La vida cotidiana de Sigmund Freud y su familia. Recuerdos de Paula Fichtl – Detlef Berthelsen

La vida cotidiana de Sigmund Freud y su familia. Recuerdos de Paula Fichtl – Detlef Berthelsen

Estado: usado.

Editorial: Península.

Precio: $500.

Todos aquellos que visitaban a Sigmund Freud en su domicilio vienés de la Berggasse eran recibidos por Paula Fichtl, que vivía como criada en casa de los Freud desde que tenía veintisiete años. Elemento indispensable en la buena marcha de la casa, Paula Fichtl era una institución: María Bonaparte, Stefan Zweig, Thomas Mann y Marilyn Monroe recibieron sus atenciones y se regalaron con sus pasteles. Observadora, leal y vivaz, Paula sivió a la familia y siguió su suerte. Los acompañó en su exilio a Londres y sólo volvió a su Austria natal tras la muerte de Anna Freud. Basado esencialmente en las conversaciones de Detlef Berthelsen con Paula Fichtl, este libro constituye un testimonio personal de primera mano sobre Sigmund Freud y su entorno sobre los cincuenta y tres años que Paula convivió con la familia, y es además un detallado retrato de la vida doméstica en la primera mitad del siglo XX.
Prefacio 
Detlef Berthelsen
Durante una estancia en Inglaterra en el año 1966 leí en el Times de Londres en un artículo sobre Sigmund Freud que su hija, la analista infantil Anna Freud, vivía aún en la casa en la cual murió el fundador del psicoanálisis en 1939. Según el artículo, a sus setenta y un años Anna Freud seguía dirigiendo el jardín de infantes que había fundado en el barrio londinense de Hampstead durante la Segunda Guerra Mundial.
Pocos días después me encontraba ante el edificio de ladrillo rojo del número20 de Maresfield Gardens, medio cubierto de viñas vírgenes, y descubría en el muro una placa conmemorativa azul con el epígrafe “Sigmund Freud lived here”. Mientras estaba admirando el cuidado jardín, entró una mujer de cierta edad con dos bolsas de las compras bien repletas. Al cabo de unos minutos salio con un delantal puesto y me pregunto si buscaba a alguien o deseaba ver a alguien. Después de escucharme, replicó con acento austríaco: “Puede hablar alemán conmigo tranquilamente.” Parecía amable y servicial, y acepté su invitación a entrar en la cocina; allí me preparó una taza de café de sabor agradablemente “continental”.  Paula Fichtl, así se llamaba mi anfitriona, llevaba treinta y siete años unida a la familia Freud, como pronto supe, y ésta constituía evidentemente el centro de su vida. Tras una agradable conversación me despidió de forma súbita y apresurada: “Porque cuando la señorita Freud vuelve a casa no ve con buenos ojos que hable con personas desconocidas”, explicó Paula Fichtl. “¿De dónde procede su confianza?”, pregunté. “Usted no me conoce de nada.” “Sabe usted, el profesor Freud me dijo una vez: ‘Con su conocimiento de las personas es usted mejor analista que muchos analistas profesionales.’”
Éste fue mi primer encuentro con Paula Fichtl, ama de llaves de la familia Freud, que por entonces contaba sesenta y cuatro años. Me di cuenta de que aquella mujer era un testigo importante de su época y de que había conocido a Sigmund Freud en privado y durante largo tiempo, tanto como sólo su hija Anna. Vi en mi amable anfitriona una magnífica fuente historiográfica. De las palabras de Paula Flichtl surgía la silueta de Sigmund Freud en su vida privada de una forma que hasta entonces no había podido conocerse, sino que se había mantenido cuidadosamente oculta.
Cuando volví a ver a Paula Fichtl al cabo de dos semanas, mantuvimos una larga conversación. Hubo café y tarta de Linz, hecha por ella misma. Pero esta vez también ella “sentía curiosidad” y deseaba saber quiénes eran mis padres y por qué había ido a para a Londres. Escucho compasiva el relato de la huida de mis padres hacia el oeste durante la guerra. Ello la llevó a hablar de su condición de emigrante. Luego me enseñó con orgullo el despacho y la biblioteca del hombre por quien abandonara voluntariamente su patria austríaca. En 1938 había emigrado con los Freud a Londres sin tener necesidad de hacerlo y sólo por lealtad y afecto, como si fuera lo más natural del mundo. Sigmund Freud constituye el principal elemento de su vida, y naturalmente la llenaba de orgullo saber que le había sido simpática y útil. Me explico la disposición de su lugar de trabajo y extrajo fotos del cajón del escritorio de su “admirado profesor”. Incluso me permitió que probara el famoso diván.
En las muchas meriendas que siguieron – así denominaba Paula nuestras charlas – me llamó la atención repetidamente el ver que en las biografías de Freud conocidas faltaban muchos de los aspectos personales que Paula me confiaba de manera tan natural y discreta.
