El incendio milenarista – Yves Delhoysie y Georges Lapierre

Estado: nuevo.

Editorial: Pepitas de Calabaza.

Precio: $280.

 

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $40.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Introducción al milenarismo
LA HUÍDA ENLOQUECIDA DEL mundo por los caminos de Compostela, el
refugio en la oración, el asilo de la Iglesia o el remanso de paz de la vida
monástica no fueron, por fortuna, los únicos impulsos de los hombres
de la Edad Media en pos de la salvación eterna. A muchos de ellos los
arrastró otra corriente, igual de poderosa: la del milenarismo, el sueño
del milenio, mil años de felicidad, que era tanto como decir la eternidad
instaurada en la Tierra, o más bien restaurada.
A diferencia de sus contemporáneos, los milenaristas no confun-
dieron sus sueños con la realidad; intentaron hacerlos realidad, que es
algo muy distinto y mucho más espiritual. En vez de por la vil resigna-
ción, optaron por el rechazo, la insurrección, la revolución.
LAS ASPIRACIONES milenaristas tienen su punto de partida en el Apoca-
lipsis, que anuncia una novedad decisiva: la Jerusalén Celeste descende-
rá sobre la Tierra. El mito se carga de sueños revolucionarios; mejor aún,
los sueños revolucionarios son portadores del mito milenarista.
Los movimientos milenaristas surgieron en el delicado intervalo
que se abrió entre un orden social agonizante y la aparición de un nue-
vo orden que había ido socavando poco a poco el antiguo. Desde el
siglo xin, los cristianos comprueban cómo el dinero va corrompiendo
el conjunto de las relaciones sociales. Las insurrecciones milenaristas
surgieron en esa fisura de la historia en la que un mundo decrépito va-
cilaba y apenas se vislumbraba el nuevo mundo que estaba por nacer.
Los milenaristas critican aquello que corrompe el espíritu del mun-
do antiguo —el dinero— a la vez que critican ese mundo antiguo que
se deja corromper y revela así que no es más que una forma alienada
del espíritu. Están en el epicentro de un momento histórico en el que
un mundo que se hunde proclama que su verdad se encuentra en su
final. De ahí la importancia que para todos estos movimientos tuvo el
Apocalipsis, incluso en el caso de los cultos cargo de Melanesia, cuyos
profetas preconizaban la destrucción completa de los cultivos y la trans-
formación radical de las costumbres.
Así como en multitud de ocasiones posteriores la crítica del Estado
no logró superar el ámbito de la política, a veces la crítica del mundo
de la religión también fue religiosa. Es lo que sucedió en el caso de
muchos movimientos milenaristas, que intentaron realizar la religión
sin suprimirla, aunque tanto la realización como la supresión perma-
necieran en el ámbito de lo imaginario. Esto ha permitido a muchos
historiadores burgueses o estalinistas ajustarle las cuentas a estos mo-
vimientos de forma apresurada y con la conciencia tranquila: «El de-
seo lacerante de ir “al fondo de lo desconocido para hallar lo nuevo”
mostrado por el milenarismo no llega a imaginar un mundo realmente
nuevo. La Edad de Oro de los hombres del medioevo no es más que un
retorno a los orígenes. Su futuro estaba a sus espaldas. Marchaban con
la cabeza vuelta hacia atrás».
Desdeñar a estos movimientos como si fueran una especie de
arcaísmo religioso equivale a considerarlos indignos de toda crítica y
empezamos a sospechar por qué. Nosotros pensamos, por el contrario,
que fueron un momento esencial de la crítica del mundo. En su seno
aparecieron elementos radicales como los Hermanos del Libre Espíri-
tu, los revolucionarios londinenses de 1381, los picardos de Bohemia o
los anabaptistas de Münster, que intentaron desarrollar una práctica
que hizo peligrar el orden del mundo. No fueron las limitaciones de su
pensamiento lo que los venció, sino la derrota y la muerte.
Así pues, hablar de los movimientos milenaristas supone recono-
cer la radicalidad de la que fueron portadores sin dejar de interrogarse
sobre el poder de las representaciones religiosas, que en la mayor parte
de los casos ni se superaron ni se suprimieron.
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15 respuestas a El incendio milenarista – Yves Delhoysie y Georges Lapierre

  1. El incendio milenarista – Yves Delhoysie y Georges Lapierre dijo:

    Introducción al milenarismo

    LA HUÍDA ENLOQUECIDA DEL mundo por los caminos de Compostela, el

    refugio en la oración, el asilo de la Iglesia o el remanso de paz de la vida

    monástica no fueron, por fortuna, los únicos impulsos de los hombres

    de la Edad Media en pos de la salvación eterna. A muchos de ellos los

    arrastró otra corriente, igual de poderosa: la del milenarismo, el sueño

    del milenio, mil años de felicidad, que era tanto como decir la eternidad

    instaurada en la Tierra, o más bien restaurada.

    A diferencia de sus contemporáneos, los milenaristas no confun-

    dieron sus sueños con la realidad; intentaron hacerlos realidad, que es

    algo muy distinto y mucho más espiritual. En vez de por la vil resigna-

    ción, optaron por el rechazo, la insurrección, la revolución.

    LAS ASPIRACIONES milenaristas tienen su punto de partida en el Apoca-

    lipsis, que anuncia una novedad decisiva: la Jerusalén Celeste descende-

    rá sobre la Tierra. El mito se carga de sueños revolucionarios; mejor aún,

    los sueños revolucionarios son portadores del mito milenarista.

    Los movimientos milenaristas surgieron en el delicado intervalo

    que se abrió entre un orden social agonizante y la aparición de un nue-

    vo orden que había ido socavando poco a poco el antiguo. Desde el

    siglo xin, los cristianos comprueban cómo el dinero va corrompiendo

    el conjunto de las relaciones sociales. Las insurrecciones milenaristas

    surgieron en esa fisura de la historia en la que un mundo decrépito va-

    cilaba y apenas se vislumbraba el nuevo mundo que estaba por nacer.

