Malcolm Lowry – Douglas Day

Estado: usado.

Editorial: Fondo de Cultura Económica.

Precio: $150.

La biografía de Malcolm Lowry de Douglas Day representa el primer estudio exhaustivo sobre el gran escritor británico y establece, a un tiempo, una minuciosa documentación de la vida de uno de los más controvertidos autores ingleses, así como una defensa de una excepcional figura literaria. Day es un testigo privilegiado: ante sus ojos –y los nuestros, de lectores emocionados- el drama de Lowry se despliega con toda su fuerza. Vida y expresión fulguran violentamente en novelas impregnadas por un grandioso aliento poético, pues en ellas veía el escritor el cumplimiento de un destino. Douglas Day nos trae noticias recogidas en Cambridge, en el mar multiforme, en mil botellas, en París y Nueva York, pero principalmente en el amor y el delirio, en Cuauhnáhuac bajo el volcán…
El trayecto –la lectura- nos deja casi sin aliento. Malcolm Lowry es una extraordinaria biografía, sí, pero es también algo más: la visión de una de las vocaciones artísticas más originales y trágicas de nuestro siglo.
El genio de la botella
Martin Amis
Los dipsómanos o nacen o se hacen. Todo indica que Malcolm Lowry, figura muy destacada en el campo de la dipsomanía, decidió serlo, de hecho, desde su infancia. No se trataba de un don innato. En uno de sus primeros relatos breves recuerda la desaprobación que manifestaba su padre (metodista) hacia un abogado al que conocía, que carecía de “autodisciplina”. “No sabía”, escribe Lowry, “que, en secreto, había decidido convertirme en borracho cuando fuera mayor”. A esa edad en la que la mayoría de los escolares sueñan con ser maquinistas de tren o vaqueros, el pequeño Malcolm aspiraba a convertirse en borracho. Y su aspiración se hizo realidad. Excluyendo algunos períodos, pocos, de abstinencia forzosa en cárceles u hospitales, o, todavía menos, de ley seca autoimpuesta, Malcolm Lowry estuvo como una cuba durante treinta y cinco años.
¿Cuánto necesitamos saber, desde un punto de vista personal, de la vida de un escritor? La respuesta a esta pregunta es que da igual. Todo o nada nos satisfacen igualmente. ¿A quién le importa, en definitiva? Como dijo Northrop Frye, la única prueba que tenemos de la existencia de Shakespeare, aparte de su obra literaria, es el retrato de un hombre con pinta de tontín. Quienes sientan curiosidad pueden consultar las biografías, que para eso están, pero, a menudo, el aburrimiento acaba con ella. Nadie duda, ciertamente, de que los investigadores se pasan un poco de la raya cuando nos ofrecen eruditas monografías, por ejemplo, acerca de las listas de la ropa que mandaba a la lavandería Shyackerley Marmion, o de los billetes de tranvía que compró a lo largo de su vida Lascelles Abercrombie. Pero el autor de Bajo el volcán es un caso especial. Su adicción pasa a ser la nuestra. Por eso, un estudio de las cuentas que Malcolm Lowry pagó en los bares nos contaría la mayor parte de su historia, y no tendría menos páginas que las seiscientas del libro de Gordon Bowker. Esta biografía fue escrita a conciencia y es fruto de un concienzudo compromiso; tiene garra y agarra. No será necesario revisarla.
Para ser alcohólico con todas las de la ley, para llevar la adicción a la bebida hasta sus últimas consecuencias, es necesario ser, también, otras cosas: astuto, escurridizo, apacible, individualista, inseguro e incansable. Además, Lowry estaba provisto de un pene extremadamente pequeño, lo que, al parecer, le fue de gran ayuda, en serio. También poseía una prodigiosa capacidad de automitificación, o era prodigiosamente fanfarrón y mentiroso, si así lo prefieren. Tenía en una rodilla una cicatriz, memento de sus juegos infantiles, y la hacía pasar por la consecuencia de una herida de bala recibida cuando se vio atrapado entre dos fuegos durante la guerra civil china. Encarcelado en México por uno de los alborotos que solía provocar en solitario, enumeró las torturas que le infligieron en una carta a un amigo: “Una espléndida noche trataron, asimismo, de castrarme, lamento tener que reconocer (a veces) que sin éxito”. La bravucona expresión “una espléndida noche” da la medida de su mendacidad. En 1939 aprovechó el estallido de la guerra y la promesa que había hecho –y que, desde luego, no pensaba cumplir– de alistarse inmediatamente como voluntario para favorecer sus intereses de diversas maneras, según pone en evidencia este vigoroso párrafo de una carta a su novia: “Si me quieres de verdad, como yo a ti, recíbeme igual que si fuera alguien que acabara de regresar de un largo viaje y tuviera que partir de nuevo, que es lo que debo hacer”. El tono heroico de esta última frase manifiesta tanto una falta de sinceridad congénita como un alegre desprecio de sí mismo. Lowry era un mentiroso de tomo y lomo. Mentía incluso cuando ponía las comas y los puntos y coma en sus escritos.
