Los Ángeles del Infierno. Una extraña y terrible saga – Hunter S. Thompson

Los Ángeles del Infierno. Una extraña y terrible saga – Hunter S. Thompson

vendido

Estado: nuevo.

Editorial: Anagrama.

Traducción: un ciego, mudo, sordo y manco como todos los traductores que contrata Herralde para destrozar el excelente catalogo que edita.

Precio: $000.

A Hunter S. Thompson se le ha llamado el Jean Genet del Nuevo Periodismo: véanlo en este libro rodando y viviendo con los Ángeles del Infierno, los motoristas forajidos que siembran el terror a su paso. Durante una larga temporada Thompson anduvo con ellos y sobrevivió para contarlo: borracheras a tope, drogas a manta, peleas infernales, acoso y paranoia policial y de los lugareños, fiestas al ácido con los Alegres Pillastres de Ken Kesey, encontronazos con los radicales de Berkeley pese a la fallida función mediadora de Allen Ginsberg, que intentó hacerles tomar conciencia política. El método que Hunter S. Thompson utiliza al escribir ha sido llamado «periodismo gonzo», donde el reportero no es un observador inerte sino un participante central. Peligrosamente central en este caso. «Devastador…, una visión realmente ruda, sobrecogedora y sin embargo fascinante de sociología pop» (San Francisco Chronicle); «Soberbio y aterrador» (Studs Terkel).
Los seis mayores colocones de Hunter S. Thompson
Marcos Rebollo
Fue el inventor del periodismo extremo y se leyó en las páginas de ‘Rolling Stone’. Si había que convivir con sujetos indeseables para conseguir una buena historia, no había problema: Hunter se drogaba, dormía entre ratas, viajaba con los Ángeles del Infierno… detallamos sus más alucinógenos momentos.
Nómada y ermitaño, encantador y cruel, incisivo y drogota, Hunter S. Thompson (1937-2005) fue un hombre de contrastes que hoy, siete años después de volarse los sesos, vuelve a estar de moda. Su amigo Johnny Depp acaba de estrenar en EE UU El diario del ron, película basado en su primera novela. Le interpreta otra vez tras la enloquecida Miedo y asco en Las Vegas, sobre su libro más famoso, que ahora cumple 40 años. Además, la revista que vio nacer el periodismo gonzo en sus psicotrópicos dedos edita un libroMiedo y asco en Rolling Stone, con los reportajes que publicó allí durante 35 años: párrafos geniales que siempre llegaban tardísimo en un fax, en los 70, que escupía una página cada seis minutos. El mismo número de grandes colocones elegidos para desgranar su esperpéntica vida.
– PRIMER COLOCÓN: La honda, California, EE.UU. Verano de 1965. [Cocaína, anfetaminas y LSD con los Ángeles del Infierno].
La primera vez que Hunter S. Thompson probó las drogas estaba en Río de Janeiro, trabajando para el periódico americano National Observer. Antes sólo bebía. Las borracheras eternas recorren su primer libro, El diario del ron, que documenta el año largo que vivió en una pensión con cucarachas en Puerto Rico, soñando con ser escritor, organizando peleas de gallos y escribiendo artículos y anuncios para boleras. En Brasil, un ataque de disentería le obligó a dejar el alcohol y probó la cocaína mascada y las anfetaminas. De tantas pastillas que consumió se le cayó el pelo. Tenía 25 años y callo de delincuente que pasó media juventud en la cárcel (su padre murió cuando Hunter contaba 14 años y su madre era alcohólica; él era un pillo que entraba con frecuencia en prisión por robar en licorerías y gasolineras). Viajaba con su primera mujer, Sandy, una profesora de yoga que conoció en Nueva York, mientras trabajaba como becario en Time y, letra a letra, copiaba en su máquina de escribir El gran Gastby, de Scott Fitzgerald, y Adiós a las armas, de Hemingway, héroes literarios a los que emuló en todo (fue un dandi depravado como el primero y se pegó un tiro como el segundo). Con Sandy tuvo un hijo, Juan, entre cuatro abortos por sus juergas psicotrópicas, que no eran muy adecuadas para una mujer embarazada. Ella le dejó en 1980, harta de sus ligues y locuras. Pero antes vivieron mucho: la década de los 60 en California y la de los 70 en su granja de Colorado. En los 60, claro, Hunter buceó en su salsa: San Francisco era el epicentro del movimiento hippie y el amor libre, de la contracultura y el sueño del LSD, antes de que tornara en pesadilla.