    Los milenaristas critican aquello que corrompe el espíritu del mun-

    do antiguo —el dinero— a la vez que critican ese mundo antiguo que

    se deja corromper y revela así que no es más que una forma alienada

    del espíritu. Están en el epicentro de un momento histórico en el que

    un mundo que se hunde proclama que su verdad se encuentra en su

    final. De ahí la importancia que para todos estos movimientos tuvo el

    Apocalipsis, incluso en el caso de los cultos cargo de Melanesia, cuyos

    profetas preconizaban la destrucción completa de los cultivos y la trans-

    formación radical de las costumbres.

    Así como en multitud de ocasiones posteriores la crítica del Estado

    no logró superar el ámbito de la política, a veces la crítica del mundo

    de la religión también fue religiosa. Es lo que sucedió en el caso de

    muchos movimientos milenaristas, que intentaron realizar la religión

    sin suprimirla, aunque tanto la realización como la supresión perma-

    necieran en el ámbito de lo imaginario. Esto ha permitido a muchos

    historiadores burgueses o estalinistas ajustarle las cuentas a estos mo-

    vimientos de forma apresurada y con la conciencia tranquila: «El de-

    seo lacerante de ir “al fondo de lo desconocido para hallar lo nuevo”

    mostrado por el milenarismo no llega a imaginar un mundo realmente

    nuevo. La Edad de Oro de los hombres del medioevo no es más que un

    retorno a los orígenes. Su futuro estaba a sus espaldas. Marchaban con

    la cabeza vuelta hacia atrás».

    Desdeñar a estos movimientos como si fueran una especie de

    arcaísmo religioso equivale a considerarlos indignos de toda crítica y

    empezamos a sospechar por qué. Nosotros pensamos, por el contrario,

    que fueron un momento esencial de la crítica del mundo. En su seno

    aparecieron elementos radicales como los Hermanos del Libre Espíri-

    tu, los revolucionarios londinenses de 1381, los picardos de Bohemia o

    los anabaptistas de Münster, que intentaron desarrollar una práctica

    que hizo peligrar el orden del mundo. No fueron las limitaciones de su

    pensamiento lo que los venció, sino la derrota y la muerte.

    Así pues, hablar de los movimientos milenaristas supone recono-

    cer la radicalidad de la que fueron portadores sin dejar de interrogarse

    sobre el poder de las representaciones religiosas, que en la mayor parte

    de los casos ni se superaron ni se suprimieron.

    Los MOVIMIENTOS milenaristas tienen un proyecto social universal inme-

    diato que no versa sobre las formas particulares en las que se asienta y

    organiza el orden social existente, sino sobre este orden en sí, sobre el

    principio que le subyace. Las herejías milenaristas de la sociedad me-

    dieval atacan de forma directa el fundamento de la autoridad espiritual

    de la Iglesia: el sacramento. Ponen en tela de juicio el principio que, tan-

    to en el sentido etimológico de juramento como en el religioso de con-

    sagración, avala la organización de la sociedad feudal en su conjunto.

    «Afirman que en nuestra época caducan los sacramentos del Nue-

    vo Testamento y que ha llegado el tiempo del Espíritu Santo, en el que

    ya no habrá lugar para la confesión, el bautismo, la eucaristía y demás

    garantías de salvación. De ahora en adelante, no habrá otra salvación

    que la que aporte la Gracia interior del Espíritu Santo, sin recurso a

    obra exterior alguna», anotaba Guillermo el Bretón en su Crónica de

    principios del siglo XIII.

    La base teórica de este proyecto social son las tesis de Joaquín de

    Fiore y Amaury de Béne así como los comentarios de Münzer. Estas

    tesis rompen resueltamente con el pensamiento cautivo de la época,

    que no concebía la crítica de la sociedad misma, para entroncar con el

    pensamiento dialéctico. Describían las diversas etapas que llevan a la

    unidad perfecta entre el Espíritu y el mundo. No eran exteriores al pen-

    samiento, dado que Dios, el mundo y la inteligencia eran uno y lo mis-

    mo. Es una forma de pensar que descubre la historia, pues la historia

    es la crítica que hace el Espíritu al espíritu de un mundo, lo que Hegel

    denominará el movimiento del pensamiento: lo que deviene, critica lo

    que es. A la par que el dinero desorganizaba a fondo el orden feudal,

    la historia irrumpía brutalmente en el mundo del pensamiento. Los

    tiempos estaban llamados a ser furiosamente teóricos.

    A DIFERENCIA de las herejías y demás disidencias religiosas, como los

    valdenses, los cataros, los calixtinos y, más tarde, los luteranos, el ca-

    rácter revolucionario de los movimientos milenaristas reside en que en

    lugar de limitarse a atacar los dogmas y prácticas de la Iglesia Católica,

    arremeten contra el mundo de la religión, es decir, contra la religión en

    tanto que parte de la sociedad.

    Aunque la expresaran en lenguaje religioso, la crítica que difun-

    dieron los movimientos milenaristas iba más allá del marco restringido

    e institucionalizado de la teología. No propugnaron ni una reforma de

    la Iglesia, ni la instauración de un nuevo dogma (aunque éste fuera el

    punto de partida de ciertos movimientos, como el de los husitas), sino

    la transformación radical de un mundo en el que la religión «se pre-

    senta a la vez como la sociedad misma, como una parte de la sociedad

    y como instrumento de unificación».

    En resumen, podemos afirmar que la oposición de los milenaris-

    tas no fue formal sino religiosa en la medida en que se trataba de reali-

    zar las promesas de las que era portadora la religión. Y si esta oposición

    nunca fue más allá del plano religioso fue porque las armas acabaron

    con este conato de crítica de la religión. Lo que les interesaba no era

    el aspecto formal de la religión, sino su esencia; no les preocupaba la

    forma que pudiera adoptar la alienación, sino su verdad.

    Los MILENARISTAS se inspiraron en la experiencia social reprimida, la

    que constituye el inconsciente de una sociedad: la suma de sus angus-

    tías y aspiraciones, expresadas en sueños y mitos. Para dotar de cohe-

    rencia a esos sueños y visiones, los profetas buscaban en la historia

    mítica la inteligencia de la historia real. Los hombres de aquella época

    creían que el sueño era una forma de conocimiento capaz de descifrar

    enigmas históricos y sacar a la luz lo reprimido y comunicarlo. De esta

    forma se podía expresar con elocuencia el pensamiento soterrado y se

    recuperaba la unidad de la existencia desgarrada por el orden social.

