Charles Bukowski – Barry Miles

Estado: nuevo.

Editorial: Circe.

Precio: $400.

Octubre de 1978. Ante las cámaras de Channel 2, el respetado crítico y presentador francés Bernard Pivot recibe en su prestigioso programa literario Apostrophes a una de las figuras más candentes del panorama internacional. Pero la estrella de la contracultura rompe todos los esquemas, y al final consigue que el atildado Pivot pierda los nervios y acabe gritándole: “¡Cállese! ¡Cállese!” De la noche a la mañana, Charles Bukowski (1920-1994) ha conquistado un nuevo país. Poeta, novelista, columnista; ídolo de iconos mediáticos como el actor Sean Penn o el cantante Bono; inspirador de películas -Ordinaria Locura, de Marco Ferreri, o Barfly, de Barbet Schroeder-; alcohólico, jugador, mujeriego. Barry Miles se adentra en las múltiples capas que conforman la peripecia vital de un autor irreverente y descarnado, que se convirtió en personaje mítico gracias a una obra teñida de autobiografismo. Bukowski marcó buena parte de la cultura norteamericana de los últimos 50 años del siglo XX.
Mensajes en una botella
Mauro Libertella
Hay una serie de escenas que fundan lo que podríamos llamar el mito Bukowski. Con prolijidad, fue el mismo Hank el encargado de acuñarlas y difundirlas, pero sobre todo de salir a buscar un choque frontal con ellas. Esto es lo primero que nos muestra la reciente biografía Charles Bukowski, de Barry Miles. Insiste una y otra vez en la imagen de Bukowski saliendo a la calle para recoger experiencias, para empaparse de la suciedad del bajo Los Angeles y luego, sí, volver a la máquina de escribir y hacer sonar las teclas gastadas con la fuerza y la persistencia fatal de un obrero.
Algunas de estas escenas: cuando empezó a tomar alcohol, a los 17 años, ganaba de quince a veinte dólares diarios en concursos del tipo a-ver—quién-toma-más. En una de aquellas ocasiones volvió a su casa totalmente borracho y le pegó por primera vez a su padre, invirtiendo y clausurando los términos de una terrible relación que dejó más de una marca en el cuerpo y en la personalidad de Bukowski. Otra escena, ahora casi una vida después. Bukowski es ya un autor reconocido, sus libros venden bien en Estados Unidos pero sobre todo en Alemania y en Francia. En su primer viaje a Francia —Hank salió de su país sólo tres veces— lo invitan al prestigioso programa de televisión Apostrophe. El programa se transmitía en horario central, tenía millones de televidentes y se entrevistaba allí a los más célebres escritores de todo el mundo durante una hora y media. En el centro de esa pantalla ardiente lo pusieron a Bukowski, que era profundamente reacio a las entrevistas porque, según él, no hablaba bien, y porque, según su biógrafo, no sabía pronunciar apellidos como Dostoievski. Cuando la transmisión empezó, Hank rechazó la copa de vino blanco que le ofreció el conductor, Bernard Pívot, y se aferró directamente a la botella. Alrededor de la mesa había otros invitados. La primera intervención de Bukowski fue así: “Conozco a muchos escritores norteamericanos a los que les encantaría estar ahora en este programa. No significa tanto para mí”. Lo interrumpió una escritora francesa, pero Hank la tapó diciendo: “Bueno, no sé si es usted una buena escritora o no. Levántese la pollera para que le pueda ver las piernas y le diré si es una buena escritora o no”. Se terminó dos botellas de vino, se levantó y se fue en la mitad de una conversación. Al día siguiente ya se habían agotado miles de ejemplares de las ediciones francesas de sus libros.
