La escoba del sistema – David Foster Wallace

La escoba del sistema – David Foster Wallace

Estado: nuevo.

Editorial: Pálido fuego.

Precio: $400.

La misteriosa desaparición de su bisabuela y de veinticinco personas más, entre “residentes” y empleados, de la residencia de ancianos Shaker Heights ha dejado a Lenore Beadsman emocionalmente encallada en el extremo del Gran Ohio Desértico, el G.O.D. Aunque ese es simplemente uno de los muchos problemas de la desventurada operadora telefónica, seriamente agravados por su relación sentimental con su jefe, Rick Vigorous, Vlad el Empalador, su cacatúa y estrella televisiva, y otras catástrofes menores que amenazan con elevar su búsqueda del amor y la autodeterminación hasta cotas de una anormalidad estrambótica.
Implacablemente original, intensamente divertida y profundamente misteriosa, La escoba del sistema es la brillante precursora de la celebrada segunda novela de David Foster Wallace, La broma infinita.

***

David Foster Wallace
(palabras pronunciadas en su funeral, el 23 de octubre de 2008)
Jonathan Franzen
Como tantos escritores, pero incluso más que a la mayoría, a Dave le encantaba tener las cosas bajo control. Las situaciones sociales caóticas enseguida lo estresaban. Sólo lo vi ir dos veces a una fiesta sin Karen. A una de ellas, ofrecida por Adam Begley, casi tuve que llevarlo a rastras, y en cuanto cruzamos el umbral y aparté la mirada de él durante un segundo, dio media vuelta y regresó a mi departamento para mascar tabaco y leer un libro. En la segunda no tuvo más remedio que quedarse, porque se celebraba la publicación de LA BROMA INFINITA. Sobrevivió diciendo gracias una y otra vez, con formalidad penosamente exagerada.
Una de las razones por las que Dave era un profesor extraordinario se debe a la estructura formal de ese trabajo. Dentro de esos confines, podía recurrir sin peligro a su enorme bagaje natural de bondad, sabiduría y conocimientos. De forma análoga, la estructura de las entrevistas también estaba exenta de peligro. Cuando Dave era el tema, podía relajarse y ocuparse él del entrevistador. Si él mismo era el periodista, realizaba sus mejores trabajos cuando encontraba a un técnico – una cámara que seguía a John McCain, un técnico de sonido en un programa de radio – a quien le entusiasmara conocer a alguien sinceramente interesado en los misterios del trabajo. A Dave le encantaban los detalles por sí mismos, pero los detalles constituían también una válvula de escape para el amor acumulado en su corazón: una manera de conectar con otro ser humano en una tierra de nadie relativamente segura.
La cual era, más o menos, la descripción de la literatura a la que él y yo llegamos en nuestras conversaciones y correspondencia a principios de los años noventa. Quise a Dave desde la primera carta que recibí de él, pero las primeras dos veces que intenté conocerlo en persona, allá en Cambridge, me dejo plantado. Incluso después de a vernos, nuestros encuentros eran a menudo tensos y precipitados: mucho menos íntimos que las cartas. Como mi amor por él fue a primera vista, siempre me esforzaba por demostrar que yo podía ser lo bastante gracioso e inteligente, pero su tendencia a fijar la mirada en un punto a kilómetros de distancia me hacía sentir que estaba fracasando en mi propósito. A lo largo de mi vida, con pocas cosas he experimentado una mayor sensación de logro que al arrancarle una risa a Dave.
Llegamos a la conclusión de que la narrativa era esa “tierra de nadie neutra donde establecer una profunda conexión con otro ser humano”, para eso servía. “Una escapatoria de la sociedad” fue la formulación en que coincidimos. Y en ninguna otra parte fue Dave más absoluta y magníficamente capaz de mantener el control que en su lenguaje escrito. Poseía un virtuosismo retórico más extenso, apasionante e imaginativo que el de cualquier escritor vivo. Allá en la palabra número 70 o 100 o 140 de una frase, ya bien entrado un párrafo de tres páginas de humor macabro o de autoconciencia extraordinariamente reticulada, uno olía el ozono de la tersa precisión de su estructura sintáctica, su desplazamiento sin esfuerzo y tonalmente perfecto entre niveles de dicción alta, baja, media, técnica, moderna, tecnológica, filosófica, vernácula, vodevilesca, exhortatoria, lumpen, desconsolada, lírica. Esas frases y páginas, cuando era capaz de producirlas, constituían para él un hogar tan verdadero, seguro y feliz como cuantos tuvo durante la mayor parte de los veinte años de nuestra relación. Así que podría contarles anécdotas del breve viaje por carretera salpicado de discusiones que emprendimos en cierta ocasión, o hablarles del olor mentolado que su tabaco de mascar dejaba en mi departamento siempre que se quedaba unos días, o de las torpes partidas de ajedrez que jugábamos y los peloteos de tenis aún más torpes que a veces hacíamos – la reconfortante estructura de los juegos frente a las extrañas y profundas rivalidades fraternales que bullían bajo la superficie –, pero ciertamente lo principal era la escritura. Durante la mayor parte del tiempo desde que lo conocí, la interacción más intensa con él fue estar sentado a solas en mi sillón, noche tras noche, durante diez días, leyendo el manuscrito de LA BROMA INFINITA. Ese fue el libro en el que, por primera vez, organizó el mundo y a sí mismo tal como quería. Al nivel más microscópico: entre cuantos han pasado por esta tierra, nadie ha puntuado la prosa de una manera tan apasionada y precisa como Dave Wallace. Al nivel global: produjo un millar de páginas de bromas de talla mundial que – si bien la modalidad y calidad del humor nunca flojeaban – eran cada vez menos graciosas, capítulo tras capítulo, hasta que, al final, uno pensaba que el título podía haber sido igualmente LA TRISTEZA INFINITA. Eso Dave lo captó como nadie.
Y ahora resulta que este hombre del Medio Oeste atractivo, brillante, gracioso, con una mujer asombrosa y una red de apoyo local magnífica y una magnífica carrera y un magnífico empleo en una magnífica universidad con unos alumnos magníficos, se ha quitado la vida, y los demás nos quedamos aquí preguntándonos (por citar una frase de LA BROMA INFINITA): “A ver, chabón, ¿y vos de qué la vas?”
Una buena respuesta, sencilla y moderna, sería: “Una personalidad encantadora, con talento, fue víctima de un severo desequilibrio químico en el cerebro. Por un lado, estaba la persona de Dave, y por otro, la enfermedad, y ésta mató al hombre igual que podía haberlo matado el cáncer”. Esta respuesta es más o menos cierta, pero a la vez insuficiente. Si se quedan satisfechos con ella, no necesitaran leer los relatos que Dave escribió, en especial tantos y tantos relatos en los que la dualidad, la separación entre persona y enfermedad aparece como problema o directamente es blanco de mofa. Una paradoja obvia es, naturalmente, que el propio Dave, al final, se dio por satisfecho con esta respuesta sencilla y dejó de establecer conexión con esos relatos más interesantes que había escrito en el pasado y podría haber escrito en el futuro. su tendencia suicida salió ganando y todo lo demás en el mundo de los vivos pasó a ser intrascendente.
