Las correcciones – Jonathan Franzen

vendido

Estado: impecable.

Editorial: Seix Barral.

Precio: $000.

Tercera novela de Jonathan Franzen, Las correcciones —editada por primera vez en castellano en 2002— marcó un punto de inflexión en la trayectoria de su autor y lo consagró como uno de los más destacados escritores norteamericanos contemporáneos y uno de los más finos intérpretes de la compleja realidad de nuestra época. Con esta historia inmisericorde de una típica familia norteamericana, Franzen obtuvo el National Book Award y el Premio James Tait Black Memorial, fue finalista de los premios Pulitzer y Pen/Faulkner, vendió cuatro millones de ejemplares y su éxito alcanzó una dimensión internacional.
De este meticuloso retrato de los Lambert emergen de forma brillante y profundamente humana las angustias y contradicciones de toda una sociedad, la norteamericana, y de una época, la última década del siglo xx. Alfred Lambert es un ingeniero de ferrocarril jubilado cuya percepción de la realidad empieza a resquebrajarse a causa de la enfermedad de Parkinson. Su esposa Enid, tras cincuenta años de matrimonio, sigue obsesionada con mantener el orden en su enorme casa de un próspero barrio residencial. Los tres hijos se establecieron en la costa Este años atrás, lejos del hogar familiar. El mayor, Gary, es un alto ejecutivo bancario, un modélico padre de familia acosado por el fantasma de la depresión. Chip, el segundo, tras su fracaso en el mundo académico, se ha enfrascado en un nuevo proyecto de dudosa legalidad. Y Denise, la menor, extremadamente competitiva, triunfa como chef de un restaurante de moda, pero sufre los reveses de una vida sentimental inestable. En el país, la realidad económica corrige las expectativas sobrevaloradas del mercado bursátil, mientras los medicamentos más avanzados corrigen los trastornos del ánimo. Pero, en el ámbito de la familia, ¿pueden los hijos corregir los errores de sus padres? Y en un orden de cosas más concreto, ¿logrará Enid reunir a todos sus hijos para pasar una última Navidad juntos?
Jonathan Franzen (Western Springs, Illinois, 1959) fue elegido en 1996 entre los Mejores Jóvenes Novelistas Norteamericanos en la prestigiosa revista Granta. Hasta esa fecha, había escrito las novelas Ciudad veintisiete (1988) y Movimiento fuerte (1992), pero la eclosión de su enorme talento narrativo tuvo lugar en 2001 con la aparición deLas correcciones (Salamandra, 2012), que marcó un punto de inflexión en su trayectoria: obtuvo el National Book Award y el Premio James Tait Black Memorial, fue finalista de los premios Pulitzer y Pen/ Faulkner, y fue descubierto por millones de lectores en todo el mundo. Nueve años más tarde, la consagración definitiva de Jonathan Franzen como un auténtico maestro de la literatura anglosajona actual llegó con su última novela, Libertad(Salamandra, 2011), que fue objeto de los más encendidos elogios por parte de un amplísimo abanico de críticos y expertos de los más diversos países. En España, obtuvo el Premio a la Mejor Novela del Año otorgado por los lectores de la revista Qué LeerMás afuera —última obra de no ficción después de Cómo estar solo (2002) y Zona templada(2006)— es una interesantísima recopilación de ensayos y artículos periodísticos, que ponen de manifiesto una vez más la lucidez y la amplitud de miras de un autor excepcional. En la actualidad, Franzen vive entre Nueva York y Santa Cruz, California.
LAS SAGRADAS FAMILIAS
Rodrigo Fresan
Ocurre desde el principio de los tiempos –desde Adán y Eva, y Caín y Abel–, pero es Ley de Murphy desde que León Tolstoi escribió aquellas primeras líneas de Anna Karenina: las familias infelices son las que vale la pena narrar, porque la infelicidad es siempre diferente. Y las familias infelices suelen hacer felices a los lectores. Conozcan –si se atreven– a los Drummond y a los Lambert.
