Dashiell Hammett. Biografía – Diane Johnson

Dashiell Hammett. Biografía – Diane Johnson

Estado: usado.

Editorial: Seix Barral.

Precio: $400.

El presente libro constituye la biografía definida de uno de los más importantes, fascinantes y enigmáticos escritores de nuestro tiempo. Se trata de la primera y única obra sobre Dashiell Hammett escrita con la plena cooperación de su compañera Lillian Hellman, de la difunta esposa de Hammett, Josephine, y de sus dos hijas. Basándose en una importante cantidad de material inaccesible hasta ahora, que  comprende numerosas cartas inéditas del propio Hammett y recuerdos de Lilian Hellman y otras personas allegadas al escritor, Diane Johnson describe un cuadro lúcido, preciso y emotivo de la trayectoria de un intelectual inconformista, que arranca del momento de su encarcelamiento durante la caza de brujas del macarthysmo para reconstruir, dese los años de infancia y adolescencia y la actividad como detective privado hasta el paso por Hollywood y el declive físico final, la evolución de un novelista que, al igual que uno de sus personajes, quiso vivir como un hombre honrado en un mundo corrompido, y matuvo valientemente esta actitud hasta que la muerte lo sorprendió en 1961 cuando trabajaba en una última novela que quedaría inacabada. La biografía de Diane Johnson, indispensable para cualquier persona interesada en la narrativa contemporánea, es aademás, en sí misma, una lectura del mayor interés: no sólo el cuadro entero de la trayectoria de uno de los más dotados autores de la mejor literatura detectivesca, sino el retrato agitado y vivacísimo de una existencia en la que se reconocen los rasgos de una época, un país y una sociedad.
Hammett: crónica de un hombre flaco y solo*
Osvaldo Soriano
La cabeza firme sobre el cuerpo largo y endeble, el cabello blanco bien peinado, los ojos entrecerrados detrás de los finos lentes, la mano izquierda esposada a la muñeca de un oficial mulato. Samuel Dashiell Hammett va a la cárcel altivo y orgulloso. Ese patético instante, conservado en una fotografía de 1951, marca toda la historia de la novela negra norteamericana.
El acusado, ya demacrado por el alcohol, va a purgar el delito de haber escrito, parapetado en un equívoco género, cinco novelas y medio centenar de cuentos admirables. Ya hace veinte años que no publica una línea nueva; ha renegado del género que él mismo ha creado y con el que tantos se ganan ahora la vida. Le esperan seis meses de una tarea de la que quedará agresivamente orgulloso por el resto de sus días: lavar los baños de la prisión de West Virginia, en el corazón del país. Estuvo allí seis meses. En 1953 fue nuevamente llamado por otro comité, esta vez del Senado, y su interrogador era el propio McCarthy. Ese diálogo terminó así:
McCarthy:  -Mister Hammett, si usted estuviera dirigiendo una biblioteca internacional con autores americanos y con la finalidad de derrotar al comunismo, ¿aprobaría usted la compra de unos 75 libros de autores sindicados como comunistas?
Hammett: -Creo saber- en fin, no lo sé bien- que si yo me dispusiera a combatir el comunismo, lo que haría es no dar a la gente ninguna clase de libros.
En su primer interrogatorio, ante el Comité Investigador de la Cámara de Representantes, Hammett dijo muy poco y se pasó el tiempo acogiéndose a la Quinta Enmienda de la Constitución, que protege al ciudadano para no contestar preguntas cuya respuesta pueda incriminarle. Lo que el Comité quería era la lista de nombres de suscriptores a un Congreso de Derechos Civiles, que servía para la defensa legal de los acusados como comunistas. Durante la noche anterior al proceso, Lillian Hellman, compañera de Hammett, había tratado de persuadirlo para que dijera su simple verdad: no conocía a tales suscriptores. La simple negativa le hubiera evitado la cárcel. “No dejaré que la policía ni los jueces me expliquen lo que debe ser la democracia”, contestó. Se fue a dormir. Al día siguiente estaba preso y sus mejores amigos se callaban la boca.
