La realidad satírica. 12 hipótesis sobre Página 12 – Horacio González

La realidad satírica. 12 hipótesis sobre Página 12 – Horacio González 1La realidad satírica. 12 hipótesis sobre Página 12 – Horacio González

Estado: impecable.

Editorial: Paradiso.

Entrevista a Jorge Lanata por Marcelo Costantini.

Precio: $200.

A fuerza de cotidianas apariciones, los diarios han logrado naturalizar su existencia. Pero si se los lee de cerca, se revelan como un objeto extraño. Multiplicidad de escrituras que se pretenden una, organizan el mundo a medida que sucede y, día tras día, lo cambian, lo acentúan, lo reafirman y lo ponen en duda. El lanzamiento de Pagina 12, hace cinco años, introduce un nuevo modo de lectura que diseña la realidad haciendo evidente el rastro de sus trazos entre dolidos y regocijados. Hoy se ha convertido en el tercer diario en la preferencia de los argentinos.
Un diario es una historia de estilos, de políticas, y de las ficciones – intencionadas o no – que habitan el mundo. Horacio González recorre en LA REALIDAD SATÍRICA esa trama de discursos, estéticas, historias personales, dramas argentinos, formas del humor y recursos retóricos que configuran la compleja maquinaria periodistica y cultural que produce la peculiar escritura de Página 12.
Desde el lugar de “hipócrita lector”, González escribe en LA REALIDAD SATÍRICA un texto crítico y polémico donde la complejidad de referencias establece una sesgada consonancia con su objeto, puesto en relación con multiplicidad de historias que, siéndole ajenas, le pertenecen por completo: los núcleos narrativos de la literatura argentina, los aportes de las ciencias sociales, las inflexiones de la filosofía, el devenir del discurso periodístico. Así construye González un libro poco habitual, escrito en una prosa reflexiva y apasionante.
Sus páginas, contemporáneas de los mismos días argentinos que recorre, traen los ecos de un sentimiento trágico que la diaria lectura no puede sino disolver. LA REALIDAD SATÍRICA  es también un libro donde puede vivir fuera y dentro de una época, mirarla con distancia, suprimirla, llevarla a otras épocas y otras historias, las que dejamos en suspenso cuando abrimos un diario y que González, luninosamente, nos ayuda a reencontrar.
Fundiendo Plomo*
Andrés Tejada Gómez
Horacio González no necesita presentación dentro del campo intelectual. Tampoco es desconocido para el público en general, que sabe de su gestión en la Biblioteca Nacional y de sus participaciones en los debates político-culturales más candentes. De su pensamiento se puede rescatar como atributo la capacidad que tiene para enfrentarnos como lectores ante nuestros propios prejuicios. Seguirlo en sus postulaciones es una travesía donde el sentido tiende a producirse sobre el vacío y la lúcida duda. La adjevitación del título es pertinente – de evidente filiación borgeana:“conjetural”- para esta publicación, ya que se perciben las vacilaciones que tienen muchas de sus afirmaciones. El periodismo ya estaba presente como objeto de reflexiones pretéritas en la producción de González. Basta pensar en La realidad satirica, publicado en el año 1992. Allí podemos hallar una interesante definición sobre el pacto de lectura establecido con los diarios: “No hay rasgo más identificador de la condición del ciudadano que la lectura ritual del diario”. También encontramos sugerentes apreciaciones en Escritos en Carbonilla: “Todos sabemos o creemos saber qué clase de experiencia es el leer el diario. Piadosamente llamamos información a la vaga certidumbre de ser contemporáneos de hechos terribles aunque desterrados de nuesta alcance inmediato”. Pero en Historia conejtural del periodismo se realiza una tarea contundente de erudición sobre el periodismo nacional. Partiendo desde la metáfora de pensar el origen de la prensa como una continuación de los “partes de guerra” nos vamos sumiendo en sinuosas argumentaciones. Respetando un recorrido cronológico partimos de la experiencia de The Southern Star, diario publicando en Montevideo, en versión bilingüe; revisamos la figura de Pedro de Angelis y la función de El archivo Americano y el Espíritu de la Prensa del mundo, “un diario concebido con raros criterios modernos”. Luego van apareciendo y siendo analizados con meticulosidad diferentes publiciones: La Montaña; La Nación; Borges, Botana y Crítica; Arlt y El Mundo; Walsh y Operación