La gran caza del tiburón – Hunter S. Thompson

La gran caza del tiburón – Hunter S. Thompson

vendido

Estado: nuevo.

Editorial: Anagrama

Traducción: traductor de Google que Jorge Herralde llama traductor Pirulo o Mengano o cualquier otro nombre  de fantasía.

Precio: $000.

La recopilación en un volumen (del que ofrecemos una antología) de los reportajes más famosos de Hunter S. Thompson fue un acontecimiento editorial en los Estados Unidos. El autor puso en circulación el concepto de «periodismo gonzo»: aquel en que el reportero pasa de mero espectador a desencadenante de la acción. Un espléndido ejemplo es el desmadrado reportaje «La gran caza del tiburón», un encargo de Playboy, teóricamente para «cubrir» un torneo de pesca en alta mar frente a las costas de Yucatán. En otros textos de este volumen, el periodista gonzo enfoca su ojo salvaje en figuras como Hemingway o Marlon Brando, organiza una alternativa de «poder freak» en Aspen, etc. «Lejos de mí la idea de recomendar al lector drogas, alcohol, violencia y demencia. Pero debo confesar que, sin todo esto, yo no sería nada» (Hunter S. Thompson)
El amigo americano
Tom Wolfe
Hunter S. Thompson era uno de esos pocos escritores que resultan ser lo que parecen. Stephen King, por ejemplo: sus cejas a lo Locos Addams en las fotos de solapa combinadas con los horrores delirantes de sus historias siempre me hicieron pensar en Drácula. Cuando finalmente lo conocí, King estaba en Miami tocando, junto a Amy Tan, en una banda de jook-house llamada Los Remainders. Era un verdadero rayo de sol, pura risa, la imagen misma de la diversión inocente, un Conde Drácula que en la vida real era Peter Pan. Por poner otro ejemplo: Carl Hiaasen, el genio que ha escrito novelas tan sencillas como Striptease, Sick Puppy, y Skinny Dip, es en persona muy inteligente, reflexivo, sobrio, cortés, incluso galante, el caballero sureño más educado que se puede pedir (y yo los pido todo el tiempo y nunca los encuentro). Pero el caso de Hunter Thompson era distinto: el gonzo –término acuñado por el propio Hunter– que se leía en las páginas de Miedo y asco en las Vegas (1971) y en sus clásicos de la Rolling Stone, tales como The Kentucky Derby is Decadent and Depraved (1970), era el mismo que uno después conocía en persona. Uno no almorzaba ni cenaba con Hunter Thompson. Con él, uno asistía a un evento a la hora de comer.
Yo no conocía a Hunter cuando el libro que lo estableció como una figura literaria, The Hell’s Angels, a Strange and Terrible Saga (Los Angeles del Infierno), fue publicado en 1967. Era periodismo de investigación brillante, arriesgado, escrito con un estilo y una voz que nadie había visto ni escuchado antes. El libro revelaba que él había estado presente en una fiesta para los Hell’s Angels organizada por Ken Kesey y los Merry Pranksters, su comuna hippie (en una época en que el término no era “hippie” sino “acid-head” (adictos al LSD). La fiesta sería una escena clave en el libro que yo estaba escribiendo (The Electric Kool-Aid Acid Test). Llamé sin más a Hunter a California, y él me brindó generosamente no sólo sus recuerdos sino también las grabaciones que había hecho en esa primera famosa alianza de los hippies y las bandas de motociclistas “forajidos”, una saga terrible y extraña en sí misma, que culminó con los Rolling Stones contratando a los Angels como guardias de seguridad para un recital en Altamont, California, y los “guardias de seguridad” matando a golpes a un espectador con tacos de billar.
Como agradecimiento, invité a Hunter a almorzar cuando estuviera en Nueva York. Fue un brillante día de primavera de 1969. Resultó ser uno de esos tipos jóvenes, larguiruchos, altos y huesudos, de ojos alarmantemente iluminados, de esos que, según mi experiencia, son más propensos a las explosiones maníacas que cualquier otro tipo de ser humano. Hunter no conversaba con uno sino que hablaba mediante salvas explosivas de palabras sobre un tema determinado.
Ibamos caminando por la calle 46 Oeste hacia un restaurante, The Brazilian Coffee House, cuando pasamos por un local de náutica. Hunter se detuvo, se zambulló en el local y emergió con una pequeña bolsa de papel madera. Un sexto sentido, probablemente activado por los ojos alarmantes y la elevación y caída de tres centímetros de la nuez en su garganta, me dijo que no preguntara qué había en su interior. En el restaurante lo dejó sobre la mesa mientras comíamos. Finalmente, el tonto que llevo dentro no pudo con la curiosidad y preguntó: “¿Qué hay en la bolsa, Hunter?”
“Tengo algo que podría vaciar este restaurante en 20 segundos”, dijo Hunter. Comenzó a abrir la bolsa. Sus ojos se habían iluminado a 300 watts. “No, no importa”, le dije. “¡Te creo! ¡Mostramelo más tarde!”. De la bolsa sacó algo que parecía un pequeño frasco de espuma de afeitar para viajes, sin tapa, y lo presionó. Entonces sobrevino el sonido más penetrante que había escuchado jamás. No despejó el Brazilian Coffee House. Lo congeló. El lugar quedó tan en silencio que se escuchaba el tic tac del reloj antiguo de la cocina. Los trozos de carne en los tenedores habían quedado suspendidos en el aire. Un mozo que preparaba un cocktailquedó petrificado, sosteniendo la coctelera con ambas manos apenas debajo del mentón. Hunter deslizaba la pequeña lata hacia el interior de la bolsa de papel. Era el aparato de señales de alarma de la Marina, audible a 30 kilómetros en el agua.
La siguiente vez que lo vi fue en junio de 1976, en la Conferencia de Diseño de Aspen, Colorado. Para ese entonces Hunter había comprado una enorme granja cerca de Aspen en la que parecía criar principalmente perros viciosos y armas mortales, tales como su Magnum .357. Alardeaba con ellas a modo de advertencia hacia quienes (presuntamente los Hell’s Angels) le habían estado enviando amenazas de muerte. Lo invité a cenar a un restaurante elegante y a una presentación en Big Tent, donde se llevaba a cabo la conferencia. La mujer que pronto sería mi esposa, Sheila, y yo le hicimos nuestros pedidos a la moza. Hunter pidió dos daiquiris de banana y dos banana splits. Una vez que los terminó, llamó a la moza, giró su dedo índice en el aire y dijo: “De nuevo”. Sin dudarlo un instante se bajó los tercer y cuarto daiquiris de banana y los tercer y cuarto banana splits, y partió con un vaso de Wild Turkey en la mano.
Cuando llegamos a la carpa, los porteros se negaron a dejarlo entrar con el whisky. Comenzó una ruidosa discusión. Yo le murmuré a Hunter: “Dame el vaso, lo paso bajo mi campera y te lo devuelvo adentro”. Pero eso no le interesó en lo más mínimo. Lo que yo no había entendido era que no se trataba de entrar a la carpa o de tomar whisky. Era el grand finale de un evento, un happening destinado a poner las cosas de cabeza. A la larga, todos fuimos expulsados del lugar, y Hunter no podría haber estado más feliz. La cortina bajó. Al menos por esa noche.
Según su visión de las cosas, había cortinas… y cortinas. En el verano de 1988 yo me encontraba en el Festival de Edimburgo, Escocia, cuando un escocés de cabello plateado, agitado pero de todos modos serio y mesurado, se me acercó y me dijo: “Tengo entendido que usted es amigo del escritor norteamericano Hunter Thompson.”
Le dije que sí.
“Por Dios, se suponía que su amigo el Sr. Thompson iba a dar una conferencia en el Festival esta noche, y acabo de recibir una llamada de él diciendo que está en el aeropuerto Kennedy y que se ha encontrado con un viejo amigo. ¿Qué le pasa a este hombre? ¿Se encontró con un viejo amigo? ¡No hay manera de que llegue acá para esta noche!”
“Señor –le dije–, cuando uno compromete a Hunter Thompson para una conferencia, tiene que darse cuenta de que no va a ser realmente una conferencia. Es un evento, y me temo que usted acaba de tener el suyo.”
La vida de Hunter, como su obra, fue un alarido largo y salvaje, para usar la expresión de Whitman, de libertad y parodia –alimentada por las drogas– de todas las convenciones sociales que comenzaron en los ‘60. En esa empresa, Hunter fue algo completamente nuevo, algo único en nuestra historia literaria. Cuando incluí un fragmento de The Hell’s Angels en una antología de 1973 llamada El Nuevo Periodismo, él me dijo que no formaba parte de ningún grupo. Que él escribía a lo “gonzo”. Que era sui géneris. Y eso es lo que era.
Sin embargo, también fue parte de una tradición centenaria de las letras norteamericanas: la tradición de Mark Twain, Artemus Ward y Petroleum V. Nasby, escritores cómicos que le agregaron a la comedia humana un nuevo capítulo en la historia de Occidente, en particular, en la historia norteamericana, y escribieron de un modo que era parte periodismo y parte memorias personales, combinadas con los poderes de una invención salvaje y una retórica aún más salvaje inspirada por la bizarra exuberancia de una civilización joven. Ninguna categorización abarca esta nueva forma, excepto la palabra inventada por el propio Hunter Thompson: gonzo. Siendo así, Mark Twain fue el rey de todos los escritores gonzo en el siglo XIX.En el XX fue Hunter Thompson, a quien yo nominaría como el mayor escritor cómico en lengua inglesa del siglo XX.
Reflexiones espeluznantes sobre la nafta, la locura y la música
 Hunter S. Thompson
Pida nuestro señor a tus siervos, que estén delante de ti, que te busquen a alguno que sepa tocar el arpa; para que cuando el Espíritu malo de parte de Dios venga sobre ti, él toque con su mano, y te sientas bien.
-Primer libro de Samuel 16/16
Es domingo por la mañana y estoy escribiendo una carta de amor. Del otro lado de la ventana de la cocina el cielo brilla y los planetas chocan unos contra otros. Siento la cabeza hirviente y estoy un poco inquieto. Mi cerebro empieza a comportarse como un V-8 con los cables cruzados. Las cosas ya no son lo que parecen ser. Mis teléfonos están embrujados y oigo animales que me susurran desde lugares que no llego a ver.
Anoche, un inmenso gato negro trató de atacarme en la piscina y después, súbitamente, desapareció. Me di vuelta y entreví tres hombres con chaquetas verdes que me observaban desde detrás de una alejada puerta. Uy -pensé-, algo extraño está ocurriendo en este lugar. Húndete bien en el agua en el centro de la piscina.
Manténte alejado de los bordes. No te dejes sorprender por la espalda. Debes estar alerta. El trabajo del Diablo nunca se revela por completo hasta después de medianoche.
