La vida de Raymond Chandler – Frank MacShane

Estado: usado.

Editorial: Bruguera.

Precio: $300.

Raymond Chandler fue, junto a Dashiell Hammet, el renovador y maestro indiscutido del género policíaco. Sus 7 novelas tienen una categoría literaria sorprendente en un campo en el que nadie, hasta aquel momento, esperaba calidad; y es que Chandler, ante todo, era un escritor inteligente.
Despedido de se empleo como ejecutivo en una compañía petrolífera por su afición a la bebida, el hombre que reveló el lado oscuro de la opulenta sociedad californiana en novelas como El sueño eterno, La ventana alta y El largo adiós no empezó a escribir hasta los 44 años. Poco tiempo después, el detective Philip Marlowe, héroe de sus novelas, había conquistado al público de todo el mundo. Pero Chandler no se dejó seducir por el éxito: junto con su esposa Cissy –casi veinte años mayor que él – llevó una vida de insólito aislamiento. Por ello, porque muy poco se ha sabido de Chandler hasta el momento, es especialmente interesante el estudio de Frank McShane, badado en el testimonio de quienes conocieron al gran escritor, en su correspondencia y en sus textos inéditos.
ESCRIBIR PARA COMER
Juan Gelman
En “La puerta de bronce”, un cuento de Raymond Chandler que transcurre en Londres, el protagonista -.un alcohólico, como el autor– se encuentra con alguien que acaba de regresar de una colonia británica del trópico y cuya autoestima está indisolublemente ligada a una vieja corbata escolar que conserva en una lata “para que los ciempiés no se la coman”. El protagonista lo imagina bajo la noche tropical “despierto en la jungla pensando en Londres”. Este patético personaje refleja sentimientos del propio Chandler; en su poema “Nocturno de ninguna parte” había dicho: “No hay país tan bello/como la Inglaterra que recorro en las horas nocturnas/de esta tierra prometedora y desconsolada/de exilio y desaliento”.
El poema fue concebido en la década del 30 en una barriada de Los Angeles castigada por la Gran Depresión que creó dos millones de desocupados en Estados Unidos. Hombres sin trabajo y sin techo vagabundeaban de una ciudad a otra para ganarse el sustento y a menudo esa errancia era obligada, violenta y policial. En 1931 la policía angelina levantó barricadas en el perímetro de la ciudad para cortar el flujo de los nuevos nómadas, que llegaban a razón de dos mil por semana. En ese contexto, Chandler empezó a escribir. Para comer.
Había nacido en Chicago, pero la nostalgia británica del poema tiene su explicación: en 1896, a los 8 años de edad, Chandler viaja a Inglaterra y vive con su madre hasta los l4. Regresa, se instala en California, y cuando estalla la Guerra Mundial I se enrola, pese a su nacionalidad, en el ejército canadiense y pasa luego a la Royal Air Force. En el campo de batalla descubrió varias cosas: el ejercicio de la jefatura de un pelotón de asalto a posiciones alemanas, las heridas que causan las esquirlas de metralla y su afición al alcohol. Años después de practicar oficios varios -.el de instalador del entramado en las raquetas de tenis, entre otros–, se convierte en “director de ocho compañías (petroleras) y presidente de tres, aunque .–precisó– la verdad es que yo era nada más que un empleado con altísimo sueldo”. La bonanza no duró mucho: lo despidieron por dipsómano en medio de la crisis económica más dura y prolongada que el país hubiera padecido nunca.
Black Mask, la famosa revista policial que dio a conocer a muchos excelentes escritores del género, publica en 1933 el primer cuento de Chandler. Tenía 45 años y practicaba un método de aprendizaje peculiar. Ejemplo: resumía con cierto detalle una novela de Erle Stanley Gardner –prolífico autor de relatos policiales cuyas tiradas no bajaban del millón de ejemplares– y la reescribía a su manera. Al parecer, no era fácil para Chandler construir el argumento de sus narraciones; le interesaban más el tono, la atmósfera, el lenguaje. Pronto adquirió la costumbre de tipear observaciones y ocurrencias en pequeños papeles. De ellas se servía, como quien incrusta joyas, para que cada escena o fragmento terminado tuviera el “poco de magia” que siempre procuró en su obra.
