Winesburg, Ohio – Sherwood Anderson

Winesburg, Ohio – Sherwood Anderson

Estado: nuevo.

Editorial: Acantilado.

Precio: $180.

El mapa de la literatura norteamericana y sus alrededores
Guillermo Saccomanno
Publicado en 1919, Winesburg, Ohio es un libro fundamental y fundacional para entender la literatura norteamericana. Con las muertes todavía tibias de los grandes fundadores (Whitman, Thoreau, Twain, Hawthorne, Melville), este libro extraño, cruza de colección de cuentos y novela atomizada, da vida a buena parte de las verdades, los mitos y las ideas que luego se verían en Faulkner, Hemingway, Fitzgerald, Thomas Wolfe y los herederos de esa generación de deidades literarias. La fundación de un pueblo, el retrato de sus habitantes y el papel del testigo que lo cuenta y lo escribe es un influjo poderoso que cruza a la Comala de Rulfo, el Macondo de García Márquez y hasta la literatura barrial de hoy en día. Imposible de conseguir en castellano hasta hace poco, la edición de Acantilado pone en las librerías esa pequeña maravilla en 22 capítulos.
Un maestro que se expresa más con sus manos nerviosas que con las palabras es sospechado por tocar a sus alumnos. Un granjero poseído intenta mojar la cabeza de su nieto, aterrorizado heredero, en la sangre de un cordero. Una mujer hastiada siente una noche de lluvia el deseo irrefrenable de lanzarse a correr desnuda bajo el aguacero por las calles del pueblo. Un pastor atisba por una ventana una mujer que fuma y experimenta una revelación de Dios. Vidas rutinarias, sometidas a la costumbre pero también retobándose contra los preceptos morales de su comunidad, de pronto pueden encontrar el sentido de su existencia en un gesto –como mucho, un acto– que les descubrirá el sentido de su existencia. Un muchacho, periodista del diario local, que ambiciona ser escritor, George Willard, camina el pueblo, lo recorre buscando una historia que merezca ser narrada y, por lo general, la historia se le presenta cuando menos se lo espera, ya sea paseando distraído o bostezando en su escritorio. “Debes escucharme –le recomienda un médico viejo y fracasado que alguna vez también fue periodista–. Tal vez puedas escribir el libro que nadie escribiría. La idea es muy sencilla, tan sencilla que, si no tienes cuidado, podrías olvidarla. Consiste en esto: todo el mundo es Jesucristo y todos acaban siendo crucificados. Eso es lo que quería decirte. No lo olvides. Pase lo que pase, no dejes que se te olvide.” Todos en Winesburg, Ohio, porque éste es el pueblo, son entonces pobres cristos con una vida que merece atención y puede constituir una buena historia. Y esta historia se roza y vincula con la de sus vecinos: quien es protagonista en un cuento pasa más tarde a ser circunstancial en otro, porque todos y cada uno, ya sea en primer plano o de soslayo, son protagonistas en esta colección de cuentos que no pierde de vista nunca la relación entre el sujeto y su contexto, el individuo y la sociedad o, si se prefiere, entre el uno y el todo. Algunos, como un vendedor de combustible, piensan que podrían ocupar el lugar del cronista y se animan a suministrarle ideas sobre su oficio: “El mundo está en llamas. Empieza así tus artículos: El mundo está en llamas. De esta manera conseguirás que la gente se fije en ti”. La consigna anticipa una de las máximas de John Cheever en sus clases de literatura creativa en Iowa University al proponer: “Escriban como si estuvieran en un edificio en llamas”. Pero todavía faltan décadas para el surgimiento de este Homero de los suburbios. Ahora, en Winesburg, Ohio, una maestra también tiene consejos para el futuro escritor: “Tendrás que conocer la vida. Si quieres ser escritor debes dejar de tontear con las palabras. Será mejor que abandones la idea de escribir hasta que estés mejor preparado. Ahora debes vivir. No pretendo asustarte, pero quisiera que comprendas el alcance de lo que piensas hacer. No debes convertirte en un mero mercachifle de las palabras. Lo más importante es que aprendas lo que la gente piensa, no lo que dice”.
