Diseminario. La desconstrucción otro descubrimiento de América – Jacques Derrida, Emir Rodríguez Monegal, Haroldo de Campos, J. Hillis Miller, Geoffrey Hartman y Lisa Block de Behar (coordinadora)

Estado: impecable

Editorial: XYZ.

Precio: $500.

Jacques Derrida (*}
[Montevideo, 14 de octubre de 1985.
Biblioteca Nacional, Sala Vaz Ferreria. 19.30 hs.]
Presentar a Jacques Derrida plantea una serie de contradicciones en primer lugar, presentar a quien está presente constituye una contradicción o una redundancia, a la vista. Por otra parte, si presentar es hacerles a ustedes un presente, con Jacques Derrida, mientras hablo, lo estoy postergando y por lo tanto ya no es un presente.
En materia de palabras resulta imposible evitar las contradicciones: es la doble articulación de la presencia, de la que habla Derrida: cada palabra convoca presencia y ausencia a la vez. Para peor, la presencia del responsable de ladesconstrucción multiplica las contradicciones:
– el filósofo de la escritura hace uso de la palabra. ¿Cómo impugnar así, a viva voz, el logocentrismo?.
– el filósofo de los márgenes se encuentra ahora en el centro, y no sólo de Montevideo.
– el filósofo de la distancia, de la diferencia o de la “diferancia” esta aquí semejante, prójimo y próximo.
Es dificil eludir tantas contradicciones: Decir es contradecirse. Esta afirmación podría ser una definición de la desconstrucción pero la desconstrucción las resiste: podría ser una consigna, pero nada más lejos de la desconstrucción que la simplificación amonedada de frases que, cuanto más huecas, más resuenan.
Ni definición ni consigna. Quizás lo más pertinente, al escuchar a Jacques Derrida, fuera eso: tener presente que tratándose del discurso, del texto en general, las paradojas más frecuentadas: “Yo miento” (o digo la verdad), “Nunca digo nunca” (y lo estoy diciendo) o hasta en las expresiones más simples digo oy no sé si asimilo o excluyo; digo por y no distingo entre sustitución y multiplicación; digo contra y no sé si es adversidad o apoyo; digo cierto y tampoco se sabe si es incierto o seguro; libertad puede nombrar nuestra mayor necesidad y también una prisión.
Con Jacques Derrida llega la desconstrucción a Montevideo: Es otra forma de pensar. En efecto, se trata de “ideas foráneas”: una alteración, una alteridad pero no sólo los borgianos y borgistas saben que sólo gracias al otro se conoce lo propio. Es otra forma de pensar, ya se sabe. Por eso no debe alarmarnos demasiado si nos parece no entender su discurso complejo, sobre todo porque es diferente, que no procura demasiada claridad porque el exceso de claridad deslumbra, impide ver (tantos años hace que el propio Edipo reivindicaba la oscuridad como su luz). Explicar a Jacques Derrida sería como aclarar la noche. Una explicación sería como eso que queda, al final, del conocimiento absoluto: Glas, un toque de difuntos, un sonido apagado, a penas, a tantas penas.
El filósofo de la diseminación, de la diferancia, de la archihuella, de la gramatología, del margen, del suplemento discutible, del antilogofonocentrismo, del tímpano, del espaciamiento, del injerto, del farmakon prescrito, de la escritura, de los desafueros, del subjetil, ha ocupado la lengua francesa. Las palabras ya no dicen lo que decían porque todo un léxico entre comillas, en itálicos subrayado, se estratifica por la multiplicación de sentidos: una palabra por otra. Jacques Derrida es un filósofo de la alegoría y la literalidad. Un filósofo que responde cuestionando, porque eso es contestar: responder e impugnar a la vez.
Con Jacques Derrida la desconstrucción se acerca a Montevideo. Después vendrán Haroldo de Campos, Hillis Miller, Geoffrey Hartman y Emir Rodríguez Monegal. La presencia de Jacques Derrida, en este momento, en parte, se la debemos a él. En este momento también Emir está presente en nuestro pensamiento, como otra forma de la doble articulación de la ausencia:
Como quien toma una ciudad, como quien toma una decisión, Jacques Derrida toma la palabra.
(*) Palabras de presentación pronunciadas en ocasión de la primera sesión del Seminario de Jacques Derrida en Montevideo.
