Historia de la Biblioteca Nacional – Horacio González

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Estado: nuevo.

Editorial: Biblioteca Nacional.

Precio: $250.

La Historia de la Biblioteca Nacional, se enmarca en una tradición iniciada por Paul Groussac, quien ejerciendo la dirección de esta casa por algo más de 40 años, escribió su primera historia. Poco más de un siglo después, Horacio González realiza un recorrido por los doscientos años de la Biblioteca reviviendo las diversas polémicas que la conmovieron desde su fundación. La publicación contiene un apartado fotográfico que acompaña esta narración, partiendo de las actas firmadas por Mariano Moreno y Cornelio Saavedra que ordenaron la confiscación de la biblioteca del Obispo Orellana, en agosto de 1810.
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González es un fenómeno. Leerlo en sus libros o escucharlo en sus clases siempre es una experiencia grata. La razón es sencilla, el gordo siempre a sido de una generocidad a la hora de pensar que pocas veces se a visto. Es un tipo que piensa en acto. A veces se va a la mierda y otras llega a lugares sorprendentes. Pero esos son los riesgos de alguien que piensa, de alguien que se lanza al vacio sin red de contención que le asegure que la pirueta si sale mal no lo lleve a hacer moco contra el piso. No pocas veces me encontre discutiendo con personas que ningunean su trabajo intelectual. Supongo que eso se deve en gran medida a que Horacio con su brillo opaca la mediocridad estandar de la pequeña burguesía ilustrada y pensante de la UBA. Voy a ser tajante. El día que Horacio falte, ese día, la cultura argentina va a quedar con un agujero inmenso que le va a llevar años poder reparar. Horacio cumple en la cultura argentina una función que excede sus aciertos o desaciertos a la hora de pronunciarse sobre lo que sea. Horacio cumple dentro de la cultura argentina el papel que puede cumplir un ombú en el medio de una plaza de barrio. Y voy a contar algo. Soy de Villa Ballester. Ahí hay una plaza horrible que se llama Placita Roca. Es realmente una plaza fea. Pero en el corazón de esa plaza había un ombú. Ese ombú era lo que le daba belleza y sentido a ese lugar, lo que le daba a ese lugar espantoso algo confortable. Y un día no se quien carajos, un hijo de puta, talo el ombú. Ese día fue triste para mi. Ese día esa plaza perdio toda posibilidad de ser. Toda posible belleza.
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Las “horaciadas”, o de la generosidad 
Johnny Allon
                Se supone que debería leer una “ponencia” especificando algunas ideas sobre filosofía política. Sobre alguna filosofía, sobre alguna política; no importa cual. Para hacer esto, necesito hablar de Horacio González.
                Cuando digo que voy a discurrir acerca de Horacio quiero decir que no voy a referirme al Señor González, que es tanto un profesor de esta “casa de estudios” como una silueta y un rostro que cada uno de los que aquí estamos reconoce inmediatamente. Voy a referirme a “algo” que, a falta de mejor palabra, podemos llamar “el horacismo”, que es el nombre de un rincón hortícola de esta Facultad donde se cultivan saberes plebeyos e invalorables, el nombre posible para una modalidad de la libertad intelectual. El “horacismo”, en verdad, sería el nombre de la  generosidad del saber. O de la generosidad, a secas. Entonces, no quiero analizar atributos personales de un nombre propio, sino tratar de establecer, quizás únicamente para mi propio conocimiento, la esencia de acontecimientos que he experimentado y que me niego a dejar que retrocedan en el tiempo, acontecimientos que quizás puedan dar contorno y sustancia a un concepto.
