Dr. Bloodmoney o cómo nos las apañamos después de la bomba – Philip K. Dick

Dr. Bloodmeney o cómo nos las apañamos después de la bomba – Philip K. DickDr. Bloodmeney o cómo nos las apañamos después de la bomba – Philip K. Dick xxx

Estado: impecable (tapa dura/con sobrecubierta/cocido).

Editorial: Acervo.

Precio: $180.

Stuart McConchie: un negro vendedor de aparatos de televisión; Hoppy Harrington: un focomelo capaz de mover los objetos a distancia; Bruno Bruthgeld: un científico abrumado por la culpa de su error de cálculo que ocasionó la muerte de miles de personas; Bonny Keller: una perfecta ama de casa norteamericana, feliz en el reducido mundo de su marido, su hogar y su psicoanalista; Walt’Dangerfild: un astronauta embarrancado en su órbita alrededor de la Tierra, convertido en el más extraño disc jockey de toda la historia… Unos seres anodinos, hundidos en la vulgar cotidianeidad de la vida en una ciudad cualquiera de los Estados Unidos. Hasta que, de repente, las bombas que hemos venido aguardando desde 1945 caen… y todo debe recomenzar. Y la terrible vida cotidiana de los supervivientes sigue…
Tesis para la era atómica*
Günther Anders
Hiroshima como condición mundial
El 6 de agosto de 1945, el Día de Hiroshima, una nueva era comenzó: la era en la que en cualquier momento disponemos del poder para transformar cualquier lugar de nuestro planeta, y aún nuestro planeta mismo, en una Hiroshima. Desde ese dia somos, al menos de modo negativo, omnipotentes pero, puesto que, por otra parte, en cualquier momento podemos ser “borrados”, también desde ese día somos totalmente impotentes. Cualquiera que sea el tiempo que esta era pueda durar, aún si durara por siempre, ésta es “La última edad”: porque no existe ninguna posibilidad de que su differentia specifica, la posibilidad de nuestra autoextinción, pueda terminar sino con el final mismo.
El tiempo del final versus el final del tiempo
Por lo tanto, por su naturaleza propia, esta era es un “aplazamiento”, y nuestra “manera de ser” en esta era debe de ser definida como “no-todavía no-existente”, “aún no-es no- existente”. Por tanto, la pregunta básica de la moral de tiempos anteriores debe de ser radicalmente reformulada: en vez de preguntar, “¿Cómo deberíamos vivir?”, ahora debemos preguntar “¿Viviremos?”. Para nosotros, que no somos todavía no-existentes en esta Era del Aplazamiento, solamente existe una respuesta: pese a que en cualquier momento el tiempo del final puede convertirse en el final del tiempo, debemos hacer todo lo que podamos para que el final del tiempo sea interminable. Puesto que creemos en la posibilidad del final del tiempo, somos apocalípticos pero, puesto que luchamos contra ese Apocalipsis hecho por el hombre también somos –y esto es algo que nunca antes existió– antiapocalípticos.
Armas atómicas en la situación política no, sino acciones políticas en la situación atómica
Pese a que suena totalmente plausible, es un error decir que las armas atómicas existen en nuestra situación política. Esta afirmación debe de ser puesta de cabeza para que pueda ser verdadera. En tanto que la situación actual está determinada y definida exclusivamente por la existencia de “armas atómicas”, debemos decir que las situaciones y los desarrollos políticos tienen lugar dentro de la situación atómica.
Arma no, sino enemigo
Contra lo que luchamos no es contra éste o aquel enemigo que podría ser atacado o eliminado por medios atómicos, sino contra la situación atómica en cuanto tal. Puesto que este enemigo es el enemigo de toda la gente, aquellos que hasta aquí se habían considerado recíprocamente como enemigos, ahora deben de ser aliados contra la amenaza común. Acciones pacíficas de las que excluimos a aquellos con los que deseamos vivir en paz son hipócritas, egoístas y una pérdida de tiempo.
Amenazar con armas atómicas es totalitario
Una teoría muy acariciada, y lo suficientemente ancha como para ser abrazada por sutiles filósofos tanto como por brutales políticos, por Jaspers tanto como por Strauss1, dice: “Sí no fuera por nuestra capacidad de amenazar con la aniquilación total, seríamos incapaces, de mantener dominada la amenaza totalitarista”. Este es un argumento vergonzoso, por las siguientes razones:
1. La bomba atómica ha sido utilizada, aunque quienes la emplearon no estaban en peligro de ser víctimas de un poder totalitario;
2. Este argumento es un fósil de los “antiguos” días del monopolio atómico, y ha llegado a ser suicida hoy día;
3. El mote “totalitario” se ha tomado de una situación política que no solamente ya ha cambiado fundamentalmente, sino que continuará cambiando: la guerra atómica, por otra parte, excluye cualquier posibilidad de tal cambio;
4. Al amenazar con la guerra atómica, y por consiguiente, con la aniquilación, no podemos evitar ser totalitaristas: porque esta amenaza se convierte en chantaje, y transforma nuestro plan era en un único y vasto campo de concentración, del cual no hay salida posible. Por tanto, quienquiera que fundamente la legitimidad de esta extrema privación de la libertad en los alegados intereses de la libertad, éste es un hipócrita.
Expansión de nuestro horizonte
Puesto que las nubes radioactivas no se molestan por fronteras nacionales o “cortinas”2, las distancias han sido abolidas. Por tanto, en este tiempo del final todo mundo está a mortal alcance de todo mundo. Si no queremos quedarnos rezagados respec4o a los efectos de nuestros productos –hacer eso sería no solamente una mortal vergüenza, sino también una muerte vergonzosa–, tenemos que tratar de ampliar nuestro horizonte de responsabilidad, hasta que llegue a ser igual a ese horizonte dentro del cual podemos destruir a todos, y ser destruidos por todos; en suma, hasta que llegue a ser global. Cualquier distinción entre cercano y lejano, vecinos y extranjeros, ha llegado a ser falsa: hoy todos somos proximi.
“La generaciones unidas”
No solamente nuestro horizonte espacial debe de ser ampliado, sino también el temporal. Puesto que acciones realizadas hoy día (explosiones de prueba, por ejemplo) afectan a las generaciones futuras tan perniciosamente como a las presentes, el futuro esta dentro del campo de nuestro presente. “El futuro ya comenzó”3, puesto que el trueno del mañana proviene del relámpago de hoy. La distinción entre las generaciones actuales y las del mañana ya no tiene más sentido; y aún podemos hablar de una Liga de las Generaciones a la cual nuestros nietos pertenecen tan automáticamente como nosotros mismos. Ellos son nuestros “vecinos en el tiempo”. Al darle fuego a nuestra casa, no podemos evitar que las llamas salten hasta las ciudades del futuro, y las casas todavía no-construidas de las generaciones todavía no-nacidas se convertirán en cenizas junto con nuestros hogares.
