La aventura de Maradona en Europa. Una década de gloria, pasión y drama. Barcelona. Nápoles. Sevilla – John Ludden

Estado: nuevo.

Editorial: T&B.

Precio: $600.

El narrador
Sensible como una herida oye, ve y percibe cualquier vibración
Roberto Fontanarrosa
Los otros días lo escuche a Maradona entrevistado telefónicamente por Rial en su programa Intrusos.
Lo escuche.
Y una vez más me encontré repitiendo sin darme cuenta: es brillante.
Y también: te quiero Diego, como le grita Rodrigo en la canción que le dedica.
El manejo que tiene de la lengua, la riqueza de su vocabulario, la facilidad con la que se mueve y domina la picaresca, la tragedia y la parresía hacen de cualquier escritor argentino vivo hoy un monigote.
Es una pena que Maradona no escriba libros.
Pero su tradición es más antigua que la del libro impreso.
Es la del narrador oral.
Vuelvan a leer muñequitos de torta que usan a Walter Benjamin como usan el papel higiénico y descubrirán que su famoso ensayo El narrador le cabe a Maradona como anillo al dedo.
Es curioso, tanto Maradona como el Ruso Verea, surgen del universo del futbol. Universo con el cual poco y nada tengo que ver. Y por supuesto del Conurbano Bonaerense. Y escucharlos a Diego o al Ruso, siempre es tan enriquecedor como un poema de Juan L. Ortíz, un ensayo de Borges, una novela de Saer.
Alguna vez Horacio González dijo que el gran poder del peronismo radicaba en que albergaba en su corazón tanto la promesa de la revolución como su cancelación y Maradona todo el tiempo y cada vez que interviene es esa promesa y clausura de la inminecia de un momento que no se concreta. Por cierto, para Borges esa inminencia que siempre esta a punto de revelarse pero retrocede un segundo antes de desnudarse es la belleza.
A Maradona se lo ha acusado de contradictorio.
Pero acaso vos, sí, vos, el que esta mirando para otro lado con cara de yo no fui, no conoces personas de tu circulo más intimo que dicen sostener una cosa y hacer otra.
Maradona es conmovedor siempre porque en sus actos busca hacer coincidir  de forma obsesiva teoría y praxis. Y nunca lo logra porque nadie nunca lo logra. Pero como el no es un sofista – aunque maneje este disciplina a la perfección – sino un parresiasta, sus actos finales donde nunca logran encastrar la teoría con la praxis siempre logran caer del lado de la tragedia. Jamás del lado de la farsa.
Maradona es un héroe trágico.
Es Gargantúa y Pantagruel de Rabelais.
Es el Quijote de Cervantes.
Y Hamlet de Shakespeare.
Es todo eso en un corazón Bonaerense.
Y se lo suele despreciar porque sus raíces con lo más autentico y popular de la Argentina son tan verdaderas y arraigadas en su corazón como el dulce de leche para los chicos o la guita para los adultos.
Maradona es un quilombo.
En todos los sentidos de la palabra.
Como la Argentina.
Viernes 31 de julio de 2015.
Arcángeles
 Christian Ferrer
Es 1969. Estoy en el Colegio. Mientras formo fila para ingresar en el aula le digo a un compañero: “Pelé es el mejor jugador del mundo”. ¿Cómo lo sé? Nunca lo he visto jugar. Probablemente lo he escuchado de mis tíos, o lo he oído de algunos muchachos mayores en el potrero, o bien debo haberlo leído en el diario. Mi compañero me responde: “Vos, porque nunca lo viste a Garrincha”. Ni lo he visto ni sé quien es. Tampoco él. Nos peleamos a los gritos por causa de dos jugadores de fútbol. Hasta el día de hoy nunca he visto imágenes de Garrincha, sí vi muchas de Pelé, y a Maradona en carne y hueso en cancha de Boca. Para aquellos niños de nueve años esos jugadores eran solamente mitos orales, dos apodos elegidos de entre once gladiadores. Un año después de esa disputa, vi mi primer Mundial por televisión: México. Del equipo brasileño recuerdo a Tostao, a Rivelinho, a ¿Gerson? Nadie más. No me costaría nada consultar alguna enciclopedia, preguntar a un amigo, meterme en Internet, y restauraría, además del nombre mayor, al remanente, pero sólo ese resto misérrimo quedó en mi memoria. En 1970 comprobé que Pelé era, en efecto, el mejor del mundo, aunque Brasil entero lo superaba. Antes, cuando defendía sus hazañas mitológicas contra las de Garrincha, su leyenda se me debe haber mezclado con las gestas leídas de los Tres Mosqueteros, del Príncipe Valiente o del Corsario Negro. ¿Existía un héroe negro? El Capitán América, Batman, El Hombre Araña, aunque enmascarados, son todos blancos. Había un indio, que cabalgaba junto al Llanero Solitario. Pero negro ninguno. Ni tan siquiera un segundón.
