2666 – Roberto Bolaño (versión en francés)

Estado: impecable.

Editorial: Gallimard – Folio.

Precio: $300.

«La littérature constitue un appel fondamentalement dangereux.»
Fascinés par l’œuvre d’un énigmatique écrivain allemand, quatre universitaires européens se lient d’amitié. Trois d’entre eux partent sur ses traces à San Teresa, aux confins du Mexique. Ils y découvrent une ville hantée par les meurtres en série : trois cents femmes ont été retrouvées mortes, violées et mutilées. Et les assassins sont toujours en liberté.
Encensé par la critique internationale comme l’événement littéraire de ce début de siècle, 2666 est le dernier roman écrit par Roberto Bolaño. En s’inspirant d’un atroce fait divers, il offre un parcours abyssal et passionnant à travers une culture et une civilisation en déroute. Du vaudeville au récit de guerre, du roman policier au récit fantastique, du comique de situation à l’épopée, 2666 étreint la littérature et incarne ce qui la justifie : le défi de dire l’horreur, l’absence de sens, mais aussi l’amour.
La solución Bolaño *
Alan Pauls
Cuando leí Los detectives salvajes llevaba un tiempo largo sin ver poetas. Meses, años, quizá décadas. Suena al tipo de castidad drástica y perfectamente inútil que aconsejan los programas de desintoxicación. Pero no: lo vago de la medida de la abstinencia prueba que no era deliberada. No veía poetas, eso es todo. O los veía de lejos, un poco borrosos, como si ambos, ellos y yo, viviéramos en mundos paralelos cuyas ventanas alguien se empeñara en olvidarse de limpiar. O bien me los imaginaba diminutos, siempre, como suele ser diminuto todo lo que uno se imagina —porque, por alguna razón, para imaginar algo hay que empequeñecerlo, jibarizarlo a escala de zoológico de cristal. Me imaginaba poetas, por ejemplo, cada vez que con el rincón de un ojo despectivo detectaba en el diario el anuncio de ¿cuántos? ¿tres? ¿cinco? ¿diez recitales de poesía en una sola tarde? Me los imaginaba también cuando por las noches, al desvestirme y buscar en todos mis bolsillos algo que sabía que me sería vital a la mañana siguiente y que no encontraría, tropezaba con el flyer fotocopiado de una peña poética entintándome las yemas de los dedos. (Y si hay algo que yo detesto es que se me entinten las yemas de los dedos.) Me los imaginaba siempre que me enteraba —tarde, demasiado tarde, y por boca de alguien que sin duda no me quería bien— de que los dos o tres poetas con los que había tenido algún contacto en mi juventud, gente altiva, ensimismada, de un ingenio tortuoso, que pronunciaba mal a propósito cualquier idioma extranjero y cultivaba el deleite de fabricar monstruos con los nombres propios (el único que recuerdo ahora, perdónenme, es el apellido del famoso escritor disciplinario Sade-Masoch) —de que esos dos o tres poetas conocidos míos no contestarían el teléfono, llegado el caso remotísimo de que se me ocurriera llamarlos, porque estaban fuera de la ciudad, participando de un cónclave poético de invierno auspiciado por una bodega o una marca de estilográficas, uno de esos retiros que entiendo que los poetas acometen cada tanto en algún hotel de balneario acorralado por el viento y el frío y que aprovechan para tirar por la borda la dieta de café y tabaco y drogas y ginebra a la que son adictos, para comer a lo bestia, beber como cosacos, sacarse los ojos por algún diferendo métrico y vomitar sobre colchas donde las migajas de algún desayuno de la temporada estival inmediatamente anterior todavía esperan el ojo de lince de la empleada de limpieza que les aseste el golpe de gracia.
Ahora que lo pienso no veo por qué me asombro tanto. Si no ando por ahí recordando cuánto hace que no veo yudokas, o basquetbolistas, o maquilladoras, es sencillamente porque no son gremios que se me dé por frecuentar. Quiero decir: si no veía poetas cuando leí Los detectives salvajes es porque no conocía poetas. Como se dice: no eran “mi mundo” —salvo por esos dos o tres que según mis informantes, probablemente pagados por los poetas mismos y no con dinero, como es obvio, sino con plaquettes mariconas, sonetos para la novia en prisión o en el extranjero, llenado de formularios y crucigramas dominicales, etc., se pasaban la vida de retiro poético en retiro poético, de playa en playa, de invierno en invierno, menos escribiendo, sin duda, que limitándose a humedecer las plumas de las estilográficas donadas por el patrocinador en los vasos rebosantes del vino suministrado por la patrocinadora. En rigor, esos dos o tres eran los culpables de que los poetas no fueran mi mundo —al menos hasta que leí Los detectives salvajes, y esto con las consecuencias más inesperadas. De uno, por ejemplo, recuerdo que hacia mediados de los años 70, más o menos la época en que empieza Los detectives salvajes, llamó a mi mejor amigo —que por entonces era el mejor amigo del poeta— a las cuatro de la mañana, desde el balcón de su departamento céntrico —era verano, eran los primeros teléfonos inalámbricos que entraban en el mercado argentino—, para anunciarle que hacía rato que veía moverse algo en el pavimento de la calle Anchorena, una abertura, un pliegue labial, una especie de boca como la que se hurga en la panza James Woods en la películaVideodrome, y que estaba considerando seriamente la posibilidad de bajar a besuquearla pero le daba una pereza infinita vestirse, ponerse las pantuflas, llamar el ascensor, etcétera, de modo que, encaramado a la baranda del balcón, estaba considerando seriamente la posibilidad de ahorrarse todos esos protocolos fastidiosos y zambullirse de cabeza en la calle. Cuando su mejor amigo acudió —después, él sí, de vestirse, ponerse pantuflas, llamar el ascensor, etc.—, el poeta seguía en el balcón, seguía desnudo en el balcón, pero ya no asomado, ya no tentado por el llamado de la famosa boca asfáltica sino disfrutando del fresco de la madrugada, leyendo a los gritos Gualeguay, el largo poema mallarmeano del poeta santafesino Juan L. Ortiz, y atormentando a los vecinos con un disco de Led Zeppellin. (Vaya uno a saber si mi poeta no terminó alguna vez dejándose caer en la vulva que había alucinado. Lo cierto es que, con el tiempo, su mejor amigo de entonces pasó a ser mi mejor amigo. Lo cierto es que algunos años más tarde, no muchos, no los necesarios, en todo caso, para que la vulva que obligó a su ex mejor amigo a abandonar la cama a las cuatro de la mañana dejara de obsesionarlo, mis informantes, para mi escándalo, lo descubren con una barba rala, casi millonario, en el único hotel cinco estrellas de Asunción del Paraguay, redactando en traje de baño y con un whisky en la mano los monólogos y chistes absolutamente indignos que un par de horas después repetirá en cámara un comediante argentino contratado por un sueldo absolutamente descomunal por un canal paraguayo para animar un programa de entretenimientos vespertino que durará meses, años, décadas en el aire y hasta hará escuela en la joven televisión del Paraguay…) De otro poeta, no por casualidad amigo íntimo y hasta mentor, en alguna época, del que acabo de evocar, a esta altura menos poeta que artista genial de la economía, ya que sin poner un solo centavo de su bolsillo había canjeado los brotes de una esquizofrenia enraizada en el tedio del pueblo de la provincia de Buenos Aires del que era nativo por una indolencia de guionista dandy colonial —de este otro poeta, decía, recuerdo que una noche un amigo que lo alojaba en su casa, alguien seguramente más ajeno al mundo de los poetas que yo, porque de otro modo no se explica que haya asumido los riesgos que implica esa clase de hospitalidad sin tomar alguna precaución, se despertó sobresaltado por unos ruidos y fue hasta la cocina y encontró a su huésped poeta vestido de cuero negro de pies a cabeza y con un pasamontañas en la cabeza, parado junto a una olla de acero inoxidable, derramándose, no comiendo, digo bien:derramándose en la boca unos spaghettini con salsa fríos que recogía directamente de la olla con una mano enguantada.
