Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin – Timothy Snyder

Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin – Timothy Snyder

Estado: nuevo.

Editorial: Norma.

Precio: $250.

«Catorce millones es la cifra aproximada de personas asesinadas por políticas intencionadas de asesinato masivo implementadas por Alemania nazi y la Unión Soviética en las tierras de sangre. Defino las tierras de sangre como territorios sujetos al poder policial tanto alemán como soviético y asociados a las políticas de asesinato masivo en algún momento entre 1933 y 1945». Resumido de modo diáfano por el propio autor, éste es el tema del libro, acotado conceptual, geográfica y cronológicamente. Ahondemos un poco. El marco geográfico, las tierras de sangre, comprende en términos actuales la mayor parte de Polonia, las repúblicas bálticas, Bielorrusia, Ucrania y la banda fronteriza occidental de Rusia, de San Petersburgo (Leningrado) al Mar de Azov. El marco conceptual lo proporciona el asesinato masivo como objetivo deliberado e inmediato de determinadas políticas soviéticas y nazis. El universo de víctimas de operaciones de matanza planificada –en el lugar y lapso de tiempo señalados- excluye las bajas de guerra, muertes por hambre, enfermedad o agotamiento en campos de concentración o asentamientos de trabajo forzado, así como víctimas mortales de deportaciones y evacuaciones. La mayoría de los muertos eran civiles; ninguno portaba armas al momento de ser asesinado.
El tema central del libro, publicado originalmente en 2010, lo constituyen cinco casos específicos de exterminio políticamente motivado, a saber, los siguientes: a) la hambruna de 1932-1933 derivada de la colectivización de la agricultura en la Unión Soviética, particularmente en Ucrania; b) el Gran Terror de 1937 y 1938 en la misma Unión Soviética; c) la matanza de oficiales y ciudadanos polacos por alemanes y soviéticos entre 1939 y 1941; d) la muerte de civiles y soldados soviéticos y polacos a manos de la Alemania nazi en concepto de inanición planificada (como en Leningrado), represalias por actividades de resistencia (acciones partisanas, sublevación de Varsovia) y prisioneros de guerra abandonados al hambre, el frío y la enfermedad; e) el exterminio de judíos como resultado de la denominada Solución Final, entre 1941 y 1945. Hay que señalar que Snyder aborda también otros episodios de muertes multitudinarias y temas conexos, como las muertes debidas a trabajos forzados en campos de concentración alemanes o a medidas de limpieza étnica (deportación de alemanes durante la guerra y después de ella, por ejemplo), o la cuestión del antisemitismo de cuño estalinista y la tergiversación de la historia por el ocultamiento de la especificidad judía de las víctimas del Holocausto (planteamiento en la línea del estudio de Antonella Salomoni, La Unión Soviética y la Shoah); pero, aunque Snyder les dedique sendos capítulos, tales cuestiones son abordadas de modo secundario o marginal, no por minimizar el horror de aquellas muertes o la importancia de estos temas sino por rigor conceptual –metodológico–: se trata de situaciones que no obedecen a un programa de asesinato masivo directo y premeditado.
Tres fueron las técnicas privilegiadas de matanza: la ejecución mediante armas de fuego, como el fusilamiento o el tiro en la nuca practicado por agentes del NKVD; la exposición a gases tóxicos; la inanición provocada: el caso del Holodomor o hambruna ucraniana, o del «Plan de Hambre» alemán, en virtud del cual el régimen nazi proyectaba acabar con la vida de millones de eslavos y judíos durante el invierno de 1941-1942, tras el inicio de la Operación Barbarroja (plan que se vio a medias frustrado por la imposibilidad de derrotar a la URSS). En términos cuantitativos, el hambre fue la principal técnica de asesinato: más de la mitad de los catorce millones de víctimas, civiles y prisioneros de guerra, murieron por carencia deliberada de alimento.
A tema tan pavoroso corresponde una narrativa estremecedora, precisamente la desplegada por el autor. Regada de testimonios y adecuadamente engarzada en el contexto general que la hizo posible, la de Tierras de sangre es una historia de horror que no por conocida deja de impactar. Impacta, claro, la visión de conjunto aportada por el autor, coherente con las premisas establecidas. ¿Cuál es la idea motriz que subyace al esfuerzo del autor? Pues, la que sigue: corregir o afinar la percepción de los asesinatos en masa cometidos por el nazismo y el estalinismo, percepción que Snyder juzga distorsionada por la preponderancia simbólica asignada a los campos de concentración. En opinión del autor, los campos de concentración apenas ofrecen una pálida imagen de la desgarradora historia de las tierras de sangre y de la capacidad predatoria de los dos regímenes involucrados; el hecho es que la mayoría de las víctimas de las políticas de asesinato colectivo, civiles o desarmadas, no murieron en los campos de concentración (por de pronto, el 90% de quienes fueron internados en el Gulag en el período considerado salieron con vida; la aniquilación masiva de judíos por los alemanes no se consumó en los campos de concentración sino en fosas, camionetas de gas y fábricas de la muerte como Belzec, Treblinka y Auschwitz). También es una distorsión el que suela enfatizarse el aspecto industrializado de las matanzas –del horror totalitario, puede decirse-; la mayor parte de las víctimas lo fueron por métodos elementales como el fusilamiento y la hambruna. Abundando en este planteamiento, Snyder hace hincapié en que la exposición a gases tóxicos no tiene mucho de moderno o de novedoso, lo que, desde el punto de vista del reseñador, no anula la pertinencia de los modernos procedimientos administrativos y de planificación implementados más que del instrumento en sí –las cámaras de gas–: la racionalidad instrumental aplicada al exterminio no sólo como objeto de estudio sino como motivo de horror.
