Valis – Philip K. Dick

vendido

Estado: nuevo.

Editorial: Minotauro.

Precio: $ 000.

Valis es una historia de detectives en que Amacaballo Fat es el loco héroe que busca desesperadamente a Dios, y Dios un ser desaparecido y responsable del crimen definitivo.
Esta deslumbrante narración trata de teología, de comunicaciones extraterrestres y de las conspiraciones que amenazan a la humanidad en un mundo en que la realidad se revela a través de un rayo láser de color rosa.
Philip K. Dick nació en Chicago en 1928 y residió la mayor parte de su vida en California. Asistió a la universidad pero no llegó a finalizar sus estudios. Escritor precoz, empezó a dedicarse a ello profesionalmente en 1952, para publicar un total de treinta y seis novelas y cinco colecciones de relatos a lo largo de su vida. En 1962 ganó el premio Hugo a la mejor novela con El hombre en el castillo, y en 1975, el premio John W. Campbell Memorial a la mejor novela con Fluyan mis lágrimas, dijo el policía. Murió el 2 de marzo de 1982 en Santa Ana (California) sin llegar a ver la primera adaptación cinematográfica de su obra, Blade Runner.
La”experiencia VALIS”: cuando Philip Dick esperó maitreya (sin respuesta inmediata)
Pablo Capanna
“Un día, iba caminando por un sendero hacia mi cabaña, donde me disponía a escribir durante ocho horas en total aislamiento; entonces miré el cielo y vi una cara. No es que realmente la viera, pero la cara estaba allí, y no era humana; era un gran rostro de perfecta maldad. Era inmensa, llenaba un cuarto de cielo. Tenía las cuencas de los ojos vacías, era metálica y cruel. Lo peor de todo es que era Dios.”
[De Philip Dick a Gregg Rickman, 1974]
EL ALMA ESCINDIDA.”VALIS”. EL APOCALIPSIS DE 1974
A mediados de febrero de 1974, Philip Dick ingresó en una serie de estados alterados de conciencia que culminaría en sus visiones del 2 de marzo; estos fenómenos seguirían manifestándose, periódicamente, durante un año entero.
Es difícil establecer la cronología de los acontecimientos, puesto que Dick no se ha preocupado por ofrecernos una descripción “clínica” de cuanto le ocurrió en febrero-marzo de 1974. En cambio, nos ha dado tres versiones complementarias de los hechos: dos son literarias, y están en las novelas Radio Free Albemuth y Valis; la tercera, es la versión oral que incluye su “testamento final”, recogido por Gregg Rickman, un asiduo lector y coleccionista de sus obras a quien recibió en su casa durante un año, concediéndole una larga serie de entrevistas.
En sus últimas entrevistas con Rickman, Dick suele entremezclar los hechos con las hipótesis, las analogías fantásticas, las interpretaciones y las lecturas esotéricas. Sin transición, pasa de la solemnidad al escepticismo, y duda de si todos aquellos hechos no habrán sido más que un episodio psicótico, hasta ridiculizarse a sí mismo. Con la misma facilidad vuelve inmediatamente a ponerse serio, y asegura que ha sido el depositario de una revelación.
Aparentemente, las experiencias de “VALIS” se iniciaron con una serie de sueños inquietantes, en los cuales Dick revivía una existencia anterior: se sentía poseído por la personalidad de uno de los primeros cristianos, que había sido ejecutado por estrangulación en un sótano del Coliseo, llamado Tomás. Una de sus peculiaridades era que no reconocía a la cruz como un símbolo cristiano, sino al Pez, un signo que Dick interpretaba como una deformación del ankh, la crux ansata de Isis [1] . Este “Tomás” pudiera haber sido un esenio o un gnóstico: el “Evangelio de Tomás” es uno de los documentos gnósticos de Nag Hammadi.
El 2 de marzo de 1974, Dick regresaba del consultorio de su dentista, quien le había extraído la muela del juicio; aún se hallaba atontado por una fuerte dosis de pentotal sódico. Para recuperarse, se había tumbado en su sillón y escuchaba música. Era una canción de los Beatles, Strawberry Fields Forever, aquella que dice “vas por la vida con los ojos cerrados, ignorando todo lo que ves” [2] . Quizás esta frase, que parece un verdadero aforismo dickiano, haya actuado como desencadenante de todos los fenómenos que vinieron después.
Como el dolor no menguaba, Dick telefoneó a la farmacia para encargar un calmante. La empleada que lo trajo, poco después, era una joven perteneciente a un culto evangélico, y llevaba una medalla con el signo del Pez, uno de los primeros símbolos cristianos. Al principio, Dick vio un resplandor que surgía de la medalla y en pocos instantes fue enceguecido por una luz rosada que invadía la casa, mientras que destellos de “electricidad estática” y “fuegos de San Telmo” brotaban por los rincones. El fenómeno no pudo ser observado por su esposa Tessa, quien lo asistió durante todo el tiempo.
A partir de ese momento Dick cayó en un estado delirante que lo tuvo prácticamente postrado durante días enteros, y en el cual sufrió alarmantes picos de hipertensión. En ese estado creyó estar viendo al mundo sub specie aeternitatis. Dijo haber presenciado el Apocalipsis, esto es “la realidad apocalíptica que subyace a nuestra realidad”. Se sintió invadido por una Presencia superior que luego llamaría “VALIS”, sigla de Vast Active Living Intelligence System (“Vasto Sistema de Inteligencia Activa y Viviente”). En The Transmigration… lo recordaría así: “Luces y colores, y luego una presencia extraña en mi mente, otra personalidad, mucho más inteligente que yo, pensando toda clase de cosas en las cuales nunca había pensado antes. Esa personalidad conocía griego, latín y hebreo, y lo sabía todo de la teología” (cap. 15). Según Rickman, Dick aseguraba que esa Presencia lo había salvado de una muerte segura, aunque se reservaba los detalles; “El Salvador se interpuso entre Horselover Fat y la aniquilación”, se dice en Valis, cap. 8. Robinson [3] relaciona la hipertensión de 1974 con la de 1982, como si la primera hubiera sido un ataque no diagnosticado que anticipara aquel que lo llevaría a la muerte, aunque no es creíble que una crisis de este tipo pueda causar visiones místicas.
Hasta el año siguiente, Dick siguió teniendo visiones. Se había comprado una oblea con el Signo del Pez y la palabra YCHTYS (que significa “pez”en griego, y es a la vez un acróstico de Cristo), y la había pegado en la ventana; al contemplarla, solía ver la imagen rodeada de un halo de luz rosada, mientras que la letra “Y” se comvertía en la figura de una palmera. También hubo alucinaciones más complejas: la visita de la Muerte, que se presentó como un viajante de comercio con su portafolio; Erasmo, el arquetipo junguiano del Viejo Sabio, a quien Dick ya había conocido en sueños; su gato Tony, que había muerto y aparecía convertido en una figura gigantesca, similar a un dibujo animado [4] .
Como en un estado extático, Dick experimentó la glosolalia (don de lenguas) y tuvo precogniciones. Cuando se sentía poseído por la mente de Tomás, se pasaba horas hablando en latín y griego, idiomas que jamás había estudiado formalmente. Su esposa Tessa, que entonces estudiaba lenguas clásicas, reconoció palabras dekoiné, el griego helenístico que hubiese podido hablar un primitivo cristiano: poros krater (un tipo de vasija),ananke (fatalidad), rhipidon (un pez espinoso); una expresión en ruso (sadassa ulna), y una en sánscrito (ir leg).
Hasta aquí, se trataba de fenómenos subjetivos, aunque hubo otros, no tan fáciles de explicar. Por ejemplo, Dick aseguraba que sus gatos se habían vuelto más inteligentes y afectuosos por efectos de la luz rosada, pero murieron inexplicablemente poco tiempo después, plagados de tumores cancerosos. El fenómeno más notable fue una precognición. Dick oyó a la Voz advertirle que su pequeño hijo Christopher sufría de hernia inguinal; la hernia corría riesgo de estrangularse si no lo operaban de inmediato. Dick logró convencer a Tessa del peligro; llevaron al niño al médico, y éste, pese a su escepticismo, encontró la hernia y pudo salvar al niño mediante una intervención oportuna.
En esos mismos días Dick, que no conocía personalmente a Paul Williams, tuvo el presentimiento de que iba a ser entrevistado por Rolling Stone, mucho antes de que Williams pensara siquiera en hacerlo.
Mientras duró el éxtasis, Dick sentía (como le confiaría a Charles Platt) que “su angustia había desaparecido. Algún poder trascendente y divino que no era malévolo sino benéfico había intervenido para restaurar su mente y sanar su cuerpo”. Era una mente esencialmente racional, “dotada de increíbles conocimientos técnicos, cosmológicos y filosóficos”. No era humana: “era como una inteligencia artificial”. A veces pensaba que la Voz era Dios; otras, creía que era un extraterrestre o hasta un arma secreta de los rusos [5] .
Luego diría que se había sentido como algo pasivo en manos de fuerzas creativas titánicas, un escribiente oamanuense que transcribía lo que la Voz le dictaba. ¿Cuál era el origen de esas fuerzas? “Por supuesto, el Espíritu Santo es la fuerza de mi inspiración” [6] , dice Dick; pero, un poco más adelante, se corrige: “el espíritu de Elías vino a mí en 1974 (…) eso es enthousiasmos, recibir el Espíritu Santo” [7] .  Por momentos se siente el profeta que anuncia una nueva edad mesiánica, y señala las “tremendas expresiones de la Era de Acuario” que hay en sus últimas novelas” [8] .
Lo realmente curioso de todo este relato son los frecuentes momentos de escepticismo que puntean todo el diálogo; son repentinos virajes en el discurso que parecerían indicar casi un desdoblamiento de la personalidad. “Mi experiencia sobrenatural” ‑comienza diciendo Dick, pero luego se corrige‑ “casi digo mi experiencia psicótica… (risas) Bien, mi experiencia psicótica sobrenatural…” [9] . Más adelante, se inquieta: “Hay algo que siempre me preocupó: ¿por qué todo esto se parece tan asombrosamente a Ubik? Suena como si fuera autogenerado, como si lo hubiera generado yo mismo…” [10] . Pero la misma persona que es capaz de arrojar tales dudas sobre su propio discurso, pasa inmediatamente a relatar un sueño en el cual supo que en una vida anterior había sido Juan el Bautista; a continuación, remata todo con una broma. [11]     Por último, luego de haber estado más de siete años hablando y escribiendo acerca de su éxtasis místico, en 1981 declara: “Todas esas trascendentales experiencias religiosas que tuve… fueron genuinas, pero no eran más que fuegos de artificio. Un despliegue titánico de poder (…) que no servía a ningún fin en sí mismo.” [12] .
