En el camino – Jack Kerouac

vendido

Estado: impecable.

Editorial: Losada.

Traducción: Miguel de Hernani.

Precio: $000.

 Con el paso del tiempo, ‘En el camino’, un libro que fue la biblia y el manifiesto de la generación beat, se ha convertido en una ‘novela de culto’ y en un clásico de la literatura norteamericana.
Con un inconfundible estilo bop, que consiguió para Kerouac el título de ‘heredero de Charlie Parker’, en esta novela se narran los viajes enloquecidos, a bordo de Cadillacs prestados y Dodges desvencijados, de Dean Moriarty -el mítico hipster, el héroe de todos los beatniks, ‘un demente, un ángel, un pordiosero’- y el narrador Sal Paradise, recorriendo el continente, de Nueva York a Nueva Orleans, Ciudad de México, San Francisco, Chicago y regreso a Nueva York. Alcohol, orgías, marihuana, éxtasis, angustia y desolación, el retrato de una América subterránea, auténtica y desinhibida, ajena a todo stablishment. Una crónica cuyos protagonistas, en la vida real y en el libro, fueron Jack Kerouac (Sal Paradise), Neal Cassady (Dean Moriarty), Allen Ginsberg, William Burroughs.
Kerouac, el rey de los caminos
Sean O’Hagan
El miércoles 5 de setiembre de 1957, The New York Times publicó una extensa reseña de En el camino, la segunda novela de Jack Kerouac, de por entonces treinta y cinco años. El crítico Gilbert Millstein, la consideró “la obra más importante, más clara y mejor realizada de la generación que el propio Kerouac bautizó hace años con el nombre de ‘beat’ y cuyo principal representante es él mismo”.
En Minor Characters, sus esclarecedoras memorias de la vida entre los escritores beat, Joyce Johnson, que ese día estaba con Kerouac en Nueva York, plasma la resonancia sísmica de esa reseña. Había salido con Kerouac a comprar la primera edición del diario en un puesto de Manhattan que estaba abierto toda la noche. Lo vio leer el artículo de Millstein en un bar cercano, moviendo la cabeza “como si no pudiera entender por qué no se sentía más contento”.
Luego caminaron de vuelta hasta el departamento de Johnson en el Upper West Side, donde, recuerda: “Jack se acostó siendo un desconocido por última vez en su vida. El teléfono lo despertó a la mañana siguiente y ya era famoso”. De la noche a la mañana, la generación beat había salido a la luz, y el hombre que más había hecho por definirla descubría de pronto que ahora su libro lo definía a él. Así sería durante el resto de su breve vida, y también durante muchas décadas más.
“Cuando escribió la novela, Kerouac no se había propuesto desafiar la complacencia y la prosperidad de los Estados Unidos de la posguerra -escribió luego Ann Charters, su primera biógrafa-, pero había creado un libro que anunciaba un cambio de conciencia en el país”. En los años posteriores a su publicación, En el camino se convirtió en un best-seller. Además, como escribió William Burroughs, amigo de Kerouac y también escritor beat, “vendió un billón de Levi’s, un millón de cafeteras express y lanzó a innumerables chicos al camino”. Sin habérselo propuesto, y para su creciente horror, Kerouac había escrito un libro zeitgeist, un libro que contribuiría a marcar el rumbo de lo que se conocería como cultura juvenil durante los siguientes veinte años.
“Me cambió la vida, como a todos”, diría Bob Dylan muchos años después. También Tom Waits admitió su influencia al recordar a Jack y a Neal en un tema y calificar a los beat de “figuras paternas”. Por lo menos dos grandes fotógrafos estadounidenses se vieron influenciados por Kerouac: Robert Frank, que llegó a ser un gran amigo suyo -Kerouac escribió el prólogo a Los Americanos-, y Stephen Shore, que en los años 70 se lanzó a un viaje por las rutas del país con el libro de Kerouac como guía. Sería difícil pensar en la delirante novela de ruta de los 70 de Hunter S. Thompson, Miedo y asco en Las Vegas, de no haber existido En el camino. Lo mismo pasa con películas comoBusco mi destinoParís, Texas y hasta Thelma y Louise.
Los desvíos del camino
Kerouac escribió En el camino en 1951, cuando, según dicen, redactó esas palabras durante tres semanas en un rollo de papel de teletipo de 35 metros animado por una combinación de Benzedrina y café. Con un estilo vertiginoso e impresionista, la novela cuenta sus viajes por los Estados Unidos, a menudo en compañía de su amigo y mentor Neal Cassady, rebautizado en el libro como Dean Moriarty.