Introducción
Buscarle ausencias al idioma es como buscar
espacio en el cielo.

Jorge Luis Borges
Ateniéndose a uno de los procedimientos convencionales de iniciación textual, John Barth empieza The Friday Book por un epígrafe. Solo que el epígrafe aparece bajo el título de “Epigraphs”, que empieza por decir que los epígrafes deberían ser evitados y que termina por indicar, tal como lo establece la convención, las referencias bibliográficas de su cita; pero resulta que la cita pertenece a John Barth, que es de “Epigraphs”, y transcrita de The Friday Book. La convención, por excéntrica, se deroga; la excentricidad, por convincente, por relativa, también.
Si se menciona desde el comienzo esta ida y vuelta textual, este juego especulativo de inscripciones e inversiones que da lugar a una ocurrente muestra desconstructiva, es con el afán de avalar, por la felicidad de esa ocurrencia, una presentación que, como esta, empieza atendiéndose a sí misma, a su título -un antecedente- y sus antecedentes.
Para el lector, la práctica progresiva-regresiva que inicia el título tampoco es extraña. “Un título es siempre una ‘promesa'”, dice de varias maneras Jacques Derrida en MEMOIRES for Paul de Man. Una promesa tanto como una evocación, un lugar común donde coinciden y difieren tiempos y espacios, donde se inicia un movimiento anticipatorio o retrospectivo, una instancia que es textual pero anterior al texto, siempre más allá del discurso, al margen y sin embargo interiorizado, totalmente; el título redunda y resume los compromisos de la lectura, la introduce dialécticamente presentándola y penetrándola a la vez.
“Diseminario” fue el término propuesto por Haroldo de Campos para denominar el libro que, según lo que se había proyectado, reuniría las comunicaciones que, sobre la desconstrucción presentaban en Montevideo, Jacques Derrida, Emir Rodríguez Monegal, Haroldo de Campos, J. Hillis Miller, Geoffrey Hartman. Denominaba también el Seminario que entonces se venía realizando, denominaba también las peripecias de un seminario que se había previsto simultáneo y fue discontinuamente consecutivo (desde octubre hasta diciembre de 1985), que no fue uno sino varios, que se había programado para la difusión de prácticas y reflexiones desconstructivas; entendiendo la necesidad de una diseminación que, de acuerdo con los planteos más afianzados de Derrida y “temblando en el cuerpo de su plurivocidad”, consiste en una multiplicación y dispersión del sentido, una propiedad -la propiedad del término no deja de ser discutible- que afecta la condición textual.
Al disponer esta publicación, se renueva la intención de esa iniciativa: introducir en nuestro medio, uruguayo, rioplatense, latinoamericano, hispanohablante, elaboraciones que se afilian dentro de esta corriente desconstructiva, que la conforman, de manera que pudieran darse a conocer distintos aspectos de una dirección teórica postestructuralista, que se define difícilmente ya que la desconstrucción evita desde el principio -como principio- las definiciones tanto como no evita las dificultades que semejante renuncia plantea.
Por eso, más que las sistematizaciones de una escuela o las puntualizaciones de fundamentos doctrinarios, la desconstrucción reclama la legitimación de esos discursos que constituyen una lectura crítica, una lectura que, advirtiendo (sobre) la indeterminación del texto literario, las vacilaciones del sentido, la irreductible equivocidad de las contradicciones, la indecidibilidad como condición de la desconstrucción, basándose en la capacidad esencial del lenguaje, “decir lo otro y hablar de sí mismo mientras habla de algo diferente”, como dice Derrida, las interpreta en tanto una repetición del texto nunca es tal porque la desconstrucción entiende la iterabilidad como alteridad, la iteración como alteración, una repetición que solo puede ser igual cuando difiere. Precisamente, por la interpretación, el mismo texto no es simplemente el mismo texto sino el texto mismo y, válido como continuación y consecuencia constituye, como dice Paul de Man, “un proceso temporal que asume tanto la semejanza como la diferencia”.
