Un oscuro día de justicia – Librería Santa Fe

Voy a ser breve.
La verdad que no estoy contento.
La verdad que estoy enojado.
La verdad que estoy, incluso, triste.
Hoy 8 de septiembre de 2011 llegue a un acuerdo en el juicio laboral que mantenía con Librería Santa Fe. Logre sacarle $12.000 en tres cuotas. No había mucho más para pelear he incluso podía perder más si llevaba la instancia a todo o nada. Y necesito apagar incendios financieros de todo tipo.
Supongo que está bien presentarle batalla a esta gente y reclamarle y sacarle lo más posible. Supongo que lo cuento para que otros reclamen también lo suyo para ponerle un límite a esta gente horrible que se aprovecha de la debilidad (y también de las miserias) de otras personas.
Cuando serramos todo el dueño me extendió la mano. La rechace. Como rechace la mano del abogado de la empresa cuando me la extendió.
Yo no le doy la mano en la medida de lo posible gratuitamente a gente que me exploto o explota a otros. Ese es el límite.
No estoy contento. Y no es una cuestión de guita. Aunque se de sobra que esto a ellos les duele, tener que pagarme así como a mi estas moneditas me ayudan un montón. No es eso. Es otra cosa. Es la rabia de saber el poco margen de joder a esta gente que uno tiene. Apenas $12000. Y si hubieran sido U$S 120000 también no estaría conforme. No es una cuestión de guita.
Así las cosas.
No estoy contento. Pero con esta plata voy a pagarle a mi analista lo que le debo. Y pagar un lechón para mis amigos y resolver problemas dentales. Y alguna cosa más. Y ya no hay más.
Así las cosas.
Hoy fue un oscuro día de justicia.
El dueño de la empresa que me exploto durante casi dos años luego de acordar pagarme $12000 para que no joda más me extendió la mano y yo se la rechace.
Esa es mi dignidad.
No soy alcahuete de la patronal.
De ninguna patronal.
Jamás.
¡QUÉ LINDOS SON LOS LIBROS!
Juan Pablo Liefeld
“Nuestro pueblo no ha tenido justicia, ni siquiera libertad. Todos los terrenos principales los tienen los ricos. Y él, el pobrecito, encuerado, trabajando de sol a sol.”
Pancho Villa charlando con Emiliano Zapata.
La burguesía se equivoca siempre, incluso cuando tiene razón.”
Pier Paolo Pasolini.
Dios me ha mandado a este infierno para ser testigo de él.”
Isabel Sarli.
Primera parte
Durante casi dos años trabaje en Librerías Portnoy.
Cada vez que me preguntaban dónde trabajaba y respondía que en una librería, al escuchar esta respuesta, invariablemente, siempre, los interesados por mi paradero laboral, ponían los ojos en blanco y decían: ¡que bueno, que lindo, trabajar en una librería!
Sí, sí, la puta que te parió, no sabés lo lindo que es.
* * *
Hasta hace unos días tenía trabajo. Ya no.
Me echaron.
No por llegar tarde. En casi dos años nunca lo hice. Y eso que tenía que tomar tren y subte, que no siempre andan bien, para llegar a horario los seis días de la semana que iba al trabajo.
No por faltar. En casi dos años no falté nunca y no pocas veces fui a trabajar enfermo o me privé de reuniones o fiestas para no tener que ir al otro día amanecido o llamar diciendo que estaba enfermo.
No porque no supiera hacer mi trabajo. ¡Algo sé de libros! Desde los 16 años los libros y el universo que los rodea son una parte indisociable de mi vida.
Me echaron por no ser alcahuete de la patronal. Por eso me metieron una patada en el culo.
* * *
Hasta hace unos días trabajaba en la sucursal del Shopping de Librerías Portnoy. De miércoles a sábados y los lunes de 14 a 22 horas y los domingos de 10 a 14. Con un franco los martes y medio franco los domingos.
Y me echaron, como decía, no por llegar tarde ni faltar o no cumplir correctamente con mi trabajo o no hacer más de lo que me correspondía o se me pedía. Se me echó por hablar franco. Por tener el coraje de decir la verdad. De escupirle en la cara al dueño de la librería las 40.
Bien. Por qué me echaron. Cuento.
Unas semanas antes de las fiestas de fin de año, creo que un lunes, tipo 6 de la tarde tengo ganas de ir al baño. Le pido permiso al encargado y voy. (Acá abro un paréntesis para hacer una digresión sobre los encargados de la sucursal del Shopping. Ese lunes estaba Ricardo, uno de los dos encargados de esa sucursal, que es una mariquita mala y a la que Roberto Flores la hubiera definido como “una chiruza mechera chaqueña talón rajado”. El otro encargado es Lucio que no sé por qué siempre me cayó bien y pude rescatar su parte humana a pesar de ser un resentido, un reventado, estar podrido internamente, y que si no fuera por su hijo, al que adora, ya se hubiera pegado un tiro o cometido una masacre en la librería con la cual los medios de comunicación no se privarían de regodearse con la sangre derramada un buen rato. ¡Encargado de librería enloquece y asesina a empleados y clientes con un cúter! Con ambos a lo largo del tiempo me peleé mal repetidas veces por seguir la política de la empresa que es basurear al empleado, exigir siempre más de lo que corresponde –con lo cual siempre quedás en falta—, no reconocer nunca el buen desempeño del trabajo hecho y siempre remarcar hasta la humillación cualquier error por mínimo que sea. Con Lucio, que lleva el oficio de librero en la sangre y tiene una capacidad de trabajo increíble, luego de tres agarradas fuleras en las que casi nos vamos a las manos y por suerte sin que la sangre llegara al río, porque yo no sé boxear, llegamos a tener una buena convivencia, ya que él entendió que si me trataba bien yo le podía hacer la segunda y pelearle cualquier venta. Con Ricardo, con el que también me agarré repetidas veces, la cosa nunca dejo de ser una relación tensa y que cada tanto terminaba al borde de las puteadas. Ricardo, a diferencia de Lucio, no sabe nada de libros y es un vago que sólo sabe mandar mensajitos de texto. Eso sí, si vos no encontrás un libro que él no sabría dónde buscar, te puede basurear con saña, y si vos le reclamás que por el sueldo que cobrás hacés más de lo que te corresponde, te puede decir “si no te gusta el trabajo por qué no te vas” o “si vos querés ganar más plata esforzate y la empresa te lo va a reconocer”. Ricardito, Ricardito, durante dos años me esforcé, como todos mis compañeros, y le hice ganar un montón de plata a la librería y jamás tuve el más mínimo reconocimiento. Claro, es el cuento de la buena pipa neoliberal, primero tiene que llenarse la copa y una vez llena ésta se va a derramar y todos vamos a vivir felices y contentos. El problema es que la copa nunca se llena y rebalsa por mucho que se la llene –entendámonos, estoy hablando de plata, de cash, de guita—  porque la copa no es tal sino un pozo ciego. Y por cierto, los pozos ciegos cuando rebalsan salpican mierda para todos lados, no dinero. Además, terminé de perderle el respeto el día que me enteré que iba a prestarse para declarar en un juicio como testigo de la empresa para negar que un compañero que era encargado pero figuraba en los papeles como vendedor no era encargado de la misma. Por eso, en alguna de las agarradas que tuvimos, le dije en la cara alcahuete. Y no pocas veces me preguntaba algo sobre alguna tarea que había hecho o no algún compañero y yo le decía, “no se nada, preguntále a mi compañero”. A lo cual él me decía muy cínicamente: “¿no te das cuenta que eso de compañeros es una cosa del pasado? ¿qué sos, peronista?” “No, Ricardito, ni peronista ni siquiera anarquista”, como canta la gente de La Renga. Pero frente a alcahuetes como vos y carneros como los dueños de Librerías Portnoy no tengo ningún empacho en ser peronista, anarquista o lo que sea que represente para ustedes el fantasma que agita las banderas de un pasado donde la palabra compañero tenía un valor de peso que el manoseo de una moneda no podía corromper). Cuando vuelvo en la librería hay bastantes clientes y entre los clientes lo veo a Martín Portnoy que me ve y se me acerca. Martín Portnoy es el hijo de Mirta y Rodolfo Portnoy, una persona que heredó una empresa familiar sin saber nada de libros y que maneja librerías como podría manejar locales de tela en el Once. Para que se entienda, Martín Portnoy es a Librerías Portnoy lo que sería Mauricio Macri en relación a las empresas que heredó de su padre, Franco Macri, un ingeniero gris y mediocre que ejerce el poder con la frialdad y el despotismo propio de un castrado, que nunca ha hecho nada para merecer el lugar que ocupa, salvo humillar a los otros por cargar con un destino que no eligió o no supo defender. Claro que Rodolfo, el viejo Portnoy, es un pirata cruel, así amasó una fortuna de muchos millones (algunos la estiman en alrededor de 20 millones de dólares), pero, a diferencia de su hijo Martín, El Pibe, como lo apodan los encargados con desprecio y a sus espaldas a este hombre de casi cincuenta años, el viejo no carece de pasiones como la timba y las putas, lo cual lo hace más humano. Y eso se puede apreciar en el trato con los empleados donde aparte de maltratarlos puede, a veces, tratarlos como seres humanos. Martín, El Pibe, en cambio, carente de toda pasión, en su gris existencia sólo puede ver números. Todo se reduce a dos columnas, las de debe y las del haber.
Una nota de color para contextualizar la discusión que mantuve con Martín Portnoy y que voy a pasar a relatar es que cuando habla no se le entiende un carajo. Apenas una de cada tres palabras, o dos de cada tres si tenés una capacidad de escucha equiparable a la de Lacan. Sobre la mala dicción que tiene Martín Portnoy en la librería se barajan varias hipótesis. Unos sostienen  que no se le entiende nada lo que habla porque tiene una mandíbula muy pronunciada, casi bordeando la deformidad, y esto le impide modular correctamente. Otros se inclinan por pensar que sencillamente es un mogólico. Y están los que sostienen que es en parte por una cosa y por la otra.
¿Dónde estabas? Me pregunta Martín Portnoy de mala manera.
Hola, ¿no? Nos acabamos de ver, así que primero me tendrías que saludar y después preguntarme dónde estaba.
No puede ser, me están saqueando la librería (sic) y a ustedes no les importa nada, me ladra Martín Portnoy, que vive obsesionado con que cada cliente que entra es un posible delincuente que viene a violar su propiedad.
Tuve que ir al baño.
¿No podías ir en otro momento? La librería está llena y a vos se te ocurre ir al baño justo en este momento. ¿No podías aguantar, tantas ganas tenías?
Sí, tenía muchas ganas de ir al baño y le pedí permiso al encargado, ¿cuál es el problema?
Claro, tenías muchas ganas de ir a hacer pichona, ¿no? Me dice en tono sarcástico.
Bueno, pará, no me faltes el respeto, tuve que ir al baño a hacer pis. ¿Cuál es?, ¿No puedo ir al baño a hacer pis? Le digo y me hace un gesto de desprecio  y se va a atender clientes y facturar.
Porque esto hay que decirlo, Martín Portnoy es el mejor empleado de Librerías Portnoy, pero la cagada -y Rodolfo Portnoy lo sabe y creo que por eso no se muere- es que un buen empleado no necesariamente es un buen dueño. Y cuando Rodolfo finalmente se muera y su hijo, que podría ser un buen comerciante de telas en el Once, finalmente se haga cargo de la empresa le va a tirar a la basura más de 50 años de trabajo. Yo sé que el viejo Portnoy sufre por esto, estando dos años ahí dentro se más cosas de las que los Portnoy desearían, y se merece este sufrimiento por tantos años de  maltratar y carnear a su personal. Ingrid, que era una empleada que estaba re loca y yo la quería mucho, trabajó en diferentes períodos de la librería desde que la empresa comenzó, con lo cual a los Portnoy los conocía como la palma de su mano. Y fue ella la que me contó que Martín no siempre fue así como lo conocemos ahora, que alguna vez fue un chico muy tímido y educado. Pero cuando se recibió en la universidad, el viejo Portnoy que era un loco de atar, lo puso a Martín entre la espada y la pared: o trabaja con él en la librería o lo desheredaba. Y Martín cedió al mandato paterno no sin sufrir mucho para amoldarse al despotismo del viejo Portnoy. En fin, según Ingrid, fue por el egoísmo del viejo Portnoy y su deseo de perpetuar la empresa que él creó en la persona de su hijo lo que lo llevó a clausurar todo posible destino en Martín, creando un monstruo castrati, una persona fría y despótica que desconoce toda pasión que no sea el deseo del padre –deseo que clausuró cualquier pasión verdadera en el hijo— por los números de la facturación y que puede trabajar como un esclavo de galeras.
La cosa es que yo me quedo en la puerta haciendo imaginaria. Duro. Furioso. El cuerpo una sola bola de músculos tensos. La sangre latiéndome mal en la cabeza. Y la palabrita pichona rebotando en las paredes internas de mi cráneo, rompiéndome el cerebro.
Pichona. Pichona. Pichona.
La puta que te parió.
Pichona. Pichona. Pichona.
La concha de la lora.
La librería se vacía y Martín Portnoy, que está detrás de la caja retándolo al alcahuete de Ricardo por no haber nadie en la puerta cuando él llegó, se me viene al humo.
Escuchame.
Te escucho.
Encima te enojás, me ponés caras. Llego y me encuentro con que hay un malón saqueándome la librería y el que se enoja sos vos. ¿Cómo es esto?  Sabés que siempre tiene que haber alguien en la puerta cuidando. Ya se los dije mil veces. La puerta tiene que ser para ustedes como un arco y el que está parado ahí tiene que ser un buen arquero. Por muy bueno que sea el equipo, si el arquero no ataja los pelotazos nos llenan de goles y perdemos el partido. Y acá puede entrar cualquiera y llevarse la librería entera que a nadie le importa.
Pichona. Pichona. Pichona.
Y sentía que los huevos se me hinchaban.
Pichona. Pichona. Pichona.
Y sentía que me apretaban los huevos con una llave inglesa.
Pichona. Pichona. Pichona.
Y la llave inglesa no dejaba de apretar cada vez más.
Pichona. Pichona. Pichona.
El dolor me estaba dejando ciego.
Pichona. Pichona. Pichona.
Y los huevos me explotaron salpicando toda la librería.
Pará un momento, le digo casi gritando. Vos a mi no me podés bardear porque tengo ganas de ir al baño.
Bueno, que susceptible que sos.
Te digo que a mí no me faltes el respeto. Soy una persona grande y no tengo por qué aguantar que me reten porque tengo ganas de ir al baño. Yo voy a ir al baño todas las veces que sea necesario. Y aparte, le dije ya hablando a los gritos, vos no me podées exigir que haga trabajo de seguridad porque yo soy vendedor, no cana. Vos a mí me pagás un sueldo por vendedor y no por seguridad. ¿Querés seguridad? Pagala. El trabajo de seguridad es un trabajo como el de vendedor y se paga.
Vos estás hace tiempo y sabés cómo se trabaja acá, no te lo tengo que explicar.
No podés obligar a mis compañeros ni a mí a hacer un trabajo por el cual no nos pagás.
Hablá por vos. No involucres a tus compañeros en esto que no tienen nada que ver.
Yo hablo por todos porque nos estás ladrando a todos y te repito que no nos podés obligar a hacer un trabajo por el cual no nos estás pagando.
Yo estoy hablando con vos, así que limitate a hablar por vos. Si alguno de tus compañeros tiene algo que decirme ya hablaré con él. No te vengas acá a hacerte el sindicalista que te queda mal.
Te repito que no nos podés obligar a hacer un trabajo por el cual no nos pagás.
Yo no te estoy obligando, te estoy pidiendo que colabores con la empresa.
¿Qué colaboración? Mirá, ni vos ni yo venimos a trabajar acá por amor, los dos venimos acá por plata. Yo puedo cuidarte la puerta y de hecho lo hago, pero que yo lo haga no quiere decir que vos me lo puedas exigir. No podés. Porque vos no me pagás para eso. Pagame dos sueldos, uno como vendedor y otro como seguridad y entonces sí me vas a poder reclamar si estoy o no estoy parado en la puerta; si no, a mi no me digas nada porque yo soy vendedor y muy bueno.