Sin embargo, eso no significa que no nos queden más relatos significativos por contar. Podría ofrecerles diez versiones distintas de cómo llegó a la noche del 12 de septiembre, algunas muy sombrías, algunas muy indignantes para mí, y en la mayoría teniendo en cuenta las numerosas adaptaciones de Dave, como adulto, en respuesta a su intento de suicidio al final de la adolescencia. Pero en concreto hay un relato no tan sombrío que me consta que es verdad y que quiero contar ahora, porque  ha sido una gran felicidad, un privilegio y un desafío infinitamente interesante gozar de la amistad de Dave.
Las personas a quienes les gusta tener las cosas bajo control pueden pasarlo mal en la intimidad. La intimidad es anárquica e incompatible por definición con el control. Uno busca tener las cosas bajo control porque siente miedo, pero hace unos cinco años, Dave, muy perceptiblemente, dejó de sentirlo. En parte se debió a que había conseguido un empleo bueno y estable en el Pomona College. Pero en parte sobre todo a que por fin encontró a una mujer adecuada para él, una mujer que por primera vez le abrió la posibilidad de llevar una vida más plena y menos rígidamente estructurada. Cuando hablábamos por teléfono, empezó a decirme que me quería, y yo de pronto ya no tenía que esforzarme tanto para hacerlo reír o demostrarle que era inteligente. Karen y yo conseguimos llevarlo a Italia durante una semana, y en lugar de pasarse los días en la habitación del hotel viendo la televisión, como podría haber hecho años atrás, almorzó en la terraza y comió pulpo, y se dejó llevar a remolque a las cenas y de hecho disfrutó de la compañía de otros escritores en reuniones informales. Sorprendió a todos, y quizá en especial a sí mismo. Fue algo verdaderamente divertido que quizá volviera a hacer.
Mas o menos un año después, decidió dejar la medicación que había dado estabilidad a su vida durante más de veinte años. También aquí hay distintas versiones de por qué lo decidió exactamente. Pero una cosa que me dejó muy clara, cuando lo hablamos, fue que deseaba tener la oportunidad de llevar una vida más corriente, con menos control obsesivo y más placer normal. Fue una decisión surgida de su amor por Karen, de su afán por producir textos nuevos y más maduros, y de haber vislumbrado un futuro distinto. Fue por su parte un intento extraordinariamente aterrador y valiente, porque Dave rebosaba amor, pero también miedo: accedía con demasiada facilidad a esas profundidades de la tristeza infinita.
Así pues, fue un año de altibajos, en junio tuvo una crisis y pasó un verano muy difícil. Cuando lo vi en julio, volvía a estar en los huesos, como en la última etapa de la adolescencia, durante su primera gran crisis. Una de las últimas veces que hablé por teléfono con él, en agosto, me pidió que le contara en forma de historia cómo llegaría a irle mejor en la vida. Le repetí muchas de las cosas que él me había dicho en nuestras conversaciones del año anterior. Le dije que se encontraba en un momento terrible y peligroso porque intentaba realizar auténticos cambios como persona y escritor. Le dije que, la última vez que había vivido experiencias cercanas a la muerte, había salido de ellas y escrito, muy deprisa, un libro que estaba a años luz de lo que había estado haciendo antes de su desmoronamiento. Le dije que era un recalcitrante obseso del control y un sabelotodo – “¡Y tú también!”, replicó – y que las personas cono nosotros tememos tanto abandonar el control que a veces la única manera que tenemos de obligarnos a abrirnos y cambiar es dejarnos llevar a un acceso de pesadumbre y al borde de la autodestrucción. La dije que él había emprendido aquel cambio en la medicación porque quería madurar y llevar una vida mejor. Y le dije que, en mi opinión, su mejor literatura estaba por venir. Y él dijo: “Esta historia me gusta. ¿Podrías llamarme cada cuatro o cinco días y contarme otra parecida?”
Por desgracia, sólo tuve una oportunidad más de contársela, y para entonces él ya no la oía. Se hallaba sumido en un horrible estado de angustia y dolor, minuto a minuto. Después, las siguientes veces que intenté llamarlo no atendía el teléfono ni devolvía los mensajes. Se había hundido en el pozo de la tristeza infinita, fuera del alcance de las historias, y ya no consiguió salir. Pero poseía una inocencia hermosa y anhelante, y estaba intentándolo.

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DFW, D. T., Y YO
Matt Bucher
I. Hablemos del año de David Foster Wallace
P. ¿Por qué 2012 fue “el año de DFW”?
A. Bueno, suena bien
Desde su muerte en 2008, David Foster Wallace se ha ido convirtiendo crecientemente en una estrella consolidada del firmamento literario. Quienes se ocupan de estar atentos a las modas y las variaciones incrementales podrían sin duda afirmar en retrospectiva que en 2012 se produjo “mogollón” de actividad en torno a Wallace y a los “Wallace Studies”. También en 2011, 2010, 2009 y 2008 hubo mucho que decir sobre Wallace. E imagino que 2013, 2014 y 2063 no serán muy diferentes.
Para este año [1] está prevista la publicación de al menos un libro de artículos sobre Wallace (editado por Stephen J. Burn y Marshall Boswell), varias editoriales universitarias han recibido monografías académicas sobre él como propuestas de publicación, en verano se reimprimirá Signifying Rappers, aparecerá la guía de Oblivion escrita por Greg Carlisle y también algunos otros volúmenes con material inédito de Wallace. Creo que hay una posibilidad real de que veamos aparecer también un volumen con las cartas de Wallace, un Portable David Foster Wallace y otra compilación más de relatos inéditos. Seguiremos escuchando comparaciones con el catálogo de álbumes póstumos de Tupac.
Por mucho que 2012 fuera el año de DFW, para mí fue el año de D. T . Max, pues tuve el privilegio de trabajar con Max en su biografía de Wallace, Todas las historias de amor son historias de fantasmas. En realidad contacté con él por primera vez en 2009 y dediqué buena parte de 2010 y 2011 a ayudarle con el trabajo de documentación y a conversar con él —reunidos en persona, por teléfono o email—, a comprobar datos y detallitos, a leer borradores del manuscrito, a visitar la sala de lectura del Ransom Center y otras cosas por el estilo (estoy particularmente orgulloso del capítulo de Arizona). Pero, en 2012, Max estaba verdaderamente en todas partes. Su biografía de Wallace entró en la lista de bestsellers del NYTimes, Michiko Kakutani le dedicó una reseña muy positiva y terminó señalándolo como uno de sus diez libros favoritos del año. Observar cómo un libro pasa de ser una idea a un manuscrito a todo esto es, bueno, como mínimo interesante.
Así que no tengo ninguna posibilidad de mostrarme objetivo con este libro. Resulta, además, que durante toda mi vida adulta he sido un fan obsesivo de David Foster Wallace. Leí La broma infinita en 1997 y cambió por completo la forma en que veo el mundo y en que me veo a mí mismo. Desde entonces he pensado en DFW y en su trabajo casi a diario (esto también tiene que ver, en parte, con haber asumido el papel de administrador de la lista de correo wallace-i en 2002, los emails que recibo diariamente con el asunto “wallace-i” son mi devocionario y mi fandom está inextricablemente ligado al hecho de participar en esta lista con otras personas).
