Deep in a dream. La larga noche de Chet Baker – James Gavin

Estado: impecable.

Editorial: DEBOLSILLO.

Precio: $150.

Desde sus primeros éxitos profesionales en los años cincuenta, cuando apenas era un guapo jovencito de Oklahoma que hizo su aparición en la Costa Oeste como el príncipe del cool jazz, hasta su violenta muerte en Amsterdam en 1988, la vida de Chet Baker lo convirtió en el icono más romántico de dicho género musical. A partir de centenares de entrevistas y nuevas fuentes de información, James Gavin ha escrito una biografía extensa y completa que la crítica norteamericana ha clasificado como la más interesante y definitiva hasta la fecha.

En la figura pública de Chet Baker todo estaba abierto a la especulación: su forma cool de tocar la trompeta, tan vulnerable pero tan distanciada, su enigmática media sonrisa, la androginia de su dulce voz al cantar, un rostro que era a la vez infantil y siniestro…

Marc Danval, un escritor belga, dijo que su música era “uno de los lamentos más hermosos del siglo XX”.

En Europa, la larga adicción de Baker a la heroína actuó a su favor, haciéndole parecer aún más frágil y adorable. Pero en Estados Unidos su muerte no despertó muchas simpatías: la necrológica del “New York Times” lo presentaba como un sensiblero marchito cuya fenomenal suerte se había echado a perder por culpa de las drogas.

El final de Chet Baker está lleno de interrogantes. La versión oficial sostiene que sobre las tres de la madrugada la policía holandesa retiró su cadáver de una acera, bajo la ventana de su habitación de hotel. La muerte se atribuyó a suicidio o accidente causado por la droga, aunque las evidencias contradictorias fueron numerosas.

Tal como afirma el propio autor: “Era muy propio de Baker hacer que todo el mundo se planteara preguntas, incluso después de muerto. Fue un hombre de tan pocas palabras que cada una de ellas parecía misteriosa y cargada de significado.” La biografía de James Gavin despeja ciertos interrogantes sobre una figura que ha seducido a muchos y en muchos lugares.