Fue en ese preciso instante cuando empecé a pensar en mi carta de amor. La claraboya del techo, arriba de la alberca, estaba empacada plantas extrañas se movían en la espesa y total oscuridad. Desde un lado de la piscina era imposible llegar a ver la otra punta. Traté de permanecer quieto y esperar que el agua dejara de moverse. Por un instante me pareció oír que otra persona se metía en la piscina, pero no podía asegurarlo. Una oleada de terror hizo que me deslizara más hondo en el líquido y que adoptara una posición de karate. Sólo hay dos o tres cosas en el mundo más terroríficas que darse cuenta, de repente, de que uno está desnudo y solo, y que algo inmenso y detrás de aquella puerta, y que otra cosa se estaba deslizando hacia mí en la oscuridad, mi suerte estaba echada.
¿Solo? No, no estaba solo. Comprendí que no era así. Había visto a tres hombres y un gato negro, inmenso y en ese momento creí distinguir la silueta de otra persona que se acercaba. Estaba a una mayor profundidad que yo, pero podía ver claramente que se trataba de una mujer. Por supuesto, pensé. Debe ser mi amorcito, deslizándose furtivamente por la piscina para darme una linda sorpresa. Sí señor, típico de esta putita retorcida. Es una romántica sin arreglo y conoce muy bien esta pileta. En una época nadábamos aquí todas las noches y jugábamos en el agua como nutrias.
Old blue eye. Ilustración de Ralph Steadman ¡Dios mío! -pensé-. ¡Qué idiota paranoico! ¡Debo de haber estado volviéndome loco!
Una oleada de amor atravesó mi cuerpo mientras me enderezaba y me dirigía rápidamente, hacia ella para abrazarla. Ya podía sentir su cuerpo desnudo entre mis brazos… Sí, el amor lo puede todo, pensé. Pero no por mucho tiempo. No. Tuve que estar uno o dos minutos chapoteando en el agua para darme cuenta de que, de hecho, estaba completamente solo en la piscina. Ella no estaba allí; tampoco aquellos monstruos en la esquina. Y no había ningún gato. Era un tonto fácil de engañar. Se me estaba agarrotando el cerebro y me sentía tan débil que apenas pude salir del agua. A la mierda -pensé-, no puedo seguir en este lugar. Está destruyendo mi vida con sus rarezas. Véte y no vuelvas nunca. Se burló de mi amor e hizo pedazos mi sentido del romanticismo. En cualquier clase universitaria, esta terrible experiencia me haría acreedor a una nominación como “idiota del año”.
Mientras hacía el camino de vuelta, comenzó a amanecer. Al pasar por el cementerio reduje la velocidad y, como hago siempre, arrojé una moneda por sobre la cerca. No había cornetas chocando entre sí, ni huellas en la r nieve, excepto las mías, y ningún so, nido en quince kilómetros a la redonda, excepto la voz de Lyle Lovett en la radio y el aullido de algunos coyotes. Seguí manejando con las rodillas mientras encendía una pipa de vidrio llena de hachís.
Cuando llegué a casa cargué mi Smith and Wesson 45 automática y lancé algunos disparos contra un barril de cerveza que había en el patio. Después volví al interior y empecé a garrapatear febrilmente en un anotador… !Y qué! -me dije-. Todo el mundo escribe cartas de amor los domingos por la mañana. Es una forma natural de adoración, un arte excelso. Y hay algunos días en que me salen muy bien. Hoy, sentía, era sin duda uno de esos días. Claro que sí. Empieza ahora mismo. Entonces sonó el teléfono. Levanté el tubo, pero del otro lado no había nadie. Me recosté contra la chimenea y me puse a sollozar. Entonces sonó nuevamente. Levanté el tubo, pero de nuevo no había voz alguna. ¡Por Dios! -pensé- alguien me está queriendo joder la vida…
Necesitaba música, necesitaba un poco de ritmo. Estaba decidido a conservar la calma, así que subí el volumen al máximo y puse “Spirit in the Sky”, de Norman Greenbaum. La pasé una y otra vez durante las siguientes tres o cuatro horas mientras le daba forma a mi carta. El corazón me latía a toda velocidad y la música hacía chillar a los pavos reales. Era domingo, y yo estaba rezando a mi manera. Nadie necesita estar fuera de sí en el Día del Señor.
Mi abuela nunca estaba fuera de sí cuando íbamos a visitarla los domingos. Tenía listas las galletitas y el té y siempre estaba sonriendo. Esto ocurría en el lado oeste de Louisville, cerca de las esclusas del río Ohio. Recuerdo una estrecha entrada de cemento y, en el garaje, detrás de la casa, un inmenso auto gris. La entrada tenía dos franjas de cemento y entre una y otra crecían manojos de hierba. A través de las ramas de rosales silvestres, el camino llevaba hasta lo que parecía ser un depósito abandonado. Lo cual era cierto. Estaba abandonado. Nadie entraba en ese lugar, y no había nadie para manejar ese inmenso auto gris. No se movía nunca de ahí. En el pasto no había ningún tipo de huella.
Según recuerdo, era un sedán LaSalle, una bestia con un potente motor de ocho cilindros y una palanca de cambios de piso, tal vez un modelo de 1939. Nunca logramos ponerlo en marcha porque la batería estaba muerta; además, casi no tenía gasolina. Estábamos en guerra. Para comprar dos litros y medio de nafta había que tener cupones especiales, que estaban fuertemente racionados. La gente los codiciaba y los atesoraba; pero nadie se quejaba, estábamos peleando contra los nazis y nuestros tanques necesitaban toda la gasolina posible para cuando llegaran a las playas de Normandía.
Ahora, al mirar retrospectivamente, veo con claridad por qué razón íbamos hasta ese barrio a visitar a mi abuela en el Día del Señor: era para birlarle los cupones de nafta del LaSalle. Era una señora entrada en años no necesitaba la nafta en absoluto. Pero su auto seguía en los registros y todavía recibía cada mes sus cupones. Por eso íbamos los domingos hasta su casa.
Y que hay! Yo haria lo mismo si mi madre tuviera gasolina y yo no. Todos haríamos lo mismo. Es la ley de la oferta y la demanda… y éste es, después de todo, el último y caótico año del siglo norteamericano y la gente se empieza a poner nerviosa. Los que almacenan mercancías están saliendo del ropero, murmurando cosas crípticas sobre Y2K y comprando carradas de estofado de carne marca Dinty Moore. Los higos secos tienen mucho éxito, así como el arroz y el jamón enlatado. Yo, personalmente, estoy atesorando balas, miles de ellas. Las balas siempre van a tener valor, especialmente cuando la casa se quede sin luz y el teléfono ya no tenga tono y a los vecinos empiece a faltarles la comida. Ese es el momento en que uno va a descubrir quiénes son sus amigos de verdad. Hasta los familiares cercanos se nos van a tirar encima. Después del año 2000, los únicos con los que será bueno tener amistad serán los muertos.
En una epoca tenia un gran respeto por William Burroughs, porque en mis tiempos había sido el primer hombre blanco en atosigarse con marihuana. William era el hombre. Fue víctima de un allanamiento ilegal en su casa, en el 509 de Wagner Street, en Vieja Argelia, un suburbio barato que había del otro lado del río en Nueva Orleáns. Se había instalado ahí por un tiempo para practicar tiro y fumar marihuana. William no estaba embromando. Se tomaba todo muy en serio. Cuando cambiaron la ley, William estaba ahí, esperando con un revólver. ¡Pum! ¡Boom! Todos para atrás. Yo soy la ley. Fue mi héroe mucho tiempo antes de haber oído hablar de él.
Pero no fue el primer hombre blanco de mi época en engancharse con la marihuana. Ese fue Robert Mitchum, el actor, que tres meses antes, el 31 de agosto de 1948, frente a la puerta de una casa perdida en la playa de Malibú, había sido arrestado por posesión de marihuana y bajo sospecha de haber corrompido a una adolescente. Recuerdo las fotos: Mitchum vestido con una camiseta, gruñéndole a los policías; el mar rugiendo alrededor y las palmeras moviéndose al viento. Sí señor, ése era mi hombre. Entre Mitchum, Burroughs, James Dean y Jack Kerouac, antes de los 20 años, me metí en una carrera sin camino de retorno. Comprar el pasaje, empezar el viaje. Así que bienvenidos a la ruta del trueno, amiguitos. Era uno de esos rollos que me atraparon cuando era demasiado joven como para resistir. Me convencieron de que el mejor modo de conducir era hacerlo a toda velocidad y en un auto repleto de whisky y, para bien o para mal, desde entonces manejo de esa manera.
La chica que estaba en las fotos con Mitchum parecía tener 15 años y también tenía puesta una camiseta, con un elegante y diminuto pezón saliéndosele por un costado. Los policías trataban de cubrirle el pecho con un abrigo mientras se dirigían apurados hacia la puerta. Mitchum también recibió cargos por sodomía y por contribuir a la delincuencia de una menor. En aquellos años, yo tenía también mis propios problemas con la policía. En quinto año fui oficialmente arrestado por el FBI por haber tirado un buzón delante de un ómnibus. Poco después de eso frecuenté, como detenido, distintas celdas del sur de los Estados Unidos por alcoholismo, robo y conducta violenta. La gente decía que era un criminal y la mitad de las veces tenía razón. Era un delincuente juvenil hastiado de todo y tenía un montón de amigos. Nos dedicábamos a robar autos, tomábamos gin y a la noche manejábamos a toda velocidad por ciudades como Nashville, Atlanta y Chicago.
Hunter in Straight Jacket. Ilustración de Ralph Steadman
En ese tipo de noches necesitábamos música y por lo general la encontrábamos en la radio, en estaciones de So mil vatios que se oían con claridad, como la WWL, de Nueva Orleáns, o la WLAC, de Nashville. Supongo que fue entonces cuando todo empezó a andar mal: escuchando la WLAC y manejando toda la noche a través de Tennessee en un coche robado que no sería denuncíado en los tres días siguientes. Fue de esa manera como descubrí a Howlin’ Wolf. No lo conocíamos, pero nos gustaba y sabíamos de qué hablaba. “l Smell Like a Rat” es un gran monumento del rock & roll al axioma que dice: “No hay nada como la paranoia”. Wolf podía tocar cosas fuertes, pero tenía también un lado melancólico. Podía desgarrarte el corazón como la peor clase de cabaretera. Si, como se dice, la historia juzga a los hombres en función de sus héroes, que mi expediente muestre a Howlin’ Wolf como uno de los míos. Era un monstruo.
La música siempre fue, para mí, una cuestión de energía, una cuestión de combustible. La gente sentimental llama a eso Inspiración, pero lo que quieren decir en realidad es Combustible. Yo siempre necesité Combustible. Soy un consumidor nato. Todavía creo, en ciertas noches, que un auto con la aguja de la nafta en cero puede seguir andando ochenta kilómetros más si en la radio uno tiene puesta a todo volumen la música correcta.
