Karl kraus, satírico apocalíptico. Cultura y catástrofe en la Viena de los Habsburgo – Edward Timms

Estado: nuevo.

Editorial: Visor.

Precio: $600.

La vida y obra de Karl Kraus (1874-1936), del que en esta colección se ha publicado una amplia selección de Escritos, constituye una aventura apasionante y es el hilo conductor de un riguroso análisis de la época en que vivió.
El estudio de E. Timms diverge de la tradición al uso entre los críticos de Kraus, que siempre han insistido en la unidad entre el hombre y su obra. El presente libro ofrece una lectura alternativa que saca a la luz las discrepancias entre la postura personal de Kraus y su voz satírica. Así. se nos aparece como un escritor de lealtades divididas, conservador en cuanto a su mundo personal pero radical en su estrategia satírica.
Las paradojas de la carrera de Kraus, relacionadas con sus antecedentes judíos, llegaron a ser especialmente pronunciadas durante la Primera Guerra Mundial. Abandonando a regañadientes su lealtad conservadora, se convirtió en pacifista militante y en un demócrata radical. El desarrollo literario de Kraus constituye una historia compleja que culmina en una gran obra, Los últimos días de la humanidad, en la que el genio satírico de Kraus y su capacidad creadora se ponen de manifiesto.
La biografía de E. Timms recoge ese camino complejo, desentraña y analiza divergencias, y reconstruye la evolución histórica de un mundo y un escritor que son fundamentales para la historia de Europa.
Lo que falla en el mundo moderno
Jonathan Franzen
Traducción de Guadalupe Marando *
Karl Kraus fue un satírico austriaco y una figura central en la célebremente rica vida del pensamiento de la Viena finisecular. Desde 1899 hasta su muerte en 1936 editó y publicó la influyente revista Die Fackel(La antorcha); a partir de 1911 fue el autor único de la revista. Aunque Kraus probablemente habría odiado los blogs, Die Fackel era como un blog que todos los que importaban algo en el mundo germanoparlante, desde Freud a Kafka o Walter Benjamin, creían necesario leer, y sobre el que había que pronunciarse. Kraus era especialmente famoso por sus aforismos –por ejemplo, “el psicoanálisis es esa enfermedad del espíritu de la que él mismo cree ser la cura”– y en la cima de su popularidad incluyó miles de ellos en sus lecturas públicas.
El problema con Kraus es que es muy difícil de seguir en una primera lectura –deliberadamente difícil. Era el flagelo del periodismo descartable, y para sus seguidores de culto su estilo densa e intrincadamente codificado era una agradable barrera: mantenía a los no iniciados afuera. Kraus mismo dijo del dramaturgo Hermann Bahr, antes de atacarlo: “Si entiende una sola oración del ensayo, me retractaré de todo”. Si uno lee las afirmaciones de Kraus más de una vez, se da cuenta de que tienen mucho para decir sobre nuestra época mediáticamente saturada, tecnológicamente trastornada y apocalípticamente obsesionada. Este, por ejemplo, es el primer párrafo de su ensayo “Heine y sus consecuencias”.
“Dos vertientes de la vulgaridad intelectual: indefensión ante el contenido e indefensión ante la forma. Una experimenta en el arte solo lo material. Es de origen alemán. La otra experimenta artísticamente incluso la materia. Es de origen romance [romance en el sentido de lengua romance, francés o italiano, n. de J.F.].[1] Para una, el arte es un instrumento; para la otra, la vida es un ornamento. ¿En qué infierno preferiría freírse el artista? Seguramente viviría entre los alemanes. Pues aunque hayan atado al arte a la cama de Procusto plegable de su actividad comercial, también han hecho sobria la vida, y eso es una bendición: la fantasía prospera, y cada cual puede poner su luz en los desnudos marcos de las ventanas. ¡Pero nada de guirnaldas! Nada de ese buen gusto que aquí y allá deleita al ojo e irrita a la imaginación. Nada de esa melodía de la vida que destruye mi propia música, que solo alcanza su máxima expresión en el ruido del día de trabajo alemán. Nada de ese elevado nivel de refinamiento universal desde el que es tan sencillo observar que el vendedor de diarios en París tiene más encanto que el editor prusiano”.
Primera nota al pie: la desconfianza de Kraus de la “melodía de la vida” en Francia e Italia aún tiene su valor. Su opinión –que caminar por una calle de París o de Roma se vive como una experiencia estética en sí misma– se confirma por la popularidad creciente de Francia e Italia como destinos vacacionales, y por el tono “envídienme” de los americanos amigos de lo francés y lo italiano a la hora de anunciar sus planes de viaje. Si en cambio uno dice que va a viajar a Alemania, más vale que pueda explicar qué planea hacer allí exactamente; de lo contrario, la gente se preguntará por qué no ir a un lugar donde la vida sea bella. Todavía hoy Alemania insiste en la primacía del contenido por sobre la forma. Si el concepto de lo cool hubiera existido en su época, Kraus podría haber dicho que Alemania es poco cool.
Esto me sugiere una versión más contemporánea de la dicotomía de Kraus: Mac versus PC. ¿No es acaso la esencia del producto Apple que uno se vuelve cool simplemente poseyéndolo? Ni siquiera importa lo que estés creando en tu Mac Air. El solo hecho de usar una Mac Air, de experimentar el diseño elegante de su hardware y su software, es un placer en sí mismo, como caminar por una calle de París. Por el contrario, si trabajás con una PC tosca y funcional, lo único para disfrutar es la calidad del trabajo mismo. Como dice Kraus de la vida alemana, la PC “vuelve sobrio” el trabajo; permite verse despojado de adornos. Esto era especialmente cierto en la época de los sistemas operativos DOS y de los primeros Windows.
Uno de los desarrollos que Kraus condenará en este ensayo –el engalanamiento de la lengua y la cultura alemanas con elementos decorativos importados de las lenguas y la cultura romances– tiene un correlato en las ediciones más recientes de Windows, que toman prestados más elementos de Apple y sin embargo no pueden ocultar su “windowsidad” esencialmente no cool. Peor aún, al aspirar a la elegancia de Apple, traicionan la vieja y austera belleza de la funcionalidad de la PC. Todavía no funcionan tan bien como las Macs, y son feas tanto desde el punto de vista cool como del utilitario.
Y sin embargo, siguiendo a Kraus, prefiero vivir entre PCs. Toda chance de pasarme a Apple fue obturada por la famosa y extensa serie de avisos de Mac destinados a convencer a gente como yo de que se pasara. El argumento era eminentemente razonable, pero lo comunicaba una Mac personificada (interpretada por el actor Justin Long), de una pedantería tan insoportable, que las miserias de Windows parecían atractivas en comparación. No querrías leer una novela sobre la Mac: ¿qué podría decir excepto que todo es copado? Los personajes de las novelas deben tener deseos reales; y el personaje que tenía deseos en los avisos de Apple era la PC, interpretada por John Hodgman. Sus intentos por defenderse y pasar por cool eran divertidos, y sufría, como un ser humano. (Había versiones locales del aviso en otras partes del mundo, por ejemplo, en el Reino Unido, con los actores David Mitchell y Robert Webb como la PC y la Mac).
Sería negligente no agregar que el concepto de lo “cool” ha sido tan ampliamente cooptado por la industria tecnológica que se necesita una expresión adicional como “con onda” para describir esas voces online que a continuación odiaban a Long y juzgaban a Hodgman como el cool. La inquietud por quién o qué se considera con onda hoy puede considerarse un producto de la célebre “inquietud” de la naturaleza del capitalismo que identificara Marx. Uno de los peores efectos de Internet es que tienta a todos a volverse sofisticados –a tomar posición respecto de lo que tiene onda y a considerar, bajo pena de ser juzgado sin onda, las posiciones adoptadas por los demás. Probablemente a Kraus no le importaba la onda per se, pero ciertamente disfrutaba de tomar posición y estaba intensamente sintonizado con las posiciones de los otros. Era un sofisticado; de ahí que Die Fackel cause la impresión de un blog. Kraus pasaba mucho tiempo leyendo cosas que odiaba para poder odiarlas con autoridad.
“Créanme, gente alegre, en culturas donde cualquier imbécil posee individualidad, la individualidad se vuelve cosa de imbéciles.”
Segunda nota al pie: algo así no puede decirse hoy en Estados Unidos, sin importar cuánto el billón (¿o ahora son dos billones?) de páginas “individualizadas” de Facebook te pueda llevar a querer decirlas. Kraus era conocido, en su época, como el Gran Odiador. Según se sabe, era un hombre tierno y generoso en su vida privada, lleno de amigos leales. Pero una vez que empieza a darle cuerda al mecanismo de su retórica polémica, la lleva hasta registros extremadamente duros.
Los imbéciles “individualizados” que Kraus tiene en mente no son hoi polloi.[2] Aunque Kraus pudiera sonar como un elitista, no se ocupaba de denigrar a las masas o la cultura popular; la calculada dificultad de su escritura no era una barricada contra los bárbaros. Apuntaba, por el contrario, a autoridades brillantes y bien educadas que adoptaban una falsa clase de individualidad –gente que, según pensaba Kraus, no podía hacerse la distraída.
No es claro que las denuncias chillonas y ex cátedra de Kraus fueran el medio más efectivo para transformar mentes y corazones. Pero confieso experimentar cierta versión de su decepción cuando un novelista que creo que no puede hacerse el distraído, como Salman Rushdie, sucumbe a Twitter. O cuando una revista en papel políticamente comprometida que respeto, N+1, denigra a las revistas en papel como terminalmente “masculinas”, celebra Internet como “femenina”, y de algún modo se olvida de considerar la acelerada pauperización de los escritores freelance para Internet. O cuando buenos profesores progres que alguna vez resistieron la alienación –que criticaron al capitalismo por su permanente ataque contra cada tradición y cada comunidad que se interpuso en su camino– comienzan a llamar “revolucionaria” a la corporativizada Internet.
“¡Y nada de ese hormigueo pintoresco en la cáscara de un viejo gorgonzola en lugar de la confiable monotonía del queso crema! La vida es difícil de digerir tanto allí como aquí. Pero la dieta romance embellece lo echado a perder; uno le hinca el diente y queda patas para arriba. El régimen alemán echa a perder la belleza y nos pone a prueba: ¿cómo podríamos recrearla? La cultura romance hace de cualquiera un poeta. Allí el arte es una papa. Y el cielo, un infierno.” En lo hondo de este párrafo hallamos la sugerencia de que la Viena de Kraus era un caso intermedio –como el Windows Vista. Su lengua y su orientación eran alemanas, pero era la co-capital de un Imperio Romano Católico que se extendía hasta el sur de Europa, y estaba enamorada de la noción que tenía de su espíritu vienés y su estilo de vida especial y encantador. (“Las calles de Viena están pavimentadas de cultura”, reza uno de los aforismos de Kraus. “Las calles de otras ciudades, de asfalto”).
Para Kraus el supuesto encanto cultural de Viena consistía en un tejido de hipocresías extendido sobre contradicciones al borde de la catástrofe que él se sentía inclinado a desenmascarar con su sátira. El párrafo puede caer más duramente sobre la cultura latina que sobre la alemana, pero a Kraus en realidad le gustaba vacacionar en Italia y tuvo allí algunas de sus experiencias más románticas. Para él, el lugar de la desconexión realmente peligrosa entre contenido y forma era Austria, que se modernizaba rápidamente al mismo tiempo que mantenía modelos políticos y sociales de comienzos del siglo XIX. A Kraus lo obsesionaba el rol de los diarios modernos, consistente en ocultar las contradicciones. Como los periódicos de Hearst en Estados Unidos, la prensa burguesa vienesa tenía una enorme influencia política y financiera, y era probadamente corrupta. Se benefició inmensamente de la Primera Guerra Mundial y fue instrumental a la hora de sostener encantadores mitos vieneses como el de la “muerte del héroe” durante años de masacre mecanizada. La Gran Guerra fue precisamente el apocalipsis austriaco que Kraus había profetizado, y que contó con la complicidad de la prensa implacablemente satirizada por él.
La Viena de 1910 era, pues, un caso especial. Y sin embargo se podría afirmar que Estados Unidos en 2013 es un caso especial similar: otro imperio debilitado contándose historias sobre su carácter excepcional mientras se encamina hacia alguna clase de apocalipsis, fiscal o epidemiológico, climático-ambiental o termonuclear. Nuestra extrema izquierda puede odiar la religión y pensar que consentimos a Israel; nuestra extrema derecha puede odiar a los inmigrantes ilegales y pensar que consentimos a los negros; y todos pueden no saber cómo se supone que deba funcionar la economía ahora que los mercados se volvieron globales, pero la sustancia real de nuestras vidas cotidianas es la distracción total. No podemos enfrentar los problemas reales; gastamos un trillón de dólares en no resolver realmente un problema en Irak que no era realmente un problema; ni siquiera nos ponemos de acuerdo en cómo evitar que los gastos en salud se devoren el PBI. En lo que sí estamos todos de acuerdo es en entregarnos a los nuevos medios y tecnologías cool, a Steve Jobs y Mark Zuckerberg y Jeff Bezos, y en dejar que se beneficien a costa nuestra. Nuestra situación se parece bastante a la de Viena en 1910, solo que la tecnología del periódico fue reemplazada por la tecnología digital, y el encanto Vienés por lo cool de los Estados Unidos.
