Rodney Stone – Arthur Conan Doyle

Rodney Stone – Arthur Conan Doyle

Estado: nuevo.

Editorial: Capitán Swing.

Precio: $300.

Novela que generalmente se incluye entre sus obras históricas, pero que más bien es un cuadro vívido y fascinante de la Inglaterra previctoriana, con especial atención al boxeo, que describe en sus comienzos con notabilísima penetración. A puño limpio y sin límite de asaltos, así era este rudo deporte por aquel entonces, en el que una contienda podía prolongarse durante horas. En muchos condados de Inglaterra, el boxeo estaba prohibido: tanto público, como autoridades y representantes, e incluso los mismos púgiles eran perseguidos por la ley; pero nada pudo detener la proliferación de los nomade rings, en cualquier terreno aceptable de cualquier rincón de la ciudad.
Todas estas extensas narraciones tienen un estilo decididamente decimonónico, en los moldes de la gran novela victoriana fijada por Dickens; los protagonistas nos ofrecen inolvidables retratos históricos de los personajes más peculiares del siglo XIX: Lord Nelson, John Lade, Lord Cochrane, el dandi Beau Brummell, Emma Hamilton, o el Príncipe de Gales (Jorge IV); así como de luchadores míticos: Jem Belcher, Joe Berks, John Jackson y Daniel Mendoza.
Arthur Conan Doyle, Edimburgh, 1859 – Crowborough, 1930. Conan Doyle es conocido principalmente por su serie de novelas y folletines protagonizados por el detective Sherlock Holmes, que supuso una verdadera revolución del género criminal. Además de las novelas protagonizadas por Holmes, sus obras dedicadas al Profesor Challenger, así como sus incursiones en géneros incipientes como la ciencia-ficción o el género histórico, tuvieron una gran difusión y relevancia, convirtiéndose en verdaderos clásicos de la literatura popular.
Además de la literatura y la medicina, Conan Doyle fue un activista en favor de la justicia y de ciertas causas internacionales como la independencia del Congo. También son conocidas sus intervenciones como abogado y su defensa del espiritismo y de la existencia de hadas, temas que se pueden adivinar en sus libros de Challenger y en algunas de las aventuras de Holmes.
“Imprescindible para todos los amantes de las letras y los puños”   Roberto Bolaño
Espectáculo cruento
 James Ellroy
El boxeo es:
Un espectáculo cruento sin animales y rerregulado. Una pelea de gallos para estetas y blandengues.
El boxeo es un microcosmos. El boxeo provoca a los popes. El boxeo desgarra a los escritores y les inspira parrafadas brillantes.
El boxeo estimula la testosterona. El boxeo bombea en las bolas. El boxeo magulla y te hace buscar sentido.
El boxeo mexicano es:
Boxeo destilado. Boxeo hecho estoicismo. Boxeo hiperbolizado. El boxeo mexicano es machismo magnificado. El boxeo mexica­no es bravuconería. El boxeo mexicano significa que mueres por amor y que vives para impresionar y apabullar a tus colegas.
El boxeo en Las Vegas es:
Pompa de los bajos fondos. Westminster West. Los mejores de la categoría como lo mejor de la cuadra.
El boxeo en Las Vegas es Roma rediviva. Los gladiadores di­vierten a grandes apostadores. Matones imperiales explotan a maxihombres musculosos y se inyectan sus ingresos.
Me llegó la noticia:
Erik Morales se enfrenta a Marco Antonio Barrera.
Peso pluma júnior. Pelea por el título. Las Vegas.
Tenía que ir.
Me encanta el boxeo. Desde hace mucho tiempo.
Mis padres se divorciaron en el 55. Los fines de semana me tenía mi padre. Nos encerrábamos. Veíamos combates.
Teníamos un televisor de pantalla en burbuja. Devorábamos sal­sa de queso. Mi padre jaleaba la raza y el «corazón».
Le gustaban, sobre todo, los púgiles blancos. Después venían los mexicanos. Los que menos, los negros.
El corazón eclipsaba la raza. El corazón mitigaba la raza. El co­razón proporcionaba a los mexicanos el estatus de hombre blanco.
«Mexicanos» abarcaba a cualquier hispano. «Mexicanos» abar­caba a algunos italianos. «Mexicanos» abarcaba al negro cubano Kid Gavilán.
Mi padre confundía raza y geografía. Era un WASP. Llegó a Los Ángeles y aprendió español. Era partidario de la integración. Sabía que el Hombre Blanco mandaba. Sabía que el Moreno deseaba integrarse.
Mi padre aceptaba que lo hiciera. Si cumplía los requisitos.
Raza. Corazón. Mi educación primaria.
Vivía en Los Ángeles. Veía combates por televisión. Asistía a combates en directo.
El Olympic. El Hollywood Legión Stadium.
Humo. Luces cenitales. Cerveza y cáscaras de cacahuete.
Papá me llevaba. Nos sentábamos con mexicanos. Veíamos có­mo los mexicanos le pateaban el culo a tres razas.
Papá era un camaleón. Papá gesticulaba como un loco. Papá se mexicanizaba.
Hablaba con mexicanos. Les daba palmadas en la espalda. Me traducía lo que decían.
Comentarios masculinos. Mi educación primaria.
«Cazatalentos.» «Busca el cuerpo.» «Acorráralo.»
«Pendejo.» «Cojones.» «Maricón.»
Mi papá establecía diferencias entre mexicanos. Los inmigrantes ilegales eran «espaldas mojadas».
Los espaldas mojadas tenían corazón. Cruzaban a nado el río Grande. Buscaban trabajo.