Sábado, 21 de Mayo de 1988
Inglewood, California
Había varios entierros en las onduladas colinas del cementerio de Inglewood Park, en un barrio residencial para negros a las afueras de Los Ängeles.
Dos días antes, un vuelo de pasajeros procedente de Holanda había traído el cuerpo ya descompuesto de un trompetista al que se recordaba como un o de los hombres más atractivos de los años cincuenta. Chet Baker había fallecido en Amsterdam el viernes 13, en circunstancias misteriosas pero relacionadas con las drogas. Ahora, tras haber pasado años en Europa, estaba de regreso en el sur de California, donde había conocido por primera vez la gloria, para ser enterrado junto a su padre. Baker, nacido en una granja de Oklahoma, había llenado de fantasías la cabeza de la gente desde el día en que nació. Todo en él estaba abierto a la especulación: su toque cool de trompeta, tan vulnerable pero tan distanciado; su enigmática media sonrisa; la androginia de su dulce voz al cantar; un rostro que era a la vez infantil y siniestro. La melodía que surgía de su instrumento había hecho que sus fans italianos llamara a Baker  l’angelo (el ángel”) y tromba d’oro (“trompeta de oro”). Marc Danval un escritor belga, dijo que su música era “uno de los lamentos más hermosos del siglo XX”, y lo comparó con Baudelaire, Rilke y Edgar Allan Poe. En Europa, incluso su larga adicción a la heroína actuó en su favor, haciéndole parecer aúna más frágil y adorable.
Pero en Estados Unidos su muerte no despertó muchas simpatías. La necrológica del New York Times, que atribuía a Baker una edad equivocada (cincuenta y nueve años en lugar de cincuenta y ocho), lo presentaba como un sensiblero marchito, cuya fenomenal suerte se había echado a perder por culpa de las drogas.
A pesar de los anuncios publicados en la prensa de Los Ángeles, sólo unas treinta y cinco personas asistieron al entierro. “Fue triste, no fue una celebración -dijo el clarinetista Bernie Fleischer, compañero de Baker en la banda del instituto-. Pero nadie esperaba que Chet fuera a durar tanto, la verdad”.
***
Parker se percató del potencial que tenía el asustado joven. “Me trataba casi como a un hijo”, recordaba Baker, que no había conocido tanto amor y paciencia en su propio padre. “Ahora me doy cuenta de lo atento y comprensivo que era Charlie. Se ajustó a los temas que yo conocía bien, y renunció a los tempos rápidos que tanto le gustaban”. Más tarde, hablando con el fotógrafo William Claxton, Parker elogió el trabajo de Baker como “puro y simple”, diciendo que le recordaba los discos de Bix Beiderbecke que había oído de pequeño en Kansas City. “Recuerdo que estaba absolutamente deslumbrado por el oído de Chet – contaba Whitlock, que sustituyó a Harry Babasin un par de veces-. Le asombraba que Chet pudiese hacer lo que hacía sin la preparación armónica que tenían tanto músicos”.
***
Y entonces llegó Baker, cuya andrógina y dulce voz de tenor, suave como la brisa, inquietó e irritó a muchos jazzmen. Oyendo un de los primeros discos de Baker, el pianista Richie Beirach, que tocó con él en los sesenta, rugió disgustado: “¡Parece una chica!”. Los críticos empezaron a calificarle de “afectado” y “decadente”. En 1973, Baker le dijo al periodista Richard Williams: “Cuando empecé a cantar, las reacciones fueron muy diferentes. En primer lugar, un montón de gente pensó (muy equivocadamente) que como cantaba así, ya sabes, tenían que gustarme los tíos o algo parecido. Solo puedo decir que es una gilipollez”. Aunque intentó seguir siendo muy cool, Baker lo compensó con creces con su afán de demostrar lo viril que era. Siempre exhibía a su última chica y su nuevo coche; la palabra “maricón” formaba parte de su vocabulario.
***
Cada vez que Baker ponía las manos en el volante de un coche, sus compañeros de bando veían lo peligroso que podía ser. Con la mirada clavada en la carretera que tenía enfrente, iba pisando el acelerador cada vez más; al poco tiempo, el coche iba lanzado por la carretera tan rápido que parecía que iba a echar a volar. “Parecía que estuviese poseído -contaba Carson Smith-. Era como si tuviera que encontrar algún modo de soltar presión para no estallar”. Más o menos lo mismo ocurría cuando se inyectaba heroína. La velocidad y el riesgo eran como drogas para Baker; incluso parecía que se alimentaba del terror de sus pasajeros. Pero, a pesar de los asustados que estaban, sus amigos admiraban su manera de sortear el tráfico y doblar esquinas con la destreza de una piloto de carreras profesional.
Aun así, siempre existía la posibilidad de que Baker corriera la misma suerte que le aguardaba a James Dean, otro conductor temerario, pero a la larga con menos suerte. En los años cincuenta había otros incipientes profetas del día del Juicio que estaban coqueteando con la autodestrucción. Se sabía que Montgomery Clift se había colgado del balcón de su habitación de hotel en Florencia (Italia), solo para “forzar la situación al límite, y ver cuánto se podía acercar al peligro”, según dijo su amigo el actor Kevin McCarthy en un documental sobre la vida de Clift. Jack Kerouac anunció su intención de beber hasta matarse, cosa que consiguió por fin en 19969, a los cuarenta y siete años de edad. Como todos ellos, Baker estaba sobradamente dotado de atractivo, talento y celebridad, pero también estaba dispuesto a arriesgar todas estas cosas, como si el futuro no importara nada.