Las alucinaciones de 1974 no fueron, por otra parte, las primeras ni las únicas en la vida de Dick. En la escuela secundaria, había oído con toda claridad una voz que le explicaba el principio de Arquímedes, gracias a la cual pudo aprobar un examen. Cuando tenía más de treinta años, volvió a oír la misma voz, esta vez mientras estaba viendo un documental de televisión sobre las tortugas marinas. Con ese tono impersonal que ya conocía, la voz le habló de un tal “Van Walloon, de los Estados Portugueses de América”; eran los tiempos en que Dick estaba escribiendo The Man in the High Castle, y especuló con que la voz pudiese provenir de un mundo paralelo.
En la conferencia de 1976 (“Hombre, androide, máquina”) Dick explicó que había recibido sofisticada información tecnológica (que no estaba al alcance de su comprensión) de una inteligencia extraterrestre llamada Albemuth. En otro texto del mismo año aseguraba, irónicamente, que las débiles señales que recibía de otra estrellas eran audibles “especialmente entre las 3.00 y las 4.45 hs.” [13]
La voz de Valis carecía de emociones, como si fuese la de una “inteligencia artificial”. También la voz que le había hablado diez años antes era “algo construido”. Cualquier psicólogo hubiese dicho que más se parecía a la voz del inconsciente.
Cierta vez, la Voz le recomendó volverse “sintónico” en lugar de “ciclotímico”. Según Dick, esa era la primera vez que escuchaba tales palabras; sin embargo, es muy poco probable que en sus amplias lecturas sobre la esquizofrenia jamás haya reparado en esos conceptos básicos de Bleuler.
De la misma manera, Dick parece haber olvidado todo cuanto ha leído sobre el gnosticismo, cuando afirma que ignoraba quién era “Santa Sofía” cuando la Voz le anunció que “Santa Sofía vuelve a nacer”. Hagia Sophia es el nombre del último arconte en la jerarquía gnóstica. Ya antes de Valis, su nombre ya aparece en Deus Irae, la novela que Dick estaba corrigiendo durante los días de su experiencia paranormal [14] .
Dick no descarta ni siquiera la hipótesis más crudamente psiquiátrica: el retorno de experiencias ya vividas bajo el efecto de las drogas psicodélicas, o un efecto diferido de éstas sobre el cerebro (drug flashback). Al fin y al cabo, reconoce, ya en 1964 había hablado en latín y tenido visiones del circo romano, cuando estuvo bajo el efecto del LSD. El miedo de morir agarrotado lo perseguía desde la infancia, y ahora cabía interpretarlo a la luz del sueño de la cárcel romana donde estaba encerrado Tomás.
Siguiendo a Jung, Dick también atribuía gran valor a los sueños y las “visiones hipnagógicas”, esas imágenes que aparecen al conciliar el sueño. Creía que los sueños encerraban mensajes, y así era capaz de contar cómo una noche había hablado con Khrishna, en medio de un sueño [15] . Estando en Canadá, tuvo el famoso sueño del caballo herido (que era tanto la traducción de su miedos paranoides como un nuevo símbolo delsalvator salvandus). Lo reprodujo fielmente en la novela Flow my Tears… [16] . Otro sueño de 1974 corrió la misma suerte: entonces pudo ver la figura de un pez que intentaba sostener una ametralladora con sus aletas. La Voz le explicó el sentido de esta imagen: el Pez era un símbolo cristiano, y el mensaje era “los cristianos no pueden portar armas”, esto es, no pueden ejercer la violencia. Es la frase que pasaría a ser, en la novela Valis, el lema de los que esperan al mesías.
En los últimos tiempos Dick pareció abandonar, sin embargo, las interpretaciones teológicas y metafísicas, y se resignó a buscar el origen de la Voz en su idios kosmos. Rechazaba al “inconsciente” como fuente de sus alucinaciones, pues creía que para los psicólogos el inconsciente se había vuelto un sucedáneo de la divinidad, y buscaba apoyo en algunas teorías científicas de avanzada para explicar como su cerebro podía tener acceso a una realidad trascendente. Ya no creía que la Voz fuera de un extraterrestre, de una inteligencia artificial, de Dios, de Elías o del Espíritu Santo, sino de su propio cerebro; aunque, en cierto modo, la Voz no era inmanente al cerebro.
Dick se había interesado durante años en la teoría del “cerebro dividido”; conocía los trabajos de Orstein (a quien le había escrito una carta), de Bogen, Sperry y Julian Jaynes. Este último sostenía en un polémico libro que el hombre arcaico era capaz de “oír voces” provenientes del lado derecho de su cerebro, y dialogar con “los dioses” cuando aún no se había establecido el predominio del hemisferio racional. Desde 1976, Dick parecía decidido a reemplazar todas las demás hipótesis por una interpretación neurológica: “Probablemente sea el hemisferio derecho de mi cerebro el que emite información a través del cuerpo calloso” [17] . Quizás esto podría explicar algunos de aquellos fenómenos (paragnosis, glosolalia y onirofrenia) pero seguiría sin explicación la fuente de donde obtiene información el hemisferio derecho: más que resolver el problema, introduciría una nueva dualidad.
La experiencia de Dick en 1974, fenomenológicamente considerada, se parece menos a un éxtasis místico que a un estado delirante [18] . La experiencia mística, tanto en la tradición occidental como en la oriental, es esencialmente inefable: es una forma de ser antes que de conocer: en rigor, no es una “experiencia” sino un estado.
El éxtasis pretende alcanzar la contemplación o la unión con la divinidad, cuando la mística es ascendente; o bien lograr la aniquilación del yo, del deseo y la ilusión, si sigue un camino descendente. Pero en ningún caso el místico aparece como receptor o transmisor de conocimientos, ni menos aun de información fáctica. El éxtasis es una vivencia de sentido global que trasciende la comprensión meramente intelectual. Un buen ejemplo lo ofrece el genuino “éxtasis” alcanzado por Arthur Koestler, al margen de toda confesión religiosa. Koestler, que a la sazón era ateo militante, pasó mucho tiempo en las cárceles de Franco, esperando ser ejecutado. Cierto día, cuando estaba resolviendo problemas de geometría analítica para no perder la cordura, tuvo una experiencia extática de pocos minutos, que se repetiría durante todo el año 1938. Sintió que “el Yo había dejado de existir”. Para describir su experiencia, Koestler usa palabras muy similares a las de Dick, pero no atina a explicar sus contenidos, si los hubo: “el carácter primario de este estado es la sensación de que se trata de algo más real que ninguna otra cosa que se haya experimentado antes; de que, por primera vez, se ha levantado el velo, y uno está en contacto con la “realidad real”, con el oculto orden de las cosas, con la estructura del mundo revelada con los rayos X, normalmente oscurecido por las capas de lo que es ajeno” [19].
Dick, en cambio, se empeña en describir su experiencia como una masiva “transfusión” de conocimientos, en su mayoría de un tecnicismo que los hacía incomprensibles, casi como si súbitamente hubiesen conectado su cerebro con “un banco de datos” cósmico. Esta es una peculiar versión de la gnosis (que es saber iniciático, más que información específica); por lo menos es la gnosis tal como podía concebirla el pensamiento concreto dickiano.
Es probable que, si sometiéramos a un examen reduccionista aun a los auténticos místicos, se nos presentarían como víctimas de alguna patología. No cabe entrar aquí en la zona fronteriza entre el genio y la locura, entre la locura y el misticismo, o entre psicología, parapsicología y religión, porque allí las categorías se difuminan y el análisis reduccionista corre el riesgo de ser tan inútil como explicar la belleza de la Venus de Milo a partir de las propiedades del carbonato de calcio.
En el extremo opuesto al reduccionismo se encuentra la credulidad -muy poco científica- de que hace gala la “psicología transpersonal” de Grof y Tart, íntimamente vinculada con la ideología de la New Age. Para Stanislaw Grof, una experiencia como la de Dick debería ser considerada sin más como una “emergencia espiritual” genuina, que incluye todos los componentes conocidos: channeling, matrices perinatales, revisión de “vidas anteriores”,etc. Puesto que el reduccionismo ha relegado todas estas experiencias al rincón de la “esquizofrenia” Grof ( heredero de la antipsiquiatría) las reivindica como crisis de crecimiento espiritual; sólo al margen, hace alusión a las psicosis orgánicas, que pueden causar efectos similares, para dejarlas en manos de la medicina. [20]
Pero renunciar al reduccionismo no significa renunciar a una explicación racional. Intentaremos pues aproximarnos a la cuestión apelando al conocimiento psiquiátrico, para descartar todo lo que pudiese pertenecer a la patología. Y aquí encontraremos que existen alarmantes semejanzas entre lo que le ocurrió a Dick en 1974 y ciertos cuadros bien identificados, con abundante casuística, que se denominan “estados confusionales agudos”.
Algunos de estos estados se caracterizan por la presencia de un pensamiento perturbador (“idea delirante”) cuyo origen es atribuido a “voces” exteriores: “cuando el paciente tiene la convicción de que le ha sido asignado un importante papel en la vida, aparecen ideas de grandeza en forma de identificación cósmica, nuevo nacimiento y misión profética” (Boisen, 1947).
No puede negarse la analogía entre el estado delirante y el proceso de creación artística; la diferencia estriba en que en este último no se pierde el criterio de realidad. En otras palabras, el delirio es la enfermedad profesional de un creador de ficciones que acaba confundiendo sus creaciones con la realidad. De hecho, Dick le confesó a Rickman que durante su experiencia se había sentido “como si estuviera viviendo en una de sus novelas”.