Estoy harto de que me digan que vos te la pasás diciendo que trabajás bien y nadie te lo reconoce.
Claro que trabajo bien. Excelente.
Vos trabajás igual que todos y tenés tus errores y aciertos como todos, no trabajás más ni menos que nadie.
Yo trabajo muy bien. Sé de libros y te abro la repo y te la controlo y te guardo los libros y te atiendo a los clientes y se qué mercadería hay y cuál falta y te atiendo el teléfono y te cuido la puerta y hay días que entro a las dos de la tarde y se hacen las diez de la noche y nunca pude salir a descansar.
Sí, pero vos no sos simpático.
No. No soy simpático. ¿Y qué? Pero si un cliente me pide un libro se dónde buscarlo, sé si está o no en la librería sin tener que consultar en el sistema. Conozco todo el material que hay y el que falta en la librería.
¿Vos te creés que atender al público es vender y nada más?
No soy simpático, qué querés que te diga, pero trabajo bien. Lo que pasa es que vos nunca me vas a reconocer que yo trabajo bien, porque si no me tendrías que pagar un buen sueldo y no lo que me pagás. Y como a vos no te gusta pagar nunca nada, jamás me vas a poder reconocer que yo trabajo bien.
Está bien, vos no me cuidás más la puerta. Y levantando amenazante el dedo índice me advirtió, pero a partir de ahora me vendés, eh, quiero ver que me vendas.
Es lo que hago todos los días, vender libros para vos.
Y se fue a retar al resto de mis compañeros por no haber nadie en la puerta y yo me puse a atender con un quilombo infernal en la cabeza, mientras veía como todos daban explicaciones como si estuvieran en falta con él.
El sábado siguiente a esta discusión, vino Marcelo, el contador –que no es contador— y hombre de confianza del viejo Portnoy, a la sucursal del Shopping. Marcelo acostumbra venir todos los sábados al mediodía y quedarse unas horas ayudando en la caja a los encargados. En realidad lo envía el viejo Portnoy para relojear, ya que la sucursal la maneja El Pibe Portnoy que es un desastre y porque esa sucursal es la gallina de los huevos de oro de la empresa. Marcelo es un tipo de trato agradable y con él siempre mantuve una relación de chanzas entre “compañeros” y de comentar sobre las chicas que entran al local. El tema de las clientas del Shopping es literalmente un dolor de huevos, claro, si no sos puto, pero ese tema como el de los clientes en general o el del robo de libros son temas que merecen un desarrollo que aquí me desviarían de lo que quiero contar. La cuestión es que Marcelo en un momento se me acerca y me pregunta qué pasó el otro día con El Pibe. Le cuento lo que sucedió y cuando termino mueve la cabeza y repite varias veces mi nombre. Entonces le pregunto qué le dijo El Pibe y Marcelo me responde que más o menos lo mismo que acababa de decir yo y que luego le preguntó qué opinión tenía él de mí. Yo le pregunté a Marcelo qué le respondió. Que eras un buen pibe, laburador, me dice Marcelo. Y me pregunta: “¿qué le digo a Martín, que vas a colaborar?” Entonces, ahí, le repetí lo mismo que al otro estúpido en la discusión, que la empresa a mí no me podía obligar a cumplir tareas por las cuales no me paga. Y por otra parte, otra vez Marcelo, como antes Martín, con la puta palabrita “colaborar”. No sé a ellos a que los remite la palabra colaborar pero a mí me significa automáticamente a los colaboracionistas franceses en la época de la ocupación nazi de París.
La cuestión es que para las fiestas Martín Portnoy puso a un compañero de otra sucursal que es un re laburante y necesitaba guita –¡porque trabaja en Librerías Portnoy y el sueldo no le alcanza para mantener a su familia!— cuidando la puerta por la tarde. Este compañero trabajaba desde la mañana hasta la tarde en la sucursal de dos cuatro y después por la tarde hasta las 22 horas, e incluso La Noche del Shopping hasta la una de la mañana cuidando la puerta. Claro que esas horas extras fueron pagadas en negro. Como todas las horas extra que se hicieron durante los días de las fiestas. Horas que no sólo te pagan en negro sino que además estás obligado a hacer.
Pero el chiste es que por culpa mía Librerías Portnoy, por una vez en 50 años de historia, tuvo que poner seguridad paga en la puerta. Por unos días solamente. Por los días de las fiestas en los que el local es invadido por “el malón” y factura 60, 70, 80 mil pesos diarios.
Por eso me echaron a fines de enero.
Por eso y porque había averiguado que estábamos mal categorizados y nos liquidaban mal los sueldos, y estaba hablando en la librería con mis compañeros para exigir lo que nos correspondía.
En la librería estamos categorizados como vendedor A que corresponde a degustador de supermercado, que como todo el mundo sabe es a lo que se dedica un vendedor en una librería, y no como vendedor B que es lo correcto. ¿Qué diferencia hay? Una diferencia de 60 pesos en el básico entre categoría A y B. Y al bajarte el básico te baja todo el resto del sueldo.
Además estaban mal liquidadas las horas nocturnas, los sábados y domingos, y ahora no recuerdo qué más. En conclusión, Librerías Portnoy, por categorizarme incorrectamente y liquidar mal mi sueldo, me estuvo robando durante casi dos años un promedio de 400$ por mes.
Por todo esto me echaron.
* * *
Hagamos cuentas. Simples, sencillas. Con números redondos y tirando las cifras para abajo, sin hilar fino ni incluir las partes de los sueldos en negro que se pagan. Y asistidos por una simple calculadora.
Si los Portnoy tienen alrededor de 60 empleados entre encargados, vendedores y cadetes y se quedan con un número ideal de 400$ por mes por cada uno de ellos, eso da que por el período laboral 2009 la empresa ahorró unos $4.800 por empleado. Esos $4.800 que los Portnoy deberían haber pagado por ley multipliquémoslos por 60 empleados y nos da $288.000. Es un numerito, ¿verdad? Ahora, estos $288.000 dividámoslos por un dólar de $4 y llegamos a una cifra de 72.000 dólares.
¡72 mil dólares!
Es una moneda, ¿verdad?
Stop. Momento. Me olvidaba del aguinaldo. Ya les estaba cagando la guita del aguinaldo a los Portnoy. Aunque en verdad son moneditas las que me olvidaba de liquidar, si queremos ser justos habrá que contarlas. Las cuentas claras conservan la amistad. Si los Portnoy se quedaran con $400 mensuales por empleado y el aguinaldo de un año corresponde al monto de un sueldo más, es decir, el empleado percibe el monto de 13 sueldos a lo largo de un año de 12 meses trabajados, esto nos da $400 más. Multipliquemos 400$ por 60 empleados: 24.000$. Dividamos estos 24.000$ por un dólar de $4 y esto nos da 6.000 dólares. Ahora sumemos estos 6.000 dólares a los 72.000 dólares que se quedan por año los Portnoy por culpa de no hacer las cuentas con una calculadora y llegamos a la cifra correcta: 78.000 dólares.
78 mil dólares.
Yo, con 78.000 dólares en el bolsillo, podría pensar en la posibilidad de irme el próximo fin de semana largo a Mar del Plata, ¿no?
Cuando uno se pregunta cómo hacen los Portnoy para viajar todos los años a Europa o Miami y veranear en Punta del Este y vivir en pisos lujosos en zona norte de Capital Federal y ser socios del selecto Country  Hindú Club, qué respuesta podría arriesgarse. Y cuando uno se pregunta por qué los empleados de los Portnoy por mucho dinero que le hagan facturar a la empresa nunca pueden salir del circulo patético de vivir en pensiones roñosas o monoambientes claustrofóbicos o en la casa de sus padres y no poder llegar nunca a fin de mes y mucho menos tener capacidad de ahorro –que es un parámetro elemental para determinar si una persona es socio-económicamente pobre; es decir, si una persona no tiene capacidad de ahorro y todo lo que gana se consume en necesidades primarias, entonces es pobre—, qué se podría decir sobre esto. Bueno, a esas preguntas hasta un mogólico las puede responder con cierta facilidad. Por un lado, robándole los Portnoy a sus empleados 78 mil dólares al año. Por otro lado, no distribuyendo equitativamente la riqueza que genera la librería.
Stop. Nuevamente detengámonos un momento. Hay una cuenta que falta y que es difícil  hacer sin tener números precisos, pero que intentaremos hacer igualmente. ¿Cuánta plata ganan los Portnoy aproximadamente por un año de trabajo? Tiremos números, arriesguemos una cifra. Aprovechemos la calculadora y hagámosla trabajar un poco más. En el local del Shopping un mal día son $12.000. Es cierto, también, que esta cifra para otras sucursales es un record. Bien. Tenemos 5 sucursales más el departamento de Internet, lo que da 6 sucursales. Pongamos una cifra hipotética de $10.000 que da cada una de las sucursales por 26 días de trabajo –sin contar los domingos que sólo abre la sucursal del Shopping—, con lo cual tendríamos que por día se facturarían $60.000 y por mes $1.560.000. A esta cifra ahora habría que descontarle sueldos, el 45% que se queda la librería por el precio de tapa de cada libro vendido y gastos de todo tipo. Si los Portnoy pagan alrededor de 2.500$ en bruto por empleado y tienen alrededor de 60, la cuenta da 150.000$ que pagan por mes en sueldos. Ahora, el porcentaje de los libros: si se quedan con el 45% del precio de tapa y facturan $1.560.000 al mes en libros esto les da una ganancia de $702.000. A esta ganancia de $702.000 mensuales hay que descontarle los 150.000$ de sueldos y los gastos por alquileres y otras yerbas que deduzcamos que son unos $200.000, es decir $702.000 menos $350.000 da $352.000 que la librería se lleva por mes. No nos detengamos acá, qué labure la calculadora, carajo. $352.000 mensuales de ganancia por 12 meses dan $4.224.000 al año de ganancia. Si esto lo dividimos por un dólar de $4 nos da que por el período 2009 los Portnoy se embolsaron 1.056.000 dólares.
1.056.000 dólares.
¿Cuántas veces durante el año pasado he tenido que escucharlos quejarse porque sus empleados usan mucha cinta scotch para envolver los libros y esto amenaza con llevar a la empresa a la quiebra?
Muchas, muchas veces.
* * *
Para tener una idea del desprecio de Librerías Portnoy por la vida humana voy a contar una pequeña historia.
Una mañana de enero del 2009 la sucursal abre como todos los días a las 10 de la mañana. Darío, uno de los encargados, un buen tipo, poeta, conocedor del arameo antiguo, lector de La Torá y estudioso de la Cábala y el misticismo judío, se siente mal y termina tirado en el piso, detrás del mostrador. Se está muriendo. Es el corazón. En ese momento además de él estaban en la librería Mirta, la señora Mirta –yo siempre la llame a la dueña señora Mirta, era mi forma velada y secreta de decirle en la cara todos los días: vieja hija de puta—, cuatro o cinco vendedores y el cadete. Mientras alguien llamaba a la gente del Shopping pidiendo urgente asistencia médica que tardo más de 20 minutos en llegar, el cadete, que era un pibe bárbaro del Conurbano Bonaerense –bárbaro en los dos sentidos de la palabra, como salvaje y como buen tipo— le practicó primeros auxilios y probablemente gracias a ellos Darío salvó su vida. Y durante esos largos 20 minutos en los que Darío estuvo tirado en el piso muriéndose sin más auxilios que los del cadete, la señora Mirta no cerró el negocio, no dejó de facturar. Siguió atendiendo a los clientes que entraban al local con un empleado muriéndose detrás del mostrador. Siguió vendiendo libros con un empleado con el que trabajaba hacía años muriéndose al pie de la caja registradora.
No fue la primera vez. Años atrás, cuando la sucursal del Shopping estaba en planta baja se les murió un empleado de un ataque al corazón en el depósito buscando un libro.
Eso sucedió para un fin de año, en medio de la fiebre consumista de las fiestas, cuando la caja no para de llenarse de dinero hasta explotar y los empleados, obligados a hacer horas extras que luego perciben en negro, atienden de a 3 o 4 clientes a la vez. En medio de ese quilombo infernal que es la librería los días previos a las fiestas de fin de año un empleado se les muere a los Portnoy buscándole un libro a un cliente en el depósito. ¿Y qué hacen? Hacen como si no hubiera pasado nada, siguen facturando rabiosamente todo el día con un empleado muerto tirado en el depósito.
* * *
¿Quieren más mierda?
Les voy a dar más mierda.
Hace dos o tres años la sucursal del Shopping de la librería se mudó de la planta baja al segundo piso. Como la mudanza hubo que hacerla en un tiempo muy limitado que es el que estipula el Shopping –y acá habría que meter un bocadillo sobre el prontuario del dueño del Shopping, que si uno lo compara con el de los Portnoy, éstos nos parecen una familia de osos panda comiendo cañas de bambú; pero como no es mi tema en este momento el dueño del Shopping y no puedo por otra parte abrir tantos frentes de batalla juntos, simplemente los remito al libro La mafia judía, de Fabián Spollansky–, todos tuvieron que trabajar después de hora. Claro que por “colaborar” con la empresa los chicos, mis compañeros, recibieron unas pocas moneditas que fueron pagadas en negro.
La cuestión es que luego de un mes de trabajar jornadas de 10 a 12 horas sin descanso la librería finalmente logró hacer la mudanza en tiempo y forma como estipulaba el Shopping y abrió su local en el segundo piso. Sería bueno aclarar que en ese momento había en el Shopping tres librerías, a la de los Portnoy se les renovó el contrato, a la segunda se decidió no renovárselo y la tercera cerraría temporariamente sus puertas durante un largo año. Con lo cual la librería de los Portnoy no sólo tenía una nueva ubicación dentro del Shopping que era consideraba mejor que la anterior sino que pasó a triplicar sus ventas por falta de competencia. En ese contexto El Pibe les informa a los encargados que a partir de ahora ningún vendedor podía tomarse su media hora de descanso. ¿Por qué? Porque él les pagaba un sueldo a sus empleados por 8 horas diarias de trabajo y no por 7 y media.
Pero como en ese momento uno de los encargados de la sucursal del Shopping que era un tipo con huevos y cierto sentido de justicia, no un castrati alcahuete de la patronal como la generalidad de los encargados, a cara de perro le presentó batalla al Pibe. Por cierto, éste es el encargado que figuraba en los papeles de la empresa como vendedor y que tiempo después de esta discusión y harto de ser parte de esa máquina de picar carne, porque al fin de cuentas era encargado de ese lugar, renuncia y les inicia juicio. Juicio que no llegó hasta el final ya que arregló antes pero por el que les hizo pagar a los Portnoy muchos miles de pesos. Bien, este encargado cuadró a todos los empleados bajo su ala y luego de varias semanas de negociaciones mezquinas y absurdas El Pibe concedió que los empleados del Shopping pudieran tomarse su media hora de descanso a expensas de perder plata de su bolsillo.
Igualmente, si El Pibe está en la librería por la tarde –y más desde que se fue este encargado, quedando sólo encargados alcahuetes que, aunque lo desprecien a El Pibe y suelen ser malísimos con su gente a cargo, son incapaces de ser otra cosa que lame culos de la patronal que a todo dicen: sí, sí, mi amo— nadie puede salir a tomarse su break hasta que él se haya ido.
Nunca entendí por qué los Portnoy consideran con cierta reticencia que los que entran por la mañana a trabajar puedan tomarse su descanso a partir de las dos de la tarde, mientras que les resulta un despropósito que le genera pérdidas a la empresa que los que entran por la tarde se tomen su descanso.
Por supuesto que cada tanto El Pibe vuelve sobre la cantinela de que pierde plata dejando descansar la media hora que les corresponde a sus empleados. Recuerdo una vez que se atacó por millonésima vez con el tema y reunió a todo el personal. Volvió a plantear lo que les acabo de contar, con esa forma tan particular que tiene él de hablar en la que sólo se le entiende una de cada tres palabras y la remató diciéndonos que en la medida de lo posible, si podíamos no tomarnos nuestro break, no lo hiciéramos ya que eso representaba una perdida para la empresa; y si en cambio colaborábamos –otra vez la puta palabrita colaborar, Martín, colaborar colaboran los alcahuetes de cuerpo y alma ya sea con los nazis, los milicos, la cana o con quienquiera que sea el hijo de puta de turno que este en ese momento en el poder— la empresa nos lo sabría reconocer. Pero no se detuvo ahí, y agregó que si teníamos hambre, en algún momento en que bajara el trabajo nos comiéramos a un costado del local una barrita de cereal.
