Contra Debord – Frédéric Schiffter

Estado: nuevo.

Editorial: Melusina.

Apéndice: Frédéric Pajak.

Precio: $130.

En la revista digital  Te voy a atornillar que hacemos con Pablo Klappenbach y Andrés Tejada Gómez pueden leer el texto completo:
[DOC]  CONTRA DEBORD – Te voy a atornillar
CONTRA DEBORD
Frédéric Schiffter
     Me habían contado que Debord era un teórico marxista. Sin embargo, incluso encorsetada en una seca retórica, su doctrina me pareció más próxima a la de Rousseau que a la de Marx – proximidad cuya evidencia no dejó de reforzarse a mis ojos cuando al poco tiempo aparecieron, en Gérard Lebovici, los Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, Panegírico y otros textos más. Leyéndolos todos tuve la impresión de seguir el rastro cada vez más profundo de un resentimiento.
      El resentido es aquel que reprocha a la vida la frustración de sus expectativas. Sobre todo aquel que, aquejado a menudo con razón de un severo desprecio de sí mismo, al igual que un manirroto lo reparte entre el mundo y quienes, al contrario que él, se tienen en buena estima y se contentan con el mundo. Sabiéndose, pues, sin gran valor, lejos de esconderse en la sombra y el silencio, clama venganza, entabla un ruidoso pleito contra la sociedad y le reclama daños y perjuicios. Siempre malo, su humor, como una urticaria, le inspira la vocación del contestatario o el fiscal. Dondequiera que pose su mirada repleta de sospecha sólo ve mentira, impostura, falsificación, usurpación y maquinación. De creer lo que dice, este mundo en el que vivimos no sería el mundo verdadero; por lo que, quien desee subvertirlo, afirma, no es más que un insensato o un granuja. La menor manifestación de despreocupación que perciba en otro le agravia. Da por sentado que todo goce experimentado en este presente adulterado sin duda resulta inferior a las voluptuosidades que su utopía le obsequiará Dios sabe cuándo. Y si alguien lo duda abiertamente se verá señalado para la venganza de los desfavorecidos. Nada le hace echar tantas pestes como que sonriamos ante sus sermones y profecías, mostrando en qué medida su deseo de certidumbre traiciona un deseo de servidumbre. No es pues al adversario de sus opiniones al que considera como enemigo sino, por cierto con razón, al escéptico. Mientras espera persuadir al primero, sabe que no podrá quebrantar la indiferencia del segundo. Por otra parte, si por compasión se exhorta al resentido a la dietética del pirronismo, se le escuchará ladrar las palabras del Atrabiliario: ¡Yo, que quiero enfadarme y no quiero escuchar! El resentimiento, contrario a la melancolía, es la desgracia de estar triste; y el resentido envidiará siempre la afabilidad del hombre desengañado.
      Este retrato, me dirán algunos, se asemeja más a cualquiera de sus secuaces que al propio Debord. Yo no lo creo. De tal lacayo, tal amo. El debordista sólo ve aquello que le rodea desde la altura de su pequeñez, imitando en ello al mismísimo Guy-Alcestes Debord quien, habiendo considerado todas las cosas a partir de (sí) como centro del mundo, estaba persuadido de encarnar un notable ejemplo de lo que esta época no quería, y se enorgullecía de condenar al mundo sin querer escuchar si quiera sus ilusorios discursos. Como Alcestes, pues, pero sin papada ni encajes, Debord se enfadaba y no quería escuchar.
      Son numerosas las obras cuyos títulos, bien elegido, dispensa de apreciar su contenido. La sociedad del espectáculo es una de ellas, y bastantes personas instruidas, incluso si no han pasado del primer capítulo, la evocan a cada paso con el fin de mostrar que no se dejan engatusar por las mistificaciones de su tiempo. Sostienen que en numerosos puntos, si no en todos, este libro continúa siendo nuevo, radical, inaceptable para el mundo que estigmatiza. Buena prueba de ello sería el éxito cada vez más grande que obtiene. Que hagan gárgaras con él, dicen, en los medios de la política, del periodismo, y de la cultura atestiguaría no su inocuidad sino, aunque parezca imposible, la denegación constante en la que esta sociedad se encuentra acorralada desde que Debord expuso sus maldades. La artimaña del espectáculo consistiría, ni más ni menos, en recuperar la palabra que lo consigna para así neutralizar su carga explosiva. Pero en vano…Convertida en la palabra maestra de todos los amos del mundo, como de sus esclavos, el concepto de espectáculo habría escalado una etapa más en su calvario, paso necesario antes de que la sociedad del espectáculo se derrumbe. Desde entonces, advierten, que nadie se lleve a engaño, vivimos el final de un debordismo dirigido y apacible. Y apelan a la paciencia: la aurora del auténtico pensamiento -Debord, que ser realizará in situ, ya se columbra.
      He aquí la máquina de moler con la que estos dialécticos quisieran hacer del buen sentido un buen puré. El mío, en todo caso, me hace decir que sólo se recupera lo recuperable. Sirviendo únicamente para interpretar el mundo, las ideas nunca han podido subvertir el caos. Las conservamos durante tanto tiempo como nos sean útiles o agradables, y después las llevamos al desguace. Por supuesto, siempre hay alguien para reciclarlas o renovarlas una y otra vez. Debord, en sus textos o en sus películas, destacó en la industria del ready made ideológico, ensamblando, para su noción de espectáculo, una metafísica, una economía política y una moral. Y, como era de esperar, esta chatarra sólo pudo deslumbrar, en primer lugar, a los perseguidores y, después, a una clientela ávida de ideas modernas, poco preocupada, como podía ser menos, por su novedad.
      No es necesario, sin embargo, ser un gran erudito en filosofía para saber que si una teoría afirma que todo lo que existe procede de una esencia original, de una naturaleza o de un ser, nos las vemos con una vieja metafísica. Por esencia, naturaleza, o ser se entiende la idea de una realidad anterior a toda intervención humana; la idea de una fuerza que hace nacer y crecer todas las cosas con miras a una finalidad; incluso el reino de una inexorable necesidad. Qué pena que, tomada en una de estas tres acepciones, o en las tres a la vez, esta idea no sea una idea. Para que lo fuera sería preciso que pasara el examen de la precisión sin suspenderlo. ¿A qué anterioridad rinde cuentas la idea de esencia, naturaleza o ser? Pero, también, ¿a qué finalidad? ¿a qué necesidad? Puesto que la gente del arte ha discutido y discute largamente sobre este asunto me inclino a pensar que esta idea deriva de una suerte de cristalización ontológica: cuando, a título de mortal, un filósofo afronta la humillante experiencia de una vida azarosa y vulnerable, cuando se siente por ello mismo poco inclinado a coquetear con una forma volátil, termina por desear otra realidad cuyos atributos idealiza. De este modo surge en su imaginación el espejismo de la esencia, la naturaleza, o del ser impecable tras-mundo, oasis del sentido, remanso al que su espíritu se apresura a acercarse con el fin  de acallar la náusea que le causa el barco ebrio del azar. Llamo a este espejismo metafísica, y a este género de filósofo alucinado un metafísico.
      El metafísico preferiría que su quimérico paisaje se realizara en un presente inmutable, o que – renovando las formas – un tiempo habitual pueda ser un abrigo seguro. Pero para su desgracia el tiempo sigue siendo el amo. Espontáneo, imprevisible, caprichoso, no sólo altera el orden, también viola la virginidad de las esencias, se mofa del sentido y ridiculiza la perennidad del ser. Con su juego de tic-tac, este enfant terrible destaca por hacer estremecer las frágiles construcciones del azar, su doble, que así se divierte.
      Con anterioridad a Freud, Schopenhauer subrayaba la necesidad metafísica  de los mortales de creer en una razón primera y última de su existencia. Nada les enferma más, decía, que una vida sin porqué ni para qué. De ahí la idea  de que si la religión podía dejarse definir como una metafísica al uso del pueblo, la metafísica misma merecería ser definida como una religión al uso de los filósofos. Religión tanto más insidiosa puesto que apela no a la revelación, a la iluminación o la gracia, sino a la racionalidad. Con el rechazo de la experiencia mística la metafísica no logra desmarcarse de la vulgar creencia; para conseguirlo debe disfrazar, bajo la exterioridad de una voluntad de explicar, su deseo absolutamente religioso de significar. Sustituyendo los decretos  divinos, las fuerzas oscuras o las causas sobrenaturales por las infinitas cadenas casuales que vinculan el conjunto de los fenómenos en una naturaleza o en un ser, la metafísica, mucho mejor que cualquier religión, triunfa así siempre sobre la herética sabiduría según la cual no hay nada que explicar.
