La fábrica de animales – Edward Bunker

La fábrica de animales – Edward Bunker

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Estado: nuevo.

Editorial: al margen.

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Ron Decker, joven de buena familia, acaba con sus huesos en la temible prisión de San Quintín tras su primera detención por «vender droga como si tuviese licencia». Allí, en la fábrica de animales, donde los conflictos raciales y las peleas entre bandas están al orden del día, el novato Ron aprenderá muy pronto que para sobrevivir hay que estar dispuesto a todo. Su maestro en el infierno carcelario será Earl Coppen, uno de los tipos más duros y respetados de San Quintín, con quien el joven Decker entablará una improbable amistad forjada en largas conversaciones ajenas a la jerga carcelaria habitual. La fábrica de animales, segunda novela del ex convicto y escritor de culto Edward Bunker, es una crítica demoledora a la deshumanización de la vida en prisión escrita sin concesiones por alguien que estuvo dentro más de veinticinco años.
Edward Bunker (Los Ángeles, 1933 – Burbank, 2005) fue escritor, guionista y actor ocasional. Criado en hogares de acogida y reformatorios desde que sus padres se divorciaran cuando tenía cuatro años, pasó gran parte de su vida entrando y saliendo de prisión, donde se convirtió en un lector voraz y en el cronista ideal de los bajos fondos y de la mala vida de Los Ángeles. Acumuló condenas por atraco a mano armada, tráfico de drogas y extorsión, llegando a figurar en la lista de los diez fugitivos más buscados del F.B.I. Interpretó a Mr. Blue en la mítica película Reservoir Dogs (1992) de Quentin Tarantino, y asesoró a Michael Mann en Heat (1995).
«La fábrica de animales se suma a Un día en la vida de Iván Denísovich, de Solzhenitsyn, y a Soledad Brother, de George Jackson, a la primera línea de la literatura carcelaria… Un clásico de piedra.» Time Out
«Edward Bunker es un caso único en las letras norteamericanas. Sus libros son clásicos del género criminal: novelas sobre criminales, escritas por un ex criminal, desde un punto de vista incorregiblemente criminal.» James Ellroy
«A los cuarenta, Edward Bunker era un duro criminal con un historial carcelario considerable. Veinticinco años después, fue aclamado por sus coetáneos como uno de los mejores autores de novela negra vivos del país.» The Independent
Entrevista con Edward Bunker
Sergio Ramón Zárate
Asistí a los dos conciertos que Johnny Cash dio en los penitenciarios de San Quintín y Folsom. Cash sólo cometió un error con la letra de “Folsom Prison Blues”: es imposible que los prisioneros puedan oír el silbato del tren… También conocí a Merle Haggard. Todos estos cantantes de country son, a su manera, unos outlaws. Les gusta esta imagen, muy ligada al Sur. Pero no soy realmente un fan de música, mi ámbito predilecto ha sido siempre la literatura.
Nací en la Nochevieja del año 35, aquí mismo, en Hollywood, California. Mi madre era una “chorus girl”, incluso trabajó con Busby Berkeley. Mi padre era regidor. Éramos una familia de clase media. Era la época de la Gran depresión, pero no éramos realmente pobres. La depresión lo mataba todo menos la industria del cine, lo que fue una suerte para mis padres. Estaba al corriente de esta crisis económica, veía lo que ocurría a mi alrededor, pero no afectó demasiado a mi familia.
-Formaba parte de la clase media, su familia estaba a salvo de la miseria y, sin embargo, muy pronto, fue a parar a los reformatorios.
Mis padres se divorciaron cuando yo tenía cuatro años. No podían, o no querían cuidar de mí, y me enviaron a un internado, pero no era muy disciplinado. Cuando me echaban, me confiaban a mi padre. Me quedaba uno o dos meses en su casa, y me largaba. Con mi madre tampoco congeniaba mucho. Un día le dijo al juez de menores que no me soportaba, que era incapaz de criarme… Tenía diez años y nunca olvidaré esas palabras maternales. Desde entonces, no la he vuelto a ver. Pensándolo bien, me parece que he sido un mal bicho desde mi nacimiento…
Con dos años me perdí en San Diego y tuvieron que organizar una verdadera cacería para dar conmigo. Con tres años, me las ingenié para romper el incinerador de basuras de nuestro jardín. ¿Se da cuenta? ¡Es una proeza el romper un incinerador a martillazos con esa edad! Más tarde, cuando iba a los internados, recuerdo la primera vez que me robaron. Debía tener unos doce años y la idea, el concepto mismo de “robar” me era completamente desconocido, no entendía en absoluto cómo alguien se podía adueñar de algo que no le pertenecía… Sin embargo, dos o tres años después, era un ladrón muy competente. Iba a escuelas muy duras, casi militares, instituciones donde se enderezaban las malas cabezas. “¡Haz esto, haz aquello, izquierda, derecha!”. Estaba allí dentro desde los ocho años y me escapaba a menudo. Un día me fui hasta Sacramento… 600 kms., es una buena caminata para un chaval. Llegué allí en un tren de mercancías, igual que un hobo. Así que más bien era un crío atraído por los problemas, un follonero, un camorrista… Y cuando se entra en el sistema judicial de la delincuencia juvenil, se encuentra a otros delincuentes que se convierten en tus amigos y así sucesivamente… Es un engranaje.