Fue en la mansión de su amigo Ken Kesey donde Hunter alucinó, por vez primera, con el ácido. Kesey era lo más desde que triunfó, en 1962, con la novela Alguien voló sobre el nido del cuco, basada en sus experiencias como cobaya humano probando drogas psicodélicas. Así descubrió el LSD y la marihuana (entonces legales). Hunter fue asiduo a las irreverentes fiestas de Kesey. Era 1965 y estaba escribiendo para The Nation un largo reportaje (se editó como libro con gran éxito) sobre la banda de moteros que aterrorizaba la costa Oeste: los Ángeles del Infierno. Vivió varios meses con esos barbudos forajidos que imitaban la mística de Marlon Brando en la película Salvajedocumentando sus orgías, robos, borracheras y torpedeantes huídas sobre Harley-Davidson. Una tarde fue con ellos a la mansión de Kesey. La fiesta duró dos días con sus noches. Al principio los violentos moteros se mostraron tímidos ante un ambiente de hippies pacifistas colocados hasta las cejas que aullaban en pelotas y bailaban rock. El LSD ruló de boca en boca y la cosa se puso fea. La policía llegó y Hunter recuerda que el mítico Jack Kerouac (escritor beatnik de En el camino) salió al límite de la finca y, desnudo, agitó el puño vociferando: “¡Cabrones, hijos de puta, venid aquí, maldita sea vuestra alma llena de mierda!”. Dentro, el ambiente era dantesco. Uno de los Ángeles aseguraba que era un gallo al que asarían si dejaba de sonar la música. “¡No dejéis que pare, por favor!”, gritaba abrazado al tocadiscos.
Hunter se separó de los moteros un mes después. No le gustó que sus héroes reventaran una protesta contra la guerra. Además, le pegaron una paliza por defender a una chica. En 1968, otra paliza rompió su sueño libertario y su fe en la Nueva América: cubrió la convención demócrata en Chicago tras el asesinato de Bob Kennedy y se vio envuelto en los palos que la policía atizó a los manifestantes. “Es la única vez que le he visto llorar”, admitió Sandy.
– SEGUNDO COLOCÓN: Las Vegas, EE.UU. Primavera de 1971. [Miedo y asco en Las Vegas con ácidos y éter].
Un Chevrolet con la capota bajada atraviesa el desierto a 150 km/h. Hunter y su amigo Óscar Zeta Acosta (un abogado activista al que conoció durante un reportaje en los 60) pasan zumbando junto a un cartel: “Bienvenidos a Nevada”. Bajo una hoja de marihuana se puede leer: “Posesión: 20 años. Venta: ¡Perpetua!”. Ellos, claro, no lo ven. Se han zampado varias pastillas de mescalina y no les sube. El viento (“o Dios”, según Óscar) ha derramado la cocaína que guardaban en un salero. Así que mastican un cartón de ácido y rezan para que no les suba en la carretera. Pero les sube. “¡Estamos en territorio de murciélagos!”, alucina Hunter, ahora de copiloto, espantando fieras invisibles con un matamoscas. Van de Los Ángeles a Las Vegas. ¿La misión? Cubrir para la revista Sport Illustratedla carrera de motos más famosa del país, la Mint 400, con un premio de 50.000 dólares. Como siempre, Hunter lleva el equipaje preciso: máquina de escribir, grabadora y un maletín con drogas. Cuando llegan a la recepción, el suelo es un charco de sangre y Hunter ve lagartos por todas partes. Están experimentando alucinaciones. Ya seguros en la habitación, se enchufan al telediario. El napalm de Vietnam encandila sus ojos drogados. Hunter ama las explosiones, pero odia la absurda guerra de Vietnam.