TODAS LAS FAMILIAS SON PSICóTICAS 
Luego del espíritu new age de Girlfriend in a Coma (recientemente editada en español como La segunda oportunidad) y las instrucciones de autoayuda de la todavía inédita en nuestro idioma Miss Wyoming, lo cierto es que pocos esperaban la disparata incorrección política de la nueva novela de Douglas Coupland. Este autor –que pasará a la historia como el inventor de la etiqueta “Generación X”– da un brusco golpe de timón con su sexta novela All Families Are Psychotic, comedia negra oscurísima que lo devuelve al territorio apenas insinuado en su amarga Planeta Shampoo (1992) para contar la perfecta disfuncionalidad de la tribu Drummond: personajes escapados de una sitcom loca entre los que se cuentan una hija astronauta talidomídica, una madre adicta a la Internet hardcore, a la que su hijo delincuente le contagió el sida (el padre le dispara al hijo, la bala lo atraviesa y va a incrustarse en la madre), otro hijo que ha intentado suicidarse varias veces con resultados más bien tristes. Por si esto fuera poco, por ahí anda gente interesada en vender esa carta que uno de los hijitos de Lady Di depositó sobre el féretro de su madre y gente interesada en comprar un bebé que todavía no ha nacido y alguien que explica lo del título –la psicopatología de la infelicidad familiar, la imposibilidad de hallar un sistema y una cura en las múltiples variaciones de la tristeza– y alguien que dice que “somos jardines que han perdido sus jardineros”. Los Hermanos Farrelly deberían hacerse ya con los derechos para el cine de esta feliz novela de infelices.
LAS CORRECCIONES 
La tercera novela de Jonathan Franzen –The Corrections, Nº 1 de ventas, ganadora del National Book Award, elegida por Oprah para su Club de Libros y próxima a ser editada por Seix Barral– viene siendo promovida y celebrada como la nueva encarnación de la Gran Novela Americana desde su llegada a las librerías de EE.UU. La pregunta es: ¿por qué? La respuesta es compleja, larga: Franzen –autor de dos más que correctas novelas anteriores, The Twenty-Seventh City (1988) y Strong Motion (1992), donde contaba con modales realistas un improbable avance hindú sobre Saint Louis y los también improbables terremotos que golpean a Boston por culpa de una fábrica de sustancias químicas– ha sido consagrado como la resistencia social verité a las estéticas e innovaciones formales que han venido proponiendo Rick Moody, David Foster Wallace, Donald Antrim, George Saunders, Chuck Palahniuk y otros novísimos profetas de la Pesadilla Americana. The Corrections y Franzen –conocido también por un largo ensayo en la revista Harper’s publicado en 1996 con el título “Penchance to Dream”, donde denunciaba la irrelevancia de la literatura de hoy y la necesidad de regresar a la novela balzaciana– opta, en cambio, por una encendida defensa del Sueño Americano corporizado en las idas y vueltas de la familia Lambert: padre enfermo, madre insoportable, hijo sin brújula, hijo neurótico, hija promiscua. Todo más cerca de Tom Wolfe que de Philip Roth y cocinado a fuego lentísimo siguiendo la receta recalentada de gente como John O’Hara e Irwin Shaw a la vez que se permite una reescritura Big Mac de las mejores porciones nouvelle del Don DeLillo de Ruido de fondo y Submundo, del Rick Moody de La tormenta de hielo y América ocaso, el Michael Cunningham de Una casa en el fin del mundo y del David Foster Wallace –a quien en varias entrevistas señala como colega y rival a superar– de Infinite Jest y el ensayo “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”.