Acá hay un corte. Uno de esos fundidos a negro que en el cine se tragan un pedazo de tiempo o de vida y no lo devuelven jamás. No sabemos del todo cuánto, cuándo. Sabemos que es inconmensurable. Y al volver, cuando el diafragma que se cerró sobre el héroe o sobre el mundo se abre otra vez y el cuadro se ilumina, todo, absolutamente todo ha cambiado. Ahora hojeo una revista de actualidad en la sala de espera del consultorio del dentista, o el dermatólogo, o el tomógrafo computado, y al dar vuelta una hoja me topo con alguien muy parecido a mí, quizás un poco más joven, alguien, en todo caso, que en la foto no parece necesitar un dentista, ni un dermatólogo, ni una tomografía computada, y que de golpe aprovecha la pregunta más insignificante que le hacen para proclamar esto: “Envidio a los poetas“. Como haría cualquiera en mi situación, interpreto que debo haber leído mal, que no soy yo, que lo que falta en el reportaje son las comillas entonacionales de la ironía o el caño del revolver que el periodista —un poeta, seguramente: esa gente está en todas partes— me pone contra la cabeza mientras me hace la pregunta. Sigo leyendo. “Envidio el modo de vida de los poetas, su sentido de comunidad, su precapitalismo”. La secretaria del consultorio se asoma. “Señor Pouls, Pols, Pol”, tantea, acercándose la ficha clínica a los ojos, como si sólo martirizara mi apellido por un problema de miopía. Y yo, quieto, petrificado, sigo leyendo. “Uno va a una fiesta y si hay narradores no los reconoce. A los poetas, en cambio, se los identifica en seguida. Me gusta ese aspecto uniformado, como de cofradía medieval que tienen”.
La pregunta es ¿qué pasó? ¿Qué pasó durante ese fundido a negro? Pasó Los detectives salvajes. Pasó que la novela de Bolaño, que empecé a leer en un rancho inundado de Cabo Polonio, una playa sin luz eléctrica del Uruguay, y terminé, creo, frente a un semáforo en rojo particularmente paciente de la avenida 9 de julio de Buenos Aires, a bordo de un Renault 4 blanco como los que la fábrica Renault ha discontinuado en las grandes capitales del tercer mundo pero sigue fabricando en París para que los franceses, según la costumbre que inauguraron en mayo de 1968, los hagan arder en las manifestaciones callejeras —pasó que la novela de Bolaño me inoculó su virus masivo y me convirtió. (Por una vez, al menos, en la historia de la drogadicción, la sobredosis venía después de la desintoxicación, y no a la inversa.) Yo creo que fue eso. Si no, no se explica. Los datos coinciden. Reconstruyendo un poco la cosa, es después de ese verano, en efecto, y antes naturalmente de leer la entrevista que casi me fulmina en la sala de espera del consultorio, cuando empiezo a verme en fiestas de poetas, no del todo integrado al conjunto, es cierto, no como pez en el agua, como se dice, pero omitiendo todo reparo contra la calidad del vino, volviendo a fumar cigarrillos negros sin filtro, siguiendo las conversaciones de poetas con alguna solvencia, desde un modestísimo segundo plano de narrador. Es después de ese verano crucial cuando, enemigo de la relación general entre escritura narrativa y voz, entre prosa y exhibicionismo, me veo de pronto leyendo en público mis papelitos en instituciones que antes miraba con condescendencia o ignoraba como la Casa de la Poesía, ex hogar, dicho sea de paso, como lo rememora una placa, de Evaristo Carriego, un poeta de barrio que si existió fue sólo porque a Borges un buen día se le ocurrió leerlo y otro escribir su biografía —me veo leyendo, decía, en compañía, o más bien a modo de relleno, gracias a la generosidad o acaso la secreta malicia del director de la Casa, poeta, como no podía ser de otra manera, que fue quien me invitó —en compañía, decía, o como relleno más o menos pintoresco del hueco dejado en la vieja mesa por los dos otros lectores que son el plato fuerte de la velada y que son, uno, por supuesto, el que lee primero, poeta, super poeta, tan super poeta que ahora se da el lujo de rebajarse a la prosa y contar, él también, y no sin gracia, sus cositas, el otro narrador, sí, prosista, pero con más de una conexión con “lo poético” y sobre todo extranjero, lo que, además de darle un aura intocable, como una inmunidad diplomática, lo coloca sin duda en un pedestal de singularidad indiscutible. Y es después de ese verano, que ya consta en mis anales como el verano en el que se me dio por leer Los detectives salvajes, verano en el que, dicho sea de paso, no leí otra cosa que Los detectives salvajes, y no porque no hubiera incluido otros libros en mi equipaje —porque de hecho los incluí—, ni porque la extensión de la novela de Bolaño acaparara la totalidad de mi energía de lector —porque de hecho nunca leo un libro largo sin pellizcarlo un poco con lecturas laterales—, ni porque la inundación que arruinó mi ropa y la de mi familia y nuestra provisión de velas y víveres con la que pensábamos sobrevivir toda la temporada hubiera arruinado los otros libros, los libros con los que Los detectives salvajes de algún modo “competía” —porque de hecho los libros sobrevivieron intactos, tan intactos como puede sobrevivir un libro que se pasa veinte días sin moverse en una valija —no: si no leí otro libro que Los detectives salvajes fue simplemente porque no quedó lugar —lugar en la literatura, quiero decir— para ningún otro. ¿Cuánto hacía que una novela no reivindicaba para sí la fuerza de la voracidad, la energía bulímica, la capacidad imperial de ocupar, colonizar, anexárselo todo?— es después de ese verano, decía en algún momento, antes, más arriba, cuando me doy cuenta no sólo de que yo, que me jactaba de estar de este lado de la calle, ya estoy en pleno mundo de los poetas (primer escándalo), sino que deseo algo de ese mundo (segundo escándalo) y, lo que es peor, que eso que me descubro deseando de ese mundo, y deseándolo contra mis convicciones más fervientes, incluso contra toda mi formación artística e intelectual, no es una Obra —no es el efecto de una manera específica de entrar y atravesar el lenguaje— sino algo tan discutible, tan ideológico, tan juvenil, como una mitología existencial; es decir: eso que a falta de una palabra mejor seguimos llamando una Vida. Tercer escándalo.