Se esforzaban. Trabajaban duramente. Anhelaban el estatus de  Hombre Blanco.
Los maleantes eran pachucos. A los pachucos les faltaba corazón.
Los pachucos se untaban el pelo. Tenían muchos hijos. Portaban un navaja.
Rajaban policías. Fumaban marihuana. Desdeñaban el estatus de Hombre Blanco.
Conocí a dos chicos mexicanos. Reyes y Danny. Eran de Tijuana.
Habían visto peleas en Tijuana. Habían visto el número del burro. Eran fans de Art Aragón y de Lauro Salas.
Fumé marihuana con ellos. Tenía diez años.
Me mareé. Lancé puñetazos al aire como un maricón.
Mi madre murió. Me quedé con mi padre permanentemente. Veíamos combates. Comíamos guarradas delante del televisor.
5/12/58:
Pesos welter. Combate por el título. Don Jordán contra Virgil Atkins, el Oso.
Gana Jordán. Jordán es un negrito dominicano.
Es un mulato. A mi papá le cae bien. Le concede el estatus de me­xicano.
Es un psicópata. Fue asesino infantil. Con diez años, mataba hombres. Mató treinta en un mes.
Los mexicanos eran asesinos. Lo decía mi papá. Mi papá habla­ba español. Mi papá había visto el número del burro. Mi papá estaba muy puesto.
10/12/58:
Pesos semipesados. Combate por el título. Archie Moore contra Yvon Durelle.
Es el Apocalipsis. Gana Moore. Moore es negro. Durelle es de Acadia.
Mi papá otorga a Moore un ascenso de estatus. Lo mexicaniza. Mi papá degrada a Durelle. Lo mexicaniza.
Durelle «come cuero». Durelle «entra con la cara».
27/5/60:
Pesos welter. Combate por el título. Jordán pierde con Benny Kid Paret.
Paret es un negro cubano. Mi papá lo odia. Mi papá confirma su raza.
24/3/62:
Pesos welter. Combate por el título. Paret contra Emile Griffith.
Griffith es negro. Griffith es isleño. Griffith machaca a Paret.
Paret muere.
Paret había hablado mal de Griffith. Lo había llamado marica.
Odio sexual. Venganza. Mi educación primaria.
Fui a peleas. Vi peleas por televisión. Leí revistas de boxeo.
Vivía en L.A. Rondaba por ahí. Me complacía la estratificación social.
Los negros vivían al sur. Los mexicanos, al este. Los blancos vi­vían en todas partes.
Los negros reclamaban derechos civiles. Los mexicanos recla­maban conflicto y honor personal.
Los mexicanos crecían canijos. Los mexicanos eran rápidos de movimientos. Los mexicanos se hacían estoicos y efusivos.
Los mexicanos eran codiciosos. Los mexicanos tenían aspiracio­nes. Los mexicanos sabían que el Hombre Blanco era el Jefe.
Los mexicanos se codeaban con los blancos. Los gustos com­partidos unían. Fluía un idioma común.
«Chile con carne.» « Una cerveza, por favor.» «Gancho al hígado.»
Me mexicanicé. Me mexicanicé con circunspección WASP.
Llevaba camisas Sir Guy. Provocaba peleas con chicos. Coseché resultados diversos.
Me faltaba potencia. Me faltaba habilidad. Me faltaba velocidad. Me faltaba corazón.
Quedó evidenciado. Mis derrotas fueron ignominiosas. Mis vic­torias, patéticas.
Verano del 64:
Tenía dieciséis años. Medía un metro ochenta y cinco. Pesaba sesenta y tres kilos. Mi padre decía que era el número uno de la di­visión de los pesos papel higiénico.
Desafié a mi colega, Kenny Rudd.
Seis asaltos. Con guantes. En el Robert Burns Park.
Cuidadores en los rincones. Árbitro. Bolsa de cinco dólares.
Yo tenía estatura. Tenía envergadura. Rudd tenía corazón. Rudd tenía velocidad y potencia.
Rudd me dio una paliza. Peleó con el torso desnudo. Yo llevaba una camisa Sir Guy.
Mi padre se puso enfermo. Lo ingresaron en el hospital. Tuvo de compañero de habitación a un mexicano.
Hablaron de peleas. Yo les llevaba enchiladas con queso.
Mi padre murió. El mexicano se recuperó.
Viví solo. Veía combates por televisión. Fui al Olympic.
Vi a Little Red López. Vi a Bobby Chacón. Vi a seis millones de tipos que se llamaban Sánchez o Martínez.
Me sentaba en primera. La sangre me salpicaba. Comía serrín.
Me sentaba en el gallinero. Compartía vasos de meados con Josés y Humbertos. Protestaban los tongos. Arrojaban los meados. Rociaban a los putos jueces.
Cometí unas hazañas estúpidas. Me metí en líos. Me desvié y pagué.
Cumplí condena en la cárcel del condado. Hablé de combates con Manueles malvados y con Pedros pendencieros. Peleé con una maricona mexicana llamada Duraznos.
Duraznos me buscó las cosquillas. Yo respondí. Imité a Benny Kid Paret. Lo llamé maricón.
Duraznos me coceó el culo. Los guardias se lo llevaron. Reclu­sos de tres razas se partieron de risa.
Disequé mi derrota. Até algunos cabos.
El boxeo mexicano explica a los blancos blandengues y vulgares la división mente/cuerpo.
El boxeo mexicano es esmerado. El boxeo mexicano es inspirado.
Es énfasis salvaje. Es boxeo básico devuelto a la distancia corta.