En estado confusional, el sujeto “oye” los propios pensamientos y los atribuye a una fuente exterior (Schneider, 1957). A veces, su obsesión es buscar signos en los hechos cotidianos, y mensajes en los sueños o en los textos más inesperados. Este “delirio de interpretación” se caracteriza como “locura razonante que obedece a una necesidad de explicarlo y descifrarlo todo” (Sérieux y Capgras).
La evolución de un delirio no estructurado suele atravesar cuatro fases bien definidas, que podemos reconocer en la experiencia de Dick: ellas se denominan Trema, o estado inicial de angustia; Apofanía, revelación súbita, que abarca varios días; Apocalipsis, creciente fragmentación del pensamiento, y Deterioro final (Conrad, 1958).
Esta fenomenología se ajusta bastante a la experiencia de Dick en 1974; pero en él las manifestaciones apocalípticas se extendieron por casi un año entero; si hubo deterioro, se fue manifestando muy lentamente, en los ocho años restantes de su vida, que no fueron los menos productivos, por cierto. Por otra parte, tras haber salido de la fase aguda de marzo, en los meses siguientes Dick fue capaz de hacer convivir sus visiones con actividades rutinarias normales, incluyendo la revisión de textos a publicar.
Un delirio tan persistente y aparentemente tan controlado quizás no se explique enteramente por causas endógenas. Es preciso tener en cuenta otro factor: el deterioro psicótico causado por las anfetaminas. Es sabido que el consumo de dosis elevadas de anfetaminas durante períodos prolongados provoca “angustia confusional aguda, alucinaciones múltiples, delirios de influencia y persecución” (Devereux, 1957). En el caso de Dick, se trataba nada menos que de veinte años de ingerir habitualmente anfetaminas en dosis muy altas, salvo breves períodos de abstinencia, pero con una evidente dependencia [21] . La primera década había culminado con la visión de Palmer Eldritch en 1963; luego vinieron los miedos persecutorios, antes y después del atentado, el intento de suicidio de 1972, y por fin la visión de 1974.
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Por otra parte, las conversaciones con Rickman no son la única fuente para comprender las experiencias de “Valis”; la novela Valis no sólo despliega todo el material autobiográfico sino ilumina otros sentidos posibles, con la libertad que da la ficción.
Es interesante notar que Dick vaciló bastante antes de dar forma definitiva a estos textos. En una carta dirigida al neurólogo Leslie Orstein, a quien admiraba por sus trabajos sobre el “cerebro dividido”, Dick cuenta que está escribiendo una novela titulada Para asustar a los muertos (To Scare the Dead). En ella, un personaje llamado Nicholas Brady descubre que es la reencarnación de un esenio llamado Tomás. En el credo de Tomás, las fuerzas del mal que gobiernan el mundo se simbolizan como “la Ciudad de Hierro”. Se trata del tema órfico del cuerpo como cárcel del alma y del mito gnóstico del mundo como destierro; lo que en Valis se llamará “la Prisión de Hierro Negro”. De Tomás, Brady aprende que Zagreo (Dionisio), Zeus y Cristo son la misma persona. Dios ha estado durmiendo; ahora despierta y habla por medio del hemisferio recesivo del cerebro.
En un segundo proyecto (Valisystem A) la trama se aproxima más a una novela convencional de ciencia ficción: Nicholas Brady y el propio Dick luchan contra un estado totalitario y descifran los mensajes de “Valis” que se esconden en las letras de rock. Algo similar ocurre en otra versión titulada Radio Free Albemuth, que luego sería publicada en forma póstuma.
Todos estos esbozos confluirían en Valis, donde ya Brady había desaparecido y el protagonista era el propio autor.
La novela se compone de tres movimientos; el anuncio mesiánico, la epifanía y el fracaso.
En la primera parte, encontramos al autor desdoblado: la figura central es él mismo, con el nombre de Horselover Fat y el relator es Philip K. Dick, escritor profesional de ciencia ficción. Fat está loco; no así el narrador.
La novela comienza cuando Fat se recupera del intento de suicidio que ha hecho dos años después de su experiencia mística. En los primeros capítulos se suceden interminables discusiones teológico-filosóficas entre cuatro interlocutores: “Phil”, “Fat”, el ateo Kevin y el católico David: el estilo de los diálogos es tan moroso e inarticulado como el de los adictos en A Scanner Darkly. Los cuatro personajes son desdoblamientos de una misma persona, el autor: una “tétrada” gnóstica de Philip Dick, dividido en dos parejas de opuestos. Por una parte, los dos hemisferios cerebrales en pugna: Phil el izquierdo y Fat el derecho. Por la otra, dos aspectos contradictorios de su personalidad: el ateo (Kevin) y el creyente (David).
Phil actúa como moderador de los diálogos. Fat, apenas salido de su desesperación, sigue creyendo que ha recibido una revelación de una entidad llamada “Zebra”; ésta le ha anunciado la pronta venida del Salvador, que se llamará Hagia Sophia (Santa Sofía). Kevin hace de abogado del diablo y plantea en forma recurrente el problema del mal y del sufrimiento inútil; la postura que defiende no es tanto atea como dualista. En cuanto a David, parece tener la “fe del carbonero” y la ingenuidad del Dr. Pangloss, a prueba de dudas y argumentaciones.
Como los gnósticos, Kevin sostiene que “Dios es impotente, malvado, mudo y débil”. Su argumento favorito es la muerte injustificable de su mascota, un gato que fue arrollado por un auto cuando cruzaba la calle para seguir a su amo. Un dios que permite que ocurran esas cosas no puede ser sabio ni bueno: un argumento que Dick usó muchas veces, y suena bastante sartreano.
En la segunda parte, los cuatro amigos presencian la exhibición de una película de “clase B” en un cine de la periferia. El film ha sido escrito y dirigido por Eric Lampton, una estrella del rock: en efecto, es una ópera-rock, que en una primera lectura parece una historia de ciencia ficción, multifocal y confusa como una novela dickiana. Pero pronto descubren que está plagada de claves, mensajes ocultos, simbolismos y cifras, que dan lugar a una verdadera orgía de interpretación delirante. En el film están todas las pistas que indican que el Salvador ya ha nacido. Los cuatro amigos salen pues ha buscarlo, juramentados como “Sociedad de Rhipidon” (¿una analogía con la Sociedad del Anillo de Tolkien?), cuyo lema es “los cristianos no pueden portar armas”.
Recurren al músico Lampton, quien vive en California con su esposa Linda y el compositor Brent Mini. Los Lampton les revelan que el nuevo Salvador es su pequeña hija Sophia: el nuevo avatar de Cristo se presenta esta vez bajo aspecto femenino.
Ante la presencia de la niña Sophia, Fat y Phil vuelven a ser una sola persona, aparentemente vuelta a la cordura. Sophia les enseña que, de ahora en adelante, no tendrán otro Dios que el hombre. También responde al viejo argumento de Kevin con el más sano sentido común: “tu gato era estúpido; el cosmos tiene sus leyes, y sólo a un estúpido que no merece vivir se le ocurre violarlas” (cap. 13).
Pero abruptamente, sobreviene un anticlímax. Mientras los cuatro regresan, la niña Sophia muere accidentalmente, alcanzada por un láser del equipo con el cual Mini se proponía registrar todos sus actos y palabras. Mini hace aquí el papel de “sabio loco” o quizás más seguramente de demiurgo malvado.
El epílogo es la consumación del fracaso: Fat y Phil vuelven a desdoblarse, y el grupo se separa. En el final, Fat se queda solo frente al televisor, aguardando ansioso las señales que permitan esperar un retorno del Mesías. La palabra clave que lo anunciaba antes había sido Hagia Sophia: ahora será “King Felix”, el “Rey Feliz”.
Las cuatro fases de la formación del delirio se han recapitulado en la estructura de la novela: la angustia inicial (la convalescencia de Fat), la apofanía o revelación (el film Valis), el apocalipsis (el mensaje de Hagia Sophia) y el deterioro terminal.
La expresión “King Felix” aparece ya en la trama del film Valis, usada para referirse a Hagia Sophia, quien será el Quinto Salvador de la humanidad (cap. 10). Luego de la muerte de la niña, Fat entra en el delirio interpretativo, y comienza a encontrar señales en todas partes. Recibe un telegrama de Portland (Oregon) que sólo dice dos palabras: “King Felix”. Sentado frente al televisor, cree tener un presagio cuando ve sucederse la propaganda de una marca de alimentos (Food King) con un dibujo del Gato Felix (cap. 14). Hojeando un libro de arte encuentra la imagen de una crátera griega (poros krater); esta es una de las palabras que la voz de Valis le había enseñado a Dick: en el vaso está grabada la figura del caduceo de Hermes. Pese a que hacía dos décadas que venía usando este símbolo (ya aparece en The World Jones Made y Counter Clock World), Dick descubre ahora el alarmante parecido que hay entre el caduceo y la espiral del ADN (cap. 14).
En su “testamento” final, Dick exhibe exactamente la misma conducta que su personaje de ficción. Le muestra a Rickman un pasaje de la versión holandesa de Flow my Tears… donde, a diferencia de la edición original, aparecen encolumnadas, formando un acróstico, las palabras “King Felix” [22] (19). Esta mera coincidencia le parece una clara señal.
No son estas las únicas interpretaciones delirantes de libro: anteriormente ya había dicho que el Libro de Daniel anunciaba la era de Nixon (cap. 10) y que la Sibila de Cumas había profetizado el asesinato de los Kennedy y aun del obispo Pike (cap. 6). Un poco más sutilmente, Dick cree descubrir el salvator salvandus enParsifal, o sostiene que la clave de Flow my Tears… está en Las Bacantes de Esquilo; por lo menos, así se lo explica a Rickman.
Queda en pie la pregunta por el origen de la revelación misma: ¿quién o qué es Valis? La respuesta tendrá la forma de un mito, o mejor dicho de dos mitos, que aparecen expuestos tanto en la novela como en los textos de la Exegesis que se intercalan en ella.
Por una parte, Dick atribuye una importancia capital a la biblioteca gnóstica de Khenobioskon (Nag Hammadi) descubierta en 1945. Esta colección, reunida por una comunidad de la secta sethiana del siglo III, permitió tener acceso a los principales textos gnósticos, que anteriormente se conocían sólo por referencias de sus adversarios, los Padres de la Iglesia. Dick convierte a Nag Hammadi en una especie de centro espiritual del mundo y elabora en torno a él algo muy parecido a un libro de von Däniken.