Cuento todo esto para explicar que no sería capaz de leer ninguna reseña o crítica de la biografía de Max como si yo fuera un observador imparcial de algo que me es ajeno; sin embargo, sí creo que soy lo bastante abierto de mente como para poder escuchar verdaderas críticas y opiniones en contra del libro. Todos los libros que se esperan con gran anticipación (como este de Max) suelen resentirse de las ambiguas expectativas que generan. ¿Qué tipo de libro debería ser una biografía de David Foster Wallace? Que quede claro desde el principio, este no es un libro para académicos (aunque creo que bastantes personas que participan de la academia se beneficiarán de su lectura). No es un libro de crítica literaria (aunque creo que contiene elementos de crítica realmente agudos y originales). No es una biografía del tipo “un día en la vida de” ni “meterse hasta la cocina” (aunque tiene la cantidad de detalles y la profundidad suficientes como para dibujar ese retrato de Wallace). Para mí, la biografía puede leerse como una versión ampliada de “The Unfinished” el retrato de Wallace y de El rey pálido que Max escribió en 2009 para el New Yorker. Aquel texto hacía justo lo que se espera de un artículo del New Yorker: la liaba. Casi todas las personas que conozco alabaron el artículo, pero a algunos de los miembros de la lista de correo les disgustó que en él se insinuara que la incapacidad de Wallace para acabar su tercera novela tuvo algo que ver con su suicidio. Como si ellos lo supieran.
Antes de 2008, la lista de correo siempre experimentaba un frenesí de actividad cuando Wallace publicaba una nueva historia o un libro nuevo. Pero recibíamos también montones de relatos de gente que asistía a sus lecturas o que había tenido algún trato personal con él. Gracias a estos últimos llegamos a saber un poquito de la vida personal de Wallace, pero no demasiado. Era una persona muy reservada y quienes le rodeaban casi siempre respetaban este deseo de privacidad. Además, por norma, Wallace solía esquivar las preguntas relativas a su pasado y, cuando se veía presionado, directamente mentía sobre su vida personal. Un ejemplo elocuente: antes de su muerte casi nadie estaba al tanto de que Wallace sufría una depresión severa ni de que tomaba medicación para combatirla. Cuando leí la biografía de Max por primera vez me quedé impresionado por la cantidad de datos de la vida de Wallace que se descubren en cada página. Aunque no fuera más que por eso, al desvelar los detalles reales de su vida y sus relaciones, D. T. Max ya habría prestado un gran servicio a los fans y a los investigadores de la obra de Wallace. No puedo dejar de insistir en ello. Hay algunos periodos de la vida de Wallace que eran zonas grises hasta para sus mejores amigos. Algunos de los críticos que han reseñado el libro de Max han dado por hecho el buen trabajo que este supone en lo tocante a la descripción de la cronología de la vida de Wallace y quiero insistir en lo difícil que ha sido gran parte de esa labor. Dar con la secuencia adecuada de los acontecimientos, con la gente adecuada en quien confiar… La verdad, en esencia, incluso en el caso de una persona cuya muerte estaba tan reciente, tardó años en desentrañarse.
II. El don
Siempre me han fascinado los artistas que sufren cierta desconexión entre el don que poseen y aquello a lo que quizás hubieran preferido dedicarse. Como, por ejemplo, los que nacen con un talento o habilidad particular que se ven obligados a aceptar y abrazar aunque no necesariamente lo disfruten. Es básicamente de lo que va El indomable Will Hunting. Will Hunting nace con una habilidad nivel genio para las matemáticas, pero aceptar realmente todo lo que supone le resulta más complicado y combate su imagen de persona diferente o especial. Existe también un viejo vídeo de Christopher Cross cantando “Sailing” que tiene que ver con este tema y que me encanta, porque de niño escuchaba esa canción y me imaginaba a un cantante como Michael McDonald o Phil Collins. Pero, en realidad, con su camiseta de los Houston Oilers, Christopher Cross tiene pinta de conductor de autobús. Nació con el don de su voz y lo emplea para cantar canciones que hablan de navegar por el paraíso. A la mierda con la narrativa estándar.
Cuando se publicó La broma infinita en 1996 David Foster Wallace incendió por completo el mundo literario y en aquél momento era el epítome de lo cool. Parecía Ethan Hawke o el hermano de Kurt Cobain, y se veía que no era una pose, era auténtico. Y, además, su talento te volaba los sesos; era alta literatura de pura cepa, y un montón de personas importantes lo llamaban genio porque no se les ocurría una palabra mejor. Cada una de las novelas “literarias” largas que se han publicado después de La broma infinita vive a su sombra. ¿Es Adam Levin el nuevo David Foster Wallace? ¿Marisha Pessl? ¿Zadie Smith? ¿Eugenides? ¿Es House of Leaves tan buena como La broma infinita? ¿Cómo quedan en comparación Libertad o Witz? ¿Safran Foer? ¿Quién es la David Foster Wallace femenina? La cosa es que, en ese momento, Wallace podía haber tomado otra dirección. Podía haber salido en The Today Show o Good Morning America o haber aparecido en una valla publicitaria en Times Square. Podía haberse dado al autobombo y haberse convertido en el autor joven más famoso de América. Aunque tampoco es como si hubiera desaparecido en plan Pynchon, se las vio con su don y con su autoimagen. Pasó un mal rato en el programa de Charlie Rose y se volvió a Illinois a dar sus clases.
Gran parte del libro Although of Course You End Up Becoming Yourself, de David Lipsky, se ocupa de esta paradoja de la vida de Wallace. Lipsky es también escritor y novelista y en el libro lo tenemos charlando con el autor del momento, que acaba de conseguir lo que aparentemente todos los escritores desearían: reseñas en todas las publicaciones, la etiqueta de genio, la etiqueta de literario, buenas ventas, la envidia de todos tus iguales, una reputación… y Lipsky quiere saber cómo se siente uno con todo eso. ¿Qué es lo que se ve desde la cima de la montaña? Wallace no puede dar una respuesta satisfactoria.
Personalmente, yo casi siempre siento envidia de aquellos amigos míos que tienen más éxito y son más populares que yo, de esa gente que consigue hacer justo lo que yo sueño con hacer. Sé que está mal y que no es sano y aun así querría ser más como ellos. Me castigo por no haber conseguido más, por no ser más yo mismo, más productivo. Sé que esto solo lleva a la tristeza. En La broma infinita aparece un joven estudiante y jugador de tenis llamado LaMont Chu que desea desesperadamente convertirse en el prodigio tenístico Michael Chang. Quiere saber a qué saben el éxito y la fama y, cuando consulta a Lyle, el gurú residente de la academia de tenis, este le contesta: “Te engañas. Pero eso es una buena noticia. Has sido atrapado por el engaño de que la envidia produce un sentimiento recíproco. Crees que tu dolorosa envidia por Michael Chang tiene otra cara: a saber, que Michael Chang disfruta al ser envidiado por LaMont Chu. No existe ese animal.”