Próxima al discurso literario, confundida con él, la interpretación desconstructiva habilita prácticas que guardan una afinidad con la poesía, afinidad que va más allá del estudio frecuente de un objeto poético o de la recurrente especificidad poética de sus objetivos teóricos: su afinidad es una elección poética, una afinidad electiva que realiza un ejercicio discursivo que comprende y consuma. Como Ión, el entusiasmado rapsoda del diálogo de Platón, la desconstrucción practica una interpretación poética y teórica: más de una interpretación, al menos. Sorteando las reglas impuestas por la retórica tradicional o el rigor delimitativo de las disciplinas engendra, a partir del discurso filosófico y literario, un concepto de textualidad apto para contraer las diferencias genéricas, desbordándolas; las clasificaciones, desarticulándolas; inventa una especie de función “metapoética” (valga el cruzamiento terminológico de las conocidas polarizaciones de R. Jakobson) que, al describir y referir la materia poética, se consolida como tal. Como en el cuento de Julio Cortázar, el narrador, un observador obsesivo, describe la visión (¿ve o desvaría?) del axolotl, da cuenta de una mirada que identifica (¿individualiza o asimila?) al que mira y es mirado.
La desconstrucción no proporciona técnicas de análisis ni instrumentos metodológicos que puedan aplicarse impositivamente, considerados objetivos, y por eso válidos; sólo porque procedan de un cuerpo doctrinario anterior y exterior a la obra o porque pretendan la universalidad, para los desconstruccionistas no es suficiente. Quizás estimen, como Borges, que “Los metafísicos de Tlön no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica. Saben que un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos. Hasta la frase ‘todos los aspectos’ es rechazable porque supone la imposible adición del instante presente y de los pretéritos.”
Sin eludir los riesgos de un escepticismo metodológico, la desconstrucción inicia un trabajo textual problemático -prácticas que cuestionan la vigencia de métodos que no son más que medios, que impugnan las definiciones por definitivas, las conclusiones cuando clausuran el discurso, las leyes porque “deben ser leídas”, las verdades que decretan y detentan otras verdades- a fin de averiguar qué especie de verdad imita la ficción y qué espacio de ficción limita la verdad.
Por medio de esa lectura poética -tan literaria como filosófica- la desconstrucción intenta describir las articulaciones retóricas de la figuración, revocando los métodos de interpretación establecidos, tanto aquellos que pretenden hacer explícito lo que el autor quiso decir pero que no dijo o quiso no decir, como aquellos métodos que operan sometidos a recursos de inteligibilidad normalizada y prescinden, por esa sumisión a modelos de universalidad forzada, de la observación de las contradicciones del lenguaje que los textos literarios reservan y relevan. Como parte de contradicciones, la estrategia desconstructiva constituye una exploración de la condición paradójica del texto literario, su virtualidad irónica que es su manera de ser. Nuevamente la coincidencia avala la mención: “La creencia se da junto con el descreimiento; como el libro de Tlön, con su contralibro.”
Tratándose de la escritura, tales contradicciones son inevitables porque es en la escritura donde se registra la naturaleza contradictoria del lenguaje, su aptitud figurativa gracias a la cual una expresión puede significar lo que significa, otra cosa, e incluso lo contrario.
A partir de los textos de Jules Laforgue, era André Gide quien descubría que no había ningún libro inocente ya que el acto de escribir comportaría necesariamente la reflexión sobre la propia escritura. Por este “desdoblamiento” -es la palabra que había utilizado Baudelaire para designar esa comprensión como una forma de la ironía- es posible captar la distancia constitutiva de todo acto de reflexión, el acto que realizan tanto el filósofo, el artista como quien mantenga con el lenguaje una relación profesional, quien lo utilice como “el material de un oficio” por medio del cual se diferencie del mundo, se distancie de él y de sí.
Derrida dice que “la escritura comporta estructuralmente, en ella misma, su proceso de abolición y anulamiento.” Bajo el signo del signo, la desconstrucción sigue atenta a los deslizamientos de la figuración disimulada por la instrumentalidad, del instrumento derogado por su propia eficiencia, a los olvidos progresivos del discurso que porque se entiende no se oye, a las obcecadas intransparencias de la escritura que no deja ver ni se deja ver: la obliteración es literal, una fatalidad de la escritura que permanece y desaparece a la vez.
La desconstrucción inquiere, a partir de la escritura, los mecanismos de los sistemas de comunicación, los más corrientes, los más “naturales” que no son los menos culturales, precisamente desconocidos por sobreentendidos, ya que cuanto más se afianzan más se ignoran. En busca del hilo alógico con que el texto se entrama, revisa el proceso semiótico hasta alcanzar ese nudo donde, según reconoce Umberto Eco, el signo “se vuelve capaz de contradecirse a sí mismo (de otra manera esos mecanismos textuales denominados ‘literatura’ no serían posibles).”