En los años siguientes mantuve el contacto con Paula Fichtl mediante postales. En 1971 dejé Nueva York y pasé a ocupar un puesto en Hamburgo. Ocho años después, al declarar la UNESCO el 1979 como Año del Niño, llegó por fin la ocasión de combinar mi interés por la obra de Sigmund Freud y por la personalidad de su hija Anna en una tarea concreta. Se me encargó que hiciera una entrevista a la analista infantil. Al principio rechazó sin ambages mi solicitud y por lo demás me remitió a sus libros. Pero acabó dando su consentimiento para una entrevista, aunque a regañadientes. “Solo estaré a su disposición durante cincuenta minutos, el tiempo de una de mis sesiones de análisis.”
Cuando al cabo de pocos días llamé al timbre de la casa número 20 de Maresfield Gardens, volvió a abrirme Paula Fichtl al cabo de trece años, ahora de forma oficial. Le había dado mi firme promesa de no decir una sola palabra acerca de nuestra antigua relación. Anna Freud me hizo enseñarle primero el pasaporte, a los pocos minutos se apropió también de mi lista de preguntas y luego declaró con aspereza: “¡No contestaré ninguna pregunta acerca de mi padre!” Al cabo de una hora y media  me despedí de la exhausta analista, que contaba por entonces ochenta y cuatro años. al despedirnos, me quedé gozosamente sorprendido de que me invitara a continuar nuestra conversación a la tarde siguiente. De ahí surgió una relación que se prolongaría hasta su muerte en el año 1982.
Pocos días más tarde, Paula Fichtl y yo celebramos nuestro reencuentro sentados en la mesa de la cocina. Desde entonces la visité más a menudo y la escuché con más atención, planteándole preguntas más concretas. Aceptó también que en nuestras reuniones hubiera siempre un grabador en funcionamiento. Yo deseaba saber más cosas acerca de Anna y Sigmund Freud desde el punto de vista de su ama de llaves. El padre del psicoanálisis y su hija, que habían hecho de la revelación de lo más oculto el fundamento de su ciencia y de su terapia, se habían negado durante toda su vida a dejar entrever cuestiones personales. Sigmund Freud tuvo buen cuidado ya desde muy pronto de que sus futuros biógrafos se encontraran con muchas dificultades. A los veintinueve años escribió a su novia Martha: “…He destruido todas las anotaciones de los últimos catorce años y las cartas, resúmenes científicos y manuscritos de mi trabajo…” Hasta la muerte de Anna Freud, las informaciones y publicaciones de corrrespondencia referidas a su ámbito estuvieron severamente controladas: todo lo que no sirviera a la teoría pura caía víctima de la redacción.
En un total de más de ochenta horas de grabaciones de audio, Paula Flichtl me contó  la historia de su vida. Lo que había pensado, sentido, creído y observado a lo largo de cincuenta y tres años en casa de los Freud. “Quien tiene ojos para ver y oídos para oír, llega a la convicción de que los mortales no son capaces de ocultar ningún secreto. Aquel cuyos labios callan, charla con las puntas de los dedos…” Así le dejó escrito Freud en el historial de un paciente.
También Paula Fichtl sabía leer a su modo el pensamiento de la “gente lista”. No me contó nada acerca de Sigmund Freud como científico, pero sí como patrono, anfitrión, pachá que constituía el centro de una familia de mujeres, filatelista, padre y esposo más bien triston. Ya desde el principio tuve que asegurar a Paula Fichtl una yt otra vez que no publicaría sus recuerdos hasta después de la muerte de Anna Freud. U jasta qie jibp dekadp de existir el domicilio londinense de los Freud no me permitió revisar y evaluar las cartas, documentos y fotos que poseía. Aparecieron muchas cartas. Eran sobre todo cartas de Anna Freud y de su compañera Dorothy Burlingham-Tiffany, que me transmitían una cróncia casi completa de la “vida interior” de la casa de Freud en Londres. He completdo y comprobado las informaciones procedentes de las cartas y los documentos mediante numerosas entrevistas a conocidos y amigos de la familia Freud en el mundo entero.
El resultado constituye  a la vez, en gran medida, la biografía de una criada austríaca nacida en 1902, a quien le estuvo reservado cuidad a uno de los principales científicos del siglo XX en sus años más difíciles.
Otros libros relacionados del catálogo de Libros Kalish:
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En los archivos de Freud – Janet Malcolm
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Correspondencia. Con Sigmund Freud, Rainer Maria Rilke y Arthur Schnitzler – Stefan Zweig
Cartas de viaje 1895-1923 – Sigmund Freud
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ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $40.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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Libros difíciles de encontrar a buen precio.
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10 respuestas a La vida cotidiana de Sigmund Freud y su familia. Recuerdos de Paula Fichtl – Detlef Berthelsen

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  9. Mònica Chattàs dijo:

    Hola quisiera comprar el librode La vida cotidiana de Sigmund Freud, como puedo hacer?
    Gracias.

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