Aún nuestros ancestros son miembros de derecho de esta Liga: porque, si morimos, haremos que ellos también mueran, una segunda vez, por así decir; y después de esta segunda muerte todo sería como si ellos nunca hubieran existido.
La nada: el efecto de la nada ni-imaginada
El peligro apocalíptico es tanto más amenazador en cuanto que somos incapaces de representarnos la inmensidad de una tal catástrofe. Ya es suficientemente difícil visualizar a alguien como no-siendo, a un amigo querido como muerto pero, comparado con la tarea que nuestra fantasía debe de cumplir ahora, eso es un juego de niños. Porque lo que tenemos que visualizar actualmente no es el no-ser de algo particular dentro de un marco de referencia –cuya existencia puede ser supuesta–, sino la inexistencia de ese marco de referencia mismo, del mundo como totalidad, al menos del mundo en tanto que humanidad. Tal “abstracción total” (que, en tanto logro mental corresponde al logro de la destrucción total) sobrepasa la capacidad de nuestro poder natural de imaginación: “la Trascendencia de lo Negativo”. Pero, puesto que en cuanto que homines fabri somos capaces realmente de producir la nada, entonces no podemos rendirnos al hecho de nuestra limitada capacidad de imaginación: al menos debemos hacer el intento por visualizar esta nada.
“Somos utopistas invertidos”
El dilema básico de nuestra edad es que, “somos más pequeños que nosotros mismos”; incapaces de darnos cuenta mentalmente de las realidades que nosotros mismos hemos producido. Por tanto, podríamos llamarnos a nosotros mismos “utopistas invertidos”: mientras que los utopistas corrientes son incapaces de producir realmente lo que pueden imaginar, nosotros somos incapaces de imaginar lo que estamos realmente produciendo.
“La discrepancia prometeica”4
Este utopismo invertido no es simplemente un factor entre muchos otros, sino el relevante, porque define la situación moral del hombre de hoy día. El dualismo al que estamos abocados no es ya más el del espíritu contra la carne, o el del deber contra la inclinación; no es ni cristiano ni kantiano, sino aquél entre nuestra capacidad de producir en tanto que opuesta a nuestro poder para imaginar.
Lo supra-liminal
No solamente la imaginación ha dejado de estar al lado de la producción, sino que también el sentimiento ha dejado de estar a la par de la responsabilidad. Todavía podría ser posible imaginar o arrepentirse por el asesinato de un semejante, o aún de compartir la responsabilidad; pero figurar la eliminación de cien mil semejantes definitivamente sobrepasa nuestro poder imaginativo. Entre más grande sea el efecto posible de nuestras acciones, tanto menos capaces somos de representárnoslo, de arrepentirnos o de sentir responsabilidad por él; entre mas ancho es el abismo, tanto mas débil es el mecanismo de frenaje. Eliminar cien mil personas apretando un botón es algo incomparablemente más fácil que destazar a un individuo. Lo “subliminal”, el estímulo demasiado pequeño como para generar una reacción, ya ha sido reconocido por la psicología; más significante, sin embargo, aunque no haya sido visto ni mucho menos analizado, es lo “supraliminal”, el estímulo demasiado grande como para generar una reacción, o para activar algún mecanismo de frenaje.
Los sentidos distorsionan el sentido. la fantasia es realista.
Puesto que nuestro horizonte pragmático de vida, aquél dentro del cual podemos alcanzar y ser alcanzados, ha llegado a ser ilimitado, entonces debemos tratar de visualizar este infinito, aunque al tratar de hacerlo violentemos la “estrechez natural” de nuestra imaginación. Aunque insuficiente por su misma naturaleza, solamente la imaginación podría ser considerada como organon de la verdad. Ciertamente que la percepción no. La percepción es un “falso testigo”, en un sentido mucho más radical que el que la filosofía griega significó cuando se prevenía de ella. Porque los sentidos son miopes, su horizonte es “sensiblemente” estrecho. No es en la amplia tierra de la imaginación donde los escapistas actuales gustan esconderse, sino en la torre de marfil de la percepción5.
El coraje de temer
Cuando hablamos de “imaginar la nada”, el acto significado no es idéntico con lo que la psicología imagina que es la imaginación, porque estoy hablando del temor, que es la imaginación de la nada in concreto. Por tanto, podemos mejorar las formulaciones de los párrafos anteriores diciendo: es nuestra capacidad de temer la que es demasiado pequeña y la que no corresponde a la magnitud del peligro actual. De hecho, nada es más engañoso que decir: “vivimos en la Edad de la Ansiedad de todas maneras”. Este “slogan” no es una declaración, sino una herramienta manufacturada por los compañeros de viaje de aquellos que desean evitar que nosotros llegue mos a estar verdaderamente asustados, de aquellos que temen que alguna vez nosotros podamos llegar a producir el miedo equivalente a la magnitud del peligro real. Al contrario, vivimos en la Era de la Incapacidad de Temer. Nuestro imperativo: “expande la capacidad de tu imaginación”, significa, en concreto, “incrementa tu capacidad de temer”. Por tanto, no temas temer, ten el coraje de estar aterrorizado6, y de aterrorizar a los demás. Asusta a tu prójimo como a ti mismo. Este temor, por supuesto, debe de ser de un tipo especial:
1. Un temor intrépido, puesto que excluye el temor de aquellos que quisieran mofarse de nosotros llamándonos cobardes;
2. Un temor excitante, puesto que nos llevará a las calles más bien que bajo las camas;
3. un temor amante; no temor del peligro que aguarda, sino temor por las generaciones venideras.
La frustración productiva
Una y otra vez nuestros esfuerzos por cumplir con el imperativo “amplía tu capacidad de temer y hazla equivalente a la inmensidad de los efectos de tus actividades”, se verán frustrados. Y es hasta posible que nuestros esfuerzos no progresen de ninguna manera. Pero aun este fracaso no deberá intimidarnos: la frustración repetida no refuta la necesidad de repetir el esfuerzo. Al contrario, cada nuevo fracaso da fruto, porque nos precave de iniciar otras acciones cuyos efectos trascienden nuestra capacidad de temer.
“La distancia desplazada”
Si combinamos nuestra afirmación relativa ala supresión de las distancias, con aquella acerca de la discrepancia prometeica –y solamente esta combinación completa el dibujo de nuestra situación–, entonces logramos el siguiente resultado: la “abolición” de las distancias, temporales y espaciales, no llega a suprimir todas las distancias, porque hoy día confrontamos el incremento de la distancia entre la producción y la imaginación.
