Once tipos de soledad – Richard Yates

vendido

Estado: usado.

Editorial: EMECÉ.

Traducción: Esther Cross.

Precio: $000.

En la Nueva York de los años cincuenta pasaban muchas cosas que todavía ocurren en las grandes ciudades: historias vividas, casi siempre en soledad, en un escenario de esperanzas calladas y promesas. Richard Yates abre la puerta que nos deja entrever el secreto que vuelve única a la gente que camina junto a nosotros por la calle. los personajes parecen mirarnos cara a cara. Asistimos, como testigos, a los anhelos y el temor de cada uno en el momento clave, cuando su vida puede dar un giro absoluto. Visitar a un pariente en el hospital, pensar un poco las cosas la noche antes de casarse, verse con el amigo que nos tiene cansados, ingresar en el Ejército para salir convertido en soldado, estar seguro de que hoy van a despedirnos y al fin podremos escribir la gran novela. El poder simple y dramático de los cuentos, su oscuro humor y la percepción delicada de los personajes son el sueño del lector hecho realidad. Admirado por sus colegas de la época y los escritores del presente, Once tipos de soledad confirma a Yates como uno de los autores emblemáticos de nuestro tiempo y lo convierten en un clásico, precursor de narradores de la talla  de Richard Ford y Raymond Carver.
UN LIBRO QUE DICE “LÉEME”
Guillermo Martínez
Los libros extraordinarios, y Once tipos de soledad lo es, deberían venir, como el frasquito de Alicia, con un rótulo que dijera Léeme, para poder distinguirlos en el lugar donde es más fácil pasar por alto un libro extraordinario: las mesas de novedades de una librería.
El autor, Richard Yates, no es precisamente una novedad. Nacido en 1926, contrajo tuberculosis en el frente durante la Segunda Guerra Mundial, como uno de los  personajes de sus cuentos. Después de una larga convalecencia vivió un tiempo en Francia y de regreso en los Estados Unidos se dedicó a escribir cuentos y novelas (Revolutionary Road, A Special Providence, A Good School) y también a enseñar en los talleres de escritura, los primeros en su género, en la Universidad de Iowa. En una excelente introducción la escritora Esther Cross lo vincula a la familia que tiene como  padres  a Chejov y Hemingway, como hermanos mayores a Tennessee Williams y J. D. Salinger y como hermanos menores a Richard Ford, Raymond Carver y Dorothy Parker. Yates fue considerado además en su país el maestro de toda una generación de escritores, dentro de la corriente de libros tan desiguales que se identifica, demasiado rápidamente, bajo el nombre de minimalismo. Pero un gran escritor es siempre una excepción, no sólo a su época, no sólo a su “familia”, sino también a los marcos teóricos y estéticos en los que él mismo u otros lo enrolan. Y si es verdad que predominan en su escritura los protocolos minimales: la sobriedad del tono, la cuidada naturalidad de los diálogos, la atención a los “preciosos detalles” (un sobre de fósforos destrozado por una mano nerviosa en el interior del saco, las yemas de color gris brillante de un taxista al cabo de su jornada), estos procedimientos minimales están puestos, como quería Flannery O’Connor, al servicio de los dilemas “maximales” de la existencia, lo que Yates llama con apenas un poco de sorna en boca de otro de sus personajes “el misterio básico de lo humano”. El soldado enfermo de tuberculosis, enclaustrado en la mullida rutina de un hospital en Long Island, que ha cortado amarras con el mundo y no resiste siquiera una hora de visita de su esposa, es al mismo tiempo el Hans Castorp de La montaña mágica y el terrible moribundo Iván Ilich. El alucinado Leon Sobel de “Luchar con tiburones” o el taxista de “Constructores” son variantes patéticas en su pequeñez de la nostalgia por una gran epopeya personal.
La materia preferida de los relatos de Yates son los momentos de delicado equilibrio en la vacilación de las personalidades, los puntos de inflexión en los que un solo gesto o decisión pueden cambiarlo todo: el niño a punto de ser redimido por su gentil maestra en “El doctor Jack-o´-lantern” y que, como el escorpión, prefiere ser fiel a su naturaleza. El sargento Reece de “Jody se da la gran vida” o la severa maestra de “Diversión con un extraño” que no condescienden a la pequeña señal de simpatía que los devolvería al abrigo humano. Como un ilusionista que hace dos trucos en uno Yates nos convence de a poco a lo largo de todo un relato del vestigio querible que guarda un personaje profundamente antipático pero en el momento en que el lector está dispuesto a tender el puente nos muestra el foso negro y abismal, irreductible a las buenas intenciones, de la verdadera soledad humana. Más allá de esta exploración minuciosa de lo que significa la palabra “compasión”, las once piezas tienen la belleza extraña y desértica, nítidamente marcada entre edificios, de los cuadros de Edward Hopper. Yates dice en uno de sus cuentos que “hay un placer automático en observar algo bien hecho”. Sus  relatos se leen exactamente así, con esa clase de placer y confiado abandono. Un libro demasiado bueno para figurar en las listas de best sellers, pero que lleva el rótulo Léeme desde la primera página.
 Traducción en general correcta, con algunos giros modernos fuera de tono.
El doctor Jack-o’-lantern
Richard Yates
Todo lo que le habían dicho a la señorita Price sobre el chico nuevo era que había pasado la mayor parte de su vida en una especie de orfanato y que los canosos «tía» y «tío» con quienes vivía ahora eran, en realidad, padres tutelares, pagados por el Departamento de Bienestar Social de la ciudad de Nueva York. Una maestra menos dedicada o menos imaginativa podría haber exigido más detalles, pero la señorita Price estaba conforme con el crudo bosquejo. Había bastado, de hecho, para colmarla con un sentido de misión, que brilló en sus ojos, tan simple como el amor, desde la primera mañana en que él se unió al cuarto grado.