Cunningham, DeLillo y Wallace elogian a Franzen desde la contratapa de su libro (cabe pensar en aquella conocida táctica de los de arriba elogiando a los de abajo porque no les hacen sombra) y leer The Corrections –si se sigue más o menos el presente de lo que se escribe en Estados Unidos– equivale a una suerte de constante déjà vu: enfermedad degenerativa, psicotrópicos, cruceros por el Caribe, aventuras en la Nueva Europa fragmentada, cambios de pareja… Todo está ahí, otra vez, facilito y como en American Beauty, transgresor sin ser irrespetuoso, fácilmente digerible para el gran público lector que prefiere la sensación de estar leyendo un Gran Libro sin complicaciones antes que la certeza y el esfuerzo de leer varios complejos libros grandes. Y, digámoslo: no hay novela social y familiera norteamericana que todavía supere lo que hizo y hace John Updike con la tetralogía Rabbit Angstrom y la coda “Rabbit Remembered”.
The Corrections, con su curva de caídas y ascensos, es el libro ideal para una sociedad aterrorizada por el mundo exterior y así está siendo leído –me cuentan desde Nueva York– por gente en busca de historias de consuelo y redención. Ficción moral en el peor sentido del asunto. Detalle gracioso y mal que le pese a Franzen, The Corrections acaba siendo más “experimental” que todos: toda su primera edición invierte por errata el orden de las páginas 430 y 431 y al final los Lambert, más o menos felices y lindos y unidos y Campanelli, confirman aquella Ley de Tolstoi: son aburridos e iguales a cualquier otra familia más o menos correctamente escrita.
Las correcciones
Mariana Enríquez
Pocas novelas recientes provocaron una reacción tan inmediata como Las correcciones de Jonathan Franzen. El revuelo duró poco, porque la novela se editó meses antes del atentado a las Torres Gemelas, con lo que la discusión quedó en un plano decididamente menor. Pero se puede reconstruir de este modo: Franzen era entonces un autor prometedor, a quienes los críticos comparaban con Pynchon y DeLillo (más por espíritu que por estilo), pero que sin embargo no poseía obra suficiente para su status de Gran Narrador Norteamericano. Al momento de la publicación de Las correcciones su novela anterior (Strong Motion, 1994) estaba fuera de circulación y toda la fama de Franzen se apoyaba en un artículo publicado en Harper’s en 1996, donde argumentaba sobre la agonía de la ficción literaria en la era de la imagen y aseguraba que EE.UU. todavía podía producir una novela con relevancia social que además no aburriera a las masas fascinadas por las grandes producciones cinematográficas.
A este llamado a la salvación de la narrativa norteamericana le sucedió un período de encierro: Franzen pasó unos ocho años escribiendo Las correcciones. Cuando se publicó, resultó imposible no verla como el ejemplo, la prueba, la demostración de las propuestas de Franzen. Y hubo quienes afirmaron que sí, era la Gran Novela Norteamericana; otros la consideraron un experimento fallido, y los más vocearon su decepción. Vueltas de la vida, hoy anda en varias librerías a unos 10 pesos.
Ni tanto ni tan poco. Las correcciones es una gran novela –¿quién puede saber qué es esa entelequia, ese sueño llamado Gran Novela Norteamericana?– ambiciosa, sí, pero sorprendentemente fresca. También es una novela anticuada, a veces satírica, por momentos claramente realista –aquí es donde el balance suele fallar– y con un fondo de crítica al capitalismo y cierta cultura de bienestar impostado que parece tan cara al espíritu de Estados Unidos hoy. También resulta, vista desde el 2005, una novela de época, quizá la narración más abarcadora de los ¿prósperos? y confusos años noventa.
La familia protagonista se apellida Lambert. Los padres, ya ancianos, son Alfred y Enid; él sufre de mal de Parkinson, se jubiló repentinamente sin esperar la fecha en que recibiría un dinero importante por mes. Ella vive obsesionada con la Navidad, los nietos y los hijos; demandante, neurótica, perfeccionista, Enid es una madre enloquecedora que maneja la culpa con maestría. La construcción de la pareja es impecable; la escena en que llegan a Nueva York cargados de paquetes y su hijo Chip los recibe en el aeropuerto es de verdad antológica.
