Dora Diamant. El último amor de Kafka – Kathi Diamant

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Estado: impecable.

Editorial: Circe.

Precio: $000.

Una extraordinaria historia de amor, vivida por una mujer que poco sabía de literatura pero a la que le tocó ser el último asidero vital de uno de los mayores escritores del siglo XX. Historia prolongada después de la muerte del amado, en un tránsito, diríase, kafkiano.
Los lectores de Kafka tenían, hasta hoy, pocos testimonios visuales de Dora Diamant (Polonia, 1898-Inglaterra, 1952), la muchacha que vivió con él en Berlín el último año de la vida del escritor: una foto de Dora, aparentemente rubia, labios carnosos en sonrisa entreabierta, mirada cautelosa; la cara más “moderna” de las mujeres de Kafka. El libro que sobre ella ha escrito Kathi Diamant muestra, en sus dos pliegos de fotos, que Dora era morocha, bajita, regordeta.
Kathi no es familiar de Dora, pero el apellido en común la llevó a investigar, desde la Universidad de San Diego, la vida de la única mujer con la que Kafka convivió, y que lo cuidó y acompañó con devoción hasta el último día de su vida de tuberculoso en el Berlín de la inflación inverosímil, cuando en 1923/24 medio quilo de manteca costaba 6 millones de marcos. Kathi también es presentada como fundadora y directora del Kafka Project de esa universidad, y se ha ocupado de la investigación oficial para recuperar los documentos de Kafka confiscados por la Gestapo en 1933, cuando estaban en poder de Dora. Son los escritos de ese año berlinés, que ella nunca entregó a Max Brod, el albacea y editor de las obras de su amigo. Dora nunca terminó de arrepentirse de ese gesto posesivo (tan posesivo como el de Brod), que habla bastante sobre su ambivalente relación con Kafka como persona antes que como escritor.
Kafka está presente en la mitad de los 25 capítulos de este libro. El resto sigue los pasos de Dora sin él, en una vida que se puede considerar especial y al mismo tiempo típica de una judía bajo el nazismo y después bajo el estalinismo. Encontrar la singularidad de Dora sin Kafka, o explicarla siempre a la luz de ese año inefable de contacto con la humanidad dulce, cortés y atormentada del escritor (del que la muchacha no había leído nada), es el movimiento que sigue el libro de Kathi Diamant, profusamente anotado y justificado en fuentes y bibliografía. Para los lectores y estudiosos de Kafka es un material no sólo tentador sino muy necesario, que completa lo que los biógrafos del escritor –de Max Brod, Klaus Wagenbach, a Ronald Hayman (la biografía de Ernst Pawel de 1984, The Nightmare of Reason: A Life of Franz Kafka, Farrar Straus Giroux, Nueva York, no figura traducida al español– han venido narrando sobre aquel último año, y que revela el destino final de aquella muchacha de 25 años junto a la que Kafka murió un mes antes de cumplir 41. No sólo ofrece fotos nuevas de Dora, sino un relato de su vida completa.
Con una escritura ingenua y un lenguaje formulario para informar lo ya sabido sobre los procesos políticos de esa época de desastres, el libro de Kathi da cuenta de esa vida perdida, sólo conocida por las iniciales referencias de Brod retomadas por los otros biógrafos, y por las de algunas entrevistas en París a comienzos de los cincuenta. El libro, organizado con subtítulos que refieren a lugares y fechas, se lee como una novela cuyos personajes quedan siempre en un más allá inalcanzable. Porque toda biografía implica un paso hacia la comprensión de lo privado inaccesible, y porque su autora no parece una escritora sino una apasionada de un personaje real al que debe narrar, y así conocer. A pesar de esta incomodidad fundamental, hay que estar agradecidos a Kathi Diamant por el enorme esfuerzo de documentación. Escribir y narrar la vida de un personaje “secundario” no es fácil, y menos cuando la escritura y la forma de relato de Kafka son los modelos presentes en el espacio mental del que lee.
LA ESPOSA DE KAFKA
Dora se presentó a sí misma, durante los 30 años de sobrevida que tuvo después de aquel año fundamental, como la esposa de Kafka. La hija que tuvo con el militante comunista alemán Lutz Lask llevó como nombre Franziska Marianne y Dora le atribuyó a esa niña, muy enferma desde chiquita y a lo largo de su vida (murió en 1982), características de la personalidad de su metafórico “primer padre” Kafka. Fue muy triste la vida de Marianne, una existencia de absoluta dependencia de su madre, después de cuya muerte fue declinando hasta el encierro y su propia muerte, por abandono y aislamiento, en Londres. Haber concentrado así, en una vida de mujer, los signos de alienación contra los que Kafka trató de luchar en su propia vida abre una perspectiva enigmática sobre Dora y su hija, de la que Kathi escapa con su actitud de relatora ingenua.