Llegó temprano y se sentó en la fila del fondo, su espalda, muy erguida; sus tobillos cruzados, con precisión, bajo el pupitre, y sus manos enlazadas por encima, en el centro mismo, como si la simetría pudiese volverlo menos llamativo. A medida que los otros chicos ingresaban en fila y se acomodaban, recibió una mirada larga e inexpresiva de cada uno de ellos.
—Tenemos un nuevo compañero esta mañana —dijo la señorita Price, insistiendo en lo obvio de una manera que hizo que todos quisieran reírse—. Su nombre es Vincent Sabella y viene de Nueva York. Sé que haremos lo mejor de nuestra parte para que se sienta cómodo.
Esta vez todos se dieron vuelta para mirarlo fijamente al mismo tiempo, lo que causó que bajara un poco la cabeza y desplazara su peso de una nalga a otra. El hecho de que alguien viniera de Nueva York podía traer aparejado, en general, cierto prestigio, ya que, para la mayoría de los chicos, la ciudad era un lugar imponente, adulto, que se tragaba a sus padres cada día y que se les permitía visitar contadas veces, con sus mejores ropas, como un lujo. Pero cualquiera podía advertir, de un vistazo, que Vincent Sabella no tenía nada que ver con los rascacielos. Aunque se pudiera ignorar su enredado pelo negro y su piel gris, su ropa lo hubiera delatado: pantalones de corderoy absurdamente nuevos, zapatillas absurdamente viejas y una camiseta amarilla demasiado chica, con los jirones de un diseño de Mickey Mouse estampados en su pecho. Él era, obviamente, de esa parte de Nueva York por la que había que pasar con el tren camino a la Grand Central, la parte en donde la gente se lo pasaba reclinada contra el marco de la ventana y se asomaba ahí todo el día en un trance de aburrimiento; en donde se veían panorámicas de calles rectas y profundas, una detrás de la otra, todas parecidas por el desorden de sus veredas, atestadas de chicos grises jugando una especie de juego desesperado con la pelota.
Las chicas decidieron que él no era muy agradable y se dieron vuelta, pero los chicos persistieron en su inspección, mirándolo de arriba abajo, con débiles sonrisas. Éste era el tipo de chico al que estaban acostumbrados a considerar como un «duro», el tipo cuyas miradas habían incomodado a todos en un momento u otro en barrios extraños. Aquí se presentaba una oportunidad única para el desquite.
—¿Cómo querrías que te llamemos, Vincent? —preguntó la señorita Price—. Quiero decir: prefieres Vincent o Vince o… ¿o qué? (Era una pregunta puramente académica; hasta la señorita Price sabía que los chicos iban a llamarlo «Sabella» y que las chicas no iban a llamarlo de ninguna manera).
—Vinny está bien —dijo con una voz de graznido, que evidentemente se había agravado de tanto gritar por las calles horribles de su casa.
—Lo siento, no te oí —dijo ella, estirando su bonita cabeza hacia adelante y hacia un lado, de manera que un pesado mechón de pelo se balanceó sobre uno de sus hombros—. ¿Dijiste Vince?
—Dije Vinny —repitió él, retorciéndose de vergüenza.
—Vincent, ¿no? Muy bien, entonces, Vincent. —Unos pocos de la clase se rieron pero ninguno se molestó en corregirla; iba a ser más divertido dejar que el error persistiera.
—No voy a ocupar tiempo presentándote a cada uno por su nombre, Vincent —siguió la señorita Price—, porque pienso que será más simple dejarte aprender los nombres sobre la marcha, ¿no te parece? Bueno, no vamos a esperar que participes en el trabajo de los primeros días, o algo así; tómate tu tiempo, y si hay algo que no entiendes, pues bien, no tengas miedo de preguntar.
Él hizo un incomprensible ronquido y sonrió apenas, lo suficiente como para mostrar que las raíces de sus dientes eran verdes.
—Bien, ahora —dijo la señorita Price, poniendo manos a la obra—. Hoy es lunes a la mañana y entonces la primera cosa del programa son los relatos. ¿Quién quiere empezar?
Vincent Sabella fue momentáneamente olvidado mientras se levantaban seis o siete manos y la señorita Price retrocedía con fingida confusión.
—Dios mío, tenemos un montón de relatos esta mañana —dijo.
La idea de los relatos —un lapso de quince minutos cada lunes, en que los chicos eran alentados a contar sus experiencias del fin de semana— era de la señorita Price, y ella se sentía comprensiblemente orgullosa de ello. El director la había elogiado por eso en una reciente reunión de personal, señalando que formaba un espléndido puente entre los mundos de la escuela y de la casa, y que era una forma excelente de que los chicos aprendieran desenvoltura y confianza en sí mismos. Requería una supervisión inteligente —había que sonsacarles información a los chicos tímidos y frenar a los fanfarrones pero, en general, como le había asegurado la señorita Price al director, era divertido para todos. Esperaba que ese día fuera especialmente divertido, para ayudar a Vincent Sabella a sentirse cómodo, y fue por eso que eligió a Nancy Parker para empezar. No había nadie como Nancy para atrapar a la audiencia.
