Diarios. Notas y apéndices – Robert Musil

Estado: nuevo (2 tomos/con estuche).

Editorial: DEBOLSILLO.

Precio: $500.

Perspicaz observador de la política y la cultura de su tiempo, Robert Musil traza en sus Diarios una crónica punzante de la vida centroeuropea en las primeras décadas del siglo pasado.
Su estancia en Berlín, inmediata al estallido de la Primera Guerra Mundial, sus experiencias en el frente italiano y la ascensión de Hitler al poder, que forzó el exilio del escritor, son algunos de los acontecimientos vitales del autor que recorren estas páginas. El núcleo de los Diarios, sin embargo, es el reto al que se somete el propio Musil: pensar en la realidad oculta detrás de las trincheras, el erotismo prohibido, el misticismo estético de la Europa fascista. Se trata así de una reflexión dolida sobre la identidad contradictoria del ser humano.
Robert Musil nació en 1880, en el seno de una familia de la baja nobleza austríaca. Después de estudiar ingeniería, lógica y psicología experimental en la Universidad de Berlín, enseñó ingeniería mientras escribía su primera novela, Las tribulaciones del joven Törless (1906), una descripción de la vida de los adolescentes en un colegio militar. Su éxito le animó a dejar la enseñanza y a compaginar su trabajo como bibliotecario y editor en Die neue Rundschau con la escritura de dos novelas cortas nada sentimentales, acerca de las relaciones sexuales publicadas como Uniones (1911). Musil sirvió en el ejército imperial durante la Primera Guerra Mundial y más tarde fue funcionario civil en la nueva república austríaca, desde 1919 hasta 1922, antes de dedicarse por completo a la escritura y de publicar un libro de narraciones cortas, Tres mujeres, en 1924. Excepto dos años en Berlín (1931-1933), vivió en Viena hasta la anexión de Austria por la Alemania nazi en 1938, y después se exilió en Suiza. Su tarea fundamental en esos años fue indagar y escribir su larga, panorámica e inacabada novela El hombre sin atributos (1930-1943), que examina la existencia sin objetivos de su antiheroico personaje principal, Ulrich, con el fondo de una minuciosa recreación de la sociedad austríaca anterior a 1914. El hombre sin atributosconstituye una de las obras narrativas más ambiciosas del siglo XX y consagró a su autor como una de las grandes figuras de la literatura contemporánea. Musil murió el 15 de abril de 1942 en Ginebra.

 

De la insatisfacción 
J. M. Coetzee
El ascenso de Musil hasta convertirse en una figura prestigiosa e incluso grandiosa tras la oscuridad de los años de la guerra empezó en 1950. En el mundo de habla inglesa, sus valedores más eficaces fueron los estudiosos y traductores Ernst Kaiser y Eithne Wilkins, quienes, en el Times Literary Supplement, lo alabaron como “el novelista más importante en lengua alemana de la primera mitad del siglo” y respaldaron su afirmación con una traducción de El hombre sin atributos (tres volúmenes, 1953-1970). El libro fue bien recibido en Gran Bretaña, pero no, al principio, en Estados Unidos, donde el crítico de New Republic escribió: “Es… un balbuciente montón de metafísica teutónica”.
Los materiales que quedaron en manos de Martha Musil sumaban unas 10 mil páginas manuscritas. Así pues, resulta irónico que cualquier estudiante de licenciatura pueda abrirse camino por el laberinto musiliano con una facilidad que el propio Musil nunca tuvo, pese a su elaborado sistema de referencias cruzadas. El primer fruto de las investigaciones que los estudiosos empezaron en 1951 fue una edición en alemán de El hombre sin atributos, a cargo de Frisé, que consiste en los fragmentos más o menos finalizados por Musil más algunos borradores suplementarios. Después se desencadenó una guerra verbal sobre si Frisé tenía derecho a preferir unode los posibles finales de Musil (la unión carnal entre Ulrich y su hermana Agatha) a la otra (la unión mística entre los dos).
