Rodrigo Superstar – Cicco

Estado: nuevo.

Editorial: Planeta.

Precio: $150.

Vivió 27 años, 30 días, 19 horas y 15 minutos. No era un improvisado. Tampoco era millonario. Tenía una segunda personalidad oculta. Consumía drogas desde los 20 años. Componía dormido. Batía récord de venta y de convocatoria. Ignoraba si su padre era su verdadero padre. Su madre no es una pobre mujer. El conductor que lo habría ayudado a aplastarse contra el guardrail, tampoco es un ángel. Diego Maradona no lo recibió en Cuba por amor al cuarteto. Charly García le tenía celos. Guillermo Cóppola le tenía celos. La Mona Jiménez era mucho más que su ídolo. La nieta de Mirtha Legrand lo acosaba. Los políticos lo usaban.Su manager lo explotaba. Trabajaba 72 horas seguidas. Daba cinco recitales por noche. Estaba lleno de enemigos. Anunció su retiro. Presentía su muerte. Murió con seis discos en mente, tres películas, un programa de tevé y un guión de teatro. Sus fans lo convirtieron en santo. Ésta es su verdadera historia.
Fragmento del libro
El unico ensayo en conjunto para el Luna Park fue en la bailanta Mundo Bailable, de Gozalo, un día antes de su primer show. El Potro llegó mientras tocaba La Leo, el legendario grupo de cuarteto: cuatro músicos que peinaban canas, encorvados, lánguidos, y con la fuerza del primer día. Rodrigo los vio arriba del escenario y volvió a llorar. Faltaban veinticuatro horas para el debut y estaban todos perdidos. Nadie sabía qué iban a tocar, ni por dónde empezar. Sólo el día del estreno, el Potro decidió el orden de los temas:
–Arrancamos con “Yerba mala”, “Cómo le digo”, “Y voló voló”. Después vemos.
Gozalo había destinado ochenta mil pesos para afiches, y le había rogado a [el empresario del estadio Luna Park, Tito] Lectoure que le adelantara cincuenta mil de la recaudación para pagar las deudas. Salvo Alfajores Jorgito, que desembolsó quince mil pesos, y la compañía de micros Flecha Bus, que invirtió dos mil, el Potro no tenía sponsors pagos.
Ona Sáez le proveía de ropa, pero él no recibía dinero a cambio. En tres meses, se llevó del local sesenta prendas, y el diseñador Juan Manuel Marfany, que vestía a Charly García y a Marcelo Tinelli, le entregó veinte indumentarias diseñadas especialmente para él.
Minutos antes del show, el Potro se puso los pantalones, una bata negra y dorada con la leyenda “campeón argentino del cuarteto”, y el protector bucal. En el camarín sonaba Bien ahí, el último álbum de la Mona Jiménez grabado en vivo –su cábala en cada presentación–. Con ayuda, se calzó unos guantes negros. El pelo lo tenía del mismo color. Su hijo, Patricia Pacheco y su novia Alejandra se paseaban evitando mirarse. Pocas horas antes, había llegado Beatriz Olave en limusine. Llevaba un vestido de falda cubierto por flecos de canutillos y piedras, con mangas de gasa negra diseñado por Roberto Piazza. Por la tarde, había pasado por el coiffeur y se había retocado las manos.
Con dos gigantografías del Potro a cada lado, la “Tota” Santillán trepó al ring y empezó a presentarlo como si fuera un boxeador. Las luces parpadeaban. Ocho mil personas lo ovacionaban. Tres canales de aire y tres emisoras de cable lo transmitían en vivo.
Flavio, su hermano, le volcó un trago de cerveza. Rodrigo se persignó, y pensó en Pichín. A las nueve y media el Potro irrumpió entre el público estirando el cuello a uno y otro lado, y dando saltitos como los pugilistas. Parecía un campeón. Con una salvedad: había ganado la pelea de antemano. Tenía ocho funciones pautadas –cuatro agotadas, y las otras con la mitad de las entradas vendidas–, y negociaba agregar más fechas. Eso bastaba para batir el récord de convocotaria de cualquier otro cuartetero en Buenos Aires.