De Poe a Derrida, las cartas y las letras (en inglés, en francés, se dicen igual), como los juegos, cuanto menos disimulados más ocultos. “Mi Víbora de Letra”, bífida y sagrada a la vez, es la escritura para J. Laforgue. Para Mallarmé “el mundo se hizo para acabar en un hermoso libro”, un final poético dado que el mundo y el lenguaje comparten, filosóficamente, un mismo problema de límites: “¿Quién no desearía fugarse de la prisión del lenguaje y detenerse allí donde pudiera verla de afuera?”. La pregunta de Hillis Miller se formuló retóricamente porque sabe que esa fuga imposible no pasa de una aspiración universal, que si “Dios mismo tuvo que consultar la Biblia para crear el mundo”, según nos confía el Génesis Rabbah: la letra es el orbe y el origen. Borges recuerda que en “la cábala (que quiere decir recepción, tradición) se supone que las letras son anteriores; que las letras fueron los instrumentos de Dios, no las palabras significadas por las letras. Es como si se pensara que la escritura, contra toda experiencia, fue anterior a la dicción de las palabras”.
Previa y al mismo tiempo presente, actual y sin embargo posible, la escritura es origen de permanencia y repeticiones, de dicción y contradicciones. De ahí que la escritura invierta y produzca el tiempo espacializado en el espacio diferido. Por la escritura, el tiempo tiene lugar, un tiempo siempre distinto. Pendiente de las aporías (una de las palabras que aparecen con más frecuencia en los escritos de Paul de Man) de la escritura, la desconstrucción es la práctica de una crítica cultural activa que ensaya una probabilidad, hace la prueba una tentativa o una verificación, ya que, según Derrida, la escritura prefigura su propia lectura desconstructiva de modo que pueda propiciar una inversión de jerarquías, desarticular las imposiciones o imposturas de una lógica que responde solo a la razón (el logos) con la que se explica, una razón entre varias, una que se puede perder, o se puede dar, precisamente a quien ya la tenga.
A partir de la escritura, la interpretación desconstructiva también forma parte de ella, es una puesta en escritura, una (a)puesta textual: un azar, un riesgo, cada vez y siempre a tiempo, el texto está en juego.
* * *
Esta publicación ordena diversas comunicaciones ajustándose a las circunstancias de su respectiva presentación. La desconstrucción en el Río de la Plata comenzó con la conferencia de Jacques Derrida “Nacionalidad y nacionalismo en filosofía” donde se considera la vigencia de la escritura como canon del pensamiento, aún de un pensamiento al que, como el filosófico, se le atribuye el diseño y designio de esos mismos cánones.
Derrida no atiende el tema como un análisis de la noción de nación o nacionalidad desde un punto de vista histórico, social o lingüístico, sino a partir de los problemas planteados por la condición idiomática del discurso. En general, esta condición que es naturaleza y restricción de todo discurso, aparece atenuada en la apreciación que se elabora sobre un horizonte de conceptualización, de universalidad, y que se sustraería por eso a las características propias (históricas o poéticas, eventuales o íntimas), al rasgo singular, a lo idiomático propiamente dicho.
Determinada por la diferencia idiomática y los límites de la traducibilidad de lo filosófico, la cuestión se agrava drásticamente en una época en la que la comunicación entre territorios, instituciones, grupos, escuelas, se multiplica por congresos, coloquios, intercambios docentes. Acontecimientos de internacionalización que se dan concomitantemente con “efectos de opacidad” (son palabras de Derrida) que exasperan la conciencia nacional, la búsqueda de la identidad, la exaltación de lo propio y particular, inajenable solo porque no es ajeno ni puede ser transferido.
Consecutivamente, “Psyché: Invenciones del otro” fue expuesto en el curso del seminario que se llevó a cabo en el Instituto de Profesores Artigas.
Dedicado a Paul de Man y a su meditación sobre el tema de la alegoría, entendida como la invención del otro, Derrida parte de “Fábula” (“Fable”) de Francis Ponge, a fin de desconstruir el poema, el análisis, la desconstrucción, el lenguaje. Especula sobre el descubrimiento de la identidad por la fractura, de la dualidad por el espejo; uno que se descubre como otro cuando observa la imagen del espejo en el espejo que, como la palabra, se muestra a sí mismo por mostrar algo más. “Psyché”, en francés, nombra un espejo, un espejo que rota; en filosofía, nombra la unidad de los atributos personales, el alma. Por la vuelta del espejo, vuelta y fractura, el otro y el mismo se distinguen y se identifican.
