Al pie de la escalera – Lorrie Moore

Estado: nuevo.

Editorial: Seix Barral.

Precio: $200.

Mientras Estados Unidos se prepara para la guerra de Iraq, Tassie, una chica de campo que estudia en una ciudad del Medio Oeste, empieza a trabajar como canguro para un matrimonio de blancos que ha adoptado a una niña de origen afroamericano. Poco a poco, Tassie se va sintiendo más unida a ella, y la protege y quiere como si fuera su propia hija. Pero la vida revela sus inevitables secretos: los padres adoptivos ocultan algo, y su descubrimiento romperá para siempre los lazos entre Tassie y la pequeña. Al pie de la escalera es una novela perspicaz e inteligente que desnuda la hipocresía de la clase media a través de un tema universal: la adopción. Tras más de diez años de silencio y después de la aclamada Pájaros de América, Lorrie Moore regresa con su inconfundible estilo: esa mezcla de sentido del humor y profunda visión de la realidad que la han convertido en una de las figuras estelares de la narrativa norteamericana de hoy.
Lorrie Moore nació en Glenn Falls, estado de Nueva York, en 1957. Asistió a la Universidad de Saint Laurence de Canton, Nueva York, donde se graduó con los máximos honores en 1978. En la actualidad es profesora de Inglés en la Universidad de Wisconsin, en Madison, donde vive con su esposo y su hijo. Moore obtuvo la beca de la Fundación Rockefeller en 1989, y la beca Guggenheim en 1991. Es más de lo que puedo decir de cierta gente fue galardonado con el prestigioso Premio de Ficción de Salon Magazine e incluido en la lista de los cinco títulos notables del año 1998 en The New York Times. Lorrie Moore ha escrito varios libros de cuentos, entre los que se encuentran el ya mencionado Es más de lo que puedo decir de cierta gente (Emecé, 1999), Como la vida (Emecé, 2000) y Autoayuda (Emecé, 2001).
Cómo ser una chica graciosa
Rodrigo Fresán
No es que yo me siente a escribir una historia divertida. Todas y cada una de las cosas que yo me siento a escribir, se supone, son tristes. Pero también creo que el humor es un consuelo para las personas. Entonces la historia sigue siendo triste, pero el humor la completa, la hace verdadera, la convierte en parte de la vida”, declaró Lorrie Moore (Glens Falls, 1957) en una reciente entrevista. Y cualquiera -y son muchos- que la venga siguiendo desde sus inicios sabe perfectamente cómo Lorrie Moore aplica este método: una mirada agridulce y una voz ácida para ver y comentar todo lo que sucede alrededor de sus sufridas pero tan graciosas antiheroínas.
Y ahora es el turno de la joven veinteañera Tassie Keltjin: hija de una familia despareja, enamorada de un cada vez más inquietante falso brasileño, y atrapada en la vertiginosa órbita de un matrimonio disfuncional que la emplea como canguro todo terreno y la involucra en las maniobras de adopción de una pequeña afroamericana mientras, ahí afuera, se suceden los días que van del 11 de septiembre de 2001 a los inicios de la invasión a Irak. Y Tassie se mueve de un lado para otro y no deja de contarnos lo que sucede a su alrededor con los modales de una virtual Lady Seinfeld. Es decir: como si estuviera sobre el escenario de un club nocturno desempeñándose como experta stand-up comedian pero, al mismo tiempo, aquejada del mismo síndrome que sufre el Chandler Bing de la serie Friends. Es decir: Tassie (y Moore) no puede dejar de hacer chistes. Sin parar. Varios por página. Y -se sabe- no todos los chistes son buenos. El problema es que Moore (Tassie) no parece o no quiere darse cuenta de ello. Y esta irrefrenable adicción a disparar one-liners en ocasiones da en el blanco y en otras hiere a alguien que pasaba por ahí.
Dicho esto, Al pie de la escalera pone en evidencia el hecho de que Lorrie Moore es una cuentista genial y, apenas, una muy buena novelista. Alcanza para comprobarlo con leer el cuento “Gente así es la única que hay por aquí: farfullar canónico en oncología pediátrica” -de donde surge buena parte de la estética y metodología empleada en Al pie de la escalera- y compararlo con sus dos anteriores incursiones novelescas que, en realidad, no lo son tanto. Anagramas (1987) fue una astuta y muy lograda manera de ensayar variaciones alrededor del aria de una protagonista casi inasible y El hospital de ranas (1994) era una delicada y nostálgica nouvelle/monólogo de iniciación.
Al pie de la escalera es, sí, la muy esperada primera “novela-novela” de Lorrie Moore -once años después de su último libro si no contamos la imprescindible antología The Collected Stories (2008) y, como tal, se disfruta mucho pero no termina de conformar del todo. Resultan admirables los tramos en los que Tassie se relaciona con Sarah -la inminente madre adoptiva a la que no puedo sino imaginar con el rostro y el nerviosismo de otra Moore: Julianne; Zooey Deschanel, de paso, sería una perfecta Tassie, pero no parecen tan logradas las escenas en que la protagonista regresa a su hogar o conversa con sus amigas o con su hermano marca Salinger. De este modo, en buena parte del libro, todo parece fluir con un curioso ritmo entre insomne y sonámbulo mientras, entre ocurrencia y ocurrencia (impagable el apunte sobre la falta de un editor y corrector de pruebas al Génesis de Dios), uno comienza a intuir que oscuras nubes se acercan desde el horizonte, que todo lo que hemos vivido hasta ese momento no es más que la calma que precede a una tormenta. Y el último tramo de la novela –truenos y rayos– es una densa y monstruosa sucesión de catástrofes sin anestesia que dejan a Tassie girando en falso pero no por eso privándose de soltar alguna broma fuera de lugar. Los lectores piadosos y comprensivos dirán que la indefensa Tassie utiliza el humor como mecanismo de defensa. Pero -insisto- basta recordar la elegancia con que alguien como Anne Tyler (o la misma Moore en su cuento antes citado) se las arregla para abrirle la puerta a la desgracia para comprender qué es lo que no acaba de funcionar en Al pie de la escalera. La inequívoca sensación entonces es que el libro se ha escapado de las manos y la cabeza de Moore, como Tassie, luego de tropezar ha caído rodando por los escalones.
Y quizá todo esto suene más ominoso o negativo de lo que en realidad es. Recapitulemos: ésta no es una mala reseña sino una reseña desilusionada; y Al pie de la escalera no es un mal libro sino un muy buen libro que podría haber sido una obra maestra y no lo es. Uno de esos libros que vuelven a poner de manifiesto la insalvable distancia que hay entre el ingenio (Moore fue genialmente ingeniosa en Autoayuda) y el genio (Moore fue ingeniosamente genial en Pájaros de América).
Al pie de la escalera parece mantener un delicado equilibrio entre un extremo y otro pero, aún así, sin poder resistirse a la tentación de precipitarse, cierra todo con un último chiste en la última línea de su última página.
Y lo siento mucho, de verdad me temo que es un chiste malo.
Lorrie Moore: “El humor es un puente”
Valeria Meiller
Muchas veces se habla de “la obra” de un autor como de un mapa evolucionista: cada nuevo libro no puede sino catapultarse hacia adelante como superación o fracaso en relación a los anteriores. En todo caso, es cierto sí que los textos van trazando figuras a partir de la intervención de la crítica, pero igualmente cierto es, también, que no todos los libros persiguen consagrarse como obras cumbre dentro de esas constelaciones. Lo que sucede, en el caso de Lorrie Moore, es que enAl pie de la escalera (Seix Barral, 2009) confluyen una serie de factores que hacen difícil no juzgarla en una coyuntura trascendental.

