El autentico Mark Twain – Everett Emerson

kinopoisk.ru

Estado: impecable.

Editorial: Montesinos.

Precio: $350.

Escritor, periodista, humorista, conferenciante, buscador de oro, inventor, editor y hombre de negocios, mundialmente famoso por las historias de Tom Sawyer, Mark Twain ocupa una posición única no sólo en la literatura, sino también en la historia de la Norteamérica del siglo XIX.
Su auténtico nombre era Samuel L. Clemens, pero acostumbra a firmar con el seudónimo Twain, que significa “dos brazas de profundidad” – el grito de los pilotos fluviales del Mississippi –, tal como nos revela Everett Emerson en su excepcional biografía del escritor. Sagaz observador político, fue testigo del desarrollo de los Estados Unidos, y su conversión en una potencia mundial, temas sobre los que escribió con frecuencia. En todas sus novelas, relatos y ensayos, Mark Twain habla acerca de la condición humana, en ocaciones con ironía y otras veces – sobre todo en sus últimos años – con profunda amargura. Siendo un escritor desigual, sobre el que hay desacuerdos, todos coinciden en afirmar que creó una inequívoca novela americana, por lo que se lo sitúa a la cabeza de la tredición de las letras americanas nativas.
Cómo contar una historia 
Mark Twain 
No pretendo afirmar que yo puedo contar una historia como debe ser contada. Lo que sí aseguro es que conozco la manera en que se debe contar una historia porque, desde hace mucho, frecuento casi diariamente la compañía de los más expertos narradores.
Hay muchas clases de historias, pero sólo una que impone dificultad: la humorística. Hablaré sobre todo de ésta. La historia humorística es americana, la historia cómica es inglesa y la historia ingeniosa es francesa. Para lograr su efecto, la historia humorística depende de la manera en que se cuenta; la historia cómica y la ingeniosa, en cambio, dependen de los hechos narrados.
La historia humorística, por su capacidad de extenderse, permite la divagación y no llega a ningún lugar en particular; la historia cómica y la ingeniosa deben ser breves y tener un final claro. La historia humorística se va inflando; las otras explotan.
La historia humorística es una obra de arte y sólo un artista puede contarla, pero no hay necesidad de recurrir al arte para contar una historia cómica o ingeniosa: cualquiera puede hacerlo. El arte de contar una historia humorística —y por contar me refiero a narrarla en voz alta, no a escribirla— fue creado en los Estados Unidos y aquí se ha mantenido y desarrollado.
La historia humorística se cuenta en tono grave: el narrador hace un gran esfuerzo por ocultar que piensa que hay algo gracioso en lo que dice; por el contrario, antes de comenzar, el narrador de una historia cómica te asegura que la que viene es la historia más graciosa que él ha escuchado, luego la cuenta con placer y entusiasmo y es la primera persona en reírse cuando ha terminado. A veces, si la historia tiene éxito, su felicidad lo lleva a repetir el chiste de la historia y a mirar cara a cara a la audiencia, recogiendo los aplausos que le brindan antes de repetir la historia completa de nuevo. Es algo bastante patético de presenciar.
Con frecuencia, las historias humorísticas, dispersas y errabundas como son, también tienen un chiste, o un centro o golpe final, o como sea que lo llamen. Pero el escucha debe estar alerta, pues en muchos casos el narrador procurará desviar la atención de ese centro al mencionarlo de manera indiferente y cautelosa, como si él mismo no supiera que lo que está diciendo es la esencia de la historia.
Artemus Ward usaba este recurso de manera magistral: en el momento en que la audiencia entendía el chiste, él miraba hacia arriba con fingida sorpresa, como preguntándose de qué se reía la gente. Dan Setchell usó este recurso antes que él; Nye, Riley y otros lo usan ahora.
