Sujetos del deseo. Reflexiones hegelianas en la Francia del siglo XX – Judith Butler

Estado: nuevo.

Editorial: Amorrortu.

Precio: $250.

Esta obra, ya clásica, de una de las más importantes filósofas y críticas de nuestro tiempo, recorre la trayectoria del deseo: su génesis en la formulación de la Fenomenología del espíritu de Hegel y su apropiación por pensadores de la talla de Kojève, Hyppolite, Sartre, Lacan, Deleuze y Foucault.
Sujetos del deseo ofrece un sofisticado relato de la tradición pos-hegeliana predominante en la Francia del siglo XX y vigente en los debates contemporáneos acerca del deseo, el inconsciente, la sujeción y el sujeto.
Judith Butler es profesora de la cátedra Maxine Elliot de Retórica y Literatura Comparada de la Universidad de California, Berkeley. Se la considera una de las mayores teóricas del feminismo y de la teoría queer. Es autora, entre otros libros, de El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad, Mecanismos psíquicos del poder: Teorías sobre la sujeción, Lenguaje, poder e identidad, Cuerpos que importan: Sobre los límites materiales y discursivos del sexo y Dar cuenta de sí mismo: Violencia ética y responsabilidad (este último, publicado por nuestro sello editorial).
Hegel en disputa
 Cecilia Macón
La tentación es potente y, en un punto, inevitable: reseñar Sujetos del deseo -que, aunque recién se traduce ahora, es el primer libro de Judith Butler (Cleveland, 1956), además de su tesis de doctorado- como el origen inmaculado desde donde se despliegan sus reflexiones posteriores; vale decir, su desarrollo del feminismo y de la teoría queer, pero también las que atañen a sus concepciones de la ética y de la violencia. No habrá resistencia a esa tentación, sino tan sólo un principio de moderación: el volumen contiene a la autora que se ha convertido en una de las pensadoras contemporáneas más influyentes, pero también aquello que ella no quiso ser y lo que fue a pesar de ese origen.
Publicado originalmente en 1987 -tres años antes de su libro clave, El género en disputa – y con un prólogo de 1999, redactado mientras escribía los artículos de Deshacer el género, Sujetos del deseo revisa el papel del deseo en la filosofía de Hegel y, muy especialmente, su impacto en el pensamiento francés. De esa manera, Alexander Kojève, Jean Hyppolite, Jean-Paul Sartre, Jacques Derrida, Michel Foucault, Gilles Deleuze y Jacques Lacan se transforman en personajes de un relato claro y persuasivo que busca revalorizar la matriz hegeliana a la hora de discutir la idea de sujeto.
El recorrido de Butler se inicia con una reconstrucción de la Fenomenología del espíritu de Hegel a partir de la relación que allí se establece entre deseo y reconocimiento donde el primero está siempre destinado a expresar la reflexividad de la conciencia: “El sujeto humano no está ahí de manera simple e inmediata, no somos meros testigos, sino actores”, señala Butler. El deseo es, en palabras de la filósofa estadounidense, el “movimiento ambiguo del sujeto hacia el mundo: devorar y exteriorizar, apropiarse y dispersar”. El otro, en este planteo, deviene parte esencial de la experiencia y el deseo -que es siempre el de reconocimiento-, expresión de la identidad histórica.
La apropiación butleriana de la recepción francesa de Hegel abre inevitablemente con Kojève para quien el centro de la escena es tomado por el problema de la acción humana. Progreso, agencia, libertad se vuelven así en tres palabras clave que derivan en la preferencia de Kojève por la individualidad.
Más tarde, el pensamiento de Hyppolite pasa a cumplir en este relato el papel de caracterizar el deseo como una falta y concentrarse en la estructura de la temporalidad, eludiendo siempre los rasgos antropocéntricos planteados por Kojève.
Así como en el capítulo siguiente queda en evidencia que para Sartre el deseo se transforma en una suerte de pasión vana capaz también de poner en escena la conciencia, la última sección del volumen -ausente en la tesis que dio lugar al texto- abre la discusión hacia Lacan, Derrida, Deleuze y Foucault. No se trata meramente de actualizar el trabajo defendido en 1984, sino también de enlazar la vuelta de Butler hacia Hegel con el nacimiento de sus ideas sobre la historicidad del sujeto y una ética marcada por el reconocimiento del otro, que es el de uno mismo. La inevitabilidad de la insatisfacción lacaniana, la ironía de Derrida y el impacto de Nietzsche sobre la lectura que Foucault y Deleuze despliegan sobre Hegel -donde el exceso y la plenitud se destacan por sobre la falta- permiten abrir la discusión hacia la preocupación de la tradición francesa actual de revisar las pretensiones de autonomía desplegadas por la modernidad. En estas últimas páginas, Butler se convierte en testigo privilegiado del derrumbe del sujeto unificado moderno.