Quizás haya quienes sigan deseando ser el David Foster Wallace de 1996, con La broma infinita recién publicada, pero después de leer esta biografía, dudo que haya alguien que pueda envidiarle.
III. El sueño
La relación que establecemos con los autores que nos gustan es fundamentalmente ficción, una fantasía. Nos creamos una imagen específica de ellos en nuestra mente y dejamos que la realidad permee en ella solo de vez en cuando. En contrapartida, por su parte, el autor probablemente no te tiene nunca en la cabeza —de forma específica, individual— cuando escribe. Muy pocas personas han leído alguna vez un libro que haya sido escrito enteramente para ellos. ¿Y, para el autor, cuál es la mejor manera de pensar en el lector? Gertrude Stein dijo: “Escribo para mí y para los extraños”. Yo soy sólo otro extraño y me gustaría creer que cuando Wallace ponía su cerebro tras la pluma y se disponía a machacar en serio su cuaderno no estaba pensando ni en mí ni en ti, estaba creando Arte en Busca de la Verdad. O del Amor. O… en realidad, no sé. Aún sigo peleándome con esa cuestión de “el propósito que está en el corazón del arte” [2].
Aun después de haber leído todo lo que he podido sobre David Foster Wallace e incluso después de haber estado con él un par de veces, no hubiese podido decir cómo era él de verdad o cómo había sido su vida. Si alguna vez has conocido a un autor que te gusta mucho y has tenido esa impresión como de desconexión de la realidad en su presencia sabrás que es una sensación bastante peculiar. El tipo este en vaqueros y botas de baloncesto no puede ser la misma persona que llevas horas, meses y años construyendo en tu cabeza. Zadie Smith habló de ese mismo fenómeno en una entrevista reciente en Interview:
Interview: ¿Te sentiste abrumada por la atención [que recibió Dientes blancos]?
Zadie Smith: Voy a intentar contestar con toda honestidad. Esa cuestión tiene dos aspectos. La parte que tiene que ver con la vida pública no podía tolerarla y realmente sigo sin poder tolerarla. No puedo acostumbrarme a la idea de ser alguien irreal en la mente de otras personas. No puedo vivir mi vida de ese modo. Y, para un escritor, eso es directamente anatema. No es sano. Pero por otra parte, cuando escribo, de lo que se trata, para mí, es de hacerlo bien en la página. Todo aquel ruido no podría cambiar en lo más mínimo la sensación que me produce lo que escribo, que no es siempre particularmente positiva.
Como fan, tienes que tener en cuenta que la idea que te has hecho de un autor es irreal y que, probablemente, para ese mismo autor sea aberrante o intolerable. Toda esa atención que se dedica a la vida personal de los autores está a menudo motivada por alguna emoción negativa: los envidiosos, los fisgones (Frank Bruni llegó a cotillear en el botiquín de Wallace), los jóvenes fans hiperentusiastas, los displicentes, los de la falacia intencional. ¿Hay alguna motivación honrada para leer la biografía de un autor? Por supuesto. Pero cuando todos los que aparecen en ella, excepto el autor que constituye su tema, están aún vivos, la emoción y los sentimientos parecen estar más a flor de piel. Una vez relegados a la neblina de los tiempos, nos es posible estudiar la vida y obra de Shakespeare, de Milton, de Henry James con la postura desapegada de un historiador, con la idea de que, en gran media, estamos leyendo novela histórica.
Así que, sí, llegué a ver con mis propios ojos los andares a zancadas de Wallace, su bandana y su letra diminuta, y claro que sentía curiosidad por aquella mente capaz de crear el mundo de La broma infinita, pero no me engañaba pensando que la imagen que tenía de él fuera algo más que pura fantasía. Al imaginarlo paseándose por el recinto de la feria estatal uno de esos días calurosos de Illinois o a solas en un crucero, metido en su camarote y estudiando el panfleto oficial del barco, o incluso en Capri, asomado a un balcón mirando el mar, no tengo modo de saber si alguna de estas cosas ocurrió tal como yo las imagino. Esta biografía de David Foster Wallace podrá dar cierta forma a la impresión mental que tienes de él, pero su parte más auténtica y perdurable sigue estando ahí, en las historias que nos ha dejado.
Un año o dos después de su muerte, soñé que David Wallace había tenido hijos: un niño y una niña. Y, por algún motivo, en el sueño estoy mirando las fotos que ha publicado en Instagram (o en una versión onírica de Instagram). Voy haciendo scroll y los voy viendo crecer juntos: un bebé pelón en una trona, en los hombros de su padre, el primer día de guardería, jugando risueño en el barro, fiestas de cumpleaños, partidos de la liga infantil, a los 16, el baile de fin de curso, la ceremonia de graduación universitaria en la que se ve a los orgullosos padres muy peripuestos… y, al final, aparece una última foto de un David Wallace un poco más encanecido y arrugado que sostiene en brazos a un bebé envuelto en mantas, su nieto. Y la sonrisa que le veo en esa foto es tan simple, pura y real que ha entrado a formar parte también de mi fantasía. Y es así como yo elijo recordarle.
Notas
[1] 2013 para el autor, que escribió este texto a principios de año.
[2] Matt Bucher está citando aquí otra conocida frase de Wallace en la entrevista con Larry McCaffery: “No digo que yo sea capaz de escribir sistemáticamente a partir de esa premisa, pero sí que parece que la gran diferencia entre el buen arte y el arte que es sólo regular reside en el propósito que está albergado en el corazón de ese arte, los objetivos que motivan a la conciencia que está detrás del texto. Tiene que ver con el amor. Con tener la suficiente disciplina para hablar desde la parte de ti que es capaz de amar y no desde la parte de ti que sólo quiere ser amada”.

***

A Foster Wallace lo conocí por leer una reseña de Marcelo Cohen en Clarín y que pego a continuación. Lo leí tiempo después cuando lo encontré en una batea de baratijas  sin que me enamorara y en el verano me lleve su broma infinita que si bien me parecía que había cosas que estaban bien no me enamoro, no me enveneno, no me enloqueció como Larry Brown, Palahniuk, Ellroy o Ray Pollock, Roth, Dick, King o las correcciones de su amigo Franzen y cuando tuve que elegir entre él y los diarios de la Segunda Guerra de Jünger por economía de tiempo, claramente elegí a Jünger. Foster Wallace no es la línea narrativa americana que me vuelve loco y me envenena no escribir como ellos. Pero nada, cada cual elige y supongo que esta novela que nunca leeré estará bien.
Discurso de David Foster Wallace en la ceremonia de graduación del Kenyon College
Saludos y felicitaciones a la generación 2005 del Kenyon College.
Erase dos peces jóvenes que nadaban juntos cuando de repente se toparon con un pez viejo, que los saludó y les dijo, “Buenos días, muchachos ¿Cómo está el agua?” Los dos peces jóvenes siguieron nadando un rato, hasta que eventualmente uno de ellos miró al otro y le preguntó, “¿Qué demonios es el agua?”