Avanzas. Acechas. Acorralas. Acobardas con la amenaza del ataque.
Atosigas a tu hombre. Encajas el punteo de la diestra. Entras a la contra con ganchos al cuerpo.
Instigas los intercambios. Acortas la distancia.
Recibes para dar. Rifas tus posibilidades de supervivencia. Tra­gas golpes. Absorbes el dolor. Absorbes el dolor para agotar a tu ad­versario y explotar sus descuidos. Absorbes el dolor para poner a prueba tu jactancia.
Trabas al rival cuando estás desesperado. Retrocedes cuando estás aturdido o medio grogui. Rehúyes el intercambio de golpes para evitar la cuenta y ganar segundos.
Los golpes al cuerpo minan la respiración. El ímpetu mina la voluntad. El dolor absorbido destruye células cerebrales. El dolor absorbido forma el carácter y establece ideales necios.
El boxeo mexicano es saber popular.
Los púgiles mexicanos mastican filetes. Tragan la sangre y escu­pen la carne.
Los púgiles mexicanos sorben mezcal. Hacen gárgaras y se tra­gan el gusano.
Los púgiles mexicanos se entrenan en altura a tres mil metros. Los púgiles mexicanos se entrenan en burdeles.
El boxeo mexicano es memoria.
Combates en plazas de toros. Peleas en los actos de pesaje. Riñas en las fiestas de celebración de victorias.
Combates.
El triple enfrentamiento. Años 70 y 71. Rubén Olivares y Chu­cho Castillo.
El Inglewood Forum. Todos los asientos vendidos.
El roqueño Rubén retrocede. Chucho achucha y choca. Tercer asalto: Rubén reposa recostado. Rubén se reincorpora y se recupe­ra rápidamente.
Rubén gana el primer combate. Decisión unánime. El resultado reclama una revancha.
Segunda pelea. Rubén se rompe. Chucho troncha y machaca.
Rubén lanza ganchos de izquierda. Chucho contraataca a contra punto.
Rubén se rasga. Sangra por un corte en el párpado izquierdo. La herida decide. Se acabó: Chucho gana por K.O. técnico en el 14.
El desempate deslumbra. Es todo presión. Chucho derriba a Rubén. Rubén se recupera y responde.
Rubén remonta. Rubén castiga las costillas. Chucho lame la lona. Rubén reina en el ring.
23/4/77:
El Forum. Combate sin título en juego. Carlos Zárate y Alfonso Zamora.
Entre los dos, setenta y cuatro peleas. Setenta y tres victorias por K.O.
El primer asalto transcurre despacio. Zárate prueba a Zamora Un chiflado salta al ring. La policía se lo lleva. Le da una paliza.
Segundo asalto:
Zárate ataca. Zárate acorrala a Zamora. Zárate lanza ganchos de izquierda.
Tercer asalto:
Zárate caza a Zamora.
Zamora cae. Cuenta de ocho y la campana.
Cuarto asalto:
Zárate entra en la guardia. Zamora queda desarbolado.
K.O. técnico tras dos caídas.
Se acabó. No hay color. No hay clamor.
El padre de Zamora salta al ring. El padre de Zamora ataca al pre­parador de Zárate.
La consecuencia es inmediata: Zárate—Zamora, segundo com­bate.
Memoria:
Zárate. Lupe Pintor. Chango Carmona.
El gran Salvador Sánchez. Julio César Chávez, el gran campeón.
Mexicanos. Hombres Blancos, todos ellos. Preguntadle a mi papá…
El Morales—Barrera olía a preliminar o a guerra.
Morales acreditaba 35 y 0. Ceñía el cinturón de la WBC.
Tenía juventud. Tenía velocidad. Tenía un ataque más variado.
Llevaba una carrera ascendente. Tenía un contrato televisivo con la HBO. Era el «próximo Chávez» profetizado.
Barrera era el anterior «próximo Chávez». Había encajado algu­nos derechazos y lo habían tachado de la profecía.
Estaba 49 y 2. Tenía el título de la WBO. Los bromistas lo lla­maban «el WBOBO».
Barrera había representado el ataque mexicano.
Acosaba. Acorralaba. Lanzaba el gancho de izquierda.
Barrera había tenido un descalabro.
Había tenido una carrera ascendente. Había tenido un contrato televisivo con la HBO. Júnior Jones cortó su ascenso.
A derechazos.
Una derrota por K.O. Una revancha. Derrota por puntos.
Barrera acusa las derrotas. Barrera sufre amnesia temporal. Ba­rrera regresa.
Barrera es mexicano. Barrera es católico. Barrera busca la re­dención.
Barrera es un chico rico. Procede de Ciudad de México.
El boxeo acaba algún día. Barrera lo sabe. Quiere estudiar De­recho.
Morales viene de Tijuana. Procede de clase media. Su papá era púgil.
Es un tipo tierno. Financia cenas de Nochebuena. Ganó el títu­lo y depositó la bolsa en el banco. Regaló ordenadores a unas es­cuelas de Tijuana.
Los dos eran buenos chicos. «Buenos chicos» es un apelativo de los aficionados. Los «buenos chicos» son asesinos que limitan su violencia al cuadrilátero.
Las Vegas era Tijuana desencadenada.
Yo estuve en Tijuana en el 66. Me hicieron una mamada. Vi el número del burro.
Tijuana asustaba.
Estuve en Las Vegas en el 2000. Las Vegas era peor.
Me alojé en el Bellagio. Me habían dicho que tenía «clase». Acertaban y se equivocaban.
Contaba con una galería de arte.
Contaba con máquinas tragaperras silenciosas. Contaba con lar gas limusinas.