Publicado en 1919 por Sherwood Anderson, Winesburg, Ohio es desde entonces un libro basal de la literatura norteamericana. Inconseguible en castellano hasta ahora, publicado con una traducción impecable de Miguel Temprano García, en su edición de Acantilado, fue galardonado en Barcelona el año pasado por su presentación cuidadosa. Volviendo: en la fecha de su primera publicación, en 1919, no hace tantísimos años que han muerto Whitman y Melville con sus intentos ciclópeos de fundar una literatura que abreva tanto en Thoreau y Emerson como en la Biblia. Con esa distancia escasa, sin el humorismo caricaturesco de O’Henry ni el pathos de Harte, como un Twain más melancólico, Sherwood Anderson (Camden, Ohio, 1876 – Colón, Panamá, 1941), planta las bases de la short-story, funda un género y, a un tiempo, construye una manera de enfocar la realidad que, pasando por la teoría del iceberg de Hemingway, alcanzará a Carver, Ford y Wolf. Lo que sorprende en Anderson es el absoluto despojamiento de la prosa, la intervención escasa y como conversada de la voz narradora, además de una pasmosa frescura al describir paisajes, hombres, mujeres, ese pueblo. Anderson parece, por instantes, prestarle más atención a la naturaleza, un viento, una nevada, un temporal, que a sus caracteres. Al describirlos los integra a la tierra, al clima, a una naturaleza que empieza a sentir los avances y estragos del industrialismo que acabará con ese ritmo adormecido de lo provinciano, aunque los dramas chicos, esas tragedias secretas, de golpe, contadas desde la intimidad de sus vidas, cobran la trascendencia de épicas privadas, pero siempre, sin altisonancias, sin perder de vista aquello que por cotidiano no puede darse por sentado. Por ejemplo, acerca de uno de sus personajes Anderson escribe que la suya “es más la historia de una habitación que la de un hombre”. Cada ser, entonces, está encerrado. El oficio del escritor consiste en disponer del talento necesario para abrir su puerta y curiosear. Conviene fijarse en la dedicatoria que precede estos veintidós cuentos que, según la crítica, conforman una athomized novel: “Este libro está dedicado a la memoria de mi madre, Emma Smith Anderson, cuyas agudas observaciones acerca de todo lo que la rodeaba despertaron en mí la inquietud de mirar por debajo de la superficie de las vidas ajenas”. (El subrayado es mío.) Cuando, en la ficción, la madre de George Willard muere, el muchacho dejará atrás su puesto de reportero en el Winesburg Eagle y subirá al tren que lo llevará al mundo, la experiencia, otra vida. Cero paradoja: deberá dejar atrás Itaca para narrarla. “Quien se aleja de su casa/ ya ha vuelto”, anotaría Borges con motivo del I Ching.
