La hija de kheops – Alberto Laiseca

La hija de kheops - Alberto Laiseca

vendido

Estado: usado.

Editorial: emecé.

Precio: $000.

 

Una máquina de guerra contra la pena*
César Aira
Laiseca es un macroscopista: ve las cosas grandes, y las ve muy de cerca. Por ejemplo la Historia, que es inmensa y está llena de pirámides, murallas chinas, torres de Babel, campañas a Rusia y otras desmesuras por el estilo. Cuanto más grande es la cosa, mayor el enigma: ¿Para qué construir una pirámide altísima y enorme? ¿Para qué hacer enormidades en general? ¿Por qué hubo Historia? O bien, empezando por donde corresponde; ¿por qué escribir una novela? Para esto último hay una filología doméstica.
La hija de kheops proviene de una anécdota que Laiseca paladeó con fruición durante años. La hija del Faraón, en efecto, para contribuir al financiamiento de la gran obra pública emprendida por su papá, practicó la prostitución. Además del pago normal por sus prestaciones, que iba íntegro al fondo pro-pirámide, le exigía a cada uno de sus clientes la donación extra de una piedra destinada a levantar su propia pirámide. El chiste está en que al final de su vida había logrado elevar una, no tan alta como la oficial, pero de respetables dimensiones.
 Cuando estaba a punto de empezar a escribir (fui testigo del proceso) Laiseca enfrentó un dilema que le exigió hartas reflexiones: la Pirámide, la “joya magna” que protegería a Egipto durante toda la eternidad, era lo mejor que podía hacer el Faraón, de eso Laiseca no tenía dudas. Pero para hacerla, había que hacerla bien, y eso significaba un prolongado sacrificio, una generación o dos de egipcios que vivirían en la mayor austeridad, sin poder siquiera tomar cerveza. La cerveza era el punto clave. Durante meses Laiseca le dio vueltas al asunto, en un bar del Once llamado El Rubí, ante frescas botellas de, precisamente, cerveza. ¿Valen la pena los sacrificios? ¿Se puede vivir sin felicidad? ¿Acaso la vida tiene resultados? Kheops, en su justificado esfuerzo por ser un Mozart, ¿no habría terminado siendo un chichi? ¿Un faraón místico tiene derecho a privar al más pobre de sus súbditos de este placer?, se preguntaba Laiseca mortalmente serio y mortalmente pensativo, con el vaso de cerveza en la mano.
Eran preguntas demasiado grandes para contestarlas sólo con palabras. La novela lo haría. Y un día la novela ya estaba en marcha. Después de todo, el trabajo de Laiseca no es la Historia, sino su contracara, la Felicidad. Laiseca es como Rousseau (son dos gotas de agua), pero mientras a Jean Jacques la Historia le dio la oportunidad de crear un mundo, el mundo en que vivimos, a Laiseca le jugó la mala pasada de hacerlo un creador de mundo, en un mundo ya hecho. De ahí que en él la literatura sea una necesidad. Y la literatura en él es una máquina de guerra contra la Pena; si no puede construir Pirámides, puede crear exorcismos, y sabe hacerlos de veras grandes y eficaces.
 “Voy por la página cuatrocientos, y sólo ahora empiezo con lo que quería decir”, afirma típicamente Laiseca cuando se pone a escribir. Esto es una fatalidad que no admite excepciones. Con La hija de Kheops sin embargo empleó un truco muy eficaz para ir al grano directamente: las cuatrocientas, o quinientas, o mil páginas previas se las escribió Mika Waltari, y son las que forman Sinhué el Egipcio, su novela favorita. No debería sorprendernos, porque acercar la lectura y la escritura hasta que se confunden es quizás la operación literaria por excelencia (además, Laiseca ya había practicado en los Poemas chinos).
 La hija de Kheops es una odisea de la contigüidad. No son sólo la lectura y la escritura las que se aproximan: todo lo demás lo hace también, desde la idea misma de hacer la pirámide, que se da en un sueño, con la conciencia exageradamente pegada a sí misma, hasta el amor, pasando por la magia. La contigüidad lo contamina todo. Egipto y la Argentina se acercan hasta tocarse no porque haya anacronismos (no los hay en esta novela) sino por la lógica de la Felicidad que hace contiguos a la posibilidad y al acto. La Historia misma se ilumina a partir de aquí: ¿cómo han podido suceder tantas enormidades? Muy fácil: sucedieron porque a alguien se le ocurrió que eran posibles. La literatura toma el relevo de la realidad, pero sin suprimirla, lejos de ello. El “realismo delirante” de Laiseca es muy real.