Al igual que Isherwood y otros, Lowry era de esa clase de ingleses que, más pronto o más tarde, tienen que expatriarse; en su caso, bastante pronto. Sus padres eran el producto natural de su tiempo y su medio, pero su convencionalismo lo sacaba de quicio. Cuando la imaginación se enfrenta con el conformismo, éste gana siempre. De modo que lo mejor es emigrar. A los diecisiete años se embarcó rumbo al este, como grumete, y llegó hasta la China; un año después lo hizo hacia el oeste, camino de América, esta vez como pasajero, en una peregrinación literaria. Pero el norte y el sur se convertirían en los puntos cardinales fundamentales de su brújula personal. El sur significaba México, escenario de algunos de los más vergonzosos episodios de gratuita violencia etílica que protagonizó. El norte, al principio, significaba Escandinavia, pero acabó significando Vancouver y una modesta cabaña de dos habitaciones en los gélidos bosques que la rodean; allí, únicamente allí, le era posible escribir; en cualquier otro lugar sólo conseguía emborracharse con las palabras, que lo ponían ciego de veras. Lowry era uno de esos hombres a los que los rusos denominan “morsas”: le sentaba bien el ascetismo de los largos inviernos, nadar con temperaturas bajo cero, los cielos azul cobalto. Aunque lo intentó con todas sus fuerzas, su naturaleza no era la de un gecko, y le fue imposible vivir entre los cactos y dedicado a la bebida a los pies del Popocatépetl.
Antes de que empezara su prolongado exilio (nada lo tentó a volver a Inglaterra hasta que se implantó la asistencia sanitaria gratuita) Lowry terminó, a trancas y barrancas, su educación universitaria, y luego pasó un par de años frecuentando los ambientes bohemios, en compañía de poetas frustrados y críticos literarios camorristas. Sus intereses eróticos, al igual que los literarios, eran fundamentales para la concepción que tenía de sí mismo –para su romance interior–, pero nada podía distraerlo de su dedicación al alcohol. Tras pegarse el lote con una famosa vampiresa de Cambridge, escribió: “Charlotte […] me ha ofrecido su cuerpo […] bebí mucho whisky, y estuve a punto de vomitar en su boca cuando la besaba. Dice que está enamorada de mí”.
Su talento fue precoz: cuando tenía apenas veinte años, no contento con sus habituales borracheras y desapariciones, ya experimentaba alucinaciones paranoides en las que intervenían salamandras y enfermeros de hospital. En la época en que se marchó a México (a los veintiséis años) trasegaba cualquier líquido que se le pusiera a tiro con la esperanza de que contuviera alcohol: en cierta ocasión “se bebió una botella de aceite de oliva porque creyó que era tónico para el cabello”.
De este modo, pues, se fue desarrollando la madurez de Lowry: borracheras, destierros, arrestos, expulsiones, gritos en la noche, visados caducados y pasaportes perdidos, además de una serie que parece inacabable de incendios provocados en sus diferentes domicilios, raterías y lesiones. En 1938 Jan, su primera esposa, le “racionó” el alcohol a un litro al día, pero ahorraba todo lo que podía de la asignación que recibía de su familia para comprar “garrafas de cuatro litros de vino generoso, que sólo costaban cincuenta centavos de dólar”. En 1947 su segunda esposa, Margerie, advirtió que, después de un período de abstinencia, Lowry había empezado a disfrutar de un cóctel antes del almuerzo, “y los cócteles que precedían a la cena se iniciaban a hora tan temprana como las tres de la tarde”. En 1949 bebía, como media, tres litros de vino tinto al día, más dos litros de ron. Tenía várices desde las ingles hasta los tobillos. Una mañana se desmayó y se puso a “vomitar sangre negruzca”. Asistimos acto seguido a las previsibles escenas en que le ponen la camisa de fuerza y lo encierran en una celda de paredes acolchadas, así como a serias discusiones, con esposa y médicos presentes, acerca de los pros y los contras de la lobotomía.