                A estos tres días de reuniones se los ha llamado, defectuosamente y por pegajosa rutina, “Jornadas de Discusión y Reflexión”. Pero estas jornadas, y las anteriores a las que la mayoría de nosotros ya hemos sido invitados, siempre serán para mi “Las Horaciadas”. Así como los griegos tenían sus Olimpiadas y los romanos tenían sus Saturnales y los medievales sus justas y torneos y las cortes provenzales sus Juegos Florales y la cultura popular sus fiestas y kermesses y los viejos anarquistas sus “pic-nics de camaradería” y los hebreos sus Juegos Macabeos y los Argentinos sus Fiestas Mayas, la Facultad de Ciencias Sociales tiene sus “Horaciadas”, un momento de fraternidad y meditación donde un racimo de personas se reúne frágilmente tal cual una tribu acosada y desorientada alrededor de un vivac. Enumerar y narrar las aventuras intelectuales que Horacio González ha propiciado y perpetrado, es decir, sondear mi propia memoria a fin de rescatar imágenes de hace una década o de un lustro atrás, imágenes de lo que podrían llamarse “las proto-horaciadas”, hasta llegar a las actuales jornadas, exigiría relatar una nueva versión del derrotero de Ulises y de sus compañeros; dar cuenta entonces de los pormenores cotidianos que han cimentado doce años de trabajo intelectual, lapso temporal al cual no puedo sino percibir inevitablemente como un tiempo amenazado, quizás agónico. Hablar sobre estos doce años de avatares institucionales, de ebullición intelectual, de arreglos y desarreglos interpersonales, y de rondas y rondas de café, coca-cola, cerveza y “giraldas”, es también ocasión de rememorar nuestros desaciertos tanto como nuestros escasos e inapreciables logros. Que no son otra cosa que el andamiaje precario de nuestras irrecuperables biografías.
                Por ejemplo, ¿qué significado tenía un cartel que un tal Alejandro Montalbán pegoteaba, hacia 1985, en las paredes del Pabellón III de la Ciudad Universitaria, invitando a concurrir a una charla titulada “De la Escuela de Franckfurt al Corto Maltés”? Sería la primera de una cascada de conferencias y de mesas redondas en donde un viejo lobo de mar me introduciría a los siete mares de la oralidad. Meditando nuevamente el título de aquella primigenia conferencia me doy cuenta de que en él estaba contenido todo un programa de pensamiento asociado a la dilucidación de la cultura de las clases populares, de los zigzagues de la realidad nacional y de los dramas de nuestras ciencias sociales.
                Y más tarde, o antes –ya no estoy seguro–, recuerdo una representación de máscaras en Plaza Once, aparente conclusión de un seminario del profesor González sobre Borges y Benjamin, y que parecía querer contrapesar paródicamente la verba furiosa de los predicadores evangelistas. Recuerdo asimismo una noche en que Horacio se apareció en Ciudad Universitaria con una máquina de escribir y transformó a la clase entera, hasta entonces muerta, en una mesa de redacción de periódico. La clase, creo, era sobre Roberto Arlt. Dos horas más tarde, y mediante una nerviosa cadena de tecleo y montaje, se había logrado tipear, diagramar, producir, editar y vender un diario instantáneo por los pasillos de la Carrera de Sociología, que entonces estaba cerca del río. Recuerdo también que por entonces alguien me comentó que ese mismo profesor había tomado la evaluación final a sus alumnos en un trayecto ida y vuelta en ferrocarril de Retiro a Los Polvorines. También sé que en el cuatrimestre siguiente –¿o fue antes?– sus alumnos encuestaron al pasaje entero de un tren en hora pico inquiriéndoles una sola pregunta: “¿qué tiene usted en la cabeza en este mismo momento?”.
                La lista de estos sucesos argentinos sería interminable, y se astillaría en el intento de perseguir al ubicuo profesor. Pero quiero recordar especialmente unas jornadas tituladas “Universidad de los Aires”, que se propusieron auto-transformarse en el alma y la psique de la Universidad de Buenos Aires, y que se desplegaron en tres clases sucesivas dictadas en el subsuelo, en el aula 100 –el primer piso– y en el techo del edificio de la calle Marcelo Torcuato de Alvear, tres clases que eran a su vez alegorías del Cielo, de la Tierra y del Infierno; encarnaciones de la Infraestructura, la Estructura y la Superestructura; remedos del Yo, el Ello y el Superyo. Por entonces, hacia 1989, el país entero estaba crispado y la confusión cundía entre los cientistas sociales, que nada parecían entender de lo que ocurría en las calles. En ese tiempo, yo recuerdo a la clase entera de Horacio González marchando por las calles San Martín y Sarmiento, epicentro de la “City” porteña, anunciando que en la siguiente década la República Argentina sería cityada.