El debut del 5 de abril de 2000, a nueve años clavados de su desembarco en Buenos Aires, fue prácticamente una gran improvisación. Ahí mismo, decidió tocar “Por lo que yo te quiero” y “Lecho vacío”. Los músicos no podían creerlo: hasta el recital de sus vidas se convertía en una caja de sorpresas.
Pero Rodrigo estaba seguro de sí mismo. Anunciaba el tema que se le venía a la mente, y se movía como si hubiese contratado a un coreógrafo y ensayado los movimientos miles de veces. Una chica en bikini levantaba un cartel como en el boxeo, anunciando los títulos de sus éxitos. A espaldas del Potro, un anuncio de cartón publicitaba su flamante sitio de internet, que recibía dos mil visitas diarias. Mientras bailaba, Rodrigo volteaba el cartel, y en medio de los temas tenía que acomodarlo, como un verdulero que restituye los tomates a la caja tras una caída.
Durante el show, el Potro dedicó una broma a Jiménez que venía probando entre sus amigos:
–Yo no soy el cordobés más famoso. El más famoso es el presidente De la Rúa.
El recital duró más de dos horas y media. El rockero Pipo Cipolatti, su nuevo amigo, presentó a Rolán y Gelfo, que actuaron treinta minutos ambientados en un baile de campo de los inicios del cuarteto. Rodrigo se asomaba al escenario para ver cómo respondía la gente, y subió a cantar “Noches de Miramar” con La Leo.
–Rodrigo es el Mesías que los viejos estábamos esperando –se entusiasmaba Rolán–. Ojalá que mantenga encendida la antorcha del cuarteto durante mucho tiempo.
En bambalinas, Gelfo buscaba la aceptación del Potro:
–¿Todo bien, papi? ¿Conforme? ¿Querés que cambiemos algo del show?
Rodrigo le palmeaba la espalda y le decía que era todo maravilloso. Que nada podía salir mejor.
Mientras el Potro se perdía en camarines para “colocarse” y beber cerveza, Santillán llenaba el silencio con anuncios y trivialidades.
La presentación cerró con “Soy cordobés”, el hit que le haría embolsar a su hermano Flavio cuatrocientos mil pesos de derechos de autor. Eduardo Gelfo le entregó una corona de campeón. Ramiro, su hijo, bailó en el escenario, mientras su padre lloraba en brazos de los músicos.
Además de Cipolatti y La Leo, entre los invitados, estuvo el salsero Javier García, su ídolo y amigo. García no cobró por los shows, pero Rodrigo le dio un fajo de billetes para que atendiera a su papá que sufría de cáncer de pulmón. Andrés Calamaro quiso estar presente, le impactaba el cuarteto rockeado del Potro, y se habló de una fecha donde actuaría de invitado sorpresa, pero esa noche nadie pudo alzarlo del sillón de su casa.
Rodrigo tuvo más suerte con los fans. Por su camarín pasaron el plantel de River y Boca; las hijas de Maradona (estaban fascinadas con él y al Potro le aseguraban un vínculo con el padre); Agustina Cherri, protagonista de [la telenovela] Cabecita, a quien le regaló su bata (a Rodrigo le gustaba la actriz, pero como ella se había hecho íntima amiga de Alejandra, no quería embarrar la relación); Sofía Gala (estaba enamorada de él y el Potro aún no decidía cómo resolver la cuestión), el futbolista Esteban González (quería una foto con Rodrigo para empapelar un bar de su propiedad); Graciela Alfano y su novio Alé (cuando la subió al escenario le gritaron “puta” y el Potro amagó con suspender el show); Daniel Scioli, Raúl Granillo Ocampo (buscaba una foto para una campaña electoral; el Potro aceptó y se arrepintió tarde); Los Auténticos Decadentes (se admiraban mutuamente), Juanita Viale del Carril (que no perdía las esperanzas de enamorarlo); Carmen Barbieri, y el dueño de Editorial Atlántida, Constancio Vigil.
Con Vigil el Potro volvió a poner a prueba su poder. Se enteró que estaba su hija Pilar esperándolo detrás de la puerta de su camarín, y no quiso abrir-
le hasta que llegara su padre. Cuando irrumpió Constancio, Rodrigo lo recibió sentado con el torso desnudo, de espaldas, restándole importancia. Vigil, uno de los empresarios de medios más poderosos de la Argentina, tuvo que inclinarse para darle la mano. El Potro observó cómo el hombre se ponía a su altura con esfuerzo, y le pareció suficiente.