Los otros se callaron mientras Nancy caminaba, con gracia, hacia el frente del aula. Hasta las dos o tres chicas que la despreciaban en secreto tenían que simular fascinación cuando hablaba (era así de popular), y todos los chicos de la clase, a quienes nada gustaba más, durante los recreos, que empujarla, temblorosa, en el barro, eran incapaces de mirarla sin una idiota sonrisa trémula.
—Bueno —empezó, y entonces se tapó la boca con una mano mientras todos reían.
—Oh, Nancy—dijo la señorita Price—. Conoces la regla respecto de comenzar un relato con «bueno».
Nancy conocía la regla; sólo la había roto para conseguir que se rieran. Ahora dejó que su ataque de risa menguara, pasó los dedos frágiles por las costuras laterales de su pollera y volvió a empezar en la forma apropiada. «El viernes, toda mi familia fue a dar una vuelta en el auto nuevo de mi hermano. Mi hermano se compró un Pontiac nuevo la semana pasada y quería llevarnos a todos a dar una vuelta. Para probarlo y esas cosas, ¿entienden? Así que fuimos a White Plains y cenamos en un restaurante ahí y después todos queríamos ir a ver esa película, El doctor Jekyll y Mister Hyde, pero mi hermano dijo que era demasiado horrible y todas esas cosas, y que no soy lo suficientemente grande como para disfrutarla… ¡Oh, me dio tanta rabia! Y después, a ver. El sábado me quedé en casa todo el día y ayudé a mi madre con el vestido de bodas de mi hermana. Mi hermana está comprometida para casarse, ¿saben?, y mi madre está haciéndole el vestido. Así que hicimos eso y después, el domingo, un amigo de mi hermano vino a casa a cenar y después los dos tenían que volver a la universidad esa misma noche y me dejaron quedarme despierta hasta tarde y despedirme de ellos y todo eso. Y creo que eso es todo». Tenía un instinto certero para que su función fuera breve —o, mejor, para hacer que pareciera más breve de lo que realmente era—.
—Muy bien, Nancy —dijo la señorita Price—. Bueno. ¿Quién sigue?
El que siguió fue Warren Berg, subiéndose los pantalones con afectación mientras avanzaba hacia el frente por el pasillo.
—El sábado fui a almorzar a lo de Bill Stringer –empezó en su estilo directo, hombre a hombre, y Bill Stringer se retorció, avergonzado, en la primera fila. Warren Berg y Bill Stringer eran grandes amigos y sus relatos se superponían con frecuencia—. Después del almuerzo, nosotros también fuimos a White Plains con nuestras bicis, pero sí vimos El doctor Jekyll y Mister Hyde. —Cabeceó en dirección a Nancy y Nancy consiguió otra risa al hacer un gemidito de envidia. —Era realmente muy buena, también —siguió, con creciente entusiasmo—. Todo se trata de este tipo que…
—De este hombre que —lo corrigió la señorita Price.
—De este hombre que mezcla unos químicos que se toma, ¿no? Y cuando toma estos químicos, se transforma en un verdadero monstruo, ¿entienden? Lo ves tomar estos químicos y después ves sus manos que empiezan a llenarse de escamas, como un reptil, y después ves su cara que empieza a transformarse en una cara realmente horrible, con colmillos y todo. Se le salen de la boca, ¿entienden?
Todas las chicas temblaron complacidas.
—Bueno —dijo la señorita Price—, creo que probablemente el hermano de Nancy tenía razón al no querer que ella la viera. ¿Qué hicieron después de ver la película, Warren?
Hubo un «¡ah—h—h!» general de desilusión —todos querían oír más sobre las escamas y colmillos—, pero a la señorita Price no le gustaba dejar que los relatos degeneraran en resúmenes de películas. Warren siguió, sin mucho entusiasmo: lo que habían hecho después del cine había sido vagar en el patio de lo de Bill Stringer hasta la hora de la cena.
—Y entonces, el domingo —dijo, iluminándose otra vez—, Bill Stringer vino a mi casa y mi papá nos ayudó a colgar un neumático viejo con una vieja cuerda, ¿saben? De un árbol, ¿entienden? Detrás de casa está esa colina empinada, ¿vieron?, ¿la que parece un barranco?, y colgamos el neumático y entonces haces esto: agarras el neumático y corres hasta tomar envión y entonces levantas los pies y vas hamacándote lejos y más lejos por todo el barranco, y de vuelta otra vez.
—Eso suena divertido —dijo la señorita Price, echando un vistazo a su reloj.
—Ah, sí, es divertido, es cierto —reconoció Warren. Pero entonces se subió los pantalones otra vez y agregó, arrugando la frente: Claro que es bastante peligroso. Si se te va el neumático o algo así, te das un buen golpe. Das contra una roca o algo así y probablemente te rompes una pierna o la columna. Pero mi papá dijo que confiaba en que nosotros sabríamos cuidarnos.
—Bien, lo siento pero no tenemos más tiempo, Warren —dijo la señorita Price—. Nos queda el tiempo justo para otro relato. ¿Quién está listo? ¿Arthur Cross?
Hubo un queja suave porque Arthur Cross era el tonto más grande de la clase y sus historias siempre eran un aburrimiento. Esta vez resultó ser algo tedioso sobre la visita a su tío de Long Island. En un momento tuvo un lapsus —dijo «motor a barco» en vez de «barco a motor» —y todos rieron con ese particular dejo de encono que se reservaban para Arthur Cross. Pero la risa murió abruptamente cuando se le unió un graznido áspero y seco; proveniente del fondo del aula. Vincent Sabella también se reía, con dientes verdes y todo, y tuvieron que mirarlo, despectivos, hasta que se detuvo.