En noviembre próximo se cumplen 60 años de la aparición en Black Mask, una revista popular de gran tirada dirigida por el capitán Joseph Shaw, del primer capítulo de una novela capital para la literatura norteamericana y decisiva para la suerte del género en los años futuros: Cosecha Roja (Red Harvest). Hasta entonces la literatura policial había sido un amable pasatiempo en el cual un vanidoso caballero, aburrido por el dinero y casi siempre maniático, resolvía los más sofisticados enigmas con la sola arma de la inteligencia. Portadora de la ideología imperial, la novela policíaca presentaba siempre la farsa de un enigma: ¿por qué el sirviente, o el sobrino, o el amante de la cuñada, habían asesinado a la abuela con una exacta dosis de arsénico en el té matinal?
El de la literatura policial era un plácido mundo sin historia: “La sola realidad que conocían los autores de policiales ingleses era la de su medio pequeñoburgués. Cuando ellos hablaban de duquesas y vasos venecianos no conocían más de la cuestión de lo que podía saber un actorcito recién llegado a Hollywood sobre los pintores modernos franceses, cuyos cuadros adornan sus castillos estilo Renacimiento, o sobre los muebles estilo chippendale sobre los que se hacen servir el café”, escribiría años más tarde Raymond Chandles.
Dashiell Hammett puso por primera vez sobre el papel la verdadera historia: el asesino mata por dinero (o a causa de él) y no se desalienta si alguien prueba su crimen. La policía, o el detective privado, deben arrancarle las uñas, destrozarle la nariz o cortarle las orejas para obtener su confesión y compremeter al jefe de la banda, quien en última instancia será salvado por el político venal para quien trabaja. Será Raymons Chandler quien mejor definirá el valor de Hammett en su notable ensayo El simple arte de matar. “Hammett sacó el crimen del jarrón veneciano y lo arrojó a la calle (…) devolvió el asesinato a las manos de la gente que lo comete por razones sólidas y no para proporcionar un cadáver al autor.”
La escritura de Hammett semeja los secos, imperativos informes de los investigadores de la Agencia Pinkerton, para la que él había trabajado durante años. Quizá los detectives que allí conoció hayan sido sintetizados en el anónimo investigador de la Continental, que atraviesa varios de sus cuentos de su obra maestra, Cosecha Roja. Ningún sentimiento adorna la acción, y la acción designa la Historia: no hay buenos ni malos, ni verdugos ni víctimas.
En Cosecha Roja el detective llega a Personville para destronar a una banda de gangsters que domina la ciudad. Pero los delincuentes no están allí por casualidad: han sido llamados para reprimir una huelga de obreros y, una vez cumplido su trabajo, se han quedado para manipular al empresario que los había contratado. El detective no piensa jamás en la justicia, sino en la eficacia de su trabajo: las alianzas, los pactos, las intrigas, son las mejores armas de ese hombre implacable que sólo responde a la primera orden recibida y quema las naves en la soledad de ese pueblo para que nadie, ni su propio jefe, puedan decirle cómo hacer su trabajo.
Ese estilo de tragedia sin emoción recorre todos sus libros (salvo, tal vez, El hombre flaco, su última novela, escrita en un mes en el hotel que regenteaba Nathaniel West, el autor de la notable El día de la langosta); pero algunos de sus biógrafos (Diane Johnson, Richard Layman) sospechan que Hammett consideraba, en el fondo, que sus obras no tenían gran valor y que esa sería la verdadera respuesta al misterioso silencio en que se sumergió desde 1933 hasta que, sobre el final de su vida intentó Tulip, una novela que quedó inconclusa.