Chandler dijo alguna vez que hay dos clases de escritores: “escritores que escriben historias y escritores que escriben escritura”, ubicándose de manera implícita a sí mismo en la segunda categoría. Con razón. Su aguda sensibilidad evocadora de ambientes y su capacidad de infundir carnadura a las sensaciones más diversas se funden y revelan la existencia de relaciones inusitadas. “El lugar era horrible de día. El trasto chino en la pared, la alfombra, las lámparas pretenciosas, los muebles de teca, la botella con éter y láudano, todo tenía bajo la luz diurna un aspecto furtivo desagradable, como una fiesta de maricas”. La descripción de una resaca de ginebra se acuña en “Yo olía a sapo muerto”. Una voz escuchada por teléfono, en “La voz que contestaba era gorda. Jadeaba ligeramente, como la de un hombre que acabara de ganar un concurso de comer pasteles”. Philip Marlowe, detective privado de Los Angeles, es el protagonista de las siete novelas que Chandler escribió, la primera, El gran sueño, a los 51 de edad. Hollywood la llevó a la pantalla grande con Humphrey Bogart de primer actor. Para Chandler, Marlowe “representa la mentalidad estadounidense… Es un hombre de honor, para usar una expresión manida”. El largo adiós (1953), su sexta novela y la más extensa y ambiciosa, fue sin embargo criticada porque el detective aparece como una suerte de Jesucristo urbano. El estilo es el hombre y Chandler se deslizaba entonces por la rampa de su declinación, repitiéndose en la escritura hasta rozar la autoparodia. La muerte de su esposa, bastante mayor que él, lo sumió aún más en el alcoholismo. Pero tal vez ya había dicho todo lo que tenía que decir en sus primeras cuatro y magníficas novelas.
También declinaba su prestigio en ciertos círculos intelectuales yanquis que persisten en subestimar su obra. Mike Davis sentencia en City of Quartz que Marlowe –el personaje que tanto amó Osvaldo Soriano– es “un ciudadano vengador (que) se tambalea precariamente al borde del precipicio de la paranoia fascista”. Juicios neoortodoxos de tal naturaleza acelerarán, sin duda, el justo reconocimiento general de lo que Chandler fue: sencillamente, un gran escritor.
El lápiz de Chandler
Juan Sasturain
Hace medio siglo, el 1º de octubre de 1958, Raymond Chandler –escritor norteamericano de setenta años, autor de algunas de las mejores novelas policiales jamás escritas y creador del detective Philip Marlowe– le contaba en una carta sus inmediatos proyectos literarios a su amiga Helga Greene. El viejo y acalorado Chandler le escribía desde La Jolla, su lugar en el mundo y en California de los últimos años, al que había vuelto, malhumorado, “triste, solitario y –sin saberlo– final” después de una postrera excursión a Londres: “Mi cuento –dice Chandler– trata de un tipo que intenta salirse de la organización de la Mafia pero sabe demasiado y alguien le dice que han enviado a un par de profesionales a matarlo. No tiene a nadie a quién pedirle ayuda, así que va a verlo a Marlowe. El problema es qué puede hacer Marlowe sin ponerse él mismo frente a las balas. Tengo algunas ideas y pienso que el cuento sería divertido de escribir”. Y diez días después, en otra carta a Helga Greene del 11 de octubre, precisaba sus avances y dificultades: “Me levanto a eso de las cinco, tomo mi té, trabajo hasta más o menos las ocho y luego retorno a la máquina de escribir. El cuento avanza fatigosamente, pero es probable que lo tenga que reescribir y afilar un poco. La idea central es demasiado seria para que uno se ponga sarcástico. Y eso tiende a producirme entumecimiento. Y sin embargo la idea es muy buena y, hasta donde yo sé, jamás ha sido hecha: un hombre que trata de salvar a otro de un par de asesinos profesionales, y un hombre que apenas si se merece que se lo salve de eso”.
