Baron Biza. El inmoralista – Christian Ferrer

Estado: impecable.

Editorial: Sudamericana.

Precio: $200.

Notas sobre Barón Biza, el inmoralista, de Christian Ferrer
Sebastián Hernaiz
sebsaiz@gmail.com
1 – En primera
Hace un tiempo, Juan Pablo Liefeld me invitó a escribir un ensayo sobre el Barón Biza de Christian Ferrer para una revista que estaba planeando. Por eso escribo estas páginas. Y empezarlas así no es capricho, sino el modo que creo ajustado a los fines de este texto: escribir sobre Ferrer.
A fines del año pasado, con su lúcida y perfectamente desprolija prosa, Liefeld también escribió sobre este libro y este autor. En su ensayo empezaba contando cómo había llegado él mismo a leer algunos de los textos de Ferrer, y cómo a escuchar sus clases y algunas charlas y conferencias. Tal vez sea pertinente, entonces, para empezar, decir que en alguna medida con Juan Pablo lo primero que nos cruzó en simpatías fue el gusto por textos de Ferrer y algunos de sus compañeros de generación, como los de la revista El ojo mocho, donde compartía plantel con María Pía López, Eduardo Rinesi y Guillermo Korn, entre otros muchos. Con varios de esos nombres sobre una mesa, apilados al lado de cervezas y cigarrillos en forma de libros, revistas o fotocopias, no faltaron, desde entonces, noches en que los hiciéramos parte de charlas ebrias junto a Diego Cousido, Hernán Sassi o Juan Leotta, entre algunos otros amigos con los que nos juntábamos a divagar y emborracharnos: noches eternas que con los pasos quebrados de la vida se fueron sucediendo e interrumpiendo.
Para empezar a escribir sobre un libro de Ferrer, lo primero que habría que tener en cuenta es que no puede significar poco que un texto –los textos de Ferrer, en este caso- haya podido funcionar como un canal de comunicación para la amistad, de un modo que es afectuoso e intelectual, al mismo tiempo, como una cosa única que se extiende en charlas y escritos.
Por eso, cuando Juan Pablo me invitó a escribir, sólo quise decir que sí.
2 – La curiosidad y las disgresiones
Empezar en primera persona para hablar de un libro de Christian Ferrer no es casual o capricho. Es el modo que sus libros parecieran pedir. Porque el propio Ferrer se presenta, en su libro, como una primera persona que, sin caer en el egotismo exhibicionista, se da a conocer sin ocultarse tras la objetividad del escriba distanciado. Ferrer escribe como dándose a conocer, presentándose a sí mismo como sujeto atravesado por la historia y los lazos sociales que lo constituyen y hacen del individuo un hecho comunitario. El diálogo que abre el autor queda entablado inevitablemente desde ese lugar. No hay un objeto de estudio cauterizado que aflora de la investigación minuciosa. Hay investigación, sí, y por demás minuciosa y documentada, pero lo que se escribe no es el informe sobre un objeto de estudio. Lo que se escribe es la historia que surge de múltiples encuentros: “¿Qué sabía de Barón Biza cuando encontré sus libros?” se pregunta al comienzo del texto. La pregunta es central en el modus epistemológico y constructivo del libro. Para Ferrer, su anécdota individual amerita ser contada, porque en su itinerario personal destella con claridad la forma en que una sociedad digirió los libros y la historia de Barón Biza, y como esa, otras tantas historias y libros.
Pronto entendemos que Barón Biza – El inmoralista será un libro lleno de potentes disgresiones. Ferrer recuerda haber llegado al nombre de Barón Biza por comentarios escuchados en librerías de viejo; en librerías de viejo que serán luego el único lugar donde encuentre libros de Barón Biza. Comentarios y libros residuales: a partir de estos datos Ferrer se permite, entonces, una primera disgresión: se abre el espacio para reflexionar sobre el lugar y la función social de las librerías de viejo hoy día. El libro que lleva por título Barón Biza muestra pronto una de sus costuras: la vida pública de Barón Biza es un cordel alrededor del cual la capacidad narrativa y reflexiva de Ferrer irá entretejiendo disgresiones sobre distintos fenómenos que ameritan ser relatados.
En librerías de viejo encuentra Ferrer los libros de Barón Biza, y allí también escucha el nombre y las historias que lo impregnaban. Porque Barón Biza, luego de su muerte y su desaparición de la escena pública, fue durante mucho tiempo eso: una leyenda balbuceada en los subsuelos, un relato entre el polvo de los libros usados. Este estado de la historia seduce a Ferrer, que escucha las voces bajas y repone el origen del relato: “su nombre venía engarzado a episodios tormentosos pero cuya consistencia era casi exclusivamente oral (1). Son innumerables las anécdotas que se le atribuyen. Cuántas son ficticias o auténticas es imposible saberlo ya. Llega un momento en que los mitos se independizan de su fuente. Su obra, al fin, se licuó en dos géneros menores: la crónica negra de la literatura y los rumores que suelen deslizar los seres de la trasnoche”.
3 – Un hombre inverosímil
A poco de comenzar su libro, Ferrer recuerda una nota que sale en un diario como comentario de la primera novela de Barón Biza. Decía el diario: “Barón Biza es un hombre extraño e inverosímil ”. De inmediato resulta interesante el efecto que podía generar Barón Biza entre sus contemporáneos: “un hombre inverosímil (2)”, dice el periodista. No se dice en el diario “una novela inverosímil”, se dice “un hombre”. “Un hombre inverosímil”. ¿Cómo puede, un hombre, ser inverosímil?
Es famoso un comentario, una paradoja similar. En un café dos hombres juegan ajedrez. Hace unos meses hubo en la ciudad un alzamiento militar que fue reprimido con violencia por las fuerzas estatales. Como saldo de la refriega hubo varios fusilados. En el bar hace calor. Un hombre dice, al pasar: “-Hay un fusilado que vive”. La paradoja se convertirá con los meses en un libro fundamental. Estamos hablando, claro, de Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, donde todo comienza de una “historia increíble” que se “cree en el acto”. La potencia de lo inverosímil.
El antecedente no es menor y acaso ahí se encuentre uno de los afluentes de la tradición que alimenta el libro de Ferrer: escribir sobre la verificable existencia de un hombre inverosímil; escribir sobre los mecanismos sociales, sobre las formas de la sociedad que hacen de un miembro de ésta, un hombre inverosímil.
El relato que hace Ferrer de la vida de Barón Biza –“de ciertos momentos en que sus acciones la hicieron notoria ante la opinión pública”- no es ni una exégesis ni una condena de la figura de Barón Biza. Es un intento de indagar el modo en que este hombre inverosímil fue posible y el modo en que entrelazó sus días con los de la sociedad argentina del siglo XX. No en vano Ferrer elige pronto recordar una frase que podría ser una respuesta a aquella esquela de periódico. Barón Biza escribió una vez: “Más que un anormal, soy un producto social”.
Varias veces Ferrer hace alusión al “ser escritor” de Barón Biza. En varios momentos lo hace con un giro particular que se repite y que en su repetición echa luz sobre el modo de participar en lo social que entiende Ferrer que tenía Barón Biza. Dice, por ejemplo, “el propio Barón Biza durante la década de 1920 se presentó como escritor” o “El derecho de matar, de 1933, le concedería notoriedad pública, pero no hizo otra cosa con ese libro que presentarse en sociedad como si estuviera concurriendo a un duelo, y sin padrinos”. Barón Biza es escritor como un modo de participar de la sociedad, como un modo de presentarse en la sociedad.
La narración que hará Ferrer de este hombre inverosímil que se presenta como escritor se centrará en las relaciones sociales que constituyen al Barón Biza que se desprende del libro. Ya las relaciones familiares, ya las amorosas, ya las económicas, ya las culturales, ya las políticas. En el desglosar en capítulos distintos modos de la participación social encuentra su sentido el índice del libro: el padre; el rentista; el enamorado; el revolucionario.
Es significativo que el subtítulo elegido para el libro haya sido “El inmoralista”. Ese epíteto elegido para Barón Biza en el título es una apropiación de la categoría de inmoral que la sociedad que lo tuvo en su seno le indilgó. Sin embargo, a la hora de elegirle uno al interior del texto, Barón Biza aparece con otro epíteto: “Barón Biza, escritor”. La alternancia de los epítetos que se suman no son, sin embargo, un defasaje o un error. Juntos dan cuenta de Barón Biza y su sociedad: inmoralista y escritor, en ese arco, explican la autopercepción de Barón Biza y el modo en que circulaba entre sus contemporáneos. Escribe Ferrer “Barón Biza se proponía devolver a la sociedad una imagen cruel en el espejo. Un vómito.”
4 – Suicidio y narración
Barón Biza se suicidó una noche del invierno de 1964. Antes de eso había sido escritor, trotamundos, exégeta yrigoyenista, radical revolucionario y forjista; había estado preso varias veces, se había casado con una estrella de Hollywood que moriría en un intento de proeza aeronáutica, había escrito injuriosas cartas al Papa, y se había retado a duelo con altos funcionarios gubernamentales; había
tenido hijos, había erigido un monumento de corte fálico de mayor envergadura que el Obelisco, había estado exiliado, sido diplomático, hecho varias huelgas de hambre, tenido la concesión de algunos pasajes subterráneos de la ciudad de Buenos Aires y lo habían acusado de pornógrafo e inmoral. Además, poco antes de suicidarse, le tiró ácido corrosivo en la cara a su segunda mujer: la pedagoga feminista Clotilde Sabattini, de quien estaba separado hacía unos años.
La familia Barón Biza carga hoy con un historial de suicidios que no en vano pueden pensarse operando como sustrato en la novela de Jorge Barón, el hijo de Barón Biza: “Una gran corriente de consuelos afluyó hacia mí cuando se produjo el primer suicidio en la familia. Cuando se desencadenó el segundo, la corriente se convirtió en un océano vacilante y sin horizontes. Después del tercero, las personas corren a cerrar la ventana cada vez que entro a una habitación que está a más de tres pisos”.
Son muchas las figuras que se han suicidado en la Argentina. La generación de ensayistas a la que pertenece Ferrer se ha ocupado de algunos. Por afán de ejemplos: Eduardo Rinesi ha escrito con inteligencia una teoría de los límites del liberalismo como modo de relatar la vida y muerte de Lisandro de la Torre, y María Pía López hizo lo propio con las tensiones y pasajes que marcaron la vida y muerte de Leopoldo Lugones.
En ese libro sobre Lugones, Pía López escribe que el suicidio de un hombre parece obligar al gesto de lectura que mira retrospectivamente la vida como un relato en el que se buscan los indicios que expliquen ese acto último. Sobre el suicidio de Lugones también escribió Borges, pero, de algún modo, a la inversa. Ante los intentos de efecto explicativo de narrar una vida a la luz del suicidio que la cierra, Borges oponía la necesidad de reconocer lo complejo de los hechos y reconocer que uno cualquiera, el más nimio, puede ser el desencadenante de la decisión.
¿Qué hace Ferrer, en este sentido, con la narración de una vida que, sabemos, termina y se rodea de suicidios?
Ferrer recuerda también un texto de 1926 del propio Barón Biza: “Que todo suicida lleva en sí, obscuro y latente, el germen de su definitiva determinación es verdad que nadie pretenderá discutir, pero no hay duda de que el ambiente influye sobre él en forma notable”.
Ferrer escribirá la vida de este suicida. Escribirá los momentos de la vida de este escritor suicida que resonaron en la vida pública, escribirá los momentos de la vida de este escritor aristócrata, revolucionario y suicida que la sociedad admira y condena. La narración de esta vida, para Ferrer, será un modo de pensar una biografía, una obra literaria y la historia nacional. Ferrer narra esta vida, releyendo a contrapelo algunos hechos de visibilidad pública: “fue noticia de diario intermitente a lo largo de su vida”. Es claro que Ferrer no intenta condenar ni rescatar la figura de Barón Biza. Su interés, vamos viendo con el sucederse de las páginas, reside en lo público, en la sociedad de la que formó parte Barón Biza, y en el modo de insertarse Barón Biza en ella.
En librerías de viejo, decíamos al principio, Ferrer accede al mito Barón Biza, al rumor noctivago. Pero más allá de algún pasaje en una disgresión, el libro no es un homenaje a librerías. Sí es un homenaje a Jorge Barón. El primer capítulo del libro es el relato de la vida, no de Barón Biza, sino de su hijo, Jorge Barón, el autor de la novela El desierto y su semilla. Ese capítulo relata cómo Ferrer y Jorge Barón se conocen, y cómo éste le brinda, le dona, un cuantioso archivo sobre su padre. Acaso fuera un pedido de que se escribiera este libro: “Todo me lo envió por correo a Buenos Aires. Había confiado en mí. Pero también era evidente que esperaba que yo escribiera sobre Barón Biza”.
Ferrer escribe el libro para cumplir con lo que Jorge Barón esperaba. “Era un caballero”, dice Ferrer. Y el libro tiene el tono de la fraternidad sentida. Ferrer reconoce a Jorge Barón como destinatario privilegiado de su libro, al que considera “un informe confidendial”. Si Jorge Barón funciona como interlocutor privilegiado que sostiene el susurro del libro, su novela opera en el libro de Ferrer como un prisma que carga de grumosa textura las cosas evitando recaer en el intento explicativo lineal que olvide la múltiple y compleja forma de lo real.
El 9 de septiembre del 2001, Jorge Barón, el hijo de Raúl Barón Biza, se suicidó, también él. Dos años antes había dicho: “Mi padre, un ser desconcertante al que quiero; mi madre, un ser maravilloso al que adoro”. La dignidad de las palabras de Jorge Barón resuena en el carácter de homenaje a él que el libro de Ferrer, a su modo, es.
Narrar las apariciones públicas de Barón Biza, del aristócrata excéntrico, del rabioso, arbitrario y megalómano inmoralista, puede tentar a la pluma al ejercicio fácil de festejar las anécdotas hiperbólicas y estridentes. Pero el recuerdo de Jorge Barón atraviesa todo el libro recortándose como fondo ético, dándole una sensible carnadura a las historias que narra Ferrer. No se reivindica ni se condena. Barón Biza es en el libro de Ferrer tanto el atractivo personaje que pone en ropa de pordioseros a la aristocracia argentina, como el personaje siniestro que una noche fría desfigura la cara de Clotilde Sabattini, su ex mujer, la madre de Jorge Barón.
5 – La historia narrada: tragedia y ceremonia
Escribir no es otra cosa que ensayar un modo de narrar la historia. Cualquier intento, desde la prosa intimista hasta los versos panfletarios, cualquier palabra que reordene esta lengua que nos entrelaza diariamente no es acaso otra cosa que un intento, un ensayo, un modo de participar en el relato de la historia de la sociedad de la que participamos. Escribir es eso, y es, además, muchas otras cosas. El libro de Ferrer, así, además de otras cosas que también es, es un relato de la historia nacional. Y al serlo lo es, como todo relato, en discusión con otros. En dramática tensión con otros. Y este libro no sólo no oculta ser esto, sino que lo exhibe, como ars poetica, y como ars politica: “(había) un programa de televisión que exhibía fragmentariamente distintos acontecimientos del siglo. Se llamaba ´Siglo XX Cambalache´ y su conductora, Teté Coustarot, una ex Reina de la Manzana, se dedicaba a restarle dramaticidad a la historia argentina con palabras ceremoniales y pomposas”. La mirada de Ferrer es clara. La historia argentina es principalmente drama. Ferrer se aboca en su libro a narrarla así, confrontando en ese impulso con el relato pomposo y ceremonial que oblitera el barro conflictivo de la historia.
En este sentido, se torna relevante el compromiso con la escritura que se lee en cada modulación, en la sintaxis nunca repetitiva, en el léxico original y frondoso, y en el trabajo que hay tras cada adjetivo que la prosa de Ferrer nos ofrece. Se torna relevante el compromiso que se lee en la puntuación que alterna la fluidez con giros de filiación neobarrosa: “la mácula se le había adherido como una rémora”. El compromiso que se lee en la intermitente crispación sustantivada que recuerda a los mejores momentos de David Viñas: frases sentenciosas e iluminadoras, incrustadas en medio de un párrafo como “Señoritismo austral y modelitos Chanel” no pueden ser sino un homenaje al escritor y crítico bajo cuya ala se han formado no pocos intelectuales de la generación de Ferrer. Compromiso con la escritura, entonces: como también se lee en el sutil y productivo trabajo con los intertextos literarios que devienen herramientas para el pensamiento, como se puede leer en el parágrafo del libro de Ferrer que comienza “En cada época hay caminos obligados para llegar a ser autor consagrado pero las derivas que asume la ´autoría negra´ son variadas y todas ellas personales”, donde es imposible no leer, bajo una mediación borgeana, una prosa que se alimenta de la estructura del famoso principio de Anna Karenina: “Las familias felices son todas iguales; las familias infelices lo son cada una a su manera”. En Ferrer, el uso de la tradición literaria no es un relleno o un modo de volver pomposa la prosa. No. Lo interesante del trabajo se da al encontrar en un excelente comienzo de novela un modo de entender al mundo.
Es interesante, también, un modo del pensamiento de Ferrer que hace oscilar su relato entre la sucesión de los hechos del pasado y el traer a colación vestigios, ruinas, restos que son modos en que el pasado insiste en ser parte del presente. Así, vuelve a ser significativo que el primer lugar donde se asiente la investigación sean las librerías de viejo: “Primero lo busqué en librerías de viejo, el único lugar del mundo donde todavía puede ser hallada su obra. El continente sumergido de las librerías de viejo está abarrotado de la resaca de otras épocas. Todo conduce hacia sus orillas, por mareas o en cuentagotas. Parecen antros, pero son palacios desvencijados, catacumbas donde se marchitan estilos y autores encallados hace ya mucho tiempo”. Pero no sólo las librerías de viejo conservan huellas de la historia. Así, por ejemplo, tras presentar en una breve semblanza a Carola Lorenzini, quien en 1940 se convertiría en la primera mujer que une las catorce provincias argentinas en un vuelo, Ferrer comenta, en oración aparte, intercalada en medio del párrafo memorioso: “Hoy sólo la recuerda una calle de Buenos Aires y una estampilla”. El gesto se repite de modo programático. Al narrar las rebeliones frustradas de radicales yrigoyenistas de principios de la década de 1930, insiste: “El único rastro físico de la sublevación de fines de 1933 quedó en una estancia privada de Bonpland: un monolito que recuerda el nombre de doce de los caídos”. Una calle, una estampilla y un monolito: son formas en que el presente exhibe su sedimiento histórico para quien lo mira con ojos que reniegan de las inflexiones pomposas y ceremoniales. Ferrer recorre, perseverante, estos modos del relato de la historia (las estampillas, las monedas, las ruinas). Su práctica es una elección: pensar el presente a contrapelo para reescribirlo en la clave del lenguaje que hace políticamente potente la narración de la historia nacional: el lenguaje de una historia dramática, sostenida en la tragedia que subyacen siempre detrás de las caras pulcras del contractualismo constitucional.
Si la historia argentina es dramática, también lo es narrarla. La historia de la narración de la historia nacional –que es parte, a su vez, de la propia historia nacional- es dramática y cruje en grietas intermitentes. Grietas que forman la historia de la resistencia, por un lado, y grietas que agujerean como capítulos ausentes el relato oficial. La narración que hace Ferrer de la vida de Barón Biza es un prisma que reordena ese relato, agrietándolo y eligiendo recorrer los momentos en que Barón Biza participa de períodos elididos, no narrados o tapizados en el relato hegemónico. Así, por ejemplo, leemos que “Hubo un tiempo en que la Unión Cívica Radical era algo más que un partido político, era una causa nacional y popular. Ya es tema de paleontólogos. Pero cuando sucedió el golpe de Estado del general Uriburu, en 1930, fueron ellos los que se lanzaron a la calle en defensa de la causa y de Hipólito Yrigoyen. En ese tiempo había muchos hombres dispuestos a morir matando en su nombre. Fracasaron, y casi nadie quiso conmemorar su gesta. Barón Biza estuvo entreverado en esas patriadas que conforman un capítulo perdido del libro de la historia de la nación, las sublevaciones yrigoyenistas”.
Este tipo de rememoración de gestas sociales olvidadas, tanto por la historiografía hegemónica como por la memoria colectiva que se organiza en el presente, es de particular interés para el escandido del texto de Ferrer. Las reconstrucciones y los señalamientos al olvido se multiplican: “al Moscú de la Rusia Comunista viajarían Orestes Ghioldi y Vittorio Codovilla, nombres de dirigentes comunistas de la época heroica del partido que a nadie interesan ya” o “existió una resistencia recalcitrante y arriesgada contra los gobiernos de los generales Uriburu y Justo que ha sido despreciada u olvidada. Muy pocos se han detenido en estos acontecimientos turbulentos que se llevaron un centenar de vidas”.
6 – Paratexto y escandido: los dijes enhebrados del relato
Sobre el final del libro nos encontramos con una última parte, de carácter paratextual. Ferrer allí no se abandona al rigor del género y las formas, sino que se embarca en la intervención crítica sobre el uso y señalamiento de la bibliografía, sobre la forma de organizar un índice temático y uno onomástico. El modo del paratexto en Ferrer conlleva una política del pensar: se percibe en el afecto y los reconocimientos; se percibe en la práctica de una bibliografía relatada más como consejo para quien lo pida que como ostentación de erudición vacua; y se percibe en la lógica de epítetos que se encuentra en el índice onomástico. Si Borges había intentado narrar con dos o tres escenas la vida infame de algún hombre, Ferrer en pocas palabras intenta resumir la de todos los personajes que nombra en su libro. Así, abarca un espectro de opciones que van desde un simple “Getulio Vargas, presidente del Brasil” a la exaltación política del tipo “Osvaldo Bayer, historiador libertario” y a la crítica política en “Leopoldo Lugones (hijo), hijo de Leopoldo Lugones, torturador y suicida”, pasando por el insulto furibundo a “Samuel ´Chiche` Gelblung, periodista mefistofélico”, la displicencia frente “Menem, nemen”, y llegando al juego simpático en “Otto Bemberg, cervecero y rico” y a la estocada humorística a “Teté Coustarot, reina de la Manzana”.
Poco antes, justo previo a los índices y bibliografías, no faltan, claro, “reconocimientos” a quienes colaboraron con el trabajo de hacer el libro. En uno de ellos, Ferrer escribe: “recuerdo que Micaela Krolovetzky me sugirió el arte de montar y desmontar los capítulos”. La mención no es menor. El libro de Ferrer se divide en once capítulos de significativos títulos (empiezan “El hijo”, “El padre”, pasan a “El potentado” y “El revolucionario” para llegar a “El pornógrafo”, “El intransigente”), y cada uno de estos capítulos se subdividen en breves parágrafos cuyo entrecortado y montaje le dan al libro su cadencia. Los parágrafos pueden ser desde un párrafo hasta dos carillas y alternan tres series diferentesque se van intercalando: la reposición y análisis de los libros de Barón Biza; el relato de la vida y circulación pública de Barón Biza; y la recuperación, en tono de disgresión, en muchos casos, de fragmentos de la historia argentina, de la filosofía europea o de la tradición libertaria que han “quedado en el olvido”.
El entretejido de fragmentos intermitentes, breves, que se cierran sobre sí como pequeñas gemas narrativas, construye los capítulos. Y es la alternancia del relato de las tres series (la vida de Barón Biza, el racconto de fragmentos de historia y de filosofía, la reposición crítica de los libros de Barón Biza) la que carga a las tres series de una trenzada densidad y construye la experiencia de lectura: la historia, la literatura y la vida son dijes que se enhebran en el relato de Ferrer, juntándose en una constelación narrativa, cargándose de sentidos unos a otro en su escandido acompasado.
Dicen que un buen director de cine debe ser también un gran artista del montaje. En el compás del entrecruce logrado a fuerza del trabajo fino del montaje de fragmentos de los capítulos, el libro de Ferrer encuentra su potencia narrativa, su elocuencia historiográfica y su belleza, ética, política y poética.
Notas:
(1 ) Los registros no canónicos son la cantera de la que Ferrer gusta sacar materiales para su libro. Y en la acaso falsa dicotomía registro oral –registro escrito, la elección de la búsqueda es clara. En ese sentido, no sorprende encontrar sobre el final del libro dos letras de tangos dedicados a Barón Biza, cuya existencia Ferrer explica: “Una vida hecha del barro con que se amasan las leyendas dificilmente quedara sin registro sonoro” (201)
(2) No casualmente, Ferrer recuerda su acceso a un libro de Barón Biza: “Alguien me había dado aviso de que El derecho de matar estaba expuesto en la vidriera de una librería, en una esquina. Viajé hasta el partido de San Isidro para dar con el lugar vagamente inverosímil”. Como de un hombre, decir que un lugar es inversosímil es, sino un oxímoron, al menos una paradoja. Como Borges, en estas paradojas de la adjetivación se puede hurgar para narrar.
 El derecho de matar*
-versión completa-
Raúl Barón Biza
¡Oh, mujer! Para lograr una figura 
tan bella y un corazón tan duro, ¿qué 
                           dios del Olimpo se ayuntó con la hiena?
La pornografía en los libros está
en  proporción a la degeneración
                 del  cerebro lector.
Barón Biza.
Defensa de Barón Biza, autor del libro El derecho de matar, presentada por el doctor Néstor I. Aparicio.
Señor juez:
He oído la acusación del Ministerio Fiscal, quien de acuerdo a los antecedentes reunidos en el proceso instruido al escritor Raúl Barón Biza, considera que debe condenarse a éste por haber violado la disposición del artículo 128 del Código Penal, con su libro titulado El derecho de matar.
Habiéndoseme encomendado la defensa voy a contestar esta acusación injusta, con la aspiración fundada en la ley, en la jurisprudencia y de la ecuanimidad de los funcionarios, de que sea rechazada, absolviéndose de culpa al señor Barón Biza.
PROPÓSITO DIFAMATORIO Y PERSECUCIÓN POLÍTICA.
Sólo con un propósito difamatorio y como resultado de una persecución política sistemática y encubierta podría explicarse la actitud de la policía al encausar a mi defendido por el delito de haber publicado El derecho de matar.
La prueba fehaciente de la difamación puesta en juego por los encargados de velar por la tranquilidad pública es el comunicado oficial de la Jefatura, sembrado a todos los vientos, en el cual se llega a ciertas conclusiones que sólo pueden surgir de un sumario previamente instruido y juzgado por autoridad competente y no por un jefe de Policía.
Se ha intentado varias veces involucrarlo en asuntos en los cuales era ajeno en absoluto, sin resultado favorable para los perseguidores. Uno de los procesos estuvo radicado en este mismo juzgado, por la publicación del periódico “La Víspera”, y ante la prueba de lo inconcebible de la acusación, se le sobreseyó definitivamente, con la expresa conformidad del señor fiscal aquí presente, doctor Etchegaray.
Gran asombro y pena causó uno de los procedimientos arbitrarios de la policía al presentarse, hace poco tiempo, sin orden judicial, sin proceso, a allanar, a las once de la mañana, las oficinas comerciales de mi defendido, donde además de los intereses del acusado, se atienden los de sus familiares por valor de varios millones de pesos, con el inaceptable y deleznable recurso de que se violaba la ley de juegos. ¡Inconcebible!
Ahora se inicia un proceso por la publicación de su última novela, y como para justificar el atropello es menester un pretexto, la Jefatura de Policía, en el acto de la detención de Barón Biza, se apresuró a dar comunicados periodísticos y radiotelefónicos, informando que dicha detención no tenía origen político sino que se le instruía sumario por los términos en que está escrito El derecho de matar, haciendo apreciaciones que solamente están reservadas al señor Juez, en oportunidad de dictar sentencia definitiva.
MUTISMO Y HUELGA DE HAMBRE
Pues bien, señor juez; contra el abuso de la fuerza al servicio de persecuciones y malas causas, el señor Barón Biza, que no concibe los términos medios, resolvió encastillarse en el mutismo ante el inquisidor interrogatorio policial, y en la huelga de hambre, como suprema protesta de la individualidad humana.
Mido en todo su alcance la actitud del señor Barón Biza, quien, a pesar de ser respetuoso de las leyes de su patria, desde su regreso a ella no ha tenido tranquilidad, siendo objeto de múltiples e injustas persecuciones que culminan con esta acusación. De ahí que Barón Biza ofrendara su vida en aras de su patrimonio moral. Su actitud, digna de todo elogio, fue una protesta viril contra el poder de la fuerza. Y la justicia, por intermedio de un digno magistrado, comprensivo de una dignidad humana herida, puso fin con resoluciones provisorias al holocausto de su vida, que brindara un pensador en defensa de sus ideas, decretando su libertad bajo caución.
ACUSACIÓN Y DEFENSA.
En esta audiencia entramos al debate el Ministro Fiscal, que se ha hecho eco de la acusación, y la defensa, que se me ha encomendado.
Entro seguro a cumplir mi misión con el convencimiento pleno de que la razón y la justicia están de nuestra parte, mientras que a pesar del respeto que me merece el señor fiscal aquí presente, es mi íntima convicción de que ahoga su libre pensamiento, para ejercitar, como imperativo de la hora presente, una ingrata misión: la de amordazar ideas.
Acusa, no porque tenga convencimiento de ello, pues le conozco preparado e inteligente. Lo hace obligado por un procedimiento erróneo impuesto en circulares oficiales, que ya el diario “El Mundo”, con mucho acierto, fustigó en uno de sus últimos editoriales. El Poder Ejecutivo, por intermedio de un decreto, impone que se acuse y que se apele, considerando al señor fiscal como un simple mandatario del Fisco, en olvido lamentable de la otra función judicial de guardadores de la sociedad herida por transgresiones castigadas por el Código Penal. En esta segunda función pública no caben más imposiciones ni mandatos expresos que el de la conciencia del funcionario, en aplicación estricta del texto expreso de la ley.
Por ello, a mi juicio, hubiera correspondido, en hermosa reivindicación de sus fueros, más que una acusación del señor fiscal, una brillante pieza jurídica, que en sus conclusiones coincidiera con mi defensa, uniéndose a mi petición de que se absuelva de culpa y cargo al señor Barón Biza, en homenaje a los principios constitucionales y jurídicos que se han vulnerado con su prisión.
LA OPINIÓN PÚBLICA
Hecha la acusación fiscal, entro a rebatirla, con la esperanza de encontrar en la oportunidad debida, si, como espero, el juzgado dictara la absolución, la conformidad del Ministerio Público.
Me afirmo aún más en ésta mi creencia ante la lectura de múltiples defensas que infinidad de diarios del país han hecho de este caso, elogiando sin reservas el libro El derecho de matar, llamándome especialmente la atención algunos de ideología distinta a la de mi defendido, entre ellos Bandera Argentina, que desde sus columnas ha hecho fuego graneado a Barón Biza, y el redactor, después de haber leído el libro, confiesa hidalgamente que se han equivocado, a pesar de que mantienen su posición de adversarios, agregando que el jefe de Policía ha cometido una lamentable arbitrariedad (número de 1 de diciembre del diario citado). Los diarios en general han opinado favorablemente. Su uniformidad refleja el sentimiento popular y si la opinión pública ha dado su veredicto no considerándose lesionada, espero tranquilo el fallo de esta causa, que no podrá ser otro que el de la absolución.