Según Chandler, no hay que ver en Hammett- de quien él ensalza especialmente El halcón maltés- a un creador decidido: “No creo que haya tenido pretensiones artísticas, simplemente trataba de ganarse la vida abordando un tema sobre el que tenía información de primera mano (…) pero en lo que él escribía había un fondo auténtico, una base real”. Para Joe Gores, un autor de novelas policíacas, admirador incondicional del maestro, los textos dedicados al detective de la Agencia Continental habrían sido compuestos bajo el imperativo de sus acreedores y las facturas de electricidad: “Confiésalo, Hammett, has escrito eso únicamente porque te hacías problemas por el alquiler. Te has servido de la Continental como ganapán”, le hace decir en la novela que le dedicó en 1975 ( Hammett, libro sobre el que Wim Wenders hizo un film con Robert de Niro en el personaje del escritor). En una carta que el capitán Shaw, director de Black Mask, dirigió a Hammett en 1928 rechazando algunos de sus cuentos, puede leerse: “En el saqueo de Couffignal el detective dice que le gusta ese trabajo, lo que no quiere decir que sea seguro que a usted le guste escribir”.
De cualquier manera no parece importante saber si Hammett estaba decidido a revolucionar la historia de la literatura de su tiempo o si simplemente quería ganarse la vida de una manera menos dura luego de haber vuelto de la guerra tuberculoso y con las piernas maltrechas. Lo cierto es que no podía vivir de su magra pensión de inválido y su honestidad le impedía continuar el trabajo de aprendiz de detective en la Pinkerton, agencia especialista en disolver huelgas y manifestaciones desde su fundación en 1850.
Dashiell Hammett era marxista y, según Richard Layman, ingresó al Partido Comunista norteamericano en 1936, cuando se ganaba muy bien la vida escribiendo argumentos de la historieta El agente secreto X9 y, a veces, guiones de cine que nunca serían filmados.
Es evidente que la mirada que Hammett echa sobre el mundo es fundamentalmente un minucioso desmantelamiento de las relaciones capitalistas, una brutal mirada sobre la ambición, el dinero y el poder: La llave de cristal, es una contundente prueba de ello. Las opiniones literarias de Hammett quedan en la sombra. Se sabe que gustaba de Faulkner y de Scott Fitzgerald; que saludó la aparición de El secuestro de Miss Blandish, de James Hadley Chase como una obra maestra (“La leí diez veces y las diez lloré como un niño”, escribió en The New York Times).
Pasaba su tiempo (luego de haber abandonado la escritura) entre borracheras y la lectura de Marx, o de obras como Las abejas, su vida y su lenguaje, hasta Los fabricantes de fusiles en la Alemania del siglo XVII. En 1948 Lilian Kellman asiste una noche entera a los horrores que el delirium tremens provoca en Hammett y lo hace internar. Al día siguiente, el escritor promete que nunca más volverá a beber, y cumple su promesa. Sin embargo, el derrumbe está en marcha, apenas oculto por su empedernida soledad: “Al cabo de algunos años- dice Lilian- se convirtió en un ermitaño y su lastimosa casa se volvía cada vez más horrible, con todos los libros apilados sobre las sillas, sin dejar un solo rincón donde sentarse. Treinta centímetros de correo sin contestar se apilaba sobre la mesa. Los signos de la enfermedad se multiplicaban a su alrededor. El tocadiscos estaba estropeado, la máquina de escribir inutilizada, las pequeñas cosas absurdas que él quería tanto se multiplicaban en sus cajas. Cuando yo llegaba para mi visita semanal casi no nos hablábamos y cuando él venía a visitarme llegaba extenuado sólo de recorrer el corto trayecto entre su casa y la mía (…) Un día él parecía bruscamente turbado –siempre lo parecía cuando hacía una confidencia- y me dijo: “No puedo seguir viviendo solo; así voy cuesta abajo… voy a entrar a un hospital de ex combatientes. Podremos vernos todo el tiempo. No, no quiero verte llorar”, pero yo me puse a llorar y él aceptó venir a vivir a mi piso”.
Su muerte, el 10 de enero de 1961, a los 67 años, despertó comentarios como éste de Louis Aragon en Francia: “Ha muerto el más grande novelista de Estados Unidos”. Había sobrevivido dos años a Chandler, uno a David Goodis. Toda una generación desaparecía luego de haber construido una literatura marginal y despreciada por la mayoría de los “intelectuales” de su tiempo.
* Este artículo fue extraído desde el libro El nuevo periodismo. Colección Presente, Editora/12, Buenos Aires, Argentina, 1987.
