La fábrica de sueños – Ilya Ehrenburg

La fábrica de sueños – Ilya Ehrenburg

Estado: nuevo.

Editorial: Melusina.

Precio: $200.

Esta nueva edición rescata un texto en el que se narra la génesis de una de las industrias más revolucionarias de nuestro tiempo. Se trata de un glosa mordaz y muy divertida sobre el mundo del cine que no gustó a las autoridades soviéticas al considerar que no era lo suficientemente «socialista» y, sin duda alguna, tampoco debió de ser del agrado de los magnates capitalistas retratados sin ningún pudor en sus páginas: Adolph Zuckor, Samuel Goldwyn, Alfred Hugenberg, George Eastman y tantos otros.
La vigencia de un texto escrito hace tanto tiempo quizás se explique porque Ehrenburg extrajo las conclusiones correctas: en la fábrica de sueños se imbrican tanto intereses económicos como estrategias políticas, aunque no hay que olvidar un tercer factor crucial: el cine y no la religión, tal y como apunta Ehrenburg, es el verdadero «opio de las masas»,. Estos factores obedecen a una biopolítica dirigida a movilizar, instrumentalizar y neutralizar las nuevas sociedades de masas. Es éste un análisis sin duda trasladable a toda la ingente industria visual y a la del ocio electrónico contemporáneo en general. En La fábrica de sueñossimplemente descubrimos los engranajes esenciales de una máquina panóptica que en ese momento todavía está en pañales pero que -tantos son los intereses en juego- no tardará mucho en adquirir la mayoría de edad.
Pasen y vean…
Ilya Ehrenburg: Kiev, Ucrania (1891)- Moscú, URSS (1967). Vivió una vida fascinante no exenta de polémicas. Poeta y propagandista soviético, Vladimir Nabokov dijo en una ocasión de él que no existía como escritor, pues era «periodista. Siempre fue un corrupto.» Escritor y cronista lúcido de su tiempo, le tocó vivir una de las épocas más descarnadas de todos los tiempos -el grueso del siglo xx- con sus incompresibles y letales guerras mundiales, el genocidio judío y el auge de los totalitarismos, en particular, el que construyeron los bolcheviques sobre las ascuas de la Rusia de los zares.
Amigo de Bujarin, con quien colaboró en actividades subversivas en 1905, emigró a una temprana edad a París y trabó amistad con Picasso, Apollinaire y Ferdinand Léger. Trabajó como corresponsal en el frente durante la Gran Guerra y luego regresó a Rusia, pero volvió a partir en 1921, esta vez hacia Berlín. Cuando estalló nuestra guerra civil, Ehrenburg no dudó en acudir tras la noticia y trabó amistad con Buenaventura Durruti. Durante la segunda guerra mundial, publicó una serie de artículos incendiarios sobre los soldados alemanes en la revista Estrella Roja que avivaron la ferocidad del Ejército Rojo en su conquista del III Reich. Entre 1943 y 1946, trabajó junto con Vasili Grossman en el Comité antifascista judío. Éste fue el origen del Libro negro, obra de ambos, en el que se documenta el exterminio judío en Europa oriental; el libro no fue publicado hasta 1970 y no en Moscú sino en Jerusalén.
Al finalizar la guerra, Ehrenburg se convirtió en una personalidad destacada del régimen soviético. Tras la muerte de Stalin, escribió la novela El deshielo (1954), título generado por el proceso de «desestalinización» que se activó en la Unión Soviética.
Una idea de Zukor
Ilya Ehrenburg
Cuesta más un metro cuadrado en Broadway que una amplia hacienda situada en cualquiera de los estados más remotos del país. De hecho, se trata del suelo más caro de todo el mundo. Y en ese suelo más caro se alza el más caro de los templos. Para poder admirarlo en toda su envergadura, uno tiene que echar la cabeza hacia atrás. Así miraban antes los hombres a los dioses y las estrellas. La altura del templo de marras alcanza los ciento treinta metros. Lo corona una inmensa cúpula de cristal. En las noches, la cúpula emite  señales de aviso a los aviones. De día, colma de orgullo los corazones de los transeúntes. La construcción de este templo costó la friolera de dieciséis millones de dólares. Cuenta con treinta y seis plantas. Y doce ascensores que discurren sin parar. Cuatro gigantescos relojes miran hacia otros tantos puntos del orbe. Son los encargados de mostrar la hora a Nueva York. El portal por el que se accede al templo supera en altura a los portales de todos los templos. Es mayor que sus similares de Nuestra Señora de París o la Catedral de San Pedro, en Roma. Adentro, pulula una muchedumbre de ajetreados empleados de uniforme. Adentro hay mármol, bronce y lienzos antiguos. Adentro, miles de máquinas de escribir Underwood entonan febril canto y hay arpas que despiden tiernas melodías. Un malintencionado europeo podría pensar que ha entrado a la bolsa o a algún banco. Por algo es un europeo malintencionado. Mas no. Se trata, en efecto, de un templo, del sagrario de un nuevo culto, y está dedicado a su incansable apóstol, el gran Paramount, conocido en el mundo entero como Adolph Zukor.
