Teatro proletario de cámara – Osvaldo Lamborghini

Vendido

Vendido

Estado: nuevo (encuadernado/tapa dura/con estuche).

Editorial: AR.

Prologo de César Aira.

Precio: $1400.

¿Le pica el culo o es puto?

Por Juan Pablo Liefeld

Hay personas a las que les gusta hablar de las boludeses que ve en la tele. También están a los que les gusta hablar contra el gobierno o de cuantas calorías tiene cada comida o de lo loco que esta el tiempo. Hay de todo. A mi, particularmente, me gusta hablar de libros. Esto no me hace más ni menos idiota que a mi vecino que se ríe como loco viendo Tinelli y que si le diera para leer el UPA –un libro que solía darse a los chicos para que aprendieran a leer y que todavía se consigue en librerías— tendría que abandonarlo a la tercer página por no entender de que se trata. Eso sí, saber de libros, poder hablar de libros, es canchero. Es cool.

Como mi tema son los libros y esto es un ensayo sobre Osvaldo Lamborghini voy a empezar con una verdad. Una verdad mía. Absolutamente mía.

Toda la obra de Osvaldo Lamborghini son tres cuentos. “El fiord”, “El niño proletario” y “La causa justa”. Nada más. El resto, las cientos y cientos de páginas que completan su obra no son más que las palabras de un loco del Borda anotadas obsesivamente en cuadernos.

¿Y su poesía?

No sé. Poesía no leo. A no ser cosas muy puntuales.

¿Y Fogwill y Cesar Aira y Josefina Ludmer no son buenos lectores que han construido con justicia el monumento lamborghiniano que hoy es canon obligado de la literatura argentina?

Bueno, bueno, bueno. Vayamos por partes.

Fogwill era amigo de Lamborghini.

Cesar Aira era su discípulo y construyo el mito Lamborghini como parte de la construcción de su propio mito. Alguna vez, hace años atrás, alguien me hizo el siguiente chiste:

¿Sabes cuales son las dos mejores novelas que escribió Aira?

No,  respondí.

Cementerio de animales y La hermana menor.

El chiste, para los que no lo entiendan por falta de información, es que Aira además de escribir seis o siete novelas por año es traductor, un excelente traductor, y sus dos mejores novelas que el chiste afirma que escribió son en realidad traducciones suyas de libros de Stephen King y Raymond Chandler.

Aira como operación literaria, como construcción de un autor y su obra es genial. Ahora si vamos a los papeles, es decir, a los libros que escribió, no creo que tengan con el tiempo mejor suerte que los mamotretos que escribió Eduardo Mallea y que pueden encontrarse en librerías de viejo por monedas.

Aprovecho para recomendarle a los españoles, ya que este ensayo va a ser publicado en una revista digital que sé que se lee en España y como allá tengo entendido que la obra de Cesar Aira es leída con cierta voracidad, que aprendan de su obra lo más rico que tiene y descarten el resto. Es decir, lean las novelas traducidas por él y aprendan de una puta vez de qué carajo va el arte de la traducción y con el resto de su obra, con todas las novelas escritas por él –que no pasan de ser el equivalente argentino de las novelitas de Corín Tellado— guárdenlas para el momento en que las tripas los obliguen a ir a comparecer al baño.

Y Josefina Ludmer es la típica teórica de Letras que te patotea con un aparato de lectura descomunal para decirte, sin ahorrarse los gestos de sádica maestra ciruela, que si ella te dice que es carnaval, tenés que apretar el pomo tranquilo, porque seguro es carnaval.

Gracias, Josefina, por tu saber sobre cómo y cuándo apretar el pomo, pero a mi los carnavales siempre me parecieron algo triste.