      A fuerza de leerlos, tomé la decisión de dividir a los filósofos en dos categorías: por un lado, los charlatanes, que no queriendo ver lo real tal y como es, inesencial, lo recubren de un doble ilusorio que terminan por percibir  como lo esencial; y por otro lado, los pensadores que, no pudiendo ver lo inesencial denuncian ese doble que los charlatanes establecen. Qué importa si, por una extraña inversión del sentido, se llama a esos pensadores, enteramente afirmadores de lo real, nihilistas; lo que cuentan es la solidez de su pensamiento. Ahora bien, como dice Clément Rosset: “sólo hay pensamiento sólido…en el registro de lo despiadado y de la desesperación. Todo lo que apunte a atenuar la crueldad de la verdad, a atenuar las asperezas de lo real, tiene como consecuencia indefectible desacreditar tanto la más genial de las empresas como la más estimable de las causas”. De este modo, Montaigne, por ejemplo, tildado nihilista, es sobre todo un pensador sólido en todo lo que percibe y asume sin melindres el vandalismo del tiempo, asume que el mundo sea un estremecimiento perpetuo. Puesto que todo es turbio y vacilante, de una ebriedad natural, limita su empresa filosófica a este programa: “No pinto el ser. Pinto el cambio”. En él no hay la más mínima cháchara acerca de una esencia o de una naturaleza humana -cháchara inadecuada para describir tanto la variedad de las civilizaciones como las variaciones del tiempo -. Montaigne observa que la existencia social de los hombres es la pantomima de su nada. Movido por el inexplicable gusto de vivir en lo efímero y lo accidental, enarbola la urbanidad de la tolerancia y del escepticismo. Éste no es  el  caso, tomando el ejemplo de un charlatán, de Rousseau que, incapaz de semejante libertinaje y exhalando el despecho de vivir en un sueño tejido con las extrañezas del azar y del devenir, no es ontológicamente cruel, sino moralmente malo. Al asignar con su idea de naturaleza un origen y finalidad a la vida humana, imputa a los hombres el crimen de dañar -con sus técnicas, artes e imperios- el orden natural y de alejarse de su humanidad. Y guardándose bien de definir aquello que realmente pierden los hombres cuando se deshumanizan, Rousseau se obceca de una forma u otra en persuadirles de que están condenados a operar en el mundo y en ellos mismos un readiestramiento, una re-naturalización, anunciando así las violentas ideologías políticas de la salvación histórica. Y a poco que los hombres de crédito a esos sermones, helo ahí, evidentemente, desdichados. De donde  se constata hasta qué punto la idea de humanidad procede de una voluntad de lastimar a los humanos.
      Cuando Debord arroja contra la civilización, o eso que el él llama la sociedad del espectáculo, doscientas veintiuna tesis alineadas cual batallones, nadie se percata de que avanza como el refuerzo de una ofensiva metafísica y moralizadora abierta por Rousseau, aunque ya preparada por Platón y Diógenes el Cínico. Es cierto que con su pesada fraseología se piensa más bien en un espíritu formado, entrenado y disciplinado por Hegel, Feuerbach o Marx.  Pero ¿no fue acaso en este estado mayor donde se desplegó más grande que nunca el estandarte esencialista del género humano? Además de recuperar de Marx la teoría del fetichismo de la mercancía y de Feurbech la idea de la esencia  invertida del hombre -con la que fabrica sus nociones de espectáculo y de espectador- Debord, en primer lugar, se cala los quevedos de la visión histórica de Hegel. Sabemos que, gracias a esos quevedos, Hegel había intentado  transfigurar la percepción del no-ser del devenir en el concepto del advenir del ser, hacer de la negación del absoluto su propia realización y, de este modo, presentar la Historia como la odisea de la Idea, otro mote de esencia. Hegel no podía leer la Historia como una tragedia escrita distraídamente por el azar: “Cuando consideramos este espectáculo de las pasiones y las consecuencias de su desencadenamiento -afirma Hegel- cuando vemos la sinrazón adherirse no sólo a las pasiones, sino también y sobre todo, a las buenas intenciones y a  los fines legítimos, cuando la Historia nos pone delante de los ojos del mal, la iniquidad, la ruina de los imperios florecientes que haya producido el genio humano, cuando escuchamos con piedad las lamentaciones anónimas de los individuos , no podemos sino llenarnos de tristeza con el pensamiento de la caducidad de todo…No obstante, en la medida en que la Historia aparece con el altar donde han sido sacrificados la felicidad de los pueblos, la sabiduría de los Estados y la virtud de los individuos, necesariamente se plantea la cuestión de saber para quién, con qué fin se han llevado a cabo estos inmensos sacrificios”. Razón por la cual añade, “la reflexión filosófica no tiene otro fin que eliminar el azar” y “buscar en la historia el objetivo final del mundo”. Deslumbrado por estos malabarismos metafísicos, Debord morderá el anzuelo y profetizará a su vez que  es su ser genérico, su esencia, aquello que los hombres terminarán por (re) encontrar en la praxis histórica. “La comunidad es la verdadera naturaleza social del hombre, la naturaleza humana”, afirma  en la Sociedad del espectáculo. ¿De qué comunidad habla? De nuevo, poco importa aún que la definición de esta noción permanezca en suspenso; el lector es libre de imaginársela según su gusto y de fabricarse el mito que le plazca, como sucede de hecho con el estado de naturaleza de Rousseau. Pero todo induce a pensar que, para Debord, in illo tempore: I) los hombres producían, según sus necesidades y compartían sin otra mediación que la palabra -fábula del comunismo primitivo, tomada de préstamo tanto de Rousseau como de Marx- ; 2) cuando el intercambio mercantil pulverizó los cimientos comunitarios, las necesidades se volvieron artificiales, los intercambios mercantilistas y las sociedades desiguales; 3) en la actualidad, totalmente disuelta en la intemperie del devenir, la humanitas es devuelta a los hombres bajo la forma de imágenes parciales ante las cuales, no obstante, éstos se postran contemplándolas como entidades extrañas, poderosas, fuera de su dominio – es el esquema de alienación religiosa que toma prestado, en este caso, de Feuerbach -. Para Debord, el espectáculo es pues el poder absoluto de las mercancías sobres los hombres, hasta el extremo de que “todo lo directamente vivido se ha alejado, en una representación” Pero, precisamente, afirma – y aquí retoma a Hegel- que la comunidad, bajo su forma alienada, continúa siendo la necesidad natural de la humanidad, de suerte que la Historia, nos promete Debord, no podrá escapar de su telos, de su finalidad, a saber, la reconciliación de los hombres con su humanidad. Homo homini deus.
      Existen dos etimologías de la palabra “religión”. Según una de ellas, la religión suelda la comunidad de los hombres al vincularlos con lo divino. En este sentido, la mercancía es para Debord un fetiche diabólico que desune. Al considerar, después de Marx, que este objeto mismo será alienado, es decir, separado de su finalidad natural, de su ser, de su esencia, a saber, el uso, para no estar ya ligado sino a su valor mercantil, Debord acusa la mercancía no tanto de haber desacralizado el mundo y separado las almas de la trascendencia como haber instaurado aquí abajo el reino infernal de “la separación consumada”. Desde que ésta se interpone en las relaciones humanas y las gobierna, nadie resiste a la tentación de una existencia facticia, es decir, según una rápida  y falsa definición que Debord nos da, inauténtica y artificial a la vez: “la abundancia mercantil constituye así la ruptura absoluta de un desarrollo orgánico de las necesidades sociales. Su acumulación mecánica libera un artificial ilimitado ante el cual el deseo vital queda desarmado. La potencia acumulativa de un artificial independencia acarrea en todas partes la falsificación de la vida social”. Según la otra etimología, religión significa veneración. Así, para Debord la mercancía no necesita ser dorada para ser adorada, le vale simplemente con aparecer para que el mundo que la produce “se presente como una enorme positividad indiscutible e inaccesible”. Nimbada con un carisma sofístico, dice: “lo que aparece es bueno, lo que es bueno aparece” y los hombres se hincan de rodillas ante ella. Y es aquí donde la indignación moral de Debord estalla: cuando la aspiración fraternal e igualitaria de los hombres a estar juntos no se afirma más que como apetito de tener cada uno para sí, entonces todos blasfeman contra ellos mismos. El espectáculo es el apocalíptico renegar de su humanidad.
      Aun cuando las palabras no son las mismas, el tono es harto conocido. En su alegoría  de la caverna, Platón describe la miserable condición de unos prisioneros condenados a confundir el reflejo de la realidad con la realidad misma. Hechizados por la mercancía, inmovilizados frente a su monopolio  de la apariencia, los espectadores modernos – a saber: usted y yo, pero no Él, Debord- sufren una suerte análoga. En el “mundo realmente invertido del espectáculo” donde se paralizan los destinos, todo lo que existe adquiere la inconsistencia de la apariencia. A semejanza de la caverna platónica, el espectáculo es el lugar de la mirada engañada, donde se fabrica nuestra falsa conciencia. Nosotros, los rehenes del espectáculo, no sólo no habíamos visto que “la primera fase de la dominación de la economía sobre la vida social había acarreado una evidente degradación del ser en tener”, sino que, ahora, no nos damos la menor cuenta de que los “resultados acumulados de la economía conducen a un deslizamiento generalizado del tener al parecer”. Para Debord, nos hemos convertido e espectadores que ya no se definen como hombres que han perdido su sombra, sino como sombras que han roto todo vínculo con el Hombre.
      Nadie ignora la enemistad que Platón profesa a los poetas. Puesto que ofrecen a la vista, según él, las copias de un mundo que no es ya sino una copia, les acusa de querer fijar a los mortales a su época y a las formas  sociales que ésta produce y así, sustraerlos de la reminiscencia del mundo ideal. Así que no hay lugar para ellos en su República. En cuanto a los sofistas, Platón, más tolerante si cabe, proyecta la quema de sus libros. Esos virtuosos del verbo ejercen un pensamiento materialista que reduce lo real a lo ocasional y a la apariencia. Festejados por la élite, son la pesadilla de Platón que, por aquel entonces, se consagra al chisme filosófico. En sus diálogos, todos, o casi todos, hacen el papel de vendidos, de idiotas y hasta de brutos. ¿El oro con el que han adornado su siglo? Bisutería. ¿Y sus luces? Chisporroteos. En su escuela, los griegos sólo aprendieron a girar en círculos en una noche de simulacros, mientras el fuego de la vanidad los consumía.