Chandler no vuelve a mencionar este cuento en su correspondencia pero sabemos que lo terminó antes de fin de año. A partir de allí, el proyecto que lo puso a trabajar y que se llevó las energías que él no sabía eran las últimas fue Poodle Springs (o The Poodle Springs Story), última novela protagonizada por Marlowe, y en la que el detective aparecía insólitamente casado con la millonaria Linda Loring (la del final de Adiós, muñeca). No quedaron más que una veintena de páginas de Poodle Springs, porque Chandler murió el 26 de marzo de 1959. Que el impune y mediocre Robert Parker y la complicidad de los herederos y albaceas de Chandler hayan posibilitado que se hiciera una continuación de ese arranque décadas después y que se convirtiera ese engendro en “última” novela de Marlowe es un crimen acaso menor. Ni el mismo Philip se hubiera tomado el trabajo de enjaular a esos rateros.
Así, el último texto narrativo que completó Chandler fue ese cuento del que le hablaba a su amiga Helga. No lo vio publicado en vida ni tuvo tiempo de ponerle título. Así, apareció como Marlowe takes on the Syndicate (London Daily Mail, abril de 1959), como Wrong Pigeon (Malhut Magazine, febrero de 1961) y posteriormente ha sido reeditado, reiteradamente, con el título que ha quedado como definitivo: The pencil, El lápiz. El título refiere directamente a la condena mafiosa: al gesto de subrayar el nombre. El que aparece marcado en la lista por el lápiz ya está muerto. En el relato, el mismo Marlowe que acoge al mafioso que trata de salirse –el tipo subrayado– resulta también metafóricamente condenado cuando recibe en su despacho una mínima encomienda que contiene sólo y nada menos que un lápiz.
El detective y el novelista no se inmutan, siguen adelante, desenmascaran a los mafiosos y –aunque nadie lo dice– dejan el lápiz sobre el escritorio, le sacan punta para una nueva historia, la próxima que sería nunca.
El de El lápiz no es el mejor Chandler, tampoco el del fragmento de Poodle Springs, menos incluso el de la anterior novela que publicó en el mismo 1958 a partir de un guión previo, Playback. El metafórico lápiz estaba roto o mocho desde hacía unos cinco años, desde el momento en que terminó y publicó El largo adiós, a la que pudorosa, amorosamente consideramos su última y mejor novela.
Pero hay algo de maravillosa y al mismo tiempo patética dignidad en ese viejo golpeado y orgulloso que lo sigue intentando: “El hombre es más noble que su suerte”, escribió en un inédito poema de ese último año. Así fue en su caso.
Ray & Dash
Juan Sasturain
Uno siempre los nombra sucesivos y en un orden determinado e invariable porque literariamente se supone que uno “deriva” del otro: primero Dashiell Hammett y después Raymond Chandler. Sin embargo –y esta semana, que se cumplieron 120 años del nacimiento del autor de The Big Sleep e inventor de Philip Marlowe, se pone en evidencia una vez más– el viejo Ray era mayor que el flaco Dash. Tres años mayor. Y los dos vivieron setenta años, se fueron en fila, sucesivos una vez más, hechos polvo, apenas antes y después de 1960.
En la única foto en que aparecen juntos, famosa instantánea de ocasión tomada en una tardía reunión de colaboradores de la celebérrima Black Mask que debe ser de finales de los treinta o incluso más tarde, están los dos de pie, uno en cada costado –Chandler con la pipa, Hammett pintón y canoso– recíprocamente distantes, si cabe. No recuerdo que Hammett mencionara a Chandler más que una vez en su correspondencia –una carta a Mary Hammett, del ’44, cuando estaba alistado y en Alaska, en la que hace referencia, con discreta coquetería, al famoso artículo de Ray en The Atlantic Monthly: “El simple arte de matar”, que incluye su elogio irrestricto–. Porque Chandler sí habló de Dash, y cómo: además de la consabida referencia de que “sacó el crimen (de los salones) a la calle”, la que más me gusta es la que dice que Hammett “escribió escenas que parecían no haber sido escritas nunca antes”. Es decir: Chandler puso el énfasis en el “cómo” de Hammett narrador, en su condición de escritor a secas. El lugar donde le gustaba que lo pusieran a él, claro. “Yo no escribo novelas policiales, yo escribo prosa inglesa”, dijo alguna vez con propiedad.