Sus matrículas: CÉZANNE/MATISSE/PICASSO.
Mi suite era amplia. Mi suite tenía un listín de direcciones de igle­sias. Mi suite tenía canales de televisión pornográficos.
Me instalé. Recorrí el Strip. Calculé mal las distancias.
Las fachadas de los hoteles se extendíiian.
Fosos medievales. Imitaciones de París. Falsos Manhattan.
El tráfico callejero avanzaba a paso de tortuga. Los peatones ca­minaban boquiabiertos. Paseaban con niños pequeños y cócteles. Paseaban con vasos de monedas de máquinas tragaperras.
Tomé un taxi. El taxista era un chiflado. Olía a Ku Klux Klan.
Se hurgaba la nariz. Se hurgaba los dientes. Bebía cerveza en un vaso del McDonald’s.
Habló de boxeo.
Le gustaba Morales. Barrera era pan viejo. J.C. Chávez era infe­rior. Había perdido con Frankie el Cirujano Randall. El taxista me contó que Chávez había destrozado su suite en el Grand.
Habló de boxeo mexicano.
Los cholos tenían corazón. Los cholos peleaban sucio. Los cholos se follaban cabras.
Habló de los combates en Las Vegas.
Morales—Barrera era una pelea menor. Para aficionados entendi­dos. Estrellas del rap y capullos del cine, abstenerse.
Los grandes combates estremecían Las Vegas. Los grandes com­bates movían mucha pasta.
El dinero en taquilla. El pago por visión. Las ganancias del casino.
Los grandes apostadores atraídos para que pierdan.
Los grandes combates atraían grandes nombres. Famosos en pri­mera fila.
Los grandes combates eran los de pesos pesados. Un gran com­bate significaba Tyson y mal rollo. Un gran combate significaba Os­car de la Hoya.
Oscar era lindo. Oscar golpeaba de lo lindo. Oscar fascinaba a las mujeres.
Oscar no es un mexicano auténtico. Nada puede ser auténtico si viene de Los Ángeles.
Encontré un restaurante mexicano. Olía a Los Ángeles.
Tomé una cena mexicana. Charlé con un camarero mexicano. Era de Los Ángeles.
Hablamos de combates.
Le gustaba Morales. Barrera estaba acabado.
A su mujer le gustaba Oscar. Su hija adoraba a Oscar. Él pensa­ba que Oscar era marica.
Volví al Bellagio andando.
Un camarero me sirvió un café. Era mexicano. De Los Ángeles.
Hablamos de combates.
Le gustaba Morales. Barrera estaba acabado.
A su mujer le gustaba Oscar. Él no lo veía atractivo.
El camarero se marchó. Disfruté de la panorámica.
Hormigueros humanos. Fachadas inmeeensas. Rótulos seductores.
El Caesars. El Mirage.
Los hormigueros olían a inmigración. Peones con vasos. Men­dicantes ansiosos de dinero y diversión.
Me sentí el Jefe hispano. Llámenme Batista. Llámenme Juan Perón.
Contemplé mi Tercer Mundo. Impartí bendiciones. Escruté hombrecillos y los exploté.
La IBF fue procesada. La WBC salió bien librada. En broma, la llamaban «Mundo de Bandidos y Charlatanes».
Regían el boxeo diversas organizaciones y asociaciones. Reina­ban putos patriarcas. La WBA. La IBA. La WBO. La I era la inicial de «internacional»; la W, de «mundial». Los dos términos transmi­tían la idea de dominio y connivencia.
Arbitraban los combates jueces oficiales. Los nombraban las co­misiones estatales.
Las organizaciones boxísticas los cortejaban. Las organizaciones boxísticas los corrompían. Las organizaciones boxísticas conjura­ban connivencias.
Títulos fracturados. Múltiples campeones: Dos íes, tres uves dobles.
Los títulos significan dinero. Los títulos marcan la entrega del boxeador.
Los jueces actúan sin tenerlo en cuenta. Los jueces votan por lo que se considera mejor para el boxeo. Los jueces conocen las reglas establecidas. Los jueces saben leer entre líneas. Los jueces hacen que se cumpla lo acordado.
No todos los jueces. Ni la mayoría de ellos. Ciertos jueces, en ciertos combates clave.
Sobornos.
Implícitos. Encubiertos. Indemostrables.
La migración continuó. El espectáculo de luces mantuvo el par­padeo.
Encendí el televisor. Pasé canales. Di con el HBO. Pillé unas te­tas y unos títulos de final de película. Luego pasaron un anuncio del programa nocturno de boxeo, Boxing After Dark.
Pasado mañana:
Morales—Barrera. Sangre. La guerra santa.
B.A.D. lo retransmitía. Era obligado. B.A.D. entendía del asunto.
B.A.D. es el mejor programa de boxeo de la historia de la televisión. B.A.D. transmite grandes combates. B.A.D. transmite arrojo.
Excelentes tomas con pelos y señales. Jim Lampley de cerca. Pri­micia profesional y despropósitos vía Roy Jones y George Foreman. Larry Merchant en profundidad.
Chico Malo Barrera era el favorito de B.A.D. Había dejado K.O. a Kennedy McKinney.
Una contienda cruel. Un combate cojonudo. Una proclama pro—
Me acosté. Tardé en dormirme. Un camarero trajo café.
Era mexicano. De Oregón. Hablamos de combates.
Le gustaba Morales. Barrera lo tenía mal.
El Mandalay Bay:
Prado de las Tragaperras. Hacienda del Blackjack. Rancho de la Ruleta interminable.
Lo crucé a pie. Me perdí. El humo me mareó. Me llegó el olor a cócteles derramados.