                Luego, viene a mi memoria la “Facultad de Ciencias Afines”, que desde la mañana a la noche de un día de 1991 impartió clases sucesivas de materias que se sucedían unas a las otras con cada cambio de hora, haciendo de un solo día un plan curricular completo. Al final de la jornada, Horacio firmó los diplomas de todos los que cursaron esas efímeras materias. En ese mismo tiempo, Horacio organizó una “huelga a la japonesa”: 24 horas seguidas dando clase en la Plaza de Córdoba y Junín, con lluvia y todo.
                ¿Y además, qué enseñanza extraer de una versión punk del Lazarillo de Tormes, obra cumbre de la picaresca española, y que casi termina con el incendio purificador del segundo piso de la Facultad de Ciencias Sociales y con un apercibimiento institucional al Profesor González? En diciembre de 1996, en ocasión de estas mismas Jornadas, Ursula, aquella muchacha punk que casi incendia a los compañeros y que le tiró un baldazo de agua fría al mismísimo González, expuso sus cuadros en el anfiteatro de la calle Uriburu.
                ¿Y qué hacer con los panfletos murales, los libelos estacionales, los documentos político-académicos, y con Erdosain, y con El Ojo Mocho, ésta última, a su vez, pierna del compás trazador en cuyo círculo se compaginan otras publicaciones? En fin, ¿qué significan estas jornadas, y las anteriores, y esta genealogía bastarda, y todo este saber de pasillo casi olvidado?
                El escéptico profesional y el personal académico categorizado tanto como el intelectual fino y abstracto o el participante incidental seguramente clasificarán toda esta casuística descamisada en el casillero de las farsas vanguardistas o bien la supondrán el itinerario irrecuperable de una “Armada Brancaleone” de Sociales. En cambio, yo percibo en cada uno de estos acontecimientos a las estaciones de un vía crucis; episodios que, para ser narrados, necesitarían un estado de ánimo digno de un Rabelais, pero también de un Shakespeare.
                ¿Cómo interpretar toda esta partenogénesis de Horacio que he mencionado y que ahora ha llegado a este desdoblamiento titulado “Perseverancia de la Filosofía Política”? ¿Acaso Horacio es un santo que multiplica los panes? ¿Acaso es una mujer que tiene el sí fácil y procrea todos los años? ¿Acaso en su cátedra se acumulan todas las baldosas flojas de esta institución?
                No es difícil ser duro y despiadado con esta metafísica de bar, con esta soliviantación del alma estudiantil, con esta política carbonaria. Ante la crítica y el desprecio externos muchos de nosotros gustarán de consolarse suponiendo que lo realizado en estos doce años se ha ido constituyendo en una corriente teórico-política en el mundo de las ciencias sociales. Yo no podría afirmar eso: percibo demasiados afluentes dispersos que difícilmente conformarían una corriente única. Es cierto que hay gente que se ocupa de enhebrar hilos de distintos colores y de bordar una trama plausible. Pero no soy yo quien quiere ovillar las historias de esa manera.
                Otros sugerirán que se trata de la coagulación de relaciones amistosas tramadas en las aulas, o luego de las clases, o en las conversaciones de pasillos, y en el reconocimiento de intereses afines en las asambleas, incluso en el dato pasado en el baño de estudiantes. Pero no se trata de eso.
                Tampoco la idea de un “gueto” o la de un “grupo de resistencia político-intelectual” ayudan en algo. Ninguna de estas etiquetas alcanza a dar cuenta de lo hecho, de la semilla sembrada y de la cosecha levantada, magra aunque suficiente; y menos que menos la etiqueta de “intelectuales críticos”, oxímoron altamente sospechoso, eructo de la buena conciencia.
                Tampoco nos define un enemigo en común. Eso es cosa de resentidos. Y de mentirosos.
                ¿Qué hacer entonces con esta serie de episodios de la historia de las ideas en Argentina?
                Quizás en el centro de esta marginalia se evidencien momentos de “libertad intelectual” en un medio que no le era del todo propicio. Pero la idea de libertad asociada a los trabajos del intelecto no alcanza tampoco a tocar el centro de gravedad de estas “horaciadas”. Muchos grupos que se asumen intelectuales parecen haber evitado las manchas y esquivado los charcos en todo este tiempo. También, muchos solitarios han ejercido dignamente las labores del pensamiento.
