Trilobites – Breece D’J Pancake

Trilobites – Breece D’J Pancake

Estado: nuevo.

Editorial: Alpha Decay.

Precio: $350.

Breece D’J Pancake se suicidó en Charlottesville en 1979 a la edad de veintiséis años. Cuatro años después, aparecieron publicados estos cuentos que le valieron su reputación literaria. Trilobites reúne doce relatos en los que se respira la frustración y la desesperación de alguien que se ha criado en la Virginia más rural. En ellos, Pancake muestra una gran habilidad a la hora de describir a las clases trabajadoras más pobres de la región, revelando a la vez una voz narrativa excepcional. Alpha Decay publica estos doce cuentos en su primera edición en lengua castellana.
Lee uno de los cuentos incluidos en “Trilobites” – enero de 2013
«Palabra de honor: Breece Pancake es simplemente el mejor escritor, el escritor más sincero, que he leído jamás. Sospecho que ser tan bueno debe de ser doloroso. Tú y yo nunca sabremos lo que es eso.» KURT VONNEGUT
PRESENTACIÓN DE JOHN CASEY 1
Conocí a Breece Pancake en la primavera de 1975, faltaba poco más de cuatro años para que terminase con su vida. Era grande, huesudo, con los hombros algo caídos. Tenía el aspecto de alguien que ha trabajado duro a la intemperie. En aquel entonces, Breece daba clases de inglés en la academia militar de Fork Union. Mandaba a la cama a sus alumnos cadetes a las diez y escribía desde el toque de silencio hasta pasada la medianoche. Se levantaba a las seis, al toque de diana, con los chicos. Breece se presentó un día en mi despacho de la Universidad de Virginia y me pidió que echase una ojeada a sus textos. El primer relato que leí era bastante bueno; resultó ser el mejor de sus cosas viejas. Lo más probable es que sólo quisiera ponerme a prueba con algo viejo antes de mostrarme las piezas que acababa de escribir. Me pidió que leyera algunas más y, por fortuna, respondí que sí. Las siguientes eran preciosas.
La Universidad de Virginia no tenía en aquellos años demasiado dinero para los estudiantes de escritura creativa, de modo que traté de colocar a Breece en Iowa durante un año para que tuviera más tiempo para escribir. Iowa le quería, pero estaban agotando el presupuesto. Breece consiguió un trabajo en la academia militar de Staunton para el curso siguiente y empezó a asistir a mis clases de escritura de relatos en la universidad. Pensé que debería empezar a mover sus textos, pero lo postergó por un tiempo.
Breece había estudiado en la Marshall University de Huntington (Virginia Occidental). Sin embargo, lo que asombraba de sus conocimientos y arte era lo mucho que había incorporado por su cuenta. A una edad temprana, debía de haber poseído una enorme capacidad de concentración. Tenía un poderoso sentido para las cosas. Casi todas sus historias se sitúan en la región de Virginia Occidental de donde procedía y se conocía aquellas tierras de punta a cabo. Conocía los trabajos de la gente, desde las herramientas que utilizaban hasta el tipo de relación afectiva que mantenían con ellas. Conocía la geología, la prehistoria y la historia de su territorio, no como un pasatiempo, sino como una parte tan profundamente arraigada de sí mismo que hasta soñaba con esas tierras. Una de las virtudes de su escritura reside en el poderoso engarce entre el mundo físico y el de los afectos.
Trabajaba sus textos con tanto ahínco como cualquier escritor que haya conocido o del que haya sabido. He visto las páginas de sus notas, los esbozos, los distintos borradores, las frenéticas notas al margen en las que se recordaba a sí mismo que tenía que ampliar o recortar algún pasaje. Y, naturalmente, las versiones definitivas, tan duras y tan pulidas como los brillantes raíles de una línea férrea.
