Vida de Henry James – Leon Edel

Estado: usado (encuadernado).

Editorial: Grupo Editor Latinoamericano.

Traducción: Antonio Bonanno.

Precio: $400.

Henry James, un escritor admirable
Jorge Luis Borges
He compilado una enciclopédica antología de la literatura fantástica; he traducido al Kafka, a Stevenson, a Melville y a Bloy. No sé de una labor más asombrosa que la de Henry James. Los escritores que he mencionado son, desde la primera Una, maravillosos; proponen un universo que es casi profesionalmente irreal, James, antes de manifestar lo que es, un habitante irónico y resignado del infierno, corre el albur de parecer un mero novelista mundano, más incoloro que otros.Iniciada la lectura de un libro suyo, nos molestan algunas ambiguedades, algún rasgo superficial; al cabo de unas páginas comprendemos que esas deliberadas negligencias enriquecen el texto. James ha sido acusado de incurrir en temas melodramáticos. Nada más absurdo. Ello se debe a que los hechos, para este escritor, son meras hipérboles o énfasis de la trama. Las situaciones no surgen de los caracteres; los caracteres han sido imaginados para justificar las situaciones. Paradójicamente, James no es un novelista psicológico. Así, en The American, el crimen de Madame de Bellegarde es increíble en sí, pero aceptable cómo cifra de la corrupción de una antigua familia.
La edición definitiva de su obra abarca 35 volúmenes, que él mismo revisó minuciosamente. La parte principal de esa escrupulosa acumulación consta de novelas y cuentos; también incluye una biografía de Hawthorne, a quien siempre admiró, y de estudios críticos sobre Turgueniev y Flaubert, de quienes fue amigo íntimo. Tenía en poco a Zola y, por intrincadas razones, a lbsen. Protegió a Wells, que le correspondió con ingratitud. Fue padrino de casamiento de Kipling y tuvo trato con Stevenson, con quien intercambió alguna correspondencia.
La obra completa encierra estudios de muy diversa índole: el arte de narrar, el hallazgo de temas aún no explorados, la vida literaria como tema, el procedimiento indirecto, las virtudes y los riesgos de la improvisación, lo sobrenatural, los males y los muertos, el curso del tiempo, lo inadmisible del dialecto, el relato en primera persona, el destierro del americano en Europa, el destierro del hombre en el universo… Estos análisis, debidamente organizados en un volumen, integrarían una esclarecedora retórica.
En los teatros de Londres presentó varias comedias, que fueron saludadas con unánimes silbidos y con la respetuosa censura de Bernard Shaw. Nunca fue popular, y acaso a él tampoco le interesó serlo. La crítica británica le ofrendó una distraída y frígida gloria que, como casi siempre sucede, solía excluir la lectura. “Sus biografías”, ha escrito Ludwig Lewinshon, “son más significativas por lo que omiten que por lo que contienen”.
Hermano del ilustre psicólogo que fundó el pragmatismo, Henry James náció en Nueva York, el día 15 de abril de 1843. Su padre, un converso swedenborgiano, que tenía su mismo nombre, quería que los hijos fueran cosmopolitas, es decir, ciudadanos del mundo en el sentido estoico de la palabra, y dispuso que los educaran en Inglaterra, en Francia, en Ginebra y en Roma.
En 1860, Henry regresó a América, donde emprendió y abandonó un vago estudio del derecho. A partir de 1864 se dedicó a las letras, con creciente abnegación, lucidez y felicidad. Residió en Londres y en Sussex, y sus ulteriores viajes a América fueron ocasionales y nunca pasaron de Nueva Inglaterra.
En 1915 adoptó la ciudadanía británica, por entender que el deber moral de su patria era declarar la guerra a Alemania. Murió el 28 de febrero de 1916. “Ahora, por fin, esa cosa distinguida, la muerte”, dijo en la hora de la agonía.
La bicicleta de Henry
Juan Forn
Ernest Hemingway escribe su primera novela en una mugrienta buhardilla parisina. El protagonista es un joven norteamericano en París, veterano de la Primera Guerra, donde sufrió una herida “de ésas que no pueden mencionarse, como la bicicleta de Henry”. En realidad, Hemingway había puesto Henry James, no Henry a secas. Cuando su editor, el puntillosísimo Maxwell Perkins, le preguntó de qué diantres estaba hablando, Hemingway contestó muy suelto de cuerpo (todo esto por carta): “¿No es cierta, entonces, la leyenda de que James quedó impotente a causa de un accidente de bicicleta que tuvo de joven?”.
Henry James era todo un tema para los jóvenes escritores norteamericanos que vivían por entonces en París, de Ezra Pound y Gertrude Stein a Fitzgerald y Hemingway. James era norteamericano, pero había emigrado a Europa para convertirse en el máximo escritor de lengua inglesa de la época, y lo consiguió. Su cadáver estaba todavía tibio cuando Fitzgerald y Hemingway conspiraban en París para destronarlo (apenas dos años después, la crítica diría que El gran Gatsby era el primer paso importante dado por la narrativa norteamericana desde Henry James, y que el autor de Adiós a las armas era el mayor estilista vivo de la lengua inglesa). Fitz y Hem eran la antítesis de James en todo sentido: en lugar de Londres habían elegido París, en lugar del culto a los libros practicaban el culto a la vida, cada uno a su manera, y una de las cosas en las que coincidían era en el espanto que les producía a ambos el “bajísimo coeficiente amatorio” de James, su “empecinada soltería”, tal como se referían al hecho las habladurías de la época.