Consideremos el primer párrafo de un segundo ensayo de Kraus, “Nestroy y la posteridad”. El ensayo es una celebración ostensible de Johann Nestroy, una figura central de la Edad de Oro del teatro vienés durante la primera mitad del siglo XIX. En la época en que Kraus lo publicó, Nestroy era infravalorado, mal leído y fundamentalmente olvidado, y Kraus ve en esto un síntoma de lo que falla en la modernidad. En su anterior ensayo “Apocalipsis” había escrito: “La cultura no puede recuperar el aliento y, en el final, una humanidad muerta yace junto a sus obras, cuya invención nos costó tanto intelecto que no nos quedó nada para hacerlas funcionar. Fuimos lo suficientemente evolucionados como para construir máquinas y demasiado primitivos para ponerlas a nuestro servicio.” Para mí, lo más sorprendente de Kraus como pensador probablemente sea cuán temprana y claramente reconoció la diferencia entre el progreso tecnológico y el progreso moral y espiritual. Un siglo exitoso del primero, incluyendo avances científicos que habrían parecido milagrosos hasta no hace mucho, resultó en videos de smartphones de alta resolución de tipos tirando pastillas Mentos adentro de botellas de litro de Pepsi light y gritando “¡Waaa!” Los tecnovisionarios de los noventas prometieron que Internet iba a dar lugar a un nuevo mundo de paz, amor y comprensión, y los ejecutivos de Twitter aún golpean el tambor utópico, reclamando el crédito principal por la primavera árabe. Al escucharlos uno pensaría que es inconcebible que Europa del Este haya podido librarse de los Soviets sin ayuda de los celulares, o que un puñado de estadounidenses se levantaran contra los británicos y redactaran la constitución de los Estados Unidos sin capacidad 4G.
“Nestroy y la posteridad” comienza:
“No podemos celebrar su memoria del modo en que una posteridad debería hacerlo, reconociendo una deuda que tenemos que pagar. Entonces queremos celebrar su memoria confesando una culpa con la que cargamos, nosotros, habitantes de una época que ha perdido la capacidad de ser una posteridad… ¿Cómo pudo el constructor eterno no aprender de las experiencias de este siglo? Pues, desde que hay genios, fueron instalados en la época como ocupantes temporarios mientras se secaba el revoque; luego se mudaron, y la humanidad pudo habitar un ambiente más cálido. Desde que hay ingenieros, sin embargo, el edificio se volvió menos habitable. ¡Que Dios se apiade del emprendimiento! Que no permita que nazcan artistas, si no es con el consuelo de que cuando los recuerde la posteridad, lo haga mejor. ¡Este mundo! Intentemos tan solo que se sienta como una posteridad, y ante la insinuación de que debe su progreso a un rodeo del Espíritu, soltará una risa que parecerá decir: Los dentistas prefieren Kalodont. Una risa basada en una idea de Roosevelt y orquestada por Bernard Shaw. Es la risa que acaba con todo y todo lo puede. Pues los técnicos han derribado los puentes, y el futuro es todo lo que sigue automáticamente.”
Hoy el lema es “no hay quien detenga nuestras poderosas nuevas tecnologías”. La resistencia espontánea a estas tecnologías está casi completamente confinada a asuntos de salud y seguridad, y mientras tanto, varias otras lógicas –de la teoría de la guerra, de la tecnología, del mercado– continúan desplegándose automáticamente. Vivimos en un mundo con bombas de hidrógeno porque las bombas de uranio no alcanzaban para hacer el trabajo; pasamos la mayor parte de nuestras horas de vigilia mensajeando, enviando emails, twitteando y posteando en aparatos con pantalla a color porque la ley de Moore determinó que podíamos hacerlo. Nos dicen que, para ser económicamente competitivos, debemos olvidarnos de las humanidades y enseñarles a nuestros hijos la “pasión” por la tecnología digital, y prepararlos para que pasen toda su vida reeducándose para estar al día. La lógica indica que si queremos cosas como Zappos.com o capacidad DVR doméstica –¿y quién no los querría?– debemos decirle adiós a la estabilidad laboral y hola a toda una vida de angustias. Debemos volvernos tan inquietos como el propio capitalismo.
No solo no soy ludita, sino que ni siquiera estoy seguro de si los luditas originales lo eran. (Simplemente les resultaba práctico destruir las máquinas textiles a vapor que los estaban dejando sin trabajo). Paso todo el día, todos los días, usando software y silicona, y estoy encantado con todo lo relativo a mi nueva ultrabook Lenovo, excepto con su nombre. (Trabajar con algo que se llama IdeaPad me tienta a negarme a tener ideas). Pero no hace mucho tiempo, cuando era lo bastante desmedido como para decir que Twitter era una “estupidez” en público, la respuesta de los adictos a Twitter fue llamarme ludita. ¡Lero, lero! Fue como decir que fumar es una “estupidez”, solo que en este caso no contaba con evidencia médica que me respaldase. A la gente sí le preocupó, por un tiempo, que los celulares pudieran causar cáncer de cerebro, pero se demostró que la relación era entre débil y no existente, y ahora ya nadie tiene de qué preocuparse.
“Esta velocidad no sabe que su mérito solo es importante en la medida en que escapa de sí misma. Carnalmente presente, espiritualmente repugnante, acabada como es, esta época, así lo espera, será absorbida por la siguiente, y los niños, que fueron testigos de la unión del deporte y la máquina y se nutrieron de periódicos, podrán reírse mejor entonces… Asustarlos no sirve; si un espíritu se anuncia, se dice: estamos completos. La ciencia está determinada a garantizar su aislamiento hermético de todo lo que esté más allá de ella. Lo que entonces se llama mundo porque puede recorrerse en cincuenta días está terminado tan pronto como puede hacer el cálculo. Para mirar a la pregunta ‘¿Y entonces qué?’ directamente a los ojos: todavía confía en dar cuenta de lo incalculable. Y el cerebro difícilmente piensa alguna vez que el día de la gran sequía ha despuntado. Entonces calla el último órgano, pero la última máquina continúa zumbando, hasta que incluso ella hace silencio porque su operador olvidó la palabra. Porque el entendimiento no entendió que, alejándose del espíritu, podía no obstante crecer dentro de su generación, pero perdería habilidad para reproducirse. Si dos por dos es cuatro, como sostienen, esto se debe al hecho de que Goethe escribió el poema “El mar en calma”. Pero ahora se sabe con tanta exactitud cuánto es dos por dos que en cien años no podrá ser calculado. Algo que nunca antes existió tuvo que haber venido al mundo. Una infernal máquina de humanidad”.
De todas las líneas de Kraus esta es probablemente la que más ha significado para mí. En este pasaje Kraus está evocando al Aprendiz de Brujo –el desencadenamiento involuntario de consecuencias sobrenaturalmente destructivas. Aunque está hablando del periódico moderno, su crítica se aplica, si cabe, todavía mejor al tecnoconsumismo contemporáneo. Para Kraus, lo infernal de los periódicos era el acoplamiento fraudulento de ideales ilustrados con una implacable búsqueda de ganancias y poder. Con el tecnoconsumismo, la retórica humanista del “empoderamiento” y la “creatividad” y la “libertad” y la “conexión” y la “democracia” se vuelve cómplice del franco monopolio de los tecno-titanes; la nueva máquina infernal parece cada vez más obedecer exclusivamente a su propia lógica de desarrollo, y es mucho más esclavizante y adictiva, y mucho más indulgente con los peores impulsos humanos de lo que los periódicos lo fueron alguna vez. De hecho, lo que Kraus dirá más tarde de Nestroy podría decirse hoy del propio Kraus: “ataca su pequeño entorno con una aspereza digna de una causa posterior”. Las ganancias y el alcance de la prensa vienesa eran lastimosamente pequeños de acuerdo con los parámetros de la tecnología y los gigantes mediáticos de hoy. El océano de datos triviales o falsos o vacíos es millones de veces más vasto ahora. Kraus simplemente pronosticaba cuando vislumbraba el día en el que la gente olvidaría cómo sumar y restar; hoy es difícil que transcurra una comida con amigos sin que alguien recurra a su Iphone para obtener la clase de información que su cerebro solía tener la responsabilidad de recordar. Los tecnoadeptos, por supuesto, no ven nada malo aquí. Apuntan que los seres humanos siempre han tercerizado la memoria –en poetas, historiadores, parejas y libros. Pero soy a tal punto un hijo de los sesentas que puedo ver la diferencia entre dejar que tu esposa recuerde los cumpleaños de tus sobrinas y ceder funciones memorísticas básicas a un sistema corporativo global de control.
“Un invento para destrozar el Koh-i-nor [en esa época, el diamante más grande, (n. de J. F.)] y hacer accesible su luz a todos los que no lo poseen. Por cincuenta años ha estado funcionando la máquina en la que el espíritu se coloca por la parte delantera para salir por la trasera como impreso; diluyendo, divulgando, destruyendo. El que da, pierde, los que reciben, se empobrecen, y los intermediarios se ganan la vida…”
Ahí tienen una muestra de la prosa krausiana. La pregunta que ahora me gustaría considerar es: ¿Por qué Kraus estaba tan enojado? Fue un hijo tardío en una familia judía próspera y bien asimilada cuyo negocio generaba un ingreso lo suficientemente alto como para asegurarle independencia financiera de por vida. Esto, a su vez, le permitió publicar Die Fackel exactamente como quería, sin hacer concesiones a anunciantes ni suscriptores. Tenía un estrecho círculo de buenos amigos y un círculo mucho más amplio de admiradores, muchos de ellos fanáticos, algunos de ellos famosos. Aunque nunca se casó, tuvo algunos affairs rutilantes y una relación extensa. Su único problema de salud significativo era una curvatura de columna, e incluso esto tuvo la ventaja de dejarlo afuera del servicio militar. ¿Cómo pudo una persona tan afortunada convertirse en el Gran Odiador?
Me pregunto si no estaría tan enojado precisamente porque era tan privilegiado. Más adelante en el ensayo sobre Nestroy, el Gran Odiador defiende su odio de este modo: “El ácido quiere el brillo, y el óxido dice de él que solo está siendo corrosivo”. Kraus odiaba el lenguaje malo porque amaba el buen lenguaje –porque tenía dones, intelectuales y financieros, para cultivar ese amor. Y la persona que tuvo suerte en la vida no puede evitar esperar que el mundo siga marchando en la misma dirección; cuando el mundo insiste en tomar la dirección equivocada, la dirección de la corrupción y el mal gusto, se siente traicionado por él. Y entonces se enoja, y el enojo lo aísla más e intensifica su sentimiento de singularidad.
Como cualquier artista, Kraus quería ser un individuo. Durante buena parte de su vida fue desafiantemente antipolítico; parecía formar alianzas profesionales casi con la intención de torpedearlas espectacularmente después. Dado que la obra de teatro favorita de Kraus era El rey Lear, me pregunto si habrá visto su propio destino en el de Cordelia, la hija menor mimada que ama al rey y que, precisamente porque ha sido la hija privilegiada, segura del amor del rey, tiene la integridad personal de negarse a degradar su lenguaje y mentirle en su vejez. El privilegio colocó a Kraus, también, en la senda de la individualidad independiente, pero el mundo parecía dispuesto a frustrarlo. Lo decepcionó del mismo modo en que Lear decepciona a Cordelia, y en Kraus esto se convirtió en una receta para el enojo. En su anhelo de un mundo mejor en el que la verdadera individualidad fuera posible, continuó aplicando el ácido de su enojo a todo lo que fuera falso.
Permítanme pasar a mi propio ejemplo, ya que de todos modos he intentado encontrarlo en la historia de Kraus.
Fui un hijo tardío en una familia amorosa que, aunque ni siquiera era lo bastante próspera como para hacer de mí un rentista, sí tenía suficiente dinero como para ubicarme en un buen colegio público y enviarme a una buena universidad, donde aprendí a amar la literatura y el lenguaje. Era un estadounidense blanco, macho y heterosexual con buenos amigos y perfecta salud. Me convertí en una persona extremadamente enojada. El enojo cayó sobre mí tan cerca del momento en el que me enamoré de la escritura de Kraus que los dos hechos me resultan prácticamente indistinguibles.
No nací enojado. En todo caso, fue todo lo contrario. Puede sonar exagerado, pero creo ser exacto al decir que no conocí el enojo hasta los veintidós. En la adolescencia tuve mis momentos de malhumor y rebelión contra la autoridad, como Kraus, pero el conflicto con mi padre había sido mínimo, y lo peor que podría decirse de la relación con mi madre era que discutíamos como una pareja de viejos. El enojo real, el enojo como una forma de vida me fue ajeno hasta una tarde en particular de abril de 1982. Estaba en una estación de tren desierta en Hanover. Había venido de Múnich y esperaba el tren a Berlín; era un oscuro día gris alemán, y tomé un puñado de monedas alemanas de mi bolsillo y comencé a arrojarlas sobre la plataforma. Había cierta hostilidad anti-alemana en esto; hacía poco había tenido una experiencia horrible con una vieja alemana tacaña, y me hacía bien imaginarme a otras viejas alemanas tacañas agachándose para recoger las monedas como sabía que lo harían, agravando así sus dolores de rodilla y de cadera. El modo en que soltaba las monedas, sin embargo, revelaba un enojo más general. Estaba enojado con el mundo de una forma en que no lo había estado nunca. La causa próxima de mi enojo era mi intento fallido de tener sexo con una chica increíblemente linda en Múnich, solo que no había sido exactamente un intento fallido, sino una decisión de mi parte. Pocas horas más tarde, en la plataforma de Hanover, marqué mi entrada en la vida que siguió a esa decisión arrojando mis monedas. Luego tomé el tren y regresé a Berlín, donde vivía de una beca Fulbright, y me inscribí en un curso sobre Karl Kraus.
Como regalo de boda, tres meses después del regreso de Berlín, mi colega profesor de alemán, George Avery, me dio una edición de tapas duras de la formidable crítica del nazismo de Kraus, La tercera noche de Walpurgis. George, que me había abierto los ojos a la conexión entre leer literatura y vivir la vida, se estaba convirtiendo en una especie de segundo padre para mí, un padre que leía novelas y abrazaba todo los placeres. Había sido un buen estudiante suyo, y debe haber sido el deseo de mostrarme valioso, de demostrarle mi amor, el que me llevó, durante los dos meses siguientes a mi boda, a intentar traducir los dos difíciles ensayos de Kraus que había traído de Berlín.
Hacía el trabajo avanzada la tarde, luego de seis o siete horas de escribir relatos breves, en el dormitorio del pequeño departamento de Somerville que mi esposa y yo alquilábamos por 300 dólares al mes. Cuando terminé los borradores de las dos traducciones se las envié a George. Me las devolvió unas pocas semanas más tarde, con anotaciones marginales manuscritas en letra microscópica, y con una carta en la que aplaudía mi esfuerzo pero decía que también podía ver lo “endemoniadamente difícil” que era traducir a Kraus. Teniendo en cuenta su insinuación, volví a los borradores con una mirada renovada y me desanimé al descubrir que eran poco naturales y casi ilegibles. Tenía que retrabajar casi todas las oraciones, y estaba tan agotado por el trabajo que ya había hecho que enterré las páginas en una carpeta.