El final de lo comparativo
Nuestros productos y sus efectos sobrepasan, no solamente la medida máxima de lo que somos capaces de visualizar o sentir, sino también la medida de lo que somos capaces de usar. Es del conocimiento común el que nuestra producción y nuestras provisiones a menudo exceden a nuestras demandas, y generan la necesidad de nuevas necesidades y nuevas demandas. Pero esto no es todo: hoy día hemos alcanzado la situación en la que se manufacturan productos que simplemente no pueden ser necesitados, y que son demasiado grandes en un sentido absoluto. En este estadio, nuestros propios productos son domesticados como si fueran fuerzas naturales. Los esfuerzos actuales por producir las así llamadas “armas limpias”, son intentos que corresponden a un tipo único: porque lo que el hombre trata ahora es de incrementar la calidad de sus productos, al hacer disminuir sus efectos. Si el número y el funcionamiento posible del arsenal ya existente es suficiente como para satisfacer el deseo absurdo de aniquilar a la humanidad, entonces el incremento actual de su producción es aún más absurdo, y prueba que los productores no comprenden nada de lo que realmente hacen. Lo comparativo, el principio del progreso y la competencia, ya perdió su sentido. La muerte es la frontera de lo comparativo; no se puede estar más muerto estando ya muerto, Y no podemos ser re- matados después de la muerte.
Recurrir a la competencia prueba la incompetencia moral
No tenemos ninguna razón para presuponer (como Jaspers, por ejemplo, presupone) que quienes tienen el poder están mejor dotados para imaginar la inmensidad del peligro, o que ellos se dan cuenta de los imperativos de la Era Atómica mejor que nosotros, ordinarios morituri. Esta presuposición es, más aun, irresponsable. Y sería más justificado pensar qué quienes están en el poder no tienen la menor sospecha de lo que está en juego. Basta solamente con pensar en Adenauer7, quien se atrevió a amonestar a dieciocho de los físicos más grandes de hoy día, diciéndoles que eran incompetentes en “el campo del armamento atómico, y respecto a las cuestiones relativas a las armas atómicas” y que deberían ocuparse  de lo suyo, y no “entrometerse” en esos asuntos. Es precisamente en el uso de estos vocablos, donde él y los de su calaña demuestran su incompetencia moral. Porque no hay otro final, ni prueba más fatal de la ceguera moral, que lidiar con el Apocalipsis como si se tratara de un “campo especial”, y que creer que el rango se equipara al monopolio de decidir el “ser o no-ser” (to be or not to be) de la humanidad. Algunos de los que apoyan la competencia, lo hacen, con el único afán de ocultar los elementos antidemocráticos de su monopolio. Por ninguna razón debemos dejarnos envolver en este camuflaje. Después de todo, vivimos en estados que alegan ser democráticos. Si la palabra “democracia” todavía tiene algún sentido, entonces significa precisamente que la provincia situada más allá de nuestra competencia profesional debe incumbirnos; que no solamente tenemos derecho, sino que estamos obligados –no como especialistas, sino como ciudadanos y seres humanos–, a participar en la decisión de los asuntos relativos a la res publica. Puesto que, después de todo, nosotros somos la res publica, el reproche de que nos estamos “entrometiendo” se convierte en la ridícula acusación de que estamos interfiriendo con nuestros propios asuntos. Nunca ha habido, y nuca habrá, un asunto más publico que la decisión actual respecto a nuestra supervivencia. Si renunciamos a “interferir”, no solamente dejamos de cumplir con nuestros deberes democráticos, sino que nos arriesgamos a cometer un suicidio colectivo.
Abolición de la acción
La posible aniquilación de la humanidad parece ser una “acción”. Por tanto, aquellos que contribuyen a ella parece que están “actuando”. Pero no lo están. ¿Por qué no? Porque difícilmente queda nada que pudiera ser clasificado, por un conductista, como “actuar”. Porque actividades que anteriormente sucedieron cómo acciones, y que fueron significadas y entendidas como tales por los mismos sujetos actuantes, han sido reemplazadas ahora por otras variantes de la actividad:
1. Por el trabajar;
2. Por el “gatillar”.
El trabajo; sustituto de la acción. Los que fueron empleados por Hitler en sus fábricas de muerte hicieron, por así decir, “nada”, aunque nada habían hecho, porque no habían hecho “nada más que trabajar”. Por “nada más que trabajar” quiero decir ese tipo de ejecución (considerado generalmente hoy día como único y natural tipo de operación) en el cual el eidos o el producto terminado permanecen invisibles al operador –no, ni siquiera le importa; –no, ni siquiera se supone que le pueda importar; –no, ultimadamente ni siquiera se le permite que le importe. Típico del trabajo actual es su aparente neutralidad moral; non olet; ninguna finalidad del trabajo, por malvada que sea, puede corromper al obrero. Casi todos los trabajos que los hombres llevan a cabo, y que les son asignados, se entienden como pertenecientes a este tipo de operación, universalmente aceptado y monocrático. El trabajo: la forma camuflada de la acción. Este camuflaje hasta exime al genocida de su culpa, puesto que, según los “standars” actuales, el trabajador no solamente queda liberado de toda responsabilidad con su trabajo, sino que, simplemente, no puede ser declarado culpable a causa de su trabajo. Consecuencia: una vez que nos hemos dado cuenta de que la ecuación fatal actual dice: “toda acción es trabajo”, debemos tener el coraje de invertirla, formulando que “todo trabajo es acción”.
“Gatillar”: sustituto del trabajo. Aquello que es verdadero para el trabajo encuentra mayor aplicación aún al “gatillar” porque, al disparar, las características específicas del trabajo –esfuerzo y conciencia del esfuerzo–, quedan disminuidas, sino nulificadas.
Gatillar: la forma camuflada del trabajo. De hecho, difícilmente queda hoy día algo que no pueda ser logrado por medio del gatillar. Y aún podría suceder que el primer botón apretado ponga en movimiento a una cadena de disparos secundarios –hasta el resultado final, jamás querido, nunca imaginado por el primer apretador-de-botón, y consistente en millones de cadáveres. Desde el punto de vista conductista, tal manipulación no podría ser considerada ni como trabajo ni como acción. Aunque aparentemente nadie habría hecho nada, este “hacer nada” habría producido, realmente, la aniquilación y la nada.
Ningún apretador-de-botón (si es que todavía se requiere operador tan ínfimo), siente que él está actuando. Y puesto que la escena del acto y la escena del sufrimiento ya no coinciden más, puesto que causa y efecto han sido colocados en lugares separados, nadie puede percibir lo que esta haciendo –esquizotopía, por analogía con “esquizofrenia”.