      Irritado al igual que Platón con los artistas y los filósofos de su generación, Debord decreta, desde finales de los años cincuenta la muerte del arte y la filosofía. Denunciándolas como actividades separadas, las condena a una superación histórica, es decir, a su realización en la vida misma con el fin de transformarla en una perpetua sucesión de situaciones apasionantes. Marcado por la figura de André Breton y, más extrañamente aún, por la de Isidore Isou, hace un llamamiento a la creación de una nueva vanguardia capitaneada por él mismo. “El movimiento situacionista -declara- aparece a la vez como una vanguardia artística y una búsqueda experimental sobre la vía de de una construcción libre de la vida cotidiana, en definitiva, como una contribución para la edificación teórica y práctica de una nueva contestación revolucionaria”. Amotinando alrededor de este seductor programa a un puñado de artistas e intelectuales sin rango y descontentos de todo, la “Internacional Situacionista” finge el lenguaje convencional de la provocación y del escándalo para lanzar el anatema sobre los nombres de determinadas “subjetividades” alienadas”, cuya única culpa es ser célebres: Sartre, Robbe-Grillet, Godard, pero también Sagan, Nimier, Klein, Mathieu, etc, son acusados de extender “la mentira de la burguesía” según la cual todavía existen filósofos, artistas, y obras. Y puesto que, según Debord, en el espectáculo no se puede sino repetir formas estéticas y teorías caducas, las muestras individuales de talento o de inteligencia constituyen una herejía, comenzando por las filas mismas de la IS, razón por la cual el pintor Asger Jorn se apresura a darse de baja.
      Semejante celo inquisitorial en Debord no se explica, entonces, sino por su odio religioso a la imagen y por su visión idílica de un Antes. Mientras los hombres hablan al unísono en el mito, toda creación se inscribe en el lenguaje comunitario. En el momento en que esta comunidad del dialogo se disuelve, el arte y la filosofía consagran la separación y el silencio como los únicos modos de vivir juntos: “toda comunicación es alegremente proclamada ausente”, ironiza amargamente Debord -apuntando, es probable, a Beckett, para quien toda palabra es una separación del lenguaje, y Antonioni, narrador de hundimientos mudos-. Ateísmo de las palabras y nihilismo de las imágenes que Debord no puede admitir, ocupado como está, al igual que cualquier intelectual  de su época, en fabular sobre los destinos colectivos y en producir Sentido. Razón por la cual apela a los proletariados -conocidos por su sentido de lo bello, de la dialéctica y de la conversación – que portan la obra del porvenir: la democracia directa de los Consejos. Su revolución restaurará la fraternal comunidad perdida. Pero, a la espera de este advenimiento, Debord les hace renunciar a los encantos diversos que este mundo les oferta. Pues la cultura, mercancía-vedette, tiene por vocación que el proletariado reincida en el sofisma según el cual la vida sin espíritu se enriquece en el consumo ostentoso del espíritu sin vida. La ignorancia que enseña, la desinformación que propaga y la deformación del gusto que produce, la convierten en la industria del pensamiento sumiso. Al pintar el mundo con los colores de una tornasolada opacidad, baja sobre las conciencias el telón de hierro de la amnesia. Hipnotizados por el destello de sus abalorios, los espectadores terminan por olvidar que el tiempo vivido de su alienación no es otro que la alienación vivida de su tiempo. Pues si el tiempo es “el medio donde el sujeto se realiza perdiéndose”, entonces, en el “tiempo espectacular”, ordenado exclusivamente por las estaciones de la economía, el sujeto se pierde sin realizarse jamás. En este “presente extraño”, sometido al ritmo de las oscilaciones de la producción y del consumo, los espectadores dejan que cada instante les sea expropiado. Sin protestar, dan su aprobación a la agenda de los tiempos muertos que acompasan sus vidas. Si admiten que hay un tiempo para todo, es sólo a condición de admitir la prescripción de sus usos. ¿Dónde irán esos hombres, desincronizados de sí mismos, a contemplar con toda tranquilidad el paso del tiempo? El espacio que se les fuerza a habitar, a circular y a deambular no es sino la infinita extensión de la mercancía. Dominada por los caprichos del mercado, la técnica moderna erige el decorado abstracto de la cantidad. En lo sucesivo, ninguna ciudad, campiña, valle, rivero o costa alguna escapará a una geometría del exilio. El espacio espectacular se extiende por todas partes cual desierto de la abundancia. Y bajo las arenas de este universo de cosas, además de su tiempo personal, los hombres han sepultado el tiempo histórico. En las letras de neón, el epitafio se redacta de esta guisa: aquí mismo nunca sucederá nada y nunca ha sucedido nada. Más que una caverna, el espectáculo es el sepulcro de la memoria y de la esperanza.
      “Ser vanguardista es caminar al paso de la realidad”, escribió poco antes del 68 Raoul Vaneigem, el otro ideólogo de la Internacional Situacionista, en rivalidad autocrítica con Debord. La fórmula concordaba con el ambiente de una época en la que resonaban aún los timbres del positivismo y del progresismo. Al igual que los burgueses ilustrados del siglo XIX habían imaginado que los avances de la ciencia y de la técnica impulsarían a artistas y filósofos a superar los temas mitológicos y metafísicos, los situacionistas creyeron que la evolución del “movimiento revolucionario”  tan sólo autorizaría el único arte, teórico y práctico, de la crítica social. Puesto que, según parece, Marx había ido “mucho más lejos” que Hegel, y Rimbaud   “mucho más lejos” que Baudelaire, y Duchamp “mucho más lejos” que no se sabe quién, ellos, necesariamente, superarían, pero esta vez sin relevo posible, a los letristas, a los surrealistas y a los dadaístas. Serían a la vez la última palabra del Progreso y la palabra final de la Historia, que, por otra parte, les dio irónicamente la razón: la IS la última vanguardia tras todas las batallas.
 Si bien en razón de un prejuicio digno del señor Homais, Debord creyó que había un         progreso en el arte y la filosofía y, por ende, que él mismo, Debord, marchaba en el Sentido de la Historia precediéndola, con todo, conjugó su rechazo de la modernidad en pasado más que en futuro. “Desnaturalización”, “falsificación”, “degradación”…repetidas página tras página, estas palabras indican que Debord heredó de Platón el afán iconoclasta para clamar así su añoranza de una realidad social ideal; tal y como se presenta, la sociedad real no sería otra que su simulacro. Realidad social empobrecida, extenuada, sin ton ni son, el “espectáculo” consagraría el reino del como si. Nada más lógico, pues, que Debord no haya representado en sus películas ninguna imagen filmada por él mismo, sino únicamente las imágenes “desviadas” de una realidad en la que, según él, desde hace mucho tiempo no habría ya más para ver. Si en la República Platón invitaba a sus lectores a sumergirse en la oscuridad de la caverna, era para que en ellos se hiciese toda la luz del mundo verdadero. Del mismo modo, al proyectar a sus contemporáneos las imágenes de su imagen, Debord busca iluminarlos sobre su existencia. No importa que no se les mostrara la auténtica vida social de los hombres. Merced a la magia de la camera obscura, debía concebirla al menos como si hubiese existido, y por ello, instalarla a renacer por medio de una revolución. Debord pretendía hacer películas insoportables de ver. Yo vi dos de ellas: La société du spectacle e In girum imus nocte et consumimur igni. Objetivo alcanzado. No por razones evidentes de forma, sino de fondo. Pues, qué hay algo más irritante que escuchar repetir: “se os esconde todo, ¡nada se os dice!”. ¿Qué conciencia no está insatisfecha de la existencia hasta el punto de preguntarse si es así como los hombres deben vivir? Tan espontáneamente platónica como debordiana, una conciencia desdichada no puede más que conceder crédito a esa vieja cantinela según la cual, como el mundo presente no es sino el doble de la realidad, vivir en este mundo es “hacerse doblar”. La época ya no se parece a nada, escuchamos gemir por doquier. Se habría perdido todo, hasta la huella del modelo. Para que la noción de “espectáculo” obtuviera semejante eco, era preciso que estuviese muy bien anclada en un sentido común apoyado en la creencia de que sólo se vive verdaderamente fuera de nuestro tiempo. Nadie se fía de las apariencias. Irritados, los hombres exigen desde hace mucho tiempo, sin duda desde el comienzo, que la vida detenga su película.
 “Cualquier tiempo pasado fue mejor” lloriquea Jorge Manrique, un poeta traducido por Debord. En In girum imus nocte et consumimur igni, Debord no paraba de decirnos que ayer París era una ciudad donde los cafés ofrecían vino a su clientela. Sin embargo, combatido por las fuerzas de la mercancía, lo virgen, lo bello, lo vivaz, se ha marchado. En París, que ya no es París, ya nadie puede jactarse de beber vino, como ocurre con cualquier desaparecida -falsificada-, de la que se ha conversado falazmente la apelación. El lenguaje tampoco se ha salvado. El progreso lo implica. Las palabras que aún ahora sirven para engañar, pronto no significarán nada. La mercancía habrá ocultado definitivamente a los mortales aquello que les hace vivir. Para gozar de la autenticidad habría sido preciso conocer la Edad de oro de las cosas en sí. En ese tiempo, es decir, y de forma muy precisa, antes del acabóse, el vino tenía el buqué de su ideal sustancia, ausente de todo envase.