Pero Kraus me había cambiado. Cuando abandoné los cuentos y volví a mi novela, era consciente de su fervor moral, su rabia satírica, su odio por los medios, sus preocupaciones apocalípticas y su audacia como escritor de sentencias. Quería exponer las contradicciones estadounidenses del modo en que él había expuesto las austriacas, y quería hacerlo a través de la novela, el género popular que él había desdeñado, pero yo no. Todavía deseaba terminar mi proyecto Kraus también, luego de que mi novela me hubiera hecho famoso y millonario. Para hacer honor a estos deseos, coleccionaba recortes delSunday Times y el Boston Globe a los que nos habíamos suscripto mi esposa y yo. Por alguna razón –tal vez para asegurarme de que otras personas también se casaban– leía religiosamente las páginas nupciales, y recortaba títulos como “Cynthia Pigott se casa con Louis Bacon”, y mi favorito: “La señorita LeBourgeois contraerá matrimonio con el señor Writer”.[3]
Leía el Globe con un ojo krausiano especialmente frío, y me enfurecía amablemente con su trivialidad, y el trabajo lamentable de sus correctores, y sus mortalmente aburridos juegos de palabras en los títulos de la sección del clima. Me molestaba tanto el “ingenio” sin fundamento y sin sentido de Head-on Splash[4] –que imagino que no le causaría gracia a la familia de alguien muerto en un accidente automovilístico– y de Autumnic Balm[5] –que ofendía mi sentido de la seriedad del peligro nuclear–, que terminé enviándole una carta fulminantemente krausiana al editor. El Globe por cierto publicó mi carta, pero, con su negligencia característica, se las arregló para deformar mi remate como Automatic Balm,[6] volviendo mi argumento incomprensible. Estaba tan furioso que más tarde dediqué muchas páginas de mi segunda novela a burlarme del diario de mierda que era el Globe. Mi furia de entonces –dirigida no solo contra los medios sino también contra Boston, los automovilistas de Boston, la gente del laboratorio donde trabajaba, la computadora del laboratorio, mi familia, la familia de mi mujer, Ronald Reagan, George H. W. Bush, los teóricos literarios, los escritores de ficciones minimalistas por entonces en boga y los hombres que se divorciaban de sus esposas– me es ajena ahora. Debe haber tenido que ver con el profundo aislamiento de mi vida de casado y con la crueldad con la que, en mi ambición y mi pobreza, me negaba todo placer.
Como ya argumenté, probablemente también habría algo del enojo del hombre privilegiado con el mundo que lo decepciona. Si resultó que no tenía suficiente enojo como para convertirme en un Kraus junior, fue debido al género que había elegido. Cuando un satírico hardcore logra alcanzar cierta popularidad, solo puede significar que su público no lo entiende. La falta de un público al que Kraus pudiera respetar era una conclusión inevitable, de manera que nunca tuvo que dejar de estar enojado: podía ser el Gran Odiador en su escritorio, y luego dejar su lapicera y tener una cálida vida personal con sus amigos. Pero cuando un novelista encuentra su público, incluso uno pequeño, se relaciona de una manera diferente con él, porque la relación está basada en el reconocimiento, y no en el malentendido. Con una relación así, con un público como ese, se vuelve simplemente deshonesto permanecer tan enojado. Y el trabajo mental que la ficción fundamentalmente requiere, que consiste en imaginar cómo es ser alguien que no sos, debilita todavía más el enojo. Cuantas más novelas escribía, menos confiaba en mi propia virtud y más inclinado me sentía a compadecer a gente como los cajistas del Globe. Es más: cuando Internet ascendió al poder, diseminando información en la que se podía confiar tan poco como costaba leerla, agradecí que el Times y el Globe todavía existieran y continuaran pagándoles a cronistas a medias responsables para que informaran, y perdí todo interés en destrozarlos.
Y así, en algún momento de los 90s, saqué mis malas traducciones de Kraus de mi gabinete de carpetas activas y las archivé en un depósito. Las sentencias de Kraus nunca dejaron de dar vueltas en mi cabeza, pero sentía que había dejado atrás a Kraus, que era un escritor del tipo chico enojado, y básicamente no del tipo novelista. Lo que ahora me ha llevado a él nuevamente es, en parte, mi irritante sensación de que el apocalipsis, que por un momento pareció retroceder, todavía está en el horizonte.
En mi pequeño rincón del mundo, lo que equivale a decir “la ficción estadounidense”, Jeff Bezos de Amazon puede no ser el Anticristo, pero seguramente se parece a uno de los cuatro jinetes. Amazon quiere un mundo donde los libros sean o bien autopublicados o bien publicados por Amazon, con lectores dependientes de las reseñas de Amazon para elegir sus libros, y con autores responsables de su propia promoción. El trabajo de charlatanes, twitteros y fanfarrones, y de la gente con dinero para pagarle a alguien que escriba para ellos cientos de reseñas de cinco estrellas florecerá en ese mundo. ¿Pero qué pasa con los que se convirtieron en escritores porque la charlatanería, el twitteo y la fanfarronería les parecían formas superficiales de compromiso social?¿Qué pasa con los que quieren comunicarse en profundidad, de individuo a individuo, en la tranquila permanencia de la letra impresa, y que fueron delineados por su amor a escritores que escribían cuando la publicación todavía aseguraba alguna clase de control de calidad, y las reputaciones literarias eran más que un asunto de cantidad de decibeles de autopromoción? En la medida en que cada vez menos lectores pueden encontrar su camino, en medio del ruido, los libros decepcionantes y las reseñas falsas, hacia el trabajo producido por esta nueva generación de escritores, Amazon va camino a convertir a los escritores en trabajadores sin perspectivas a quienes sus contratantes dan empleo en sus almacenes, donde trabajan cada vez más duro por cada vez menos, y sin seguridad laboral, porque los almacenes están ubicados en lugares donde ellos son la única empresa contratante. Y cuanto mayor es la población que vive como esos trabajadores, mayor es la presión descendente sobre los precios de los libros y mayor es el apriete a los vendedores de libros convencionales, porque cuando uno no gana mucho dinero, quiere entretenimiento gratis, y cuando la vida es dura, quiere gratificación inmediata (“¡Envío inmediato gratuito!”)
Pero así el libro físico pasa a formar parte de la lista de especies amenazadas, así los reseñadores responsables se extinguen, así las librerías independientes desaparecen, así los novelistas son reclutados para la autopromoción al estilo Jennifer Weiner, así los Seis Grandes editores son asesinados y devorados por Amazon: esto parece un apocalipsis solo si la mayoría de tus amigos son escritores, editores o libreros. Pero es posible que la historia no se haya terminado. Tal vez el experimento de internet de las reseñas de consumidores resulte en una corrupción tan flagrante (ya se sospecha que un tercio de las reseñas de todos los productos online son falsas) que la gente clamará por el regreso de los reseñadores profesionales. Tal vez un número económicamente significativo de lectores llegue a reconocer los costos humanos y culturales de la hegemonía de Amazon y vuelva a las librerías locales o al menos a barnesandnoble.com, que ofrece los mismos libros y un e-reader superior, y cuyos dueños tienen una política progresista. Tal vez la gente llegue a asquearse tanto de Twitter como alguna vez se asqueó de los cigarrillos. Todavía me parece que los últimos modelos de Twitter y Facebook para hacer dinero pueden describirse como una tercera parte fraude piramidal, una tercera parte ilusión y una tercera parte repugnante vigilancia panóptica.
Podría, es cierto, desarrollar un argumento apocalíptico más amplio sobre la lógica de la máquina, que ahora se ha vuelto global y está acelerando la desnaturalización del planeta y la esterilización de sus océanos. Podría mencionar la transformación del bosque boreal canadiense en un lago tóxico de arenas bituminosas, la destrucción de los últimos bosques asiáticos para la fabricación de muebles de garaje chinos ultralivianos en Home Depot, los diques en el Amazonas y la tala terminal de sus bosques para la producción de carne y la explotación minera, y toda la mentalidad “me cago en las consecuencias, queremos comprar un montón de mierda y la queremos barata, con envío inmediato gratuito”. Y mientras tanto el calentamiento de la atmósfera, mientras tanto el abuso de antibióticos en los agronegocios, mientras tanto el jugueteo generalizado con núcleos celulares, que podría resultar tan desastroso como el jugueteo con núcleos atómicos. Y sí: los misiles termonucleares todavía están en sus silos y submarinos.
Pero el apocalipsis no es necesariamente el final físico del mundo. Por cierto, la palabra sugiere más directamente la idea de juicio cósmico final. En su crónica de los crímenes contra la verdad y el lenguaje en Los últimos días de la humanidad (mankind) Kraus no se refiere únicamente a la destrucción física. De hecho, el título de su obra debería traducirse como Los últimos días de la condición humana (humanity): “deshumanizado” no significa “despoblado”, y si la primera guerra mundial significó el fin de la humanidad no fue porque allí no hubiera más gente. Kraus se sintió consternado ante la matanza, pero vio en ella el resultado, y no la causa, de una pérdida de humanidad por parte de personas que todavía estaban vivas. Vivas pero condenadas, cósmicamente condenadas.
Pero un juicio como ese obviamente depende de lo que se entienda por “humanidad”. Me guste o no, el mundo que está siendo creado por la máquina infernal del tecnoconsumismo es todavía un mundo hecho por seres humanos. Mientras escribo esto, parece que la mitad de las publicidades televisivas muestran a personas inclinándose sobre sus smartphones; hay una particularmente nociva/genial donde todos los veinteañeros en una recepción de boda no hacen otra cosa que sacarse fotos y mensajearse unos a otros. Describir este espectáculo deprimente en términos apocalípticos, como la “deshumanización” de una boda, es sostener una particular concepción moral de humanidad; y si uno sigue a Nietzsche y rechaza el juicio moral en favor del estético, es inmediatamente confrontado por la persuasiva conexión de Bourdieu entre estética y privilegio de clase; y al momento siguiente uno se encuentra traduciendo Los últimos días de la humanidad como Los últimos días del privilegio de aquello que personalmente encuentro hermoso.
Y tal vez no sea algo tan malo. Tal vez el apocalipsis sea, paradójicamente, siempre individual, siempre personal. Mi actividad sobre la tierra es breve y aparece encorchetada por una nada infinita, y durante la primera parte de esta actividad estoy anexado a un conjunto de valores humanos inevitablemente delineados por mis circunstancias sociales. Si hubiera nacido en 1159, cuando el mundo era más estable, a los cincuenta y tres podría haber sentido que la siguiente generación compartiría mis valores y apreciaría lo mismo que yo había apreciado; ningún apocalipsis en el horizonte. Pero nací en 1959, cuando la TV era algo que solo se miraba en el horario central, y la gente escribía cartas y las colocaba en el buzón, y todas las revistas y periódicos tenían una sólida sección de libros, y editores respetados hacían inversiones a largo plazo en jóvenes escritores, y la Nueva Crítica reinaba en los departamentos de literatura, y la cuenca del Amazonas estaba intacta, y los antibióticos solo se empleaban para tratar infecciones graves y no eran inyectados en vacas sanas. No era necesariamente un mundo mejor (teníamos refugios antiaéreos y piletas solo para blancos), pero era el único mundo que conocía para intentar encontrar mi lugar como escritor. Y entonces hoy, cincuenta y tres años más tarde, no puedo evitar que la sintomática protesta de Kraus –respecto de que el nexo entre tecnología y medios hizo que las personas se enfocaran inexorablemente en el presente y se olvidaran del pasado– me parezca verdadera. Kraus fue el primer gran ejemplo de un escritor experimentando plenamente cómo la modernidad, cuya esencia es la aceleración de la tasa de cambio, crea dentro de sí las condiciones para el apocalipsis personal. Naturalmente, como fue el primero, los cambios le parecían particulares y únicos, pero de hecho estaba registrando algo que se volvió el esquema de la modernidad. La experiencia de cada generación siguiente es tan distinta de la de la anterior que siempre habrá quienes sientan que toda conexión con los valores claves del pasado se perdió. Mientras dure la modernidad,todos los días le parecerán a alguien los últimos días de la humanidad.
Notas
* Guadalupe Marando es profesora de Letras de la UBA, traductora, profesa una herudicion promiscua en el Templo de las Virgenes Vestales de Georg Lukács y es mi amiga.
A traducido entre otras obras libros de Copi, Marguerite Duras, Siegfried Kracauer y tiene una traducción inédita de El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald.
Junto a Margarita Martínez forman un equipo de traducción que está a la altura de los mejores traductores de la historia de la traducción.
Jonathan Franzen es novelista, cultivador de la poética del siglo XIX donde el cuentito busca el relato total de una época, elegante ensayista, amante de los pajaritos y contrincante raqueta en mano de David Foster Wallace en una cancha de tenis hasta que este se ahorco.
Pero es fundamentalmente el autor de Las correcciones. Un cuentito chiquito donde la familia Lambert en poco más de 600 páginas logra desplegar la locura de una familia normal y el pulso de una época. Suerte de Los Simpsons remixado por León Tolstói, de Esperando la carroza con pulso de dickensiano.
Karl Kraus fue un punky epiléptico como Iggy Pop y de palabras afiladas como escupitajos de Ricky Espinosa. Su revista La Antorcha fue – cosa que Jonathan Franzen no puede saber ni su biógrafo Edward Timms – una trinchera contracultural arrinconada entre la ya clásica película de súper acción insuperable hasta hoy de La Primera Guerra Mundial con su manejo de efectos especiales que siguen maravillando y los pasos de comedia desopilantes de Adolf Hitler, diseño la maqueta sobre la cual años después en un sitio inmundo Enrique Symns – suerte de alter ego de Kraus – zarparía con su nave pirata de tripulación extraterrestre, de cerdos y peces extraviados, rumbo al doloroso abismo de los días ni fáciles o difíciles sino imposibles a recuperar el brillo misterioso de la aventura.