–Qué fantástico. Qué fantástico –Vigil recorría el camarín mirándolo todo como un inspector de escuelas–. La verdad que usted es un fenómeno total.
El empresario no había advertido que, en la disputa de poderes, Rodrigo acababa de superarlo. Aunque muchas veces, el Potro llevaba las de perder.
Gozalo había negociado la televisación del show con la señal Azul, y habían transmitido sin inconvenientes la función del viernes 7. Pero el sábado el manager irrumpió en el camarín agitando un papel:
–En Magenta dicen que tienen los derechos de tu imagen y que hoy Azul no puede filmar sin su autorización. Acá está, el contrato de imagen con tu firma.
–¡Yo nunca firmé eso! –el Potro manoteó el contrato y se cercioró–: Además, esa firma no es mía.
–Los Kirovsky le mandaron una carta documento a Azul para que no transmitan hoy. Estamos en problemas, nene.
Rodrigo daba vueltas por el camarín agarrándose la cabeza. Vio al Chino, su asistente, y le dio el contrato.
–Guardalo. En el futuro este papel va a ser de mucho valor para hacerles juicio.
Esa tarde ingresaron los camarógrafos autorizados por Magenta para realizar un video que más tarde comercializaría la revista Caras, y los de Azul se quedaron afuera.
El Potro no quería perder más el control de las cosas. El mismo día viajó a Formosa y el sonido había fallado. Las conexiones de instrumentos saltaban, las luces parecían bombillas de sótano, y Rodrigo, sin consultar a nadie, prometió:
–Ustedes no se merecen un sonido como éste. Mañana vuelvo y toco gratis para todos.
Voló en avión privado a la provincia. Sentía que estaba en deuda con el público. En el vuelo, los músicos dormían cuando el avión empezó a vibrar. Después, cayó en picada y remontó altura, y volvió a caer y volvió a estabilizarse. El cielo camino a Formosa parecía mal asfaltado. Tessel lloraba de miedo y Maquinaria, que odiaba los aviones, rezaba. Los bolsos golpeaban en los compartimentos como si también ellos quisieran salir y ponerse a llorar. El susto duró unos pocos minutos. Rodrigo había quedado al mando de la nave, agitando la dirección sin piedad, divirtiéndose a costa de todos, mientras los pilotos posaban junto a él y disparaban una foto tras otra.
En Formosa tocó el domingo para veinte mil personas en el Anfiteatro de la Juventud. El lugar era un horno y los bomberos barrían al público con ráfagas de agua. Rodrigo llegó cinco horas más tarde de lo previsto. Gozalo explicó a los medios que venían de un recital a beneficio, pero no era cierto: todo se había demorado porque, antes del Luna Park, el Potro había grabado en Pasión tropical y luego un bloque en el programa del cómico Miguel Del Sel.
Esa semana se cumplía el aniversario de la fundación de Formosa y, en medio del show, Rodrigo se puso la remera de la Municipalidad y recibió las llaves de la ciudad de manos del intendente, que detestaba el cuarteto pero que sabía cómo aprovecharlo. El Potro se despidió con los brazos en alto como quien festeja un gol de chilena. En realidad, festejaba otra cosa: aquella noche, se había salido con la suya. Rodrigo podía cumplir todos sus deseos.
El domingo el estadio Luna Park lo ocupaba la visita de Simply Red. El Potro tocaba en Santiago del Estero y Salta. Sentía que estaba al mando de todo, a la cabeza de una larga fila de automóviles: si daba un volantazo, los que venían detrás se estrellaban. Era seguro. Y él tenía ese poder.
Desde Salta telefoneó a Moreno en Buenos Aires:
–¿Vos creés en mí?
–Claro.
–Organizame una conferencia de prensa para el lunes. Voy a renunciar a todo.
Rodrigo le pidió que mantuviera el motivo en secreto. Había tomado la decisión esa misma noche mientras buscaba sin suerte conciliar el sueño. El Potro sospechaba que los balazos en la casa de su madre, la sobrexposición, los shows en lugares de mala muerte y el vértigo estremecedor en que vivía le estaban quitando tiempo para disfrutar de su vida. En esos días, había alzado a su hijo y había descubierto que ya no usaba pañales. Las cosas ocurrían a toda velocidad y él se las estaba perdiendo.