Una barrita de cereal.
Sí, sí, Martín, una barrita de cereal.
Una barrita de cereal. Y la reputísimamadre que te parió. Es decir, la señora Mirta, tu mamá, carnero hijo de puta.
Cuando entré a trabajar en la librería comencé en la sucursal de Santa Fe al 2467. La sucursal la maneja Noelia, la empleada con más antigüedad de la empresa. Una ex cocainómana insoportable de quien se dice que fue amante del viejo Portnoy en sus años mozos y que durante la dictadura logró salir del país y salvar el pellejo gracias a que colaboró con los milicos ofreciendo información. Un monstruo peludo. En esa sucursal también está la oficina de El Pibe, a la cual llega al mediodía, luego de abrir y pasarse toda la mañana en la sucursal del Shopping. Es interesante ver esa oficina para tener una idea de este personaje. Más que oficina del dueño de la empresa da la impresión de ser el cuarto donde se tiran las porquerías que no sirven de una casa. Esa oficina no señala ninguna suerte de ascetismo por parte de El Pibe sino su condición de miserable.
Al segundo día de trabajo en la sucursal de dos cuatro me acerqué a Noelia y le consulté cómo era el tema de los descansos. Yo entraba ahí a la una de la tarde y me retiraba a las nueve de la noche. Noelia, muy liviana de cuerpo, me propuso que entrara todos los días media hora o una hora antes para poder tener mi descanso.
En dos cuatro a diferencia de la sucursal del Shopping hay un dispencer de agua. Pero no puede tomar cualquiera de los empleados de la sucursal de él sino sólo aquellos que todos los meses le pagan a Noelia por usar el servicio.
No sé si nos ubicamos en el tiempo y el espacio del maravilloso mundo de Librerías Portnoy. En Librerías Portnoy que los empleados se tomen su break está considerado una pérdida de dinero injustificada para la empresa y el agua se cobra.
Una pequeña postal de dos cuatro. Mariela, una de las encargadas de esta sucursal, una persona con un coeficiente intelectual tan limitado como su estatura, que no ha leído más de tres libros en su vida y se sospecha que sólo de uno de ellos logró entender algo, amén de ser desagradable como todo encargado inútil con gente a cargo, para resolver el tema de su descanso sin tener que trabajar más tiempo, resolvió tomarse su descanso todas las tardes en la misma librería cuando El Pibe salía a almorzar. Entonces se la podía ver todas los días tipo dos o tres de la tarde escondida en el fondo de la librería—esa sucursal es inmensa—, detrás de la mesa de los libros de historia argentina, en cuclillas, comiéndose un sándwich enorme, con una taza de té apoyada en el piso y cogoteando para adelante, para la calle, relojeando que no apareciera El Pibe y la sorprendiera comiendo en horas de trabajo.
Poco antes de cumplir los tres meses y quedar efectivo me trasladaron a la sucursal del Shopping. En esos días previos a mi traslado se inundó el depósito de la librería. El depósito de dos cuatro es inmenso y para los que amamos los libros un lugar hermoso por más que sea un sitio oscuro y lleno de mugre. Abajo, en el depósito de dos cuatro, también está el departamento de Internet de la librería. Uno piensa en el departamento de internet de Librerías Portnoy y se imagina no sé qué, cualquier cosa menos la realidad. Más teniendo en cuenta que uno googlea  buscando cualquier autor o libro en internet y Google, entre las tres primeras opciones que tira, siempre aparece Librerías Portnoy. Bien, el departamento de Internet son 5 computadoras viejas, tres teléfonos y una balanza en un depósito atestado de libros que se inunda una vez al año. Esto de tener un depósito inmenso de libros que se inunda una vez al año, digo, pienso, qué se yo, ¿no será otra triquiñuela comercial genial de los Portnoy para ganar más guita? Los Portnoy están asegurados. Si el depósito se inunda, ellos cobran por la mercadería que se estropea. Así que cada año cuando se inunda el depósito todos los libros que la Librería compró en firme y no tienen salida, son invendibles, ¡al agua pato! Y el seguro se los paga.
La cosa es que días antes de mi traslado al Shopping se inundó el depósito. El depósito se convirtió en una pileta de natación olímpica. ¿Qué hizo El Pibe frente a esta situación? Compró un par de botas de goma y las dejó al pie de la escalera que baja al depósito para que pudiéramos ir a buscar libros. Y los chicos de Internet tuvieron que seguir trabajando con sus computadoras en el depósito inundado, vendiendo libros.
* * *
Los Portnoy encarnan la típica figura del burgués del siglo XIX. La de un sujeto que por un lado puede ganarse la vida siendo dueño de minas de carbón en las que se hace trabajar a niños y mujeres desnudas hasta la extenuación y la muerte por un plato de comida y una litera pulguienta en un galpón, sin por esto sentir conflicto ético o moral alguno, y, por otro lado, sentarse el fin de semana a contemplar un original de Velázquez que atesora en el comedor de su casa o asistir a un concierto donde se interpretan sinfonías de Beethoven y conmoverse ante la belleza inconmensurable que es capaz de producir el espíritu humano.
James Ellroy ha sabido captar muy bien esta compartimentación de la vida del sujeto moderno en sus novelas policiales. En America, la primera parte de su trilogía americana, donde cuenta la historia criminal de su nación, en el período que abarca los años 50 y 60, sus tres personajes principales todo el tiempo se están compartimentando, sin que esto les genere el más mínimo conflicto moral o ético, lo cual no quiere decir que el conflicto exista y los termine destruyendo. Así, sus personajes pueden gracias a una rigurosa compartimentación trabajar para la mafia de Chicago, para los Kennedy, para el histórico director del FBI Edgar Hoover y también para cualquier otro que les ponga plata.
Como el típico burgués del siglo XIX o esos personajes de las fábulas policiales que construye Ellroy para desentrañar los mecanismos de la trama caníbal del poder—poder entendido acá como un sistema que excede toda decisión humana y sólo responde a sí mismo— y siguiendo la premisa balzaceana de que detrás de toda gran fortuna siempre se esconde un crimen, los Portnoy, también, pueden compartimentar sus vidas. Y es así que con total naturalidad pueden robarle a sus empleados plata (pagando parte de los sueldos en negro, categorizándolos mal y liquidando mal los sueldos) y a la vez vivir obsesionados y maldiciendo porque los clientes o sus empleados les puedan robar libros. O pueden bicicletear los pagos de facturas que vencen de las editoriales y maltratar a sus empleados y contar, como alguna vez me contó la señora Mirta, que su hija estaba con su marido paseando por Europa y habían alquilado una moto para viajar, porque la sensación del viento en la cara que da andar en moto le generaba una libertad tremenda.
* * *
El Pibe suele decir cuando está enojado con vos por algo: así no me servís. Para El Pibe la gente es una cosa que le sirve o no le sirve. Mientras le sirve la usa y cuando no le sirve la tira a la basura, como si fuera una botellita de Coca Cola que sirve para tomar su contenido y luego cuando está vacía se tira a la basura.
Y no. Yo no le sirvo. Yo nunca voy a servir para nada. Porque son las cosas –y habría que discutirlo profundamente— las que sirven o no sirven. El ser humano frente a un pensamiento que mide el valor de su existencia exclusivamente desde un punto de vista contable y mercantil sólo puede declararse inservible. Ésa es su dignidad. Ésa es mi dignidad frente a una empresa que considera que el empleado se tome su descanso cada ocho horas de trabajo es pérdida de dinero para la empresa.
Los Portnoy que tan preocupados están por el Holocausto y los nazis –¡como si todavía existieran¡- y son capaces de retirar de la mesa de novedades a los escritores que puedan pronunciarse en contra de las políticas criminales que ejerce el Estado de Israel contra el pueblo palestino, deberían plantearse si ellos al despreciar la vida de sus empleados, al robarle plata de sus bolsillos y exigirles trabajar el doble de lo que corresponde por el sueldo que les pagan pudiendo efectivamente pagar buenos sueldos, de alguna manera no están reproduciendo a escala campos de concentración light.
La banalidad del mal no es algo exclusivo de los nazis. Es algo que existió mucho antes de que los nazis aparecieran en la historia y seguirá existiendo mucho después de que los Portnoy sean polvo del olvido.
* * *
Lo que más voy a lamentar de que me hayan echado es que ya no voy a ver todos los días a mi compañera Rominita.
Rominita es un ser muy especial. Una iniciada en numerología, sueños y oráculos. Devota de la Virgen. Amante del Che Guevara. Una estrella fugaz. Un duende que ha perdido su comarca y vive extraviado en las tierras desencantadas de los siniestros ogros.
Rominita es una chica que ha sufrido mucho y se ha roto y la han roto repetidas veces y está medio quemada. Como yo. Como vos que estás leyendo éstas líneas. Pero a diferencia de mí y de vos, Laura es la persona más generosa que conocí en la vida. Gente quemada conocí mucha, pero con la generosidad del corazón atormentado de Rominita, sólo a Rominita.
Rominita no sabe ni entiende nada de libros. Ni sabe encontrarlos ni guardarlos ni un carajo. Pero Rominita todos los días nos traía galletitas y brownies y gaseosas para nosotros, sus compañeros. Y si tenías los martes franco y no los jueves que era el día que necesitabas para ir al médico o lo que sea que tuvieras que hacer, y justo ese día caía el franco de Rominita, te lo cambiaba o te lo daba sin tomarse ella su día de descanso si era necesario. Y si no tenías monedas para el colectivo ella te daba y no te aceptaba que se las devolvieras. Y si necesitabas plata, ella habría su billetera y te daba todo el dinero que tuviera encima. Y no es que viniera de familia de plata como el miserable de Martín Portnoy; sobrevivía con el sueldo vergonzoso que le pagaban en la librería. Y una gran parte de ese sueldo lo destinaba diariamente para dar pequeños gestos de amor a sus compañeros.
Rominita, claramente, no sirve para nada en esa librería. Es un desastre. Y es la dignidad más conmovedora que conocí dentro o fuera de ese campo de trabajo forzado light que es Librerías Portnoy.
Rominita, te quiero mucho. Voy a lamentar infinitamente que a partir de ahora no nos veamos más todos los días. Eso es lo que más me duele de que me hayan echado.
Segunda parte
Trabajar siempre es una cagada.
No tener trabajo y necesitarlo para subsistir es terrible.
Y cargar con la propia mierda todos los días de la vida hasta que te mueras es la parte más pesada de la historia.
* * *
El día que me echaron de la librería no hacía menos de 37º. Pero hacía más de una semana que la térmica no bajaba por la madrugada de los 28º y trepaba por las tardes hasta rozar los 40º.
Buenos Aires. Enero. La caldera del diablo.
El miércoles que me echaron me desperté en Caballito, en el departamento de mi amiga Fernanda. Por la noche habíamos festejado su cumpleaños y me fui a la cama ya de día cuando no quedaba más vino ni puchos ni virulazo y el sol empezaba a iluminar los cadáveres que quedaron atrapados bajo los escombros.
Al mediodía me levanté con una resaca asesina. Si en ese momento me hubieran dado a elegir entre seguir durmiendo, ir a trabajar o llevarme frente a un paredón y fusilarme, no hubiera dudado un instante, habría pedido al pelotón de fusilamiento que proceda.
Mientras tomaba yogur con un ibuprofeno 600 negocié conmigo mismo ir o no ir a trabajar. Más allá de la resaca hacía tiempo que ir a trabajar a la librería de los Portnoy me resultaba insoportable. No era el oficio de librero lo que había tornado ese trabajo insostenible. Eran las condiciones de trabajo que se planteaban ahí dentro lo que me estaba destruyendo internamente. Era la locura de los Portnoy, el maltrato de los encargados y la mansedumbre alcahueta de la mayoría de mis compañeros lo que hacía insostenible mi situación ahí. Pero aguantaba, porque necesitaba la guita y me daba paja salir a buscar otro trabajo, probablemente igual o peor a este.
Luego de varias veces de levantar el teléfono para avisar que me sentía mal y que no iba a ir a trabajar ese día, finalmente decidí ir.
Cuando salí a la calle, el sol caía a plomo sobre Río de Janeiro. Pero no era Brasil ni estaba yendo para mi hotel cinco estrellas donde me esperaría una rubia con unos ojos verdes increíbles para chuparme la pija toda la tarde, mientras yo tomara unas caipirinhas con la vista perdida más allá del ventanal donde el azul del cielo y del mar de Río se confunde y son una misma cosa. No. Nada que ver. Era Caballito y estaba yendo a mi laburo de mierda. ¡Gil! ¡Gil! ¡Gil trabajador! Y el calor me aplastó contra las baldosas como una cucaracha a la que la revientan de un ojotazo.
Ya en el subte, el cuerpo empezó a acusar recibo de la noche anterior. Mi estado era lamentable. Todavía no había empezado mi jornada de ocho horas corridas de laburo y me costaba sostenerme en pie. Mi cabeza era un cielo cubierto de nubes negras, un río contaminado por desechos industriales. Estaba enojado. Porque tenía que ir a trabajar. Porque no había podido llamar para avisar que me sentía mal. Porque me estaban cagando y sin embargo no podía dejar de sentir la responsabilidad de llegar a horario, no faltar nunca y vender todos los libros que me fueran posibles.
Antes de entrar compré en el supermercado chino una H2O y una banana. La banana tiene potasio que es necesario para los músculos en general y fundamental para el corazón, el más estúpido y vulnerable de todos los músculos.
En la puerta del Shopping me comí la banana, tome unos tragos de H2O y me fumé un cigarrillo, mientras sentía que la remera se me pegaba a la espalda por la transpiración. Después entré al Shopping, subí al primer piso y encaré los baños. Meé, me lavé la cara, traté de secarme un poco la transpiración y me puse desodorante. Luego subí al segundo piso y me dirigí rumbo a librería, no sin sentir que tenía que pegar la media vuelta y salir corriendo de ahí. Lo que me detuvo esa tarde como tantas otras de salir corriendo al llegar a la puerta de la librería es no tener la más puta idea de para dónde correr, para dónde huir.
A cara de perro entré en la librería. Desde mi discusión con El Pibe, en diciembre, cuando nos veíamos no nos saludábamos. Por suerte esa tarde no estaba. Tampoco saludaba a los encargados ni a Paula, una ex encargada a la cual la sacaron de ese puesto por inútil y que no la echaban para no tener que pagarle lo que corresponde. Yo a esta boluda total no la quería porque era alcahueta de la patronal y como es miope y no usa anteojos es incapaz de encontrar el libro más vendido del mes en la mesa de novedades, y entonces siempre estaba pidiéndole a un compañero para que le busque los libros que le pedían los clientes a ella. Paula, el hombre feo, es la mujer menos coqueta que conocí en mi vida. Si quieren hacerse una idea de ella busquen en Google fotos de Joe Ramone.  Un metro noventa, fofa, el pelo un potrero lleno de yuyos, dos pezones que aunque esté con tres pulóveres encima no dejan de insinuarse y viste con menos gracia que una mina que vive en Villa Corea criando siete hijos en una casilla de chapas. Además, como toda histérica insoportable, no puede parar de hablar boludeces. Y para justificar estar sentada todo el tiempo detrás del mostrador y no hacer nada, se la pasaba hablando de su diabetes. Cada cliente que entra y le pregunta por un libro, no sé cómo hace, pero siempre termina contándole sobre su diabetes y lo que puede y no puede comer. De libros no sabe ni entiende un carajo pero de diabetes y comidas es una especialista. Paula tiene una obsesión con la comida. No puede dejar de hablar de comida, de lo que puede y no puede comer. Te taladra la cabeza todo el tiempo con esto y, tras cartón, cada dos por tres tiene que faltar por haberse atiborrado de comida y disparado al carajo sus índices de insulina.