En los seis años que tardó en publicarse En el camino, la cultura estadounidense experimentó una gran modificación: Elvis Presley cambió el rumbo de la música popular; surgieron James Dean y Marlon Brando como un nuevo símbolo adolescente reflexivo; llegó y pasó el pintor Jackson Pollock, cuya Action Paintig y la intensidad con la que vivía fueron en cierto modo precursoras de la “inmediatez” que impulsaban los beatniks tanto en el arte como en la vida.
“El movimiento literario beat llegó en el momento más oportuno -escribió luego William Burroughs-, y dijo lo que millones de personas de todo el mundo esperaban oír (…) La alineación, el desasosiego, la disconformidad, ya estaban presentes cuando Kerouac señaló el camino.”
Aunque sin duda era ambicioso, Kerouac no estaba en absoluto preparado para la fama, la notoriedad y la controversia que siguieron aEn el camino. Le dolieron las muchas críticas negativas que recibió el libro, así como las parodias de la generación beat que de pronto empezaron a aparecer en los programas de televisión masivos. En las entrevistas de aquella época se lo nota evidentemente incómodo, en ocasiones ebrio. En la última biografía del escritor, Kerouac: His Life and Work, Paul Mather escribe: “El anonimato que Kerouac amaba y odiaba había desaparecido. Empezó a tomar”.
Kerouac murió doce años después. La causa física fue cirrosis, consecuencia de años de exceso de alcohol. Muchos de los que lo conocían bien, sin embargo, sospecharon que también había muerto de desilusión. “Era muy sensible”, dice la viuda de Neal Cassady, Carolyn, que tuvo un largo romance con Kerouac. “Todo lo lastimaba. Tenía la piel fina del artista y la culpa que le había inculcado su educación católica. Terminó por sentirse muy deprimido por la forma en que se lo tergiversaba y se responsabilizaba a su hermoso libro de todos los excesos de los años 60. Fue demasiado para él”.
De haber llegado a la vejez, se habría sentido aún más azorado por la manera en que su legado se tergiversa en la actualidad. Hace dos años, se lanzó en los Estados Unidos una línea de ropa Jack Kerouac. Este año la BBC conmemorará el quincuagésimo aniversario de la publicación de En el camino con un viaje por las rutas a cargo del comediante y animador Russel Brand.
Según pasan los años
Afortunadamente, el aniversario también tuvo una celebración más reverente por parte de la editorial del libro, Penguin, que el 5 de setiembre publicó On the Road: The Original Scroll, con el texto completo y sin censura que Kerouac escribió en esas tres semanas frenéticas. Los personajes -Allen Ginsberg, Burroughs, los Cassady- ya no están ocultos tras los seudónimos -con frecuencia maravillosos- de Kerouac, y la famosa frase inicial, “Conocí a Dean no mucho después de que mi esposa y yo nos separáramos”, ahora reza: “Conocí a Neal no mucho después de la muerte de mi padre”.
Muchas de las escenas de sexo, homo y heterosexuales, que se habían eliminado por insistencia de los editores, están reincorporadas, si bien son suaves para los criterios actuales. La atracción que Ginsberg sentía por Neal Cassady, que tuvo una efímera reciprocidad, ahora se admite en las primeras páginas, aunque de manera casual: “Estaba en la misma habitación. Los oí en la oscuridad y me dije: ‘Mmm, ahí está empezando algo, pero no quiero tener nada que ver con eso’.”
Cincuenta años después, el libro está en proceso de convertirse en una película de Hollywood con guión de Roman Coppola, hijo de Francis Ford, y dirección de Walter Salles, que hizo Diarios de motocicleta, la historia del viaje del Che Guevara por América del Sur.
Casi cuarenta años después de su muerte prematura, Kerouac sigue vivo, si bien de formas extrañas y a menudo contradictorias. Tal como pasa con Guevara, su legado se discute, su sentido cultural se desdibuja. En la Universidad Naropa en Boulder, Colorado, por ejemplo, donde se encuentra la Escuela de Poesía Jack Kerouac, se celebrará el quincuagésimo aniversario de En el camino con un festival Kerouac de tres días al que asistirán los últimos representantes de la generación beat, o por lo menos los que estén en condiciones de trasladarse.
Uno de los organizadores, Junior Burke, titular de la cátedra de escritura de Naropa, calificó hace poco a En el camino de “una de las obras definitorias de la ficción estadounidense”. La comparó con Las aventuras de Huckleberry Finn, pero agregó: “En lugar de dos tipos en una balsa por el Mississippi, son dos tipos en un Hudson Hornet por las rutas de los Estados Unidos. Creo que es algo con lo que los jóvenes se siguen identificando”.