    El inconsciente, tal como lo describieron primero Freud y luego

    Reich, sólo existe en las sociedades en las que impera el pensamiento

    materialista vulgar, corolario del racionalismo burgués. Es el incons-

    ciente del individuo solitario, desesperadamente solo ante su sufri-

    miento. Ahora bien, el dolor es la parte más racional de la experiencia

    individual, aunque también la más reprimida: la de la insatisfacción.

    En la actualidad el sufrimiento sólo emerge del inconsciente en for-

    ma patológica, como problema confiado a la psiquiatría. Ha quedado

    reducido a un mal individual. En el mundo cristiano el mal individual

    y el mal social se solapaban. Puesto que la religión hundía sus raíces

    en el sufrimiento («Sólo los que sufren piensan en Dios») los pobres

    encontraban en ella las palabras que hacían inteligible y comunicable

    la desgracia. En aquel entonces, la religiosidad popular era capaz de

    volver contra la Iglesia su propio discurso.

    En la sociedad burguesa el sufrimiento individual se convierte

    en un enigma indescifrable y se desdibuja el significado de la desdi-

    cha. Aun cuando admita que es consecuencia de la sociedad existente,

    Freud analiza la angustia como pura tragedia individual. Y el hecho

    de que Freud pueda plantear la cuestión en estos términos es claro

    indicio de que el individuo vive en una sociedad desprovista de comu-

    nicación. La angustia y la neurosis no hacen más que poner de relieve

    la ausencia de comunicación, o lo que es lo mismo, la magnitud de

    la tragedia de una sociedad inhumana, tema del que Freud no habla.

    Para el psicoanálisis, angustia y neurosis son problemas individuales

    que no plantean ninguna cuestión social. Los profetas milenaristas, por

    el contrario, dotaban a la angustia de una racionalidad histórica que la

    transformaba en una tragedia social y colectiva. La certidumbre con la

    que los milenaristas se lanzaron al asalto del mundo se basaba en una

    experiencia común.

    LA GRAN ventaja de aquella época era que engendraba palabras de las

    que cabía apoderarse y conceptos que no resultaban tan ajenos como

    para que fuera imposible apropiarse de su significado. El mundo cris-

    tiano estaba a merced de su verdad.

    El mundo se vivía a través de la religión, ese pensamiento de la se-

    paración, en el que cada cual pasaba por la experiencia de ser «sólo

    el reconocido o sólo el que reconoce». Una separación que despojaba

    efectivamente a los hombres de su humanidad, en la que «se recono-

    cen reconociéndose mutuamente». Sin embargo, no se la consideraba

    un hecho totalmente consumado. La religión cristiana aportaba una es-

    peranza de salvación en el seno de la tragedia terrenal. La Iglesia, como

    mediadora entre Dios y el hombre, pretendía ser prueba temporal y

    palpable de esa posibilidad de salvación. La separación entre el hombre

    y su esencia no era absoluta ni definitiva, pues entre ambos mediaban

    los sacramentos. Algo parecido ocurría con la separación entre señor y

    siervo, puesto que al existir entre ambos un juramento de fidelidad, no

    era ya la que había existido entre amo y esclavo. «La primera época fue

    la de la obediencia servil, la segunda la de la servidumbre filial, la terce-

    ra será la de la libertad… En la primera reinó el temor, en la segunda la

    fe y en la tercera lo hará el amor. La primera fue la era de los esclavos,

    la segunda es la de los hijos; la tercera será la de los amigos.»

    La religión constituía a la vez el pensamiento de la separación y

    el de la redención, es decir, el de la supresión de la separación. No se

    proponía criticar una separación que se suprimiría en el más allá; al

    menos mientras el feudalismo fuera lo suficientemente fuerte como

    para relegar a ese más allá toda esperanza milenarista. Pero ya desde

    finales del siglo XII, tanto Joaquín de Fiore como Amaury de Béne, el

    uno abad eminente y el otro maestro de la universidad de París, anun-

    ciaron el advenimiento de una tercera era: la de la libertad.

    TODA UNA tradición religiosa, primero judía (El Libro de Daniel, el

    Apocalipsis de Baruc, el Apocalipsis de Esdras) y después cristiana (el

    Apocalipsis de Juan, el montañismo, los oráculos sibilinos de la Edad

    Media), alimentará el mito social del fin de los tiempos. Será esta tra-

    dición la que nutra el pensamiento de la historia concebida como tran-

    sición temporal, mejor aún, como tránsito iniciático obligado para que

    la humanidad se realice y redima antes de retornar al seno de Dios.4 Se

    trata sin duda de un mito social, de una representación trágica del fin

    de la historia en la que intervienen héroes sobrenaturales.

    Los mitos del Apocalipsis son una revancha del imaginario sobre la

    realidad: las victorias de los ejércitos celestes florecen en la tierra de las derro-

    tas. El Libro de Daniel, redactado hacia el año 165 a. C. durante la revuel-

    ta de los Macabeos, sublevación popular desencadenada por la prohibi-

    ción de los ritos judaicos, es la expresión del sentimiento religioso del

    pueblo judío, exacerbado por los ataques a los que se veía expuesto, pero

    también su respuesta imaginaria. Tanto el Apocalipsis de Baruc, como

    el de Esdras, escrito en la época de la ocupación romana de Palestina, ex-

    presan el despertar del sentimiento nacional y su impotencia práctica.

    Al igual que los judíos, los primeros cristianos reaccionaron ante

    la opresión proclamando su fe en la inminencia de la Era Mesiánica. El

    Apocalipsis de Juan, en el que el poder del sentimiento triunfa sobre

    la impotencia de hecho, es la respuesta imaginaria a las persecuciones

    de las que eran víctimas los cristianos. Lo mismo sucede con el Apoca-

    lipsis de Pablo, escrito en griego hacia el año 250: «Cuando el Cristo al

    que rezas venga a reinar, la primera Tierra será destruida por voluntad

    divina y la Tierra prometida aparecerá como el rocío y las nubes… Lo

    que se cumple en el Cielo, se cumple también en la Tierra». La Ti-

    burtina (siglo iv), el texto sibilino más antiguo de la Europa medieval,

    resarcía a los católicos de la inquietud experimentada tras la victoria de

    Constancio n de Oriente sobre Constante i de Occidente. El Pseudo-

    Metodio (siglo vn) ofrecía consuelo a la minoría cristiana de Siria, que

    sufría a causa de su incómoda situación en tierra musulmana.