Bien. Dejé mis cosas y saludé a algunos compañeros y a la señora Mirta, no sin dejar de mirar las mesas a ver si habían llegado novedades.
Me estaba asfixiando y no sólo por la resaca. El local era una cámara de gas. Hacía un año que se había roto el aire acondicionado y cuando vinieron a verlo los técnicos le informaron al Pibe que era viejo, que aunque lo arreglaran ya no tiraría aire, que había que cambiarlo. ¿Qué hizo el Pibe? ¿A que no adivinan? Ordenó a los técnicos que lo repararan. Con lo cual, desde entonces, empleados, clientes y ellos mismos nos asfixiábamos en esa librería que incluso en invierno necesita aire acondicionado para limpiar el aire viciado del Shopping.
La cuestión que cuando estaba a punto de atender se me acerca Lucio, el serial killer, al que solo lo detiene su apetito de destrucción el hecho de tener un hijo que mantener. Que lo acompañara a la puerta.
Te echaron, me dijo Lucio con cierto tono paternal.
Me informó que me habían enviado el telegrama de despido ayer y que ya me habían depositado la guita de la liquidación final en mi cuenta. Evidentemente, a ellos que no les gusta pagar nada, nunca, ni una moneda, por nada, no me querían ver más para depositarme tan rápido la liquidación de mi despido.
Como no había pasado la noche en mi casa y encima sabía que no había nadie ese día salvo mis gatas, dudé, no quise retirarme por miedo a irme y que me denunciaran por abandono de trabajo. Se lo dije a Lucio y este empezó a putear. Llamó a Marcelo, el contador de la empresa que no es contador, le consultó y me dijo que me fuera a casa, que si no había nadie el cartero tendría que haber dejado una notificación para ir a retirar el telegrama en el correo.
Dudé. Sospeché que me estaban tendiendo una trampa. Pero me sentía realmente mal. La resaca era brutal. Además, me sentía un boludo total: me había levantado de la cama para ir a trabajar sintiéndome para el culo para no generar problemas por la falta de un empleado con el que contaban para ese día, y fue llegar y que me digan que me fuera a la puta que me parió. Seguí dudando un instante. Al carajo. Agarré mis cosas y me fui.
Antes de irme saludé a mis compañeros. La señora Mirta se me acercó, me dio un beso y conmovida –¡una artista consumada del realismo porno!— me deseó suerte. Pero, señora Mirta, si el telegrama de despido lo firmó su marido ya que discutí con su hijo porque le pedí que si me quería coger lo hiciera con forro.
Mientras caminaba por el Shopping buscando las escaleras para salir de él, sentí una mezcla de alegría y bronca. Alegría por no tener que ir a trabajar más a esa librería de mierda. Y bronca porque me echaron por no dejarme basurear.
En la puerta encendí un cigarrillo.
Me sentía mal.
Ahora iba a tener que buscar otro trabajo. Seguramente igual o peor que éste. En el cual al principio me sentiría una sorete por dejarme cagar en la cabeza todos los días y finalmente, al cabo de un tiempo, me sentiría un boludo cuando me pegaran una patada en el culo por no dejarme cagar. Entre el sorete y el boludo se abrían paso todos los posibles devenires del futuro. El futuro llegó hace rato. Todo un palo. ¿No lo ves?
* * *
Apuntes para una novela.
Tenemos un personaje principal que trabaja hace un tiempo en la librería de un Shopping. Las condiciones de trabajo son una mierda. El sueldo es una miseria y el trato de la empresa con sus empleados, una variante edulcorada del patrón de estancia con delirios de príncipe medieval y derecho de pernada al tratar con su peonada.
Nuestro personaje principal tiene treinta y pico. Fuma mucho. Hace gimnasia. Lee y escribe. Un escritor más del montón. Vive en el Conurbano Bonaerense, en la casa de sus padres de donde por múltiples razones no ha podido escapar. En el pasado algunas cosas resultaron muy mal y luego él se encargó de que el resto terminara siendo un desastre. También conoció el amor, el maldito amor que tanto miedo da. Una experiencia que lo convirtió en un sobreviviente de un holocausto nuclear. Amó a esa mujer desde el primer momento en que la vio. Cuando la vio sentada frente a él en un aula de la facultad, fue descubrir su mirada dura y triste, fue descubrir como encendía y fumaba un Marlboro y estudiaba a sus alumnos a través del humo; fue tan solo verla, descubrir su rostro y, antes de que dijera nada, de que se presentara y se pusiera a dar la clase, él, nuestro personaje principal, ya sabía todo lo que tenía que saber sobre ella. Que la amaba. Que amaba a esa mujer desde mucho antes de conocerla en esa aula, desde el principio de los tiempos cuando todo era noche y misterio. Y cuando ella se presentó y empezó a dar su clase, él ya sabía todo lo que tenía que saber sobre ella y sintió una punzada en el corazón, un vértigo, mezcla de fascinación y espanto, al comprender que la amaría siempre, al comprender que la había amado siempre, pero que solo ahora que la tenía frente a él podía entender, no con la razón, sino con algo que excede y prescinde de toda palabra, que a partir de ahora ya no podría vivir sin ella, que a partir de ahora ya no podría dejar de necesitarla, y entender esto le produjo tanto miedo que se levanto de su pupitre y salió huyendo del aula. Pero años después se volverían a cruzar y el diablo metería la cola. Esta vez, en lugar de huir, él la enfrentaría, se arrojaría al abismo de sus ojos y le diría que la amaba, que esa era su verdad, quizá la única verdad que sostuvo siempre y desde siempre y con la cual se iría a la tumba, más allá de toda razón o esperanza. Y dos años después, una noche negra como el dolor, como el hambre, como la muerte, como la soledad y la locura, en la parada de un colectivo ella le daría un beso y le diría que lo amaba, y se volverían a besar y llegaría el colectivo y ella se subiría pero antes se volverían a besar y a decirse mutuamente que se amaban y él se quedaría parado en la vereda viendo alejarse al colectivo y a ella llevando un hijo de otro hombre en el vientre.
Una parte de la novela sería esta historia de amor intercalada con los días presentes de nuestro personaje principal en la librería. Un capítulo de su historia de amor, un capítulo de su rutina laboral. Un capítulo de la mierda del pasado, un capítulo de la mierda presente. Evidentemente, lo que vamos a escribir, es una novela de mierda.
Algo terrible para nuestro personaje principal sería que en una librería siempre hay una sección de maternidad. Es increíble la cantidad de libros que salen al mercado todo el tiempo sobre el tema. Y que todo el tiempo están entrando mogólicas panzudas o sus familiares o amigos pidiendo asesoramiento sobre cuál es el libro más recomendable para una mami primeriza, o para el primer año de vida del bebu, o pidiendo el diario de embarazo más lindo que haya donde la mogólica panzuda pueda anotar: “hoy, 3 de enero, el Bebu me dio su primera patadita…”; o preguntando por los libros que hay sobre el origen de los nombres para que la parejita feliz que está frente al vendedor pueda elegir el nombre correcto para el monstruito que acaban de concebir. Porque, mamis y papis, sepan que Himmler, Mao, Kissinger, Massera, Nicolás Repeto y María Laura Santillán, alguna vez también fueron el milagro de la vida surgiendo del misterio de dos cuerpos acoplados, y albergaron en ellos todos los sueños y esperanzas de sus papis.
La última vez que nuestro personaje principal vio al amor de su vida, ella le dijo que lo amaba y se fue a tener un hijo con otro hombre. No hay que ser un experto en el alma humana para poder imaginar lo que puede sentir nuestro personaje principal, después de lo que le sucedió, trabajando en un lugar donde todo el tiempo entran embarazadas tocándose la panza a cada momento y preguntándole a él, justo a él, qué libro recomienda leer para saber más sobre embarazo, parto y crianza.
A los papis interesados en el tema les recomiendo los libros de Stoppard. Consulten con su obstetra, verán que sé lo que les estoy vendiendo.
Claro que todo esto habría que contarlo en medio de una rutina laboral en la que los dueños encarnan la clásica figura del patrón carnero, y los encargados que alguna vez fueron empleados carneados ahora se desquitan sádicamente con sus subordinados, y los empleados rasos se debaten entre el servilismo y el alcahuetismo a la empresa o irse al carajo. Aunque, a decir verdad, como ya pude comprobar en otros trabajos, no hay tanto conflicto entre los empleados porque la patronal te coja de parado. Sí hay una queja constante. Pero cuando el patrón te ordena que te pongas en cuatro y te la mete sin vaselina la queja se vuelve el grito gozoso de una puta a la que se la están enfiestando. En este punto la novela no debería cometer el error de caer en el realismo soviético de la época stalinista, donde los patrones son re malos y los trabajadores re buenos, aunque la librería de los Portnoy encaje dentro de este molde sin forzar demasiado las cosas. Más bien habría que encarar el tema como lo hace Primo Levi en Si esto es un hombre, donde analiza la vida en los campos de concentración desde una mirada serena que intenta estudiar algunos aspectos del alma humana. No hay que olvidar que muchos kapos encargados de verduguear a las personas en los lager eran también reclusos que terminarían en la cámara de gas, al igual que todos aquellos devenidos musulmanes –los musulmanes eran los reclusos rotos, enfermos, reventados, que habían perdido toda voluntad y fuerza y ya no servían para el trabajo diario-; los musulmanes eran hombres convertidos en cosas y como todas las cosas tenían un tiempo útil de uso luego del cual ya no servían para nada, salvo para deshacerse de ellas.
Y también, cómo no hablar en este relato, de esa figura antropológica monstruosa que es el consumidor. Tiremos algunas líneas generales sobre ese ejército de Frankensteins que suele concurrir a una librería, pero cuyo molde, más allá de las particularidades de cada caso, puede aplicarse a cualquier consumidor que entra a un local a comprar lo que sea.
Hay una letra de Sumo en la que Luca canta: “No sé lo que quiero /  pero lo quiero ya / si yo fuera tu esclavo / te pediría más / no sé lo que quiero / pero lo quiero ya…”. Los que entran a la librería con la consigna de la canción de Sumo son los peores.
Mira, no sé qué quiero leer, te encara el cliente, pero quiero leer algo, ¿qué me recomendás?
Cuando un cliente te dice eso estás en problemas. Lo único que te queda es respirar hondo y encomendarte a Dios. Aunque no creas en Dios, en ese momento, lo sabés, lo único que te puede salvar es un poder universal, y la desesperación te vuelve un cruzado fanático en busca del Santo Grial. Entonces empezás por preguntarle al cliente qué leyó últimamente que le haya gustado. Hay veces que te tiran dos o tres títulos y otras que no leyeron nada últimamente que les gustara. Esto puede durar varios minutos, en los que uno intenta averiguar autores y títulos que sean del gusto del cliente para tener un referente a partir del cual recomendarle libros y el cliente, vaya uno a saber por qué, retacea información. Bien, luego de haber logrado hacernos una idea muy general de los gustos del cliente, procedemos a buscar y mostrarle libros en relación a ese gusto general que logramos averiguar. Pongamos que es una clienta y le gustan las novelistas latinoamericanas y que leyó todo Isabel Allende. Bien, le damos un libro de Gioconda Belli. Entonces mira la tapa y se queda esperando que vos le cuentes la trama del libro y que le digas quién es Gioconda Belli. Lo hacés. El cliente se te queda mirando, poniendo cara de esto no me convence. Entonces le sacas Indias Blancas de Bonelli y le contás quién es y de qué va la novela.
Puede ser. Pero, ¿esto es lo único que hay?
¡Hay una librería entera, la puta que te parió, hay varios millones de libros en este local, por qué mierda no te tomas el laburo de mirar y buscar, hija de puta!
Dios, no me abandones en el medio del desierto, suplica uno. Pero Dios, si existe, nada, se hace el otario.
La cosa es que podés estar una hora clavada por reloj y mostrarle treinta o cuarenta libros y tener que hablarle sobre cada uno de esos treinta o cuarenta libros y ninguno la satisface.
Podría ser este libro o aquel, pero no sé, no sé que quiero.
Y se enoja. Porque eso es lo peor, se enoja con vos, porque no sabés encontrarle el libro que quiere ella que no sabe lo que quiere leer. Y después de una hora clavada por reloj en la que te hizo sacar media librería y hablar un millón de boludeces se va enojada y sin comprar nada. Y la culpa es tuya por no saber lo que quiere el otro que no sabe lo que quiere.
Después está el cliente que se para en la mesa de novedades y ve que todos los vendedores estamos atendiendo y se pone a gritar.
¡Nadie me atiende, nadie me atiende!
Y sí, señora, es evidente, con solo verla, que a usted hace tiempo que nadie la atiende.
O el que te ve que estás atendiendo a un cliente y se te mete en el medio de la venta.
Disculpa, una preguntita, ¿tenés el último de Dan Brown?
Si me espera un momento, le decís con amabilidad, termino de atender a esta persona y ya estoy con usted.
Sí, está bien, te dice compresivo y arremete, pero es solo una preguntita, ¿tenés el último de Dan Brown? ¿Cómo se llama?
O está el que entra y te pregunta:
¿Te llego el libro de Majul?
Sí, está ahí, en esa mesa.
Y se te queda mirando, parado, con desprecio.
¿No me lo vas a dar, lo tengo que ir a buscar yo?
Y lo único que tiene que hacer es estirar la mano y agarrar el libro que busca de la mesa de novedades, pero no, se lo tenés que dar vos.
O está el que te encara y te dice:
Tengo que hacerle un regalo a un amigo.
Qué lee tu amigo. Tirame algunos títulos o autores para orientarme.
No lee.
Y entonces por qué le querés regalar un libro si tu amigo no lee.
Porque quiero que lea algo. Porque no lee nada, ni los títulos del diario. Y porque leer es importante, te ayuda a pensar y te abre la cabeza a universos a los cuales de otra forma jamás podrías llegar.
Pero tu amigo no lee ni le interesa leer nada.
No. Nunca leyó nada. Odia leer. Siempre que me ve a mí con un libro me carga y me dice lo bien que le vendría ese libro para emparejar la mesa de la cocina que tiene una pata más corta que la otra.
¿Y por qué no le regalas ropa? ¿Por qué no vas a Zara que están liquidando y le compras un pantalón o una remera?
Porque le quiero regalar un libro. ¿Qué libro me recomendás para una persona que no lee?
También hay una variante bastante peculiar y constante de esta fauna de animales carnívoros. Es el que encuentra un libro, lo solapea y después te encara.
Hola, cómo estás, mirá, tengo ganas de leer algo. Un amigo me recomendó que leyera este libro, El combustible espiritual, de Ari Paluchi –¿por qué la gente llama Paluchi al mogólico de Paluch? Paluch, no es tan difícil, loco. Ahora, si me dijeras Michel Houellebecq, bueno, ahí no tengo la más puta idea de cómo se pronuncia correctamente. Pero Palluch es Palluch—. ¿Vos qué decís, me gustará?
A ver, ¿cómo puedo saber yo si el libro que va a leer otra persona le va a gustar o no hasta que lo lea y me cuente si le gustó o no? ¿Acaso tengo pinta de pitonisa, de gitana que te adivina la suerte? Y sí, ante estos mogólicos importantes hay que ser una gitana que lee en la borra del café el destino y decir con cara de póker:
Es buenísimo el libro de Ari Palluch, llevalo porque te va a encantar. Haceme caso, cuando empieces a leerlo no vas a poder parar.
O están los forros que llaman todo el tiempo por teléfono.
Librerías Portnoy, buenas tardes, atendés.
Hola, mira, yo acabo de entrar en Internet y vi que en la página de ustedes tienen un libro que estoy buscando hace tiempo y no puedo encontrar.
¿Cuál es? Pregunto, resignado, como Sísifo, cumpliendo la condena de llevar una piedra hasta la cima de una montaña y, una vez lograda la tarea, la piedra cae rodando hasta al pie de la montaña y el pobre Sísifo tiene que volver a cumplir la tarea nuevamente, y así, hasta el fin de los tiempos.
Estoy buscando El osito culón se hizo las tetas y el papá se lo termino garchando, de Fogwill.