 Las parejas contiguas en Laiseca son de dos tipos. En primer lugar está la pareja de amantes, la proximidad absoluta del amor, aquí magnificada por el incesto. En segundo lugar, la pareja constituida por el Jefe de Estado y su primer ministro (o consejero o general o gran sacerdote). Aquí hay contigüidades intermedias: el Saber, el Mito, la Historia. En cambio el Poder, que a primera vista parece tema excluyente de la ficción laisequiana, en realidad es lateral y auxiliar. El poder es la voluntad (que un linyera tiene tanto como un emperador), y la voluntad no es más que el movimiento, que Laiseca piensa siempre como una estrategia bélica, hacia la felicidad. La felicidad será, al fin de cuentas, el acercamiento de todo, la muerte de las distancias, la precipitación de todos los posibles en el Acontecimiento. El tiempo desaparecerá entonces, comprimido en un instante adánico en el que podrán celebrarse las nupcias cósmicas de Kheops y su hija. Los años que lleva la construcción de la Pirámide no son sino el pago del rescate del tiempo, secuestrado por los chichis que nunca faltan. Y cuando todo hacía esperar austeridad, sacrificio y esperanza, resulta que esos años son los de la más intensa felicidad. Porque en ellos se refleja algo más, un futuro casi impensable de tan luminoso. La gente es feliz porque va a ser feliz, y viceversa. Y cuando esa gran geometría se consume, cuando la autora nietzscheana de la eternidad ilumine la joya suprema del desierto… entonces Laiseca calla, con una sonrisa misteriosa. No se ha propuesto decirlo todo, ni mucho menos. Y además, sucede que él ya no es un adolescente a la espera de la gloria; es un artista maduro y consumado; es el autor de Los Sorias, una de las más grandes novelas del siglo XX, y ya no tiene nada que esperar. Y los lectores, por nuestra parte, que con todo este manejo hemos quedado excesivamente cerca de nuestro deseo, ¿qué podemos esperar? ¿Debemos esperar algo? Una sola cosa, quizás: que no nos falten nunca las obras maestras que renueven nuestra sospecha de la consumación del tiempo. ¿Y quién podría dudar de que La hija de Kheops es una obra maestra?
 *Este texto fue publicado originalmente en Babel, revista de libros, Año II, Nº12, octubre 1989, en su sección Libro del mes, junto a otras colaboraciones de Guillermo Saavedra y Pablo Bari, donde se daba cuenta de la de reciente aparición de La hija de Kheops publicada por EMECÉ Editores.
ALBERTO LAISECA. Retrato de artista con novela
CONVERSACION DE LAISECA CON GUILLERMO SAAVEDRA
   Ya no es tan maldito ni inédito como hace unos pocos años. Alberto Laiseca (Rosario, 1941) ha publicado varias novelas —Su turno para morir (1976), Aventuras de un novelista atonal (1982), La hija de Keops (1989), La mujer en la muralla (1990) y El jardín de las máquinas parlantes (1993), los relatos de Matando enanos a garrotazos (1982), el ensayo Por favor ¡plágienme! (1991) y los Poemas chinos (1987), donde despliega una imaginación delirante que tiende a la desmesura sin dejar de atender, de tanto en tanto, a los efectos de la delicadeza. No obstante, conserva el prestigio de un escritor excéntrico. Quizás porque su monumental saga de más de mil quinientas páginas titulada Los Soria continúa inédita(1) y él, incapaz de ser domesticado por las ediciones, los reportajes y las notas en los diarios, sigue pareciéndose al retrato que intentan estas páginas.
   Alto, altísimo, un bigote nietzscheano morigera apenas su agreste figura: leñador sin árboles o guerrero en tiempos de paz cuyo aspecto inquietante se desvanece en cuanto empieza a hablar. Sentado a una mesa, of reciendo generoso sus peculiares Imparciales cada vez que enciende uno, Alberto Laiseca se expresa lentamente, barajando diminutivos infrecuentes, en un tono melifluo que amortigua las erres para que no carraspeen en el oído de su interlocutor.