Pero el narrador de la historia cómica no sugiere el chiste: lo grita. Y cuando lo escribe y lo publica en Inglaterra, Francia, Alemania o en Italia lo resalta en itálicas, le agrega signos de exclamación y con frecuencia lo explica entre paréntesis. Esto es deprimente y hace que uno considere renunciar a las bromas y buscarse una vida mejor.
Daré un ejemplo del método cómico, para lo cual usaré una anécdota popular alrededor del mundo desde hace mil doscientos o mil quinientos años. El narrador la cuenta de esta manera:
El soldado herido
En medio de una batalla, un soldado que había perdido una pierna le pidió a otro que pasaba por allí que lo llevara a retaguardia, pues no podía caminar debido a la herida que había sufrido. El generoso hijo de Marte cargó en hombros al infortunado y procedió a llevar a cabo su deseo. Los disparos volaban en todas direcciones, y una bala de cañón le voló la cabeza al soldado herido sin que su salvador se diera cuenta.
Poco tiempo después un oficial lo llamó y le dijo:
«¿Qué está haciendo con ese cadáver, soldado?»
«Lo llevo a retaguardia, señor. Este hombre ha perdido una pierna».
«¿Una pierna?», respondió el oficial asombrado, «usted querrá decir que ha perdido la cabeza, tontito».
El soldado se deshizo de su carga y, perplejo, se quedó mirando el cuerpo. Después dijo:
«Es verdad lo que usted dice, señor», y luego de una pausa añadió: «¡¡¡Pero él me DIJO que HABÍA PERDIDO SU PIERNA!!!»
***
Aquí, el narrador estalla en carcajadas estruendosas y asfixiantes, repitiendo la última frase de vez en cuando entre jadeos y aullidos.
Toma apenas un minuto y medio contar esta anécdota en su forma cómica, y en realidad ni siquiera vale ese pequeño esfuerzo. En su forma humorística, como la cuenta James Whitcomb Riley, la anécdota demora diez minutos y es lo más gracioso que yo he escuchado.
Riley la cuenta personificando a un granjero viejo y estúpido que acaba de escuchar la historia por primera vez, que piensa que es increíblemente graciosa y que está tratando de contársela a un vecino. Pero como él no la recuerda, se confunde y divaga desamparadamente, agregando detalles tediosos que no pertenecen a la historia y que sólo la dilatan. Omite detalles y agrega otros que no tienen sentido; comete pequeños errores de vez en cuando y se detiene para corregirlos y para explicar qué lo llevó a comerterlos; recuerda cosas que había olvidado y vuelve atrás para ponerlas en su lugar correcto; detiene la narración un buen tiempo e intenta recordar el nombre del soldado herido, para finalmente reconocer que el nombre no estaba mencionado en la historia y que, de hecho, no tenía ninguna importancia —sería mucho mejor saberlo, claro, pero después de todo no es nada importante— y así sucesivamene.
El inocente narrador está feliz y satisfecho consigo mismo y debe detenerse alguna vez para aguantarse la risa; de hecho lo hace, pero su cuerpo tiembla como gelatina debido a las risas que sofoca. Al final de los diez minutos el público está agotado de reírse y lágrimas comienzan a correr por el rostro de la gente.
La simpleza, la inocencia y la sinceridad del viejo granjero están perfectamente simuladas, y el resultado es una representación encantadora. Esto es arte, y sólo un maestro puede llevar a cabo esta bella representación. Una máquina, en cambio, podría perfectamente contar la otra historia.
Si mi idea es correcta, el arte de contar historias humorísticas consiste en hilar incongruencias de manera que el narrador aparente no darse cuenta de que lo que dice es absurdo. Otra característica es la de esconder el centro de la historia. La tercera consiste en incluir acotaciones sin que éstas parezcan comentarios planeados, como si uno estuviera pensando en voz alta. La cuarta, y última, es la pausa.
Artemus Ward dominaba las características tres y cuatro. Primero, con mucho ánimo empezaba a contar algo que para él era maravilloso; después perdía la confianza en la historia y, luego de una despistada pausa, añadía comentarios incongruentes con la intención de hacer que la risa explotara, y en efecto eso era lo que sucedía.