[1] Nos mantenemos, como en el resto de la traducción, más cerca de la versión inglesa, que traduce el término alemán romanisch como Romance, “romance”; también traducible como “latino”. (N. de t.)
[2] En griego, “los muchos”, “la mayoría”. En inglés se usa para referirse a la plebe, la masa. (N. de t.)
[3] Pig: cerdo; bacon: panceta; le bourgeois (fr.): el burgués; writer: escritor. (N. de la t.)
[4] ¿Lluvia de frente?; juego con head-on crash: choque frontal. (N. de la t.)
[5] Bálsamo otoñal; la pronunciación es parecida a atomic bomb: bomba atómica. (N. de la t.)
[6] Bálsamo automático. (N. de la t.)
“No hay muerte más bella en el mundo”.
Karl Kraus y la guerra estetizada
Marcelo G. Burello
La guerra es primero tener la esperanza de que a uno le irá mejor; de ahí, tener la
expectativa de que al otro le irá peor; entonces conformarse con que al otro tampoco le vaya
mejor; y luego sorprenderse de que a los dos les haya ido peor.
                                                                                                            Karl Kraus1
En 1919, mientras el centro de Europa rezumaba aún los hedores de la Primera Guerra Mundial, el ex combatiente Ernst Jünger se apuró a publicar –costeándolo de su propio bolsillo– una esmerada “evocación” de sus recientes experiencias en el frente bajo el sugestivo título de In Stahlgewittern (en castellano, Tempestades de acero).2 Al comienzo del libro, que empezaría siendo todo un succès de scandale y que a la postre, como a veces sucede, acabaría siendo un succès d’estime, el autor rememora la euforia de la movilización inicial –recordemos que cuando los respectivos gobiernos convocaron a sus tropas, en muchos países se presentaron más voluntarios de lo previsto– y cita una vieja canción popular, cuya primera estrofa reza: “No hay muerte más bella en el mundo / que la del que, derribado por el enemigo, / en un verde prado, a la intemperie, / ya no debe oír más grandes lamentos”.3 Que el polémico autor se transformaría en el paradigma de estetizador literario de la guerra ya se preanunciaba aquí, en esta non-fiction probélica, con cierta cándida elocuencia.4 ¿Pero hasta qué punto podía hablarse de un “proceso de estetización”5 consciente en un alegato en pos de lo primitivo y lo anti-intelectual? La obra terminaba invocando al “guerrero” primordial como ser elemental y anónimo, en nítido contraste con las fuerzas degenerativas y reblandecedoras promovidas por la civilización burguesa, que en el mejor de los casos engendra meros soldados y obreros. ¿Habría que pensar, acaso, que en el origen de la humanidad se esconden elevados parámetros éticos y estéticos, por así decirlo, o acaso se trata –como sospecho que la mayoría piensa– de una vulgar idealización, de un típico exabrupto pseudo-romántico a favor de un improbable (e indeseable) “buen salvaje”, con el que ni el buen Juan Jacobo Rousseau soñó?6
        Comentando la posterior compilación Krieg und Krieger (1929), del propio Jünger, Walter Benjamin diría a comienzos de los años treinta que las propuestas de éste no consistían sino en una “irrestricta transposición de las tesis de l’art pour l’art”,7 idea que, como es fama, reverbera aún en el clásico La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936) y su consecuente visión de la nueva guerra imperialista –que por entonces apenas se dejaba avizorar– como un epifenómeno esteticista. En el análisis benjaminiano, los pregoneros de la guerra reducían el ser humano a mero objeto de contemplación, llevando al paroxismo el pensamiento autonomista con relación a la esfera estética, al punto de aplicarlo a mansalva y por doquier.8 En 1927, por su parte, el ya oficialmente escritor en ascenso Ernst Jünger había dicho, advertido de las posibles y eventuales críticas a su doble rol de escritor y hombre de acción: “Claro que el intelectual, es decir, el hombre que no es capaz de concebir la vida como un todo, sino sólo como un reflejo de su cerebro, no sabe ni qué hacer con la guerra. Sus valoraciones se quedan apenas en lo superficial, en lo bueno y lo malo del momento, algo sobre lo que podemos dejar que hablen los respectivos partidos. El poeta, en cambio, no toma partido: él sabe que todos los fenómenos profundos de la vida no quieren que se los censure ideológicamente, sino que se los capte en su verdadero sentido. Por eso, jamás ha visto la guerra y los combatientes con los ojos de un Secretario de Partido, ni como algo sometido a la moral burguesa o al esteticismo literario, sino al contrario, como poderes dignos de la más alta capacidad de creación poética”.9
        La falacia de consignar la guerra como un “fenómeno profundo de la vida”, en efecto, contaba a la sazón con muchos fiscales, pero ninguno tan incisivo, ninguno tan insidioso como Karl Kraus (1874-1936), a quien el excelso poeta George Trakl bautizó –no sin ironía– “sumo sacerdote blanco de la verdad”, y a quien su entusiasta –aunque lejano- discípulo Elias Canetti institucionalizaría como nada menos que “escuela de resistencia”.10 Ya en la temprana fecha de noviembre de 1914, cuando al aparatoso Estado “real e imperial” austrohúngaro apenas si llegaban, indiferentes, las noticias de las primeras bajas en el frente, Kraus había apostrofado desde su revista Die Fackel (“La antorcha”), que contradictoriamente tenía una tapa color rojo sangre y un cañón por emblema: “¿Qué saben ustedes, los que están en la guerra, de la guerra? ¡Ustedes combaten, claro! ¡No se quedaron aquí! También a quienes sacrificaron los ideales por su vida les está concedido alguna vez sacrificar la vida misma”.11 Con ese célebre discurso, irónicamente titulado “En esta gran época”, Kraus comenzaba una abierta batalla –con perdón de la metáfora– contra la fácil y torpe aplicación que alemanes y austríacos hacían de la consigna de Clausewitz según la cual “la guerra es la continuación de la política por otros medios”.12 En rigor, esa enconada campaña –ya perdida de entrada– había comenzado antes, por lo menos con la Guerra de los Balcanes, y se prolongaría luego por años hasta contener incluso la apelación a la ultima ratio periodística, una medida extrema para un personaje público: la de llamarse al silencio total. En un contexto que Habermas ha descripto más que bien,13 Kraus, el denominado “antiperiodista”, que al fin y al cabo no era sino un periodista, aunque un destacado periodista de ideas y no un mero cronista, y en todo caso, el supremo meta-periodista,14 supo transformar su publicación propia, que había fundado tras colaborar con diversos diarios austríacos y alemanes y que a partir de 1911 redactaría íntegramente en solitario, en el gran bastión antibelicista de un Imperio agonizante, cuyo último paroxismo consistía, predeciblemente, en precipitarse de cara a la muerte. Una escritura densa –en el buen sentido de la expresión– y una periodicidad irregular fueron algunos de los puntales desde los que buscó consolidar un espacio contrahegemónico, en abierta lucha contra la prensa liberal, liderada entonces por la Neue Freie Presse y su director Benedikt, alegorizado en el “señor de las hienas” del monumental Los últimos días de la humanidad.15 Al parecer, en el ámbito germano parlante al que Kraus enfrentaba la guerra era la sola idea del político y el gran negocio del periodista; a tal punto, que “el satírico vienés” –como lo apodaban a la sazón– se permitió sospechar si acaso la contienda no era producto de las “negociaciones” de los esbirros del periodismo, como por ejemplo S. Münz.16 En todo caso, la guerra nutría la avidez de novedades y aumentaba más aun las ventas de diarios, constituyéndose en el vehículo de inserción social total y consagración definitiva del periodismo, una lamentable institución contra la que Karl Kraus ya embestía desde largo tiempo atrás (“…ése es el peor signo de esta crisis: el periodismo, que se ha llevado los espíritus a su redil, se apropia ahora de los pastos”).17
        En efecto: la guerra era una aventura heroica, como lo quería Jünger, una compleja puesta en escena de la originaria institución del duelo, como lo quería Clausewitz, pero también era un negocio, y ante todo, un espectáculo, que podía disfrutarse tanto desde adentro como desde afuera.18 La industria bélica, la Kulturindustrie (pensemos en el cine norteamericano ya desde la década de 1920) y hasta el turismo19 le habían notado enseguida su generosa productibilidad, por no decir rentabilidad. Y aun prescindiendo de la finalidad crematística, la guerra ofrecía, como el mismo Jünger no se cansaba de celebrarlo, un material temático de riqueza incomparable, capaz de reavivar el heroische Element de “una nueva Alemania”.20 Kraus lo había advertido enseguida, y en las preciosas gemas de barbarie que extraía de cuanta publicación caía en sus manos, no dejaba de llamar la atención sobre ese entusiasmo belicista y pomposo.Por ejemplo, en aquella Glosa del primer número de 1916 en la que un orgulloso aviador alemán describe su tercer vuelo exitoso por sobre los campos de batalla del frente francés, muy al estilo que el propio Jünger daría a conocer luego: “Fue una sensación especial para mí, como un rey, cargado con bombas, sobrevolar los mismos sitios donde mi padre había combatido cuarenta y seis años atrás y donde se había ganado la Cruz de Hierro”.21 Y cuando las guerras así emprendidas fatídicamente se acababan, Kraus sabía que no pasaría mucho tiempo hasta la próxima: “No, en el alma no quedan cicatrices. A la humanidad, la bala le entrará por un oído y le saldrá por el otro”.22
        Se ha contrapuesto equivocadamente la figura de un pacifista como E. M. Remarque, el célebre autor de Sin novedad en el frente (1929), a la de Ernst Jünger: ambos fueron al frente y plasmaron noveladamente esa vivencia, salvo que uno la pintó con colores mejorativos, y el otro, con tonos peyorativos. Pero la verdadera antítesis, se me ocurre, es Karl Kraus, que ni admitió movilizarse (una incapacidad física le evitó la deserción) ni aceptó, siquiera, que la conflagración tuviera lugar, dedicándose en cambio a denunciar a quienes iban a combatir y a quienes se quedaban a lucrar con eso. Kraus pertenece, de hecho, al mismo signo de los tiempos que Emile Zola y su Yo acuso, es decir, al resurgimiento de la figura del moderno intelectual, algo que Europa ya había conocido gracias a los philosophes ilustrados, con Voltaire a la cabeza: un modelo de heroísmo contrapuesto al del combatiente, activo y sumiso. Sus municiones son la ironía y la denuncia, y su campo de batalla, la “opinión pública” (concepto particularmente escandaloso para el caso de Kraus, como nos advierte Benjamin),23 una opinión pública siempre proclive a permutar verdad por belleza e información por diversión. Debemos agradecer, en este sentido, que los periodistas italianos que entrevistaran a Jünger en su centésimo aniversario le hayan preguntado si había leído a Karl Kraus y cuál era su opinión sobre él. Porque el ilustre anciano procedió entonces a hacer un encomio formal del mismo, señalando una proximidad que no era sino una lejanía: “Por supuesto, lo leí sobre todo en los años veinte. Me cautivaba su estilo, lúcido y excitante”.24 Es decir, rescatando desde el aspecto estético a quien había rechazado de plano cualquier mera valoración estética: “El único objetivo que parecen tener los valores estéticos del ser humano es cautivarnos para alguna canallada. (…) Sólo acepto las incomodidades de la vida sin una reparación estética”, Kraus dixit.25 Así como leía la esencia humana a través de las figuras de Shakespeare y la realidad vienesa a través de las farsas de Nestroy, Kraus era un incansable detective de los procesos de estetización, una estetización que a veces era mera hipocresía barata, y otras, homicidio en masa. Pero justificar el arte a expensas de la vida, jamás; “El sentido del arte no puede alcanzarse cuando el sentido de la vida se vacía”.26 Porque además, una vida insana sólo puede engendrar un arte nefasto: “El arte malo y la mala vida se prueban en una identidad atroz”.27
        Y en este juego de posicionamientos, Benjamin, que había advertido tempranamente que los soldados que volvían del frente ni siquiera podían contar decentemente lo que les había ocurrido,28 estaría en el medio de ambos: materialista y mesiánico, la única vez que pensó en alzar un arma fue contra sí mismo, pero soñó el sueño de la revolución, que para Jünger por supuesto era una pesadilla inconcebible y para Kraus, sólo útil como inspirador de miedo para la burguesía hipócrita. De esto último ha sido el propio Benjamin, uno de los mejores lectores de su época en general y un atento lector krausiano (la afinidad se explica ante todo en el gusto, común a ambos, por el montaje y la cita), quien nos trae las palabras exactas (¡cuándo no!) en su artículo sobre el satírico, cuando reproduce el dictum krausiano según el cual “el comunismo como realidad no es más que la otra cara de su propia ideología mutiladora de la vida (…) Que el diablo se lleve su práctica, pero Dios nos lo mantenga como amenaza constante sobre las cabezas de quienes poseen fincas y, para conservarlas, enviarían a todos los demás a los frentes del hambre y del honor patrio, diciéndoles, a modo de consuelo, que la vida no es el supremo de los bienes”.29 (De paso notemos, con Adorno, que Kraus sustituye el fetiche burgués de la propiedad privada por el de la privacidad en sí.)30
        Estos tres “intelectuales”, además, también representaban situaciones bien distintas ante otro dato que al fin y al cabo sería trágicamente crucial: la extracción nacional y religiosa. Jünger era el germano nato, de estirpe intachable; Kraus, oriundo de Bohemia, era el descendiente de judíos asimilados e instalados en una Viena crecientemente antisemita, de suyo furioso con los judíos en general por su liberalismo y con los sionistas en particular por su nacionalismo; y Benjamin era el típico judío alemán de la época, que había perdido contacto con sus viejas raíces y que procuraba recuperarlas conscientemente. El alemán de pura cepa, el vienés por adopción y el berlinés cosmopolita constituyen otro triángulo posible desde el cual entender los posicionamientos del mundo germano parlante ante esa primera Gran Guerra, más absurda aun que todas las otras.