Pero volviendo al aniversario y a la cuestión de las edades y las proce/precedencias. El aparente misterio que los enfila en un orden determinado e invariable está dado porque uno, Chandler, empezó a publicar (tarde) en 1934 –se tomó seis meses para escribir su primer cuento dentro del género y ya tenía 46 años–, cuando el otro, Hammett, dejaba (temprano): publicó El hombre flaco en ese mismo año y –aunque no lo sabía: nunca se sabe eso– ésa sería su última novela, el último intento que terminaría. A los 43 años, exitoso y lleno de dinero y alcohol, no volvería a escribir nada más. Y eso que lo intentó, casi casi hasta el final.
Ese curioso empalme cronológico de la obra de ambos es similar a lo que pasó entre de Stevenson y Conrad, cuarenta años antes. Casi coetáneos, el tardío y maduro polaco algunos años menor empieza a publicar –La locura de Almayer es del 1895– justo cuando Stevenson muere, precozmente, a los 44, dejando una obra definitiva. Stevenson era delgado y enfermizo, frágil de fuelles –como Hammett–, y de algún modo escribió siempre contra reloj: sabía que no iba a durar mucho. El autor de El halcón maltés también se puso a escribir cuentos cuando la tuberculosis le había puesto supuesto plazo fijo. Zafó, pero quedó herido y con una obra densa y apretada en diez años, con un rush impresionante que abarca Cosecha roja, El halcón maltés, La maldición de los Dain, La llave de cristal y El hombre flaco entre el ’28 y el ’34. Impresionante.
Lo de Chandler fue, a la inversa, mucho más laborioso. Como la prosa, como las reflexiones de Marlowe. Como le costaba elaborar, no tiraba nada. Es sabido que usó el material de cuentos previos para armar la trama de The Big Sleep, en 1939, la primera aparición del impagable Philip. El personaje –ex policía, hecho con los retazos de otros personajes anteriores– tiene los años del siglo. El autor, en cambio, ya había pasado los cincuenta cuando escribe ésa, su primera y tardía novela. Después seguirían La hermanita, La ventana siniestra, La dama del lago, Adiós muñeca, la obra maestra definitiva El largo adiós, del ‘53, que es su verdadero final, y la flojita Play Back. Siete novelas. Y una inconclusa o apenas empezada que otro –Robert Parker– terminó sin éxito ni talento: Poddle Springs. No había mucho que hacer tampoco, con un inverosímil Marlowe casado con la millonaria Linda Loring. Al respecto, también Hammett dejó sesenta páginas de Tulip, algo que no era policial e intentó a principios de los cincuenta y ni se sabe para dónde iba. Así las cosas.
En estos días –acaso por razones que me implican– se me ha dado por pensar en la relación que se establece entre autor y personaje cuando un novelista desarrolla un protagonista fijo a lo largo de muchos años de creación. Sin salir del policial, Conan Doyle es ejemplar y monstruoso: escribió sobre Sherlock Holmes durante cuarenta años. El, el autor, pasó de ser un médico joven de fines del siglo XIX a un viejo espiritista al filo de la década del treinta –para no hablar de lo que pasó en el mundo en esos años transformadores– mientras el detective de Baker Street hacía como si nada… Para no hablar de Simenon y Maigret.
Hammett tuvo siempre la edad de sus personajes –el gordo de la Continental, Sam Spade, Ned Beaumont tienen treinta y pico, Nick Charles más de cuarenta– mientras Chandler le llevó siempre unos años a Marlowe, que nunca llegó a tener su edad, aunque en las últimas novelas anda en la cuarentena acaso larga. Es raro, eso: los autores de género, con personajes más o menos fijos, pueden empezar a escribir sobre alguien que es mayor que ellos, convertirse con los años en su coetáneo y en algún momento escribir sobre quien puede ser su hijo. Y la mirada que se pretende constante e invariable se modifica, claro que sí. Para no hablar de los lectores: leímos a Chandler-Marlowe a los veinte años y los releemos cuarenta después.
Somos otros, como podemos; y ellos también, cada vez mejores.

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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