Cuando vendió su primer relato a The Atlantic, apenas se tomó un respiro. (Con todo, sí hizo algo para celebrarlo: las pruebas de imprenta llegaron con las iniciales de su segundo nombre —Dexter— extrañamente compuestas: Breece D’J Pancake. Dijo: “de acuerdo, dejémoslo así”. Le hizo reír y, según creo, adoptando el capricho cometido por una revista de prestigio, aflojó un poco la tensión a la que se sometía, la tensión de intentar que todo quedase perfecto.) Estaba feliz, pero su ritmo de trabajo no le permitió dormirse en los laureles o congratularse siquiera. Tenía depositadas grandes esperanzas en sus textos, y creo que empezó a sentir su fuerza, pero no por ello dejó de pensar que todavía se hallaba lejos de lo que esperaba lograr. Poco antes de que Breece y yo nos hiciéramos amigos, su padre y su mejor amigo murieron. Al poco tiempo, Breece decidió convertirse al catolicismo y empezó a formarse en este sentido. Su conversión, al cabo de los años, me despierta tantas dudas como su suicidio. He pensado mucho en ambos, suicidio y conversión, y puedo imaginar muchas cosas, pero no me atrevería a afirmar nada sobre seguro. Sólo, quizá, que fue, y continúa siendo, algo extraordinario el haber tenido una pasión tan fiera tan cerca de mí, a veces tan íntimamente cerca.
Breece me pidió que fuese su padrino. Le dije que yo era una caña agotada por el viento, pero que aun así me sentiría honrado. Este pacto del padrino pronto terminaría del revés. Breece empezó a perseguirme para que asistiera a misa, me confesara o diera formación católica a mis hijas. No se debía tanto a la devoción, como a una expresión de gratitud y afecto, pero Breece podía ser corrosivo. Y luego hacer penitencia.
Al igual que con su arte y sus otros conocimientos, incorporó su fe con intensidad, casi como si tuviera una percepción del tiempo distinta, más profunda. Pronto se convirtió en un católico más viejo que yo. Comprendí que no sólo aprendía y absorbía las cosas más deprisa, sino que además las hacía envejecer muy rápido. Su sentido de las cosas se nutría no sólo de su vida, sino de las vidas de los demás. Tenía una experiencia genuina, incluso un recuerdo, de maneras de ser que no podía haber conocido de primera mano. Se diría que había incorporado (y no sustituido) la experiencia de una generación anterior a la suya propia.
Estaba a punto de cumplir veintisiete años cuando murió; yo tenía cuarenta. Pero la mitad del tiempo me trataba (y yo le trataba) como si fuese su hermano pequeño. La otra mitad me trataba como a un oficial de alta graduación en un antiguo ejército salido de su imaginación. Yo sabía algunas cosas, tenía cierto rango, pero Breece estaba convencido de que necesitaba velar por mí. Había algo más que todo eso, claro. Estas viñetas no pueden hacer justicia al amigo poderoso e inquieto que tuve en él.
Al final de su año de viajes diarios de ida y vuelta a Staunton, conseguimos reunir un poco de dinero para Breece. El programa de escritura creativa recibió oportunamente, y por fortuna, la financiación necesaria, y Breece fue de los primeros en recibir una de las nuevas becas. Ahora disponía del tiempo necesario para conocer a otros escritores del claustro (Peter Taylor, James Alan McPherson, Richard Johnson) y a algunos de los integrantes de la nueva leva de estudiantes de escritura. Todo ello fue, en general, bueno. El departamento de Inglés de la Universidad de Virginia es un lugar sofisticado, tanto en el buen y amplio sentido de la palabra, como en un sentido negativo y cerrado. El programa de escritura no es más que una de las múltiples subdivisiones de la universidad —lo que a su vez no deja de ser positivo—. Por el lado bueno, había (y hay todavía) personas entre el claustro de profesores titulares y los estudiantes de doctorado que comprendían y se preocupaban por Breece y su obra. Por el lado malo de la vida en el departamento, hay una inhibición neurótica de la expresión directa, abierta, quizá debida al sentido del ridículo con respecto a cómo va a ser recibida la opinión de uno, pues la opinión es la mercancía principal. A veces resulta difícil obtener una respuesta directa. Y a veces es evidente que algunas personas estiman que la crítica es la flor más alta de la floresta literaria mientras que los relatos, las novelas o los poemas no son más que abono.
Esta actitud era lo bastante evidente para dar a un joven escritor, por bueno que fuera, un primer sinsabor de lo que los teóricos sociales llaman “degradación de estatus”. Breece no sabía lo bueno que era; no sabía cuánto sabía, no sabía que era un cisne en vez de un patito feo. Esta dificultad remitió para Breece, pero siempre subsistió una pesadumbre de forastero en su vida cotidiana, una sensación de que se hallaba en la universidad a regañadientes.