      En los Comentarios a la sociedad del espectáculo, el platonismo de Debord se agrava. “El espectáculo se ha mezclado con todo lo real, irradiándolo. Como fácilmente podía preverse en teoría, la experiencia práctica de la culminación de la razón mercantil habrá mostrado rápidamente y sin excepciones que el devenir-mundo de la falsificación era también un devenir-falsificación del mundo”. Presto a restituir a las palabras todo su sentido desde que los “siervos del espectáculo” se las apropian, Debord se permite la imprecisión semántica cuando le conviene, especialmente cuando establece una equivalencia entres los adjetivos “facticio” y “falsificado”. Facticio no significa lo falso, sino que designa un hecho. Así que un espíritu dotado de un oído fino no puede evitar oír en la crítica debordiana de la falsificación ese lamento venido de edades pretéritas que se querella contra el tiempo. Por mi parte, me inclino a pensar que era antaño -cuando los hombres tenían la presunción de fabricar objetos y obras marcadas con el sello de la eternidad, que servían, por lo tanto, para enmascarar lo efímero y lo aleatorio- cuando sus producciones eran, de hecho, espectaculares. Ahora que los hombres fabrican a la ligera productos inmediatamente consumibles, la verdad se restablece: todo lo que se había representado como lejano -lo divino, el poder, la riqueza- se vive directamente. Destinada a la moda, a la gozosa repetición de lo nuevo, la mercancía abole la distancia infranqueable de los trasmundos metafísicos y consagra la única temporalidad al instante. Tan pronto como se produce, ya es lo bastante vieja para morir. La mercancía es un objeto anti-ideológico que nada tiene que ocultar y nada hace esperar. Lo contrario de un fetiche. Gracias a ella, la vida se muestra como lo que es: un género perecedero. Lo único que le falta a la mercancía es la fecha de caducidad del placer que procura. El escándalo del “espectáculo mercantil” -razón por la cual Debord instruyó su proceso- no es invertir o sustraer no sé sabe qué sentido a la vida o la Historia, sino, por el contrario, sacar a la luz su inanidad. Imagen cruda y cruel de lo absurdo de la vida, de la insignificancia de nuestros deseos y de la brevedad de nuestros destinos, la mercancía nos presenta lo trágico sin maquillajes.
     Hay fetichistas y fetichistas. Si hemos de creer a Freud, el fetichista rechaza la ausencia del objeto de deseo. Al elegir un objeto sustitutivo que deviene su signo, parece beneficiarse de este arreglo con lo real. ¿Para qué reclamaría la presencia del objeto mismo de su deseo puesto que, por una parte, ignora su naturaleza y, por otra, suponiendo que la conozca, ya no gozaría con ella? EL fetichista atestigua, pues, una perversión más bien feliz. Esto que posee, ese casi nada, tiene el mérito de existir y, más o menos, le satisface. No estando su goce más que en este aquí, sólo el miedo a ver cómo se lo roban puede ensombrecer su carácter. Mientras lo conserva, ninguna acritud puede incitarle a protestar contra un expolio. Satisfecho con su suerte, este fetichista persevera en un intercambio soportable. Bien al contrario del situacionista, para quien la mercancía es el signo de la universal desaparición de la esencia del hombre: lo que ésta muestra aquí, estaría en otra parte. De ahí su humor apenado. Cuando un ser querido muere, continúa Freud, se experimenta una melancolía real, una de esas pasiones tristes, como diría Spinoza, que viene acompañada de la idea de su causa. El trabajo de duelo podrá comenzar, aunque después resulte interminable. Pero, ¿qué hacer con una pena sin objeto? Incapaz de resolverla, debido al hecho de que si la esencia del hombre está ausente es porque jamás ha existido, el situacionista, que prefiere creerla fosilizada en la mercancía, consiente aún menos en satisfacerse con al presencia de eso que él denomina, con horror, fetiche. En duelo por nada, su necesidad de consuelo es imposible de saciar. Haciéndole ascos a la dicha de estar triste, su acidia se torna acidez. EL situacionistas no es más que un fetichista infeliz. No exagero, pues, al exponer que La sociedad del espectáculo constituye el brevario de los resentidos. Bajo el pretexto de leerlo como la “crítica de la totalidad de las condiciones actuales de existencia” los resentidos extraen así buenas razones para expectorar su impotencia a la hora de decir sí a la existencia misma. Resentimiento que, traducido por las contestatarios a veces de forma lírica – “La verdadera vida está ausente”- otras, lapidariamente reivindican siempre una legitimidad moral y política. Porque el drama del resentimiento, a diferencia del odio, radica en no tener una razón precisa de ser. Por este motivo, cualquier cosa, en este caso la mercancía, designada autoritariamente como el origen de este imaginario sufrimiento, deviene el tema exasperante, repetido machaconamente por el hombre del resentimiento. A poco que este último dé a entender que sus pequeñas miserias proceden de una maquinación planetaria, todo servirá como pretexto para un ajuste de cuentas con el mundo entero. Al grito de “Nadie me cogerá”, Debord se embriagó con una potencia ilusoria: “El mero hecho de quejarse puede dar a la vida un atractivo que la haga soportable”, decía Nietzsche quien, además, observaba que todo el éxito de la moral provenía del sentido con el que disfrazaba las carencias del corazón y del espíritu.
    “Por más que se diga, son poco frecuentes las personas que llevan una vida – esa pequeña parte de su vida en la que es posible alguna elección- de acuerdo con sus sentimientos y juicios. En algunas cosas, es bueno ser fanático”. Cuando la metafísica y la moral se visten con el disfraz de dominó de la crítica social, conspiran más que nunca para enemistar a los hombres con los placeres y los días. A este respecto, la empresa de Debord y de sus seguidores apenas reviste novedad. Puede decirse que los situacionistas fueron los insignificantes cínicos del siglo XX, como pudo decirse que los cínicos de la antigüedad fueron socráticos insignificantes.
      No entiendo que anomalía del gusto lleva a considerar a Diógenes de Sinope como un personaje seductor. En razón, supongo, de la simpatía que jamás se deja de otorgar a sus extravagancias de vagabundo. ¿Hay alguien más popular que un irregular? ¿Alguien más adulado que un marginal? ¿Alguien más escuchado que un inconformista? A la virtud le gusta vestir los trapajos de la descortesía, la insolencia y el escándalo. Disfrazado con esos harapos, Diógenes pasa su tiempo reprendiendo a sus conciudadanos. Les reprocha no tener otras preocupaciones que las de la exhibición, la voluptuosidad y los superfluos; de no vivir, en suma, según la naturaleza. Prendados de su cultura, han cometido la impiedad de divinizarla. Semejantes a un pueblo de narcisos que se observan en el metal precioso de su grandeza, no ven, los infelices, que sólo admiran su propia caducidad. Desde ese momento, para Diógenes, es urgente devaluar a esos hombres para revalorizar al Hombre. Utilizará entonces la agresión verbal, la parresia, que es al sermoneo lo que la acción directa es a la propaganda. Un día, en la calle, Diógenes se desgañita para alborotar a los transeúntes; cuando un grupo se forma a su alrededor, vocifera repartiendo bastonazos: “¡He pedido hombres, no desechos!”. Si la tribu de los situacionistas tuviera que reconocerse en un tótem, habría elegido, evidentemente, al gozque.
       Voltaire veía en Rousseau a un “Diógenes sin linterna”. El parecido familiar es indudable. Rousseau no cesa de vilipendiar a una civilización culpable de haber degradado un supuesto orden natural: “No se puede reflexionar sobre las costumbres si uno no se deleita con el recuerdo de la simplicidad de los primeros tiempos. Es una bella orilla, adornada únicamente por las manos de la naturaleza, hacia donde se dirigen incesantemente los ojos, y de la que con disgusto se alejan”. El discurso sobre las ciencias y las artes, y más aún, La Carta a d’Alembert sobres los espectáculos rezuman una nostalgia biliosa. Rousseau se indigna con una civilización en la que los hombres desvergonzados, aunque extremadamente puntillosos con el decoro, se entregan al júbilo del poder, la galantería, el libertinaje, el teatro, los salones, la moda, etc; en resumen, describe el siglo XVIII como un lugar de perdición. El hombre refinado, con sus modales, sus lujos, su gusto por la ostentación, es para Rousseau la perfecta falsificación del hombre salvaje, el hombre esencial, el alma transparente, nacida buena, exenta de vanidad. No importa que el salvaje pertenezca, como cualquier hombre, a una civilización, que se muestra por doquier ávido de lo superfluo y de los artificios, pues Rousseau necesita creer en un hombre intacto, en otro lugar, en su humanidad. Blandiendo de continuo bajo las narices de sus coetáneos el arquetipo del buen salvaje, no ceja en su tormento, les repite machaconamente en qué medida están desnaturalizados. Sólo una revolución política garantizará su reforma moral. Un nuevo contrato social, que disolverá los egoísmos, resucitará su sentido comunitario. Dos generaciones de enragés retendrán el mensaje. La primera, en 1789, tan sanguinaria que se creerá tocada por la gracia del Ser supremo; la segunda, en 1968, ligeramente más santita, creerá encontrar bajo los adoquines del viejo mundo las bellas playas del ideal. (De ahí la observación según la cual la idea de naturaleza implica intolerancia respecto del que no cuestiona su condición: por las buenas o por las malas, se persuadirá al inconsciente de que la aceptación de este mundo, sobre todo si se acompaña de un cierto placer por la vida, es contra-natura, es decir, según un perfecto sinónimo, contra-revolucionaria).
