La verdadera vida de Sebastián Knight – Vladimir Nabokov

vendido

Estado: usado.

Editorial: Sur.

Traducción: Enrique Pezzoni.

Precio: $000.

Tras una fulgurante carrera de escritor en lengua rusa, Nabokov emprendió, antes incluso de instalarse en los Estados Unidos, una nueva etapa que utilizaría como vehículo el inglés.
La primera obra de esa fase – que dio frutos tan extraordinarios como Lolita, Ada o el ardor y Pálido fuego – fue La verdadera vida de Sebastian Knight, uno de los característicos tours de force de su autor.
En efecto, en este vertiginoso juego de espejos, realidad y apariencia, vida y arte, se suceden en una serie de guiños que remiten a nuevos guiños y pistas engañosas, conformando una obra de madurez, un libro quintaesencialmente nabokoviano.
En apariencia se trata de la simple biografía de un escritor, Sebastian Knight, escrita por su hermanastro «V.» con la intención de corregir las falsedades vertidas sobre su persona en otra biografía, escrita con tendenciosidad y graves prejuicios intelectuales por el ex agente literario de Sebastian. Como en una novela policíaca, «V» tratará de hallar la verdad acerca de ese hermano con el que apenas convivió, buscará en sus obras alusiones autobiográficas, se entrevistará con las mujeres que tuvo por amantes y con los testigos que pueden proporcionarle alguna luz.
Pero, siempre anticonvencional, Nabokov hará que todas esas tentativas se frustren e irá dejando sucesivamente abiertos todos los interrogantes, pues esta fingida investigación sólo pretende delatar la falacia de nuestras certidumbres y recordarnos la radical incognoscibilidad del ser humano.
«Diabólicamente ingeniosa… La ‘verdadera vida’ de Sebastian va haciéndose más misteriosa y enigmática a medida que avanza el libro… Una pequeña obra maestra.» (Iris Barry, Herald Tribune)
«La primera novela de Nabokov en inglés desarrolló en toda su amplitud uno de los temas centrales de La dádiva: el hecho de que la auténtica vida del artista está solamente en su obra.» (Laurie Clancy)
«Un mojón significativo en la carrera de Nabokov, y un hito para el amante de su obra.» (Alan Levy).
Vladimir Nabokov – (video subtitulado en español)
Vladimir Nabokov es entrevistado por Bernard Pivot en el programa de televisión francesa “Apostrophes”. En esta entrevista el escritor ruso habla, entre otros temas, sobre su vida como exiliado en diferentes países, su experiencia como profesor universitario, su afición por las mariposas y su célebre novela “Lolita”.

http://www.youtube.com/watch?v=yVQaDFLBNvw

http://vimeo.com/23608897

Conversación con Vladimir Nabokov: Entre el fuego y el hielo
Robert Robinson
Vladimir Nabokov convirtió la entrevista en un género literario. Para evitar los dislates de los periodistas y sus propias vacilaciones, respondía por escrito y exigía una transcripción “verbatim”. Su libro Opiniones impertinentes es un compendio de su inteligencia dialógica. A continuación, el último “match” de un tenista de la conversación.
Llegamos en febrero. Los laureles de invierno y los sauces desnudos daban una apariencia aún más melancólica al camino que bordeaba el lago. Se tenía la extraña sensación de caminar dentro de una vieja fotografía. Nos dirigimos a Nabokov para avisarle que ya estábamos ahí y también para decirle que el material que nos había proporcionado era insuficiente. La entrevista (ahora para el Programa del Librode la BBC2) siguió una ruta precisa: el día anterior a la cita se enviaron las preguntas, se aguardó a que llegaran las respuestas ya redactadas, y sólo fue necesario sentarse frente a la cámara y servir la entrevista, como si se tratara de una rebanada de pastel. Pero tenía que ser un programa de 25 minutos y nos faltaba material.
Nabokov había estado muy enfermo. Cuando entró a uno de los salones del hotel Montreux Palace, en Suiza, llevaba un bastón, estaba pálido y el cuello de la camisa le quedaba una o dos tallas demasiado grande. Lo acompañaba su esposa. Ella también había estado mal de salud. Me sentí un poco asustado —no sé bien por qué— y, para mi asombro, tras conversar unos minutos y expresarle lo agradable que era saber que la entrevista ya se había llevado a cabo —congelada en el papel antes del arribo de las cámaras, lo que impedía la posibilidad de cualquier evento inesperado—, la señora Nabokov me dijo en voz baja:
—¿Está usted asustado?
Me incorporé de un brinco, respondí:
—No, claro que no, en lo absoluto.
Pero supongo que al aceptar la premisa de una pregunta tan extraña esa mentira era una respuesta a mí mismo.