Naturalmente, Breece también podía resultar bastante espinoso y dedicaba parte de su tiempo a subirse por las paredes inútilmente; es decir, por cosas que a mí me parecía mejor ignorar o con las personas equivocadas. Uno de los efectos de la energía iracunda de Breece fue que empezó a hacer campaña por la concesión de un título de Master of Fine Arts para los aprendices de escritores, un “título terminal”, para reemplazar al incómodo Master of Arts.2 La universidad ofrece hoy un MFA en inglés, lo que representa, en general, una mejora, puesto que ofrece un título que acredita al escritor para algunos de los trabajos de subsistencia que puede necesitar a lo largo del camino. Breece era un buen sindicalista.
También era un lector maravilloso. Revisaba los textos de ficción que recibíamos en la Virginia Quarterly Review y, en la primavera de 1979, hizo lo mismo con las candidaturas para las becas Hoyns. Breece, un amigo nuestro y yo revisamos un fardo (es decir, un archivador lleno hasta los topes). En cierto modo, estábamos practicando la forma más funcional de la crítica, a saber: elegir a doce escritores potenciales de un fardo.
Por su claridad de pensamiento y buen sentido del humor, y por cómo progresaba en su trabajo, tuve la impresión de que Breece estaba en buena forma. Había vendido un par de cuentos más. Había hecho una lectura pública de otro cuento ante un auditorio lleno. Tenía algunas ofertas de trabajo y estaba preparándose para salir de Charlottesville. Empezó a regalar sus pertenencias entre los amigos. Siempre había sido un hombre dadivoso; cuando le invitaba a cenar, solía traer truchas que había pescado o algún detalle para mis hijas (por ejemplo, dos barquitos para la bañera que había tallado en madera, provistos de unas paletas accionadas con gomas). Cuando empezó a desprenderse de sus cosas, tuve la impresión de que simplemente se estaba preparando para viajar ligero de equipaje.
Un mes más tarde, un amigo de Breece me dejó leer una carta suya en la que había escrito: «Si no fuera católico, me plantearía divorciarme de la vida».
Ni entre sus más íntimos nadie sospechó nada. Sin embargo, esa frase sobre divorciarse de la vida sólo resulta clara cuando se considera retrospectivamente. Y si tenemos en cuenta otros indicios y cartas, no es fácil saber en qué medida su estado mental era deliberado o accidental cuando decidió quitarse la vida.
Breece consignó en sus libretas un sueño en el que salía a cazar, el cual, según creo, tuvo poco antes de morir. En el sueño había montañas boscosas y verdes valles. Arroyos de aguas claras. Abundaba la caza. Pero lo mejor de todo era que, cuando disparabas a una codorniz, caía muerta, pero enseguida volvía a la vida de un brinco y salía corriendo de nuevo.
Hay varias cosas que me llaman la atención de este sueño. Una es que trata de la inmortalidad y el paraíso. Es el cazadero feliz.3 Así pues, se trata de un ejemplo más de cómo Breece incorporaba afectivamente una tradición y la replegaba en su propia psique. Pero el elemento más poderoso es éste: uno de los temas presentes en los cuentos y en la vida de Breece es la transformación de la violencia en dulzura. Luchaba denodadamente por ser una persona dulce.
Una de las citas favoritas de Breece era de la Biblia (Apocalipsis 3,15-16):
Yo conozco tus obras: que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o hirviente!
Mas porque eres tibio y no frío ni hirviente, yo te vomitaré de mi boca.
Son dos versículos peligrosos. Sin otros mensajes, sin los tonos más dulces de la voz del Espíritu que los atemperen, pueden convertirse en flagelo. Tal vez fue sólo un mal paso que Breece no se permitiera los bálsamos que tenía a su disposición después de flagelarse.
Son tres las maneras que tengo de acordarme de Breece. La primera es el número sorprendente de personas que han venido a verme para hablarme de su amistad con él, o que me han enviado copias de sus intercambios epistolares con él. Todos saben cuán irascible podía llegar a ser Breece, cuán duro consigo mismo. (En una postal a un amigo, en el lugar para el remite, que era “1 Blue Ridge Lane”, Breece escribió: “One Blow Out Your Brain”.4 El amigo no lo había visto. Pero el mensaje en la postal no era otro que alentarle: continúa, continúa escribiendo, disfruta, maldita sea.) Pero estas personas hablan sobre todo de lo que Breece les dio con su calor.