El templo es espacioso y son muchos los negociados que acoge. Abajo, hay jóvenes anémicas que lloran las desgraciadas cuitas de dos enamorados. En la vigésimo cuarta planta, sofocados contables suman números de siete cifras. En el silencio de las cámaras más recónditas, hay leves sombras que lloran sobre sus literas: se trata de una clínica en la que reposan los empleados exhaustos. Y, por fin, en el más espacioso de todos los despachos, al que se accede a través de colosales puertas, mister Adolph Zukor ejercita su rara inteligencia cuatro días a la semana.
En tanto norteamericano, Zukor respeta la paz de los domingos; en tanto judío, observa el descanso sabatino. Por consiguiente, su descanso comienza los viernes. Descansa tres días. Trabaja cuatro. Hoy es martes, de manera que Zukor ha venido a trabajar. En este instante, repasa un montón de papeles. No hay espías en su despacho, así que Zukor no sonríe. Torcidos sus labios en un gesto de impaciencia, no se parece ahora su rostro al que reproduce su retrato, impreso en cien mil ejemplares. Si sonríe en presencia de testigos, lo hace para dar testimonio de su buen corazón y su firmeza como hombre de negocios. Ahora, en cambio, se muestra sombrío. Los hermanos Warner le han tomado la delantera. Zukor no creyó al principio en el cine sonoro. Y los hermanos Warner se tomaron en serio la patente de la Western Electric. Rodaron la película El cantante de jazz. Habían estado al borde de la bancarrota. Fueron una pequeña empresa que Zukor pudo haber comprado sin el menor esfuerzo. Pero ahora estaban comenzando a erguirse hasta alcanzar a la Paramount. Controlaban el First National. Están comprando cines a montones. ¡Y todo gracias a una sola película! Una, por cierto, bastante simplona: la historia de un niño judío a quien le destinan la carrera de rabino, pero que se resiste a ello porque, vaya usted qué cosa, quiere ser artista…
Adolph Zukor se hunde un instante en sus propias ensoñaciones. Ya no repasa los folios llenos de cifras, esos trofeos que se han llevado los hermanos Warner. Ante su mirada perdida pasan un pesado candelabro, los enrevesados rollos del Talmud y la enjuta y seca mano del rabino.
No se trata del guión de alguna nueva película: son sus recuerdos. Todo hombre tiene el derecho a recordar su niñez. Incluso alguien tan ocupado como mister Zukor y que no nació precisamente bajo una cúpula de cristal. Lo hizo, por el contrario, en la pequeña ciudad de Ricse, en Hungría, entre judíos devotos y gansos chillones, rodeado de campos empobrecidos y preceptos divinos. Entonces, aún no existían esas mágicas cintas de celuloide que proporcionan a los hombres esperanzas y réditos. Aquellos devotos judíos vivían entonces, según las costumbres legadas por sus ancestros. El tío del pequeño Adolph, el señor Liebermann, ocupaba un cargo principalísimo: era la máxima autoridad en la sinagoga. Y era su deseo que su sobrino inculcara esperanzas en la gente, es decir, quería que se convirtiera en rabino titular. Así, sentaron a Adolph a estudiar el Talmud. Estudió qué carnes le está permitido ingerir a un buen judío y cuándo le está permitido ayuntarse con su legítima esposa. Reflexionó acerca de los pecaminosos paganos y el Jehová vengador. En torno a él alborotaban los húngaros. Bebían vodka de ciruelas, entonaban tristes baladas y ensartaban a pesados cerdos. Adolph se repetía una y otra vez unas palabras llenas de sabiduría: «El viento vuela hacia el sur y se vuelve hacia el norte, gira y gira mientras avanza y regresa el viento a entretenerse en sus giros». La escasa llama de un cirio amenaza con apagarse. Al otro lado de la ventana, graznaban los gansos.
Hacía mucho, mucho tiempo de todo aquello. Cuarenta años enteros. Por aquel entonces, Adolph Zukor tenía rollizos mofletes y hermosos rizos que lo dotaban de un aire soñador. No obstante, no vale la pena dedicar tanto rato al pasado. Zukor está demasiado ocupado como para permitírselo. En sus ratos de ocio, se entretiene jugando a cartas, golpeando una pelota con una raqueta o jugando al golf. Ahora está trabajando. El éxito de la Warner Bros. es algo provisional. ¡Jamás podrán con la Paramount! ¡Manos a la obra, pues! En Inglaterra, tenemos el Plaza y el Carlton, en Londres, el Royal, en Manchester, y las salas Futurist y Scala, en Birmingham… «Sam Katz, nuestro representante en Inglaterra, informa sobre la disponibilidad de otras seis salas de cine en las afueras de Londres. Catorce mil lunetas…»
Bajo la cúpula de vidrio, el trabajo prosigue sin cesar.
Otros libros relacionados:
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Glauber Rocha: del hambre al sueño. Obra, política y pensamiento – Glauber Rocha (edición trilingüe: español-inglés-portugues)
Woody Allen. La biografía – Eric Lax
Historia de mi vida – Charles Chaplin
La liebre de la Patagonia – Claude Lanzmann
Cassavetes por Cassavetes – Ray Carney (ed.)
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ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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