QUIÉN ES BARÓN BIZA
Barón Biza me ha encomendado su defensa, en el doble carácter de letrado y amigo personal, condiscípulo en la infancia y conocedor de su espíritu, incomprendido para muchos que sólo saben de temor, de genuflexiones y de utilitarismos.
De sus treinta y cinco años durante veinte recorrió todos los continentes del mundo, conviviendo la sociedad de todas las razas y de todas las civilizaciones. Escritor, novelista, con espíritu observador estudió y retuvo los pasajes más variados de la vida humana, para estamparlos en obras; en unas, relatando lo visto, y en otras, apuntando defectos sociales con el sano propósito de que fueran corregidos.
Hace cuatro años, más o menos, regresó a su patria, ansioso de trabajar sus bienes y publicar en ella sus obras. Muy lejos de los entretelones de la política y de la maraña social, se vio un día violentamente privado de su libertad y obligado a salir del país, no llegando a comprender –tan rudo y arbitrario fue el proceder– si realmente se encontraba en su patria, aquella que fue ejemplo de libertades y respetos, o sí, por el contrario, había sido suplantada aquella por una región incivilizada. Repuesto de su sorpresa, allende el Plata, contempló la Argentina destrozada por la pasión política, imperando en ella la fuerza, encarcelados hombres dignos, violada la Constitución, y entonces puso su corazón y su brazo a favor de la causa justa: la del pueblo, la del imperio de la Constitución, jurando ante ella y el pabellón Nacional y en homenaje de los patricios que nos dieron la libertad.
Defendió siempre a los humildes, ayudó a muchos hogares. Uno de sus rasgos más conocidos fue tender su mano generosa a cientos de argentinos que, encaramados en los coches de Ferrocarril, querían llegar a esta Capital, desde Córdoba, a dar el último adiós al Dr. Yrigoyen, el representante legítimo de las aspiraciones populares, que fue llevado en inolvidable apoteosis a su postrer morada. Más de cuatrocientos niños se educan actualmente en el “Colegio Barón” de Ramos Mejía, gracias a la generosidad de mi defendido, donación de más de un millón de pesos, hace aún poco tiempo. Fresca está todavía, en el pueblo argentino, la tragedia aeronáutica que ensombreció la vida de este digno compatriota, cuando allá en Marayes cayó Myriam Stefford, marcando rutas al progreso y a los hombres; y los premios, por muchos miles de pesos, que en su memoria ofreció al gobierno, para que se disputara el trofeo que lleva el nombre de la primera aviadora muerta en tierras sudamericanas. Son muchos los casos de filantropía práctica que podría citar de mi defendido. Este es el acusado en persona.
El novelista adquiere, según su propósito, orientaciones diversas, defendiendo también diversas tesis o fijando rumbos filosóficos y morales, y así he escrito libros (Del Ensueño,1917;Alma y Carne de mujer,1922; Risas, lágrimas y sedas,1924; en prensa: Por qué me hice revolucionario) y múltiples crónicas en diarios de diferentes países del mundo, y a pesar del filo de su palabra escrita, es la primera vez que se le acusa.
De acuerdo a las condiciones personales del acusado y a sus tendencias como escritor, no es posible aceptar, ni en hipótesis, que la publicación de su libro El Derecho de Matar, encierre un propósito inmoral.
QUÉ PIENSA BARÓN DE SU LIBRO
Trataré, señor Juez, de sintetizar en la forma más fiel posible, lo que me expresara mi defendido al referirme a este proceso y a su libro El Derecho de Matar.
“Decid al señor Juez, que la defensa está en el libro, ¡en todo el libro! Una frase o un concepto aislado forma un hecho sin importancia con respecto al concepto general de la obra. Si los escritores tuviéramos que emitir nuestras ideas, con el Código Penal a la vista, no podríamos dejarnos llevar por la fantasía de nuestro cerebro y no podríamos producir lo que llamamos: la ‘obra’. Estoy tan distante de la acusación que hace la Policía por intermedio del señor Fiscal, que si hubiera perseguido lucro, único fin que puede llevar a publicar un libro obsceno, habría cuidado muy bien, por elemental concepto de dignidad, de complicar mi nombre de soldado del partido político más popular y respetable del país, de escritor y de hacendado, con la baja literatura de los tarados morales. ¡Qué distancias siderales de años luz, entre el criterio de la acusación y el propósito de bien que persigo! Cualquier pasaje de mi libro que haya llamado la atención, puedo probar que no es sino la reproducción de escenas reales. Todas ellas han sido relatadas con hartura de detalles por la prensa del país y he creído prudente –pese a su realidad– no dar nombres propios, porque no es mi propósito denunciar, sino relatar hechos como ejemplo de anomalías morales que es preciso combatir. He querido simbolizar el poder de la voz del sexo, esa voz de la naturaleza, la más poderosa, la más brutal de nuestro instinto. Por ello los Tribunales de Justicia juzgan desde hace siglos la violación, el adulterio, lo mismo que al enamorado que mata a su novia que lo rechaza, como la traición del amigo, del hermano, más aún del propio padre. Warron dice: ‘Verdades hay que el vulgo no ha de saber, falsedades en que es bueno que crea’. Yo analizo, no legislo. Yo señalo un hecho, formulo un juicio, para que los otros encuentren la solución, digo en mi libro. Y he llevado mi libro sin pornografía, sin intención obscena, con toda altura, sin prejuicios, para señalar a los hombres lo contrario que señala Warron, es decir, que la verdad no debe cubrirse ni con la niebla, como única forma de llegar a una verdadera educación moral y a los legisladores el problema del sexo que es más importante que cualquier otro problema social. No es posible juzgar un libro por un párrafo, como no es posible juzgar una pintura, por una milésima parte de la misma. ¿Qué asusta en mi libro? ¿La verdad? ¿Puede negárseme el propósito moral cuando el protagonista (tomado de pedazos de lo visto, escuchado y leído), encontrándose aislado en sí mismo, se confiesa que ha vivido equivocado; que la fatalidad, el instinto o el hambre guiaron sus pasos por senda oblicua y se condena a sí mismo por ello, al máximo castigo que imponen los hombres?
Si en la liberal Francia, en la timorata Suiza o en la puritana Inglaterra publicara mi libro, pasaría desapercibido como hubiera pasado aquí mismo, si intereses encubiertos no se hubieran sentido afectados.
El señor Fiscal, al acusar, no ha leído mi libro, no puede haberlo leído; quizás algunos párrafos aislados lo hayan impresionado. Por ello sostengo que tal acusación ha sido prematura. Espero tranquilo el fallo del señor Juez; él será la prueba de que aún se mantiene la más grande conquista del hombre, la de emitir su pensamiento, la de dar ideas nuevas, y señalar defectos para remediarlos.
SE PRETENDE DAÑARME ANTE EL CONCEPTO PÚBLICO
El daño moral que se me pretende hacer ante el concepto público y que la Policía ha querido alcanzar por intermedio del señor Fiscal, tiene antecedentes personales: Yo he procesado una vez al señor Jefe de Policía, que ya en otra oportunidad trató de hacer sombra a mi reputación, allanando mis escritorios comerciales, bajo el pretexto de la Ley de Juego… Veinte años de trabajo se vieron así amenazados en un instante. Algún día probaré ante quien corresponda esta sistemática persecución política y personal, de quien, por el cargo que ocupa, tiene la obligación de ser imparcial, de dominar sus rencores y no el derecho de difamar a los que militan en fuerzas opositoras. Se busca con este proceso no la condena en sí, que nada importa. Se persigue la difamación, que pierda el respeto de mis conciudadanos, de mis correligionarios políticos y la estimación de mis amigos. Pues bien, si se me vence con esas armas, si toda mi obra de bien puede destruirse en un segundo, desfigurando los hechos y sumiéndome a la par de seres que siempre repudié, yo no preciso la vida. Mis mayores me enseñaron que sin dignidad la vida no vale la pena de ser vivida. Espero el fallo del señor Juez, tranquilo sobre la tarima de este calabozo, confiando a medida que pasan los días de ayuno en el centro de la Justicia que los hombres ansiosos de ella depositaron en las dignas manos del magistrado que me ha de juzgar”.
ETIMOLOGÍA E INTERPRETACIÓN DE LA VOZ
CASTELLANA “OBSCENO”
La voz castellana “obsceno”, procede del latín “obscenus”, y en esa lengua muerta, su origen etimológico es obscuro, si bien está averiguado que su primitivo significado era “mal agüero” o “agüero desfavorable”, de donde se aplicó a toda cosa o acto “chocante”, “repelente”. Más tarde se redujo su concepto a lo “ofensivo a la modestia y al pudor” y a lo “repugnante a los sentidos”. De aquí que pasara al castellano y demás lenguas neolatinas como expresión de “lo repulsivo, lo contrario a la decencia, lo ofensivo al pudor en forma abierta y descarada”. Por ello en el lenguaje corriente, tal interpretación nos lleva a designar como “obsceno”, lo que es torpe, torpemente impúdico. Claro está que para la moral teológica su significado es mucho más alto, pues abarca, según los cánones, no sólo las obras y los actos, sino las palabras y hasta los pensamientos interiores, que estén manchados de impureza.
Pero la Ley no reprime el pecado religioso, sino el acto público contrario a la honestidad, en forma de publicación que ofenda torpemente al pudor y el Arte no tiene límites fijados para sus incursiones en la Naturaleza, especialmente cuando se trata de la relación de su vida, costumbres, deformaciones morales y mentales, vicios, degeneraciones, etc.
EL DERECHO DE MATAR ES NOVELA
Barón Biza es un gran argentino. En un libro en prensa, titulado Por qué me hice revolucionario, relata parte de su vida y expresa nobilísimos sentimientos de amor a la patria, aspirando a que ésta sea más grande y mejor. En él refiere la lucha que tuvo que soportar para impedir que tanto el derecho a la libertad, que es inalienable como el de asilo, expresión de los pueblos civilizados, fueran desconocidos, historiando la intervención que respectivamente tuvieron sus letrados los doctores Néstor Massena y Silveyra Martín en Brasil, Dr. Rodríguez Larreta en el Uruguay y el que habla en la Argentina.
Pero en El derecho de matar, forja personajes y los hace desempeñar roles imaginarios, poniendo en sus labios críticas acerbas a todo lo existente. Crea un protagonista exótico que, sin las vallas que oponen la sociedad a la expresión del pensamiento, habla crudamente, diciendo lo que todo el mundo calla ya sea por convicción o por cobardía.
El argumento de la obra se desarrolla entre personajes de mal origen, pero que habiendo adquirido educación y hecho experiencia en carne propia conocen de las consecuencias de la perversión humana.
El principal personaje de la obra es Jorge Morganti, fruto de ambiente malsano, que desde su pubertad siente el influjo de los sedimentos fisiológicos y morales adueñados de los estratos más íntimos de su conciencia y, con prematura y despierta inteligencia que con los estudios que realiza fortifican su capacidad mental, califica los defectos de la vida humana sin ambages ni eufemismos.
Relata con pinceladas maestras hechos que son reales, describiéndolos con crudeza, no para excitar al lector sino que presenta los cuadros de horror de la vida, persiguiendo el propósito de su corrección; si otro fuera su empeño buscaría términos menos gráficos y cantaría loas al vicio, con la galanura sedosa que es menester para perturbar los sentidos en deslizamientos morbosos.
Al conocimiento y a la inteligencia de Morganti se une el consejo de su progenitor, que en vísperas de renunciar a la vida le historia su existencia a través de los diversos países del mundo que recorriera, haciéndole resaltar el resquebrajamiento de la moral que observara, convirtiéndolo en un escéptico y descreído.
Al referirse a la mujer, Jorge Morganti se siente herido por las palabras de su padre al recordar a la autora de sus días y da motivo ese incidente, a un pasaje hermoso del libro, cuya lectura nos demostrará que lo grande y lo sublime, la suprema verdad del sentimiento humano, es exaltada sin reservas en líneas magistrales.
NO PUEDE HABER INMORALIDAD
Un libro, señor Juez, de alta filosofía, que presenta en contraposición a las lacras de la humanidad, párrafos sublimes como los leídos, no puede merecer sino aplauso, porque si bien exhibe los hondos males sociales, alaba sin reservas, las excelsas virtudes. Y en esto no hay, no puede haber inmoralidad.
Envuelto Morganti en el rodaje social, se deja llevar por sus sentimientos y aspiraciones, hasta que recibe el rudo golpe final que destruye el último reducto íntimo, y armado de su revólver, va a matar, pero… para su espíritu lo pasado es obra del miedo ambiente, de los vicios, de la educación incompleta, llena de reservas que ocultan la verdad, y siente que para reformar todo es necesario destruir, pero no destruir por la destrucción misma, sin finalidad, sino que es menester rehacer mejor, modificar la sociedad, los sentimientos, la vida, el mundo pero como esa obra es más grande que sus fuerzas y posiblemente sea él quien esté de más, reflexiona y dice: “No puedo yo cambiar el mundo, soy demasiado débil, no puedo estrujarlo, romperlo… ¡El mundo existe porque yo existo! Yo podría destruir no solamente el mundo que habito, sino todo el universo, destruyéndome…”
NO ES UN LIBRO EXTREMISTA
Tampoco puede tildarse El derecho de matar, como un libro extremista, ya sea de derecha o de izquierda, ni de centro siquiera, por cuanto las lides políticas no interesan al autor de esta novela; prueba de ello es que el protagonista de mandobles a diestra y siniestra, y no tiene reservas para censurar a los ricos y a los pobres, a la burguesía y al proletariado, a las monarquías como al soviet, a cada uno según su conducta, demostrando en esa forma que no lo ha guiado ningún fin utilitario.
LA VERDAD NO ES OBSCENA
El autor, señor Juez, pone en boca de los personajes de su libro un comentario rudo, varonil, sobre algunos aspectos de la miseria humana con el único empeño de exhibir la verdad y la verdad nunca es obscena y menos cuando se la presenta como una enseñanza de bien social. Desnudar el vicio para hacerlo execrable tal es el propósito de Barón Biza, lejos de provocar o incitar los bajos instintos hace abominarlos y prevenir sus horrores a los que cruzan el mundo con los ojos vendados. El autor –que no es un renegado ni un sectario– por su posición social y económica y por su cultura superior, está a cubierto de toda sospecha que pueda contraponerse con la fuerza moral del nativo, más rebelde que acomodaticio, más combativo que contemplativo. Por otra parte, Barón Biza no busca con su novela ni la gloria literaria ni el éxito pecuniario; sólo se propone, valerosa y noblemente, describir a su modo un cuadro de flaqueza junto a grandes virtudes que resplandecen en el corazón del hombre y dignifican su destino en la vida.
CUANDO SE OYE DECOROSAMENTE NO HAY NADA
QUE NO SEA LIMPIO
El maestro Marañón ha dicho: “Mi experiencia del lector y del autor me convence, cada día, con mayor firmeza, de esta verdad, que seguramente se ha dicho ya muchas veces, a saber: que las cosas, en su aspecto moral, no son casi nunca buenas o malas en absoluto; y que su eficacia positiva o negativa depende, en mayor proporción, del oído que las escucha, que de los labios que la pronunciaron. Cuando se oye decorosamente, no hay nada que no sea limpio y ese decoro inatacable no reposa en la inocencia sino precisamente en el conocimiento”.
ES UN LIBRO MORALIZADOR
Puede afirmarse, señor Juez, que El Derecho de Matar es un libro moralizador, de sana crítica social, bien escrito, con gran fondo filosófico y de sus páginas vibrantes de verdad, surge la convicción del sacrificio noble que debe realizar la sociedad para corregir los funestos errores que la han subvertido.
Los estudiosos que observan celosamente el período de descomposición social que nos precipita a la ignorancia, sostienen, como afirma el autor de La Mesa de las Confesiones, que “es necesario reaccionar rápidamente, oponer fuerte dique al conjunto arrollador de los bajos instintos de las pasiones insanas, de las perversiones abominables, que transforman la familia en un centro inmoral y de los intereses mezquinos que la convierten en una operación mercantil…” “es necesario –sigue el autor– reaccionar antes de que la catástrofe moral sobrevenga en forma definitiva y de la ausencia total de respeto entre los seres, de la amalgama de tan torcidos sentimientos y del desenfreno en que se vive, no quede del individuo sino el resto que aún tenga de su propia animalidad”.
¿Puede darse mayor aspiración moral? ¿No es un alto propósito que implica toda una religión superior? ¿No es éste un ideal verdaderamente cristiano?
¿PARA QUÉ HA NACIDO EL HOMBRE SI NO ES PARA
SER UN REFORMADOR?, DICE EMERSON
“Debemos revisar –dice Emerson, el gran eticista, en su discurso El Hombre Reformador–, toda nuestra estructura social, el Estado, la escuela, la religión, el matrimonio, el comercio, la ciencia, y examinar sus fundamentos en nuestra propia naturaleza; nosotros –afirma el maestro– no debemos limitarnos a constatar que el mundo ha sido adaptado a los primeros hombres sino preocuparnos de que se adapte a nosotros, desprendiéndonos de toda práctica que no tenga, sus razones en nuestro espíritu. ¿Para qué ha nacido el hombre –interroga– si no es para ser un Reformador, un Rehacedor de lo que antes hizo, el hombre, para renunciar a la mentira, para restaurar la verdad y el bien, imitando la gran Naturaleza que a todos nos abraza sin descansar un instante sobre el pasado envejecido, rehaciéndonos a toda hora, dándonos cada mañana una nueva jornada y una pulsación de la vida nueva?” Y Emerson continúa su discurso magistral para terminar expresando que el hombre debe renunciar a todo lo que ya no tiene por verdadero y que debe remontar sus actos a su idea primera, no debiendo hacer nada donde no comprende que el Universo mismo le da razón.
INGENIEROS, EL ORIENTADOR DE LA JUVENTUD
ARGENTINA
El derecho de crítica y de libre examen ha escrito Ingenieros, el orientador de la juventud argentina, se prolonga hasta las fuentes mismas de la moralidad humana, es el derecho de buscarlas, de afirmarlas, de aprovecharlas para el porvenir, impregnando de ellas la educación, ajustando progresivamente a ellas la conducta de los hombres. La sabiduría antigua hoy condensada en dogmas, sólo puede ser respetable como punto de partida. Así mirada conviene respetarla y aprovechar de ella todo lo que no sea incompatible con las verdades nuevas que incesantemente se van haciendo; pero acatarla como una inflexible norma de la vida social venidera, confundiéndola con un término de llegada que nuestra experiencia está condenada a no sobrepasar, es una actitud absurda frente a la evolución incesante de toda la Naturaleza accesible a nuestro conocimiento.
¿Habremos de creer, señor Juez, que la sociedad no reacciona? ¿Que será una eterna y lastimosa verdad, aquella afirmación del mismo Ingenieros, cuando sostiene que ningún estímulo reciben de la sociedad los que piensan, los que renuevan, los que crean, los que empujan el conjunto hacia un porvenir mejor?
CÓMO SE JUZGA UNA OBRA LITERARIA O ARTÍSTICA BAJO EL PUNTO DE VISTA
El criterio para juzgar una obra literaria o artística, desde el punto de vista de su obscenidad delictuosa, tiene que ser muy amplio y sereno, como nos lo enseña la experiencia histórica en este género de producción. De ahí que la justicia de todos los países ha resuelto que una obra es delictuosamente obscena cuando el propósito evidente de su autor sólo persigue despertar los apetitos sensuales, ofendiendo torpe, abierta y descaradamente al pudor, en su concepto actual de tiempo y lugar. Pero cuando el autor se ha propuesto evidentemente un móvil distinto cual es un fin artístico o de crítica social, desaparece el carácter delictuoso aun cuando la obra contenga un asunto o pasaje de cruda descripción, que separadamente puedan reputarse como realmente obscenos. De no ser así, caerían bajo el estigma de la ley obras famosas de grande e indiscutible valor artístico, que se venden públicamente en todas las librerías y se encuentran en las mejores bibliotecas como exponente de cultura y de refinamiento espiritual de los que las poseen.
FALLOS ESPAÑOLES
Viada y Vilaseca, distinguidos comentaristas del Código Penal español, en la IV edición de su obra, tomo III, página 704, refiriéndose a las ofensas a la moral, buenas costumbres o a la decencia pública, cometidas en un libro o novela, manifiestan que pueden cometerse delitos o faltas de las previstas en el Código Penal, pero que el criterio para juzgar a ella debe circunscribirse a una previa indagación de los propósitos generales del libro o novela escrita.
Citan los autores mencionados varios fallos uniformes del Tribunal Supremo. Uno de ellos se refiere a la novela titulada La prostituta. Se absolvió al autor en virtud de que en la novela no se hacía la apología de las acciones calificadas malas o delictuosas, porque al describir determinadas escenas con absoluta claridad, se perseguía el propósito de hacer más aborrecible el vicio.
En otro fallo (pág. 705), el Tribunal Supremo dice que para juzgar esta clase de causas hay que apreciarlas “teniendo en cuenta la naturaleza de la publicación en que se consignan las frases o conceptos que pudieran revestir el carácter de ofensivos, así como la tendencia del autor y objeto que se haya propuesto al escribir y publicar lo escrito”. El mencionado tribunal, aplicando ese criterio a la novela llamada “La pálida”, absuelve al autor, considerando que el titulado libro no difiere de otros de su género que circulan libremente “y que cualquiera que sea la crudeza con que en él se narran ciertas escenas, la tendencia conocida del autor es la de censurar el vicio que describe”, no pueden estimarse ofendidas con su publicación, a los efectos del código, ni la moral, ni las buenas costumbres, ni la decencia pública.
En el suplemento tercero de la citada obra, pág. 444, Viada y Vilaseca citan un interesantísimo fallo del Tribunal Supremo, que se produjo al resolverse la siguiente cuestión: “La relación de una novela de actos más o menos pecaminosos o inmorales que se suponen ejecutados por personajes de la misma, ¿constituirá la falta de ofensa por medio de la imprenta, a la decencia pública, comprendida en el Nº 4 del art. 584 del código, si del libro no se desprende concepto alguno que envuelva apología ni aprobación siquiera de aquellos actos?” El Tribunal Supremo, juzgando la novela titulada Camila, de Roberto Laporta Micó, después de relatar situaciones graves e imposibles de leer en esta audiencia, y que se consuman algunas en el Templo de Santa María, absuelve al autor, por entenderse que los hechos detallados no eran constitutivos de falta, agregándose que si bien es cierto que pueden cometerse en un libro o novela, “también lo es que para poder juzgar de su índole y trascendencia en la esfera penal, hay que atender el verdadero objeto que se propuso el autor, a la tendencia de la obra y al pensamiento cardinal que subordina el plan que le sirve de base; y cuando el fin es poner de relieve el vicio, criticándolo, para censurarlo, no hay motivo para atribuir a la obra impresa carácter criminal, por más que el autor no haya expuesto con la pulcritud conveniente su pensamiento”. Finaliza el fallo expresando que no se desprende concepto alguno que envuelva apología ni aprobación siquiera a la relación de los actos censurables que refiere.
AUTORIDAD DE ESTOS FALLOS
Y de la severidad de este alto tribunal español, señor Juez, no podemos dudar un instante si tenemos en cuenta los siguientes fallos, citados por los autores mencionados en el suplemento I, de su obra, pág. 315-16: se condena “al que permaneció cubierto al paso de una procesión e invitado por el cura que la preside a que se descubra o retire, negándose” y al que “permaneció cubierto al paso del viático llevado en procesión a los enfermos pobres, a pesar de las amonestaciones que se le hiciera para que se descubriera”.
Me he permitido recordar estos fallos, señor Juez, porque es tradicional no sólo la severidad de los tribunales, sino de la sociedad española misma, severidad que siempre ha hecho aparecer a la madre patria como un país de verdadera intolerancia para todas aquellas liberalidades que eran comunes en los demás países de Europa. La moral española, tan rígida siempre, quizá por el imperio excesivo del catolicismo, no se sintió herida por las producciones aludidas, y cuando alguien, en un exceso de puritanismo quiso proscribirlas de la circulación, el Alto Tribunal, de quien no podemos sospechar parcialidad ni tolerancia siquiera, supo dar la sensación justa que correspondía, evitando así que la sana aspiración de los autores que combatían los vicios, las lacras sociales, exponiéndolos en toda su cruel y triste realidad, se viera defraudada con interpretaciones arbitrarias.
NO PUEDE JUZGARSE UNA OBRA POR FRAGMENTOS DE LA MISMA
Muchos son los casos en que se han juzgado obras con ligereza, ya sea tomándolas fragmentariamente, con el propósito encubierto de denunciar aquellas partes sólo posibles de reproche cuando se exponen sin el antecedente o la consecuencia, procurando así el juicio adverso, o por la influencia sugestiva de muchos hombres que pretendieron ser los censores de la producción intelectual, quizá por la propia impotencia, por su timidez o su incapacidad para modificar las fuerzas superiores que rigen el instinto humano, al que pretendieron ingenuamente corregir por medio de los diez mandamientos olvidados.
OTROS FALLOS DE RESONANCIA MUNDIAL
Muchos son los fallos que podría recordar que coinciden con los del tribunal español, pero para no dar mayor extensión a esa defensa, me limitaré, señor Juez, a recordar algunos casos de resonancia mundial.
Los jueces del Sena absolvieron Las flores del mal, de Baudelaire, y Madame Bovary, de Flaubert; Henri Barbusse, autor de El fuego y El infierno, premiado este último por la Academia de Goncourt, fue furiosamente atacado, mereciendo de los eternos críticos agrios impetuosos ataques, llegando a considerarlo peligroso para Francia. Ambos libros expresan la Verdad sin rebuscamientos de palabras ni frases que opaquen el pensamiento. Blasco Ibáñez, el genial novelista español, en su brillante prólogo al libro El infierno, refiriéndose a Barbusse y a su triunfo al obtener que no se mutilaran sus novelas, dice que “el autor los desarmó, como Orfeo fascinaba a las bestias feroces con la belleza de sus cantos”, afirmando luego que El infierno simboliza la furia de vivir que nos domina a todos. Y la conclusión de la obra es que todo está en nosotros y depende de nosotros.
Un proceso sensacional envolvió a Notari, autor de Quelle signore, porque aludía en su libro a la vida libre de las esposas de algunos ministros de Italia. Su defensor el Hon. Scappa obtuvo justicia y las ediciones se sucedieron luego en todos los idiomas.
“LA GARCONNE” DE MARGUERITTE
Víctor Margueritte publicó La Garçonney su aparición, por el escándalo que hicieron sus detractores, pareció conmover todo el engranaje social de Francia, pero los jueces franceses supieron interpretar el propósito de bien que guiaba al autor y el proceso culminó con la consagración definitiva de Margueritte. En nuestro país hubo oposición a la venta de este libro, pero un fallo ecuánime e inteligente de la justicia argentina, hizo respetar la libre circulación.
MARIO MARIANI
En las vidrieras de las librerías he visto un libro titulado Las Adolescentes, de Mario Mariani, el gran escritor italiano, que presenta con orgullo en su tapa la siguiente inscripción: “Libro condenado y absuelto por la justicia italiana. Páginas agudas y centelleantes como espadas; libro maldito y adorado. Audaz, sincero, sin oropeles, reflejo de la vida, con sus hondas verdades, con sus grandes miserias”. Y al lado de éste, otro libro del mismo autor, que también llamó mi atención por la sugestión de su título: Pobre Cristo, en cuya portada se lee este comentario del editor: “Obra satírica y demoledora de un revolucionarismo sincero y eficaz, contra el estado actual, tejiendo las bases de un posible ideal futuro”.
LA ÚLTIMA NOVELA DE LAWRENCE
Y por último, ya que entraré a recordar famosísimas obras que no son de actualidad como las que he citado, me referiré a la recientísima novela de Lawrence El Amante de Lady Chatterley, prohibida en la Gran Bretaña, pero admitida y traducida a todos los idiomas de los demás países, cuyo fin de crítica social ha sido defendido por su propio autor en una segunda obra, exclusivamente de tesis, titulada La Defensa de Lady Chatterley, vendiéndose ambas públicamente en todas nuestras librerías.
OBRAS FAMOSAS  QUE, DE ESTABLECERSE ESTA
INJUSTA CENSURA, CAERÍAN  BAJO
SU SANCIÓN ODIOSA
Me permitiré recordar, de paso, señor Juez, algunas de las muchas obras famosas de autores consagrados maestros por la posteridad, que de establecerse esta injusta censura caerían bajo su sanción odiosa: El Arte de Amar, de Ovidio, traducido del latín a todos los idiomas y muchas veces imitado; Los Amores, del mismo autor; El Asno, de Lucio; Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais; EL Decamerón, de Bocaccio; su imitación de los cuentos de Lafontaine; las obras de igual género de la reina Margarita de Navarra y de todos los famosos cuentistas florentinos, y, en general, italianos; Las Mujeres Galantes, de Brantome; las crudas descripciones de los vicios de los personajes, históricos como César Augusto, Tiberio, Calígula, Nerón, etcétera, que insertan en sus respetables y respetados tratados históricos Plutarco, Suetonio, Tácito, etcétera. Y dentro de la literatura clásica castellana, existen también numeras obras maestras de ingenio superior que no solamente tienen pasajes de escabrosas descripciones, sino que incurren en el empleo de un lenguaje escatológico, como todas las novelas picarescas. Así por ejemplo, La Celestina, de Rodrigo de Cotta y Fernando de Roja; El Lazarillo de Tormes, de Hurtado de Mendoza; El Guzmán de Alfarabhe, de Mateo Alemán; El Buscón o Gran Tacaño, de Quevedo, y tantas otras de renombre y aceptación mundial.
OBRAS PORNOGRÁFICAS. SU CONCEPTO
En Francia, recién en el siglo XVIII se prohibieron las obras pornográficas, es decir, aquellas exclusivamente consagradas a la descripción del vicio por el vicio mismo sin ninguna otra finalidad artística que lo justificara. Y esa prohibición dio lugar a ediciones clandestinas y anónimas, salidas generalmente de Holanda y Bélgica, cuyos raros ejemplares despiertan gran interés en los bibliófilos. Pero de éstas a otras obras perseguidas en su tiempo, como contrarias a la moral y a las costumbres, media todo un mundo.