        Hasta qué punto ese mero dato genético-genealógico determinó la trayectoria de sus respectivos itinerarios intelectuales, como sea, es por supuesto difícil decirlo. La guerra, en todo caso, es un excelente barómetro para medir los estados de ánimo personales y las perspectivas culturales de una generación, a la vez que supone una forzosa toma de partido en la arena política. Más sutil, más indescifrable, es la cuestión de las respectivas adscripciones a ciertas prácticas escriturales. Porque obviamente, los modos discursivos, los recursos retóricos y los géneros literarios también permiten clasificar a quienes los utilizan para expresarse. En el plano metodológico y formal, así pues, no ha de ser casual que Jünger haya preferido la épica de largo aliento, Kraus, la sátira, y Benjamin… bueno, algo que podríamos calificar de “prosa experimental”. Jünger quería seguir cantando los eternos mythoi, Kraus quería acabar con ellos, y Benjamin quería imaginar los nuevos relatos propios de una humanidad redimida o renacida. Desde los antiguos griegos, la épica es el modo con el que la casta guerrera recuerda sus hazañas, y la sátira es el de los ciudadanos indignados con el estado de cosas; en las novelas de los veteranos de guerra casi siempre hay un tufillo a ese precepto del que Kraus se burlara, según el cual “es indisputable que le corresponde a la educación militar contarle algo al soldado acerca de los logros militares de las previas generaciones militares”.31
        Como sabemos, la disolución de los respectivos imperios alemán y austríaco tuvo su correlato teórico en una sociología que –aunque con estricta “neutralidad de valores”– supo dar cuenta de la disgregación social y cultural. Las teorías sobre la modernidad de Georg Simmel y, sobre todo, de Max Weber, no son sino la lúcida constatación de que a la todavía desfasada cultura germánica habían llegado definitivamente los fenómenos que los propios pensadores alemanes –de Schiller a Marx– habían anunciado: “división del trabajo” o “especialización del saber” se reformulaban ahora como “tragedia de la cultura” o “autonomía de las esferas de valor”, diseñando el horizonte racional y secular donde se movía el moderno sujeto occidental. Los aportes de esta nueva teoría social alemana se dan casi en paralelo con los desarrollos intelectuales de los tres conspicuos personajes que estamos confrontando, por lo que a la vez que permiten contextualizarlos, también permiten contrastarlos. En esta línea, habría que preguntarse acerca de los motivos profundos de las preferencias o simpatías personales de cada uno de ellos ante cada campo del quehacer cultural: Jünger y la ciencia, Benjamin y el arte, Kraus y el derecho.32 Como en el caso de cualquier otro ser humano, la afinidad con una determinada esfera de valor en desmedro de las otras expresa un rasgo identificatorio de la persona, un rasgo que se hace más nítido ante un divisor de aguas como lo es la guerra, y en particular la Primera Guerra Mundial, que por sus alcances y sus métodos equivalió a un cambio profundo, profundísimo, en los presupuestos de la civilización occidental: la entrada en la “era de la guerra total”.33
        Con esa guerra ya en curso es que el propio Max Weber, por su parte, diría en 1915, anticipando ya a los Frontsoldaten del futuro inminente: “La guerra como amenaza de violencia concretada engendra, justamente en las comunidades políticas modernas, un pathos y un sentimiento comunitario, suscitando una devoción y un sacrificio comunitario incondicional del combatiente, y más aún, un trabajo de compasión y de amor –un amor que atraviesa todas las barreras de las asociaciones naturales– ante el carenciado bajo la forma de un fenómeno de masas (…). Además de eso, la guerra y su sentido concreto proveen al guerrero mismo con algo único: la sensación de que la muerte tiene un sentido y una sacralidad que le son propias. Hoy en día, la comunidad del ejército en el campo de batalla se siente, como en los tiempos del vasallaje, una comunidad hasta la muerte: la máxima comunidad. Y de esa muerte que no es sino ordinariamente inhumana, un destino que los alcanza a todos sin que se pueda decir por qué a alguien y por qué en ese momento (…): de esa muerte sencillamente inevitable se separa el morir en combate porque sólo en él, sólo en esa masividad, el individuo puede creer que sabe que muere ‘por’ algo”.34 En efecto, se imponía lo que un historiador especializado ha denominado –aliteración mediante– el Western way of warfare, el “modo occidental de hacer la guerra”, que implica a la vez el enfrentamiento personal y el fuerte aditamento de componentes tecnológicos.35 Y de esa experiencia fue que Jünger “sólo escapó él para contarla”, more bíblica, por mucho que Benjamin insistiera en que –como luego señalaría Primo Levi de los campos de exterminio– allí lo normal sólo eran la muerte o la afasia, siendo el testimonio más o menos inteligible una gran excepción. Kraus, por su parte, que nada había podido hacer por evitar el conflicto (“¿Qué hay más impotente que su humanidad?”, se preguntaba Benjamin)36 y que lo había hecho todo por denunciarlo, se dedicó luego a estudiar las consecuencias sociales e individuales del mismo, tanto en aquellos que habían combatido como en los que no. Acaso su mejor producto en este sentido sea el diálogo entre el optimista y el criticón de Los últimos días de la humanidad (Parte I, Acto I, Esc. 29), que nos pone ante una dialéctica de ingenios antagónicos. Mientras terminaba esa obra magna y asistía, ensombrecido, al previsible fin de la guerra, no se privó de decir, asimismo: “Si no se me quiere reconocer ningún logro positivo en esas dos mil páginas de guerra de Die Fackel –un fragmento de lo que me vedaron los obstáculos técnicos y estatales–, en todo caso se me tendrá que acreditar que rechacé sin esfuerzo día a día las asquerosas proposiciones del poder al espíritu: sostener mentira por verdad, injusticia por derecho, y rabia por razón. ¡Pues no hubo valor como el mío, ver al enemigo en las posiciones propias!”37 De aquí que el por muchas razones jocoso comentario “Sobre Hitler no se me ocurre nada” al comienzo de La tercera noche de Walpurgis38 implique la continuidad de un belicismo vocinglero sobre el que en realidad no había nada esencialmente nuevo que Kraus, de hecho, pudiera decir, no obstante las innúmeras páginas que seguirían a ese comentario.
        Porque decir, hablar, escribir, era lo suyo, y no la acción, no la movilización, no la militancia entendida en forma práctica. Como lo quiere Schorske, Kraus fue el “defensor de la pureza innata del lenguaje y la palabra”,39 pero no en un contexto cándido y desinformado, sino precisamente en el epicentro de esa genial intuición vienesa: la de que no somos sino las palabras que decimos y que nos decimos (los nombres de Mauthner, Wittgenstein y Freud bastarán para formarse un cuadro de situación). Palabras, palabras, palabras…: la resignación de Hamlet cobra nuevos ecos en Kraus, el más grande seguidor de Shakespeare de toda su época (por lo demás, esencialmente shakespereana). Porque son palabras-acción, palabras con significado profundo, o como dice la jerga terapéutica, con sentido latente, pero no con vistas a una hermenéutica infinita, sino a un efecto inmediato en la praxis (un efecto que es un desideratum, nunca un logro). Kraus, que pudo haber sido abogado o actor, y en cierto modo fue ambas cosas sin ejercerlas profesionalmente, conocía el rango estético y también el rango ético de la palabra, un saber que le suministró “ese puesto de guardián de la lengua” movido por la convicción de que “el mundo pasa por el tamiz de la palabra”.40 En octubre de 1933, justo cuando los lectores querían que se explayara sobre el ascenso del nacionalsocialismo en Alemania, el siempre escurridizo polígrafo editó el número más breve de su “Antorcha”, el 888, que contenía un pequeño poema (“No pregunten”) donde podía leerse: “Das Wort entschlief, als jene Welt erwachte” (“la palabra dormía cuando ese mundo despertó”).41 Que dijera “palabra” donde el pensamiento occidental –y sobre todo el germánico– tradicionalmente habría dicho “espíritu” expresaba el temprano “giro lingüístico” del autor (un giro en el que, insistamos, no estaba para nada solo en la Viena fin-de-siècle). La progresiva contaminación de la lengua alemana por parte de los nazis no era un síntoma de la corrupción espiritual, sino la degradación humana misma, que roía el instrumento quintaesencial del hombre. En el poema intitulado “Confesión”, por ejemplo, se hace evidente que Kraus se autoconcebía como un paladín de la lengua en tanto causa noble y antigua, amenazada por la chusma: “Soy sólo uno de los epígonos / que viven en la vieja morada de la lengua. / Aunque allí transcurre mi existencia / me abro paso y destruyo Tebas. / Si bien llego después de los maestros antiguos, tardíamente, / vengaré con sangre el destino de mis padres. / Hablo de venganza: he de vengar a la lengua / de todos aquellos que la hablan”.42
        Señalemos, ya para concluir, al menos dos problemas intrínsecos a su posición intransigente ante la sociedad y su visión lingüística de la cultura. Por un lado, es evidente que Kraus se tomaba demasiado en serio, por así decirlo, todas las palabras que leía en la prensa y en la “opinión pública”, sin entender el leve cinismo retórico que supone la vida moderna. El periodismo es, normalmente, un género para cerebros atribulados (ya que no cansados), y por ende ofrece su fetiche de la novedad cotidiana con un léxico deliberadamente empobrecido y una serie de artificios rimbombantes y repetidos que guían la lectura como se guía a un sonámbulo. Él mismo lo sabía, cuando una y otra vez machacaba con que el lenguaje periodístico por definición es phrasenhaft, o sea, de frases hechas, o mejor, de frases vacías. La lectura indignada del periódico prueba que se tienen expectativas demasiado grandes ante él; es una lectura seria, comprometida, como lo era la lectura familiar de la Biblia en tiempos remotos y como lo sigue siendo, quizá, la lectura nocturna y silenciosa de Poe o Dostoievski. El lector habitual de periódicos, que los lee con una ligera mueca irónica en los labios, sabrá a qué me refiero. Kraus lee los periódicos como un detective, sí, pero también como una suerte de radical que toma todo al pie de la letra, al punto de atribuir su actitud –por lo general escandalizada– a los demás. Valga como ejemplo perfecto el pequeño poema Die Zeitung (“El periódico”), que reza: “¿Sabes, tú que lees el periódico, / cuántos árboles sangraron / para que, cegado por las cotizaciones, / veas tu rostro en ese espejo, / y vuelvas a despachar tus negocios? ¿Sabes, tú que lees el periódico, / cuántos hombres mueren / para que unos pocos compren placer / y para que la criatura humana disfrute / la inefable ruina de la criatura?”43 Y acaso fue esta lectura maximalista del periodismo, por así decirlo, lo que determinó su férrea convicción de que la prensa era la causa del horror cotidiano y ya no un organismo que meramente lucraba con él; en otro poema leemos: Im Anfang war die Presse / und dann erschien die Welt (“En el principio era la prensa / y luego apareció el mundo”).44
        Por otro lado, no habría que dejar pasar el detalle, no menor, de que el parámetro de Kraus es –muy a su pesar– absolutamente literario, a veces hasta la exageración (como en los exabruptos “Existe cultura allí en donde las leyes del Estado son paráfrasis de pensamientos de Shakespeare” o “Shakespeare ya lo previó todo”).45 Para acusar lo que se dice y lo que se escribe en el ámbito público, Kraus apela siempre a los fiscales de lujo William Shakespeare y Joseph Nestroy, valiéndose de textos literarios para elaborar argumentaciones morales, y a menudo presuponiendo en los autores una intención que no es sino la suya propia. A la aparente contradicción de ser el bromista que se toma todo en serio, se agrega aquí la del que denuncia la ornamentación degradante de la vida real desde un tribunal estético. Viena es lamentablemente como Nestroy lo predijo, y el mundo es como Shakespeare lo previó; el presente no es sino la concreción de la literatura del pasado, de algo que debió seguir siendo sólo literatura y desgraciadamente se encarnó. La constatación, sin embargo, surge del devoto amor de Kraus por esos escritores, que le permiten organizar su experiencia, y no de su desdén por ellos. Pero es la concepción premoderna que tiene del arte literario la que lo lleva a forzar esta hermenéutica, la concepción de quien siente que el arte antiguo es ante todo un bastión moral, y por lo tanto no es sólo arte;46 ya en 1903, hablando sobre la Salomé de Oscar Wilde, había declarado su programa ético-estético: “No me ha sido dado disfrutar las obras de arte como un contemplador”.47 Pongamos en negro sobre blanco la pregunta de rigor: ¿es posible calar hasta el hueso de la realidad cuando se la concibe como un theatrum mundi al estilo barroco? ¿Puede desmontar las falacias quien todo lo mira con un velo estético? A lo cual un buen austríaco acaso replicaría, apoyando la tacita de café en la mesa: no existe la realidad, sino sólo el discurso; no existen una ética y una estética por separado, porque todo es ficción, todo es construcción mental –y la mente sólo piensa en palabras–.
        Hijos de una modernidad que se presenta ante todo como una autoimagen y que desde su entrada en crisis sobre nada gusta teorizar más que sobre sí misma, solemos pensar las relaciones entre política y estética con las trilladas metáforas de la encrucijada o la intersección (por no valernos de la pedestre bocacalle), y no como un continuum. Esas figuras mentales delatan, a pesar de –o justamente debido a– su cansancio, la angustia de una ecuación que no satisface a nadie pero que suena elegante. Creo que en la actual “sociedad de la información”, la vida y la obra del polémico Karl Kraus, sacerdote y detective de la palabra, son una excusa más que propicia para repensar las relaciones peligrosas entre política, poesía y periodismo. Jamás exento de narcisismo (no hay estudio de su persona u obra que no destaque su aspecto histriónico y narcisista, empezando por el de E. Timms),48 Kraus había conjeturado: “Mis lectores creen que escribo para el día porque escribo desde el día. Así pues, habré de esperar a que mis textos envejezcan. Entonces quizá sean de actualidad”.49 La “actualidad” genuina de Kraus, sin embargo, más allá de su ingenio y su –con Jünger– “cautivante estilo”, reside en la continuidad de la política liberal y su respectiva prensa liberal, que marcan un clima de maximalismo retórico y violencia solapada bajo el velo de una democracia verborrágica. La persistencia del liberalismo burgués –por sobre las tendencias socialistas o fascistas, que en su época se presentaban como genuinos candidatos a la hegemonía del poder– lo hace actual, sobre todo en vista de que la guerra no era sólo el asunto privativo de las políticas imperialistas, sino de cualquier política que se sustente en un aparato industrial. Sus fuentes estéticas (de las que abreva y a las que vuelve) lo hacen memorable, pero un poco equívoco. Y su tono ético lo vuelve anacrónico, porque tendemos, mal que nos pese, a juzgar la política con una neutralidad de valores weberiana: muy moderna, sí, pero también muy cínica.