En primer lugar, la novela viene a quebrar un largo silencio: hacía once años, desde Pájaros de América (1998), que la autora no publicaba nada. Además, en relación a sus trabajos anteriores, tanto por la densidad de los temas que aborda como por su extensión, Al pie de la escalera es recibida como la pieza de largo aliento que vendría a consagrar la madurez literaria en la carrera de Lorrie Moore.

Es claro que la presión no es poca, e igualmente claro es que obras como ésta no pueden sino generar efectos polarizados: detracción absoluta o aceptación ciega, sin puntos intermedios. Sin embargo, y si fuera posible jugar con el título y aplicar la figura de la escalera a la obra de esta autora neoyorqina, la metáfora de una serie de peldaños que sirven para comunicar espacios situados a diferentes alturas sería muy útil. En el primero de los rellanos, por ejemplo, podríamos ubicar las instrucciones para convertirse en escritor que da en su primer libro (Autoayuda, 1985) y, entre las cuales, a modo de entrenamiento literario, Moore recomienda tomar todos los empleos como babysitter que sea posible:

Toma todos los trabajos de cuidadora de nenes que puedas. Eres muy buena con los chicos. Te aman. Les cuentas historias sobre viejos que mueren idiotas. Les cantas canciones como Campanas azules de Escocia, que es la favorita de todos. Y cuando están en pijama y finalmente dejaron de pellizcarse, cuando están bien dormidos, lees todos los manuales de sexo que encuentres en la casa, y te preguntas cómo alguien de este planeta pudo haber hecho esas cosas con una persona que realmente amaba”.