Las fechas hasta las que llegaron sus vidas (1952, 1982), ubican inquietantemente a estos personajes femeninos en nuestra contemporaneidad, tal como estuvo Marianne Steiner, una de las sobrinas de Kafka que sobrevivió a los nazis y que se reencontró con Dora y su hija en Londres, a las que ayudó y por las que veló hasta el final. Marianne Steiner (nacida Pollack Kafka), hija de Valli, la hermana mayor, murió en Praga, a los 86 años, y es una figura central en la recuperación y conservación de la obra de su tío. La hija de Ottla, hermana predilecta de Franz, también sobrevivió junto con su hermana Helene. Se llama Vera Saudková y es traductora en Praga.
LA VIUDA DE KAFKA
Después de la muerte de Kafka, Dora se dedica al teatro, conoce a los Lutz, comunistas prestigiosos, se casa con el hijo e ingresa así a la historia moderna con la Segunda Guerra Mundial. Kathi da cuenta detallada del éxodo de Berlín hacia la Unión Soviética, la separación por imposición del régimen, la desaparición del marido en un campo de trabajo, la huida de Dora hacia Occidente, su reclusión con la hija en la Isla de Man antes de poder instalarse en Londres, su indiferencia o miedo para buscar noticias del esposo, la vida londinense con los amigos del yiddisch. Bordando tal odisea, la figura de un Kafka sobre el cual Dora toma posesión póstuma.
Viaja a París para conocer a Jean Louis Barrault y su adaptación teatral de El proceso y así se encuentra con Marthe Robert, depositaria de confidencias y figura principal de la crítica sobre la obra de un Kafka que está siendo descubierto (aunque Borges ya lo había traducido pocos años después de muerto). Una figura potente, heroica, devota y cordial, Dora. También, intimidante en su naturaleza pródiga, con el misterio ambiguo de muchos héroes que reúnen en un solo puño la transgresión de los límites humanos y la sospecha de que en ese exceso hay algo que falta. Algo propiamente de ella. Porque la Dora que relata candorosamente Kathi es la que escribe sus diarios sobre Franz muchos años después, cuando la “invención” que produce la escritura de esos recuerdos consagra lo que la testimonialidad peripatética de la mujer ya ha consolidado primero que nadie para ella misma. Relatando a Kafka Dora se ha construido a sí misma como su sombra y parece haber arrastrado a su hija a ese cono de sombra.
LA NOVIA DE KAFKA
De los múltiples finales en que se bifurca y prolifera la vida póstuma de Kafka a través de las mujeres, hay que consignar algo que está fuera de este libro y que recoge uno de sus recientes biógrafos, Reiner Stach, en Kafka: Los años de las decisiones, de Editorial Siglo xxi, 2003, y en el que constaría información inédita sobre Felice Bauer, muerta en 1960 en Estados Unidos. Stach se entrevistó con un hijo de Felice. Habrá que leer esta biografía para conocer nuevas interpretaciones sobre la relación de Kafka con aquella prometida dos veces abandonada por él, cuyas cartas Felice vendió oportunamente a un editor y motivaron un análisis memorable de Elias Canetti en El otro proceso de Kafka. Y para conocer información de primera mano, aunque en cuestiones de biografías y de memorias la primera mano siempre es una segunda mano que cuando testimonia elige, interpreta y condiciona. Stach organizó en 1999, en varias ciudades europeas, una exposición sobre Felice y Franz llamada La novia de Kafka.
LA MUCHACHA FINAL DE KAFKA
Una de las pocas referencias sobre Dora registrada directamente por Kafka está en las últimas líneas de la última carta a Milena Jesenská, desde Berlín, donde viven en Steglitz, Grunewaldstrasse 13: “(…) por lo demás, estoy bien aquí, tiernamente protegido hasta el colmo de las posibilidades terrenas. Del mundo sólo me entero, y en verdad enérgicamente, a través del alza del costo de la vida; no recibo diarios de Praga, los de Berlín me resultan demasiado caros (…)”. Kafka conoce a Dora en la colonia de vacaciones Haus Huten, en Müritz, junto al mar Báltico, un centro de ayuda para los huérfanos judíos. Dora era una emigrante polaca. Había abandonado el shtetl de Bedzin rumbo a la moderna Berlín para liberarse de la ortodoxia jasídica de su padre y acercarse al sionismo, de sello laico y progresista. Era maestra de niños en la colonia y tenía 25 años, aunque a partir de la biografía de Max Brod sobre Kafka siempre quedó presentada como de 19. Kafka tenía 40, pero parecía un muchacho joven (“un esqueleto de metro ochenta de altura y cincuenta y cuatro quilos de peso”), confusión que él registraba en sus diarios y cartas como un malentendido perpetuo.