La invención del otro es un descubrimiento. El otro existe a partir de uno, uno mismo por el otro: “por la palabra por/empieza pues . . .” Por la imagen del espejo (por lo menos doble), el motivo (una repetición) y el movimiento (una iniciativa) aparecen como formas de una misma búsqueda del conocimiento, una inquisición que no discrimina entre invención y descubrimiento; ambos son variaciones de un “ciménto” entre la invención y la armonía: la palabra, el habla, es un punto de encuentro, el concierto entre un orden y la imaginación, el lenguaje y la poesía, el estatuto y la creación. La fábula resume la confabulación entre el poeta y el lector que se establece por las mismas palabras, salvando la diferencia: la verdad se expresa por alegorías, la fábula es una alegoría de verdad.
Después de más de diez años de ausencia, Emir Rodríguez Monegal volvía a Montevideo a dictar sus conferencias. Había condicionado su presencia y participación en el Seminario al restablecimiento de la democracia en el Uruguay. Había contraído el compromiso en Yale cuando nada insinuaba la enfermedad que se manifestó tan grave algunos meses más tarde. No quiso faltar a su promesa y viajó desde New Haven sospechando que tal vez disminuiría así los pocos días que le quedaban por vivir. Como Jaromir Hládik, el autor de Los enemigos en el cuento de Borges, también a él le fue concedido un “milagro secreto”: el tiempo justo para dar feliz término a su drama. Regresó y fue objeto del mayor reconocimiento nacional: el Presidente de la República le ofrecía personalmente el homenaje que requería y repetía un público conmovido y admirado, anticipando la apoteosis que esta vez no fue solo póstuma. Para ser leído en esa circunstancia, Borges le dedicaba un texto que recordaba su amistad, la amistad literaria, la amistad en la literatura, aquí se incluye. También se publica el Prólogo a Blanco/Branco sobre la traducción -la palabra ha sido desplazada- que Haroldo de Campos realiza sobre el poema de Octavio Paz y su última conferencia: “Borges/de Man/Derrida/Bloom: la desconstrucción ‘avant et aprés la lettre'”, donde Borges resulta ineludiblemente el común denominador de tres críticos excéntricos, que otro crítico examina.
Una vez más la figura del crítico aparece entre espacios contradictorios, trazado en equis, el quiasmo literal donde se cruzan las (o)posiciones que la crítica atraviesa, entre la lectura y la escritura, la ficción y la verdad, la creación y las creencias, entre Europa y América, el Norte y el Sur, entre los tiempos.
La figura en cruz, la clave que cifra el sacrificio de una llegada que fue varias partidas, la gloria de un recibimiento por despedidas, de su ausencia y su retorno y su ausencia otra vez. El Seminario sobre la desconstrucción se realizó bajo el signo de “A penas …”, las palabras con que Jacques Derrida recordaba a Paul de Man al iniciar sus conferencias en Yale. De tantas penas, los textos de Emir, su gesto, rescatan un pasado cultural que es el de todos.
Los textos de Haroldo de Campos, que se publican por primera vez en español, revisan una teoría de la traducción: en “Más allá del principio de la nostalgia”, que se presenta como una práctica poética en “Transblanco: Reflexiones sobre la transcreación de BLANCO de Octavio Paz, con un excurso sobre la teoría de reducción del poeta mexicano.”