Aquí tenemos una evidencia: solamente aquél que continuamente trata de visualizar el efecto de sus acciones, no importa cuán lejos en el espacio o en el tiempo esté el escenario de estos efectos, sólo éste tiene todavía oportunidad de encontrar la verdad: la percepción “se queda corta”. Esta variante del camuflaje es única. Mientras que anteriormente el ánimo del camuflaje siempre había sido el de evitar que la posible víctima reconociera el peligro, o el de proteger al actor del enemigo, el camuflaje actualmente evita que el actor mismo reconozca qué es lo que esta haciendo. Por tanto, el actor actual es también una víctima. Eatherly pertenece a quienes él destruyó.
La engañosa forma de la mentira actual
Los ejemplos del camuflaje nos enseñan algo acerca del tipo de mentira de estos tiempos. Porque hoy día la mentira ya no necesita aderezarse con el disfraz de una aserción; ya no se requiere de las ideologías. Victoriosa hoy es aquella manera de mentir que nos impide hasta la posible sospecha de que pudiera ser una mentira; y esta victoria ha todo, indiscutible. Puesto que hemos trasladado nuestras actividades y responsabilidades al sistema de nuestros productos, creemos poder mantener limpias nuestras manos, y seguir siendo “gente decente”. Pero, por supuesto, esta entrega de la responsabilidad es justamente el clímax de la irresponsabilidad Esta, entonces, es nuestra absurda situación: en el preciso momento, en que llegamos a ser capaces de las acciones mas monstruosas, la destrucción del mundo, las “acciones” parecen haber desaparecido. Puesto que la mera existencia de nuestros productos, de suyo prueba ser una acción, entonces la pregunta trivial, ¿cómo deberíamos emplear nuestros productos en la acción? (aunque sea para la disuasión), es casi fraudulenta, puesto que esta pregunta oscurece el hecho de que los productos, por su mera existencia, ya han actuado.
Reificación no, sino pseudo-personalización
No se puede interpretar adecuadamente este fenómeno dándole la calificación marxista de “reificación”, porque este término designa exclusivamente el hecho de que el hombre es reducido a una función-cosificada. Queremos subrayar, más bien, el hecho de que cualidades y funciones que fueron quitadas al hombre en su reificación, ahora llegan a ser cualidades y funciones de los productos mismos; que ellos se transforman a sí mismos en pseudo-personas puesto que, por su mera existencia, actúan. Este segundo fenómeno ha sido ignorado por la filosofía, pese a que es imposible entender nuestra situación sin ver los dos lados del proceso simultáneamente.
Las máximas de las pseudo-personas
Estas pseudo-personas tienen rígidos principios propios. El principio de las “armas atómicas”, por ejemplo; es nihilismo, puro. Porque, si pudieran hablar, entonces dirían: “Sea lo que sea que destruyamos, a nosotras nos da lo mismo”. En ellas, el nihilismo ha alcanzado su clímax; y ha llegado a ser posible porque hoy en día la mentira ya no necesita asumir el traje de las aserciones. Porque, hasta ahora, en “hipócrita honestidad”, las mentiras pretendieron ser verdades, mientras que, hoy se camuflan a sí mismas con un disfraz completamente diferente:
En vez de aparecer en forma de falsas aserciones, las mentiras aparecen en forma de palabras individuales, y desnudas que, aunque parece que no dicen nada, secretamente contienen su engañoso predicado. Ejemplo: puesto que el término “arma atómica” nos hace creer que lo que designa debería ser clasificado como arma, ese término es una aserción, y en cuanto tal una mentira8.
En vez de aparecer en forma de falsas aserciones, las mentiras aparecen en forma de una realidad falsificada. Ejemplo: una vez que alguna acción aparece con el disfraz de “trabajo”, su tipo-de-acción se hace invisible; y a tal punto que ya no revela, ni siquiera al actor mismo, que ultimadamente está actuando. Por consiguiente el trabajador, aunque trabaje a conciencia, tiene la oportunidad de renunciar a la conciencia, con una conciencia limpia.
En vez de aparecer en forma de falsas aserciones, las mentiras aparecen en forma de cosas. En el ejemplo anterior, todavía es un hombre quien es activo, aunque malinterpreta su actuar por trabajar. Pero aún este mínimo puede desaparecer – esto, el triunfo supremo de la mentira, ya comenzó. Porque durante la última década la acción se ha retirado (a través de la acción humana, por supuesto) de la provincia humana, y habita otra región, aquella de las maquinas y los instrumentos. Estos han llegado a ser, por así decir, “acciones encarnadas” o “acciones reificadas”. Ejemplo: por el mero hecho de su existencia, la bomba atómica es un chantaje ininterrumpido –y que el chantaje deba ser clasificado como una acción, es algo, después de ser un palmario “aniquilismo”9. Puesto que la acción ha emigrado del hombre al trabajo y los productos, el examen de nuestra conciencia, hoy día, no puede conformarse a sí mismo con escuchar la voz de nuestro corazón. Es mucho más importante escuchar la muda voz de nuestros productos, para conocer sus principios y máximas –en otras palabras, la “emigración” debe de ser revertida y revocada. Por tanto, el imperativo de hoy día dice: ten y usa solamente aquellas cosas cuyas máximas inherentes puedan llegar a ser tus propias máximas y, por consiguiente, las máximas de una ley general.
La macabra supresión del oído
Si la escena de la acción y la escena del sufrimiento han sido separadas –si el sufrimiento no ocurre en el lugar del acto, si el actuar llega a ser activo sin efecto visible, si el sufrimiento se convierte en sufrimiento sin causa aparente–, entonces el odio desaparece, aunque en una forma totalmente engañosa.
La guerra atómica será peleada con menos odio que ninguna otra guerra anterior: el atacante y las víctimas no se odiarán recíprocamente, puesto que no se verán recíprocamente. No existe nada más macabro que esta desaparición del odio que, por supuesto, no tiene nada que ver con la paz o el amor. Es impresionante cuán raramente, y con qué poco odio, las víctimas de Hiroshima se refieren a quienes causaron sus sufrimientos. Esto, sin embargo, no significa que el odio no tendrá una parte en la próxima guerra: puesto que será organizado, sin duda. Para poder alimentar lo que una edad pervertida llama “moral”, objetos odiosos, identificables y visibles, serán exhibidos, y en casos de emergencia, inventados –“judíos” de todas clases. Puesto que el odio solamente puede florecer si los objetos odiados son visibles y están al alcance de la mano, será de la escena doméstica de donde se extraerán los chivos expiatorios. Puesto que los blancos de este odio artificialmente manufacturado, y los blancos de los ataques militares, serán totalmente diferentes, entonces la mentalidad guerrera llegará a ser realmente esquizofrénica.