En cuanto a la extensión de la entrevista resultaba claro que Nabokov había dicho todo lo que quería decir, y no quería decir más. Así es que se decidió que leyera un poema y, de inmediato, lo sopesó en términos de tiempo, como un chef que calcula sus ingredientes en cucharadas de extraordinaria precisión:
—Tantas estrofas a tantos segundos por estrofa… digamos quince estrofas —pronunció Nabokov.
—No, son doce estrofas. Doce —intercedió la señora Nabokov—. Treinta segundos por estrofa, multiplicado por doce, nos da otros seis minutos. Sí, creo que será suficiente.
No se nos permitió entrar a las habitaciones de los Nabokov: seis cuartos en el último piso del hotel, áticos,como Nabokov los llamó con sequedad. Se nos excluyó bajo pretexto de que no había suficiente espacio, pero habría resultado inverosímil que un hombre dedicado a mantener al mundo a raya no hubiera defendido su privacía. De modo que se desarrolló una tenue incomodidad. La nuestra era una visita de negocios pero ellos vivían en el hotel, así que cuando Nabokov dijo: “Podríamos ir al bar, si quieren ofrecer un trago”, pensé que había querido decir: “si quieren que les ofrezca un trago”. No es que resultara imposible preguntarle a un escritor que se esforzaba siempre por ser preciso qué es lo que en realidad había querido decir, sino que tenía la sensación de que los Nabokov estaban incómodos.
Bebimos algo de vodka (“Crepkaya, si es para el señor Nabokov”, murmuró el camarero), y Nabokov dijo que quería vodka cuando filmáramos la entrevista al día siguiente: “pero como no quiero que el público se lleve la falsa impresión de que soy un alcohólico, hay que ponerlo en una jarra.” En resumen esto significaba que la enfermedad lo había debilitado, y que la cámara y las luces lo harían aún más.
Al día siguiente las cámaras iluminaron una habitación del Montreux Palace. Nabokov se sentó en una de esas mesas doradas y colocó sus apuntes contra la jarra de vodka. Las preguntas se sucedieron como imagino que los actores isabelinos desarrollaban sus diálogos: con movimientos ceremoniosos y una secuencia de inflexiones convencionales, o espontaneidad simulada. Ni Nabokov ni yo intentamos la mímica: nos colocamos las tarjetas a la altura de los ojos y leímos en voz alta las palabras que ya habíamos intercambiado en el papel. Cuando todo terminó, conduje a mi compañero de baile de regreso a su asiento, me puse los lentes y leí las palabras: “Gracias, señor Nabokov…”
A lo largo de la entrevista su esposa permaneció sentada en una esquina del cuarto, en absoluto silencio y con las manos apoyadas sobre el bastón. Pero mientras estuve frente a Nabokov sentí su presencia todo el tiempo. También percibí su abstracción: él era el objeto absoluto de su afecto. Los Nabokov abandonaron el cuarto con lentitud y me pareció que regresaban a un juego de ajedrez inconcluso.
Antes que nada, don Vladimir, y para no provocar su ira, ¿Cuál es la pronunciación correcta de su apellido?
Digamos que en ruso hay muchos nombres que a primera vista parecen sencillos, pero cuya ortografía y pronunciación le tienden extrañas trampas al forastero. Le llevó dos siglos al apellido Suvarov deshacerse de la descabellada “a” intermedia: debe de ser Suvorov. Los cazadores de autógrafos norteamericanos que profesan conocer todos mis libros —aunque con gran prudencia evitan mencionar sus títulos— hacen toda clase de trucos con las vocales de mi apellido, tantos como lo permiten las variantes matemáticas. Me conmueve en especial “Nabakav” por las letras a. Los problemas de pronunciación caen dentro de un patrón menos errático. En los campos de juego de Cambridge mi equipo de futbol me llamaba “Nabkov”, o me decían “Macnab” de broma. Los neoyorquinos tienden a convertir la o en ah y pronuncian mi apellido “Nabarkov”. La aberración “Nábokov” es la favorita de los empleados del servicio postal. Pero me llevaría demasiado tiempo explicarles cómo pronunciarlo, así que me he conformado con un eufónico “Nabókov”, con el acento en la vocal intermedia. ¿Quiere intentarlo?
Usted concede entrevistas bajo el entendido de que no serán espontáneas. Este admirable método garantiza que no haya parches tediosos. ¿Podría decirme por qué tomó esta decisión?
Hablo con torpeza, hablo muy mal, hablo pésimamente mal. La grabación sin corregir de una de mis conferencias difiere de mi prosa escrita tanto como un gusano difiere de un insecto hecho. Como dije alguna vez: pienso como genio, escribo como autor de prestigio y hablo como un idiota.
Siempre ha sido escritor, ¿recuerda cuál fue el primer impulso que lo condujo a la escritura?