Cambié de rumbo. Continué explorando.
Campo de las Cartas. Rotonda de la Ruleta. Jardín de Juégate la Hipoteca. Llegué a un pasillo. Vi globos indicadores.
Tricolores. Mexicanos. Rojo, verde y blanco.
Los seguí. Llegué a la zona de prensa.
Una carpa. Mostradores. Fuentes de comida caliente. Un buffet bien surtido.
Me acerqué. Vi a Wayne, el Cohete de McCullough. Morales le ga­nó a los puntos. Vi a Richie Sandoval. Gaby Cañizares lo puso KO.
Richie quedó tocado. Dejó el boxeo. Se dedicó a relaciones pú­blicas del mundo del boxeo.
Vi periodistas hispanos. Vi cuidadores hispanos. Vi alguna prensa anglo.
La gente engullía. La comida era mala. Todo almidón y grasas.
Tomé café. Escuché. Capté conversaciones.
Machos expertos discutían. Machos expertos interrumpían. Ma­chos expertos desplegaban erudición.
Yo estaba allí. Lo vi. Fiaos de mi percepción.
Llegaron a la carpa los peces gordos.
Lou DiBella. Míster HBO. Los comisionados del estado.
Morales. Barrera. El promotor Bob Arum.
Morales parecía tranquilo. Barrera parecía agotado.
El pesaje.
Barrera sube a la báscula. Llega con sesenta kilos y medio. Ha de bajar a cincuenta y cinco y medio para mañana.
El pesaje.
La glotonería. Sucio secreto del boxeo. Toma nota, Cosmopolitan.
Se llevaron a cabo las presentaciones. Los peces gordos sancio­naron. Arum cogió el micro.
Le brillaban las mejillas. Círculos perfectos. Mexicanizó.
Sus chicos hablaban español. Todos deberíamos hacerlo.
Los mexicanos eran grandes púgiles. Los mexicanos eran un gran pueblo. Los mexicanos eran grandes aficionados.
Citó peleas de mexicanos. Mencionó nombres con pronuncia­ción forzada.
Instó a sus chicos: Hablad en inglés, por favor.
Habló Morales. Habló Barrera. Hablaron con vacilaciones.
Prometieron resultados. Exhibieron su juventud. Rezumaban dignidad.
La presentación terminó. Morales y Barrera se acercaron.
Los periodistas los rodearon. Intervinieron los intérpretes.
Preguntas tópicas.
Nadie dijo: «Me volvéis loco.»
Nadie dijo: «Hacéis que me sienta vivo.»
Nadie dijo: «El nacionalismo es palabrería estúpida.»
Pensé en la juventud. Pensé en la gloria. Me pregunté cómo se dispersaban las células cerebrales.
Pensé en la edad madura. Valoré la circunspección del instinto de conservación.
Acompañaban a Morales varios chicos. Se los veía colegas. Acom­pañaban a Barrera varios chicos. Se los veía entorno.
Llevaban chándales. Se mostraban hoscos. Parecían tonton macoutes.
Los acompañaban varias chicas. Las chicas llevaban niños.
Un bebé se echó a llorar. Mamá le dio Pepsi—Cola. Mamá lo hizo callar.
Bob Arum se unió al grupo.
Resplandecía. Tenía las mejillas sonrojadas. Parecían realzadas con colorete.
Entradas a la venta. Las adquirían mexicanos.
Nada de latinos. Nada de chícanos. Mexicanos. Unos, nacidos aquí. Otros, nacidos allá.
Las entradas se vendieron deprisa.
Las entradas se agotaron.
Pregunté a los agentes de relaciones públicas. Elogiaron la de­mografía.
Tipos trabajadores. Mexicanos. Conocedores.
Volví al Mandalay Bay. Asistí al pesaje.
Barrera parecía agotado. Barrera parecía asustado. Los tonton parecían aprensivos.
Recorrí el casino. Vigilé las taquillas. Catalogué rumores.
Morales odia a Barrera. Barrera odia a Morales.
Rivalidad local. Tijuana contra Ciudad de México. Rivalidad de clases. La media contra la adinerada.
Tenían equipos de fútbol. Los Merodeadores de Morales. Los Bandidos de Barrera.
Los equipos jugaron. Se enfrentaron. Los acalorados jefes pro­vocaron que casi saltaran chispas.
Mi esposa vino en avión. Algunos amigos llegaron de Los Ánge­les en coche.
Asistimos a la boda de un amigo. Comimos en falsas cantinas. Recorrimos falsas calles mexicanas.
Encuestamos al personal.
Los conocedores decían que sería un ensayo general.
Los admiradores de los famosos decían que sería la guerra.
Llegaron los fans. Fueron recibidos por mariachis.
Creció el alboroto.
Las paredes retumbaban. Las paredes atrapaban el ruido. Las pa­redes devolvían el eco.
Los aficionados llevaban pancartas.
Morales. Barrera. Exhortaciones en español.
Los globos tapizaban el techo. Todo tricolor.
La megafonía arrancó. Música de mariachis exclusivamente.
El local se llenó. El local rugía. Había ambiente de plaza de toros.
Los aficionados se situaron. Agitaban letreros. Bebían cerveza a grandes tragos.
Los bandos se entremezclaron. Los bandos cruzaron apuestas. Absolutos desconocidos manejaban el dinero.
Me senté con la prensa. Observé los prolegómenos.
Fueron breves. Fueron sonoros. Los mexicanos lanzaron vivas. Los no mexicanos guardaron silencio.
Fui a los lavabos. Interrumpí un ensayo.