Pero existía. Se llamaba Martin Luther King. Y también coexistían Patrice Lumumba, Malcom X, Leopold Senghor, Kwame Nkrumah. Y los predecesores: Joe Louis, Paul Robeson, Jesse Owen. Y antes aún, Chaka. Nombres que solo interesados y enterados mencionaban a fin de ampliar los logros que a la raza únicamente se le reconocía en música o en el cabaret. Pero a los nueve años yo no sé nada aún. Sólo sé que otro negro, Muhammad Alí, hace lo que quiere con sus adversarios en un área chica. En Brasil la esclavitud fue legal hasta 1889. El padre de Pelé –seguramente su abuelo– pudo haber nacido cautivo.
Pelé es mi infancia; Maradona mi juventud y mi actualidad. Pelé era santo y seña del potrero, donde yo intentaba inútilmente emularlo. Con Maradona ya soy espectador, carne de tribuna y de sillón de televisión. Pelé era oscuro en otro sentido: una imagen televisiva en blanco y negro. En mi recuerdo, su silueta es cromáticamente insuficiente, está vagamente desenfocada, por momentos una flecha negra zigzagueando hacia el arco. En aquel tiempo en que los jugadores apenas emigraban y en que las marchas y contramarchas de los partidos internacionales cabían en un parlante radial, Pelé era un mito intermitente: aparecía de vez en cuando. Pero el hecho de que la mayoría de los partidos de Pelé no fueran trasmitidos por televisión sólo agigantaba su leyenda, condensada en fotos y figuritas o encapsulada en los comentarios orales dejados correr en pasillos de escuela y en esquinas de barrio. De Pelé irradiaba maná. La posesión de una simple figurita suya suponía compartir una pizca de ese poder. Vistió, casi siempre, de blanco, color del Santos, club de un puerto, pero la última camiseta –del Cosmos, de New York– era multicolor. Maradona, porteño, vistió de colorado, de azul y oro, de blanco, de azul claro, de rojo y negro, y al final volvió a la camiseta de Boca, arco iris intensificado por la televisión a color, pero apenas sombras de una pasión mayor. Para mí siempre será el número 10, enfundado en celeste y blanco y santiguándose apenas emerge al circo romano de los mundiales; y yo siempre seré uno más de la tribu de amigos alterados frente a una pantalla de máxima pulgada. Es entonces cuando el combate adquiere su auténtico esplendor.
Porque es en la guerra perpetua entre las naciones, alias de los estilos y las variantes de la garra, donde los ardores particulares por un club se amalgaman misteriosamente entre sí. La inextinguible fidelidad a una camiseta, la admiración por la destreza y la degustación del ritmo coordinado se encastran con la necesidad casi brutal de satisfacer instintos belicosos. En la tribuna nos convertimos en un monstruo de mil cabezas. Pero, a fin de cuentas, luego del minuto final, se ha asistido a un acontecimiento religioso. Pelé y Maradona eran santos. Del estadio se sale desdichado –moribundo incluso– o purificado. El día domingo –la vida entera– queda condensado en dos horas. ¿Puede entenderse la necesidad imperiosa de que les pasen la pelota? Todo el equipo es imprescindible, pero hay diez querubines por cada uno de estos arcángeles, que no solo disponían de personalidad en los pies, carácter en la cintura y sabiduría instintiva en la mirada: también tenían temperamento animal. Pelé se movía del mediocampo en adelante como Josephine Baker: una pantera. Maradona marchaba con la astucia, decisión y autoridad de un león: era un Rey. Estaba en su derecho si hacia goles incluso con la mano. Sin embargo, para los niños de mi generación, muy impresionables aún, el gol número 1000 de Pelé resultó una proeza insólita e insuperable. Era equivalente a romper la barrera del sonido. Era llegar a la luna.