También tengo lo que Breece escribió.
Y hay, en fin, una tercera manera: quizá la memoria, quizá un espectro. No sé muy bien qué son los espectros. La respuesta reflexiva, escéptica, que me doy es que la vívida impresión de las personas muertas que a veces tenemos podría parecerse al síndrome del miembro fantasma: aún sientes el brazo amputado, aún tocas con los dedos que has perdido.
Dos semanas después de la muerte de Breece, y después de que un montón de gente que le había conocido tangencialmente me hiciera la pregunta inevitable y sin respuesta, me hallaba caminando de vuelta casa, rendido. Debían de ser las dos de la madrugada. Estaba en el Lawn de la Universidad de Virginia, de camino a la Rotunda, la cúpula rielaba bajo la luna. Caminaba como un autómata y tardé en darme cuenta de que me había detenido. Olí algo. Noté un sabor metálico en la boca. Tardé un instante en reconocer el olor. El pavonado del cañón. Pero dentro de esta sensación gustativa y olfativa anidaba una compasión irresistible que iba más allá de la compasión de saber que tener el cañón en la boca debía oler así. Había una emoción profunda, aterradora, que nunca hubiera podido imaginar, una emoción y una tentación que absorbían todo mi cuerpo. Nunca lo habría pensado. Nunca me habría atrevido a pensarlo.
En esa urgencia vertiginosa de la sensación, cuando apenas empezaba a abrirme a ella, pude sentir también que había algo que me tranquilizaba. Al igual que la carta que había dejado, era inquietante, pero también cariñosa: no sigas pensando en el por qué. Siente lo que yo sentí por un instante.
Breece y yo discutíamos mucho. El patrón que se repetía consistía en que Breece se levantaba de la mesa y salía justo antes de perder los estribos. Al cabo de un rato, volvía a mi despacho y me decía tranquilo que yo estaba equivocado, o me comentaba algo jocoso, dando a entender que tal vez él no tenía toda la razón. Ahora que mi carácter ha empeorado, agradezco sus esfuerzos. Un mes después de la experiencia en el Lawn, estaba en la bañera intentando expulsar todo pensamiento de mi cabeza. Oí una breve carcajada. Luego, la voz de Breece, el matiz claro e inconfundible de su voz: «Es una manera de quedarse con la última palabra».
No tienen por qué creer nada de lo que les cuento, salvo esto: ésa era la manera que tenía de decir las cosas.
Se sucedieron varias frases de esta naturaleza a lo largo del año siguiente. Por cada reprimenda, oía dos frases dulces y comprensivas. Entonces, hace poco, una vez más entrada la madrugada, mientras me daba un baño tibio, sólo un murmullo lejano. ¿Qué?, pensé. ¿Qué?
“… Está bien. Tienes tu conciencia.”
Ahora bien, también dispongo de los trabajos menos excitados de mi mente: pensar si a Breece le habría gustado esto o lo otro, este río, este libro, esta persona. Esto le habría enfadado, con esto otro se habría reído. Mucha gente lo extraña, y extrañamos lo que habría podido escribir con el tiempo.
Pienso en las muchas cosas que aprendí de Breece. Creo, con una seguridad algo mayor que la que proporciona el mero deseo, que los problemas que tuvo ya no le incordian ni a él ni a la gente que luchó con Breece y le quiso, que una buena parte de lo que aprendió de su lucha con sus problemas permanece.
Notas:
1 John Casey es escritor. Entre otras distinciones, recibió en 1989 el National Book Award por su novela Spartina. Es profesor de literatura en la Universidad de Virginia, donde conoció a Breece D’J Pancake. Asimismo, es el albacea del legado de Pancake. El texto de esta presentación apareció como epílogo a la primera edición norteamericana de los relatos, en 1983.
2 La diferencia entre ambos títulos en el ámbito de las humanidades reside en que el Master of Fine Arts implica una formación más práctica y creativa, mientras que el Master of Arts se centra sobre todo en aquellas ramas del saber crítico.
3 En algunas tradiciones nativas americanas, un paraíso de ultratumba donde la caza es ilimitada.
4 “Uno Sáltate la Tapa de los Sesos.”

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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