Dora cortaba pescado, como parte de las actividades comunitarias, cuando buscando la salida de la colonia Kafka la encuentra en la cocina y elogia la belleza de sus manos en esa tarea cruenta. Así descrito, el encuentro permite asociar vertiginosamente las constantes del relacionamiento de Kafka con las muchachas sencillas que a lo largo de su vida conoció en posadas, colonias y sanatorios, como hijas de caseros o pacientes. La vida al aire libre, la comida vegetariana, la muchacha directa (ni sofisticada como Milena ni pequeñoburguesa como Felice) y Palestina como horizonte utópico se reúnen, de pronto, en un solo lugar, dispuestos a entregarse con amor. Kafka había confundido a Felice con una criada cuando la vio por primera vez en casa de Brod, y un libro sobre Palestina fue el inicial motivo de conversación y por algún tiempo de fantasía en común con ella, que culminó en el trabajo de Felice en una (otra) colonia de niños judíos, trabajo inducido y autoritariamente controlado por Franz.
Así que de repente, y luego de terminado aquel tormentoso noviazgo epistolar con Felice que revelaba el fracaso en la materialidad de la vida, y muy poco después de su otra pasión epistolar con Milena y su subsiguiente fracaso, Kafka tiene una relación directa, corporal y sostenida con una mujer judía que viene del Este, tal como el actor Jizchak Löwy del teatro yiddisch, a quien tanto admiró: alguien del territorio cultural y emocional concebido idealmente por él –“el más occidental de los judíos”– como el más genuino de los mundos judíos. Todo el movimiento de autoexclusión, naturalizado en su conducta, se revierte. Dora es una mujer concreta y próxima, no sometida a las cartas, judía polaca y sionista de la primera hora, con total capacidad de entrega para “leerlo” en tanto ser vivo que se está muriendo.
Dora pasa a ser el amor sin la obligación del matrimonio, la enfermera amorosa e incansable, la secretaria de un escritor ignorado por ella misma, la madre cuidadosa de los alimentos en épocas de hambruna, la hermana que acepta todas las complicidades: junto con el doctor Robert Klopstock, se constituyen en torno a Kafka como la “pequeña familia” ideal. Una compañía para morir, pero antes, para vivir la realidad de algunos sentimientos y situaciones vedadas para el hijo Franz, que vivió solo en muy cortos períodos y nunca fuera de Praga, y para el amante Franz, que nunca había compartido con una mujer una mesa y una cama. Una vida verdadera, de acuerdo a la dialéctica del excluido. Kafka, que había fantaseado con trabajar de periodista independiente en Berlín, abandona Praga y su círculo familiar, y se va a vivir fuera del matrimonio burgués con una polaca que habla yiddisch y enseña hebreo.
Una de sus nuevas fantasías será emigrar con ella a Palestina y trabajar de mozo en un restaurante donde ella cocine: ser un hombre común y útil. “Irme de Praga ha sido, aunque muy tarde, el gran logro en una vida sin el cual no tendría uno el derecho de morir.” “Berlín como antídoto de Praga” y Praga como una madrecita terrible de creciente antisemitismo establecen un eje que preanuncia la historia posterior de los judíos. Kafka haciendo cola para comprar alimentos en un barrio de los suburbios berlineses, queriendo compartir los sufrimientos colectivos, es una imagen que prologa la historia colectiva posterior, a la que él no llegó. Ironía del antisemitismo desplazado. En el Berlín de Felice, Franz logra vivir con Dora.
LA VIDA CON KAFKA
“‘Haber vivido con Franz un solo día significa más que toda su obra, que todos sus escritos’, confió Dora al filósofo Felix Weltsch después de que se hubo consolidado la fama de Kafka como genio literario. Dora no se había enamorado de un escritor sino de un hombre que encarnaba el concepto que ella tenía de lo que debía ser un ser humano, y que además la sorprendía y la deleitaba sin cesar: ‘Todo se hacía con risas’. Según comentó, estar con Kafka ‘era como estar en el paraíso’.” La lectura del libro de Kathi y los testimonios de Dora refrendan el carácter comprensivo, gentil y lleno de buena voluntad presentado por Brod en su biografía, por Milena en el libro de Margarete Buber-Neumann Milena, la amiga de Kafka, y por los testimonios de personas que lo conocieron y lo evocan a pedido, sin la sincera retórica de un Gustave Janouch cuando retrataba e inventaba, a través de la reconstrucción adulta de sus recuerdos juveniles, a un escritor solemne lleno de frases y actitudes ofrecidas para la posteridad. Los aspectos más reconcentrados y torturados de su personalidad, aquellos que lo volvían un freak para sus padres y para su novia berlinesa, pasan a un segundo plano cuando no se expresan en las cartas o no se encarnan en los diarios. Que es como decir cuando no transcurren en el apartamento de la familia Kafka. Esa dimensión puramente humana y cotidiana de un Franz lleno de capacidad para escuchar y para disfrutar la preparación de una taza de té, nutre los testimonios de Dora recogidos por Kathi, y nos proporciona el dolido placer de ver vivir a aquel hombre.

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $40.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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