Sabemos que no hay libro donde haya tantos poetas activos, mencionados, aludidos, citados, evocados, como Los detectives salvajes. Es una novela que exuda poetas, casi al punto de hacernos creer —es lo que yo creí, alarmado, cuando recién empezaba a leerla— no sólo que ser poeta es algo así como el servicio militar obligatorio al que está sometido todo personaje de novela sino que el propio mundo, el mundo idiota, banal, irreversiblemente prosaico de todos los días, está en realidad poblado únicamente de poetas. En el libro, el que no es poeta es padre, madre o hermano de poeta, novia o novio de poeta, amigo, amante oficial o amante secreto de poeta, heredero de poeta, lector de poeta, editor de poeta, enemigo de poeta, antídoto, víctima, proyecto de poeta… Dios mío, recuerdo que me preguntaba ese verano: ¿cómo voy a hacer para sobrevivir a esta proliferación, esta explosión demográfica, esta metástasis de poetas?
Por mucho menos, pensaba, un polaco famosamente resentido —cuya mueca, como habrán advertido los detractores de la Poesía presentes en esta sala, supervisa de cerca estos balbuceos— escribió las seis páginas de una diatriba despiadada, tan perspicaz en su momento, cuando lo que se proponía cañonear era el mito de la Poesía como Monumento de Pureza y Especificidad, y hoy, ay, a la luz del efecto que Los detectives salvajes tuvo, tiene aún en mí, tan inocua, tan poca cosa… Pero ¿por qué? ¿Por qué los dardos envenenados que Gombrowicz disparó contra el corazón de los Vates y la Poesía se desenvenenan, reblandecen y en vez de herir de muerte a Arturo Belano y su pandilla se ponen de golpe —ignominiosamente— a acariciarlos? De todas las respuestas posibles se me ocurre una —la que da cuenta, en todo caso, de cómo yo, anti poeta, extranjero total en el mundo verso, pasé a ser una de sus víctimas. Y es ésta: que ni Belano, ni Ulises Lima, ni el joven García Madero, ni prácticamente ninguno de los poetas que se multiplican en las páginas de Los detectives salvajes escribe nada —nada, en todo caso, que nos sea dado leer. Un libro inflamado, henchido, rebosante de poetas —y no hay Obra. No hay obra. La frase suena enfática y militante, casi tanto como suena No hay bandaen la voz del monigote maníaco que hace las veces de maestro de ceremonias en Mulholland Drive, la película de David Lynch. Sólo que para Bolaño es exactamente al revés: no hay obra, sólo banda; es decir manada, muta, enjambre, célula, gang o como quiera llamarse la estructura corporativo-nómade en que se mueven sus poetas héroes. Si Los detectives salvajes es un gran tratado de etnografía poética, es precisamente porque sacrifica eso, porque hace brillar a la Obra por su ausencia; porque en el lugar central, en la médula del libro, allí donde deberíamos ver desplegarse las artes, el saber, la intuición, el don de lengua de los poetas —todo eso que ponía en pie de guerra a Gombrowicz y lo obligaba a desenfundar todas sus armas a la vez—, lo único que hay son ráfagas de aire, torbellinos hiperquinéticos, una especie de movimiento grupuscular continuo, una compulsión a respirar, a tragar aire, un gregarismo hiperventilado, un atletismo de pulmones rotos y músculos gastados, fugas hacia adelante —todo eso que la gran tradición del melodrama de artista, del Van Gogh de Vincente Minelli en adelante, designa con una expresión perfectamente kitsch y perfectamente irrebatible: sed de vivir. Operación extraña, la de Los detectives salvajes: la poesía —la “obra poética”— queda afuera, del lado de lo real, de lo real-histórico (Mario Santiago, el infrarrealismo, la historia de la poesía mexicana, etc.); y lo que entra, lo que se infiltra en la ficción y ocupa el sistema circulatorio de la literatura, es algo que sólo creíamos conocer (y despreciábamos) bajo la forma del peor de los estereotipos: la Vida misma, la Vida Poética. Es el Vitalismo enorme, kerouaquiano, casi emersoniano, podríamos decir, que anima a una novela como Los detectives salvajes: vitalismo contra natura, vitalismo de vanguardia, sí, en la medida en que consuma como nunca el principio vanguardista último: la abolición del límite entre las esferas, las prácticas, las órbitas humanas; la extinción de las autonomías y las especificidades; la disolución del arte en la vida. En ese sentido, a lo largo de toda su carrera, Bolaño no habría escrito sino una sola cosa, un libro único, a la vez entusiasta y doliente, eufórico y fúnebre: una Gran Introducción a la Vida Artística.
Porque la Vida Artística según Bolaño no es un medio, no es un pretexto: no se vive artísticamente para producir una obra ni para ser alguien, tampoco para fundar y defender una identidad o fabricarse una imagen: la obra, el personaje —Belano, Lima, Cesárea Tinajero, incluso el mismo Bolaño— pueden estar o no, pueden ser pálidos o brillantes, memorables o fallidos, pero son siempreefectos de la vida, sus pliegues aleatorios —nunca su origen y menos su fundamento. La Vida Artística es un principio de inmanencia, una especie de campo informe, anti jerárquico, sin más allá, que lo procesa todo —política, sexualidad, socialidad, territorio— y se define menos por lo que son las cosas que por lo que pueden, menos por valores que por potencias. De ahí los “problemas” con los que se encuentran los personajes de Los detectives salvajes: problemas de vitalidad, nunca “poéticos”; problemas pragmáticos, nunca “de escritores”. Con Belano nunca nos preguntamos qué hace, en qué consiste su secreto poético, cuál es su relación con “la forma”. Nos preguntamos: ¿hasta dónde será capaz de ir? ¿Dónde se detendrá su acción? ¿Cuál es el límite de su potencia? Y lo mismo —en estado extremo, crítico— con ese gran personaje de Bolaño que es Wieder, el artista-militar de Estrella distante, que si se define por algo es por ir lejos, siempre un poco más lejos, y a fuerza de trazar esas líneas de fuga reduce a polvo la triste moralidad con que pretendemos acorralarlo. De ahí, quizá, que la Vida Artística, en Bolaño, aun cuando nunca deje de reconocerle antecedentes en las vanguardias de principios de siglo, siempre parezca fechada en los años 70, una época donde todo “de alguna manera es una broma y de alguna manera es algo completamente en serio” y todos son “escritores o periodistas o pintores o revolucionarios”; una época donde resulta imposible saber si los arabescos que traza un avión en el cielo son un avatar magistral del letrismo de denuncia o el arte oficial del terror, si las purgas que limpian de traidores un cenáculo poético no son el eco de las que sacuden a las células políticas, si el “hermafroditismo” de los poetas —fuente de una encarnizada voluntad endogámica— no traduce el que impera en la militancia radicalizada. Los años 70, es decir: los años en que la idea de vanguardia articuló por última vez en un modo de existencia, en una inmanencia vital, la pulsión política y la estética; los años —para decirlo con Bolaño— en que fue joven “la última generación latinoamericana que tuvo mitos”. Salvo para los conversos, los cínicos o los amnésicos, es sin duda una época peligrosa, difícil de leer, sembrada de dobleces y contigüidades amenazantes: el bien está demasiado cerca del mal, la política demasiado cerca del delito, el espanto demasiado cerca del éxtasis, el arte demasiado cerca de la conspiración. Pero ese juego de vecindades combustibles es el material mismo con el que está tramada la Vida Artística, y es también el laboratorio en el que la Vida Artística despliega sus procedimientos: el primero, aparecer y desaparecer una y otra vez, en un régimen de intermitencias que la literatura de Bolaño nunca deja de experimentar; el segundo, cambiar de nombre, ser otro, en una política de laimpostura de la que en Bolaño nadie nunca es del todo inocente.