Además, pensaba que el duelo con Magenta y el accidente en Córdoba podían terminar aún peor. Sentía que si daba un paso al costado con su renuncia, y dejaba espacio a los cuarteteros que lo celaban y despreciaban, iba a liberarse de todos los males.
En aquel momento nadie, excepto él, podía tener tanto arrastre de público. Para rematar, la mujer de la Mona, acusada de armarle el último escándalo, quedaría como la gran culpable de su renuncia.
Por lo pronto, Rodrigo se comprometía a responder con los compromisos pautados, giraría por los Estados Unidos; para Navidad, haría un show de despedida en el Estadio de River –pensaba editarlo en cd con el título “Adiós Rodrigo”–; y produciría a nuevos artistas.
El domingo 9 de abril aterrizó en Buenos Aires para dar una entrevista a dúo con Graciela Alfano, convocados por la revista Gente. En el año 2000, Alfano y Rodrigo eran la pareja más sexy de la Argentina. Ella bailaba en la obra más vista de la temporada, Lo que el turco se llevó, y ratoneaba a medio país. El batía récords de público en el Luna Park, y provocaba olas de propuestas indecentes. El semanario iba a presentar el reportaje con el título “El Potro y la Potra”.
En medio de la entrevista, ella le dijo que quería ser cantante y él le prometió que la produciría. Hablaron de la seducción, del acoso de los fans, y de su vida bajo las sábanas. Para las fotos, ella se quedó en ropa interior, y él con un short. Se abrazaron y la vedette le hizo probar una manzana.
–Muchachos. Esto se está poniendo hot –anunció la Alfano y de pronto recordó que estaba su novio presente.
Mientras Rodrigo se ponía un traje, aprovechó para calmar a Alé, que supervisaba la producción lleno de dudas.
–Papito, ¿te dije que te amo?
El Potro invitó a Graciela al Luna Park y ella lo invitó a su obra de teatro. Antes de despedirse, Rodrigo la besó en la boca, y partió antes de que Alé percibiera nada, rumbo a la conferencia de prensa de su retiro. Se quedó con el traje puesto.
Durante el anuncio, el Potro convenció poco. Para la mayoría de los medios, su decisión de retirarse era un golpe de marketing. La exposición de Rodrigo no ayudaba.
“Me retiro con el título en la mano, pero eso no significa que no siga grabando discos en un futuro. Me retiro para valorarme un poquito más. Para darme cuenta desde afuera todo lo que hice. Necesito emocionarme cuando vea esto, porque no he tenido tiempo de emocionarme con las cosas que me pasaron. Quiero ver todo lo que conseguí y decir: ‘¿Todo esto hice, loco?’. Me retiro porque no me gusta cómo están manoseando la música que hago y defiendo hace diez años. Llevé el cuarteto a lo más alto y ahora quiero ver cómo lo mantienen. No puedo estar bien con este tipo de puteríos, no me gustan los puteríos. Yo soy cordobés, mamé esta música desde chico y no entiendo por qué me enfrentaron de esta forma. El dueño del cuarteto es la Mona y le devuelvo el título. Espero que ellos cuiden al cuarteto tan bien como lo he cuidado yo. Les dejo el cuarteto en un buen momento, instalado en los Estados Unidos. No me retiro porque me hayan amenazado. Si me hubieran amenazado ni a palos me voy. Mi familia se está enterando por televisión porque no soy de consultar mis cosas. Es lo que siento que debo hacer, creo que la gente y Dios decidirán.”
El Potro alzó el vaso y brindó por su despedida y por su felicidad. Después se levantó y se retiró. En minutos empezaba su quinto show. Alcanzaría trece funciones.
El retiro fue tapa de casi todos los diarios. El noticiero Telenoche le dedicó dos bloques. A la media hora, Beatriz hablaba en vivo sobre el tema.
