Monstruos invisibles – Chuck Palahniuk

Monstruos invisibles – Chuck Palahniuk

Estado: nuevo.

Editorial: DEBOLSILLO.

Precio: $160.

Shannon parece tenerlo todo en la vida hasta que un «accidente» la deja completamente desfigurada e incapaz de hablar…
Shannon parece tenerlo todo en la vida: belleza, fama, un novio, una gran amiga… pero cuando un «accidente» la deja completamente desfigurada e incapaz de hablar, pasa de ser un hermoso centro de atracción a convertirse en un monstruo invisible, tan horrible que nadie parece percatarse de su existencia. Nadie, salvo Brandy Alexander, un transexual a quien conoce en el hospital y que le ofrece la oportunidad de encontrar su nuevo destino, a partir de olvidar su pasado y constru irse infinitos y simultáneos presentes. Así, tras secuestrar a Manus, su actual ex novio, partirán en una carrera desenfrenada que solo puede conducirlos hacia su aniquilación. Monstruos invisibles es una road movie alucinada cuyos protagonistas se lanzan en una aventura contra la imposición social de la belleza. Palahniuk, dueño de un universo muy personal, sacude y agita nuestras mentes de un modo brutal.
Monstruos invisibles
Chuck Palahniuk
Capítulo 1
Se supone que estáis en una de esas magníficas bodas de West Hills, en una enorme mansión llena de flores y champiñones rellenos. Esto es lo que se llama la puesta en escena: dónde está todo el mundo, quién está vivo y quién está muerto. Es el momento de la gran recepción de Evie Cottrell, en el día de su boda. Evie está de pie en mitad de las imponentes escaleras del vestíbulo de la mansión, desnuda bajo lo poco que queda de su traje de novia, con la escopeta en la mano.
Yo estoy al pie de la escalera, pero solo físicamente. Mi cabeza está no sé dónde.
De momento nadie ha muerto del todo, pero digamos que el reloj marca los segundos.
No es que ninguno de los personajes de este extraordinario drama sea un ser vivo y real. Para saber qué aspecto tiene Evie Cottrell basta con mirar algún anuncio televisivo de champú orgánico, solo que en este momento el traje de novia de Evie está quemado justo hasta los aros de la falda que orbitan alrededor de sus caderas y hasta los pequeños esqueletos de alambre de las flores de seda que llevaba en el pelo. Y el pelo rubio de Evie, cardado bien alto y como un arco iris en todos los tonos de rubio, bien fijado con laca, pues bien, el pelo de Evie también está quemado.
El único personaje aparte de nosotras es Brandy Alexander, que está tendida al pie de la escalera tras recibir un disparo, desangrándose.
Me llama la atención que el líquido rojo que fluye a borbotones por el orificio de la bala parece no tanto sangre como una herramienta sociopolítica. Eso de estar clonado a partir de los anuncios de champú también vale para Brandy Alexander y para mí. Matar a alguien de un tiro en esta habitación podría ser el equivalente moral de matar un coche, o una aspiradora o una muñeca Barbie. De borrar un disco duro. De quemar un libro. Es probable que esto sea lo mismo que matar a cualquier persona. Todos somos productos semejantes.
A Brandy Alexander, la reina suprema de las chicas de fiesta de la alta sociedad, con su talle esbelto como el bambú, se le salen las tripas por un orificio de bala a través de su increíble traje de chaqueta. El traje es de Bob Mackie, blanco, y Brandy lo compró en Seattle, con una falda recta muy ajustada que le oprime el culo formando un corazón perfecto. No os podéis imaginar lo que cuesta el traje en cuestión. El margen de beneficios es del tropecientos por cien. La falda es muy corta; las solapas y las hombreras son muy grandes. El corte de la fila de botones es simétrico, a excepción del agujero por el que sale la sangre.
Evie empieza a sollozar, en mitad de la escalera. Evie, el virus mortal del momento. Esta es nuestra clave para descubrir a la pobre Evie, a la pobre y triste Evie, despeinada, vestida de cenizas y embutida en el miriñaque de su falda quemada. Poco después suelta la escopeta. Con lacara sucia hundida entre las manos sucias, Evie se sienta y empieza a gemir, como si el llanto lo solucionara todo. La escopeta, cargada, del calibre treinta y algo, cae rebotando escaleras abajo y se desliza hasta el centro del suelo del vestíbulo, girando, apuntándome a mí, apuntando a Brandy, apuntando a Evie, que llora.