DUMAS Y ZOLA
En esta categoría, es decir, las perseguidas que han dejado de serlo por reacción del buen sentido, señor Juez, puedo mencionar La Dama de las Camelias, de Alejandro Dumas (hijo), de la cual se han hecho versiones teatrales y cinematográficas; las múltiples obras de Emilio Zola, el fundador del realismo literario, especialmente Nana, cuya introducción fue prohibida en Prusia, Dinamarca, cuya representación teatral fue interdicta en París y en Buenos Aires mismo (Dictámenes de la Asesoría Municipal de 1896, tomo IV, pág. 14), no obstante lo cual ha llegado hoy a darse en los cinematógrafos familiares. Las obras de Flaubert, consideradas actualmente maestras de estilo, corrieron la misma suerte.
EL POR QUÉ DE ESA REACCIÓN
¿Por qué han dejado de ser perseguidas esas obras a pesar de su realismo y por qué circulan libremente otras del mismo género de otros autores con general aplauso y aceptación?
Porque el realismo en literatura, a pesar de construir la expresión más cruda, tiene un objetivo distinto al realismo en la pintura o en la escultura. Aquel se propone destacar la doble personalidad humana, física y moralmente, es decir, sus beldades y fealdades máximas, como si buscara en la emoción de sus revelaciones el modo de hacer conocer lo venerable y lo repudiable, lo bello y lo desagradable en la exaltación patética de la cosas del alma y del cuerpo. La virtud y la verdad son, en substancia, manifestaciones de la libertad misma y deben, por consecuencia, ser expuestas libremente, como el espectro del vicio y la mentira, pues de lo contrario nos complicaríamos cobardemente en lo que nos proponemos explicar. Las antiguas escrituras de la Iglesia cuentan pasajes de movido realismo que no se mitiga ni con la expresión, y todos saben que esas admirables leyendas de tradición divina andan, de mano en mano de seres inocentes, lo mismo que la Ley Mosaica, que tiene mandamientos llenos de sugestiones que los padres y los propios sacerdotes no saben cómo eludir cuando los niños quieren saber su significado.
Porque el libro es una cátedra y entonces lo esencial es averiguar qué se enseña y no cómo se enseña, porque la forma es algo personal que nadie tiene el derecho a juzgar. El uso del idioma es libre en cualquier tribuna y sólo cesa esa libertad bajo la opresión de las dictaduras. El que compra un libro lo hace porque le interesa y sabe de antemano la idea central de su contenido. La realidad palpitante es la propia vida, tal como lo creó Dios, y eso no es obsceno; la afirmación en contrario, es hipocresía, es renegar de la naturaleza por prejuicio social o por asfixia de ambiente enfermizo y aldeano. El convencionalismo nos aleja de la verdad; en cambio, el conocimiento de la verdad, nos aclara todos los caminos del mundo.
DON QUIJOTE Y LA BIBLIA
Así es, señor Juez, que de imponerse el criterio acusador, no sería exagerado afirmar que en pleno siglo XX, merced a ese afán moralizador “sui generis”, no sólo las obras ya mencionadas sino la obra genial de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, y aun La Biblia misma, cuyos pasajes podrían herir la sensibilidad de tan pudorosos censores, deberían desaparecer bajo el fuego purificador. Felizmente, señor Juez, la moral, cuando se aplica a los hombres, con respecto a la propia vida de éstos, no puede temer ni admite la rigidez de un dogma; porque los dogmas, según lo afirman sus sostenedores, son perfectos e inmutables, en tanto que la moral de los hombres evoluciona siguiendo las alternativas inteligentes que impone el propio progreso social. Bien decía entonces, Oscar Wilde, que no existen libros buenos ni libros malos; existen libros bien escritos y libros mal escritos.
EL DERECHO DE MATAR NO ES OBRA OBSCENA
El artículo 128 del Código Penal, que se pretende aplicar al autor de El Derecho de Matar, castiga al que publicare libros obscenos. El propósito del Código es bien definido: se refiere a los libros que tengan por objeto excitar la perversión, propagar la inmoralidad para adiestrar en ella a los lectores, acicateando sus sentidos en una sobreexcitación patológica, desviando el orden natural de los sentimientos puros y morales.
El Derecho de Matar no cae bajo la sanción de la citada disposición legal. No es la obscenidad el propósito perseguido por el autor; no ha querido provocar, con los términos que usa, la inmoralidad, sino que, como surge de la lectura general de la obra, su finalidad ha sido señalar y exponer crudamente las enfermedades sociales que corrompen las bases de la humanidad, para provocar un justo repudio. Y dice la verdad, aún dolorosa hasta en sus expresiones, porque considera necesario, indispensable, el bisturí que extirpe el hondo mal que se propaga, produciendo el exterminio definitivo de la moral humana.
CRUZADA REDENTORA
Este toque de llamada que hace Barón Biza lo embandera en una cruzada justa y redentora, y no debe aherrojarse la expresión, ya que ello sí resultaría criminal del que rompe los convencionalismos y la mentida vergüenza, para requerir premiosamente la intervención del cirujano que con mano firme y hábil salve a la sociedad de la muerte. Con esa filosofía, mal puede ser un libro obsceno El Derecho de Matar, y escapa, por lo tanto, a las sanciones penales ya expresadas.
En casos análogos, ha opinado la Cámara Criminal y Correccional de la Capital en concordancia con lo expuesto en esa defensa, estableciendo que “la existencia, dentro de un libro, de episodios licenciosos, aun cuando parezcan excesivos no puede servir por sí sola para calificarla la obra como obscena, si de la finalidad ideológica del mismo, del género de la obra con relación a sus episodios, de la forma sincera de la expresión y de la propia posición del autor en las letras o en el arte”, etcétera, el autor ha creído necesario el empleo de los términos usados.
He leído una conceptuosa defensa del caso que nos ocupa, publicada por el profesor doctor Aquiles Damianovich, en la cual trata el aspecto constitucional, legal, moral y social de “un proceso extraordinario”, como llama dicho profesor al caso increíble del secuestro de “un libro” y la privación de libertad a su autor.
Al referirse al concepto que le merece la obra acusada, dice: “En la obra de Barón Biza, El Derecho de Matar, no encontramos un solo vocablo que no se encuentre en las obras de su género, de las cuales las que más se asemejan de primera impresión, son las de Vargas Vila, con esa su frase apocalíptica, mordaz, en ocasiones sonoramente ofensiva, pero constituyendo con ellas las sartas de un pensamiento a veces demoledor, a veces denostador, por momentos productor de la más exquisita belleza evocativa sin trascendencia inmediata en el contenido conceptual”, etc.
El libro El Derecho de Matar lleva, desde el principio hasta el final, una línea directriz: relatar desnudamente, sin hipocresía, las lacras sociales, despreciándolas y haciéndolas despreciar, en demanda de una sociedad mejor. Es una obra de beneficio social.
Por los fundamentos de esta defensa, corresponde la absolución de culpa y cargo del escritor señor Raúl Barón Biza, autor del libro El Derecho de Matar.
Néstor I. Aparicio
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Fallo absolutorio del Sr. Juez Dr. Raúl B. Nicholson.
Buenos Aires, abril 9 de 1935.
Y considerando:
Que este proceso se inicia con la nota del señor jefe de Policía de la Capital (fojas 1), que da lugar a la querella del señor agente fiscal (fojas 2), en la que se imputa al procesado la comisión de un delito previsto y penado por el artículo 128 del Código Penal vigente, por haber escrito, publicado y distribuido un libro o novela intitulada: “El derecho de matar”, uno de cuyos ejemplares corre agregado a estos autos con la certificación de los empleados policiales actuantes, en el momento del secuestro (fs. 12 vta.) redacción, publicación y difusión de que se reconoce autor el prevenido en el acta de la audiencia del artículo 570 del Código de Procedimientos en lo Criminal (fs. 216 y siguientes) y en cuya obra el señor agente fiscal manifiesta encontrar descripciones, frases o palabras que caen bajo la sanción represiva de la disposición legal citada.
Que ante la acusación fiscal corresponde al juzgado establecer primero: si las descripciones, frases o palabras incriminadas en la obra secuestrada pueden considerarse como inmorales, pornográficas u obscenas de la amplitud de expresión que el criterio épico contemporáneo acuerda a la confección de obras literarias; y segundo: si dichas expresiones caen bajo las sanciones del referido artículo 128 del Código Penal, sin menoscabo de las garantías que nuestra Constitución consagra en sus artículos 14 y 32 sobre la libertad de imprenta, atendiendo a la interpretación para la aplicación de la citada disposición penal.
Que el procesado, que se había negado a declarar en el sumario de prevención y a prestar indagatoria ante el juzgado (fs. 14 y vta. y fs. 150 vta.), reconoce en el acto de fojas 216 y siguientes ser autor y distribuir el libro incriminado, pero alegando en su defensa que no ha movido propósito inmoral ni obsceno y que, por el contrario, como corresponde a un escritor y artista, ha tratado de formular altos conceptos morales usando de la fantasía y la descripción libre de todo cuanto considera repugnante para la verdadera vida, según su criterio.
Que examinado el texto del libro u obra incriminada debe reconocerse que el autor ha usado de términos, expresiones y conceptos un tanto crudos en ciertos pasajes de la misma aunque en otros denota un propósito de exaltación y elevación moral que está en desacuerdo con aquellas.
Que si se considera que dentro de la evolución contemporánea del arte literario, tanto en las últimas obras de singular valor artístico, según el consenso público, como pueden ser las de Margueritte, Crommelynk, Lawrence y Joyce (“La machona”, “Carina”, “El amante de Lady Chatterley” y “Ulises”), como no pocos clásicos y modernos de reconocido valor estético, sin contar con los numerosos actuales que llegan hasta la nada ponderables Pitigrilli, Felipe Trigo y Joaquín Belda, todos ellos vastamente divulgados, contienen conceptos, frases y palabras como las señaladas por la acusación existentes en la obra del procesado, es indudable que no podían éstas considerarse obscenas o pornográficas bajo un punto de vista penal, pues su autor no resulta en aquélla más que un enrolado en la ya decadente escuela naturalista que iniciara Zola y siguieron los realistas que tanto renombre alcanzaran en las postrimerías del siglo pasado, con las descripciones crudas y violentas, de las que el arte literario ha comenzado a reaccionar, llegándose así por la única vía: la selección cultural de los lectores, a la reacción espiritual de nuestro tiempo.
Que nuestros constituyentes, al redactar los artículos 14 y 32 de nuestra Constitución tuvieron muy en cuenta los riesgos de la libertad de palabra y prensa que otorgaban, pero ante los posibles gravísimos resultados que el establecer una censura previa, o una maleable sanción ulterior a la emisión del pensamiento, hubiera significado para el desarrollo de la cultura y de la evolución ideológica, prefirieron la amplitud del derecho concedido a la restricción peligrosa del mismo. De ahí que los constituyentes, valorando la larga experiencia de leyes y decretos, unos otorgando libertad y otros restringiéndola, en materia de imprenta, que se habían sucedido desde 1811, no sólo garantizaron la libertad de palabra y de emisión del pensamiento sino, que vedaron al Congreso la sanción de leyes prohibitivas al respecto, y tal criterio debe dar la pauta de cautela al magistrado en trance de juzgar sobre el aspecto más grave del caso: penar el abuso de la imprenta como delito, en relación con la moral.
Que si como dice Cooley, en su tratado “Derecho constitucional de los Estados Unidos” (traduc. De Carrie, 1898. Pág. 267), la libertad de la prensa puede definirse que: “es la de emitir y publicar todo aquello que el ciudadano encuentra conveniente, y de ser protegido contra la censura legal y de ser penado por hacerlo, con tal que la publicación no resulte ofensiva a la moral pública”, cabe preguntar, en consecuencia, cuándo se comete tal abuso delictuoso atendiendo a la ley y al mismo tiempo que a la orientación contemporánea en la libertad de expresión literaria, por cuanto el código pena lo obsceno, lo pornográfico, lo inmoral, pero debiendo entenderse por tal –ya que la ley no concreta y la aplicación penal es restrictiva, como lo declara la jurisprudencia y la doctrina sólo aquello que no ha tenido otro fin ni propósito que producir directamente tales efectos, y no es posible, entonces, calificar como delictuosas las expresiones contenidas en una obra nacional –en cuanto a su autor, por lo menos ya que son innumerables las clásicas y contemporáneas que se reciben del extranjero y se reeditan en el país, y en el cual se venden a precios populares, adoleciendo, sin embargo, de los mismos defectos que en ésta se señalan como punibles.
Que evidentemente, al aplicar tal sanción, en el caso subjudice, sería una notoria falta de equidad, contraria al concepto de la igualdad ante la ley, así como la libertad de prensa, “pues, tratando de impedir su abuso, se hace imposible su uso”, como dice Sevdel (cita de Bielsa, “Derecho Administrativo”. Pág. 126, Tomo III).
Que la Excma. Cámara en lo Criminal y Correccional, en el caso de “La Machona”, Víctor Margueritte (Gaceta del Foro Nº 2139), fijando el criterio que debe servir de pauta para calificar los conceptos y descripciones existentes en una obra literaria extensa dice: “que sólo de su conjunto puede deducirse si se trata de una producción destinada a herir el pudor público o la expresión de ideas o nociones científicas o simples conceptos de arte o de belleza”, así como que: “la existencia, dentro de un libro, de episodios licenciosos, aun cuando parezcan excesivos, no puede servir por sí sola para calificar de obscena”, criterio que debe aplicarse en el caso de autos, por cuanto nada hace al mismo la diferencia de valores estéticos o literarios que pueden existir entre la obra de Margueritte y la del procesado, ya que el tribunal no puede entrar a discriminar sobre esos méritos, debiendo limitarse a considerar tan sólo los fines morales, o inmorales punibles, que se evidencian en su conjunto.
Que, en tales condiciones, atendiendo a la evolución del concepto ético-literario contemporáneo, las precisas conclusiones de la jurisprudencia, así como la amplitud de libertad con que nuestros tratadistas y la doctrina interpretan las garantías de la palabra escrita, que asegura la Constitución Nacional, corresponde aplicar el principio: in dubbio pro reo, establecido en el artículo 13 de Código de Procedimientos en lo Criminal y Correccional, y en consecuencia, fallo: Absolviendo de culpa y cargo al Sr. Raúl Barón Biza, por violación del Art. 128 del Código Penal. Hágase saber a la Policía, y, consentida o ejecutoriada, archívese.
 Dr. R. B. Nicholson.
Juez
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EL DERECHO DE MATAR
A S. S. el Papa Pío XI:
Señor: Vengo hasta Vos, sin la humildad del creyente, ni la insolencia del ateo. Me acerco a tu trono, con toda la serenidad de un sacerdote de sí mismo.
No soy un extraño para los de vuestra casa, ni entro a ella amparado en la tarjeta complaciente de un secretario cardenalicio.
Embajador de mis Ideas, vengo a presentaros mis credenciales.
Dos millones de francos que me fueron arrancados por los que allá en Buenos Aires, la ya conquistada ciudad por tus huestes, ofician la santa misa y bendicen en vuestro nombre todos los días…
Dos millones que cayeron en sus arcas, que son también las tuyas y que tuve que entregarlos al conjuro de la memoria de un ser, para mí sagrado…
Como consecuencia de esa donación, con la que se ha construido parte de un colegio de cuyos fecundos rendimientos financieros, tendrás, Señor, conocimiento, se me ha acordado el derecho de disponer de dos becas vitalicias…
No las acepto y os las devuelvo, porque mi conciencia me niega autorización para utilizarlas. Ella no quiere complicarse en el crimen de desviación espiritual que allí se consuma.
Esa donación fue hecha, Señor, para beneficio de los niños pobres, no para especulación de los pocos céntimos de sus padres obreros.
Fue, Señor, confiada solamente en vuestra teoría, tuvo por sola garantía la palabra de vuestro enviado y la fe que pretendieron inculcarme mis mayores.
Junto a mi dinero, muchos millones más agregaron los míos…
Ya veis, Señor, que en esta cruzada no soy caballero sin honra y sin escudo… Si no median las circunstancias apuntadas, que me otorgan tal derecho, no atravesaría yo, rumbo al Vaticano, la columnata circular de la plaza de San Pedro.
Y así como todos los que hasta Vos llegan os ofrecen sus presentes, yo también quiero, sobre la bandeja de mi alma, dedicaros el de mi fe, de mi fe herida, triste, andrajosa, condensada en las líneas de un libro cuyas palabras fueron dictadas a mi corazón por los Dioses, que guían la caravana de la Humanidad: lo innoble y lo grotesco…
Libro triste, Señor, rebelde, escrito par los que gimen y para los que sufren bajo el peso de su cruz, cual modernos nazarenos…
Libro que ha de recordarte Señor la mentira de vuestros oropeles, la falsedad de vuestra prédica, libro que tendrá la cualidad afrodisíaca de recordarte como a los eunucos que no todo es oro y que existe el placer de poseer la vida.
Libro que ha de cantaros el verso penoso de la Verdad; el que vuestros siervos se niegan a modular…
Palabras salvajes que rugen realidades, que copiaron sus bramidos a la tormenta del Gólgota, en la noche sin luna de la gran Injusticia y que si fueran cantadas en tus iglesias romperían las lengüetas de tus armoniums y estremecerían los restos de tus santos.
Y para que tus porteros lo dejen pasar, para poder atraer tu atención, para que él sea una nota relevante del brillo en el salón entristecido de tu biblioteca obscura; he revestido de plata su portada. (1)
Os los entrego pensando que, como Señor de la Iglesia, forzado por el ritual de tus pontificaciones, tal vez harás llegar hasta mí el saetazo de tu excomunión, pero convencido que, como hombre, cuando te asomes a tu propio corazón en plena desnudez espiritual, en la hora sin testigos, vis a vis con tu yo íntimo y te confieses ante el Cristo andrajoso y ensangrentado que llevas dentro de ti mismo… me tenderás tu mano… me pedirás ayuda.
Raúl Barón Biza.
París, 1930.
(1)
En las ediciones anteriores las tapas eran plateadas.
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A MANERA DE PRÓLOGO
Aclaremos…
Lector: No quiero, ni debo engañarte. No necesito tu aplauso, no temo a tu abrazo, ni me hace falta tu dinero. Estoy más allá del oro y de la fama; más allá de esa fe que hácete creer sincera la caricia de tu hembra y la mano de tu amigo.
No tengo trazas de Cristo ni vehemencias de profeta. Si mides mi libro con la vara mediocre del catecismo de tu vida, mi libro, dejará en tu alma un acre sabor de inmoralidad. Será inmoral porque te mostrará su maravilloso pubis y sus erguidos senos y habrá de hablar desde el fondo obscuro del protoplasma.
Inmoral quizás, porque te recordará, cuando ello sea necesario, que defecas diariamente.
Te hará dudar de tu Dios.
Te ensañará a escupir sobre el código de la Sociedad y de la ley, de esa ley dictada por viejos sicalípticos, seniles, decrépitos y repletos.
Te hará dudar de ti mismo.
Si no tienes coraje, déjalo. Hay en él cátedra de muerte, tribuna de revolución, escuela de crimen, remansos de odio, crimen y sadismo fruto sólo de la simiente que los hombres, mis hermanos, arrojaron en mi alma…
No fue escrito para las muchedumbres endebles, ni para los mercaderes disfrazados de rotativos, ni para los maestros en técnica, ni para los que visten la toga de la estupidez a modo de ciencia, ni para los policíacos, ni los invertidos.
Todos los libros encuentran un rincón en las bibliotecas. El mío, no lo encontrará nunca, porque no lo busca, porque no lo quiere, porque no es veneno que ha de guardarse en ampolletas. Si ese hubiera de ser su destino, no lo habría escrito…
Tampoco necesita encuadernarse para adornar “boudoir”, ni sirve de solaz a semivírgenes.
Veaa corretear salvaje en el cerebro de la humanidad, a gritarte en la noche triste de tu cama fría o mentida la verdad que conoces y callas, va a retozar en las cavernas de tus pulmones como lo hacen los bacilos de Koch, como lo hacen en tus venas las espiroquetas pálidas que te brindaron como herencia tus mayores, cuando volcaron generosos en tus vasos sanguíneos el residuo de los suyos.
Está hecho para los harapos, para los hijos de nadie, para “los mal nacidos”, para los que tienen por cabecera el tarro de basura, para los que no tienen Dios, ni hembra… Para los vagabundos que sueñan mirando al sol en los suburbios de las ciudades esperando el nuevo amanecer y que más tarde disputan, a los perros, los huesos que arrojaron los sirvientes, y que rechazarían las “Quiquís” y las “Lulús”.
Son hojas destinadas a las prostitutas sin cartilla, los presidiarios que no llevan número, los Jueces y quizás las colegialas.
No te engaño, porque si así lo hiciera, pretendería engañarme a mí mismo.
En sus páginas, como ante el calidoscopio, desfilarán esperanzas muertas, jirones de una vida, de un corazón y de un cerebro. Un corazón y cerebro a semejanza del tuyo, que va a mostrarte sus lacras y sus bellezas, que desplegará ante tus ojos, el abanico de sus lepras y sus virtudes…
He nacido rebelde, revolucionario, como otros nacen proxenetas o cornudos.
Alma que no busca el alma hermana.
No te pido respeto ni mofa. No me interesa. Estoy por encima de tu admiración o de tu burla.
No espero ni tu aceptación ni tu rechazo. Voy hacia ti sin que me llames, seguro de mí mismo.
                                                     El Autor
CAPITULO I
Entre la recua humana que marcha a galope tendido hacia el matadero, yo también tengo mi marca. Me llaman Jorge Morganti y estoy en la plenitud de mis treinta y cinco años. Desciendo de italianos y españoles, vomitados hace un siglo, por el mar en estas playas y que vinieron huyendo quizá, por temor a la Ley o el Hambre.
Aventureros o vagos, caballeros de industria y mujerzuelas, intestinos de barco, mugrientos residuos de bodegas, aristócratas castigados por su rey, o por su padre, se volcaron como abono sobre las llanuras de este suelo y las selvas del Brasil. Puñado anónimo, cuyo renunciamiento a la vida de molicie y refinamiento de Europa obedecía más que a la ambición de dinero, a olvidar el crimen en unos y la ignorancia en los otros, pero todos con un tenebroso rincón cercado a llave en el cerebro.
Con esa mezcla heterogénea, ambiciosa, miserable, se fueron arando nuestros campos, en una infatigable explotación y robo, en un continuo aniquilar al indio, cuyo solar fue convertido en tierras de asalto, botín y saqueo y cuyas hembras, a más de tales vieron doblados sus trabajos de bestias. Así se levantaron nuestras ciudades, así se afianzó nuestra riqueza, así se formó nuestra aristocracia, esbozándose nuestra raza, entre espasmos de ex presidiarios, mordeduras de ex-prostitutas, juramentos de calabreses y gemidos de quena…
El sufrimiento y las “lues” han debilitado mi memoria y es por eso que a veces invoco mi pasado como un sonámbulo y ella me traiciona al tratar de evocar mis primeros años cuando abandoné la casa de mis padres, allá en las sierras de Córdoba.
Muy vagamente, como entre brumas; como cubiertos por un tul grisáceo, desgarrado en partes, pasan ante mí esos años en triste y doliente caravana que dejaron en mi ánimo una impresión de amargura y cortedad que el tiempo no pudo disipar. Lo que no he de olvidar nunca, aunque la locura se empeñase en borrar a brochazos de inconsciencia la tela donde ha pintado el recuerdo, es el edificio gris, de altos muros y de gruesos barrotes en las ventanas, donde iba a pasar mi niñez. ¡Aquel colegio, que más que colegio, era cárcel o asilo!
Fue allí donde engrillaron mis ímpetus infantiles, fue allí donde se borró la risa de mis labios, fue allí donde trataron de estampar sobre mi rostro la careta del jesuita, fue allí donde me enseñaron a leer, a rezar, a mentir y a masturbarme… La autoridad bondadosa de mi padre fue reemplazada por la palmeta incansable, odiosa y brutal del celador… Aquellas palabras de cariño y de ternura que oía en mi terruño, entre la suave quietud de las quebradas y la infinita melancolía del crepúsculo que venía hacia mí, dulcemente, quedamente, como un perdón de madre a mis travesuras del día, a esas palabras benditas las reemplazaron blasfemias sagradas…
Evoco aquellas noches de hambre y de frío que hacían encoger aterida a mi pobre alma de niño; los desolantes silencios de los obscuros dormitorios que sólo interrumpían el eco lento de los pasos de una figura negra, que escrutaba entre las tinieblas con quién sabe qué designios, los semidesnudos cuerpecitos blancos… Las cruentas mañanas en que el agua de los lavabos cristalizada, quemaba nuestros rostros y manos… ¡y no las olvidaré nunca!
La misa diaria antes del desayuno, mientras la noche se va entregando rendida al amanecer que avanza, al arrodillamiento sobre el duro banco y la cabeza inclinada, vencida por el sueño sobre el libro de tapas negras y cruz dorada, como un ataúd…
Fue allí cuando empecé a odiar a Dios, a ese Dios, en cuyo nombre me robaban la risa y el sueño, y se llagaban mis rodillas.
Había tomado la costumbre de escupir siempre que pasaba junto a un crucifijo. Una vez, pretendí hacerlo sobre él mismo; mi saliva no llegó no llegó hasta él.
Yo era muy pequeño, o el crucifijo estaba muy alto…
Pasaron los años lentamente, tan lentamente que aun ahora, me parecen siglos y me estremece recordarlos. Años terribles, años negros y malditos, hermanos de aquellos otros que ruedan allí en las siniestras soledades de Cayena o de Ushuaia.
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Es recién a la terminación de mi bachillerato cuando se descorre ese velo que cubre mi niñez.
Hará de eso veinte años.
No teniendo quien me amara, había convertido, transformado en objeto de mi amor, todo lo brillante y bello que el mundo sensible me mostrara en los libros, leídos a escondidas de nuestro implacable celador.
Todo lo que hablara al alma, con la voz querida de una esperanza consoladora, desde el sol dorado y benéfico que besaba los fríos muros, hasta la heroína sentimental de un cuento de hechiceras, príncipes y hadas.
Yo era poeta, pero poeta a mi manera. No había hecho versos porque no sabía qué cosa fuera ello, pero había visto formarse ante mis libros en las horas de estudio siluetas vagas de mujeres divinas y las amé, sin conocerlas, con delirio y entusiasmo.
En mi salida anual habían pasado por mi lado, rozándome, inconscientemente, mujeres hermosas y ardientes, del brazo de amantes afortunados: ligeras, vaporosas, provocativas, mimosamente enamoradas, riendo en locas carcajadas de juventud y de vida, preciosas mujeres de abismales ojos negros las unas, y de un azul robado al Mediterráneo en un atardecer tranquilo, las otras, y todas ellas insinuantes, prometedoras a través de la granada partida de sus boquitas rojas. Cruzaban ajenas a su propia dicha, sin dignarse arrojar la limosna de una mirada de sus ojos brillantes y dilatados.
Me dijeron que el mundo es de los jóvenes y de los fuertes… ¡Pues mío será el mundo!, pensaba yo entonces.
Y así, en mis últimos días de internado, mis labios se contraían soñando con el beso ilusorio, futuro, de las siluetas indefinidas de todos aquellos mis ideales fantásticos, murmurando: ¡Ah!, ¡quién tuviera una amante de ojos negros y rasgados, de labios rojos y talle esbelto!
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Vida de quietud, de paz, de muerte, junto al río serpentoso, claro, riente, que bajaba de la montaña haciendo rodar los guijarros, de los más diversos matices; agua de nieve y vertiente, transparente, fresca, adolescente.
Era la frontera que nos separaba del pueblo, un pueblo al que sólo se iba por la correspondencia o para la venta de animales a los matarifes.
Mi padre para esa época me había hecho regresar, frustrando las esperanzas de un doctorado y entregándome la dirección de la estanzuela.
Las casas, que fueron de mis abuelos, quebraban sus líneas severas y coloniales, sometidas al gusto y cuidado de mi madre y hermana.
Irma heredó de mi padre ese sello distinguido e imborrable que le dejaron sus viajes por el misterioso Oriente y la inquieta Europa. Esos viajes que emprendiera como un cruzado de quien la bohemia y la elegancia armaron caballero. Viajes que a golpe de hélice, hambrienta de distancia, despedazaron la fortuna de mi madre y obsequiáronle con la tos seca y ronca contraída en las quintaesenciadas noches de placer, allá por los barrios de Montmartre en que el vicio se arrastra como pecadoras contumaces a los pies del Sacre Coeur, las casas de te de Yokohama, y los cafetines de Singapore, cuando ebrio de alcohol, cocaína y opio caía al lado de los cuerpos bronceados, de esclavas árabes, de geishas diminutas, cual chiquillas impúberes, o rodaba entre las sedas y el calor artificial de las “garçonnières” londinenses…
Del pasado, heredó mi padre ruina y tos, que le habían obligado a retraerse en aquellas serranías, junto a mi madre y a su hija.
Alta su figura, elegante a pesar de lo encorvado, siempre al aire su melena gris, enrulada. Recuerdo que cuando cumplí los diecisiete, me tomó del brazo, y llevándome hasta un viejo banco del parque, luego de habernos sentado, me habló de sus viajes.
Eterno soñador, visionario incorregible, peregrino incansable, cruzó mares, dejando en todo puerto el pañuelo blanco que se agitara en el aire, empapado en lágrimas por el que se alejaba… Detrás de su figura se cerraba el mundo, como lo hacen las aguas cuando el barco pasa.
Como ante una cinta cinematográfica desfiló ante mi vista todo su relato. En mi cerebro palpitan aún las emociones que me despertó, al escucharle describir la cultura de los países del Norte, la belleza y el arte de Italia, lo grandioso de la India y lo atrayente, por lo misterioso, para nuestros cerebros occidentales, las costumbres de Oriente.
Cada hombre de esos pueblos significa para él una enorme cantidad de esfuerzos, de renunciamientos, de aventuras eróticas y galantes y también algunas veces, de dudas…
Aventuras que se iniciaron en los pasillos de trasatlánticos, entre el lujoso maderamen y regios tapices, para terminar sobre el empedrado frío, negruzco y mugriento de un dock de puerto, al largar amarras el barco. Aventuras que no dejaban en sí, más que el recuerdo fugaz de la hembra libre momentáneamente, segura de su impunidad, lejos de sus hijos o del tutor severo que la pantomima religiosa y civil de los hombres le habían dado. Hembras que, tras los oropeles de damas de sociedad y de beneficencia, esposas de grandes políticos e industriales, las que ante la fosforescencia de aguas tropicales, el champagne falsificado del paso de la línea, la luna de cartón, como puesta por la empresa, para tentarla, y el jazz, que al son de su candombe africano obliga a refregar los senos sobre la pechera blanca del uniforme del caballero, habían llegado hasta su cabina transpiradas, con olor a celo y con los ojos dilatados por el placer y la falta que iban a cometer. Y las otras, que tímidamente en los atardeceres, mientras que los maridos y padres jugaban en el fumoir las fuertes fichas para recordar que no eran pobres, sin palabras, con el solo falso pudor del gesto, se ayuntaban al macho, dejando en la cabina, hasta la próxima vez, la única verdad de su existencia.