Tenía quince años, los lirios estaban en flor; había leído a Pushkin y a Keats; estaba locamente enamorado de una muchacha de mi edad; tenía una bicicleta nueva con manubrio reversible que podía convertirse en bicicleta de carreras (marca Enfield, lo recuerdo). Mis primeros poemas eran desastrosos, pero entonces le di vuelta al manubrio y mejoraron. Sin embargo, me llevó otros diez años darme cuenta de que la prosa era mi instrumento verdadero; la prosa poética, en el sentido especial de que dependía de comparaciones y metáforas para expresarme. De 1925 a 1940 estuve en Berlín, en París y en la Riviera Francesa. Después fui a los Estados Unidos. No puedo quejarme de que los grandes críticos me hayan relegado aunque, como siempre, y al igual que en todas partes, siempre hay uno o dos canallas fastidiándome. Me divierte el que en años recientes los cuentos y las novelas que aparecieron en inglés en los sesentas y setentas, hayan recibido una acogida mucho más calurosa que en Rusia hace treinta años.
¿Alguna vez ha fluctuado la satisfacción que le produce el acto de escribir? Me refiero a si ahora es más o menos fuerte que antes.
Ahora es más fuerte.
¿Por qué?
Porque ahora el hielo de la experiencia se mezcla con el fuego de la inspiración.
Además del placer que le brinda, ¿cuál cree usted que sea su tarea como escritor?
La misión de este escritor es el simple acto subjetivo de reproducir con tanta fidelidad como sea posible la imagen del libro que tiene en su mente. El lector no tiene por qué saber y, de hecho, no puede hacerlo, cuál es esa imagen, no puede distinguir qué tan fiel es el libro a la idea que el autor tiene en su cabeza. Es decir, el lector no tiene por qué molestarse con las intenciones del autor, y al autor nada le importa si al comprador le gusta lo que consume.
¿Podría darnos una idea de cómo es un día de trabajo para usted?
A últimas fechas ese patrón se ha vuelto más borroso e inconstante. Cuando llego al apogeo de un libro trabajo el día entero y maldigo los trucos que me juegan los objetos, los anteojos perdidos, el vino derramado. Pero ahora hablar de mi día de trabajo me parece menos interesante.
Un hotel es un refugio temporal y, sin embargo, usted ha decidido convertirlo en permanente.
He jugado con la idea de adquirir una villa. Imagino la comodidad del mobiliario, la eficiencia de la alarma contra ladrones, pero me es imposible visualizar al personal adecuado. Los viejos criados necesitan tiempo para envejecer, y me pregunto cuántos quedarán todavía a mi disposición.
Alguna vez ha considerado volver a los Estados Unidos. ¿Lo hará?
Regresaré a la primera oportunidad. Soy indolente y perezoso, pero estoy seguro de que volveré con afecto. La emoción que me provocan ciertos paisajes de las Rocallosas es sólo equiparable a la de los bosques rusos que jamás veré otra vez.
¿Suiza es un país que le ofrece ciertas ventajas, o es simplemente un lugar sin desventajas?
Aquí los inviernos pueden ser muy deprimentes y mi viejo galgo ha desarrollado muchas enemistades con los perros de la localidad, pero, a no ser por eso, es un buen sitio.
     Piensa y escribe en tres idiomas. ¿Cuál prefiere?
Sí, escribo en tres idiomas, pero mi pensamiento está hecho de imágenes. En verdad no tengo preferencia. Las imágenes son puras y, sin embargo, cuando ese cine mudo comienza a hablar uno reconoce el idioma. Durante la segunda mitad de mi vida casi siempre fue el inglés, mi propio tipo de inglés, no la variedad de Cambridge, pero aun así no deja de ser inglés.
¿En algún momento le pide a su esposa que critique sus libros?
Cuando el libro está casi terminado mi esposa revisa una copia que aún está húmeda y tibia. Por lo general me hace pocos comentarios, pero siempre muy precisos.
¿Usted se relee? Y, de ser así, ¿qué siente?
Me releo con fines estrictamente utilitarios. Debo hacerlo cuando corrijo un ejemplar de bolsillo que está plagado de erratas o cuando tengo que controlar una traducción, pero hay ciertas recompensas. En algunas especies de mariposas, poco antes de nacer, las alas de la mariposa que todavía está en estado de pupa comienzan a delinearse en exquisita miniatura a través de los élitros de la crisálida. Cuando me sumerjo en libros que escribí en los años veinte experimento la visión patética de un futuro iridiscente que se permea a través del cascarón del pasado. De pronto, en una fotografía deslustrada parece advertirse un toque de color, el esbozo de una forma. Digo esto con una modestia enteramente científica, no con la presunción del arte que madura.
¿Ahora qué autores lee con placer?
Estoy releyendo los maravillosos versos y la patética correspondencia de Rimbaud. También un compendio de chistes soviéticos increíblemente estúpidos.
Usted alaba a Joyce y a Wells. ¿Podría señalarnos por qué son tan especiales?
El Ulyses de Joyce pertenece a un sitio aparte dentro de la literatura moderna, no sólo por la fuerza de su genio sino por la novedad de su forma. Wells es un gran escritor pero hay muchos otros que poseen su misma grandeza.