No creáis que soy un producto de laboratorio condicionado para no responder a la violencia, pero mi primer impulso es frotar las manchas de sangre con sosa.
He pasado la mayor parte de mi vida adulta posando a cambio de un fajo de billetes por hora, luciendo ropa y zapatos, bien peinada delante de un fotógrafo de moda que me dice lo que debo sentir.
El fotógrafo grita: Dame placer, cariño.
Flash.
Dame maldad.
Flash.
Dame desapego y hastío existencial.
Flash.
Dame intelectualidad rampante, como mecanismo compensatorio.
Flash.
Puede que sea la impresión de ver que mi peor enemiga se carga de un tiro a mi segunda peor enemiga. Bum, y todo el mundo sale ganando. Eso y el hecho de que a fuerza de tratar con Brandy he desarrollado un increíble talento dramático.
Parece que estoy llorando cuando me pongo un pañuelo por debajo del velo para respirar a través de él. Para filtrar el aire porque apenas se puede respirar a causa del humo, porque la enorme mansión de Evie se está quemando.
Yo, arrodillada junto a Brandy, podría llevarme las manos a cualquier parte del vestido y encontrar Darvon y Dolantina y dextropropoxifeno. Esa es la clave para entenderme. Mi vestido es una imitación de saldo de la Sábana Santa de Turín, principalmente marrón y blanca, drapeado y cortado de manera que los brillantes botones rojos oculten los estigmas. Además, llevo metros y metros de velo de organdí blanco en la cabeza, adornado con estrellitas de cristal austríaco talladas a mano. La verdad es que no os podéis imaginar la pinta que tengo, pero esa es más o menos la idea. Mi aspecto es elegante y sacrílego, y me hace sentir santa e inmoral.
Alta costura, cada vez más alta.
El fuego avanza centímetro a centímetro por el papel pintado del vestíbulo. Soy yo quien ha prendido fuego, para realzar la escenografía. Los efectos especiales pueden hacer maravillas a la hora de intensificar un estado de ánimo, y esto para nada se parece a una casa de verdad. Lo que está ardiendo es una recreación de una casa de época diseñada a partir de una copia de una copia de una copia de la maqueta de una mansión estilo Tudor. Cien generaciones la separan de cualquier cosa original, pero ¿no es cierto que a todos nos ocurre lo mismo?
Justo antes de que Evie baje las escaleras gritando y dispare a Brandy Alexander, yo derramo varios litros de Chanel Número Cinco, lo prendo con una invitación de boda. . . y bum, estoy reciclando.
Tiene gracia pensar que hasta el más trágico de los incendios no es más que una reacción química. La quema de Juana de Arco.
La escopeta, que, sigue girando en el suelo, me apunta, apunta a Brandy.
Otra cosa es que, por mucho que creas que quieres a alguien, te echas atrás cuando el charco de su sangre se acerca demasiado.
Al margen de todo este drama, hace un día espléndido. Hace un día agradable y soleado, y la puerta principal está abierta al porche y al jardín. El fuego del piso de arriba transporta hasta el vestíbulo el olor tibio de la hierba recién cortada, y se oye a los invitados que están fuera. Los invitados se llevaron lo que quisieron, el cristal y la plata, y salieron al jardín para esperar la llegada de los bomberos y la ambulancia.
Brandy abre una de sus manos cubiertas de anillos y se palpa el agujero, derramando su sangre sobre el suelo de mármol.
Brandy dice:
—Mierda. Yano podré cambiar el traje.
Evie se descubre el rostro, embadurnado de hollín, de mocos y de lágrimas, y grita:
—¡Odio esta vida tan aburrida!
Evie le chilla a Brandy Alexander:
—¡Resérvame una mesa junto a la ventana en el infierno!
Las lágrimas trazan limpias líneas en las mejillas de Evie, que grita:
—¡Amiga! ¡Tienes que contestarme a gritos!
Como si la situación no tuviese suficiente dramatismo, Brandy levanta la vista y me vearrodillada junto a ella. Con los ojos de color berenjena dilatados como flores, dice:
—¿Se va a morir Brandy Alexander?