En realidad me cuesta pensar hoy a la literatura argentina y a la vida en general y por añadidura a Osvaldo Lamborghini en particular, porque hace tiempo que leo poco y nada literatura de acá. Ahí se me amontonan en la biblioteca libros de Pauls, de Oyola, de Ramos, de Incardona, de Cucurto, de Casas, de Terranova, de Enríquez  y de otros para leer y cuando me decido a ponerme al día siempre aparece una nueva novela de un escritor norteamericano que me obliga a seguir postergándolos.

Yo tengo la teoría de que los norteamericanos son el único país del mundo que hace un siglo crean por década dos nuevos escritores monumentales y cinco o seis libros que tenés que leerlos a como de lugar porque están buenísimos. Cómo hace esa sociedad de mierda para generar este fenómeno inédito en la literatura es para mí un misterio. Pero lo cierto es que lo consigue y lo agradezco.

Me encantaría que en Argentina hubiera escritores capaces de escribir algo parecido a El poder del perro de Don Winslow, Monstruos invisibles de Chuck Palahniuk, Las correcciones de Jonathan Franzen, El teatro de Sabbath de Philip Roth, La carretera de Cormac McCarthy, o Sangre vagabunda de James Ellroy –que estoy loco esperando que esta novela llegue a las librerías para salir corriendo a comprarla. Pero no, ni acá ni en ninguna otra parte del planeta salvo en Estados Unidos se escribe una literatura así. Qué es así. Que cuando la empezás a leer te agarra de los huevos y no te los suelta hasta que llegas al final. (Me gustaría encontrar un equivalente femenino al que el libro te agarre de los huevos y no te suelte hasta que lo terminas de leer pero no se me ocurre cual podría ser; en todo caso, chicas, sepan que hice el esfuerzo).

En realidad, Argentina, hizo su diferencia histórica en materia literaria con el viejo Borges. Y desde entonces vive de las joyas que dejo la abuela. Que no son pocas. Pero no alcanzan para la alharaca chillona y despilfarradora de la literatura vernácula actual.

Cuando pienso en el nombre de un escritor argentino con una obra descomunal –después de Borges, obvio—, no pienso en Osvaldo Lamborghini, pienso en Roberto Fontanarrosa y sus once libros de cuentos. Entre los 70 y 80 Saer, Copi, Asís y Puig escriben algunos de los mejores libros que se hayan escrito aquí. Y desde el 84 con la aparición de su segundo libro El mundo a vivido equivocado hasta su muerte a mediados de los 2000 si se puede afirmar que algo así como la literatura argentina existió en gran medida se lo debemos, al menos yo se lo voy a deber siempre, a que Fontanarrosa publicaba cada 3 o 4 años un nuevo libro de cuentos. Claro que me estoy olvidando acá de dos novelas de Fogwill y otros dos libros de José Sbarra  y alguna que otra cosita más entre las que seguro encontrare cosas de Cohen y Laiseca. Pero si afirmo que el siglo XX se abre con Borges y se cierra con Fontanarrosa, no creo estar haciendo más que dar cuenta de lo mejor de la literatura argentina que se puede poner al lado de cualquier porongudo francés o norteamericano y no andar dando lastima. Porque si paras al lado de Faulkner o Celine a Guillermo Martínez o Martín Kohan por más que consigamos el mejor elongador peniano del mercado a la hora de pelar no van a dejar de hacer un papelón. (Y la puta que los parió, otra vez con mis metáforas de corte misógino, con mi pensamiento falocéntrico ordenando todo el discurso, así nunca voy a conseguir novia).

Releo lo escrito hasta aquí. Como me gusta armar mapas de lectura y señalar que es lo in que es lo out. Al final voy a tener que reconocer que al igual que Josefina Ludmer soy un mogólico que le gusta getonear boludeces. Eso sí, boludeces cool. Muy cool.

Pero volvamos a Osvaldo Lamborghini. Intentemos escribir algo sobre él. Y sobre su hermano, el poeta Leónidas Lamborghini. ¿Pero se puede escribir algo más después de la inmensa biografía que le dedica Straface y de los ensayos  reunidos en El resto es literatura y Los Lamborghini de Belvedere y de las cosas importantísimas que escribió Ludmer? Sí, estamos hablando de literatura, así que siempre se puede decir algo más.