Aventuras algunas que no pasaban de la fornicación visual, cuando ellas, sabiéndose minoría, cruzaban las cubiertas con certeza psicológica de que el final de viaje alzaba sus acciones, haciendo que los marinos, pensando en ellas, mirasen golosamente a los grumetes.
Deliciosas aventuras en el espacio breve de las horas que dura una escala. Así fue una vez en Helsingfors cuando se desprendió de los amigos del barco para vagar por esas amplias y empinadas calles, que sin conocer el idioma encontró la maestrita que no hablaba el suyo. Del pequeño departamento de ella, sin otro ruido que el de los besos y del elástico de la cama, oyó las primeras llamadas de las chimeneas blancas y rojas de su barco… Y cuando momentos después el remolcador arrastraba el monstruo, allá, casi imperceptible, entre las grúas y los fardos rotulados en todos los idiomas, quedaba ella, como un símbolo y con la seguridad de que nadie nunca sabría que en su vida fue libre unas horas.
O la otra en Trujillo, allá en el Mar Caribe, cuando dejó partir el barco para contemplar aquella chiquilla, hija de india y de irlandés, de piel bronce, ojos verdes y cabellos rubios, así se perdió esa vez seis meses del corazón de mi madre, seis meses que fueron espléndidos y que muchos años después aun se recordaban como vividos ayer.
La playa bajo la montaña, entre las elevadas y orgullosas palmeras que parecen en un movimiento saludar a las viejas carabelas piratas y conquistadoras, que ya no volverán…
Hasta el día que de nuevo cruzó otro barco, en cuya borda una alemana de ojos negros y dilatados jugaba con su horrible pekinés.
Yo odio a los perros, los odio con la impotencia del rival que obtiene la primicia de las manos juveniles que lo acaricia todo, encarnando una especie de aula del amor.
Odio a los perros, desde que supe por los libros de medicina que más de una virgen se había entregado a ellos.
Los odio por la impunidad que ante la ley gozan.
Y también aquella otra, en la vieja y dormida ciudad del Virrey galante y del fiero Pizarro, cuando esbozado en su capa saltaba a lo Don Juan la verja de toda la tradición de aquella familia.
Digno asaltante de honras, no se detuvo ante el cuerpo de ébano de las nativas de Pernambuco, de Dakar ni de Cab Town, ni tampoco ante las diminutas geishas, la noble prostituta de Oriente, o la baja ramera de China, embellecida y endiosada por la séptima u octava pipa de opio persa.
También París, la ciudad de los trapos y de la luz, lo sorprendió al amanecer, acariciando el cuerpo súper sensibilizado por el alcohol y la droga blanca.
No sólo fue materia: muchas dejaron en su corazón una ansia de morir, cuando siguiendo elananké griego o su “estaba escrito” musulmán, se separó de ellas.
Su vida tenía también la trágica nota que no debía faltar. Sobre su pecho lucía un botón blanco, orificio que dejó la bala la noche aquella que al despertar en su lecho herido, encontró a su amante muerta.
Y aquella otra carta, que él no quiso creer y que confirmaron horas después los diarios de la capital española.
Adorables aventuras que tuvieron por escenario muchos y diferentes puntos de ciudades y pueblos y que ya sólo quedaban en su memoria desdibujadas, borrosas, con el dejo amargo de las cosas derrumbadas en los abismos del tiempo.
Se agigantaba ante mí, su figura de romántico, quizás de incomprendido, figura de hombre que aún creo tenía un poco de Musset y algo de Poe…
–La vida, amigo mío –me dijo–, es como Moloch: exige sacrificios indecibles, sobrehumanos. Se alimenta de corazones y lágrimas… Dale tu juventud si ella te la reclama y no temas quemar en su altar tus locuras más bellas y sublimes cuanto más locas… Tú has de ser como yo, descontentadizo, violento, insaciable. Mi consejo: ¡vence a la vida antes de que ella te venza! Sacrifica, antes de ser sacrificado. No esperes que a tus labios asome la sonrisa de los cansados, de los amargados por tantos esfuerzos estériles, de los que dejando jirones de su piel en las zarzas del camino y gotas de sangre del corazón en las luchas por el triunfo, llegan a la meta cuando ya la vida camina hacia el ocaso y la juventud, la divina juventud, se ha trastocado en hilos de plata en las sienes y en su renunciamiento a todo lo artificial y canalla del mundo. Piensa que la juventud, como la vida, es una sola y no confíes nunca en el advenimiento de una segunda.
La Parca es el final de todo y para todo. No intentes descubrir lo que nunca te será dado hacer.
¿Qué Mago, qué poderoso, adivinó el porvenir?
No amargues tu presente, único, palpable, verídico, con las sombras de esos fantoches nacidos en el cerebro de un sublime loco y corrompido, mercantilizados luego por esa caravana de vagos y audaces.
La iglesia es una farsa. ¡No creas! Mentira es también la sentencia de los sátiros disfrazados de mujeres: es necesario el dolor, para merecer la felicidad.
Mentira Dios, si Dios castiga para premiar después. ¿Qué significaría para él, Todopoderoso, negar el frío y la tisis a los niños, la lepra y el hambre a los viejos?
No te cause temor lo desconocido. Y si alguna vez enfrentas a Dios, trátale de igual a igual, de hombre a hombre, de canalla a canalla…!
Y al mencionar a la mujer, dijo:
Duda siempre, y si al hablar sobre la mujer, te obligan a que dudes de tu madre… duda de ellas también…
No comprendí el alcance de su frase. Miré con espanto sus ojos y vi en el fondo de sus pupilas reflejado el asombro que se dibujaba en mi rostro.
Él vio la tempestad que sus palabras habían desencadenado en mi alma y, recogiéndome entre sus brazos, me estrechó contra su pecho.
–Tú eres joven aún –me dijo–. No luchan todavía en tu cabecita de niño las tormentas de la experiencia que sacuden mi cerebro y por eso comprendo tu asombro, la razón de tu estremecimiento. Escucha mis palabras, y hazlo con el recogimiento de quién oye el eco de una voz que ha de apagarse muy pronto… Si verdad es la muerte, no he de irme del mundo dejándote una estela de mentira…
** ** **
Tal vez querrás cantar al mundo la causa de tu fatiga, el por qué de tus dolores y tus amarguras… Y tus versos, tus estrofas, tus palabras, habrán de respirar odio, odio enorme, odio que no se fatigará en su carrera, odio incansable… Y gritarás a los hombres que la mujer es un ser maldito… remanso eterno donde la perversidad gira en torno de su mismo centro… Ave Fénix que muere y resurge de sus propias cenizas… fuente inagotable de impurezas… vertiente fecunda en cuyos surtidores cantan la falsía, la lujuria y el crimen. Dirás todo esto y tal vez mucho más… Y será entonces cuando la humanidad, por los labios de sus mujeres culpables y por boca de sus hombres eróticos, cornudos y cobardes, habrá de enrostrarte la frase imbécil que viene rodando desde hace siglos hasta hoy… frase que quizá en este momento tu alma joven, la modula en silencio. Y ellos dicen, y tal vez tú me estás diciendo: Denigras y maldices a la mujer y al hacerlo estás denigrando y maldiciendo a tu propia madre…
Por fin podrás arrojarles a ellos la estúpida mordaza que quieren imponerte a ti, como la impusieron a los demás…
–Óyeme, hijo mío –continuó–, la madre es en nuestra vida, como el dogma en la religión… indiscutible… Ella está por encima de todo…
cuando hables de la mujer, hazlo sin temor, porque para un hijo, la madre es una sublimidad virginal… muy lejana, remotamente lejana, a todo lo que es terrestre, a todo lo que es humanidad, a todo lo que es mujer…
La madre no tiene historia carnal… la madre no tiene sexo… como las divinidades!
Si el destino lo quiere, mañana, cuando seas hombre y llegues a tu casa fatigado, harás reposar tu cabeza sobre los senos maternales, y en torno de su garganta formarán tus brazos un collar…
Y habrás de mirarte feliz en el espejo de sus pupilas… y acariciar las arrugas de su rostro… Pero nunca surcará tu cerebro el pensamiento que tienes junto a ti una mujer… ¡Como jamás en la mente de ella aleteará la idea que su cuerpo se abraza a un hombre…!
¡Miserable de aquel que piensa que antes de hablar de la mujer, debes acordarte de tu madre…!
Aquella y ésta, no tienen ninguna ligadura entre sí…
La madre, es santidad… la mujer delito…
La madre, es espíritu… la mujer es materia…
La madre, es virtud… la mujer es pecado…
Los que a ello te obliguen son los tarados… los epilépticos morales que en sus accesos escupen por sus bocas la espuma negra de sus miserias…
Son los Quasimodos repugnantes, los mismos hijos de Eva, que en las estrechas, turbias y tenebrosas sinuosidades de su cerebro, donde hierve el atavismo de una degeneración ancestral, llegan a dar a la madre forma de mujer y le brindan un sexo creyendo así poder sellar los labios que van a descubrirle la miseria de su hembra, que es su propia miseria.
La mujer se ha refugiado en aquel razonamiento y lo usa como escudo queriendo y creyendo cubrirse con él.
La madre, al dar la vida, se transforma en un dios porque ello sólo fue cualidad de dioses, y los dioses para los creyentes no tienen sexo.
La madre sólo tendrá sexo para los tarados, para los leprosos morales o para las hembras que olvidaron o no conocieron el dolor y el placer de dar vida.
Si nos fuera dado escuchar las últimas palabras de dos infelices, cuyas cabezas han de rodar en el cadalso al golpe brutal de la cuchilla trágica, llegaría hasta nosotros el eco de una sola suprema y postrer imploración… y si luego recorriéramos las casas del pueblo, encontraríamos: una madre, cuyos ojos resecos de tanto llorar están vertiendo sangre a manera de lágrimas, brotadas por el hijo que acaban de arrancarle… y otra mujer, la esposa, que arregla su alcoba para ofrecerla al hombre que reemplazará al que acaba de perder.
Si te obligan a que dudes de tu madre, duda de ella también… Pero, no olvides hijo mío, que para hacerlo tendrás que sumarte injustamente a la caravana de los Quasimodos morales, tendrás que enrolarte en sus filas negras… entrarás a discutir el dogma y serás excomulgado… darás un sexo a tu madre y habrá muerto en ti el hombre, para dar paso a la bestia…
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Días después, una tarde gris que se recogía entre el ropón de una llovizna, los peones, atraídos por los cuervos, lo encontraron sobre un peñasco atravesado el cráneo por una bala de revólver.
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CAPITULO II
Era bonita como un pecado de amor.
No tendría más de veinticuatro años, de cabellos blondos, de grandes y rasgados ojos grises; ojos con destellos de pecado y cocaína; ojos que tenían un algo de Satán y un algo de Dios engarzados en profundas ojeras, pinceladas de insomnio, sobre la piel rosa-oro.
Boca pequeña, de labios pintados, tibios y húmedos, dejaban entrever al sonreír sus dientes pequeños y perlados… Boca de carmín, tenía ese rictus, embustero, delicioso y un poco canalla de todas las bocas nacidas para mentir y besar; labios de mujer, de boca cansada de besar.
Las manos suaves, afiebradas y húmedas, pálidas y largas, manos de enferma, que ella cuidaba suntuosamente como las basílicas bizantinas con berilos y caledonias que fulgían cual si fueran pupilas de gatos endemoniados. El descote atrevido, casi siempre exagerado, dejaba al descubierto el nacimiento de sus senos, ánforas de alabastro tibio, que se adivinaban macizos tras la tenue seda; senos de hembra, senos para besar y morder.
Vestía entre el polvo y los harapos del pueblo, con telas suntuosas: rojo cardenalicio, morados sombríos, negros bordados en oro… y sin embargo, su aspecto era el de una de esas heroínas de novela moderna; un poco romántica, un poco artificial, no poco perversa… que aman el éter, la nafta, el haschis y las aberraciones de la gran Cleopatra.
Pero lo más divino era su cabello. Aquellos rizos que le enmarcaban las sienes en un nimbo de coquetería, de bertinismo artístico, de oro, enmadejado; cabellera encrespada, como olas magníficas y luminosas.
¿Qué escena de locura, placer o drama, qué ráfaga de dolor y tristeza, qué capricho o tragedia obligaron a aquella extranjera a llegar hasta mi pueblo?
Pueblo en desacuerdo con la naturaleza. Pueblo de enfermos, de mujeres pálidas, de hombres demacrados, que tosían como ladrando a una luna invisible, o a un rival imaginario.
La naturaleza, por contraste, se mostraba exuberante en derredor, ofreciendo a la vida esencia de florecillas silvestres y matices esmeraldinos de vegetaciones jugosas. Todo en ella cantaba vida, juventud, optimismo sano y fecundante.
Escondido en las frondosidades de los álamos y los sauces, el pueblo, daba una apariencia de quietud y humildad; remanso de aldea…
En derredor canciones y risas juveniles, pastorelas de amor, bellamente vírgenes, ingenuamente infantiles…
El río bienhechor daba sangre a las plantas, besaba el alfa verdeobscura, de florecillas moradas disputadas por mariposas blancas, amarillas y azules. El sol límpido y tibio, ponía besos de vida en el ramaje de las plantas, en los tallos, en las corolas de las flores y en el fruto que empezaba a madurar…
Los campesinos, esclavos de esa tierra, agotaban en ella su vida, la cuidaban con mimos de novia y ternura de madre, se entregaban en cuerpo y alma dejando en el profundo surco que abría el arado junto con las semillas, jirones de pequeñas ilusiones, retazos de sus vidas y ensueños de amores dulce.
Hijos del terruño, en él morían desconociendo los colores cambiantes de la vida, las irisaciones, múltiples en matices de la vorágine mundana. De tarde en tarde, llegaba a aquel rincón, un eco, la tenue brisa de algún suceso mundial. Ya era un naufragio, una epidemia o una guerra…
Para aquellos campesinos simples, egoístas y desconfiados, esas noticias no los afligían. Sus rostros hermanos y desconocidos, habitaban otros mundos, eran otros seres…
La llegada de aquella mujer había levantado en el pueblo una polvareda de calumnia, de rencores y de miedos.
¡Pobres, envidiosas y tontas mujeres de mi pueblo que vieron en ella la mentada “cocotte” que llega a las villas a arrebatar ahorros de maridos y quebrar compromisos de novios!
 
Se alojaba en el hotel, había llegado pálida y tosiendo y fue como una aparición de carne, sedas y perfumes, que trajera con ella ráfaga de músicas exóticas, luces boulevarderas, frivolidades y mentiras mundanas. Era delgada, de una elegante presencia –muy chic– de opereta vienesa.
Flor divina de pecado, princesa incógnita o burguesa refinada, había sacudido al pueblo en un estremecimiento de lujuria y de rencor.
Al principio la miraron con altanería; grosera y ridícula altanería de mujeres sucias y en “chancletas”. Más tarde, al notar en ella indiferencia –que era tranquilidad y no desprecio–, sintieron curiosidad, esa malsana curiosidad de pueblo que tiene pestilencia de pantano y que exige hasta los más íntimos secretos de los que moran en ellos.
Extremaron en vano todos los recursos, todas las sonrisas, todos los pretextos:
A un –¿Viene usted de Buenos Aires?
–Tengo un médico malísimo –respondía–. Imagínese usted que me ha dicho: para sanar pronto, hablar poco…
Llegó el día en que se tejieron los más absurdos comentarios:
Era una duquesa rusa, parienta del Zar y fugada de la prisión de Pedro y Pablo, de Leningrado, a bordo de una barca pesquera; que como pago de su fuga habíase ofrecido siete noches seguidas a los siete marineros que la tripulaban…
Otros la creían francesa, gran pecadora, querida de príncipes y reyes, que habíase alistado como enfermera en la última guerra y contraído allí su mal. Francia la había condecorado en esos días de sangre y fuego. Ella abandonó la patria, asqueada, cuando su gobierno hizo la paz, aquella deshonrosa paz, para la dignidad de los valientes, cuyas madres, mujeres e hijas, habían cometido los más espantosos infanticidios, con aquellos mismos que mataron su amante, capitán entonces de un regimiento de artillería.
Pero un día…
–Culpa es –alguien dijo–, del comisario que no sabe cumplir con su deber. A lo mejor es una espía alemana…
Fue la versión que abrióse camino, la versión por todos aceptada, la del espionaje.
El gobierno alemán, cuyas pérdidas territoriales eran inmensas, fijaba sus miras como futuras presas, en las débiles, ricas y libres naciones sudamericanas.
Fue el acabose.
–¡Queremos saber quién es! –gritaban al comisario en su despacho, las desgreñadas y malolientes arpías del pueblo.
–A lo mejor el comisario es cómplice de ella –agregaba un condenado por la naturaleza a llevar un promontorio eternamente ridículo sobre las espaldas. El sainete pueblerino tocaba su fin. Los notables; el boticario, cuyas medicinas estaban reforzadas por el frío veneno de su alma; el panadero, que amasaba su pan con levadura de calumnia; el carnicero que tajeaba con suprema maestría la sucia res de la intriga, esperarían en el bar del hotel los resultados de las averiguaciones policiales.
Uniformado de gala, espadín al cinto y capa al brazo, dirigióse el comisario a los corredores del piso alto donde generalmente a esa hora la extranjera leía.

Intentó ser amable y sólo consiguió evidenciar su torpeza:

– “Deber… obligación de policía… violento para él… la ley inexorable…”
Al principio ella no comprendió. No es fácil para un cerebro de mujer culta estereotipar en sus cédulas el pensamiento de un imbécil… Llegó hasta temer… Luego, de pronto, dando rienda suelta a su risa, risa clara e hiriente de mujer ofendida, expresó:
–¡Haberlo dicho antes, señor comisario! Lo que usted desea saber es quién soy… Perfectamente. Acompáñeme usted.
Penetraron en la fría y blanca habitación del hotel transformado en templo. Toda habitación de mujer joven es templo de amor y lujuria. Flota en el ambiente un algo de cantáridas que enerva y excita. Olor de hembra en celo…
Artístico desorden. Podría decirse, el orden dentro del desorden. Frascos, libros en francés, inglés, castellano, fotografías con un nombre y una fecha, terracotas de Verona, modernas muñecas de terciopelo y seda parisién. Un abanico de nácar con varillas rotas; quizás recuerdo de algún fugaz idilio comenzado y acabado violentamente en la madrugada de un día de carnaval… Sobre la cama, una cama pequeñita de hierro blanco kimonos, pijamas, ropa interior de mujer, pedazos de mujer, jirones de hembra…
El comisario se detuvo azorado ante aquel detalle de refinamiento de la civilización o del vicio: Sedas y encajes. Obras primorosas, magníficas de paciencia y de riqueza, obsequio del amante para la amante, envoltura de seda tibia, de piel artificial.
Le atrajo la atención el estuche abierto de un irrigador de viaje, con una colección de cánulas, gomas y pinzas. Quizá –pensó– que ese artefacto raro sería una prueba más para el sumario y la condena. ¡Se decían tantas cosas de los aparatos radiotelegráficos!…
Interrumpió sus cavilaciones la voz de ella:
–Mi pasaporte, comisario –dijo–, cerrando un baúl ropero cubierto de etiquetas de los más remotos países, en las más distintas lenguas. Al tomarlo entre sus manos frunció el ceño. No había contado con su desconocimiento de idiomas.
Era un cuadernillo de tapas obscuras, con un retrato, impresiones dactiloscópicas, sellos, firmas, estampillas, y más firmas y más sellos, pero en un idioma endiablado que él no comprendía.
No era cuestión de mostrar ante ella su ignorancia. Además, ¿quién en el pueblo podría descifrarlo? Lo hojeó lentamente, simulando leer: sólo pudo comprender el nombre: Cleo de Saint-Ibet.
Cuando lo devolvió, ella no pudo contener la risa.
–Sí, está bien… en regla… usted disculpará… –murmuró azorado dejando la habitación.
Iba furioso contra los que le habían obligado a tamaño ridículo. Ya les enseñaría al Juez de Paz y al boticario, por haberlo mandado a él, a la primera autoridad, a satisfacer curiosidades de mujeres.
Una cantidad de preguntas acompañó su entrada en el Bar, y ante el asombro de los que le esperaban, se desató en improperios contra todos.
–Qué se habían creído ¡comadrejas! Él era el comisario, y no tenía por qué dar explicaciones. Si esa señora vivía en el pueblo, era porque podía hacerlo mejor que nadie, porque quería y porque le daba la gana!
Y ya desatado, empezó por afirmar sus palabras con “talerazos” sobre la mesa: De hoy en adelante iban a cesar las murmuraciones, a dejar de molestarlo y distraerlo de sus numerosas obligaciones.
El Juez de Paz, acercándose al boticario murmuró sonriendo, soez, brutal, mostrando sus dientes, no de hiena ni de perro; sino dientes de hombre, negros y putrefactos.
–No le haga caso compañero… Calentura… ¡A lo mejor ya galopó sobre esa yegua!
** ** **
CAPITULO III
Desde la muerte de mi padre, acaecida hacía dos años, había conseguido levantar más de la mitad de la hipoteca que pesaba sobre nuestra única finca “El Refugio”. Había continuado con la dirección de la misma y luchando feroz, brutalmente, para que Don Nicasio, el comisario, no nos arrebatara nuestro único bien.
Cierto es que las cosechas habían ayudado, ¡con dos años más!…
Mis ensueños de niño, mis ambiciones de triunfo en grandes urbes, con las que tanto soñé, hasta aquellas mujeres, aquel grito de mis horas de internado se habían esfumado, semiborrado ante la alegría juvenil de mi hermana y la caricia temblona de las manos de mi madre.
¡Vida pura, vida santa, junto a mi montaña y mi río!
Había llegado a formarme el concepto real de la responsabilidad que sobre mí pesaba, respecto a aquellos dos seres indefensos y buenos, luminosos y puros como los amaneceres de mis sierras.
Mi carácter en apariencia hosco, mi retraimiento con los del pueblo, habíanme valido el odio de muchos y la antipatía de la mayoría. Pocos eran en verdad los que llegaban en calidad de amigos hasta “El Refugio”.
Mi madre, espíritu simple, vivía sólo para el recuerdo de sus años de esplendor y cariño. Pocos sin duda fueron, pero debieron ser tan intensos que el dolor producido por las andanzas de mi padre, no empañaron aparentemente su amor de esposa.
Había vivido su instante y supo resignarse con esa mansedumbre que da la religión, cuando se ha experimentado el dolor.
En los atardeceres, después de las faenas, sentados en el corredor de la vieja casa, nos hablaba de él. Irma y yo la escuchábamos arrobados. Se agigantaba su figura, su voz ante el recuerdo tenía sonoridades melodiosas. Voz de madre y de mujer que ha querido… Cuando el Angelus nos traía un hálito de tristeza, nos hablaba de Dios.
Yo me cuidaba de emitir mis opiniones tan contrarias a las de ellas y, cuando Irma, mirándome, como para tomar coraje, se animaba a contradecirla a dudar siquiera…l
La fe salva, hijos míos, hijos míos decía aquella santa matrona. Para el hombre es un aliciente en la lucha diaria, una coraza de acero en las que rebotan los fracasos, y para nosotras, Irma, un cerco invisible pero poderosísimo, que nos evita el pecado y nos detiene ante un mal paso y cuando es sincera, hasta en un mal pensamiento.
¿Pero tú te animas, madre preguntó una vez Irma, a decirme dónde termina el bien y dónde empieza el mal; puedes decir qué es bueno y qué es malo?
Malo es todo lo que condena nuestra religión.
Madre, la religión la crearon los hombres, cuando en sus cavernas quisieron explicarse lo que es el rayo, el brote de las flores o el mismo misterio de la vida. Era debilidad, cobardía, ignorancia… Pueden haberse equivocado.
No; porque en el nombre de ese Dios enseñaron amor a los hijos, fidelidad al esposo, resignación y piedad.
Los salvajes, las bestias mismas, sin conocer al Dios que tú invocas practican los mismos preceptos.
Además, ¿no fueron los mismos hombres que nos esclavizaron exigiéndonos la fidelidad? Fidelidad que ellos no retribuyeron nunca.
Salomón mismo, con sus setecientas concubinas, ¿podría ser el protegido de un Dios justo? Además, ¿la fidelidad física es en sí una virtud? Virtud también habría sido si a ellos se les hubiera antojado por avaricia, para llenar mejor sus graneros, tenernos sin comer quince días al año.
Irma se revelaba en sus diecisiete años, con una lucidez de cerebro que inquietaba. Los libros y el contacto con mi padre habían despertado su espíritu sensible, habían hecho de ella una indagadora.
Padre tenía razón me dijo Irma un atardecer mirando ávidamente las montañas. La vida es breve, la juventud más breve aún; minuto perdido, jamás recuperado… Nuestra juventud es corta, como un sueño, fugaz como la espuma de las olas.
Yo, adivinando sus ansias, que eran las mías, la miré como si no la comprendiera.
Sí —continuó ella, aclarando atravesar estas montañas, llegar a esas bellas, lujosas y viejas ciudades de Europa y Oriente. Viajar como papá: Niza, Biarritz, la Selva Negra o las estepas rusas. Vivir como él, entre cerebros superiores, privilegiados, conocer la vida, intensa, ávidamente aun a costa de vivir menos… ¡pero vivir!… Sentir la caricia de la vida, poseer todo lo bello que crearon los hombres, inundarse con luces de boulevares de París o Nueva York, sentir la tibieza de las pieles raras y costosas, la suavidad de las sedas…
Y mirándome como para pedirme perdón:
Tú me comprendes me dijo, eres el único que puede comprenderme. Tienes a semejanza de papá su espíritu de poeta y de rebelde…
Algún día iremos… dije yo.
¡Entonces ya seremos viejos! contestó fatalista.
Había caído la noche, noche clara y tibia de primavera. Yo me acerqué más a ella, pasé mi brazo por su espalda y atrayéndola hacia mí afirmé:
Ahorraremos, trabajaremos más, trabajaré más…
¿Más aún?
Más, por ti… para ti…
¡Hermanito!
¡Hermanita!…
** ** **
A la casa no llegaba sino de tarde en tarde un amigo de la infancia, cuya familia enriquecida en la política, había abandonado hacía años su pueblo, radicándose en Córdoba.
Era dos años mayor que yo, habíamos sido compañeros de infancia y de colegio. Más afortunado, pudo terminar sus estudios de abogado, y luego, con la influencia de su padre había comenzado a ejercer.
Era sencillo, generoso, bueno. Para Irma y para mí había sido siempre otro hermano. Por ello fue una revelación, cuando, entre bromas, me insinuó su posible matrimonio con Irma.
Al comunicárselo yo, ella riendo locamente dijo:
¿Con José Antonio? ¡Nunca! Sería una venta. Lo quiero lo suficiente para no hacerlo desgraciado. Nos conocemos demasiado íntimamente para que pueda existir entre nosotros ese deseo del primer momento, pasión, llama, que, por más corta que sea su duración es suficiente para permitir después soportar la insípida vida en común.
Además aunque sintiera el deseo por un hombre, no me atrae aún el matrimonio. Prefiero esperar… Sería horrible la vida a su lado. Esa capital de provincia, con sus iglesias, su sociedad, con su olor a “sacristía”, vulgar, hipócrita, los hijos que él exigiría aun a costa de mi sufrimiento y la deformación de mi cuerpo, la monotonía de esos días iguales, en donde mi obligación radicaría en alimentarlo bien y cuidar su ropa. Noches de soledad en que pasado su entusiasmo carnal, las perdería en el Club, en el café o en el prostíbulo… No, hermanito, ¡tú no puedes exigirme tamaño sacrificio!
Y sin embargo, no era el único partido a que podía aspirar ella y por el cual se hubieses arañado las mejores “casaderas” de mi pueblo.
Era lo que, en ese inmenso mercado llamado sociedad, se dice “un buen partido”. Rechazado así éste, se descartaba por el momento toda posibilidad de matrimonio de Irma.
Insiste le aconsejé cuando como amigo y hombre, llegó hasta mí quejoso.
Tú sabes que la haré feliz… Interviene tú…
Sí respondí, la harás feliz, pero, a tu manera y ella a ti, no. Te quiere solamente como hermano, pero insiste… ¡Vaya uno a saber los secretos del corazón de una mujer!
Después de unos días José Antonio partió para Córdoba. De allí nos escribió:
“Acepté el nombramiento de una secretaría en un ministerio de Buenos Aires, quién sabe cuándo volveré”.
Para Irma, ni una palabra. Recuerdo que ella le escribió, burlona: “Inolvidable hermanito…”
** ** **
Otro, que aunque no fuera bien recibido frecuentaba con pretextos la casa, era don Nicasio, comisario, jefe político, cuatrero, usurero, prestamista y tahúr.
Una tarde, cuando dejaba la casa después de la siesta, para dirigirme a un pequeño obraje que había instalado en el monte, llegó y puso su caballo a la par del mío.
–Voy a acompañarlo un rato, don Jorge…
–Vea que voy lejos, comisario –respondí de mal humor.
–No importa, así hablaremos mejor.
Sabiendo mi retraimiento con los del pueblo, empezó a narrarme todas las “pequeñas grandes cosas” de la vida pueblerina.
Ha llegado –dijo mirándome maliciosamente– un bocado como para usted. Debe venir desde lejos, de una ciudad grande que llaman París. ¡Si viera, don Jorge, las cosas lindas y raras que trae! Todo el pueblo anda “alzado”. Dicen que está enferma, pero yo no lo creo. Es linda como una virgencita. De tarde camina a orillas del río, frente a la estancia…
¡Una extranjera, joven, bella, como las que yo tantas veces había soñado! Una mujer que traería con ella el aroma, no de nuestras flores salvajes, sino el perfume destilado de flores de invernadero, trajes y costumbres exóticas. Una muñeca de tibia seda que tendría para nosotros una sonrisa de benevolencia, que llevaría en su cerebro el recuerdo de lo que yo añoré conocer y no podría jamás…
¿Sería realmente bella, como yo las había imaginado, sensibles, nerviosas, llenas de caprichos encantadores, como aquellas que hacían que generales arrastrasen a la derrota a sus ejércitos, traicionases sus patrias, y que reyes renunciaran a sus tronos?
El tono de la voz de don Nicasio cortó de pronto mis reflexiones:
–Es necesario que me escuche, don Jorge –su mirada era autoritaria, su expresión insolente–. Yo lo he visto criar a usted, sabe cómo su padre, que en paz descanse, me estimaba. Soy aún joven y he hecho buena carrera y no tengo vicios –lo sabía cuatreo y borracho–, y quisiera, comprende… formar hogar…
–Y usted desearía que yo fuera padrino suyo –respondí interrumpiéndole secamente y temiendo adivinar.
–No, algo más: cuñado…
–¿Qué ha dicho…? —balbuceé amenazante.