    COMO INVERSIÓN imaginaria de una situación concreta, el mito apoca-

    líptico nos permite comprender la génesis del sentimiento religioso, que

    surge de la impotencia práctica para transformar la realidad. El salvador

    mítico, Mesías o Emperador de los Últimos Días, ser sobrehumano o

    rey guerrero dotado de poderes sobrenaturales, es la revancha del sujeto

    sobre las condiciones objetivas. Excluida del dogma, la creencia en el mi-

    lenio subsistirá en el universo soterrado de la religión popular. Cristiana

    pero crítica, supone una transformación importante del pensamiento

    mítico primitivo, que dota a la comunidad de una historia y un destino

    abiertos a una intervención sobrenatural que habrá de transformarla

    radical y cualitativamente. La historia concebida como destino adoptará

    una forma mítica definida por un (posible) retomo a los tiempos de los

    héroes atempérales de los mitos. En el pensamiento judeocristiano, el

    héroe mítico aparece (o puede aparecer) en la historia encarnado en tal

    o cual personaje histórico a fin de cumplir su misión salvífica.

    A finales de la Edad Media esta revancha del imaginario se expresa

    en los manifiestos por el advenimiento de un nuevo Federico, futuro

    Emperador de los Últimos Días. En el Camaleón (de principios del siglo

    xv) se habla de un futuro emperador germánico que derrocará a la mo-

    narquía francesa y al Papado. En La reforma de Segismundo (siglo xv) se

    dice que este Nuevo Emperador, sacerdote rey, exterminará y arrojará

    a las llamas a los hombres corrompidos por el dinero, a los prelados

    simoníacos y a los comerciantes rapaces. En El libro de los cien capítulos

    (de principios del siglo xvi), obra del «Revolucionario del Alto Rin», se

    anuncia la llegada del Emperador del pueblo elegido, el pueblo alemán,

    que habrá de imponer un régimen igualitario a través de la violencia:

    «Pronto beberemos sangre en lugar de vino».

    Parece como si la misión de la Religión del Ser o la religión del Es-

    tado fuera salvar a los creyentes del mundo de la religión. Hasta cierto

    punto, es lo que acontece en Francia con el advenimiento de la dinastía

    de los Capeta y en Inglaterra con la de los Plantagenet. Al margen del

    gran conflicto suscitado entre la Iglesia y el Emperador, vemos cómo

    la religión del Estado se va imponiendo poco a poco al mundo de la

    religión sin por ello suprimirlo. Comienza la construcción del Estado

    cristiano, religioso en relación con la política y político en relación con

    la religión. En tiempos de Felipe-Augusto, Luis vn y Luis ix se dota a la

    monarquía francesa de una autoridad sobrenatural (los Reyes tauma-

    turgos) que concentrará las últimas esperanzas mesiánicas.

    Las Cruzadas son un ejemplo extremo de esta crítica religiosa del

    mundo de la religión: «Los pauperes consideraban que el Último Em-

    perador era indispensable para la realización de sus más hondas es-

    peranzas, de modo que no sólo pensaban que era la encamación del

    fantasma de Carlomagno resucitado: en ocasiones creyeron que se ha-

    bía encarnado en los jefes efectivos de las Cruzadas. […] Los pauperes

    que tomaron parte en la Cruzada del Pueblo veían tanto a sus víctimas

    como a sus jefes en función de la escatología de la que habían extraído

    su mito social: asimilaron a los sarracenos que amenazaban Jerusalén

    a los ejércitos del Anticristo reunidos para la lucha final, y considera-

    ban a los judíos los más fieles partidarios de un Anticristo en el que

    éstos veían al Mesías destinado a reconstruir su nación».

    «Las religiones monoteístas representan un compromiso entre el

    mito y la historia, entre el tiempo cíclico que domina aún la producción

    y el tiempo lineal en el que se enfrentan y recomponen los pueblos. Las

    religiones derivadas del judaismo suponen el reconocimiento univer-

    sal abstracto de un tiempo lineal democratizado, abierto a todos, aun-

    que sólo en lo ilusorio. Todo tiempo se orienta hacia un único suceso

    final: “El reino de Dios está próximo”. Estas religiones nacieron del

    sustrato de una historia en la que arraigaron, pero desde donde siguen

    manifestando una oposición radical a ésta. La religión semihistórica

    establece un punto de partida cualitativo en el tiempo, por ejemplo el

    nacimiento de Cristo o la huida de Mahoma. Pero en el pensamiento

    religioso monoteísta, el tiempo lineal, que introduce una acumulación

    efectiva que en el Islam puede adoptar la forma de una conquista, o

    en el cristianismo de la Reforma la de un acrecentamiento del capital,

    se convierte en un vector invertido, en una cuenta atrás, en la espera

    del acceso al otro mundo, el verdadero, en la espera del Juicio final. La

    eternidad escapa al tiempo cíclico, y es su más allá.» El mito es una

    representación trágica que se sitúa en un pasado atemporal y define la

    organización social presente. Las religiones monoteístas nos ofrecen

    una representación abierta cuyo comienzo se sitúa en un pasado atem-

    poral (el drama del pecado original y de la caída) y cuyo final se sitúa en

    un futuro igualmente atemporal (el drama del Apocalipsis y del Juicio

    Final) pese a que el tiempo histórico que transcurre entre el principio

    y el fin es, a su vez, un tiempo trágico: el tiempo de la espera del aconte-

    cimiento final, atravesado por milagros, señales y premoniciones, en el

    que en todo momento pueden intervenir héroes sobrenaturales.