Cuando los relatos terminaron, todos se dispusieron a seguir con la clase. La hora del recreo llegó antes de que cualquiera de los chicos pensara mucho en Vincent Sabella otra vez, y sólo pensaron en él para asegurarse de que quedara afuera de todo. No estaba en el grupo de chicos que se apiñaban alrededor de la barra horizontal turnándose para colgarse cabeza abajo, o en el grupo que murmuraba en el rincón alejado del patio, urdiendo un plan para empujar a Nancy Parker en el barro. Tampoco estaba en el grupo más grande, del que hasta Arthur Cross era miembro, que corría persiguiéndose en círculos en una versión frenética del juego de la mancha. No podía unirse a las chicas, por supuesto, o a los chicos de otras clases, y entonces se unió a nadie. Se quedó al borde del patio de juegos, en la entrada del colegio, y durante la primera parte del recreo fingió estar muy ocupado con los cordones de sus zapatillas. Se agachaba para soltarlos y volver a atarlos, se enderezaba y daba unos pocos pasos experimentales en forma elástica y atlética, y luego abajo para trabajar nuevamente con ellos. Después de cinco minutos renunció a hacerla, levantó un puñado de guijarros y empezó a lanzarlos a un blanco imaginario, a pocas yardas de distancia. Eso estuvo bien por otros cinco minutos, pero todavía quedaban cinco minutos más y no se le ocurrió otra cosa para hacer que quedarse ahí parado, primero con las manos en los bolsillos, después con las manos en la cadera y después con los brazos cruzados, en forma masculina, sobre el pecho.
La señorita Price se quedó mirando todo desde la puerta y se pasó el recreo entero preguntándose si debía salir y hacer algo al respecto. Pensó que era mejor que no.
Se las ingenió para controlar el mismo impulso durante el recreo del día siguiente, y cada otro día de la semana, aunque cada día se volvía más difícil. Pero lo que no podía controlar era una tendencia a dejar que su ansiedad se notara en clase. Todos los errores de Vincent Sabella en los trabajos escolares eran disculpados en público, hasta aquellos que no tenían nada que ver con que fuera nuevo, y todos sus logros eran señalados con una mención especial. Su campaña para apoyarlo era penosamente obvia, sobre todo cuando trató de hacerla en forma sutil. Una vez, por ejemplo, al explicar un problema de aritmética, dijo: «Ahora, supongamos que Warren Berg y Vincent Sabella fueron al negocio con quince centavos cada uno, y cada barra de caramelos costaba diez centavos. ¿Cuántas barras de caramelo tendría cada uno de los chicos?» Hacia el final de la semana, él iba en camino seguro de convertirse en el peor tipo posible de mascota de la maestra, una víctima de la piedad de la maestra.
El viernes, decidió que lo mejor sería hablarle en privado y tratar de que se mostrara más comunicativo. Podía decirle algo sobre los dibujos que había pintado en las clases de arte —eso serviría para empezar— y decidió hacerlo durante la hora del almuerzo.
El único problema era que la hora del almuerzo, cercana al recreo, era la parte más dura del día para Vincent Sabella. En vez de ir a casa por una hora, como hacían los otros chicos, traía su almuerzo al colegio en una bolsa arrugada de papel y lo comía en el aula, lo que siempre provocaba cierta dosis de incomodidad. Los últimos chicos en retirarse aún podían verlo sentado, a la defensiva, en su pupitre, sosteniendo la bolsa de papel entre las manos, y cualquiera que regresara más tarde, en busca de una gorra o un suéter olvidados, lo sorprendía en medio de su comida, quizás escondiendo el resto de un huevo duro o limpiándose, con mano furtiva, un poco de mayonesa de la boca. Era una situación que la señorita Price no mejoró al acercarse cuando el aula estaba todavía medio llena de chicos, y al sentarse, con gracia, en el borde de un pupitre junto al de él, dejando bien en claro que estaba reduciendo en media hora su propio almuerzo para acompañarlo.
—Vincent —empezó—, hace tiempo que quiero decirte cuánto he disfrutado de esos dibujos tuyos. Son realmente muy buenos.
Él dijo algo entre dientes y dirigió su mirada al grupo de chicos que se iban, en la puerta. Ella siguió adelante, hablando, sonriendo, explayándose en sus ponderaciones sobre los dibujos y finalmente, cuando la puerta se cerró detrás del último chico, él pudo prestarle atención. Al principio lo hizo con timidez, pero cuanto más hablaba ella, más parecía relajarse él, hasta que ella se dio cuenta de que lo estaba haciendo sentir cómodo. Era tan simple y gratificante como acariciar a un gato. Ahora había terminado con los dibujos y entonces avanzó, triunfal, a terrenos más amplios de elogio.
—Nunca es fácil —estaba diciendo— venir a un colegio nuevo y adaptarse a… bueno, a las tareas nuevas y a los nuevos métodos de trabajo, y pienso que hasta ahora estás haciéndolo muy bien. Realmente lo pienso. Pero dime, ¿crees que estarás a gusto aquí?
Él miró al suelo lo suficiente como para pensar en una respuesta.
—Está bien —y entonces sus ojos se clavaron otra vez en los de ella.
—Estoy tan contenta. Por favor, no interrumpas tu almuerzo, Vincent. Sigue adelante y come, quiero decir, si no te molesta que me siente aquí, contigo.
Pero ahora era totalmente evidente que a él no le molestaba en absoluto y empezó a desenvolver un sándwich de salchichón con lo que ella pensó que era, seguro, el apetito más pronunciado que había tenido en toda la semana. Ni siquiera hubiera importado mucho si ahora alguien de la clase hubiera entrado y mirado, aunque probablemente estaba bien, también, que nadie lo hiciera.