Tal como Butler misma recuerda en la introducción, escribió su tesis en la Universidad de Yale en 1984, marcada por su paso por los seminarios de Hans-Georg Gadamer, la tradición fenomenológica de su director y la huella dejada por las lecturas de Karl Marx, Martin Heidegger, Maurice Merleau-Ponty y la Escuela de Fráncfort. Butler pudo haberse transformado en una exégeta. También en una estudiosa del pensamiento europeo continental. En cambio, optó por deshacerse de todos los prejuicios al cruzar la tradición anglosajona con la continental y, muy especialmente, mirando a su alrededor y advirtiendo no sólo lo que de Hegel resta en cuestiones como la identidad queer o la ética detrás del luto, sino también lo que el filósofo alemán no hubiera podido -ni querido hacer con estos problemas.
Deseo y decepción
Luis Diego Fernández
Si desearan el mundo que investigan, los filósofos temerían perder de vista el patrón, la coherencia, la verdad generalizada y regular. Por eso el deseo fue, muchas veces, la marca de la desesperación filosófica, la falta de orden, la náusea necesaria del apetito, y considerado peligroso. El deseo humano expresa la relación del sujeto con aquello que él no es, con lo diferente, lo extraño, nuevo y esperado. La satisfacción del deseo es la transformación de la diferencia en identidad: el descubrimiento de que lo extraño y lo nuevo es conocido.” Esto dice Judith Butler al comienzo de Sujetos del deseo, el primer libro de la filósofa norteamericana, recientemente editado en castellano (Amorrortu). Su lectura retrospectiva permite también hacer un balance de su obra y el aporte significativo de una de las grandes pensadoras contemporáneas.
En Sujetos del deseo, Butler recorre la trayectoria del concepto de deseo, desde Hegel y, sobre todo, a partir de la recepción del hegelianismo en Francia –Kojeve, Hyppolite, Sartre– para luego llegar a los pensadores que criticarán esa visión: Lacan, Derrida, Foucault y Deleuze. Butler se interroga por el tipo de vehículo que es el deseo, y que siempre ha resultado por lo menos complejo e impropio para muchos filósofos (que se han inclinado en beneficiar la idea de bien). Ese romance con el bien es lo que ha opacado al pensamiento con la esfera lábil del deseo, que ha sido leído como una relación con la negatividad, con la ausencia, pero también como su reverso: exceso que pugna por salir. En definitiva, el deseo estará atravesado por dos grandes lecturas antitéticas: como falta o como plenitud. Hegel o Nietzsche.
Judith Butler (Cleveland, Estados Unidos, 1956), quien lleva publicados veinte libros (12 traducidos al castellano), abrazó la fama intelectual con la edición de Gender Trouble (El género en disputa, 1990). Allí, en gran medida, Butler constituiría lo que se ha dado en llamar filosofía queer o bien teoría de género. A saber: lo queer, como pensamiento estructurado, surge en los Estados Unidos a finales de los años 80 y principios de los 90 articulando categorías de dos grandes corrientes filosóficas: la filosofía posestructuralista francesa, en especial de la mano de Michel Foucault, Jacques Derrida, Gilles Deleuze y Félix Guattari, y por otra parte, el feminismo clásico de Simone de Beauvoir (al que criticará con claridad).
La tesis fuerte de Judith Butler será la siguiente: el género (masculino/femenino) no es natural ni biológico sino performático. Vale decir, no hay “esencias” de masculinidad y feminidad, sino modos y prácticas concretas que determinan unas y otras. Otra forma de plantearlo es: el género proviene de la repetición ritual de ciertas prácticas entendidas como femeninas o masculinas en el marco de una duración temporal sostenida por la cultura. En este sentido, la filosofía del último Michel Foucault expresa dos ideas que Butler incorpora en su síntesis con el feminismo: los sistemas jurídicos –el poder– producen sujetos (normalizados) y luego los representan a través de la normativa femenina o masculina (los medios, por ejemplo). La identidad de género es un efecto de prácticas discursivas y de una práctica regulatoria. Así como el género es una construcción social, el cuerpo no es prediscursivo, sino formado por el discursivo heteronormativo. Es decir, el género es un hacer: una práctica performática: uno es lo que parece, lo que hace. Para la filosofía butleriana, si los actos producen el género, la identidad no es estable sino débil y formada por la reiteración estilizada de los actos. El género, entonces, es una repetición de prácticas que puede modificarse.
