acostumbrada virtud de asimilación. El gracejo brutal, la payasada soez, verificada sin alterar la rigidez del rostro, que más bien exagera el gesto trágico, fue siempre el plato predilecto de las bajas clases. Esta rígida figura solemne y prendida, como un ídolo indio, era sin embargo un proteo de adaptabilidad, una esponja inteligente, si me es permitida la comparación, para absorber de su ambiente, sin esfuerzo alguno y hasta introduciendo modificaciones de perfeccionamiento por su parte, todo aquello que pudiera multiplicar la fuerza de sus aparatos de protección y de defensa. Ninguno le excedió en la unción cuando rezaba frente a un altar y en el rítmico palmoteo con que, al parecer absorto, acompaña el desfile de un candombe, creíanlo uno sintiendo con el alma ingenua del negro. En el alarido con que celebra el éxito de la gauchada ajena, en la simulada emoción con que recibe una manifestación de los abastecedores, de la legislatura o del clero, dando a cada uno una sensación tan viva de comunión moral, está revelando sus virtudes excepcionales de adaptación popular, su colosal poder sobre la clase media y la plebe especialmente, con cuya devoción incondicional pudo contar durante veinticinco años sin una sola interrupción.” (J. M. Ramos Mejía, 2001:179)

    A diferencia de Ramos Mejía, quien podía justificar las imposturas del tirano con genealogías inusitadas y prosapias contumaces, quien, al cartografiar su aviesa personalidad lo exalta al ubicarlo como un tipo único; Martínez Estrada, aunque como vimos en medio de los apóstrofes infamantes más descabellados regale un elogio poco creíble, no puede ver a Perón más que como un patrón de estancia, un cuatrero de pacotilla, un actor –aunque suene paradójico– eficaz pero regular (y atendamos a esta apreciación ya que viene de él, un gran actor, quien en esta misma obra nos confiesa que “se emocionó” y se sintió poseído ante los dotes histriónicos de Eva) o –y pido al lector que guarde el respeto que don Ezequiel se merece– como un “espía internacional a sueldo”.

    Si como historiador, aunque los tenga como referentes, lejos está de ser nuestro Tácito o nuestro Plutarco, como orador, Estada aquí solo se hace fuerte en el arte de la retórica en su acepción moderna –como verba mendaz–, más que antigua, y aunque vanamente se retrotraiga a Cicerón, a aquel polígrafo romano de quien ha tomado su espíritu resentido más que su prosa elocuente y con quien comparte el reconocimiento en el arte de la escritura más que en el de la invectiva, a quien más se acerca con ¿Qué es esto? Catilinaria es al Juvenal de las Sátiras, al exiliado que impugna a los gobernantes que rigen para su provecho, al que hostigaba a los mediocres y arribistas, al que con encono señalaba como ladrones hasta a los dioses.

    V

    Con el mismo ceño fruncido, pero sin la prosa mesmérica ni la lucidez de otros textos, Ezequiel Martínez Estrada es aquí un hombre que está solo y espera revancha, y en esa revancha se queda en la soledad de los necios, mejor dicho –y traicionando a su maestro Nietzsche con este texto–, en la de los resentidos; siendo esta figura decadente –no está mal recordarlo– tan pero tan reprochable y la responsable de los males de nuestra cultura, según aquel Zarathustra ilustre.

    Como el envidioso, la figura del resentido o despechado, incómodo lugar desde donde escribe Estrada, es aquella que no encuentra sosiego nunca y hasta se regodea en su propia bilis. Por ello, resultará paradójico que sea él mismo quien denoste a las masas resentidas (“mis desdichados hermanos”, como los llama, ¿irónicamente?) que toman revancha con el gobierno peronista, cuando no hay otro más resentido que él. De igual forma parangona a Perón con Eróstrato, siendo él, en ésta, su fase catilinaria, una reedición de ese hombre que recordamos hasta hoy solo por su ciega pasión destructiva.

    ¿Qué es esto? Catilinaria es entonces, no el ejemplo de aquel que acierta incluso en sus errores, sino más bien el traspié de una mente brillante, el traspié de un genio que con este libro demuestra su fase catilinaria.

    Hernán Sassi

    BIBLIOGRAFIA

    – Martínez Estrada, E. Cuadrante del pampero, Buenos Aires, Deucalión, 1956.

    – Martínez Estrada, E. ¿Qué es esto? Catilinaria, Buenos Aires, Colihue: Biblioteca Nacional, 2005.

    – Puente, S. “De Catalina a Perón. Sobre el peronismo como trauma epistemológico”, en El ojo mocho Nro. 18/19, Buenos Aires, 2004.

    – Ramos Mejía, J. M. Rosas y su tiempo, Buenos Aires, Emecé, 2001.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s