      Alcestes clama tan fuerte su repugnancia por el género humano que nadie se percata de que Filinto es el verdadero misántropo. Mientras uno deplora que los hombres abdiquen de su humanidad, el otro se acomoda a la evidencia: tratar con ellos es una aventura de gran riesgo. No es Filinto los juzgue malos; sabe simplemente que de ellos se puede esperar lo peor: Mi espíritu ya no está ofendido/ de ver a un hombre pérfido, injusto, interesado. / O de ver a los buitres hambrientos de carnaza/a los dañinos monos y a los lobos llenos de rabia. Si bien da la razón a Alcestes por desconfiar de sus semejantes, considera una locura emprender la reforma de sus costumbres o de sus corazones: Al igual que usted, observo cientos de cosas todos los días/ que podrían ir mejor, tomando otro curso/pero aunque a cada paso pueda parecerlo/iracundo, como a usted, no se me verá/tomo a los hombres tan dulcemente como son/acostumbro a mi alma a sufrir con lo que hacen/y creo que en la corte, así como en la ciudad/ mi flema, al igual que su bilis, es filósofa. El ridículo de Alcestes proviene de su desencantada filantropía; la elegancia de Filinto, de su amable lucidez. No puede sorprender que Rousseau se decida por la apología del primero ya que, según le parece, comparten constitución del alma y, a la vez, Alcestes encarnaría una suerte de buen salvaje que habría tenido la mala suerte de nacer en la corte. Y como la manía persecutoria no entiende de cronologías, Rousseau no puede apartar de su espíritu que Moliere no escribiera piezas sino para contrariarle. Y, sin embargo, pensando que Moliere era un maestro y Filinto un modelo, Chamfort escribió: “la mejor filosofía relativa al mundo es aliar, a este respecto, el sarcasmo de la felicidad con la indulgencia del desprecio”
      Cuando apareció Les princes du Jargon, Alice Becker-Ho, la esponsal de Debord, creí que el nombre de su marido figuraría en lugar destacado. “No soy escritor -confiesa éste último- no he respetado ninguno de los valores de este arte”. Ya en La sociedad del espectáculo, Debord aporta la prueba de que la dialéctica es para él una manera tan libre de pensar que puede prescindir  de los trabajos de una escritura de trazo fino. Se detecta también toda la verdad de su confesión en la lectura de los opúsculos que la siguieron donde, esta vez a la manera de un Rousseau y no de Hegel, intenta retratar sus alergias, sus tolerancias y sus ensueños de solitario. Como la confesión permite que cualquier cosa sin interés adquiera relieve, la grandilocuencia se impone de forma completamente natural. Valga como modelo del género el comienzo de esta falsa autobiografía, cuyo título, Panegírico, da por sí solo el tono de todo el resto: “Toda mi vida no he visto más que tiempos convulsos, desgarros extremos en la sociedad e inmensas destrucciones; he tomado parte en esas convulsiones” U otras fanfarronadas sacadas de aquí o de allá: “No pretendo parecerme a nadie”; “En ningún caso he disimulado el desprecio que creía que merecían aquellos que se…habían rebajado tan fácilmente a las ilusiones establecidas”, etc. Abro el primer Discurso de Rousseau y comparo: “Preveo  que difícilmente se me perdonará la determinación que he osado tomar. Topando de frente con todo lo que admiran los hombres, no puedo sino esperar una censura universal…Habrá en todos los tiempos hombres hechos para estar subyugados por las opiniones de su siglo, de su país y de su sociedad…Cuando se quiere vivir más allá del propio siglo, no hay que escribir semejantes lectores”. El megalómano es vengativo a causa de su incapacidad para encariñarse con su yo con su yo marchito por el tiempo, zarandeado por el azar, cortejado por al muerte. Esta moral no admite el hedor a cadáver de su ser vivo. Para embalsamarse y embalsamar, teje entonces para sí mismo la leyenda del hombre que encarna “toda la verdad de la naturaleza”. Y es con esta favorecedora vestidura de momia como se muestran los vivos. (Desde luego, sería absurdo por mi parte, a partes de este parentesco entre Rousseau y Debord en el temperamento y en las ideas, afirmar que comparten la audacia literaria. En Las Confesiones, Rousseau, impúdico hasta la temeridad, nos enseña cosas bellas sobre sí mismo. Nada de eso encontramos en el Panegírico donde Debord, en su empeño en hacerse el misterioso, no consigue convencernos de que oculta algo).
      Antes de tomar la acepción de malvado, méchant quería decir insignificante o sin valor. Posteriormente, ya en el siglo XVII, faire le méchant significaba hablar con acritud y, además, con grandilocuencia. Cuando Debord hace el gesto de no narrar más que sus gesticulaciones, expresa así su falta de envergadura. Preocupado por dejar testimonio de su genio a la posteridad y también de que sus biógrafos, entusiasmados, no omitiesen ni una de sus detestables cualidades o uno de sus excelentes defectos, Debord prefiere componer él mismo su propio elogio. Para llevar a buen puerto la empresa no tiene la delicadeza de descartar el menor procedimiento de mejora: “Tendré que hacer un uso bastante frecuente de las citas. Nunca, pienso, con el fin de otorgar autoridad a argumento alguno; simplemente para que se perciba con qué han sido tejidos en lo más profundo de mí aventura y yo mismo…Montaigne tenía citas; yo tengo las mías”. Si, en efecto, Montaigne intercala a muchos autores en sus Ensayos, no es por pedantería sino para hacerles decir aquello que él no puede expresar tan bien. Caballerosamente, juzga que no se rinde mejor homenaje a los antiguos que tomar prestadas algunas de sus más bellas perlas. “No cuento mis préstamos, los peso”, dice. Y, en lo concerniente al relato de su aventura, da la palabra al Persa: No busco inflar mi página con bagatelas ampulosas: Hablemos cara a cara. Más altivo que gentil, con toda la hinchazón y la pedantería del “doctor en nada”, Debord sólo comienza a escribir cuando dispone de un botín repleto de plagios; como si Homero, Herodoto, Tucídides, Saint-Simon, Clausewitz, Chateaubriand, de Quincey y otros más fueran sus biógrafos por anticipado. Y todos los pensadores menudos del periodismo, incluso las cabezas más sagaces del medio literario, se quedan boquiabiertos; sobre todo cuando tropiezan con sentencias del tipo: “en todo caso, con seguridad he vivido como dije que era preciso vivir”. Baltasar Gracián veía en la admiración “el clamor de la ignorancia”, que nace, decía, “menos de la perfección del objeto que de la imperfección de nuestras luces” y atestigua un gusto inseguro y un deseo de someterse. Esto explicaría bastante bien por qué algunos han podido confundir los aires de hombre triste de Debord con la prestancia de un gran señor; y, asimismo, por qué otros han osado comparar su prosa al estilo del cardenal de Retz. Me asombra que todos estos eruditos no se hayan percatado de que si Debord escribía a veces como Gondi, era lisa y llanamente, porque lo copiaba.
      El egotista es un narciso que nunca se cansa de decirle a su reflejo: “Estoy harto de verte”. Incluso tiene que escribirlo. Obsesionado con la inspección de su ombligo, tan sólo le falta escribir un diario íntimo de confesiones o memorias. Pero por mucho que confeccione frases, perfeccione algunas poses y arregle los acontecimientos a su antojo, resulta ser el delator de sí mismo. Verdadero espejo de despojos, los escritos íntimos facilitan la prueba de la insignificante existencia del autor. Con el fin de castigar el crimen de haber nacido, condenado por sí mismo a los trabajos forzados del estilo, el escritor egotista relata su agonía y se entierra vivo bajo una pila de frases. Nada semejante en Debord; sólo veleidades: “Del escaso número de cosas que me han gustado y he sabido hacer bien, lo que seguramente he sabido hacer mejor es beber”. Vivir es un esfuerzo por mantenerse a flote. ¿Acaso bebía Debord para ahogar la sensación de que se iba a pique? Si hubiese escrito la crónica de sus borracheras, nadie duda que, en el celeste café del Abismo, Omar Jayyam – en compañía de otros poetas y borrachos notables- le habría hecho el honor de sentarlo a su mesa acogiéndole con este cuarteto:     Mi llegada no benefició a la esfera celeste/mi partida no disminuirá ni su belleza ni su grandeza/mis oídos jamás han escuchado decir a nadie/el porqué de esta llegada y de esta partida.
      “La sensación del paso del tiempo ha sido siempre muy intensa para mí y, al igual que otros se ven atraídos por el vacío o por el agua, me he visto atraído por ella. En este sentido, he amado mi época, que habrá visto perderse toda la seguridad que existía y desaparecer todo lo socialmente ordenado”. Las almas lúcidas giran alrededor del sol negro de la melancolía en el mayor de los desórdenes. Sus revoluciones son sus derivas. Nacido bajo la constelación de Saturno, el joven Debord sufrió la atracción de algunos meteoros atrapados por  las nebulosas de la locura y la muerte. Pero concibió un proyecto distinto del vértigo, una ambición distinta del vacío, un deseo distinto de la nada. Convertido a la superstición hegeliana, se prohibió a sí mismo leer la Historia como la epopeya del caos. Pasando del dédalo de la bohemia letrista a las avenidas de la revolución consejista, menospreció la oportunidad de convertirse en el cartógrafo de sus extravíos.