   ¿Quién es este rosarino de 46 años—criado en la pequeña localidad cordobesa de Camilo Aldao—que logra concitar la admiración de reticentes tan notables como Ricardo Piglia y Enrique Fogwill? Tal vez, el único maldito de la literatura argentina actual. Alguien capaz de escribir olímpicamente de espaldas a los usos y costumbres del circuito literario local. Como quien dice: «Vernáculas e doppo morire». O como quien hace, desde su cáscara y hacia el centro, de la misantropía un estilo, para llegar mejor al corazón genuino de los hombres. Ese refugio subterráneo le ha permitido desarrollar una obra vasta y original, sobre la base de una biblioteca insólita y una visión del mundo deliberadamente excéntrica.
   Laiseca accedió al mundo editorial por la puerta de una convención a la cual su apellido parecía condenarlo: Su turno para morir es una parodia trascendente del género policial negro, tan cultivado al norte del río Bravo. Matando enanos a garrotazos, su tercer libro, no fue la consecuencia sino la causa de otra condena: el jurado de un concurso literario lo descalificó debido al gerundio titulante. Y. entre otras titilaciones que esa obra generara, una improbable reflexión atribuida a Borges, quien, enterado del nombre del libro y sin haberlo leído, habría conjeturado: «Quizá se trate de un loable intento de historizar los últimos cincuenta años de literatura argentina”. Entre parodias y gerundios, Aventuras de un novelista atonal puso en escena lo que el mismo Laiseca se complace en llamar «realismo delirante». Modo singular de una escritura que propone una suerte de ars delirandi para vincularse profundamente con lo real.
   Humoristicamente, las narraciones de Laiseca parten de un mundo sórdido y marginal pero reconocible para alcanzar una promiscuidad imaginaria en la que cobra sentido una versión, universo inficionado de arcaismos y saberes desprestigiados. Su último libro publicado, Poemas chinos, juega a mimar, en apócrifa traducción, el refinado vuelo de terrazas del pensamiento oriental.
   Pero, se sabe, lo esencial es invisible a los editores. La miopia de éstos y cierta laisequeana melancolía han hecho que una gran parte de su obra duerma el sueño de los libros malditos. Entre ellos, como una magnifica pesadilla que ocupa varios cajones deincunables, agazapada a la espera de un borgeano Teseo que vaya a redimirla, yace su monumental saga novelística Los Soria, texto de mil quinientas páginas que intenta «reflexionar sobre el poder absoluto y la posibilidad de organizarlo de un modo más humanizado», según Laiseca. Una historia que comienza en un cuarto de pensión compartido por tres hombres —Iseka y los hermanos Juan Carlos y Luis Soria—, se proyecta hacia una hiperbólica conflagración entre superpotencias por la supremacía mundial. La Unión Soviética se une a la poderosa Soria para combatir contra el imperio de Tecnocracia. En éste último gobierna un déspota absoluto, el Monitor, en quien reside una ínfima partícula susceptible de cambio. Gracias a la infiuencia de varios maestros y de una mujer, el Monitor se va humanizando paulatinamente. Pero su proceso de espiritualización llega al cenit cuando Tecnocracia ha sido completamente derrotada. «Una burla del destino», dice Laiseca, «una derrota exterior y un triunfo interior.» Todo ello, en medio de una algarabia narrativa y en un tono «jolgorioso, atravesado de chistecillos de los míos», agrega el autor, desde sus márgenes. Resignado, por el momento, a que esa summa del realismo delirante no alcance la efímera gracia de la imprenta, y mientras trabaja en una novela sobre la construcción de la Gran Muralla China, Laiseca ha comenzado a trajinar pasillos de casas editoras con la esperanza de publicar otro de sus textos tan acabados como inéditos: La hija de Keops (2), “narración construida a la manera de la clásica novela de aventuras y que, comparada con Los Soria, no es más que una nouvelle de doscientas cincuenta páginas”, acota un Laiseca jactancioso. Novela que pretende ceñirse escrupulosamente a los datos históricos, La hija de Keops es una recreación, admirativa y reverencial, de aquella civilización que, según Laiseca, supo construir su torre de Babel: «Egipto es el único país de la Tierra que, junto con Israel, conserva el mismo nombre que tenía hace siete mil años. Esta perduración a través de tantos siglos se debe a la construcción de la Gran Pirámide».