Pedís un momento y buscás en el sistema. El osito culón hace diez años que no lo tiene la librería y le decís al cliente que no lo tenés hace tiempo el libro.
¡Cómo puede ser, si yo estoy acá en Internet viendo que ustedes lo tienen en su página!
Sí, pero lo que aparece en Internet es solo un catálogo. Stock y precio siempre es a confirmar.
Pero, escuchame, si te digo que estoy viendo que en tu página dice que ustedes lo tienen.
Esta situación puede repetirse infinitas veces en un día, igual que a Sísifo con la puta piedra que los dioses lo obligaron a cargar para siempre por robarles el fuego para que los humanos también lo pudiéramos usar.
También están los que te llaman para saber si tenés un libro. Chequeás en el sistema. Supuestamente está y le pedís al cliente que espere un momento en línea para buscarlo y confirmarle con el libro en la mano que está y que no sea un error de stock o que se lo afanaron. Buscás el libro, que suele no estar donde corresponde, y ahí, para encontrarlo, depende en parte de tu suerte y en parte de cuanto oficio tengas para saber buscarlo. Por ejemplo, si estás buscando un libro de filosofía que figura en el sistema que está pero no se encuentra en la sección que corresponde y tiene en el titulo alguna palabra asociada a la medicina, puede que lo hayan guardado en medicinas alternativas o autoayuda o cocina. No es fácil la cosa. Una vez encontré en la L de literatura universal Obras escogidas, de Rosa Luxemburgo. Lo saqué de ahí y me acerqué con el libro de Rosa a mis compañeros.
¿Alguna vez leyeron una novela de esta mina? Les pregunté irónicamente. Es buenísima, la acabo de encontrar en literatura universal.
A lo cual me respondieron:
No. ¿En serio? ¿Qué novela nos recomendás para empezar?
A lo cual, verde de indignación, les expliqué que Rosa no era novelista sino una activista revolucionaria de la época de la Alemania de la República de Weimar. Y  agregué en mi función de pedagogo sarmientino que busca ilustrar e incentivar la lectura de un público más afín con la barbarie que la civilización que el poeta Néstor Perlogher firmaba con su nombre los artículos que escribía para la revista Para ti, y que León Trotsky que además de ser un narrador notable era un gran cogedor parece que la pistoleteo a la Rosa con su pito insaciable de revolución permanente.
Ya que Trotsky nos honra con su presencia no quiero dejar de señalar algo curioso. Trotsky también parece que hizo pasar por las armas de su aparato revolucionario a Frida Kahlo al llegar a su exilio mexicano. Bien. Yo de pintura no entiendo un carajo. así que no tengo ni idea de cuánto valor puede o no tener el arte pictórico de Frida Khalo. Pero las conchudas que entran a una librería buscando libros de Frida Khalo tienen menos sensibilidad que yo por la pintura. Son las mismas boludas que entran a una librería preguntando: ¿tenés algo de Clarice Lispector? ¿Qué es lo que tanto las fascina a estas minas de Frida Khalo? ¿Sus dibujos, sus pinturas? No. Nada que ver. Sospecho que la verdad está en que Frida Khalo era re fea y tullida. Eso es lo que las engancha de Frida, que era más fea que ellas cuando se levantan por la mañana y se miran al espejo. Porque que Frida Khalo haya sido un bicho y así y todo conseguido marido les da esperanzas y les genera la confianza en sí mismas que necesitan para poder seguir esperando una oportunidad de capturar un pene que de vez en cuando se erecte con intención de penetrarlas.
Pero volvamos, con el libro que el cliente del otro lado de la línea está esperando que le encuentres. Te acercás al teléfono y le confirmás que tenés el libro en la mano.
¿Se lo separo, cuando lo viene a buscar?
No, está bien, te responde, sólo quería saber si lo tenían.
¡Dios, Dios, Dios, por qué me abandonaste dejándome solo en esta intemperie inclemente!
También están los que te piden un libro, el que sea, y te preguntan:
¿Lo leíste, está bueno?
Stop. Acá hay que saber algo básico y elemental: el cliente no quiere saber la verdad, le chupa un huevo lo que vos le puedas decir. Lo único que espera de vos es que le digas: “sí, lo leí, está buenísimo”; o, si no: “todavía no lo pude leer, acaba de llegar, pero se vende un montón y todos los que lo leyeron me hablan maravillas del libro”. Sólo eso tenés que decir, que el libro es buenísimo y que se vende un montón y el cliente se va feliz a la caja a pagar.
Apuntemos dos tipos más de clientes particularmente forros para la novela y después vemos como a todo este catastro general le podemos dar vida. Es decir, contar un cuento.
Está el típico boludo que entra a la librería de los Portnoy y te pregunta por un libro. Si vos sos un buen librero sabes qué tenés y qué no en la librería.
¿Tenés Los detectives salvajes, de Bolaño?
No, le respondés. En este momento me está faltando.
Entonces el tipo se te queda mirando anonadado, como si a su pregunta le hubieras respondido puteándolo porque sí, de jodido hijo de puta que sos.
¿No lo tenés?
No, te acabo de decir que me está faltando.
¿No te vas a fijar en la computadora a ver si tenés el libro?
No necesito chequear en la computadora para saber si tengo Los detectives salvajes, me está faltando hace unas semanas.
Me podés hacer el favor de fijarte en la computadora si tenés el libro que te estoy pidiendo.
Te estoy diciendo que no está. O te creés que la computadora puede saber más que yo qué libros hay y cuáles no. El librero soy yo, no la computadora.
No te vas a fijar en la computadora. ¿Le voy a tener que pedir a un compañero tuyo que se fije o pedir hablar con tu encargado y quejarme porque no me querés buscar el libro que te pido?
¡Dios, Dios, Dios, hasta cuándo vas a poner a prueba mi fe en vos!
Le pido que me acompañe y nos paramos frente a la computadora. Y acá se produce otra situación típica y odiosa. El cliente se para al lado tuyo, pero muy pegado a vos, frente a la computadora, y casi no te deja espacio para que vos busques en el sistema el libro. Entonces ponés en la computadora T de título, así como si buscás un autor tenés que poner A de autor para buscar en el sistema y luego poner el nombre del escritor que buscás. Bien. Escribo T de título y, pegado, Los detectives salvajes, y escucho al energúmeno que se queja.
No, no, no. Escribiste una T, no es ‘Tlos detectives salvajes’.
La T del principio es para buscar por título, le digo sin mirarlo, esperando que por una vez Dios se apiade de mí y arroje un rayo desde el cielo y lo parta en dos a este forro. Ves, no está, le muestro señalándole la casilla con el stock en cero.
¿Y si lo buscás por autor?
No ves que el stock dice que está en cero.
Sí, pero no lo podés buscar por autor, quizá está mal cargado y por título no te sale pero sí por autor.
Respiro hondo. Pienso en un campo en flor y que yo soy un pajarito que le canta al sol.
Me podés hacer el favor de buscar el libro que te pido por autor.
Querés que te lo busque por autor, te lo busco por autor.
Lo hago. Aparecen todos los títulos ingresados de Bolaño en el sistema y busco Los detectives salvajes.
Ves, no está. Está en cero.
Sí, pero escribiste mal Bolaño. No es ‘Abolaño’, es ‘Bolaño’.
La A del principio es para buscar por autor.
¿Y por tema no podés buscar?
No. Sólo por autor o título.
Gracias, me arroja con desprecio, se ve que en esta librería nadie quiere trabajar.
Y, finalmente, el último tipo de clientes que quiero apuntar acá para la novela. Los que vienen a comprar libros para chicos. Antes que nada están las conchudas que vienen con carritos para bebé que parecen 4 x 4 y te lo cruzan en medio del local haciéndote un piquete que te corta la circulación de la librería. Bien. Entra la conchuda con el bebé en brazos y detrás el boludo del marido con el carrito 4 x 4 que te lo deja cruzado para que no pueda pasar nadie y te encaran.
Estoy buscando libritos para la beba. ¿Qué tenés?
Le mostrás libros de tela o de plástico para el agua que están confeccionados con un material que los bebés lo pueden chupar sin intoxicarse. Agarra el librito que le das de plástico para el agua, que tiene en la tapa un conejito maricón comiéndose la zanahoria y que se llama El conejito comilón. El librito consta de tres hojas, en cada una hay un dibujito del conejito y un pequeño texto de no más de una línea que acompaña a las ilustraciones.
¿Me podés contar un poco de qué trata este librito? Me pregunta la boluda con su hijo en brazos, estudiando el libro como si se tratara de Ser y tiempo, de Heidegger, y no llegara a descifrar por la solapa de qué cornos habla el libro.
Vuelvo a respirar hondo. Ahora soy una abejita que va de flor en flor buscando polen para llevar a mi panal y las flores me saludan y me hacen cosquillas en la panza cuando me poso en ellas.
Es un librito para meter en el agua. Eh, no sé, es un librito para un bebé, para que juegue.
Sí, sí. Pero, ¿te parece que es para la edad de ella? Tiene nueve meses, ¿no es un poco complejo? Me pregunta la retardada mientras le pasa el librito al mogólico del marido para que lo estudie.
O también está la abuela que viene a comprar libros para sus nietos.
Estoy buscando libritos para un chico de siete años. ¿Qué tenés?
Mire aquí, señora, en este estante, o esos que están ahí. Todos esos son para chicos de la edad que me está pidiendo.
Pero no me podés mostrar vos. Porque yo no sé qué leen hoy los chicos. Porque en nuestra época nosotros leíamos un montón pero ahora con el televisor y la computadora los chicos ya no leen nada. Y yo quiero que mi nieto lea, porque es importante leer, ¿no?
Ok. Todos estos apuntes serían la base para el argumento general de la novela.
Todavía hay que definir si el relato se cuenta en primera o tercera persona.
Ahora bien, tiremos en unas líneas lo que desencadenaría la acción que definiría la trama del relato.
Nuestro personaje principal vive atormentado por un amor frustrado y trabaja en una librería en la que la pasa mal porque los dueños son unos terribles hijos de puta.
Una tarde antes de entrar a trabajar la ve a ella, al gran amor de su vida, caminando por la calle con su bebé y acompañada de su pareja. Parece feliz. Si pensaba que había tocado fondo ahora descubre que no, que no hay fondo, que siempre se puede caer más bajo. El corazón, lo que había sobrevivido de él, después de aquella noche en que le dijo que lo amaba y se fue a tener un hijo con otro, se le hace mierda y se muere. Hace de tripas corazón y entra al trabajo. En la librería esa tarde los dueños y los encargados están particularmente sacados y él tiene un encontronazo con el dueño por una boludez. Hay cruce de palabras y algunos gritos y la cosa queda ahí. Pero nuestro personaje que esta loquísimo y ciego de dolor, no porque acaba de verla a ella feliz caminando por la calle con su hijo, sino porque acaba de comprender que aunque ella lleve una buena vida o sufra como una perra, la realidad, lo único que a él le importa, la verdad, es que ella ya nunca volverá a ser parte de su vida o sólo lo será en forma de un pasado doloroso que nunca dejara de lastimarlo.
¿Nos ubicamos? Nuestro personaje está quemado mal. Y encima viene el forro del dueño de la librería y lo delira con boludeces y nuestro personaje decide quemar todo, hacer mierda todo.
Por esos días se encuentra por casualidad con un ex cadete de la librería, un pibe del Conurbano Bonaerense, un chabón que hoy puede estar laburando de cadete de librerías y mañana estar con un Fal sacudiéndole a un camión blindado de caudales en medio de un operativo comando, y le propone secuestrar al dueño de la librería y pedir un rescate de un millón de dólares. (Otra opción es que en vez de un secuestro se propongan hacerle una cámara oculta, hacer que una mina se lo levante y filmarlo garchando con ella y luego chantajearlo con que les dé guita o le envían el video a su mujer y lo suben a Internet).  El ex cadete que detesta al dueño de la librería y se cansó de robarle libros, lo piensa y acepta.
Durante unas semanas lo dejan caminar al mogólico del dueño de la librería y se vuelven su sombra. Mientras tanto arman la logística del día del secuestro. Acá hay que estudiar un poco como es este laburo de secuestrar a un punto para darle consistencia al texto.
La cosa es que igualmente no dejan de ser unos improvisados y tienen que resolver a dónde van a llevar al secuestrado. Ahí aparece Rominita, una empleada de la librería, un sol, que está medio quemada y es la persona más buena del mundo. (Todo esto es un esquema, luego hay que darle cuerpo y vida a cada personaje). Ella vive a unas pocas cuadras de la librería del Shopping en un departamento. Entre nuestro personaje principal y el ex cadete le hacen la cabeza y la convencen de que entre en la movida.
Arman todo. Aparentemente al cabo de dos meses tienen todo ajustado y listo para el día del secuestro. Claro que está todo atado con alambres, son unos pescados que no saben en la que se están metiendo.
Llega el día del secuestro. Es un día que nuestro personaje principal tiene franco. Ellos tienen las llaves de la casa de Rominita y un arsenal en sus mochilas. Tres pistolas automáticas cada uno, un par de granadas y varios celulares robados para hacer llamadas sin que los puedan rastrear.
El dueño de la librería esa tarde se retira temprano. Se sube a su auto en el garaje del Shopping y se va. Nuestro personaje principal y el ex cadete lo siguen detrás con un auto robado que consiguió este último. El objetivo sigue su ruta normal para ir a su casa pero al llegar a Colegiales se detiene en una confitería. Ahí al objetivo lo está esperando un hombre tomando un café en una mesa en la vereda. El ex cadete no sabe quién es este hombre pero nuestro personaje principal sí y le cuenta. Es el dueño del Shopping y no solo de éste sino de todos los Shopping del país y dueño de hoteles y bancos y uno de los mayores sojeros del país. El tipo es tan poronga que le cagó guita a uno de los mayores financistas del mercado mundial y operó al gobierno para que tomara medidas que terminaron volteando a un ministro de economía y casi incendian al propio gobierno, y semejante movida sólo para hacer más rentable sus porotos de soja; y ahí está el tipo, tomándose un cafecito con el dueño de la librería. El dueño de la librería al lado del dueño del Shopping no es más que un carterista de cuarta que anda robando billeteras en el subte en horas pico a jubilados y laburantes. El dueño de la librería podría pagar un millón de dólares por su vida (eso, claro está, si su familia después de sacar cuentas, después de evaluar si es más rentable pagar o dejar que lo maten, decide pagar) pero el otro es un cheque en blanco de millones y millones de dólares.
Nuestro personaje principal y el ex cadete se miran. 100 millones de dólares. No. Mejor 200 millones para poder negociar y cerrar por 150. A todo o nada, dice uno de los dos. Se ríen, se abrazan y se besan en las mejillas. Vamos por todo o por todo y empiezan a estudiar el terreno. Al dueño del Shopping sólo lo custodian cuatro tipos. Dos tomando algo en la mesa contigua a la del dueño del Shopping y otros dos en un auto. Nada más. Increíble. Apenas cuatro tipos para custodiar tanta plata junta tomando un cafecito en un bar de Colegiales.
Obviamente que la operación que están a punto de cometer nuestro personaje principal y el ex cadete es un suicidio. No puede salir bien, nunca. Si nuestro personaje principal y el ex cadete fueran un comando entrenado para semejante operación y no dos improvisados delirantes con la soga al cuello, igualmente lo que están a punto de cometer sería una operación suicida. A un tipo como el dueño del Shopping con los millones y millones y millones de dólares que tiene después de años de cagar y cagar y cagar a mucha gente efectivamente se lo puede secuestrar, lo que no se va a poder hacer nunca es poder sacarle un centavo. Aunque pagaran por su vida, ¿cómo haces después para esconder la plata y dónde te escondes vos para que no te encuentren? Imposible. Y lo más interesante de esto -y habría que ver como se puede incluir en la novela esta reflexión- es que a un tipo así con un trabajo bien hecho se lo puede secuestrar o matar pero es técnicamente imposible sacarle una moneda.