Un Cadillac de ocho cilindros va a andar quince o veinte kilómetros más rápido si uno le da una dosis completa de “Carmelita”. Esto ya fue probado muchas veces. Es por eso que a medianoche, en la Ruta 66, se ven tantos Cadillacs parados delante de las estaciones de servicio. Son rufianes de la velocidad y están cargando algo más que gasolina.
Lono’s fighting chair. Ilustración de Ralph SteadmanSi uno se queda observando un rato uno de estos lugares descubrirá un patrón de conducta: un auto veloz e inmenso se detiene delante de la puerta y de él baja una chica de aspecto salvaje, completamente desnuda excepto por un tapado de piel o una parka de esquí, y se mete en el lugar con un fajo de billetes, loca por comprar un poco de música que le asegure manejar a toda velocidad. Sucede una y otra vez, y tarde o temprano uno termina enganchado, se vuelve adicto. Cada vez que oigo “White Rabbit” me siento de nuevo en las grasientas calles de San Francisco, a medianoche, buscando música. Estoy montado en una veloz moto roja yendo colina abajo hacia el Presidio, inclinándome desesperadamente en las curvas, en medio de los eucaliptos, tratando de llegar a tiempo a Matrix para escuchar a Grace Slick tocando la flauta.
No había música envasada en aquellos tiempos, ni auriculares, ni walkmen. Ni siquiera parabrisas de vidrio plástico para evitar la lluvia. Pero igualmente podía escuchar la música cuando estaba a diez kilómetros de distancia. Una vez que uno oyó la música bien, puede guardarla en la cabeza y llevarla a cualquier parte, para siempre.
Si señor. Eso es lo que se y esta es mi canción. Es domingo y estoy imponiéndome nuevas reglas. Abriré mi corazón a los espíritus y prestaré más atención a los animales. Voy a llevar conmigo un poco de música de arpa y manejar hasta la estación Texaco, donde puedo comprar algunos tacos de cerdo y leer The New York Times. Después, voy a cruzar la calle hasta el correo y meter mi carta en el buzón. Res Ipsa Loquitor.
Los ángeles del infierno
Hunter S. Thompson
Durante el último fin de semana, el del Día del Trabajo, diarios de toda California publicaron reportajes en primera página sobre una infame violación cometida por pandillas en las dunas de arena situadas cerca de la ciudad de Seaside, en la Península de Monterrey. Dos muchachas -de catorce y quince años- fueron supuestamente raptadas por una banda de sucios, enloquecidos y borrachos matones motociclistas llamada Hell’s Angels (Ángeles del Infierno) que las plagiaron y abusaron repetidamente de ellas.
Un policía relataba: “Llegué a la playa y vi una fogata rodeada por ciclistas de ambos sexos. Entonces, dos muchachas, casi histéricas y sollozando, salieron de la oscuridad y pidieron ayuda. Una estaba completamente desnuda y la otra sólo vestía un sweater raído”.
Por ese entonces, unos 300 miembros de Hell’s Angels se encontraban reunidos en el área de Seaside, con el propósito, dijeron, de recolectar fondos para enviarle el cadáver de un ex camarada, muerto en un accidente, a su madre en Carolina del Norte. Uno de los Angels le dijo a un reportero: “Escogimos Monterrey porque aquí nos tratan bien; en muchas otras partes nos echan del pueblo”.
El tipo habló demasiado pronto. Apenas un día más tarde, los Angels ya no se encontraban en la península, sino que con cuatro de sus miembros en la cárcel acusados de violación, mientras que el resto de la tropa era escoltado a los límites del condado por un grueso contingente de policías. Varios de ellos fueron entrevistados: “Los cargos de violación en contra de nuestros muchachos son falsos y no llegarán a nada”, dijeron.
Eso resultó ser cierto, pero eso es otra historia y ciertamente no da para titulares. La diferencia entre los Hell’s Angels retratados en los periódicos y los Hell’s Angels en la realidad es suficiente como para que uno se pregunte para qué está la prensa. También hace surgir la pregunta de quiénes son los verdaderos Hell’s Angels.
Desde la II Guerra Mundial, California ha estado extrañamente plagada de violentos hombres en motocicletas. Usualmente, viajan en grupos de diez a treinta, retumbando por las carreteras y parando para emborracharse y armar alboroto. En 1947, cientos de ellos destruyeron todo a su paso en Hollyster, distante a una hora de San Francisco, y obtuvieron suficiente prensa como para inspirar una película llamada El Salvaje, con Marlon Brando como protagonista.
El clima de California es también perfecto para las motocicletas. Muchos de los motociclistas son inofensivos cultores de fin de semana, miembros de la Asociación Americana de Motocicletas, y no más peligrosos que los esquiadores o los aficionados al buceo. Pero algunos pertenecen a lo que los otros llaman los “clubes de forajidos”. Y son estos últimos los que -especialmente los fines de semana y los feriados- pueden aparecer en cualquier lugar del estado en busca de acción.
Cuando se entra en una discusión con esos grupos de forajidos, las posibilidades de salvar ileso se pueden contar, generalmente, con una mano. “Le rompí la cara”, me dijo uno de los motociclistas, refiriéndose a un hombre al que no había visto nunca antes hasta que comenzó la pelea. “Se puso listo. Me llamó inservible. Debió haber sido un estúpido”, agregó.
El más notorio de estos grupos de forajidos son los Hell’s Angels, quienes supuestamente tienen sus cuarteles en San Bernardino, justo al este de Los Angeles. Además cuentan con filiales por todo el estado. Como resultado del caso de la violación, el fiscal general de California emitió un informe sobre el grupo. De acuerdo al documento, éstos pueden ser fácilmente identificados: “El emblema de los Hell’s Angels consiste en un parche bordado de una calavera alada que porta un casco de motociclista. Justo debajo del ala del emblema se ven las letras MC. Sobre éstas se halla una franja que lleva las palabras “Hell’s Angels”. Estos parches están cosidos en la espalda de, usualmente, una chaqueta de jeans sin mangas. Adicionalmente, y sólo como decoración, algunos miembros portan insignias de la Luftwaffe y reproducciones de la Cruz de Hierro alemana. Muchos tienen barba y su cabello es largo y despeinado. Algunos llevan un aro en la oreja y llevan cinturones metálicos hechos de pulidas cadenas de motos, los cuales pueden ser usados como una cachiporra flexible… Probablemente, el denominador común para identificarlos es su sucio aspecto. Las huellas digitales son un medio efectivo de identificación porque un alto porcentaje de los Hell’s Angels tiene registros criminales. Además de los parches en la espalda de las chaquetas de los Hell’s Angels, otra insignia usada lleva el número “13”, en honor a la letra “M”, la décimotercera del alfabeto, e indica que el portador fuma marihuana.
El informe del fiscal general es colorido, interesante, fuertemente prejuiciado y consistentemente alarmante: justo el tipo de documentos que motiva a hacer un resonante artículo en una revista noticiosa nacional. Y así sucedió. Newsweek publicó un gancho a la izquierda titulado “Los salvajes”; Time lo hizo a la derecha e inevitablemente tituló “Más que salvajes”. Los Hell’s Angels, blasfemando por las implicancias de este nuevo ataque, se retiraron al bar del Hotel De Pau, cerca de la costa de San Francisco, y planificaron una fiesta playera de fin de semana. Les mostré los artículos. Por lo normal, los Hell’s Angels no leen las revistas de noticias. “Me volvería loco si leyera estas cosas todo el tiempo”, dijo uno de ellos. “Es pura mierda”, acotó.
Newsweek fue relativamente cautelosa. Traía citas coloridas y breves, además de “evidencia” cuidadosamente atribuida al informe oficial, pero irresponsablemente decía que el reporte acusaba a los Hell’s Angels de homosexualismo, cuando lo cierto es que éste decía justo lo contrario. Time se lanzaba al combate con una racha de sangre, alcohol y palabrería manchada de semen: “Estupores inducidos por drogas… ningún acto es demasiado degradante… intercambiar chicas, drogas y motocicletas con igual dejadez… robar y saqueos”.
¿Dónde deja todo esto a los Hell’s Angels y a los miles de estremecidos californianos que (de acuerdo a Time) están enfermos de preocupación por ellos? ¿Serán realmente estos forajidos atrapados y enrielados, como lo han propuesto las revistas noticiosas? ¿Podrán los honestos volver a caminar en paz por las calles? La respuesta es que nada ha cambiado, con la excepción de que algunas personas que se hacen llamar los Hell’s Angels tienen un nuevo sentido de identidad e importancia.
Después de dos semanas de inmiscuirme en el fenómeno de los Hell’s Angels, estoy convencido de que el resultado del aullido general ha sido oscurecer y evitar los verdaderos problemas, invocando una conspiración salvaje de fantasmas, llevando al público a creer que todo “será como siempre”, una vez que esta temible serpiente sea eliminada, como seguramente lo será, por los duros esbirros del establishment.
Mientras tanto, de acuerdo a las cifras de la fiscalía general, el verdadero cuadro del crimen en California hace que los Hell’s Angels se vean como una pandilla de insignificantes aficionados. Las cifras generales de California de 1963 anotan 1.116 homicidios, 12.448 asaltos graves, 6.257 ofensas sexuales y 24.532 robos con allanamiento de morada. En 1962, el estado registró 4.121 muertes por accidentes de tránsito, superando a las 3.839 de 1961. Las cifras de arrestos por drogas para 1964 mostraron un aumento del 101% respecto de 1963. En un reportaje de última página, publicado por el San Francisco Examiner, se decía que “la tasa de enfermedades venéreas, entre los adolescentes de la ciudad se ha más que duplicado en los últimos cuatro años”. Aun considerando el crecimiento anual de la población, los arrestos juveniles en todas las categorías están creciendo a un ritmo de 10% cada año.
Frente a este panorama, ¿haría alguna diferencia para la seguridad y paz mental del californiano promedio si todos los motociclistas forajidos (901 en total, de acuerdo al estado) fuesen apresados en un plazo de 24 horas?
“Para el mundo somos bastardos y para nosotros ellos lo son”, le dijo uno de los Hell’s Angels a un reportero. “Cuando uno entra a un lugar y la gente puede verte, uno desea verse lo más repugnante y repulsivo que se pueda. Somos unos completos parias y marginales, en contra de la sociedad”.
Mucho de esto es mera pose, pero la mayoría de los motociclistas forajidos son hombres sin educación y sin oficio, de entre 20 y 30 años, y muchos no tienen más credenciales que un registro policial. Entonces, en la raíz de su triste postura hay bastante más que una nostálgica búsqueda de aceptación en un mundo que nunca fue hecho para ellos: están fuera del juego y lo saben. Y precisamente ése es su significado. A diferencia de muchos perdedores en la sociedad actual, los Hell’s Angels no sólo saben sino que proclaman sin despecho y exactamente dónde se encuentran parados.
Recientemente fui a uno de sus encuentros. Los Hell’s Angels, que desafían la maquinaria del mundo, se han agrupado con una especie de lealtad inconsciente y se han movido fuera de las estructuras, para bien o para mal. No hay nada particularmente romántico o admirable en ello: es sólo la manera en que son las cosas, fortaleza en la unidad. No les importa decir que conducir rápido y de forma ruidosa en sus Harley 74 les da el poder y el propósito que nada más parece ofrecerles.