Los hijos, por su parte, no pretenden otra cosa más que “corregir” con sus vidas la mediocridad y el conservadurismo típico del Medioeste, donde nacieron y donde viven sus padres. Chip es un profesor universitario especializado en crítica cultural, brillante pero disfuncional, expulsado del college por un obsesivo affaire con una alumna; fracasa en sus intentos de escribir guiones, y acaba envuelto en un fraude internacional con base en Lituania. Gary es un inversor bancario que, en la superficie, tiene una familia dinámica y agradable; pero las escenas en que se lo ve sumergido en ese infierno cotidiano de hijos consumistas y esposa permisiva son casi dolorosas (y de una empatía prodigiosa). Denise, la menor, parece la más funcional, pero es incapaz de establecer relaciones románticas sanas, sea con hombres o con mujeres.
Además, Las correcciones es una novela plagada de información: sobre mercados financieros, sobre neurología, manejo de restaurantes, estudios culturales, política interna de la ex URRS. A veces tantos datos parecen interferir, pero en realidad son necesarios para el mosaico a veces cruel y a veces tierno de esta crónica familiar que, en el fondo, intenta retratar dos generaciones de norteamericanos en cortocircuito.
Jonathan Franzen: “La riqueza de un país y su creación de literatura realista están ligadas”
GABRIELA CABEZON CAMARA
“Es una una situación incómoda, pero la verdad es que a mí las cosas me están yendo mejor justo cuando al país le van peor”, termina de decir, levanta la vista –porque la baja, en un gesto reflexivo y calmo, mientras responde cada pregunta– y sonríe Jonathan Franzen. Está descalzo, sentado a la mesa, de espaldas a la cocina, en su departamento del Upper East Side de Manhattan, un barrio próspero dentro de la isla próspera, a pocas cuadras de Central Park: todo hermoso.
Franzen recibe a cronista y fotógrafa, descalzas también, son las reglas de la casa, y ofrece té, café, agua. Y se sienta. Y empieza a hablar. Franzen es el escritor que se hizo famoso en 2001 con su novela Las Correcciones, y el que fue considerado autor de la primera gran novela americana del Siglo XXI con Libertad. Fue tapa de la revista Time –legendaria y prestigiosa– en agosto de 2010. Era la primera vez en diez años que la revista le dedicaba la tapa a un escritor. Titularon así: “Gran Novelista Americano. No es el más rico ni el más famoso. Sus personajes no resuelven misterios, no tienen poderes mágicos ni viven en el futuro. Pero su nueva novela, Libertad, nos muestra la manera en que vivimos”.
Las Correcciones se publicó por primera vez en septiembre de 2001. Una semana después, una ecuación inusitada cambiaría la política internacional: fueron dos aviones estrellados y dos torres caídas en esta isla bonita, lo que mostró las fisuras del poder de Estados Unidos. Y también su fortaleza: la de su enorme aparato militar en las guerras “contra el terrorismo” en Afganistán e Irak.
Acaba de reeditarse en nuestro país Las Correcciones (Salamandra). Pasaron once años desde su primera edición en Estados Unidos. De esos años hablaba Franzen al principio de esta entrevista, que empezó con esta pregunta.
-¿Qué cambios fueron más importantes, a tu criterio, en tu país y en tu vida en esta década? 