Al concluir la lectura de estos cuentos algo empieza. Y es, nada menos, el inicio de la portentosa y moderna literatura norteamericana. Una literatura que, como paradigma, habría de contribuir a las búsquedas de otras voces, otros ámbitos. En sus ensayos sobre literatura norteamericana, a propósito de Anderson, Cesare Pavese aseveraba en “Middle West y Piamonte”: “No existe el arte por el arte. E incluso la más ociosa lírica parnasiana resolverá para el lector un problema de la práctica: cómo vivir soñando. Para entender a los modernos novelistas norteamericanos no sólo es necesario conocer cuál es la necesidad histórica común que han enfrentado con su obra, sino que es indispensable, para no hablar inútilmente, encontrar una imagen, un paralelo histórico que ponga en términos conocidos por nosotros aquellos modos de vida de ultramar que, a casi todos nosotros, nos gusta imaginar un tanto exóticos”. Si para Pavese –como para Calvino y Vittorini– la literatura norteamericana, con Anderson puntero, ofrecía un prisma para enfocar el Piamonte de posguerra, su operación no fue diferente en otros escritores. Consideremos: Winesburg, Ohio empieza con un plano del pueblo. En el trazado de sus calles, incluyendo el trazado del ferrocarril, se manifiesta una intención: localizar lo que se narra, concederle una impronta de verosimilitud. El mapa del pueblo, dibujado de puño y letra por el mismo Anderson, es el antecedente de otro mapa célebre, el del condado de Yoknapatawpha, en Jefferson, propiedad “privada” de William Faulkner, donde habrían de transcurrir todas sus obras. (Como leyenda literaria circula la anécdota de que fue Anderson quien impulsó a Faulkner a la publicación. El joven Faulkner le habría acercado su primera novela a Anderson. Y éste, con tal de librarse de su lectura, le recomendó –al modo Arlt– un imprentero.) Unos años después, no siempre apelando al dibujo del plano, pero sí al propósito de inventar un pueblo, habrían de suceder, derivadas, operaciones identitarias similares de territorialización: la Comala de Rulfo y el Macondo de García Márquez, por citar dos ejemplos. Más acá, el Belgrano de Briante. Y, por qué no, desde Winesburg, Ohio, aunque sus autores puedan no conocer el pueblo de Anderson pero sí sus estribaciones, leer el Lanús de Olguín, el Boedo de Casas, la Villa Celina de Incardona y la Turdera de Pradelli.
La vida que esperaba a George Willard al marcharse de Winesburg, Ohio, una vida aventurera, soñada por un chico de pueblo, puede imaginarse siguiendo la biografía de su padre en la realidad. Anderson dejó el colegio a los catorce años, tuvo varios oficios, fue soldado en la Guerra de Cuba y más tarde publicitario y periodista. Escribió una considerable cantidad de novelas y relatos y también dos volúmenes autobiográficos. Su epitafio reza: “La vida, no la muerte, es la gran aventura”. La relación entre experiencia y literatura es una cuestión vital en su obra vasta. Pero que le atribuyera un primer lugar a la experiencia no significa que la literatura fuera secundaria. Uno no es tanto lo que vive, parece sugerir Anderson, como lo que cuenta. Más importante aún, la manera en que lo interpreta y lo cuenta.
***
Manos
 Sherwood Anderson
Traducción: Pirí Lugones
Cónicas de norteamérica, editorial Jorge Álvarez, 1º edición, 1967
Sobre la medio arruinada galería de una pequeña casa de madera construida en el borde de una barranca cerca del pueblo de Winesburg, en Ohio, caminaba nerviosamente de arriba abajo un viejito gordo. A través de un largo campo sembrado de trébol pero que había producido una densa vegetación de yuyos de mostaza amarilla, podía mirar la carretera pública por donde pasaba un carro cargado con los recolectores .de moras que volvían de los campos. Eran jóvenes y muchachas que reían y gritaban ruidosamente. Un muchacho de camisa azul saltó del carro y trató de arrastrar a una de las chicas que protestó a los gritos. Los pies del muchacho sobre el camino levantaron una nube de tierra que flotó contra el sol que se hundía. A través del largo campo llegó una fina voz infantil. “Ay, Wing Biddlebaum, péinate, el pelo te tapa los ojos”, le ordenó la voz al hombre que era calvo y cuyas nerviosas manitos se movieron sobre su desnuda frente blanca, como arreglándose una masa de enmadejados rizos.
Wing Biddlebaum, siempre asustado y perseguido por una fantasmagórica procesión de dudas, no se consideraba de ningún modo parte de la vida del pueblo donde había vivido durante veinte años. De toda la gente de Winesburg sólo con uno tenía intimidad. Con George Willard, hijo de Tom Willard el dueño de la nueva casa Willard, había trabado algo como una amistad. George Willard era cronista del Águila de Winesburg y a veces, por las tardes, llegaba a casa de Wing Biddlebaum, caminando por la carretera. Ahora, el viejo que caminaba de una punta a otra de la galería, moviendo nerviosamente las manos, deseaba que George Willard viniera a pasar la tarde con él. Después que se alejó el carro con los recolectores de moras, atravesó el campo de altas malezas de mostaza y trepado en el cerco miró ansiosamente el camino al pueblo. Se quedó un rato allí, refregándose las manos y mirando a uno y otro lado del camino y luego con miedo, volvió corriendo hasta su casa para seguir caminando por la galería.