Desde allí, se podría dar una zancada hasta el último descanso, donde Tassie Keltjin, una veinteañera fanatizada con Chaucer, Sylvia Plath y Simone de Beavoir, se convierte en la narradora de esta novela. Recién llegada a Troy para estudiar en la Universidad, Tassie se emplea como niñera en la casa de una pareja que se encuentra en pleno proceso para la adopción de una niña afroamericana. Corren los días del 11-S y la novela, en su totalidad, va a desarrollarse en el entreacto que va de los acontecimientos de septiembre a la guerra con Irak.

Política y sociedad

Sobre ese suelo de sentido, Moore construye una arquitectura compleja y excepcional de las relaciones humanas, atreviéndose a involucrarse con cuestiones como la discriminación, el terrorismo, las políticas de Estado, la justicia y la educación universitaria. Situado en esa edificación, el pie de la escalera vuelve el espacio liminar desde el cual la narradora –a quien algunos le han atribuido un parentesco con Holden Caulfield de El cazador oculto– puede, aun cuando lo que sucede forma parte de su experiencia vital, ejercitar la distancia necesaria para construir el relato de su propio micromundo como reflejo de la sociedad norteamericana.

Al hacerlo, Moore demuestra seguir siendo dueña de su agudeza y humor característicos, pero combinados con preocupaciones filosóficas y políticas más fundamentales. Es como si, finalmente, fuera ella misma quien, habiendo tomado todos los babysittings necesarios para el oficio, hubiera completado su propio aprendizaje literario.

Al hablar de proceso, Moore le cuenta a Ñ sus primeras incursiones en el mundo de las letras. Dice que si bien en su casa familiar había muchos libros, no fueron sus padres, sino sus maestras del colegio las que la estimularon a escribir: –Hice muchas cosas artísticas durante la infancia– cuenta.

Influencias

E inmediatamente, como burlándose de una especie de paradoja sutil, agrega: “pero mis padres se mantenían en una posición neutral respecto de todas ellas. Ellos también eran literarios y musicales en varios aspectos, pero no apostaban a eso como a una posible carrera profesional. Es llamativo porque la bisabuela de mi padre había sido cantante en la Opera Real Danesa y mi padre no dejaba de contar eso, siempre con muchísimo orgullo.”

Al avanzar en la conversación, hablando ya de sus decisiones adultas como lectora y escritora de ficción, Moore reconoce que se le vuelve difícil hablar de aquellos que han influenciado su obra: “Uno espera que todo se convierta en influencias –se ríe–, que la gran literatura sea como la comida y entre y nutra la propia mente y la escritura. A veces, el escritor es el último en darse cuenta y en ser capaz de ver todo lo que lo traspasa”.

Al mismo tiempo, muy a tono con el sarcasmo que practican la mayoría de sus personajes, dice que siempre existe esa pizca de vanidad que llevaría a pensar que, de algún modo u otro, uno siempre está escribiendo algo completamente original. Pero Moore escapa rápidamente de las declaraciones absolutas: hay casos en los que es esa vanidad la que la impulsa, pero hay otros en los que la energía creativa viene de lugares más simples: una taza de café, la observación entusiasta, una buena memoria.

Sarcástica

-¿Cómo piensa el mapa de la literatura norteamericana contemporánea?

-Es una pregunta muy vasta. No creo que haya una sola respuesta posible y me genera duda tener que hacer generalizaciones porque sé que siempre estaría dejando algo afuera. Me parece que la literatura norteamericana que se está escribiendo es vital y es diversa.

-El humor y el sarcasmo aparecen de varias formas a lo largo de su obra y eso no es distinto en esta última novela. ¿Qué rol consciente tienen en su escritura?

-Creo que el humor es parte de la textura de la vida humana y la conversación. Algo gracioso siempre emerge, se me ocurre. Y aunque el humor puede provenir de la mayor desolación de una persona es algo que se tiende como una escalera momentánea hacia afuera de la soledad, como un puente entre las personas.

-“Al pie de la escalera” es su primera novela después de un hiato de once años ¿Cómo fue el trabajo en ella?