Más allá de ello, su postura de forajidos autoproclamados evoca cierto atractivo popular, aunque de mala gana. El inarticulado lazo entre los Hell’s Angels y los millones de perdedores y marginales que no visten “colores” es la clave de su notoriedad y de las reacciones ambivalentes que inspiran. Existen otras claves, las cuales tienen que ver con políticos, policías y periodistas, pero para este artículo tenemos que volver a Monterrey y a la violación del Día del Trabajo.
El senador estatal Fred S. Farr no es para nada amigo de los vagos de todo tipo, especialmente de los pandilleros violadores que invaden su distrito. Él demandó una investigación inmediata sobre los Hell’s Angels y otros de su tipo -Comancheros, Stray Satans (Satanes Extraviados), Iron Horsemen (Jinetes de Hierro), Rattlers (Serpientes de Cascabel), y los Booze Fighters (Combatientes del Licor)- cuya carencia de estatus les provocó ser tildados como “de mala fama”. En el mundo de las grandes motos, las largas corridas y rugidos sancionados por el estado hicieron grandes a los Hell’s Angels.
El fiscal general se movió rápido para montar una investigación sobre estos tipos. Envió cuestionarios a más de 100 alguaciles, fiscales de distrito y jefes policiales, pidiéndoles información sobre los Hell’s Angels y esos otros “de mala fama”, y pedía sugerencias sobre cómo la ley debía tratarlos.
Seis meses pasaron antes de que las respuestas estuvieran condensadas en el informe de 15 páginas que provocó nuevo alboroto público y titulares rimbombantes (los Angels también tuvieron su copia, uno de ellos se robó la mía). Como documento histórico, se leía como una sinopsis de una pesadilla, pero en materia de soluciones era vago: el estado centralizaría la información sobre estos matones, aplicaría una persecución más vigorosa, los pondría a todos bajo vigilancia cuando fuera posible, etc…
Un lector atento tendría la impresión de que aun cuando los Hell’s Angels hubiesen actuado bajo este guión -se los consideraba autores de dieciocho crímenes, además de estar implicados en otros doce- es muy poco lo que podría hacerse con ellos.
En el documento figuraban muchas acciones desquiciadas, destrucciones sin sentido, orgías, alborotos, perversiones y un extraño desfile de “víctimas inocentes” que era suficiente para poner a prueba la credulidad de los reporteros policiales más torpes. Cualquier acopio proveniente de los cuadernos policiales y partes del reporte del fiscal general son realmente humorísticos, aunque sólo por el lenguaje. De muestra una cita: “El 4 de noviembre de 1961, un residente de San Francisco que conducía a través de Rodeo, posiblemente bajo la influencia del alcohol, chocó con una motocicleta, perteneciente a los Hell’s Angels y que estaba estacionada en las afueras de un bar. Un grupo de Angels persiguió al vehículo, sacó al conductor del auto e intentaron destrozar el costoso auto. El encargado del bar aseguró que no vio nada, pero una mesera confeccionó el retrato de los atacantes. Al día siguiente, se les reportó a los oficiales que un miembro de la banda de los Hell’s Angels había amenazado de muerte a la mesera, así como también a otra compañera de trabajo. Un testigo identificó sin dudas a cinco participantes en el asalto incluyendo al presidente de los Hell’s Angels de Vallejo y al de las “Ratas de la Carretera” de ese mismo lugar. El hombre, eso sí, les dijo a los oficiales que debido a su temor de ser castigado por los motociclistas se negaría a testificar los hechos que previamente había contado”.
Se trata de un ejemplo representativo de la sección del informe titulada “Actividades de los maleantes”. Primero, ello ocurrió en un pueblo pequeño -Rodeo está en la bahía de San Pablo, justo al norte de Oakland- donde los Angels pararon en el bar sin causar problemas hasta que consideraron que alguien los había ofendido. En este caso, un conductor, el cual incluso la policía admite que estaba “posiblemente” ebrio, chocó una de sus motocicletas. El mismo tipo de accidente ocurre todos los días en toda la nación, pero nuevamente cuando involucra a motociclistas forajidos se convierte en otra cosa. En vez de arreglar el asunto con un intercambio de información sobre los seguros o, en el peor de los casos, con una discusión y unas cuantas bofetadas, los Hell’s Angels golpean al conductor e “intentan demoler el vehículo”. Le pregunté a uno de ellos si la policía había exagerado este aspecto, y me dijo que no, que habían hecho lo natural: romper las luces delanteras, patear las puertas, quebrar los vidrios y sacar varias piezas del motor.
De todos sus hábitos y gustos que la sociedad encuentra alarmantes, esta exacerbación modernizada del viejo refrán del “ojo por ojo” es lo que más asusta a la gente. Los Hell’s Angels no tratan de hacer nada a medias, y cualquiera que se maneje en los extremos inevitablemente -quiéralo o no- causará problemas. Esto, además de creer que la máxima del grupo -tomar represalias por cualquier ofensa o insulto que los afecte- es lo que hace que los Hell’s Angels sean inmanejables para la policía y morbosamente fascinantes para el público en general. Su aseveración de que “no inician líos” es probablemente cierta más a menudo que lo que se piensa, pero su idea de “provocación” es peligrosamente amplia, y su mayor problema es que nadie parece entenderlo. Aún tratando con ellos personalmente, en los términos más amistosos, uno puede sentir su impulsiva sed por vengarse.
Esto es lo que ve el público, algo muy distinto a cómo se miran ellos mismos. En sus juntas, su conversación es totalmente franca y abierta. Hablan entre sí y sobre cada uno de ellos con una honestidad que mucha gente civilizada no soportaría. En el encuentro en el que estuve presente (y antes de que se dieran cuenta de que soy periodista) uno de los Angels era públicamente evaluado: algunos miembros lo querían fueran del club y otros querían que se mantuviera. Parecía una clínica de terapia grupal en progreso. No era exactamente con lo que esperaba encontrarme cuando, justo antes de la medianoche, entré en el bar del De Pau, en uno de los vecindarios más desolados de San Francisco, cerca de Hunters Point. En el momento que abandoné su compañía -a las 6:30 de la mañana, luego de una borrachera con ellos en mi departamento- muchas eran las cosas que me habían impresionado, pero nada en ellos era más consistente que su lealtad grupal. Se trata de una cualidad admirable, pero es también una de las cosas que los mete en problemas: un compañero Angel siempre tiene la razón cuando trata con extraños. Y esta suerte de razonamiento hace que un grupo de “ofendidos” Hell’s Angels sea casi imposible de manejar.
Otro incidente del reporte del fiscal general dice: “El 19 de septiembre de 1964, un numeroso grupo de Hell’s Angels y de Satan’s Slaves convergió en un bar en South Gate, en Los Angeles, estacionaron sus motocicletas y autos en la calle de tal manera que bloqueaban la mitad de las pistas. Les dijeron a los policías que tres Angels habían sido recientemente echados del bar, por lo que ahora habían regresado para derribarlo. Cuando los vio llegar, el dueño del bar cerró las puertas con llave y apagó las luces. No había posibilidad de entrar, pero el grupo demolió una cerca de cemento. Al llegar la policía, miembros del club estaban sentados en la acera y en la calle. Se les pidió abandonar el pueblo, cosa que hicieron a regañadientes. Se fueron, pero gritando que volverían y echarían abajo el bar”.
Una vez más, la ética de la venganza total. Si se te echa de un bar, el resto vuelve y destruye el edificio. Incidentes similares, junto a un número de vagas acusaciones de violación, conforman el grueso del reporte. Dieciocho incidentes en cuatro años, y ninguno, con excepción de los cargos de violación, es más serio que otros casos de asaltos comunes a ciudadanos comunes cometidos por delincuentes comunes. No pude encontrar ningún caso de ataques a víctimas que fueran completamente inocentes. Existen unos pocos en los cuales las víctimas de ataques físicos parecían ser inocentes, según los informes policiales y de la prensa, pero que después se rehusaban a testificar por miedo a sufrir “venganza”.
El informe asevera que los Hell’s Angels son difíciles de enjuiciar y condenar, porque tienen el hábito de amenazar e intimidar a los testigos. Hasta cierto punto, ello es probablemente cierto, pero en muchos casos las víctimas se negaron a dar su testimonio porque estaban comprometidas en dudosas actividades al momento del ataque.
Hay un incidente más. Una “violación” en Clovis, cerca de Fresno en el Valle Central. En este último, una viuda de 36 años y madre de cinco niños aseguró habar sido sacada bruscamente de un bar, en donde tomaba una cerveza con otra mujer, para luego ser llevada a una cabaña abandonada detrás del recinto. Allí dice haber sido violada varias veces durante dos horas y media por 20 Hell’s Angels, quienes además le robaron 150 dólares. Así es como apareció la historia al día siguiente en los diarios de San Francisco, y se mantuvo durante unos días más gracias a las acusaciones de la mujer respecto de que estaba recibiendo amenazas telefónicas si es que testificaba en contra de sus asaltantes.
Cuatro días después del crimen, la víctima fue arrestada por cargos de “perversión sexual”. La verdadera historia emergió, según la policía, cuando la mujer fue careada con testigos. “Nuestra investigación muestra que no fue violada”. Según el reporte, “ella participó en actos depravados en la taberna con al menos otros tres Hell’s Angels antes de que los dueños les ordenaran dejar el lugar. Fue ella quien los incitó y luego los condujo a la parte trasera… No le robaron, de acuerdo a lo que dijo una mujer que la acompañó, ya que había salido de su casa temprano en la tarde con apenas cinco dólares”. Este incidente no apareció en el informe del fiscal general.
Pero es imposible no mencionar la “violación de pandillas” en Monterrey, puesto que fue el motivo para que todo el problema se hiciera oficial. En la primera página del informe se decía que el caso fue abandonado porque “… posteriores investigaciones levantaron dudas acerca de si hubo efectivamente una violación forzosa o sobre la validez de las identificaciones hechas por las víctimas”. Los cargos fueron sobreseídos el 25 de septiembre, con la concurrencia del gran jurado. El segundo fiscal de distrito dijo que “un doctor examinó a las muchachas y no encontró evidencia” para apoyar las acusaciones. “Además de ello, una de las muchachas rehusó testificar”, explicó, “y la otra fue sometida a un prueba en el detector de mentiras y se vio que no era confiable”.