Flaco, duro y con estilo
Juan Sasturain
In memoriam Dashiell Hammet
(1896-1961)
El 10 de enero de 1961, hoy hace justo medio siglo, moría casi secretamente en un hospital neoyorquino Samuel Dashiell Hammett, autor de El halcón maltés y de un puñado de novelas y relatos que en su momento, finales del primer tercio del siglo pasado, cambiaron la narrativa criminal para bien y para siempre.
Más allá del hoy consolidado mito progre que rodea al autor y a algunos de sus afortunados personajes –Sam Spade pasado por Bogart, sobre todo–, la obra narrativa pura y dura de Hammett trasciende largamente el género que eligió para revolucionar desde adentro en lo formal, y desde los bordes, en su modo de circulación. Quiero decir: es más que el fundador de la escuela hard boiled y de la llamada, por los franceses, novela negra.
Hammett es simplemente un notable escritor, a secas; y en ciertos aspectos un caso excepcional, ya que produjo una obra de inusitada calidad durante un breve y prolífico período –de 1927 hasta 1934–, pero que antes de cumplir cuarenta años, cuando concluyó laboriosamente El hombre flaco, en medio del éxito y del mucho dinero, estaba acabado. No lo advirtió en el momento, pero viviría casi treinta años más sin poder volver a escribir.
Así, aquel último invierno del ’61 el flaco y siempre elegante Dash tenía 65 años y venía de una larga década mala. Hacía tiempo que, enfermo y sin recursos, vivía de prestado y de la ayuda de su amiga Lilian Hellmann, compañera con la que compartió treinta años de pareja intermitente y solidaria: de los años locos de Hollywood-Nueva York, con dinero, fiestas y borracheras, a la serena melancolía de los últimos tiempos.
El mito de su entereza y lealtad a códigos que nunca negoció tiene con qué sustentarse. El, que se había alistado para combatir al fascismo con 48 años y sirvió en las Aleutianas, fue perseguido y acusado durante la Guerra Fría por el tristemente célebre senador McCarty & Co, debido a su negativa a dar los nombres de los aportantes de fondos para pagar las fianzas de los militantes comunistas detenidos durante la caza de brujas. El texto taquigráfico de sus respuestas a la Comisión es un ejemplo de coherencia y seca ironía. Declarado culpable, Hammett fue digna y coherentemente a la cárcel por seis meses, a comienzos de los cincuenta.
Al salir, mientras intentaba volver infructuosamente a la escritura por última vez, le embargaron –por impuestos impagos– los derechos de autor de sus antiguas obras que aún se reeditaban, adaptaban al cine o a la radio; además, y por razones ideológicas, lo ralearon de las bibliotecas. Cuando murió, en aquel invierno a comienzos del ’61, ni El halcón maltés ni Cosecha roja ni La llave de cristal ni La maldición de los Dain ni El hombre flaco estaban en las librerías. Lo enterraron en Arlington y fue poca gente.
Escritor de medios populares, Hammett no fue un narrador parejo ni excesivamente riguroso a la hora de publicar. Sin embargo, algunos de sus textos, como La llave de cristal y El halcón maltés, son obras maestras absolutas que pertenecen a la mejor literatura del siglo. Hammett –al decir de Raymond Chandler en ensayo famoso– no sólo sacó el crimen del salón y lo puso en la calle sino que encontró un registro seco, referencial y conductista con el que dio la palabra y describió los actos de personajes reales en situaciones reales. Un laborioso trabajo de estilo que jamás mostró sus costuras.
El efecto –dice Chandler– es que Hammett describió escenas convencionales que “parecen escritas por primera vez”. El peso de los hechos, la sequedad de los diálogos y la reticencia en cuanto a explicitar las motivaciones dan a sus mejores textos cierto efecto de realidad del que decanta la ambigüedad moral, cierto estoico escepticismo que no dice su nombre. Ni él ni sus personajes juzgan ni predican. Exponen lo que ven y lo que hacen. Hammett hablaba poco, pero siempre –desde que irrumpió en la literatura para contar sus experiencias como ex detective de la agencia Pinkerton– pareció que sabía de lo que hablaba. Y uno le cree.