Así, con una larga estela de anécdotas épicas o cotidianas, Barry Miles ha ido rastreando el modo en que Bukowski fue moldeando las aristas de su propio mito. Y, por supuesto, son infinitos los modos que tiene un escritor para trocar esa materia que es la experiencia en esa otra materia que es la literatura. Bukowski pareció haber optado por un modo que a veces se imagina sencillo, pero que es en realidad uno de los más altos y refinados artificios. Bukowski elaboró, en cuentos cortos, poemas y novelas, un estilo libre de metáforas, directo, despojado, genuino. Leer a Bukowski es casi como estar hablando con él, acodados en la esquina imposible de la última barra. Y es curioso: Charles Bukowski, que cargó durante toda su vida con un resto de acento alemán que en su infancia le trajo más de una incomodidad, y que como tantos otros entró a la lengua inglesa desde un derrotero dislocado, paralelo, fue uno de los grandes maestros del siglo XX en esa arte de recortar del río del habla cotidiana el slang y el dialecto llamado a perdurar. Lo mismo hizo Salinger, y por eso sus libros son al mismo tiempo un registro de época y una literatura profundamente actual. Bukowski, en lo que hace al imaginario lingüístico y al uso concreto de una lengua, ha resistido con solidez al paso huracanado de los tiempos, y no es delirante afirmar que probablemente ese estilo nunca se oxide. El único problema, para los lectores en lengua castellana, es la pérdida notable que sufre su escritura cuando se la azota con una traducción muy localista. Si bien es cierto aquello de que los buenos libros resisten prácticamente cualquier traducción, una edición castellana con menos “gilipollas” y “pitillos” ayudaría.
Desde que Charles Bukowski empezó a publicar sus primeros libros, en los albores de los ‘60, hasta su consagración literaria hacia mediados de los ‘70, la crítica y los lectores fueron armando el esqueleto de influencias y escritores afines que lo envuelve desde entonces. La tradición de Bukowski se construyó con una serie de nombres de una central marginalidad, una figura paradojal que tan bien le calzó al mismo Bukowski en las historias de la literatura. De Hemingway aprendió bien esa máxima del autor de Adiós a las armas que rezaba: “Escribe la frase más sincera que puedas”, y a lo que podríamos agregar “y escríbela con la mayor sencillez a la que puedas llegar”; de Céline absorbió la irreverencia y la desenvoltura en la forma y en la manipulación de temas delicados (a ambos se les criticó su simpatía para con el fascismo, aunque el caso de Bukowski fue mucho más silencioso); después de leer a Henry Miller su literatura incorporó ese torrente sexual que es el cuerpo mismo de su escritura; Scott Fitzgerald le legó aquel gusto por meterse en el submundo, la tentación de la noche, del exceso; y los escritores de la novela negra le enseñaron, llanamente, a ir para adelante. Pero la influencia mayor de Bukowski fue, sin dudas, John Fante. Hank conoció a Fante cuando el primero ya era un autor consagrado y el segundo era un viejo olvidado que sólo esperaba la redención del final. Cuando las obras de Bukowski prácticamente sostenían a la editorial que le publicó toda su obra, Black Sparrow Press, Hank le pidió al editor John Martin que reeditara Pregúntale al polvo, el libro de Fante que más hondo caló en Bukowski. Aprovechando una carta para comentarle lo de la reedición, Hank le mandó a Fante muchos de sus libros publicados, y la dedicatoria que estampó en uno de ellos lo dice todo: “Para John Fante, que me enseñó a hacerlo”. Cuando el libro se editó, Fante estaba ya internado en un hospital, medio ciego y con una pierna amputada. Hank lo siguió visitando durante meses, mientras a Fante le iban cercenando el cuerpo parte por parte. La agonía duró años y en ese ínterin Black Sparrow Press reeditó toda su obra. En 1983, Bukowski fue uno de los pocos amigos que estuvieron en su entierro.
A Bukowski no le agradaban especialmente los beatniks (su relación con Ginsberg es ambigua y en más de una ocasión el autor de Mujeres se refirió con sarcasmos al poema Aullido, aunque en un poema propio toma prestada la forma de la tercera parte del mítico poema de Ginsberg, en una actitud que algunos críticos entendieron como un “yo también lo puedo hacer”). Sin embargo, el viento de las lecturas ha empujado su obra, como la de los beatniks, hacia ese terreno donde todo se lee como autobiografía. El mismo Hank ha promovido esa lectura, con el simple acto de escribir absolutamente todo lo que le sucedía. Pero eso no significa, por supuesto, que su literatura sea rigurosamente autobiográfica. Barry Miles, controvertidamente, piensa el paso de lo autobiográfico a la ficción como mitomanía. Para Miles, cuando Bukowski se mueve hacia la ficción pura, nos está mintiendo. Le pide la verdad absoluta, una correspondencia con los hechos que es imposible, además de innecesaria. Sin embargo, la obra de Bukowski es tan autorreferencial que pareciera como si a Barry Miles le hubiera bastado con ella para armar la biografía. El pulmón autobiográfico en la obra de Bukowski está sobre todo en sus poemas y en la pentalogía de novelas en donde aparece el alter ego de Hank, Henry Chinaski: La Senda del perdedor, Cartero, Factotum, Mujeres y Hollywood (ése es el orden cronológico en el que la acción crea su continuo, no el orden en que fueron escritas). Para Mujeres, por ejemplo, un Bukowski con más de cincuenta años encima abría las puertas de su casa para que prostitutas, yonquis, alcohólicas y mujeres delirantes entraran y, con el paso de los días y la convivencia, le aportaran un poco de material para sus historias. En ese sentido, Hank tuvo una vida extrañísima y única, pero al mismo tiempo fue siempre un observador. Hank es el tipo que vuelve tarde a su casa y lo escribe todo, y hacia finales de los ‘70 la gente se le acercaba y le contaba su historia pidiéndole por favor que la inmortalizara.