A la mañana siguiente, Hunter cubre a lo gonzo la carrera de motos, esnifando popper (droga recreativa que funciona como dilatador) y bebiendo un engrudo de cerveza y polvo del desierto. El estilo gonzo lo inauguró él mismo un año antes, en su artículo El derby de Kentucky es decadente y depravado: un montón de notas inconexas que triunfaron cuando él pensaba que le llevarían al final de su carrera. Gonzo, una palabreja que designa varias cosas: el título de un tema de 1960 del pianista James Booker; “tocar sin reglas ni rumbo” en el argot jazzístico; “el que nunca se mama” (y por lo tanto puede contar lo que pasó) en la jerga de los bares; o “sendero brillante” en francés callejero. Y en el mundo del reportaje, gonzo es un subgénero del Nuevo Periodismo, liderado por novelistas (Tom Wolf, Norman Mailer, Truman Capote) que reinventaron el oficio dotando a sus textos de recursos literarios. La versión delirante la ejemplificó Hunter: informar deformando, la noticia es tan importante como el sujeto que la vive/sufre haciendo el cabra ahogado en droga.
Y la noticia, esta vez, ¿cuál era? Ah, sí, la carrera de motos. ¿Quién habrá ganado? Ni idea. Vuelve al hotel y allí se prepara con Óscar para salir esa noche. Entran por la cara en el Tropicana, un inmenso hotel lleno de luces y palmeras de plástico. A los diez minutos les echan del local, muertos de la risa. “¡Hemos caído en el túnel del tiempo!”, exclama Hunter. El abogado, al volante, propone probar el éter. “Esta mescalina no funciona”, se excusa. “Maldito éter”, escribiría después el periodista: “Hace que te comportes como un borracho de pueblo. Pérdida total de las funciones motrices, visión borrosa, falta de equilibrio, lengua entumecida, sonrisa perpetua. La mente se encoge aterrada, incapaz de comunicarse con la columna vertebral”. Apenas pueden andar mientras entran en una especie de circo. Aunque la gente les mira espantada, ellos no tienen miedo. “En Las Vegas adoran a los borrachos. Son carne fresca”, señala Hunter. En el interior de la carpa, Hunter cree haber llegado al epicentro del Sueño Americano, un carrusel de caballitos con gente solitaria que bebe y se deja la pasta. Pero no hay tiempo para más: la mescalina, por fin, hace efecto. Se largan, rápido. “Esta ciudad tiene la moral del tiburón, devora a los heridos. Aquí, a los débiles y tarados los matan”, reflexiona Hunter.
En el hotel les cuesta encontrar la habitación. Meten la llave en todas las puertas. Óscar, pasadísimo, saca un cuchillo y amenaza a su amigo. Hunter se va a dar una vuelta y cuando vuelve ve a Óscar en la bañera con un casete rozando el agua y la psicodélica White rabbit, de Jefferson Airplane, tronando.“Cuando al conejo le corten la cabeza, ¡tira el aparato al agua!”, le pide con los ojos idos. Se ha comido todo el ácido sobrante. Hunter aleja el aparato y le encierra en el baño. Necesita dormir. Mañana toca curro. Se envuelve en una bandera americana y cae en un sueño ciego. Cuando despierta, el abogado se ha ido y él no tiene historia. Adiós reportaje. Se fuga del hotel sin pagar y cruza el desierto hacia Los Ángeles. A mitad de camino ve que en su bolsillo guarda un telegrama del abogado. ROLLING STONE le encarga otro reportaje en Las Vegas: cubrir la conferencia nacional sobre drogas, con más de 1.000 policías disertando sobre el peligro psicotrópico. Vuelve a Las Vegas, sube al nuevo hotel y se ventila medio frasco de adrenocromo de su amigo, peligrosa síntesis que causa esquizofrenia. Empieza a ver monstruos y cae inconsciente. En la conferencia apenas está unas horas. Luego se pone con el reportaje, machacando teclas: ama las ráfagas de metralleta que emite su querida IBM Selectric. En el cuarto destrozado añora la ola de ácido que inundó San Francisco en los 60. “Íbamos subidos en la cresta de una gigantesca y hermosa ola. Y ahora, cinco años después, si subes a un cerro de Las Vegas y miras hacia el oeste, puedes ver la marca del agua: el punto donde la ola finalmente rompió antes de retirarse”.