Musil no terminó, y probablemente no habría terminado su gigantesca novela. Aun en términos de la lógica interna de la misma, dista de ser completa. Hay elementos de la trama para los que no se atisba desenlace alguno, ni siquiera en los borradores (pienso en las consecuencias que tiene para Agatha haber olvidado el testamento de su padre), así como importantes decisiones que tomar y que Musil parece estar posponiendo (por ejemplo, si Ulrich va a tener una relación amorosa con Clarisse). Más grave aún es la duda de si la estructura que ha construido Musil podrá soportar el peso cada vez mayor que la historia debe soportar.
Las anotaciones de Musil indican que, aun en el decenio de 1920, él ya era sensible a la cuestión de por qué embarcarse en una novela tan obstinadamente “prebélica”. Sin embargo, parece haber confiado en que su concepción fuera lo suficientemente flexible como para anticipar también, al menos desde el presentimiento, la situación que se avecinaba para la Europa de posguerra. (Aquí Musil parece haber depositado toda su confianza en la figura de Moosbrugger, el asesino psicópata sexual, para encarnar los impulsos violentamente autoliberadores de las personas abrumadas por las condiciones de vida moderna, impulsos que los movimientos fascistas explotarían llegado el momento.)
A medida que pasa el tiempo, parece cada vez más acertada la decisión que tomó Musil, en 1938, de retirar en el último minuto los últimos veinte capítulos de la tercera parte, cuando la obra ya estaba en manos de los impresores. Estos capítulos consisten básicamente en una exposición de la teoría de Ulrich sobre las emociones; son los últimos capítulos en tener el visto bueno, o casi, del autor. Se ha elogiado el lirismo que desprenden, pero hoy ese lirismo suena demasiado displicente, y toda la secuencia carece de la agudeza de observación que caracteriza la prosa de Musil en sus mejores momentos.
Ese problema no atañe sólo a la escritura sino también a la concepción de Ulrich. En líneas generales, el esquema de la novela es hacer avanzar dos líneas narrativas que funcionan cada una como contrapunto de la otra: mientras una Austria espiritualmente en bancarrota apura sus últimos días, Ulrich con –y a través de– su hermana negociará una retirada místico-erótica de la sociedad. “Hay que mantenerse puros por un mundo que aún estaría por llegar”, se dice a sí mismo como autojustificación. Pero en el contexto de la Europa ficticia de 1914 –a la que se le pide que se haga cargo también del peso, en un plano simbólico, de la Europa de 1938/39–, la retirada de Ulrich debe haber parecido –y aquí, hay que reconocerlo, no se registra en los Diarios ninguna anotación de apoyo a esta afirmación por parte de Musil– un gesto poco apropiado e incluso inapropiado. Los aspectos ético y político de la novela se iban distanciando.
Leer El hombre sin atributos siempre será una experiencia insatisfactoria. Ya se trate de la edición de Frisé o de la de Pike, llegamos a la última de sus mil setecientas extrañas páginas en un estado de confusión o incluso de decepción. Pero, dada la riqueza de los borradores de Musil y teniendo en cuenta el alcance de la crisis de la cultura europea que estaba tratando de cartografiar (no sólo con El hombre sin atributos sino también por medio de la acción paralela de los Diarios), es preferible pasarse que quedarse corto.
Fragmento del ensayo sobre Robert Musil recopilado en Costas extrañas, de J.M. Coetzee.
20 ENTRADAS A LOS DIARIOS (1899-1942) DE ROBERT MUSIL
1
La visitó tras esa noche, la más deliciosa de su vida. Buscó alguna huella de la víspera en sus ojos. Eran grandes y redondos, de una cálida humedad. Él le rogó: “Llora”. Y ella lloró. Al poco tiempo, él se puso a llorar con ella. Porque tenía ganas de hacerlo. Luego, se sintieron cansados y débiles. Ambos probaron así una forma de amor mucho más tierna. Pero él había hecho un descubrimiento. Éste. [Un poco más adelante] Llorar. Una prqueña inversión. ¿Qué pasaría si los hombres decidieran llorar para expresar su alegría (dejando a un lado las habituales lágrimas de alegría)? ¿Qué aspecto tendrían aquellos que lo lograran? En cualquier caso, habría que servirse del llanto y de la risa como de una dieta.