Para muchos jóvenes estadounidenses, sin embargo, el nombre Jack Kerouac no significa absolutamente nada. En una época en que la cultura juvenil se define cada vez más por el consumismo, en que el viaje por las rutas fue reemplazado por el año libre entre el secundario y la universidad, y en la que se considera una actitud radicalizada sercool aunque la fórmula no funciona a la inversa, ¿qué lugar pueden ocupar Jack Kerouac y su visión beatífica?
Carolyn Cassady, la última sobreviviente del círculo de amigos y pares beat de Kerouac, que tiene 84 años y vive exiliada en Berkshire, es crítica en relación con la juventud de la década del 2000. “Ahora todo pasa por el dinero y las apariencias, por la ropa y lo que se compra, y a nadie le da vergüenza ser superficial. A menudo le doy a gracias a Dios porque Jack y Neal no vivieron lo suficiente para ver qué fue de su sueño”.
El rey de los beatniks
En Nueva York, Kerouac conoció a los diversos personajes e incipientes escritores que luego conformarían la generación beat, hombres como Ginsberg, Burroughs, John Clellon Holmes, de quien se dice que acuñó el término, y sobre todo a Neal Cassady. Kerouac procedía de una familia relativamente estable. Cassady, en cambio, había crecido con un padre alcohólico y en su adolescencia había pasado varias veces por el reformatorio por robo de autos.
Para Ginsberg y Kerouac, Cassady era la realidad, un verdadero espíritu libre en un momento en que la autenticidad -de la experiencia, la expresión, la visión- lo era todo. “Neal era un tipo brillante y lleno de energía, un autodidacta que tenía una gran memoria fotográfica -dice Carolyn Cassady-. Pero a muchos de los beatniks más académicos no les gustaba, no confiaban en él debido a su pasado. Sin embargo, Jack y Allen estaban deslumbrados por su energía incansable, su amor a la vida, la forma en que hablaba, en que vivía sólo para el momento”.
Cassady era el símbolo de la conciencia que Kerouac había bautizado “beat” en 1948. El término tenía dos connotaciones para Kerouac: “beat” como golpeado por las convenciones y limitaciones de la sociedad heterosexual estadounidense, y “beat” como en “beatífico”: bendito, sagrado, trascendente. Los escritores beat compartían el rechazo por muchos de los valores formales del canon aceptado y rescataban la energía, la reflexión, el refinamiento y la despreocupación. Reflejaban así la disconformidad de la juventud estadounidense de la posguerra.
William Burroughs, que era mayor y más frío que los demás, consideraba que la generación beat era tanto una construcción mediática como el florecimiento de una visión transgresora: “Esos oportunistas saben si algo vende en cuanto lo ven, y el movimiento beat era una historia muy vendible”. Luego del éxito de En el camino, Kerouac se convirtió en el centro de esa historia y la prensa se refería a él en términos de “rey de los beatniks” y “vocero de una generación”. Si bien éste anhelaba un reconocimiento literario, era el candidato menos adecuado para ese tipo de canonización, por lo menos hasta que, diez años más tarde, apareció un Bob Dylan igualmente esquivo. Dylan, sin embargo, logró reformularse una y otra vez. Kerouac lo intentó muchas veces y fracasó.
Kerouac murió en 1969 en San Petersburgo, Florida. Había vivido lo suficiente como para que se lo responsabilizara de los excesos de la generación de la década del 60, por la que no sentía simpatía alguna. Según Carolyn Cassady, “Jack era conservador, hasta patriota, pero no con fanatismo. Era anticuado. Nunca le oí usar palabras groseras. Los que escriben sobre él nunca parecen tener conciencia de la época en que vivió, que era inquieta e indagadora, pero también reservada y responsable. El no impulsaba una libertad sin responsabilidad, sino la libertad de expresión en el arte”.
Eso lleva a una pregunta inevitable: ¿En el camino resiste el paso del tiempo? ¿Es gran literatura? Ann Charters piensa que sí. La compara con Huckleberry Finn y con El gran Gatsby como novela que “explora el tema de la libertad personal y desafía la promesa del sueño americano”. También lo piensa el novelista estadounidense A.M. Holmes, que hace poco escribió que “Kerouac fue el hombre que les permitió a los escritores ingresar al mundo del fluir (…) su filosofía implicaba abrirse a la posibilidad, permitir que la creatividad fluyera y formar una unidad con el proceso”.

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