Masacre; Noble, el desarrollismo y Clarín; Timerman y La Opinión, Massera, Uriarte y Convicción hasta arribar a nuestra compleja actualidad. La lectura de González no resulta apacible para el lector que no tenga la costumbre de visitar sus trabajos. Sin embargo, lejos estamos de considerar la escritura de González como lo hace Sarlo cuando define su trabajo desde las apelaciones de “…enigmático ensayísta, oscuro y barroco, arraigado en distintas y contradictorias tradiciones de pensamiento”. Donde otros encuentran placer del texto nosotros nos asombramos ante el texto de goce. El sistema de especulación intelectual de González no solo se sostiene a partir de la capacidad inaudita de establecer vínculos inesperados sino de intentar trabajar sobre un más allá de la lengua. Ejercicio que lo constituye en un autor muchas veces rechazado por la aduana de un discutible orden literario.
En su texto podemos encontrar resonantes definiciones del periodismo, líneas de pensamiento tentadoras y también afirmaciones que nos provocan incomodidad porque no terminan de convencernos. Mejor así, nos decimos en el silencio de nuestra lectura: es la manera en que se robustece el debate. “Una redacción de un diario es de alguna manera una época” y sobre todo “El libro de Manuel es el más directo antecedente delNunca más” nos parecen afirmaciones que tienen el estilo de la sentencia sin poder ser constatadas con aguda certeza. Lamentamos que no esté como cita un fragmento de la carta de Juan José Valle a los dictadores de la Revolución Libertadora: “Pero no taparán con mentiras la dramática realidad argentina por más que tengan toda la prensa del país alineada a su servicio”. Ojalá así sea.
*Reseña al libro Historia conejtural del periodismo de Horacio González publicada en el diario Perfil.
PERIODISTAS, OPINIONES Y TV
Pier Paolo Pasolini
Un periodista me ha preguntado por qué los intelectuales colaboran tan poco, de tan mala gana y con tan poca participación en la televisión.
Yo le he respondido planteándole una hipótesis, más o menos como sigue: «Supongamos que la televisión no representa ya, digamos, en términos generales, al Poder, sino, directa y concretamente, al Parlamento. Supongamos, pues, que esté dirigida por los representantes dé los partidos, que vendrían a tener así sobre ella una parte de responsabilidad proporcional a su representatividad parlamentaria. Hete aquí entonces que las fuentes de información se multiplicarían y al mismo tiempo perderían su tufillo de oficialidad. El televidente dejaría de ser un niño que oye hablar en la pantalla al padre (no obstante casi siempre qualunquista y amable) y se convertiría en un adulto “obligado”, por la naturaleza misma del informe, a juzgar lo que se le comunica. Se desvanecería todo autoritarismo y toda forma, degradante, de la comunicación masiva: la actitud pasiva del televidente se trocaría en actitud crítica. Como es el caso, por ejemplo, de la actitud que se tiene ante Tribuna política ». En la hipótesis aquí resumida está claro que los intelectuales se decidirían a participar con entusiasmo en los programas televisivos, cada cual según su terreno ideológico y político: y sería magnífico.
¿Por qué?, me ha preguntado entonces el periodista, entre curioso y escéptico, ¿qué es lo que falla en la televisión, tal como es en la actualidad?
Le he respondido, más o menos: la relación de televisión con sus televidentes es justamente lo contrario de lo que debería ser. En otras palabras, es:
a) Típicamente autoritaria: entre las imágenes de la pantalla y el espectador no hay ninguna posibilidad de diálogo. La pantalla es una cátedra y cuando se habla ante las cámaras se habla,   necesariamente, ex cathedra . Es inevitable, la pantalla consagra, da autoridad, oficialidad. Incluso los personajes cómicos, humildes, aparecen en ella con el aspecto de haber recibido una amable palmada en la espalda de parte de los que son más poderosos que ellos: más aún, de parte de quien es Poderoso por excelencia. En suma, la pantalla representa a la opinión y a la voluntad de una única fuente de información y ésta no es otra, en términos generales, que la del Poder. De este modo mantiene bien sujeto al oyente.
b) Es un medium de masas: en tanto que fuente de información centralizada se manipula por razones extraculturales y su difusión debiera tener en cuenta, anticipadamente, el bajísimo nivel medio de la cultura de los destinatarios, cultura que se manipula para someter a éstos.