Bien. Nuestro personaje principal y el ex cadete se bajan del auto dispuestos a cometer la mayor estupidez de sus vidas. Uno encara para el auto de los custodios y el otro para la mesa donde están los otros dos monos. A cara descubierta, sin mirar a los costados, solo enfocados en su objetivo y con una automática en cada mano. Abren fuego a quemarropa. Barren con los monos de la custodia. Agarran al dueño del Shopping y se lo llevan. Antes de retirarse nuestro personaje principal se da cuenta que el dueño de la librería los reconoció y los va a delatar. Pega media vuelta, lo enfrenta y se lo queda mirando a los ojos.
Pichona, hijo de puta. ¿No tenés ganas de hacer pichona? Y le pega un tiro en la cabeza.
Se suben al auto y desaparecen en medio un quilombo total donde todos gritan y corren por la vereda buscando refugio.
Esa misma noche en la casa de Rominita empiezan a negociar la entrega del dueño del Shopping. 200 millones de dólares o le pegan un tiro y tiran su cuerpo a un chiquero para que se lo coman los chanchos.
Acá hay un pequeño problemita técnico. ¿Cómo haces una operación de 200 millones de dólares por izquierda? No tengo ni idea pero nuestro personaje principal y sus secuaces menos aún. Lo que sí saben es que si logran hacer la operación van a pasar a la historia por haber cometido el secuestro más caro de la Historia. De la Historia con H mayúscula.
Negocian. Llegan a un acuerdo. 90 millones de dólares. Aceptan. Con esa cifra igualmente pasaran a la Historia con H mayúscula.
Están jugados y saben que la entrega puede ser una trampa. El ex cadete contacta a gente de su barrio. Arma a un pequeño ejército de 10 tipos armados hasta los dientes y a los que se les promete un millón de dólares a cada uno.
Se pauta la entrega. Ellos son claros. El más mínimo movimiento extraño y se retiran y matan al dueño del Shopping. La policía ya está detrás de sus pasos. Dejaron cinco muertos en el lugar del secuestro. Son noticia nacional y por la envergadura del secuestrado hasta la CNN habla del tema. Igualmente, el hombre de confianza del dueño del Shopping con el que nuestro personaje principal negocia jura que lo que ellos arreglen no va a filtrarse a la policía.
Llega el día de la entrega. Va a hacerse en el Conurbano Bonaerense. Nuestro personaje principal, Rominita y el ex cadete se sientan a deliberar horas antes del momento de la verdad. A nuestro personaje principal le acaba de caer la ficha. Ya no pueden dar marcha atrás y lo que les espera enfrente es un paredón de fusilamiento. No hay salida. Sólo una tumba con sus nombres. Discuten. Todos aceptan los hechos. Y entonces nuestro personaje propone lo siguiente, una idea delirante pero no más que todo lo que vivieron hasta el momento. Primero remarca que para ellos tener la más mínima posibilidad de algo, por nada del mundo le puede pasar algo al dueño del Shopping. Puede morir gente pero si lo matan al dueño del Shopping están muertos. Y después de aclarar esto, propone, si la operación sale bien y la entrega se hace sin policía de por medio, pagarles lo pautado a cada uno de los chicos del ex cadete que les van a cubrir las espaldas, ellos quedarse cada uno con un par de millones de dólares y con el resto ese mismo día ir villa por villa del Conurbano Bonaerense y regalar la plata a la gente. Sacarle 90 millones de dólares a uno de los hombres más ricos de la Argentina y repartir esa plata entre las villas miserias del Conurbano Bonaerense los convertiría en Mate Cocido, en Severino di Giovani, en Pancho Villa, en Perón y Evita, en el Che Guevara, en la Virgen María, en el Gauchito Gil. En héroes populares. En una leyenda. Un mito.
La entrega se efectúa. Milagrosamente el hombre de confianza del dueño del Shopping cumple su promesa y la operación se hace sin milicos. Ellos toman la plata, es mucha plata, quiero decir que 90 millones de dólares ocupan mucho espacio, y desaparecen prometiendo que una vez que estén a salvo y puedan comprobar que el dinero es el pautado y no son falsos ni están marcados lo sueltan al dueño del Shopping.
Finalmente chequean la entrega. Todo está correctamente. En los noticieros ya se filtró la noticia de la entrega del secuestro más caro de la Historia, pero que los secuestradores no han entregado aún al dueño del Shopping porque el hombre de confianza de éste, encargado de las negociaciones, le mintió a la policía y los puso sobre pistas falsas.
Nuestro personaje y sus secuaces llevan a cabo lo que pautaron. En un día en las villas miserias del Conurbano Bonaerense llueven 74 millones de dólares. Los noticieros de esa noche y las cadenas de noticias de todo el mundo reproducen esta noticia elevando la cifra al doble e informando que liberaron con vida al dueño del Shopping.
Entonces la policía empieza la cacería. Acaban de robarle a una de las personas más ricas del país una cifra increíble y toda esa plata fue a parar a los más pobres. La noticia recorre el mundo como un reguero de pólvora. Nadie puede creer lo que acaba de suceder ni parar de hablar de ello. En Washington se decide enviar un equipo especial de boinas verde para prestar apoyo logístico y asesoramiento a las fuerzas nacionales para cazar a nuestros personajes. En las altas esferas saben que lo que acaba de suceder abrió la caja de Pandora y que ahora puede pasar cualquier cosa. ¿Hay que matarlos o dejarlos vivos? Saben que si se equivocan ahora todo podría volverse un infierno.
Nuestro personaje principal y sus dos secuaces están en una habitación. En algún lugar del Conurbano Bonaerense. Hace cuatro meses que vienen huyendo de la ley. Que lograron hasta ahora escapar porque para la gente ellos son Cristo. Cada vez que la ley cae con patrulleros, camiones de asalto, helicópteros, grupos de elite han logrado escapar porque para los ladrones del Conurbano ellos son el Gauchito Gil y los cagan a tiros y les cubren las espaldas para desaparecer. Durante estos cuatro meses mucha gente murió por salvar sus vidas. En las plazas hay altares con sus fotos o replicas de ellos en miniatura a las que la gente les prende velas, les hace promesas, les encomienda la salud de un ser querido, les confiesa sus padecimientos y humillaciones y les dejan monedas, faso, merca, botellas de cerveza, estampitas de la virgen y su fe en lo que más aman. Son un mito. Y a los mitos no se los mata.
La novela comienza en este punto. Cuando ellos tres –nuestro personaje principal, Rominita y el ex cadete— están guardados en una casilla de una villa y deciden suicidarse y que sus cuerpos desaparezcan para que nunca nadie los encuentre ni vivos ni muertos.
* * *
Voy a tratar un tema delicado. A mí manera. Nada delicado. Así que las almas delicadas, sensibles, siempre agradecidas por el medio vaso de agua lleno y jamás de los jamases atormentadas por el medio vaso vacío, les pido que se levanten y se retiren por un rato. En cuanto termine de escribir lo que tengo para decir les chiflo y vuelven para terminar de leer lo que resta de mi texto.
Trabajar durante casi dos años en Librerías Portnoy me permitió tener un conocimiento del mercado editorial enorme. Si bien es cierto que gran parte de mi saber sobre títulos, autores, ediciones, traducciones, editoriales, se debe a que desde la adolescencia no puedo dejar de meterme a revolver en las estanterías, bateas y mesas de cualquier librería de nuevos, usados o saldos con la que me cruce en el camino; a mi necesidad de lector autodidacta siempre atento a sumar a mi biblioteca un nuevo libro que por alguna razón debo leer ya o atesorar para alguna lectura futura; y a mi trabajo como editor de varias revistas “literarias”, lo cierto es que trabajar seis días a la semana vendiendo libros en una librería inmensa como la de los Portnoy me permitió tener un conocimiento más acabado sobre ese complejo mundo que conforman escritores, editores, editoriales, distribuidores, librerías, suplementos culturales y lectores. Por cierto, el único capital material que poseo, después de 34 años, es una biblioteca. Otros, a mi edad o mucho antes ya son dueños de una casa, un auto, una cuenta en el banco o tienen un trabajo que les permite viajar, comer afuera todos los fines de semana, pagar putas de $300 la hora y ahorrar para comprarse un departamento en unos años. Yo sólo tengo una biblioteca de unos 1500 libros. Ése es todo mi capital. Si la llevara mañana a vender entera a Parque Rivadavia se pelearían los puesteros por ver quién me la compra y me volvería a casa con un fajo de dinero en el bolsillo. Pero la sola idea de tener que venderla para sobrevivir o perder mi biblioteca por alguna razón me produce tanto horror como imaginar la idea de quedarme sin piernas o que me arrancaran los ojos y seguir vivo.
Trabajando en librerías Portnoy descubrí, entre otros fenómenos, uno muy particular que me llevó a meditar largamente sobre el asunto.
Todos los meses salen libros sobre Hitler, sobre la Alemania nazi, sobre la Segunda Guerra Mundial, sobre el Holocausto. Libros de historia, memorias, novelas, ensayos. Todos los meses. Tres o cuatro. A veces más. Sobre la vida de Hitler, sobre la amante de Hitler, sobre la tía abuela de Hitler, sobre el peluquero de Hitler, sobre el canario de Hitler o sobre la mucama del búnker en el que pasó Hitler su último día. Y no olvidemos que quizá no murió cuando los Aliados lo vencen militarmente y logra escapar y refugiarse en la Argentina del general fascista Juan Perón. Y entonces, como luego de la muerte de Jim Morrison o Luca Prodan, que no murieron sino que armaron un gran simulacro macabro para desaparecer y terminar, como todo el mundo sabe, Jim en África traficando armas y el pelado Luca yendo a Bolivia para convertirse en un narcotraficante, Hitler tampoco muere cuando muere y cómo no escribir sobre eso. Hay de todo y para todos. Hay tanto material sobre el tema que incluso debe haber dos o tres libros que merezcan ser leídos.
Todavía no se le ha ocurrido a nadie pero con la cantidad de material que hay sobre el tema y que seguirá saliendo alguien podría abrir una librería y vivir sólo de vender libros sobre esto. Así como hay librerías especializadas en religión o filosofía, por qué no abrir una especializada en Hitler, el nazismo, las dos guerras mundiales y el Holocausto. Es una cuestión de oferta y demanda. El mercado ofrece libros sobre el tema y los consumidores los compran. Evidentemente es un buen negocio.
Recuerdo una clienta que vino una tarde con su hija adolescente. Los padres que llevan a sus hijos adolescentes a una librería para que elijan libros, por lo general, son de cuarta. Son enfermos que entran diciéndole al chico que busque algo que le interese leer, que ellos se lo compran. Y en cuanto el chico empieza a mirar qué puede llegar a interesarle desacreditan y boicotean su búsqueda y se ponen ellos a ordenarle cuáles son los libros que podría leer y cuáles no. Una vez Fernando Peña en la radio tiró una consigna, ¿cuál sería la mejor manera de matar a un ser querido? Una oyente llamó y dijo: yo abrazaría a mi hijo mucho, mucho, mucho, lo abrazaría con mucha fuerza y no dejaría de hacerlo, cada vez más y más fuerte y sin dejar de decirle que lo amo hasta dejarlo sin aire.
Bien. Esta clienta que vino con su hija adolescente para que elija algo para leer me encara para que la asesore.
Hola, me saluda la clienta, acá mi hija está buscando algo para leer. ¿Qué le podés aconsejar?
¿Qué libros leíste que te hayan gustado? Le pregunto a la chica que no debe tener más de 13 años.
Y, a ella le gustan los libros sobre el Holocausto, todo lo que tenga que ver con ese tema, me responde la madre. ¿Qué leíste? Decile al señor, le ordena la madre a la hija. Y antes de que la chica pueda decirme nada sigue hablando la madre. A ella le gustó mucho el Diario de Ana Frank, El niño del piyama a rayas, ese tipo de literatura. ¿Qué libros de ese estilo tenés para ofrecerle?
Yo me quedé mudo. No sabía qué hacer ni decir. Lo único que atiné a pensar es que la pibita era una perversa, aunque en realidad era la madre la perversa y la hija el objeto de su maldad.
Todo esto me lleva a recordar un viaje a Europa que hizo una amiga de mi primo. Una mina muy gorda y muy mala onda, un personaje que me cae muy bien. La cosa es que la gorda mala onda se fue a pasear por Europa y uno de los destinos del recorrido era Alemania. En Berlín compró un paquete para dos salidas turísticas. Una era para hacer una salida guiada por todos los lugares donde Hitler había estado en Berlín. La otra salida era para ir a un campo de concentración, un lager. Mientras hacía el recorrido turístico berlinés de Hitler, en un momento en que el guía les contaba no se qué carajo, se puso a boludear y levantantando la mano decía: ¡Heil, Hitler! A lo cual se le acercó el guía turístico y le explicó que no hiciera eso porque en Alemania había un 0-800 gratuito donde se podía denunciar a cualquier persona que demostrara en público su simpatía por el energúmeno de Adolf y que esa persona sería fuertemente multada. ¿Se capta el grado de mogoliqueada alemana de lo que estoy contando? Se puede comprar una salida guiada para pasear por los sitios en los cuales Hitler paraba en Berlín, pero si sos un tarado que los fines de semana te gusta cortar el pasto del jardín gritando “¡Heil, Hitler!”, y te escucha tu vecino te puede denunciar de forma gratuita y anónima y tenés que pagar cinco mil euros de multa. Después vino la salida guiada al campo de concentración. Hay que tener ganas de ir a pasear a un campo de concentración. ¡Y pagar por esa salida! Es extraño, antes la gente iba forzada a los campos de concentración y ahora va en plan de salida de fin de semana. Evidentemente el mundo era horrible antes y hoy lo sigue siendo igual o más. La cuestión es que en el micro donde la gorda mala onda estaba viajando para la excursión guiada al lager también viajaba un contingente de pibitos de una escuela judía de Buenos Aires. Los pendejos, como cualquier grupo de chicos que salen de excursión, iban haciendo quilombo, boludeando. Obviamente que la gorda mala onda no los aguantaba y si por ella hubiera sido los habría bajado a todos del micro y abandonado en el medio de la ruta. Pero llegan al lager y el guía los va llevando por el lugar. Acá dormían los judíos. Acá trabajaban los judíos. Estos harapos eran la ropa que usaban los judíos. Acá los gaseaban. Con estas máquinas los hacían jabón. Y tanto le remarcaron el sufrimiento y el dolor al contingente que los pibitos de la escuela pasaron de la risa histérica e hincha pelotas de los pendejos a llorar desconsoladamente. Y una vez terminado el recorrido por las instalaciones en el que todos se sintieron muy mal, excepto la gorda mala onda que se divirtió viendo llorar a los pendejos, fueron todos a una confitería a tomar la merienda y organizar cómo aprovechar mejor lo que quedaba de la jornada. Millones y millones de muertos. ¿Y qué hacemos con toda esa mierda al cabo de los años? Una Disneylandia del Horror para los turistas que pueden darse el lujo de pagar para que los hagan llorar un rato y sentirse más humanos. Un asco. Como la mami que me pide literatura para su hija sobre el Holocausto porque a la nena le gusta leer libros sobre el tema.
Ahora bien, trabajando en Librerías Portnoy descubrí algo más. Que una vez por semana entraba un cliente buscando Mi lucha, de Adolf Hitler. Los clientes que atendí buscando Mi lucha no eran locos neo nazis ni ex compañeros de la primaria de Eichmman. No, no, no. Eran personas comunes y corrientes, en su gran mayoría jóvenes que por alguna razón les llamaba la atención la figura ridícula del autor de ese libro y querían leer las estupideces que había escrito. Y cada vez que me lo pedían yo tenía que aclararles que ese libro está censurado, que está prohibida su comercialización. Al escuchar esto, el cliente, casi siempre, asombrado, me preguntaba por qué. A lo cual yo les respondía:
Porque como todo el mundo sabe, si leés Mi lucha te volvés nazi y salís a matar gente. Es re obvia la razón.
Igual, si los Portnoy no estaban en la librería les decía a los clientes dónde lo podían conseguir. Hay una edición pirata de Mi lucha que se vende en algunos kioscos de diarios del subte, en Parque  Rivadavia o Plaza Italia; en librerías de usados también se suele ver.