Por ejemplo, él decía con mucho entusiasmo: «Una vez conocí a un hombre en Nueva Zelanda que no tenía dientes». En este momento su ánimo decaía, fingía una larga y reflexiva pausa para después continuar: «y sin embargo, ese hombre era capaz de alardear[1] mejor que cualquier otro que haya visto.
La pausa es una característica sumamente importante en toda historia y con frecuencia es un recurso muy socorrido, pero también riesgoso y traicionero porque debe tener la extensión justa —ni menos ni más— o no servirá de nada y causará problemas. Si la pausa no tiene la extensión correcta, en lugar de impresionar al público le habremos dado tiempo de adivinar que la intención era generar sorpresa, por lo que será imposible sorprender a la gente.
Cuando subía al escenario a narrar historias yo solía contar una sobre un fantasma que tenía una pausa justo antes del final del chiste, y esa pausa era lo más importante de toda la historia. Si lograba mantener la pausa el tiempo adecuado lograba el efecto necesario para hacer que cualquier mujer impresionable soltara un grito y brincara de su asiento, y eso es justo lo que yo buscaba. La historia se llama El brazo de oro y yo la narraba de la siguiente manera. Ustedes pueden practicar el recurso de la pausa con ella y conseguir ese mismo efecto.
El brazo de oro[2]
Había una vez un hombre muy malo que, si no tomamos en cuenta la presencia de su esposa, vivía sólo en un llano. Un día la mujer murió y él la llevó al campo para enterrarla. Ella tenía un brazo de oro puro, y como el hombre era muy malo, cuando llegó la noche no podía dormir de tanto que deseaba recuperar el brazo de oro.
A la medianoche ya no pudo más, se levantó, tomó una linterna y una pala y salió en medio de una tormenta de nieve hasta donde estaba el cuerpo de su esposa, lo desenterró, tomó el brazo de oro y comenzó a caminar de vuelta a su casa. De repente se detuvo (hagan una pausa considerable aquí, finjan sorpresa y adopten la actitud de quien escucha algo) y dijo: «¿Pero qué es eso?»
El hombre escuchó el viento (aquí conviene cerrar un poco los dientes y hacer el silbido del viento) «Fiuuu—fiuuu» y, mezclada con ese sonido, una voz que decía «Fiuuu—fiuuuuuu, ¿quién—se—llevó—mi—brazo—de—oro?, fiuuuuu—fiuuuu, ¿quién—se—llevó—mi—brazo—de—oro?» (Es necesario comenzar a temblar de manera violenta en esta parte.)
Muerto de miedo, el hombre apresuró el paso hacia su casa, pero el viento le arrancó la linterna de la mano y la nieve que se estrellaba en su cara estuvo a punto de ahogarlo. De rodillas, tratando de encontrar el camino, escuchó la voz de nuevo y (pausa) se dio cuenta de que había alguien tras él. «Fiuuu—fiuuuuuu, ¿quién—se—llevó—mi—brazo—de—oro?»
Escuchó la voz de nuevo al mismo tiempo que logró encontrar el camino de vuelta (aquí repitan el sonido del viento y de la voz). Cuando por fin llegó a su casa se apresuró a subir las escaleras, se metió a su cama y se cubrió completamente. Agitado, tiritaba de frío y de espanto cuando escuchó de nuevo la voz, esta vez más cerca. Poco después oyó (pausa en actitud de quien escucha algo): «tap—tap—tap», pasos subiendo la escalera, después el cerrojo de la puerta y entonces lo supo: la voz había llegado a su habitación.
Muy pronto sintió que había algo de pie junto a su cama (pausa) y que ese algo se estaba inclinando hacia él. Para este momento era imposible contener la respiración. Sintió algo frío muy cerca de su cabeza (pausa) y la voz le dijo al oído: «¿quién—se—llevó—mi—brazo—de—oro?» (la pregunta debe sonar como un gemido lastimoso pero al mismo tiempo inculpatorio. En ese momento es necesario mirar fijamente el rostro de alguna persona del público, de preferencia una mujer, y dejar que la pausa genere un ambiente tenso, cuando esto se ha logrado hay que brincar en dirección a la persona elegida y gritar: «¡Tú lo tienes!»