He publicado estas palabras para evitar que lleguen a ser verdaderas. Sí no tenemos en la mente, tercamente, la gran probabilidad del desastre, y sí no actuamos consecuentemente, entonces seremos incapaces de encontrar una salida. No hay nada mas aterrorizador que estar en lo correcto. Y si algunos, paralizados por la lóbrega probabilidad de la catástrofe, ya han perdido el coraje, todavía tienen una oportunidad de probar su amor por el hombre, haciendo caso de la máxima cínica: “Sigamos trabajando como si tuviéramos derecho a esperar. Nuestra desesperación no nos concierne”.
* En febrero de 1959, en la Universidad Libre de Berlín, Günther Anders dirigió un seminario de dos días sobre “Las implicaciones morales de la Era Atómica”. Al terminar el seminario, los estudiantes solicitaron a Anders un pequeño texto que les pudiera servir de base para ulteriores discusiones. Así nacieron estas “Thesen zum Atomzeitalter”, que fueron publicadas en el Berliner Hefte, en 1960. Dos años más tarde, Anders redactaría otra versión de las tesis que serían publicadas en el libro Off Limits fir das Gewissen, recopilación de la correspondencia mantenida con el piloto norteamericano Claude Eatherly, quien comandó uno de los dos aviones que lanzó la bomba atómica en Hiroshima. El libro fue publicado en este mismo año en castellano por la Editorial Paidos, en Barcelona, con el título Más allá de los límites de la conciencia. Esta primera versión fue publicada primeramente en castellano en su número 2 de diciembre de 1975 por la revista de filosofía de la técnica, Prometeo. Cuadernos de Teoría de la Técnica, editada en San José de Costa Rica por el filósofo español, y exiliado republicano, Constantino Láscaris.
Notas
1  Se refiere al filósofo Karl Jaspers, quien había publicado un libro sobre la cuestión atómica, La bomba atómica y el porvenir del hombre, y al líder político conservador de la región de Baviera, Joseph Strauss.
2  Se refiere a las “Cortina de Acero” y al “Telón de Bambú”, límites fronterizos e ideológicos que separaron al mundo “occidental” y al “mundo “comunista” entre 1945 y 1991.
3  Esta fórmula ha sido tomada del libro de Robert Jungk, Die Zukunft hat schon begonnen.
4  La elaboración de esta categoría se encontrará en el libro del autor, Die Antiquier theit des Menschen [Lo anticuado del hombre].
5  Por eso no debe extrañar que nos sintamos intranquilos frente a esos cuadros normales, que son pintados según las reglas convencionales de la perspectiva. Aunque realistas en el sentido ordinario de la palabra, realmente son totalmente irrealistas, puesto que ignoran el ilimitado horizonte del mundo actual.
6  No es la “libertad del temor” de [Franklin Delano] Roosevelt por lo que luchamos, sino por la libertad para temer.
7  Se refiere a Konrad Adenauer, Canciller de la República Federal de Alemania entre 1969 y 1973.
8  Para una discusión de por qué la bomba atómica no puede ser clasificada como arma, véase el libro ya citado del autor, y también, del mismo: Der Mann auf der Brücke (Becken verlag, Munich, 1959) y Más allá de los límites de la conciencia (edición original: 1961). El argumento principal dice: una arma es un medio; los fines se definen porque se disuelven a su termino, y los términos se definen porque sobreviven a sus medios. Esto no puede ser aplicado a las armas atómicas, puesto que no existe ningún término que pudiera sobrevivir al uso de estas armas, ni ninguna finalidad que pudiera justificar medios tan absurdos.
9  Aún este clímax del nihilismo ya ha sido superado, por el principio de la bomba de neutronio, que diría: “Quien quiera que sea a quien destruimos, a nosotros nos da lo mismo. El mundo de los objetos, sin embargo, debe permanecer intocable. Los productos no deben matar a otros productos”. De hecho, esta es la perversión más radical de los principios morales que nunca ha existido.
Dr. Bloodmoney
Capítulo I
Philip K. Dick
I
Temprano en aquella brillante mañana dorada por el sol, Stuart McConchie barría la acera  frente  a  la  Modern  TV,  Ventas  y  Reparaciones,  escuchando  los  coches  que recorrían la avenida Shattuck y  las secretarias apresurándose sobre sus altos tacones hacia sus oficinas, todos los movimientos y delicados olores de una nueva semana, una nueva época en la que un buen vendedor podía hacer grandes cosas. Pensó en el bollo caliente y el café que se tomaría en su segundo desayuno, a las diez aproximadamente. Pensó en los clientes a los que había convencido para que volvieran a formalizar la venta, quizá todos ellos hoy, su talonario de ventas rebosante como aquella copa de la Biblia. Mientras barría, tarareaba una canción del nuevo álbum de Buddy Greco, y pensó en lo que sentiría uno sabiéndose famoso, un gran cantante conocido en todo el mundo y la gente pagando para verle en lugares tales como Harrah’s en Reno o los carísimos clubs de Las Vegas que no había visto nunca pero de los que había oído hablar muchas veces.
Tenía veintiséis años y a menudo conducía, ya tarde algunos viernes por la noche, por la autopista de diez carriles que va de Berkeley a Sacramento y a través de las Sierras hasta Reno, donde uno puede jugar y encontrar chicas; trabajaba para Jim Fergesson, el propietario de la Modern TV, a sueldo y  comisión, y como era un buen vendedor se ganaba bien la vida. Y de todos modos estaban en 1981 y los negocios no iban mal. Otro buen año que empezaba bien, con América haciéndose más grande y más fuerte y todo el mundo prosperando.
—Buenos días, Stuart. —Con una inclinación de cabeza, el señor Crody, un hombre de mediana edad, propietario de la joyería del otro lado de la avenida Shattuck, pasó por su lado camino de su pequeña tienda.
Todas las tiendas, las oficinas, estaban abriendo ya; eran las nueve pasadas, e incluso el doctor Stockstill, el psiquiatra y especialista en desórdenes psicosomáticos, apareció, llave en mano, para iniciar su bien pagado trabajo en el consultorio que tenía alquilado en el edificio de cristal que había edificado  con parte de sus excedentes financieros la compañía de seguros. El doctor Stockstill había estacionado su coche de importación en el aparcamiento; podía permitirse el lujo de pagar cinco dólares al día. Y entonces llegó su espectacular secretaria, alta y de bien torneadas piernas, pasándole una cabeza a su jefe. Y, si, mientras Stuart observaba, apoyado en el mango de su escoba, el furtivo primer loco del día estaba ya deslizándose con aire culpable hacia la consulta del psiquiatra.