La intensidad con la que aborrece las teorías psicoanalíticas de Freud en ocasiones me recuerda la agonía del que ha sido traicionado. ¿Alguna vez lo admiró?
¡Qué teoría tan extraña! Siempre detesté al matasanos vienés. Solía acecharlo en oscuros callejones del pensamiento y ahora jamás podremos olvidar la visión del viejo Freud aturdido, tratando de abrir la puerta con la punta de su sombrilla.
¿Podría describir el proceso desde que se persigue una mariposa hasta que se exhibe en una colección?
Sólo se exhiben las mariposas comunes, polillas llamativas de los trópicos que se colocan en un cajón polvoriento entre la máscara primitiva y el vulgar cuadro abstracto. Los ejemplares excepcionales y valiosos se guardan en cajones con cubierta de vidrio en los gabinetes de los museos. En cuanto a cazarlas, perseguir a una belleza que nunca ha sido descrita, y que se desliza sobre las rocas, es una experiencia arrobadora, pero también resulta sumamente divertido encontrar una nueva especie entre los cuerpos desmembrados de los insectos, dentro de una vieja lata de galletas que un marinero envió desde alguna isla remota.
Siempre siento un leve vértigo al recordar que Joyce pudo haber sido sólo tenor. ¿Tiene usted la sensación de haber rozado algún otro papel? ¿Qué sustituto le sería soportable?
Siempre he guardado algunas credenciales en caso de que la musa falle. En primer lugar, entomólogo que explora junglas famosas; luego, gran maestro del ajedrez; campeón de tenis con un servicio incontestable; portero que detiene el tiro legendario; y, al final, en último sitio, autor de una serie de escritos desconocidos —Pálido fuego, Lolita, Ada—, descubiertos y publicados por mis herederos.
Alberto Moravia me dijo que está convencido de que cada autor escribe sobre un solo tema; que tiene una sola obsesión que desarrolla una y otra vez. ¿Está usted de acuerdo?
No he leído a Alberto Moravia pero, en mi caso, el pronunciamiento que cita usted está muy equivocado.
Al tigre del circo no le obsesiona su torturador, mis personajes se encrespan cuando me acerco con mi látigo. He visto a una avenida entera de árboles imaginarios perder sus hojas ante la inminencia de mi paso. Si es que tengo obsesiones me cuido bien de no revelarlas por escrito.
Entrevista a Vladimir Nabokov
“En mayo de 1975, coincidiendo con la publicación en Francia de Ada o el ardor, Vladimir Nabokov(*), uno de los novelistas más famosos e importantes del siglo XX, aceptó la invitación de Bernard Pivot, y acudió al programa “Apostrophes”, uno de los más influyentes de la televisión francesa. La presencia de Nabokov en el plató era un hecho doblemente excepcional: por la calidad indiscutible del programa y porque Nabokov muy raramente concedía entrevistas.”
Nabokov, como siempre hacía al conceder una entrevista, pactó la conversación por adelantado. Mientras se realiza el encuentro, Nabokov tiene todas sus respuestas escrupulosamente escritas en unas cuantas fichas.
-Buenas noches, señor Nabokov. Son las 21 horas 47 minutos y 47 segundos. Habitualmente, ¿qué hace usted a esta hora?
-A esta hora suelo estar bajo el edredón, con tres almohadas bajo la cabeza, un gorro de dormir, en mi modesto dormitorio que también me sirve de estudio. La lámpara de cabecera, muy fuerte, el faro de mis insomnios, todavía arde pero será apagada dentro de un momento. Tengo en la boca una pastilla de grosella, y en las manos una revista de New York o de Londres. La dejo, apago la luz. La enciendo, renegando en voz baja. Me meto un pañuelo en el bolsillo del camisón, y da comienzo el debate interior: ¿tomar o no tomar un somnífero? Qué deliciosa es la decisión positiva.
-Pero, ¿qué horario hace usted en un día normal?
-Tomemos un día de mediados de invierno. En verano hay más variedad. Me levanto entre las seis y las siete, y escribo con un lápiz bien afilado, de pie, ante el atril, hasta las nueve. Después de un frugal desayuno, mi mujer y yo leemos el correo, que siempre es muy voluminoso. Después me baño, me afeito, me visto, paseamos una hora por los floridos muelles de Montreux. Y después del almuerzo y de una breve siesta, el segundo periodo de trabajo hasta la cena. Éste es el programa típico.
-Cuando era más joven ¿ya hacía ese horario, o tenía arranques de pasión, impulsos que perturbaban sus días y sus noches?
-¡Ya lo creo! A los 26, a los 30 años, la energía, el capricho, la inspiración me llevaban a escribir hasta las 4 de la madrugada. Raras veces me levantaba antes de las 12 y escribía todo el día tumbado en un diván. La pluma y la posición horizontal han dado paso al lápiz y la vertical austera. Se acabaron los arranques. Pero, ¡cómo me gustaba el despertar de los pájaros, el canto sonoro de los mirlos que parecían aplaudir las últimas frases del capítulo que acababa de componer!