Mirando la obra de Bukowski en perspectiva, y sobre todo teniendo la posibilidad de medir el paso de las generaciones de lectores sobre esas páginas, podemos suponer que peligra caer en ese pozo sin fondo que es la literatura para adolescentes. Por lo menos, en eso concuerdan muchos de los escritores que el suplemento Babelia del diario El País de España entrevistó hace unos meses con motivo de una nota sobre Bukowski en la literatura de hoy. Pablo García Casado dice: “Conozco los trucos del jefe. Tiene una expresión con una potencia salvaje y una mirada ácida sobre el mundo contemporáneo, pero creo que es más importante como lectura de aprendizaje que de continuidad”. Rodrigo Fresán: “Su obra vale en sí misma como la de Carver, pero es una lectura algo adolescente. Si seguís leyéndolo a los ‘50, es bastante triste”. Asimismo, los escritores entrevistados llegan a dos conclusiones compartidas, que ya son una constante a la hora de hablar de Bukowski: que su obra vale más que su mito (como sintetizó Ray Loriga: “Me interesa su literatura, me dan igual sus borracheras”) y lo peligroso que es para un escritor joven acercarse a su obra, porque “su melodía no produce buen contagio”. Bukowski sería el caso de un escritor altamente fértil que ha sido sucedido por epígonos casi siempre lamentables. Sin embargo, como se dice, un maestro no es culpable de sus discípulos.
Si bien el peso de Bukowski en la literatura que vendrá no puede ser medido con exactitud, es cierto que las biografías y las reediciones de su obra siguen brotando y ya han rebalsado las aguas de aquello que alguna vez fue un tímido arroyo. El flamante Charles Bukowski, si bien puede ser algo falaz en sus propuestas críticas, está narrado con buen pulso y muestra un vasto y agudo trabajo de investigación. Es curioso ver los efectos que se producen si jugamos el juego de poner a Bukowski en un mismo sistema con los otros artistas cuyas vidas han sido narradas por Barry Miles. Jack Kerouac, Allen Ginsberg, William Burroughs, Paul McCartney, Bob Dylan. ¿Qué hubiera dicho Hank si le hubieran reservado un lugar en ese lunático firmamento? ¿Lo habría aceptado? Según Barry Miles, sí. El libro va mostrando, casi sin quererlo, cómo Bukowski, además de tomar litros y litros de alcohol, se emborrachaba con ese licor más peligroso que es la búsqueda de la gloria literaria. Y le llegó. Pero Hank no era un hombre hecho para la conferencia, para el galardón, para el premio. O, por lo menos, no encarnaba la clásica figura del escritor moderno. Quizás, más allá de las idas y vueltas que atraviese su obra, lo que quede de Bukowski sea el ímpetu de choque, el quiebre, la grieta en el corazón de un sistema literario.
Editados todos sus poemas y relatos, las editoriales se vuelcan ahora sedientas de revolver los cajones en busca de cartas perdidas. Hace unos meses en España se editó un volumen finito con cartas seleccionadas, y en un de ellas, fechada en 1960, cuando Hank empezaba a publicar con cierta frecuencia, se podía leer: “No uso patillas, me lavo los dientes, pero no obedezco órdenes chinas, obedezco mis propias órdenes y detesto a los policías porque la mayoría son jóvenes y van vestidos de negro, llevan porra y pistola y menean su culito engreído; y no entiendo a Beethoven ni a Mahler ni Chopin ni ninguno de los músicos o escritores rusos. Hay mucho de cierto en eso que dicen de que me limito meramente a enumerar la vida y hay mucho de cierto en lo de que no estoy contando gran cosa y estoy contando demasiado en el sentido subjetivo, que hay cierta basura, pero sencillamente sobre la base de los clásicos y la certeza de que no voy bien, no puedo liberarme. La obra en sí debe encontrar su propia conclusión a partir de mí mismo y únicamente conmigo mismo como base, liberarse de lo que ha ocurrido o de lo que otros han hecho. Cumpliré los cuarenta en agosto y, quizás, aún sigo viviendo como un chico, y escribiendo como tal, pero eso va a continuar mientras me resulte natural y cómodo”.