2
Se dice que los sentimientos son lo único evidente que hay en nosotros. En parte es cierto, puesto que es evidente que  sentimos. Que yo “siento” “algo” cuando, por ejemplo, estoy celoso es evidente, pero no es tan evidente que sean “celos” lo que yo siento. Eso descansa sobre representaciones, que pueden extenderse hasta el idealismo onírico. Cada uno de esos sentimientos remite a un punto único, singular, fijo, de mi interior al que, sin embargo, no consigo acercarme y, en última instancia, a un oscilar allá arriba, en el espacio vacío.
3
[Tres citas de Thomas Mann]
“La felicidad del escritor es el pensamiento capaz de convertirse por completo en sentimiento, es el sentimiento capaz de convertirse por completo en pensamiento” T. M. La muerte en Venecia. “…Todo lo meramente dicho está condicionado y es impugnable… única y exclusivamente la configuración es inatacable, esa soberbia superioridad del arte sobre lo puramente intelectual reside en su polisemia llena de vitalidad, en su profunda falta de compromiso, en su libertad espiritual.” Mann, Apolítico. Turgueniev: “Siempre tengo la impresión de que sobre todo cuanto digo se podría afirmar con igual razón justamente lo contrario. Sin embargo, si hablo de una nariz roja y de cabellos rubios, los cabellos son rubios y la nariz roja”. Mann, Apolítico.
4
 … se trata de algo importante y al mismo tiempo muy sencillo: los personajes de los libros no estan vivos y el autor no está vivo. Están por completo a merced de mi arbitrio y ese odio primario que existe entre los vivos está excluido; están por completo inmersos en un ambiente de simpatía. (Se puede uno “entregar” a ellos, mientras que en la vida real nos mantenemos al margen) Una razón que explica por qué nos resultan tan deslumbrantes cuando los amamos. Sin embargo, el odio contra un libro no es más que el odio usual que se siente contra las personas y los pensamientos.
5
[Inicio del 1er cuaderno, entre 1899 y 1904, aún no está establecido] Yo vivo en las regiones polares; cuando me asomo a la ventana no veo más que blancas superficies tranquilas que sirven de pedestal a la noche. Hay en torno mío un aislamiento orgánico, es como si yaciera bajo una capa de hielo de 100 metros de espesor. Un cobertor como éste procura a los ojos de quien yace tan confortablemente enterrado esa perspectiva que sólo conoce quien ha colocado sobre sus ojos más de 100 metros de hielo.
6
En Essays, I, dice Emerson: El hombre no se pertenece a sí mismo más que a medias -la otra mitad es expresión. Pues todos los hombres aspiran, en su precariedad anímica, a la expresión. En el amor, en el arte, en la codicia, en la política, en el trabajo y en el juego, tratamos de expresar nuestro penoso secreto.
7
Las ventanas tras la puesta del sol. Es como si estuvieran forradas (por dentro) con papel dorado, que en algunas ventanas se ha estropeado y ondulado; otras parecen cubiertas de papel de estraza. Pero las ventanas entreabiertas parecen hechas de oropel desgarrado y convertido en flecos. Más tarde, todo se vuelve pálido, exangüe.
8
Siempre se cree que cuando uno está ante la muerte goza más profundamente de la vida, la bebe a grandes sorbos. Eso es lo que cuentan los poetas. No es así. Simplemente se siente uno liberado de una ligadura, como de una rodilla anquilosada o de una mochila demasiado pesada. De esa ligadura que supone el deseo de querer estar vivo, del horror ante la muerte. Uno ya no se siente atado. Se es libre. Es la sensación de ser el propio amo.
9a
Mujer que envejece: Su reacción: Te lo he dado todo, tú me has utilizado y ahora estoy aquí, abandonada, es perfectamente legítimo. Ella ha dilapidado sus esperanzas, sus expectativas, y sus fantasías eróticas. Se ha empobrecido hasta el límite, mientras que el hombre envejece aneróticamente a la vida.