A medida que se acercaba el final, la relación de los escalofriantes accidentes y las continuadas catástrofes que afectaron a Lowry resulta de una espeluznante monotonía. Como promedio, cada una de las horas de su vida parecía incluir que se echara litro y medio de alcohol entre pecho y espalda, se cortara con una sierra mecánica, o se pillara la mano en una hormigonera, e intentara degollar a su mujer. Alrededor de Malcolm y Margerie todo lo que podía irse al garete lo hacía. Malcolm resbala en el baño y se le revienta una vena: “Margerie descolgó el teléfono para llamar al hospital, y, como no funcionaba, corrió al ascensor, pero se averió y quedó detenido entre dos pisos”. Malcolm se cae mientras pasean por el campo y se rompe una pierna; Margerie corre hacia la tienda del pueblo, y entonces un perro la ataca y le causa “graves mordeduras”. Algunos de sus amigos tenían un par de maletas siempre a punto al lado de la puerta, a fin de escaquearse fingiendo que se iban de viaje si los Lowry tenían la terrorífica ocurrencia de dejarse caer por allí para pasar unos días. La actitud de Margerie era autoinmolarse, por miedo a las imprevisibles reacciones del genio (“Temía que me pegara una paliza o me hiriera gravemente y al día siguiente se sintiera mal a causa de los remordimientos”). En cuanto a Malcolm, era, lisa y llanamente, incorregible; estaba resuelto a repetir sus viejos errores, una y otra vez, hasta el día de su muerte.
Como suele suceder, el contexto biográfico resulta ser el menos adecuado para evaluar la obra de Lowry. Por descontado, nos enteramos de algunos detalles acerca de sus “hábitos de trabajo”, que incluían de manera habitual el plagio, y hasta un extremo sorprendente. Plagiar es el delito perfecto para el masoquista: la bazofia puede cambiar de manos libremente, pero todo aquello que tiene algún valor lleva implícito el riesgo de que se descubra el robo y se acuse al plagiario. Lowry fue acusado infinidad de veces. Perseguido por los demonios se titula, en inglés, Pursued By The Furies, pero las Furias no persiguieron a Lowry; de hecho, las Gracias le allanaron el camino: una pequeña fortuna, mujeres entregadas y maternales, talento. Sólo tuvo que alargar la mano para tomar lo que le apetecía. A pesar de ello, no lamentamos que el señor Bowker –cuyo tono, aunque escandalizado, es, en general, indulgente– no trate a su biografiado con mayor dureza. La procesión de las Furias iba por dentro. No se podía hacer nada al respecto.
¿Y qué hay de la ficción de Lowry? Es decir, de Bajo el volcán, porque a esa novela se reduce prácticamente. Para él escribir era un impulso incoercible, pero también muy penoso. Si se consideran las circunstancias de su vida, sorprende que escribiera una novela; debía de resultarle penosísimo incluso firmar un cheque o redactar una nota para el lechero. La cabaña junto al agua, donde llevó una existencia llena de simplicidad, fue lo único que funcionó. Mientras estaba sobrio se acordó de las borracheras: rodeado por la celeste claridad del norte pudo recrear el sudor y la corrupción del sur. Recuerdo Bajo el volcán como una caótica confesión, un torrente de conciencia. Ahora parece formal, literaria, incluso algo pedante (la palabra “pub”, por ejemplo, aparece siempre elegantemente aprisionada entre comillas). Es todo lo que Lowry nunca fue: lúcida y lógica. Y educada.
“Un buen lugar por obra mía”
Juan Villoro
El destino de Lowry –un inglés que sólo podía vivir lejos de su tierra pero vinculado con otros ingleses– lo convirtió en un corresponsal obsesivo, pero sus borracheras y sus cambios de domicilio lo hacían perder cartas. Encontrar un sobre en el buzón fue para él un tarot personal. No es raro que sus personajes se confiesen en cartas extraviadas, recuperadas por azar o nunca enviadas. Este último caso es el de Dana Hilliot, protagonista de Ultramarina, que escribe a su amada palabras decisivas que no irán al correo. Entre otras cosas, dice: “Algún día encontraré una tierra corrompida hasta la ignominia, donde los niños desfallezcan por falta de leche, una tierra desdichada e inocente, y gritaré: ‘Me quedaré aquí hasta que éste sea un buen lugar por obra mía.’”. No podía haber profecía más exacta del sufrimiento y la belleza que Malcolm Lowry encontraría en México. Como D. H. Lawrence, Hart Crane, Graham Greene, Jack Kerouac, William Burroughs, John Reed, Evelyn Waugh, André Breton, Antonin Artaud, Aldous Huxley, Ambrose Bierce, Paul Morand, Italo Calvino, Joseph Brodsky y tantos otros, Malcolm Lowry llegó a México en pos de oráculos salvajes. Comenzó Bajo el volcán a los veintisiete años. Cuando la terminó, tenía treinta y cinco.