Léaselo como una poética, como una provocación o como una seca verdad sobre la escritura, lo mismo da. Lo cierto es que, a esta altura, ese borracho que saltaba de trabajo en trabajo y de ciudad en ciudad, ese norteamericano que hasta en sus días de gloria prefirió el bar de la esquina al vasto mundo, es hoy un modelo literario. No diríamos un clásico, pero sí un referente de alta proyección en los mapas rotos de la literatura que aún hoy se escribe.
Charles Bukowski y las calles sin alma
 Enrique Symns
Las enfermedades del amor quizá conformen la parte más grave y mortal que el lenguaje es capaz de transmitir. Sin pasión, un hombre es solamente un mecanismo sin vida. Nunca deja de asombrarme observar esa desapasionada y filosa inteligencia de muchos intelectuales y críticos en esta país. Fue muy notable en la actitud generalizada hacia el “caso Bukowski” que se puso de moda entre una nutrida “chusma”. Muy pocos llegaron a criticarlo negativamente, más bien se lo relativizó, no se lo mencionó, se lo obvió. No he leído ninguna producción periodística o una crítica de “firma” que explique los motivos que hicieron de sus libros una obra de culto, una especie de best-seller (para) una heterogénea y numerosa secta de lectores.
Se hizo más evidente en la asepsia y la distancia que tomaron las notas editadas con motivo de su muerte. En ellas no se describía a un artista, sino a un viejo tirapedos, a un borrachín escandaloso.
Si es posible que exista alguna verdad, debe serlo el hecho de que todo lo que la pasión construye el conocimiento lo aniquila. La cálida magia que emana desde los libros de Bukowski atravesó la telaraña teórica, los criterios arbitrarios de valoración que se manipulan desde los guetos del saber: a ese viejo borracho lo conocen en la cancha de River y en los recitales de Hermética.
Cierta vez Alejandro Medina, en un reportaje me dijo una de esas verdades que escupe la sabiduría de la calle: “Si de chico no te cagaste a trompadas, de grande sos escritor”.  Pocos son los escritores que además de escribir, vivieron con intensidad. Por definición, un escritor es un tipo con una enorme y talentosa incapacidad de vivir. Y Borges debe ser el caso más extremo que conozco. Porque no es solo una diferencia literaria la que separa a Emilio Salgari, que jamás salió de su cuarto para crear las peripecias de Sandokán y su tropa, de Jack London, que recorrió cada bosque, que navegó cada mar y escaló cada montaña por donde viajaban sus aventuras literarias. Técnicamente, esa diferencia está marcada por la percepción. Uno imagina y el otro percibe el elixir del dolor del mundo en acción.
Y Bukowski es uno de esos que va caminando por la calle que describe. Ya no se trata de un aventurero casi heroico como Hemingway, quizá porque lo primero que descubre es que en el mundo ya no hay aventuras. Ni la visión poética de Henry Miller, que convierte en leyendas esas calles y esos personajes de la ciudad que Bukowski desmitifica.
Trotando por bares, amoríos y anécdotas a veces hasta descabelladas, nos hace ver esas mismas calles desalmadas por las que nosotros estamos caminado hoy. El mundo ya no es un animal de piel erizada que se agazapa frente a ti. Es una cloaca catódica, un ruidoso Shopping, un show de fantasmas. Bukowski es la voz de uno de esos tipos cualquiera que andan por el mundo sabiendo que ya no hay mundo por donde andar.
Marshal McLuhan sostenía que un artista de este tiempo puede ser comprendido como un mago que viene a liberar al hombre de la envoltura eléctrica que lo atrapa y lo aísla de la vida, un chamán que tiene el poder de liberar al robot de esa hechicería y devolverle su naturaleza humana.