Notas
1    Karl Kraus, Auswahl aus dem Werk, ed. por H. Fischer, Munich, Kösel, 1957, p. 228.
2    Trad. de A. Sánchez Pascual, Barcelona, Tusquets, 1987. Esta edición reproduce la última revisión del texto hecha por el autor y deja afuera, lamentablemente, los prólogos y otros paratextos de versiones previas. La historia de cómo Jünger fue reelaborando el libro conforme el espíritu de los tiempos es ya una verdadera novela en sí misma.
3    Kein schön’rer Tod ist in der Welt, / Als wer vorm Feind erschlagen, / Auf grüner Heid, im freien Feld, / Darf nicht hör’n groß Wehklagen.
4      Cfr. al respecto Wilhelm Krull: “En el vestíbulo de la muerte. Acerca de Tempestades de Acero y otros textos de Ernst Jünger sobre la IGM”, trad. de M. G. Burello, en AAVV, Selección de Artículos Críticos (Böll, Schnitzler, Th. Mann, Grass, Jünger). UBA, Fac. de Filo. y Letras, OPFYL, Bs. As., 2001, p. 43-54.
5    Cfr. Wolfgang Welsch, Grenzgänge der Ästhetik, Stuttgart, Reclam, 1996.
6    Cfr., en castellano, J. L. Molinuevo, La estética de lo originario en Jünger (Madrid, Tecnos, 1994), en especial el cap. 1: “El soldado desconocido”.
7    W. Benjamin, “Teorías del fascismo alemán”, en Para una crítica de la violencia y otros ensayos (Iluminaciones IV), introd. y sel. de E. Subirats, trad. de R. Blatt, Madrid, Taurus, 1998, p. 47-58.
8    Sobre las posibles contradicciones inherentes a los planteos de Benjamin me detengo un poco más en “‘Estetización de la política’ y literatura actual”, ponencia a ser incluida en las Actas del Congreso Internacional “Transformaciones Culturales: Debates de la Teoría, la Crítica y la Lingüística”, Fac. de Filosofía y Letras, UBA, noviembre de 2006.
9    “Soldaten und Literaten”, en E. Jünger, Politische Publizistik. 1919 bis 1933, ed. por S. O. Berggötz, Stuttgart, Klett-Cotta, 2001, p. 310-315; la cita, 313-314.
10 Junto con los comentarios que al respecto hace en su autobiografía, el ensayo homónimo de Canetti y su discurso titulado “El nuevo Karl Kraus”, ambos incluidos en la compilación La conciencia de las palabras (trad. de J. J. del Solar, México, FCE, 1982), siguen siendo el mejor panorama del papel social y cultural que Kraus jugara en su momento.
11 “In dieser grossen Zeit”, Die Fackel 404 (1914), p. 1-19. En castellano, “En esta gran época”, en: Escritos, ed. de J. Arántegui, Madrid, Visor, 1990, p. 113-124.
12 Cfr. De la guerra, Libro I, 24; diversas ediciones en castellano. Digo “fácil y torpe” porque, como suele perderse de vista, la consigna presenta a la actividad política como primera instancia, siendo la guerra un recurso ulterior. Esto es algo que hasta el propio Jünger ha advertido, cuando dice, consultado por su opinión sobre la definición de Clausewitz: “Es una sentencia grandiosa, porque afirma con los términos más eficaces la primacía de la política. Pero podría añadir que después de la guerra, en Alemania, también hemos asistido a la inversión de la tesis de Clausewitz, es decir, que la política es la continuación de la guerra con otros medios”. En Los titanes venideros. Ideario último recogido por A. Gnolli y F. Volpi, trad. de A. Pentimalli, Barcelona, Península, 1998, p. 81.
13 Cfr. Jürgen Habermas, Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública, Barcelona, Gustavo Gili, 1994, en especial el cap. VI y su apartado Nº 20, sobre las tranformaciones estructurales del periodismo y la prensa.
14 Sospecho que el ingenioso epíteto le cabe mejor, por caso, a Kierkegaard (a quien Kraus, por lo demás, apelaba en su cruzada) que al propio Kraus, un reformista de la prensa antes que un destructor. Sin duda Kraus fue antiliberal, y hasta antisemita, pero no antiperiodista. Por sobre la caricatura, vale la pena insistir en que Kraus hizo un cierto tipo de periodismo, aunque no el periodismo como hoy lo entendemos: rara vez entrevistó a alguien o se trasladó para hacer una investigación de campo (todas las opiniones, qua opiniones, le parecían triviales, y casi todos los hechos, falaces). Por lo demás, sobre el antisemita Kraus podemos preguntarnos si hay algo más judío que acusar a Herzl por su falta de sentido del humor, y sobre el antiperiodista Kraus podemos preguntarnos si hay algo más propio de periodistas que dedicar la vida a leer las noticias y editar un periódico personal.
15 Cfr. Los últimos días de la humanidad: tragedia en cinco actos con prólogo y epílogo, trad. de A. Kovacsics, con la colaboración de J. J. del Solar y el asesoramiento de Feliú Formosa, Barcelona, Tusquets, 1991.
16 De la campaña específica contra éste, en castellano puede consultarse “La cuestión cretense”, en Escritos, op. cit., 75-79.
17 “Aus dem Papierkorbe” (1907), incluido en la compilación de 1929 Literatur und Lüge (“Literatura y mentira”). En castellano, “De la papelera”, en: Escritos, op. cit., p. 37.
18 En Los últimos días… (op. cit.), el lector podrá encontrar numerosos estudios del proceso de estetización cultural que padeció la IGM (por ejemplo, en la escena final del acto V, cuando un combatiente exclama “¡Pero hay algo bello en torno a la guerra!”).
19 Véase a continuación el artículo “Viajes promocionales al Infierno”.
20 Cfr. la reseña de Die Geächteten, de Ernst von Salomon, en E. Jünger, Politische Publizistik, op. cit., p. 584-585; la cita, p. 585. Von Salomon, dicho sea de paso, fue un autor ideológica y políticamente aún más ambiguo que el propio Jünger, si tal cosa cabe.
21 “Wie ein König, mit Bomben beladen, wie ein Gott”, en Die Fackel 418-422 (1916), p. 38.
22 Auswahl aus dem Werk, op. cit., p. 228.
23 Cfr. “Karl Kraus”. Dos versiones en castellano: en Sobre el programa de la filosofía futura (Trad. de R. Vernengo, Barcelona, Planeta-De Agostini, 1986) y en Karl Kraus y su época, ed. de B. Marizzi y J. Muñoz (trad. de W. Galán y A. Kovacsis, Madrid, Trotta, 1998).
24 Los titanes venideros, op. cit., p. 101.
25 Dichos y contradichos, trad. y notas de Adan Kovacsics, posfacio de S. P. Scheichl, Barcelona, Minúscula, 2003, p. 63.
26 Cit. por Nike Wagner en “Karl Kraus: La lengua y el mal”, en N. Casullo (comp.), La remoción de lo moderno. Viena del 900, Bs. As., Nueva Visión, 1991, p. 168.
27 Contra los periodistas y otros contras, ed. de Jesús Aguirre, Madrid, Taurus, 1981, p. 44.
28 Cfr. su ensayo “El narrador”, con dos versiones en castellano: en Sobre el programa de la filosofía futura (Trad. de R. Vernengo, Barcelona, Planeta-De Agostini, 1986) y en Para una crítica de la violencia y otros ensayos (Iluminaciones IV), Introd. y sel. de E. Subirats, Trad. de R. Blatt, Madrid, Taurus, 1998.
29 En “Karl Kraus”, op. cit.
30 Cfr. el artículo de Adorno “Decencia y criminalidad”, en T. Adorno, Notas sobre literatura (Obra completa 11), trad. de A. Brotons Muñoz, Madrid, AKAL, 2003, p. 352-371.
31 “Militarische Erziehung”, Die Fackel 697-705 (1925), p. 2.
32 Mientras que la bibliografía que destaca el interés de Benjamin por el arte es gigantesca, acaso sea necesario señalar alguna fuente para los otros dos casos. Para Jünger y le ciencia, nada mejor que sus propios comentarios en Los titanes venideros (op. cit.); para Kraus y el derecho, nada casualmente, cfr. el artículo “Karl Kraus” del propio Benjamin (op. cit.), en especial el párrafo que comienza con: “No se comprenderá nada de este hombre en tanto no se reconozca que todo sin excepción, la lengua y la cosa, sucede para él necesariamente en la esfera del derecho” (p. 87). El ensayo de Adorno sobre Kraus, por cierto, es marcadamente tributario de este trabajo.
33 Cfr. Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, Barcelona, Crítica, 1995, cap. 1. No puedo dejar de llamar la atención sobre el detalle de que Hobsbawm hace referencia explícita a Karl Kraus y sus Últimos días de la humanidad al comienzo mismo de ese capítulo.
34 Max Weber, Die Wirtschaftsethik der Weltreligionen, en: Digitale Bibliothek Band 58: Max Weber, Berlin, Directmedia, 2001, p. 6397-6399.
35 Cfr. John Keegan, A History of Warfare, New York, Vintage Books, 1994; en especial, v. las conclusiones.
36 En “Kriegerdenkmal. Karl Kraus”, en Einbahnstraße (1928), Frankfurt a.M., Suhrkamp, 1955, p. 74.
37 “Weltgericht”, Die Fackel 499-500 (1918), p. 1-5. En castellano, “El juicio final”, en Escritos, op. cit., p. 141-143.
38 “Mir fällt zu Hitler nichts ein.” En Die dritte Walpurgisnacht (1933), Frankfurt a.M., Suhrkamp, 1989. Aparecido originalmente, aunque con muchos cambios, en Die Fackel 890-905, el libro en su versión expurgada sólo vería la luz después de la guerra. En castellano, La tercera noche de Walpurgis, trad. de Pedro Madrigal, Barcelona, Icaria, 1977.
39 C. Schorske, “La gracia y la palabra: las dos culturas de Austria y su destino moderno”, en Pensar con la historia. Ensayos sobre la transición a la modernidad, trad. de I. Ozores, Madrid, Taurus, 2001, p. 209-234.
40 N. Wagner, op. cit., p. 162 y 163, respectivamente.
41 H. Marcuse cita precisamente esa verso final en su clásico Eros y civilización (cap. “Fantasía y utopía”).
42 Ich bin nur einer den Epigonen, / die in dem alten Haus der Sprache wohnen. / Doch hab´ich drin mein eigenes Erleben, / ich breche aus und ich zerstöre Theben. / Komm´ich auch nach den alten Meistern, später, / so räch´ich blutig das Geschick der Väter. / Von Rache sprech´ich, will die Sprache rächen / an allen jenen, die die Sprache sprechen. Cit. por D. Simon en su artículo “Literatur und Veranwortung”, en Text + Kritik. Sonderband Karl Kraus (1975), p. 105. Kraus remite en el poema al origen del “epígono” como uno de los hijos de los “siete contra Tebas”.
43    Cit. en A. Bloch, German Poetry in War and Peace. A Dual-Language Anthology, ed. por F. Baron, Kansas, Max Kade Center/ U. of Kansas, 1995, p. 62.
44 Ibid., p. 64.
45    Respectivamente, en “Sittlichkeit und Criminalität”, Die Fackel 115 (1902); en castellano, “Moralidad y criminalidad”, en Escritos, op. cit., p. 17. Y en “Shakespeare hat alles vorausgewußt”, Die Fackel 686-690 (1925), p. 1.
46 Sobre el tema, puede consultarse por ejemplo el muy buen artículo de K. Prolop “Ästhetische Kritik als Kritik der Ästhetik”, en Karl Kraus. Ästhetik und Kritik, ed. por S. H. Kaszynski y S. P. Scheichl, Munich, text + kritik, 1989, p. 29-53.
47 “Salome”, Die Fackel 150 (1903). Debo el hallazgo de la cita a que H. C. Kosler la utiliza como epígrafe a su artículo “Karl Kraus und die Wiener Moderne”, en Text + Kritik, op. cit., p. 39.
48 Cfr. Edward Timms, Karl Kraus, satírico apocalíptico. Cultura y catástrofe en la Viena de los Habsburgo, Madrid, Visor, 1990.
49   Dichos y contradichos, op. cit., p. 162.
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Pensamiento de los confines, n. 20, Julio de 2007
 What’s wrong with the modern world
Jonathan Franzen
Karl Kraus was an Austrian satirist and a central figure in fin-de-siecle Vienna’s famously rich life of the mind. From 1899 until his death in 1936, he edited and published the influential magazine Die Fackel(The Torch); from 1911 onward, he was also the magazine’s sole author. Although Kraus would probably have hated blogs, Die Fackel was like a blog that everybody who mattered in the German-speaking world, from Freud to Kafka to Walter Benjamin, found it necessary to read and have an attitude toward. Kraus was especially well known for his aphorisms – for example, “Psychoanalysis is that disease of the mind for which it believes itself to be the cure” – and at the height of his popularity he drew thousands to his public readings.
The thing about Kraus is that he’s very hard to follow on a first reading – deliberately hard. He was the scourge of throwaway journalism, and to his cult-like followers his dense and intricately coded style formed an agreeable barrier to entry; it kept the uninitiated out. Kraus himself remarked of the playwright Hermann Bahr, before attacking him: “If he understands one sentence of the essay, I’ll retract the entire thing.” If you read Kraus’s sentences more than once, you’ll find that they have a lot to say to us in our own media-saturated, technology-crazed, apocalypse-haunted historical moment.
Here, for example, is the first paragraph of his essay “Heine and the Consequences”.