    Como el mito, la religión surge de la vida social y a su vez la fun-

    damenta; nace de las relaciones sociales y a su vez las avala. La religión

    judeo-cristiana se fundamenta en la relación amo-esclavo y, a pesar de

    que en la Antigüedad ésta no era más que un tipo de relación entre

    otras, consigue que impregne toda la vida social. Criticar la organiza-

    ción social supone criticar a la religión. Y viceversa, criticar a la religión

    es criticar la organización social.

    Sin embargo, a principios del siglo v, san Agustín explica en La

    ciudad de Dios que hay que interpretar el Apocalipsis como una alego-

    ría espiritual y que la Iglesia era la realización sin fisuras del Milenio.

    Como en ese momento la Iglesia ya estaba institucionalizada (el cristia-

    nismo se había convertido ya en religión de Estado) esta teoría adquirió

    categoría de dogma. En cuanto a la miseria social resultante de la Caída,

    sólo hallaría remedio en un futuro atemporal, ya que el Reino de Dios

    se remitía a un más allá del tiempo, la vida y la historia. La Iglesia, que

    pretendía ser la realización del Milenio, sólo postulaba la igualdad de

    los creyentes como ideal: todos los hombres son iguales ante Dios. En

    cambio, reconocía lo existente, la desigualdad social, no sólo como con-

    secuencia ineludible del pecado original, sino también como paliativo,

    como su expiación.

    Los rebeldes milenaristas, que pretendían instaurar el Reino de

    Dios en la Tierra, creían necesario destruir lo existente y, por tanto,

    también a la Iglesia, su clave de bóveda espiritual. «Habéis de saber dis-

    tinguir entre el Reino espiritual de Jesucristo, que se refiere al tiempo

    del sufrimiento, y del que ni vosotros ni Lulero tenéis la menor idea,

    y ese otro Reino que se establecerá en el mundo durante mil años tras

    la resurrección. Todos los versículos que hablan del reino espiritual de

    Jesucristo se refieren al tiempo del sufrimiento, pero los de los profe-

    tas del Apocalipsis que hablan del reino temporal hay que referirlos al

    tiempo de gloria y poder del que gozará Jesucristo en el mundo con los

    suyos… Nuestro reino de Münster habrá sido una imagen de este reino

    temporal de Cristo… Pero, ¿qué significan estas interpretaciones espi-

    rituales y para qué sirven si no han de hacerse realidad algún día?» Así

    respondió Jan de Leyde, cabecilla de la revuelta anabaptista de Müns-

    ter, a los sacerdotes católicos que objetaban que el reino de Jesucristo

    no era de este mundo.

    La voluntad de realizar el reino de Dios llevaba a los milenaristas a

    atacar la raíz de la alienación, su fundamento terrenal. Recorrían el mo-

    vimiento de la alienación en sentido inverso, restableciendo en la Tierra

    lo que había sido exiliado en el Cielo. No obstante, lo hacían bajo la for-

    ma fantástica de la que se revestía en su existencia celeste. Transfigura-

    ban así la propia existencia terrenal, que adquiría un carácter fantástico

    y milagroso. Los milenaristas se esforzaron por construir la vida nueva

    de acuerdo con la imagen que tenían de la Ciudad Celeste. Su principal

    preocupación, por tanto, fue fundar ciudades que aspiraban a ser imi-

    tación de la Jerusalén mítica: Tabor, Münster, Canudos o los poblados

    melanesios reconstruidos por completo en tiempos de los cultos cargo.

    LA RADICALIDAD de los milenaristas consiste en proclamar la naturaleza

    religiosa del mundo y en decir que no se trata de denunciarla sino de

    agotarla, es decir, de realizar la religión. Logró expresarse al margen de

    toda representación religiosa del fin del mundo en los grandes movi-

    mientos sociales de la Baja Edad Media, concretamente, por ejemplo,

    entre los Hermanos del Libre Espíritu. «Si, como suele admitirse, las

    tres grandes insurrecciones campesinas del siglo xiv (la marítima de

    Flandes (1323-1328), laJocquene de 1358 y la de Inglaterra en 1381) sólo

    se proponían objetivos sociales limitados, podría sugerirse que quizá

    tras algunos de los aspectos secundarios más sorprendentes de la Re-

    vuelta de Londres, como el incendio del palacio de Juan de Gante o del

    Savoy, se ocultaran ciertas esperanzas milenaristas. Los londinenses

    destruyeron todos los tesoros que contenían pero no quisieron tomar

    nada para sí.»Ya puestos, sería más apropiado invertir los términos

    de esta frase y decir que tras las reivindicaciones inmediatas y mediatas

    se desarrollaba un pensamiento radical que se proponía transformar el

    mundo: «¡Bien dicho! ¡Bien dicho! Maldito sea aquel que obstaculice

    el exterminio de todos los señores» (palabras de los campesinos insu-

    rrectos de la Jacquerie, referidas por Froissart). ¿Cabe calificar esto de

    «objetivo social limitado»?

    La particularidad de los movimientos milenaristas consistió en re-

    unir a quienes estaban en vías de exclusión social: campesinos endeu-

    dados, obreros manuales, proletarios urbanos y vagabundos. Lo que

    dijo Marx a propósito de los proletarios modernos bien podría decirse

    de los tejedores de Brujas y de Gante, de los Ciompi de Florencia, de

    los campesinos ingleses de 1381 o de los campesinos alemanes de 1525:

    «Se trata de una clase de la sociedad civil que ya no es una clase de la

    sociedad civil». El mito de la Edad de Oro y las profecías apocalípticas

    dotaron a estas insurrecciones de una unidad de acción y de conciencia

    de las que carecen las revueltas modernas.

    Aunque Debord tuviera razón al decir que el milenarismo «es ya

    una tendencia revolucionaria moderna a la que aún falta la conciencia

    de no ser más que histórica», su enunciado sigue encerrado en el marco

    de un análisis marxista de la historia. En efecto, los milenaristas no

    se definían como clase social, sino mucho más radicalmente, como

    pobres, como los excluidos de una comunidad del pasado. «A pesar de

    las considerables diferencias que había entre ellos, estos movimientos

    de la Baja Edad Media compartían un rasgo común: el nacimiento de

    una conciencia de clase. Se trataba de una conciencia de clase percibida

    negativamente, en la medida en que no definían su propia clase, sino

    la de sus enemigos.»