Este es un mundo de locos, pensó Stuart, observando. Por eso los psiquiatras se llenan los bolsillos. Si yo tuviera que ir a un psiquiatra, entraría y saldría por la puerta de atrás. Nadie me vería para reírse de mí. Quizás algunos de ellos lo hagan, pensó; quizá Stockstill tenga una puerta de atrás.  Quizá para los más responsables, o mejor (se corrigió)  para  aquellos  que  no  quieren  darse  al  espectáculo;  quiero  decir  los  que simplemente tienen un problema, por ejemplo esos que se  preocupan por la acción policial en Cuba y que no están exactamente locos, sino tan sólo inquietos.
Y  él  mismo  se  sentía  inquieto,  ya  que  todavía  era  posible  que  lo  llamaran  a movilización  para  la  guerra  con  Cuba,  que  de  nuevo  se  había  estabilizado  en  las montañas, pese a las nuevas  y pequeñas bombas antipersonal que localizaban a los asquerosos mugrientos amarillos por muy hondo que se ocultaran. No le reprochaba nada al Presidente. No era culpa del Presidente el que los chinos hubieran decidido respetar su pacto. Era tan sólo que difícilmente regresaba uno a casa después de luchar contra los asquerosos mugrientos amarillos sin haber pillado una infección vírica hasta los huesos. Un combatiente veterano de treinta años regresaba con el aspecto de una momia reseca que  hubiera  sido  dejada  fuera  de  su  pirámide  durante  todo  un  siglo…  y  a  Stuart McConchie le costaba imaginarse a sí mismo vendiendo de nuevo televisores estéreo en esas condiciones, reemprendiendo su carrera de vendedor al detall.
—Buenos días, Stu —dijo una voz femenina, sobresaltándolo. La pequeña vendedora de la tienda  de dulces de Edy y sus oscuros ojos—. ¿Ya soñando tan pronto por la mañana? —Sonrió mientras pasaba por la acera a su lado.
—Infiernos, no —dijo él, barriendo de nuevo vigorosamente.
Al otro lado de la calle el furtivo paciente del doctor Stockstill, un hombre de aspecto sombrío, cabello y ojos negros, tez pálida, envuelto prietamente en un gran abrigo color noche profunda, hizo una pausa para encender un cigarrillo y mirar a su alrededor. Stuart vio las hundidas facciones, los ojos  intensos, y la boca, sobre todo la boca. Estaba crispada y sin embargo la carne colgaba blanda, como si la presión, la tensión hubiera roído allí desde hacía tiempo los dientes y la mandíbula; la  tensión era aun visible en aquel rostro infeliz, y Stuart desvió la mirada.
¿Es así como se ve?, pensó. ¿El estar loco? Corroído de ese modo, como devorado por… no sabía decir por qué. El tiempo o quizás el agua; algo lento pero que nunca se detenía.  Había  visto  aquel  mismo  deterioro  antes,  observando  el  ir  y  venir  de  los pacientes del psiquiatra, pero nunca tan profundo, nunca tan completo.
El teléfono sonó en el interior de la Modern TV, y Stuart se apresuró hacia allí. Cuando miró de nuevo  hacia la calle el hombre vestido de negro había desaparecido, y el día había recuperado de nuevo su  brillantez, su promesa y su aroma de belleza. Stuart se estremeció al tomar de nuevo su escoba.
Conozco a ese hombre, se dijo. He visto su foto o ha venido a la tienda. O es un cliente,  uno  antiguo,  quizás  incluso  un  amigo  de  Fergesson,  o  es  una  celebridad importante.
Pensativo, siguió barriendo.
******
El doctor Stockstill dijo a su nuevo paciente:
—¿Una taza de café? ¿Té, una cola? —Leyó la fichita que la señorita Purcell había dejado sobre su escritorio—. Señor Tree —dijo en voz alta—. ¿Ninguna relación con la famosa familia inglesa de literatos? Iris Tree, Max Beerbohnt…
Con voz dotada de un marcado acento, el señor Tree dijo:
—Este no es mi nombre auténtico, ¿sabe? —Parecía irritable e impaciente—. Se me ha ocurrido mientras hablaba con su empleada.
El doctor Stockstill miró interrogativamente a su paciente.
—Soy mundialmente famoso —dijo el señor Tree—. Estoy sorprendido de que usted no me reconozca; debe estar siempre recluido o algo así. —Pasó una temblorosa mano por sus largos cabellos negros—. Hay miles, quizá millones de personas en todo el mundo que me odian y que desearían destruirme. Así que naturalmente he de tomar medidas; me veo obligado a darle un nombre falso. —Carraspeó y chupó rápidamente su cigarrillo; sujetaba el cigarrillo al estilo europeo, con el extremo prendido envuelto en el cuenco de su mano, casi tocando la palma.
Oh Dios mío, pensó el doctor Stockstill. Reconozco a este hombre. Es Bruno Bluthgeld, el físico. Y está en lo cierto; hay un montón de personas tanto aquí como en el Este que desearían echarle la mano encima a causa de su error de cálculo allá por 1972. A causa de la terrible caída de partículas procedentes de aquella explosión a gran altitud que se suponía no iba a dañar a nadie; las cifras de Bluthgeld lo probaron por anticipado.
—¿Así que desea que sepa quién es usted? —preguntó el doctor Stockstill—. ¿O prefiere que lo  acepte simplemente como «el señor Tree»? A mí me es indiferente; cualquiera de las dos formas me sirve.
—Sigamos simplemente como hemos empezado —rechinó el señor Tree.
—De acuerdo —el doctor Stockstill se acomodó confortablemente y su pluma rasgueó sobre el papel de su bloc de notas—. Adelante.
—La imposibilidad de subir a un autobús normal, ya sabe, con quizás una docena de personas            desconocidas para uno, ¿significa algo? —el señor Tree le observó intensamente.
—Es posible —dijo Stockstill.
—Tengo la impresión de que todos me están mirando.
—¿Por alguna razón particular?
—Debido —dijo el señor Tree —a lo desfigurado de mi rostro.
Sin ningún  movimiento  aparente,  el  doctor  Stockstill  consiguió  levantar  la  vista  y escrutar a su paciente. Vio a un hombre de mediana edad, más bien gordo, de cabello negro, con una barba rala asomando su negrura sobre una piel anormalmente blanca. Vio círculos de fatiga y tensión bajo los ojos  del hombre, y la expresión de sus ojos, la desesperación. El físico tenía una piel enferma y necesitaba un corte de pelo, y todo su rostro reflejaba su preocupación interna… pero no había nada «desfigurado». Excepto el visible estado de tensión, era un rostro de lo más común; en medio de un grupo no hubiera despertado la menor atención.