Cierto “plasma” divino, venido de otro sistema solar (Dick no vacila en llamarlo Logos) habría creado y sostenido a la comunidad de los sethianos de Khenobioskon. Al disolverse este grupo, el “plasma” también quedó diseminado por el mundo, a la espera del momento en que se iniciaría su reunificación. En sus visiones de 1974, Dick había tomado contacto con un tal Tomás, que había sido miembro de aquella primera comunidad de cristianos “auténticos” (gnósticos) imbuidos del plasma divino (cap. 7). Ocurre que el Evangelio de Tomáses precisamente uno de los textos de Nag Hammadi.
Este mundo ha sido creado por un demiurgo ciego y cruel, llamado Samael o Yaldabaoth: así acostumbraban nombrarlo los gnósticos valentinianos. Este seudocreador nos ha engañado mediante un tiempo y una historia enteramente ilusorios. El año en que transcurre la novela es 103, no 1978: aun estamos viviendo en los tiempos apostólicos (o apocalípticos) y el Imperio Romano nunca ha caído. Esta frase (“El Imperio nunca cayó”), es el leit motiv que se repite a todo lo largo de la novela y de la Exegesis. Sin embargo, en una típica vuelta de tuerca a la cual nos tiene acostumbrados, Dick cree recordar que ese era el título de una serial de ciencia ficción publicada por Astounding cuando Dick era adolescente (cap. 4).
La otra versión acerca de “Valis” se parece más a una trama clásica de novelas de ciencia ficción: mezclada entre nosotros, existe una misteriosa raza de invasores extraterrestres dotados de tres ojos y cráneo ovoide. Ellos serían los que habrían iniciado al Faraón Ekhnatón. Pero pronto Dick rechaza esta hipótesis, atribuyéndola a “la locura” de Fat (cap. 6).
¿Si el mundo ilusorio es obra del demiurgo Yaldabaoth, quién es entonces el Dios oculto, el Dios inefable, si cabe la pregunta?
Dick nuevamente ofrece una respuesta dualista: “la cosmología de doble origen”, del capítulo 6, que se basa en dos principios complementarios: una syzygia, para decirlo como los gnósticos. Son los “gemelos primordiales” (cap. 3) que se manifiestan como Oscuridad y Luz, Imperio y Plasma (cap. 8), como Poder y Sabiduría (cap. 12). Como en todo sistema emanatista, hay una instancia superior a esta dualidad, análoga al Pléroma de los gnósticos o a la Divinitas de Meinster Eckhart (cap. 11). A veces, se la llama “Mente cósmica”. No es que ellanos hable ‑‑dice Dick en el Tractate Cryptica Scriptura, un texto de la Exégesis interpolado en la novela‑‑ sino que ella es quien habla por medio de nosotros.
Pero el propio Dick por momentos recapacita ante toda esta catarata de símbolos, tan similar a las “novelas metafísicas” de los gnósticos, y parece reparar en las contradicciones. Es así como después de afirmar que Fat se ha vuelto un Buda tras su iluminación, observa que Zebra-Valis en realidad no ha hecho una sino tres promesas: ha anunciado el adviento de Santa Sophia (es decir, de Cristo), de Apolo y de Buda; pero poco antes había identificado a Dionisio con Elías y Jesús (cap. 8)…
Pensando quizás en su propia personalidad escindida, simbolizada aquí por Phil y Fat, Dick no vacila en decir, apoyándose en la autoridad de Platón, que en la mente divina hay ciertos rasgos de irracionalidad; una cierta forma de locura es lo que ha llevado a la separación de los gemelos divinos (cap. 3).
Las contradiciones se acentúan cuando trata de explicar cuál es el mensaje de Hagia Sophia. Al comienzo, se lo identifica explícitamente con la doctrina gnóstica: “El hombre y el verdadero Dios son idénticos, como lo son el Logos y el verdadero Dios, pero el hombre y Dios han sido separados por un creador ciego y loco (…) quien cree sinceramente en él es el verdadero Dios” (cap. 5).
Más adelante, en presencia de la niña-mesías, el compositor Mini explica que “divino” e “iluminado” significan lo mismo, estableciendo una identidad entre el hombre y Dios. Pero en la página siguiente afirma con toda solemnidad que “no hay elementos humanos en el Salvador”.
Sin embargo, cuando es Hagia Sophia quien habla, el mensaje es: “Muchos pueden decir que hablan por Dios, pero sólo hay un Dios y ese Dios es el hombre mismo” (cap. 12).
¿El mensaje final será pues, el del humanismo ateo y la secularidad radical, a la manera de Sartre?
Para evitar confusiones, hay que recordar el contexto espiritual desde el cual habla Dick de la deificación del hombre; ese concepto no es específicamente filosófico sino un híbrido de símbolos religiosos, filosóficos y literarios como es el gnosticismo. Vinculado con el mito de Sophia hallamos en el gnosticismo el tema del Hombre Primordial, el Gran Hombre o Arkhantropos: no es Adán (el primer hombre creado por el demiurgo) sino el arquetipo de la humanidad (Adamas) que equivale al Verbo o Logos divino.
En la doctrina gnóstica, la deificación del hombre es simplemente el regreso a los orígenes: los hombres han sido creados por el demiurgo malo, pero tienen en sí la chispa divina que los Arcontes han puesto en ellos. Los guías espirituales (una larga genealogía donde figuran Jesús, Buda, Abraham, Zoroastro, etc.) tienen por misión despertar esa chispa de divinidad en el hombre y volverlo hacia el Logos.
La reducción “humanista” del problema de Dios es sólo aparente; más bien, se trata de un nuevo llamado a la trascendencia, a reconstituir el arquetipo del Hombre, que una mente “concretista” como la de Dick entenderá como el advenimiento de un mesías político-religioso. Todo su último período se caracterizará pues por el mesianismo.
“SIN RESPUESTA INMEDIATA”
                 Cierta vez que un tonto hizo sonar un cuerno de
carnero, la gente creyó que ese era el toque
que anunciaba la llegada del Mesías. Cuando se
lo contaron al Rabí Menájem Mendel de Vitebsk,
éste abrió la ventana, se asomó al mundo, y
dijo: “Nada ha cambiado”.
                             (Cuento jasídico)
Más de una vez se ha querido presentar como una “trilogía” las tres últimas novelas publicadas en vida de Dick; él mismo lo ha dado a entender. Si este criterio fuera válido, quizás podríamos encontrar en ellas la clave del pensamiento dickiano, según una suerte de esquema hegeliano de tesis (Valis), antítesis (The Divine Invasion) y síntesis (The Transmigration of Timothy Archer).
Por cierto, las tres novelas gravitan en torno de la experiencia de 1974: Dick murió creyendo que ese había sido el acontecimiento central de su vida, en el cual había sido “elegido al azar” para transmitir un mensaje de salvación.
Mientras que en Valis hacían contrapunto los delirios de Fat y la objetividad “realista” de Phil, The Divine Invasion pareciera ser la novela que hubiera escrito “Horselover Fat”. Pero “Phil” vuelve a tomar la palabra enThe Transmigration…, esta vez con la máscara de Angel Archer.
                                                           ***********
The Divine Invasion, cuyo título original era Valis regained (Valis rescatado), representa casi una regresión dentro de la obra dickiana. Aquí aparecen la multifocalidad, con tres historias principales y numerosas tramas secundarias, y todo un decorado genérico de ciencia ficción; parece casi un homenaje nostálgico a sus propios mundos del período metafísico, que aquí se multiplican y encabalgan en una profusión delirante.
La cosmovisión que impregna la novela es abiertamente gnóstica. Aquí reconoce haberse inspirado en el pensamiento cabalístico: el Zohar y el Sepher Yezirah, que representan una suerte de gnosis judía. También reclama la influencia de La Divina Comedia: la tripartición del Infierno, Paraíso y Purgatorio era atribuida por Dick a influencias del sufismo, una forma de gnosis persa. Con esta novela, Dick afirmó que había pasado del cristianismo al judaísmo: “en el libro, hay una renuncia y una denuncia del cristianismo. Dios es específicamente Yahveh, como en el Antiguo Testamento” [23] . Mientras la escribía, Dick pensó seriamente en convertirse, aunque al fin retornó a sus orígenes: “el cristianismo se encuentra insidiosamente metido en el libro (…) aunque nadie lo identifique como tal” [24] .
En The Divine Invasion, Dios se llama Yah (como en Yahveh o en Halleluyah). Es un demiurgo celoso y despótico: fue la divinidad tribal de los judíos hasta que el demonio Belial logró echarlo de la Tierra, tras la caída de Masada. Doscientos años después de los hechos narrados en Valis, habita un remoto planeta que también alberga una colonia terrestre.
Yah ya ha intentado varias veces recuperar la Tierra, sin éxito: “la misión de Cristo fue un fracaso”. Ahora se propone engendrar un mesías, oportunamente llamado Emmanuel. La madre será una virgen terrestre: Rybys Rommey. El papel de José lo hará otro colono, Herb Asher, asistido por un avatar del profeta Elías. A diferencia de María, Rybys es una enferma terminal, y el mesías nacerá con lesiones cerebrales: un nuevo salvator salvandus.
Todo el libro está dominado por símbolos y conceptos de la cábala, que Dick aseguraba haber estudiado en profundidad, aunque hace un uso muy libre de ellos. Es cierto que la tradición cabalística tenía muchos componentes capaces de atraer a Dick, precisamente aquellos que tomó del gnosticismo y del neoplatonismo: un Dios infinito e insondable (Ein-sof); sus manifestaciones intramundanas (shejiná), ocultas tras los velos (klipot) de la apariencia; la idea de que el propio Dios necesita del consuelo del hombre, porque está alienado en el mundo, y la esperanza mesiánica [25] .
Pese al sincretismo de elementos herméticos y gnósticos, la Cábala nunca renegó de su esencia judía, monoteísta; quizás con la excepción del Zohar, que admite un Mal casi autónomo. Para Dick, el dualismo era casi una exigencia de su personalidad, de modo que su versión de la Cábala será sui generis. En un pasaje de la novela, cuando se afirma que es esencial al monoteísmo atribuir a Dios también la creación del Mal, la idea es rechazada como “brutal”.