Durante la segunda semana de abril, Rodrigo había pasado por catorce programas de televisión –entre ellos, los de Marcelo Tinelli, Susana Giménez, y Nicolás Repetto– y realizado ocho sesiones de fotos. Sus cuatro primeras funciones en el Luna habían recaudado 481.630 pesos, y A 2000 se mantenía como el disco nacional más vendido del país. En siete días se tiñó cinco veces, y estuvo veinticuatro horas en la pantalla. El jueves soportó tres rounds con La Hiena Barrios, para el ciclo Pasión tropical, y los productores lo alentaban para que se pegaran en serio. El Potro decía que nunca había sufrido tanto temor en su vida. Había treinta medios en el estudio. Esa vez, necesitaron dos horas para despertarlo.
Dos días después, el Potro ya decía que si Juana le pedía disculpas olvidaba su renuncia. Sin que nadie lo llamara, una tarde se apareció en Movete, mientras [Carmen] Barbieri entrevistaba al venezolano José Luis “El Puma” Rodríguez. Barbieri le cedió el micrófono y Rodrigo terminó cantando con él. Detrás de cámara, Rodríguez estallaría de rabia: no entendía cómo alguien podía tener tanto poder para meterse en un canal como si fuera su casa. En VideoMatch, Rodrigo actuó disfrazado junto a los “Tac See Boys”. Tinelli le pidió que mostrara el pecho, y el Potro empezó a desabotonarse la camisa, mientras dos millones y medio de televidentes descubrían en su pantalón el haz de oscuridad del cierre abierto. Por su osadía, el conductor le obsequió una batería de electrodomésticos para su casa.
Sólo el sábado, después de presentarse en Sábado Bus, el ciclo de entrevistas de Nicolás Repetto donde posó como sex symbol, un avión puso a Rodrigo en la ciudad de Azul. Tocó treinta minutos para tres mil personas, y otra vez pidió disculpas por la demora: “Es una cosa que no quiero decir más”, prometió. Esa misma noche, corrió a Tandil y después a General Belgrano.
En la semana, su madre se entrevistó con tres revistas. Ya firmaba autógrafos. El humorista Jorge Corona pensaba sumarla al teatro de revistas, y el diseñador Roberto Piazza, subirla a las pasarelas. En su casa de Argüello, Beatriz tenía vestuario suficiente para enfrentar el desafío: una galería de ropa de treinta y seis metros, con zapatos de acrílico y cincuenta pelucas. En la revista Claro posó con un abrigo de pieles lavando los platos y cubriendo su desnudez con una toalla. Decía que cuando Rodrigo nació pudo ver la luz divina en sus ojos, que en su casa tenía doce sillas por los doce apóstoles, y que había levantado un santuario en una habitación. Decía que su sueño era ser vedette. Y aseguraba que conocía el arte de predecir el futuro.
Como en los finales de las malas comedias, una noche todos los personajes que rodeaban a Rodrigo coincidieron en una cena en el casino flotante, en un barco de la Costanera Sur: los músicos, su novia Alejandra, su madre Beatriz, su hijo Ramiro, la mamá de su hijo, Charly García, Marixa Balli, Pipo Cipolatti. Y Guillermín.
Rodrigo los había invitado a las diez de la noche, pero el encuentro se pospuso para las tres de la mañana. El restorán cerraba a las dos y tuvo que extender su horario. En la puerta le dijeron al Potro que sus custodios debían dejar sus armas y que Ramiro no podía entrar porque era menor.
–No es menor, es mi hijo.
–Esto es un casino. Son las reglas.
Rodrigo pidió un celular. Dijo que iba a hablar con Graciela Fernández Meijide, ministro de Bienestar Social, o con Carlos Ruckauf, gobernador de Buenos Aires, y que el inconveniente iba a arreglarse pronto. Con ninguno logró comunicarse. Rodrigo rozaba el poder. Pero también rozaba la nada.
Ramiro se quedó afuera con Patricia. Beatriz llegó con Ulises, su hijo menor y también le negaron la entrada. Ulises tenía catorce. Beatriz, que esa semana viajaba a Europa invitada por “Chiche” Gelblung, se lo tomó con menos dramatismo: discutió un poco y abandonó el lugar como si tuviera mejores planes.
Rodrigo entró al casino y preguntó dónde estaba el baño. Había mil personas en el lugar. Pidió a dos de sus custodios que se pararan frente a la puerta. Estuvo cinco minutos y salió del baño como un toro. Ordenó que nadie le hiciera fotos ni lo filmara por un rato.