-Ya sabíamos que escribir es la pasión de su vida, pero, ¿concibe una segunda vida en la que no escribiera?
-Concibo muy bien otra vida en la que yo no sería novelista, inquilino feliz de una marfileña torre de Babel, sino alguien igual de feliz de otra manera, que ya he tanteado: un oscuro entomólogo que caza mariposas en verano, en países fabulosos, y en invierno clasifica sus descubrimientos en el laboratorio de un museo.
-¿Se siente usted más ruso, más americano, o más bien suizo, ahora que vive allá?
-Le daré algunos detalles relativos al aspecto bastante cosmopolita de mi vida. Soy de una antigua familia rusa de San Petersburgo. Mi abuela paterna era de origen alemán, pero nunca aprendí esa lengua, no puedo leerla sin diccionario. Pasé los primeros veranos en el campo, en nuestra finca cerca de Petersburgo. En otoño íbamos al sur: Niza, Pau, Biarritz… Los inviernos en Petersburgo, ahora Leningrado. Nuestra magnífica casa de granito rosa sigue allí, en buen estado, al menos exteriormente, porque a las tiranías les gusta la arquitectura del pasado. La finca está situada en una llanura boscosa. Por la flora se parece al noroeste de América: bosques de álamos, oscuros abetos, muchos abedules y unas espléndidas turberas, multitud de flores y mariposas más o menos árticas. Esta fase totalmente feliz duró hasta el golpe de Estado bolchevique. Unos campesinos, en un exceso de celo quemaron el castillo y requisaron la casa. En abril de 1919, tres familias Nabokov, la de mi padre y la de sus dos hermanos tuvieron que abandonar Rusia vía Sebastopol, vieja fortaleza del infortunio. El ejército rojo procedente del norte invadía Crimea, donde mi padre era ministro de justicia en el gobierno provincial, durante el breve periodo liberal antes del terror leninista. Aquel mismo año, en octubre de 1919, yo empezaba los estudios de Cambridge.
-¿Cuál es su lengua preferida: el ruso, el inglés o el francés?
-En la lengua de mis antepasados me siento perfectamente cómodo, pero no lamentaré jamás mi metamorfosis americana. El francés, o mejor dicho, mi francés, que es una cosa muy especial, no se doblega tan bien al suplicio de mi imaginación. Su sintaxis me impide ciertas libertades que me tomo con las otras dos lenguas. Ni que decir tiene que adoro el ruso, pero el inglés lo supera como instrumento de trabajo. Lo supera en riqueza, en riqueza de matices, en prosa delirante y en precisión política. Una procesión de niñeras e institutrices inglesas viene a mi encuentro cuando vuelvo a mi pasado.
-¿Eso es una cita?
-Es una cita. Lo he sacado de una traducción muy buena… A los tres años hablaba mejor el inglés que el ruso, pero hay un periodo entre los 10 y los 20 años en que aunque leía a muchos autores ingleses, Welles, Kipling, Shakespeare, la revista The Boys on Paper, por citar sólo obras cumbres, hablaba muy poco en inglés. Aprendía el francés a los 6 años. La institutriz, Mademoiselle Cecil Miotton, estuvo con nosotros hasta 1915. Empezamos con EL Cid y Los miserables. Pero los tesoros estaban en la biblioteca de mi padre. A los 12 años ya conocía a todos los poetas benditos de Francia. “Recuerdo, recuerdo, ¿qué quieres de mí? / El otoño hacía volar al tordo a través de aire átono / el bosque amarillento donde la brisa desentona” . Y, es curioso, en tierna edad, yo ya comprendía que Verlaine no habría debido usar una rima tan incestuosa átona-desentona, tienen la misma raíz. Éste es el calendario de mis tres lenguas.
(…)
-El exilio, porque usted es exiliado, por doloroso que sea, ¿no es para los creadores como usted algo estimulante, una posibilidad de enriquecimiento para el espíritu, la sensibilidad creadora?
-Le explicaré cómo ocurrió. Después de pasar los exámenes de Cambridge, muy fáciles, de literatura rusa y francesa (había elegido bien) tenía el título de diplomado en letras que no me sirvió de nada en mis intentos de ganarme la vida sin escribir libros, de modo que me puse a escribir relatos, novelas, en ruso, para los diarios y revistas de emigrados en Berlín y en París, los dos centros de expatriación.
-¿En qué años más o menos?
-Viví en Berlín y en París entre el 22 y el 39.
-De acuerdo.
-1922 y 1939.
-Ya.
-Soy pedante con las fechas -risas-.