                ¿Qué entonces?
                No lo sé muy bien.
                Leo nuevamente todo lo que he enumerado, y bien sé que de mi memoria se han borrado otros tantos días y noches tanto como otros tantos trabajos y otras tantas aventuras y desventuras por el estilo, y pienso en el decreto que pretende dar por acabadas, de un plumazo, las clases de varios profesores de edad, como ya antes se hiciera en Córdoba con las de Oscar del Barco, y al fin la nueva geopolítica del mapa intelectual de nuestra Facultad, agresiva y mediocre, se evidencia a través de estas medidas y de tanta categorización e incentivación de la corrupción, y me dan ganas de gritar y de buscar refugio en un rincón alejado.
                La década que nos tocó en suerte, es decir, los años del menemismo, han sido años confusos. Me impresiona que tanta gente que conozco sea capaz de recusar a Menem y al menemismo con tanto ardor y certeza, como si una época no contaminara lenguajes y prácticas personales, como si cualquiera pudiera lavarse las manos veinticuatro veces al día. Algún día alguien percibirá a la irradiación de esta época como una cirrosis moral también en el campo de las humanidades, lugar que, como se sabe, desborda de anti-menemistas fuera de toda sospecha.
                Crítica y utopía. Tal parece ser el lema del medallero que nos auto-concedimos en esta guerra. ¿Pero no se ha confundido la crítica con la renovación de las temáticas académicas? ¿La habladuría y el cotilleo modernizador no han sido quizás la contrapartida contable de la cortesía académica, más que su negación? ¿No es que los intelectuales críticos se han forjado en el espacio de la mala conciencia acerca del menemismo? ¿No es que se ha buscado la salvación escribiendo para la posteridad? ¿No es que los santos también andan con altoparlantes? ¿No es que el “incentivo” bien valió una misa? ¿No es que muchos se hacían acompañar por leninitos y por maquiavelitos? ¿No es que algunos se dedican a culpabilizar a otros por izquierda o desde la crítica, ambicionando así aquello que denuncian? ¿No hay en el ensayismo crítico una tendencia al alpinismo, a la “observación desde altas montañas”, para lo cual es preciso que un corrector aplane los relieves, estetize las dudas, tache las incorrecciones gramaticales y escamotee los improperios? En suma, ¿no es que atrás de las palabras bien dichas siempre encontraremos cosas muy mal hechas?
                Todas estas actitudes, tácticas y estrategias nos incumben. El pensamiento que coloca al Mal por fuera de nuestro radio de acción solo agrava los problemas. Cuando se dice “yo sufro por la humanidad, por lo tanto soy bueno”, se eluden responsabilidades. Y tal cual sucedió con Neso, aquel personaje mitológico que había adquirido una túnica que se encogía inexorablemente con cada movimiento comprimiendo de esa manera a su cuerpo, también nosotros hemos menguado de tamaño en todo este tiempo. Y si bien es cierto que hay gente que ha desteñido más aún, nadie esta libre de tener la hacienda mezclada.
                ¿Qué significa todo este mal que nos hemos hecho a nosotros mismos?
                Cuando el saber es transformado en empresa o en mercancía no basta con impugnar las pesas que se descargan en el otro platillo, pues el problema reside en el fiel mismo de la balanza. La modelación actual de los humanistas ya es efecto de la “fabrica”, del “mercado de trabajo”, de la “oferta y la demanda”, de la “explotación”, del “engranaje”. Y no son las palabras, sino las prácticas éticas personales aquello que sería capaz de desbaratar esta economía mercantil, esta cadena de montaje.
                Preparar una clase o no hacerlo es una decisión ética. Respetar a un alumno, y respetarse a uno mismo, dialogando en el examen final obligatorio o no hacerlo es una decisión ética. Llenar o no llenar el formulario del incentivo es una decisión ética. Agregar un referato a una revista o no hacerlo es una decisión ética. Firmar una solicitada o no hacerlo es una decisión ética. Ocupar el puesto de un profesor a quien no se le renovó adrede un contrato es una decisión ética. Por “decisiones éticas” no me refiero únicamente a las deliberaciones en el orden de las ideas o de las filosofías de la conciencia. Lo que se promueve en cada una de estas decisiones minúsculas y cotidianas es la automodelación de una persona en función de matrices institucionales.