Esto es algo común al inicio de los discursos de graduación en Estados Unidos: el empleo de una pequeña parábola con un fin didáctico. Esta costumbre resulta ser una de las mejores convenciones del género y la menos mentirosa, pero si te has empezado a preocupar de que mi plan sea presentarme como el pez sabio y viejo que le explica a los peces jóvenes lo que es el agua, por favor no lo hagas. Yo no soy el pez sabio y viejo. El punto de la historia de los peces es, simplemente, que las realidades más importantes y obvias son a menudo las más difíciles de ver y explicar. Enunciado como una frase, por supuesto, suena a un lugar común banal, pero el hecho es que las banalidades en el ajetreo diario de la existencia adulta pueden tener una importancia de vida o muerte, o así es como me gustaría presentarlo en esta mañana despejada y encantadora.
Por supuesto que el principal requisito en un discurso como éste es que hable sobre el significado de la educación en Humanidades y que intente explicar por qué el título que están a punto de recibir posee un verdadero valor humano en vez de ser una mera llave para la simple remuneración material. Así que mencionaremos otro lugar común al inicio de los discursos, que la educación en Humanidades no es tanto atiborrarte de conocimiento como “enseñarte a pensar”. Si son como yo fui alguna vez de estudiante, nunca hubiesen querido escuchar esto, y se sentirán insultados cuando les dicen que precisaron de alguien que les enseñara a pensar, porque dado que fueron admitidos en la universidad precisamente por esto, parece obvio que ya sabían cómo hacerlo. Pero voy a hacerme eco de ese lugar común que no creo sea insultante, porque lo que verdaderamente importa en la educación –la que se supone obtenemos en un lugar como éste– no vendría a ser aprender a pensar, sino a elegir cómo vamos a pensar. Si la completa libertad para elegir acerca de qué pensar les parece obvia y discutir acerca de ella una pérdida de tiempo, les pido que piensen acerca de la anécdota de los dos peces y el agua y que dejen entre paréntesis por unos segundo vuestro escepticismo acerca del valor de lo que es obvio por completo.
Les voy a contar otra de estas historias didácticas. Había dos personas sentadas en la barra de un bar en la parte más remota de Alaska. Uno de ellos era religioso, el otro ateo y ambos discutían acerca de la existencia o no de dios con esa especial intensidad que se genera luego de la cuarta cerveza. El ateo contó, ‘mirá, no es que no tenga un real motivo para no creer.  No es que nunca haya experimentado todo el asunto ese de dios, rezarle y esas cosas. El mes pasado, sin ir más lejos, me sorprendió una tormenta terrible cuando aún me faltaba mucho camino para llegar al campamento. Me perdí por completo, no podía ver ni a dos metros, hacía 50 grados bajo cero y me derrumbé: caí de rodillas y recé “Dios mío, si en realidad existes, estoy perdido en una tormenta y moriré si no me ayudas, ¡por favor!”. El creyente entonces lo mira sorprendido: ‘Bueno, eso quiere decir entonces que ahora crees! De hecho estás aquí vivo!”. El ateo hizo una mueca y dijo: “No, hermano, lo que pasó fue que de pronto aparecieron dos esquimales y me ayudaron a encontrar el camino al campamento…”.
Es fácil hacer un análisis típico en las Humanidades: una misma experiencia puede significar cosas totalmente distintas para diferentes personas si tales personas tienen distinto marco de referencia y diferentes modo de elaborar significados a partir de su experiencia. Dado que apreciamos la tolerancia y la diversidad de creencias, en cualquiera de los análisis posibles jamás afirmaríamos que una de las interpretaciones es correcta y la otra falsa. Lo que en sí está muy bien, lástima que nunca nos extendemos más allá y nos proponemos descubrir los fundamentos del pensamiento de cada uno de los interesados. Y me refiero a de qué parte del interior de cada uno de ellos surgen sus ideas. Si su orientación básica en referencia al mundo y el significado de su experiencia viene ‘cableado’ como su altura o talla del calzado, o si en cambio es absorbida de la cultura, como su lenguaje. Es como si la construcción del sentido no fuera realmente una cuestión de elección intencional y personal. Y más aún, debemos incluir la cuestión de la arrogancia. El ateo de nuestra historia está totalmente convencido de que la aparición de esos dos esquimales nada tiene que ver con el haber rezado y pedido ayuda a dios. Pero también debemos aceptar que la gente creyente puede ser arrogante y fanática en su modo de ver. Y hasta puede que sean más desagradables que los ateos, al menos para la mayoría de nosotros. Pero el problema del dogmatismo del creyente es el mismo que el del ateo: certeza ciega, una cerrazón mental tan severa que aprisiona de un modo tal que el prisionero ni se da cuenta que está encerrado.
Aquí apunto a lo que yo creo que realmente significa que me enseñen a pensar. Ser un poco menos arrogante. Tener un poco de conciencia de mí y mis certezas. Porque un gran porcentaje de las cuestiones acerca de las que tiendo a pensar con certeza, resultan estar erradas o ser meras ilusiones. Y lo aprendí a los golpes y les pronostico otro tanto a ustedes.
Les daré un ejemplo de algo totalmente errado pero que yo tiendo a dar por sentado: en mi experiencia inmediata todo apuntala mi profunda creencia de que yo soy el centro del universo, la más real, vívida e importante persona en existencia. Raramente pensamos acerca de este modo natural de sentirse el centro de todo ya que es socialmente condenado. Pero es algo que nos sucede a todos. Es nuestro marco básico, el modo en que estamos ‘cableados’ de nacimiento. Piénsenlo: nada les ha sucedido, ninguna de vuestras experiencias han dejado de ser percibidas como si fueran el centro absoluto. El mundo que perciben lo perciben desde ustedes, está ahí delante de ustedes, rodeándolos o en vuestro monitor o en la TV. Los pensamientos y sentimientos de las otras personas nos tienen que ser comunicados de algún modo, pero los propios son inmediatos, urgentes y reales.
Y, por favor, no teman que no me dedicaré a predicarles acerca de la compasión o cualquiera de las otras virtudes. Me refiero a algo que nada tiene que ver con la virtud. Es cuestión de mi posibilidad de encarar la tarea de, de algún modo, saltear o verme libre de mi natural e ‘impreso’ modo de operar que está profunda y literalmente auto centrado y que hace que todo lo vea a través de los lentes de mi mismidad. A gente que logra algo de esto se los suele describir como ‘bien equilibrado’ y me parece que no es un término aplicado casualmente.
Y dado el entorno en el que ahora nos encontramos es adecuado preguntarnos cuánto de este re-ajuste de nuestro marco referencial natural implica a nuestro conocimiento o intelecto. Es una pregunta difícil. Probablemente lo más peligroso de mi educación académica –al menos en lo que a mí respecta– es que tiende a la sobre intelectualización de las cosas, que me lleva a perderme en argumentos abstractos en mi cabeza en vez de, simplemente, prestar atención a lo que ocurre dentro y fuera de mí.