En la mesa lo aguardaban su novia Alejandra, Charly García, Cipolatti. En otra mesa, estaba Gozalo y en otra, Balli con su camarógrafo, el notero Mariano Iudica, amigo de Rodrigo, y una periodista de Crónica TV. El Potro, sentado frente a Charly, contemplaba a su hijo del otro lado del vidrio. Ramiro tenía las mejillas rosadas por el frío. Rodrigo estaba confundido: iba a cenar con el músico de rock que más admiraba y lo castigaba la imagen temblorosa de su hijo, en brazos de su madre.
–No puedo creer, loco. Yo acá comiendo y mi hijo muriéndose de frío.
–¿Y qué edad tiene tu hijo? –quiso saber Charly agitando los hielos del whisky. Había pedido una botella y se la dieron con la condición de que fuera la única, porque la cuenta era invitación de la casa.
–Dos años y nueve meses.
–¿Y no te parece que es un poco chico para estar levantado a esta hora?
–Está acostumbrado.
A cada rato, Patricia entraba y salía del casino para ver si alguien autorizaba el ingreso de Ramiro. Como no obtenía respuesta, desde afuera golpeaba el vidrio y maldecía a los gritos a Rodrigo y a su novia. Decía que la idea de ir al casino había sido de Alejandra, para impedir que ella entrara con el nene –en verdad, el Potro había elegido el lugar.
Harta de la espera y el frío, Patricia se tomó un taxi, dejó a Ramiro a cargo de una conocida, y volvió al casino entonada y furiosa, dispuesta a estropear la fiesta.
Cuando llegó a la mesa de Rodrigo, Patricia hablaba sin parar. En un momento se puso de pie y desapareció sin decir nada: se había quedado retenida en el baño del casino sintiendo cómo el alcohol que había bebido en los camarines del Luna Park, le daba vueltas por la cabeza.
El Potro saltó de la silla y pasó media hora en la sala de juegos. Ganó mil quinientos pesos a la ruleta –la tercera docena era su favorita– y volvió a sentarse. Seguía de mal humor. Charly fue hasta la baranda del barco y amenazó con tirarse al río. Después de usar un edificio como trampolín, iba a ser una tontería. Pero lo pensó mejor –era una noche ventosa de otoño– y volvió a la mesa. Rodrigo empezó a entonar “Un largo camino al cielo”, el homenaje a Alejandro Biasco, donde mencionaba su devoción por Charly. Cuando cantó “los héroes son de mentira y tú Alejandro un ejemplo en la vida”, el rockero alzó una mano y el Potro se detuvo:
–Qué de mentira –García se abrió la camisa–. Tocá, vas a ver que soy de verdad. Me enteré que vas a producir a la Alfano, ¿qué, ésa canta?
Rodrigo pensaba convencerlo para que se presentara en sus shows del Luna, pero el rockero se había puesto duro. Sus encuentros con García estaban malditos.
En un momento reapareció Patricia y abrazó a Charly y le dijo algo al oído, con voz húmeda. García ignoraba que esa chica fuera la madre del hijo de Rodrigo. Si no jamás hubiese dicho lo que dijo:
–¿Alguien me puede sacar de encima a esta mina que me quiere coger?
El rockero empezaba a sentirse incómodo. Pidió un auto y dijo que quería volver a su casa.
Cuando acabaron la cena, se acercó Marixa Balli a conversar con Rodrigo. Durante el último tiempo, el Potro había estado escapándole a la bailarina. Se enfurecía cada vez que la invitaban al mismo programa, y se hacía negar cuando ella pasaba a buscarlo por el Hotel Atlantic.
Pero esa noche estaba atrapado.
–Me enteré que estás de novio con una chica –lo interrogó Balli–. ¿Estás enamorado, Ro?
–Yo no estoy enamorado de nadie. Hasta ahora no encontré a la mujer de mi vida.
Alejandra había ido al baño y, antes de regresar, le reprodujeron el comentario. Ella apretó los dientes y volvió a la mesa. Despué le pediría explicaciones a Rodrigo y él diría que nunca había dicho nada parecido.
La cuenta superó los mil pesos. Invitaba la casa. Gozalo dejó doscientos pesos de propina y entradas del Luna Park para los empleados. Rodrigo se marchó sin agradecer nada a nadie.