Sigo… Cuando pienso en aquellos años de exilio me veo a mí y a miles de rusos blancos llevando una vida extraña pero nada desagradable en la indigencia material y el lujo intelectual, entre aborígenes más o menos ilusorios, franceses o alemanes con quienes mis compatriotas no tenían el menor contacto. Pero de vez en cuando aquel mundo espectral donde exhibíamos nuestras heridas y placeres era presa de temibles convulsiones que nos mostraban quién era el cautivo desencarnado y quién era el amo. Eso ocurría cuando teníamos que prorrogar unos diabólicos carnés de identidad, u obtener, cosa que tardaba semanas, un visado para ir de Paris a Praga, o de Berlín a Berna. Los emigrados ya no eran ciudadanos rusos, y la Sociedad de Naciones les daba un pasaporte llamado Nansen, un papelote que se rasgaba cada vez que lo desplegabas. Las autoridades, los cónsules británicos o belgas parecían creer que poco importaba lo miserable que fuera un Estado, pongamos la Rusia soviética: cualquier fugitivo de ese Estado era más despreciable por el hecho de existir fuera de una administración nacional. ¡Pero no todos nos resignábamos a ser bastardos o fantasmas! Pasábamos de Menton a San Remo, por ejemplo, tan tranquilos, por senderos de montaña, conocidos por cazadores de mariposas y poetas despistados. La historia de mi vida, pues, se parece menos a una biografía que a una bibliografía: 10 novelas en ruso entre los 25 y los 40 años, y 8 novelas en inglés entre los 40 y ahora. En 1940 salí de Europa para ir a América y hacer de profesor de literatura rusa. De pronto me descubro una incapacidad total de hablar en público. Por tanto, decido escribir por adelantado más de cien conferencias anuales.
(…)
-Quisiera hacerle una pregunta que quizá juzgue algo íntima: ¿por qué vive en Suiza, en un hotel, en Montreux? ¿Por qué no en los Estados Unidos? Rechaza los Estados Unidos, la vida americana? ¿Rechaza la propiedad privada, o bien, eterno emigrado, se niega a quedarse en un lugar?
-¿Por qué el hotel suizo? Suiza es un país encantador, y la vida de hotel facilita mucho las cosas. Echo de menos América, y espero regresar para pasar allí al menos otros veinte años. La vida tranquila de una ciudad universitaria en América no presentaría grandes diferencias con Montreux, donde las calles son más ruidosas que en la provincia americana. Además, como no soy lo bastante rico, como nadie es lo bastante rico, para revivir totalmente mi infancia, no vale la pena instalarse para siempre. Porque es imposible recuperar el sabor del chocolate con leche suizo de 1910. Ya no existe. (…) Mi mujer y yo pensamos en una villa en Francia o Italia, pero el espectro de la huelgas de correo muestra todo su horror. La gente de profesión sedentaria, las ostras tranquilas, aferradas al nácar natal, no se dan cuenta de cómo un correo regular y seguro como el suizo alivia la vida de un autor, aunque la ofrenda de una mañana normal consista sólo en algunas cartas comerciales y dos o tres peticiones de autógrafos. Y la vista del lago desde el balcón, el lago Leman, ese lago que vale toda la plata líquida a la que se parece; es una mala metáfora.
(Sonrisas)
-Además del exilio y el extrañamiento, ¿cuáles son los temas principales de su obra?
-Además del extrañamiento, yo me siento forastero siempre y en todo lugar, es mi estado, es mi trabajo, mi vida. Me siento en casa entre recuerdos muy personales que no tienen relación alguna con una Rusia geográfica, nacional, física, política. Los críticos emigrados en París, y mis maestros en Petersburgo tenían razón, por una vez, al quejarse de que no fuera lo bastante ruso. Es así.
Y en cuanto al tema de mis libros, ¡hay de todo!
-¡Usted me esquiva!
-Sí
-¿Para usted, una novela no es ante todo una buena historia?
-Eso es, una excelente historia. Pero mis mejores novelas no tienen una, sino más historias que se entrelazan en cierta manera. Pálido Fuego posee ese contrapunto, y Ada también. Me gusta ver el tema principal irradiando a través de la novela y desarrollándose en pequeños temas secundarios. A veces es una digresión que se convierte en drama en un rincón del relato. O bien las metáforas de un discurso elevado se unen para formar una nueva historia.
-¿Las historias que se inventan los novelistas (y pienso en un novelista llamado Vladimir Nabokov) las historias inventadas son más interesantes que las de la vida?
-Entendámonos: la historia verdadera de una vida también ha tenido que ser contada por alguien, y si es una autobiografía escrita con pluma pudibunda por un personaje sin talento puede parecer muy sosa al lado de una invención maravillosa como el Ulises de Joyce.
-¿Es su libro favorito?
-Sí, mi gran modelo.
-“Nabokov es Lolita”, es la ecuación de siempre. ¿No acaba molestándole el éxito de Lolita, tan considerable que se puede pensar que usted es el padre de una única niña algo perversa?