Estoy seguro de que ustedes ya se han dado cuenta de lo difícil que resulta estar alerta y atentos en lugar de ir como hipnotizados siguiendo el monólogo interior (algo que puede estar sucediendo ahora mismo). Veinte años después de mi propia graduación llegué a comprender el típico cliché liberal acerca de las Humanidades enseñándonos a pensar: en realidad se refiere a algo más profundo, a una idea más seria: porque aprender a pensar quiere decir aprender a ejercitar un cierto control acerca de qué y cómo pensar. Implica ser consiente y estar atentos de modo tal que podamos elegir sobre qué poner nuestra atención y revisar el modo en que llegamos a las conclusiones a las que llegamos, al modo en que construimos un sentido en base a lo que percibimos. Y si no logramos esto en nuestra vida adulta, estaremos por completo perdidos. Me viene a la mente aquella frase que dice que la mente es un excelente sirviente pero un pésimo amo.
Como todos los clichés superficialmente es soso y poco atractivo, pero en realidad expresa una verdad terrible. No es casual que los adultos que se suicidan con un arma de fuego lo hagan apuntando a su cabeza. Intentan liquidar al tirano. Y la verdad es que esos suicidas ya estaban muertos bastante antes de que apretaran el gatillo.
Y les digo que este debe ser el resultado genuino de vuestra educación en Humanidades, sin mentiras ni chantadas: como impedir que vuestra vida adulta se vuelva algo confortable, próspero, respetable pero muerto, inconsciente, esclavo de vuestro funcionar ‘cableado’ inconsciente y solitario. Esto puede sonar a una hipérbole o a un sinsentido abstracto. Pero ya que estamos pensemos más concretamente. El hecho real es que ustedes, recién graduados, no tienen la menor idea de lo que implica el día a día de un adulto. Resulta que en estos discursos de graduación nunca se hace referencia a cómo transcurre la mayor parte de la vida de un adulto norteamericano. En una gran porción esa vida implica aburrimiento, rutina y bastante frustración. Vuestros padres y parientes mayores que aquí los acompañan deben de saber bastante bien a qué me estoy refiriendo.
Pongamos un ejemplo. Imaginemos la vida de un adulto típico. Se levanta temprano por la mañana para concurrir a un trabajo desafiante, un buen trabajo si quieren, el trabajo de un profesional que con entusiasmo trabaja por ocho o diez horas y que al final del día lo deja bastante agotado y con el único deseo de volver a casa y tener una buena y reparadora cena y quizá un recreo de  una o dos horas antes de acostarse temprano porque, por supuesto, al otro día hay que levantarse temprano para volver al trabajo. Y ahí es cuando esta persona recuerda que no hay nada de comer en casa. No ha tenido tiempo de hacer las compras esta semana porque el trabajo se volvió muy demandante y ahora no hay más remedio que subirse al auto y, en vez de volver a casa, ir a un supermercado. Es la hora en que todo el mundo sale del trabajo y las calles están saturadas de autos, con un tránsito enloquecedor. De modo que llegar al centro comercial le lleva más tiempo que el habitual y, cuando al fin llega, ve que el supermercado está atestado de gente que como él,  que luego de un día de trabajo trata de comprar las provisiones que no pudo comprar en otro momento. El lugar está lleno de gente y la música funcional y melosa hacen que sea el último lugar de la tierra en el que se quiere estar, pero es imposible hacer las cosas rápido. Debe andar por esos pasillos atiborrados de gente, confusos a la hora de encontrar lo que uno busca y debe maniobrar con cuidado el carrito entre toda esa gente apurada y cansada (etc. etc. etc., abreviemos que es demasiado penoso) y al fin, luego de conseguir todo lo que necesitaba, se dirige a las cajas que, por supuesto, están casi todas cerradas a pesar de ser la hora pico, y las que están funcionando lo hacen con unas demoras colosales, lo que es enojoso, pero esta persona se esfuerza por dejar de sentir odio por la cajera que parece moverse en cámara lenta, quien está saturada de un trabajo que es tedioso, carente de sentido de un modo que sobrepasa la imaginación de cualquiera de los aquí presentes en nuestro prestigioso colegio.
Bueno, al fin esta persona consigue llegar a ser atendida, paga por sus provisiones y escucha que le dicen ‘que tenga un buen día’ con un voz que es la de la muerte. Luego tiene que cargar todas sus bolsas en el carrito que tiene una rueda chueca e insiste en irse para un costado y hace que el camino hasta el auto lo saque de quicio; luego tiene que cargar todo en el baúl y salir de ese estacionamiento lleno de autos que circulan a dos por ahora buscando un lugar libre ¡y todavía queda el camino a casa!, con un tránsito pesado, lento y plagado de enormes 4×4 que parecen ocupar toda la calle, etc. etc. etc.
Todos aquí han pasado por esto, claro. Pero aun no es parte de vuestra rutina de graduados, semana a semana, mes a mes, año a año. Pero lo será. Y cantidad de otras tareas fastidiosas y sin sentido aparente que les esperan. Pero no es este el punto al que me refiero. El punto es que estas tareas de mierda, insignificantes y frustrantes son las que permiten escoger qué y como pensar. Ya que debido al tránsito congestionado, o a los pasillos atiborrados de gente con carritos, o a las larguísimas colas, tengo tiempo para pensar y si no tomo una decisión consiente acerca de cómo pensar, de a qué prestar atención, me sentiré frustrado y jodido cada vez que me vea en estas situaciones. Porque el ajuste natural me dice que estar situaciones me afectan a MI. A MI hambre, a MI fatiga, a Mi deseo de estar en casa y me hace ver que toda esa gente se mete en MI camino. Y ¿quiénes son, después de todo? Miren qué repulsivos son, que caras de estúpidos portan, esa mirada de vacas, no parecen humanos, y que enojosos y groseros son hablando en voz alta por sus celulares todo el tiempo. Es absolutamente injusto e incordiante que me encuentre ahí, entre ESA gente.
Y, claro, además, como pertenezco a una clase de gente socialmente más consiente, gente de Humanidades, me parece terrible quedar atrapado en el tránsito de la hora pico entre esas tremendas 4×4, esos autazos de 12 cilindros que desperdician egoístamente sus tanques de 80 litros de un combustible cada vez más escaso, y puedo asegurar que las calcomanías con los slogans más religiosos y patrióticos están pegados en vidrios de los más enormes, llamativos y egoístas de los vehículos, conducidos por los más horrendos personajes (aplausos y respondiendo a esos aplausos) –este no es un ejemplo de cómo debemos pensar, ojo! –, conductores detestables, desconsiderados y agresivos. Y también puedo imaginar cómo nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos van a acordarse de nosotros por derrochar el combustible y probablemente joder el clima, y pensar en lo egoístas y estúpidos que fuimos por permitirlo y como nuestra sociedad consumista es detestable, etc., etc., etc.
Ya pescaron la idea.
Si yo escojo pensar así cuando me encuentro atrapado en el tránsito o en los pasillos de un supermercado, bueno, a la mayoría nos pasa. Porque este modo de pensar es tan automático, tan natural y establecido que no implica ninguna chance ni elección. Es el modo automático en que percibo la parte aburrida y frustrante de la vida adulta, cuando me dejo ir en automático, inconscientemente, cuando me creo el centro del mundo y que mis necesidades y sentimientos inmediatos determinan las prioridades de todo el mundo, que creo gira a mi alrededor.