Así es. Ya es tarde. Nixon ha ganado. Los estimulantes no molan. Han sido sustituidos por los depresores: heroína, ketamina, seconal. “La velocidad ha muerto. El único viaje es la supervivencia”, dice. En casa, durante seis meses, sigue escribiendo hasta componer su mejor libro,Miedo y asco en Las Vegas, que ROLLING STONE publicó en dos tandas en noviembre de 1971. Frases llenas de furia, pesimismo, ira, confusión: “Sólo queda una generación de lisiados permanentes y buscadores fallidos que nunca comprendió la vieja falacia mística de la cultura del ácido: el desesperado supuesto de que alguien, una FUERZA, se ocupa de sostener esa LUZ al final del túnel”. Se fundió la luz. Pero Hunter, periodista estrella, seguía en la cresta de una ola imaginaria. A punto de ser devorado por su propio mito.
– TERCER COLOCÓN: Kinshasa, Zaire. Otoño de 1974. [Marihuana y whisky mientras Ali tumbaba a Foreman y James Brown aullaba].
Si hay un año maldito en su carrera, ése fue 1974. Falló estrepitosamente en tres encargos para ROLLING STONE. En verano, fue incapaz de escribir un artículo sobre la caída de Nixon tras elWatergate. La revista, al final, cubrió el asunto con un collage de fotos que impulsó la carrera de Annie Leibovitz (la mítica fotógrafa de, por ejemplo, Lennon y Yoko Ono el mismo día de la muerte de John). Aún así, el fundador de la revista, Jann Wenner, le mandó a Zaire (actual Congo) a cubrir la pelea del siglo, que enfrentó a Muhammad Ali y George Foreman por el título mundial de los pesos pesados. El dictador (aupado por la CIA) Mobutu Sese Seko puso los diez millones de dólares (cinco para cada boxeador), llevándose el combate a África para lavar la imagen de su país. Ali (o Cassius Clay antes de hacerse musulmán) era, además de un símbolo de la lucha racial, oriundo de Louisville, como Hunter.
El escritor lo idolatraba. Sobre todo después de pasar por la cárcel tras negarse a combatir en Vietnam con un “no tengo nada contra ellos [los vietnamitas], allí no me han llamado negro”. Así, el periodista voló feliz a Kinshasa y se alojó en el hotel Hilton, por todo lo alto. Asistió a un macrofestival de tres noches con B.B. King, Celia Cruz o James Brown aullando “¡Soy negro y estoy orgulloso!”. La pelea, sin embargo, se retrasó seis semanas porque Foreman se lesionó. Casi todos los periodistas volvieron a casa. Sólo quedaron los que no tenían dinero para regresar y los grandes: Norman Mailer (que sobre el asunto publicó un libro, La lucha) y él, Hunter, que se pasó todo el mes colocado,buscando nazis en la selva y fumando toda la yerba del Zaire. “Solía invitarnos a las juergas”, cuenta un periodista. “Al alba firmaba la cuenta con un garabato y se iba a dormir al cuarto”.
La noche de la pelea, 30 de octubre de 1974, Hunter cogió el coche y se confundió de camino. Perdido y confuso, no pudo llegar a tiempo y volvió al hotel con una sensación de angustia que la droga no hizo sino acrecentar. Su asiento de 200 $ vacío, junto a 60.000 espectadores que vociferaban: “¡Ali, mátalo!”. ¿Qué hacer? Drogarse más y no encender la televisión. Así amaneció, flotando en la piscina, más noqueado que Foreman, que perdió el combate por KO en el 8º asalto y se tiró dos años alejado del ring por depresión. Mientras Hunter dormía la mona, Ali paseaba por las calles saludando a todos y celebrando la unión entre los negros de África y de EE.UU. Hunter volvió a casa hecho polvo. La bronca en la revista fue monumental. “Durante meses fue incapaz de escribir una palabra”, dijo su mujer. ¿Su mayor fracaso? Puede ser, pero un año más tarde volvió a cagarla. Wenner le dio otra oportunidad mandándole a Vietnam para cubrir el fin de la guerra. Mientras evacuaban al resto de corresponsales, él aterrizó en una ciudad en llamas, pero se perdió la caída de Saigón porque estaba de viaje por Hong Kong comprando una grabadora.    