Un barítono. Un número de primera. El himno nacional mexicano.
Hablamos de peleas.
Le gustaba Morales. Barrera estaba acabado.
Volví a mi sitio. El griterío se reavivó. Me senté con mi esposa y unos amigos.
Un seguidor de Morales se sentó a mi lado. Era expansivo. Era ruidoso.
Agitó un fajo de pasta. Sacó billetes de cien pavos. Hizo apuestas.
Varios seguidores de Barrera apostaron contra él. Apareció un neutral. Guardó el dinero.
Entró una banda. Trece músicos.
Sombreros. Adornos bordados.
Subieron al ring. Tocaron fuerte. Las cámaras de la HBO giraron.
Los aficionados levantaron pancartas. Las cámaras hicieron ba­rridos. Las pancartas eclipsaron las panorámicas.
El griterío aumentó.
Entraron los púgiles.
El griterío aumentó.
El presentador voceó.
Voceó en bilingüe. Arrastró las erres. Las arrastró a raudales y con arrebato.
El griterío aumentó.
El barítono cantó el himno de México.
El griterío aumentó.
El locutor presentó a los jueces. El locutor presentó a los púgiles.
Forzó las erres. «¡MoRales!», ronroneante. «¡BaRReRa!»,laaargo.
El griterío aumentó.
Los púgiles se quitaron el batín. Habían aumentado de peso. Se habían desecado y vuelto a hinchar.
El árbitro dio instrucciones. Los púgiles chocaron los guantes.
El griterío aumentó.
Fueron a sus rincones. Hincaron la rodilla. Se santiguaron.
El griterío aumentó.
Sonó la campana.
El ruido alcanzó la estratosfera.
Los púgiles avanzaron. Armaron la guardia. Llegaron al centro del ring.
Morales lanza el jab. Barrera manda un gancho al cuerpo. Mo­rales retrocede.
Barrera. Manos rápidas. Un directo.
Barrera entra. Llega con la derecha. Gancho de izquierda abajo.
Morales se cubre. Espera para lanzar una contra.
Barrera entra. Barrera lo lleva a las cuerdas. Lanza un doble gan­cho abajo.
Manos rápidas. Un directo que no llega.
Morales se cubre. Morales responde. Intercambian golpes de derecha.
Morales hace retroceder a Barrera. Sus derechas escuecen.
Los púgiles se estudian. Intercambian golpes. Morales mantiene a distancia a Barrera.
Los púgiles giran. Hacen una pausa.
Morales se cubre. Espera para lanzar una contra.
Se apoya contra las cuerdas. Barrera se le echa encima. Inter­cambian ganchos sobre el sonido de la campana.
El griterío aumentó. El griterío se estabilizó. El griterío se esta­bilizó muy alto.
Segundo asalto:
Barrera busca un hueco. Morales lanza el jab.
Un golpe para medir distancias. Un golpe calculador. Un golpe para afinar el alcance.
Morales baila. Salta de puntillas. Barrera entra.
Llega con un gancho de izquierda. Llega con una combinación izquierda—derecha.
Morales aguanta firme. Morales responde. Llega con un uppercut. Barrera se tambalea.
Se traban. Intercambian golpes. Alcanzan al rival.
Morales tiene derechazos. Morales tiene uppercuts. Barrera tie­ne ganchos asesinos.
Se separan. Barrera entra. Lanza ganchos abajo.
Morales usa el jab. Avanza. Llega con la izquierda y con la dere­cha. Encaja ganchos.
Morales entra en la pelea de Barrera. Planta cara. Recibe para
dar.
Pelea en la corta distancia. Lo hace voluntariamente. Su trabajo suena a desenfreno.
Hace una pausa. Barrera se le echa encima y lanza ganchos.
La campana. Cuesta oírla. Un minigong.
El griterío aumentó. El griterío se estabilizó otra vez. Se estabi­lizó muy alto.
Tercer asalto:
Morales gira. Morales lanza jabs. Barrera se lanza hacia delante. Barrera cae de rodillas a la lona.
Se levanta. El árbitro le limpia los guantes. Morales ataca.
Morales lanza jabs. Se le escapa uno al aire. Barrera lo alcanza con un gancho al cuerpo.
Morales retrocede. Barrera lo persigue. Descarga más ganchos.
Morales entra. Lanza combinaciones. Retrocede.
Barrera achucha.
Falla ganchos. Acierta ganchos.
Morales se apoya contra las cuerdas. Bloquea ganchos. Encaja ganchos.
Morales sale de las cuerdas. Pega con ambas manos. Barrera gi­ra y avanza. Acorta la distancia con Morales.
Golpea al cuerpo. Acierta. Falla.
Morales lanza golpes. Barrera lanza golpes. Es un intercambio salvaje.
La campana. Un tintineo en medio de una algarabía.
El griterío creció. El griterío volvió a estabilizarse.
Yo grité. Mi esposa gritó. Las palabras resultaban ininteligi­bles.
Me dieron un golpe con una pancarta. Un tipo se disculpó. El fan de Morales gritaba. Leí sus labios. Decía: «¡Barrera!»
Cuarto asalto:
Barrera avanza. Morales lanza el jab. Morales resbala y se va al suelo.
Se levanta. El árbitro le seca los guantes.
Un respiro.
Barrera gira. Morales gira. No guardan la distancia. Barrera pe­ga al cuerpo. Morales retrocede.
Lanza una combinación. Se mueve. Lanza otra serie de golpes. Consigue puntos.
Vuelven a trabarse. Entran en sincronía. Encajan y golpean sincronizadamente.
La guerra. En colaboración. Mexicana.