Fue Fitzgerald el que anotició a Hemingway de la impotencia sexual de James, nomás leerlo en un libro que su amigo Van Wyck Brooks le envió a París. Brooks sólo decía que James no podía tener hijos por un accidente que había sufrido de joven apagando un incendio, cuando se incrustó en el bajo vientre la palanca de un motor. Pero a Scott le dio tal impresión en su propio bajo vientre que convirtió esterilidad en impotencia y corrió a contarle la noticia a Hemingway, quien lo escuchó a medias, como hacía siempre con todo el mundo, y entendió bicicleta donde debió entender palanca. Y, cuando publicó su novela, echó a correr como reguero de pólvora a qué Henry aludía en “la bicicleta de Henry”, y desde entonces se dio por hecho que Henry James era impotente.
El último libro que publicó James antes de morir, en 1916, fue una memoria de sus días de juventud, titulada Apuntes de un hijo y hermano. Cuando empezó a perder la vista y pasó a dictar sus libros, James se volvió cada vez más engolado, retórico y vueltero. Imagínense los subterfugios, circunloquios y cortinas de humo a los que apeló en ese libro de memorias casi póstumo, para confesar la verdadera causa de su soltería empedernida. El párrafo (que en realidad tiene varias páginas de largo) es tema obsesivo entre los jamesianos desde hace cincuenta años. Lo que se alcanza a entender debajo de la montaña de hojarasca es que, por culpa de esa “horrenda, oscura herida” sufrida durante un incendio, James no pudo ir como soldado a la Guerra de Secesión, y por la vergüenza de ser el único de su generación que no iba al frente decidió partir a Inglaterra, y por ese encadenamiento de sucesos escribió después los libros que escribió. En suma, que fue gracias a su impotencia sexual que Henry James alcanzó la potencia literaria.
Más o menos ésta es la versión canónica del mito que circula hace más de medio siglo. Se la debemos a Leon Edel, autor de una monumental biografía de James en cinco tomos y venerable sumo sacerdote de los estudios jamesianos en el mundo. Edel dedicó su vida a hacer de James una figura literalmente jamesiana: en los cinco tomos de su biografía hay tantas referencias al sexo como en todas las novelas de James juntas; es decir casi ninguna. Edel logró imponer esta versión de James desde 1950 (cuando apareció el primer tomo de la biografía) hasta unos meses antes de su muerte, en 1997. Entonces tuvo la mala idea de contestarle en público a un joven abogadito que había publicado una biografía sobre Oliver Wendell Holmes, el gran jurista norteamericano, donde afirmaba que Holmes y James habían sido fugaces amantes de jovencitos, antes de la Guerra Civil, y que a causa de aquel desengaño amoroso había partido James a Inglaterra. Edel envió a la revista Slate un breve y corrosivo artículo titulado “Lo que Henry no hizo con Oliver Wendell Holmes”, y ya se estaba limpiando las manos en la servilleta antes de levantarse de la mesa cuando, para su absoluto estupor, el abogadito, llamado Sheldon Novick, contestó con una lista interminable de las inexactitudes que tenía la canónica biografía de Edel, y logró que gran parte del mundo académico se alineara con él, cuando afirmó que ya era tiempo de que alguien escribiera “una biografía de James más útil para el lector moderno”, donde se reconociera entre muchas otras cosas lo que todo el mundo pensaba de James en vida de James. Como ejemplo, Novick citaba un libro poco conocido de H.G. Wells llamado Boon, donde el autor de La guerra de los mundos hace una parodia mortífera de James. Wells describe a su personaje como un mandarín de las letras que se deja admirar por sus discípulos y planea sus apariciones en público como un estratega de guerra mientras se lamenta por los modestísimos ingresos que le dan sus libros: “He aquí un escritor que nunca descubre nada. Que ni siquiera intenta descubrir nada. Simplemente adscribe a lo que ya han dicho otros. Pero de la manera más elaborada posible. Esa es su peculiaridad. Ser una de las mentes más prodigiosas que existen a la hora de la elaboración, pero carecer de penetración. De hecho, su problema es la penetración”.
Wells publicó Boon en 1915. James quedó muy escoriado por el libro porque se consideraba amigo del autor. A Wells, por su parte, le fastidiaban en la misma medida los libros tardíos de James y la sensación de que éste estaba medio enamorado de él. Pero cuando vio el daño que le había producido, convenció a su joven amante, la aspirante a novelista Rebecca West, para que escribiera un ensayo sobre James que fuera lo más favorable posible, y se encargó él mismo de enviárselo, a principios de 1916. James alcanzó a leerlo en su lecho de muerte y agradeció desvaídamente, no a la autora sino al amigo que se lo había enviado.
Es cierto, nadie muere en la víspera. Pero yo tiendo a pensar que tanto Edel como su venerado James habrían preferido que la parca se los llevara un poco antes y les ahorrara esos postreros sinsabores, para uno el libro de Wells, para el otro la carta de Novick y el inesperado apoyo que tuvo entre todos esos de-sagradecidos que sabían lo que sabían de Henry James gracias a él.

 

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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2 respuestas a Vida de Henry James – Leon Edel

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