                Pues lleva un esfuerzo enorme producir una camada de gente de “categoría”. Esfuerzo que supone la torsión de biografías y la aceptación, aún a regañadientes, de estos imperativos institucionales. Las palabras bien dichas que a todos nos gusta decir y escuchar no equilibran nada. Pues en ese espacio institucional mediocridad, virtuosismo metodológico y talento crítico se encastran uno en otro.
                Horacio me ha dicho a menudo que lo que nos une a los otros son las “bibliotecas compartidas”, los temas en común. Y yo no he estado de acuerdo. Es cierto que nuestro oficio es inextirpable del objeto llamado libro. A veces, incluso, es inescindible de libros polvorientos que casi no interesan a nadie. La pregunta por quien tiene el derecho al desciframiento de los libros no es menor. Ese derecho no pertenece necesariamente al investigador de las sociedades ni al historiador de las ideas, cuya equivalencia pictórica no es tanto el paisaje como la naturaleza muerta. Una cosa es el humus donde germina el árbol y otra el cantero donde injertan al bonsai. Pero, nuevamente, ¿de qué manera nos correspondemos con los otros en este terreno? ¿Por libros? ¿Por estantes compartidos de bibliotecas? ¿Por territorios ideológicos fronterizos? ¿Cómo lectores del otro? ¿Por amor a los libros o a los temas de que hablan? No. De ninguna manera. Todo eso suena a sensiblería cultural.
                ¿Cual es entonces la esencia de todo esto que hemos hecho en los últimos doce años, lo que he llamado “las horaciadas”?
                Quizás podrían arriesgarse un par de ideas:
                Muchas veces he discutido con Horacio, aunque casi siempre y únicamente por teléfono. Eso siempre me deja con la sensación de que el aparato telefónico es un instrumento del demonio o, para expresarlo en términos más laicos, que el teléfono es un garante electrónico de la incomunicación. Nuestras discusiones recorren los temas de siempre, nuestros temas, aquellos de los que aquí se ha hablado. Ahora bien, luego de cada una de estas leves desavenencias y discordias, siempre me he quedado con la sensación angustiosa de que, en el fondo, Horacio siempre tiene razón.
                ¿Por qué?
                Mi impresión es que lo que otros llaman una ética intelectual es, en Horacio, antes que eso, una operación somática. Horacio sufre los desastres universitarios, intelectuales y políticos hasta el hueso, y no tanto como un problema del conocimiento sino como un drama corporal. Ese drama somático es su informante, su orientador, ese es su lazarillo: la asunción corporal de que en ciertos acontecimientos se oculta un peligro, y de que quienes justifican ciertos cambios nos escamotean anuncios espeluznantes.
                Como también creo que en los acontecimientos que Horacio –es decir, el “horacismo”– ha promovido también se auspicia algún tipo de acto catártico, una suerte de purga, de oxigenación, creo entonces que esa “operación somática” propia de la sensibilidad del profesor González se dilata y nos hace vibrar, a los que estamos próximos a él, como seres carnales, alejándonos en alguna medida del abstractismo ideológico y de la inmediatez política.
                Se diría que todos los acontecimientos que enumeré al comienzo, tanto como las actuales jornadas, constituyen una suerte de filosofía política. Pero si puede atribuírseles ese nombre es porque, en esta Facultad, han estado orientados a favor de la vida. El academicismo ha orientado a la filosofía política, en el mejor de los casos, a favorecer una alternativa emancipatoria, las más de las veces abstracta, o bien a tratar de imponer límites a un poder, a la manera liberal. Pero más veces aún la ha transformado en una justificación, cándida o interesada, de los poderes realmente existentes. Orientarse hacia la vida ha sido el objetivo del “horacismo”: propagar la necesidad de una nueva reforma universitaria, que se diferencia de la anterior de 1919 y de otras propuestas actuales porque Horacio pretende transformar a las ciencias sociales en un arte de vivir.