–Sí. Con Irma –respondió.
Nube roja, olor a sangre…
Chocaron nuestros caballos, mientras tanteaba mi cintura en busca del revólver dejado en casa.
–¡Fuera, perro, fuera!!!
Debió traslucirse el crimen en mis pupilas. Palideció intensamente, se desprendió de mí y espoleando su caballo tomó la dirección al pueblo. A los treinta metros, mientras galopaba sin detenerse, me gritó:
–¡No “olvides” que soy autoridad!
–No pude contestarle. Lo vi perderse en el monte, ya sin odio, sin rencor casi, apenado, temeroso por los míos, asqueado al solo pensamiento que Irma pudiese algún día entregarse a semejante bruto.
Ya poco nos quedaba por pagarle. Quizás una buena cosecha… ese mismo año…
** ** **
“De tarde camina a orillas del río, frente a la estancia, me había dicho”.
Por ello hacía ya días, que con mis mejores botas, mi “rastra” de oro y plata en mi más bello caballo, la buscaba en los atardeceres.
El día anterior la había divisado en la otra orilla, en traje rojo, sueltos sus cabellos al viento.
Fue un breve momento. Al notarme se había detenido mirándome. No tuve coraje de cruzar el río. Una timidez explicable, me invadía, y seguía camino, al galope, sin osar volver la cabeza. Yo había hablado a Irma de ella, que sonrió comprendiéndome.
Acércate, invítala, hazte su amigo me había dicho yo también quisiera verla…
Por ello, lleno de coraje, cuando la divisé entre un claro de los árboles, en la orilla, lancé mi caballo al agua. Para nosotros, obligados a hacerlo diariamente era juego de niños. No quizás para ella que, interesada como la tarde anterior, se detuvo a mirarme.
La marcha es necesariamente lenta dentro del río, por su ancho. El río Cruz del Eje es fácil de vadear a pesar de ser ancho, su lecho es arenoso y cubierto de piedras cuyas aristas redondea la acción del agua.
** ** **
Toda mujer admirada, deseada y desconocida tiene a semejanza de Dios el poder de lo ignorado.
Así, en las cavernas, la humanidad adoró el rayo, hasta que encontró el “por qué” del rayo. Así adoró a Venus hasta que Venus fue poseída.
Si Dios nos permitiera hablar con él, en nuestra conciencia dejaría de ser Dios.
La curiosidad o el deseo satisfecho ha evitado más de un crimen.
Fuente sellada es toda mujer a la que nos acercamos por primera vez.
El encanto de la mujer no está en ella, sino en nuestro cerebro; su belleza es según nuestro deseo.
Los ojos más bellos para un chino, no serán seguramente los de la europea, serán los oblicuos y pequeñísimos de una mujer de raza.
Esos ojos que nosotros contamos como bellos, para chinos son “ojos de perro”. Un Goethe, vería la misma mujer, completamente distinta que un Schopenhauer. El marino que arriba al puerto, encontrará “bella” la mujer que repudiará horas después.
El arrogante y exigente “souteneur”, en el presidio encontrará exquisita a la última, sucia y desgreñada fregapisos de su burdel, si lo visita.
El joven estudiante y el viejo “macró”, estarán en desacuerdo para juzgar o proceder con la misma hembra, hermosa o fea. Fea o hermosa, la consideraremos según las circunstancias que nos rodeen. Nuestro deseo la hará Diosa o ramera, divina o insignificante. Y ella no será ni lo uno, ni lo otro…
Sólo será una pobre mezcla de madre y prostituta.
Si reflexionamos que todos nuestros renunciamientos y sacrificios, se reducen únicamente a poder penetrar su vagina, y que ese deseo no es únicamente nuestro, exigiríamos una igualdad y responsabilidad más justa entre los sexos. La mentada debilidad del uno, no es sino una forma mal intencionada de halagar el estúpido amor propio de los otros. Si nuestra hembra no nos hastía, es porque no tenemos ninguna otra en perspectiva.
La mujer, desde que abandonó el harem, se ha convertido en la más cruel explotadora del hombre.
Los hijos los “hace” ella y, si consideramos que el derecho es según el capital o esfuerzo que cada socio aporte, y de lo que únicamente es ella responsable, no podrá por lo tanto la ley esclavizarnos para mantener a ambos.
¿Es posible que un hombre pueda perder parte del producto de su trabajo porque la hembra con quien cohabitó, casada o no, háyase olvidado, por pereza o frío de llegar hasta el bidet?
¿Hay alguna ley que obligue a la mujer a embarazarse contra su voluntad?
¿Por qué entonces contra la voluntad del hombre le obligan a aceptar los hijos de su hembra?
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Cuando el mundo avance en el feminismo, los hombres de fortuna estarán exentos de pena. Y las mujeres no harán sino seguir una ley de herencia. Toda mujer sabe que puede venderse, por lo tanto concibe que todos pueden comprarla.
La prostituta se paga al contado, la honesta en especie. Cambio de moneda y de tiempo. Cuando la mujer no quiere venderse es porque las secreciones de sus ovarios impiden el raciocinio de su cerebro. En toda mujer existe innato un especulador arriesgado.
¿No arriesga en un minuto con su novio, al entregarse, toda su vida de “señora”?
Ellas han pensado y piensan: “Será, quizás, la única forma de decidirlo”. Todo su capital, triste y muchas veces mal oliente capital, lo juegan contra la única patente de señora, contra una seguridad de su estómago.
En el hombre habla el deseo. La mujer explota ese deseo para satisfacerse y a la vez para llenar su aparato digestivo. Es su único rol. Llenarlo de alimentos o de espermatozoides.
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La máquina ha reemplazado al músculo, destruyendo la vieja ley de la diferencia de sexos. La mujer es una vil competidora de salarios. Arrasa con los nobles principios del confort que merece el proletario.
Puede hacerlo porque sabe que su sexo se cotiza entre los hombres. Las huelgas, ese bello principio de defensa social, quedan destruidas cuando interviene la mujer.
Quien dijo: Todo hombre tiene un precio vil, no conocía a las mujeres.
La mujer, cuando ha dejado de ser joven, o no es bonita, es generalmente un parásito. Un ser que se consume sin producir, un obstáculo en la vida de las otras, ya que la impotencia la convierte en moralista, ya que su fin es sólo impedir que sus hermanas más jóvenes realicen los actos que a ella le están vedados. Y así podemos ver espectros de mujeres, cuidándoles a otras partes de su cuerpo que en nada les pertenece, caricaturas humanas yendo contra la naturaleza de sus otras hermanas, o contra principios que ellas, en su juventud, fueron las primeras en practicar.
Un jurado de mujeres, absolvería el más monstruoso crimen de un Rodolfo Valentino… Juzgarían con el sexo, no con el cerebro.
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El paisaje embellecía aun más a aquella mujer, si ello era posible.
Me encontraba desarmado ante sus dientes chiquitines y perlados, sus labios jugosos, sus pechos erguidos…
Fue así como la conocí esta tarde y cómo al caminar junto a ella, llevando de la brida mi caballo, impregné de ella…
Esa noche, abrazado a mi almohada me imaginé que dormía junto a ella, que besaba su axila que había visto al arreglarse sus cabellos; cubierta de suave vello castaño claro…
La axila de aquella mujer, fue para mí esa noche, como un “fetiche”.
Me imaginaba haber visto algo de su sexo…
Fuimos amigos corto tiempo, sólo días…
Nos encontramos frente a las casas y yo la transportaba a caballo, a orillas de mi estancia.
Cleo vestía breches y botas. Caminábamos por los estrechos senderos abiertos por los caballos, escuchando en esos atardeceres de verano la vida que transformaba.
Me dijo que tenía veinticuatro años.
Muy pequeñita recordaba la casa pobre, desmantelada y fría de los suburbios de Moscú: su padre era cochero, su madre… su madre… no recordaba a su madre…
Era la menor de sus hermanos y tenía a su cargo todos los quehaceres de la casa, y al decirlo, mirábase sus finas y bien cuidadas manos, como buscando una marca de los menesteres de esa época.
A los doce años su hermano mayor la violó sobre la cama de su padre. Su padre lo supo y un año después la poseyó también…
Tendría catorce años cuando estalló la revolución. La llevaron juntamente con otras de su edad, a Suiza, en una misión de socorros norteamericana. La depositaron en la casa de un alto funcionario público. Alimento a cambio de trabajo. Sirvienta sin sueldo. Caridad burguesa. La señora quiso hacerla católica y el señor la hizo su amante. Cuando se supo la expulsaron de la casa y un sacerdote la tomó en la suya. Sirvienta y amante otra vez.
A los diecisiete años un señor rentista que frecuentaba la casa la instaló en París y un amigo de él, un magnate egipciano, la llevó a viajar.
Así conoció el Oriente y el Occidente, Constantinopla y Berlín, Palestina y Oslo, Sevilla y Londres…
Un día, en Biarritz, conoció un argentino. Abandonó a su amigo y lo siguió a Buenos Aires. No sufrió una desilusión al saber que era cocainómano. Creyó amarlo y por ello penetró, guiada por él, en las noches blancas, donde todo el cuerpo se transforma en un inmenso sexo que cohabita…
Había aprendido a dosificar e intensificar su deseo nunca satisfecho en esas noches. Las más absurdas copulaciones, el deseo que no se satisface durante horas y horas, la idealización de los más repugnantes actos, el acercamiento más perfecto a la animalidad en donde la hembra como el macho, reviviendo sus instintos pide el uno al otro, ser humillado, esclavizado, martirizado… Noches en que el corazón latiendo apresuradamente y su cerebro cruzado por ideas endemoniadas, imploraba el dolor dentro de su placer, como otro placer mayor. Si en esas noches le hubiesen pedido su vida en holocausto a Moloch, ella habría avanzado sin titubeos hacia su boca de fuego, orgullosa, como las vírgenes elegidas.
¿Qué significaba la vida cuando exenta de prejuicios, se mostraba en toda su realidad? ¿El placer de los circos romanos era mayor que en los populachos, en el gladiador, o en el cristiano que avanzaba convencido que su dolor era un medio para llegar al supremo bienestar?
Bajo la influencia del brillante polvo blanco había llegado a compenetrarse con su propia carne…
Hembra, pobre hembra blanca que había soñado y creído ser poseída por salvajes gorilas y machos cabríos…
Dos años habían bastado para corroer sus pulmones, dejando una mañana en sus labios una pincelada de sangre. ¡Huella de “rouge” en su primer beso con la muerte…!
Él había vuelto a Europa, ella hasta mis sierras, segura de poder borrar a tiempo la marca dejada.
Un día era su canción llegaría para ella el amor… El amor como ahora lo soñaba al mirar al Uritorco, rodeado de brumas y luces. El amor que desconoce la mueca pálida y trágica ante el sortilegio de los naipes, y la raqueta de croupier. El amor que no disfrazan los impotentes con un Rolls Royce o un solitario. El amor que conoce el amanecer, no como una orden de descanso, con la boca pastosa de Champagne y los párpados preñados de sueño.
Ella quería el amor, tal cual yo lo cantaba; concebía el amor tal cual yo lo encarnaba.
Entre el césped, cerca de los pequeños hilos de agua yo le hablaba…
“Iremos en blancos y sagrados elefantes con pompa principesca… ¡delante de ti, Diosa mía, concertaré una lucha entre un tigre y un toro y con el vencedor lucharé yo para ofrecerte su vida o la mía!”
Y ella reía, mostrando sus dientes chiquitines de hembra mimosa: reía apretándose a mí…
A la tarde siguiente los breches se vieron trocados por un delicioso traje sport…
Entonces comprendí que deseaba ser mía…
Yo había poseído ya algunas hembras; hembras de lupanar, campesinas, y alguna que otra mujer casada. En mis correrías de burdel sólo había traído conmigo impregnado en mi cuerpo un olor a perfume barato y semen. Me he preguntado muchas veces por qué los prostíbulos aunque sean de distintas razas o diferentes pueblos tienen todos un mismo olor. Olor único, característico, imposible de encontrar en otra parte. Esas excursiones habíanme dejado una repugnancia hacia la hembra y hacia mí mismo, que hacían que cuando mi naturaleza lo exigía, buscara apaciguarla en otras fuentes. Fue así como perseguí y conseguí a algunas de las campesinas que vivían o rodeaban nuestra estancuela. Mujeres, impúberes algunas, que en el acto procedían en idéntica forma que habían observado en los animales. Resistencia, negación, desprecio hacia el acto, simulado siempre en la hembra, como un excitante para el macho. La posesión debía realizarse por sorpresa o violentamente y acompañada siempre, aunque su cuerpo temblase de deseo, de la concebida frase: “Déjeme… no quiero…” Creían ellas en esa forma disculparse de su debilidad ante Dios y ellas mismas trataban en toda forma de no dejar traslucir su placer, parar no demostrar con ello su complicidad.
Ignorantes e hipócritas, no podían satisfacer mi cuerpo y mi espíritu.
Ello me llevó hacia aventuras más complicadas, hacia la conquista menos física y más moral. Fue así como José Antonio, en mis escapadas a la capital de la provincia, me presentó a varias familias. Mi flirt empezaba siempre de la misma manera; en el Club, en el paseo del parque, o los domingos a la salida de misa. Eran miradas, disimuladas sonrisas, apretones de mano delante del marido, e invitaciones a excursiones en la sierra, o comidas en su casa.
Al principio creí lo que mis primeras amantes me dijeron: el marido brutal, inculto, incapaz de comprender la delicadeza de sus espíritus, casada equivocada, o por la fuerza, muy niña, eran los motivos que la obligaban a buscar un afecto que la vida no les podía negar, un sentimiento al que tenían derecho.
Por más que traté de encontrar la razón que justificara tal acto, en mis relaciones con tal o cual marido tuve que terminar por creerlo un hipócrita tan perfecto, que en su trato con los demás, era generoso, noble, culto, y amante hasta el delirio de su mujer o que tal mujer lo calumniaba para justificarse a sí misma, encontrando defectos al marido. ¡Y es tan fácil a la mujer encontrar defectos a un hombre cuando otro le agrada!
En el fondo el acto era idéntico, a excepción del excitante, en la hembra, ante la idea de una sorpresa.
Recuerdo aquella dama de beneficencia, uno de los más ilustres apellidos de la república, personalidad de la que se enorgullecía toda la provincia, joven aún, con esa juventud conventual que concede la vida tranquila en donde poco se conoce el alcohol y los besos.
Estaba a punto de abandonar tal conquista por los inconvenientes que se oponían a la realización de mi objeto, por el exceso de trabajo en “El Refugio”, y por la casi certidumbre de la imposibilidad de encontrarme a solas en una ciudad de provincia donde ella era por todos conocida. Su marido no miraba con buenos ojos mi amistad. Era un intuitivo. A mi última esquela entregada durante nuestro encuentro un domingo en el paseo del parque, recibí días después en “El Refugio” una satisfacción al pedido. Ella iría al cementerio a visitar la tumba de sus antepasados. Era la única ocasión en que yo podía hablarla a solas. Ella no creía cometer y así lo explicaba ningún sacrilegio en esa cita, ya que mi amor, era sólo una ofrenda moral que yo hacía a su belleza, ya que su paso era dictado por un sentimiento puro, noble; la compasión que le inspiraba mi pasión y la seguridad de convencerme que debía olvidar lo que ella llamaba “mi locura”.
¿Cómo pude ir yo ese día? ¿Esa cita entre cadáveres no era una acusación brutal contra la sociedad? ¿No era la prueba absoluta de un sadismo que se remontaría quién sabe sino a la época de las catacumbas? La señora había pretendido engañar a los muertos, y en el peor de los casos, ofenderlos ante los vivos.
Hora en que la ciudad dormita. Hora de siesta en que el principal síntoma de vida son las moscas. Un calor sofocante que no alcanza a atenuar la sombra de los cipreses. Yo me he detenido ante un suntuoso mausoleo de granito negro.
En mis manos un manojo de flores algo marchitas; yo no recuerdo si las adquirí para hacerme perdonar por los muertos o para hacerme amar por ella.
Detrás de la puerta de hierro se adivinaba un altar, un crucifijo y unos cirios de bronce o plata. Alguien había pasado esa mañana llenando de flores el altar, bajo el cual había un ataúd negro con grandes manijas de plata o plateadas. Estaba cubierto casi todo de flores.
¡Qué festín deben darse los gusanos! pienso. Y encuentro que su vida es semejante a la nuestra. Ellos han nacido y no saben cómo. Desconocen de dónde vienen y a dónde van. Se alimentan de lo que para ellos es su mundo, librarán batallas ante el último trozo de intestino o médula. Se aman sobre esa podredumbre como se ama sobre la corteza de la tierra… Y como los hombres, que no pueden salir de la tierra, ellos no podrán salir de su ataúd.
La humanidad, no es quizá sino la podredumbre de la tierra. Estamos en un ataúd rodeado por el infinito. Nuestros ríos, nuestros mares: ¿no serán pus de la tierra? No podemos vivir sin el agua. Los gusanos no pueden tampoco vivir sin las supuraciones de su mundo.
La desventaja del hombre sobre el gusano no está en vivir, sino en pensar.
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Al oír pasos me vuelvo. Es ella, en la calle solitaria del cementerio.
¿Por qué los hombres harán cementerios? ¿Qué temor es que viene de lo ignoto que hace embalsamar o guardar cadáveres? ¿Qué diferencia nuestra civilización a la de hace miles de años? Nos burlamos de las tribus, y repetimos solamente lo que ellas nos enseñaron… No ponemos en la boca de los muertos una moneda de plata para pagar la trágica barca, pero le colocamos entre las manos sobre el pecho un crucifijo. No le agregamos de tiempo en tiempo víveres, pero gastamos un importe diciéndole misas. No les colocamos sus armas de combate, pero junto a ellos incrustamos placas de bronce recordatorias de lo que fueron… de lo que quisieron ser…
¿Héroes?
Los héroes son una consecuencia de la casualidad… una reunión de circunstancias fortuitas, muchas veces… una necesidad de los pueblos… una necesidad como la de pelear y defecar. No se concibe un pueblo sin héroes y cuando no los tienen a su gusto, los crean y los moldean. Yo he visto a mi raza formar uno. Escuché los aplausos delirantes dedicados a un general que ocupaba después de un desfile grotesco apenas parodia de revolución “South” Americana, el poder constituido, podrido, carcomido ya, poder que hubiese caído solo, porque era fruto agusanado.
He visto llorar a hombres de manos callosas, ante juramentos, delante de la pirámide de la libertad.
Palabras que se plagiaron, juramentos que no se cumplieron, generales que llegaron a tales por el cansancio de los años y la marcha inexorable de los relojes.
Yo los he visto en pose helénica. Yo he escuchado esos aplausos y he sentido deseo de escupirles.
Escupir a los que aplaudían y al aplaudido.
¡Héroes de carnaval, héroes de cartón!
Bien merecido para ese pueblo que los idolatraba.
Yo he visto constituirse en pleno siglo XX tribunales de inquisición, deportaciones en masa a parajes dantescos, libertades a cambio de complacencias femeninas “en especie”.
Bien merecido para mi pueblo. Pueblo gigante, sin testículos.
El general que lleva sus tropas a la victoria tampoco es héroe; es un asesino patentado, un profesional del crimen, un gallo de riña con la desventaja de estar resguardado en su comando, de los obuses y ataques… Es el cerebro dicen alguien debe mandarlos… ¡No, no, nadie debe mandar a los hombres que se maten entre ellos! Heroísmo de los otros, de los hombres y números, de los soldados sin nombre, que ellos acaparan y roban… Héroes si la casualidad o el número hizo que el enemigo quedara sin alimentos…
Santas que en el fondo sólo son fetichistas, sadistas, pornográficas cerebrales… Que en su idolatría, en sus privaciones, en su castigo, tienen como causa un desarreglo sexual, una supersensibilidad que no encuentran en el dolor sino un placer…
Héroes, estatuas, placas…; mentira… ¡todo mentira!…
Mentira también el aire de tristeza, el temor, la compasión que demuestra ella al acercarse a mí.
Con una llave ha abierto la puerta de hierro y una bocanada de aire fresco y húmedo nos invita a entrar.
El mausoleo se compone además del espacio ocupado por el altar, de una escalera que desciende a los nichos de hierro. Abajo es amplio y fresco. Cuento hasta siete ataúdes de diferentes colores y tamaños. Ella está temblorosa, pálida y bella.
Bajemos dice ¡qué sería de mí si alguien pasase!…
Sí, sí, bajemos… Y la tomo del talle para que no resbale en la pequeña escalera de hierro.
Un traje ligero, tan ligero que se diría forma parte de su piel; siento bajo él, el elástico que sujeta su pantalón, un pequeño pliegue de su piel de la cadera.
Ella quiere hablar, buscar la explicación de lo que vamos a realizar, excusarse como todas… pero yo la he tomado fuertemente, he apoyado mis labios sobre ella y la he recostado, sin más palabras sobre un ataúd…
Inconscientemente, por su forma, se cabalga sobre él. La posesión es completa, los pies buscan un apoyo para ayudar al pene y lo encuentran en las manijas…
Somos en nuestra lucha por el placer, como un símbolo: El triunfo de la vida sobre la muerte, del instinto sobre Dios…
¡Somos, como una enorme carcajada ante los preceptos sociales y divinos!
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Esa, mi última y ya lejana aventura, me habían retraído completamente de la mujer. ¿Qué podrán importarme los muertos? No eran ellos los que me habían alejado de la mujer… Era la misma mujer…
¿Es que la mujer no tiene fuerza para rebelarse, y gritar al mundo su derecho sexual, el más poderoso, el más justo, el más legal de los derechos?
A nadie se le ocurriría criticar que se alimentase cuando se tiene apetito. Privarse de un deseo y una necesidad de la vida.
¿Por qué calumniar, prohibir, ese otro deseo y necesidad que es el coito?
El coito es la base, el centro de la humanidad, el punto misterioso…
El estómago, con relación a él, no es sino un órgano secundario, una rueda más en la máquina humana, cuya base primordial es la de perpetuarse…
No podemos atacarlo sin atacar el principio de la vida… Combatirlo es grotesco, prohibirlo criminal…
Se lo ha combatido, condenado… ¿pero quiénes dictaron las primeras leyes, sino los poderosos, por su egoísmo, los impotentes por su despecho?…
La humanidad escucha la voz de Cristo. Cristo era anormal o era el hijo de un Dios. Los hombres vanamente combaten la esclavitud, las mujeres la guerra, el gobierno busca el bienestar de sus obreros, los defiende o simula defenderlos con nuevas concesiones… Pero se ha olvidado lo primordial y la humanidad sigue siendo un enorme presidio, donde todos se masturban.
La mujer ha llegado a preferirlo al coito… Lo que hace temer al hombre el presidio, no es la falta de libertad: ¡es la falta de hembra!…
Me diréis vosotros: Dentro del matrimonio el coito no es condenado.
Pero os responderé yo, en cambio, hay pueblos en que por cada hombre existen siete mujeres…
Al defender el derecho del coito no defiendo sino el derecho de la mujer. Yo analizo, no legislo.
Hay que evitar las cloróticas, las histéricas, las tuberculosas, evitarles el hospital, evitarles la idiotez.
Todo el mundo gira en torno del sexo contrario. Es el “leit-motiv”…
Pero, ¿y tu hija? me gritaréis.
Yo no tengo hija.
La humanidad está equivocada y lo peor es que sabe que está equivocada. Usted, señora, que me lee, confiéselo:
¡Cuántas noches de tortura, en su cama solitaria de soltera! ¡Cuántas ideas endemoniadas, cuántos coitos fantásticos! ¡Cuántas veces ha abierto usted sus piernas vanamente!…
Pero al día siguiente, con sus nervios rotos, sombreadas trágicamente sus ojeras, se sentirá fuerte ante su Cristo… ¡Basta ya!
No busque usted para rechazar un hombre, la palabra idiota y sin sentido “yo soy una mujer honesta” diga mejor: “no es usted mi tipo”, o “no tengo deseos de cohabitar”.
Su honestidad no existirá cuando le planten a su frente un macho que haga vibrar su sexo, cuando la ocasión se lo permita, o cuando le den la seguridad de que tal acto no ha de saberse.
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He sido tuya como nunca fui ni seré de otro hombre. Toma mi cuerpo, haz de él lo que quieras. No temas profanarlo… todo será placer. Piensa en ti, sólo en ti… me dijo la tarde aquella al recostarse en el césped, a orillas del río.
La base del amor, es la simpatía de la epidermis, el contacto de un polo negativo con otro positivo. El crimen más grande que la iglesia ha podido cometer y la humanidad soporta, es la unión de dos seres, para toda la vida su única vida desconociendo si una epidermis no rechaza a la otra.
Nosotros los hombres podemos irnos no lo permite la iglesia, pero lo acepta tácitamentepodemos irnos y revolcarnos con cualquier prostituta o mujer honesta. Pero vosotras no. Os lo prohíbe vuestra tradición, os lo prohíbe más que nada vuestro propio sexo…
Y así pasaréis toda vuestra vida vuestra única vida aceptando la unión de un cuerpo que os repugna, noche tras noche.
Para vosotras no habrá liberación: os ha condenado la iglesia y los hombres…
A cambio de vuestro pobre título de señora, os han robado el derecho de vivir y si queréis rebelaros no os queda otro camino, que las sombras de la noche, y la simulación espantosa, que agota y crispa los nervios durante el día.
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Cleo se me había entregado con toda la impudicia de una diosa griega, la posesión mutua, el espasmo armónico, la crispación de las manos a un mismo tiempo.
Habíamos quedado agotados, deslumbrados ante la revelación. El mínimo movimiento de un cuerpo hacía vibrar, sacudir enteramente al otro. La sensación llegaba de los músculos al cerebro, volvía a la epidermis, recorría hasta las fibras más lejanas e íntimas de nuestro cuerpo, convertíalo en un único conjunto de nervios.
Habíamos encontrado el amor…
Amor moral, complementado por el amor carnal. La chispa se había producido y ya nadie podría impedir que nos consumiéramos en ella.
Fuego bendito, llamarada que se renovaba continuamente.
En la hora de la siesta, la hora lúbrica, yo depositaba mi poncho de vicuña, sobre el pasto amarillento, a orillas del río, cerca de un arroyuelo, no lejos del puesto Juárez.
La brizna de las ramas de los árboles y las notas de las pequeñas caídas de agua, junto con el zumbido de los insectos, los coleóteros de mil colores, el silbido lejano de una perdiz que buscaba compañera, junto al ruido de nuestros quejidos y besos, era un himno sotto voce al amor y del amar.
Las cópulas más extrañas, más variadas en que el cuerpo de la mujer era poseído en todas y todas formas:
No temas profanarlo me había dicho y murmuraba, cuando yo me detenía azorado ante la crispación de su dolor: No importa, si no sufro… Yo también quiero… Y así rendidos, desnudos, pensando sólo en nosotros, veíamos deslizarse el sol en el firmamento, alargarse la sombra de los árboles. Después corríamos hasta el arroyo y purificados por él, marchábamos hasta su desembocadura en el río.
¡Cuántas veces semivestido ya, caíamos de nuevo por tierra, y nuestros vientres se buscaban al mismo tiempo que nuestras bocas! Su sexo era una boca de labios rosados, sin vello como las diosas, como las estatuas de Fidias, depilado, como las antiguas cortesanas, que se dirían iban a morder todo mi cuerpo, absorberme en él; ¡bendita boca tibia y húmeda!
Sus piernas tenían flexibilidades de brazos al acoplarse a mi cuerpo, eran todo músculo, toda vida, para después abandonarse gimiendo lentamente, tras el placer del esfuerzo, al convertirse toda en corazón, corazón que parecía golpear en su pecho queriendo, asustado, salir de él.
Él no puede mentirle me decía susurrando, escondiendo su cabecita junto a mi pecho, mimosa en una simulación deliciosa de pudor. Pudor detallado, rebuscado, venenoso…
Yo no necesitaba apoyar mi mano sobre su corazón, me lo decía su mirada, brillosa, cálida, su piel, el timbre de su voz, su propio sexo. Toda ella era deseo, pecado, amor.
Darse en una mujer no es sino muchas veces una estratagema para poseer. Todo mi ser dependía de su ser. Derrota bendita y honrosa.
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Como una droga, como pipa tras pipa de opio, fui perdiendo, restándole importancia a la idea, que se me había creado del deber. La estanzuela quedó en manos de nuestros peones. Mi madre trataba de dirigirla, de reemplazarme, en la creencia de un entusiasmo pasajero.Pronto se irá decían pensando en Cleo. Nunca una queja, jamás un reproche. Mansedumbre de madre, de esposa engañada… Llegaba hasta Dios. Como había implorado hacía años la vuelta de mi padre, hoy plena de fe, imploraba el regreso de su hijo. ¡Madre mía!
Yo estaba ebrio de erotismo por aquella, mi muñeca de carne.
Habló el pueblo. Como hablan los pueblos, anónimamente: la carta plena de insultos sin fecha ni firma. Las miradas rencorosas de los hombres que su impotencia los convertía en paladines de no sé qué mentadas morales, el vacío en torno de ella, la palabra hiriente pero indefinida a su paso; el boicot por el comercio, hasta negársele la venta. Mientras fue presa libre la aceptaron, la defendieron, arrostraron la discusión familiar de sobremesa. Padre e hijos se unían en la defensa, estimulados por la esperanza, como ahora se unían en el ataque excitados por el despecho. Habló un diario, pasquín de cuatro páginas, fracasados de la pluma y de la vida, chantajistas con permiso literario. Habló, siguiendo la escuela de los grandes rotativos; de aquellos que sólo defienden honras ante el tintineo de las monedas de oro, como bailan los monos junto al órgano pordiosero. De aquellos, sus maestros, que sólo defienden obras públicas, cuando se les ha repartido acciones de la misma.
Bandidos de Rolls-Royce y Señoras alquiladas, socios de los “jockeys” y de los “yachts”, de los clubes de armas y de escribas, socios del jefe de policía ladrón y del tahúr pequero.
Señores todopoderosos, para aquellos que sienten la necesidad de saberse honestos ante la conciencia de los indiferentes.
Representantes del cuarto poder, que hacen temblar ministerios y que gobiernan tartufamente junto a los vendepatrias de estas nuestras pobres factorías europeas.
Señores que empezaron a con el pequeño chantage al almacenero de comestibles dudosos, que cobraron comisiones a los “quinieleros” y que se asociaron más tarde al comisario.
Insinuó la necesidad de depurar el pueblo, velar por la tradición honesta, evitar el espectáculo vergonzoso de las uniones libres…
Pero ni un nombre, ni una indicación que me permitiera ir hacia ellos.
Ante nuestra indiferencia avanzaron: “¡Fuera del pueblo!” decía el último suelto refiriéndose a un cuento en un país imaginario.
Esa misma tarde en la calle principal, crucé mi rebenque sobre el rostro del que había escrito tal cosa.