Ya desde el principio y basándose en los escritos de Walter Benjamin, uno de los ensayos de Haroldo pone de manifiesto su preocupación por la peculiaridad filosófica de “La tarea del traductor”. La “nostalgia” de su título evoca el sentimiento que traduce aproximadamente el portugués saudade, que a su vez traduce aproximadamente el alemán Sehnsucht. Atravesando esas diferencias, Haroldo anima la exploración de “una patria arquetípica” conjeturada tanto por filósofos como por traductores, asimilando dos formas de la búsqueda de un mismo conocimiento original, presumiendo -a pesar de las diferencias teóricas y especificidades metodológicas- la existencia de una “lengua pura” o “lengua de la verdad”, anterior a las crisis de las que las variantes idiomáticas son origen y consecuencia. La rehabilitación de la operación interidiomática de la traducción y la fundación crítico-práctica de su ejercicio, compartiría la vocación paradisíaca de la exégesis, el pardés interpretativo de las Escrituras que con-vocan cifradamente tanto el Jardín del Edén como una pluralidad hermenéutica, lecturas diferentes, aptas para recuperar, gracias a una segunda curiosidad, la condición celestial que una primera curiosidad dio por terminada. Similar a losrecursos (medios y recorrido que remiten al principio), las remisiones que valen el apocatástasis, la traducción inicia un movimiento regresivo y dispensa las posibilidades necesarias para restablecer la comunicación perfecta y feliz que las entidades tenían en su primitivo principio; a pesar de los descréditos del consabido alejamiento que se le imputa, por el ejercicio de la traducción se verificaría el regreso a una lengua previa, original, un origen anterior a la versión que se traduce, una acción que recupera la nominación invalidando la arbitrariedad, prescindiendo de ella o confundiéndose miméticamente en la revelación de semejanzas, una redención silenciosa de quienes no requieren de acuerdos para estar de acuerdo.
“La muerte y la brújula” le ofrece a J. Hillis Miller un texto particularmente apto para examinar “la irreductible naturaleza figurada del lenguaje”, calidad que reconoce en diversas oportunidades y con la que la desconstrucción cuenta decisivamente. La narración de Borges es otra alegoría de esa alegoría que es la lectura narrativa, entendida como el trabajo textual diferente que convierte en otra cosa la misma cosa, una en función de la otra. También en otros cuentos, en esa alteridad alegórica, la diferencia por la diferancia (es el término con que Derrida supo distinguir la temporalidad en la diferencia, otra forma de diferir) y no la identidad literal, por otra parte imposible, la que podría rescatar la validez del texto e insinuar la competencia del lector, aunque habría que descartar a los lectores de las narraciones, en las narraciones, quienes prefieren sucumbir al pie de la letra, inventando en la ficción la mayor alegoría: creer que la verdad exista como una interpretación literal, una licencia que solo un personaje se puede permitir. Por su sobresaliente condición alegórica, el texto requiere necesariamente una interpretación retórica que descifre su clave y al descifrarla, lo realice. Una lógica más irónica o paradójica que racional conforma una retórica o un tercer procedimiento apto para sortear las diferencias entre la 1ógica y la retórica, lo propio y lo figurado, lo específico y lo individual, el objeto y el sujeto, la experiencia y su representación. Es el principio que rige toda práctica hermenéutica cuando reconoce en la figura la clave, una articulación incoativa que anticipa y gesta el misterio; lo suspende y sin derogarlo, lo mantiene.
Las prácticas desconstructivas de Hillis Miller ponen en movimiento una búsqueda de la verdad, aunque sea figurada, una “quête”, que es a la vez una cuestión, un problema, el problema (filosófico y aquí policial) de la búsqueda de la verdad. Descubre así una figura clave, en este caso una clave que es figurada y literal. El cuento es el cuento de un enigma, de una pesquisa también hermenéutica que siempre hace referencia al silencio de lo que interpreta, un misterio que la estrategia policial, teológica, hermenéutica, intenta resolver a partir del lenguaje mismo, de una figura literal: un rombo imaginario que se concibe a partir de cuatro letras, un tetragramaton geométrico, perfecto, amparado en los prestigios incontrovertibles de otras cuatro letras igualmente enigmáticas. La figura es literal, es la catacresis, “una de las figuras no verdaderas” puntualiza Pierre Fontanier en su tratado Les figures du discours,entendida como un tropo forzado, por Gérard Genette ya que falta la palabra propia, carece de un sinónimo no figurado. De la misma manera que en la interpretación musical, la interpretación desconstructiva se orienta desde el principio por la clave: el rombo marca el rumbo en la brújula pero no determina el sentido textual. De esa figura que forman las letras depende una dirección pero no la verdad. El detective confunde un enigma con un teorema, de ahí su final.
En “Lectura escritura: George Eliot”, Hillis Miller continúa el análisis de las relaciones que se entablan entre lo figurado y lo literal, entre lectura y escritura, exterioridad e interioridad, proximidad y distancia, visión literaria y visión real, por medio de un procedimiento desconstructivo del que se vale para observar el realismo de quien, como G. Eliot, no deja de advertir la escasa realidad de la realidad y la mimesis del realismo como una muestra deliberada de esa escasez. El problema de las relaciones entre la realidad y sus variantes alternativas es el problema y da lugar a más de un cuestionamiento.