En presencia de George Willard, Wing Biddlebaum que durante veinte años había sido el misterio del pueblo, perdía algo de su timidez y su sombría personalidad, sumergida en un mar de dudas, se asomaba a mirar el mundo. Con el joven cronista a su lado se aventuraba a la luz del día por la calle principal o recorría a grandes pasos el destartalado porche de su propia casa, hablando excitadamente. Su voz baja y temblorosa se hacía fuerte y chillona. La figura encorvada se le enderezaba. Con una especie de coletazo, como el pez que el pescador devuelve al arroyo, Biddlebaum el silencioso empezaba a hablar, luchando por poner en palabras las ideas acumuladas en su mente durante largos años de silencio.
Wing Biddlebaum hablaba mucho con sus manos. Los largos dedos expresivos, siempre activos, siempre tratando de esconderse en los bolsillos o detrás de la espalda, se hacían presentes y se convertían en los ejes de transmisión de su máquina expresiva.
La historia de Wing Biddlebaum es una historia de manos. Su infatigable actividad, semejante al aleteo de un pájaro cautivo le habían valido el sobrenombre de Wing, Ala. Lo había pensado algún oscuro poeta del pueblo. Las manos alarmaban a su propio dueño, Quería mantenerlas escondidas y miraba sorprendido las tranquilas manos inexpresivas de los otros hombres que trabajaban con él en el campo o que pasaban conduciendo adormilados animales por los caminos rurales.
Cuando hablaba con George Willard, Wing Biddlebaum cerraba los puños y golpeaba con ellos sobre la mesa o contra las paredes de su casa. Este acto lo ponía más cómodo. Si le venían deseos de hablar cuando los dos caminaban por el campo, buscaba un tronco o un cerco de madera y golpeando con las manos hablaba activamente con renovada facilidad.
La historia de las manos de Wing Biddlebaum se merece un libro. Simpáticamente presentada haría brotar muchas extrañas y hermosas cualidades de los hombres oscuros. Es una tarea para un poeta. En Winesburg las manos atrajeron la atención meramente a causa de su actividad. Con ellas Wing Biddlebaum recogió tanto como ciento cuarenta kilos de frutillas en un día. Se convirtieron en un rasgo distintivo, en la fuente de su fama. Hicieron también más grotesca una individualidad ya grotesca y elusiva. Winesburg se enorgulleció de las manos de Wing Biddlebaum con el mismo espíritu con que se sentía orgulloso de la nueva casa de piedra del banquero White o de la yegua baya de Wesley Moyer, Tony Tip, que ganó en las carreras de otoño de Cleveland.
En cuanto a George Willard, muchas veces quiso preguntar por las manos. A veces le daba una curiosidad irresistible. Presentía que debía existir una razón de su extraña actividad y de su inclinación por mantenerse ocultas y sólo un creciente respeto por Wing Biddlebaum le impedía largar las preguntas que a menudo le pasaban por la cabeza.
Una vez estuvo a punto de preguntarle. Caminaban una tarde de verano por los campos y se detuvieron a sentarse en una loma cubierta de pasto. Toda la tarde Wing Biddlebaum había hablado como un inspirado. Junto a un cerco se paró y, golpeando como un gigantesco pájaro carpintero le gritó a George Willard condenando su tendencia a dejarse influenciar por la gente que lo rodeaba.
—Te estás destruyendo —le gritó—. Tienes una inclinación a estar solo y a soñar y temes tus sueños. Quieres ser como los otros del pueblo. Los oyes hablar y tratas de imitarlos.