Al final, la fama se paga cara en Argentina, en especial si el talento de nacimiento no ha venido acompañado de fortuna y de rango. Maradona nació pobre, casi “cabecita negra”, raza negada de este país cuya historia aún no ha sido contada por completo. Su renombre comienza en 1974 cuando integraba una formación juvenil llamada “Los Cebollitas”, en el mismo momento en que las energías políticas populares habían alcanzado un pico máximo de poder y conflictividad. Quizás Maradona sea el representante cabal de los últimos plebeyos nacionales, quienes todavía –a fuerza de trabajo o de genio– pudieron ascender socialmente o alcanzar la cima de la ciudad. Con él acaba la aspiración política popular de riqueza y honor, pues el ciclo de la bonanza argentina ha ingresado ahora en un eclipse, cuyo cono de sombra afecta primeramente a los de abajo. Las continuas bravatas, escándalos y mudanzas de opinión a que nos ha acostumbrado reproducen el funcionamiento de la Argentina: una máquina descompuesta, que se activa por tos convulsa y que expele juicios políticos caprichosa y entrecortadamente. Maradona es nuestra efigie tambaleante. El día en que esta esfinge dañada termine de caer, aplastará a todos los argentinos. No se trata de una convicción meditada sino de una certeza instintiva. Maradona ha acompañado mi vida de principio a fin: tengo la misma edad, nací en el mismo año. Cada vez que intimaba, en la cancha o en la televisión, con sus fintas y gambetas, con sus pases y sus carreritas, crecía bajo mi piel una suerte de tejido futbolístico por ósmosis visual. Ahora, ya es un órgano de mi cuerpo. Tengo pulmones, estómago, riñones, intestinos, corazón. Y también un órgano llamado Maradona.
Por Roberto Fontanarrosa
28 de abril de 2004
Muy pronto descubrió, que aquello que brillaba en la suela de sus botines de fútbol, era oro en polvo.La televisión informa que Maradona sobrevive horas difíciles en el cuarto piso de la Clínica Suiza-Argentina, de Buenos Aires. Pocas noches atrás caminaba el contorno del campo de Newels, saludando con las manos en alto a un público enfervorizado, luciendo la casaca rojinegra, con su figura hinchada, casi grotesca, obesa. Muchos años antes había mostrado, en ese mismo estadio, la versión más refinada de Maradona, con una delgadez que salvo en su adolescencia nunca tuvo ni volvería a tener, casi inapropiada para la práctica del fútbol.
En aquel fugaz paso por Rosario, su preparador físico personal era Cerrini, el mismo que quedaría envuelto en la sospecha cuando Diego fue sacado del mundial de Estados Unidos, atrapado en un control antidoping. “Me cortaron las piernas”, acusó Diego, dolido, acuñando una de las tantas frases que popularizó en su carrera. Nos la repitió, esa misma noche que quedó afuera de la competencia, cuando un grupo de periodistas del diario Clarín lo encontró inesperadamente en el aeropuerto de Dallas, aprestándose a volver a Boston, marginado. Impensable, en otro sitio que no sea Estados Unidos, encontrar a Diego Maradona tan solo acompañado de un par de asistentes, sin estar rodeado de una multitud de curiosos y aduladores, aún en un aeropuerto desierto a las cuatro de la mañana. La noticia de que el doping que había dado positivo era el de Diego nos había llegado, paradójicamente, desde Buenos Aires, pero con origen en España, país que había vivido un caso parecido con Carlderé en el Mundial 86. Desde Buenos Aires también nos decían que el clima que se vivía en la Argentina era el de un verdadero velatorio, de enorme desazón y abatimiento.