-Ya que su madre le rechazaba, ¿por qué no vivía con su padre?
Trabajaba, no tenía tiempo para educar a un hijo. Durante un tiempo intentó cuidar de mí, de ofrecerme algo parecido a un hogar, pero, ¡mierda! ya era demasiado gamberro, estaba demasiado sediento de libertad, era demasiado tarde. No hacía nada, trapicheaba golpes poco claros, me iba al cine toda la noche… Me gustaba la calle, prefería mil veces estar fuera que quedarme encerrado en la habitación. Mis compañías eran más mayores que yo. Eran rateros, pequeños truhanes, folloneros. No sé por qué, pero me atraía más esa gente que los escolares modelo. Fue durante ese período cuando me vi involucrado en diversos robos. Para jalar, teníamos que asaltar algún colmado de vez en cuando.
-Una vez atrapado en ese sistema, ¿intentó salir de él, recuperar una vida honrada?
No creo que se reflexione mucho con esa edad. Un adolescente piensa sobre todo en vivir plenamente el presente, sin proyectarse más lejos en el porvenir. Vivía día a día. Pero tenía un buen CI, sabía que era más inteligente y listo que la media… Por ejemplo, empecé a leer muy jovencito y, rápidamente, me convertí en voraz lector. Leía mucho, pero sin rumbo, sin ningún tipo de elección, me contentaba con devorar los libros tal como venían, cogía los que estaban disponibles en la biblioteca de los internados o de los reformatorios, según donde me encontrase. Tenía una estantería llena de libros de tapa dura. Prefería las tapas duras porque las podía convertir en un arma y darle en la cabeza a cualquiera que me buscase las cosquillas. Leía los libros sin ninguna conciencia, sin acordarme del autor. La historia me gustaba o no, eso es todo.
-¿En algún momento, durante esos años de adolescencia, pensó en regresar al cole o con su familia?
No. Llegado cierto punto, estaba en guerra contra la autoridad, cualquiera que fuese. Ya no podía haber marcha atrás. Con quince años, ya había dado la vuelta completa al sistema judicial para menores. Lo habían intentado todo para domarme, para hacerme regresar a un camino más razonable. Sin mucho éxito. Cuanto más represiva era la autoridad, más me rebelaba. Era una escalada por los dos lados. Era como el título de aquella película de entonces, un “rebel without a cause”. Había leído un libro sobre los inadaptados sociales, esas personas cuyos cerebros funcionan perfectamente, pero su comportamiento es incontrolable. Yo era así, podía funcionar muy racionalmente, pero también era capaz de cometer los actos más inaceptables para el orden social establecido.
-¿Cómo ve el Bunker de hoy al Bunker adolescente de los años 50 que se sumerge en la marginalidad?
¿Quién sabe lo que determinó mi destino? La gente que triunfa siempre atribuye su éxito a sus cualidades y los que fracasan invocan, generalmente, la mala suerte. En ambos casos, es más complejo que esto. Yo pienso que somos libres, pero dentro de ciertos límites. Es como evolucionar dentro de una especie de círculo del cual está prohibido traspasar los límites. Evidentemente, no estaba hecho para permanecer dentro del círculo. Mi actitud frente a la autoridad era de no ceder nunca, sobre todo, no tener que doblegarme.
-Durante esa adolescencia delincuente encontró a Louise Fazenda Wallis, la esposa del célebre editor Hal Wallis (“Casablanca”, “Valor de ley”, “El Halcón Maltés”…) que le acogió bajo su protección. ¿Cómo transcurrió ese cuento de hadas”?