—¿Ve usted las manchas? —dijo el señor Tree con voz ronca. Señaló sus mejillas, su mentón—. ¿Los horribles estigmas que me aíslan de todos los demás?
—No —dijo Stockstill, aceptando el riesgo y hablando francamente.
—Están aquí —dijo el señor Tree—. Están dentro de la piel, por supuesto. Pero la gente las ve, y me mira. No puedo tomar el autobús ni ir al restaurante ni al teatro; no puedo ir a la ópera de San Francisco ni al ballet ni a un concierto sinfónico ni siquiera a un club nocturno para ir a escuchar a uno de esos cantantes de folk; si consigo penetrar en uno  de  ellos,  debo  irme  casi  inmediatamente  a  causa  de  las  miradas.  Y  de  las observaciones.
—Cuénteme qué dicen.
El señor Tree permaneció en silencio.
—Como usted mismo ha dicho —dijo Stockstill—, es mundialmente famoso… ¿y no es natural que la gente murmure cuando algún personaje mundialmente famoso viene y se sienta cerca de ella? ¿No ha sido así durante años? Y su trabajo ha sido controvertido, como usted mismo ha    señalado…     hostilidad y tal vez            algunas observaciones desagradables. Pero alguien conocido…
—No es eso —interrumpió el señor Tree—. Espero eso; escribo artículos y aparezco en la televisión, y espero eso; lo sé. Pero esto… tiene que ver con mi vida privada. Mis más íntimos pensamientos. —Miró  fijamente a Stockstill y dijo—: Leen mis pensamientos y hablan de mi vida privada, de mis cosas personales, con todo detalle. Tienen acceso a mi cerebro.
Paranoia sensitiva, pensó Stockstill; así que por supuesto habría que realizar algunos tests…  el   Rorschach  en  particular.  Podía  tratarse  de  una  insidiosa  esquizofrenia avanzada; podían ser los estadios finales de un proceso congénito de enfermedad. O…
—Algunas personas pueden ver las manchas en mi rostro y leer mis pensamientos personales  más  claramente que otras —dijo el señor Tree—. He observado todo un espectro  de  habilidades…  algunos  apenas  se  dan  cuenta,  otros  parecen  tener  un instantáneo gestalt de mis diferencias, de mis estigmas. Por ejemplo, mientras avanzaba por la acera hacia su consulta, había un negro barriendo  al otro lado… ha dejado de trabajar y se ha concentrado en mí, pero naturalmente estaba demasiado  lejos para burlarse de mí. De todos modos, ha visto. Es típico de las personas de clase baja. Lo he observado. En mayor proporción que la gente educada o culta.
—Me pregunto por qué ocurre esto —dijo Stockstill, tomando notas.
—Presumiblemente  lo  sabría  si  fuera  usted  competente.  La  mujer  que  me  lo recomendó me dijo que era usted excepcionalmente capaz. —El señor Tree se le quedó mirando, como si no viera en absoluto ninguna señal de capacidad.
—Creo  que  será  mejor  que  me  proporcione  algunos  datos  sobre  usted  —dijo Stockstill—. Veo que ha sido Bonny Keller quien le recomendó que acudiera a mí. ¿Cómo está Bonny? No la he visto  desde  el pasado abril o así… ¿ha abandonado su marido aquel trabajo en el parvulario rural como decía?
—No he venido aquí para hablar de George y Bonny Keller —dijo el señor Tree—. Me siento terriblemente apremiado, doctor. En cualquier momento pueden decidir completar su obra de destrucción conmigo; hace tiempo que me acosan que… —Cambió de tema—. Bonny cree que estoy enfermo, y siento un gran respeto hacia ella. —Su tono era bajo, casi inaudible—. Así que me he dicho ve allí, al menos una vez.
—¿Siguen viviendo los Keller en West Marin? El señor Tree asintió.
—Tengo una casa de verano allí —dijo Stockstill—. Soy un apasionado de la vela; voy a la bahía  Tomales cada vez que puedo. ¿Ha intentado usted practicar alguna vez la vela?
—No.
—Dígame dónde nació y cuándo.
—En Budapest, en el 1934 —dijo el señor Tree.
El doctor Stockstill, con un hábil interrogatorio, empezó a obtener con detalle la historia de la vida de  su  paciente, hecho por hecho. Era esencial para lo que tenía que hacer: primero diagnóstico y luego, si  era posible, tratamiento. Análisis y luego terapia. Un hombre conocido por todo el mundo que sufría  alucinaciones de que los extraños lo miraban… ¿cómo, en un caso así, podía separarse la realidad  de  la fantasía? ¿Qué referencias tomar para distinguir la una de la otra?
Seria tan fácil, pensó Stockstill, diagnosticar allí un caso patológico. Tan fácil… y tan tentador. Un hombre tan odiado… Yo mismo comparto su opinión, se dijo, la de aquellos de quienes me está hablando Bluthgeld… o más bien Tree. Después de todo, yo también formo  parte  de  la  sociedad,  parte  de  la  civilización  amenazada  por  los  grandiosos, extravagantes errores de cálculo de este hombre. Podría ocurrir, quizás algún día ocurra, que fueran mis hijos quienes sufrieran las quemaduras porque este hombre haya tenido la arrogancia de asumir que él no podía equivocarse.
Pero aún había algo más. En su tiempo,  Stockstill había observado una cualidad retorcida en aquel hombre; lo había observado mientras era entrevistado por la televisión, lo  había  escuchado  hablar,  había  leído  sus  fantásticos  discursos  anticomunistas…  y llegado a la tentadora conclusión de que Bluthgeld sentía un profundo odio hacia la gente, lo suficientemente profundo y penetrante como para empujarle, a alguno de sus niveles inconscientes, a cometer un error, a desear poner en peligro la vida de millones de seres.
No era  de  extrañar  que  el  director  del  FBI,  Richard  Nixon,  hubiera  hablado  tan vigorosamente acerca de «los militantes anticomunistas aficionados en los altos círculos científicos». Nixon también se había alarmado mucho antes del trágico error de 1972. Los elementos        paranoicos,    con      las            ilusiones         no        sólo     mesiánicas     sino     también megalomaníacas, habían sido  palpables; Nixon, un experto conocedor de hombres, los había observado, y con él muchas otras personas.
Y evidentemente habían estado en lo cierto.
—Vine a América —estaba diciendo el señor Tree— a fin de escapar de los agentes comunistas que deseaban asesinarme. Estaban detrás de mí… como lo estaban también los nazis, por supuesto. Todos estaban detrás de mí.
Entiendo —dijo Stockstill, sin dejar de escribir.
