En busca del Barón Corvo. Un esperimento biográfico – A. J. A. Symons

Estado: nuevo.

Editorial: Libros del Asteroide.

Precio: $300.

***

Estado: usado.

Editorial: Seix Barral.

Precio: $200.

En busca del barón Corvo no es sólo una biografía; es, en última instancia, la historia de la fascinación que Frederick Rolfe -autodenominado barón Corvo- artista, escritor, ex seminarista y homosexual ejerció sobre el biógrafo. El libro reconstruye, como si de una novela de detectives se tratara, la apasionante y divertida investigación mediante la cual Symons recupera el perfil del personaje y su inverosímil existencia presidida por un talento único para el fracaso y por obsesiones tales como la Iglesia Católica, el Renacimiento, la heráldica o el lujo. De este modo se puede decir que el libro tiene dos tramas. En la primera Symons cuenta cómo consigue desenterrar los secretos de la vida de Corvo, cómo va hallando los distintos documentos, como busca a amigos y colaboradores, su trato y complicidad con otros coleccionistas y estudiosos, etc.; para descubrirnos de esta manera, el secreto del género, por así decirlo, al negarse, siquiera por un momento, a fingir el acostumbrado alejamiento con respecto al biografiado. Por ello este libro, subtitulado «Un experimento biográfico» es también un notable autorretrato: el estudio de la obsesión y simpatía que despierta el personaje investigado en el biógrafo. La segunda trama, huelga decirlo, sigue la no menos apasionante vida del oscuro y enigmático barón. En definitiva, En Busca del Barón Corvo está considerada como una de las mejores biografías jamás escritas. La presente edición recupera (aunque revisada y corregida) la traducción de Jordi Beltrán que Seix Barral publicó de En busca del barón Corvo en el año 1982.
El sabor del vitriolo
Juan Forn
Había una vez un inglés muy atildado que tenía que dar un discurso en un club de gourmets, el primer club de gourmets que se abría en Londres: el Food & Wine Club. Le iba el pellejo en ese discurso. Era la primera reunión, necesitaban seiscientos socios para no quedar en la calle, no era buen año para quedarse en la calle 1931. Y, sin embargo, el atildado AJ Symons hizo su discurso sobre un pederasta loco, que intentó por todos los medios ordenarse cura luego de convertirse al catolicismo, y lo rechazaron por puto, malvivió como tutor, fue echado de todas partes, murió en 1913 en Venecia, debajo de una lona, dentro de una góndola fondeada en un embarcadero donde dormía hacía semanas. En el medio, este personaje escribió un libro increíble, llamado Adriano VII, en donde un pederasta loco era rechazado para el sacerdocio por puto y durante veinte años se sometía a un régimen de eremita piadoso hasta que del Vaticano venían a decirle que se habían equivocado, que les había dado una lección: que merecía los hábitos. Al mismo tiempo están eligiendo Papa en Roma y no se ponen de acuerdo hasta que llega a la mesa cardenalicia el relato de ese santo varón que durante veinte años creyó que merecía ser sacerdote. “Un hombre así necesita la Iglesia”, dice uno de los prelados. Los demás asienten. Habemus Papam. El pederasta devenido santo varón dice: “Ya no soy Frederick Rolfe. Llámenme Adriano VII”.
Frederick Rolfe, mejor conocido como el Barón Corvo, creyó de verdad a lo largo de sus 53 años de vida que, en cualquier momento, le cambiaba la suerte y lo hacían Papa. Cuando le arrancaron los hábitos de novicio en el Colegio Escocés de Roma, cuando fue arrojado a la calle en pijama de pensiones de mala muerte por todo el sur de Inglaterra (creía que al meterse en la cama zafaría), cuando una revista amarilla le compró el relato de su catalepsia y lo tituló: YO FUI ENTERRADO VIVO, cuando convencía a curas rurales de que le dejaran pintar un fresco en sus iglesias y era echado a patadas por la lubricidad de las escenas, cuando sostenía contra toda evidencia que su título nobiliario era real y se lo había concedido la marquesa Sforza Cesarini por servicios de tutoría prestados a sus hijos. Incluso cuando ya estaba de salida, en Venecia, Corvo esperaba el llamado del Vaticano. No fueron tan malos los tiempos de Venecia, al menos al principio. Corvo, que toda su vida mendigó dinero sin pudor y con histrionismo autodestructivo, convenció a un heredero londinense de que le mandara libras esterlinas a cambio de relatos procaces de sodomía en Venecia, en palazzos y zaguanes y góndolas y cementerios. El plan era atraer al muchacho a Venecia y golfeárselo en persona, pero, como todo en la vida de Corvo, salió mal: los relatos subieron tanto de tono que el nene se asustó y no mandó más plata. El Barón pasó de andar en góndola propia con cuatro remeros, con el poco pelo que le quedaba teñido de rojo y hábito negro de seda, a dormir en el rellano inferior de una escalera de mármol en un palazzo. Le pusieron un tabique y era su cuarto. Su tarea era llevar leña a las habitaciones superiores del palazzo. El resto del tiempo escribía, encerrado en ese cuartito, una larga invectiva