Allí donde la Cábala pone un sistema de emanaciones que manifiestan a Dios en el mundo (las sefirot), Dick sigue fiel al gnosticismo y postula una Caída ontológica. En efecto, en la novela, Yah y Belial tienen el mismo origen: la Caída primordial en la cual “la propia divinidad sufrió una crisis y perdió contacto con parte de sí misma” (cap. 11). Belial es “la brillante estrella de la mañana” (cap. 6) que durante el Cisma Original cayó a la oscuridad y al mal. Hacia el final, Belial mismo es perdonado, y se manifiesta bajo la apariencia de una cometa de papel desgarrada: “los fragmentos de algo que alguna vez fuera Luz”.
Por medio de Emmanuel, Yah se propone “invadir” la Tierra y destruir a Belial. Persigue a Herb Asher (cuya única alegría es escuchar a la cantante Linda Fox interpretando las elegías de Dowland) hasta obligarlo a hacerse cargo de Rybys y del hijo que tendrá. Interfiere las canciones con chistes groseros y melodías de El violinista en el tejado; se le aparece no en una zarza sino en un tablero de control en llamas; lo amenaza y logra al fin persuadirlo. En su apoyo, le envía a Elías Tate, un espíritu inmortal que ha estado sucesivamente con Elías, Egmont, Beethoven, Boehme y Martin Buber.
Bajo el dominio de Belial, la Tierra está gobernada por los nuevos Herodes: una monstruosa alianza católico-islámica-comunista, que se cree depositaria del mensaje cristiano y espera, desde los tiempos de Valis, una nueva invasión. Yah confunde a las computadoras, a los aduaneros y a los médicos, y el trío logra desembarcar en la Tierra.
Sin embargo, pronto Rybys muere en un accidente y Herb es puesto en hibernación, donde vuelve a ser atormentado por las melodías de South Pacific y El violinista en el tejado.
El niño Emmanuel, nacido prematuramente, es rescatado y criado por Elías. Pronto conoce a una misteriosa niña llamada Zina Pallas, quien lo ayudará a recordar quien es, en una especie de anamnesis platónica.
En torno a este encuentro, la historia se focalizará en dos tramas paralelas: la dialéctica de manifestación y ocultamiento de los dos personajes celestiales (Emmanuel y Zina) y las vicisitudes de Herb Asher, el hombre común. Los críticos han señalado además que la novela se desenvuelve en tres planos caracterizados por su música: el infierno (comedias musicales), el purgatorio (las elegías de Dowland) y el Paraíso (el tañido de campanas). Pero Dick nunca es tan claro: la misma música de opereta que en los primeros capítulos procede de Yah, en los últimos señala la reaparición de Belial.
El enigma que plantea la identidad de Zina se resuelve en clave cabalística, pero en la novela sigue imperando el confuso sincretismo de Valis. Cuando Emmanuel sufre su “transformación hermética” (una experiencia de omnipotencia mágica en la cual su mente se expande hasta abarcar el universo) comienza citando la Tabla de Esmeralda (un texto del hermetismo egipcio). Luego aparecen Adam Kadmon y la shejiná (tomados de la Cábala), para culminar con el Shaoshyant, un salvador zoroastriano.
En su estado original, Emmanuel no se parece a Cristo sino a un Dios vengador, un mesías justiciero o un Deus Irae apenas atemperado. Un perro moribundo le pregunta por el sentido de su dolor, y Emmanuel le responde con los mismos argumentos que Hagia Sophia le había dado a Kevin en Valis (cap. 5). Poco antes, su compañera Zina había hablado del mismo modo (cap. 4).
A través de una penosa dialéctica, Emmanuel va descubriendo que Zina es “el lado tierno y compasivo de Dios. Yo soy su aspecto terrible, el que despierta temor y temblor” (cap. 17). A través de ella, comienza a amar a la humanidad (cap. 10). Ambos descubrirán que forman una syzygia, una pareja gnóstica complementaria.
La figura de Zina no llega a perder su ambigüedad, pese a su progresiva revelación. Su color es el rosado, que se opone al rojo de Yah. Es el color que Dick vio en su experiencia de 1974; y Zina acepta ser llamada “Valis”. En el sueño que tiene la mujer de uno de los déspotas terrestres se anuncia el fin del sacrificio del Pez (Cristo) y su reemplazo por cierto alimento de color rosado. Dick explicaría que este sueño simboliza el ingreso en la era de Acuario: Zina sería así el Espíritu, Hagia Sophia, que dominaría la Tercera Edad del Mundo.
Sin embargo, Zina aparece a veces con una máscara guerrera, como Palas Atenea (cap. 4 y 8): una máscara que Dick solía atribuir al Deus Irae. Su nombre deja entrever que es un avatar de Diana, y ella misma admite que es “Diana, la reina de las hadas” (cap. 10). Compara su luz con la de Emmanuel: éste sería “el calor solar que destruye las cosechas” (cap. 12). Si Diana representa la Luna, en un nuevo giro sincrético la pareja se convierte en Isis y Osiris.
¿Quién es Zina? No es Hagia Sophia, el Espíritu Santo (cap. 13), pero se hace llamar Consolador, Defensor, Consejero y Paráclito (cap. 10), que son nombres del Espíritu Santo. Si Zina es el Defensor, el Adversario será Satán (cap. 10). Tampoco es Cristo, y sus campanas “no son las de la iglesia sino las de la magia” (cap. 12). Elías desconfía permanentemente de ella, y la acusa de ser una tejedora de ilusiones. El mismo Emmanuel la compara con Satán, el Simio de Dios (cap. 15).
Zina lleva a Emmanuel al mundo que ha creado introduciendo “algunos cambios” en nuestro pasado. Emmanuel, que defiende el principio de realidad, se niega a aceptarlo: Zina crea fantasmas, ilusiones, ensueños; sólo él puede darle realidad a las cosas (cap. 13). Antes, había admitido que ese era “su propio mundo, restaurado” (cap. 12).
Zina lo lleva a un lugar que le trae recuerdos de infancia a Philip Dick: el jardín de cerezos rosados de Washington. Belial es aquí un pequeño monstruo que está encerrado en el zoológico municipal.
Por último, Zina se revela como Maljut, la última de las sefirot: es “el aspecto femenino de Dios”, mientras que Emmanuel es el infinito Ein sof (cap. 16). Ella es la Torá, la luz inagotable que precede a la creación, y está presente en “esas chispas divinas de que hablan los gnósticos”. Pero antes, Emmanuel había recordado que él mismo había creado a Zina para recuperar la identidad (cap. 13). Ambos son ahora una syzygia reconciliada, que manifiesta los dos movimientos del cosmos: la caída y la reparación.
Envuelto en esta gigantomaquia, el mortal Herb Asher sobrevive como puede. Rescatado de la hibernación a que estaba sometido en el mundo de Belial, se encuentra en el de Zina, donde está casado con Rybys y Manny (Emmanuel) es un niño normal. Logra acercarse a Linda Fox y consigue una cita con ella, pero Emmanuel interviene con su realismo para arruinar el romance: vista de cerca, Linda está excedida de peso y la unión sexual no se consuma porque está menstruando… Tras las bambalinas, Emmanuel comenta que “el desencanto es el sello de la autenticidad” y Zina lo felicita, irónicamente.
En un gesto de compasión, Emmanuel y Zina liberan a Belial, y el mal vuelve al mundo. Herb, que intenta una vez más ver a Linda, es detenido por un policía que lleva la máscara del Deus Irae. Cuando todo parece perdido, logra persuadirlo de que el mundo está en guerra; “Dios está combatiendo, y pierde…”. El policía lo suelta, y le pide que rece por él. Herb sigue viaje pero descubre que Belial lo acompaña, lleno de lujuria por Linda. Cuando llegan a la casa, Zina es quien sale a recibirlos, y destruye a Belial con su sola presencia. Ella y Emmanuel dialogan en alemán (?) delante de Herb, y cuando se retiran éste puede al fin consumar su unión con Linda. Zina se ha apiadado de él y le ha dado un “final feliz” a su ilusión. Pero el mensaje final es: “Ayuda a tu protectora… porque esta es la verdadera ley de la vida: la mutua protección…”. Como Hagia Sophia y otras figuras que vendrán luego, Zina es también un salvator salvandus.
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The Transmigration of Timothy Archer se presenta como una especie de anticlimax “realista” a las dos novelas anteriores: es una evocación bastante objetiva de la personalidad y el entorno familiar del ex obispo Pike, aquí llamado “Timothy Archer”.
Archer, que al comienzo es retratado como un pedante hiperintelectualizado, que discurre en base a citas eruditas, enloquece tras la muerte de su hijo, y tras pasar por el espiritismo, acaba pereciendo en una loca cruzada por el desierto palestino: está empeñado en encontrar un supuesto hongo alucinógeno que explicaría los orígenes remotos del cristianismo: una variante de aquel “plasma” de que se hablaba en Valis, con la diferencia de que aquí es una quimera.
Quien narra es Angel Archer, nuera del obispo; es la primera figura protagónica femenina en la obra de Dick. La novela comienza y termina en el día del asesinato de John Lennon, y la desolación de Angel se suma a la angustia colectiva: “Acaban de matar a John Lennon y yo creo saber para qué estamos en esta Tierra: es para descubrir que aquellos que uno más ama le son quitados, probablemente debido a un error ocurrido allá arriba, más que por un designio” (cap. 1).
Angel es un personaje escéptico, como “Phil” lo era en Valis. Entonces reaparece el delirante “Fat”, aquí bajo el aspecto de Bill Lundborg, un hijo de Kirsten, la amante del obispo. Bill es hebefrénico, y no puede pasar el test de Vigostsky de pensamiento concreto. Pero apenas muere Timothy Archer, súbitamente comienza a hablar como él, y anuncia que la mente del obispo lo habita. Edgar Barefoot, un dudoso gurú californiano al cual acude Angel, lo confirma; según Barefoot, Bill es un bodhisattva: lo prueba su capacidad para usar términos latinos y griegos o citar a Dante.