***
Flanqueado por tres guardias, Baker entró con paso confiado, con las mejillas sonrosadas y aspecto saludable. Llevaba pantalones grises de franela, una chaqueta beige, camisa blanca, corbata estrecha y esposas, y tambiñen el sonrió a las cámaras. Dentro del tribunal , actuó en el local más lleno que había visto en Italia. Aficionados al jazz, músicos, estudiantes, jubilados y periodistas de todo el mundo abarrotaban los bancos; fuera había gente subida a escaleras y mirando por las ventanas. Los paparazzi, habiéndoseles prohibido la entrada a la sala, ocupaban balcones cercanos y apuntaban cámaras con zoom a las ventanas abiertas.
Oriana Fallaci escribió una apasionada defensa de Baker en L’Europeo, el equivalente italiano a la revista Time, declarando que había sido condenado por un gobierno que nunca había oído hablar de Louis Armstrong ni de Charlie Parker, y mucho menos del mejor trompetista blanco del mundo. A las autoridades, decía Fallaci, no les importaba si este genio “volvía a las drogas o ladraba como un perro o dejaba de tocar esa trompeta que a veces suena como un himno a Dios.
Chet Baker fue declarado culpable de contrabando de drogas y falsificación, pero absuelto dela acusación de robo. Los jueces le sentenciaron a un año, siete meses y iez días de cárcel, más una multa de 140.000 liras.
***
” La mía ha sido una historia bastante enfermiza y repulsiva”, anunciaba Baker, y empezaba a dar detalles:
“De ser el jazzman de ascenso más rápido del mundillo, me he convertido en el yonqui másw conocido del mundo. La policía, las autoridades médicas, los aduaneros de una docena de países, el FBI y el Ministerio del Interior británico….todos me tienen echado el ojo….Me he metido dentro droga suficiente para matar a un cuarto de millón de personas njormales …. ¿Que la adicción es un a mono que se te sube a la espalda? El mío era un gorila rabioso, que devoró mi alma, mi espíritu; me arrastró al pozo de las serpientes de la degradación humana…. Mis brazos han sido perforados más de treinta mil veces para meter morfina y heroína en mis venas. Las manos con las que hago música están marcadas, arañadas y picadas, signos inconfundibles del “pinchómano” crónico.
Mi locura con la droga me asquea y horroriza. Me odio a mí mismo por mi adicción. Es pura demencia. He estado a un pelo de la muerte, con el cuerpo casi azul. Me da mareos pensar las veces que he estado apretujado en un retrete público, haciendo frenéticos intentos de inyectar veneno en mis colapsadas venas….En ocasiones me he clavado una aguja en los brazos y las manos cien veces en el plazo de unas horas, horas de tortura y tensión, intentando introducir unos pocos microgramos de sustancia en mi corriente sanguínea”.
***
“Estaba loca de inseguridad -contaba ella-¿Ponerme al lado de Chet Baker y cantar? ¿Quién soy yo para hacer eso? “. A mediados de los setenta, justo antes de su primera aparición con él en la televisión italiana, Ruth Young se bebió una botella de Cutty Sark, y después vomitó. Él fue lo bastante considerado para hacerle una confesión que, probablemente, nunca había salido de su boca con anterioridad: “Escucha, Ruth. Esto te lo voy a decir una sola vez. Nunca conocerás a nadie más inseguro que yo”- Como eso no dio resultado, probó con otra táctica: “Escucha, nena. Tú acuérdate solo de una cosa: nadie sabe que coño estamos haciendo. Si recuerdas eso, todo irá bien”. Más adelante, en una sesión de grabación en Italia para el ábum The Incredible Chet Baker Plays and Sings, Baker ordenó a Ruth que cantara dos baladas con él: “Whatever Possess’d Me” y “Autumn Leaves”. Ella estaba aterrorizada, pero en cuanto la cinta empezó a girar, ella cayó bajo el hechizo de Chet y acabó sonando como su álter ego, cool y sexy.
***
En escena, Baker se envolvía en un capullo: los ojos cerrados, la cabeza y los hombros caídos, totalmente distanciado del público, cuya presencia apenas advertía. Solo la más dolorosa y fugaz sonrisa cruzaba sus labios alguna vez, cuando entraba en algún nebuloso lugar de su interior. Habiendo recuperado el dominio que perdió junto con sus dientes, había dado un  nuevo salto adelante. para ser alguien que fumaba muchísimo, podía hilar las más suaves hebras de melodía con un control fantástico.
Como siempre, sabía que menos es más. “Utilizaba el espacio de un modo genial -dijo el pianista Phil Markowitz, que tocó con él a finales de los setenta-. En una pieza de Mozart, si quitas una nota destruyes la frase. Con Chet pasaba lo mismo. Así de conciso y claro era lo que tocaba”- Lo más importante, según Rassinfosse, fue que “me enseñó en qué consiste la música: en expresar emoción”. Los europeos veían a Baker como un poeta viejo y sabio, que reflexionaba sobre la vida por medio de su trompeta. Ël, reconfortado por su adoración, veía menos motivos que nunca para volver a casa.