“Two strains of intellectual vulgarity: defenselessness against content and defenselessness against form. The one experiences only the material side of art. It is of German origin. The other experiences even the rawest of materials artistically. It is of Romance origin. [Romance meaning Romance-language — French or Italian.] To the one, art is an instrument; to the other, life is an ornament. In which hell would the artist prefer to fry? He’d surely still rather live among the Germans. For although they’ve strapped art into the Procrustean Folding Bed of their commerce, they’ve also made life sober, and this is a blessing: fantasy thrives, and every man can put his own light in the barren windowframes. Just spare me the pretty ribbons! Spare me this good taste that over there and down there delights the eye and irritates the imagination. Spare me this melody of life that disturbs my own music, which comes into its own only in the roaring of the German workday. Spare me this universal higher level of refinement from which it’s so easy to observe that the newspaper seller in Paris has more charm than the Prussian publisher.”
First footnote: Kraus’s suspicion of the “melody of life” in France and Italy still has merit. His contention here – that walking down a street in Paris or Rome is an aesthetic experience in itself – is confirmed by the ongoing popularity of France and Italy as vacation destinations and by the “envy me” tone of American Francophiles and Italophiles announcing their travel plans. If you say you’re taking a trip to Germany, you’d better be able to explain what specifically you’re planning to do there, or else people will wonder why you’re not going someplace where life is beautiful. Even now, Germany insists on content over form. If the concept of coolness had existed in Kraus’s time, he might have said that Germany is uncool.
This suggests a more contemporary version of Kraus’s dichotomy: Mac versus PC. Isn’t the essence of the Apple product that you achieve coolness simply by virtue of owning it? It doesn’t even matter what you’re creating on your Mac Air. Simply using a Mac Air, experiencing the elegant design of its hardware and software, is a pleasure in itself, like walking down a street in Paris. Whereas, when you’re working on some clunky, utilitarian PC, the only thing to enjoy is the quality of your work itself. As Kraus says of Germanic life, the PC “sobers” what you’re doing; it allows you to see it unadorned. This was especially true in the years of DOS operating systems and early Windows.
One of the developments that Kraus will decry in this essay – the Viennese dolling-up of German language and culture with decorative elements imported from Romance language and culture – has a correlative in more recent editions of Windows, which borrow ever more features from Apple but still can’t conceal their essential uncool Windowsness. Worse yet, in chasing after Apple elegance, they betray the old austere beauty of PC functionality. They still don’t work as well as Macs do, and they’re ugly by both cool and utilitarian standards.
And yet, to echo Kraus, I’d still rather live among PCs. Any chance that I might have switched to Apple was negated by the famous and long-running series of Apple ads aimed at persuading people like me to switch. The argument was eminently reasonable, but it was delivered by a personified Mac (played by the actor Justin Long) of such insufferable smugness that he made the miseries of Windows attractive by comparison. You wouldn’t want to read a novel about the Mac: what would there be to say except that everything is groovy? Characters in novels need to have actual desires; and the character in the Apple ads who had desires was the PC, played by John Hodgman. His attempts to defend himself and to pass himself off as cool were funny, and he suffered, like a human being. (There were local versions of the ad around the world, with comedians David Mitchell and Robert Webb as the PC and Mac in the UK).
I’d be remiss if I didn’t add that the concept of “cool” has been so fully co-opted by the tech industries that some adjacent word such as “hip” is needed to describe those online voices who proceeded to hate on Long and deem Hodgman to be the cool one. The restlessness of who or what is considered hip nowadays may be an artifact of what Marx famously identified as the “restless” nature of capitalism. One of the worst things about the internet is that it tempts everyone to be a sophisticate – to take positions on what is hip and to consider, under pain of being considered unhip, the positions that everyone else is taking. Kraus may not have cared about hipness per se, but he certainly revelled in taking positions and was keenly attuned to the positions of others. He was a sophisticate, and this is one reason Die Fackel has a bloglike feel. Kraus spent a lot of time reading stuff he hated, so as to be able to hate it with authority.

“Believe me, you color-happy people, in cultures where every blockhead has individuality, individuality becomes a thing for blockheads.”

Second footnote: You’re not allowed to say things like this in America nowadays, no matter how much the billion (or is it 2 billion now?) “individualised” Facebook pages may make you want to say them. Kraus was known, in his day, to his many enemies, as the Great Hater. By most accounts, he was a tender and generous man in his private life, with many loyal friends. But once he starts winding the stem of his polemical rhetoric, it carries him into extremely harsh registers.
The individualised “blockheads” that Kraus has in mind here aren’t hoi polloi. Although Kraus could sound like an elitist, he wasn’t in the business of denigrating the masses or lowbrow culture; the calculated difficulty of his writing wasn’t a barricade against the barbarians. It was aimed, instead, at bright and well-educated cultural authorities who embraced a phony kind of individuality – people Kraus believed ought to have known better.
It’s not clear that Kraus’s shrill, ex cathedra denunciations were the most effective way to change hearts and minds. But I confess to feeling some version of his disappointment when a novelist who I believe ought to have known better, Salman Rushdie, succumbs to Twitter. Or when a politically committed print magazine that I respect, N+1, denigrates print magazines as terminally “male,” celebrates the internet as “female,” and somehow neglects to consider the internet’s accelerating pauperisation of freelance writers. Or when good lefty professors who once resisted alienation – who criticised capitalism for its restless assault on every tradition and every community that gets in its way – start calling the corporatised internet “revolutionary.”
“Spare me the picturesque moil on the rind of an old gorgonzola in place of the dependable white monotony of cream cheese! Life is hard to digest both here and there. But the Romance diet beautifies the spoilage; you swallow the bait and go belly up. The German regimen spoils beauty and puts us to the test: how do we recreate it? Romance culture makes everyman a poet. Art’s a piece of cake there. And Heaven a hell.”
Submerged in this paragraph is the implication that Kraus’s Vienna was an in-between case – like Windows Vista. Its language and orientation were German, but it was the co-capital of a Roman Catholic empire reaching far into southern Europe, and it was in love with its own notion of its special, charming Viennese spirit and lifestyle. (“The streets of Vienna are paved with culture,” goes one of Kraus’s aphorisms. “The streets of other cities with asphalt.”) To Kraus, the supposed cultural charm of Vienna amounted to a tissue of hypocrisies stretched over soon-to-be-catastrophic contradictions, which he was bent on unmasking with his satire. The paragraph may come down harder on Latin culture than on German, but Kraus was actually fond of vacationing in Italy and had some of his most romantic experiences there. For him, the place with the really dangerous disconnect between content  and form was Austria, which was rapidly modernising while retaining early-19th-century political and social models. Kraus was obsessed with the role of modern newspapers in papering over the contradictions. Like the Hearst papers in America, the bourgeois Viennese press had immense political and financial influence, and was demonstrably corrupt. It profited greatly from the first world war and was instrumental in sustaining charming Viennese myths like the “hero’s death” through years of mechanised slaughter. The Great War was precisely the Austrian apocalypse that Kraus had been prophesying, and he relentlessly satirised the press’s complicity in it.
Vienna in 1910 was, thus, a special case. And yet you could argue that America in 2013 is a similarly special case: another weakened empire telling itself stories of its exceptionalism while it drifts towards apocalypse of some sort, fiscal or epidemiological, climatic-environmental or thermonuclear. Our far left may hate religion and think we coddle Israel, our far right may hate illegal immigrants and think we coddle black people, and nobody may know how the economy is supposed to work now that markets have gone global, but the actual substance of our daily lives is total distraction. We can’t face the real problems; we spent a trillion dollars not really solving a problem in Iraq that wasn’t really a problem; we can’t even agree on how to keep healthcare costs from devouring the GNP. What we can all agree to do instead is to deliver ourselves to the cool new media and technologies, to Steve Jobs and Mark Zuckerberg and Jeff Bezos, and to let them profit at our expense. Our situation looks quite a bit like Vienna’s in 1910, except that newspaper technology has been replaced by digital technology and Viennese charm by American coolness.
Consider the first paragraph of a second Kraus essay, “Nestroy and Posterity”. The essay is ostensibly a celebration of Johann Nestroy, a leading figure in the Golden Age of Viennese theatre, in the first half of the 19th century. By the time Kraus published it, in 1912, Nestroy was underrated, misread and substantially forgotten, and Kraus takes this to be a symptom of what’s wrong with modernity. In his essay “Apocalypse”, a few years earlier, he’d written: “Culture can’t catch its breath, and in the end a dead humanity lies next to its works, whose invention cost us so much of our intellect that we had none left to put them to use. We were complicated enough to build machines and too primitive to make them serve us.” To me the most impressive thing about Kraus as a thinker may be how early and clearly he recognised the divergence of technological progress from moral and spiritual progress. A succeeding century of the former, involving scientific advances that would have seemed miraculous not long ago, has resulted in high-resolution smartphone videos of dudes dropping Mentos into litre bottles of Diet Pepsi and shouting “Whoa!” Technovisionaries of the 1990s promised that the internet would usher in a new world of peace, love, and understanding, and Twitter executives are still banging the utopianist drum, claiming foundational credit for the Arab spring. To listen to them, you’d think it was inconceivable that eastern Europe could liberate itself from the Soviets without the benefit of cellphones, or that a bunch of Americans revolted against the British and produced the US constitution without 4G capability.
“Nestroy and Posterity” begins:
“We cannot celebrate his memory the way a posterity ought to, by acknowledging a debt we’re called upon to honor, and so we want to celebrate his memory by confessing to a bankruptcy that dishonors us, we inhabitants of a time that has lost the capacity to be a posterity… How could the eternal Builder fail to learn from the experiences of this century? For as long as there have been geniuses, they’ve been placed into a time like temporary tenants, while the plaster was still drying; they moved out and left things cozier for humanity. For as long as there have been engineers, however, the house has been getting less habitable. God have mercy on the development! Better that He not allow artists to be born than with the consolation that this future of ours will be better for their having lived before us. This world! Let it just try to feel like a posterity, and, at the insinuation that it owes its progress to a detour of the Mind, it will give out a laugh that seems to say: More Dentists Prefer Pepsodent. A laugh based on an idea of Roosevelt’s and orchestrated by Bernard Shaw. It’s the laugh that’s done with everything and can do whatever. For the technicians have burned the bridges, and the future is: whatever follows automatically.”
Nowadays, the refrain is that “there’s no stopping our powerful new technologies”. Grassroots resistance to these technologies is almost entirely confined to health and safety issues, and meanwhile various logics – of war theory, of technology, of the marketplace – keep unfolding automatically. We find ourselves living in a world with hydrogen bombs because uranium bombs just weren’t going to get the job done; we find ourselves spending most of our waking hours texting and emailing and Tweeting and posting on colour-screen gadgets because Moore’s law said we could. We’re told that, to remain competitive economically, we need to forget about the humanities and teach our children “passion” for digital technology and prepare them to spend their entire lives incessantly re-educating themselves to keep up with it. The logic says that if we want things like Zappos.com or home DVR capability – and who wouldn’t want them? – we need to say goodbye to job stability and hello to a lifetime of anxiety. We need to become as restless as capitalism itself.
Not only am I not a Luddite, I’m not even sure the original Luddites were Luddites. (It simply seemed practical to them to smash the steam-powered looms that were putting them out of work.) I spend all day every day using software and silicon, and I’m enchanted with everything about my new Lenovo ultrabook computer except its name. (Working on something called an IdeaPad tempts me to refuse to have ideas.) But not long ago, when I was intemperate enough to call Twitter “dumb” in public, the response of Twitter addicts was to call me a Luddite. Nyah, nyah, nyah! It was as if I’d said it was “dumb” to smoke cigarettes, except that in this case I had no medical evidence to back me up. People did worry, for a while, that cellphones might cause brain cancer, but the link has been revealed to be feeble-to-nonexistent, and now nobody has to worry any more.
“This velocity doesn’t realize that its achievement is important only in escaping itself. Present in body, repellent in spirit, perfect just the way they are, these times of ours are hoping to be overtaken by the times ahead, and that the children, spawned by the union of sport and machine and nourished by newspaper, will be able to laugh even better then … There’s no scaring them; if a spirit comes along, the word is: we’ve already got everything we need. Science is set up to guarantee their hermetic isolation from anything from the beyond. This thing that calls itself a world because it can tour itself in fifty days is finished as soon as it can do the math. To look the question “What then?” resolutely in the eye, it still has the confidence to reckon with whatever doesn’t add up. And the brain has barely an inkling that the day of the great drought has dawned. Then the last organ falls silent, but the last machine goes on humming, until even it stands still, because its operator has forgotten the Word. For the intellect didn’t understand that, in the absence of spirit, it could grow well enough within its own generation but would lose the ability to reproduce itself. If two times two really is four, the way they say it is, it’s owing to the fact that Goethe wrote the poem “Ocean Calm.” But now people know the product of two times two so exactly that in a hundred years they won’t be able to figure it out. “Something that never before existed must have entered the world. An infernal machine of humanity.”
Of all of Kraus’s lines, this is probably the one that has meant the most to me. Kraus in this passage is evoking the Sorcerer’s Apprentice – the unintended unleashing of supernaturally destructive consequences. Although he’s talking about the modern newspaper, his critique applies, if anything, even better to contemporary technoconsumerism. For Kraus, the infernal thing about newspapers was their fraudulent coupling of Enlightenment ideals with a relentless pursuit of profit and power. With technoconsumerism, a humanist rhetoric of “empowerment” and “creativity” and “freedom” and “connection” and “democracy” abets the frank monopolism of the techno-titans; the new infernal machine seems increasingly to obey nothing but its own developmental logic, and it’s far more enslavingly addictive, and far more pandering to people’s worst impulses, than newspapers ever were. Indeed, what Kraus will later say of Nestroy could now be said of Kraus himself: “he attacks his small environs with an asperity worthy of a later cause.” The profits and reach of the Viennese press were pitifully small by the standards of today’s tech and media giants. The sea of trivial or false or empty data is millions of times larger now. Kraus was merely prognosticating when he envisioned a day when people had forgotten how to add and subtract; now it’s hard to get through a meal with friends without somebody reaching for an iPhone to retrieve the kind of fact it used to be the brain’s responsibility to remember. The techno-boosters, of course, see nothing wrong here. They point out that human beings have always outsourced memory – to poets, historians, spouses, books. But I’m enough of a child of the 60s to see a difference between letting your spouse remember your nieces’ birthdays and handing over basic memory function to a global corporate system of control.