-En lo que se refiere a mí, estoy menos enojado, aunque en términos políticos sentí mucha ira durante la era Bush. Pero me hice famoso con Las Correcciones y no me pareció propio de alguien tan afortunado como yo estar tan enfadado– se ríe. Y sigue: La verdad es que aún me cuesta creer que haya escrito ese libro. Y me resulta extraña la ira que tiene. No es que haya cambiado de opinión ni que haya menos motivos para estar enojado, al contrario. Y ya no puedo escribir con ese humor, porque el humor tiene mucho que ver con la agresión: no me divierte más la forma en que mis personajes se enojan con el mundo. Respecto de los cambios en el país, el más importante para mí es que la gente es más destructiva de lo que era en 2000; nos autodestruimos constantemente y mientras tanto estamos el día entero enganchados a Facebook, Twitter. Por otra parte, el país está en una posición mucho más débil, económica y estratégicamente, que hace 11 años. La situación medioambiental empeora y sin embargo, tengo la sensación de que es mucho más fácil no pensar en eso, porque estamos todo el día jugando con los nuevos aparatos electrónicos.
-¿Antes se pensaba más en términos políticos? 
-El 11S fue interesante porque en todas partes se discutía sobre el tema, qué había pasado, cuál sería la respuesta adecuada. Ahora es muy difícil tener una conversación adulta y racional sobre cualquier cosa. Todo lleva a la distracción, las imágenes repetidas una y otra vez en televisión, Internet. Todo lo que parece haber es sombra y destrucción. En los 90 yo sentía que era el único que se daba cuenta de lo que estaba mal y que tenía luchar contra eso. Ya no, es un alivio, ahora siento que mi responsabilidad es solo hacer compañía a los lectores que me preocupan.
-Tus muchísimos lectores ¿te hicieron sentir acompañado también políticamente?
-Sí, saber que había muchos otros que también estaban enojados con lo que pasaba me hizo sentir menos solo. Esa debe ser una de las ventajas del realismo.
-¿Por qué elegiste esta corriente literaria? 
-En este país el realismo nunca murió: pasó por una cara posmoderna, en la que ciertos escritores privilegiados hacían un trabajo no convencional, pero siempre se produjo ficción realista seria. Siempre hay personas como Toni Morrison, Alice Munro, Norman Mailer. En parte, creo que esto sucede porque este es un país enorme, educado y rico: podés vivir de escribir, hay un gran mercado. Si estás en un país donde la literatura es principalmente para las élites, que es lo que, creo, pasa en la mayor parte del mundo, entonces se vuelve atractivo el hecho de hacer una literatura muy difícil. Parece haber algún tipo de conexión entre la riqueza de un país y su producción de literatura realista, eso opino, aunque no lo puedo probar. Pero la novela surgió y empezó a tener su forma en economías en expansión, cuando se empezaron a vender libros para las clases bajas y medias.
-¿Y cómo empezó tu relación con la literatura? 
-Mi padre me leía cada noche, libros básicos que los chicos americanos solían leer: Tom SawyerLa Isla del tesoroLos viajes de Gulliver, y rápidamente me empezó a gustar leer. Mis padres eran bastante mayores y estaban ocupados, tenía amigos, pero solo podía verlos a la tarde, así que simplemente leía, constantemente. Libros de divulgación científica, ciencia ficción, de todo. Aunque no creo haber tenido una buena educación en la escuela pública. Recién en la universidad empecé a entender algo. La mía no era una familia de lectores y mucho menos de escritores. Creían en el valor de la lectura como elemento de formación y nada más. Mi madre incluso pensaba que la ficción era deshonesta, que inventaba mentiras. Ellos no alentaron en absoluto mi carrera de escritor, pensaban que no era práctico, querían que fuera médico o ingeniero, que tuviera alguna profesión útil.
-¿Llegaron a ver lo bien que te va? 
-No.
-Qué lastima.
-Sí, la verdad que sí.
-¿Cómo decidiste ser escritor? 
-Soy una persona competitiva. Ya en el colegio me di cuenta de que siempre había alguno mejor en matemática o en física. Pero no había nadie tan bueno en inglés como yo, así que eso fue una señal. Cuando tenía 17 escribimos y publicamos un texto con un amigo y nos pagaron 100 dólares y nos dieron ejemplares. La idea de hacer algo tan divertido y además ganar dinero fue irresistible. Después, en la universidad, tomé la literatura como una religión, me volví muy ambicioso, probablemente porque sentí que tenía que tener un gran éxito para que mis padres vieran que había elegido bien no siendo médico o ingeniero. Además, quería ser el mejor, jugar en lo más alto.