No es ese el clima callejero que vive hoy, al menos, Buenos Aires. Una Buenos Aires por fin fresca, activa, dinamizada por la presencia de miles de turistas. Pero todos los canales de televisión montan guardia frente a la clínica donde está Diego. Maradona, hoy, es el mayor monumento viviente de la Argentina, merecedor de habitar el Parnaso donde moran Carlos Gardel, Juan Manuel Fangio, Perón, Evita, el Che Guevara, Carlos Monzón y unos pocos más. Pero Gardel, que cada día canta mejor, plegó sus alas en Medellín; los cinco títulos mundiales del chueco Fangio ya fueron superados por Schumaher, y Carlos Monzón, por su parte, se mató en un accidente automovilístico a poco de salir de la cárcel.
“Me hubiese gustado verte / Carlitos Gardel, añoso / con todo el pelo canoso / pero tenerte, tenerte” dice el verso popular. Sin embargo, “el bronce que sonríe” cumplió con uno de los requisitos necesarios para que un ídolo popular pase a convertirse, decididamente, en leyenda: morir joven. Como Alberto Olmedo, capocómico de la escena argentina, que se cayó de un balcón altísimo, en circunstancias inexplicables, un verano, haciendo la temporada de Mar del Plata.
Sobre Diego, desde hace tiempo, sobrevuela el fatalismo de la profecía. Sus apariciones públicas, su dicción dificultosa e inconexa, su gordura hiriente, su rostro abotagado, y, fundamentalmente, su reconocida adicción, al parecer nunca superada, marcan un final anunciado. “Gardel – me apuntaba un amigo –nunca tuvo una ideología clara. Le cantaba a los ladrones y a los policías, a los ricos y a los pobres, podía exaltar tanto a los indigentes como a los poderosos. Pero cuando abría la boca para cantar, a uno se le terminaban todos los cuestionamientos que se pudieran hacerle”. Es lo que ocurre con Diego. Ha sido, de todas formas, más coherente que esa versión de Gardel, según mi amigo. Diego ha estado casi siempre enfrentado con el Poder. Con la arrogancia, la desfachatez, y el desparpajo con que se movía en la cancha. Podía hablar contra el presidente de Boca cuando él mismo vestía la casaca xeneize; contra Bush, contra el Papa mismo. Es, no obstante, una masa de energía cargada de susceptibilidad. Sensible como una herida oye, ve y percibe cualquier vibración que le concierna. Como a Terencio “ nada de lo humano le es ajeno” especialmente, si lo humano se refiere a Maradona. Puede demoler a un ignoto periodista de un pasquín intrascendente que osó criticarlo, de la misma forma que pudo enardecerse con la revista El Gráfico. Pero, italiano, calentón, afectuoso, emocional y sanguíneo, no descartemos verlo al poco tiempo en una foto abrazado con esos mismos enemigos a los que juró maldición eterna. A veces parecía que jugaba más por odio que por amor. Jugaba, según sus declaraciones, “para taparle la boca a muchos” o “ para demostrarles a esos otros” o “ para los que hablaron estupideces”. Pero sólo parecía. En definitiva, lo motorizaba un amor propio formidable, una pasión quemante, un orgullo inagotable, un respeto por los futbolistas y un cariño por los suyos, por el fútbol y por la pelota que lo tornaban impecable. Y siempre la pelota, la pelota “que no se mancha” como dijo en su despedida en La Bombonera, cuando la desvinculó de su caída personal, le quitó culpas, la dejó aparte, inmaculada, inocente y redonda.