La cosa es que, claro, hay otras maneras por completo diferentes de pensar acerca de estas situaciones. En ese transito entorpecido, con vehículos que dificultan mi avance, puede que, en una de esas horrorosas 4×4, haya un conductor que luego de un horrible accidente de tránsito se haya sentido tan acobardado que el único modo de volver a manejar es sintiéndose protegido dentro de uno de esos tanques. O que aquella camioneta que corta mi paso imprudentemente, esté conducida por un padre que lleva a su hijo enfermo o accidentado y se apura por llegar a una guardia médica, o que está en una situación más urgente y legítima que la que yo me encuentro, y que en realidad yo soy el que se mete en SU camino.
O puedo elegir pensar y considerar que todos los que nos encontramos en esa larga cola del supermercado estamos tan aburridos y nos sentimos tan mal como me siento yo y que algunos de ellos probablemente tengan una vida más tediosa y dolorosa que la mía.
De nuevo, por favor, no crean que estoy dando consejos moralistas, o que sugiero el modo en que tienen que pensar ustedes, o que señalo cómo se espera que ustedes piensen. Porque esto que les describo es muy difícil. Requiere de mucha voluntad y esfuerzo y, si son como yo, algunos días no lo lograrán o simplemente se dejarán llevar por la comodidad y falta de ganas.
Pero puede pasar que, si están atentos los suficiente como para darse a ustedes mismos la opción, podrán escoger una manera distinta de percibir a esa gorda, de ojos muertos, sobre maquillada que no deja de gritar a su hijito en la fila. Quizá ella no es siempre así. Quizá lleva tres noches sin dormir sosteniendo la mano de su marido que muere de cáncer en los huesos. O quizá esta señora es la misma que ayer ayudó a tu señora a resolver ese horrendo trámite en el Registro Automotor mediante un simple acto de gentileza. Claro, sí, nada de esto es lo habitual, pero tampoco es imposible. Todo depende de lo que uno elija pensar. Si estás seguro de saber exactamente cuál es la realidad y estás operando en automático como me suele suceder a mí, entonces no dejarás de pensar en posibilidades enojosas y miserables. Pero si en realidad aprendes a prestar atención, te darás cuenta de que en realidad hay otras opciones. Vas a poder  percibir ese atestado, caluroso, y lento infierno no solo como significativo, sino como algo sagrado, consumido por las mismas llamas que las estrellas: amor, comunión, esa unidad mística que hay bien en lo profundo de las cosas.
No afirmo que esta mística se necesariamente verdadera. Pero lo que sí lleva una V mayúscula es la Verdad de que podés decidir cómo te lo vas a tomar.
Esto, yo les aseguro, es la libertad que otorga la educación real. Aprender a cómo estar bien balanceado. Y cada uno decidir qué tiene y qué no tiene sentido. Decidir conscientemente qué es lo que vale la pena venerar.
Y he aquí algo raro, pero que es verdad: en las trincheras del día a día de la vida de un adulto, no existe el ateísmo. No hay tal cosa como la ‘no-veneración’. Todo el mundo es creyente. Y quizá la única razón por la que debamos cuidarnos al elegir qué venerar, cualquier camino espiritual –llámese Cristo, Allah, Yaveh, la Pachamama, las Cuatro Nobles Verdades o cualquier set de principios éticos– es que, sea lo que sea que elijas, te devorará en vida. Si elegís adorar el dinero y los bienes materiales, nunca tendrás suficiente. Si elegís tu cuerpo, la belleza y ser atractivo, siempre te vas a sentir feo y cuando el tiempo y la edad se manifiesten, padecerás un millón de muertes antes de que al fin te entierren. En cierto modo, todos lo sabemos. Esto fue codificado en mitos, leyendas, cuentos, proverbios, epigramas, parábolas, en el esqueleto de toda gran historia. El verdadero logro es mantener esta verdad consiente en el día a día. Si elegís venerar el poder, terminarás sintiéndote débil y necesitarás cada día de más poder para no creerte amenazado por los demás. Si elegís adorar tu intelecto, ser reconocido como inteligente, terminarás sintiéndote un estúpido, un chasco, siempre al borde de ser descubierto. Pero lo más terrible de estas formas de adoración no es que sean pecaminosas o malas, es que son inconscientes. Son el funcionamiento por default.
Día a día nos vamos sumergiendo en un modo cada vez más selectivo acerca de a qué prestar atención, qué percibir como bueno y deseable, sin siquiera ser consientes de lo que estamos haciendo.
Y el mundo real no te va a desalentar en este modo de operar, porque el así llamado mundo real está esculpido del mismo modo, dinero y poder que se regodean juntos en una piscina de miedo y odio y frustración y ambición y adoración al YO. Las fuerzas de nuestra cultura dirigen a estas fuerzas en pos de las riquezas, confort y libertad individual. Libertad para ser los señores de nuestro diminuto reino mental, solitarios en el centro de la creación. Este tipo de libertad es muy tentadora. Pero hay otros tipo de libertad pero justo del tipo de libertad que es el más precioso no vas a escuchar mucho en este mundo que nos rodea, de puro desear y conseguir.
La libertad que importa verdaderamente implica atención, conciencia y disciplina, y estar realmente interesados en el bienestar de los demás y estar dispuestos a sacrificarnos por ellos una y otra vez en miríadas de insignificantes y poco atractivas maneras, todos los días.
Esa es la libertad real. Eso es ser educado y entender cómo pensar. La alternativa es lo inconsciente, lo automático, el funcionamiento por default, el constante sentimiento de haber tenido y perdido alguna cosa infinita.
Yo sé que esto que les digo puede sonar poco divertido y que roza en lo grandilocuente  espiritual en el sentido que un discurso de graduación debe sonar. Lo que quiero que rescaten, del modo en que yo lo veo, es el tema de la V mayúscula de Verdad, dejando fuera todas las linduras retóricas. Ustedes son libres de pensar como quieran. Pero por favor, no tomen este discurso como a un sermón de esos con el dedito apuntando acusatoriamente. Nada de esto tiene que ver con moralidad o religión o dogma ni con las grandes preguntas luego de la muerte.
La V mayúscula de Verdad se refiere a la vida ANTES de la muerte.
Es acerca de los valores que implica la real educación, que no tiene nada que ver con el acumular conocimiento y sí con la simple atención, atención a lo que es real y esencial, tan oculto en plena vista a nuestro alrededor, todo el tiempo, que tenemos que estar constantemente recordándonos a nosotros mismos, una y otra vez: Esto es agua. Esto es agua. Esto es agua.
Es inimaginablemente arduo de llevar a cabo, estar consientes y vivos en el mundo adulto, día a día. Lo que trae a colación otro gran cliché archisabido: la educación ES un trabajo para toda la vida. Y comienza ahora.
Les deseo que tengan más que suerte!
La máscara infinita
Marcelo Cohen
David Foster Wallace, nacido en 1962, es el escritor estadounidense que más fanáticos ilustrados ha logrado reclutar después de los ya eminentes John Barth y Thomas Pynchon. Como creció entre 500 canales de TV y el auge universitario del post-estructuralismo, Foster Wallace tiene una crispada conciencia de que la cultura de su país ya no puede confiar en la transparencia de la persona ni la realidad de las sensaciones. Por eso se abstiene de escribir sus relatos desde una idea previa, y por lo tanto de concebirlos desde el desenlace para atrás. Con tal de examinar a fondo lo que su imaginación inventa, resigna de buena gana la autoridad que ejercen otros narradores para mantener al lector sujetado. A veces lo mejor de sus cuentos es una flagrante falta de rumbo, como si aprovecharan las alternativas que se abren con cada frase.