Ahora bien, no debería leerse la filosofía queer como circunscripta a una filosofía gay (aunque se vincule directamente a esa mirada). Lo queer (raro, en inglés) implica la producción de identidades sexuales singulares sin identidades fuertes. En ese aspecto, la identidad homosexual como mera oposición “transgresora” a la heterosexual normativa sólo opera con la misma lógica de poder, además de sectarizar, reducirse al gueto y la mera repetición de clisés, estéticas y conductas. Lo queer va contra el binarismo hétero/homo, siguiendo en esto el linaje de la filosofía de Jacques Derrida, que expulsa los pares dicotómicos binarios y excluyentes. Lo queer, entonces, es la identidad sexual no sustancial, e implica el abandono de la subjetividad cristalizada (heteronormativa pero también homonormativa) para ampliar e incorporar identidades diversas: bisexual, fetichista, transexual, travesti.
De acuerdo con el pensamiento butleriano, la identidad de género es más un hacer que una esencia. En ese sentido, el error del feminismo fue “esencializar” o “naturalizar” la idea de mujer contribuyendo, en cierta forma, a la hipótesis represiva que critica Michel Foucault. La teoría queer es más una filosofía macrocultural, una subdisciplina de la deconstrucción derridiana. Es, sobre todo, una construcción teórica donde lo propio de la “identidad” es su estado de permanente construcción, su inesencialidad. Por ende, también su posibilidad de libertad en el cambio. Esta tal vez sea la gran lección de la filosofía de Judith Butler y que ya está presente en su primer texto.
Un libro necesario. Publicado originalmente en inglés en 1987, el ensayo refresca su vigencia en los debates contemporáneos.
Deseo: realidades y fantasmas
 Juan Malpartida
La relación entre el deseo y el reconocimiento de su objeto, del deseo y la conciencia, es uno de los temas que desde el siglo XIX no han dejado de despertar interés en la filosofía y la psicología. Por otro lado, es viejo como el pensar mismo (Platón, Montaigne, Hume, Spinoza, Diderot).
Judith Butler publicó hace ya treinta años Sujetos del deseo, donde se estudia este asunto en Hegel y su deriva en el pensamiento francés, especialmente en Sartre, Kojève, Hyppolite, Lacan, Foucault y Derrida, consciente de que dejaba a un lado a autores de la importancia de Bataille, y de que, no siendo una historia de esta idea, tampoco estudiaba a Husserl y Heidegger. Es el problema, a veces, de los trabajos de tesis, por muy valiosos que sean, como es el caso: que aunque vean algo iluminador a un lado tienen que seguir por el camino marcado.
Conciencia negativa
Butler, de quien tenemos en esta misma editorial Dar cuenta de si mismo. Violencia ética y responsabilidad, siguiendo en parte la estela abierta por Foucault, ha dedicado notables y controvertidos estudios a la sexualidad y el poder, la identidad sexual, etc. Es decir, que ha continuado, pero de otra manera, su exploración acerca de la constitución del sujeto y la alteridad.
Butler no estudia a este o aquel deseante, sino a un sujeto universal y abstracto cuya génesis especulativa, tal como se propone estudiar la filósofa norteamericana, está en la Fenomenología del espíritu. Tratándose de Hegel la pregunta pasa por saber si la filosofía puede apropiarse el deseo sin perder su estatuto filosófico, es decir: si es posible volver racional el deseo. Tanto Spinoza («el deseo es la esencia del hombre») con Hegel pensaron el deseo como racionalidad inmanente y que, al mismo tiempo, es metafísico porque supone su búsqueda fundamental. Hegel identificó la autoconciencia con el deseo, y en cuanto que tal está fuera de sí. Conciencia de una falta, es leído como negatividad en el sentido de que deseo expresa lo que no es, una carencia: el imaginario que busca la transformación de la diferencia en identidad.
El mundo se desvanece
Dicha negatividad es enormemente productiva. Butler lee la Fenomenología, en parte, como una trama novelesca: el relato de la peregrinación de la conciencia y el viaje mismo, puesto que su lenguaje se construye al tiempo que se realiza la exploración. Se trata de la restitución de lo Absoluto como principio que se origina en varias fuentes, una de ellas la conciencia humana.
Como es sabido, Sartre hizo de la conciencia una negación y del deseo (la pasión) algo inútil: no hay reconocimiento entre lo que es para mí y lo que es en sí. Lacan pensó algo parecido, lo inevitable de dicha insatisfacción, mientras que Deleuze y Foucault, tal como nos lo presenta Butler, apoyándose ambos en Nietzsche leen el deseo como exceso y plenitud.
No podemos apuntar aquí mucho más de este inteligente estudio, solo incidir en la necesidad de releer a Hegel que pensó la conciencia como autoconciencia que refleja, en sí misma, su calidad de ser otro. Al desear, nos perdemos en el mundo, al desear nuestro yo, el mundo se desvanece. La verdadera percepción de nuestro yo no es la identidad del mismo sino su constitutiva alteridad que nos hace, de nuevo, desembocar en la vastedad.

 

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