La señorita Price se acomodó mejor sobre el pupitre, cruzó las piernas y dejó que uno de sus pies, con medias, resbalara, en parte, fuera del mocasín.
—Por supuesto —siguió—, siempre lleva un poco de tiempo orientarse en un colegio nuevo. Para empezar, bueno, nunca es demasiado fácil para el nuevo miembro de la clase hacerse amigo de los otros miembros. Quiero decir que no debe importarte si los demás parecen un poco descorteses contigo al principio. En realidad, ellos también están ansiosos por tener amigos, pero son tímidos. Lleva un poco de tiempo y un poco de esfuerzo, tanto de tu parte como de la de ellos. No demasiado, claro, sino un poco. Bueno, por ejemplo, estos relatos que tenemos los lunes a la mañana son un buen método para que la gente se conozca. Nadie siente que tiene que contar una historia, es sólo algo que hace si quiere. Y ésa es sólo una forma de ayudar a los otros a saber qué tipo de persona eres. Hay muchas otras formas, muchísimas. Lo importante es recordar que hacerse de amigos es la cosa más natural del mundo y es sólo una cuestión de tiempo, hasta que tienes todos los amigos que quieres. Y mientras tanto, Vincent, espero que me consideres tu amiga y te sientas libre de acercarte para cualquier consejo u otra cosa que puedas necesitar. ¿Lo harás?
Él, tragando, asintió con la cabeza.
—Bien. —Se paró y se alisó la pollera sobre sus largos muslos. —Ahora debo irme o llegaré tarde a mi almuerzo. Pero estoy contenta de que hayamos tenido esta pequeña charla, Vincent, y espero que tengamos otras.
Fue probablemente afortunado que se pusiera de pie cuando lo hizo porque si se hubiera quedado un minuto más en ese pupitre, Vincent Sabella le habría arrojado los brazos para abrazarla y hubiera enterrado su cara en la cálida franela gris de su pollera y eso hubiera bastado para confundir a la más dedicada e imaginativa de las maestras.
El lunes a la mañana, a la hora de los relatos, nadie se sorprendió tanto como la señorita Price cuando la mano manchada de Vincent Sabella fue una de las primeras y más ansiosas en levantarse. Consideró, con aprensión, que sería mejor dejar que empezara otro, pero después, por temor a herir sus sentimientos, dijo:
—Está bien, Vincent —con toda la naturalidad posible. Hubo un amago de risitas ahogadas de la clase mientras caminaba, con confianza, hacia el frente y se volvía para encarar a su audiencia. Se veía, en todo caso, demasiado seguro: en la forma en que erguía sus hombros y en que brillaban sus ojos, había signos de una terrible actitud de pánico.
—El sábado veo esa peli —anunció.
—Vi, Vincent —corrigió, gentilmente, la señorita Price.
—Es lo que digo —dijo él—. Me vi esa peli. El doctor Jack-o’-lantern y Mister Hyde.
Hubo un estallido de risas complacidas y desenfrenadas y una corrección a coro: «¡Doctor Jekyll!».
Él no pudo hacerse oír en medio del ruido. La señorita Price se había puesto, furiosa, de pie.
—¡Es un error perfectamente natural! —estaba diciendo—. No hay razón para ser tan groseros. Adelante, Vincent, y disculpa, por favor, esta tonta interrupción. —La risa amainó, pero la clase siguió sacudiendo la cabeza, con sorna, de un lado al otro. No había sido para nada, por supuesto, un error perfectamente natural. Para empezar, había probado que era un verdadero tonto incurable, y, para seguir, había probado que estaba mintiendo.
—Es lo que digo —continuó—. El doctor Chacal y Mister Hyde. Me confundí un poco. Igual, vi toda la parte donde se le empiezan a salir los dientes de la boca y todo eso, me pareció muy buena. Y después el domingo mi madre y mi padre vinieron a verme en este auto que tienen. El Buick. Mi padre dice: «Vinny, ¿quieres dar una vuelta?» Y yo digo: «Seguro, ¿adónde vamos?» Él dice: «a cualquier lugar que te guste». Entonces le digo: «Vamos bien lejos, al campo, tomamos uno de esos grandes caminos y hacemos tiempo». Entonces vamos, ah, creo que cincuenta o sesenta millas, y tomamos por la autopista cuando el policía empieza a seguirnos. Mi padre dice: «No se preocupen, nos lo vamos a sacar de encima». Y acelera, ¿entienden? Mi madre se está asustando bastante pero mi padre le dice: «No te preocupes, querida». Está tratando de doblar, ¿entienden?, para salir de la autopista y sacarse al policía de encima, ¿entienden? Pero, justo cuando está doblando, el policía abre fuego y empieza a disparar, ¿entienden?
Llegado este momento, los pocos miembros de la clase que podían tolerar mirarlo lo hacían con las cabezas ladeadas y las bocas entreabiertas, como se mira un brazo roto o un monstruo de circo.
—Casi no lo conseguimos —siguió Vincent, con los ojos encendidos—, y una bala le da a mi padre en el hombro. No lo hirió de gravedad, sólo lo rozó, digamos. Entonces mi madre lo venda y todo, pero él no podía seguir manejando después de eso y teníamos que llevarlo al doctor, ¿entienden? Entonces mi padre dice: «Vinny, ¿crees que podrías manejar lejos?» Yo le digo: «Seguro, si me enseñas cómo». Entonces me enseñó a usar el acelerador y el freno y todo eso y manejé hasta lo del médico. Mi madre dice: «Estoy orgullosa de ti, Vinny, conduciendo solo tanto tiempo». Así que llegamos al doctor, hicimos que repararan a mi padre y todo eso, y después nos llevó de vuelta a casa. —Estaba sin aliento. Luego de una pausa incierta, dijo: —Y eso es todo. —Después regresó rápidamente a su pupitre. Sus duros pantalones nuevos de corderoy hacían un silbido débil con cada paso.