Muchos de los que lo admiramos hemos escrito largamente sobre distintos aspectos de su vida y de su obra. Enfermo crónico de tuberculosis y prácticamente de-sahuciado a los veinticinco, se puso a escribir a contrarreloj. Lo hizo y muy bien. Ganó muchísimo dinero y lo gastó sin cuidado ni control. Alcohólico hasta los cincuenta años, mujeriego, ocasionalmente violento, Hammett nunca fue un tipo cómodo. Ni siquiera o sobre todo para él mismo. Anómalo marxista sin partido, sirvió a su patria en dos guerras y nunca salió de los EE.UU. Sabía mucho y de todo, era culto en serio, pero no soportaba la impostura.
Pocos momentos de la narrativa contemporánea tienen la riqueza significativa de la historia de Mr Flitcraft, el cuento o anécdota que Sam Spade le cuenta a la bella Brigid, sin motivo aparente, en un recodo de El halcón maltés. El capítulo final que le dedica la cuidadosa autobiografía Pentimento, de Lilian Hellmann, o el prólogo que escribió ella misma al recopilar a principios de los setenta algunas de sus novelas breves son textos –si no enteramente veraces– ejemplares. Y en lo interpretativo, nada mejor que la introducción de Steven Marcus a los cuentos del Continental Op para desmenuzar la poética y la ética que sostienen y constituyen la grandeza de sus mejores relatos.
Además, dejó una ciudad escenario –San Francisco en los alrededores del crac del ’29– y cuatro personajes inolvidables, cuatro hombres duros que han quedado para siempre en la historia y la memoria del género. Ninguno es policía. Primero, el innominado agente de la Continental, el gordo, eficaz, imperturbable detective asalariado que cuenta sus aventuras en primera persona y al final rinde cuentas al Viejo, su burocrático jefe. Es el protagonista excluyente de las magistrales Cosecha roja y La maldición de los Dain, y de un puñado de cuentos y novelas cortas de la primera época en la revista Black Mask.
Después está Ned Baumont, que sólo aparece en la memorable La llave de cristal, guardaespaldas y hombre de confianza del gangster Paul Madvig. Su investigación del crimen –en medio de una disputa electoral en la que influye directamente el delito organizado– es producto de la lealtad al jefe, al que debe salvar de culpa y cargo. La Justicia es otra cosa. Nunca Hammett alcanzó tan alto grado de perfección formal ni llevó tan lejos la técnica dialogada de presentación. Ned Beaumont es el arquetipo del personaje que se mueve en ese ambiente de ambigüedad moral que no excluye ni la lealtad ni el amor.
El celebérrimo Sam Spade sólo protagonizó El halcón maltés y un par de cuentos sin demasiada importancia. Es el clásico detective privado que trabaja por su cuenta, tiene de socio al efímero Archer y a Effie Perine de secretaria. Hammett no lo idealizó, le dio carnadura, cinismo y reservada sabiduría. Pragmático, escéptico, portador de un código personal que no le impide andar con la mujer de su socio y acostarse con la misma cliente a la que finalmente entregará, Spade es insensible y eficaz, el duro por antonomasia que sabe cómo tratar a esa comparsa de malvados y desdichados. Sólo Effie lo conoce a fondo, y le da miedo.
El último detective de Hammett, el atildado y mundano Nick Charles, protagonista de El hombre flaco, está recién retirado, en pareja con Nora y de paso por Nueva York cuando el problema lo alcanza. Así, en tono de comedia de enredos, se pasa la novela bebiendo cócteles y hablando por teléfono mientras resuelve el caso del inhallable thin man al estilo del detective amateur del policial clásico. Si Bogart fue Spade, el blando Dick Powell fue Charles. El detective amateur, famoso y adinerado paseando por Manhattan cierra la parábola abierta por el anónimo laburante a sueldo que se revolcaba a los tiros en los arrabales de San Francisco.
Después del Gordo, Spade, Beaumont y Nick, sólo cabía el silencio. Y así fue.

***

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