Bill ha tenido una experiencia que parece un calco de la de Valis: “Luces, colores, y luego una presencia en mi mente. Otra personalidad mucho más lista que yo, pensando toda clase de cosas que nunca pensé. Sabía griego, latín, hebreo, y todo acerca de la teología” (cap. 15). Aquí, la presencia es la del obispo Archer, quien por medio de Bill anuncia que ha encontrado la paz: buscaba el conocimiento, pero encontró la paz sólo en la compasión por los demás, en la caritas.
Pero Bill acaba en un manicomio, hablando como si fuese Cristo, buscando el misterioso hongo alucinógeno de Archer; Angel no puede dejar de dudar. El místico loco y el cuerdo escéptico siguen enfrentados, aunque quizás pudieran llegar a vivir juntos.
Pero el solo hecho de haber sido The Transmigration lo último que escribiera Dick no la convierte en síntesis final de su pensamiento. En cierto modo, lo que mejor refleja la situación terminal de su evolución mental y espiritual en vísperas de la muerte, es el epílogo de Valis, donde Phil queda perplejo esperando nuevos signos del Mesías, en pleno delirio interpretativo: “Mi búsqueda me retenía en casa, sentado frente al televisor en el living. Sentado, esperando, observando, manteniéndome despierto, como se nos había dicho que hiciéramos hace mucho, mucho tiempo. Yo cumplía mi cometido” (Valis, cap. 14).
Esta actitud de compulsiva espera, que se niega a admitir el fracaso y necesita nuevas razones para vivir, llevará a un nuevo ciclo cerrado de autismo y mesianismo: la revelación se produjo, y todo ha quedado igual. Es la misma insatisfacción que manifiestan los cambios de ánimo y las contradicciones flagrantes en cada uno de los últimos diálogos con Rickman: a diferencia de Archer, Dick no encontró ciertamente la paz en su último año de vida: obsesionado por el delirio interpretativo, en dos oportunidades fue arrastrado por ilusiones mesiánicas. El clima de sus conversaciones con Rickman, en las cuales suelen entremezclarse la realidad y la ficción con el sueño y el presagio, hace contrapunto con dos episodios de su vida pública: la “Carta de Tagore” (setiembre de 1981) y la adhesión al “profeta” Benjamin Creme, cuyo mensaje sedujo a Dick en sus dos últimos meses de vida (enero y febrero de 1982).
El primer episodio (la “Carta de Tagore”) se inició con una de las “visiones hipnagógicas”. Dick quedó tan conmovido por uno de sus sueños que se sintió con el deber de comunicarlo al mundo entero. En el sueño, “supo” que el Mesías ya había nacido, y vivía en Sri Lanka (Ceylán). Lo vio como un hombre de tez oscura, de raza dravidiana; posiblemente fuera un paria, de religión budista o hinduísta. Estaba cubierto apenas con un taparrabos de algodón. Sus piernas estaban horriblemente quemadas y llagadas; no podía caminar, y tenía que ser transportado de un lado a otro. Uno de sus nombres era Tagore; el otro, era tan largo y complejo que Dick no pudo retenerlo. Por lo demás, su figura se parecía a la de Gandhi.
Impresionado por esta visión, Dick escribió una especie de manifiesto mesiánico que envió a Ted Meskys, el editor del fanzine Niekas. No conforme con esto, copió todas las direcciones que tenía a mano y el 23 de setiembre de 1981 despachó un total de ochenta y cuatro copias a otras tantas personas: algunas ni siquiera eran conocidas, sino apenas lectores que le habían escrito para elogiar o criticar alguno de sus libros. Días más tarde, otra visión le hizo saber que sólo dos de sus destinatarios entenderían el mensaje, pero sin especificar sus nombres: Rickman, aseguró Dick, no era uno de ellos.
Pese a la gravedad del contenido ‑un llamado a detener la contaminación del planeta‑ la carta tenía el sello del humor y la ironía dickianas. Dick comenzaba recordando la existencia de su “alter ego” llamado Horselover Fat y la postración en que éste había quedado luego de los acontecimientos relatados en Valis. “¡Pobre Fat! ‑continuaba‑ su locura es ya definitiva, porque supone que esta vez logró realmente ver al nuevo Salvador”. Dick aseguraba haber discutido mucho con Fat acerca de la conveniencia de dar a conocer su visión. Fat se había negado, aduciendo que los lectores terminarían creyendo que el loco era Phil Dick, pero la importancia del mensaje era tal que decidieron correr el riesgo. La carta finalizaba con otra observación irónica: “Me hubiera gustado compartir la visión de Fat, pero tengo cosas más importantes que hacer; mirar televisión y jugar con los juegos electrónicos de mi computadora. Esas son todas las buenas cosas con las cuales desperdiciamos nuestras vidas, mientras la ecosfera herida, sufriente y en peligro mortal, grita pidiéndonos ayuda.”
En efecto, Tagore era un mesías ecológico. Aparentemente, según los detalles de la visión que Dick le aportaba a Rickman, era investigador veterinario en un instituto agronómico; trabajaba rodeado de sofisticado instrumental. Toda la visión se parecía sospechosamente al bosquejo de una novela, de la cual Dick visualizaba las escenas salientes. Tagore amaba a los animales, y estaba a punto de hacer un descubrimiento de capital importancia para salvar al mundo de la contaminación, pero había oscuros intereses que tramaban apoderarse de su trabajo para transformarlo en un gran negocio. Tagore sufría, porque había decidido asumir sobre su cuerpo la carga de los pecados ecológicos de la humanidad. Con cada carga de desechos radioactivos que las grandes potencias arrojaban al mar, las piernas de Tagore sufrían y se cubrían de llagas. Más que un mesías, Tagore era un salvator salvandus eternamente crucificado, y se parecía demasiado a Wilbur Mercer para ser genuino.
El propio Dick no tuvo reparos en ofrecer explicaciones reduccionistas de su visión: reconocía que quizás se hubiera inspirado en el suicidio de los bonzos budistas que se inmolaban rociándose con nafta durante la guerra de Vietnam [26] . En otro momento, le parecía evidente que la imagen de Tagore había surgido de su propio inconsciente: admitía que las piernas quemadas y el taparrabos (que bien pudiera haber sido un pañal) eran una visión de su hermana gemela Jane, quien muriera de desnutrición y con las piernas quemadas… [27]
Dick también contaba cómo una amiga, alarmada por la carta, le recomendó visitar a una mujer reconocida por sus poderes de “curación psíquica”. Como lo hubiera hecho hasta el más torpe de los psicoanalistas, ésta le hizo ver que Tagore era él mismo, y le anunció que estaba muy enfermo, físicamente enfermo [28] . Hoy sabemos que sólo le quedaban cuatro meses de vida…
El núcleo del mensaje contenido en la “carta de Tagore” era el siguiente: ya no se trata de esperar a un Salvador que redima al hombre; ahora lo que está en peligro y clamando por la redención es la ecosfera, el manto de vida que recubre el planeta. En un largo excurso teológico, Dick identifica a Tagore con Cristo, comparando el agua que mana de su costado (que simbólicamente representa la fuente bautismal) con las llagas de las piernas de Tagore, cuyo dolor es redentor [29] . Nuevamente, nos encontramos con un Cristo agonizante y sin esperanza, la Cruz sin la Resurrección; este no es el Cristo de los Evangelios sino el salvator salvandus de la gnosis.
Por medio de “la transubstanciación” ‑‑dice Dick‑‑, Cristo ha ido invadiendo el mundo y penetra en todas las formas de vida: “este Cristo es el que ahora se halla no sólo para salvar a la humanidad o a ciertos hombres, los elegidos, sino para la salvación de la ecosfera como un todo, desde el caracol hasta el hombre” [30] .
Dick menciona aquí a Teilhard de Chardin, quien sostuvo una cosmovisión muy similar. Recordemos algunos textos de Le Milieu Divin en los cuales la transubstanciación eucarística se proyecta en una visión cósmica: “A cada instante, el Cristo Eucarístico controla, desde el punto de vista de la organización del Pleroma (el único verdadero punto de vista para comprender el Mundo) todo el movimiento del Universo (…) Al asimilar nuestra humanidad el Mundo material, y al asimilar la Hostia nuestra humanidad, la Transformación eucarística desborda y completa la Transubstanciación del pan en el altar.” [31] .
Pese a las semejanzas de lenguaje, el Pleroma teilhardiano es un estado terminal, la culminación de la evolución y la santificación de la materia. En la visión gnóstica (y dickiana), el Pleroma es originario, y su penetración en un mundo material que le es ajeno es apenas una “invasión divina”.
Aquí comienza a consumarse la transición de la mística al mesianismo. Dick se reconoce enfermo: por momentos parecería identificarse él mismo con el mesías sufriente. “Siempre está enfermo, pero nunca muere”, le había dicho el oráculo del I Ching, según narra al comienzo de Valis. En la visión de Tagore parecen confluir, como si se tratara de apuntes o escenas para una novela jamás escrita, sus traumas infantiles, las ideas ecológicas que estaban en boga en esos años, todos los redentores fallidos de su ficciones. También empieza a recuperar la pasión por la justicia y el amor por los pobres que habían sido los temas de su etapa política. Como si presintiera la muerte cercana, Dick está recapitulando su vida.
Pocos días después de enviar la circular, Dick hizo otro gesto simbólico: donó mil dólares a la Karen Silkwood Foundation, una organización antinuclear, al enterarse de que la visión de Tagore se había producido la misma noche que se estaba realizando un masivo acto de protesta contra los reactores nucleares.