Esto era lo que los Hell’s Angels habían afirmado todo el tiempo. Y ésta es su versión de lo que ocurrió, de acuerdo a cómo fue contado por varios de los que estuvieron presentes: “Una de las chicas era blanca y estaba embarazada, la otra era de color, y estaban acompañadas de cinco sementales negros. Estuvieron el sábado por la noche en el bar Nick’s Place durante unas tres horas, bebiendo y conversando con nuestros motociclistas, y después todos ellos se vinieron a la playa con nosotros. Estaban parados alrededor del fuego, bebiendo vino, y algunos de los chicos conversaban con ellas, hasta que uno les preguntó si querían ‘encenderse’ -tú sabes, si querían fumar algo de hierba-. Ellas dijeron que sí, y se fueron caminando hacia las dunas con algunos de los chicos. La negra se fue con algunos de los muchachos y luego quiso irse, pero la embarazada estaba ansiosa y se lanzaba a los brazos de algunos chicos, pero luego también se calmó. En ese momento, uno de sus amigos se asustó y fue a buscar a los policías. Y eso es todo lo que pasó”.
Pero no todo. Después de lo ocurrido, vinieron el senador Farr, unos cien policías, docenas de notas en los diarios, artículos en las revistas noticiosas nacionales e incluso este artículo, que es un resultado directo de la “violación de pandillas” de Monterrey.
Cuando se dio a conocer el informe, la prensa local -principalmente el San Francisco Chronicle, el cual previamente había hecho una larga y objetiva serie sobre los Hell’s Angels- se anotó un punto al decir que los cargos de Monterrey habían sido abandonados por falta de evidencia.
Newsweek tuvo cuidado en no mencionar para nada a Monterrey, pero el New York Times se refirió sobre este caso como la “supuesta violación de pandillas”, lo cual, en todo caso, no deja espacio a la duda en la mente del lector de que algo salvaje ocurrió.
Faltaba que Time ignorara descaradamente el hecho de que los cargos de violación en Monterrey habían sido sobreseídos. Su artículo se inclinó a las secciones más conocidas del informe, e ignoró el resto. Por ejemplo, se leía que el rito de iniciación de los Hell’s Angels “demanda que todo miembro nuevo traiga una mujer o muchacha (llamada una ‘oveja’) que esté dispuesta a tener relaciones sexuales con cada uno de los miembros del club”.
Eso es falso, aunque como lo explica un Angel, “de vez en cuando uno tiene una mujer a la que le gusta ‘cubrir’ al lote y, bueno, yo no soy un mojigato. A la gente no le gusta pensar que a las mujeres les puede gustar algo así, pero a muchas sí les fascina”.
Conversábamos en torno a la mesa de pool acerca de cómo la racha de publicidad había afectado las actividades de los Angels. Trataba de explicarles que la mayor parte de la prensa de este país tiene intereses demasiado fuertes en el statu quo, por lo que no se puede permitir hacer investigaciones honestas, por miedo a lo que se puede encontrar.
“Oh, no sé”, me dijo un Angel. “Por supuesto que no me gusta leer toda esa mierda. Pero desde que somos famosos nos han buscado más maricas ricos y mujeres hambrientas de sexo que nunca antes. Estos días hemos tenido más acción que nunca”.
Paris Review – Interviews
The Art of Journalism No. 1, Hunter S. Thompson
Interviewed by Douglas Brinkley, Terry McDonell
 In an October 1957 letter to a friend who had recommended he read Ayn Rand’s The Fountainhead, Hunter S. Thompson wrote, “Although I don’t feel that it’s at all necessary to tell you how I feel about the principle of individuality, I know that I’m going to have to spend the rest of my life expressing it one way or another, and I think that I’ll accomplish more by expressing it on the keys of a typewriter than by letting it express itself in sudden outbursts of frustrated violence. . . .”
Thompson carved out his niche early. He was born in 1937, in Louisville, Kentucky, where his fiction and poetry earned him induction into the local Athenaeum Literary Association while he was still in high school. Thompson continued his literary pursuits in the United States Air Force, writing a weekly sports column for the base newspaper. After two years of service, Thompson endured a series of newspaper jobs—all of which ended badly—before he took to freelancing from Puerto Rico and South America for a variety of publications. The vocation quickly developed into a compulsion.
Thompson completed The Rum Diary, his only novel to date, before he turned twenty-five; bought by Ballantine Books, it finally was published—to glowing reviews—in 1998. In 1967, Thompson published his first nonfiction book, Hell’s Angels, a harsh and incisive firsthand investigation into the infamous motorcycle gang then making the heartland of America nervous.
Fear and Loathing in Las Vegas, which first appeared in Rolling Stone in November 1971, sealed Thompson’s reputation as an outlandish stylist successfully straddling the line between journalism and fiction writing. As the subtitle warns, the book tells of “a savage journey to the heart of the American Dream” in full-tilt gonzo style—Thompson’s hilarious first-person approach—and is accented by British illustrator Ralph Steadman’s appropriate drawings.
His next book, Fear and Loathing: On the Campaign Trail ’72, was a brutally perceptive take on the 1972 Nixon-McGovern presidential campaign. A self-confessed political junkie, Thompson chronicled the 1992 presidential campaign in Better than Sex (1994). Thompson’s other books include The Curse of Lono (1983), a bizarre South Seas tale, and three collections of Gonzo Papers: The Great Shark Hunt (1979), Generation of Swine(1988) and Songs of the Doomed (1990).
In 1997, The Proud Highway: Saga of a Desperate Southern Gentleman, 1955-1967, the first volume of Thompson’s correspondence with everyone from his mother to Lyndon Johnson, was published. The second volume of letters, Fear and Loathing in America: The Brutal Odyssey of an Outlaw Journalist, 1968-1976, has just been released.
Located in the mostly posh neighborhood of western Colorado’s Woody Creek Canyon, ten miles or so down-valley from Aspen, Owl Farm is a rustic ranch with an old-fashioned Wild West charm. Although Thompson’s beloved peacocks roam his property freely, it’s the flowers blooming around the ranch house that provide an unexpected high-country tranquility. Jimmy Carter, George McGovern and Keith Richards, among dozens of others, have shot clay pigeons and stationary targets on the property, which is a designated Rod and Gun Club and shares a border with the White River National Forest. Almost daily, Thompson leaves Owl Farm in either his Great Red Shark Convertible or Jeep Grand Cherokee to mingle at the nearby Woody Creek Tavern.
Visitors to Thompson’s house are greeted by a variety of sculptures, weapons, boxes of books and a bicycle before entering the nerve center of Owl Farm, Thompson’s obvious command post on the kitchen side of a peninsula counter that separates him from a lounge area dominated by an always-on Panasonic TV, always tuned to news or sports. An antique upright piano is piled high and deep enough with books to engulf any reader for a decade. Above the piano hangs a large Ralph Steadman portrait of “Belinda”—the Slut Goddess of Polo. On another wall covered with political buttons hangs a Che Guevara banner acquired on Thompson’s last tour of Cuba. On the counter sits an IBM Selectric typewriter—a Macintosh computer is set up in an office in the back wing of the house.
The most striking thing about Thompson’s house is that it isn’t the weirdness one notices first: it’s the words. They’re everywhere—handwritten in his elegant lettering, mostly in fading red Sharpie on the blizzard of bits of paper festooning every wall and surface: stuck to the sleek black leather refrigerator, taped to the giant TV, tacked up on the lampshades; inscribed by others on framed photos with lines like, “For Hunter, who saw not only fear and loathing, but hope and joy in ’72—George McGovern”; typed in IBM Selectric on reams of originals and copies in fat manila folders that slide in piles off every counter and table top; and noted in many hands and inks across the endless flurry of pages.
Thompson extricates his large frame from his ergonomically correct office chair facing the TV and lumbers over graciously to administer a hearty handshake or kiss to each caller according to gender, all with an easy effortlessness and unexpectedly old-world way that somehow underscores just who is in charge.
We talked with Thompson for twelve hours straight. This was nothing out of the ordinary for the host: Owl Farm operates like an eighteenth-century salon, where people from all walks of life congregate in the wee hours for free exchanges about everything from theoretical physics to local water rights, depending on who’s there. Walter Isaacson, managing editor of Time, was present during parts of this interview, as were a steady stream of friends. Given the very late hours Thompson keeps, it is fitting that the most prominently posted quote in the room, in Thompson’s hand, twists the last line of Dylan Thomas’s poem “Do Not Go Gentle into That Good Night”: “Rage, rage against the coming of the light.”
For most of the half-day that we talked, Thompson sat at his command post, chain-smoking red Dunhills through a German-made gold-tipped cigarette filter and rocking back and forth in his swivel chair. Behind Thompson’s sui generis personality lurks a trenchant humorist with a sharp moral sensibility. His exaggerated style may defy easy categorization, but his career-long autopsy on the death of the American dream places him among the twentieth century’s most exciting writers. The comic savagery of his best work will continue to electrify readers for generations to come.
. . . I have stolen more quotes and thoughts and purely elegant little starbursts of writing from the Book of Revelation than from anything else in the English Language—and it is not because I am a biblical scholar, or because of any religious faith, but because I love the wild power of the language and the purity of the madness that governs it and makes it music.
HUNTER S. THOMPSON
Well, wanting to and having to are two different things. Originally I hadn’t thought about writing as a solution to my problems. But I had a good grounding in literature in high school. We’d cut school and go down to a café on Bardstown Road where we would drink beer and read and discuss Plato’s parable of the cave. We had a literary society in town, the Athenaeum; we met in coat and tie on Saturday nights. I hadn’t adjusted too well to society—I was in jail for the night of my high school graduation—but I learned at the age of fifteen that to get by you had to find the one thing you can do better than anybody else . . . at least this was so in my case. I figured that out early. It was writing. It was the rock in my sock. Easier than algebra. It was always work, but it was always worthwhile work. I was fascinated early by seeing my byline in print. It was a rush. Still is.
When I got to the Air Force, writing got me out of trouble. I was assigned to pilot training at Eglin Air Force Base near Pensacola in northwest Florida, but I was shifted to electronics . . . advanced, very intense, eight-month school with bright guys . . . I enjoyed it but I wanted to get back to pilot training. Besides, I’m afraid of electricity. So I went up there to the base education office one day and signed up for some classes at Florida State. I got along well with a guy named Ed and I asked him about literary possibilities. He asked me if I knew anything about sports, and I said that I had been the editor of my high-school paper. He said, “Well, we might be in luck.” It turned out that the sports editor of the base newspaper, a staff sergeant, had been arrested in Pensacola and put in jail for public drunkenness, pissing against the side of a building; it was the third time and they wouldn’t let him out.
So I went to the base library and found three books on journalism. I stayed there reading them until it closed. Basic journalism. I learned about headlines, leads: who, when, what, where, that sort of thing. I barely slept that night. This was my ticket to ride, my ticket to get out of that damn place. So I started as an editor. Boy, what a joy. I wrote long Grantland Rice-type stories. The sports editor of my hometown Louisville Courier Journal always had a column, left-hand side of the page. So I started a column.