Todavía  lo  están,  pero  en  última  instancia  van  a  fracasar  —dijo  el  señor  Tree roncamente, encendiendo un nuevo cigarrillo—. Porque tengo a Dios de mi lado; ve mis necesidades, y a menudo me ha hablado, dándome la sabiduría necesaria para sobrevivir a mis perseguidores. Actualmente estoy trabajando en un nuevo proyecto, en Livermore; los resultados van a ser definitivos en lo que concierne a nuestro enemigo.
******
Nuestro enemigo, pensó Stockstill. ¿Quién es nuestro enemigo… sino usted mismo, señor  Tree?  ¿No  es  usted  quien  está  sentado  aquí,  derramándome  sus  ilusiones paranoides? ¿Cómo consiguió  alguna vez ocupar el alto puesto que llegó a ocupar?
¿Quién es el responsable de haberle dado a usted poder sobre la vida de los demás… y de haber permitido que siguiera conservando ese poder incluso después del fracaso de
1972? Usted —y ellos— son seguramente nuestros enemigos.
Todos nuestros temores sobre usted resultan confirmados; está usted trastornado, su presencia aquí lo prueba. ¿Lo prueba? pensó Stockstill. No, no lo prueba, y quizá deba retirarme; quizá no sea ético que intente ocuparme de usted. Considerando cuales son mis sentimientos… no sabría tomar una posición imparcial, desinteresada, con respecto a usted; no puedo permanecer genuinamente científico, y consecuentemente mi diagnóstico podría demostrarse erróneo.
—¿Por qué me está mirando usted así? —estaba diciendo el señor Tree.
—¿Perdón? —murmuró Stockstill.
—¿Se siente usted repelido por mis desfiguraciones? —dijo el señor Tree.
—No… no —dijo Stockstill—. No es eso.
—¿Mis pensamientos, entonces? ¿Está usted leyéndolos y su carácter repugnante hace que desee que no hubiera entrado en su consulta? —Poniéndose en pie, el señor Tree se dirigió bruscamente hacia la puerta—. Buenos días.
—Espere —Stockstill le siguió—. Terminemos al menos los datos biográficos; apenas hemos empezado.
—Tengo confianza en Bonny Keller —dijo el señor Tree tras una pausa, mirándole fijamente—;  conozco sus opiniones políticas… no forma parte de la conspiración de la internacional  comunista  que  intenta  matarme  a  la  primera  oportunidad.  —Volvió  a sentarse, algo más tranquilo ahora. Pero su postura era de alerta; no se iba a permitir el relajarse ni un instante en presencia de Stockstill, se dio  cuenta el psiquiatra. No se abriría, no se revelaría sinceramente tal como era. Continuaría mostrándose suspicaz… y quizá no estuviera equivocado, pensó Stockstill.
Mientras estacionaba su coche, Jim Fergesson, el propietario de la Modern TV, vio a su vendedor Stuart McConchie apoyado en su escoba frente a la tienda, no barriendo sino simplemente montando  castillos en el aire o cualquier otra cosa semejante. Siguió la mirada de McConchie, y constató que el  vendedor no estaba gozando de la vista de alguna chica que pasaba o de algún coche de modelo raro —a Stu le gustaban las chicas y  los  coches,  y  era  normal—  sino  que  observaba  en  dirección  a  los  pacientes  que entraban en la consulta del doctor al otro lado de la calle. Aquello no era normal. ¿Qué interés podía tener McConchie en aquello?
—Mira —dijo Fergesson mientras andaba rápidamente hacia la entrada de su tienda—, deja esto; algún día quizá seas tú el enfermo, y entonces ¿te gustaría que algún estúpido se te quedara mirando así mientras tú acudes a pedirle ayuda al médico?
—Hey —respondió Stuart, girando la cabeza—, tan sólo estaba mirando a un tipo importante que acaba de entrar y que no consigo acordarme de quién es.
—Sólo un neurótico espía a los otros neuróticos —dijo Fergesson, y penetró en la tienda, abriendo la caja registradora y llenándola de cambio para el día.
De cualquier  modo,  pensó  Fergesson,  espera  a  ver  a  quien  he  contratado  como reparador de televisión; entonces vas a tener realmente a quien mirar.
Escucha, McConchie —dijo Fergesson—. ¿Sabes ese chico sin brazos ni piernas que va en ese carrito? ¿Ese focomelo que tiene tan sólo diminutos muñones como aletas de foca porque su madre tomó aquella droga en los años sesenta? ¿Ese que siempre está merodeando por aquí porque desea ser reparador de televisión?
Stuart, sujetando su escoba, dijo:
—Lo ha contratado.
—Ajá. Ayer, mientras tú estabas fuera, vendiendo. Tras una pausa, McConchie dijo:
—Es malo para el negocio.
—¿Por qué? Nadie lo verá; va a estar abajo, en el departamento de reparaciones. Y de todos modos hay que darles trabajo a esa clase de personas; no es culpa suya que no tenga ni brazos ni piernas, es culpa de esos alemanes.
Tras otra pausa, Stuart McConchie dijo:
—Primero me contrata usted a mí, a un negro, y ahora a un foco. No soy nadie para decirlo, señor Fergesson, pero creo que está intentando organizarla.
Sintiendo la erupción de la rabia, Fergesson dijo:
—Yo no intento nada, yo hago; no monto castillos en el aire, como tú. Soy un hombre que toma sus decisiones y actúa. —Fue a abrir la caja fuerte—. Su nombre es Hoppy. Vendrá esta mañana. Tendrías que verle manejar el material con sus manos electrónicas; es una maravilla de la ciencia moderna.
—Ya lo he visto —dijo Stuart.
—Y te molesta. Stuart hizo un gesto.
—Es… antinatural.
Fergesson se le quedó mirando.
—Escucha, no digas nada en esos términos al chico; si te pillo a ti o a cualquier otro de los vendedores o a quien sea que trabaje para mí…
—De acuerdo —murmuró Stuart.
—Estás aburrido —dijo Fergesson—, y el aburrimiento es una consecuencia de que no te empleas a fondo; holgazaneas, y en horas de trabajo. Si trabajaras duro no tendrías tiempo de apoyarte en esa escoba y burlarte a espaldas de la pobre gente que va a ver al doctor. Te prohíbo desde ahora que  estés  fuera, en la acera; si te descubro allí te despido.
—Oh, Cristo, ¿cómo se supone entonces que iré a los sitios y a comer? ¿Y cómo entraré en la tienda, en primer lugar? ¿A través de la pared?
—Puedes ir y venir —decidió Fergesson—, pero no haraganear. Con una dolida mirada, Stuart McConchie protestó:
—¡Oh, mierda!
Fergesson ya no prestaba atención a su vendedor; estaba preparando los expositores y los carteles publicitarios para la jornada.

 

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