    Como movimiento social, el milenarismo se despliega en el mun-

    do real e histórico, y acogerá con entusiasmo todo pensamiento que

    rehabilite a la historia, empezando por la teoría de los tres estados de

    Joaquín de Fiore. Pero como movimiento religioso no deja de ser pri-

    sionero de un mito, de una representación dramática de la historia y de

    su consumación, y acogerá con fervor todas las profecías que anuncien

    el fin de la historia.

    LA IDEA de Cristiandad coincidía con la de una comunidad abierta a

    todos, tanto ricos como pobres. Sin embargo, los milenaristas conside-

    raron que la única forma de acceder á su verdad era expulsar de su seno

    a los opresores. Por tanto, la ligaron a determinaciones sociales de las

    que el cristianismo precisamente había pretendido hacer abstracción.

    No obstante, definían a la comunidad cristiana como un estado aca-

    bado, en el que el paso del individuo al género ya se había efectuado.

    La comunidad de los elegidos era la materialización de la unidad del

    individuo y del género. Ahora bien, la idea de elección remite a una

    autoridad espiritual superior que avala la intuición y la inspiración de

    los elegidos. Dicho de otro modo, la idea no se impone a los individuos

    como tal idea, sino como deber y mandamiento.

    En el cristianismo, el individuo comulgaba con el género: su rela-

    ción con el otro se agotaba en la figura de Cristo. «Entre los cristianos,

    Dios no es más que la intuición de la unidad inmediata del género y de

    la individualidad, del ser universal y particular. Dios es el concepto del

    género en tanto que individuo, como suma de todas las perfecciones…

    y es al mismo tiempo un ser individual… Así pues, los cristianos se

    distinguen de los paganos en que identifican inmediatamente al indi-

    viduo con el género y en que entre ellos el individuo es portador de la

    significación del género, ya que el propio individuo se considera como

    la existencia realizada del género», escribió Feuerbach. Esto llevó a los

    Hermanos del Libre Espíritu a intentar realizar la idea cristiana de co-

    munidad como proyecto puramente individual, pretendiendo que el

    individuo podía convertirse él mismo en un Dios.

    La crítica recobraría sus derechos como inteligencia de la situación

    histórica a comienzos del siglo xm, de la mano de Amaury de Béne

    y sus discípulos. Según Amaury, Dios es inteligencia organizadora y

    esencia de lo organizado. La inteligencia que concibe a Dios y al mun-

    do es idéntica al objeto del conocimiento. La crítica se confunde con

    el espíritu crítico de la historia. Antes de ser reabsorbido en la unidad

    divina, el mundo, momentáneamente diferenciado, deberá atravesar

    las tres formas de la actividad divina, recorriendo tres etapas bajo la

    custodia de cada una de las tres personas de la Trinidad. El siglo xm

    será el del paso de la segunda a la tercera etapa. Si en el curso de la

    segunda edad cada fiel debía considerarse como un miembro de Jesu-

    cristo, desde el comienzo de la tercera edad cada cual podrá contem-

    plarse a sí mismo como encarnación del Espíritu Santo. Así como los

    sacramentos habían reemplazado a la ley, éstos serían reemplazados a

    su vez por la acción inmediata del Espíritu.

    Las consecuencias de semejante teoría no pasaron desapercibidas

    para la Iglesia, que vio en ella la máxima amenaza concebible para su

    autoridad. En 1210, el concilio de París, convocado con carácter urgente,

    no sólo condenó sin vacilar a los discípulos de Amaury sino también al

    mismísimo cadáver del difunto teórico: «El cuerpo del maestro Amau-

    ry será exhumado y arrojado a tierra no consagrada, y la sentencia de

    excomunión dictada contra él será promulgada en todas las iglesias de

    la provincia».

    Y es que una teoría semejante desemboca en la crítica efectiva de

    los fundamentos del orden social, ya que anuncia el fin inmediato de la

    separación entre el hombre y su esencia. En efecto, toda autoridad se basa

    en dicha separación, y la de la Iglesia más que ninguna otra, que se pre-

    senta como mediación necesaria entre Dios y los hombres. La Ley tenía

    que imponerse como autoridad pura y exigía la obediencia incondicio-

    nal por parte de todos y cada uno. El Sacramento instituía la mediación

    entre Dios y el hombre, sin suprimir por ello la separación. El Espíritu,

    por fin, suprime la separación para realizar la unidad indiferenciada del

    hombre y su esencia. «La esencia de todo lo que participa de la vida»,

    declaró un discípulo de Amaury durante su proceso, «es común, y esta

    esencia común a todo es Dios… ¡Toda vuestra fuerza no destruirá ni un

    solo átomo de mi ser, pues mientras yo exista, soy Dios!»

    Esta tesis, desarrollada en la misma época por Joaquín de Fiore,

    siguió su andadura, ya de forma clandestina, de la mano de los Herma-

    nos del Libre Espíritu, o de forma pública, en el transcurso de los levan-

    tamientos milenaristas. Durante dos siglos fue el fundamento teórico

    de muchos de estos movimientos, desde los Apostólicos del Norte de

    Italia a los Taboritas de Bohemia.

    CUANDO, A partir de finales del siglo xin, los Franciscanos Espirituales

    opusieron el ideal de pobreza a la riqueza, no se referían, evidentemen-

    te, a la pobreza en el sentido moderno del término. Se trataba más bien

    de oponer el espíritu de la comunidad a la riqueza abstracta encarnada

    en el dinero. Querían devolver a la Iglesia su forma primitiva, a partir

    de la imagen, bastante sesgada, que se hacían de ella: la de una comu-

    nidad igualitaria y fraterna. Dado que la persecución del interés egoísta

    está en total contradicción con el ideal de una comunidad basada en

    la caridad, el cristiano considera que el beneficio aleja al individuo del

    espíritu, mientras que la pobreza lo aproxima a él. El tener se opone

    al ser, la pobreza es espiritual y a menudo se identifica al pobre con

    Cristo. Los mismos Padres de la Iglesia sólo confirieron el derecho de

    propiedad privada a los cristianos a título transitorio, con la condición

    de que los ricos hicieran uso de ella con moderación y distribuyeran

    entre los pobres el excedente de sus beneficios.