      Generalmente al mortal que lleva el naufragio pegado a su sombra poco le importa que intenten bombardearlo por otros medios. A imagen de una época que, como Venecia, no termina de hundirse, sólo puede encontrar complacencia en ese carnaval crepuscular. Una inclinación por lo novelesco puede incitarle a pasiones peligrosas, a buscar una causa perdida para defenderla o traicionarla, a batirse, oprimir, abandonar a sus semejantes, auténticos traidores: dejará escapar una hipotética salvación para quedarse con una frivolidad tangible, acariciando el mentón de la muerte, que tiene el rostro de las muchachas. Convencido de que no hay manera de lavar las afrentas del tiempo, ninguna revancha romántica le conmueve. Cuando se descubre su indiferencia, invoca la circunstancia agravante de su aburrimiento, vigilia comatosa donde se cercenan sus ilusiones. Cuando se lo exhorta a reponerse, afirma no estar animado más que para el sueño. Si se le recuerda que hay que vivir, responde que a la palabra vivido no le encuentra otra rima que vencido. Si se insiste, en definitiva, en señalarle que con ello profesa una filosofía de la renuncia, lo admite con una sonrisa. Este fláneur de la vacuidad sólo tiene una visión del mundo, el Umor que Jacques Vaché definió como la “sensación de inutilidad teatral y sin sombra de alegría”
      “No he pretendido agradar”. “He merecido el odio universal de la sociedad de mi tiempo, y me habría fastidiado tener algún otro mérito a sus ojos”. El ensañamiento que pone en ser un teórico o un cineasta maldito no hace de Debord, como se ha alegado, un dandy. El dandy no pretende desagradar, tarea por encima de sus fuerzas de la que se considera indigno. Por que, por otra parte, significaría que cabe la posibilidad de desagradarle y que buscaría revancha. Pero su altura lo preserva de semejante golpe y de semejante deseo. Injurias y calumnias resbalan como escupitajos sobre el mármol de su impasibilidad. Desagradar puede ser, a veces, un gusto aristocrático, pero no iguala el arte soberano del dandy que es irritar. Sin altanería, y con una cortesía intachable, araña a sus detractores con el zarpazo exclusivo de la impertinencia, dejando para los agitadores los ladridos de la invectiva. Este Gato irrita, pues su elegancia es fruto de una elección. De ahí que le importe muy poco tener una buena o mala reputación. Sea lo que diga o haga, hijo de la ligereza y del equilibrio, siempre tendrá la deplorable gracia de azotar a la opinión común desde lo alto de aquello que Baudelaire llamaba su “grandeza sin convicciones”. Y luego Debord emprendió discusiones estériles sobre la condición obrera. Tras haber militado en el grupúsculo obrerista Socialismo o Barbarie, se le vio ocupando la Sorbona, en mayo de 1968, en compañía de estudiantes. ¿Cabe imaginar, si quiera un momento, al dandy dirigiéndose a los huelguistas incluso  para mofarse de ellos? Esos obreros y esos estudiantes que piensan tan vilmente como los burgueses le traen sin cuidado. Cuando la idea de felicidad el concierne, se queda perplejo; tan pronto como se trata de la felicidad de las masas, bosteza. Sin embargo, este nihilismo de punta en blanco no retrocede ante la acción: clava sus espuelas a todo lo que, de cerca o de lejos, huele a filisteo y se muestra implacable salpicando con su silencio a los sargentos reclutadores de la revolución o a sus estrategas. Tan poco dotado del sentido de la historia como del de los negocios, no ve en el tumulto más que una intolerable prueba de promiscuidad; si el olor de la pólvora y de la sangre repartida por la soldadesca le repulsa, los efluvios del sudor popular ofenden su nariz. “¿Qué es una revolución?”, espetaba Théophile Gautier entre dos caladas de hachís. “La gente se pega tiros en la calle; así se rompen muchos cristales; sólo los vidrieros encuentran provecho en ello. El viento se lleva el humo: los que están encima ponen a los otros debajo; la hierba será más bella la primavera siguiente; un héroe hace crecer excelentes guisantes”
      Una de las maneras de desafiar al tiempo es aceptar su veredicto. Pero cuando se vuelve imposible escapar a los propios tormentos, es mejor precipitarse en los tormentos de la Historia. Se lucha también por aburrimiento, esperando la muerte. Bajo el Antiguo Régimen, Marie-Jean Hérault de Séchelles, un joven abogado, no defiende otra causa que la propia. Gracias a su elocuencia se gana lo más granado del público femenino. Para recompensarle por su brío, la reina le nombra magistrado del Chátelet y con suma facilidad amplía su audiencia desde el gabinete hasta el pretorio. Luego vienen los tiempos del desaliño plebeyo. Se quiere abolir la monarquía, y también, la realeza de los bellos modales. Hérault se acomoda a esta nueva moda. En 1793, el elegante play boy se aúpa a la presidencia de la Convención y diseña para Francia una de las legislaciones más osadas, lo justo para colisionar con los principios de una Europa educada. Pero en este nuevo drama de ambiciones, el joven galán – de quien Stendhal tomará prestado los rasgos para su Julián Sorel – provoca envidias. Demasiado gran señor como para condenar a la nobleza, demasiado sibarita como para arrodillarse ante el Ser supremo, demasiado bello, en fin, como para renunciar al privilegio de seducir; irrita la virtud plebeya de Robespierre, quien se apresura a despacharlo entre los bastidores junto con otras cabezas de reparto: Danton, Fabre d’Eglantine o Desmoulins. (Saint Just no le perdonó al guapo que lo dejase en ridículo. Se cuenta que, en el momento de redactar entre los dos la Constitución, Hérault envió al tribuno a la Biblioteca Nacional a buscar el código de las leyes de Minos. En esos tiempos convulsos, que conocen inmensas destrucciones y extremos desgarros, bromear no es el menor de los peligros). En sus Recuerdos de un sexagenario, un tal Arnault, que  había seguido la carreta que conducía a Hérault y a sus amigos a la guillotina, narra el final de la partida: “La tranquilidad que reinaba sobre la bella figura del antiguo abogado-general era de naturaleza distinta a la de Danton. La calma de Hérault de Séchelles era la de la indiferencia; la calma de Danton, la del desdén”. La impertinencia consiste en no tomarse en serio cuando todo es trágico.
      En el prefacio a su Théorie de l’ambition, Hérault de Séchelles, que era un voluptuoso, advertía que había escrito esta “pequeña meditación” sin otro motivo que el de “reírse a solas”. No puedo imaginarme a Debord desternillándose de la risa mientras redactaba La sociedad del espectáculo. “Me he interesado mucho por la guerra, por los teóricos de la estrategia, pero también por los recuerdos de las batallas  o de tantos otros desgarros que la historia menciona, remolinos en la superficie del río por el que discurre el tiempo”. Hérault sabía que la única lección que nos enseña la Historia  es que jamás nos enseña nada. Debord creía que podría tomar por asalto el futuro para hacer triunfar una utopía. Hérault encarna el libertino; Debord, al libertario. Todo les separa.
      En su primer manifiesto situacionista, Debord escribe con razón, si bien para escandalizarse, que “la vida de un hombre es una serie de situaciones fortuitas, y, si ninguna de ellas es exactamente similar a la otra, al menos esas situaciones son, en su inmensa mayoría, tan indiferenciadas y tan apagadas que perfectamente dan la impresión de la similitud”. De ahí la fórmula final dirigida a “artistas e intelectuales revolucionarios” dispuestos a enrolarse en su vanguardia y, por ello mismo, candidatos el título de sujetos poéticos: “Basta de interpretar pasiones, se trata ahora de encontrar otras”. Además de que no siempre comprendo lo que empuja a las personas a constituirse en vanguardia, tan selectiva como se quiera -¿qué necesidad hay de poetizar en banda?-, ese programa de la IS nunca, incluso desde muy joven, me ha interesado. Tan pronto como salí a ver mundo y chicas, en lugar de fatigarme construyendo “ambientes lúdicos y emocionantes”, no he hecho sino cazarlos o sorprenderlos. Me divertían y siguen divirtiendo tanto la caza como la captura. Como se dice del buen jugador, ya era tan buen cazador que sabía que podía volver con las manos vacías. Puesto que el azar guía el curso de las cosas hasta la tumba, no hay momentos que no estén perdidos y que sin embargo, no sean aprovechables. Se mire por donde se mire, vivir es encontrarse en una situación desfavorable. Por suerte, lo peor sólo tiene lados malos.
      Cuarenta años después de Rapport sur la construction des situations, en sus Comentarios, Debord asegura que “los placeres de la existencia han sido redefinidos autoritariamente”. No estoy seguro de comprender esta frase, pero por no librar más batallas que aquéllas de las guerras de sexos, no creo que estas conmociones sociales hayan impulsado una liberación de las costumbres. Asedian mis sueños colegios de monjas e internados y los lugares sagrados de los noviazgos y del matrimonio, al que antaño se reducía a las muchachas. En este tiempo, el libertinaje intentaba escalar las murallas de esas bastillas y no abatirlas. Tras un asedio rico en atenciones atrevidas y un bombardeo de cumplidos asesinos, la bella enemiga terminaba por rendirse y entregarse. Alérgico a cualquier forma de armonía colectiva, temblaba de horror ante la idea de una sociedad construida como un inmenso falansterio en el que los individuos sometieran sus deseos a una permisividad tiránica, el amor a un culto obligatorio y la voluptuosidad a una economía dirigida. Si semejante pesadilla se realizara, integrismo por integrismo, pediría asilo político en la primera república islámica que me ofreciera, donde mis muy amadas, bajos sus burkas, conociendo mis gustos, estarían desnudas.