Evie, Brandy y yo; todo se reduce a una lucha de poder para ver quién chupa más cámara. Todas queremos ser yo, yo, yo la primera. La asesina, la víctima, la testigo, todas pensamos que nuestro papel es el protagonista.
Tal vez esto sea aplicable a cualquiera.
Todo es espejo, espejo en la pared, pues la belleza es poder como el dinero es poder y un arma es poder.
Además, cuando veo en el periódico la foto de una chica de veintitantos años raptada, sodomizada, atracada y finalmente asesinada, que aparece en portada, joven y sonriente, en lugar de pensar que se trata de un crimen atroz, mi primera reacción es: uau, estaría buenísima si no tuviera esa narizota. Mi segunda reacción es: me gustaría tener a mano una pistola para pegarme un par de tiros en el caso de que me secuestrasen y me sodomizasen hasta matarme. Mi tercera reacción es: bueno, al menos esto pone fin a la competición.
Por si ello no bastase, el vaporizador que uso es una suspensión de fragmentos fetales inertes diluidos en aceite mineral hidrogenado. Lo cierto es que, honestamente, mi vida entera gira entorno a mi persona.
Eso a menos que la cámara esté rodando y algún fotógrafo gritando: Dame empatía.
Y luego salta el flash de la estroboscópica.
Dame simpatía.
Flash.
Dame una franqueza brutal.
Flash.
—No me dejes morir aquí en el suelo —dice Brandy. Y se aferra a mí con sus manos enormes—.Mi pelo —dice—, se me está aplastando por detrás.
Lo cierto es que sé que Brandy está a punto de morir, pero no consigo meterme en la escena.
Evie solloza cada vez más fuerte. Para colmo, las sirenas de los bomberos terminan por convertirme en la reina de Villa Migraña.
La escopeta sigue girando en el suelo, aunque cada vez más despacio.
Brandy dice:
—Esta no es la vida que Brandy Alexander quería. En primer lugar, se supone que es famosa. Se supone que sale por televisión en el intermedio de la Super Bowl bebiendo una Coca-Cola light y desnuda, moviéndose a cámara lenta antes de morir.
La escopeta deja de girar y no apunta a nadie.
Al oír los sollozos de Evie, Brandy grita:
—¡Cállate!
—¡Cállate tú! —responde Evie, también a gritos. A su espalda, el fuego va devorando la alfombra de las escaleras.
Se oye el ulular de las sirenas por todo West Hills. La gente se abre camino a empujones para llamar a los servicios de emergencia y convertirse en el gran héroe. Nadie parece estar preparado para la llegada del equipo de televisión, que está prevista en cualquier momento.
—Es tu última oportunidad, cariño —dice Brandy, mientras su sangre se extiende por todas partes. Y añade—: ¿Me quieres?
Cuando la gente hace preguntas como esta es cuando pierdes cámara.
Así es como te atrapan para que realices tu mejor interpretación secundaria.
Aún mayor que el hecho de que la casa esté en llamas es mi enorme expectación, porque tengo que decir las tres palabras más manidas de cualquier guión. Esas palabras me hacen sentir queme estoy acusando gravemente a mí misma. No son más que palabras. Inútiles. Vocabulario. Diálogo.
—Dime una cosa —dice Brandy—. ¿De verdad? ¿De verdad me quieres?
Así de histriónicamente es como Brandy ha interpretado su papel toda la vida. El teatro de Brandy Alexander funciona en directo y sin interrupción, aunque pierde vida por momentos.
Tomo la mano de Brandy en la mía, por cuestiones escénicas. Es un gesto bonito, pero me asusta la amenaza de los agentes patógenos que pueda haber en la sangre, y luego, bum, el techo del comedor se desploma, saltan chispas y brasas hacia nosotras desde la puerta del comedor.
—Aunque no puedas amarme, cuéntame mi vida —dice Brandy—. Una chica no puede morir sin ver pasar la vida ante sus ojos.
Prácticamente nadie consigue satisfacer sus necesidades emocionales.