Seguramente, Lowry se las habría arreglado para sufrir igual en Suiza, pero no hay duda de que México contribuyó de manera específica al deslumbramiento y al desplome que buscaba. Después de la expropiación petrolera, la nacionalidad inglesa no era muy popular (“estamos –moralmente, claro– en guerra con México”, dice en Bajo el volcán). En la novela abundan las descripciones sobre el esplendor del paisaje mexicano, la grandeza del muralismo, la peculiar hospitalidad de la gente sencilla, pero el país no deja de ser amenazante. “México es paradisíaco e indudablemente infernal”, le escribe a Jonathan Cape. A un amigo le confiesa: “México es el sitio más apartado de Dios en el que uno pueda encontrarse si se padece alguna forma de congoja; es una especie de Moloch que se alimenta de almas sufrientes”. Sus cartas de México integran un archivo del delirio de persecución. Lowry se sentía vigilado por los omnipresentes spyders (arañas espías o “escorpías”. A Juan Fernández Márquez, el amigo oaxaqueño que sirvió de inspiración para los personajes de Juan Cerillo en Bajo el volcán y Juan Fernando Martínez en Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, le dice que Oaxaca “es una ciudad llena de perros y de espías”. De acuerdo con Douglas Day, sí era seguido por un detective, pero no de la policía mexicana, sino contratado por su padre.
Experto en acusaciones indemostrables, Lowry asegura que su edición de La machine infernale y sus lentes oscuros le han sido robados por un indio mixteco; en su afán de precisar agrega un dato casi inverosímil: el indio tenía barbas. Detenido con frecuencia por sus borracheras y su carencia de dinero y documentos, Lowry padeció un asedio que su mente refinó con minucioso masoquismo.
En una carta a Ronald Paulton, abogado de Los Angeles, narra sus peripecias con los funcionarios mexicanos. Con rabelesiano sentido de la exageración, dice que entre Cuernavaca y México hay tal diferencia de altitud que el viajero llega sordo a la capital. La obligación de hacer trámites lo llevó a padecer varias veces esa sordera. Menos inventada es su afirmación de que todo se hubiera arreglado con la adecuada cuota de sobornos (en su novela inconclusa La mordida se ocupa de nuestra peculiar manera de solventar problemas burocráticos). El inglés no fue un viajero bienvenido en México, como tampoco lo fue en otros sitios (uno de sus mejores amigos tenía siempre listo un juego de maletas para pretextar que estaba a punto de irse de viaje, en caso de que el incómodo intruso cayera por sorpresa).
En los tiempos en los que Lowry hacía trámites migratorios en México, el escritor Fernando Benítez trabajaba en la Secretaría de Gobernación. Muchos años después, los jóvenes que colaborábamos en el suplemento “Sábado”, que Benítez dirigía en el periódico Unomásuno, solíamos preguntar al decano de la prensa cultural si no tenía remordimientos de haber contribuido a sacar del país a uno de los mayores novelistas del siglo. Con su voz grave, de obispo que catequiza en la nave de una iglesia virreinal, el autor de Los indios de México respondía invariablemente:
“Era un borracho miserable”.
Esta opinión parece haber sido común entre quienes conocieron al inglés cuando escribía Bajo el volcán. Muchas veces, se sintió rodeado de verdugos como los que ultiman a su protagonista. Cuernavaca aparece en la novela como un Gólgota elegido. Amabilísimos y violentos, los mexicanos toleran la excentricidad de los extraños hasta que un quiebre de la fortuna les permite tratar a los desconocidos como se tratan a sí mismos y los naturalizan con un asesinato.
Los hermanos Firmin actúan con impulsiva temeridad. En el viaje a Parián, Hugh participa en un jaripeo y monta un toro con mayor destreza que los escuálidos lugareños. Geoffrey escoge otra clase de peligros: las consecuencias de su salvaje intoxicación. Según informa Gordon Bowker, Lowry se propuso desde niño ser alcohólico, en buena medida porque el vicio representaba lo opuesto a su padre, un hombre puritano, devoto de la Iglesia metodista (este mismo repudio se extiende a la religión: Lowry se interesó prácticamente en todos los sistemas de creencias, del vudú haitiano a los mandalas de la India, pero jamás se acercó al protestantismo).
En la borrachera que duró más o menos treinta años, el novelista sufrió e hizo sufrir, pero también se la pasó de maravilla y cosechó amigos que no olvidarían sus golpes de ingenio. Convencido de que el arte es un padecimiento, quiso ver en los túneles del alcoholismo una realidad oculta, inalcanzable por otros medios, y a veces atisbó en su calvario un cielo invertido, similar al barco de Ultramarina, donde los hombres que trabajan en el cuarto de máquinas, en lo más hondo de la nave, “de una manera extraña, están más cerca de Dios”. En Bajo el volcán, también Geoffrey Firmin busca una meta en el descenso; expulsado del paraíso, cae en la selva oscura de Dante, junto a un perro, como el que acompañaba a los aztecas al inframundo.

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