Ahora en la loma cubierta de pasto Wing Biddlebaum trataba otra vez de explicar su punto de vista. Su voz se hizo suave y reminiscente y con un suspiro de contento se lanzó en una larga y vaga conversación, hablando como perdido en un sueño.
Del sueño Wing Biddlebaum sacó un cuadro para George Willard. En ese cuadro los hombres vivían otra vez en una especie de pastoril edad dorada. A través de un verde campo abierto llegaban hombres desnudos, algunos a pie, otros montados a caballo. Los jóvenes se reunían en grandes grupos a los pies de un viejo sentado bajo un árbol en un diminuto jardín, que les hablaba.
Wing Biddlebaum se puso completamente inspirado. Por primera vez olvidó sus manos, que lentamente se extendieron y se posaron en los hombros de George Willard. Algo nuevo y osado apareció en la voz que hablaba. “Debes tratar de olvidar todo lo que aprendiste”, dijo el viejo. “Debes empezar a soñar. De ahora en adelante debes cerrar los oídos a las voces que rugen”.
Haciendo una pausa en su discurso Wing Biddlebaum miró larga y profundamente a George Willard. Los ojos le brillaban. Volvió a levantar las manos para acariciar al muchacho y entonces una expresión de horror le barrió la cara.
Con un movimiento convulsivo del cuerpo, Wing Biddlebaum se puso de pie y metió la mano en lo más hondo de sus bolsillos. Los ojos se le llenaron de lágrimas. “Debo volver a casa. No puedo hablar más contigo”, dijo nerviosamente.
Sin mirar atrás el viejo bajó corriendo la loma, atravesó una pradera, dejando perplejo y atemorizado a George Willard. Con un escalofrío de terror el muchacho se levantó y se fue por la carretera hacia el pueblo. “No le preguntaré por sus manos”, pensó tocado por el recuerdo del horror que había visto en los ojos del viejo. “Hay algo malo, pero no quiero saber qué es. Sus manos tienen algo que ver con el miedo que me tiene a mí y al resto de la gente.”
Y George Willard tenía razón. Consideremos brevemente la historia de las manos. Quizás al hablar de ellas se despierte el poeta que diga la maravillosa historia escondida por la cual eran nerviosas y contritas.
En su juventud Wing Biddlebaum fue maestro de un pueblo de Pennsylvania. No era conocido como Wing Biddlebaum sino por el menos eufónico nombre de Adolph Myers. Este Adolph Myers era muy querido por los chicos de su escuela.
Por su carácter Adolph Myers estaba señalado para ser un maestro de jóvenes. Era uno de esos raros y poco comprendidos hombres que mandan con un poder tan dulce que pasa por una adorable debilidad. En sus sentimientos hacia los muchachos que están a su cargo estos hombres no se diferencian de las mejores mujeres en su amor hacia los hombres. Y sin embargo esto es expresarlo crudamente. Acá se necesita el poeta. Adolph Myers caminaba con sus muchachos a la noche o se quedaba conversando con ellos hasta que el ocaso perdía en una especie de sueño los escalopes de la escuela. Sus manos iban de aquí para allá, acariciando los hombros de los muchachos o jugueteando con sus despeinadas cabezas. Cuando les hablaba la voz se le ponía suave y musical. También en ella había una caricia. En cierto modo la voz y las manos, las palmadas en el hombro y las caricias en el pelo eran parte del esfuerzo del maestro para llevar un sueño a las jóvenes mentes. Con la caricia de sus dedos se expresaba a sí mismo. Era uno de esos hombres en los que la fuerza que crea la vida está difusa, no centralizada. Bajo la caricia de sus manos la duda y el descreimiento abandonaban las mentes y los muchachos empezaban a soñar.