—Bueno, eso fue muy… entretenido, Vincent—dijo la señorita Price, tratando de comportarse como si nada hubiera pasado—. Bueno, ¿quién sigue? —Pero nadie levantó la mano.
Ese día, el recreo fue peor que de costumbre para él. Lo fue, al menos, hasta que encontró un lugar para esconderse: un pasillo estrecho de hormigón, cerrado de no ser por algunas salidas de incendio, que unía dos secciones del edificio del colegio. Allí dentro todo era fresco y sombrío de un modo tranquilizador —podía pararse con la espalda contra la pared y los ojos vigilando la entrada, y los sonidos del recreo eran tan remotos como la luz del sol. Pero cuando sonó el timbre tuvo que volver al aula y en una hora sería el tiempo del almuerzo.
La señorita Price lo dejó solo hasta que terminó con su propia comida. Luego, después de pararse durante un minuto, con una mano aferrada al picaporte de la puerta para tomar valor, fue y se sentó a su lado para mantener otra charlita, justo mientras él trataba de tragar lo que quedaba de un sándwich de queso y pimientos.
—Vincent —empezó—, todos disfrutamos de tu historia esta mañana, pero pienso que lo hubiéramos disfrutado más, muchísimo más, si nos hubieras contado, en cambio, algo sobre tu vida real. Quiero decir —se apuró—, que, por ejemplo, esta mañana me di cuenta de que estabas usando un bonito rompevientos nuevo. Es nuevo, ¿no? ¿Te lo compró tu tía durante el fin de semana?
Él no lo negó.
—Bueno, entonces, por qué no nos contaste sobre cuando fuiste a la tienda con tu tía y compraron el rompevientos y de todo lo que hicieron después. Hubiera funcionado perfectamente para un buen relato. —Hizo una pausa y lo miró, por primera vez, fijamente, a los ojos. —Entiendes lo que trato de decir, ¿no es así, Vincent?
Él barrió una migas de pan de sus labios, miró el piso y asintió con la cabeza.
—Y lo recordarás la próxima vez, ¿no es así?
Él asintió una vez más.
—Perdón, ¿me disculpa, señorita Price?
—Por supuesto.
Fue al baño de varones y vomitó. Después se lavó la cara, tomó un poco de agua y volvió a la clase. La señorita Price estaba ahora muy ocupada en su escritorio y no levantó la vista. Para no involucrarse con ella otra vez, deambuló hacia el vestuario y se sentó en uno de los largos bancos, de donde levantó una galocha que alguien había descartado y le dio vueltas y vueltas con las manos. En poco tiempo oyó las charlas de los chicos que regresaban y, para evitar que lo descubrieran ahí, se puso de pie y fue hasta la salida de incendios. Al empujar para abrirla, se dio cuenta de que conducía al pasillo en que se había escondido esa mañana y se escabulló. Se quedó parado ahí por uno o dos minutos, mirando la vacuidad de la pared de hormigón. Después encontró un trozo de tiza en su bolsillo y escribió todas las malas palabras en las que podía pensar, en mayúsculas de imprenta de un pie de altura. Había escrito cuatro palabras y trataba de recordar una quinta cuando oyó el sonido de la puerta arrastrándose a sus espaldas. Arthur Cross estaba ahí, sosteniendo la puerta abierta y leyendo las palabras, con los ojos abiertos de par en par.
—Chico —dijo casi en un murmullo asustado—. Chico, te la van a dar. Realmente te la van a dar.
Perplejo y después súbitamente en calma, Vincent Sabella escondió la tiza en la palma de su mano, enganchó los pulgares en su cinturón y apuntó a Arthur Cross con una mirada amenazante.
—¿Sí? —preguntó—. ¿Quién va a delatarme?
—Bueno, nadie va a delatarte —dijo Arthur Cross, incómodo—. Pero no deberías andar por ahí escribiendo…
—Muy bien —dijo Vincent, dando un paso hacia adelante. Sus hombros estaban caídos, su cabeza hacia adelante y los ojos entornados, como Edward G. Robinson. —Muy bien. Eso es todo lo que quería oír. No me gustan los delatores, ¿entendido?
Mientras lo decía, Warren Berg y Bill Stringer aparecieron en la puerta, justo a tiempo para oírlo y ver las palabras escritas en la pared, antes de que Vincent se volviera hacia ellos.
—Y eso también va para ustedes, ¿entendido? —dijo—. Para los dos.
Y lo más notable era que sus caras adoptaron la misma, estúpida sonrisa defensiva que tenía Arthur Cross. No fue sino hasta que intercambiaron miradas que fueron capaces de entornar los ojos con el grado de desprecio apropiado, y entonces era demasiado tarde.
—Te crees muy listo, ¿no, Sabella? —dijo Bill Stringer.
—No importa lo que creo —le dijo Vincent—. Ya oyeron lo que dije. Ahora volvamos adentro.
Y no pudieron más que apartarse para abrirle paso y seguirlo, pasmados, hasta el vestuario.