A ver. Partamos de una base. Hitler era un forro y Mi lucha un compendio de pelotudeces. Ahora bien, me parece injusto que se censure su libro y no, por ejemplo, los de Kisinger, que son bibliografía obligada en algunas carreras de la universidad y que carga sobre sus espaldas con el golpe militar a Allende o la Operación Cóndor. Para no hablar de toda la mierda que generó en su propia patria, Estados Unidos, y de la cual Philip Roth en una de sus mejores novelas, Me case con un comunista, le dedica unas cuantas líneas para putearlo.
Lo que quiero decir es que la pavada de pensar a Hitler y todo el aparato de terror que generó a su alrededor como “el mal absoluto” es una trampa, una coartada, una mentira para no pensar el mal real y concreto del presente. Ok, Hitler era un sorete. Pero él como el universo nazi ya no existe. Lo que sí sigue existiendo es gente de mierda que al igual que él hacen padecer a otros seres humanos. Que alguien me explique, ¿qué diferencia hay entre Treblinka y una Manila en la frontera de México con Estados Unidos? ¿Y qué diferencia hay entre el estado mayor nazi y los directivos de las grandes marcas que trasladan para optimizar costos sus unidades de producción de países donde el trabajador tiene cobertura y hay un sistema impositivo estatal riguroso que garantiza la menor desigualdad social posible a, por ejemplo, países de oriente donde los operarios trabajan en condiciones de esclavitud?
El mundo que soñó Hitler era horrible. Pero en el que vivimos hoy no lo es menos.
Sinceramente, no creo que sea más nocivo para el hombre leer las estupideces que escribió Hitler en Mi lucha que leer el best seller de Kiyosaki, Padre rico, padre pobre.
* * *
Suena el teléfono. Es un compañero de la librería.
Vamos a darle un nombre de fantasía para proteger su identidad por si este texto llega algún día a ser leído por Martín, El Pibe Portnoy, y mi compañero aún sigue preso de su yugo. Llamémoslo como yo, Juan Pablo.
Juan Pablo me pone al tanto de los chismes y novedades desde que me echaron. Me cuenta que Martín está más loco que nunca. Les recrimina que no compran y leen el suplemento Ñ para estar al tanto de las novedades y que por eso él pierde ventas. En fin, nada nuevo, más de la misma mierda. Le digo que mientras no se junten y le presenten batalla el hijo de puta se los va a seguir cogiendo a todos. Entonces me informa de la última novedad en la librería, lo cual me hace pensar en lo que me dijo otro compañero que ya no trabaja ahí: al echarte te hicieron un favor, creeme, amigo, te hicieron cruzar una puerta que quizá vos solo jamás hubieras cruzado. ¿Cuál es la última novedad que tiene para contarme Juan Pablo? Martín, El Pibe Portnoy, puso dos cámaras de seguridad, una mirando la puerta de la librería y otra mirando a los encargados. Y las dos cámaras de la sucursal del Shopping las monitorea él mismo desde la computadora de su oficina de la sucursal de dos cuatro o desde la computadora de su casa. Los Portnoy por lo general los fines de semana no aparecen por las librerías, lo cual les daba un respiro a los encargados y vendedores. Eso sí, Martín Portnoy no dejaba de entrar al sistema de la librería desde su casa para controlar las ventas y chequear los movimientos o llamar él, y El Viejo Portnoy, sábados y domingos para consultar que todo estuviera en orden. Pero en general los fines de semana eran un respiro sin Portnoys en el horizonte. Ahora no. El Pibe les puso dos cámaras y las monitorea todo el día.
Si no hay nadie parado en la puerta llama enloquecido puteando al encargado porque está viendo en vivo y en directo por la camarita que la puerta está sin vigilancia. O quizá hay alguien parado vigilando pero en el ángulo de la puerta que no toma la cámara y él llama para verduguear al encargado; éste le dice que sí hay alguien parado ahí pero que él no lo ve y Martín le responde que no está viendo a nadie, que no lo tome por boludo y que le van a saquear la librería. Así que ahora la sucursal del Shopping se volvió un Gran Hermano, pero uno que está tomando el cariz de la novela Fantasmas, de Chuck Palahniuk. Es decir, un Gran Hermano en el que todos compiten por ver quién es la victima que más sufre en ese encierro demencial. Así que ahora tiene que haber todo el tiempo alguien parado en el ángulo de la puerta que toma la cámara para que Martín lo vea y se quede tranquilo de que el malón de gente no va a saquearle su mercadería.
Ay, Martín, Martín. Por más cámaras que pongas tus encargados te van a seguir robando plata de la caja y tus vendedores y clientes te van a seguir robando libros. ¿Sabes por qué? Porque a tus encargados los maltratás y les pagás la mitad del sueldo que cobra cualquier encargado y encima una parte del mismo se los das en negro. Porque a tus vendedores los carneás y les pagás un sueldo que no les alcanza para llegar a fin de mes dignamente. Y los clientes, qué se yo, imagino que por la misma razón que vos le robás a tus empleados, porque no les gusta pagar por algo que pueden llevarse sin tener que desembolsar dinero.
Después de que me llamó Juan Pablo me quedé pensando. Las dos cámaras, la que apunta a la puerta y la que apunta a los encargados, no son para controlar a los clientes sino a los empleados. Vigilar y castigar. Es ésa la obsesión de Martín, El Pibe Portnoy. Aun recuerdo algunos de los mails que hacía imprimir a los encargados para que lo viéramos todos los vendedores. Decía:
Uno. Ofrecer los libros en firme antes de que los den en consignación.
Dos. No preguntar al cliente al cerrar una venta si paga con tarjeta o en efectivo. Esperar que este diga cómo quiere hacerlo, porque muchas veces si le dan la opción el cliente opta por pagar con tarjeta y no en efectivo. Y eso es perjudicial para la empresa.
Tres. Vigilar. Vigilar. Vigilar.
No estoy haciendo literatura, estoy copiando de memoria los mails que Martín Portnoy enviaba a las sucursales para que leyéramos todos.
Pero hay algo más que me quedó picando después de que Juan Pablo me contó que El Pibe Portnoy puso cámaras para vigilar en la Librería. Me costó trabajo darme cuenta qué era pero de repente me cayó la ficha. Martín Portnoy es terriblemente pajero, no hay bagayito que entre a la librería por el cual a él no se le caiga la baba. Y si bien en esa sucursal tiene a su madre, la señora Mirta, y a su mujer trabajando con él, no puede dejar de mirarle el culo a cuanta mina entre e intentar empernársela. Y yo, que para estas cosas soy como cualquier mina, un bicho que relojea todo y no se le escapa nada, me di cuenta de algo al toque. Martín Portnoy está loco por una de las vendedoras. Tal es así que cuando apareció la gripe A y todos andaban con la pavada de que cualquier contacto te podía contagiar, en la librería se prohibió saludarse con un beso. A él que si puede evitar darte la mano lo hace, esto le vino bárbaro. Sin embargo, a mi compañera, la siguió saludando con un beso. Obvio que mi compañera no lo toca a Martín ni con un puntero láser, pero esto a él lo vuelve más loco todavía. Yo creo que puso las cámaras para poder espiar a las clientas en genearl y a mi compañera en particular y tocarse todo el día como un adolescente que acaba de descubrir la pornografía. Por eso está más loco que nunca. Porque no puede parar de hacerse la paja espiando escotes y bombachas que se insinúan debajo de pantalones ajustados.
Pobre Martín, sufre el síndrome del pito caliente.
Es como Klaus Kinski. Salvando las diferencias, ¿no? Un pito caliente las 24 horas del día. O mejor, un personaje que interpretó Klaus Kinski para una pelicula de Werner Herzog, Aguirre, la ira de Dios. ¿Recuerdan cómo termina la película esa en que Kinski interpretaba a un soldado en la época de la conquista de América obsesionado por encontrar El Dorado? Solo, a la deriva, en medio del río, peleándose, espada en mano, contra unos monitos que se subieron a su balsa.
Klaus Kinski en sus memorias editadas por Tusquest cuenta que él necesitaba coger dos veces al día o de lo contrario se sentía mal. Y parece, porque en realidad yo no leí sus memorias, me las contaron, que también se cogía a su hija. Me dirán, ¡qué barbaridad, como se va a acostar con su hija! Bueno, yo opino lo mismo. Lo que sucede es que la hija era Nastassja Kinski, la actriz, una de las mujeres más lindas del siglo XX junto con Sofía Loren y dos o tres más. Coincido en que el incesto no es algo recomendable, pero si tu hija es Nastassja, ay, ay, ay, qué querés que te diga, no es fácil. Hay una foto de Nastassja que nunca voy a olvidar. La vi en la revista La Caja que dirigía Tomás Abraham en los 90. En esa foto Nastassja tiene un sombrero de ala ancha y se le ve la mitad del rostro que mira hacia abajo. Tiene un vestido con uno de los breteles caídos dejando una teta al aire y esta amamantando a un bebote de goma. Desde que vi esa foto y luego supe del supuesto incesto del viejo Kinski con la dulce Nastassja, no es que justifique lo que hizo pero lo entendí.
El profesor Eusebio Filigranati, en una novela de Alberto Laiseca, antes de cogerse a su hermana grita: ¡por el culo no es incesto!
* * *
Marzo de 2008.
Es lunes. Media mañana. Maldición, va a ser un día hermoso.
El centro es un quilombo de gente y tráfico. Una máquina endemoniada, con sus ritos cronometrados y sus sacrificios cotidianos.
La grasa de las capitales / no se aguanta más, cantaba Charly hace 30 años.
No se aguanta más. Pero se sigue aguantando. Por qué. Es un misterio. Lo cierto es que el costo de este circo triste y decadente se paga caro. Exige a diario su cuota en libras de carne.
Estoy parado en la vereda, al final de una cola muy larga, esperando para entrar a una entrevista de trabajo en un hotel recuperado. Cada media hora van entrando diez personas. Cada media hora estoy más cerca de la puerta y la cola a mis espaldas no deja de crecer.
Si alguien que pasa caminando por la vereda de enfrente se detuviera para observar a los que estamos haciendo fila para una entrevista de trabajo en la puerta del hotel recuperado, con el Clarín bajo el brazo y una carpeta con nuestro currículum, fumando o con la vista extraviada, vestidos con nuestra mejor ropa que nos delata y nos da el aspecto de provincianos pobres endomingados yendo a misa, seguramente no le costaría mucho pensar que está viendo la columna en retirada de un ejército derrotado.
Cuando por fin llega mi turno y logro entrar al hotel recuperado, me hacen pasar a un salón donde hay un montón de tipos de entre 20 y 50 años llenando formularios o esperando para entrar en otra sala donde se hace el psicotécnico.
Me dan un formulario y busco una silla libre para sentarme y llenarlo. A mi lado, hay un hombre de unos 40 años, es evidente que hace tiempo viene perdiendo todas las peleas que ha dado y me consulta a cada momento cómo llenar las páginas del formulario. Lo ayudo. Intentando que no se me note la incomodidad que me produce su presencia. En unos años, entre todas las posibilidades que se me presentan y que no son tantas, si se tiene en cuenta que las cartas que me dan para jugar están marcadas, quizá me toque estar en su situación. Un perro muerto al costado del camino.
En verdad, si aún no tengo el aspecto de un perro muerto, sí tengo que reconocer que ya empiezo a oler como uno.
Pasé todo el verano enterrado en mi cama. Aún no me explico cómo no me volé la cabeza, cómo no me volví loco, cómo hice para aguantar semejante dolor que arrasó en toda la línea mis signos vitales.
En verdad, estaba tan golpeado como el hombre que estaba a mi lado pidiéndome ayuda para llenar el estúpido formulario. La diferencia es que yo era más joven y todavía podía recibir los golpes sin que se me notara tanto. La diferencia, entre él y yo, era sólo una cuestión de tiempo. Al estúpido de mi papá siempre le gusta repetir que la muerte nos iguala a todos. A los que se conducen bien en la vida y a los que hacen daño. A todos les llega la hora. Todos terminan en el mismo lugar.
Sí, papá, gracias por tu aliento y tus palabras que parecen surgidas de las meditaciones de un sabio oriental que ha dedicado su vida a comer arroz integral y pensar boludeces. Todos terminan mirando crecer las flores desde abajo.
Cuando llegué a la segunda página del formulario sentí el abismo abrirse ante mis pies y obligarme una vez más a mirarlo a los ojos. Se me pedía que junto al formulario adjuntara una copia del certificado de estudios secundarios completos. No lo tenía. Había cursado más de 20 materias en la UBA como oyente. Tenía una biblioteca que cualquier mogólico con postgrados en el exterior difícilmente tenga. Pero no tenía certificado de estudios secundarios completos y eso me impedía postularme para pedir empleo de vigilante. Porque la entrevista de trabajo era para una empresa de vigilancia que estaba buscando personal. Había caído tan bajo que ni para eso servía, ni para alcahuete que está ocho horas parado vigilanteando en la puerta de un local. Si hubiera tenido más años, como el perro muerto que estaba a mi lado al que ayudé a llenar el formulario, podría haber solicitado el trabajo, porque a los mayores de 40 no se les solicitaba secundario completo para la tarea. Otra vez, la diferencia, era sólo una cuestión de tiempo. Nada más.
Sí, papá, tenías razón, no debí burlarme de vos cuando me decías que la muerte nos iguala a todos.
Igual terminé de llenar el formulario y cuando se lo entregué a la chica que los recibía le expliqué que me había olvidado el certificado en casa.
No hay problema, me dijo, para esta primera entrevista no hace falta, pero si pasas el psicotécnico y te llamamos para la segunda entrevista, ahí sí, no podés presentarte sin el certificado.
Le volví a mentir que me lo había olvidado como un estúpido y me senté a esperar para hacer el psicotécnico. Nunca había hecho uno y ya que estaba ahí quería ver de qué se trataba esa pavada con la cual los psicólogos se ganan unos pesos robándole a las empresas por un servicio que es poco menos serio que afirmar que Dios es argentino.
Pasó un rato y me hicieron pasar a un cuarto. Había cuatro mesas largas  y un montón de hojas oficio, lápices y gomas de borrar en cada una de ellas. Busqué un lugar en una de las mesas y me puse a esperar a que me indicaran qué debía hacer.
Las dos psicólogas encargadas del psicotécnico, todo amabilidad, todo sonrisa, nos empezaron a hablar como si fuéramos chicos de jardín a los cuales se les está por dar una tarea didáctica muy difícil a la cual ellas los iban a ayudar a llevar a cabo. Por la edad de los que estábamos ahí y por la profesión de las dos chicas que nos hablaban, más que en un jardín de infantes daba para pensar en una institución psiquiatrita.
Nos pidieron que cada uno tomara de la mesa un lápiz, una goma y algunas hojas.
¿Todos ya tomaron su lápiz, su goma y dos hojas? Bien. No tengan miedo a equivocarse, lo que les vamos a pedir es muy sencillo. Y si se equivocan pueden borrar o tomar otra hoja y hacerlo de nuevo.
La muerte nos iguala a todos, afirmaba con razón papá. Pero de lo que no me habló nunca, el muy forro, es qué se hace mientras tanto, cuál es la mejor manera mientras se espera la llegada de ese gran día.
En la primera hoja había que dibujar una casa, un árbol y un hombre. Como quisiéramos. Como nos saliera. ¿Entendimos la consigna? Sí, todos entendimos. Somos pacientes psiquiátricos con el coeficiente intelectual de chicos de jardín de infantes, pero una consigna tan simple creemos que somos capaces de comprender.
¡Quizás después de todo no resulte tan difícil llenar el tiempo hasta llegar al gran día en que se haga justicia y estemos todos muertos!
Todos nos pusimos manos a la obra. Sonaba fácil, pero no lo era. Todos éramos conscientes de que según la presión con la que usáramos el lápiz para dibujar la casita, las psicólogas luego podrían leer ahí si papá abusó de nosotros en la infancia o si mamá era una reverenda puta que se escapaba por las tardes a culear con un vecino en vez de estar esperándonos con la merienda servida. Todos éramos conscientes que según la forma que le diéramos a la copa del árbol eso delataría si teníamos inclinaciones sexuales perversas. Y todos sabíamos que según cómo dibujáramos al hombre eso indicaría un patrón para determinar si éramos o no asesinos seriales.