Precisamente en el capítulo consecutivo lo formula como una pregunta: “¿Existe una ética de la lectura?”. La inquisición se dirige a atender las actividades y responsabilidades éticas del lector, profesor o crítico de la literatura en general y de la posición de los procedimientos (también como conducta) desconstructivos en relación con métodos psicobiográficos, históricos, temáticos, sociológicos, que se aplican como consecuencia de la expansión de un enfoque predominantemente ideológico. Son las aspiraciones totalizadoras o totalitarias de una crítica que olvida que “el lenguaje no solo es el instrumento de la ficción”, como decía Mallarmé, sino el origen donde la ficción comienza. Las exigencias expansivas de ese enfoque se justifica por la propia condición extrínseca de estudios que pretenden soslayar la prioridad del lenguaje de la literatura para atender algo que se encuentra más allá de ese lenguaje, algo tan exterior como “la vida misma”, entendida ya sea como sociedad, historia, naturaleza, Dios, “la vida tal cual es” de la que no se sabe cómo el lenguaje, la lectura o la desconstrucción podrían mantenerse al margen. Hillis Miller se une a Paul de Man en cuanto a la necesidad de desconstruir los deslizamientos de un discurso que desconoce la retórica a la que las concepciones ideológicas, en tanto que condicionadas por el lenguaje, no pueden sustraerse desde el momento en que es el lenguaje el que responde por ellas, un lenguaje tan figurado y necesario como la catacresis del cuento que fue el punto de partida circunstancial.
Los ensayos de Geoffrey Hartman que aquí se incluyen destacan entre su variedad temática la misma tendencia de su pensamiento a concentrarse en el universo de la escritura (también en plural o con mayúscula), en tanto representación donde concurren la literatura -especialmente la poesía, la filosofía y la teología, asistiéndose y compitiendo a la vez. Su crítica sigue atenta a las posibilidades de una conversión por la escritura, el registro donde se asimilan textos diferentes, pertenecientes a escritores, unos pensadores y otros también pensadores, en una “biblioteca imaginaria” (la asociación con A. Malraux no debe eludirse) que reúne contextualmente textos poéticos, sagrados, filosóficos y críticos, rehusándose a la discriminación siempre problemática que jerarquiza una escritura primera sobre escrituras consecutivas y subsidiarias. La fusión dialógica de escrituras que practica, se asocia a uno de los fundamentos más notorios de la concepción postestructuralista; por el mismo principio que se subestima la eficacia incontrovertible de sistemas teóricos y requisitos metodológicos, desconfiando de las soluciones definitivas en materia de interpretación o comentario que si bien distinguen poema/comentario, poema/teoría, texto primario/texto secundario, no distinguen que el método también es escritura y la teoría tampoco puede sustraerse a las (re)flexiones de la imaginación alegórica aunque pretendan imponer una verdad que se verifica más por rigidez que por rigor.
Hartman extiende así la validez de un comentario que no tiene porqué requerir del alarde científico para compartir un lugar con el texto que comenta. Ambos asimilan en un mismo ejercicio literario las prácticas de un lector-escritor que a-copia por medio de un género más amplio, el comentario, donde se inscribe la lectura bíblica de “La lucha por el texto”, la poética encabalgada con la discusión filosófica en “Elación en Hegel y Wordsworth”; una dialéctica también espacial pone en evidencia la acción conjunta que podría encontrar sus mejores antecedentes tanto en el Glas de Derrida donde expone la co-acción discursiva entre el poeta Jean Genet y la filosofía de Hegel, como en la coherencia alfabética que ordena el diccionario, como en la sabiduría diagramática del Talmud, habilitando el comentario y la explicación, legitirnando por una misrna escritura consagrada por la religión, la poesía, la filosofía y una ciencia, la lingüística, porafinidad (proximidad y semejanza o semejanza por afinidad: la affinitas) espacial y específica.