Estaba en la cárcel para menores de Lancaster. Era una institución reservada par los de dieciocho a veinticinco años. Apenas tenía quince años cuando me enviaron allí. Me quedé unos meses: la represión aumentó y también mi revuelta. Los guardias me hicieron de todo: golpes, privación de comida, gases lacrimógenos… Se solucionó ante los tribunales. El juez me consideró culpable de indisciplina crónica y me trasladaron al L. A. Country Jail, la verdadera cárcel del Condado. El abogado que me representaba en el juicio conocía a la señora Wallis… Cuando murió en 1960, las necrológicas publicadas en el “L. A. Times” decían que era “el ángel de Hollywood”… Era una mujer rara. Procedía de la clase obrera. Em pezó trabajando en el cine en 1915 porque sabía conducir. En aquella época, las mujeres que sabían conducir eran escasas. Por ello, Mark Senté la contrató y se convirtió en una star de los Keystone cops. Cuando encontró a Hal Wallis, sólo era un empleado del departamento de promoción de los estudios. Ella era la star. Su tragedia fue que no podía tener hijos. Cuando se enteró de ello, decidió dedicar el resto de su vida a los demás. No a través de organizaciones caritativas, sino individualmente, caso por caso. Mi abogado le habló de mí.
-Concretamente, ¿qué hizo por usted?
La primera vez, nos paseamos en coche. Era bastante curioso. Tenía la impresión que quería que asesinase a su marido, o algo por el estilo. A pesar de mi edad, captaba muchas cosas, pero, en ese caso, la cosa era ambigua. ¿Estaba buscando un amante? ¿Deseaba tirarse a un jovencito? Al principio, no entendía ni jota. Pero le debo muchísimo. Fue la primera persona que me enseñó que existía otra vida. Me llevaba con ella a los lugares de la jet. Veía a William Randolph Hearst en persona, ¡unos meses antes de su muerte! ¡Estuve en el castillo de San Simeón el día de su muerte! Pero todo eso, no logró arrancarme del hampa. Ella tenía su vida, y yo la mía, nuestros encuentros sólo eran cortos momentos de evasión para mí. Estaba con ella unas horas, a veces unos días, pero luego regresaba a las calles calientes de Downtown… Tenía dieciséis años y frecuentaba a las putas, los macarras, los rateros, todos mayores y más “maduros” que yo. Un día me arrestaron por tráfico de hierba. Hubo una persecución y empotré mi coche en el cruce de Rossmore y Beverly Boulevard. De paso, me llevé por delante otros tres coches y una camioneta. Estaba listo para otra estancia en la cárcel del Condado. Fue una gran ironía vivir esto en las calles de Hollywood. Todo lo que esta ciudad ingenia para fabricar falsamente y para hacer soñar a la gente, yo lo vivía de verdad.
-Durante los años que frecuentó a Louise Wallis, ¿cómo reaccionaba su marido y su entorno hollywoodiano?
La veía a solas, nunca me encontré con Hal Wallis. Tal como ya le he dicho, al principio, desconfiaba de ella, me preguntaba por qué hacía todo eso por mí. Hasta entonces, estaba más bien acostumbrado a no fiarme de la gente, a no esperar nada bueno por parte del prójimo. Era demasiado duro, demasiado cínico. Entonces no me di realmente cuenta de su bondad, de su sinceridad. Encontré a la Sra. Wallis en el momento oprtuno. Había llegado a tal punto en la intensidad de mi rebelión que tarde o temprano me habría matado o me habrían matado. La Sra. Wallis me hizo descubrir aspectos de la vida, lo que me ayudó a frenarme, a calmarme aunque sólo fuese un poco. No es tan fácil cambiar, aunque se esté motivado. Empecé a escribir en aquella época. La Sra. Wallis me regaló una máquina de escribir y, ya ve, pasaron años y años hasta que me convertí en escritor. Cuando acabó mi primera condena en el penitenciario, tenía veintitrés años y me di cuenta que si bien ya no estaba encerrado tras unos barrotes, estaba, sin embargo, excluido de la sociedad. Lo que consiste igualmente en otra forma de encarcelamiento. Ya no tenía socialmente ninguna oportunidad de levantar cabeza, estaba condenado a curros de supervivencia, a los trabajos mediocres y sin interés. No podía conformarme con esto, más valía volver a la delincuencia. Así que no me quedaban muchas soluciones: o me convertía en criminal o en autor. Durante mucho tiempo estuve en la situación del escritor que se autoevalúa. Era algo muy consciente. Observaba mi vida al mismo tiempo que la vivía. Bunker, el escritor, escrutaba a Bunker, el criminal. No pensaba que se tardaba tanto en convertirse uno en un verdadero escritor que publica.
-Comentaba que, al principio, era un lector voraz pero sin rumbo. ¿Fue en la época de Louise Wallis y de su primera estancia en el penitenciario cuando empezó a apreciar a los autores que leía?