***
Solo las drogas podían mitigar el miedo que Baker sentía. Una noche, él y Vavra estaban viendo una actuación musical en el Jazzhus Montmartre de Copenhague. “¿Sabes? Si yo subiera ahí ahora, me pondría a temblar porque no estoy colocado”, confesó Baker. Vavra entendía su terror. Cada vez que él le pedía que subiera al escenario con un  instrumento, ella se quedaba congelada, y rara vez accedía. “Chet hacía todo lo que podía por ayudarla”. contaba Micheline.
Como le quedaban pocas venas utilizables en el cuerpo, Baker había empezado a inyectarse en las arterias del cuello. Se pasaba horas mirándose fríamente en el espejo del cuarto de baño o en el retrovisor, pinchándose el ensangrentado cuello con una aguja.
“La gente dice que toco igual que canto -le dijo a Marc Puricelli, un joven pianista que lo acompañó en el Whippoorwill-. Ahora estoy empezando a tocar igual que parezco”.
***
Un joven francés hizo una película que glorificaba al trompetista, presentándolo como un dios romántico. Bertrand Fèvre, graduado en el Conservatorio del Cine francés, había trabajado como ayudante de dirección en varias películas; poco después empezó a dirigir vídeos de música pop francesa. A finales de 1986, Fèvre sintonizó una emisora de radio de París, donde vivía, y oyó a Chet Baker cantar “The Touch of Your Lips”. Corrió a una tienda en busca del disco; después de escucharlo, compró a toda prisa otros cinco.
Cuando el trompetista regresó al New Morning, Fèvre estaba allí. “Me dio la impresión de que tenía delante un poeta, una voz universal -dijo-. Era la primera vez que veía a un hombre que se entregara tan a fondo a sus emociones. Y eso, en mi opinión, es muy arriesgado, eso es ser un artista: profundizar en tus emociones y después expresarlas del modo más bello”. Con esa idea en la cabeza, Fèvre produjo Chet’s Romance, que concentra en nueve minutos y medio la visión francesa de Chet Baker.
El presupuesto era mínimo -sólo los músicos cobraron-, pero también lo eran las necesidades de producción. El 25 de noviembre, Fèvre filmó a Baker cantando “la canción perfecta para él”, “I’m a fool to want you”, que a Fèvre le sonaba como el grito de un hombre desesperadamente adicto a “una persona, al amor, a la música o a las drogas, y el sufrimiento que hay detrás”. Lo situó en un hotel de París que tenía el siniestro aspecto de un viejo y desierto estudio de grabación. Fèvre dirigió a Baker para que hiciera una dramática entrada por un pasadizo al fondo del estudio y bajara por una escalera antes de instalarse en un escenario delante de Riccardo del Fra, el pianista Alain Jean-Marie y George Brown, un batería estadounidense de bebop que vivía en París. Antes de que empezara a sonar la música una mano entraba en el plano y encendía un cigarrillo de Baker. Mientras el humo se arremolinaba alrededor de su cabeza, el hombre que se veía a sí mismo como la víctima definitiva, se recreaba en su sufrimiento. “Compadecedme, os necesito”, gemía con voz tensa y arrastrada, mientras la contrastadísima fotografía en blanco y negro convertía su rostro en una calavera. El ritmo coincidía con el movimiento de la cámara, que giraba alrededor de Baker con una lentitud hipnótica que sugería el confuso sentido del tiempo de un yonqui.
***
A esa hora, un hombre que salía de un bar de Zeedijk vio un cuerpo en el suelo en la estrecha acera del Prins Hendrik. Estaba enroscado en posición fetal bajo la luna llena: El transeúnte llamó a golpes a la puerta del vestíbulo, que estaba a oscuras; por la noche, la entrada se cerraba y los huéspedes necesitaban una llave para entrar.
Momentos después, la policía de Warmoesstraat, una calle del barrio de al lado -una zona de prostitución-, recibió una llamada telefónica, probablemente hecha por el hombre que había encontrado el cuerpo.
El viernes por la mañana, a eso de las ocho, Rob Bloos, un joven inspector, llegó a trabajar a la comisaría de Warmoesstraat. No le interesó mucho el nuevo cadáver que había en el depósito. ” Era como los otros -dijo-. En aquélla època teníamos muchos yonquis en este distrito. Alemanes, italianos….La heroína de aquí es mucho más potente. Se metían demasiada. Y morían”.
No obstante, se llevó a dos compañeros al hotel e inició una meticulosa investigación. Su informe, que ocupaba más de treinta páginas, incluía un plano de la habitación, un inventario completo de su contenido y entrevistas con el personal del hotel. Al comprobar el registro, Bloos vio la firma de Chet Baker, un nombre que no le sonaba de nada. Descubrió que la puerta de la habitación estaba cerrada por dentro, lo que indicaba que nadie más había estado allí. Tampoco había ninguna señal de pelea. Encima de una mesa había un vaso que contenía restos de heroína y cocaína, otro con una aguja dentro, y menos de un gramo de heroína. El único equipaje era un estuche de trompeta (después se dijo, aunque no era cierto, que lo habían encontrado junto al cuerpo, en la calle). En él había una trompeta, un reloj, cincuenta guilders, un collar, un encendedor y un papel con el nombre de Chet Baker.

 

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