By the second week I had the whole thing down. I could work at night. I wore civilian clothes, worked off base, had no hours, but I worked constantly. I wrote not only for the base paper, The Command Courier, but also the local paper, The Playground News. I’d put things in the local paper that I couldn’t put in the base paper. Really inflammatory shit. I wrote for a professional wrestling newsletter. The Air Force got very angry about it. I was constantly doing things that violated regulations. I wrote a critical column about how Arthur Godfrey, who’d been invited to the base to be the master of ceremonies at a firepower demonstration, had been busted for shooting animals from the air in Alaska. The base commander told me: “Goddamn it, son, why did you have to write about Arthur Godfrey that way?”
When I left the Air Force I knew I could get by as a journalist. So I went to apply for a job at Sports Illustrated. I had my clippings, my bylines, and I thought that was magic . . . my passport. The personnel director just laughed at me. I said, “Wait a minute. I’ve been sports editor for two papers.” He told me that their writers were judged not by the work they’d done, but where they’d done it. He said, “Our writers are all Pulitzer Prize winners from The New York Times. This is a helluva place for you to start. Go out into the boondocks and improve yourself.”
I was shocked. After all, I’d broken the Bart Starr story.
 INTERVIEWER
What was that?
THOMPSON
At Eglin Air Force Base we always had these great football teams. The Eagles. Championship teams. We could beat up on the University of Virginia. Our bird-colonel Sparks wasn’t just any yo-yo coach. We recruited. We had these great players serving their military time in ROTC. We had Zeke Bratkowski, the Green Bay quarterback. We had Max McGee of the Packers. Violent, wild, wonderful drunk. At the start of the season McGee went AWOL, appeared at the Green Bay camp and he never came back. I was somehow blamed for his leaving. The sun fell out of the firmament. Then the word came that we were getting Bart Starr, the All-American from Alabama. The Eagles were going to roll! But then the staff sergeant across the street came in and said, “I’ve got a terrible story for you. Bart Starr’s not coming.” I managed to break into an office and get out his files. I printed the order that showed he was being discharged medically. Very serious leak.
INTERVIEWER
The Bart Starr story was not enough to impress Sports Illustrated?
THOMPSON
The personnel guy there said, “Well, we do have this trainee program.” So I became a kind of copy boy.
INTERVIEWER
You eventually ended up in San Francisco. With the publication in 1967 of Hell’s Angels, your life must have taken an upward spin.
THOMPSON
All of a sudden I had a book out. At the time I was twenty-nine years old and I couldn’t even get a job driving a cab in San Francisco, much less writing. Sure, I had written important articles for The Nation and The Observer, but only a few good journalists really knew my byline. The book enabled me to buy a brand new BSA 650 Lightning, the fastest motorcycle ever tested by Hot Rod magazine. It validated everything I had been working toward. If Hell’s Angels hadn’t happened I never would have been able to write Fear and Loathing in Las Vegas or anything else. To be able to earn a living as a freelance writer in this country is damned hard; there are very few people who can do that. Hell’s Angels all of a sudden proved to me that, Holy Jesus, maybe I can do this. I knew I was a good journalist. I knew I was a good writer, but I felt like I got through a door just as it was closing.
INTERVIEWER
With the swell of creative energy flowing throughout the San Francisco scene at the time, did you interact with or were you influenced by any other writers?
THOMPSON
Ken Kesey for one. His novels One Flew Over the Cuckoo’s Nest and Sometimes a Great Notion had quite an impact on me. I looked up to him hugely. One day I went down to the television station to do a roundtable show with other writers, like Kay Boyle, and Kesey was there. Afterwards we went across the street to a local tavern and had several beers together. I told him about the Angels, who I planned to meet later that day, and I said, “Well, why don’t you come along?” He said, “Whoa, I’d like to meet these guys.” Then I got second thoughts, because it’s never a good idea to take strangers along to meet the Angels. But I figured that this was Ken Kesey, so I’d try. By the end of the night Kesey had invited them all down to La Honda, his woodsy retreat outside of San Francisco. It was a time of extreme turbulence—riots in Berkeley. He was always under assault by the police—day in and day out, so La Honda was like a war zone. But he had a lot of the literary, intellectual crowd down there, Stanford people also, visiting editors, and Hell’s Angels. Kesey’s place was a real cultural vortex.
INTERVIEWER
Did you ever entertain the idea of writing a novel about the whole Bay area during this period, the sixties, in the vein of Tom Wolfe’s Electric Acid Kool-Aid Test?
THOMPSON
Well, I had thought about writing it up. It was obvious to me at the time that the Kesey action was on a continuum with the Hell’s Angels book. It seemed to me for a while that I should write a book, probably the same one that Wolfe wrote, but at the time I wasn’t really into it. I couldn’t do another piece of journalism.
INTERVIEWER
Did you connect at all with Tom Wolfe during the San Francisco heyday?
THOMPSON
It’s interesting. I wanted to review Wolfe’s book, The Kandy-Kolored Tangerine-Flake Streamline Baby. I’d read some of it in Esquire, got a copy, had a look at it and was very, very impressed. The National Observer had taken me off politics by then, so book reviews were about the only thing I could do that they didn’t think controversial. I had wanted to cover Berkeley and acid, and all that, but they didn’t want any of it. So I picked up Wolfe’s book and wrote a glowing review and sent it in to the Observer, and my editor, Clifford Ridley, was pleased with it. About a week went by and I hadn’t heard anything. Then my editor called me up and said, “We’re not going to run the review.” It was the first one they ever said no to; up until that point my reviews had been full-page lead pieces, like in theTimes Book Review, and I was shocked that they would turn it down. I asked, “Why are you turning it down? What’s wrong with you?” The guy obviously felt guilty, so he let me know there was an editor at the Observer who had worked with Wolfe somewhere else and didn’t like him, so he had killed my review. So I took the review and sent it to Tom Wolfe with a letter saying, “the Observer won’t run this because somebody there has a grudge against you, but I wanted you to get it anyway since I worked real hard on it, and your book was brilliant. I thought you should have it even though they won’t print it.” Then I took my carbons of that letter and sent them to the Observer. They said I’d been disloyal. That’s when I was terminated. I just felt it was important not only that Wolfe knew about it, but that the Observer editors knew that I had turned them in. It sounds kind of perverse, but I’d do it again. But that’s how Tom and I got to know each other. He would call me for directions or advice when he was working on the Acid book.
INTERVIEWER
Did that friendship and Wolfe’s journalism have much of an impact on your writing?
THOMPSON
Wolfe proved that you could kind of get away with it. I saw myself as having a tendency to cut loose—like Kesey—and Wolfe seemed to embrace that as well. We were a new kind of writer, so I felt it was like a gang. We were each doing different things, but it was a natural kind of hook-up.
INTERVIEWER
Wolfe later included you in his book, The New Journalism.
THOMPSON
I was the only one with two entries, in fact. He appreciated my writing and I appreciated his.
INTERVIEWER
As you explored the acid scene did you ever develop a feel for Timothy Leary?
THOMPSON
I knew the bastard quite well. I ran into him a lot in those days. As a matter of fact I got a postcard invitation from something called the Futique Trust in Aptos, California, inviting me to attend the fourth annual Timothy Leary Memorial Celebration and Potluck Picnic. The invitation was printed in happy letters, with a peace symbol in the background, and I felt a burst of hate in my heart when I saw it. Every time I think about Tim Leary I get angry. He was a liar and a quack and a worse human being than Richard Nixon. For the last twenty-six years of his life he worked as an informant for the FBI and turned his friends into the police and betrayed the peace symbol he hid behind.
INTERVIEWER
The San Francisco scene brought together many unlikely pairs—you and Allen Ginsberg, for instance. How did you come to know Allen during this period?
THOMPSON
I met Allen in San Francisco when I went to see a marijuana dealer who sold by the lid. I remember it was ten dollars when I started going to that apartment and then it was up to fifteen. I ended up going there pretty often, and Ginsberg—this was in Haight-Ashbury—was always there looking for weed too. I went over and introduced myself and we ended up talking a lot. I told him about the book I was writing and asked if he would help with it. He helped me with it for several months; that’s how he got to know the Hell’s Angels. We would also go down to Kesey’s in La Honda together. One Saturday, I drove down the coast highway from San Francisco to La Honda and I took Juan, my two-year-old son, with me. There was this magnificant crossbreeding of people there. Allen was there, the Hell’s Angels—and the cops were there too, to prevent a Hell’s Angels riot. Seven or eight cop cars. Kesey’s house was across the creek from the road, sort of a two-lane blacktop country compound, which was a weird place. For one thing, huge amplifiers were mounted everywhere in all the trees and some were mounted across the road on wires, so to be on the road was to be in this horrible vortex of sound, this pounding, you could barely hear yourself think—rock’n’roll at the highest amps. That day, even before the Angels got there, the cops began arresting anyone who left the compound. I was by the house; Juan was sleeping peacefully in the backseat of the car. It got to be outrageous: the cops were popping people. You could see them about a hundred yards away, but then they would bust somebody very flagrantly, so Allen said, “You know, we’ve got to do something about this.” I agreed, so with Allen in the passenger’s seat, Juan in the back sleeping, and me driving, we took off after the cops that had just busted another person we knew, who was leaving just to go up to the restaurant on the corner. Then the cops got after us. Allen at the very sight of the cops went into his hum, his om, trying to hum them off. I was talking to them like a journalist would: “What’s going on here, Officer?” Allen’s humming was supposed to be a Buddhist barrier against the bad vibes the cops were producing and he was doing it very loudly, refusing to speak to them, just “Om! Om! Om!” I had to explain to the cops who he was and why he was doing this. The cops looked into the backseat and said, “What is that back there? A child?” And I said, “Oh, yeah, yeah. That’s my son.” With Allen still going, “Om,” we were let go. He was a reasonable cop, I guess—checking out a poet, a journalist and a child. Never did figure Ginsberg out, though. It was like the humming of a bee. It was one of the weirdest scenes I’ve ever been through, but almost every scene with Allen was weird in some way or another.
INTERVIEWER
Did any other Beat Generation authors influence your writing?
THOMPSON
Jack Kerouac influenced me quite a bit as a writer . . . in the Arab sense that the enemy of my enemy was my friend. Kerouac taught me that you could get away with writing about drugs and get published. It was possible, and in a symbolic way I expected Kerouac to turn up in Haight-Ashbury for the cause. Ginsberg was there, so it was kind of natural to expect that Kerouac would show up too. But, no. That’s when Kerouac went back to his mother and voted for Barry Goldwater in 1964. That’s when my break with him happened. I wasn’t trying to write like him, but I could see that I could get published like him and make the breakthrough, break through the Eastern establishment ice. That’s the same way I felt about Hemingway when I first learned about him and his writing. I thought, Jesus, some people can do this. Of course Lawrence Ferlinghetti influenced me— both his wonderful poetry and the earnestness of his City Lights bookstore in North Beach.
INTERVIEWER
You left California and the San Francisco scene near its apex. What motivated you to return to Colorado?
THOMPSON
I still feel needles in my back when I think about all the horrible disasters that would have befallen me if I had permanently moved to San Francisco and rented a big house, joined the company dole, become national-affairs editor for some upstart magazine—that was the plan around 1967. But that would have meant going to work on a regular basis, like nine to five, with an office—I had to pull out.