Absolutamente. Me enviaba la edición del domingo del “New York Times”, en la que viene la sección de libros. Descubría críticas detalladas, debates estéticos, y entrevistas a autores o especialistas… Después de cada lectura, iba corriendo a la biblioteca para leer a los escritores de los que hablaba el “New York Times”. Y, créame, leía mucho. De media, tres o cuatro libros por semana, durante años. No me encantaba todo; poco a poco, me hacía más selectivo. Cuando empecé a escribir estaba influenciado por los novelistas americanos urbanos: gente como John Dos Passos, James T. Farell… El mejor, según mi opinión, era Theodore Dreiser, el novelista americano del siglo. No es que sea un tenor con su estilo, su inglés es incluso a veces limitado, pero al cabo de cuarenta páginas, uno está verdaderamente inmerso en el corazón mismo de la vida. Es un autor con una impresionante potencia.
-¿Le gustaba la novela negra, que de hecho correspondía a la época en la que creció?
He leído algo de Dashiell Hammett y de Raymond Chandler, pero francamente, no eran de mis preferidos. Cuando leía una novela policíaca, prefería que tratase directamente de crimen o de violencia. Aparte de Dos Passos y Dreiser, también aprecio bastante a Faulkner, así como a autores extranjeros. Malraux fue un shock, también Dostoievski. Éramos tres presos que realmente nos interesábamos por la literatura. Muchas veces comentábamos nuestras lecturas, intercambiándonos puntos de vista, nos dábamos a conocer mutuamente nuevos autores… Estaba aquel detenido, Carl Chessman, que esperaba su condena de muerte. Toda una leyenda dentro del mundo penitenciario. Estaba condenado por robo y violación. Pretendía ser inocente y yo le creía. Las cárceles estaban repletas de criminales sexuales: violadores, maltratadotes de niños… La mayoría pretende ser inocente, del tipo: “fue la chica quien me hizo una encerrona”. En la cárcel, son unos parias. Los demás detenidos los odian, les escupen… En fin, Carl Chessman estaba en la antecámara de los condenados a muerte y nuestras celdas estaban adosadas. Podíamos hablar gracias a los conductos y nos hemos comunicado así, sin vernos jamás. Un día, debía ser en 1952 o 53, recibí una revista, y di con el primer capítulo de Cellule 2455, death row. ¡Era su autobiografía! ¡Para mí fue increíble, una revelación! Un preso podía escribir un libro y que se lo publicasen. Cellule 2455, death row se convirtió en un best-seller y Carl Chessman en una celebridad, pero finalmente lo ejecutaron en 1960.
-¿Cómo se puede tener energía y ganas de escribir en las condiciones de vida de un penitenciario?
Justamente porque me di cuenta de que ni estaba solo ni era el primero y que otros antes que yo también habían escrito en la cárcel y que algunos habían sido publicados. Cuando sabes esto, cambian tus perspectivas, te da energía y fe. Sabía que un día me publicarían. Y, ¿qué otra cosa podría hacer? El abanico de mis salidas no era muy amplio. El escribir, por otra parte, era una actividad sencilla y accesible, sólo necesitaba papel, un boli y una máquina de escribir que me había enviado Louise Wallis. Me encantaba escribir, era un verdadero placer, una manera formidable para matar el tiempo. Recuerdo que cuando estaba en Vacaville, el penitenciario psiquiátrico, me encerraron en una celda especial: el espacio era muy reducido, el suelo y las paredes eran de hormigón y el techo de cristal, así me podían vigilar desde arriba. Era terrible. Me dije: “Si quiero escribir un gran libro tendré que quedarme aquí toda la vida”.
-Después de su primera estancia en la prisión de San Quintín disfrutó de unos meses de libertad, y luego le pillaron de nuevo y se tiró siete años en San Quintín y Folsom.