En rigor, la Vida Artística —ese modo de existencia voluptuoso y condenado, hecho de deseo, fuga y clandestinidad— es menos un signo de la época, una clave propia de los años 70, que una estrategia singular para resolver el duelo, la melancolía terrible a las que no deja de enfrentarnos. La etnografía de la Vida Artística es la Solución Bolaño de una catástrofe que no se extingue, que vuelve como un espectro histórico, que sigue interpelándonos, reclamándonos, incluso extorsionándonos. Porque la Vida Artística —como bien lo adivinaba yo ese verano en Cabo Polonio, mientras una novela llamadaLos detectives salvajes iba haciéndome efecto— la Vida Artística es un mito. Un mito sin resentimiento y sin odio: alegre, diría Spinoza, en el sentido de que en vez de descomponer compone, y en vez de disminuir la potencia de la literatura no hace más que intensificarla, expandirla, tenderla hacia su límite… Un mito tan bello y tan útil y tan desesperado como el que enciende de deseo al fetichista, por ejemplo, cada vez que roza con los dedos el zapato o el mechón de pelo o la media que idolatra. Hay una frase que no deja de aparecer en la literatura de Bolaño, una frase que siempre me intrigó y que quizá empecé a entender muy tarde. En rigor es menos una frase que una fórmula, un conjuro, una suerte de instrumento mágico que suele rematarse en puntos suspensivos, lo que significa que, como todo conjuro, siempre puede ser usado otra vez, aplicado a un objeto nuevo. Es la fórmula: Me gusta creer… A diferencia de los jóvenes de los años 70, entre ellos el mismo Bolaño, que creyeron y fueron los últimos, el Bolaño que escribe dice: Me gusta creer. Un poco como el fetichista dice: “Ya sé que el zapato o el mechón de pelo o la media que idolatro no colmarán eso que le falta a la mujer y me aterra. Ya lo sé”, dice, “pero aun así…” La fórmula Me gusta creer —la divisa profunda de Roberto Bolaño— designa los dos movimientos combinados de su “solución”: ya sé que esa vanguardia fue la última, pero me gusta creer que sigue viva. ¿Cómo? ¿En qué condiciones? ¿Bajo qué forma? Como Vida Pura, Vida Artística, Vitalismo mitológico. La fórmula Me gusta creer se vuelve estrategia y Bolaño da con su solución: inventar la Vanguardia como leyenda y convertirse en su mitógrafo, su mitólatra, su mitócrata.
* Leído el sábado 8 de abril en el Encuentro Internacional sobre Roberto Bolaño realizado en la UNAM, México DF. Marzo de 2006.

 

 Constelación Bolaño
Francisco Giarcovich
Roberto Bolaño es desde hace cerca de una década el reciente autor fallecido que ha disparado en ventas y del que el cine comenzó a nutrirse. Lo leen personajes de películas de Almodóvar y hasta ya se hizo una adaptación de su nouvelle Una novelita lumpen.
Hay, por lo menos, dos novelas indispensables para conocerlo: Los detectives salvajes y 2666. Sin contar su obra poética. O la recopilación de sus críticas y reseñas. Pero solo una de sus obras es considerada una de las grandes obras literarias de estos últimos tiempos con sus mil ciento veinticinco páginas, 2666, del más admirado de su generación.
En cada una de sus novelas se encuentran personajes que viven bajo la sombra de una estrella que jamás podrán alcanzar. Poetas viscerales o beatniks malditos, críticos apasionados, fans de juegos de estrategia, todos están obsesionados con su disciplina al punto de arriesgar su propia vida en saber más acerca de ella. Se trata una búsqueda por los caminos del realismo donde la emotividad es retratada con gran nitidez.
Bolaño abre los ojos en la oscuridad y ve algo, una senda entre la maleza para abrir camino en lo latinoamericano contemporáneo, Los detectives Salvajes, estructuralmente, es una conjunción entre dos géneros no literarios: el diario íntimo y el testimonio policial. Un caso de realismo extremo. Y con un importante contenido de un valor intertextual, poético y teórico. Como si Bolaño nos propusiera recordar algo paradójico, que la literatura, mayormente, no necesita nada literario para ser literatura. O que la ficción, pudiera ser acaso simplemente uno o varios “puntos de vista”.
Hay una cita interesante acerca de esto en la novela Dublinesca del escritor Vila Matas (parte de esa constelación que Bolaño integra): “… Los cinco elementos esenciales de la novela del futuro: la intertextualidad, conexiones con la alta poesía, conciencia de un paisaje moral en ruinas, ligera superioridad del estilo sobre la trama, la escritura vista como reloj que avanza…”.
Bolaño es intertextualidad. Leer a Bolaño es recibir un torrente de autores y libros como para años de lectura. Hay un rumor de constelaciones de escritores que el nombra y ordena como  demiurgo de un firmamento. Ahí brillarían más las  estrellas de Faulkner, Borges, Poe, Stendhal, Chandler, pero la lista es muy extensa.
Una de las características más fuertes y místicas de Bolaño es su método y disciplina.
“La espada del destino le corta una vez más la cabeza a la hiedra del azar”  (R. Bolaño 2666)
Aquí, el destino ocuparía el lugar de la encarnación del método, y el azar el del caos, o la nebulosa. El método es lo que hace posible la realización. Podría ser un juramento de fidelidad acerca de un apartamiento, de una reclusión meditativa y metódica autoimpuesta. Peso que en la inmersión como artista le permite alcanzar esa profundidad hasta lo recóndito.
Ese peso debe ser una fe ciega y una esperanza terrible que obligara al encierro en uno mismo. Algo de ese gusto escéptico de cierta renuncia intelectual contra la vulgaridad que lleva aparejada la idea de lo lujoso, (si se me permite parafrasear a Bioy Casares) que es aquello que separa a personas que se dedican con seriedad y constancia de quienes están perdidos en una tormenta de banalidad. Se trataría de alguna especie de desinterés por las ofertas fatuas de la vida en pos del trabajo, una prosa inyectada de poesía y de ideas contundentes: “La vida es demanda y oferta, u oferta y demanda, todo se limita a eso, pero así no se puede vivir. Es necesaria una tercera pata para que la mesa no se desplome en los basurales de la historia, que a su vez se está desplomando permanentemente en los basurales del vacío. Así que toma nota. Ésta es la ecuación: oferta + demanda + magia. ¿Y qué es magia? Magia es épica y también es sexo y bruma dionisíaca y juego.”

 

Estrella distante
Mónica Maristain 
En el desvaído panorama de la literatura en lengua española, un espacio en el que todos los días aparecen jóvenes redactores más preocupados por ganar becas y puestos en los consulados que por aportar algo a la creación artística, se destaca la figura de un hombre enjuto, mochila azul en ristre, anteojos de enorme marco, cigarrillo sempiterno entre los dedos, fina ironía a bocajarro siempre que haga falta.