INTERVIEWER
Warren Hinckle was the first editor who allowed you to write and pursue gonzo journalism—how did you two become acquainted?
THOMPSON
I met him through his magazine, Ramparts. I met him even before Rolling Stone ever existed. Ramparts was a crossroads of my world in San Francisco, a slicker version of The Nation— with glossy covers and such. Warren had a genius for getting stories that could get placed on the front page of The New York Times. He had a beautiful eye for what story had a high, weird look to it. You know, busting the Defense Department—Ramparts was real left, radical. I paid a lot of attention to them and ended up being a columnist. Ramparts was the scene until some geek withdrew the funding and it collapsed. Jann Wenner, who foundedRolling Stone, actually worked there in the library—he was a copy boy or something.
INTERVIEWER
What’s the appeal of the “outlaw” writer, such as yourself?
THOMPSON
I just usually go with my own taste. If I like something, and it happens to be against the law, well, then I might have a problem. But an outlaw can be defined as somebody who lives outside the law, beyond the law, not necessarily against it. And it’s pretty ancient. It goes back to Scandinavian history. People were declared outlaws and they were cast out of the community and sent to foreign lands—exiled. They operated outside the law and were in communities all over Greenland and Iceland, wherever they drifted. Outside the law in the countries they came from—I don’t think they were trying to be outlaws . . . I was never trying, necessarily, to be an outlaw. It was just the place in which I found myself. By the time I started Hell’s Angels I was riding with them and it was clear that it was no longer possible for me to go back and live within the law. Between Vietnam and weed—a whole generation was criminalized in that time. You realize that you are subject to being busted. A lot of people grew up with that attitude. There were a lot more outlaws than me. I was just a writer. I wasn’t trying to be an outlaw writer. I never heard of that term; somebody else made it up. But we were all outside the law: Kerouac, Miller, Burroughs, Ginsberg, Kesey; I didn’t have a gauge as to who was the worst outlaw. I just recognized allies: my people.
INTERVIEWER
The drug culture. How do you write when you’re under the influence?
THOMPSON
My theory for years has been to write fast and get through it. I usually write five pages a night and leave them out for my assistant to type in the morning.
INTERVIEWER
This, after a night of drinking and so forth?
THOMPSON
Oh yes, always, yes. I’ve found that there’s only one thing that I can’t work on and that’s marijuana. Even acid I could work with. The only difference between the sane and the insane is that the sane have the power to lock up the insane. Either you function or you don’t. Functionally insane? If you get paid for being crazy, if you can get paid for running amok and writing about it . . . I call that sane.
INTERVIEWER
Almost without exception writers we’ve interviewed over the years admit they cannot write under the influence of booze or drugs—or at the least what they’ve done has to be rewritten in the cool of the day. What’s your comment about this?
THOMPSON
They lie. Or maybe you’ve been interviewing a very narrow spectrum of writers. It’s like saying, “Almost without exception women we’ve interviewed over the years swear that they never indulge in sodomy”—without saying that you did all your interviews in a nunnery. Did you interview Coleridge? Did you interview Poe? Or Scott Fitzgerald? Or Mark Twain? Or Fred Exley? Did Faulkner tell you that what he was drinking all the time was really iced tea, not whiskey? Please. Who the fuck do you think wrote the Book of Revelation? A bunch of stone-sober clerics?
INTERVIEWER
In 1974 you went to Saigon to cover the war . . .
THOMPSON
The war had been part of my life for so long. For more than ten years I’d been beaten and gassed. I wanted to see the end of it. In a way I felt I was paying off a debt.
INTERVIEWER
To whom?
THOMPSON
I’m not sure. But to be so influenced by the war for so long, to have it so much a part of my life, so many decisions because of it, and then not to be in it, well, that seemed unthinkable.
INTERVIEWER
How long were you there?
THOMPSON
I was there about a month. It wasn’t really a war. It was over. Nothing like the war David Halberstam and Jonathan Schell and Philip Knightley had been covering. Oh, you could still get killed. A combat photographer, a friend of mine, was killed on the last day of the war. Crazy boys. That’s where I got most of my help. They were the opium smokers.
INTERVIEWER
You hoped to enter Saigon with the Vietcong?
THOMPSON
I wrote a letter to the Vietcong people, Colonel Giang, hoping they’d let me ride into Saigon on the top of a tank. The VC had their camp by the airport, two hundred people set up for the advancing troops. There was nothing wrong with it. It was good journalism.
INTERVIEWER
Did you ever think of staying in Saigon rather than riding in on a Vietcong tank?
THOMPSON
Yes, but I had to meet my wife in Bali.
INTERVIEWER
A very good reason. You’re famous for traveling on assignment with an excess of baggage. Did you have books with you?
THOMPSON
I had some books with me. Graham Greene’s The Quiet American for sure. Phil Knightley’s The First Casualty. Hemingway’s In Our Time. I carried all these seminal documents. Reading The Quiet American gave the Vietnam experience a whole new meaning. I had all sorts of electronic equipment—much too much. Walkie-talkies. I carried a tape recorder. And notebooks. Because of the sweat I couldn’t write with the felt-tip pens I usually use because they would bleed all over the paper. I carried a big notebook—sketchbook size. I’d carry all this stuff in a photographer’s pack over my shoulders. I also carried a .45 automatic. That was for weird drunk soldiers who would wander into our hotel. They were shooting in the streets . . . someone would fire off a clip right under your window. I think Knightley had one, too. I got mine from someone who was trying to smuggle orphans out of the country. I couldn’t tell if he was on the white slave or the mercy market.
INTERVIEWER
Why only a month in Saigon?
THOMPSON
The war was over. I’d wanted to go to Saigon in 1971. I’d just started working for Rolling Stone. At a strategy summit meeting that year of all the editors at Big Sur, I was making the argument that Rolling Stone should cover national politics. Cover the campaign. If we were going to cover the culture, to not include politics was stupid. Jann Wenner was the only person who half-agreed with me. The other editors there thought I was insane. I was sort of the wild creature. I would always appear in my robe. For three days I made these passionate pitches to the group. At the end of it I finally had to say, “Fuck you, I’ll cover it. I’ll do it.” Dramatic moment, looking back on it.
Well, you can’t cover national politics from Saigon. So I moved lock, stock and barrel from here to Washington. Took the dogs. Sandy, my wife, was pregnant. The only guy willing to help me was Timothy Crouse, who at the time was the lowest on the totem pole atRolling Stone. He had a serious stutter, almost a debilitating stutter, which Jann mocked him for all the time, really cruel to him, which made me stand up for him more and more. He never had written more than a three hundred word piece on some rock’n’roll concert. He was the only one who volunteered to go to Washington. “Okay, Timbo. It’s you and me. We’ll kick ass.” Life does turn on so many queer things . . . ball bearings and banana skins . . . a political reporter instead of a war correspondent.
INTERVIEWER
Crouse eventually wrote a bestseller about the press and the campaign—The Boys on the Bus.
THOMPSON
He was the Boston stringer for Rolling Stone. He had graduated from Harvard and had an apartment in the middle of Cambridge. Strictly into music at the time. He was the only person who raised his hand in Big Sur. We covered the 1972 campaign. I wrote the main stories and Tim did the sidebars. Then there was that night in Milwaukee when I told him I was sick, too sick to write the main story. I said, “Well, Timbo, I hate to tell you this but you’re gonna have to write the main story this week and I’m gonna write the sidebar.” He panicked. Very bad stuttering. I felt I had to deal with that. I told him he had to stop stuttering. I told him that it’s not constructive. “Goddamn it, spit it out!”
INTERVIEWER
“Not constructive?” Easy for you to say.
THOMPSON
Well, I saw that he lacked confidence. So I made him write the Wisconsin story, and it was beautiful—suddenly he had confidence.
INTERVIEWER
In your introduction to A Generation of Swine, you state that you spent half your life trying to escape journalism.
THOMPSON
I always felt that journalism was just a ticket to ride out, that I was basically meant for higher things. Novels. More status in being a novelist. When I went to Puerto Rico in the sixties William Kennedy and I would argue about it. He was the managing editor of the local paper; he was the journalist. I was the writer, the higher calling. I felt so strongly about it that I almost wouldn’t do journalism. I figured in order to be a real writer, I’d have to write novels. That’s why I wrote Rum Diary first. Hell’s Angels started off as just another down-and-out assignment. Then I got over the idea that journalism was a lower calling. Journalism is fun because it offers immediate work. You get hired and at least you can cover the fucking City Hall. It’s exciting. It’s a guaranteed chance to write. It’s a natural place to take refuge in if you’re not selling novels. Writing novels is a lot lonelier work.
My epiphany came in the weeks after the Kentucky Derby fiasco. I’d gone down to Louisville on assignment for Warren Hinkle’s Scanlan’s. A freak from England named Ralph Steadman was there—first time I met him—doing drawings for my story. The lead story. Most depressing days of my life. I’d lie in my tub at the Royalton. I thought I had failed completely as a journalist. I thought it was probably the end of my career. Steadman’s drawings were in place. All I could think of was the white space where my text was supposed to be. Finally, in desperation and embarrassment, I began to rip the pages out of my notebook and give them to a copyboy to take to a fax machine down the street. When I left I was a broken man, failed totally, and convinced I’d be exposed when the stuff came out. It was just a question of when the hammer would fall. I’d had my big chance and I had blown it.
INTERVIEWER
How did Scanlan’s utilize the notebook pages?
THOMPSON
Well, the article starts out with an organized lead about the arrival at the airport and meeting a guy I told about the Black Panthers coming in; and then it runs amok, disintegrates into flash cuts, a lot of dots.
INTERVIEWER
And the reaction?
THOMPSON
This wave of praise. This is wonderful . . . pure gonzo. I heard from friends—Tom Wolfe, Bill Kennedy.
INTERVIEWER
So what, in fact, was learned from that experience?
THOMPSON
I realized I was on to something: maybe we can have some fun with this journalism . . . maybe it isn’t this low thing. Of course, I recognized the difference between sending in copy and tearing out the pages of a notebook.
INTERVIEWER
An interesting editorial choice—for Scanlan’s to go ahead with what you sent.
THOMPSON
They had no choice. There was all that white space.
INTERVIEWER
What is your opinion of editors?
THOMPSON
There are fewer good editors than good writers. Some of my harshest lessons about writers and editors came from carrying those edited stories around the corridors of Time-Life. I would read the copy on the way up and then I would read it again after the editing. I was curious. I saw some of the most brutal jobs done on the writers. There was a guy there, Roy Alexander, a managing editor . . . oh God, Alexander would x-out whole leads. And this was after other editors had gone to work on it.
INTERVIEWER
Did anybody do that to your copy?