contra sus patrones y el resto de la petit-society de millonarios ingleses que subían cada noche por las escaleras de mármol de aquel palazzo. El libro se llamó El deseo y la persecución del todo. Todos eran disipados en él, todos eran reconocibles, todos era vituperados de maneras formidables, infecciosas, y la historia por supuesto la contaba un pederasta loco devenido santo varón que esperaba el llamado de Roma. También las cartas pornográficas venecianas eran un libro, una bestialidad de libro. De los libros de Corvo sólo existían dispersos ejemplares de ediciones de autor, fuera de comercio, o los manuscritos. Nadie quería publicarlos en Inglaterra, no se podía: eran vitriolo de orquídeas, según una de las tantas cartas de rechazo (hoy célebre) recibidas por su autor.
Llegado a ese punto de su discurso, AJ Symons dijo a su azorado auditorio del Food & Wine Club que, si aquellos libros eran un décimo de lo autobiográficos que decían ser, la vida de Corvo era la sustancia más tóxicamente fascinante que podía encontrarse en la Inglaterra de entonces. Es un milagro que el Food & Wine Club superara aquella reunión inicial, pero así fue. AJ Symons tenía en ese momento 31 años; el Food & Wine le permitió, hasta su plácida muerte a los 41, los dos únicos lujos que se concedió en su vida: comer afuera todas las noches y comprar manuscritos, cartas, ediciones privadas, manojos o baúles de papeles de Frederick Rolfe. Hasta que un día publicó un libro llamado En busca del Barón Corvo (es mucho mejor en inglés: Quest for Corvo), que subtituló “Un experimento biográfico”. El libro es básicamente él, siguiendo el rastro de Corvo entre quienes lo conocieron, las mil tapaderas, agujeros negros, rastros todavía tibios, que dejó a su paso. El difunto Corvo le gana siempre. Symons pone al descubierto lo que era obvio y nadie nunca había dicho: que toda biografía es en realidad una autobiografía. En el mundo de los libros inclasificables, excéntricos, es rey. Entre otras razones porque Symons escribió ese libro y no escribió ninguna otra cosa más que no fueran comentarios de vinos, comidas o paseos regados de vinos y comidas. La esposa le dejó un papelito en la almohada pidiéndole el divorcio; él había salido a cenar. Se ignora si se enteró. En su lápida pidió que dijera: Nadie vivió tan bien con tan poco.
Symons encaró su libro tal como había encarado su discurso: sin pretensiones. Salvo una, inocente, enferma, pertinaz, como una fiebre que no se va nunca: arrinconar la sombra de Corvo, cansarla, entenderla. Visitó a cada conocido de Corvo que aceptó recibirlo, se escribió con aquellos que no querían verlo, por la noche salía a cenar afuera, al volver se quemaba las pestañas leyendo cada papel de Corvo que lograba rapiñar. Al día siguiente salía de paseo, cataba vinos, no encontraba a su mujer en casa, se encerraba en su dormitorio y leía a Corvo. Y un día publicó su libro y nunca más nada. Pasó los diez años siguientes viviendo tan bien con tan poco, hasta que se murió, durmiendo, beatíficamente. Si a Rolfe le hubieran dicho que ese atildado hombrecito sería su biógrafo, su nexo con la posteridad, se habría intoxicado con su propia bilis. Pero no hay libro mejor sobre él. Todo lo que se fue sabiendo desde entonces sobre Corvo es ocioso, porque hasta lo que falta está, de una u otra manera, en el Corvo de Symons. Incluso el epitafio que Corvo quería para sí y dio a su alter ego Adriano no parece venir de su pluma sino de la de Symons: “Rueguen por el reposo de su alma, estaba tan cansada”. Miren a los comensales del Food & Wine Club alzar sus copas entre achispados y azorados. Miren la sonrisa mansa y un poco perpleja con que los contempla AJ Symons, sin saber todavía que ha ganado.
Las fantasías del Barón Corvo
Ernesto Schoo
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, hordas de estetas ingleses y alemanes bajaban a Italia en busca de la Arcadia perdida. Admiraban fundamentalmente dos cosas: los monumentos prestigiosos (casi siempre en ruinas) y los hermosos adolescentes, pobrísimos y venales -de orígenes humildes, casi todos analfabetos-, que vendían sus gracias a fotógrafos y pintores que veían en ellos la resurrección de los pastores de égloga. Con la advocación de Oscar Wilde, Walter Pater y Aubrey Beardsley, el “movimiento estético” invadió todas las artes en Gran Bretaña y provocó la incesante burla de la revista humorística Punch. Uno de estos peregrinos (que terminó viviendo en Italia hasta su muerte) fue Frederick William Serafino Austin Lewis Mary Rolfe, nacido en Londres el 22 de julio de 1860, en una familia de fabricantes de pianos, que supo tener fortuna y la perdió. Se lo conoce más como Barón Corvo, seudónimo que adoptó alegando un linaje aristocrático de su propia invención. Singularmente dotado para las artes -literatura, dibujo, pintura, música-, aspiró siempre al sacerdocio, tanto en su credo original, el anglicano, como en su posterior conversión al catolicismo.