Fue un momento particularmente difícil de mi existencia. No pensaba que me iban a caer tantos años, ya que mi delito era relativamente menor. Se trataba de un caso de falsificaciones, había dinero en juego, pero ni violencia ni sangre. El informe pretendía que, en el momento de mi detención, había apuntado con un Mágnum 44 cargado. La verdad es que, cuando vinieron a detenerme, intenté huir y me encontré atrapado en otra habitación donde había una pistola que estaba descargada, aunque yo no lo sabía… Luego, te echan un expediente exagerado del cual no sabes ni el contenido… Cuando salí de este segundo encarcelamiento, ya no conocía a nadie. Louise Wallis había muerto. Estaba realmente en la calle. Entre mis dos períodos en la sombra había vuelto a ver a la Sra. Wallis, pero se había vuelto más o menos loca: depresión nerviosa, problemas familiares. Entonces comprendí que tanto dentro como fuera estás encerrado. Dentro, está claro, permaneces en la cárcel. Pero fuera, has cumplido los treinta, ya no tienes ningún título, ni relaciones, ni familia y pocas oportunidades para conseguir un empleo porque eres un ex-presidiario. Sólo me quedaban dos soluciones: o escribir o robar. Eran las dos únicas actividades que dominaba para obtener algo en este mundo. En el cristianismo, existe la idea de redención. Es una bonita, pero en la realidad, llevas tus heridas para siempre. Por mucho que desees la redención, no llega así como así. Aunque no me siento tan estigmatizado como un tío de clase media que se hunde y aterriza en la cárcel. Yo por lo menos, tengo la satisfacción de haber arrancado desde el fondo del abismo y haber logrado salir por mí mismo. El tío que cae con cuarenta años está acabado, nunca podrá salir. En este país, puedes hacer lo que quieras mientras no te pillen. El fallo no está en quebrantar la ley, sino en que te cojan. Pienso en los criminales de guante blanco, en los peces gordos que delinquen la ley cada día, pero a los que protegen sus relaciones, su poder, su fachada moral…
Cuando se pasan largos años en sitios como San Quintín o Folsom, ¿se acostumbra uno completamente a las condiciones de vida y a la falta de libertad?
Te acostumbras por completo. La vida sigue, sea cual sea el sitio donde vives. En la cárcel, seguimos bromeando, riendo, intentamos vivir lo mejor posible esa situación y no verlo todo tan negro. Te adaptas. Sabe, siempre ocurre algo en la cárcel, es como una aventura y por eso, en cierto también es excitante. Menos aburrido, la cárcel lo es todo. (Risas)
-¿Qué es lo que más se añora detrás de los barrotes?
Indiscutiblemente, la libertad. Poder disponer de tu tiempo. No tener que vivir con horarios fijos. Y ese tipo de cosas. En chirona, estás completamente privado de tu autonomía de movimiento y del uso del tiempo. Eso es lo peor. A la falta de mujeres, de sexo, te vas acostumbrando. Pero la cárcel me enseñó que la vida sigue, allí donde estés. Hay gente feliz y en paz consigo misma en la cárcel y hay gente que siempre está angustiada e infeliz aunque viva en un palacio…
-Volvamos al período de Vacaville, donde simuló estar loco. ¿Cómo se mantiene el equilibrio entre la locura simulada y la verdadera locura?
Es verdad que no siempre es muy evidente. Te propinan cada día un montón de medicamentos, de tranquilizantes que te atontan. Pero tuve sangre fría. Incluso a veces era divertido pasar por un chalado. Empezaba a hablar con las paredes, llegaban los vigilantes y desalojaban los pasillos. Yo me pegaba cara a la pared, peleándome e insultando al muro. ¡Los batas blancas no sabían cómo actuar! (Al recordar sus bromas psiquiátricas, Bunker se troncha durante cinco minutos)… ¡Les decía lo que fuera, que era el jefe de la CIA u otras elucubraciones por el estilo! ¡Era demasiado, muy divertido!
-Luego fue al penitenciario de Marion, Illinois, uno de los más duros de América. ¿Fue en esta época cuando se publicó su primer artículo?
Sí. Había escrito un artículo sobre las guerras raciales entre presos blancos y negros en San Quintín. En aquella época, existía una censura muy estricta en el correo que salía de la cárcel. Pedí permiso para ver a mi abogado en la cárcel del Condado de L. A., y pude pasar mi artículo al exterior gracias a su intervención. Lo publicó el Harper´s Magazine.
-¿Cuál fue su reacción?
¡Man, fue fantástico! Durante un buen rato, no me lo podía creer. Mierda, hacía una eternidad que estaba escribiendo, que lo intentaba, que persistía en mis esfuerzos. Había conservado este artículo sobre las guerras raciales en la cárcel, era un testimonio de primera mano. Estos conflictos entre razas me deprimían; los presos viven juntos, tendrían que estar unidos. Yo, no sentía ningún odio hacia los negros, no tenía ningún deseo de apuñalarles, ni de que me apuñalasen. Lo menciono un poco en mi segundo libro La bestia contra la pared. Sin embargo, mi mejor testimonio sigue siendo aquel artículo en el Harper´s. Fue lo que propicio la publicación de mi primera novela No hay bestia tan feroz. La había escrito a trozos, durante mis diversas detenciones, parte en San Quintín, parte en Folsom… El manuscrito dio vueltas por diferentes editores durante más de un año. Me parece que lo vieron seis. La publicación del libro en 1973 no supuso mi liberación inmediata, tuve que esperar unos años más.