Roberto Bolaño, nacido en Chile en 1953, es lo mejor que le ha pasado en mucho tiempo al oficio de escribir. Desde que con su monumental Los detectives salvajes, acaso la gran novela mexicana de la contemporaneidad, se hiciera famoso y se embolsara los premios Herralde (1998) y Rómulo Gallegos (1999), su influencia y su figura han ido en crecimiento constante: todo lo que dice, con su afilado humor, con su exquisita inteligencia, todo lo que escribe, con su pluma certera, de gran riesgo poético y profundo compromiso creativo, es digno de la atención de quienes lo admiran y, por supuesto, de quienes lo detestan. El autor, que aparece como personaje en la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas, y que es homenajeado en la última novela de Jorge Volpi, El fin de la locura, es, como todo hombre genial, un divisor de opiniones, un generador de antipatías acérrimas a pesar de su carácter tierno, su voz entre atiplada y ronca, con la que responde, cortés, como todo buen chileno, que no escribirá un cuento para la revista pues su próxima novela, que tratará sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, ya va por la página 900 y todavía no la acaba.
Roberto Bolaño vive en Blanes, España, y está muy enfermo. Espera que un trasplante de hígado le dé resto para vivir con esa intensidad que alaban quienes tienen la fortuna de tratarlo en la intimidad. Dicen ellos, sus amigos, que a veces se olvida de ir a la visita médica por escribir.
A los 50 años, este hombre que recorrió Latinoamérica como mochilero, que se escapó de las fauces del pinochetismo porque uno de los policías que lo encarceló había sido su compañero en la escuela, que vivió en México (alguna vez la calle Bucareli en un tramo llevará su nombre), que conoció a los militantes del Farabundo Martí que luego se convertirían en los asesinos del poeta Roque Dalton en El Salvador, que fue vigilante en un camping catalán, vendedor de bisutería en Europa y siempre un hurtador de buenos libros porque leer no es sólo una cuestión de actitud, este hombre, decíamos, ha transformado el rumbo de la literatura latinoamericana. Y lo ha hecho sin avisar y sin pedir permiso, como lo hubiera hecho Juan García Madero, antihéroe adolescente de su gloriosa Los detectives salvajes: “Estoy en el primer semestre de la carrera de Derecho. Yo no quería estudiar Derecho sino Letras, pero mi tía insistió y al final acabé transigiendo. Soy huérfano. Seré abogado. Eso lo dije a mi tío y a mi tía y luego me encerré en mi habitación y lloré toda la noche”. El resto, en las 608 páginas restantes de una novela cuya importancia los críticos han comparado con Rayuela, de Julio Cortázar, y hasta con Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Él diría, frente a tanta hipérbole: ni modo. Así que mejor vayamos a lo que importa en esta coyuntura: a la entrevista.
¿Le dio algún valor en su vida el haber nacido disléxico?
–Ninguno. Problemas cuando jugaba al fútbol, soy zurdo. Problemas cuando me masturbaba, soy zurdo. Problemas cuando escribía, soy diestro. Como puedes ver, ningún problema importante.
¿Siguió siendo Enrique Vila-Matas amigo suyo luego de la pelea que tuvo usted con los organizadores del Premio Rómulo Gallegos?
–Mi pelea con el jurado y los organizadores del premio se debió, básicamente, a que ellos pretendían que yo avalara, desde Blanes y a ciegas, una selección en la que yo no había participado. Sus métodos, que una pseudo poeta chavista me transmitió por teléfono, se parecían demasiado a los argumentos disuasorios de la Casa de las Américas cubana. Me pareció que era un error enorme que Daniel Sada o Jorge Volpi fueran eliminados a las primeras de cambio, por ejemplo. Ellos dijeron que lo que yo quería era viajar con mi mujer e hijos, algo totalmente falso. De mi indignación por esta mentira surgió la carta en donde los llamé neostalinistas y algo más, supongo. De hecho, a mí me informaron que ellos pretendían, desde el principio, premiar a otro autor, que no era Vila-Matas, precisamente, cuya novela me parece buena, y que sin duda era uno de mis candidatos.
¿Por qué no tiene aire acondicionado en su estudio?
–Porque mi lema no es Et in Arcadia ego, sino Et in Esparta ego.
¿No cree que si se hubiera emborrachado con Isabel Allende y Ángeles Mastretta otro sería su parecer acerca de sus libros?
–No lo creo. Primero, porque esas señoras evitan beber con alguien como yo. Segundo, porque yo ya no bebo. Tercero, porque ni en mis peores borracheras he perdido cierta lucidez mínima, un sentido de la prosodia y del ritmo, un cierto rechazo ante el plagio, la mediocridad o el silencio.
¿Cuál es la diferencia entre una escribidora y una escritora?
–Una escritora es Silvina Ocampo. Una escribidora es Marcela Serrano. Los años luz que median entre una y otra.
¿Quién le hizo creer que es mejor poeta que narrador?
–La gradación del rubor que siento cuando, por pura casualidad, abro un libro mío de poesía o uno de prosa. Me ruboriza menos el de poesía.
¿Usted es chileno, español o mexicano?
–Soy latinoamericano.
¿Qué es la patria para usted?
–Lamento darte una respuesta más bien cursi. Mi única patria son mis dos hijos, Lautaro y Alexandra. Y tal vez, pero en segundo plano, algunos instantes, algunas calles, algunos rostros o escenas o libros que están dentro de mí y que algún día olvidaré, que es lo mejor que uno puede hacer con la patria.
¿Qué es la literatura chilena?
–Probablemente las pesadillas del poeta más resentido y gris y acaso el más cobarde de los poetas chilenos: Carlos Pezoa Véliz, muerto a principios del siglo XX, y autor de sólo dos poemas memorables, pero, eso sí, verdaderamente memorables, y que nos sigue soñando y sufriendo. Es posible que Pezoa Véliz aún no haya muerto y esté agonizando y que su último minuto sea un minuto bastante largo, ¿no?, y todos estemos dentro de él. O al menos que todos los chilenos estemos dentro de él.
¿Por qué le gusta llevar siempre la contraria?
–Yo nunca llevo la contraria.
¿Usted tiene más amigos que enemigos?
–Tengo suficientes amigos y enemigos, todos gratuitos.
¿Quiénes son sus amigos entrañables?
–Mi mejor amigo fue el poeta Mario Santiago, que murió en 1998. Actualmente tres de mis mejores amigos son Ignacio Echevarría y Rodrigo Fresán y A. G. Porta.
¿Antonio Skármeta lo invitó alguna vez a su programa?
–Una secretaria suya, tal vez su mucama, me llamó una vez por teléfono. Le dije que estaba demasiado ocupado.
¿Javier Cercas compartió con usted las regalías por Soldados de Salamina?
–No, por supuesto.
¿Enrique Lihn, Jorge Teillier o Nicanor Parra?
–Nicanor Parra por encima de todos, incluidos Pablo Neruda y Vicente Huidobro y Gabriela Mistral.
¿Eugenio Montale, T. S. Eliot o Xavier Villaurrutia?
–Montale. Si en lugar de Eliot estuviera James Joyce, pues Joyce. Si en lugar de Eliot estuviera Ezra Pound, sin duda Pound.
¿John Lennon, Lady Di o Elvis Presley?