Su contestación fue un disparo de revólver. Nos trabamos en lucha. Desarmado, vacié las cápsulas que quedaban, y arrojé su arma sobre un excremento de caballo…
La comida servida esa noche en el hotel, expresamente mala, era imposible de ingerir. Callábamos, era el único hotel que existía en el pueblo, y ya ni ella ni yo queríamos ni podíamos separarnos.
Al llegar al cine, el propietario nos cerró el paso.
Usted disculpe, don Jorge, pero no puedo admitirlos. Las familias me han advertido que si ustedes vienen, ellas abandonarán la sala. Sobre mis ideas está mi comercio.
Cerca don Nicasio, provocativo en su sonrisa.
Cleo me contuvo.
Muchos habían salido a ver nuestro rechazo; llevado por ella, a través de la calle polvorienta y mal alumbrado, escuchábamos las risas.
Risas que tenían sonido de victoria. ¡Fuera… fuera!… —decían ellas.
¡Pobre pueblo!
Debía partir.
Al día siguiente, perdido ya el miedo, le pidieron la habitación.
Le pagaré a usted el doble díjole Cleo a la dueña del hotel.
Imposible, señora, necesitamos hacer reparaciones en ella y no tenemos otra que ofrecerle.
Mi muñeca lloraba, silenciosa, humanamente.
¡No quiero irme!… ¡no quiero!… ¿Qué les hemos hecho?…
Te acompañaré hasta Córdoba, muñeca murmuré en mi impotencia.
¡Mientes!… te mientes a ti mismo… No me quitarás… No puedes dejarme. Yo no podría vivir sin ti…
Al acompañarla, excusaba mi pasión en un sentimiento caballeresco. Alguna solución encontraríamos. Dentro de pocos días estaría de regreso.
Mi madre dormía.
No la despiertes le dije a Irma, cuando llegué hasta “El Refugio” para arreglar un pequeño equipaje. Mi viaje es corto, mañana o pasado, a más tardar, estaré de regreso.
Mentía.
Yo no quería ver a mi madre. Su presencia, una caricia suya, una mirada de sus ojos tristes, que sabía que leían en mi alma, hubiesen hecho que abandonase la idea de acompañar unos días a Cleo. ¡Nuestros últimos días!
Mentía.
Tú no vendrás más me dijo Irma junto al coche. Deja que nuestra madre te diga adiós…
¡Tontita! cómo imaginas que puedo abandonarlas…
Mentía…
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CAPÍTULO IV
Río de Janeiro.
Su bahía se hunde como un enorme mordisco que diera el mar con la fuerza impetuosa de sus oleajes, en los senos exuberantes, fecundos, de la tierra brasileña…
Maravilla estupenda ante la cual enmudecen los labios y las almas rinden el silencioso homenaje de la emoción.
Habíamos llegado en un alba verde-oro. Verde el mar y las montañas, oro el sol y las playas. Dijérase que la naturaleza, como una encantadora gitana danzarina, hubiese extendido ante nuestros ojos el bendito manto de sus bellezas mostrándonos desde el tono sangriento de nubes que el sol desflora, hasta el reflejo pálido de estrellas lejanas…
Cleo, estrechándose junto a mí, me dijo:
–¡Ahora, solamente ahora, reconozco el valor de mi vida! Cuando se ha impresionado en la retina lo que ahora estamos viendo, no me asustaría ya la eternidad de una ceguera… Los ojos han cumplido su misión…
La ola humana comenzó a agitarse sobre cubierta, mientras el monstruo iba a descender junto al muelle entre la aguda algazara de las sirenas que lanzaban sus estridencias de bienvenida en tanto que los remolcadores arrastraban el barco como a un pez gigante, ya abatido por la muerte.
Maremagnum de inútiles cumplimientos, propinas que se dan sin interés y que se reciben sin gratitud: tarjetas que circulan empujadas por el entusiasmo del momento llevando en su pecho eucarístico el tatuaje obscuro de un nombre y la marca revelante de algún título y que serán muy pronto rotas con cansancio; promesas de invitaciones que no se cumplirán porque tienen la vida fugaz de una mentira y a las que dan efímera apariencia de verdad el débil ropaje del convencionalismo; estudiadas y genufléxicas posturas; falsos apretones de mano y … en fin, toda esa comedia de los rostros que sólo sirve para esconder el drama que hay en los pechos…
Y por último visaciones de pasaportes, presentaciones de papeles que hablan por los hombres, porque tienen más autoridad que ellos, porque sin éstos aquellos no son nada…
Entramos en la colmena blanca de las abejas negras… Hombres de ébano con alma de betún, que luchan por la eliminación del calor ancestral, por borrar el pigmento que viene desde la alquimia de infinitas generaciones y que, anhelantes de realizar el milagro triunfal de la ansiada coloración, ofrecen camino abierto a la trashumante inmigración artífice de rostros blancos y ojos azules.
Llegarán tal vez a borrar todo lo que les recuerde su origen de esclavos y de reyes-esclavos, de negreros y portugueses románticos. Derrotarán al “glóbulo negro”, pero no habrán de eliminarlo porque éste se ha abroquelado en el cerebro, dejará de ser materia para ser espíritu, cuerpo astral, que habrá de brindar a la humanidad una nueva especie: la del “blanco negro”.
Cruzamos la ciudad fastuosa cuyo sueño vigilan pesados “dreadnougths” que, anclados en la bahía, parecen añorar la bala de cañón que los hunda… El rascacielos y el dancing han reemplazado a la cabaña africana cuyo recuerdo se diluye en el candombe de las machichas y contemplamos a lo lejos la silueta negra del Pan de Azúcar, colgado en el espacio como el tenebroso símbolo de una raza…
Por fin llegamos a la meta ansiada por nuestra fatiga: el reposo en una cama de hotel.
Camas de hoteles… ¡Su presencia, cuánta tragedia encierran! Pertenecen a una casta inferior entre el gremio de las camas… Son comparadas como las prostitutas a las mujeres honestas. Todo el que paga puede hacer uso de ellas, y ellas saben, como las rameras, ofrecer su carne cansada, sus pechos fofos, su vientre sin curva y sin calor.
Así como la mujer de la vida cumple con su deber de amoldarse al que la alquila, así también ellas tienen que deformar sus hendiduras para adaptarse al cuerpo que reciben; y su existencia, en el comienzo y en el fin, es idéntico al de las meretrices y los caballos: ambos se inician entre el lujo del lupanar privado o del Stud en boga, para luego terminar gimiendo en el ángulo triste de una sala de hospital; de caballo lleno de costurones y estopa en las arenas de la plaza, que sólo sirve luego para fortalecer las médulas de las hienas y los buitres que esperan tras las rejas de los zoológicos, quién sabe qué soñada liberación. Las camas saben también que así como el primer día las destinaron a la mejor habitación del hotel, más tarde, cuando el cansancio las oprima, será su destino el último rincón donde sólo se alberga “el pasajero sin documentos y sin baño”, el hombre gris cuya vida no tiene pasado ni futuro y que apenas alcanza a ser un punto inútil en el tablero del presente, el huésped dudoso, el sin valijas, el hambriento con sueño, el perdido, el que las pagará la primera noche para, si puede, entramparlas la segunda…
La prostituta con o sin patente y la cama del hotel escuchan silenciosas, inconscientes, hastiadas, gemidos, rebeliones, promesas de redención, juramentos de amor y proyectos del crimen… Ambas oyeron el canto y el sollozo de la vida, el lamento de la miseria y el espanto del placer, el estupor y la simulación.
¡Destino triste el de las pobres camitas de hotel! Condenadas a no tener dueño y a oír siempre la misma queja de todas las bocas, la recordación continua que de su otra hermana “la honesta” hace el que a su paso se refugia sobre sus muelles, el suplicio eterno de saberse inferior a la “otra” que forma parte de un hogar y que recibe diariamente la bendición de los eternamente enamorados que en ella duermen, mientras sobre el tálamo común de sus sábanas rotas, ella sabe que sólo caerá el escupitajo asqueante de un borracho, la miseria de un vencido o el pus de lacras incurables.
Cama de hotel, yo creo que tú tienes un alma y por eso pienso que cuando te quiebras en un crujido… ¡te suicidas!
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Dispuestos a gozar de la vida con todo el derecho que les asiste a aquellos que llevan un volcán de juventud en el pecho y llamaradas de sol en las pupilas, nos lanzamos enloquecidos en un violento torbellino de fausto y de grandeza.
Embriaguez de teatro… borrachera de dancing… bullicio nacarado sobre el tapete verde… éxtasis de cine… risas de champagne… cascadas de besos… ¡toda una naturaleza íntegra con sus tres reinos de Dicha, de Pasión y de Orgía, la volcamos en la copa de nuestro amor y bebimos con la desesperante sed de dos desiertos de arena caldeadas!
Pero, todo declina en la vida… hasta la vida misma.
Habíamos recorrido nuestra jornada más veloces que el sol, porque fuimos de la aurora al crepúsculo sin pasar por el mediodía.
Las luces de nuestra alegría fueron muy pronto barridas por las sombras de la tristeza.
No habíamos tenido noción del descenso, por eso el choque fue más brutal.
¡Felices de aquellos que en lugar de desplomarse… ruedan! Tienen, por lo menos, el consuelo de saber que el golpe final no habrá de serles tan fuerte porque encallecieron el corazón con lo guijarros del camino!
Benditas sean las miserias por etapas… Ellas dan piadosas resignación a las almas que van cayendo hacia el último tramo, como el sacerdote que marcha a la par del condenado y le da ánimo para llegar al patíbulo…
¡Desgraciados de aquellos que, inferiores al Nazareno, no tienen un Cirineo en su avance hacia el calvario!
Empezamos a rezar la oración de nuestras tristezas, sobre el altar que la desolación había levantado en el último rincón de una covacha…
Habían pasado los últimos tres días, durante los cuales pudimos vivir gracias a unos billetes de la casualidad, que presintiendo nuestro destino, habíame hecho olvidar en un gabán, el que quizá también por mandato de esa misma casualidad no sólo había escapado al embargo del hotel, sino también a nuestra intención de vender todo cuanto quedaba. Gastado el dinero, dentro de la más judía de las distribuciones, vendimos el gabán.
Yo trataba de ocultar a Cleo la proximidad de una miseria total.
–No te aflijas querida –decíale ensayando una sonrisa que quemaba mis labios, porque era mentira– todavía queda algo; aún podremos ir tirando…
¡Sí! “tirando”… esa era la frase diaria que ella interpretaba como la explicación de que habríamos de soportar aun más y a la que yo dábale otro significado, el que dolorosamente tenía en realidad: iríamos tirando… hasta el fin, si es que tenía fin nuestro martirio –iríamos tirando de la cuerda de la indigencia a la que habíamos atado el carro de nuestra existencia… Iríamos tirando… ¡convertidos en bateleros de un Volga maldito de nuestra propia desgracia!…
Todas las mañanas salía inútilmente en busca de trabajo. Los patrones, como cuervos llenos, me miraban de arriba abajo y parecían dividirme en dos pedazos con la cuchilla de sus pupilas.
¡Nada… siempre nada!
Un día partí con dos monedas que había reservado para engañar al hambre mientras vagaba como un sonámbulo por las calles que se extendían interminables a manera de ataúdes abiertos.
Prefería guardar el dinero para comprar cualquier cosa al caer la noche. Así por lo menos un poco más tarde podría dormir, porque el sueño, una vez entretenido el estómago con un mendrugo, vencería fácilmente la fatiga.
¡Miserables peregrinaciones en tierra extraña! Soledad espantosa que la impotencia y la desesperanza hacen más cruel aún!
Al buitre de la fábrica parecía no interesarle, como relleno de su vientre, mis brazos y mi cerebro.
Cuando las primeras sombras ensayaban sus zarpazos en los muros grises de la ciudad, divisé las pequeñas luces de un bodegón que ya conocía por lo sucio y donde vendían abultados sandwiches de dos monedas.
Como la fiera al anuncio de la presa, revolvióse casi mi lengua reseca entre los dientes, tragué saliva amarga, saliva de hambriento y apuré el paso… ¡Por fin iba a comer!
–… ¡Perdón, no la vi!… ¿Le hice daño? –pregunté a alguien con quien acababa de tropezar.
–No, porque felizmente, me detuve a tiempo… ¡Caramba, con el apuro que lleva!
–Ciertamente –respondí– tengo prisa…
–Algún apuro… enfermedad… médico…
–Una enfermedad… un médico… –me repetía para mis adentros sonriendo dolorosamente… ¡Bien sabía yo cuál era mi enfermedad y donde estaba el sucio médico que había de atenderla!
–Oiga… vea usted… cómpreme este ramito de violetas…
Sentí una voz en mi cerebro que parecía venir desde los más hondo de mí mismo… y allá, donde sólo alcanzan a ver los ojos de un enamorado, yo vi el cuerpo blanco de mi virgen tendido sobre harapos… de una virgen a la que siempre dedicaba la oración de mis amores… de una virgen que era el motivo de mi vida… la razón de mi permanencia en el mundo… el vaso sagrado donde guardaba mi existencia… el cáliz bendito donde mi corazón se embriagaba con el vino dulce de sus besos… de una virgen que me ofrecía el collar de sus brazos… de una virgen que desplazó a Dios de mi conciencia, para reinar en mí… ¡Cleo!
–Sí… Deme las violetas…
–Téngalas, son suyas, nada más que cinco…
–¿Cinco? –dije tomando el ramo–. Yo… aquí sólo tengo… ¡dos!
La mujer me miró en los ojos… Algo extraño vio en ellos… y recibiendo el dinero me dejó el ramo…
Benditos ojos los míos que llamaron a mi alma en su auxilio y la hicieron asomar implorante en el fondo de sus pupilas…
Hambre y cansancio desaparecieron. Todo fue borrado por el brochazo de encanto que sobre el lienzo de mi alma había estampado el diminuto ramo de violetas. La tragedia de miseria, el abismo de pobreza en que se hundía todo mi ser habían desaparecido. El hombre sin coraje y sin ilusiones que hasta hacía unos instantes avanzaba impulsado por el grito salvaje de un estómago vacío, no existía más… Yo era otro, una especie de alegre y romántico colegial, un soñador en plena primavera de la vida. ¡Cómo cambia el corazón cuando es el amor el que le acaricia!
Fui hasta mi casa, mejor dicho, ascendí hasta mi covacha que estaba muy alta como todas las buhardillas, como todas las miserias, como están por encima de los turbiones las hojarascas.
Es necesario bajar mucho para vivir alto.
Cleo temblaba de frío sobre su lecho deslanado y había en su rostro de ángel triste la tierna, emocionante y definitiva resolución de una paloma desafiando la tempestad…
Todo mi ser versaba grata dicha y en mi alma estaban abiertas todas las fuentes del amor.
–¡Qué bueno eres… cómo te quiero! –me dijo Cleo mientras me tendía el premio de sus brazos.
La media noche bostezó sus doce campanadas, celosa del ritmo de nuestros corazones.
El mañana con su comparsa de tristeza estaba tal vez golpeando nuestra puerta, pero ello no nos importaba… a esa hora vivíamos en un pleno y dulce estallido de besos y teníamos en esos momentos la breve y perfumada existencia de las violetas cortadas…
El débil pantallazo de un tísico sol de invierno nos volvió a la vida.
–No tenemos nada para hoy, Cleo. Quédate en la cama que yo saldré a buscar…
–Con este tiempo… sin abrigo, en ayunas… —y sus manos acariciaban mi rostro y la sentí sollozar sobre mis hombros.
–Quédate tranquila –le dije–, preciosa dueña mía… Duerma la reina, que el esclavo velará su sueño… ¡Las muñecas no lloran, encantadora virgencita mía…!
¡Y partí con el corazón partido!
Lloviznaba en la calle y el fango de esa lluvia me salpicaba el alma… Avanzaba como un presidiario y me detenía como un mendigo.
Llegó el mediodía, llegó el anochecer y aún continuaba en mi búsqueda.
Yo era la única figura exótica entre la farándula que a esa hora se vuelca detrás del mendrugo bien ganado.
Pasaban los hombres a mi lado sin mirarme. Yo era la Desgracia. Las parejas felices ni me rozaban. Yo era el Contagio…
Sin trabajo, sin alimento, sin esperanzas, arrastré mi cuerpo por la ciudad hasta que el crepúsculo dejó escapar el murciélago de sus sombras.
El regreso a casa se imponía, pero no debía hacerlo con las manos vacías… y pensé: estas manos que no puedo utilizarlas para trabajar servirán por lo menos para hacer algo que por mí no lo hubiera hecho nunca porque me habría faltado coraje, pero todo es aceptable por ella.
–Sí –me dije enrojeciendo–, aunque ello involucre un supremo renunciamiento, estas mi manos que nadie las quiere para el trabajo, servirán, porque Cleo lo necesita, para extenderse y … ¡pedir una limosna…!
Junto a la escala de mármol que daba acceso a un lujoso círculo en cuyos libros figuraba mi nombre como socio “transeúnte”, ocupé mi sitial de mendigo.
Hacía cinco minutos que había ingresado a la turbia y doliente caravana de los que se disputan el sitio en las plazas, en los portales y en los atrios, cuando una elegante figura de hombre abandonó la casa marchando en dirección a mí.
Sentí la moral que se desplomaba en mis adentros, mientras él se aceraba. Junté mis manos con los dedos crispados como un agonizante… y lo era, porque mi orgullo estaba muriendo para dar vida en sus entrañas al pordiosero…
–¡Señor! –le dije– hay hambre y frío en mi casa… deme usted algo…
El hombre siguió su camino sin responder. Yo adelanté el paso y apoyando suave y temblorosamente mi mano sobre su brazo repetí mi súplica, llorando como un vencido…
–¡Fuera de aquí!… ¡Atreverse a tocarme!
El hombre me miró un momento y reconocí en él a uno de mis antiguos amigos de las épocas que yo frecuentaba el círculo.
Una inmensa alegría subió a mi rostro pues comprendí que ante mí tenía a alguien que bien podía ayudarme, a una tabla salvadora en mi naufragio, una mano capaz de conducirme por el buen camino…
–Sergio –le dije–, el destino le ha puesto en mi senda… Estoy pobre… muy pobre, más aún, la miseria me convierte en pordiosero… Ampáreme… protéjame, no permita que caiga… se lo ruego, lo imploro afianzado en la amistad que nos ha unido… no me deje rodar al abismo… ¡sálvame!
Mientras decía estas palabras yo noté en sus ojos un brillo extraño, un destello raro y me pareció comprender que sus pupilas gozaban del espectáculo que mi aspecto andrajoso ofrecía.
Había en su mirada al contemplarme, una especie de sadismo…
–Sí. Lo repito, ayúdeme… tiéndame su mano… sálveme –agregué en el paroxismo miserable de mi desesperación.
–Me pides ayuda y salvación en nombre de una amistad… De una amistad que ya no existe, porque ella tuvo la vida que tú le brindaste cuando todo respiraba alegría en torno tuyo. Esa amistad ha muerto… murió al morir en ti el hombre satisfecho… Busca la amistad y ayuda en tus compañeros de desgracia, en tus hermanos los fracasados, en esos que duermen debajo los puentes y que piden limosna en los atrios y en las plazas… No en mí que ya no marcho por tu camino, que ya no soy tu compañero…
–¿Es posible, Sergio, que usted hable así… que me niegue un mendrugo cuando su mesa está repleta… que me niegue usted que tanto tiene?
–Y bien –respondióme colérico– dices que yo soy rico… Es cierto, mi fortuna es inmensa, pero el hecho de que yo posea dinero no me obliga a llenar la boca de los hambrientos, ni a vestir a los desnudos… ¿Acaso la razón de tener impone la obligación de dar? Implora ayuda al clero, a los ensotanados… a lo que piden para dar… y verás cómo ellos también te la niegan.
Nadie da nada por nada en la vida.
El macho que por darse placer hace un engendro en el vientre de la hembra y le da forma y existencia, lo hace pensando que ése será el báculo donde habrá de afianzarse su vejez.
El día que yo no tenga un centavo, ese día yo caeré. Tú has caído, has rodado y no has tenido siquiera la valentía de imponerte en tu caída; entonces tu deber como inútil átomo humano, es el de estrellarte: ¡estréllate y muere!
–No se lo pido únicamente por mí… Si fuese solo en el mundo, yo me eliminaría; la vida no me interesa; pero es que no vivo para mí, usted lo sabe, mi existencia tiene la razón de ser otra existencia, usted la conoce a ella. No le pido para mí… ¡Se lo imploraré de rodillas si es necesario, déme algo para ayudar a Cleo que agoniza enferma en una buhardilla!… ¡se lo pagaré con trabajo!
–¡Cómo se ve que tienes condición de mendicante y qué bien has aprendido de memoria la leyenda eterna de los mendigos, la vieja canción de esos que en los portales, no piden para ellos, porque su vida no les importa… y sólo piden para el niño que llevan en los brazos. Pero, ¿quién es el que come con las monedas que caen en sus manos… con el dinero que los imbéciles le entregan en el nombre de ese pobre ser inconsciente, de esa criatura alquilada o la mayor parte de las veces engendrada solamente para servir de motivo lastimero?
El verbo dar, no existe en la gramática de la vida y sólo lo inventaron y lo conjugan los que como tú necesitan.
–Por favor… no se ensañe conmigo… contemple mi situación… ¡piense en una pobre mujer que me espera hambrienta…!
–Estás pobre –me dice despectivamente– estás convertido en un miserable y tienes una mujer que acepta quedarse a tu lado, sufrir hambre, sabiendo que eres incapaz de explotarla, de lucrar con su belleza, de utilizar esa especie de fondo de reserva que la naturaleza ha depositado en ella para el caso de bancarrota en la vida; ese ser no merece llamarse hembra.
Y tú prefieres mendigar para que los dos coman y luego con el estómago satisfecho dar rienda suelta a las pasiones oficiando el rito de la carne sobre un altar que ha levantado la limosna. ¡Tú no mereces ser macho…! Sí, como lo estás oyendo… Tú eres un producto indigno de los de tu raza, de tus mayores, de los que vivieron en las cavernas, de los que para defender su vida y la de su hembra llamaban en su auxilio a la muerte y la mataban… ¡tú eres un espermatozoide inútil en la vagina de la humanidad!
¡Fuera de mi camino, asqueroso…!
Y su mano rubricó en mi hombro el primer empujón de mi vida de hombre…
Horrible y fulminante reacción. ¡Venas que se hinchan como si fuesen a estallar mientras el corazón apresura sus latidos como si a golpes de diástoles quisiera devolver la ofensa, y rechinan los dientes buscando a quien morder… y el cerebro donde ha repercutido el eco del bofetón, pierde su control y enloquecido ordena que el cuerpo salte y que las manos aprieten…!
** ** **
…Y mis dedos modelaron en la carne de su garganta una estatua de justicia. Luego, pasada la borrachera de la ira miré sin pena su cuerpo muerto. El crimen me había armado caballero… Registré sus ropas, me apoderé de su cartera… ¡El hambre me daba “toison” de bandido!
Entre las sombras, abandoné el lugar de la tragedia. Penetré en un bodegón, pedí una copa de ajenjo y entre trago y trago comencé mi autodisección espiritual y me convertí en juez de mí mismo:
Ya formo parte integrante de la humanidad. Me asiste el mismo derecho a la vida que a los demás. Antes de ser criminal, llegué hasta ser mendigo porque la sociedad no quiso que yo fuese un hombre de bien. Ese hombre que acabo de estrangular encarna para mí la sociedad. No solamente me negó el pan que la adversidad me hacía solicitar con el humillante ademán de un pordiosero, sino que estampó en mi cuerpo el sello de su fuerza. Bofetón cobarde porque fue dado con el convencimiento de que caería sobre un débil, sobre un indefenso. Ese hombre cuya vida acabo yo de arrancar pertenecía a la clase de los potentados. Era el propietario de alguna de las fábricas donde fui tantas veces a ofrecer mis energías a cambio de un mendrugo de pan y de donde me arrojaron con el fardo de mis miserias y mis dolores sin escuchar mis lamentos, sin oír mis súplicas, ¡sin fijarse siquiera en el libro abierto de mi rostro pálido por las vigilias y donde el hambre había escrito la más penosa, la más triste de sus prosas!
Antes de ser mendigo, yo fui un hombre de bien.
¡Yo he querido vivir de mi propio esfuerzo, yo he querido brindar a la sociedad el grano de mis energías para que ella levante su monumento de progreso!
Yo no he sido nunca un lastre, un peso muerto en la balanza de la humanidad. Cuando tuve fortuna todos compartieron de ella: los encumbrados, los que hacen vida de zánganos y que siempre marchan a la cabeza de las multitudes laboriosas, recibieron dinero de mis manos para salvarse de situaciones difíciles; ellos llamaban situaciones difíciles al levantamiento de un pagaré que sirvió de alfombra para que sobre él pasase el lujoso automóvil de primera marca… Yo he dado todo a la sociedad sin que ella me diese nada.
Desde el frío y calculador hombre de negocios del proceder político, hasta la generosa y dilapidadora de dineros ajenos, llámese presidenta de sociedades de beneficencia o lo que sea, supieron sacar provecho de mi dinero. Él ha corrido como sangre fecunda por las venas de fábricas, talleres y asilos, llevando a todas partes vida y bienestar… Todos los colores humanos de la gama social han recibido el refuerzo de mi propio calor.
He cumplido con los preceptos de todas las religiones antiguas y modernas. he hecho el bien.
He sido bueno, porque he visto siempre en cada hombre un hermano y le presté mi ayuda. En cambio ahora, cuando la fatalidad flagela mis espaldas, cuando mi cuerpo debilitado por las vigilias busca tal vez instintivamente un pedazo de sepulcro para reposar, ellos que todo lo tienen, ellos que tienen lo mío, me lo niegan y hasta me abofetean.
Y si me hacen la promesa de un metro ochenta en la fosa común no es caridad sino temor que mi carne rebelde hecha gusanos, le infeste su aire.
¿Qué culpa tengo yo entonces de que ellos hayan hecho renacer en mí al hombre primitivo, al de las cavernas, al que para comer y dar de comer a su hembra, mataba, porque solamente oía la voz de su religión que era la voz de la naturaleza?
Los tiempos pasan en comparsa de siglos, todas las formas se cambian, se renuevan, se mejoran, se estilizan, en un continuo afán de superarse a sí mismas, la humanidad en su instinto avanza en una incesante evolución de formas… es decir: cree avanzar porque su engranaje marcha, porque su ruedas giran vertiginosamente, pero está patinando y patinará siempre sobre el mismo fondo negro donde se debate el alma bárbara de sus ancestrales…!!
El hombre satisfecho es un hombre bueno. Un niño con juguetes es un niño alegre y sobre el pezón de la madre todos somos felices. Quitémosle a cada uno lo suyo, y la satisfacción, la alegría y la felicidad desaparecerán para dar paso al ser cuya vida significa luchar a brazo partido, por un pedazo de alimento, pecho a pecho, sangre a sangre con sus propios hermanos y hasta sus propios padres, si es que éstos antes por hambre no lo devoraron a él…
Esa es la dura verdad, la que nadie quiere creer y sin embargo todos la comprenden…
Yo no hago mi defensa. Que la haga quien sepa que ha delinquido. Yo no me defiendo, yo me justifico. Yo señalo un hecho; yo formulo un juicio. En estos razonamientos no hago sino agitar el árbol de la verdad para que caiga el fruto de por sí, por ley de gravitación.
Yo acepto que giman y se arrastren los que nunca dieron nada, los inútiles, los marchitos, los resecos, los que no tienen ni siquiera la fuerza de cuajar en un injerto, los que su vida no es otra cosa que un mal escrito poema trunco, los que sabiéndose residuos siguen viviendo y como no tienen ni aun la mísera potencia de resistir contra la corriente, se abrazan a la reja del albañal que los traga. Que caigan ellos que nunca fueron nada, ellos que ocupan inútil e injustamente el lugar que le corresponde a otro en el espacio; que se derrumben como levadura estéril, que se borren como puntos trágicos, como puntos débiles, como puntos muertos…
Pero que no caiga yo que soy un germen de vida, una nota de fuerza en el pentagrama del músculo, una polea más en el mecanismo humano, un motor que se ofrece, que quiere y debe llenar su ciclo funcionando… ¡que no caiga yo que soy una antorcha encendida en la noche de los inútiles!
Y sin embargo me empujan para que ruede, me estrangulan, quieren hundirme… y yo me defiendo y me defenderé mientras haya una trepidación en mi aorta, un soplo en mis pulmones, un aleteo de vida en el último y más débil de mis vasos sanguíneos. Mi vida que para mí vale mucho, porque es lo único mío, tiene para ellos menos precio que una limosna… Pues bien: yo no la entrego, yo la disputo… Esta vida que lleva engarzada la existencia de un diamante que con su brillo le da luz, diamante alma, diamante-mujer, esta vida para sostenerla, para defenderla, bien merece el puntal de un crimen.
Y yo se lo he dado, mejor dicho, fue la lucha la que me obligó a dárselo.
Lucha, lucha eterna, lucha que viene desde más allá de nuestro primer vagido en la cuna, lucha que nos hace llegar al mundo gritando, desafiando, como rabioso alarido, desde las puertas del vientre de nuestra madre…
La vida bárbara comienza donde la misión muda de la matriz termina…
El bíblico e inútil Abel, que ofrece a Dios, sus cantos y sus rezos mientras su vientre repleto está digiriendo la carne de sus ovejas, ha de encontrar siempre al Caín hambriento… La vida toda es una cadena que tiene por eslabones los Abel y los Caín…
Los primeros viven de lo que despojan a los segundos, hasta que éstos acosados por el hambre, casi vencidos ya, reaccionan, se incorporan, hacen un nudo de fuerza en sus músculos y amparándose en el sagrado, en el indiscutible derecho de la vida: ¡matan y despojan a su vez! El protoplasma de hoy, está incubado en el protoplasma de ayer. ¡El pasado manda!
Barbarie y civilización: principio y fin de la existencia humana. Hambre y satisfacción. El hombre primitivo era bárbaro porque tenía hambre y andaba desnudo: el hombre moderno es civilizado, porque tiene el estómago lleno y se abriga.
… ¡Y cuando esto le falta, vuelve a ser bárbaro!
Siempre ha de oírse en la tenebrosa noche de las edades el grito salvaje que viene desde el comienzo del primer ser y que a veces parece apagarse como ahogado, para luego en plena pretendida civilización, resonar una vez más como un “remember” a los que olvidan…
Es un alarido que oyeron las cavernas, que ha oído la edad media, que oímos nosotros y que oirán los hombres de mañana y siempre, mientras haya dos seres que copulen, un vientre que se preñe y un niño que nazca…
Juez de mí mismo, yo me absolví. Abandoné mi mesa y salí tranquilo, satisfecho… Civilizado…
** ** **
CAPÍTULO V
Tranquila la conciencia, con la serenidad del hombre que sabe que no ha delinquido, emprendí el camino hacia mi casa, de donde saliera por la mañana dispuesto a mendigar y a la que regresaba, llevando para mí en esos momentos una fortuna en los bolsillos.