   Obsesionado por los egipcios desde los nueve años, el niño Laiseca acosaba a su padre con preguntas, embalsamaba pajaritos con precaria fruición taxidermista y devoraba equívocos libros de historia antigua. Un largo aprendizaje de casi cuarenta años le permitió profundizar en cuestiones tan piramidales y despojarse de muchas ideas erróneas que alimentan aún la vulgata sobre los habitantes del país del río generoso.
El disparador de la novela parece haber sido un comentario de un venerable historiador que escribió tantos libros como musas trajinaban el Parnaso: «Los sacerdotes le contaron a Herodoto que, hallándose el faraón Keops falto de dinero en un momento dado de la construcción —que duró treinta años—, no dudó en prostituir a una de sus hijas para incorporar más dinero al tesoro real. Dice textualmente Herodoto: “Cumplió ella tan bien lo que su padre le ordenó tan rnal que, no conforme con el dinero que le pedía a cada uno de sus amantes, les exigía, además, una piedra, cortada, pulida y transportada hasta Gizeh, donde levantó su propia pirámide, mucho más pequeña y cercana a la de su padre”. Creo que hay una verdad y una mentira en esa historia que le contaron a Herodoto. Seguramente, esa hija ejerció la prostitución sagrada, modalidad frecuente en la antigüedad. Pienso que ella, enamorada de la obra teológica que su padre estaba haciendo, ejerció la prostitución como un tributo religioso. Por lo demás, lo que ella podía aportar al tesoro era absolutamente irrelevante Si Keops hubiera querido engrosar sus arcas le habría bastado con aumentar los impuestos.»
   De la devoción de Hentsen, hija de Keops, por la devocional obra de su padre, se trata devotamente en esta novela de Laiseca. Y, alrededor y entre los pliegues de tantas devociones, la voluntad de rescatar, como se dice, el espíritu de una sociedad con una mirada capaz de comprenderla.
   ¿Cómo eludir la solemnidad de ese intento? El humor, verdadera marca de estilo de la escritura de Laiseca, aligera la carga de esos miles de años de historia que siguen contemplándolos. El humor y la elección de una perspectiva cotidiana: «Es la novela más entretenida que escribí. Tal vez porque he tratado de recuperar la alegría del paganismo, seguramente mucho más genuina que la nuestra. En la novela hay grandes comilonas, se bebe muchísima cerveza (los egipcios conocían hasta cinco variedades de ellas) y el sexo está presente casi todo el tiempo. Hay múltiples historias de amor. No sólo la del faraón con su hija Hentsen sino la del faraón con muchas otras mujeres y las de su hija con varios amantes. También se cuentan los amores del arquitecto real y las desdichas amorosas del mago de la corte. En fin, los personajes beben, comen, hacen el amor, creen en sus dioses, miran el Nilo y los animalitos y trabajan en la construcción de la Gran Pirámide.»
   En busca de una verosimilitud que acercara el discurso al curso de la época, Laiseca encontró un tópico conversacional que campea a lo largo de toda la novela: «Pensé que Egipto, país nacido del Nilo, con sus inundaciones periódicas y las formaciones pantanosas que creaba, debía ser un criadero de mosquitos. Estos son una verdadera obsesión en toda la novela que, incluso, comienza así: “Una verdadera novela que hablase sobre el Egipto antiguo debería interrumpirse cada dos minutos para decir- En ese momento, al faraón lo picaba un mosquito detrás de la oreja”. Mosquitos recorriendo el texto, acosando a los enamorados, a los sacerdotes, a la familia real y a los que, sudorosos y extenuados, trabajaban en la construcción de la Gran Pirámide, sepulcro majestuoso del doble astral del faraón. Innumerables industrias mesorientales para combatirlos: «desde falsos nenúfares destilados hasta botellas con comidillas apetitosas capaces de atrapar mil por día». Y hasta las maldiciones plagadas de pequeñas vampiresas en su vuelo nupcial: “Ojalá te coman los mosquitos” dicen lo enojados egipcios de la novela de Laiseca.