      No ignoro que la esencia de cualquier forma de poder -incluyendo aquella que niega la idea misma de poder- es absolutista, de ahí que me importe poco cómo organizan los hombres su condición social. ¿Cargar contra los molinos de viento del espectáculo? Un sentido barroco de la existencia me disuade de ello. Por lo demás, ¿qué hacer? La vida es narcisista; siente el deseo de gustarse a sí misma reflejándose en una profusión de espejos, hasta perderse de vista. Durante mucho tiempo confió al arte una misión divinamente superficial. Y como la imaginación todo lo dispone, la vida terminó por parecerse a sus reflejos. Ahora, incluso si ya sólo se refracta en las mercancías de baja calidad, la vida se vuelve cada vez más brillante. ¿So what?, decía Warhol. Mucha gente se encuentra en una buena posición, lleva una vida a crédito por todo lo alto, dilapida sus pequeños medios. Para el pueblo, en definitiva, como para la nobleza de antaño, vivir es ser visto. ¿Por qué arruinar su felicidad, dispuesto como está siempre a vejarse y cimarronear? La prudencia me aconseja que nunca me enfade con las formas que adopta el devenir; sin fervor ni asco, consiento en vivir en la democracia de las apariencias. Tanto es así que los pretendidos sortilegios de la mercancía me dejan frío. Siendo tan sólo materia sujeta a generación y a corrupción, la mercancía no tiene para mí otro destino que los vertederos municipales vía mi cubo de la basura. Por más que me devane los sesos, aparte de la utilidad y el precio de una mercancía, no percibo en ella ni el valor de uso ni el valor de cambio y perplejo espero que se me indique claramente la separación entre mis necesidades naturales y mis necesidades artificiales. Son los teóricos del valor y el fetichismo de la mercancía quienes han terminado por hacer creer a los espíritus influenciables la dimensión mística y alienante de ese bien material, reforzando así el sentimiento cristiano según el cual para un alma tener equivale a peca contra su ser. Agotado por la búsqueda de la prueba de la inexistencia de Dios, el libre pensador prueba que él es cualquier cosa menos un espíritu libre; del mismo modo, al querer revelar en la mercancía no sé qué huella de sustancia metafísica diabólica, el libertario se vuelve teólogo. No comprende que el drama de los humanos de hoy no consiste en sentirse extraños de sí mismos, perdidos en el medio de las mercancías, por el contrario, en no poder realmente olvidarse de sí mismos en esos objetos hechos por ellos y para ellos, a su imagen, y conforme sus deseos. No comprende, sobre todo, que si se inventan necesidades esa para conservar su insatisfacción, la sal misma de sus vidas. De ahí que la sociedad del espectáculo, en el plano político, no tenga nada de espectacular. Los príncipes, convertidos en gestores, no se distinguen de sus súbditos salvo por añadir a su mediocridad una pizca más de arrogancia; en cuanto a estos últimos, convertidos en administradores, no se distinguen  de sus príncipes salvo por añadir a su arrogancia, una pizca más de mediocridad. El Antiguo Régimen enarbolaba sus oros y púrpuras en el claroscuro de su despotismo más o menos ilustrado y encarcelaba a golfos, herejes o libertinos a la menor infracción, avivando así tanto el gusto como los encantos de la clandestinidad. Con el pretexto de laisser faire, laisser aller, e pretendido espectáculo se debilita en la transparencia, condecora prioritariamente a aquellos que le declaran la guerra e impone por doquier el dogma de la insolencia. Además, en lo sucesivo ya ningún Estado se haya en condiciones de guardar un secreto. Bajo la presión de las ligas humanitarias, se liberaría hoy a la Máscara de Hierro que, como estrella invitada del telediario, se jactaría durante la emisión de su identidad, sus ideas políticas y sus pasiones deportivas. Ya nadie se deja engañar por la idea de progreso mediante la cual el capitalismo legitimaba su salvajismo. Todo el mundo sabe que en nada aliena a los hombres, pero sí que los tritura. En este sentido, y leyendo a mis clásicos, de Maquiavelo a Gracián pasando por Hobbes, no contemplando ante todo a mis semejantes, no comprendo por qué la explotación constituye un escándalo. Si no me creo el capítulo de Dios, menos todavía el del Hombre Fraternal. Pecaría de ingenuo si no extrajese ninguna enseñanza de la fábula de Abel y Caín.
      Hoy en día que la moralina de lo natural, lo auténtico y verdadero infecta las conciencias, el libertino disfrutaría consternando a esos culos de plomo que repiten machaconamente a cada paso el imperativo “conviértete en lo que eres” Antes de la supresión de los privilegios, ese demonio de hombre, como entonces se le llamó, colocaba su vida bajo el signo de la noche, momento propicio para todas las fullería, los remedos y postizos, los alardes y parodias. A la luz del día se exhibía bajo el disfraz y al pseudónimo, en lo falso, (saludable y agradable manera de vivir en medio de engaños sin ser engañado) “Hay una espantosa, pero embriagante felicidad en la idea de que se miente y se engaña, de que uno se sabe solo, de que se representa en la sociedad una comedia en al que ella es la engañada, y en la que uno se reembolsa los gastos de escenificación mediante las voluptuosidades del desprecio”.
      Aunque anticuada, caduca o mítica, la figura del libertino, en la que tiendo a reconocerme, eclipsa a la del libertario. Asunto de estilo y filosofía. Vivir es embarcarse en medio de las borrascas del azar y el devenir, sin oportunidad alguna de salvación. Aquello que, de un tipo como yo, se puede confundir con la desenvoltura, no es sino el cabeceo, el balanceo, el traqueteo que el tiempo impone a mi alma, atada a la balsa del mi cuerpo. Me dejo llevar por el oleaje de mis impresiones, la ondulación de mis sensaciones, la corriente de mis sentimientos. Como dice Montaigne, voy “flotando y rodando” con la certeza -única- de que no chapotearé dos veces en la misma cloaca. Que me deje llevar a la deriva, con la misma despreocupación que si hiciera un crucero, desconcierta tanto a la opinión como a los doctrinarios. Nada les parece más impío que esta duda indiferente que muestro con respecto al sentido. La religión no consiste tanto en otorgar fe a tal o cual dogma, como en experimentar la necesidad de encontrar uno, insumergible. Ignoro semejante necesidad. Será que no me mareo en los barcos. Instintivamente sé que las Iglesias, los partidos o las vanguardias acogen gran cantidad de pasajeros a bordo; ofrecen, pero sin tener su lujo, tantas garantías como el Titanic.
      A principios de los sesenta, Debord encomendaba a Lautréamont, la inevitable figura poética y juvenil de la subversión, y lo citaba: “No acepto el mal. El hombre es perfecto. La caída no afecta al alma. El progreso existe…Hasta ahora se describe la desgracia para inspirar el terror, la piedad. Yo describiré la felicidad para inspirar sus contrarios…Hasa que mis amigos no mueran, no hablaré de la muerte”. Debord tenía sus autores. Yo, los míos. Después de entrevistarse con su amigo Gassendi, mis antepasado Saint-Évremond anotó que tenían “más interés en gozar del mundo que en conocerlo – en criticarlo y en combatirlo, añadiría yo-. Apuntó, además, que es preciso que apreciemos la filosofía como una grata manera de chismorrear sobre la vida y la muerte. Por eso, siguiendo las enseñanzas de otro antepasado, La Rochefoucauld, me esfuerzo en estar a la altura de mis fracasos. La risa burlona es el único consejo estratégico que me ha legado. Nada más fecundo que la esterilidad de sus Máximas; volviendo a ellas sin cesar me perfecciono en el y-para-qué.
      Debord afirmaba que “en ninguna parte había hecho concesiones a las ideas dominantes de su época”. A decir verdad, las había servido en bandeja. En primer lugar, jamás fue consciente de que su crítica de la mercancía es un discurso que la sociedad mercantilista formula a menudo cual ventrílocuo de los teóricos. Así, consigue hacer creer que tiene enemigos. Así, consigue reformarse y perdurar. En segundo lugar, Debord no percibió en qué medida la propia sociedad mercantilista, como atestigua una y otra vez la extensión de las pasiones individuales, había podido alentar a la gente a reivindicar su infatigable deseo de felicidad como un derecho. Además, la única filosofía posible era aquella a la cual se consagraron los eruditos del Gran Siglo, un hedonismo inteligente  sagaz, que en plena guerra de la Fronda, les hacía experimentar a la Historia como vanidad y gesticulación. Sin ánimo para ese saber trágico, Debord – a pesar de su melancolía y de sus lecturas – se vio atrapado por la ideología. Desde entonces – resulta evidente en sus epígonos actuales- su noción omnilocuente de espectáculo confirma una propensión humana, demasiado humana, a sentirse culpable del placer aberrante de sobrevivir a pesar de todo. Cuando un pensador tiene la elegancia de enseñar la  inanidad de la existencia, es un educador de la humanidad, dicho de otro modo, lo contrario del que imparte lecciones. Creer en la utopía de la vida social apasionante no ha conducido a Debord a ser el hombre más peligroso del reino, sino el más sentencioso de sus intelectuales contestatarios. Quedará de él un cliché. No está tan mal. Según Baudelaire, crear un lugar común revela genio.
      En cuanto al suicido de Debord, ¿quién negará que prueba valor ante la muerte? El gesto hace honor al personaje y, en este sentido, nadie podrá repetir aquello que Dalí dijo tras la desaparición Breton: “¡Cuánta intransigencia para tan pequeña decadencia!”. Se sospecha que se quitó de en medio para no sufrir más de polineuritis alcohólica. Puede ser. Pero me entristece pensar que Debord, hijo de un tiempo que execraba y de una Historia que le decepcionó, consintiera en sobrevivir durante tan largo tiempo. Y, además, ¿para qué seguir hurgando en este asunto? Cuando se desea la muerte, no hay nadie más servicial que uno mismo.