La que lo delató fue Nancy Parker, aunque claro que, con Nancy Parker, no lo pensabas como una delación. Había oído todo desde el vestuario. Ni bien entraron los chicos, le echó un vistazo al pasillo, vio las palabras y, con el ceño fruncido, fue, derecho, a la señorita Price. La señorita Price estaba a punto de poner orden en el aula para la clase de la tarde, cuando Nancy se le acercó y le habló al oído. Las dos desaparecieron en el vestuario —de donde al rato provino el sonido de una puerta de incendios que se cerraba abruptamente—, y cuando regresaron al aula, Nancy estaba sonrojada de rectitud y la señorita Price, muy pálida. No se hizo ningún anuncio. Las clases siguieron de manera habitual toda la tarde aunque era obvio que la señorita Price estaba disgustada y no fue sino hasta a las tres, cuando despedía a los chicos, que sacó el tema abiertamente.
—Vincent Sabella, ¿puede permanecer sentado, por favor? —Saludó con la cabeza al resto de la clase—. Eso es todo.
A medida que el aula se despejaba, se sentó ante su escritorio, cerró los ojos y se masajeó el frágil puente de la nariz con el pulgar y el índice, mientras organizaba los ya medio olvidados fragmentos de un libro que había leído una vez sobre el tema de los niños con serios trastornos. Quizá, después de todo, nunca tendría que haber asumido bajo su responsabilidad la soledad de Vincent Sabella. Quizás era un caso para un especialista. Respiró hondo.
—Ven acá y siéntate a mi lado, Vincent —dijo, y cuando él se acomodó, ella lo miró—. Quiero que me digas la verdad. ¿Escribiste esas palabras en la pared, afuera?
El miró, fijamente, el piso.
—Mírame —dijo ella, y él la miró. Nunca la había visto tan linda: sus mejillas apenas sonrojadas, sus ojos brillantes y su dulce boca comprimida en un gesto reflexivo—. Antes que nada —dijo, mientras le alcanzaba un tazón esmaltado, con rayones de témpera—, quiero que lleves esto al baño de varones y lo llenes con agua caliente y jabón.
Él hizo lo que se le dijo y cuando regresó, trayendo con cuidado el tazón para que la espuma no se derramara, ella estaba separando algunos trapos viejos del último cajón de su escritorio.
—Toma —dijo, mientras elegía uno y cerraba el cajón con gesto eficiente—. Esto servirá. Mójalo. —Lo llevó hasta la salida de incendios y se quedó en el pasillo, mirándolo, callada, mientras él borraba todas las palabras.
Cuando el trabajo estuvo terminado, y el trapo y el tazón guardados, se sentaron otra vez ante el escritorio de la señorita Price.
—Supongo que creerás que estoy enojada contigo, Vincent —dijo ella—. Pues bien, no lo estoy. Casi deseo estar enojada, eso haría todo más fácil, pero, en cambio, estoy dolida. He tratado de ser una buena amiga y pensé que también querías ser mi amigo. Pero este tipo de cosas, bueno, es muy difícil ser amigable con alguien que hace algo como eso.
Vio, gratificada, que había lágrimas en sus ojos.
—Vincent, quizá comprendo algunas cosas mejor de lo que crees. Quizá comprendo que algunas veces, cuando una persona hace algo como eso, no es porque realmente quiera lastimar a alguien, sino sólo porque es infeliz. Sabe que no es bueno hacerlo, hasta sabe que no se sentirá más feliz después de haberlo hecho, pero sigue adelante y lo hace de todas maneras. Después, cuando se da cuenta de que ha perdido a un amigo, se siente terriblemente apenado, pero es demasiado tarde. La cosa está hecha.
Dejó que esta nota sombría retumbara por un rato en el silencio del aula, antes de volver a hablar.
—No voy a poder olvidar esto, Vincent. Pero a lo mejor, sólo por esta vez, aún podamos ser amigos, siempre y cuando sepa que no quisiste lastimarme. Pero debes prometerme que tú tampoco lo olvidarás. Nunca olvides que, cuando haces algo como eso, vas a lastimar a la gente que tanto quiere que le gustes y de esa manera te lastimarás. Me prometes que lo recordarás, ¿querido?
El «querido» fue tan involuntario como la mano delicada que se asomó y asió el hombro de su camiseta. Ambos gestos hicieron que la cabeza de él se inclinara, aún más bajo que antes.
—Está bien —dijo ella—. Ahora puedes marcharte.
Tomó su rompevientos del vestuario y se fue, eludiendo la cansada incertidumbre de su mirada. Los pasillos estaban desiertos y en silencio total, de no ser por el golpeteo rítmico y vacío de la escoba de un portero contra alguna pared distante. Las pisadas de sus propias suelas de goma sólo acentuaban el silencio, así como el solitario sonido fugaz del cierre relámpago de su rompevientos y también el débil suspiro mecánico de la pesada puerta principal. El silencio volvía todo más alarmante.  Descubrió, afuera, a algunas yardas del camino de hormigón, a dos chicos que estaban caminando a su lado: Warren Berg y Bill Stringer. Ambos le sonreían de manera entusiasta, casi amigable.
—¿Qué te hizo, entonces? —le preguntó Bill Stringer.
Tomado por sorpresa, Vincent apenas tuvo tiempo de adoptar su expresión Edward G. Robinson.
—No es asunto tuyo —dijo, y caminó más rápido.
—No, oye… eh, espera —dijo Warren Berg, mientras trotaban para seguirle el paso—. Entonces, ¿qué te hizo? ¿Te gritó, o qué? Eh, Vinny, espera.
El nombre lo hizo temblar de arriba abajo. Tuvo que meter las manos en los bolsillos de su rompevientos y esforzarse para seguir andando. Tuvo que forzar su voz para estar sereno cuando dijo:
—No es asunto tuyo, ya les dije. Déjenme solo.