   ¿Por qué el niño de nueve años esperó casi cuarenta para escribir esta novela? Laiseca —leñador desarraigado, manos enormes y ojillos correctores, tricota de color indefinido— asegura que escribir una novela de aventuras es una empresa difícil «Requiere toda una especialización que debe aprenderse desde cero, empezando por los palotes y el abecedario.» Proceso que, en el caso de Laiseca, supone haber escrito toda su obra anterior, haber podido alejarse de ella y encarar un modelo que modere el delirio, en beneficio de una relativa fidelidad a la historia. Pero también —y esto es fundamental para entender al autor y a su novela— haber accedido a una concepción politeísta. «Desde el monoteísmo no se puede entender a los egipcios. Hay que volverse politeísta como ellos para poder mirarlos. Si no, más vale no lo intentes, porque vas a verlos de un modo empobrecedor, como monoteístas frustrados.»
   No se trata de un ejercicio de imaginación para escribir una novelas de dobles astrales y gatos sagrados sino de una firme y tal vez poética creencia religiosa. Un modo de pensar la realidad. Un politeísmo con nombres propios que involucran no sólo a los egipcios sino también a los grecorromanos.
   Si alguien se pone irónico y le pregunta cómo hace para sostener una concepción que pasó de moda cuando el dios de los judíos empezó a errar por el mundo, Laiseca no se arredra: «Es tan ridículo ser politeísta como monoteísta o ateo. Todo es ridículo. O no». ¿Cuál es el movimiento que él realiza para evitar el sentimiento de ridiculez? Simplemente, creer: «Si llamás a los dioses, éstos aparecen».
Rescatar el paganismo significa, para este escritor extemporáneo, exponer la problemática del ser humano con menos distorsiones. «Creo que, a raíz de la aparición del monoteísmo en la Tierra, tenemos más problemas que antes. Todo es mucho más difícil. Es casi imposible encontrarse con el otro. Ha aumentado el grado de esquizofrenia».
   Acusado de nostálgico, de llorar un dorado paraíso perdido por culpa de un pecado que, si alguna vez lo fue, ha dejado de ser original, el incurable fumador de Imparciales no subestima ese mito que pende, como un gracioso amuleto, del espejo de un colectivo inconsciente. ¿Cómo salvarse de la angustia de sentir que nos perdimos aquella fiesta? ¿La circularidad, tal vez? El hombre que creció en Camilo Aldao y, por las dudas, no cuenta los gatos que viven en su casa, responde preguntando: «¿El eterno retorno? Sí, creo que los dioses vuelven. Pero uno tiene que estar preparado para recibirlos. Y eso es muy difícil. Hay mucha distorsión». Policialmente, se le pregunta a Laiseca—vaqueros gastados, calcetines ¿blancos?—por los responsables de esa atroz distorsión. La respuesta llega, politeísta y monotemática: «El mal está en todos lados, y el enemigo es el monoteísmo. Perdón por la reiteración pero Él me obliga. Reconozco su fuerza».
¿Puede la escritura obrar como un conjuro contra esa fuerza maléfica y distorsiva? Un Laiseca parabólico cuenta que, cuando el dios Toth inventó la escritura, muchos egipcios se opusieron. Alegaban que iba a destruir la memoria colectiva. «Pero el dios Toth sabía de los tiempos venideros. Tiempos de destrucción de la memoria, de sucesivas quemas de la biblioteca de Alejandría. Desde ese punto de vista, si la memoria oral es devastada, celebremos al menos la persistencia de la escritura. Estamos seguros de que hubiese sido mejor permanecer en una edad de oro donde la escritura no fuese necesaria, donde la iniciación verdadera pasase de boca en boca, de maestro a discípulo. Pero ya no somos tan puros ni estamos tan incorruptos como para garantizar la transmisión directa de la memoria. Por eso hay que escribir todo lo que se pueda.»
   Pero La hija de Keops no es una versión pagana de las Confesiones de San Agustín. En todo caso, su concepción religiosa subyace discretamente debajo de un estilo «jolgorioso y atravesado de chistecillos» que el gran pagano Laiseca maneja como los dioses que alguna vez se lo enseñaron.
(1) Los Soria será publicada próximamente por Simurg (1998).
(2) La hija de Keops fue publicada por Emecé en 1989.
Entrevista de Guillermo Saavedra publicada en El Porteño en 1987, y que forma parte del libro “La curiosidad impertinente”, del mismo autor, publicado por Beatriz Viterbo Editora. © 1993 Beatriz Viterbo. © 1993 Guillermo Saavedra

 

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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