    Aunque los pobres estuvieran excluidos de la sociedad feudal, es-

    taban integrados en la sociedad cristiana, en la que la salvación de cada

    cual dependía de las obras de caridad. La instauración, en torno al siglo

    x, de la Paz de Dios parece señalar el momento en el que la sociedad

    cristiana corona al conjunto de la sociedad feudal y el espíritu sacerdotal

    se impone al espíritu guerrero. Esta victoria teórica de la Iglesia fue plas-

    mándose con lentitud y el pretexto de su hegemonía, lo que constituyó

    su espíritu y le dio unidad, fue el ideal de caridad. Un ideal de caridad

    que nunca contribuyó a su auténtica finalidad, que era política, como

    quedó de manifiesto con toda claridad a comienzos del siglo xm.

    Los milenaristas se sublevaron contra lo que se avecinaba: la pobre-

    za en el sentido moderno del término. No sólo se les estaba excluyendo

    de las antiguas comunidades rurales o urbanas, sino de forma más

    esencial, de la Cristiandad, cuya Iglesia, más preocupada por el poder

    que por el sacerdocio, les daría la espalda a partir de ese momento.

    Es EVIDENTE que la moneda nunca había desaparecido por completo

    del Occidente medieval. Los señores laicos y eclesiásticos siempre dis-

    pusieron de ciertas reservas monetarias para satisfacer sus gastos sun-

    tuarios. Tampoco los campesinos podrían haber subsistido sin efectuar

    compras con moneda: la sal, por ejemplo, tenía que adquirirse en me-

    tálico. Pero es probable que los campesinos no obtuvieran las pocas

    monedas que necesitaban vendiendo sus productos, sino a través de

    la limosna o el viático. En la Alta Edad Media, el dinero era escaso y

    circulaba muy poco y la actividad de los comerciantes se circunscribía a

    la periferia de la sociedad. El cálculo monetario no estaba forzosamente

    ligado al pago en dinero, sino que era más bien un vestigio de la Anti-

    güedad. Marc Bloch ha llamado la atención sobre un texto de Passau en

    el que la palabra «precio» se emplea, de forma paradójica, para designar

    el equivalente en especie de una suma calculada en dinero. El metálico

    se consideraba más una mercancía a intercambiar por cualquier otra

    que un instrumento de cambio con valor de referente universal. Lo que

    confería prestigio al dinero era la posición social de quien lo poseía, no

    al revés. Moneda y cambistas participaban del carácter a la vez sagrado

    y maldito de los herreros de la Antigüedad.

    Sin embargo, a medida que, a lo largo de la Baja Edad Media, el

    dinero fue impregnando la vida social hasta penetrar poco a poco to-

    dos sus intersticios, perdería paradójicamente su prestigio y su carác-

    ter sagrado para convertirse en la cosa vulgar y maldita. (A ojos de los

    pobres, claro está, que sólo conocían su carácter de absoluta necesidad,

    mientras los privilegiados descubrían en él, por el contrario, todas sus

    promesas.) No sólo estaba ligado a la satisfacción de las necesidades

    más elementales, sino que además iba a exacerbar al máximo todos los

    egoísmos, convirtiéndose en el símbolo mismo de la codicia. Vulgar y

    maldito, el dinero no sólo era algo profano; llegaría a ser mucho más

    que eso: se convertiría en el dinero de la profanación, el elemento que

    corrompe para siempre el espíritu de la comunidad.

    La generalización del uso de la moneda acarreó como contraparti-

    da una explosión de odio contra el dinero. Las relaciones comerciales

    se intensificaron en beneficio exclusivo de unos pocos y se las empezó

    a considerar como lo que eran: una nueva opresión, una agudización

    de la explotación. La Iglesia, gran beneficiaría de esta evolución en sus

    inicios, fue denunciada por su codicia y acusada de hacer decir a Dios:

    «Mi nombre es Dinero».

    LA DISMINUCIÓN de la renta feudal se produjo a raíz de la depreciación

    de la moneda en el preciso momento en que la nobleza le cogía el gusto

    al dinero. Ésta tuvo que recurrir a todos los medios a su alcance para pro-

    curárselo, lo que explica el estado de guerra endémico que caracterizó a

    la Baja Edad Media. Los señores de la guerra devastaban las campiñas y

    la fiscalidad se hizo cada vez más insoportable. Al mismo tiempo, una

    minoría de campesinos, capaz de sacar provecho de la venta de sus exce-

    dentes, aprovechó la disminución del censo para enriquecerse y ampliar

    sus posesiones, convirtiéndose en un grupo relativamente acomodado,

    lo que acarreó a su vez la pauperización de la mayoría del campesinado.

    Muchos campesinos tuvieron que endeudarse, bien con los judíos de la

    ciudad, bien con los comerciantes o los campesinos enriquecidos, y se

    vieron obligados a intensificar su trabajo, a alquilar sus brazos, o a aban-

    donar sus tierras y emigrar a las ciudades, donde engrosaron el ejército

    de reserva de los jornaleros y obreros que trabajaban a destajo.

    Como consecuencia de la expansión del salariado, la creciente

    presencia del dinero habría de tener trágicas repercusiones sociales.

    Los pobres no sólo se veían rechazados en el seno de la sociedad, sino

    que experimentaron una considerable agravación de su dependencia

    social. Tras el deber se perfilaba la sombra de la deuda, mucho más

    amenazadora e impersonal. Tras el préstamo bajo fianza se camuflaba

    en ocasiones la compra anticipada de la cosecha, que el comerciante,

    especulando con el hambre, vendía rápidamente en el mercado.

    El dinero se convertiría en el factor esencial de la disgregación de

    las comunidades tradicionales, por imperfectas que éstas hubieran sido.