– CUARTO COLOCÓN. Aspen, Colorado, EE.UU. Primavera de 1987. [Whisky, speed y un corazón de alce chorreando sangre en casa de Jack Nicholson].
Prisionero de su fama, Hunter se encerró en su rancho de Woody Creek, cerca de Aspen, ciudad a la que se presentó (y perdió por pocos votos) como sheriff libertario en 1970 (el artículo sobre su campaña fue el primero que escribió para ROLLING STONE). Escribió varios libros (la mitad no los publicó) y seguía colaborando en prensa (artículos eróticos en Playboy, columnas en Examiner), pero ya nada volvió a ser igual. Tras el divorcio de Sandy se volvió a casar, con Anita, con la que vivió sus últimos 20 años. Son famosas sus fiestas con amigos de Hollywood, como Jack Nicholson, Johnny Depp, Bill Murray o John Cusack. Con su vecino Nicholson, tan bromista como él, solía intercambiarse regalos bizarros. A su hija Lorraine le dio una caja con una rata muerta de plástico y una nota: “Querida Raine, esto te hará recordar que no todos los hombres son lo que parecen. Saberlo te ahorrará tiempo. Te quiere, tío Hunter”.
Pero el regalo más salvaje del escritor gonzo llegó la noche anterior al 50 cumpleaños de Jack Nicholson. La extraña historia la corroboró, en una entrevista, Angelica Huston, novia por aquel entonces de Nicholson: “Grabó en el bosque unos alaridos de animales horribles. En el tejado colocó dos grandes amplificadores y dejó un chorreante corazón de alce frente a la puerta. Mientas la sangre se colaba en casa y los animales gritaban, él daba vueltas en coche, disparando sus armas. Jack pensó que nos estaban atacando. Nos encerramos en el sótano y llamamos a la policía. De pronto, Hunter llamó a la puerta y entró tambaleante. Se le veía contentísimo”.
– QUINTO COLOCÓN. Woody Creek, Colorado, EE.UU. Verano de 1998. [Nitroglicerina en compañía de Johnny Depp].
Otro amigo que se llevó un susto de muerte fue Johnny Depp. Le conoció en la taberna de Aspen el verano de 1995 y esa noche etílica acabaron en su rancho disparando (a cierta distancia) a un tanque de propano y a unas cajas de nitroglicerina. Meses después, el teléfono de Depp sonó de madrugada. Era Hunter con una propuesta: que el actor le interpretase en una versión cinematográfica de Miedo y asco en Las Vegas. Depp, encantado, accedió, y vivió casi un mes en el sótano de la casa de Hunter, lleno de arañas peludas, preparando el papel y estudiando sus manuscritos, sus miles de cartas, notas y cachivaches de la época dorada del gonzo. Solían quedarse hasta las mil hablando de literatura, música, política y deportes. Apostaron mil dólares en la final del Mundial de Fútbol. Hunter iba con Brasil y Johnny con Francia, que ganó (y recibió su cheque).
Una noche, todo pedo, Depp posó un pitillo encendido encima de una caja de cartón rodeada de polvo gris. Al darse cuenta de lo que era, apagó el cigarrillo y llamó al anfitrión angustiado. Hunter se enfadó mucho. “Pero tío, ¿estás loco? ¿A quién se le ocurre fumar aquí? ¡Esas cajas están llenas de pólvora!”. Tras el estreno de la película, Johnny llamó a su amigo y, nervioso, le preguntó: “¿Me odias?”. Hunter carraspeó. “No”, dijo: “Verla ha sido como oír la llamada de una extraña trompeta en un campo de batalla perdido”.