     Estimado Frédéric:
            Leo tu manuscrito, Contra Debord, en un tren. Disfruto. El pasaje discurre por la ventana, y con él, algunos recuerdos.
            Tenía diecinueve años cuando descubrí La sociedad del espectáculo. En su primera lectura, no comprendí gran cosa. Después, ese sentimiento de un malvado espectáculo al cual imputar nuestra desgracia, antes que irritarme, me entusiasmó; y es que la vida, el mundo y la historia eran a mis ojos un caos y nada más – “el reino de la sinrazón y del azar”, como decía Nietzsche-. Ninguna razón presidía el destino del mundo. Guy Debord, después de Marx y los marxistas, nos proponía una interpretación racional, elevando el proletariado al papel de héroe histórico; un héroe depositario de una “conciencia de clase”, dispuesto a salvarnos rápidamente de toda la miseria humana. ¿Había que alegrarse?
          Frédéric, tenemos la misma edad. Hace poco que nos conocemos, y no mucho, pero los mismos pensamientos grandilocuentes e irrisorios han asfixiado nuestra juventud. Ya se trate del horror de izquierda, con sus ídolos tiránicos importados de Rusia, China o Cuba, del galimatías de los universitarios de Vincennes, del pipi-caca sexual de Hara-Kiri o del marketing de la nueva filosofía, nada he encontrado que me convenciese o me fuera afín. He leído la revista Internationale situationniste, intrigado por los artistas de ese grupúsculo: Pinot-Gallizio, Constant, Ivan Chtcheglov y, sobre todo, Asger Jorn, desbordante de libertad, invención y también escepticismo. Pero su creencia en un proletariado revolucionario les impidió consagrase a la superación del arte que pretendían encarnar. Rápidamente, las veleidades artísticas dieron paso a una doctrina estrictamente política, con sus tics lingüísticos, su altanería, su brutalidad y optimismo.
         Sospechaba que Debord era el cabecilla que impartía la lección, el conspirador que sólo juraba por la muerte del arte, así que su tolerancia hacia Asger Jorn me sorprendió. Supe más tarde que lo visitaba fielmente, ante sus paredes cubiertas de dibujos y cuadros. Nunca, que yo sepa, pronuncio una palabra desagradable contra este artista. Debord había juzgado y castigado prácticamente a todos los situacionistas, excepto Jorn. Sin embargo, le exigió dimitir de la Internacional Situacionista, bajo pretexto de que su celebridad era incompatible con al ambición del grupúsculo, destinado a disolverse en la sociedad para mejor destruirla.
        A veces se ha comparado a Guy Debord con André Breton, reprochando a éste último haberse comportado como un censor, como un Papa incluso. Ahora bien, si se examina La Révolutión surréaliste, encontramos en el índice de esta revista fuertes individualidades: Dalí, Man Ray, De Chirico, Ernest, Masson, Picasso, Arp, Magritte, Aragon, Eluard, Soupault, Péret, Crevel, Artaud, Delteil, Desnos. La mayor parte de los participantes del surrealismo se ha impuesto con la historia intelectual y artística. De los situacionistas, a excepción del repetitivo utopista Raoul Vaneigem, sólo queda Debord, el jefe; los otros se han volatilizado, desertores o víctimas de grotescas exclusiones. La historia no retendrá nada de ese movimiento, o muy poco; se desvanecerá con las ilusiones de la extrema izquierda de la posguerra, en esa pesadilla sesentaiochesca que permitió a los pequeños burgueses franceses tutear a sus profesores, hacer el amor antes del matrimonio y votar al tunante de Mitterrand. ¿Qué decir de La sociedad de espectáculo? Se convirtió en el libro de cabecera de los estudiantes, también de la gauche-cavier y de los periodistas, que se sirvieron de él como autoridad intelectual. Sin embargo, en este mundo de aquí-abajo, no veo que existan ni sociedad ni espectáculo: estamos masivamente solos y neurotizados; habitamos un territorio informe que en nada se asemeja a una sociedad o una comunidad; estamos sometidos a una realidad incontrolable donde cada cual es accionista involuntario, manipulado por gestores manipulables. Las cajas de pensiones, por ejemplo, se han convertido en potencias anónimas mucho más activas que las tufaradas del espectáculo. Es cierto, hay un espectáculo de esta realidad, pero es un señuelo, una mascarada para entretener a los agitadores mediáticos y a sus telespectadores, herederos del panem et circenses. Nada ha cambiado desde la antigüedad. Nada, salvo el dinero, que se ha vuelto verdaderamente universal. Karl Marx había profetizado esta globalización del comercio capitalista, su socialización absoluta. Guy Debord quiso denunciar un mundo escondido tras esta evidencia, un mundo espectacular más malvado que el mundo visible. Maníaco de la conspiración, creyó más tarde que la mafia detentaba el manual de uso del discurrir del los negocios y que las empresas dominantes, así como los Estados, en lo sucesivo se inspirarían en sus métodos y secretos. Debord veía el mal por doquier, salvo donde en verdad triunfa: la omnipotencia monetaria resultante del protestantismo es un maestro mucho más influyente que cualquier organización criminal, y su buena conciencia entroniza una ley del silencio todavía más temible.
        Frédéric, al igual que tú, sin duda, no aclamo a nuestra paródica sociedad. Tampoco espero nada de ella, aun cuando, de adolescente, soñara con un mundo mejor. Sin embargo, algo tengo por cierto: si la historia debe “tambalearse” o “acelerarse”, si estallara una revolución, no nos conduciría al paraíso situacionista previsto por Debord, poblado de ángeles organizados en consejos obreros, vagando en derivas lúcidas, de bar en bar, al son del organillo y bajo olas de auténtica cerveza de barril, en un París colmado de psicogeografía y con Les Halles reconstruido.
       Leyendo las teorías de los situacionistas me sorprendió su odio hacia el arte y el estilo; sólo así se explica tanta intransigencia, tanto dogmatismo. Pocos pensadores gozaron de su favor. En cuanto a Nietzsche, simplemente lo ignoraron; al igual que los militantes maoístas y trotskistas, lo nazificaron sin haberlo leído jamás. Sin embargo, Guy Debord en sus últimos escritos se inspiró sin duda en el Ecco Homo de Nietzsche, al menos en su grandilocuencia. Pero donde este último habla de una Historia moral que cree romper por en dos pedazos, pagando sus palabras al precio de la razón, el cabecilla situacionista pretendía haber conducido una sociedad a su ruina, cual general mitómano a la cabeza de tropas imaginarias. ¿Sus tropas? A lo sumo, un puñado de groupies. Desanimado por su seguidismo, su obediencia y dependencia de espíritu, Guy Debord no dejó de mantener con ellos una relación punitiva. Se peleó con sus lectores como si un pastelero insultara a los golosos.
       Debord destacó en el papel de maestro severo. Pacientemente, construyó su reputación sobre una intransigencia que consistía en doblar el espinazo a sus admiradores. Esta comedia ha contribuido a su celebridad -celebridad que pretendía despreciar, reiterando de forma narcisista en qué medida ignoraba a los media, ávidos no obstante de sus fondos de comercio subversivo-. Con todo, acabó por sucumbir al pequeño y ruin espectáculo, trabajando en vida para la cadena de televisión Canal +, que le consagró una velada póstuma. Guardo el recuerdo de una lección pretenciosa e insulsa.
      Añadiría que nunca he creído en la intransigencia de este “revolucionario” pagado y editado por Gérard Lebovici, productor de cine chovinista a quien también gustaba impartir lecciones.
      Parece que la tengo tomada con este buen-mal pensamiento situacionista; en verdad, execro toda esta época y a esos “resentidos”, como tú tan acertadamente los llamas, que aguardaban el Gran Día como si esperasen el autobús en una estación. El situacionismo no es ni más ni menos que la forma más perniciosa del izquierdismo francés. Habría sido más honesto llamarla “La nación situacionista”.
     Gracias, pues, Frédéric, por esta corriente  de aire fresco, este escepticismo alegre y frívolo. En el coro de las alabanzas a Guy Debord me alivia oír tu voz incrédula.
      Ya desde muy joven disfrutaba haciéndome notar. En el instituto de Biarritz, entre clases, o en el Cyrano -la taberna de los absentistas- me aislaba y comenzaba a leer ostensiblemente obras filosóficas para que las chicas me otorgaran una clara superioridad intelectual respecto de los demás chicos. Por otro lado, al haber adquirido ante ellas una imagen de pasota desvalido, me guardaba mucho de no parecer absorto en mis lecturas. Pero, como no fingía leer, poco a poco la materia de los libros se filtraba en mi espíritu, haciendo de mí un pimpollo cerebral poco aventajado a la hora de hacer palpitar el corazón de las estudiantes de Biarritz, más prestas a zozobrar bajo la mirada deslavazada de un surfista. Corrían los años setenta; se luchaba contra un enemigo inexistente. Fue entonces cuando descubrí La sociedad del espectáculo. Cuento esto para decir que Guy Debord fue para mí un filósofo de curso terminal.
 ¡Viva la sociedad! ¡ y que comience el espectáculo!.
Frédéric Pajak.

 

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $40.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Anuncios

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
Esta entrada fue publicada en Frédéric Pajak, Frédéric Schiffter, Guy Debord. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Contra Debord – Frédéric Schiffter

  1. Pingback: La loca historia del mundo – Michel Bounan | Libros Kalish – Librería online

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s