-Cuándo le liberaron, ¿sintió que por fin salía a flote?
No del todo. Estaba tan condicionado por la vida del penitenciario, tan escarmentado por mis fracasos anteriores, tan acostumbrado a ser libre por poco tiempo… Mi actitud era, más bien, vivir al día, ver lo que iba a ocurrir. Era imposible que me sintiera definitivamente libre. Ya con Louise, había experimentado una pequeña esperanza de lograr salir de aquello y, unos años más tarde, estaba otra vez en chirona. En cuanto a mi segunda liberación, salí como un toro salvaje al que se le suelta la cuerda, decidido a pelearme con la sociedad y vivir del crimen y del gansterismo, y otra vez me encontré en chirona. Así que, esta vez, estaba circunspecto. Feliz, pero prudente. Era la primera vez desde que cumplí los cuatro años que no tenía la soga al cuello.
-¿Escribía con facilidad o se peleaba con cada palabra?
Hay escritores que tienen un talento natural, un don desde el inicio. No creo poseer ese tipo de don, he pencado, formo parte de la escuela de la perseverancia y del aprendizaje. Soy, más bien, un escritor analítico que poeta. Observo, describo, reflexiono sobre los hechos, sobre lo vivido. Mi arte no está hecho de inspiración, sino de observación, obstinación y reflexión… Antes que yo, muchos escritores habían tratado el tema del crimen y de las cárceles, pero lo hacían desde un punto de vista exterior, como entomólogos, con los valores de la sociedad. No hay bestia tan feroz ha sido el primer libro que ha tratado estos temas desde el punto de vista de un criminal, de un preso. Intentaba demostrar cómo un criminal veía el mundo, por qué actúa así y cuál es su percepción de los demás, de la justicia… Creo que lo he logrado. No he imaginado nada, he vivido ese tipo de situación.
-¿El personaje principal, Max Dembo, es usted al cien por cien? 
Digamos que al 70% u 80%. Es un libro en el cual he intentado ser lo más honesto posible cara a mi personaje y a los temas que desarrollaba. Todo lo que le pasa por la cabeza a Max, sus sentimientos, sus pensamientos, sus reacciones, está rigurosamente basado en mi propia experiencia. Max ve algunas cosas con más objetividad que los jueces, los abogados o los escritores de thriller que no lo han vivido.
-Después de tanto tiempo pasado en la cárcel, es sorprendente mantener una visión tan clara y lúcida de la condición criminal y del sistema penal… 
Pienso que toda persona intenta justificarse a posteriori, cada uno tiene sus razones para intentar explicar sus actos. Nadie es el Mal en su propia mente, todos estamos íntimamente persuadidos de tener razón. Finalmente, cada ser humano tiene necesidad de esto: estar en paz consigo mismo, encontrarle una justificación. Desde este punto de vista, los criminales son como todo el mundo. Dicho esto, también he visto criminales atormentados por los remordimientos, incapaces de superar su culpabilidad. Vi como un tío se arrancaba los ojos, sin duda a consecuencia de una educación católica muy estricta. Estaba en la cama de al lado, en el hospital de la cárcel, era terrible. Un ojo le colgaba de la órbita por un nervio, el otro se había caído entre las sábanas… ¡Hostia! Esas son cosas que no puedo olvidar y que utilizo en mis libros.
-Max mantiene una relación con una chica, pero usted evita cualquier sentimentalismo…
La vida de criminal no deja mucho sitio para el amor, una familia o hijos… Es demasiado rápida, intensa. Criminal es un trabajo de plena dedicación, y cuando digo de “plena dedicación”, es durante las veinticuatro horas del día. Willy, el amigo de Max, es un criminal fracasado porque tiene una familia. Tiene cada pie en un mundo diferente. Hay que elegir: o se es gángster, o un padre de familia honrado e integrado en la sociedad. Imposible ser ambas cosas al mismo tiempo. Max sabe que no tiene porvenir ninguno a largo plazo, ninguna seguridad que ofrecer, así que no le puede prometer nada a su chica. Rechazando toda la mierda de ingenuidad, es, simplemente, honesto.
-¿Cuál fue exactamente su papel en la adaptación de No hay bestia tan feroz que hizo Ulu Grosbard, titulada Libertad provisional con Dustin Hoffman?
Alvin Sergeant y yo habíamos redactado una primera versión del guión. Pero luego, la productora metió las narices, hicieron intervenir a otros guionistas que aportaron un montón de cambios… También escribí algunas escenas durante el rodaje. No era lo más adecuado. De todos modos, en la película, aún encuentro algunos elementos que aporté, pero no reconozco al Bunker, puro, crudo y entero del libro.