(…)
9b
Amor: Qué extraño que nosotros dos seamos tan diferentes a los demás: expresión típica. El más fuerte de los dos, al enamorarse de otro ser, cambia repentinamente y por completo de acuerdo con éste.
10
Yo tenía ya unos 18 o 19 años cuando, durante un verano junto al Wörthersee, tuve la siguiente experiencia. Me hallaba sobre el trampolín de la escuela masculina de natación, mientras que mi madre se encontraba en el extremo del trampolín en la piscina para señoras contigua y contemplaba el lago. Llevaba un albornoz y ya había tomado el baño. No habíaadvertido mi presencia. Con un gesto maquinal, se abrió el albornoz para sujetarlo de otra manera y durante unos instantes la vi desnuda. Ella debía tener por entonces un poco más de cuarenta años, era muy blanca, y llena y bien formada. A pesar de que ese acontecimiento me ha llenado hasta hoy de  una cierta admiración, todavía me resulta más vívido el sentimiento de vergüenza, y creo que de cólera y espanto, que experimenté entonces.
En el futuro, colocarme al escribir solamente en el lugar de un personaje secundario, de un espectador. En la novela me he situado en el centro, aunque no me describa a mí mismo, eso dificulta la “fabulación”; es muy posible que todo dependa realmente de esta actitud de principio. Así, pues, al inventar una historia, colocarse desde el comienzo en el papel de un observador. Lo anoto aquí, porque es probable que tenga importancia para la comprensión de todo el proceso.
12
Carlyle: Goering: No sé si lo he anotado, y lo repito ahora de memoria: el honor de que se goza está en relación con el poder que se detenta. Aquel que carece de defensa, carece también de honor.  Goebbels: Se dice (allí donde se nos calumnia) que  entre nosotros no se ejerce la crítica. ¡Muy al contrario! Lo que ocurre es que entre nosotros el que critica es el superior, no el subordinado. (Discurso.)
[Nota: Musil llamaba Carlyle a Hitler, en aquellos peligrosos tiempos. Poco después del incendio del Reichstag -provocado por los nazis para acceder al poder- escribe RM: “Todos los derechos fundamentales han sido marginados sin que nadie se haya indignado violentamente… Lo aceptan como el mal tiempo… Se podía uno sentir profundamente desilusionado, pero es más correcto extraer la conclusión de que todo lo que se ha suprimido eran cosas que no tenían demasiada importancia para la gente.” Y poco después acerca de “Carlyle”: “Nosotros, los alemanes, hemos producido los mayores moralistas de la segunda mitad del siglo pasado [se refiere a su muy admirado Nietzsche] ¿y ahora producimos la mayor de las aberraciones morales que se han visto en la era cristiana? Es que somos desmesurados desde todos los puntos de vista.”]
13
A pesar de que no he leído tan bien como ayer mi texto sobre la “estupidez”, he podido darme cuenta perfectamente de sus defectos y de los míos. Tal vez se podría expresar del modo siguiente: a todas mis obras les falta decir esto: Debes escucharme. Nacidas de una rigurosa necesidad interior, carecen de todo elemento apelativo; la voluntad, fuerte en lo particular (la creación) es, en conjunto, débil (comunicación); también se podría decir que esta elaboración cuidadosa no encuentra el gesto total. O bien, que me atasco en el esfuerzo de pensar y dejo de lado la aplicación. Mi espíritu es demasiado poco práctico.
14
Ignoro para qué vivimos, podría decir. Lo que seduce a otros, no me seduce a mí. Desde la infancia. Con muy pocas excepciones. Así es el hombre sin alegría, “sin apetitos”. De acuerdo con las tendencias dominantes de la psicología, ¿no sería de esperar que tratara de procurarme placer a tra- vés de la escritura? Y, sin embargo, tampoco escribo por  placer, sino por pasión. Es posible que sea necesario amar la vida para escribir con facilidad. Tendría, pues, que seducirme y llevarme así, mediante un rodeo, a la realización por la escritura. ¿De qué especie es el hombre que no está ahí para nada?