– SEXTO COLOCÓNWoody Creek, Colorado, EE.UU. Invierno de 2005. [Tequila, salchichas y un revólver en la boca]
 El nuevo siglo, con George W. Bush de presidente, le sentó fatal. “Votaría feliz a Nixon por librarme de este estúpido”, escribió. Un año después, tras el 11-S, proclamó que no se creía la versión oficial: estaba seguro de que las dos torres habían sido dinamitadas. “Haremos la yihad cristiana contra varios países”, se lamentaba. Su humor era de perros. Sólo era feliz a la hora de su opíparo y solitario desayuno (nunca antes de las dos de la tarde): bacon, salchichas, huevos, una cafetera humeante, varios bloodymarys y margaritas y, de vez en cuando, unas rayas de coca para entonarse. Ralph Steadman, el dibujante que ilustró sus reportajes durante 35 años, le recuerda esos años cansado, atrincherado en su cocina, pedaleando despacio en su bici estática con un vaso de Johnny Walker en una mano y su perenne cigarrillo con boquilla en la otra. “¿Quieres un estimulante?”, solía preguntarle a Ralph.   
Lo de quitarse la vida, en el fondo, no sorprendió a nadie. Llevaba fantaseando con esa idea desde que en 1978 le dijo a Wenner que se tiraría del piso 28 de la Quinta Avenida, donde estaban las oficinas de ROLLING STONE. Y ahora, con una cadera operada y una infección en los pulmones, había perdido el brillo. A finales de 2004 visitó a Sean Penn en Nueva Orleans y, en una fiesta, no pudo subir una escalera. Estalló. “Mis días han terminado”, sollozaba. Anita, su mujer, le recogió y le llevó de vuelta a casa. Odiaba la silla de ruedas. Las peleas entre ambos se hicieron constantes. Ese mes ordenó sus papeles. El 19 de febrero vinieron a visitarle su hijo Juan con su nieto de seis años. Tras la cena, jugando con un revólver, casi mata a su mujer. “¡Imbécil!”, tronó ella. “¡Mira lo que pasó con William Burroughs!” (el escritor de El almuerzo desnudo mató sin querer a su esposa de un balazo mientras jugaban a Guillermo Tell).
Él se quedó triste. Bajó al sótano (“el cuarto de Johnny”, lo llamaba) y cogió un par de reliquias. El medallón azteca de Acosta, para su hijo. La esmeralda que compró en Saigón, para Anita. Ella, al día siguiente, se fue al spa en Aspen. Él se sentó en la mesa de la cocina. Vio la tele. Jugó con su nieto. Acabó de leer El corazón de las tinieblas, de Conrad. Ella le llamó por teléfono. “Ven a casa, todo está bien”, dijo Hunter. En ese momento, cuando ella colgó, se metió en la boca el cañón de uno de los 22 revólveres que tenía en casa y disparó. Juan, en el cuarto de al lado, pensó que se le había caído un libro al suelo. El horror, el horror. ¡Exterminad a las bestias!  Cuando asimiló aquel espanto, cubrió a su padre con bufandas, salió fuera y disparó cinco veces al cielo, triste y furioso.
– ÚLTIMO COLOCÓN. Woody Creek, Colorado, EE.UU. Verano de 2005. [Peyote y fuegos artificiales].
Medio año más tarde, Hunter cumplió su último sueño. Salir de este mundo a lo grande. En los 70 dibujó con Steadman cómo sería el cañón que lanzaría sus cenizas al cielo: un brazo de hierro de 50 metros de alto que acababa en un puño con dos pulgares agarrando un botón de peyote.El logo de su campaña a sheriff en 1970, el símbolo de lo gonzo. Johnny Depp pagó el funeral. Se levantó la torre junto a su rancho y, mientas sonaba su himno favorito, Mr. Tambourine man, de Dylan, fuegos artificiales multicolores silbaron desde lo alto de la torre y explotaron con sus cenizas en el cielo estrellado.

 

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