    Vagabundos, mendigos, «trotamundos desconocidos»: todos aquellos

    que se veían arrojados al arroyo por esta evolución, no pertenecían ya ni

    a la comunidad campesina ni a la comunidad artesana. Rechazados en

    todas partes, dejarán de formar parte de la comunidad cristiana, inclu-

    so teóricamente. Padecieron los inicios de aquello que hoy conocemos

    todos de forma indistinta: el aislamiento. La rebelión de los milenaris-

    tas no tenía como punto de referencia exclusivo un futuro sombrío y

    amenazador, sino también aquello que habían perdido o, al menos, el

    espíritu de un pasado embellecido por la nostalgia.

    Las revueltas milenaristas. nacieron entre aquellos que estaban

    integrados sólo en apariencia en la sociedad medieval e iban a verse

    excluidos de modo efectivo en la sociedad mercantil.

    EL DINERO introdujo en la sociedad medieval, basada en la separación

    entre señores y siervos, libres y no-libres, la separación entre ricos y

    pobres, y aún en el seno de ésta, una división mucho más definitiva:

    la de los individuos entre sí. Los milenaristas aspiraban a regresar a la

    comunidad cristiana primitiva, o al menos a la idea que se hacían de

    ella, frente a una sociedad que, en su conjunto, estaba regresando a las

    bárbaras prácticas del judaismo primitivo.

    El dinero llega a serlo todo, y en tanto que exterioridad absoluta,

    somete a su ley no a un pueblo particular, sino a todos aisladamente. La

    relación privada y exclusiva que el protestante mantendrá con Dios de-

    fine la relación efectiva que el burgués mantiene con el Dinero. Como

    la actividad del burgués tiene por objeto lo particular, se halla separada

    en su pensamiento de una dimensión universal que constituye su más

    allá. Su pensamiento está limitado por el interés egoísta. Goza efectiva-

    mente del poder, pero este goce es solitario y exclusivo y no tiene más

    justificación que la conciencia servil de obedecer a un principio superior

    y abstracto: Dios o el Dinero. El Dios de Lutero y de Calvino consagrará

    el onanismo del burgués. Toda humanidad, toda reciprocidad, desapa-

    recerán prácticamente de una sociedad en la que reina la competencia

    de todos contra todos en el seno de una dependencia generalizada, y en

    la que cada cual persigue su interés particular y exclusivo con la idea de

    que, como cualquier otra cosa, el otro le es simplemente útil. El mundo

    burgués es un mundo desposeído de su espiritualidad.

    La Cristiandad integraba a los pobres en la misma fe que a los

    ricos, pero adjudicaba a los primeros la mejor parte: el espíritu. El ver-

    dadero público del mundo cristiano eran los pobres, y en el ideal, la

    Iglesia estaba a su servicio. Hasta cierto punto, además, lo estuvo, no

    sólo a través del ejercicio de la caridad, sino también mediante la pues-

    ta en marcha de grandes obras de desbroce y saneamiento. Durante

    los siglos xi y xn, el campesinado disfrutó de una prosperidad relativa.

    Más allá del objetivo puramente profano de satisfacer las necesidades,

    la actividad social debía orientarse hacia una meta espiritual: ayudar a

    la Iglesia a cumplir con su vocación. Y sucedía a veces que en el postrer

    sobresalto de un espíritu vacilante y moribundo, un comerciante codi-

    cioso, presa de un repentino y saludable pavor, legase a la Iglesia todo

    el esfuerzo de una vida de rapiña…

    La nobleza suprimía el trabajo ajeno en la guerra y el prestigio, el

    clero en la oración y la pompa. Estas clases desconocían el trabajo; sólo

    les importaba la gloria. Marc Bloch ha señalado que los señores laicos

    y eclesiásticos de aquella época transformaban los metales preciosos en

    piezas de orfebrería que, de ser necesario, fundían sin la menor conside-

    ración hacia el trabajo del artista o del artesano. Para el comerciante, en

    cambio, dado que el producto del trabajo tenía un precio, la deuda sería

    el primer medio empleado para hacerse con el control del mismo. Así

    fue como los comerciantes de paños de Flandes lograron tener a los teje-

    dores en un estado de endeudamiento permanente. Con el advenimien-

    to del salariado, sería el propio trabajo el que iba a tener un precio.

    Único habilitado por Dios para manejar el Dinero, ese universal

    abstracto, el burgués sólo conocerá el rigor de su principio y no re-

    conocerá en el pobre otro destino que el de convertirse en miembro

    dócil del rebaño «humano» apto para la realización de dicho principio.

    «Fábricas y manufacturas deben su subsistencia a la miseria de una

    clase», constataría Hegel. Precisemos, por nuestra parte, que igual da

    que se trate de una miseria social o espiritual: «Pues allí donde el yo es

    sólo representado […], el yo no es real, y donde se actúa en su nombre o

    se actúa por él no es él o él no está».

    Los milenaristas tenían una idea muy distinta de la riqueza. El

    mundo que deseaban debía evocar el Jardín de las delicias, el reino mile-

    nario de Jerónimo Bosch: un mundo seductor en el que el espíritu del

    placer se transforma en placer del espíritu. Un mundo de la transmu-

    tación en el que el espíritu organiza la arquitectura sabia y fantástica de

    su capricho y su exhuberancia, y en el que la fiesta ordena su extrava-

    gante frenesí a modo de danza…

    El incendio milenarista se extinguiría poco a poco, mientras el

    mundo de la religión llegaba a su fin, no porque se hubiera realizado,

    como habrían querido los milenaristas, sino porque dio paso al mundo

    del espectáculo. A los milenaristas se les aplastó primero con las armas

    y luego con el pensamiento.

    En efecto, el pensamiento de la comunicación, el espíritu, aban-

    donaba ya a los hombres dé la Edad Media; por eso afirmamos que la

    sociedad medieval fue esencialmente religiosa. No obstante, los canta-

    res dé gesta, en los que se trata por encima de todo de obtener el reco-

    nocimiento de los pares y de reconocer a los demás por medio de las

    proezas y la generosidad, demuestran que los señores supieron captar

    ese espíritu. Los campesinos, por su parte, tenían acceso a una forma

    degradada del espíritu a través de la organización del trabajo en común

    y sobre todo de unas fiestas que les hacían sentirse orgullosos de perte-

    necer a una misma comunidad.

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