Salen de las cuerdas. Se separan. Invierten sus posiciones.
Es salvaje.
Es la guerra en sincronía.
Barrera golpea. Barrera hace sonar la campana.
El público se puso en pie. El griterío volvió a estabilizarse. Cap­té el fondo del asunto.
Bipartidismo. Orgullo nacional. Amor incluyente.
Para mí, asalto igualado: Morales, la estadística de golpes; Ba­rrera, la agresividad.
Aguanté las ganas de mear. Tenía el corazón desbocado. El rui­do me daba dolor de cabeza.
Quinto asalto:
Se estudian. Avanzan. Intercambian jabs.
Barrera lanza ganchos al cuerpo. Barrera persigue a Morales. Morales da contra las cuerdas.
Morales sale de las cuerdas golpeando. Frena a Barrera. Mora les domina.
Suelta la derecha. Varias veces. Hace que Barrera se tambalee. Insiste con uppercuts.
Barrera titubea.
Me huelo que es el momento crucial. Me equivoco.
Morales afloja. Morales lanza golpes a los brazos, por fuera.
Los dos fintan. Los dos golpean por fuera. Los dos fallan.
Barrera entra. Hace retroceder a Morales. Lo lleva a las cuerdas.
Barrera afloja. Morales lanza más golpes por fuera. Sale de las cuerdas.
Los dos arman la guardia. Fintan. Giran el uno en torno al otro y buscan un hueco.
Sincronía. Actitud de preparar ataques.
Barrera se anticipa. Golpea a Morales. Morales se refugia en las cuerdas.
Barrera suelta una serie de golpes con ambas manos. Consigue puntos. Morales replica sin fuerza.
La campana. Un tintineo. Un latido audible.
Observé la pantalla gigante. Daba primeros planos.
Vi morados. Vi magulladuras. Vi voluntad impasible.
Sexto asalto:
Ahora, a cámara lenta. Conservando. Un respiro sincronizado.
Jabs. Centro del ring. Directo de Barrera.
Es flojo. Morales se apoya contra las cuerdas. Flojea. Sale de las cuerdas a empujones.
Lanza el jab. El golpe llega. Su jab parece flojo. Como si le pesa­ra el brazo.
Barrera lanza un gancho al cuerpo. Morales lanza dos.
Se separan. Hacen una pausa. Respiran.
Barrera llega. Una derecha. Una izquierda. Cohetes al cuerpo.
Morales mide. Suelta el jab. Suelta uppercuts.
Morales deja tocado a Barrera. Lo lleva hacia atrás.
La campana. Esta vez audible. Suena sobre un fondo de respira­ciones contenidas.
Seis asaltos terminados. Seis por delante. Mi tarjeta: tres para ca­da uno.
El griterío aflojó un poco. El griterío se hizo áspero. El griterío se estabilizó más bajo.
Séptimo asalto:
Van al encuentro. Los dos, con la guardia muy cerrada. Restriegan las cabezas. Intercambian golpes al cuerpo.
Trabajan. Descansan. Respiran. Buscan impulso.
Barrera es más fuerte. Barrera llega de derecha.
Morales salta hacia atrás. Morales retrocede. Morales se refugia en las cuerdas.
Barrera se le echa encima. Lleva la cabeza baja. Lanza combina­ciones de golpes.
Morales descansa. Reacciona. Devuelve los golpes.
Sale de las cuerdas. Llega con un directo.
Barrera acusa el golpe.
Barrera encaja.
Barrera entra.
Barrera devuelve el directo.
Morales lo acusa.
El público grita. El público patalea. El griterío enmudece la cam­pana.
La pelea era de Barrera. Barrera obligaba a Morales a librarla. Morales deseaba librarla; Barrera lo obligaba. Barrera ponía el sello. Barrera definía su mutua voluntad.
Octavo asalto:
Barrera empuja. Morales retrocede.
Lanzan el jab. Intercambian jabs. Barrera llega con un uno—dos. Morales lo acusa.
Morales retrocede. Se refugia en las cuerdas. Barrera trabaja el cuerpo.
Cuatro directos. Con saña. Como respuesta, más golpes sañudos. Morales sale de las cuerdas. Morales golpea con derechas cortas. Morales castiga con uppercuts.
Barrera encaja, Barrera busca abajo. Pega al hígado.
Los dos aguantan.
Lanzan golpes.
Disparan los brazos.
Pegan y fallan. Suena el gong.
El griterío se encogió a mí alrededor. El rugido se hizo normal. El tiempo se encogió. Los asaltos de tres minutos duraban seis se­gundos.
Miré la pantalla. Observé los daños.
Barrera, magulladuras claras. Morales, cardenales oscuros. Ojeras. Pómulos salientes. Un efecto fantasmal.
Ojos oscuros. Ambos hombres. Voluntades insensibilizadas por los golpes.
Noveno asalto:
Centro del ring. Intercambios. Ventaja de Barrera.
Morales se apoya contra las cuerdas. Morales esquiva. Morales replica.
Barrera replica. Morales se refugia en las cuerdas. Morales replica. Encuentra un filón. Lo explota. Barrera encaja.
Sincronía:
Los dos están reventados. Giran el uno alrededor del otro. Bus­can resuello.
Barrera carga. Barrera golpea a Morales. Le hace retroceder.
Los dos esquivan. Los dos fallan golpes. Los dos aciertan. Descansan. Recuperan fuerzas. Buscan resuello.
Están remisos. Están fuera de distancia. Están en déficit.
Barrera vuelve. Barrera pega. Barrera hace daño a Morales. Barrera lo envía contra las cuerdas.