No fue fácil pasar la prueba. Pero lo logramos. Yo dibujé la casita, el árbol y el hombre en dos minutos, pero otros tardaron sus buenos quince minutos. Algunos incluso, luego de terminar, no conformes con el resultado, borraron todo y lo volvieron a hacer. Error, compañeros, no hagan eso, quise gritarles, pero no lo hice: hacer un dibujo y borrarlo y volverlo a hacer es una evidente falta de confianza en uno mismo y una empresa no contrata gente que no sabe mentir y que no tiene fe en nada ni en nadie.
¿Terminaron todos? Bien. Ahora en otra hoja van a dibujar un hombre bajo la lluvia y a un costado van a contar una pequeña historia de este hombre bajo la lluvia de no más de 4 oraciones.
Acá la cosa para la mayoría se ponía negra mal. Creo que yo era el único de todos los presentes que conocía el oficio de leer y escribir. Era un escritor de cuarta, pero escritor al fin. Y por lo tanto yo más que ninguno ahí sabía lo difícil que es hacer algo tan aparentemente simple como escribir una historia.
No sé qué pavada escribí. Sí recuerdo que a mi hombre bajo la lluvia lo llamé Copi y me hice el canchero escribiendo algo irónico.
Cuando terminé la mayoría aun dudaba si dibujar el hombre bajo la lluvia con o sin paraguas. Las muy zorras de las psicólogas, seguramente sabiendo que esa falta en el pedido operaría en el sujeto develando, al dibujar al hombre bajo la lluvia con o sin paraguas, zonas oscuras de su inconsciente, no nos habían aclarado nada. Claro que yo tampoco sabía qué era lo correcto, si dejar que se empapara o darle un paraguas a mi hombre bajo la lluvia. ¿Y la lluvia? ¿Debería caer vertical u horizontal? Nunca supe qué leyeron las psicólogas al ver a mi hombre con paraguas y la lluvia que caía oblicuamente, acompañado de un texto de cuatro oraciones que no podían ser otra cosa que una estupidez. En todo caso, al ver la tarea terminada, sentí que me ahogaba, que me faltaba el aire, que quería salir corriendo, que necesitaba urgente prender un cigarrillo y fumar y caminar y llorar y llorar mucho, hasta morir deshidratado de tanto llorar por la cosa horrible en que se había convertido mi vida.
Me levanté de la mesa y me acerqué a las psicólogas. Les di las dos hojas y les dije que había terminado. Una de ellas estudió los dibujos con detenimiento y los adjuntó al formulario con mis datos que había llenado un rato antes. Me sonrió y me dijo que podía irme, que me llamarían la semana que viene si todo estaba correcto.
Una vez en la vereda encendí un cigarrillo. Empecé a caminar buscando la boca del subte. Me sentía lo menos de lo menos. Quería volver a mi casa, encerrarme en mi pieza. Llorar. Y que fuera el 21 de diciembre del 2012 y que fuera verdad la predicción maya de que ese día se acabaría el mundo. Pero era marzo del 2008 y no diciembre del 2012. Faltaba un poco. Paciencia. Hay que aguantar. Ojalá los mayas no se hayan equivocado. Ya llegará el día en que estemos todos mirando crecer las flores desde abajo, la cagada es qué carajo hacemos mientras tanto.
Cuando estaba por bajar a la boca del subte pasé por la puerta de una de las Librerías Portnoy. En la vidriera había un cartelito escrito a mano que pedía empleados. Dudé. Faltaban tan solo cuatro años para el fin del mundo según los mayas. Estaba jugado. El pasado era un desierto sembrado de cadáveres y el futuro un Armagedón. No tenía nada que perder. Encendí otro cigarrillo para darme manija y al terminarlo entré a Librerías Portnoy a dejar mi currículum.
Abril de 2008.
Lunes. Medía mañana. Estoy viajando en el tren Mitre ramal Retiro-Suárez rumbo a Carranza. Ahí voy a tomar el subte e ir a una segunda entrevista para supuestamente empezar a trabajar en Librerías Portnoy. Estoy nervioso. Intento distraerme leyendo La autobiografía de Miles Davis, un libro fabuloso, probablemente uno de los mejores testamentos que ha dejado el siglo XX, pero no logro concentrarme.
A la semana de dejar el currículum en Librerías Portnoy, una mañana llama a mi casa una persona que se presenta como Marcelo y que me pregunta si puedo presentarme al otro día para una entrevista. Al otro día estoy en Librerías Portnoy a la hora señalada. Un vendedor se me acerca para preguntarme qué libro estoy buscando y le digo que vengo a una entrevista de trabajo. Me pide que espere un momento, le avisa a un hombre mayor que imagino debe ser el encargado y éste se dirige al  fondo de la librería y desaparece. Luego vuelve a aparecer y me dice que lo siga. Me hace pasar a una oficina chiquita de vidrios espejados y cierra la puerta tras de sí. El hombre que está sentado en el escritorio debe tener más de 70 años, tiene un parecido increíble a Lacan, me extiende la mano y me pide que me siente. Durante los próximos minutos no me dirá absolutamente nada. Simplemente se limitará a mirar mi curriculum que esta frente a él como si yo no estuviera ahí. Cuando por fin levanta la vista de mi currículum se presenta.
Soy Rodolfo Portnoy, el dueño de Librerías Portnoy. Así que vos querés trabajar acá.
Sí, le respondo, sin saber si debo o no agregar algo más.
El viejo Portnoy vuelve a mirar mi curriculum y a olvidarse de mí. Estoy a punto de levantarme y salir corriendo, cuando él empieza a hacerme preguntas. ¿Dónde trabajé antes? ¿Por qué me fui de esos lugares? ¿Seguía cursando en la facultad o había dejado? ¿Leía, qué estaba leyendo? ¿Villa Ballester no era muy lejos para venir todos los días a trabajar al centro? Le voy respondiendo a todas estas preguntas con un miedo visceral a responder lo que él no espera escuchar de mí. Y entonces vuelve a mirar el currículum y me mira, esta vez de lleno, a los ojos. ¿Tu apellido es alemán? Sí. ¿Y sos alemán? No, mi abuelo era alemán, le cuento, por eso pude hacerme la doble nacionalidad. Y me tiene un rato dando vueltas sobre este tema, hasta que finalmente me dice que va a ver a algunos postulantes más y si decide tomarme me llama en unos días.
Dos semanas después vuelve a sonar el teléfono en mi casa y es nuevamente el tal Marcelo que me pide que me presente el próximo lunes a las diez y media, porque el señor Rodolfo Portnoy quiere volver a entrevistarme. Perfecto, ahí estaré, le respondo sin poder ocultar mi alegría.
El lunes me levanto temprano, desayuno y salgo con tiempo para poder fumar un par de cigarrillos antes de entrar a la entrevista. Cuando el tren llega a Pueyrredón miro la hora en el reloj Citizen automático que heredé de mi abuelo. Voy a llegar con media hora de anticipación a la entrevista. Perfecto. Eso me tranquiliza. El tren arranca y a mitad de camino entre Pueyrredón y Urquiza el tren se detiene en medio de las vías. Levanto la cabeza y miro al vagón buscando una respuesta en la cara de los demás pasajeros.
Pasan dos minutos. Cinco. Diez. El tren no arranca.
¡La puta que los parió! Hoy no, por favor, tengo que llegar a horario. No me puede salir todo mal. Necesito ese puto trabajo.
Pasan cinco. Diez. Quince minutos más.
En el vagón nadie sabe qué pasa. Unos dicen que el tren se llevó puesto a un tipo, otros que se suicidó. También están los que afirman que descarriló un tren de carga que venía adelante.
Es bastante habitual que el tren se quede varado en medio de las vías con todo el pasaje arriba, por un accidente o porque el estado de las vías es tan desastroso que cuando uno saca un boleto para viajar en los trenes de los ramales que maneja la empresa TBA sabe que está comprando un ticket para jugar a la ruleta rusa.
¡Un saludo a los compañeros de TBA, la verdadera burguesía nacional! ¡Y otro abrazo al compañero Julio de Vido que subvenciona con plata de los laburantes a esta empresa que pone en peligro de muerte todos los días la vida de miles y miles de personas! ¡Es la sal de la vida, son esas pequeñas magias cotidianas que le dan un sentido a estar vivos! ¿Qué sería de la miserable existencia de los pasajeros que todos los días toman el tren si al tomarlo estuvieran 100% seguros de que llegarían vivos a destino?
Algo muy curioso que pasa siempre que el tren se detiene en medio de las vías y ya no arranca por media o una o dos horas es que los vagones se vuelven un lugar de sociabilidad. Todos empiezan a charlar con el que está al lado y se arman grupos de debate. Obviamente que la punta del diálogo se desata con alguien puteando a los forros de TBA y al gobierno sorete que los apaña. Y después de ahí las conversaciones se pueden ir para cualquier lado. Pero lo curiosos es que mientras el tren estaba en marcha todos éramos extraños y en cuanto se detiene la angustia de esa demora nos convierte en hermanos y confidentes.
Y los minutos siguen pasando. Otros cinco. Diez. Quince.
Ya no voy a poder llegar a horario. Puteo. Estoy loquísimo. No puedo creer lo que me está pasando. Encima no tengo celular para llamar a la librería y decir que el tren está demorado. Voy a llegar tarde.
Cagué. Perdí el laburo. La puta que los parió. TBA, el gobierno y que se vayan todos a la reputísima madre que los parió hijos de mil putas.
Cuando ya estoy llegando una hora tarde aparece un guarda informando que un tren de carga descarriló entre Drago y Belgrano R. y que el tren sólo va a prestar servicio hasta Urquiza.
Pasan otros diez minutos y el tren arranca. En Urquiza me debato entre llamar a la librería para informar lo que me acaba de pasar, mandarme directamente o volverme a mi casa, abrir la llave de gas del horno y poner la cabeza adentro. Al carajo, me mando de una y que sea lo que sea.
Paro un taxi y subo. Le explico al tachero mi situación. El tren se demoró y hace una hora y media que tendría que haber estado en el centro en una entrevista para empezar a trabajar. El tachero de unos 45 años capta al toque lo que le explico y dibuja rápidamente en su cabeza un mapa de por dónde agarrar para dejarme en la librería cuanto antes. Aprieta el acelerador. Estoy otra vez en camino. Corriendo contra el tiempo, sin tiempo.
Le pregunto al tachero si puedo fumar. Por supuesto, me dice. Saco los cigarrillos y le convido uno a él. Fumamos. El tipo pone a Pergolini en la radio. Pergolini es un forro pero por lo menos no me tocó uno de esos tacheros fachos que escuchan al puto del negro Oro y no te dejan fumar.
En el espejo retrovisor del taxi hay colgada una acreditación de personal de producción de un recital de Pappo en Bolivia. Le pregunto si lo conoció a Pappo. ¿Si lo conoció a Pappo? Pappo era como su hermano. Me cuenta de ese recital en Bolivia al que Pappo lo llevó como plomo y descuelga la acreditación del espejito retrovisor para que la pueda ver mejor. El tráfico está bastante pesado y el tacho en cualquier hueco que encuentra acelera y se manda a los tacos. Mientras avanzamos le comento una anécdota que le escuché contar al Ruso Verea en la radio sobre una vez que estuvieron los Riff en Córdoba. El manager los mandó a tocar a Córdoba con unos días de anticipación para hacer promoción para el recital que sería un par de días después y les pidió que por favor no hicieran bardo. Perfecto. Los Riff llegan a Córdoba y la primera noche salen y terminan todos borrachos rompiendo vidrieras y cagándose a piñas con la cana. Cuando el manager ve la noticia del desmán que armaron en los diarios lo llama a Pappo y lo putea. Y Pappo le dice, ¿pero vos no querías que hiciéramos publicidad? Salimos en todos los diarios. Nos reímos. El tachero, con la vista fija en el tránsito, mueve la cabeza y me dice, melancólico, Pappo era único, loco. Pappo era Pappo. Un salvaje total. Todavía no puedo creer que se haya muerto. Te voy a contar una. Era la época en que estaba buscando gente para volver a armar Pappo´s Blues. ¿Te ubicás? Claro, cómo no, le afirmo. Bueno, al loco le estaba faltando un bajista en la banda y yo tenía un amigo bajista muy bueno. Así que le cuento a Pappo y éste me dice que lo traiga un viernes a la noche a comer un asado en su casa y así se conocen. Bueno, vamos el viernes a la noche a la casa de Pappo a comer el asado. Pero el boludo de mi amigo se va con una mina. Un hembrón. Una de eses hembras que no se puede creer lo buenas que están, pero con un defecto, la mina no paraba de hablar cinco mil boludeces por minutos. ¿Viste que hay minas que no pueden para de hablar boludeces todo el tiempo? Bueno, esta era una. Y encima mi amigo la lleva a un asado de Pappo donde era la única mina. Y llegamos y la mina no para de taladrarles la cabeza a todos con sus boludeces. Y yo veía que Pappo la relojeaba, la relojeaba, la relojeaba y no decía nada. Se limitaba a cuidar el asado. La cosa que cuando los chorizos están, Pappo prepara en una bandeja choripanes para todos y empieza a servirlos en la mesa. Le sirve a todos menos a la mina que sigue hablando boludeces como si nada. Entonces la mina le recrimina a Pappo su falta de caballerosidad, que le sirvió chorizos a todos menos a ella. Y Pappo se le para al lado y pela la poronga. Pappo era una bestia. Tenía un termo. Era una cosa monstruosa lo que tenía entre las piernas. Y pela la pija y se la pone en la cara a la mina delante de todos y le dice, por qué no te metes ésta en la boca y te callás un rato, nena. ¿Y vos te crees que mi amigo que fue el que la trajo o alguien en la mesa dijo algo? Nada. Pappo en ese sentido era como El Padrino. Pero la mina después de eso no jodió más en toda la noche.
Cuando el tacho por fin me deja en la puerta de Librerías Portnoy ya llevo dos horas de retraso. Entro y encaro al que supuestamente es encargado y le digo que me cito el señor Rodolfo Portnoy para una entrevista de trabajo. Espero unos minutos y me vuelven a hacer pasar a la oficina de vidrios espejados. El señor Portnoy no me dice nada de mi retraso y yo tampoco. Me vuelve a preguntar todo lo mismo que la vez anterior y me pregunta cuándo quiero empezar. Ya, le digo. Bien, me dice, es para la sucursal que está acá a diez cuadras no para ésta, el trabajo. ¿Podés empezar ya o preferís mañana? No, empiezo ya. Entonces el viejo llama a Noelia, la encargada de la sucursal de dos cuatro y le informa que está yendo para allá un chico nuevo. Me da la mano y me desea suerte.
Mientras camino las diez cuadras que me separan de mi nuevo trabajo siento que la vida me está dando una revancha. Me juro a mi mismo que voy a esforzarme, que voy a trabajar, que esta vez voy a lograr salir del pozo de mierda en el que estoy hundido. Esta no me puede salir mal. Voy a trabajar en una librería y de lo único que yo sé verdaderamente algo en la vida es de libros, así que esta vez voy a empezar a levantar cabeza. Por mí. Por todos los hijos de puta que nunca creyeron en mi. A partir de ahora va a cambiar la mano, ahora las cartas las voy a dar yo.
Al llegar a la puerta de la sucursal de dos cuatro tiro el cigarrillo que estoy fumando al piso y lo aplasto. Antes de entrar a la librería a cumplir mi primer día de trabajo, respiro hondo y me doy cuenta de que hay sol, que es un lindo día. Un día peronista.
Maldición, va a ser un día hermoso.
Anuncios

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
Esta entrada fue publicada en Librería Santa Fe, zzz---Confesiones de un librero de mierda---zzz. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Un oscuro día de justicia – Librería Santa Fe

  1. Anónimo dijo:

    Genial. Ganaste al fin.

  2. enlontananza dijo:

    No te preocupes, ya habrá tiempo de joderlos aun mas. Buen trabajo.

  3. Anónimo dijo:

    Kama sutra mental

    Es jodida la vida del hombre consecuente

    Vas a ser pobre (económicamente) toda tu vida
    En Capital Federal

    Bienvenido al Club

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s