Sin duda Foster Wallace piensa que las sólidas certezas y la solvencia técnica de algunos humanos se combinan bien para crear dictaduras. Pero también piensa que pocos humanos se las arreglan sin un modelo de conducta; y que, como los relatos siempre han sido los grandes proveedores de modelos, toda ficción que no quiera colaborar con el dominio y el crimen debe ponerse en cuestión a sí misma. Dicho de otro modo: la ficción convencional se cree un instrumento para explorar el mundo, pero se emperra en ignorar que, como todo instrumento, puede funcionar mal, averiarse o tener efectos paradójicos.
Por su parte, a Foster Wallace le interesan la rara fluidez de los hechos y la distancia como condición del amor; cree más en la energía y la amplitud del relato que en su poder de hechizo. Publicó una novela de mil páginas llamada Infinite Jest, que trata de los complots en torno a un filme tan cómico que puede matar al espectador o lobotomizarlo, y varios libros más; el primero acaba de traducirse al español.
La niña del pelo raro (1989) consta de diez cuentos de extensión y forma muy diversa, el último de los cuales, “Hacia el oeste, el imperio continúa”, es largo y angustiante. Para festejar los 20 años de una publicidad muy popular, McDonald”s convoca a todos los ex niños que participaron en la campaña a una fiesta mediática en Collision, Illinois, donde está el primero de los locales estelares que la cadena llamó “Casas encantadas”. Debido a un retraso de vuelo, el genio publicitario J.D. Steelritter y su hijo De Haven —forzado por J.D. a oficiar de anfitrión vestido de payaso— llevan al festejo, en un auto achacoso, a un ejecutivo fóbico, a la escuálida y engreída escritora en ciernes Drew-Lynn Eberhardt y a su novio Mark Nechtr, campeón de tiro con arco y adonis sereno que se consume por dentro preguntándose cómo escribir sin ser ingenuo ni hipócrita. Drew-Lynn y Mark son las promesas del encumbrado Seminario de Escritura que el novelista C. Ambrose dicta en una universidad de Nueva Inglaterra. Hay un libro de Ambrose, Perdido en la casa encantada, que para los alumnos es el canon de la metaficción posmoderna y el relativismo ético; y Ambrose no es ajeno a que su amigo Steelritter haya llamado “Casas encantadas” a los locales McDonald”s. La sexta y estoica pasajera es ex mujer de Ambrose y también fue publicitaria.
Lo peor de la situación es que no proviene de un complot, sino de una natural relación de funciones culturales. Al borde del camino se extiende la llanura central americana. Rencillas y dilemas saturan el ambiente del coche. Mark piensa que, más allá de las ventanas, los negocios y la publicidad nublan el paisaje sin que la novela paródica que pregona Ambrose consiga aclararlo un poco. Dentro, la cercanía de los cuerpos corroe lo que queda de afecto. De Haven se atormenta buscando el reconocimiento del padre, JD no entiende a quién puede interesarle una casa encantada McDonald”s. Mark y Drew-Lynn ignoran si los une la emulación o la indiferencia. Todo lo real se aleja más y más; y Foster Wallace trata esta extravagante situación con una obstinada lentitud, como si la atención del narrador al detalle pudiera dar a los personajes la ocasión de salvar las suspicacias que los aislan; como si la atención muy abierta y la digresión constante fueran un remedio aceptable para un deseo aturdido por los simulacros.
Foster Wallace hace con esa anécdota exactamente lo contrario de lo que haría un narrador “vívido y continuo”, por ejemplo John Irving: va mostrando el revés de cada artimaña narrativa. Y es que en sus cuentos sobre gente acomodada, hiperconsciente y triste se juega el drama de la actual ficción norteamericana, que para él está atrapada entre un falso realismo ciego a los hechos —porque les impone las reglas del arte representativo— y un elogio de la autonomía literaria que abjura rencorosamente de la realidad.
Por cierto, forzar hasta el paroxismo el poder de la literatura para crear más literatura es lo que hizo el inimitable John Barth, notoriamente en los cuentos de Perdido en la casa encantada. Se ve entonces que en ese coche Foster Wallace concentra todo lo que su generación debe superar para entender el desasosiego de un país desrealizado. Con un pie en Melrose Place y otro en la metaficción (Barth incluido), observa una cultura que puede aniquilarse toda de placer en formas que otras culturas desconocieron, y que por eso mismo puede sondear zonas desconocidas de la mente. ¿Cree de veras la Norteamérica de hoy que el placer ilimitado es la libertad? ¿Supone que el objeto de la vida es experimentar todo el placer posible? Foster Wallace sugiere estas preguntas sin miedo al ridículo, con la levedad que aprendió en las sit-com y el desdén por la voz de autor que le inculcó la posmodernidad, pero también con la vieja fe en que los hechos son para el narrador no un problema sino un estímulo.
Estos cuentos son una muestra perfecta de la cantidad de historias interesantes que puede dar una estética relajada. Héroes del periodismo, villanos de la empresa, figuras históricas, leyendas del deporte, presentadores famosos y hasta dinosaurios pueblan La niña del pelo raro, junto con personajes que van del manager deprimido hasta el psicótico de frontera.
En “Animalitos inexpresivos”, por ejemplo, una chica que tiene una racha triunfal de años en un concurso televisivo es derrotada por un hermano autista, en un encuentro que urden los productores cuando el lesbianismo de la genia se les vuelve engorroso. En “La niña del pelo raro”, un joven millonario nacido entre militares alivia su angustioso sadismo en un concierto de Keith Jarret, en compañía de un grupo de punks trogloditas. Todos, famosos y miserables, se enfrentan con la productiva impotencia, no ya de practicar la sinceridad, sino de definirla o identificarla.
 En el mismo grado de indefinición está el lenguaje de Foster Wallace, lo cual se dice aquí como elogio. Para despojarse del estilo hace falta un talento dúctil, entrega a los argumentos, diletancia y amor a secas. El beneficio puede ser, como en este caso, una coherencia hecha de surtido; un efecto de franqueza logrado por la abundancia de máscaras. Y hasta la promesa de que el cuento, ese género herido de imitación, también puede ser reinventado.
Otros libros relacionados:
Amor malo y feroz – Larry Brown
Matilda, peón de circo – Michelle Chalfoun
Personajes desespearados – Paula Fox
Ah Puch está aquí y otros textos – William S. Burroughs
Desayuno de campeones – Kurt Vonnegut Jr.
Los inquilinos de Moonbloom – Edward Lewis Wallant
Y el asno vio al ángel – Nick Cave
Tree of smoke – Denis Johnson (versión original en inglés)
The Amazing adventures of Kavalier & Clay – Michael Chabon (versión original en inglés)
Introitus lapidis (Stone Junction). Una epopeya alquímica – Jim Dodge

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

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