–The Pogues. O Suicide. O Bob Dylan. Pero, bueno, no nos hagamos los remilgados: Elvis forever. Elvis con una chapa de sheriff conduciendo un Mustang y atiborrándose de pastillas, y con su voz de oro.
¿Quién lee más, usted o Rodrigo Fresán?
–Depende. El Oeste es para Rodrigo. El Este para mí. Luego nos contamos los libros de nuestras correspondientes áreas y parece que lo hubiéramos leído todo.
¿Cuál es el mejor poema de Pablo Neruda según usted?
–Casi cualquiera de Residencia en la Tierra.
¿Qué le hubiera dicho a Gabriela Mistral si la hubiera conocido?
–Mamá, perdóname, he sido malo, pero el amor de una mujer hizo que me volviera bueno.
¿Y a Salvador Allende?
–Poco o nada. Los que tienen el poder (aunque sea por poco tiempo) no saben nada de literatura, sólo les interesa el poder. Y yo puedo ser el payaso de mis lectores, si me da la real gana, pero nunca de los poderosos. Suena un poco melodramático. Suena a declaración de puta honrada. Pero, en fin, así es.
¿Y a Vicente Huidobro?
–Huidobro me aburre un poco. Demasiado tralalí alalí, demasiado paracaidista que desciende cantando como un tirolés. Son mejores los paracaidistas que descienden envueltos en llamas o, ya de plano, aquellos a los que no se les abre el paracaídas.
¿Octavio Paz sigue siendo el enemigo?
–Para mí, ciertamente, no. No sé qué pensarán los poetas que durante esa época, cuando yo viví en México, escribían como sus clones. Hace mucho que no sé nada de la poesía mexicana. Releo a José Juan Tablada y a Ramón López Velarde, incluso puedo recitar, si se tercia, a Sor Juana, pero no sé nada de lo que escriben los que, como yo, se acercan a los cincuenta años.
¿No le daría ahora ese papel a Carlos Fuentes?
–Hace mucho que no leo nada de Carlos Fuentes.
¿Qué le produce el hecho de que Arturo Pérez Reverte sea actualmente el escritor más leído en lengua española?
–Pérez Reverte o Isabel Allende. Da lo mismo. Feuillet era el autor francés más leído de su época.
¿Y el hecho de que Arturo Pérez Reverte haya ingresado a la Real Academia?
–La Real Academia es una cueva de cráneos privilegiados. No está Juan Marsé, no está Juan Goytisolo, no está Eduardo Mendoza ni Javier Marías, no está Olvido García Valdez, no recuerdo si está Alvaro Pombo (probablemente si está se deba a una equivocación), pero está Pérez Reverte. Bueno, (Paulo) Coelho también está en la Academia brasileña.
¿Se arrepiente de haber criticado el menú que le sirvió Diamela Eltit?
–Nunca critiqué su menú. Si acaso, tendría que haber criticado su humor, un humor vegetariano o, mejor, a dieta.
¿Le duele que ella lo considere mala persona después de la crónica de aquella malograda cena?
–No, pobre Diamela, no me duele. Me duelen otras cosas.
¿Ha vertido alguna lágrima por las numerosas críticas que ha recibido por parte de sus enemigos?
–Muchísimas, cada vez que leo que alguien habla mal de mí me pongo a llorar, me arrastro por el suelo, me araño, dejo de escribir por tiempo indefinido, el apetito baja, fumo menos, hago deporte, salgo a caminar a orillas del mar, que, entre paréntesis, está a menos de treinta metros de mi casa, y les pregunto a las gaviotas, cuyos antepasados se comieron a los peces que se comieron a Ulises, ¿por qué yo, por qué yo, que ningún mal les he hecho?
¿Cuál es la opinión en torno de su obra que más valora?
–Mis libros los lee Carolina (su esposa) y después (Jorge) Herralde (el editor de Anagrama) y después procuro olvidarlos para siempre.
¿Qué cosas compró con el dinero que ganó en el Rómulo Gallegos?
–No muchas. Una maleta, según creo recordar.
De su época que vivía de los concursos literarios, ¿hubo alguno que no pudo cobrar?
–Ninguno. Los ayuntamientos españoles, en este aspecto, son de una probidad fuera de toda sospecha.
¿Era buen camarero o mejor vendedor de bisutería?
–El oficio en el que mejor me he desempeñado fue el de vigilante nocturno de un camping cerca de Barcelona. Nunca nadie robó mientras yo estuve allí. Impedí algunas peleas que hubieran podido terminar muy mal. Evité un linchamiento (aunque de buena gana, después, hubiera linchado o estrangulado yo mismo al tipo en cuestión).
¿Ha experimentado el hambre feroz, el frío que cala los huesos, el calor que deja sin aliento?
–Como dice Vittorio Gassman en una película: modestamente, sí.
¿Ha robado algún libro que luego no le gustó?
–Nunca. Lo bueno de robar libros (y no cajas fuertes) es que uno puede examinar con detenimiento su contenido antes de perpetrar el delito.
¿Ha caminado alguna vez en medio del desierto?
–Sí, y en una ocasión, además, del brazo de mi abuela. La anciana señora era incansable y yo pensé que de ésa no salíamos.
¿Ha visto peces de colores debajo del agua?
–Por supuesto. En Acapulco, sin ir más lejos, en el año 1974 o 1975.
¿Se ha quemado la piel con un cigarrillo?
–Nunca voluntariamente.
¿Ha tallado en un tronco de árbol el nombre de la persona amada?
–He cometido desmanes aún mayores, pero corramos un tupido velo.
¿Ha visto alguna vez a la mujer más hermosa del mundo?
–Sí, cuando trabajaba en una tienda, allá por el año ’84. La tienda estaba vacía y entró una mujer hindú. Parecía y tal vez fuera una princesa. Me compró algunos colgantes de bisutería. Yo, por descontado, estaba a punto de desmayarme. Tenía la piel cobriza, el pelo largo, rojo, y por lo demás era perfecta. La belleza intemporal. Cuando tuve que cobrarle me sentí muy avergonzado. Ella me sonrió como si me dijera que lo entendía y que no me preocupara. Luego desapareció y nunca más he vuelto a ver a alguien así. A veces tengo la impresión de que era la mismísima diosa Kali, patrona de los ladrones y de los orfebres, sólo que Kali también era la deidad de los asesinos, y esta hindú no sólo era la mujer más hermosa de la Tierra sino que también parecía ser una buena persona, muy dulce y considerada.
¿Le gustan los perros o los gatos?
–Las perras, pero ya no tengo animales.
¿Qué cosas recuerda de su niñez?
–Todo. No tengo mala memoria.
¿Coleccionaba figuritas?
–Sí. De fútbol y de actores y actrices de Hollywood.
¿Tenía una patineta?
–Mis padres cometieron el error de regalarme un par de patines cuando vivimos en Valparaíso, que es una ciudad de cerros. El resultado fue desastroso. Cada vez que me ponía los patines era como si me quisiera suicidar.
¿Cuál es su equipo de fútbol favorito?
–Ahora ninguno. Los que bajaron a segunda y luego, consecutivamente, a tercera y a regional, hasta desaparecer. Los equipos fantasmas.
¿A qué personajes de la historia universal le hubiera gustado parecerse?
–A Sherlock Holmes. Al capitán Nemo. A Julien Sorel, nuestro padre, al príncipe Mishkin, nuestro tío, a Alicia, nuestra profesora, a Houdini, que es una mezcla de Alicia, de Sorel y de Mishkin.
