Cold Spring Harbor – Richard Yates

Estado: nuevo.

Editorial: RBA.

Precio: $250.

 La avería de un coche en Nueva York pone en contacto a los jóvenes Evan y Rachel, que de inmediato se sienten atraídos y no tardan en casarse. El flechazo irreflexivo construye planes secretos que intentan escapar de la trampa de la mediocridad y sueños que pronto se disiparán; la realidad acabará imponiendo sus severas reglas… Profundo conocedor de la sociedad estadounidense, Yates compone una trama de amor y desamor sobre el fondo de unas familias desencantadas, ajenas al famoso sueño americano y a sus ideales, aunque nos recuerda la necesidad de las ilusiones, pues la esperanza lo es todo cuando la vida se obstina en decepcionar. «Uno de los pocos novelistas norteamericanos del que se puede decir que posee una “visión de la vida”», The New York Times Book Review. «Como cronista del estilo de vida dominante en Estados Unidos desde los años treinta hasta finales de los sesenta, sólo es igualado por John Cheever», Boston Review.
Richard Yates nació en 1926 en Yonkers, en el seno de una familia bastante inestable. Estudió en Avon, Connecticut, donde descubrió su vocación por la literatura y el periodismo. Más tarde se incorporó al ejército y cumplió tareas en Francia y Alemania. Al regresar a Nueva York trabajó como periodista, redactor publicitario y ghost writer —escribió algunos de los discursos del senador Robert Kennedy—, y sus relatos comenzaron a aparecer en distintas publicaciones. En 1961 su novela Vía revolucionaria fue finalista del prestigioso National Book Award y le valió un amplio reconocimiento del público y de la crítica. Luego siguieron, entre otras, A Good School y Las hermanas Grimes (The Easter Parade), y los libros de relatos Once tipos de soledad y Liars in Love. Dio clases en la Universidad de Columbia, en la de Boston y en la de Iowa. Murió en 1992 en Alabama. La película de Sam Mendes, Revolutionary Road, ha motivado una merecida revaloración de su obra en todo el mundo.
La abrumadora biografía de Richard Yates
Rodrigo Fresán 
Cuando se pensaba que no podía existir destino de escritor más triste que el que se relata en las cada vez más numerosas biografías de Fitzgerald, llega esta primera y –por su calidad y su exhaustiva dedicación– todo hace pensar que definitiva vida de Richard Yates. De golpe, la supremacía indiscutible de Scott F. a la hora de la autoflagelación ya no parece tan clara y precisa; porque Richard Yates (1926-1992) se presenta como rival más que temible a la hora de la épica de la derrota escrita y vivida. Yates –quien, nos cuenta Bailey, solía emocionarse cada vez que leía en voz alta la parrafada final de El gran Gatsby– perfeccionó el crack-up. Así, el éxito primerizo, olvido prematuro, debacles matrimoniales, martinis en el desayuno y blues de Hollywood aumentados con combates cobardes en la Segunda Guerra Mundial, papelones de admirado pero inestable profesor en los workshops de Iowa, sufrida redacción de discursos para Robert Kennedy y varias estadías en psiquiátricos, y –finalmente– inspiración de un episodio de Seinfeld. Y –atención– Scott F. tuvo a Zelda; pero jamás contó con una madre tan terrible e inolvidable como la de Yates. Bailey recorre junto a su biografiado todas y cada una de las estaciones del calvario. Ese camino que va de las efímeras mieles del éxito con su debut novelístico Revolutionary Road y los cuentos de Once tipos de soledad; para, casi de inmediato, ser olvidado por un sistema que siempre lo consideró una curiosidad: un narrador a la vieja usanza en tiempos donde se querían experimentalismos. Así –como ocurriera con Gatsby–, Revolutionary Road fue pronto descatalogada; y las sucesivas novelas tristes y cuentos agrios de Yates serían para consumo exclusivo de admirados colegas. Yates acabó sus días en un departamento infestado de cucarachas y con el manuscrito de su última y todavía inédita novela metido dentro de la heladera para protegerlo de un posible incendio, y –siempre fiel a Scott F.