Pero el mesías Tagore estaba destinado a tener una carrera muy corta. Un día de enero de 1991, cuando Dick estaba oyendo música por una radio local de FM, una entrevista lo sorprendió. Quien hablaba era el profeta de uno de esos cultos sincréticos (o comerciales) que proponen pintorescas síntesis de orientalismo, esoterismo, UFOs, astrología y dietética. Seguramente no era el primero que escuchaba, pero su actitud espiritual de entonces lo predisponía a creerle. Quizás lo sedujeran algunas sorprendentes coincidencias con sus propios delirios: en The Divine Invasion, la novela que acababa de escribir, Elías y Sophia hablan al mundo desde una emisora de FM…
El profeta era Benjamin Creme, un ilustrador inglés que afirmaba haber recibido mensajes del más allá, y ya contaba con un gran número de seguidores. Creme decía estar en contacto con “Maitreya, el Cristo, Jefe de nuestra Jerarquía Planetaria”. “Maitreya” era el nombre que una tradición hindú atribuye al Buda futuro, pero el sincretismo de Creme era capaz de aglutinar en una sola fórmula las más variadas religiones y cultos. En la entrevista que escuchó Dick, Creme explicaba que había comenzado a reunir a sus discípulos en 1974. Desde su cuartel general, el Tara Center de Hollywood, estaba organizando lo que sería la presentación pública del nuevo mesías: hacia mayo o junio de 1982, habría multitudes de personas que recibirían mensajes de Maitreya, y su rostro aparecería en las pantallas de televisión. La doctrina de Creme era un reciclaje de viejos temas esotéricos: anunciaba que este “Cristo” que ahora se presentaba como Maitreya era la misma entidad que durante tres años había protegido al hombre Jesús, su discípulo, para abandonarlo más tarde en la cruz.
El año en que Creme decía haber recibido los primeros mensajes de Maitreya (1974) era el mismo de la “experiencia de Valis”. La idea de que el Mesías aparecería por televisión parecía dar razón a la espera de Horselover Fat y la especulación en torno del King Felix. Estas coincidencias fueron como una revelación para Dick, predispuesto desde un tiempo a ver presagios en todo. Cuanto decía Creme parecía ajustarse perfectamente a su delirio privado. Ya no se trataba de Hagia Sophia, King Felix o Tagore; el nuevo nombre del mesías era Maitreya.
Además, el contenido del mensaje ya estaba casi textualmente en Valis. Un texto de la Exégesis incluido en la novela (Tractate # 12) proclamaba que Dionisio, Elías y Jesús eran una misma persona. Uno no puede dejar de sospechar que quizás Creme había leído Valis y eclécticamente había incluido algunos de sus temas en el mensaje. Pero, desde el punto de vista de Dick, era algo así como que todas sus fantasías de los últimos ocho años se materializaran de repente ante él.
De allí a decir que Maitreya ya le había sido anunciado por el I Ching, y llegar por fin a escuchar la voz de Maitreya, había un solo paso. Maitreya tenía la misma voz impersonal que Valis, la misma que Dick había escuchado otras veces a lo largo de toda su vida. Maitreya se le manifestó como la esencia de Apolo, la “Apoleidad” (Head Apollo); había vivido dos mil setecientos años, en los cuales había sido Gautama, Cristo, Dionisio y Elías. Siendo Elías, se había apoderado del hombre Jesús durante tres años (entre el bautismo y la crucifixión), había estado en él. Esa era la causa de la exclamación “Eloi, Eloi, lama sabachtaní” (Marcos 15, 34-36).
La expresión significa “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” y el evangelista la transcribe en arameo para explicar como muchos creyeron que Jesús estaba evocando a Elías. En otros textos, Jesús dice que Elías (centro de tantas leyendas populares) ya había vuelto, y todos entienden que está aludiendo a Juan el Bautista (Mt. 17, 10 ss; Mc 9, 10 ss; Lc 1, 17).
Pero para Creme (y también para Dick) Elías era quien había abandonado a Jesús. Dick añadía por su cuenta, que Elías era la décima encarnación de Krishna. Era casi inevitable que unos pocos días después Dick afirmara que había hablado con Krishna [32] .
El 17 de febrero de 1981, su último día de vida activa (el 18 sufriría su primer ataque cardíaco y quedaría semiinconsciente) Dick desplegó ante Rickman una verdadera batería de delirios que se desplazaban y negaban mutuamente; el deterioro ya era apreciable.
Dick confesó que él también, como Cristo, había sido protegido por Elías. Por primera vez le había llamado la atención sobre Elías un programa bíblico de la radio, cuando estaba en la escuela media. Ahora ya estaba seguro de que quien había hablado durante el examen había sido Elías. También sabía que quien había descendido sobre los apóstoles en Pentecontés era Elías y no Cristo. Ya en 1974, bajo la influencia del pentothal, había recordado que en una vida anterior había sido Elías. “Eloi, Eloi, lama sabachtaní” era la frase que creía haber oído pronunciar a su hijo Christopher, cuando se dio cuenta de que sufría de hernia inguinal. Pero inesperadamente, el espíritu de Elías lo había abandonado en 1976, y esa había sido la causa de su segundo intento de suicidio.
La voz de Valis, ¿era pues la de Elías? ¿La voz de Maitreya, también pertenecía a Elías? No ‑dice Dick en otra vuelta de tuerca‑, quien hablaba ahora no era Maitreya, sino el mismo Yahveh [33] .
En cuanto a sus contenidos, el mensaje de Maitreya es el mismo que anunciaba Hagia Sophia en Valis: “no tendremos otros dioses que el Hombre”. Maitreya “no es un dios, es un hombre”. Viene de la India y actualmente reside en Bélgica. Con él se inicia la definitiva “separación de lo espiritual y de lo religioso”. Dick asegura que ahora puede hablar de justicia social, pero no tiene nada que decir acerca de la vida después de la muerte [34] .
Cuando el escéptico Rickman le recuerda que todo esto ya había sido dicho en Valis y otras novelas, Dick asiente, y remata una disgresión sobre los guías espirituales ocultos de la humanidad con un chiste referido a su gato que lo ridiculiza todo [35] . Al sugerirle Rickman que quizás esté siendo víctima de un “complejo mesiánico”, Dick lo admite, pero con la condición de que se admita que el suyo es un compromiso con la justicia [36] .
La identificación con Elías resulta explicable, si consideramos la recapitulación de todas sus obsesiones que estaba haciendo Dick. Elías es un profeta beligerante, que enfrenta a los poderosos y resucita a un muerto, pero es cruel y justiciero con los adoradores de Baal: es un líder mesiánico a la medida de Dick.
Dick aborrecía del nazismo, al cual consideraba una fuerza entrópica. Su novela The World Jones Madedescribía una carrera similar a la de Hitler: la de Floyd J. Jones, quien comienza siendo vidente de feria, luego se hace pastor fundamentalista y por último líder carismático, hasta llevar a la Tierra a la ruina. Sin embargo, nuestro autor sentía una confesada admiración por los líderes carismáticos, así fuesen fascistas como Mussolini: precisamente éste era el modelo que había usado para sus personajes Gino Molinari, Benny Cemoli y Thors Provoni.
Su fe en los líderes carismáticos hizo que al enterarse de que habían matado a Anwar El Sadat sufriera una crisis: convencido de que realizaba “un acto religioso” se cortó la mano con una lata de Orange Crush; creía sentirse obligado a mezclar su sangre con la del justo que había perecido injustamente [37] . Cuando Rickman le recordó que probablemente Sadat había sido asesinado por orden de Khadafi, en una de sus típicas contradicciones Dick aseguró que también admiraba a Khadafi. Sus “razones” fueron: “porque parece un bailarín de música disco“; “porque está loco”; “porque aun siendo loco y depravado, todavía es un ser humano identificable”. Afortunadamente, admitía que personas como Khadafi no debían llegar a gobernar [38] .
Por análogas razones, admiraba a Fidel Castro y al Che Guevara. En una entrevista de 1976 [39] se declaró admirador de Mao; a Rickman, le habló con entusiasmo de la Revolución Cultural china y de una colosal estatua de barro que habían erigido los guardias rojos [40] .
El líder mesiánico-político con que soñaba Dick en sus últimos días debía rescatar los ideales de los republicanos españoles durante la guerra civil: “casi marxistas, pero profundamente religiosos. Una fusión entre lo mejor que tiene el catolicismo y lo mejor del marxismo” [41] .
Maitreya debía lograr la fusión del cristianismo con un sistema político secular, que fuera la “síntesis del marxismo y de la Torá” [42] . Sus metas eran la justicia social, el humanitarismo, la asistencia al Tercer Mundo y la necesidad de obtener el suministro de agua pura para todo el planeta [43] . Proponía compartir los bienes de la civilización industrial con los pueblos de la periferia, haciendo realidad la filantropía, el ideal de Filón de Alejandría, y la preocupación por los pobres, que es el aporte del Nuevo Testamento [44] .
Cuando Maitreya inicie se obra, tomará “medidas revolucionarias”, consistentes en destruir todas las instituciones existentes [45] .
Bajo su reinado, desaparecerán la pornografía y las películas de terror: especialmente las de Roger Corman. También eliminará las malas películas de ciencia ficción, como Alien, pero rescatará las buenas, como Blade Runner; ambas habían sido dirigidas por Ridley Scott, pero la segunda se basaba en una novela de Dick.
Además, la llegada de Maitreya se integra en un esquema gnóstico y esenio: la milenaria guerra entre los Hijos de la Luz y los Hijos de las Tinieblas. La guerra de 1914-1918 fue una de las siete batallas del Armagedón; en cuanto a la de 1939-1945, Dick dice poseer “pruebas” de la presencia de Maitreya en Stalingrado: son fotos de rusos sonrientes a pesar de las penurias del sitio alemán.
En uno de los último pasajes de la entrevista, Dick vuelve a vincular la experiencia de 1974 con la llegada de Maitreya en 1977, según Benjamin Creme. Afirma que él mismo había deslizado algunas profecías, inconscientemente, en su novela Flow my Tears… Esas profecías sólo fueron comprendidas por unos pocos, pero “hubo inmediata respuesta“; el diálogo, y con él el libro, concluye con estas palabras.
Poco antes, Dick había amenazado, en un ataque de omnipotencia paranoide, que si Maitreya efectivamente no se manifestaba en mayo de 1982, como estaba anunciado, “entonces yo personalmente derrocaré al gobierno norteamericano y al ruso: esto puedes ponerlo por escrito” [46] .
En un carrousel final de dioses, salvadores y líderes, Dick se encuentra con que había puesto todas sus espectativas en un hecho preciso e improbable: la llegada de Maitreya. Su esperanza tenía fecha fija. Ya no le quedaba otra salida para ese movimiento espiral envolvente con que se había encerrado en el idios kosmosdesde 1974. Había quemado sus naves; presentía que no habría inmediata respuesta y antes que aceptar otro fracaso, no le quedaba otra salida que morir. La muerte no es una tragedia ‑le había dicho a Rickman‑, sólo la muerte prematura lo es. Pero -añadía- no existe algo así como una muerte oportuna.