¿Se enamoraba de las vecinas más grandes que usted?
–Por supuesto.
¿Las compañeras de la escuela le prestaban atención?
–No creo. Al menos yo estaba convencido de que no.
¿Qué cosas debe a las mujeres de su vida?
–Muchísimo. El sentido del desafío y la apuesta alta. Y otras cosas que me callo por decoro.
¿Ellas le deben algo a usted?
–Nada.
¿Ha sufrido mucho por amor?
–La primera vez, mucho, después aprendí a tomarme las cosas con algo más de humor.
¿Y por odio?
–Aunque suene un poco pretencioso, nunca he odiado a nadie. Al menos estoy seguro de ser incapaz de un odio sostenido. Y si el odio no es sostenido, no es odio, ¿no?
¿Cómo enamoró a su esposa?
–Cocinándole arroz. En esa época yo era muy pobre y mi dieta era básicamente de arroz, así que lo aprendí a cocinar de muchas formas.
¿Cómo era el día que se hizo padre por primera vez?
–Era de noche, poco antes de las 12, yo estaba solo, y como no se podía fumar en el hospital me fumé un cigarrillo virtualmente encaramado en el artesonado de la cuarta planta. Menos mal que no me vio nadie desde la calle. Sólo la luna, habría dicho Amado Nervo. Cuando volví a entrar una enfermera me dijo que mi hijo ya había nacido. Era muy grande, casi calvo del todo, y con los ojos abiertos como preguntándose quién demonios era ese tipo que lo tenía en los brazos.
¿Lautaro será escritor?
–Yo sólo espero que sea feliz. Así que mejor que sea otra cosa. Piloto de avión, por ejemplo, o cirujano plástico, o editor.
¿Qué cosas reconoce en él como suyas?
–Por suerte se parece mucho más a su madre que a mí.
¿Le preocupan las listas de ventas de sus libros?
–En lo más mínimo.
¿Piensa alguna vez en sus lectores?
–Casi nunca.
¿Qué cosas de todas las que le han dicho sus lectores en torno de sus libros lo han conmovido?
–Me conmueven los lectores a secas, los que aún se atreven a leer el Diccionario filosófico de Voltaire, que es una de las obras más amenas y modernas que conozco. Me conmueven los jóvenes de hierro que leen a Cortázar y a Parra, tal como los leí yo y como intento seguir leyéndolos. Me conmueven los jóvenes que se duermen con un libro debajo de la cabeza. Un libro es la mejor almohada que existe.
¿Qué cosas lo han enojado?
–A estas alturas enojarse es perder el tiempo. Y, lamentablemente, a mi edad el tiempo cuenta.
¿Ha tenido miedo alguna vez de sus fans?
–He tenido miedo de los fans de Leopoldo María Panero, el cual, por otra parte, me parece uno de los tres mejores poetas vivos de España. En Pamplona, durante un ciclo organizado por Jesús Ferrero, Panero cerraba el ciclo y a medida que se aproximaba el día de su lectura la ciudad o el barrio donde estaba nuestro hotel se fue llenando de freaks que parecían recién escapados de un manicomio, que, por otra parte, es el mejor público al que puede aspirar cualquier poeta. El problema es que algunos no sólo parecían locos sino también asesinos y Ferrero y yo temimos que alguien, en algún momento, se levantara y dijera: yo maté a Leopoldo María Panero y después le descerrajara cuatro balazos en la cabeza al poeta, y ya de paso, uno a Ferrero y el otro a mí.
¿Qué siente cuando hay críticos como Darío Osses que considera que usted es el escritor latinoamericano con más futuro?
–Debe ser una broma. Yo soy el escritor latinoamericano con menos futuro. Eso sí, soy de los que tienen más pasado, que al cabo es lo único que cuenta.
¿Le despierta curiosidad el libro crítico que está preparando su compatriota Patricia Espinoza?
–Ninguna. Espinoza me parece una crítica muy buena, independientemente de cómo vaya a quedar yo en su libro, que supongo que no muy bien, pero el trabajo de Espinoza es necesario en Chile. De hecho, la necesidad de una, llamémosla así, nueva crítica, es algo que empieza a ser urgente en toda Latinoamérica.
¿Y el de la argentina Celina Mazoni?
–A Celina la conozco personalmente y la quiero mucho. A ella le dediqué uno de los cuentos de Putas asesinas.
¿Qué cosas lo aburren?
–El discurso vacío de la izquierda. El discurso vacío de la derecha ya lo doy por sentado.
¿Qué cosas lo divierten?
–Ver jugar a mi hija Alexandra. Desayunar en un bar al lado del mar y comerme un croissant leyendo el periódico. La literatura de Borges. La literatura de Bioy. La literatura de Bustos Domecq. Hacer el amor.
¿Escribe a mano?
–La poesía, sí. Lo demás, en una vieja computadora de 1993.
Cierre los ojos, ¿cuál de todos los paisajes de la Latinoamérica que usted recorrió le viene primero a la memoria?
–Los labios de Lisa en 1974. El camión de mi padre averiado en una carretera del desierto. El pabellón de tuberculosos de un hospital de Cauquenes y mi madre que nos dice a mi hermana y a mí que aguantemos la respiración. Una excursión al Popocatépetl con Lisa, Mara y Vera y alguien más que no recuerdo, aunque sí recuerdo los labios de Lisa, su sonrisa extraordinaria.
¿Cómo es el paraíso?
–Como Venecia, espero, un lugar lleno de italianas e italianos. Un sitio que se usa y se desgasta y que sabe que nada perdura, ni el paraíso, y que eso al fin y al cabo no importa.
¿Y el infierno?
–Como Ciudad Juárez, que es nuestra maldición y nuestro espejo, el espejo desasosegado de nuestras frustraciones y de nuestra infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos.
¿Cuándo supo que estaba gravemente enfermo?
–En el ‘92.
¿Qué cosas de su carácter cambió la enfermedad?
–Ninguna. Supe que no era inmortal, lo cual, a los 38 años, ya iba siendo hora de que lo supiera.
¿Qué cosas desea hacer antes de morir?
–Ninguna en especial. Bueno, preferiría no morirme, claro. Pero tarde o temprano la distinguida dama llega, el problema es que a veces no es una dama ni mucho menos es distinguida, sino más bien, como dice Nicanor Parra en un poema, es una puta caliente, que es algo que hace dar diente con diente al más pintado.
¿Con quién le gustaría encontrarse en el más allá?
–No creo en el más allá. Si existiera, qué sorpresa. Me matricularía de inmediato en algún curso que estuviera dando Pascal.
¿Pensó alguna vez en suicidarse?
–Por supuesto. En alguna ocasión sobreviví precisamente porque sabía cómo suicidarme si las cosas empeoraban.
¿Creyó en algún momento que se estaba volviendo loco?
–Por supuesto, pero me salvó siempre el sentido del humor. Me contaba historias que me volvían loco de risa. O recordaba situaciones que hacían que me tirara al suelo a reírme.
La locura, la muerte y el amor, ¿de qué de estas tres cosas ha habido más en su vida?
–Espero de todo corazón que haya habido más amor.
¿Qué cosas lo hacen reír a mandíbula batiente?