“An invention for shattering the Koh-i-noor [at the time, the world’s largest diamond] to make its light accessible to everyone who doesn’t have it. For fifty years now it’s been running, the machine into which the Mind is put in the front to emerge at the rear as print, diluting, distributing, destroying. The giver loses, the recipients are impoverished, and the middlemen make a living …”
So that’s a taste of Krausian prose. The question I want to consider now is:  Why was Kraus so angry? He was a late child in a prosperous, well-assimilated Jewish family whose business generated a large enough income to make him financially independent for life. This in turn enabled him to publish Die Fackel exactly as he wished, without making concessions to advertisers or subscribers. He had a close circle of good friends and a much larger circle of admirers, many of them fanatical, some of them famous. Although he never married, he had some brilliant affairs and one deep long-term relationship. His only significant health problem was a curvature of the spine, and even this had the benefit of exempting him from military service. So how did a person so extremely fortunate become the Great Hater?
I wonder if he was so angry because he was so privileged. Later in the Nestroy essay, the Great Hater defends his hatred like this: “Acid wants the gleam, and the rust says it’s only being corrosive.” Kraus hated bad language because he loved good language – because he had the gifts, both intellectual and financial, to cultivate that love. And the person who’s been lucky in life can’t help expecting the world to keep going his way; when the world insists on going wrong ways, corrupt and tasteless ways, he feels betrayed by it. And so he gets angry, and the anger itself further isolates him and heightens his sense of specialness.
Like any artist, Kraus wanted to be an individual. For much of his life, he was defiantly anti-political; he seemed to form professional alliances almost with the intention of later torpedoing them spectacularly. Given that Kraus’s favourite play was King Lear, I wonder if he might have seen his own fate in Cordelia, the cherished late child who loves the king and who, precisely because she’s been the privileged daughter, secure in the king’s love, has the personal integrity to refuse to debase her language and lie to him in his dotage. Privilege set Kraus, too, on the road to being an independent individual, but the world seemed bent on thwarting him. It disappointed him the way Lear disappoints Cordelia, and in Kraus this became a recipe for anger. In his yearning for a better world, in which true individuality was possible, he kept applying the acid of his anger to everything that was false.
Let me turn to my own example, since I’ve been reading it into Kraus’s story anyway.
I was a late child in a loving family which, although it wasn’t nearly prosperous enough to make me a rentier, did have enough money to place me in a good public school district and send me to an excellent college, where I learned to love literature and language. I was a white, male, heterosexual American with good friends and perfect health. And yet, for all my privileges, I became an extremely angry person. Anger descended on me so near in time to when I fell in love with Kraus’s writing that the two occurrences are practically indistinguishable.
I wasn’t born angry. If anything, I was born the opposite. It may sound like an exaggeration, but I think it’s accurate to say that I knew nothing of anger until I was 22. As an adolescent, I’d had my moments of sullenness and rebellion against authority, but, like Kraus, I’d had minimal conflict with my father, and the worst that could be said of me and mother was that we bickered like an old married couple. Real anger, anger as a way of life, was foreign to me until one particular afternoon in April 1982. I was on a deserted train platform in Hanover. I’d come from Munich and was waiting for a train to Berlin, it was a dark grey German day, and I took a handful of German coins out of my pocket and started throwing them on the platform. There was an element of anti-German hostility in this, because I’d recently had a horrible experience with a penny-pinching old German woman and it did me good to imagine other penny-pinching old German women bending down to pick the coins up, as I knew they would, and thereby aggravating their knee and hip pains. The way I hurled the coins, though, was more generally angry. I was angry at the world in a way I’d never been before. The proximate cause of my anger was my failure to have sex with an unbelievably pretty girl in Munich, except that it hadn’t actually been a failure, it had been a decision on my part. A few hours later, on the platform in Hanover, I marked my entry into the life that came after that decision by throwing away my coins. Then I boarded a train and went back to Berlin, where I was living on a Fulbright grant, and enrolled in a class on Karl Kraus.
As a wedding present, three months after I returned from Berlin, my college German professor George Avery gave me a hardcover edition of Kraus’s great critique of nazism, The Third Walpurgis Night. George, who had opened my eyes to the connection between literature and the living of life, was becoming something of a second father to me, a father who read novels and embraced every pleasure. I’d been a good student of his, and it must have been a wish to prove myself worthy, to demonstrate my love, that led me, in the months following my wedding, to try to translate the two difficult Kraus essays I’d brought home from Berlin.
I did the work late in the afternoon, after six or seven hours of writing short stories, in the bedroom of the little Somerville apartment that my wife and I were renting for $300 a month. When I’d finished drafts of the two translations, I sent them to George. He returned them a few weeks later, with marginal notations in his microscopic handwriting, and with a letter in which he applauded my effort but said that he could also see how “devilishly difficult” it was to translate Kraus. Taking his hint, I looked at the drafts with a fresh eye and was discouraged to find them stilted and nearly unreadable. Almost every sentence needed work, and I was so worn out by the work I’d already done that I buried the pages in a file folder.
But Kraus had changed me. When I gave up on short stories and returned to my novel, I was mindful of his moral fervour, his satirical rage, his hatred of the media, his preoccupation with apocalypse, and his boldness as a sentence-writer. I wanted to expose America’s contradictions the way he’d exposed Austria’s, and I wanted to do it via the novel, the popular genre that Kraus had disdained but I did not. I still hoped to finish my Kraus project, too, after my novel had made me famous and a millionaire. To honour these hopes, I collected clippings from the Sunday Times and the daily Boston Globe, which my wife and I subscribed to. For some reason – perhaps to reassure myself that other people, too, were getting married – I read the nuptials pages religiously, clipping headlines such as “Cynthia Pigott Married to Louis Bacon” and, my favourite, “Miss LeBourgeois to Marry Writer”.
I read the Globe with an especially cold Krausian eye, and it obligingly enraged me with its triviality and its shoddy proofreading and its dopily punning weather headlines. I was so disturbed by the rootless, meaningless “wit” of Head-on Splash, which I imagined would not amuse the family of someone killed in a car crash, and of Autumnic Balm, which offended my sense of the seriousness of the nuclear peril, that I finally wrote a slashingly Krausian letter to the editor. The Globe actually printed the letter, but it managed, with characteristic carelessness, to mangle my punchline as Automatic Balm, thereby rendering my point incomprehensible. I was so enraged that I later devoted many pages of my second novel to making fun of what a shitty paper the Globe was. My rage back then – directed not just at the media but at Boston, Boston drivers, the people at the lab where I worked, the computer at the lab, my family, my wife’s family, Ronald Reagan, George HW Bush, literary theorists, the minimalist fiction writers then in vogue, and men who divorced their wives – is foreign to me now. It must have had to do with the profound isolation of my married life and with the ruthlessness with which, in my ambition and poverty, I was denying myself pleasure.
There was probably also, as I’ve argued, an element of the privileged person’s anger at the world for disappointing him. If I turned out not to have enough of this anger to make me a junior Kraus, it was because of the genre I’d chosen. When a hardcore satirist manages to achieve some popularity, it can only mean that his audience doesn’t understand him. The lack of an audience whom Kraus could respect was a foregone conclusion, and so he never had to stop being angry: he could be the Great Hater at his writing desk, and then he could put down his pen and have a cosy personal life with his friends. But when a novelist finds an audience, even a small one, he or she is in a different relation to it, because the relation is based on recognition, not misunderstanding. With a relation like that, with an audience like that, it becomes simply dishonest to remain so angry. And the mental work that fiction fundamentally requires, which is to imagine what it’s like to be somebody you are not, further undermines anger. The more I wrote novels, the less I trusted my own righteousness, and the more prone I was to sympathising with people like the typesetters at the Globe. Plus, as the internet rose to power, disseminating information that could be trusted as little as it cost to read it, I became so grateful to papers like the Timesand the Globe for still existing, and for continuing to pay halfway responsible reporters to report, that I lost all interest in tearing them down.
And so, sometime in the 90s, I took my bad Kraus translations out of my active file cabinet and put them into deeper storage. Kraus’s sentences never stopped running through my head, but I felt that I’d outgrown Kraus, felt that he was an angry young man’s kind of writer, ultimately not a novelist’s kind of writer. What has drawn me back to him now is, in part, my nagging sense that apocalypse, after seeming to recede for a while, is still in the picture.
In my own little corner of the world, which is to say American fiction, Jeff Bezos of Amazon may not be the antichrist, but he surely looks like one of the four horsemen. Amazon wants a world in which books are either self-published or published by Amazon itself, with readers dependent on Amazon reviews in choosing books, and with authors responsible for their own promotion. The work of yakkers and tweeters and braggers, and of people with the money to pay somebody to churn out hundreds of five-star reviews for them, will flourish in that world. But what happens to the people who became writers because yakking and tweeting and bragging felt to them like intolerably shallow forms of social engagement? What happens to the people who want to communicate in depth, individual to individual, in the quiet and permanence of the printed word, and who were shaped by their love of writers who wrote when publication still assured some kind of quality control and literary reputations were more than a matter of self-promotional decibel levels? As fewer and fewer readers are able to find their way, amid all the noise and disappointing books and phony reviews, to the work produced by the new generation of this kind of writer, Amazon is well on its way to making writers into the kind of prospectless workers whom its contractors employ in its warehouses, labouring harder for less and less, with no job security, because the warehouses are situated in places where they’re the only business hiring. And the more of the population that lives like those workers, the greater the downward pressure on book prices and the greater the squeeze on conventional booksellers, because when you’re not making much money you want your entertainment for free, and when your life is hard you want instant gratification (“Overnight free shipping!”).
But so the physical book goes on the endangered-species list, so responsible book reviewers go extinct, so independent bookstores disappear, so literary novelists are conscripted into Jennifer-Weinerish self-promotion, so the Big Six publishers get killed and devoured by Amazon: this looks like an apocalypse only if most of your friends are writers, editors or booksellers. Plus it’s possible that the story isn’t over. Maybe the internet experiment in consumer reviewing will result in such flagrant corruption (already one-third of all online product reviews are said to be bogus) that people will clamour for the return of professional reviewers. Maybe an economically significant number of readers will come to recognise the human and cultural costs of Amazonian hegemony and go back to local bookstores or at least to barnesandnoble.com, which offers the same books and a superior e-reader, and whose owners have progressive politics. Maybe people will get as sick of Twitter as they once got sick of cigarettes. Twitter’s and Facebook’s latest models for making money still seem to me like one part pyramid scheme, one part wishful thinking, and one part repugnant panoptical surveillance.
I could, it’s true, make a larger apocalyptic argument about the logic of the machine, which has now gone global and is accelerating the denaturisation of the planet and sterilisation of its oceans. I could point to the transformation of Canada’s boreal forest into a toxic lake of tar-sands byproducts, the levelling of Asia’s remaining forests for Chinese-made ultra-low-cost porch furniture at Home Depot, the damming of the Amazon and the endgame clear-cutting of its forests for beef and mineral production, the whole mindset of “Screw the consequences, we want to buy a lot of crap and we want to buy it cheap, with overnight free shipping.” And meanwhile the overheating of the atmosphere, meanwhile the calamitous overuse of antibiotics by agribusiness, meanwhile the widespread tinkering with cell nucleii, which may well prove to be as disastrous as tinkering with atomic nucleii. And, yes, the thermonuclear warheads are still in their silos and subs.
But apocalypse isn’t necessarily the physical end of the world. Indeed, the word more directly implies an element of final cosmic judgment. In Kraus’s chronicling of crimes against truth and language in The Last Days of Mankind, he’s referring not merely to physical destruction. In fact, the title of his play would be better rendered in English as The Last Days of Humanity: “dehumanised” doesn’t mean “depopulated”, and if the first world war spelled the end of humanity in Austria, it wasn’t because there were no longer any people there. Kraus was appalled by the carnage, but he saw it as the result, not the cause, of a loss of humanity by people who were still living. Living but damned, cosmically damned.
But a judgment like this obviously depends on what you mean by “humanity”. Whether I like it or not, the world being created by the infernal machine of technoconsumerism is still a world made by human beings. As I write this, it seems like half the advertisements on network television are featuring people bending over smartphones; there’s a particularly noxious/great one in which all the twentysomethings at a wedding reception are doing nothing but taking smartphone photos and texting them to one another. To describe this dismal spectacle in apocalyptic terms, as a “dehumanisation” of a wedding, is to advance a particular moral conception of humanity; and if you follow Nietzsche and reject the moral judgment in favour of an aesthetic one, you’re immediately confronted by Bourdieu’s persuasive connection of asethetics with class and privilege; and, the next thing you know, you’re translating The Last Days of Mankind as The Last Days of Privileging the Things I Personally Find Beautiful.
And maybe this is not such a bad thing. Maybe apocalypse is, paradoxically, always individual, always personal. I have a brief tenure on Earth, bracketed by infinities of nothingness, and during the first part of this tenure I form an attachment to a particular set of human values that are shaped inevitably by my social circumstances. If I’d been born in 1159, when the world was steadier, I might well have felt, at 53, that the next generation would share my values and appreciate the same things I appreciated; no apocalypse pending. But I was born in 1959, when TV was something you watched only during prime time, and people wrote letters and put them in the mail, and every magazine and newspaper had a robust books section, and venerable publishers made long-term investments in young writers, and New Criticism reigned in English departments, and the Amazon basin was intact, and antibiotics were used only to treat serious infections, not pumped into healthy cows. It wasn’t necessarily a better world (we had bomb shelters and segregated swimming pools), but it was the only world I knew to try to find my place in as a writer. And so today, 53 years later, Kraus’s signal complaint – that the nexus of technology and media has made people relentlessly focused on the present and forgetful of the past – can’t help ringing true to me. Kraus was the first great instance of a writer fully experiencing how modernity, whose essence is the accelerating rate of change, in itself creates the conditions for personal apocalypse. Naturally, because he was the first, the changes felt particular and unique to him, but in fact he was registering something that has become a fixture of modernity. The experience of each succeeding generation is so different from that of the previous one that there will always be people to whom it seems that any connection of the key values of the past have been lost. As long as modernity lasts, all days will feel to someone like the last days of humanity.

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