-El trabajo en la novela fue, sobre todo, intermitente. Eso se debe a que soy madre y también profesora y a que, durante ese período, también escribí otras cosas: cuentos, ensayos y reseñas.

Pérdidas y dolor

-¿Cómo surge la decisión de crear un personaje principal que sea una chica joven?

-Primero porque el personaje principal es una niñera, y entonces, ella tiene la edad perfecta de la institutriz, como en Jane Eyre. Además, está suspendida, a punto de saltar hacia dentro de la adultez americana oficial. Se dijo que Tassie, la narradora de Al pie…, alcanza el balance perfecto entre la tendencia de sus personajes a jugar “trucos de lenguaje y hacer pequeños chistes tontos” y “una capacidad emocional más profunda para abrirse a experiencias emocionales más intensas”.

-¿Cuál es tu opinión al respecto?

-Yo la veo como una verdadera persona de su edad, en el filo de su propia inteligencia, y con su pequeña alienación personal en el mundo.

-La novela se desarrolla en el año después del 9/11 ¿Por qué eligió ese momento? ¿Cuál es su opinión sobre el trabajo del gobierno en ese asunto internacional?

-La novela se desarrolla en el período que va de diciembre del 2001 a diciembre del 2002, que fue un tiempo de mucha convulsión nacional y al mismo tiempo de mucha pasividad. Es interesante recordar cuál era la aquiescencia del país en ese momento, mientras Bush se preparaba para construir la guerra con Irak. La pasividad como la forma que toman las malas decisiones es un tema en el libro. Por otra parte, también es cierto que termina con una protesta pública de estudiantes norteamericanos que repudian las políticas internacionales de Bush.

-“Al pie de la escalera” es una novela acerca de crecer en un mundo de pérdidas y dolor, que son, ambos, temas que aparecen en su obra desde su primer libro de cuentos, “Autoayuda” ¿De qué manera evolucionaron sus ideas al respecto de esos mismos temas desde entonces?

-¿Las ideas evolucionan? No estoy segura de eso. Al menos no la mayoría de ellas.

Aprendizaje

-En una entrevista en The Believer usted dijo que publicar en vida era permitir que el lector asistiera al “proceso de cómo aprender a escribir” ¿Cuán lejos la lleva esta novela en el camino de ese proceso?

-Cuando dije eso, en su momento, lo hice pensando en que publicar es ir creando un archivo o muestrario de “ir aprendiendo a escribir”. Es eso: las obras más tempranas nunca parecen tan buenas como las últimas, esa es la manera en que el proceso de aprendizaje se pone de manifiesto para el autor.

-Ya que muchos de sus libros han sido traducidos al español, es pregunta de rigor saber cuál es su acercamiento con la literatura en esa lengua.

-Mi hijo está aprendiendo español en el colegio y yo trato de que me enseñe lo que va aprendiendo, lamentablemente nunca estudié el idioma. He leído los escritores de culto, como Borges por ejemplo, siempre en traducciones, pero me gustaría poder hacerlo en versión “original”. Lamentablemente, mi español es muy pobre, se reduce, en su mayoría, a gritos deportivos como “¡Acá! ¡Acá!” y eso, claro, porque mi hijo juega mucho al fútbol.