En el trayecto buscaba la forma cómo explicaría a Cleo la procedencia del dinero.
Pensé ocultarle lo que había hecho, pero, me dije, sólo se oculta una culpa, un delito, un pecado; yo no soy culpable, ni delincuente, ni pecador y basado en el razonamiento que hacía pocos instantes habíame hecho, amparado en la sentencia absolutoria que el Yo íntimo dictó sobre el proceso en que el hambre y la miseria me habían envuelto, subí la fatigante escalera cuyos últimos peldaños morían junto a mi buhardilla.
Cleo permanecía aún sobre el lecho.
Con los brazos abiertos, la cabeza inclinada, y sus ojos, ya sin lágrimas de tanto llorar, dábanle un aspecto de virgen dormida sobre la cruz de Cristo. Virgen rendida y pálida después de una noche de tentaciones.
–Dueña mía –le dije, y me senté suavemente al borde de su cama, acariciando su frentecita pálida, besando la sombra de sus ojeras.
Ella entreabrió sus ojos.
–Vienes cansado, pobre niño mío, acuéstate… –me dice mientras sus manos se entrelazan con las mías.
–Sí, mi reina, tienes razón, debo reposar un poco… ¡He trabajado tanto!…
–¿Cómo? ¿Has encontrado algo, por fin? –me pregunta ella semi-incorporándose en el lecho y cruzando su brazo en torno de mi cuello, mientras asentaba sobre mi garganta las tibias palomas nacaradas de sus senos.
Yo miraba reflejarse mi rostro en el fondo de sus pupilas y tuve la dulce emoción de sentir que vivía dentro de ella…
–Reina mía… dueña mía… diosa mía… madre mía… novia mía… ¡óyeme…!
“Tú eres la idea que ha cuajado firme en mi cerebro; mi cabeza es como el cofre bendito donde mi alma ha guardado el relicario de tu imagen. Mi vida es una esclava postrada junto al haraposo trono de la tuya…”
–El número de los esclavos no hace los reyes. Uno les basta.
–Tú encarnas la fe, el “por qué” de mi vida… Tu sexo y tus labios, representan para mí más que toda religión y más que los paraísos prometidos por Mahomas o Cristos. El contacto de tu piel, vicio bendito, es mil veces más excitante que el haschisch u opio. Cuando observo tu cuerpo rosa y tibio delicado y fino, dormido junto al mío, soñando quizás con besos de otros hombres, y sonríes, mis manos se crispan para estrangularte.
“Amor que daría todo a cambio de no compartirlo jamás con otro hombre.”
“Mis ojos sólo viven para adorarte y el día en que ellos no te vean, caerán, para no alzarse nunca más mis párpados… Es por ti solamente que mi corazón late y que mi sangre circula… Por ti vivo… por ti lucho… por ti esta tarde…”
–¿Qué has hecho por mí? –imploró ella.
–He trabajado mucho… El sacrificio hecho en honor de mi diosa, ha sido fructífero. Ella me ha enviado sus dones. Puedes estar tranquila. Ya sabes que a ti me debo y por ti lo haría todo… No me preguntes… las reinas no saben nunca cómo se ha conseguido la flor del abismo que se les confía…
“Ellas deben ignorar el sacrificio de sus vasallos… ¡Ignorarlo siempre… reina mía…!”
Cleo adivinó el por qué de mi hermetismo, el por qué de mi silencio, la razón de mi sacrificio. En su cerebro de mujer se imaginaba parte de lo que yo había hecho y apretándome entre sus brazos, como si su tierno y amante corazón presintiese que algún brazo uniformado podría arrancarme de ellos, besó con fuerza mi boca…
Y murmuró quedamente a mis oídos.
–¡París!
–No, no… Buenos Aires.
Mientras el sol ensayaba sus primeras luces, abandonamos la tétrica buhardilla y descendimos por última vez la sucia y fúnebre escalera.
Horas más tarde la luz invadía la ciudad, el caserío despertaba y despertábamos nosotros de la tenebrosa pesadilla…
Parecía que la aurora que llegaba con el nuevo día, tenía algo de nuestra vida y estaba llegando para nosotros.
Fuimos a una casa de compra-venta y allí quedaron, sobre el mostrador, testigo mudo de sabe Dios cuántas tragedias, el deshilachado vestido de Cleo y el viejo y raído traje mío… ¡Tal vez habrá servido el de ella, para cubrir el cuerpo de una pobre mujer que comienza a rodar por la pendiente de la desgracia y el mío para algún hombre que se hunde en el abismo de la limosna…!
Por fin dejábamos de ser protagonistas de la película horrible que tuvo por escenario una buhardilla…!
Terminado el trayecto que importa la búsqueda de pasajes, visaciones chocantes de pasaportes y demás hilos que encierra la madeja que ha de desenvolverse en un viaje, nos instalamos en el barco.
Mirábamos esa ciudad cuya, para nosotros fatídica, divisa racial es la mole obscura que se recorta en el infinito como trozo de la negra carne de los hombres que la habitan, el pan de azúcar…
Allá quedaba con ellos el invierno de nuestra miseria, nuestras ropas sucias y deshechas.
La nave enfiló proa al sud, rumbo a la ciudad inmensa por donde evacúa la América del Sud sus productos: ¡Buenos Aires!
Paseábamos por cubierta, olvidando el pasado y con los ojos fijos en el porvenir. Nuevos caminos abríansenos por delante, teníamos nuevas rutas a seguir… Celebramos con un beso quemante, como abrasado en rayos pedidos al sol, el primer momento feliz después de tanta desgracia… La vuelta a la primavera de la vida…
Esa especie de año nuevo del calendario del destino.
A la hora del almuerzo ocupamos nuestros respectivos lugares.
Volvía de nuevo a cruzarse en nuestro camino la mesa bien servida…
Hablábamos de nuestros proyectos, cuando sentí que alguien daba una palmada en mis espaldas. No obstante mi serenidad, hubo un sacudón dentro de mí, y volviendo la cabeza busqué a quien así me llamaba; vi un rostro conocido y tuve una exclamación de alegría:
–¿Tú, Juan Antonio por aquí? –dije, levantándome para abrazar al amigo de la infancia que el azar colocaba de nuevo junto a mí.
–Sí, te he reconocido inmediatamente y vine a darte un abrazo. Tanto tiempo sin noticias tuyas. He preguntado a todos respecto a tu vida y nadie supo responderme, ni aún tu pobre madre la última vez que pude verla…
–¿La última vez que pudiste verla?… ¿Acaso mi madre…?
–Sí amigo mío… Es doloroso que el destino me elija como mensajero de tan triste nueva. Ella murió y murió más de pena, que de cansancio de vivir…
“Si en lugar de traerte el eco de una desgracia, me hubiera propuesto enterarte de una nueva venturosa, no te hubiese encontrado nunca: la única brújula para dar con el paradero de los hombres, la tiene ella, ¡la Fatalidad! Ya lo están viendo… he llegado hasta ti con tan amargo presente en las manos…”
–¡Madre mía!… Menos mal que Irma estaría a su lado. Porque Irma estuvo a su lado, ¿verdad?
–Irma… –me responde–, sí, Irma estuvo allí, en el pueblo…
No insistí más; en el dejo de su voz y la casi invisible contracción de sus labios, creí vislumbrar algo, yo no sé qué, algo que mi alma presintió, permitiendo que sólo llegara a mi cerebro una onda de temor y evité la pregunta por miedo a la respuesta…
¡Ya lo sabría más adelante!
–En fin, resígnate –me dice– es el signo de todos. La infalible y eterna cicuta que acaba con la vida.
“La muerte, no es nunca una pena cuando llega con los años de agotamiento físico o moral. La humanidad la ha denigrado como un castigo, cuando ella no es sino un hecho sin importancia para la generalidad, cuando es individual. ¿Qué puede importarle a la colectividad que tú o yo desaparezcamos? Esa eliminación es necesaria, imprescindible para dar paso a los nuevos, los que llegan. Mi lugar está ocupado de inmediato, es deseado, yo significo un obstáculo, como ellos lo significarán a su vez, para los que estén por llegar… Todo ser que posee algo, que le ha tocado una buena presa en el reparto, es necesariamente envidiado por los otros, por los que lo rodean, por los de su propia carne, del hombre que ha producido lo que debía, la mujer que se ha perpetuado, y ha dado vida por ello no puede ya dar placer.”
“Los comunistas no quieren llegar por su esfuerzo al lado de los elegidos, de los triunfadores, quieren ocupar su puesto por la violencia, lo que los otros consiguieron con trabajo o robo.”
“Y es justo: ¿Cómo remediar actualmente la incapacidad intelectual, la diferencia de capacidad comercial, el desnivel físico, sino por la violencia?”
“La supremacía moral, encuentra siempre frente a ella la supremacía física. Y la lucha será eterna, músculo contra cerebro.”
“La muerte individual significa para la colectividad general un beneficio. Le pertenece un tanto por ciento, aunque para llegar a reunir lo que uno cree suyo, ha debido renunciar a principios, alejarse del código, luchar como una fiera en la disputa del oro; el Estado es el primero que se abalanza sobre el cadáver en el reparto.”
“¿Qué le importa, darle una parte, al hijo o a la madre? Éste o ésta a su vez morirá y así entre mordiscos y zarpazos tiene la seguridad de su completa posesión”.
“El leguleyo, el abogado, el amigo, la esposa y los hijos todos sin excepción, creen que este hombre ha vivido mucho, que ya no produce y su vejez es un estorbo en los planes de ellos, plenos de virilidad. Y es entonces cuando la muerte se desea y necesita. Viejo, sin deseos ni esperanzas, el análisis verdadero de los que criaste, de los que imagines tus hijos, eres un obstáculo en su camino avasallador para que aparten luego, te arrebaten lo que es tuyo, ya que la vida que distes, les da a su vez ese derecho.”
“En la caravana de la vida, cuando no puede seguírsela en su rápido avance y cae, debe hacerse el presente como en las caravanas del desierto; un cántaro con agua y una ración de pan. Es triste, doloroso, pero necesario e imprescindible.”
“Has tenido tu parte en el festín de la vida.”
“¿A qué empeñarte en poseer la vida, si en tu impotencia haces grotesca esa unión?”
“La muerte no es un castigo, es una liberación en estos casos. La muerte no es una pena, aunque los códigos así lo proclaman.”
“Los hombres recién fueron superiores a las bestias cuando inventaron o descubrieron el suicidio, esa puerta que dejó la naturaleza a su preferido, para poderse liberar en cualquier momento del yugo de sus congéneres.”
“El suicidio nos coloca más allá del castigo de los hombres y de la venganza de la justicia. Más allá aún, de la misma ira de los dioses.”
“Estos, como un presente, dicen habernos ofrecido la vida y, como un castigo, pretenden podérnosla arrebatar.”
“Dejan de ser fuerte, cuando podemos zafarnos así de su venganza.”
“¿Qué presente nos han hecho? ¿El dolor de existir?”
“Nosotros podemos ofrecerles la alegría de morir.”
“El suicida, está más allá del castigo de la justicia y de la ira de los dioses.”
“Los transforma en iguales, más aún, en superiores en su impotencia de castigarnos.”
“Aquel viejo que avanza arrastrando su miseria hacia el banco de la plaza, que abandonaron los niños a la llegada de la noche, inútil y reseco, sin otro afecto que sus propios recuerdos, ¿qué otra ruta le queda, para separarse de la roña en que los hombres y la vida lo transformaron?”
“El obrero pálido, famélico, que al llegar al puerto, esperando que en lontananza descubra el barco que pondrá a a su trágica prosa, ¿qué otra ruta a seguir, sino ésta de las aguas sucísimas del puerto?”
“La adolescente, la virgen que despierta a la vida junto al efebo que no puede poseerla, junto al macho que no puede desgarrar su himen, no puede mordisquear sus senos. ¿Qué otro gesto más bello, como escupitajo a nuestras leyes y morales, que después de haberse entregado, después de haber gozado el minuto, haber vivido su instante, no darles el placer de su desprecio e insultos y penetrar en la noche eterna, en el inmenso silencio…?”
“La muerte no es sino un pasaje de la vida ya que la costra de la tierra es un laboratorio, que todo fermenta que todo se renueva y utiliza, nada se pierde. No temas enfrentarte a ella.”
Callamos un momento, arrodilladas las almas ante la memoria de la muerta.
–Aquí estoy a tu lado, soy tu amigo, más aún, tu hermano…
Habló él y me relató su vida. Yo no podía contarle la mía. Vida que encierra un secreto, tiene el mutismo de un cofre cerrado.
–Viajo siempre –le dije por decirle algo–. Ya sabes que soy un hambriento de distancias, un sediento de horizontes, parecería que no soy un ser que huye de su hombre y que no ha de detenerse nunca… nunca…
“Pero ya comienzo a sentir la necesidad de ejercer de nuevo mis actividades. Quisiera devolver a mi caja lo que locamente llevo sacado de ella. Por eso voy rumbo a Buenos Aires, creo que allí encontraré campo fértil…”
–Y bien –me dijo– éste es el momento. Allí en Buenos Aires actúo en política, soy un personaje influyente. Los hombres que gobiernan el país están tan ligados a mi existencia que nada hacen sin escuchar mi opinión. En una palabra: me he abierto camino de una manera sorprendente y desde ya, asegúrote que mi mayor satisfacción será constituir para ti un verdadero y sólido punto de apoyo, que necesito y mi propio interés busca, tan verdadero, tan real, tan sólido y fuerte como el cariño y la amistad que nos une desde la infancia.
–¡Juan Antonio! Siempre bueno, siempre amigo, siempre hermano… ¡Gracias…!
Dos días después, amarrado el vapor, pisamos tierra, tierra nuestra y la canción del trabajo saturado de risas llegaba a nuestros oídos como una “maldita bendición”…
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CAPÍTULO VI
La ciudad en eterna construcción, la futura rival de la del hemisferio Norte, agita nerviosa su mano de gitana, el echarpe de sus riquezas, coloreado con los tonos de las razas que pueblan la tierra.
En cada rostro hay un deseo y en cada pecho una ambición.
Viven sus hombres de hoy bajo la misma presión angustiosa de los que murieron ayer y sus corazones laten con idéntico ritmo. La mayor parte, nacieron en ella, pero sus caras trasuntan la ansiedad del inmigrante, el prurito de lucro que brillaba en la faz de los abuelos años ha, cuando se lanzaron por las calles de Buenos Aires, en miserable caravana de andrajosos, mineros hambrientos de oro y de olvido.
Sociedad cosmopolita en la que unos cuantos, dopados por el dinero que acumularon sus mayores en ardua lucha con la miseria, vis a vis con el centavo y el indio, han llegado a formarse un árbol genealógico y establecer una aristocracia… principio de toda aristocracia americana. Aristocracia especial, aristocracia de aluvión, amasada con la turbia levadura de los deshechos de tercera y cuyas raíces tienen por punto de arranque establos y normandos, figones de Sierra Morena u obscuras “botiglerías sicilianas”…
Urbe que tiene la característica de vivir como las aldeas africanas, al compás del eco de la vieja y corrompida Europa. Imitando malamente sus gestos y aprovechando sus saldos; satélite jupiteriano con pretensiones de astro.
Urbe poblada con los excrementos de la decrépita civilización latina. Urbe que tiene pretensiones de cabeza y que sólo es vagina para los imperialismos extranjeros.
Urbe de desheredados, cubierta por obras falsificadas de estatuas de mal gusto, que muestra impúdica, y adora los becerros de oro de sus héroes impuestos por la necesidad. ¿Cómo considerarnos grandes, cómo no tener historia, cómo hacer plazas para nuestros niños, si no tenemos héroes?
Las plazas sin estatuas de héroes no tienen personalidad.
Rodarán los años por la empinada pendiente de los siglos, y la expresión de los rostros será siempre la misma, porque el primer engendro, nacido por obra mecánica de la cohabitación, fue hecho con el estómago vacío y el cerebro puesto en las ganancias del mañana.
Urbe que pudo haber sido noble estandarte de la humanidad doliente, redención de la vieja raza y crisol de las aspiraciones, y que malamente desvió el heredero directo del emigrante, que vino en las primeras entregas que el mar nos hizo, en las primeras remesas humanas que a nuestras playas volcaron las olas, que llegó escondido, sin billete, sin equipaje.
Es el mercader que, disfrazado junto al trabajador, entona en las fábricas, enseña en las calles, sostiene en las cámaras, su canción de farsante.
Mezcla de profeta y meretriz, con sonoridades de sirena, entona la canción que brinda aventuras y preña esperanzas.
Canción que el dolorido pueblo sigue y seguirá siempre; canción tras cuyo sonido se lucha por la patria y se venden sus hombres, se pactan las guerras y se conceden sus riquezas.
Canción que muestra caminos abiertos imposibles de recorrer, pero que para el pueblo serán siempre caminos abiertos. Montaña dorada en cuyo pináculo se encierra el tesoro, montaña inaccesible, pero montaña de riquezas al fin…
Y así los pueblos sedientos, que buscan y buscarán al “hombre” sobre el desierto miserable de sus vidas, aplacan la sed de justicia en las aguas mentidas de su espejismo.
Así mantendrá, mientras el pueblo no reaccione, con sus discursos, con sus proyectos, con sus constituciones, en la noria al obrero imprescindible que produzca el importe del traje que ha de cubrir a sus malas hembras.
Dinero de pueblo, esperanzas de pueblo, sacrificios de pueblo, se verán, mientras él exista, defraudados.
Y aquí, como en todas las ciudades, su figura se proyecta desde el amplio boulevard, hasta el rincón anónimo de una callejuela trunca de un barrio infeliz.
Por él, naciones hermanas gimen bajo el yugo imperialista, vendidas como cansadas prostitutas; por él, nuestro país, al que alguien escondiendo su despecho llamó la “canasta de pan”, escucha el grito desgarrador de sus hijos hambrientos, y por él, nuestro país ofrece a los ojos del mundo el espectáculo triste de nuestro mercado, en el que más fácilmente se coloca esa máquina de placer que a diario nos vuelca el puerto: la trata de blancas.
Esa industria francesa más fructífera que los perfumes y los trapos.
Es el producto que todos los pueblos, que todas las ciudades, que todos los ambientes conocen, y que tiene, como ciertos animales extraños, la rara propiedad de fecundarse a sí mismo.
¡Ah!, el día que el pueblo haga de partera de justicia y que los abra para que así nazca la verdad, entre el ropaje de intereses personales que los cubre.
El día que se arranque la careta al hombre que nació sin esqueleto, porque puede amoldarse a cualquier recipiente y que para llegar a la cúspide de sus ambiciones mercenarias, arrastrándose, perdió las piernas: el doctorado en política.
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CAPÍTULO VII
Seguían las nubes del tiempo volcando sobre el mundo la llovizna de sus días…
Seguro de mí mismo, con el corazón blindado por el desengaño y anhelando borrar de un solo brochazo, para siempre, el cúmulo gris de tristezas y penas, de miserias y de injusticias que preñaron el infinito del cielo de mi vida, fui a ver a José Antonio.
–Tendrás –me dijo– por mi intermedio, espléndidas combinaciones de Bolsa; puedes, podemos ganar mucho dinero con las informaciones que yo te suministre.
“Sirviéndote, me sirvo a mí mismo; no pienses que cumplo el rito estúpido de hacer el bien por el bien mismo. No. Sirviéndote no hago otra cosa que beneficiarme, defendiéndote me defiendo. Para protegerme me convierto en protector; tú harás lo mismo a tu tiempo…”
José Antonio ya no era el provinciano tímido; audaz e inteligente, comprendía que en su ciclo político le era necesario el hombre que él creía ingenuo a su lado; yo haría, por mi parte, buena copia para mí…
Llegué a intervenir en todo, estar al corriente de todo y a no espantarme de cualquier combinación; una buena comisión que engrosase los bolsillos, no tenía importancia, que costase al pueblo miles de esfuerzos y sacrificios…
Me enrolé en la fila de los presidiarios sin número, de los delincuentes sin uniforme carcelario.
Nada podía enrojecerme y espantarme. El jesuitismo de los hombres había encallecido mi alma, y ella no sentía ya las cuchilladas de la vergüenza.
Saturado del ambiente, hacía tiempo que yo no era el hombre en cuyo pecho germinaba la semilla de los bueno sentimientos, el ser que veía un hermano en otro ser, el corazón indiferente a su propio dolor, pero de rodillas y gimiendo, como un Cristo ensangrentado, ante el dolor ajeno…
Volvía a batirse en mi cerebro el aletazo ancestral que sacudiera hasta la última de mis fibras la noche aquella en que el despotismo de los demás hizo armarme caballero del crimen, cuando el hambre me diera “toison” de bandido.
Y fue así, como, abrazado al cuerpo trunco del hombre sin piernas, empecé a perder las mías; comencé el ascenso de la senda escondida que conduce a la cumbre y que sólo sabe de la garganta negra de los abismos y la cerrazón de las encrucijadas donde atacan por la espalda, la mentira y la traición… Era necesario ahuyentar las tinieblas del ayer con el brillo de oro del presente…
Una vez poderoso o muerto, ya se encargaría el mundo de cubrirme con honra y gloria…
Honras y glorias que la envidia bate incansable en el crisol de la hipocresía, pero tan prestigiosa y puras como las que aureolan otras cabezas.
Cerca ya del pináculo soñado, sentí que algo impedía mi avance, que había un obstáculo en mi camino y comprendí que eliminándolo, el triunfo sería mío… y era que al que me había abrazado a sus piernas, ahora se abrazaba a las mías, me impedía la marcha.
Y con la vista fija en el pasado, desde donde mis antepasados contemplarían orgullosos de mí una clara prolongación de sus pasiones, un eco innegable y fiel del grito brutal y bárbaro de sus razones que tenían la solidez salvaje de la era de piedra, lancé al abismo de la nada, el cuerpo trunco, gracias al cual realicé el ascenso… y cayó con él aquel que me tendiera su mano, aquél que me ayudara a subir, el amigo de la infancia… ¡José Antonio!… Mi traición se llamaba “inteligente maniobra política”. La razón de vivir es la más fuerte de todas las razones…
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Han pasado días, meses, años, entre la intriga, la adulación y la mentir. Había llegado a reemplazar a José Antonio, a ser más poderoso que José Antonio…
Y hubo por fin un día, rayos de sol en la ventana de mi alma… Luz de dicha, dicha humana, burguesa y mediocre, común y normal, que el faro del azar me brindaba y llamaradas de amor con que los labios encendidos de Cleo daban calor a mi vida.
Las horas pasaban, deslizándose con desgano, en la casa de Gobierno, en los dinners del Plaza Hotel, en las noches del Colón.
Cleo triunfaba, el odio que podía despertar sus alhajas, aun en los que se decían mis más íntimos amigos, sus pieles, armiños martas, su belleza espléndida, perfecta feminidad, no era sino un entretenimiento para mí, un éxito más en mi vida, un final magnífico de la misma.
Llegaron los anónimos, los insultos por teléfono, las amenazas. Mi felicidad, mi poderío y su belleza, hería, lastimaba, eran brasas candentes. Todas las histéricas, todas las mujeres de pechos ajados y que esperaron vanamente las manos que los estrujasen, todas las que ostentaban tres apellidos y que sólo quizá le correspondiera el de su madre, habían desencadenado su impotencia tras la murmuración.
Yo sabía cómo podía hacerlos callar; yo conocía el alma aristocrática de mi pueblo. Y así fue cómo los senté en mi mesa, los recibí en mi palco, los llevé en mi coche.
Un día tuve la humorada de darles una fiesta que les recordara sus antepasados; quise arrancarles el antifaz de caballero, junto a los trajes de “soirée” de sus damas. Y, para que tuviera más carácter, para no desentonar con sus espíritus, hice decorar mis salones simulando un barco, viejo barco velero, medio pirata, medio negrero, una taberna, en donde la débil luz de los candiles, junto al gramófono de corneta de lata y disco rayado, hiciera surgir en su cerebro el pasado lejano que simulaban haber olvidado.
Estibas de bolsas para sentarse, barriles para comer, alimentos burdos que sus estómagos no recordarían ya, música del Mediterráneo o Liverpool.
Les exigí que llegasen rotos, hambrientos, con aspecto sucio, que sus mujeres se presentasen caracterizadas de pordioseras y prostitutas.
Yo creía en la voz de la sangre, en el llamado del ayer, y así mezclé la “señora bien” junto a la “señora mal”; a la niña de tres apellidos junto a la que sólo podía lucir un apodo o sobrenombre; al cirujano en boga con el pintor dudoso; el “don juan” de los salones, con el “don juan” de los prostíbulos; el dueño de la rotativa con el escriba del pasquín, la artista célebre, el político de éxito y el tahúr de comité.
Y así pude permitirme el lujo de verlos transformados, a los habitués del Colón, de la confitera de lujo, de los salones de la casa de gobierno, en perfectos actores de las que fueron veneradas figuras que habían ellos ennoblecidos en las viejas casas “genealógicas”, a cambio de unos cuantos pesos, producto de la usura, en pergaminos, en los que solo podían creer los que, como ellos, los habían adquirido.
Habían tenido el todopoderoso gesto de hacer resurgir en ellos el espíritu de sus ancestrales; todo el origen de la formación de nuestra pobre y mentida aristocracia…
Gritaron los pasquines ante la burla que adivinaron, hambrientos, en busca del hueso que pudiera tirarles, en forma de cheque; los rotativos de izquierda y derecha, tuvieron gestos de viejas meretrices y de conventilleras enojadas…
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CAPÍTULO VIII
Yo era individualista, comunista a mi manera, considerado en el fondo del encanallamiento de los hombres, éstos no merecían el sacrificio que gustoso hubiese hecho por ellos, pero acariciaba esa idea en mi cerebro, con la misma tibieza que acaricia el presidiario el día de su liberación. Como se acaricia la llegada de la hembra imaginándola tal cual uno sabe que no es; pensaba que la minoría de privilegiados, de la que formaba parte, estaba obligada a ceder sus inmensos beneficios, a aquella mayoría desheredada, explotada, vejada, miserable, andrajosa… Cuando exponía mis ideas, los burgueses, los mismos que se decían proletarios, aquellos que se creían comunistas por tener el estómago vacío, arrojaron la frase tonta, la sonrisa incrédula del ¿por qué no comenzaba repartiendo yo?… En mi individualismo no había reparto, porque ello hubiese sido dar la posesión a otros de lo que en ese momento era mío, hubiese sido cambiar las personas y no las formas… Era la solución que me proponían los imbéciles que me rodeaban; ellos creían que el mundo iba a solucionarse cuando cada uno de ellos tuviera su granero repleto, sin importarle que el mío quedase vacío.
Yo quería que mi comunismo descendiese de las clases intelectuales, de los hombres de letras, de las arcas enriquecidas de los que hubiesen mal heredado, de los ahítos, de los repletos; no comprendía el comunismo que subiese con el fango de las callejuelas del suburbio, del analfabeto, del obrero muy respetable de manos callosas pero ignorante y sin rebeldía.
Mi individualismo era a base de conciencias, de conciencias nobles, dispuesto yo el primero en sacrificarme, dispuesto a invitar a los que como yo tenían para dar, para ceder lo que no era necesario para nuestra existencia, pero sí imprescindible para ellos. Yo sabía que en cualquier régimen debían surgir los superiores.
Una tarde, tarde gris que se hundía con pena en los senos helados de una noche sin luna, me llegó una carta. Era la invitación de un amigo. Fiesta de “garçonnières”… Banquetes a base de carne cansada… Borracheras de besos mentidos… Desvanecido champagne que nos brinda la copa rota de mujercitas vencidas. Orgías que provocan los delincuentes de frac para tramar sus asaltos y que tienen los mismos rituales que las de los turbios malevos de gorra y pañuelo…
Fui…
Yo era un asociado a ellos.
Música y alegría en el ambiente, miseria y dolor en las almas. Risas en los labios y gemidos en los pechos… Medianoche en el reloj y medianoche en las conciencias…
Uno de esos directores de casas cerealistas o frigoríficos, uno de esos asociados que convirtieron mi país en una fazenda negrera, en combinación con nosotros los dirigentes del pueblo, masticaba sus hipos, me habló al oído.
–Es usted un hombre de suerte.
–De suerte… no me explico… –respondí esquivando el ensayo de un abrazo.
–Sí de suerte… –repitió– Seremos aquí cuatro machos y cuatro hembras.
Miré su aspecto y sonreí. Era un despojo humano con pretensiones de hombre.
–Y bien –le dije– si es así, nadie está de más.
–Es cierto –respondió– nadie sobra, pero eso no quita ni impide que sea usted un hombre feliz, afortunado… Hemos hecho un sorteo y a usted le ha tocado la mujer más linda de esta noche… Vendrá a la una, a la hora de la cena… Se la sentaremos a su lado en la mesa. Ya verá cómo tengo yo razón, cuando le digo que es usted un hombre afortunado…
Y tambaleando sobre sus piernas combadas se apartó de mí haciendo jugar entre sus dedos la gruesa cadena de oro, que parecía forjada en algún presidio.
Y pensé: ¿qué jirón de carne derrotado, envuelta en seda, cubierta de joyas, relumbrón estúpido de épocas históricas, qué retazo de prostíbulo sin patente, me habrá reparado este sorteo repugnante realizado en la tómbola de la “garçonnière”?
A la una de la mañana ocupamos nuestro sitio en torno de la mesa.
Faltaba la mujer que me había tocado en suerte.
Íntimamente me sentí contento. Prefería estar solo, en esa extraña soledad espiritual en que nos hundimos algunos momentos de la vida, cuando hastiados del monótono rugir del torrente, buscamos en el fondo de nosotros mismos, ese rincón indefinido donde se refugia el alma, mientras dejamos que el cuerpo siga desarrollando su comedia materialista. Esos instantes especiales, ese cuarto de hora tan necesario al espíritu, que hace, por un original desdoblamiento, que estemos presentes y ausentes a la vez.
Vagaba mi alma por el planeta muerto del pasado y ante ella cruzaban como una visión los hechos, las cosas y los hombres… Todo lo recorrí en un instante. Desde mis horas infantiles, con mis caprichos, hasta los últimos días de fiebre y delito en que acorralado tuve que abrirme camino para defender el átomo de espacio que Cleo y yo ocupábamos en la espantosa inmensidad del mar sin playas del infinito.
Mas no tardé mucho en volver en mí mismo. El hombrecillo que me llamara hombre feliz, golpeándose en la espalda, me dijo:
–La reina de la fiesta, cuyas sonrisas serán para usted esta noche… Aquí la tenéis, os la presento…
La miré, y un oleaje de sangre sacudió mi corazón. Rodaron en las cavernas de mi pecho turbiones de sollozos encontrados, impotentes para romper la compuerta que el carácter había cerrado en mi garganta.