No recuerdo, o quizá desconozco un ejemplo más conmovedor en toda la historia de la televisión, que esa escandalosa participación de Bukowski en el más importante programa cultural de la televisión francesa, programa que cuenta con una enorme audiencia. Nadie nunca consigue rasgar esa máscara muerta que cubre los rostros y acciones de todos los conductores, artistas e invitados ocasionales. Es tan poderosa la brujería que ninguno consigue llegar con vida ante la cámara. Me emociona recordarlo y tiene la misma calidad dramática que el famoso nonólogo incomprensible de Antonín Artaud en el “viex colombier”. Bukowski llegó borracho, eructó, puteó, hizo observaciones obscenas a la escritora presente y tuvo que ser sacado a patadas del estudio. Y esa imagen que dejó estampada sobre el complot catódico ya no estará más en el mundo porque se esfumó en un hospital de San Francisco. Ya no estará más ese bravucón que siempre andaba cagándose a palos con los pesados y cagándose de risa de los artistas.
Murió el viejo lobo de bar. Internado para realizarse un rutinario chequeo, se quedó dormido por última vez en la cama de un hospital. Sin compañía y quizá sin darse cuenta que se iba. Curiosa paradoja a la que la muerte nos suele enfrentar: murió  dormido quien estuvo aguardando a la muerte, día a día, en los últimos años, tal como lo expresa su obra poética final.
Es extraño lo que sucede con esas muertes famosas, legendarias, que acaecen fuera de nuestro entorno íntimo e incluso de los límites del propio país. Recuerdo nítidamente las que más me afectaron.
Creo que millones de personas en todo el mundo sintieron un impacto muy similar al mío, el día que mataron a Kennedy. Y a gran parte de esa gente, como a mí, les sucedió que como un flash lisérgico, se grabaran las circunstancias que –  ya treinta años – uno estaba viviendo. Yo estaba tratando de iniciar mi primer romance con Elisa, en las playas de Mar del Plata. Ese día ni siquiera todavía nos habíamos dado el primer beso que al final nunca nos dimos. Estábamos ahí, respirándonos los ojos tirados en la arena, cuando una maldita radio mató a Kennedy en nuestros oídos. Recuerdo el dolor, la desazón, la congoja reflejados en el rostro de Elisa.
La siguiente vez fue John Lennon. Estaba en una fiesta con bastante merequetengue, de esas que duran dos o tres días, con mucho borracho gritón y mucha gente apretando por todos lados. Y otra vez el silencio, la incredulidad, el dolor.
Pero esas muertes no me provocaron el auténtico dolor. Las recibí y me dolieron como lo que eran: terribles, pésimas noticias para el mundo, para el mundo de nosotros. Otra bala había terminado definitivamente con el sueño y como un recuerdo desde el futuro presentimos el congelamiento que se advenía.
El intenso dolor del que hablo lo sentí cuando murió simplemente de viejo un viejo escritor: Henry Miller. Ese desgarrón insuperable que podes sentir cuando se muere un amigo, un hermano.
Es anecdótico, pero fue justamente con motivo de su muerte que debuté como periodista con una nota que editó la “Gaceta Psicológica” de la APBA. Era una apasionada apología de ese gran escritor que había agarrado mi adolescencia y la había puesto culo para arriba, ese tipo fenomenal que había modificado más irreversiblemente mi vida que los cien ácidos que me tomé después, y cuyo título siempre me avergonzó: “Henry Miller: ha muerto un hombre”.
Aún cuando reconozco que los años me han hecho menos sensible, la muerte de Bukowski me abrió la misma herida y pude recordar entonces lo que había querido expresar con aquel aparatoso título, pues con el viejo Buko se ha muerto también un hombre, porque según lo he ido viendo por ahí no todo lo que se muere estaba vivo, y aquel que parecía un hombre era solo una caricatura, una sombra abandonada a los designios del viento social.
Con Bukowski se extingue una forma de ser del mundo, una testaruda raza de animal salvaje. Y su ausencia van a sentirla todos los que andan perdidos por las calles, que el describió, una larga calle por la que andamos sin rumbo, en donde nada emana color ni nada proyecta luz, en donde no nos cruzamos con valientes ni vagabundos, en donde todos corren con pasos de proyecto y todo luce tan normal que el dolor ha aprendido a no sufrirse a sí mismo. Y así, intentando entrar en las sombras, seguiremos oliendo el futuro, mientras intentamos evitar esa maldita idea: que quizá como a Bukowski nos toque morir aguardando la caída de ese rayo social que destruya esta coraza de cáncer maligno que va cubriendo el tejido humano.
Revista Juventud Perdida, año 4 – Nº 8 – junio de 1994

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