 Lorrie Moore / Al pie de la escalera
Germán Scalona
En una época en la que los Estados Unidos decidió reforzar el énfasis de su poder con una política exterior aún más agresiva, Lorrie Moore, con Al pie de la escalera, parece decirnos que es necesario recorrer el camino inverso de la sombra proyectada tras el 11 de septiembre. Cuáles son las formas imperceptibles con las que el gobierno maneja a la población dentro de sus fronteras parecería ser el trasfondo de esta narración, que en su faz más luminosa es ante todo un relato de iniciación femenina. Con la protagonista y narradora Tassie Keltjin, Moore nos lleva de la mano de una voz en primera persona hacia el interior de un personaje que a sus veinte años divaga por una universidad del medio oeste. Moore: “En realidad, la Tessie que narra es mayor que la Tessie protagonista. Está mirando retrospectivamente hacia la época en la que tenía veinte años. Los veinteañeros suelen ser muy apasionados. Al estar en el comienzo de la adultez, recién están aprendiendo a juzgar las cosas”.
Mientras leemos cómo la muchacha se pierde en el paisaje, reflexiona a la vez sobre todo tipo de tópicos, trabaja de niñera o sobrevive a las reuniones familiares de rigor; una chica sensible, sin pretensiones, más bien tímida, más propensa a la compasión que al juicio despiadado, va ganando la narración morosamente y sin que nos demos cuenta. Pero está lejos de ser una novela de campus o una historia en la que los estudiantes atraviesan toda la nación persiguiendo becas en ambientes ampulosos. De hecho, Tassie no debe viajar más que unas pocas horas para pasar las fiestas de Navidad con su familia en el ámbito rural, precisamente una granja de papas. La misma granja que sirve de proveedora de algunos productos que se consumen en el fino restaurante para cuya dueña trabaja como niñera, mientras juntas recorren el laberinto del sistema de adopción y hogares sustitutos. “El de la adopción es un mundo muy interesante y potencialmente está lleno de elementos dramáticos. Ha sido bastante usado en la literatura desde Jane Austen y Charles Dickens a James Fenimore Cooper. Y en cada oportunidad, cada escritor encontró cosas distintas para decir sobre el tema. Desde el comienzo del proyecto de Al pie de la escalera, siempre quise que la adopción fuera una parte central de la historia. Tal vez porque sé algo sobre el tema, por motivos personales, pensé que podía ser un terreno fértil para mis historias.”
El complejo sistema político de control estadounidense al que Moore se avoca es a la vez un detalle minucioso del trato que le da este país a los niños y a los jóvenes, así como un análisis lingüístico detallado del sistema de adopción y de las sutilezas de las castas sociales por los que estos niños y jóvenes se ven atravesados. “Traté de montar algo parecido al coro de los textos clásicos griegos. Creí que iba a ser más eficaz montarlo como un diálogo que alguien escucha a hurtadillas, porque tampoco creo que sea tan importante saber quién es el que pronuncia cada frase. Y de ese modo, Tassie, que estaba cuidando a los chicos en el piso de arriba, podía ver el efecto que causaban en ellos las palabras que pronunciaban sus padres en la planta baja.
Todo el que ha leído a Lorrie Moore sabe que tarde o temprano se topará con niños y adolescentes. La descripción del universo Moore nunca es completa si los adultos no se confrontan con la mordacidad de las experiencias juveniles. El caso de la dupla de Tassie y su empleadora es más que eficaz narrativamente: dulce ironía versus amargo sarcasmo. “Los líos y complicaciones de la gente joven suelen ser más interesantes que los tediosos atolladeros de los adultos. A veces. Depende. Pero sí creo que un adulto que ha sobrevivido a algunos malos años de juventud generalmente tiene al menos un puñado de buenas historias para contar.”Recordemos a la nenita que escupe en el cuento Dos Chicos como si se tratara de un mensaje moral desde el espacio exterior y sabremos por qué este grupo parece ser el hallazgo de Moore a la hora de narrar un mundo detallista, tan cargado de riquezas y juegos verbales, tan audaz a la hora de unir íconos distantes de la cultura popular, que nos hace sentir codiciosos frente a sus palabras. Estragos de la perfección, que le dicen. Una particularidad muy ingeniosa radica tal vez en la construcción de la contracara oscura y burlona de Tassie, Murph, una amiga que la narradora nos presenta astutamente como a una compañera de departamento siempre ausente con la que Tassie compara impresiones en lo profundo de su imaginación. O dicho de otro modo, casi como si Moore apenas pudiera disimular su propio apellido detrás del nombre de Murph. “Y las dos son músicas, también, y esto es algo importante en su relación”, agrega Moore.
En una presentación de la novela en YouTube se la ve a Moore responder unas preguntas, y al escucharla decir irónicamente que toda su narrativa puede ser reducida a la sentencia “los muchachos siempre serán muchachos”, uno quisiera preguntarle si toda su obra no se debate en tratar de definir una postura clara, en una época en la que se busca que no sea muy clara la línea divisoria entre el arte y la publicidad del arte, en una época que intenta que no se pueda diferenciar cuál es la línea ética divisoria entre la ironía y el cinismo. Con humor, nunca con solemnidad, Lorrie Moore ha construido una novela que es capaz de referirse a los hombres y a las mujeres de alguna manera primitiva, abrupta, sofisticada e hipersensible. Una crónica que seduce por más que el macho de la especie pueda sentirse muchas veces tratado como se trata a un objeto que la aburre porque le parece un poco o demasiado torpe. “Bueno, creo que hay varias excepciones. Dos de mis personajes favoritos de la novela son hombres: el padre y el hermano de Tessie.”
(Palabras recogidas por Matías Capelli)

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Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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