Y luego la tragedia. Un chico medio tonto de la escuela se enamoró del joven maestro. A la noche, en la cama, imaginaba cosas atroces y por las mañanas contaba sus sueñas como hechos reales. Extrañas y horribles acusaciones brotaban de sus labios caídos. Un escalofrío atravesó el pueblo de Pennsylvania. Las ocultas y sombrías dudas que existían en la mente de los hombres sobre Adolph Myers, se galvanizaron en creencias.
La tragedia no esperó. Muchachos temblorosos fueron arrancados de sus camas e interrogados. “Me abrazó”, dijo uno. “Sus dedos siempre jugueteaban con mis cabellos”, dijo otro.
Una tarde, un hombre del pueblo, Henry Bradford, dueño de un despacho de bebidas apareció en la escuela. Llevó a Adolph Myers al patio y empezó a pegarle con los puños. A medida que sus duros nudillos golpeaban la asustada cara del maestro, su ira se hacía más y más terrible. Los chicos corrían de acá para allá como confundidos insectos gritando de espanto. “Te voy a enseñar a poner las manos sobre mi chico, pedazo de bestia”, rugía el dueño del despacho, que, cuando se cansó de golpear al maestro empezó a patearlo por el patio.
Por la noche lo sacaron a Adolph Myers del pueblo de Pennsylania. Una docena de hombres con faroles llegó hasta la puerta de la casa donde vivía solo y le ordenaron vestirse y salir. Llovía y uno de los hombres tenía una soga en la mano. La intención era colgar al maestro, pero algo en su aspecto, tan pequeño, blanco y lastimero los conmovió y lo dejaron escapar. Cuando lo vieron correr en la noche se arrepintieron de su debilidad y corrieron tras él, insultando y tirando grandes bolas de barro húmedo y palos a la figura que gritaba y corría cada vez más rápidamente en la oscuridad.
Durante veinte años Adolph Myers vivió solo en Winesburg. No tenía más que cuarenta años pero parecían sesenta y cinco. El nombre de Biddlebaum lo tomó de una caja de mercaderías que vio en una estación de carga cuando disparaba por un pueblo de Ohio. Tenía una tía en Winesburg, una vieja de dientes ennegrecidos que criaba pollos y con quien vivió hasta su muerte. El maestro estuvo enfermo después de su experiencia de Pennsylvania durante un año y cuando se recobró trabajó en el campo como peón por día, moviéndose tímidamente y tratando de ocultar sus manos. Aunque no comprendía lo ocurrido sentía que las manos tenían la culpa. Los padres de los muchachos habían mencionado repetidamente las manos: “Guárdese sus manos”, rugía el dueño del despacho de bebidas, bailoteando furioso en el patio de la escuela.
En la galería de su casa sobre la barranca, Wing Biddlebaum seguía caminando de arriba abajo hasta que el sol se puso y el camino más allá del campo se perdió en las sombras grisáceas. Entró a la casa, cortó rebanadas de pan y las untó con miel. Cuando el traqueteo de los trenes de la tarde que llevaban los vagones cargados con la diaria cosecha de moras pasaron y se restauró el silencio de la noche estival, volvió a la galería a caminar. En la oscuridad no se veía las manos que estaban tranquilas. Aunque todavía sentía hambre de la presencia del muchacho, que era su medio de expresar amor por los hombres, el hambre se convirtió otra vez en parte de su soledad y de su espera. Encendió una lámpara, lavó los pocos platos sucios de su sencilla comida y colocó un catre plegadizo cerca de la puerta que daba al porche y se preparó a desvestirse para dormir. En el piso muy limpio habían quedado unas pocas migas de pan blanco, cerca de la mesa. Colocó la lámpara en un banquito bajo y empezó a recogerlas, llevándoselas a la boca, una por una, con increíble rapidez. En el denso círculo de luz bajo de la mesa, la figura arrodillada parecía la de un sacerdote ocupado en el servicio religioso. Los nerviosos y expresivos dedos, entrando y saliendo de la luz podrían haberse confundido con los dedos de un devoto pasando rápidamente las cuentas del rosario.
“Adoro las historias de Winesburg, Ohio”  Raymond Carver

 

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