En el camino de vuelta se puso a conversar con Adriana San Román, la prima de Charly, que esa noche cumplía años. Fueron a su departamento de Bulnes con Alejandra, Cipolatti y Moreno, y el Potro se encerró con ella en el cuarto. Le contó, partido en lágrimas, lo dura que había sido su infancia, los des-encuentros con su madre, y el circo en que se había convertido su vida, un circo imposible de escapar.
Adriana lo escuchó con atención y se sinceró:
–Me sorprende que con todo lo que viviste no hayas resultado maricón.
A Rodrigo le gustaba imaginar que llegaría el día en que su vida no tendría más reveses ni dolores. Pero ese día no llegaba nunca. Esa semana, un periodista de la revista Noticias, un influyente semanario, había pasado una hora convenciéndolo para posar crucificado y sin ropas en el estudio de fotografía de la editorial. Le advirtió que sería una nota dura. Pero no le contó cuánto. Para el Potro una nota con una revista que acostumbraba a cuestionar a los personajes del poder era todo un desafío. Su agente de prensa le había recomendado que no la hiciera. Él la hizo igual.
Viajó con el cronista rumbo al Luna Park, y el cronista le tiró la lengua: quería saber si tomaba drogas. Le recordó que la Mona Jiménez había admitido en una revista que había tomado drogas años atrás. Rodrigo pensaba que decir la verdad generaría un escándalo, y hubiese sido un suicidio mediático. Le dijo que sólo ingería suero y bebía cerveza. Mucha.
El sábado 15 de abril el Potro viajaba con Moreno, Javier García y dos asistentes rumbo al flamante departamento de Patricia Pacheco en Colegiales, que acababa de comprarle para que tuviera un lugar propio y dejara de estropearle la vida. Detuvo la camioneta en un kiosco de diarios de Avenida Santa Fe, y compró la revista Noticias con él en la portada. Empalideció. En la tapa aparecía crucificado, tal como había posado, pero con abrazaderas de lata en lugar de clavos. El título era “Uselo y tírelo”. Lo trataba de “ídolo descartable” y argumentaba que por la fama y el dinero había convertido su vida en un infierno de cristal, que bebía siete litros de cerveza por día, que no sabía cantar y que su entorno era una máquina de picar ídolos. Sintió que le clavaban un puñal y le revolvían las vísceras como si fuera una sopa.
Volvió a la camioneta con la revista tragando bronca. Estaba por revolearla a la calle, pero prefirió hacer una prueba de amistad.
–¿Qué les parece? ¿Está buena la nota, no?
El Chino y Cachi, sus asistentes, dijeron a coro:
–Qué notón, Potro. Qué notón te hicieron, loco. Te felicito.
Rodrigo los fusiló desde el espejo retrovisor.
–¿Pero ustedes son boludos? ¿No ven que me hicieron mierda?
El Potro intuía que las cifras que difundía la revista con sus ingresos –un millón de pesos por el Luna Park, un millón doscientos mil por sus discos vendidos, y trescientos mil por 48 shows durante el verano–, las había entregado la discógrafica Magenta para aparentar una situación de riqueza que no tenía.
Rodrigo convocó una conferencia de prensa para el lunes 17 –la tercera desde que inició el Luna–, donde despachó su rabia contra la revista. Explicó que lo habían engañado, que su única adicción era a la cafeína, que sus ingresos estaban mal deducidos, y que les haría juicio. El Potro sentía que los periodistas lo escuchaban pero no lo comprendían. Para ellos, el juego de la exposición era un arma de doble filo: podía encumbrar y podía sepultar. Estar expuesto significaba estar a merced de las dos corrientes.
Los periodistas también creían que Rodrigo los estaba usando para canalizar sus rivalidades personales –ya había anunciado una incierta renuncia–, y eso le hacía perder credibilidad. El Potro terminó su descargo y entendió que no había servido de nada. Estaba solo. La fama era un lugar solitario.
Un periodista quiso cambiar de tema y lo interrogó sobre su disputa con la Mona Jiménez, y Rodrigo, con la camisa abierta, le advirtió:
–No me hagas enojar. Por ahora soy el único que está cantando en Buenos Aires. Si viene otro y me desbanca, entonces hablamos.
Y cerró la conferencia. Aún faltaba lo peor.

 

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