El fútbol es uno de los pocos orgullos genuinos de los argentinos. Varios políticos han procurado hacernos creer que pertenecemos al Primer Mundo, cuando sabemos que no es así. Pero, paradójicamente, en el fútbol, siempre hemos pertenecido a una elite mundial, aún antes de conseguir títulos mundiales. Allí están Alfredo Di Stefano, Enrique Omar Sívori, Mario Kempes, Gabriel Batistuta para aseverarlo. Y está Diego, el 10. El 10, la nota más alta que no nos sacamos en otras materias. El 10 aceptado por el resto del mundo. Porque poco vale proclamar supremacías si los demás no la aceptan. “Acabo de firmar un importante contrato con Hollywood – anunció alguien- Ahora sólo falta que lo firmen ellos”. En este caso, firmaron todos. Certificaron que Diego, junto a Pelé, fueron los mejores. Y no es casual que uno haya salido de la Argentina y otro del Brasil. Y para un país filtrado por todo tipo de influencias extranjeras, tener un fuerte referente local no es un dato menor. Donde hay orgullo no hay copia. Y los chicos argentinos quieren ser Diego, no Cruyff, o Platiní, aunque admiren a ambos. Además, si alguien no conociera a Maradona, al verlo jugar sabría que es argentino. Porque Batistuta, por rubio, por sus ojos claros, por noble, por fuerte, por frontal, bien podría ser alemán o belga. Pero Diego no. Reunía, superlativamente, lo mejor de las condiciones reconocidas en el jugador rioplatense clásico; más habilidad que fuerza, más talento que enjundia, más técnica que empecinamiento. Ahora Diego, el seductor intuitivo de risa fácil y contagiosa, el triunfador de origen humilde que se pavoneaba con restallantes camisas de Versace, nos tiene a todos con el corazón en un puño, sostenida su vida por un corazón artificial. La tiene difícil, por cierto. Pero es Diego. No lo den por vencido ni aun vencido. Recuerden que humilló al pirata inglés dejando a varios de ellos despatarrados por el piso. Recuerden que demostró que la mano es más rápida que la vista. Y que salía entre cuatro con el balón pegado a su zurda mágica, y sacando la lengua, como burlándose. Recuerden eso.
El fútbol “es” un lenguaje con sus poetas y prosistas
Pier Paolo Pasolini
En el debate sobre los problemas lingüísticos que artificialmente distancian a literatos de periodistas y a periodistas de futbolistas, fui preguntado por un atento periodista, para el “Europeo”: pero en la rotativa mis respuestas han resultado un poco reducidas y flojas (¡debido a las exigencias periodísticas!). Como el tema me gusta, desearía retomarlo con un poco de calma y con la plena responsabilidad de lo que digo.
¿Qué es una lengua? “Un sistema de signos”, responde, de la manera más exacta hoy, un semiólogo.
Pero ese “sistema de signos” no es sola y necesariamente una lengua escrito-hablada (ésta que usamos aquí ahora, yo escribiendo y tú, lector, leyendo).
Los “sistemas de signos” pueden ser muchos. Pongamos un caso: yo y tú, lector, nos encontramos en una habitación donde están presentes también Ghirelli y Brera, y tú quieres decirme de Ghirelli algo que Brera no debe escuchar. Entonces no puedes hablarme por medio del sistema de signos verbales, debes adoptar forzosamente otro sistema de signos: por ejemplo, el de la mímica: entonces empiezas a gesticular con los ojos y la boca, a agitar las manos, a hacer movimientos con los pies, etcétera. Eres el “cifrador” de un discurso “mímico” que yo descifro: eso significa que tenemos en común un código “italiano” de un sistema de signos mímico.
Otro sistema de signos no verbal es el de la pintura; o el del cine; o el de la moda (objeto de estudios de un maestro en este campo, Roland Barthes), etcétera. El juego del futball es un “sistema de signos”; es decir, una lengua, aunque no verbal. ¿Por qué hago este discurso (que quiero continuar esquemáticamente después)? Porque la querelle que enfrenta el lenguaje de los literatos con el de los periodistas es falsa. Y el problema es otro.