-Lolita no es una niña perversa. Es una pobre niña que corrompen, y cuyos sentidos nunca se llegan a despertar bajo las caricias del inmundo señor Humbert, a quien una vez pregunta: “¿Siempre viviremos así haciendo toda clase de porquerías en camas de hotel?” Pero respondiendo a su pregunta: Su éxito no me molesta. Yo no soy Conan Doyle quién, por esnobismo o pura estupidez, prefería ser conocido como autor de una historia de África (risas), que imaginaba muy superior a su Sherlok Holmes. Y es muy interesante plantearse como hacen ustedes los periodistas, el problema de la tonta degradación que el personaje de la nínfula que yo inventé en 1955 ha sufrido entre el gran público. No sólo la perversidad de la pobre criatura fue grotescamente exagerada sino el aspecto físico, la edad, todo fue modificado por ilustraciones en publicaciones extranjeras. Muchachas de 20 años o más, pavas, gatas callejeras, modelos baratas, o simples delincuentes de largas piernas, son llamadas nínfulas o “Lolitas” en revistas italianas, francesas, alemanas, etc. Y las cubiertas de las traducciones turcas o árabes. El colmo de la estupidez. Representan a una joven de contornos opulentos, como se decía antes, con melena rubia, imaginada por idiotas que jamás leyeron el libro. En realidad, Lolita es una niña de 12 años mientras que Mr. Humbert es un hombre maduro, y el abismo entre su edad y la de la niña produce el vacío entre ellos; entre ese vacío, ese vértigo, la seducción, atracción de un peligro mortal. En segundo lugar, la imaginación del triste sátiro, convierte en criatura mágica a aquella colegiala americana tan trivial y normal en su género como el poeta frustrado Humbert lo es en el suyo. Fuera de la mirada maníaca de Mr. Humbert no hay nínfula. Lolita, la nínfula, sólo existe a través de la obsesión que destruye a Humbert. Éste es un aspecto esencial de un libro singular que ha sido falseado por una popularidad artificiosa.
(…)
-No sé por qué me gustan tanto los espejos y los espejismos. Sé que a los diez años me apasionaban los trucos de magia. La magia a domicilio con sus instrumentos: el sombrero de doble fondo, la varita con la estrella, el juego de cartas que entre los dedos se metamorfosea en cabeza de cerdo.(Pivot ríe) Sí, sí. Todo eso te llegaba en una gran caja de los almacenes Peto, calle de la caravana, cerca del Circo Cíniselli, en San Petersburgo. Dentro venía un manual de magia que enseñaba cómo hacer desaparecer o cambiar una moneda entre los dedos. Yo intentaba hacer esos trucos delante de un espejo, tal como aconsejaba el manual: “Ponte delante de un espejo”. Y mi carita, pálida y seria, reflejada en el espejo, me aburría. Me ponía un antifaz negro que me daba mejor cara; pero nunca llegaba a igualar al famoso mago Mister Merlín , a quien solían invitar a las fiestas infantiles y de quien yo intentaba en vano imitar el parloteo, frívolo y engañoso, que mi manual quería que yo recitara para eclipsar mis juegos de manos. Parloteo frívolo y engañoso: he aquí una definición engañosa y frívola de mis obras literarias… Pero esos estudios de escamoteo no duraron mucho. “Trágico” es un término muy fuerte, pero hay algo trágico en el incidente que me hizo abandonar esa pasión, relegar la caja al cuarto trastero con los juguetes difuntos y los títeres rotos. Una tarde de Pascua, en la última fiesta infantil del año, no pude evitar mirar por la ranura de una puerta para ver cómo iban los preparativos que hacía el señor Merlín para su número de salón. Le vi que entreabría un secreter para meter tranquilamente, abiertamente, una flor de papel. Y la familiaridad de aquel gesto era innoble comparada con el hechizo de su arte. Yo entendía de ello, sabía qué ocultaba el frac ajado de un mago, y qué pueden hacer los magos. Ese vínculo profesional, vínculo de mala fe, me llevó a revelar a una primita mía, Mara Jevuska, en qué escondrijo hallaría la rosa que Merlín escamotearía en uno de sus trucos. En el momento crítico, la pequeña traidora, blanca y de pelo negro, señaló con el dedo el secreter, gritando: “¡Mi primo ha visto dónde la ha metido!” Yo era muy joven, pero ya distinguía o creí distinguir la expresión atroz que contrajo las facciones del pobre mago. Cuento este incidente para satisfacer a mis críticos perspicaces que declaran que en mis novelas el espejo y el drama andan muy lejos. Porque debo añadir: cuando abrieron el cajón que los niños señalaban entre burlas… la flor no estaba.
(Risas)
-¡Estaba sobre la silla de mi vecina! ¡Encantadora combinación, gloria del ajedrez!
-Es una historia muy bonita, preciosa.
Si bien se mira, hay bastante erotismo en su obra.
-Hay bastante erotismo en la obra de cualquier novelista de quien se pueda hablar sin reírse. Lo que llaman “erotismo” es uno de los arabescos del arte de la novela.