A Osvaldo Lamborghini, como a tantos otros escritores, lo conocí en la casa de un amigo mío peronista. No soy peronista, pero tengo un amigo peronista y que encima tiene una biblioteca y lee –lo cual no necesariamente quiere decir que esto sea un signo positivo, ya que los compañeros peronistas Dromi y Corach seguramente son tan buenos lectores como el director de la carrera de Letras Jorge Panesi y mira el quilombo descomunal que armaron en los 90 menemistas. En fin, a Osvaldo me lo hace conocer mi amigo peronista una noche. No se a razón de qué. Pero como pasábamos horas y horas hablando de libros con él puede que haya sido a razón de cualquier cosa. La cuestión es que me lee “El niño proletario” y yo quedo loco. Estaba buenísimo. Es el relato de tres niños bien que se cogen y matan a un niño peronista. Y entonces me empieza a contar anécdotas de Osvaldo, que las tenía y muchas y no pocas truculentas.

Voy a contar una de esas anécdotas que poco después que me la hubiera contado mi amigo peronista me la vuelve a contar tal cual el poeta Alejandro Ricagno. Una noche cae Osvaldo Lamborghini con dos tipos que formaban parte de una patota de uno de los grupos de tarea de la ESMA a picarse a la casa del poeta y ensayista Néstor Perlongher. La cuestión es que la cosa se pone densa, todos están puestos mal y cada vez se ponen más violentos. En algún momento de la madrugada Néstor Perlongher logra refugiarse debajo de la mesa con el teléfono y llama al escritor y periodista Miguel Briante pidiéndole que lo venga a rescatar. Y rato después llega Briante con unos monos y se arma terrible quilombo, pero por más que los amigos de Osvaldo estuvieran calzados hasta los dientes, como todos estaban hasta el culo, hechos una porquería humana, a los monos que trae Briante –¿quiénes serían esos monos conocidos de Briante con semejantes huevos como para cortarle el mambo a una patota de la ESMA que estaba de pico?— no les cuesta mucho repartir unos sopapos y mandar a todo el mundo a dormir.

Días después paso por la librería de viejo Los cachorros que esta frente al Hospital Durand y revolviendo entre las bateas encuentro el tomo 1 de las obras de Lamborghini publicadas por ediciones del Serbal con prologo de Cesar Aira y lo compro. 4 pesos. Estamos a finales de los 90. Lamborghini para los boludos que nos la pasamos hablando de literatura ya era un mito. Para el rusito de la librería Los cachorros Lamborghini valía 4 pesos. Bueno. Me lo leo todo y luego también consigo la novela Los Tadey’s. La novela infumable, pero como era chico y no sabía si es que yo era un tarado y no me daba para tener un criterio de qué esta bueno y que no en literatura, por las dudas la leí entera y después anduve por ahí alardeando de su lectura. Ahora que soy mas viejo y tan pelotudo como entonces, pero tengo un criterio bien formado sobre qué es y qué no literatura para mi, puedo decir que perdí el tiempo leyendo esa porquería. Claro que acá puede salirme al paso mi amigo Andrés Tejada Gómez –que dicho sea de paso, es un gran poeta que se niega a mostrar a nadie su poesía y solo se conoce alguna que otra cosa  gracias a que cuando se emborracha siempre termina recitando algo y esta buenísimo, así que mi deseo es que él se muera antes que yo, ya que esta decidido a no mostrar su obra en vida, y que una vez enterrado y convertido en fiambre para que los gusanos se hagan unos sanguchitos con su cuerpo, poder saquearle su computadora y hacerme unos mangos publicándole sus obras completas— y señalarme que a mi me gusta la literatura narrativita y que desprecio la literatura vanguardista. Y que como niego todo valor narrativo a la vanguardia literaria solo puedo leer al Lamborghini de “La causa justa”. Y la verdad, Andrés, es que tenés razón, para mí la literatura tiene que contar un cuento, de diez o mil páginas, pero cuando empiezan con el pelotudeo del juego de las palabras que se enroscan en sí mismas, seguí tu camino papá, o dedicate a escribir poesía. Como otra vez que otro amigo, Hernán Sassi, para un cumpleaños me regala El frasquito, de Luis Guzmán. ¡Uy, El frasquito, El frasquito! Durante años escuche hablar y hablar y hablar del frasquito de Guzmán y siempre me decía que tenía que leer eso. ¡Para qué! Cuando lo leí no entendí nada. Una pavada total. ¡Y esa pavada era uno de los mitos de la literatura argentina de los 70 y que hoy perdura como un hito insoslayable! Igual, Hernán, agradezco el regalo de cumpleaños de corazón, en serio, pero la próxima vez regala literatura de verdad, no esas boludeces que se leen en la facultad.