Veamos. Cada lengua (sistema de signos escritos-hablados) posee un código general. Pongamos el italiano: yo y tú, lector, al usar este sistema de signos, nos comprendemos, porque el italiano es nuestro patrimonio común, “una moneda de cambio”. Sin embargo, cada lengua está articulada en varias sublenguas, de las que cada una posee un subcódigo: así pues, los italianos médicos se comprenden entre sí -cuando hablan su jerga especializada- porque cada uno de ellos conoce el subcódigo de la lengua médica; los italianos teólogos se comprenden entre ellos porque poseen el subcódigo de la jerga teológica, etcétera. También la lengua literaria es una lengua jergal que posee un subcódigo (en poesía, por ej., en vez de decir “speranza” se puede decir “speme”, pero ninguno de nosotros se sorprende de esta cosa extraña, porque todos sabemos que el subcódigo de la lengua literaria italiana requiere y admite que en poesía se usen latinismos, arcaísmos, palabras apocopadas, etc.).
El periodismo no es más una rama menor de la lengua literaria: para comprenderlo nosotros nos valemos de una especie de sub-subcódigo. En pocas palabras, los periodistas no son más que unos escritores, que, para vulgarizar y simplificar conceptos y representaciones, se valen de un código literario, digamos -por permanecer en el ámbito deportivo- de serie B. También el lenguaje de Brera es de serie B respecto al lenguaje de Carlo Emilio Gadda y de Gianfranco Contini.
Y el de Brera es, quizá, el caso más noblemente cualificado del periodismo deportivo italiano.
Por lo tanto, no existe conflicto “real” entre escritura literaria y escritura periodística: es esta segunda la que, siendo servil como ha sido siempre, y enaltecida ahora por su empleo en la cultura de masas (¡que no es popular!), tiene pretensiones un poco soberbias, de parvenu. Pero pasemos al football.
El football es un sistema de signos, o sea un lenguaje. Tiene todas las características fundamentales del lenguaje por excelencia, el que nosotros nos planteamos en seguida como término de confrontación, o sea el lenguaje escrito-hablado.
De hecho, las “palabras” del lenguaje del fútbol se forman exactamente igual que las palabras del lenguaje escrito-hablado. Ahora bien, ¿cómo se forman estas últimas? Se forman a través de la llamada “doble articulación”, o sea a través de las infinitas combinaciones de los “fonemas”: que son, en italiano, las 21 letras del alfabeto.
Los  «fonemas», por tanto, son las «unidades mínimas» de la lengua escrito-hablada. ¿Queremos divertirnos definiendo la unidad mínima de la lengua del fútbol? Veamos: “Un hombre que usa los pies para chutar un balón” es tal unidad mínima: tal “podema” (si queremos seguir divirtiéndonos). Las infinitas posibilidades de combinación de los “podemas” forman las “palabras futbolísticas”: y el conjunto de las “palabras futbolísticas” forma un discurso, regulado por auténticas normas sintácticas.
Los “podemas” son veintidós (casi igual que los fonemas): las “palabras futbolísticas” son potencialmente infinitas, porque infinitas son las posibilidades de combinación de los “podemas” (en la práctica, los pases de balón entre jugador y jugador); la sintaxis se expresa en el “partido”, que es un auténtico discurso dramático.
Los cifradores de este lenguaje son los jugadores, nosotros, en las gradas, somos los descifradores: así pues, poseemos en común un código.
Quien no conoce el código del fútbol no entiende el “significado” de sus palabras (los pases) ni el sentido de su discurso (un conjunto de pases).
No soy ni Roland Barthes ni Greimas, pero como aficionado, si quisiera, podría escribir un ensayo mucho más convincente que esta mención, sobre la “lengua del  fútbol”. Pienso, además, que se podría escribir también un bonito ensayo titulado Propp aplicado al fútbol: porque, naturalmente, como toda lengua, el fútbol tiene su momento puramente “instrumental”, rigurosa y abstractamente regulado por el código, y su momento “expresivo”.
En efecto, antes he dicho que toda lengua se articula en varias sublenguas, cada una de las cuales posee un subcódigo.
Pues bien, en la lengua del fútbol se pueden hacer también distinciones de este tipo: también el fútbol posee unos subcódigos, desde el momento que, de ser puramente instrumental, pasa a convertirse en expresivo.
Puede haber un fútbol como lenguaje fundamentalmente prosístico y un fútbol come lenguaje fundamentalmente poético.