-Lo que sorprende, sobre todo en Ada, es el gusto por el detalle: cada objeto en su sitio, la referencia exacta; todo es muy minucioso en sus libros, usted es un perfeccionista, y un aficionado a las mariposas; en Ada hallamos muchas veces su gusto por ellas.
-Excepto algunas mariposas suizas en Ada, me inventé las especies, pero no los géneros. Es un detalle simpático, ¿verdad? Sostengo que es la primera vez que alguien se inventa mariposas científicamente posibles en una novela. Se me podría responder: usted satisface al sabio y abusa de la ignorancia del lector sobre las mariposas, pues si se hubiese inventado un nuevo tipo de perro o de gato para los señores del castillo, la superchería hubiera irritado al lector, que habría tenido que imaginarse un cuadrúpedo bastante mitológico cada vez que Ada recoge al animal en brazos. Lástima que no haya intentado inventarme cuadrúpedos. Lo siento. Pero me inventé un árbol nuevo para el jardín del castillo. Algo es algo.
-Usted ha escrito este libro maravilloso, La Defensa, ¿es un buen jugador de ajedrez? Y hablando de ajedrez, ¿qué piensa de Fischer?
-Yo era un jugador de ajedrez bastante bueno. No un “Gross Meister” (literalmente Grueso Maestro) como dicen los alemanes. Pero era un buen jugador de círculo, capaz de tender una trampa a un campeón aturdido. Lo que siempre me ha gustado en el ajedrez son las trampas, los trucos ocultos. Por eso abandoné las partidas y me dediqué a la composición de problemas. No dudo que hay un vínculo íntimo entre algunos espejismos de mi prosa y el tejido brillante y oscuro a un tiempo de los problemas de ajedrez, enigmas mágicos, cada uno de los cuales es fruto de mil y una noches de insomnio. Me gusta componer los problemas llamados “suicidas” en los que las blancas obligan a las negras a ganar. Sí, Fischer es un ser extraño pero no tiene nada de anormal que un jugador de ajedrez no sea normal, que sea así. Hubo el caso del gran Rubinstein, a principios de siglo. Del manicomio donde solía vivir una ambulancia lo llevaba cada día a la sala del café donde se celebraba el torneo y después lo devolvía a su casilla negra, después del juego. No le gustaba ver a su adversario, pero una silla vacía más allá de su tablero todavía le irritaba más. Entonces ponían un espejo y el veía su reflejo o quizá al auténtico Rubinstein.
-Fischer es un caso de psicoanálisis.
-No, no, es un gran jugador de ajedrez que tiene pequeñas manías.
-Me ha parecido entender que no aprecia a Freud.
-No es exacto. Aprecio mucho a Freud como autor cómico. Las explicaciones que da sobre las emociones de sus pacientes y sus sueños son de un burlesco increíble, pero hay que leerlo en la lengua original. No entiendo cómo se le puede tomar en serio. No hablemos más de eso.
-Los escritores políticos tampoco son sus autores de cabecera.
-Muchas veces me preguntan quién me gusta y quién no, entre los novelistas, comprometidos o no, de mi siglo maravilloso. Primero, no aprecio al escritor que no ve las maravillas de este siglo, las pequeñas cosas, la ropa masculina informal, el cuarto de baño que substituye al lavabo inmundo. Las grandes cosas como la sublime libertad de pensamiento en nuestro doble occidente. ¡Y la luna! Recuerdo con qué escalofrío delicioso, envidia y angustia, miraba yo en la televisión los primeros pasos flotantes del hombre sobre el talco de nuestro satélite y cómo despreciaba a quienes decían que no valí la pena gastar tantos dólares para pisar el polvo de un mundo muerto. Detesto pues a los divulgadores comprometidos, a los escritores sin misterio, a los infelices que se alimentan con los elixires del charlatán vienés. Aquellos que aprecio saben que sólo el verbo es el valor real de la obra maestra. Principio tan viejo como verdadero, y eso no ocurre a menudo. No es preciso dar nombres, nos reconocemos por un lenguaje de signos, a través de los signos del lenguaje, o bien, al contrario, todo nos irrita en el estilo de un contemporáneo detestable, incluso sus puntos suspensivos.
-Me han dicho que no le gusta Faulkner. Cuesta creerlo.
-¡No! No soporto la literatura regional, el folklore artificial.
-Una última pregunta, señor Nabokov, ¿puedo decir que usted, para resumir un poco, tiene la cultura del sabio y además la ironía del pintor?
-Hay un rinconcito en la taxonomía entomológica que yo conocía muy bien, era el maestro, en los años 40, en el museo de Harvard. La ironía del pintor, eso no. La ironía es el método de discusión que usaba Sócrates para confundir a los sofistas; la inventó él y a mí Sócrates, entre otros, me cae muy mal. Por extensión, la ironía es una risa amarga. Mi risa es un chisporroteo bonachón que viene del vientre tanto del cerebro.

 

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

 

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Libros difíciles de encontrar a buen precio.
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