Si la duración de la pausa es correcta, la mujer va a gritar y a brincar asustada de su asiento. Una vez que logren el efecto esperado también descubrirán que esta historia es la más problemática, molesta y riesgosa que alguna vez hayan contado.
Notas
La traducción al castellano fue realizada por Jorge Téllez para la revista Letras Libres.
[1] En el texto original, la expresión que Twain uso es «beat the drum», que significa literalmente «golpear el tambor». Hay una frase hecha equivalente en español: «batir el parche», que se usa cuando alguien acostumbra alardear de sí mismo o cuando se promueve algo de manera entusiasta.
[2] Para contar la historia, Mark Twain reproduce fonéticamente la forma de hablar del protagonista, un campesino afroamericano, característica que ha sido imposible mantener en la traducción.
Siete consejos de escritura
 Mark Twain
1. Empieza por los acontecimientos
Primero dale forma a los hechos, luego podrás distorsionarlos tanto como quieras.
2. Escribe correctamente
Emplea una gramática correcta. Usa la palabra adecuada, no su prima segunda. En cuanto a los adjetivos, si tienes alguna duda, cárgatelo. Dios solamente exhibe sus truenos y rayos a intervalos, por eso nos llaman la atención. Esos son los adjetivos de Dios. Si tú muestras demasiados rayos y truenos, el lector se cansa poco a poco.
3. Sé paciente y perseverante
No esperes tener el libro a la primera. Trabaja, edita, reescribe.
4. Olvídate de los adverbios
Escribe la palabra “jodidamente” cada vez que vayas a escribir la palabra “muy”. Tu editor lo borrará y el texto será como debería ser.
5. Pon distancia de por medio
Levántate de vez en cuando para dar una vuelta a la manzana y dejar que los sentimientos se diluyan. Hay una única cosa que no soporto y no soportaré: el falso sentimentalismo.
6. Sé conciso y directo
Usa un lenguaje simple y sencillo; palabras cortas y frases breves. Esa es la forma de escribir en la época moderna y resulta la mejor manera. Recuerda: no dejes que fluyan la pelusa, las flores y la verborrea.
7. Empieza cuando crees que has terminado
El tiempo para empezar a escribir un artículo es cuando crees haberlo terminado y estás satisfecho. En ese momento empiezas a percibir con claridad y lógica lo que realmente quieres decir.
Otros libros relacionados:
Vida de Henry James – Leon Edel
Borges – Adolfo Bioy Casares
Diario de una escritora – Virginia Woolf
Diarios – Thomas Mann
Martirologio. Diarios 1970-1986 – Andréi Tarkovski
Diarios. Notas y apéndices – Robert Musil
Diarios 1910-1923 (2 tomos) – Franz Kafka
The journals of Sylvia Plath 1950-1962 – Sylvia Plath (versión original en inglés)
The exegesis of Philip K. Dick – Jonathan Lethem / Pamela Jackson editores (versión original en inglés)
La vida de Raymond Chandler – Frank MacShane
Cuadernos de notas (1878-1911) – Henry James
Mishima. Biografía – John Nathan
El dios salvaje. El duro oficio de vivir – Al Alvarez
Miles. The autobiography – Miles Davis with Quincy Troupe (versión original en inglés)
Osvaldo Lamborghini, una biografía – Ricardo Strafacce
Virginia Woolf – Quentin Bell
Céline secreto – Lucette Destouches y Véronique Robert
En busca del Barón Corvo. Un esperimento biográfico – A. J. A. Symons
Así fueron las cosas. Biografía de Raymond Carver – Maryann Burk Carver
Personajes secundarios – Joyce Johnson
Mis rincones oscuros – James Ellroy
Leopold Sacher-Masoch – Bernard Michel
Historia de mi vida (2 Tomos) – Giacomo Casanova
Diarios. Notas y apéndices – Robert Musil
Ensayos y discursos – William Faulkner
Dashiell Hammett. Biografía – Diane Johnson
La vida de Raymond Chandler – Frank MacShane
Kafka – Max Brod
Calderón de la Barca. Su carrera cecular – Don W. Cruickshank
Realidad y fantasia en Balzac – Ezequiel Martínez Estrada
Vida y obra de Fernando Pessoa. Historia de una generación – João Gaspar Simões
Thomas Mann. La vida como obra de arte. Una biografía – Hermann Kurzke

 

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