THOMPSON
Not for long. Well, I can easily be persuaded that I’m wrong on some point. You don’t sit in the hotel room in Milwaukee and look out the window and see Lake Superior, which I’ve written by mistake. Also, an editor is a person who helps me get what I’ve written to the press. They are necessary evils. If I ever got something in on time, which would mean I’d let it go from this house and liked it . . . well, that’s never happened in my life . . . I’ve never sent a piece of anything that’s finished . . . there’s not even a proper ending to Fear and Loathing in Las Vegas. I had several different endings in mind, another chapter or two, one of which involved going to buy a Doberman. But then it went to press—a two-part magazine piece forRolling Stone.
INTERVIEWER
Could you have added a proper ending when it was published as a book?
THOMPSON
I could have done that but it would have been wrong. Like rewriting the letters in The Proud Highway.
INTERVIEWER
Would it help if you wrote the ending first?
THOMPSON
I used to believe that. Most of my stuff is just a series of false leads. I’ll approach a story as a subject and then make a whole bunch of different runs at the lead. They’re all good writing but they don’t connect. So I end up having to string leads together.
INTERVIEWER
By leads, you mean paragraphs.
THOMPSON
The first paragraph. The last paragraph. That’s where the story is going and how it’s going to end. Or else you’ll go off in a hundred different directions.
INTERVIEWER
And that’s not what happened with Fear and Loathing?
THOMPSON
No. That was very good journalism.
INTERVIEWER
Your book editor at the time of the earliest stages of what was to become Fear and Loathing in Las Vegas was Jim Silberman at Random House—a lot of correspondence between the two of you.
THOMPSON
The assignment he gave me to do was nearly impossible: to write a book about the Death of the American Dream, which was the working title. I looked first for the answer at the Democratic National Convention in Chicago in 1968, but I didn’t find it until 1971 at the Circus-Circus Casino in Las Vegas. Silberman was a good, smart sounding board for me. He believed in me and that meant a lot.
INTERVIEWER
Fear and Loathing in Las Vegas is one of the great titles. Did that come to you suddenly or did someone suggest it?
THOMPSON
It’s a good phrase. I noticed it last night in one of my letters from 1969. I’d never seen it before or heard it. People accuse me of stealing it from Kierkegaard or Stendhal. It just seemed like the right phrase. Once you get that kind of title down, once you see it on paper, there’s no way you’re going to change it.
INTERVIEWER
What about Raoul Duke? How did the alter ego come about, and why and when?
THOMPSON
I started using him originally in what I wrote for Scanlan’s. Raoul comes from Castro’s brother, and Duke, God knows. I probably started using it for some false registration at a hotel. I learned at the Kentucky Derby that it was extremely useful to have a straight man with me, someone to bounce reactions off of. I was fascinated by Ralph Steadman because he was so horrified by most of what he saw in this country. Ugly cops and cowboys and things he’d never seen in England. I used that in the Derby piece and then I began to see it was an extremely valuable device. Sometimes I’d bring Duke in because I wanted to use myself for the other character. I think that started in Hell’s Angels when I knew that I had to have something said exactly right and I couldn’t get any of the fucking Angels to say it right. So I would attribute it to Raoul Duke.
INTERVIEWER
Are the best things written under deadlines?
THOMPSON
I’m afraid that’s true. I couldn’t imagine, and I don’t say this with any pride, but I really couldn’t imagine writing without a desperate deadline.
INTERVIEWER
Can you give an example?
THOMPSON
I’d agreed for a long time to write an epitaph for Allen Ginsberg. I was going to go to the memorial in Los Angeles. Then I thought it would be a good idea to have Johnny Depp go and deliver it. And he agreed. A bad deadline situation. What I wrote arrived just before Depp went on stage. He was calling me desperately from a payphone in the halls of the Wadsworth Theater in L.A. So Depp goes out and reads the thing which he just got a half-hour before . . .
[Thompson asks us if we would like to see the result. He switches on the large screen TV set. Johnny Depp is introduced and speaks from behind a podium.]
This is . . . from the Good Doctor . . . it’s hot off the presses: “Dr. Thompson sends his regrets. He is suffering from a painful back injury, the result of a fateful meeting with Allen Ginsberg three years ago at a sleazy motel in Boulder, Colorado, when the deceased allegedly flipped Thompson over his back and into an empty swimming pool after a public dispute about drugs. Ginsberg, sixty-nine at the time, accused Thompson, in court papers now permanently sealed because of the poet’s recent death, of ‘destroying my health and killing my faith in drugs.’ Ginsberg was hysterically angry, sources said, because Thompson had deliberately and deceitfully lured him into an orgy of substance abuse and random sex that ended after three days and nights when the poet was crushed against the wall by a large woman on roller skates in an all-night Boulder tavern. Then admitted to a local hospital, treated for acute psychosis and massive smoke inhalation, Ginsberg also claimed that Thompson had ‘maliciously destroyed my last chance for induction to the poetry hall of fame’ by humiliating him in public, secretly injecting him with drugs and eventually causing him to be jailed for resisting arrest and gross sexual imposition. Dr. Thompson denied the charges, as always, and used the occasion of Ginsberg’s death to denounce him as a dangerous bull-fruit with the brain of an open sore and the conscience of a virus. The famed author said that Ginsberg had come on to him one too many times, and was a hopeless addict. ‘He got too strong with all that crank,’ Thompson said. ‘When he got that way, being in front of him was like being in front of the Johnstown Flood . . . Allen had magic,’ he said. ‘He could talk with the voice of an angel and dance in your eyes like a fawn. I knew him for thirty years and every time I saw him it was like hearing the music again.’ Thompson added that he was shocked by Ginsberg’s crude charges and violent behavior and would have the alleged court papers buried deeper than Ginsberg’s spleen. ‘He was a monster,’ Thompson said. ‘He was crazy and queer and small. He was born wrong and he knew it. He was smart but utterly unemployable. The first time I met him in New York he told me that even people who loved him believed he should commit suicide because things would never get better for him. And his poetry professor at Columbia was advising him to get a pre-frontal lobotomy because his brain was getting in his way. “Don’t worry,” I said, “so is mine. I’m getting the same advice. Maybe we should join forces. Hell, if we’re this crazy and dangerous, I think we might have some fun . . .” I spoke to Allen two days before he . . . died. He was gracious as ever. He said he’d welcome the Grim Reaper . . . because he knew he could get into his pants.’”
[After applause and questions as to how the audience in the theater reacted to the somewhat odd eulogy (“They liked it”), the interview was continued.]
INTERVIEWER
The lead to Fear and Loathing in Las Vegas, “We were somewhere near Barstow on the edge of the desert when the drugs began to take hold . . .” When did you write that? Did you write that first?
THOMPSON
No, I have a draft . . . something else was written first, chronologically, but when I wrote that . . . well, there are moments . . . a lot of them happen when nothing else is going right . . . when you’re being evicted from the hotel a day early in New York or you’ve just lost your girlfriend in Scottsdale. I know when I’m hitting it. I know when I’m on. I can usually tell because the copy’s clean.
INTERVIEWER
Most people . . . losing a girl in Scottsdale or wherever, would have a drink somewhere and go crazy. It must have something to do with discipline.
THOMPSON
I never sit down and put on my white shirt and bow-tie and black business coat and think, Well, now’s the time to write. I will simply get into it.
INTERVIEWER
Can you describe a typical writing day?
THOMPSON
I’d say on a normal day I get up at noon or one. You have to feel sort of overwhelmed, I think, to start. That’s what journalism did teach me . . . that there is no story unless you’ve written it.
INTERVIEWER
Are there any mnemonic devices that get you going once a deadline is upon you—sharpening pencils, music that you put on, a special place to sit?
THOMPSON
Bestiality films.
INTERVIEWER
What is your instrument in composing? You are one of the few writers I know who still uses an electric typewriter. What’s wrong with a personal computer?
THOMPSON
I’ve tried. There is too much temptation to go over the copy and rewrite. I guess I’ve never grown accustomed to the silent, non-clacking of the keys and the temporary words put up on the screen. I like to think that when I type something on this [pointing to the typewriter], when I’m finished with it, it’s good. I haven’t gotten past the second paragraph on a word processor. Never go back and rewrite while you’re working. Keep on it as if it were final.
INTERVIEWER
Do you write for a specific person when you sit down at that machine?
THOMPSON
No, but I’ve found that the letter form is a good way to get me going. I write letters just to warm up. Some of them are just, “Fuck you, I wouldn’t sell that for a thousand dollars,” or something, “Eat shit and die,” and then send it off on the fax. I find the mood or the rhythm through letters, or sometimes either reading something or having something read— it’s just a matter of getting the music.
INTERVIEWER
How long do you continue writing?
THOMPSON
I’ve been known to go on for five days and five nights.
INTERVIEWER
That’s because of deadlines, or because you’re inspired?
THOMPSON
Deadlines, usually.
INTERVIEWER
Do you have music on when you write?
THOMPSON
Through all the Las Vegas stuff I played only one album. I wore out four tapes. The Rolling Stones’ live album, called Get Yer Ya-Ya’s Out with the in-concert version of “Sympathy for the Devil.”
INTERVIEWER
At one point, Sally Quinn of The Washington Post got after you for writing about specific events, but only 45 percent is actually the truth . . . how do you reconcile journalism with that?
THOMPSON
That’s a tough one. I have a hard time with that. I have from the start. I remember an emergency meeting one afternoon at Random House with my editor about Fear and Loathing in Las Vegas. “What should we tell The New York Times? Should it go on the fiction list or nonfiction?” In a lot of cases, and this may be technical exoneration, but I think in almost every case there’s a tip-off that this is a fantasy. I never have quite figured out how the reader is supposed to know the difference. It’s like if you have a sense of humor or not. Now keep in mind I wasn’t trying to write objective journalism, at least not objective according to me. I’d never seen anybody, maybe David Halberstam comes closest, who wrote objective journalism.
INTERVIEWER
You can write anywhere, can’t you? Is there a place you prefer?
THOMPSON
Well, this is where I prefer now. I’ve created this electronic control center here.
INTERVIEWER
If you could construct a writer, what attributes would you give him?
THOMPSON
I would say it hurts when you’re right and it hurts when you’re wrong, but it hurts a lot less when you’re right. You have to be right in your judgments. That’s probably the equivalent of what Hemingway said about having a shock-proof shit detector.
INTERVIEWER
In a less abstract sense, would self-discipline be something you would suggest?
THOMPSON
You’ve got to be able to have pages in the morning. I measure my life in pages. If I have pages at dawn, it’s been a good night. There is no art until it’s on paper, there is no art until it’s sold. If I were a trust-fund baby, if I had any income from anything else . . . even fucking disability from a war or a pension . . . I have nothing like that, never did. So, of course, you have to get paid for your work. I envy people who don’t have to . . .
INTERVIEWER
If you had that fortune sitting in the bank would you still write?
THOMPSON
Probably not, probably not.
INTERVIEWER
What would you do?
THOMPSON
Oh . . . I’d wander around like King Farouk or something. I’d tell editors I was going to write something for them, and probably not do it.
 (Additional material provided by Terry McDonell and George Plimpton.)

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