Para explicarme, pondré -anticipando las conclusiones- algunos ejemplos: Bulgarelli juega un fútbol en prosa: él es un “prosista realista”. Riva juega un fútbol en poesía: él es un poeta “realista”.
Corso juega un fútbol en poesía, pero no es un “poeta realista”: es un poeta un poco maudit, extravagante.
Rivera juega un fútbol en prosa: pero la suya es una prosa poética, de “elzevir”.
También Mazzola es un elzeviriano, que podría escribir en el “Corriere della Sera”: pero es más poeta que Rivera: de vez en cuando él interrumpe la prosa, e inventa en seguida dos versos fulgurantes.
Quiero aclarar que entre la prosa y la poesía no hacemos distinción de valor; la mía es una distinción puramente técnica.
Sin embargo, entendámonos: la literatura italiana, sobre todo la reciente, es la literatura de los “elzevirios”: ellos son elegantes y extremadamente estetizantes: su fondo es casi siempre conservador y un poco provinciano… en fin, democristiano. Entre todos los lenguajes que se hablan en un país, incluso los más jergales y difíciles, hay un terreno común: que es la “cultura” de ese país: su actualidad histórica.
Así, precisamente por razones de cultura y de historia, el fútbol de algunos pueblos es fundamentalmente en prosa: prosa realista o prosa estetizante (este último es el caso de Italia), mientras que el fútbol de otros pueblos es fundamentalmente en poesía.
En el fútbol hay momentos que son exclusivamente poéticos: se trata de los momentos del “gol”. Cada gol es siempre una invención, es siempre una perturbación del código: todo gol es “ineluctabilidad”, fulguración, estupor, irreversibilidad. Precisamente como la palabra poética. El máximo goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año. En este momento lo es Savoldi. El fútbol que expresa más goles es el fútbol más poético.
También el “dribbling” es de por sí poético (aunque no “siempre” como la acción del gol). De hecho, el sueño de todo jugador (compartido por todo espectador) es salir del centro del campo, driblar a todos y marcar. Si, dentro de los límites permitidos, se puede imaginar en el fútbol una cosa sublime, es precisamente ésta. Pero no sucede jamás. Es un sueño (que he visto realizado sólo en Maghi del pallonede Franco Franchi, que, aunque sea a nivel rústico, ha conseguido ser perfectamente onírico).
¿Quiénes son los mejores “dribladores” del mundo y los mejores goleadores? Los brasileños. Por lo tanto, su fútbol es un fútbol de poesía: de hecho, en él todo está basado en el dribbling y en el gol.
El catenaccio (encadenado) y la triangulación (que Brera llama geometría) es un fútbol de prosa: en efecto, está basado en la sintaxis, o sea en el juego colectivo y organizado: es decir, en la ejecución razonada del código. Su único momento poético es el contraataque, con el “gol” añadido (que, como hemos visto, no puede más que ser poético). En definitiva, el momento poético del fútbol parece ser (como siempre) el momento individualista (dribbling y gol; o pase inspirado).
    El fútbol en prosa es el del llamado sistema (el fútbol europeo): su esquema es el siguiente:
FutbolEuropeo1 (1)
    El “gol”, en este esquema, está encomendado a la “conclusión”, a ser posible de un “poeta realista” como Riva, pero debe derivar de una organización de juego colectivo, basado en una serie de pases “geométricos” ejecutados según las reglas del código (Rivera en esto es perfecto: a Brera no le gusta porque se trata de una perfección un poco estetizante, y no realista, como en los centrocampistas ingleses o alemanes).
El fútbol en poesía es el del fútbol latinoamericano: su esquema es el siguiente:
FutbolLatinoamericano
    Esquema que para ser realizado debe requerir una capacidad monstruosa de driblar (cosa que en Europa es repudiada en nombre de la “prosa colectiva): y el gol puede ser inventado por cualquiera y desde cualquier posición. Si dribbling y gol son los momentos individualistas-poéticos del fútbol, es por eso que el fútbol brasileño es un fútbol de poesía. Sin hacer distinción de valor, sino en sentido puramente técnico, en México la prosa estetizante italiana ha sido vencida por la poesía brasileña.

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