                ¿Pero en qué se transforman las personas que tratan a los saberes académicos, de los que no están desligados, como una traba al despliegue de la vida? Esas personas no sólo necesitarán de nuevas instituciones y de nuevos modos de valorar los acontecimientos sino fundamentalmente de una nueva ciencia que desafiaría a buena parte de los supuestos cognitivos que incluso nosotros sostenemos. Sería quizás la emergencia de una ciencia de lo singular y no de lo general. He llegado a esta conclusión luego de leer un libro llamado El filósofo cesante, cuyo autor, lo sabemos, es el propio Horacio González.
                ¿Pero qué es la vida para el “horacismo”? Quizás se trate de instantes y saberes vinculados al plebeyismo –al que no hay que confundir con el populismo–; conexiones con saberes marginales y marginados; disrupción de lo que tiende a cristalizarse y de ese modo asfixia a la vida; búsqueda de los momentos originarios de un pensamiento antes de que se transformen en datos y fichas; las biografías y no necesariamente las obras –o bien en las obras, vidas–; la sinceridad relacional; el encastre de las palabras dichas con las fuentes teatrales del saber. Seguramente hay más. Me basta con percibir la felicidad de Horacio cuando alguien escribe algo para leer o su disposición para escuchar lo que sea hasta la hora que sea.
                Lo que solemos llamar “academicismo” no está necesariamente constituido por saberes mediocres. También hay allí investigaciones serias y bien trabajadas tanto como saberes imprescindibles detentados en común. El academicismo puede ser positivista o de izquierda, puede ser crítico o acrítico. Eso no lo define. Aquello que define al academicismo es su voluntad de sometimiento a un cierto tipo de modelación de su personal y la promoción de un tipo humano caracterológico, que en el mejor de los casos conduce al virtuosismo cognitivo, y en el peor, en el caso argentino, a camisas de fuerza.
                ¿Qué oponer a esta situación que va a determinar nuestras vidas por los siguientes años? Y nuevamente, ¿qué significado concederle a estas jornadas?
                Lo único que se me ocurre, teniendo en cuenta los dos centros de gravedad que he mencionado, es decir el experimentar al saber como un “drama de cuerpo”, por un lado; y por el otro, el orientar los saberes y los acontecimientos universitarios a favor de la vida; lo único que se me ocurre, entonces, es darle nombre a estos doce años de esfuerzos y de esperanzas.
                Y este nombre sería el de “generosidad”, pero prefiero recurrir al más prosaico de “amistad”.
                Antes de que la palabra connote en el oído presente emociones de ternura y autocomplacencia, me apresuro a indicar que yo no entiendo aquí a la amistad como una relación  interpersonal o como una mitología fundante de la sociabilidad porteña. Pienso que estos años han promovido entre nosotros un espacio de pensamiento, y no solamente citas de amigos. Y la palabra amistad, en este contexto, pretende dar cuenta de la curiosidad, del cosmopolitismo, de la generosidad, del placer de conversar, de ciertas modalidades de la errancia callejera y de la capacidad para aunar esfuerzos a fin de resguardar un modo de vincularse al saber. La amistad así entendida es una práctica ética modeladora y a la vez un modo de reconstruir espacios de saber. A los antecedentes de este tipo de amistad los encontramos en la práctica del “grupo de afinidad” del siglo pasado o en los grupos mundanos de existencia efímera. Esta práctica ética puede, además, generar un espacio de reconstrucción política a partir de gestos morales y de un modo distinto de forjar el carácter y la sensibilidad de los que concurren a ese espacio.
                El academicismo no puede lograr esto, porque su finalidad es automodelar a su personal en el logro de un virtuosismo técnico, no importa que ese virtuosismo esté dirigido a la planificación de políticas públicas, a la gestión de radios comunitarias o a la escritura de ensayos críticos.
                En fin, si de todos estos años confusos que hemos experimentado, y si de toda esta banalización y burocratización de nuestras biografías intelectuales, y si de todo este opacamiento quedara algo rescatable, ¿qué sería eso?
                Habría entonces que intimar con esta pregunta: ¿qué han significado estos doce años de amor al saber y de amor a los demás? Amor que en otras épocas más poderosas se llamó filosofía, y también filantropía, es decir una política del amor.
11 de diciembre de 1998

 

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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Libros difíciles de encontrar a buen precio.
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