Su mal carácter, su arrogancia, su victimización perpetua y su inestabilidad psíquica conspiraron para el rec onocimiento de lo que Rolfe es, sin duda: un gran escritor, con un admirable manejo del idioma inglés y una imaginación sin límites. En 1903 publicó una curiosa novela, Adriano VII, cuyo protagonista, George Arthur Rose, es inesperadamente elegido Papa. No revelaremos aquí las peripecias que el imaginario Adriano VII enfrenta en el Vaticano, pero sí que su versión teatral llegó en los años setenta al San Martín, en una espectacular puesta no recuerdo de quién (en mi actual alojamiento transitorio, mientras dura mi convalecencia, carezco de mi acostumbrado material de referencia). Pero sí recuerdo que el protagonista fue Pepe Soriano, en una labor consagratoria. Y un detalle que no me he olvidado. Es poca la gente que advierte que los prelados usan el anillo correspondiente a su rango en el anular derecho y no en el izquierdo, como los laicos. Todos los cardenales, en la versión porteña de Adriano VII, llevaban el anillo en la mano equivocada.
El imaginario Baron Corvo murió en Venecia el 25 de octubre de 1913.
Un Papa que no fue canonizado
Quintín
Me encuentro con un antiguo compañero de estudios que me comunica que es un gran lector de las dos primeras líneas de estas columnas, pero que luego las abandona cuando se encuentra con escritores de los que nunca oyó hablar. Supongo que como quienes no leen mucho, mi amigo suele ofenderse cuando se lo recuerdan de algún modo.
Hoy no voy a hablar de un escritor desconocido sino de dos: Frederick Rolfe (1860-1913) y A.J.A. Symons (1900-1941), a quienes yo mismo desconocía hasta la semana pasada. Pero como comprador compulsivo de libros, tenía en la biblioteca En busca del barón Corvo de Symons (1934), de la sofisticada editorial Libros del Asteroide, y Adriano VII de Rolfe (1904), una de las viejas e insuperables ediciones de Siruela. El primer libro es la autobiografía de Rolfe, que entre otros seudónimos usaba un título nobiliario de dudoso origen. Al narrar simultáneamente la vida del personaje y la de su propia investigación, Symons construye una de las joyas absolutas del género. La historia comienza en 1925 cuando un tal Millard le pregunta a Symons si ha leído Adriano VII. Ante su negativa se lo presta y Symons cae subyugado ante una obra que le parece “uno de los logros más extraordinarios de la literatura inglesa: un logro pequeño, sin duda, pero, pese a ello, una proeza literaria de difícil parangón”. Pero Millard también le muestra a Symons una serie de cartas que Rolfe escribió desde Venecia en sus últimos años, en las que le ofrece a un tercero el acceso completo a los deleites de la prostitución homosexual juvenil en la ciudad de las góndolas. “Sólo la falta de dinero al parecer”, escribe Symons, “impedía que el autor disfrutase de una existencia a cuyo lado la de Nerón resultaba inocente, encomiable y aburrida.”
Al borde de la incredulidad, Symons se lanza a la caza de documentos sobre Corvo y va construyendo el retrato de un personaje irrepetible. Rolfe era pobre, orgulloso y pendenciero, pero tenía vocación para el sacerdocio católico. Dos veces expulsado del seminario, su vida es desde allí la eterna repetición del mismo cuadro, una sucesión de intentos por salir de la miseria mediante su talento para la pintura, la fotografía y la literatura con la ayuda de socios y benefactores con los que termina mortalmente enfrentado. Esa sucesión de penurias está literalmente exorcizada en Adriano VII, que está a la altura de la descripción de Symons y es uno de los autorretratos más curiosos que haya dado la literatura. El protagonista de Adriano VII es el doble de Rolfe: un inglés llamado George Arthur Rose, escritor devoto y misérrimo, trabajador incansable, enamorado de la naturaleza, de las obras artísticas y de los efebos. “Tenía una visión amplia, un ojo avizor, un oído presto a escuchar, sutileza, contumacia, un corazón solitario y el desdén del mundo.” Un día lo convierten en cura y lo eligen Papa. Ante esa oportunidad, Rose-Adriano construye desde el papado su gran obra, que resulta también una penitencia por su misantropía y su incapacidad de amar. Gigantesco acto de vanidad pero también de autocrítica, la precisión con la que Rolfe describe las tareas del cargo y la habilidad de Adriano para cumplirlas es alucinante. Su política como pontífice conjuga la sencillez en el trato, el desprecio por la pompa y las riquezas del Vaticano, la apertura de la iglesia hacia el mundo con la construcción de un orden mundial autocrático y colonial que aborrece todo lo que huela a socialismo, desde Marx a Tolstoi. Adriano VII es también la utopía totalitaria de un fanático de la limpieza, de la caligrafía y del tabaco para quien la represiva Inglaterra victoriana resultó muy ingrata pero menos peligrosa de lo que habría sido para su obra la era de la corrección política.

 

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
Esta entrada fue publicada en A. J. A. Symons, Barón Corvo. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s