En aquella época, cerraba el pico: era mi primera película, salía de la cárcel y estaba trabajando con profesionales como Uli Grosbard, Dustin Hoffman… Pero, tras esa primera experiencia, ya no me he dejado pisotear. El tren del infierno es verdaderamente mi guión. Si Andrei Konchalovsky o Jon Voigt querían cambiar algo, chillaba, defendía mi punto de vista.
-En La Bestia contra la pared describe escrupulosamente la vida cotidiana en un penitenciario, a través de dos personajes principales, Ron, el novato un poco tierno y Earl, el veterano endurecido…
Tenía un poco de los dos. Al principio, puede ser que fuera un poco como Ron, pero rápidamente me convertí en Earl. En el mundo penitenciario, era una leyenda viva, incluso mucho antes de que se publicasen mis libros. Era popular en lo que se llama el “underworld”: las prisiones, los ambientes nocturnos, el proxenetismo, los atracos a mano armada…
-En este libro, también describe las tensiones raciales que existen en la cárcel, como en su célebre artículo. ¿Cómo lograba razonar, ser neutral?
(Desengañado)… Participé en esas guerras raciales, muy a pesar mío. Era como en una situación de autodefensa. Una vez desencadenadas las hostilidades, ya no había sitio para el razonamiento ni para la diplomacia. La elección era la siguiente: defenderte o dejarte masacrar. Aunque no lo seas, la cárcel te convierte en un racista. Un blanco no podía ser amigo de un negro, porque los demás blancos le rechazaban y otros negros le apuñalaban, y viceversa. La situación en la cárcel ha evolucionado al igual que en la sociedad. Hoy día, parece que las tensiones más intensas sean entre presos negros y presos mejicanos, por lo menos en California.
El tren del infierno narra una evasión. Uno de los elementos impresionantes en su biografía es la cantidad de veces que logró evadirse.
Bueno, sí. Pero a pesa de lo que usted pueda pensar, es muy difícil lograr evadirse. Le voy a decir cómo transcurren las cosas generalmente: un tío que llega a la cárcel sólo tiene una idea en mente, evadirse. Tras unos meses, se acostumbra a la rutina de la cárcel y, al cabo de cierto tiempo, ya es demasiado tarde para escapar. Le queda poco tiempo que cumplir, puede que se beneficie de una libertad condicional, y la evasión se convierte en un riesgo demasiado grande que ya no vale la pena intentar. Además, cuando el detenido es un veterano, se beneficia de algunos pequeños privilegios cotidianos, tiene una tarea en la cárcel, y todas esas cosas que hacen que ya no tenga tanta prisa en salir. La evasión en La Bestia contra la pared fue un episodio real: tres tipos se largaron de esa manera, escondidos en el volquete del camión de la basura.
-Su obra aborda ciertos temas morales, fundamentales en nuestra sociedad: la violencia, el crimen, el sistema judicial, el racismo… Una de sus ideas claves, es que el sistema jurídico-penitenciario americano sólo empeora las cosas y transforma a los hombres en animales. ¿Qué le cambiaría a ese sistema?
No lo sé. Estamos hablando de un problema endémico de la sociedad en general, no está limitado sólo a los jueces o a las cárceles. En Estados Unidos, la criminalidad económica, es decir, todos los delitos relacionados con el dinero –robo, extorsión, prostitución, trapicheos, falsificaciones, etc…- son una especie de válvula de seguridad contra la revolución. Estados Unidos es un país en el que la prioridad absoluta es el dinero, el triunfo financiero y que, por otro lado, ha producido esa subclase de miserables… La coexistencia entre esa masa de pobres y ese alarde de valores materiales es explosiva. Tomemos, por ejemplo, a un crío negro de las viviendas de protección oficial de Watts. Cuando nació, su madre sólo tenía dieciséis años. Con cuatro años empieza a mirar la tele. Nunca trabaja, hace novillos, callejea con sus compañeros del barrio. A los trece años, se da cuenta que es prácticamente analfabeto, que ya está excluido de la sociedad y del sueño americano que le prometieron a lo largo de todos los programas de la tele. Nunca tendrá ese soberbio BMW, ni siquiera las magníficas zapatillas Air Jordan. Y la sociedad no para de machacarle que es una mierda si no posee las bonitas Nike o el más grande de los Mercedes Benz. Llegado a ese punto, póngase en su lugar: ¿qué puede hacer? Ser un mierda toda su vida, o entrar en una pandilla, ser camello, atracar a los pudientes. El contrato social tiene que funcionar en ambos sentidos: no se puede esperar de la gente un cierto tipo de comportamiento social si no se logra mantener el interés de esa gente por la sociedad.