–¡Irma! ¡Hermanita mía! –gimió encogido mi corazón. Y mis labios de hombre de mundo, de caballero, modularon sonriendo:
–¡Señora, es usted muy bella! –y estampé un beso en sus manos.
Beso que fue para los demás, vulgar choque de piel de prostituta y aventurero y que tenía la asqueante paternidad del ambiente.
Beso que unía nuestras almas transidas de pena, bajo el mismo palio de un idéntico, sagrado y bendito recuerdo; el de aquella que desde el infinito seguía nuestra ruta por el mundo y cuyas plegarias en el consorcio de las almas puras eran para nosotros… ¡Madre santa!…
Horas más tarde, a solas en mi casa, mientras Cleo dormía, Irma reposaba en mis hombros su cabecita fatigada.
–Perdóname –dijo mientras se agitaba sobre un volcán de llanto–. ¡Si imaginaras siquiera cómo sufrí desde que nos abandonaste!
–¡Hermanita mía!… Dije tratando de defenderme al defenderla.
Alzó sus ojos hasta mí, mirándome sin comprenderme, había en sus pupilas la misma extrañeza que brillara en las mías la tarde aquella en que sobre un banco del jardín me hablara mi padre por última vez…
–Eres pecadora inocente –agregué estrechándola contra el pecho–, y lo eres porque no pecaste por tu culpa, sino porque los demás así lo quisieron y al contrario de aquellos que llevan en su pecado la penitencia, tú llevas en el tuyo el perdón…
No te pregunto tu historia, porque sé que es la historia mía y mi conciencia al juzgarme está juzgando la tuya también y las absuelve a las dos. Duerme tranquila que no hay ninguna mancha negra en la blanca piel de armiño que envuelve tus buenos años. Nuestros buenos años de “El Refugio”.
–He sufrido mucho, hermano, tanto, tanto, que la humanidad parece una aglomeración de bestias malditas que se debaten en un infierno purgando delitos incalificables. Obligada a vivir entre fieras, si quería subsistir, he tenido que convertirme en fiera. (¡Quizá también a ellos a su vez, como a mí, los obligaron a morder!)… Me han despertado todos los apetitos y me han obligado a todos los ayunos. Me han convencido que el pudor en nosotras las mujeres no es sino una consecuencia de la educación…Me engañaron… Me mintieron… El pudor no puede calcularse…., ya que yo puedo desnudarme sin pudor… Ese sentimiento que demostramos según la moda pero que gira más que nada alrededor del sexo, tiene para ellos, algunas veces, ya sea, la cara, el seno, el dorso…
Me mintieron cuando dijeron que el amor era un idealismo… Me mintieron cuando dijeron que la honradez era un virtud…. Que sólo los buenos triunfan, que todo delito encuentra su castigo… Mentira…porque tú hubieses sido castigado… He conocido tan de cerca de los hombres, los he sentido tan esclavos de sus pasiones, tan obsesionados por el placer y la ambición, que mi perdón fue hacia ti, hace ya tiempo. Perdón que no es quizás sino desprecio; nos sacrificaste, pero no fue para ti estéril, pareces feliz, tienes todo el aspecto de un triunfador, y eso bien vale nuestro sacrificio, pero para ello tiene que haber muerto en ti el remordimiento y los principios que te inculcaron. Quizás ellos fueron falsos, o principios de superseres, de semidioses…
Cuando tu te fuiste, don Nicasio…
–¡Canalla! ¡No quiero saber…! –interrumpí yo.
–¡Ah, no! ¡Debes escucharme! –continúo, excitándose Irma.
–Debes saber todo para juzgarme y juzgarte… ¡Esta confesión es necesaria, imprescindible aunque no quieras!… Don Nicasio nos exigió poco después el pago; ¿dónde íbamos a recurrir, a quién? Lo amparaba la ley, era la ley…
–José Antonio –dije yo.
Sus ojos me miraron irónicamente.
–No podía pedir amparo de quien tanto me había burlado. El orgullo que me inculcaron me sirvió hasta para eso. Se nos amenazó con echarnos. Mamá estaba enferma. Si hubieses visto esa furia humillándome, tratando de derribar el pedestal que mi vida en el pueblo me había creado; tú que en el fondo eres bueno, le hubieras saltado al cuello estrangulándolo tal vez. Delante de ti no hubiera osado, pero sola, indefensa, se transformó en un perro hambriento de emociones y lágrimas, digo mal, en una hiena con figura de hombre. Me exigió que fuera a Córdoba, con el pretexto de arreglar nuestra hipoteca. Era una orden. Podía cancelarla con mi cuerpo… ¡Nunca sentí tanto mi virginidad!… Fui; otra también habría ido. Mamá necesitaba asistencia, había que traerla a Buenos Aires. Tú estabas lejos, tan lejos, que ignorábamos dónde.
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CAPÍTULO IX
Cleo era una supersensitiva, delicada muñeca rubia que a mi lado era o creía ser feliz. Olvidado su pasado, habíase convertido en una burguesa, tranquila, un poco triste, que en su vida solitaria, sin amigas ni otra distracción que mies palabras o los pocos paseos que me permitían mis ocupaciones, debía lógicamente sentirse atraída inmediatamente por Irma.
A ésta, la vida habíale reforzado si era posible su carácter, transformándola en una mujer de acción. Sus gestos autoritarios o bruscos para todos los que la rodeaban, se convirtieron en suaves atenciones, que tenían algo de protección para Cleo.
Intimaron rápidamente, sensibilidades contrarias, se atrajeron sin que ellas lo supieran definir en un principio, hacia una amistad profunda en que cada una trataba de ser más agradable a la otra.
El oro de los cabellos de Cleo, contrastaban en forma agradable con el negro de los de Irma, de facciones enérgica, piel morena, alta y de ademanes demasiado masculinos, con el talle pequeño, los ojos azules y dorados de mi Cleo, toda feminidad demasiado frágil y amanerada.
–Permíteme, querida… –decía Irma retirándose dos pasos para contemplar mejor a Cleo, después que ésta había terminado su toilette–. ¡Qué hermosa eres! –agregaba.
Llegaba a nuestra alcoba junto con el desayuno y diarios de la mañana. Mientras tomaba mi baño, Irma me reemplazaba en el lecho, y así al partir quedaban ambas riéndose y discutiendo de cómo emplearían el día. Una vez cuando leía mi diario y ellas se vestían para una cabalgata en Palermo, Irma mirándola díjole: Yo comprendo que Jorge te ame… si yo fuese hombre también hubiese querido tenerte por amante.
Se miraron como si trataran de comprenderse. Cleo observó que yo me había detenido en mi lectura y girando hacia ella mostrando impúdicamente su cuerpo magníficamente proporcionado, cuerpo de adolescente se diría, que hacía más sensual aún una camisa y pantalón de encajes que apenas cubrían su pubis y senos, murmuró: ¡Qué tonta eres!
Un perfecto sentimiento de amistad habíase desarrollado en ellas, era una fuerza que empujaba a una hacia la otra. Yo podía llamarme feliz, feliz en el más amplio sentido de la palabra, como amante, como hermano. Mi posición, un casi futuro ministerio me proporcionaba una satisfacción física y moral, una seguridad perfecta sobre la vida, era el premio, era el pago con que la misma vida había cancelado todos mis esfuerzos y sacrificios. La vida era bella. Yo había vivido equivocadamente. La vida era una herida que había que tomarla por la fuerza, así como la había conquistado yo, a golpe de puñal, a golpe de canalla. Mis esfuerzos no fueron sino una consecuencia lógica de lo que exigió la vida para entregarse a mí. Así como aquel que llega salteando la amistad malagradeciendo una hospitalidad para conseguir la hembra que ha despertado su sensualismo, así había llegado a adquirir esa tranquilidad. Toda mi única preocupación era la vanidad de llegar a ocupar uno de los altos puestos políticos de mi país; era rico, era joven, era amado. Noche tras noche, sobre la amplia cama de nuestro suntuoso dormitorio, con todos los refinamientos de un oriental, que había hecho decorar para darle marco adecuado a ese cuerpo que aun conservaba perfectas sus líneas, oficiábamos el rito sagrado del amor. Sagrado dos veces por satisfacer mi sensualismo y ser estéril, por darnos la sensación del espasmo interminable y evitarnos el dolor de perpetuarnos de que el cuerpo de mi hembra no se deformara, para evitarle el dolor, por negarse a dar vida a un ser que no podríamos asegurar rotundamente su felicidad. Yo estaba menos que nunca cansado de Cleo. Su cuerpo tenía vibraciones en el comienzo del otoño de su vida que no habría podido superar ninguna virgen, ninguna hetaira.
Cleo e Irma en un principio juntas, yo las veía partir en el potente auto, dirigido por Irma con seguridad masculina, desde nuestra casa de la Avenida Alvear; las veía llegar desde el mirador de la misma, cansado el motor y ellas de correr. Un día eran modistas, otro paseos a la campiña, otros en el que orgulloso las acompañaba, era el estreno de una obra, la conferencia en boga, la reunión “aristocrática” que las recibía, acalladas las murmuraciones sobre mi pasado y el de ellas, por el puesto influyente que ocupaba. Nos rodearon los imbéciles tratando de conquistar los favores de ellas y los aristócratas arruinados por una invitación oficial a un “supper” en nuestra casa. Yo era feliz, estúpidamente feliz. Había llegado a no ambicionar más. Alguna vez había pensado en un casamiento con Irma, pero cuantas veces lo había insinuado, Cleo había saltado oponiéndose a ese proyecto.
–¿Qué necesidad tiene Irma de ello? ¿No es feliz a nuestro lado?
Irma callaba.
–¡Responde! –insistía Cleo dirigiéndose a ella.
Esta se levantaba y acercándose la besaba.
–¿Y me lo preguntas? –murmuraba besándola.
Yo era feliz, perfecta e idiotamente feliz. Había conseguido despertar en ambas una amistad, un cariño se diría fuera de lo normal, de lo común; en sus gestos había ternura de madre y atención de amante.
Empezaron a salir menos. Las encontraba al atardecer a mi regreso, tendidas en cama leyendo o discutiendo siempre buenamente, negándose en muchas ocasiones a acompañarme cuando insistía en la necesidad de que se distrajeran un poco. Alegaban que las obras de teatro eran malas, que los paseos a Palermo les molestaban por las miradas insolentes de mis amigos. En lo único que demostraban un interés exagerado era el deseo de adquirir magníficos “desabillés”, ropa interior…
Proyectaban para el invierno próximo un viaje a una estancia que acababa de adquirir, pero de antemano me habían pedido que yo no fuese a ella, condición que había aceptado lógicamente por mis ocupaciones en la Capital.
Yo era feliz… estúpidamente feliz…
** ** **
Esta tarde en mi despacho recordé una fecha, una fecha que los años anteriores no olvidaba y que las obligaciones públicas y políticas habíanme hecho ese año pasar desapercibida, fecha aquella en que Cleo, allá en “El Refugio”, por primera vez se entregó a mí. Por ello abandoné mis oficinas aquella tarde de verano porteño, sofocante y húmedo. Me dirigí a mi joyero y con una magnífica perla, perla que como los años anteriores iría a engrosar el collar que adornaba el cuello de Cleo en las grandes ocasiones, me dirigí a casa.
Nunca había llegado a la hora de la siesta. Un almuerzo fugaz, servido en mis oficinas, m evitaba el largo trayecto en esa hora calurosa del mediodía hasta la casa lejana de la Avenida Alvear; por ello imaginé que la sorpresa sería mayor y que me haría perdonar la frialdad que desde hacía tiempo venía notando en Cleo, frialdad que yo achacaba, sin animarme a intentar una comprobación médica, en algún malestar físico o como consecuencia de esa vida enclaustrada que pasaba junto a Irma.
Subí las escaleras sin encontrarme con la servidumbre. Pasé de mi escritorio al “boudoir”, donde reinaba el refinamiento de aquella esplendorosa y trágica corte del Rey Sol, separado del dormitorio por amplia puerta corrediza de espejo… Sentí voces dentro del mismo, reconocí la de Cleo, me detuve tratando de escuchar.
Vileza humana, atavismo que nos hace detener ante el ruido de la hojarasca seca adivinando el peligro, Cleo, hablaba, gemía… Gemidos que paralizaron mi corazón, palabras entrecortadas, timbre de vos que me recordaba los momentos más felices de mi vida íntima con ella, gemidos que yo conocía por haberlos escuchado muchas veces con su cuerpo bajo el mío. Inconscientemente tanteé mi revólver. Yo era valiente, lo había demostrado toda mi vida, pero esa vez un temblor en la mano que empuñaba el revólver me confirmaba el miedo que me había producido esa puerta al dejar ver mi rostro pálido; pegué el oído a la misma escuchando mientras me miraba en el espejo que tenía junto a mi rostro, cómo se coloreaba, se frucía el ceño y cómo una bestia empezaba a mostrar mis dientes, dilatábanse mis narices en un deseo de sangre…
¿Era posible? ¡Perra!
Corrí de golpe la puerta. Al fondo del lecho, Cleo desnuda, la cabeza echada hacia atrás, con sus pechos erguidos y excitados como cuando yo la poseía, abierta sus piernas y entre ellas otro cuerpo desnudo, morocho, ágil…
** ** **
La noche se ha hecho en pleno mediodía…
Estoy ciego, ciego espiritualmente. Busco en derredor mío, a tientas, el muro o detalle que me guíe, el camino perdido.
Un barco que regresa. En lontananza, la luz que nos guiña, blanca una vez, roja otra. Nos preparamos a desembarcar, nuestro mejor traje. Ante la perspectiva del abrazo paterno o la caricia de la hembra que se desprende de su amante, hemos olvidado todas las borrascas pasadas, todos los odios personales…
¡Estamos tan cerca!
Tenemos nuestra paga en el bolsillo, suenan argentinamente las monedas de plata, adivinamos en la obscuridad profunda de la noche los rostros que escudriñan por nosotros el horizonte…
Detrás de un guiño, la luz tarda en volver, tarda… ¿Nuestro barco va a estrellarse contra los acantilados? Corremos a timón y, ¿para qué?
Toda ruta es igual. Nuestra alma no ha sido perfeccionada como los aparatos de complicado mecanismo de los hombres.
Lo mismo da. ¿Norte? ¿Sud?
La noche se ha hecho en pleno mediodía.
–¡Dios mío!
–No… aún soy fuerte.
Mentira… Soy sólo una piltrafa humana, en un desierto blanco, sin horizontes, infinitamente solo. Un pobre ser humano, un pobre hombre al que le muestran de pronto que el dios que adoraba, la imagen ante la que siempre se prosternó, a la que ofrendó lo más bueno que le enseñaron, que en su nombre mató, robó, no es sino un muñeco relleno de crin, de intestinos mugrientos, de escupitajos, un inmenso sexo hambriento.
He sentido ganas de gritar, de morder, ante los rostros estupefactos de Cleo e Irma. He vuelto a cerrar la puerta y he llegado hasta mi escritorio. Junto al retrato de Cleo he dejado mi revólver.
¿Matar?…
Los animales en celo matan. Ellos lo hacen por un motivo, una razón de defender su sexo. Yo sólo debo defenderme de mí mismo.
¡Perra!…¡Perra!…
** ** **
El derecho de matar…
¡Cálmate! –me he dicho a mí mismo– analicemos, recordemos…
En mi escritorio la libreta de direcciones; la tomo.
¿No están ahí veinte, cincuenta direcciones de mujeres con quienes he cohabitado en los años que vivo con Cleo?
Pido whisky. Mi mucamo lo sirve temblando. Algo debe haber visto en mi rostro.
–¿Está mal el señor?
–¿Qué te importa imbécil?
** ** **
El mundo está mal hecho. Algo anda mal, una pequeñísima rueda quizás que no marcha al unísono de las otras. Tenemos un exceso de producción y millones de seres pasan hambre en China, en Rusia, en Oriente y Occidente.
Arrojamos nuestro producto al mar, dejamos que se pudra.
Algo debe andar mal, una rueda pequeñísima quizás…
Miles vivimos del trabajo de millones, los menos explotan a los más, y éstos, los más fuertes, los que roturan la tierra, los que mueven las máquinas, los que fabrican el látigo, pasan hambre y frío, aunque su esfuerzo le dé con creces con qué llenarse, y con qué cubrirse.
No desconocen su fuerza, no desconocen sus derechos, y aún respetan los nuestros; ¿de qué pasta de mártires están hechos?
Saben que la razón es de ellos: y la mendigan, saben que esa minúscula caravana de la que formo parte, de políticos, especuladores, militares, sacerdotes, todos nosotros los descendientes directos de aquellos asaltantes de camino, huiríamos, con sólo ver avanzar unidos de las manos los unos de los otros. Huiríamos aterrorizados con sólo mostrarnos las marcas que dejaron el látigo en sus cuerpos, los mutilados de la fábrica, los hambrientos, los inválidos de la guerra, los niños pálidos, demacrados, enfermos y malditos; saben que podrían arrojarnos desde el más bello y orgulloso rascacielos, para enseñar a reír a sus hijos tristes.
Algo debe andar mal, una rueda pequeñísima quizá…
** ** **
¡Ah!, el día en que los hombres organicen la fiesta del pueblo, que apilen todos nuestros credos religiosos y políticos, todas las virtudes de nuestras mujeres, todas las honestidades de nuestras hijas, y junten los uniformes de charreteras doradas de los generales y de los porteros de teatro; los diplomas de gobernadores y los nombramientos de barrenderos; las sociedades de beneficencia y los prostíbulos, y lo purifiquen por medio del fuego y de la sangre.
¡Ah!, cuando los niños que no tuvieron leche ni pan suficiente para desarrollarse fuerte y sanos contemplen el espectáculo, cuando las mujeres con los vientres llenos de espermatozoides levanten la cabeza sin temor entre la muchedumbre, cuando las manos callosas apilen en la fiesta las mitras religiosas y las empuñaduras de las espadas.
¡Ah!, cuando los hombres se den cuenta que fueron llevados a las guerras para defender el petróleo o el estaño disfrazados de soldados de la libertad. A uno de ellos le han entregado un retazo de género atado a un palo y como a los caballos de circo, para excitarlos, entre las notas de una banda, –¡defiéndela!– le han dicho, y ese hombre no encontró mejor final que dejarse acribillar a balazos envuelto en ella. Un héroe más para los libros de escuela.
¡Ah!, el día de la fiesta, el día que el hombre se eleve tan alto que destruya los grandes monumentos con que los menos engañan a los más, el día que enlacemos las estatuas de nuestros próceres y fundamos su bronce junto con el de los cañones, para hacer la máquina que reemplace en su esfuerzo al hombre.
¡Ah!, el día que el hambriento no tenga que inclinarse ante Dios ni hombre, el día que podamos desprendernos del deseo de matar a la hembra, que nos traiciona…
Prejuicio ancestral, prejuicio de impotente, prejuicio que llega hasta hoy desde la caverna o del harén, prejuicio que estoy obligado a respetar ya que el mismo juez me condenaría si la matara, me rechazaría de su mesa y me negaría su saludo, si no lo hiciera.
Algo anda mal…
** ** *
Todo acto físico en la vida tiene razón de ser; dos mujeres se han ayuntado, mi ley de macho me obliga a matarlas, se han entregado una a la otra. Mi revólver como un Dios maléfico me está excitando a ellos. Matar siempre. Dar el zarpazo de fiera y fugar entre la selva. La caza del hombre no puede detenerme. Mi revólver parece reírse de mi cobardía. El ruido de la calle llega hasta mí como de costumbre. La ciudad sigue indiferente su vida.
Han echado sobre mi espíritu sus ideas, sus leyes, sus costumbres, sus prejuicios, y se ha formado una costra que es difícil desprenderme. Los hombres sólo tenemos el derecho de matar al que nos niega lo que mal le corresponde en la vida. Todo se supedita a los jueces y a los fiscales. Nuestra educación, nuestras palabras, nuestros amores, nuestros deseos, todo es fiscalización en contra de nuestros instintos. Todo va contra la verdad de la vida. Aprendemos desde niño a reprimir nuestros ímpetus infantiles, más tarde nuestros deseos de colaboración en la vida, nos relegan al puesto que ellos quieren, marcan a la mujer que abre sus piernas porque sus ovarios así se lo exigen, encadenan la mano del hombre que nos hurta del granero repleto un pedazo de pan, hacen que estudiemos cosmografía, y luego nos obligan a que creamos en Dios, ¿en qué planeta o nebulosa podríamos localizar su corte celestial?
¿Salomón con sus setecientas concubinas podría ser el favorito de Jehová?
Ellas se han juntado en el lecho, hastiada Cleo quizá de mi carne, y ese hastío no es sino una consecuencia natural de su piel, que por ser suya debe tener el derecho de disponerla. Sin embargo yo “debo” matarla.
¿Por qué las mujeres no pueden unirse, legalmente?
¿Con qué derecho los hombres dosificamos sus pasiones o calificamos sus actos ya que en nada nos perjudica? Sí, nos perjudica, nos roba para nuestro placer de bestia esos pechos y nalgas que, por la ley fuerte debe pertenecernos, y es así como hemos llegado a inventar el repudio al amor más perfecto que creó la naturaleza, en él, que no se deforman los vientres, no se caricaturizan las mujeres, en él que no hay dolor de desgarramiento, ni manchas de semen.
En el amor nada debe ser grotesco, nada debe ser brutal.
Pechos de picos rojos que se persiguen, muslos bien torneados que se entrelazan, dientes pequeños y perlados que buscan labios pintados que morder, manos que sin crispaciones masculinas descienden por la espalda lentamente…
Sin embargo yo “debo” matarlas.
** ** **
Los privilegiados estafaron siempre a las mayorías, las estafaron cuando en un principio le dieron Dios, leyes, las estafaron cuando le dieron libertad a sus esclavos.
El esclavo significa un capital invertido en la adquisición, una suma que debía cuidarse a la par de un caballo o una oveja, un ser que producía en proporción a lo que por él se había pagado y que un exceso de trabajo, una mala alimentación traía enfermedades, en cuyo caso, el cuidado y la paralización de su trabajo era en perjuicio del capital invertido.
Cuando los nobles y los burgueses hicieron de ellos libertos, ganaron el capital que antes invertían.
El obrero actual no es sino un pobre esclavo disfrazado de hombre libre, su alquiler se paga con lo justo para que mantenga su fuerzas y cubra sus carnes; muerto uno, cien lo reemplazan.
Decimos que pagamos su trabajo, y mentimos, porque la suma que abonamos es siempre menor al producto de su esfuerzo.
La fuerza física o natural no es un patrimonio del individuo, pertenece a la agrupación, es un producto de la agrupación.
Los privilegiados deben compensar con su esfuerzo o inteligencia a los que la naturaleza los privó de dichos dones; los débiles e incapaces son un producto de la comunidad y tienen el derecho, como parte de la misma, a su ayuda; no se debe ni puede enfrentar a ambos.
¿No os habéis rebelado el día de vuestra liberación, vuestras manos callosas no estrangularon a los que firmaron tal ironía?…
¡No merecéis entonces ser libres!
La humanidad debe ser triste mientras subsista el estado actual de las cosas, los hombres no tenemos el derecho de reír, nuestra alegría hiere, lastima, se convierte en mordisco; mientras haya hombres que golpeen con sus manos en las puertas de las fábricas, soldados que marchen dopados a las guerras, hombres prendidos a las rejas de las cárceles, mujeres que solicitan trabajo ofreciendo hasta su ano; no tenemos derecho de reír.
Construyamos la gran obra. Destruyamos los prejuicios morales y estúpidos que nos vienen de más allá del medioevo, destruyamos nuestras leyes y nuestros dioses si para nuestro bienestar fuera necesario.
–Usted nunca podrá librarse de su sangre burguesa –me dijeron un día los comunistas– y aunque fuera apto para dirigirnos no lo aceptaríamos.
Yo que no había podido desprenderme de mi burguesía adquirida en pocos años de colegio, ¿podrían ellos desprenderse de su esclavitud de miles de años?
Es más fácil deslizarse que subir.
Mi escritorio se ha sumido en sombras, junto a la botella de whisky reluce el niquelado de mi revólver, se detienen lujosos autos en las porterías vecinas a mi casa. Los chauffeursgenuflexos ayudan a bajar a sus amantes disfrazadas de Señoras.
 ** ** **
¡Dad de comer al hambriento! –dijo Jesús, porque él mismo era un hambriento. ¡De beber al sediento! –después de vagar por el desierto de Judea. ¡El que tenga dos túnicas que me dé una! –él no tuvo nunca más que una.
¡Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!
El se decía representante de Dios.
Diecinueve siglos de oscurantismo, de machacar la conciencia de los que nacen, de los que acaban de nacer y de los que van a nacer, diecinueve eslabones de cadena que han detenido a la humanidad en su marcha.
El comunismo trató de destruirlo y eso lo salva.
Cuando en las épocas prehistóricas los hombres quisieron encontrar en sus cavernas la explicación del rayo, el poder de las fieras y el mismo misterio de la vida, no encontraron nada, nada más fácil que crear divinidades, primero en los astros, el fuego, el cocodrilo o la serpiente, después fueron más valientes, lo crearon a semejanza del mismo. Ahora se animan a destruirlo, ahora lo enfrentan, se mofan de él, como nos mofamos ante los escarabajos sagrados de Egipto en los museos de Londres y París. Los hombres necesitamos librarnos de todos esos monstruos, de esas tinieblas que cubrieron el cerebro del hombre prehistórico. Hay que destruir mucho, quizás todo, para empezar a reconstruir, hay que dar el salto violento. No descenderemos más, no podemos descender más. La piedad de las religiones no ha sido sino una farsa como lo es la libertad de los comunistas, como ha sido siempre la libertad de las burguesías. Los obreros, los proletarios, los únicos seres que por mayoría tienen el derecho de dictar sus leyes, han adquirido pequeñas concesiones, la jornada de ocho horas, después de haber caído en las calles de Londres cientos de ellos. Recién el Parlamento cuando escuchó el temblor de su edificio por causa de la marcha de los obreros, cedió, como han cedido siempre los burgueses, no por espíritu de justicia: ¡por miedo!
 ** ** **
¿Sentencian los tribunales nobles o burgueses en contra de la casta que representan? Los jueces al defenderlos no hacen sino defenderse ellos mismos. Los congresos no han hecho sino leyes para opresión de los pueblos; el político es el enemigo: el hermano Judas.
Hay que entrar en ese burdel de representantes del pueblo, hay que tener coraje macho, por los hijos que se mueren de hambre y los padres que gimen arrojados por inservibles ya, de la agrupación que los explotó.
¡Tierra libre!, sin mojones, sin tutela, sin impuestos, sin fronteras, tierra para el que quiera trabajarla y nutrirse, tierra libre como el aire que respiramos imprescindible, para subsistir. Si a mis antepasados se les hubiera ocurrido también apropiarse de ciertos kilómetros de aire, yo recurriría a los jueces por medio de la fuerza pública, hacerme pagar por el que atravesara mis límites, el impuesto que como propietario me correspondería. ¿No damos en arrendamiento las tierras que no nos pertenecen, sino por el derecho de haber presentado una partida de defunción y otra de nacimiento?
¡Proletarios del mundo; uníos!, dijo Lenín, y así lo hicieron ante la palabra del anticristo todos los millones de esclavos que arañaban anualmente la tierra, tuvieron la esperanza del derecho a su esfuerzo.
¡Exterminad los propietarios, repartid sus tierras…! Sin embargo la idea fue destruida. Trotsky exiliado, perseguido: Ellos los Stalin, los Chicherin y todos los burgueses del comunismo, pactaron con el capitalismo para subsistir.
La historia se repite, Egipto, Judea, La Bastilla, Moscú.
Sin embargo la humanidad avanza, avanza siempre, aún contra el enemigo del hombre que es la rotativa, la taberna, el comité y el circo.
Suena el timbre de la casa, alguien entra, indiferente quizás en la rutina de su trabajo, nadie adivina la tragedia…
La puerta de mi escritorio se abre y me comunican el nombre de una de mis amantes.
–¡Échala, bandido!
No, yo no debo matarla.
Alcohol color orín, champagne, cerveza, whisky, todas las tonalidades de los orines…
Alcohol que se reparte por nuestro cuerpo, que nos excita para idiotizarnos después, eficaz arma en la conquista de América.
Frente a mí, un globo terráqueo iluminado muestra algunos diminutos puntos, son ciudades lejanas, ciudades inmensas con millones de habitantes, hormigueros humanos.
De uno de esos puntos que se confunden con la suciedad de moscas, yo formo dos o cuatro millonésimas partes.
El día que quise surgir entre ellos, tenderles mi mano, colaborar, me llenaron el cerebro de temores al más allá, me cubrieron con la copa roñosa de sus mortales falsas, llegaron invocando como un “Césamo ábrete” la amistad y el amor. Se vengaron queriendo despertar en mí el miedo a la muerte, y la muerte no es sino un insignificante esfuerzo, la presión de un gatillo…
Amores homosexuales, religiones, banderas, sociedades de beneficencia: ¡mentira!…
La única verdad está en la botella de whisky, en este revólver niquelado, en esas dos hembras que esperan su castigo.
¡Cambiar el mundo! Estrujarlo, romperlo, para que junto a aquellos que sueñan con un nuevo amanecer, reconstruirlo, no bajo las leyes del hombre, sino bajo las leyes de la naturaleza. Yo quisiera destruir este mundo, más aún, todo este universo, que sólo existe para mí, porque yo existo!
Soy más fuerte que Dios, voy a destruir, destruyéndome, a esta agrupación de espermatozoides desarrollados…
Mi sola tristeza está en que no tendré ya imbéciles que me ataquen…
Raúl Barón Biza
* “La primera edición de El derecho de matar lleva por fecha el año de 1933 y la tirada era de 5.000 ejemplares. De una segunda edición se tiraron  25.000 ejemplares. Y de una tercera edición, de 1935, el tiraje fue de 50.000 libros. En todas las ediciones se mantuvieron las ilustraciones (que elinterpretador no reproduce), aunque una de ellas, de las más blasfemas, no fue incluida en la segunda edición. Del libro existe una edición pirata, o bien clandestina, y quizás más de una.  En 1949 Ediciones Biyou lo reeditó, con o sin permiso. En este caso tiene sobrecubierta con ilustraciones naif –una pareja besándose—  y el color de la tapa es blanco y rojo. Difícil saber  si la edición pirata fue obra de corsarios profesionales de la letra de molde o si fue alentada por el propio autor. De la novela de Barón Biza se realizó una adaptación teatral a cargo de Marcos Bronenberg, Mario Bellini y Ricardo Ruiz, que fue publicada por la revistaArgentores en su número 95 del 12 de marzo de 1936, en cuarenta páginas”. Barón Biza, el inmoralista, Christian Ferrer, pág. 248, Editorial Sudamericana, 2007.

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