15
Espárragos crudos, sueltos: esos óvalos ligeramente deformados. Esos falos planos o muy torcidos, enhiestos en la punta. Con corazas de escamas triangulares. (Rejuvenecidos. Más tiernos.) Violetas tonos carnales. Tallos duros. Contemplados por dos amigas.
16
[Selección de una larga nota en la que Musil expresa sus ideas estético-literarias]
Desde mi juventud he considerado la estética como una ética. No saber lo que se quiere, como principio creativo. El grado necesario de indiferencia social. Arte = expresar algo con amor. Pero, ¿qué es lo que hemos de amar? Arte a expensas del carácter. Literatura = combate por una naturaleza superior. La terrible sutileza de lo verdadero, lo bueno, lo bello (antifascismo). La repetición como principio fundamental de la literatura. Decir cosas nuevas y crear formas nuevas. No ser capaz de explicar las propias obras. El escritor se siente inseguro hasta que no ha escrito. Yo sé muy raramente lo que quiero. Corrección realista de acuerdo con los propios pensamientos. Proscripción del didactismo. No tener un instante libre como norma en el arte y en la vida.
17
Chiste inglés: Los irlandeses no saben lo que quieren, pero lo quieren con pasión. ¡Se podría aplicar al caso de los escritores políticos, incluso a los escritores en general! Y también a los hombres de acción: ¡es tan fácil tener energía y tan difícil buscar un sentido a la acción!
18
 Juventudes Hitlerianas, corriendo por las calles con mucho escándalo, un poco antes de las 10 de la noche. Sólo haría  falta que brillara la luna o que estuvieran a punto de iniciar una excursión por el Danubio. Compáreselos con aquellos estudiantes de secundaria ansiosos, pálidos, libidinosos de otros tiempos, con sus ideas fragmentarias, que jamás con- seguían convertirse en algo completo. En la actualidad son más fuertes y más seguros de sí mismos, aunque tal vez en ello tenga algo que ver (¡brevedad del tiempo!) el punto de vista. Me recuerdan vivamente al ambiente que reinaba en el Instituto Militar. Y luego, naturalmente, me doy cuenta de la hueca melancolía que había en la base de aquel afán de empresa.
19a
 Infelicidad: Constituye una carencia de la lengua alemana el hecho de que no pueda expresar esa pasión tan llena de contenido más que como negación y que, además, no posea más que una sola palabra para expresar la infelicidad interior y exterior.
19b
 Turbado, turbación, turbar, (sentimiento de turbación), etc… son términos que la lengua alemana utiliza casi exclusivamente como contraposición a alegría y para expresar la turbación de la alegría. Y además, la turbación general de los sentimientos constituye precisamente una característica alemana. Al margen: sentirse turbado hasta la más profunda claridad es algo que podría decirse del estado que caracteriza la melancolía creadora, esa manera que tiene el mundo de sintonizar con el tono más grave.
20
 Las impresiones dactilares se han utilizado en China y Japón desde hace ya más de mil años para identificar personas. En Europa no se pensó en ello hasta 1880. Un ejemplo de cómo el desarrollo de la cultura no siempre logra reencontrar por otras vías en un plazo de tiempo razonable lo que pierde o descuida. Y el comentario final del último cuaderno, fechado el 6 de noviembre de 1941, que recién fue hallado en el otoño de 1980, en el forro de un abrigo cosido por su mujer Marta Musil: “Un punto de vista de interés general: ¿de qué manera evoluciona de la juventud a la vejez una relación determinada por la sexualidad? “El bellísimo y expresivo cuerpo de la mujer (su reflejo en algunos poemas). Lo que soporta. Como compensación, la solidaridad. La ternura de la vida ulterior. La importancia de una piel suave entre otras cosas.(…) lo que la belleza se lleva consigo cuando desaparece; lo que incluso físicamente perdura, es más importante, que la belleza. “Cuando se es joven, se es más crítico y exigente; y se está más expuesto al desengaño. Lo que me irrita es ese maldito poema de Goethe, Filemón y Baucis, en el Fausto II.”

 

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