–Las desgracias propias y ajenas.
¿Qué cosas lo hacen llorar?
–Lo mismo: las desgracias propias y ajenas.
¿Le gusta la música?
–Mucho.
¿Usted ve su obra como la suelen ver sus lectores y críticos: arriba de todo Los detectives salvajes y luego todo lo demás?
–La única novela de la que no me avergüenzo es Amberes, tal vez porque sigue siendo ininteligible. Las malas críticas que ha recibido son mis medallas ganadas en combate, no en escaramuzas con fuego simulado. El resto de mi “obra”, pues bueno, no está mal, son novelas entretenidas, el tiempo dirá si algo más. Por ahora me dan dinero, se traducen, me sirven para hacer amigos que son muy generosos y simpáticos, puedo vivir, y bastante bien, de la literatura, así que quejarse sería más bien gratuito y desagradecido. Pero la verdad es que no les concedo mucha importancia a mis libros. Estoy mucho más interesado en los libros de los demás.
¿No le sacaría algunas páginas a Los detectives salvajes?
–No. Para sacarle páginas tendría que releerlo y eso mi religión me lo prohíbe.
¿No le da miedo que alguien quiera hacer la versión cinematográfica de la novela?
–Ay, Mónica, yo les tengo miedo a otras cosas. Digamos: cosas más terroríficas, infinitamente más terroríficas.
¿“El ojo Silva” es un homenaje a Julio Cortázar?
–De ninguna manera.
Cuando terminó de escribir “El ojo Silva”, ¿no sintió que había escrito un cuento capaz de estar a la altura, por ejemplo, de “Casa tomada”?
–Cuando terminé de escribir “El ojo Silva” dejé de llorar o algo parecido. Qué más quisiera yo que se pareciera a uno de Cortázar, aunque “Casa tomada” no es uno de mis favoritos.
¿Cuáles son los cinco libros que marcaron su vida?
–Mis cinco libros en realidad son cinco mil. Menciono éstos sólo a manera de punta de lanza o embajada aviesa: El Quijote, de Cervantes. Moby Dick, de Melville. La Obra Completa, de Borges. Rayuela, de Cortázar. La conjura de los necios, de Kennedy Toole. Pero también debería citar: Nadja, de Breton. Las cartas de Jacques Vaché. Todo Ubú, de Jarry. La vida, instrucciones de uso, de Perec. El castillo y El proceso, de Kafka. Los aforismos de Lichtenberg. El Tractatus, de Wittgenstein. La invención de Morel, de Bioy Casares. El Satiricón, de Petronio. La Historia de Roma, de Tito Livio. Los Pensamientos, de Pascal.
¿Se lleva bien con su editor?
–Bastante bien. Herralde es una persona inteligente y a menudo encantadora. Tal vez a mí me convendría más que no fuera tan encantador. Lo cierto es que ya hace ocho años que lo conozco y, al menos de mi parte, el cariño no hace más que crecer, como dice un bolero. Aunque tal vez me convendría no quererlo tanto.
¿Qué dice de los que piensan que Los detectives salvajes es la gran novela mexicana de la contemporaneidad?
–Que lo dicen por lástima, me ven decaído o desmayándome en las plazas públicas y no se les ocurre nada mejor que una mentira piadosa, que por lo demás es lo más indicado en estos casos y ni siquiera es pecado venial.
¿Es cierto que fue Juan Villoro el que le convenció para que no titulara Tormentas de mierda a su novela Nocturno de Chile?
–Entre Villoro y Herralde.
¿De quién más escucha consejos alrededor de su obra?
–Yo no escucho consejos de nadie, ni siquiera de mi médico. Yo doy consejos a diestra y siniestra, pero no escucho ninguno.
¿Cómo es Blanes?
–Un pueblo bonito. O una ciudad pequeñita, de treinta mil habitantes, bastante bonita. Fue fundada hace dos mil años, por los romanos, y luego pasaron por aquí gente de todos los lugares. No es un balneario de ricos sino de proletarios. Obreros del norte o del este. Algunos se quedan a vivir para siempre. La bahía es bellísima.
¿Extraña algo de su vida en México?
–Mi juventud y las caminatas interminables con Mario Santiago.
¿A qué escritor mexicano admira profundamente?
–A muchos. De mi generación admiro a Sada, cuyo proyecto de escritura me parece el más arriesgado, a Villoro, a Carmen Boullosa, entre los más jóvenes me interesa mucho lo que hacen Alvaro Enrigue y Mauricio Montiel, o Volpi e Ignacio Padilla. Sigo leyendo a Sergio Pitol, que cada día escribe mejor. Y a Carlos Monsiváis, el cual, según me contó Villoro, motejó como Pol Pit a Taibo 2 o 3 (o 4), lo que me parece un hallazgo poético. Pol Pit, ¿es perfecto, no? Monsiváis sigue con las uñas aceradas. También me gusta mucho lo que hace Sergio González Rodríguez.
¿El mundo tiene remedio?
–El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio y ésa es nuestra suerte.
¿Usted tiene esperanzas, en qué, en quiénes?
–Mi querida Maristain, vuelve usted a empujarme a los potreros de la cursilería, que son mis potreros natales. Yo tengo esperanza en los niños. En los niños y en los guerreros. En los niños que follan como niños y en los guerreros que combaten como valientes. ¿Por qué? Me remito a la lápida de Borges, como diría el ínclito Gervasio Montenegro, de la Academia (como Pérez Reverte, fíjese usted) y no hablemos más de este asunto.
¿Qué sentimientos le despierta la palabra póstumo?
–Suena a nombre de gladiador romano. Un gladiador invicto. O al menos eso quiere creer el pobre Póstumo para darse valor.
¿Qué opina de quienes opinan que usted ganará el Premio Nobel?
–Estoy seguro, querida Maristain, de que no lo ganaré, como también estoy seguro de que algún atorrante de mi generación sí que lo ganará y ni siquiera me mencionará de pasada en su discurso de Estocolmo.
¿Cuándo ha sido más feliz?
–Yo he sido feliz casi todos los días de mi vida, al menos durante un ratito, incluso en las circunstancias más adversas.
¿Qué le hubiera gustado ser si no hubiera sido escritor?
–Me hubiera gustado ser detective de homicidios, mucho más que ser escritor. De eso estoy absolutamente seguro. Un tira de homicidios, alguien que puede volver solo, de noche, a la escena del crimen, y no asustarse de los fantasmas. Tal vez entonces sí que me hubiera vuelto loco, pero eso, siendo policía, se soluciona con un tiro en la boca.
¿Confiesa que ha vivido?
–Bueno, sigo vivo, sigo leyendo, sigo escribiendo y viendo películas, y como les dijo Arturo Prat a los suicidas de la Esmeralda, mientras yo viva, esta bandera no se arriará.
*  Entrevista publicada en 2003 en la edición mexicana de la Revista Playboy.

 

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Anuncios

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
Esta entrada fue publicada en Alan Pauls, Francisco Giarcovich, Roberto Bolaño, zzz---EN FRANCÉS---zzz. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a 2666 – Roberto Bolaño (versión en francés)

  1. Pingback: Martín Fierro. La ida – La partenza – José Hernandez (versión bilingüe: español – italiano) | Libros Kalish – Librería online

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s