Pero ahora ya lo habían alcanzado.
—Chico, debe de haberte dado la paliza del siglo —insistió Warren Berg—. Entonces, ¿qué dijo? Vamos, cuéntanos, Vinny.
Esta vez el nombre fue demasiado para él. Derribó su resistencia e hizo que sus rodillas debilitadas cedieran a la marcha de un paseo relajado y coloquial.
—No dijo nada —dijo, finalmente, y entonces, tras una pausa dramática, agregó—: Dejó que la regla hablara por ella.
—¿La regla? ¿Quieres decir que te dio con la regla? —Sus caras estaban perplejas o por admiración o por incredulidad, y empezó a parecer más y más por admiración a medida que escuchaban.
—En los nudillos —dijo Vincent, entre dientes—. Cinco veces en cada mano. Me dice: «Cierra el puño. Apóyalo aquí, sobre el escritorio». Después saca la regla y golpe, golpe, golpe. Cinco veces. Están locos si creen que no duele.
La señorita Price, cruzándose el abrigo polar mientras la puerta principal se cerraba, con suavidad, a sus espaldas, apenas podía creer lo que veía. Éste no podía ser Vincent Sabella; este chico perfectamente normal, perfectamente feliz en la vereda, unos pasos adelante, flanqueado por solícitos amigos. Pero era, y la escena la hizo querer reír en voz alta con placer y alivio. Él iba a estar bien, después de todo. A partir de su trabajo bien intencionado desde las sombras nunca podría haber predicho una escena semejante y nunca hubiera podido, por cierto, provocarla. Pero estaba sucediendo y sólo demostraba, una vez más, que ella nunca entendería las costumbres de los chicos.
Apuró su andar lleno de gracia y los alcanzó, girando, apenas, para sonreírles mientras pasaba.
—Buenas noches, chicos —dijo, pretendiendo que era una especie de bendición celebradora. Y después, incomodada por sus tres caras perplejas, sonrió aún más y dijo: —Por Dios, sí que está refrescando, ¿no? Ese rompevientos parece abrigado y lindo, Vincent. Te envidio. —Finalmente, los tres la saludaron, tímidamente, con la cabeza. Ella les dio las buenas noches una vez más, giró y siguió en su camino hacia la parada del colectivo.
Dejó un profundo silencio en su retirada. Mirándola, Warren Berg y Bill Stringer esperaron hasta que desapareció al doblar en la esquina, antes de apuntar a Sabella.
—Regla, ¡tu tía! —dijo Bill Stringer. ¡Regla, tu tía! —le dio un empujón de disgusto, que lo mandó, vacilante, contra Warren Berg, quien lo empujó de vuelta.
—¡Por Dios! Mientes en todo, ¿no, Sabella? ¡Mientes en todo!
Fuera de equilibrio, con las manos apretadas en los bolsillos del rompevientos, Vincent trató conservar, en vano, su dignidad.
—¿Creen que me importa si ustedes me creen? —dijo, y entonces, como no podía pensar en otra cosa para decir, lo dijo otra vez—. ¿Creen que me importa si ustedes me creen?
Pero estaba caminando solo. Warren Berg y Bill Stringer se alejaban cruzando la calle, caminando marcha atrás para mirarlo con furioso desprecio.
—Como las mentiras que contaste sobre el policía disparándole a tu padre —gritó Bill Stringer.
—Hasta miente sobre las películas —agregó Warren Berg. Y, de golpe, se llevó las manos a la boca, rematando lo dicho con una carcajada artificial, y le gritó: —¡Eh, doctor Jack-o’-lantern!
No era un sobrenombre muy bueno pero tenía un fundamento auténtico; el tipo de nombre que puede divulgarse y prender rápido y quedar. Se codearon y gritaron:
—¿Qué hay de nuevo, doctor Jack-o’-lantern?
—¿Por qué no corres a casa con la señorita Price, ¿doctor Jack-o’-lantern?
—Hasta luego, doctor Jack-o’-lantern.
Vincent Sabella siguió caminando, ignorándolos, esperando a que se perdieran de vista. Después se dio vuelta, retrocedió sobre sus pasos, todo el camino de regreso al colegio, alrededor del patio de juegos y de vuelta al pasillo, en donde la pared tenía aún las aureolas oscuras del barrido circular de su trapo mojado.
Eligiendo un lugar seco, sacó la tiza y empezó a dibujar una cabeza con todo cuidado, de perfil, haciendo el pelo largo y abundante y tomándose su tiempo con la cara, borrándola con dedos húmedos y volviendo a trabajarla hasta que fue la cara más linda que hubiera dibujado: una nariz delicada, labios apenas abiertos, un ojo con pestañas largas, que se curvaban con la gracia del ala de un pájaro. Hizo una pausa para admirarla con la solemnidad de un amante. Después, partiendo de los labios, dibujó una línea que los conectaba con un globo, y en el globo escribió, con tanta furia que la tiza se quebraba entre sus dedos, cada una de las palabras que había escrito ese mediodía. Volvió a la cabeza para darle un cuello esbelto y hombros gentilmente decadentes. Y después, con trazos gruesos, le dio el cuerpo de una mujer desnuda: grandes pechos con pezoncitos duros, una cintura estrecha, un punto para el ombligo, amplias caderas y muslos que abrasaban el triángulo de vello púbico garabateado con furia. Bajo el cuadro, escribió su título: «La señorita Price».
Se quedó ahí, mirándolo por un rato, respirando con dificultad, y después se fue a casa.
(1954)

 

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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