La. investigación de mercado que hace la televisión es típica de la cultura de masas, donde las «masas» son, naturalmente, interclasistas: es una media espeluznantemente indiferente e indiferenciada de las demandas de los obreros, los burgueses, los pequeñoburgueses, los campesinos, el lumpenproletariado: tanto que, en realidad, no se tiene en cuenta ninguna de las necesidades reales de estos variopintos grupos sociales de ciudadanos, aunque sí se tiene en consideración una media irreal . De modo que la cultura televisiva es una cultura típicamente alienante.
Por estas razones, está claro que un intelectual, teóricamente, no puede por menos de decir «no» a la televisión, aunque se rebaje, cuando mucho, a determinadas negociaciones (en mi caso, la colaboración con TV 7, que se plantea como contestación a la televisión dentro de la televisión).
Pero ¿y la perspectiva de colaborar en televisión sin más, como en un medio de comunicación nuevo, caracterizado por la inmensidad de sus espectadores y la simultaneidad de la audiovisión?
Está claro que no existe una televisión en abstracto, como puro problema técnico. El problema de colaborar en televisión es siempre político o, si se quiere, de conciencia. En última instancia, ni siquiera se puede colaborar en televisión como en un «segundo oficio»: cosa que a menudo se ven obligados a ejercer los literatos. Existen, en realidad y bien definidos técnicamente, los «segundos oficios» periodísticos, pedagógicos, cinematográficos, etc. Pero la televisión no se ha definido todavía como técnica autónoma, es decir, concreta. La televisión es un conjunto de técnicas que tienen en común el hecho de ser audiovisuales (teatro, cine, periodismo oral) y el poder regularse mediante la «reproducción». El único elemento autónomo del medio de comunicación televisivo es la «toma en directo»: pero esta modalidad no se ha convertido aún en un «lenguaje» y me atrevería a decir que, dada su naturaleza, jamás podrá serlo. ¿En qué consiste pues el oficio televisivo de un «autor» si no existe el lenguaje televisivo? ¿En hacer cine para la televisión? ¿En hacer teatro para que la televisión lo reproduzca? De acuerdo, esto podría hacerse (y se hace de vez en cuando), pero para tomar esta decisión hace falta primero analizar todos los problemas políticos y morales bosquejados más arriba…
Ante tanto rigor, el periodista se ha mostrado un tanto desconcertado: ¿y todos esos intelectuales que colaboran de hecho en televisión?
Oh, yo no juzgo a nadie. Es problema de ellos. Los comprendo. Y es posible que yo también aceptase este tipo de tratos, para sobrevivir, si no tuviese otro medio. Por otro lado, gran parte de la más sobresaliente «inteligencia» italiana se ocupa de televisión.
No obstante, la objeción que me movería a mí sería distinta. ¿Precisamente hoy, cuando la democracia parlamentaria, la «representación» falsamente democrática, y los partidos, todos los partidos, en cuanto centralistas, burocráticos y oficializados, son objeto de las críticas más violentas por parte de los jóvenes, me atrevo a hablar de televisión parlamentaria y partidista, de una especie de gran Tribuna política ?
Ya. Los jóvenes no suscitan ninguna crítica a la televisión tal y como es en el presente. No reparan en ella, no la tienen en cuenta. Tal vez sean usuarios suyos, dando pie de este modo a una disociación (un poco esquizoide) entre ellos en tanto que usuarios de televisión y ellos mismos como revolucionarios.
Es posible que, para los estudiantes, la televisión pertenezca a ese orden de cosas tan bajas y despreciables que no sea digna de contestación. Los estudiantes van a protestar a Aviñón, no a San Remo. Pero en el caso de que la televisión fuese partidista y parlamentaria y su nivel ascendiese de golpe, vertiginosamente, del adocenamiento actual y se encaramase en las alturas de una comunicación verdaderamente cultural y real, es innegable que los jóvenes no podrían fingir indiferencia. Estarían obligados a percatarse de ella y a volcar sobre la televisión su crítica antiparlamentaria y antipartidista. Y a desear, por consiguiente, una televisión aún más avanzada y libre. Es posible que se decidieran a tomarla. ¡Es posible!
N. º 53, año XXX, 28 de diciembre de 1968.
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