-Resumiendo, podemos decir que existen dos corrientes de pensamiento sobre la justicia y la criminalidad: un punto de vista conservador que favorece el castigo, incluso la pena de muerte; y un punto de vista liberal que favorece la prevención y combate las raíces del mal. ¿Qué opina sobre cada una de estas doctrinas?
Pienso que los liberales desean un mundo que jamás existirá y que los conservadores quieren un mundo que ya ha desaparecido para siempre. Ninguna de las dos partes logra comprender la realidad del mundo tal y como es hoy en día. La mayoría de mis amigos son liberales, gente de izquierda, pero… no logro reconocerme en esa ideología. No percibo la verdad en ninguna de las posturas políticas que existen hoy en día. Pienso que Estados Unidos tiene la criminalidad que se merecen. Claro está, las víctimas de los crímenes son individualmente inocentes, pero la sociedad es colectivamente culpable y responsable de su criminalidad. Por otro lado, me pregunto cómo sería una sociedad sin crímenes. Una sociedad sin el más mínimo delito, sin la más mínima mancha, sólo puede ser una dictadura implacable. Un cierto nivel de criminalidad no es disociable de una sociedad libre y democrática, es una señal de buena salud… Con la condición que se mantenga ese nivel bajo, que no sobrepase un cierto límite. Ahora en Estados Unidos parece ser que estamos sobrepasando ese límite.
-Se pasó treinta años de su vida tras los barrotes. ¿Está amargado o, por el contrario, sólo recuerda los años felices cuando se convirtió en escritor y fue liberado?
Tengo el sentimiento de llegar siempre tarde en mi vida. Todo lo bueno que me ocurre llega siempre con retraso. Pero, en conjunto, estoy más bien contento con mi vida… Soy bastante fatalista, acepto el destino. Lo que tiene que ocurrir, ocurre. No me compadezco de mi suerte. Durante mi vida he hecho cosas de las que no estoy muy orgulloso, pero ahora ya pertenecen al pasado.
-Salió del mal paso gracias a la lectura y a la escritura. ¿Cree que la cultura es el mejor antídoto de la criminalidad?
No sé si la literatura hubiese podido impedirme que me deslizara en la delincuencia y la criminalidad. Todo eso también dependía de muchas otras circunstancias bastante complejas… No, no creo que la literatura hubiese bastado. Por desgracia. Me hubiese seguido faltando una familia, cariño, una autoridad paterna, una orientación…
-¿Siente que está en lado bueno de la ley, a salvo de una “recaída?
No pienso que haya un lado bueno y un lado malo, las cosas no son tan sencillas. Nadie nace criminal, cualquiera puede potencialmente convertirse en uno. Todo depende de las circunstancias de la vida. Nadie está para siempre a salvo en el lado bueno de la ley.
-¿Sigue teniendo amigos que están del otro lado?
Claro que sí. Conozco a muchos que todavía no han salido. Hay dos con quienes mantengo una correspondencia asidua.
-¿Sigue hoy estando furioso con la sociedad?
En general, me he calmado, estoy en paz conmigo mismo y con el mundo. Claro está, algunas tonterías, algunas injusticias me siguen indignando de vez en cuando. Creo, más bien, que las cosas están empeorando… Hay más diferencias, separaciones entre las clases sociales. Más crímenes… Coja su coche y vaya a darse una vuelta por el East Side, ya verá. Allí, a algunas manzanas de Beverly Hills, es el tercer mundo.
-Al final de No hay Bestia tan feroz, Max está harto de su honrada vida y recae en el crimen con voluptuosidad, diciéndose “¡Qué mierda, me importa un bledo!”. ¿Tiene este tipo de pensamiento?
No. Cuando era más joven, mi vida era caótica y recaía cada vez que salía de la cárcel por las razones que antes le comentaba. Ahora, ya está, se acabó. Soy demasiado viejo, por fin tengo una existencia estable y equilibrada, quiero a mi mujer, y a mis perros. Me gusta la vida. La vida de criminal es excitante, uno no se aburre… Pero hoy en día, si me aburro, si las cosas son demasiado tranquilas, me largo a Las Vegas y juego toda la noche (risas)… Durante toda mi vida, me he sentido como un leopardo salvaje en medio de un rebaño de gatos domésticos. He hecho lo que he querido, he vivido a mi manera, y ya he pagado la factura a la sociedad. Es el pasado, ahora soy escritor.
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