– ahora le llega la gloria post-mortem de sus Collected Stories, la resurrección de sus novelas con blurbs de escritores de moda y las memoirs de aquellos amigos que aguantaron sus brotes nudistas y alucinatorios hasta lo imposible. Pero lo más interesante del tan amoroso como despiadado libro de Bailey es el retrato de la Edad de Oro de las letras norteamericanas (con cameos de Salinger, Cheever, Roth, Updike, Vonnegut, Styron); así como la pesquisa que revela el “parasitismo emocional” con que el bipolar Yates se nutría de sus conocidos para ficciones que resultaron no ser otra cosa que sórdida autobiografía mejorada por una prosa elegante y romántica: “Bajarse los pantalones en público”, definía Yates, y agregaba: “Todo lo que he escrito sucedió de un modo u otro. Mi gran mérito es haber sabido verlo”. Y lo más trágico de todo: Bailey nos muestra que, sí, el mundo es cruel con algunos talentos; pero que Yates –como Scott F.– también ayudó bastante con su “casi parodia de lo que se supone es una personalidad autodestructiva”. Por lo que se impone una advertencia: manéjese esta magistral y deprimente biografía con cuidado. Y, niños, no intenten hacer lo mismo en sus casas.
Bovary en los suburbios
 Esther Cross
¿Quién era Yates cuando escribió Revolutionary Road? Todavía no sabía que sería uno de esos escritores “que tienen la desgracia de que su mejor libro sea el primero”. Su nombre completo era Richard Walden Yates, pero el Walden no le gustaba. Tenía veintinueve años. Se había casado, hacía tres, con Sheila Bryant, una pelirroja que conoció una noche en una fiesta del Upper East Side (se fueron caminando y ése fue el principio). Sheila había estudiado actuación, era demasiado práctica para seguir esa carrera y no se dejó vencer –aunque estuvo cerca– por los manejos de la madre de Yates y por la noticia de la tuberculosis de Yates. Su enamorado no necesitaba ayuda, supo después, para que ella se cansara de él.
No era fácil. Fumaba todo el tiempo, tomaba cuando fumaba y cuando tomaba todo se ponía muy mal. Pero la hacía reír mucho. Tenían una hija. Yates quería ser escritor o, mejor dicho, era un escritor (hijo de Flaubert y de Fitzgerald). Sólo le faltaba el certificado de graduación: tenía que publicar su primer libro.
Sus cuentos ya eran conocidos, pero un editor de Random House le explicó, en un almuerzo, que el primer libro que publicaban de un autor nunca era un libro de cuentos, así que, ¿tenía alguna novela entre manos? Los escritores no son buenos para los negocios, pero saben mentir. La vaga idea que tenía en la cabeza se transformó, en ese momento, en un proyecto en marcha y en la promesa de algo sustancial a corto plazo. Se dieron la mano.
Después los Yates se fueron de Nueva York y así empezó la serie de mudanzas suburbanas –principalmente por el oeste de Connecticut–, mientras Yates empezaba a escribir la novela, que en esa época iba a llamarse The Getaway (La fuga).
Los editores se alarmaron, pasados unos meses. Pensaron que el silencio de Yates era un mal síntoma, pero no había desidia, ni bloqueo. Estaba trabajando en su novela, y otras cosas. También discutía con su mujer, atendía a su primera hija, pasaba de una resaca a otra (sin perderse lo del medio), se mudaba a Mahopac con la familia. Colaboraba en la desintegración de la pareja –que salía mucho con amigos y aparentaba ser una pareja feliz–, se enteraba de que Sheila estaba embarazada de nuevo, trabajaba para Remington Rand en la promoción de la computadora pionera Univac, patrullaba los suburbios con su amigo Bob Parker y se reía, con él, de los nombres de las calles (de paso, podía inspirarse en uno de esos nombres; necesitaba un título). Hacía todo eso, siempre con un cigarrillo en la mano, y se ocupaba de ser él mismo. Era un caballero con las mujeres, aunque nunca se perdía la oportunidad de señalar sus defectos físicos o de educación. Estaba ocupado siendo Yates y escribiendo una novela. “Una novela experta y bella”, dijo años después Styron, quien creía que el libro tenía que convertirse en un clásico.
Cuando Yates mandó a la editorial el borrador de la primera parte y el resumen de la última, anunció, de paso, el final antifeliz. Era apuntar al blanco del inconsciente norteamericano. Quisieron disuadirlo. ¿Podía cambiar un poco esa parte? En vez de negarse o someterse, Yates se empeñó en que toda la novela justificara esa tragedia, que así iba a parecer inevitable. Es decir que, además, era catártico, algo tenía que ofrecer a cambio de la verdad.