Al día siguiente, Dick sufrió su primer ataque cardíaco, y cayó en un estado semiconsciente por 16 días, durante los cuales sólo alcanzaba a estrechar la mano de los amigos que iban a visitarlo e intercambiar una sonrisa. Después de atravesar esos días en estado de “semivida”, como un personaje de Ubik, el 2 de marzo de 1982 se lo dio por muerto, al no registrar actividad cerebral.
Era una fecha singular: pocos habrán reparado en que ese día se cumplían exactamente ocho años de la experiencia de Valis.
ENLACE EXTERNO
Dick Sólo para Adicktos. Se pueden descargar sus principales obras.
Gregg Rickman. Philip K. Dick. In His Own Words (citado “PKD IHOW“). Prólogo de Roger Zelazny. Fragments West, The Valentine Press, Long Beach 1984.
Gregg Rickman. Philip K. Dick. The Last Testament (citado “PKD LT“). Fragments West, The Valentine Press, Long Beach 1985
Paul Williams. Only Apparently Real: The World of Philip K. Dick (citado “Williams“) Arbor House, New York 1986.
Gwen Lee & Doris E. Sauter. “Thinker of Antiquity” en Starlog, enero 1990.
BIBLIOGRAFÍA CRÍTICA
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          Brian Aldiss. “Philip K. Dick: A Whole New Can of Worms”, en Foundation # 26, octubre 1982.
          Michael Bishop. “In Pursuit of Ubik“, en Greenberg-Olander.
          Brian Burden. “Philip K. Dick and the Metaphisics of American Politics” en Foundation # 26, octubre 1982.
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          Peter Fitting. “Ubik: The Deconstruction of Burgeois SF”, en Science Fiction Studies, marzo 1975. Reproducido en Greenberg-Olander.
          Elvio E. Gandolfo. “El libretista de los simulacros”, en La Opinión Cultural, Buenos Aires, 21 de diciembre 1975.
          Elvio E. Gandolfo. “Doce miradas al mundo de Dick”, en Fenix # 1, Adiax Editores, Buenos Aires 1979.
          Martin Harry Greenberg y Joseph D. Olander. Philip K. Dick. Taplinger, New York 1983 (introducción de Barry Malzberg).
          B. Hayles. “Mataphisics and Metafiction in The Man in the High Castle, en Greenberg-Olander.
          Fredric Jameson. “After Armageddon: Character Systems in Dr. Bloodmoney” en Science Fiction Studies, marzo 1975.
          Stanislaw Lem. “Philip K. Dick. A Visionary Among the Charlantans” en Science Fiction Studies, marzo 1975.
          Douglas Mackey. Philip K. Dick. Twayne Publishers, Boston 1988
          Barry Malzberg. “Introduction to Philip K. Dick”, en Greenberg-Olander.
          Peter Nicholls. “Philip K. Dick: A Cowardly Memoir”, en Foundation # 26, octubre 1982.
          Carlo Pagetti. “Dick and Meta-SF” en Science Fiction Studies, marzo 1975
          Carlo Pagetti-Gianfranco Viviani, eds. (Actas del encuentro de Courmayeur; contiene trabajos de Carlo Pagetti, Jonathan Benison, Piergiorgio Nicolazzini, Salvatore Proietti, Bruno Vaccari, Giuseppe Panella, Claudio Asciuti, Domenico Gallo, Gabriela Frasca, Oriana Palusci, Antonio Caronia, Valerio Fissore y Francesco Marroni.)
          Hazel Pierce. “Philip K. Dicks Political Dreams”, en Greenberg-Olander.
          Darko Suvin. “Artifice as Refuge ann World View. Philip K. Dicks Foci”, en Science Fiction Studies # 5, vol. 2, Part I, marzo 1975.
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          Philip Strick. “Philip K. Dick and the Movies”, en Foundation # 26, octubre 1982.
          Marcel Thaon. “Labyrinthe de la mort. Quelques réflexions sur la vie el loeuvre de Philip K. Dick”, en Philip K. Dick (antología). Le livre dor de la science-fiction. Presses Pocket, París 1979.
          Pascal J. Thomas. “French SF and the Legacy of Philip K. Dick”, en Foundation # 34, otoño 1985.
          Jeff Wagner. “In the World He Was Writing About: The Life of Philip K. Dick”, en Foundation # 34, otoño 1985.
          Patricia S. Warrick. Mind in Motion. The Fiction of Philip K. Dick (citado “Warrick“) Southern Illinois Press, Carbondale and Edwardsville 1987. Incluye: “The Encounter of Taoism and Fascism in The Man in the High Castle, en Greenberg-Olander y “The Labyrinthian Process of the Artificial: Philip K. Dicks Androids and Mechanical Constructs”, en Greenberg-Olander.
          Eugene Warren. “The Search for Absolutes”, en Greenber-Olander.
          Ian Watson. “Le Guin’s Lathe of Heaven and the Role of Dick: The False Reality as Mediator”, en Science Fiction Studies, marzo 1975.
          David Wingrove.”Understanding the Grasshopper. Letmotifs and the Moral Dilemma in the Novels of Philip K. Dick”, en Foundation # 26, octubre 1982.
Primera Publicación: 
Capanna, Pablo; Idios Kosmos, Claves para Philip K. Dick, Ensayo. Ediciones Axxón. Buenos Aires, marzo de 1991. Edición en soporte informático, la primera en idioma español.
Capanna, Pablo; Philip K. Dick, Idios kosmos. (Reedición de Idios Kosmos, Claves para Philip K. Dick.) Ensayo. Editorial Almagesto, Colección Perfiles, Nro. 24. Buenos Aires, mayo de 1995. 146 páginas.
Dios! le agradece vivamente al amigo Pablo Capanna su gentil permiso para publicar este texto.
Queda expresamente prohibida su reproducción sin autorización escrita del autor.
Bibliografía consultada:
[1]   Rickman, PKD LT, pág. 72
[2]   Curiosamente, es la misma canción que dio origen en 1969 al rumor de que Paul McCartney había muerto y había sido reemplazado por un sosías. Miles de aficionados se pusieron entonces a interpretar supuestos “signos” y “pruebas” que aparecerían en las tapas de los discos y en sus letras, incluso grabadas en forma subliminal; fue un delirio interpretativo similar al de Dick. (Cfr. Jean NOël Kapferer, Rumores,Ed.Emecé,Buenos Aires,1989)
[3]    Robinson, cap. 9; nota 3
[4]    Entrevista con Tessa Busby Dick, en Rickman PKD LT, pág. 64
[5]    Entrevista con Charles Platt.
[6]    Rickman, PKD LT, pág. 48
[7]    Rickman, PKD LT, pág. 60
[8]    Rickman, PKD LT, pág. 127
[9]    Rickman, PKD LT, pág. 42
[10]   Rickman, PKD LT, pág. 46
[11]   Rickman, PKD LT, pág. 216-217
[12]     Rickman, PKD LT, pág. 196-197; 200
[13]    P. K. Dick, Afterthoughts, en The Best of PKD, pág. 443
[14]    Rickman, PKD LT, cap. 12
[15]    Rickman, PKD LT, pág. 170
[16] Rickman, PKD LT, pág. 25
[17]     Rickman, PKD LT, pág. 54, 79, 17 ss
[18]     De un modo bastante salomónico, Jay Kinney, quien examinó el material de la Exegesis, afirma que “las experiencias del 2-3-74 permiten tanto ser interpretadas como episodios psicóticos o interludios místicos, según el punto de vista que uno adopte”.(“Summary of the Exegesis Based on Preliminary ´
Forays”,en Rickman, PKD LT,pág.232)
[19]     Arthur Koestler. Autobiografía. 5. La escritura invisible. 1936-1940. Alianza-Emecé, Buenos Aires- Madrid, 1974.
[20]     Cfr.Stanislaw & Christina Grof (comp.) Spiritual Emergency. When Personal Transformation  Becomes a Crisis. Los Angeles, Jeremy P.Tarcher, l989.
Stanislav Grof.The Holotropic Mind.Harper-Collins, New York 1990.
[21]   Cfr. Ey-Bernard-Brisset, Tratado de Psiquiatría. Toray.Masson,Barcelona 1978.
Vidal-Bleichmar-Usandivaras. Enciclopedia de Psiquiatría.Ed.El Ateneo, Buenos Aires 1977.
[22]   Rickman, PKD IHOW, pág.204
[23]   Rickman, PKD IHOW, pág. 201
[24]    Rickman, PKD IHOW, pág. 201
[25]   Cfr. Gershom Scholem, “The Messianic Idea in Kabbalism”, en The Messianic Idea in Judaism, Schocken Books, New York 1971.
[26]   Rickman, PKD LT, pág. 188
[27]   Rickman, PKD LT, pág. 91
[28]   Rickman, PKD LT, pág. 81
[29]    Rickman, PKD LT, pág. 100
[30]    Rickman, PKD LT, pág. 75
[31]    Pierre Teilhard de Chardin. Le Milieu Divin. Essai de vie intérieure, Ed. du Seuil, París 1957. P. III, 2, págs. 153-155
[32]   Rickman, PKD LT, pág. 120
[33]    Rickman, PKD LT, pág. 219-222
[34]    Rickman, PKD LT, pág. 130
[35]    Rickman, PKD LT, pág. 124
[36]    Rickman, PKD LT, pág. 192
[37]    Rickman, PKD LT, pág. 81
[38]    Rickman, PKD LT, pág. 87, 89
[39]    Entrevista con Daniel De Prez, en SF Review,agosto 1970
[40]    Rickman, PKD LT, pág. 141
[41]    Rickman, PKD LT, pág. 143
[42]     Rickman, PKD LT, pág. 129
[43]     Rickman, PKD LT, pág. 130
[44]     Rickman, PKD LT, pág. 133, 135
[45]     Rickman, PKD LT, pág. 123
[46]     Rickman, PKD LT, pág. 144

 

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