Se elabora así una crítica del pensamiento, como una apertura retórica necesaria para quien leyó ley y leyenda, dos formas de leer el texto que conservan en su coincidencia terminológica las correspondencias del hebreo que asemeja y diferencia hallaka (ley) y haggada (narración). Por medio de la interpretación poética Hartman realiza una crítica del lenguaje (como entendía Wittgenstein toda filosofía), tanto como del silencio, su contrapartida necesaria, destacando la determinación idiomática de la que habla al principio Derrida,revelada y relevada (reunidas en el alem. Aufhebung, otra de las palabras clave de todo el pensamiento desconstructivo), por la paronomasia del ingl. “silence/science/signs“, el juego de palabras que combina y re-crea en el comentario al poema de William Blake, una serie poética donde la reciprocidad de una vaga y vasta homofonía no descarta la oposición.
Alternando conferencias, cursos y discusiones -el diálogo sobre Virginia Woolf a partir de la introducción que realiza Hillis Miller y que, por razones de precariedad técnica, se publica inconcluso- los críticos de Yale presentaron diversos ejemplos de esa corriente filosófica y literaria que fue conociéndose como la desconstrucción y llegó a consolidarse como una de las modalidades más agudas, productivas y estimulantes del pensamiento humanístico contemporáneo. Se terminaba de delinear de esta manera el triángulo epistemológico, académico y continental que esta iniciativa de actualización teórica y crítica se había propuesto desde el Instituto de Profesores Artigas, con asistencia de la Comisión Fulbright, el Servicio Cultural de la Embajada de Francia y la Asociación Uruguaya de Estudios Semióticos.
Hacía casi dos décadas que, a partir de la coincidencia -la incidencia doble y compartida- de Paul de Man y Jacques Derrida, se había impuesto la desconstrucción en América. “La desconstrucción es América” rectificaba Derrida en uno de sus textos más recientes y solo es aparente la precisión de esta definición que Derrida aventura a manera de hipótesis, y que supone, más que una restricción toponímica o un fácil deslizamiento de un emplazamiento circunstancial a una condición necesaria. “La desconstrucción es América” admite todavía un caso de declinación más: la desconstrucción de América, el genitivo que expresa una propiedad que le pertenece, una procedencia o, más bien, un procedimiento -crítico- ético, la posibilidad de una revisión crítica de la que América es objeto. Exageraba James Joyce cuando atribuía a los genitivos la posibilidad de explicar el mundo, pero como posibilidad es válida y, más allá de la facilidad de la inversión simétrica, implica una revisión de lo que América representa, América desconstruida. La desconstrucción no puede no ser “una crítica radical de la representación” y aunque sea esa la función que, según Hartman, asignan los desconstruccionistas al arte, su acción desconstructiva la propone y la comparte. Es de esta actividad crítica radical, de esa localización desmesurada, de esa transidentidad que atraviesa el océano, continentes, idiomas, escuelas y disciplinas que los ensayos que aquí se incluyen proceden e ilustran.
Las ocurrencias de la ficción dan cuenta de las vicisitudes del doble. Dice Borges “Era uno y fue dos. El arte de la colaboración literaria es el de ejecutar el milagro inverso: lograr que dos sean uno”. La desconstrucción no solo se produce por la conciliación de índoles diversas, de abordajes heterogéneos, la mediación que es la actividad crítica interesa porque siempre se produce una fusión, varias fusiones: de épocas, espacios, textos. Entrecruzamientos de los que el conocimiento crítico no puede prescindir y que se registran como una metáfora del desplazamiento (una metáfora de la metáfora), un “desplazamiento radical” y como tal, según entiende Derrida, solo puede producirse desde el exterior. Si la actividad crítica no se concibe sin la colaboración, sin la participación del otro, su interés pone de relieve en el semejante lo distinto, lo que se distingue porque es diferente, multiplicando las numerosas variantes de la alteridad. Desde la “antropofagia” de los vanguardistas brasileños, los dialogismos y polifonías que la crítica articuló e impuso, las transtextualidades postestructurales, la diferancia desconstructiva que es, más allá de las distintas denominaciones con que las teorías circunstancializan el acto de la reflexión, una necesidad dia-crítica que solo por la letra difiere; la diferancia contrae la figura del otro en la escritura, un otro para quien el tiempo cuenta. Tal vez ese otro sea el mismo que el otro del otro y sólo así sea posible explicar la propia identidad. También en Montevideo, en el Río de la Plata, la desconstrucción es de América y como una y otra no pueden entenderse sino ambivalentemente.
Montevideo, octubre de 1986

 

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