Cuando le dijeron que era un simple imitador de El hombre del traje gris, de Sloan Wilson, cambió la primera versión. Después de todo, como dijo al tiempo, “los borradores parecían melodramas. Tenía que volver una y otra vez a cada escena, y llegar a su profundidad para que después todo saliera desde ahí. El primer borrador era inconsistente y sentimental. Los Wheeler parecían personas agradables con las que se podía identificar cualquier lector descuidado. Decían lo que querían decir”. Se dio cuenta de que la gente nunca dice exactamente lo que quiere decir y de que era por eso que el borrador anterior parecía, justamente –dijo–, una novela de Sloan Wilson. En la nueva versión de la historia había muchos diálogos y nada de comunicación.
Revolutionary Road cuenta la historia de Frank y April Wheeler, una chica muy linda, pero un poco ancha de caderas, que hubiera querido ser actriz. Tiene algo de Madame Bovary. Es la historia de la pareja que se instala en los suburbios y se considera superior a sus vecinos.
Dostoievski –otro escritor admirado por Yates– dijo: “¿Hay algo más enojoso que ser, por ejemplo, rico, de buena familia, de agradable aspecto, bastante instruido, nada tonto, incluso bueno, y al mismo tiempo no poseer talento, ninguna peculiaridad y ser, decididamente, ‘como todos’?”. Y también dijo, como presintiendo a los Wheeler: “Las personas (vulgares) se dividen en dos categorías principales. Unas son más limitadas. Las otras son más inteligentes. Las primeras son más felices… El hombre corriente inteligente, de manera ocasional (y quizá durante toda su vida) se imagina genial y originalísimo, pero no deja de conservar en su corazón el gusano de la duda, que hace que a veces acabe por desesperarse… Lo más característico de esos señores es que realmente en toda su vida no pueden llegar a saber con exactitud qué es lo que tanto necesitan descubrir y qué es, en concreto, lo que han estado dispuestos a descubrir: ¿la pólvora o América?”. Parece una manera inmejorable de contar de qué se trata Revolutionary Road y, dicho sea de paso, los Wheeler descubren –literalmente– América.
Cuando terminó la novela, Yates empezaba a darse cuenta de que su vida personal era un desastre. Bastante forzado por la saturación de Sheila, se separa de ella. Rechaza el trabajo de profesor de escritura en Iowa para no estar tanto tiempo alejado de sus hijas. Vuelve a Nueva York.
Los editores le propusieron que cambiara el título del libro porque parecía el título de un libro de historia y no de una novela. “Quería que el título sugiriera que el camino revolucionario de 1776 había llegado a un punto muerto en los ‘50.” Le dedicó el libro a Sheila, pero como en su novela la comunicación no era el fuerte de la pareja –unida o no–, Sheila se enteró de la dedicatoria en el año 2000. Yates ya había muerto y una de sus hijas le mostró a su madre la primera página de un ejemplar de la reedición de ese año.
Prefería las historias en las que el lector no sabe a quién culpar y termina por sentirse responsable, de alguna manera, porque el lector es un ser humano y entonces es “infinitamente falible”, como los personajes. La novela tuvo algunas críticas malas y muchísimas muy buenas (entre ellas, la de Dorothy Parker). Pero no se convirtió en un éxito de ventas. Como dice Blake Bailey en su excelente biografía de Yates, la novela no cuenta sólo la historia de una pareja norteamericana que se hunde en los suburbios sino que habla de “la falta de adecuación entre los seres humanos y sus aspiraciones”. Bailey cita las palabras de un comentario de la Yale Review: “Su blanco no es América sino la existencia”. Eso puede explicar lo de las ventas.
Yates dijo que “las emociones de la ficción siempre son autobiográficas, pero los hechos nunca lo son”. Su vida lo confirma y contradice a la vez. Pero, después de todo, él era así. Entre esas emociones reales y esos hechos inventados, escribía sus historias sobre las cosas que les pasan a las personas y la falta de adecuación entre ellas y sus aspiraciones.
Dijo: “En mis momentos más arrogantes, sigo creyendo que Revolutionary Road tendría que ser famosa. Sufrí muchísimo cuando se agotó y no la reeditaron. Y cuando Norman Podhoretz la nombró, en su libro, como una novela desatendida, quise que todos los lectores de Estados Unidos se pusieran de pie y aplaudieran. Pero en el fondo sé muy bien que esas cosas son tonterías”.
O no.

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