El enfoque temático tiene su propia relevancia, y esto es lo que mejor justifica la elaboración –y la lectura– del libro. Sucede que las tierras de sangre constituyen el escenario de los peores crímenes del nazismo y el estalinismo, la región en que ambos sistemas coincidieron e interactuaron con toda su perversidad. «Las tierras de sangre –afirma el autor- son importantes no solamente porque la mayoría de las víctimas fueron sus habitantes, sino también porque fue el centro de las principales políticas que llevaron al asesinato de habitantes de otras regiones». Si en la preguerra la URSS llevaba la delantera en materia de crímenes, el traslape e interacción de los dos sistemas (como aliados primero y luego como enemigos mortales) desató un potencial aniquilador que se ensañó en las tierras de sangre como en ningún otro lugar. Es el caudal de víctimas habidas en ese escenario compartido lo que permite dimensionar la sistemática capacidad destructiva del nazismo y el estalinismo. En definitiva, es lo que permite perfeccionar el estudio comparativo de ambos regímenes, crucial para la comprensión del siglo XX. En este marco, Snyder asume como referentes fundamentales a la pensadora Hannah Arendt y al escritor Vasili Grossman, pioneros cada uno a su modo en la tentativa de comprender ambos fenómenos de manera conjunta: Arendt, aportando una visión genérica que reúne los dos regímenes bajo la designación de «totalitarismo» (véase Los orígenes del totalitarismo, 1951); Grossman, posicionando los crímenes del nazismo y el estalinismo en un terreno común (más que geográfico, más que ideológico, un terreno ético e histórico: cfr. Vida y destino y Todo fluye).
Semejante enfoque global es lo que justifica la incorporación del Holocausto en un contexto amplio de campañas de exterminio masivo en un mismo escenario temporal y espacial. Bastante énfasis pone el autor en la singularidad de las víctimas judías y en la desvirtuación de su desgracia por el comunismo de la Guerra Fría. (La Polonia de posguerra asume proporciones importantes en el libro, en particular por el intento de exagerar el papel de los comunistas –reinvención del levantamiento del gueto de Varsovia como presunta revuelta nacional polaca dirigida por comunistas– o por exagerar el número de víctimas polacas no judías.) Cierto es que la ausencia de tropas estadounidenses y británicas en Europa oriental y la bajada del Telón de Acero dificultó un tiempo la correcta percepción de lo ocurrido en las tierras de sangre. La versión soviética de la guerra procuraba hacer olvidar que Stalin y Hitler fueron alguna vez aliados; al régimen soviético le era también menester escamotear la identidad de los judíos exterminados. La perspectiva conjunta de Snyder es, pues, contraria al desdibujamiento y trivialización del Holocausto por el bloque comunista, al que, en palabras del autor, le «bastaba una sola modificación, la inmersión del Holocausto en un recuento general del sufrimiento, para colocar por fuera aquello que había sido central en Europa oriental: la civilización judía».
Cuidado. El sentido comparativo e integrador que anima el estudio de Snyder es de un rigor tal que no degenera en la formulación de patrones de causalidad (como aquel de «el Gulag es anterior a Auschwitz»), conducentes a argumentos rayanos en la exculpación y la justificación (afortunadamente, Snyder no es un Ernst Nolte de segunda mano), como tampoco degenera en el trazado de equivalencias absolutas o empates a destajo (morales y demás) entre los dos regímenes en cuestión. Véase el siguiente ejemplo, relativo a las deportaciones: «La experiencia de los alemanes deportados al final de la guerra es comparable a la de los muchos más numerosos ciudadanos soviéticos y polacos que fueron deportados durante y después de la guerra. Sin embargo, la experiencia de los alemanes que huyeron, fueron evacuados o deportados, no fue comparable a la de los diez millones de ciudadanos polacos, soviéticos, lituanos, letones, judíos y otros que fueron sometidos a las deliberadas políticas alemanas de asesinato masivo. La limpieza étnica y el asesinato masivo, aunque relacionados en varias formas, no son lo mismo. Aun en los peores casos, los horrores sufridos por los alemanes que huían o durante las deportaciones no correspondían a políticas de asesinato masivo en el sentido de las hambrunas planeadas, la Purga o el Holocausto» (pp. 592-593). Cuestión de coherencia conceptual, cuanto menos.
¿Hará falta decirlo?… La de Tierras de sangre es la historia de un eterno baldón de la Humanidad.
Timothy Snyder (1969, EE.UU.) es historiador, doctorado en Oxford, profesor de Historia en la Universidad de Yale. Especializado en historia de la Europa central y oriental, ha publicado diversos artículos y libros sobre la materia. Colaboró con el fallecido Tony Judt en su obra póstuma, Thinking the Twentieth Century (una historia de las ideas del siglo pasado publicada en 2011). Tierras de sangre es el primer libro de Snyder traducido al castellano.
Esta reseña fue publicada en este sitio Web: http://www.hislibris.com/
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