-Te salió bien.
-Sí, parece que sí.
-¿Es cierto que cuando te jugaste por la literatura te la pasaste años a pizza porque no tenías plata? 
-Nunca comprábamos pizza, la hacíamos, que es más barato. Pensé que me llevaría solo dos años escribir una novela y venderla, y poder decirles a mis padres que estaba todo bien, pero tardé seis. Aunque en aquel momento pareció una eternidad, visto más ampliamente fue bastante rápido. Empecé el libro a los 22 y estaba publicado a los 28 (habla de La ciudad veintisiete ). Me casé, tuve un trabajo de media jornada, nunca salíamos a comer, éramos muy pobres y solitarios, y eso se convirtió en un problema después, pero en aquellos años trabajaba 8 horas, después cenábamos, a lo sumo con una cerveza barata, luego leía 4 o 5 horas, seis noches a la semana, y con todo ese tiempo leyendo durante cinco años, realmente llegás a saber lo que se ha hecho en novela. De vez en cuando íbamos a ver una película, porque había un cine que pasaba dos películas por dos dólares. Fue un buen momento, pero nunca volvería a estar tan aislado. Tengo amigos, responsabilidades familiares, trabajo.
-Tanto “Las Correcciones” como “Libertad” son novelas que cuentan historias de familias, ¿por qué? 
-No estoy muy seguro de que sean novelas familiares. En Las Correcciones, la familia entera sólo se junta una vez Sí, pero es una novela de familia, como Los hermanos Karamazov.
-¿Los hermanos Karamazov es una novela de familia?
-No hay demasiado sobre dinámicas familiares en ese libro. Tenés todos esos personajes que están emparentados, y eso solo te hace saber mucho de ellos: tomemos por ejemplo a Dimitri, él es hijo y hermano, siempre hay sentimientos fuertes asociados con ser un chico, un hermano, un padre, pero la mayor parte de lo que vemos de él no tiene nada que ver con su hermano, sale con la chica, va a terribles fiestas… Es la historia de una familia, de todos modos. Y es una elección: hay muchas novelas que hacen eje en otro tipo de vínculos.Creo que poner a los personajes en una relación de familia les suma mucho. EnLas Correcciones, por ejemplo, mayormente vemos a los personajes aislados del resto de su familia. Solo están juntos en una escena de una página; los vemos cuando eran chiquitos, pero ni siquiera ahí interactúan mucho. Ponés un padre, una madre y un hijo y enseguida te preguntás cuánto se parece a cada uno, qué conflictos entre los padres afectan al chico: estas preguntas se te ocurren casi automáticamente. Solo con especificar la relación, hay un valor añadido. Y tomo valor añadido de donde sea que lo encuentre. Es difícil crear valor literario, es difícil crear textos con mucho significado, y la familia es una forma rica y fácil de hacerlo, no entiendo por qué no la usan muchos más escritores.
Porque no es tan fácil… 
-No, no lo es, pero creo que Las Correcciones más que una novela familiar, es una novela donde la historia central es que un hombre mayor se está desmoronando y ni sus hijos ni su mujer quieren aceptarlo. Todo el mundo huye de las verdades horribles.
Franzen vive solo y dice que no le interesa tener hijos. Tal vez por eso cierra así: “Las dinámicas psicológicas profundas entre hermanos y padres e hijos me interesan mucho, pero el día a día de una familia no me interesa demasiado”.

 

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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Una respuesta a Las correcciones – Jonathan Franzen

  1. Rosalía dijo:

    Estoy interesada en el libro “LAs Correcciones”, de J. Franzen (en español).
    slds,
    Rosalía

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