A Leonidas Lamborghini también lo conocí por mi amigo peronista. Pero a este me lo presento porque ellos eran amigos. Una tarde Leonidas Lamborghini tenía que asistir a una charla que organizaba la Sociedad Argentina de Escritores y como al evento sólo iban a asistir viejos vinagres le pidió a mi amigo peronista que le hiciera el aguante y lo acompañara para no tener que comerse el garrón solo. Así que fuimos con mi amigo peronista a hacerle el aguante a Leonidas y luego nos invito a tomar un café. Yo había leído un libro de cuentos suyo, La experiencia de la vida, que lo había editado por una editorial que había creado él mismo para publicar sus libros y que se llamaba LEOS. LE por Leonidas y OS por Osvaldo. El nombre de ese sello editorial era el gesto de reconciliación con su hermano muerto hacía años luego de décadas de enemistad. Recuerdo un cuento de los tres que tiene ese volumen que me gusto mucho. Trataba de un escritor que sale de su casa para ir a sentarse a escribir a una mesa del Salón Literario, pero en el camino se empieza a cagar encima. Me cayó bien el viejo. Era un renegado. Me acuerdo que se puso a despotricar contra los Montoneros, que eran todos una porquería, unos traidores. A Miguel Bonaso lo llamaba Miguel Buenazo. A Juan Gelman lo llamaba Juan Lagrimita y se despacho largo rato criticándole su postura de poeta herido por la vida cuando en realidad había sido un alto mando Montonero que había tomado parte en decisiones políticas por las cuales mucha gente murió al reverendo pedo. Recuerdo también que se quejaba de que en su exilio mexicano se la pasaba tropezando con exiliados montos que no dejaban de alardear de la revolución y los obreros, y razonaba, Leonidas, que esos tipos a los únicos obreros que vieron en su vida fueron a los que empleaban sus propios padres en las fábricas de la cuales eran dueños y después que se habían hecho revolucionarios solo para poder pelearse con sus padres con el fin de reconciliarse luego. Y cuando supo que yo era de San Martín quiso saber si conocía a alguien de la familia de un amigo suyo del cual ahora no recuerdo su nombre ni qué cargo tenía en la municipalidad –¿sería intendente?— pero que una tarde del 70 y pico habían arreglado para ir juntos en el auto de su amigo no se a qué compromiso y Leónidas tiene un percance y no puede ir y al amigo lo revientan a balazos arriba del auto. Resulto que mi primo era compañero de la nieta de este tipo pero después entre una cosa y otra nunca le pase el teléfono a mi amigo peronista para que Leónidas se comunicara con la familia de su amigo. Y ahora ya es tarde.

El interpretadorNúmero 37 – Viñas – Lamborghini

http://www.elinterpretador.net/

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $20.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
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Una respuesta a Teatro proletario de cámara – Osvaldo Lamborghini

  1. Anónimo dijo:

    che, lo tuyo tiene más que sentido, tiene Resentido!
    abrazo locura, no te enojes,
    música vana, música porque si

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