Sonó la campana.
Los fans gritaron.
Los fans gritaron: «¡Morales!» Los fans gritaron: «¡Barrera!» Las sílabas se mezclaron. Los nombres chocaron. Los nombres se unificaron.
Décimo asalto:
Centro del ring. Golpes abiertos. Fallidos.
Agotamiento. Bilateral. Acumulativo.
Los púgiles se acercan. Se apoyan el uno en el otro. Restriegan las cabezas. Lanzan golpes por fuera.
Jadean. Se traban.
Morales encuentra resuello. Pega tres derechas. Deja tocado a Barrera.
Barrera finta. Barrera flaquea. Morales carga.
Está agotado. Tiene seco el depósito. Se queda quieto. Retrocede.
Los dos descansan. Respiran. Se traban.
Barrera encuentra resuello. Barrera encuentra piernas. Barrera hace retroceder a Morales.
Morales aguanta. Morales finta. Barrera finta también.
Están inconscientes. Son dos muertos en pie.
La campana. Una ojeada entre gritos.
Observé la pantalla. Daba primeros planos.
Barrera sangraba. Un corte abierto. Morales presentaba magu­lladuras.
Undécimo asalto:
Intercambian jabs. Intercambian derechas. Se afirman y aguantan.
Barrera tira golpes al cuerpo. Tiene más energía.
Morales tira golpes a los brazos. Les falta fuerza. Aun así, casti­gan. Hacen que Barrera retroceda.
Barrera cede terreno. Encaja más castigo. Lo absorbe.
Empuja a Morales. Morales retrocede. Morales busca las cuerdas.
Barrera entra. Clinch. El árbitro los separa.
Barrera lanza un directo. Barrera pega al cuerpo. Morales falla la izquierda. Barrera lo acorrala. Barrera castiga el cuerpo.
La campana. Audible, otra vez. En trescientos sesenta grados.
Estudié mis notas.
Empate en seis. Barrera gana del séptimo al noveno. Morales ga­na el décimo. Barrera se lleva el undécimo.
Barrera gana por cuatro puntos.
Una pancarta salió volando. Vi a Morales boca abajo.
Duodécimo asalto:
Los púgiles se tocan los guantes. El público se pone de pie. Muestra respeto.
Los púgiles se agarran. Se traban. Aspiran grandes bocanadas de aire.
Morales sale del clinch. Llega con ganchos abajo. Hace retroce­der a Barrera.
Barrera se planta y aguanta. Hace retroceder a Morales. Lo lleva a las cuerdas.
Morales se escabulle. Retrocede. Se lo ve tambaleante.
Barrera salta. Mete ganchos. Están en la corta distancia. Se tra­ban. Morales cae.
Es un resbalón. No es un K.O.
Morales no ha caído a causa de un golpe. Ha resbalado y se ha ido al suelo.
El árbitro decide iniciar la cuenta. El asalto va diez a ocho. Un error y un freno para Barrera.
Morales se levanta. Barrera entra. Los golpes confusos se suce­den hasta la campana.
Se acabó.
Me senté. Las piernas me flojeaban. La vejiga me decía: «¡Corre!»
El fan de Morales me dio unas palmadas en el hombro. Farfullé algo en español de instituto.
La pelea era de Barrera. Con diez a ocho le bastaba para ganar. Incluso con diez a nueve lo tenía asegurado.
El fan de Morales sonreía. Al carajo. La pasta viene y se va.
El público aspiró. El público exhaló el aire. El público se quedó quieto.
Sonó la campana. El locutor pidió un aplauso. El público lo ofreció.
El locutor comprobó las tarjetas. Anunció el resultado.
Juez Duane Ford: 114 a 113 para Barrera.
Juez Carol Castellano: 114 a 113 para Morales.
Juez Dalby Shirley: 115 a 112 para Morales.
El público abucheó. Volaron pancartas. Vi a Barrera boca abajo.
El fan de Morales se encogió de hombros. El neutral intentó pa­garle. El fan de Morales despreció el dinero.
Atraco.
Tongo.
A la mierda.
Malversación.
Una idea común: la WBC.
Mundo de Bandidos y Charlatanes.
Los aficionados rechazaron el veredicto. Los aficionados se aca­loraron. Los aficionados gritaron: «¡Barrera!»
El público empezó a marcharse. Me uní a mis amigos. Se elevó un cántico. Una sola palabra: «¡Barrera!»
Me sentí sonado. Me sentí desprotestantizado.
Debería haberlo visto mi papá. Mi papá tenía perspectiva. Mi papá tenía raza y geografía.
Salimos. Fuimos a la fiesta de la HBO. Probamos comida mexi­cana.
Las paredes rezumaron ruido. Unos cánticos se colaron en la fiesta. La única palabra: «¡Barrera!»
Todos nos sentimos sonados. Comimos y nos fuimos. Vagamos por el casino.
El tintineo de las máquinas cesó. Exclamaciones de sorpresa y luces rojas.
Agucé el oído. Capté ecos.
«¡Barrera!»
Vi a los tonton macoutes. Tenían vasos llenos de monedas en la mano. Vestían chándales brillantes.
Llevaban a sus chicas. Las chicas llevaban bebés.
Un bebé se echó a llorar. Una chica le dio Coca-Cola.
Otros libros relacionados:
Conan Doyle, detective. Los crímenes reales que investigó el creador de Sherlock Holmes – Peter Costello
El profesional – W. C. Heinz
Rey del mundo – David Remnick
Más dura será la caída – Budd Schulberg

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2 respuestas a Rodney Stone – Arthur Conan Doyle

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