Y entonces el fuego devora la alfombra de la escalera hasta el culo desnudo de Evie, y Evie grita y baja torpemente los escalones encaramada sobre sus zapatos blancos de tacón alto, completamente quemados. Desnuda y despeinada, cubierta con un miriñaque y llena de ceniza, Evie Cottrell sale corriendo por la puerta principal en busca de mayor audiencia, de los invitados que asisten a su boda, del cristal, de la plata y de los coches de bomberos. Así es el mundo en que vivimos. Las condiciones cambian, y nosotros mutamos.
De manera, claro está, que el eje de todo será Brandy, presentada por mí, con apariciones esporádicas de Evelyn Cottrell y el mortal virus del sida. Brandy, Brandy, Brandy. La pobre Brandy, tendida boca arriba, toca el agujero por el que la vida se le escapa y cae sobre el suelo de mármol, diciendo:
—Por favor, cuéntame mi vida. Dime cómo hemos llegado hasta aquí.
Y aquí estoy yo, tragando humo solo para documentar este momento de Brandy Alexander.
Dame atención.
Flash.
Dame adoración.
Flash.
Dame un respiro.
Flash.
13 consejo para escribir
 Chuck Palahniuk
Hace veinte años, una amiga y yo caminábamos por el centro de Pórtland en navidad. Los grandes almacenes: Meier an dFrank… Fredrick and Nelson… Nordstroms… sus enormes escaparates mostraban cada uno una bonita y sencilla escena: un maniquí vistiendo ropa o una botella de perfume sobre nieve falsa. Pero el escaparate de J.J. Newberry’s, maldita sea, estaba atestado de muñecas y oropeles y espátulas y destornilladores y almohadas, aspiradoras, perchas de plástico, jerbos, flores artificiales, golosinas – ya pillas el punto. Cada uno de los cientos de objetos tenía marcado su precio con un círculo de desteñida cartulina roja. Y, al pasar, mi amiga, Laurie, echó un buen vistazo y dijo, “Su filosofía de escaparatismo debe de ser: Si el escaparate no parece estar del todo bien, ponle más cosas”
Ella hizo el comentario perfecto en el momento perfecto, y lo recuerdo dos decadas después porque me hizo reír. Aquellos otros preciosos escaparates… Estoy seguro que tenían mucho gusto y estilo, pero no tengo memoria real de cómo eran.
Para este trabajo (….) mi meta es poner más. Poner juntos una especie de escaparate de navidad de ideas, con la esperanza que algo será útil. O como empacar regalos de navidad para los lectores, poniendo dentro caramelos y una ardilla y un libro y algunos juguetes y un collar. Espero que una variedad suficiente garantizará que aparezca una completa tontería , pero que alguna otra cosa pueda ser perfecta.
Número Uno: Hace dos años, cuando escribí las primeras de estas tareas, era más o menos el tiempo de mi método de escritura “egg timer” (avisador). He aquí el método: Cuando no quieres escribir, pon en el avisador en una hora (o en media hora) y siéntate a escribir hasta que el cronómetro suene. Si todavía odias escribir, eres libre en una hora. Pero, normalmente, para cuando suene la alarma, estarás tan involucrado en tu trabajo, disfrutándolo tanto, que seguirás adelante. En vez de un avisador, puedes poner una lavadora, o secadora y úsalas para cronometrar tu trabajo. Alternar la tarea mental que supone escribir con la física de hacer la colada y lavar los platos, te proporcionará las pausas que necesitas para que te lleguen nuevas ideas y percepciones. Si no sabes qué es lo siguiente que va a ocurrir en la historia… limpia el baño. Cambia las sábanas. Por el amor de Dios, quítale el polvo al ordenador. Una idea mejor llegará.
Número dos: Tu audiencia es más lista de lo que imaginas. No temas experimentar con las formas de la historia ni con los cambios en el tiempo. Mi teoría personal es que los lectores jóvenes se distancian de la mayoría de los libros no porque esos lectores sean más tontos que los del pasado, sino porque el lector de hoy es más listo. Las películas nos han hecho muy sofisticados para la narración. Y tu audiencia es mucho más complicada de impactar de lo que puedas imaginar.
Número tres: Antes de sentarte a escribir una escena, medítala y conoce el propósito de dicha escena. ¿Que situaciones establecidas en escenas anteriores salda? ¿Qué establece para escenas posteriores? ¿Cómo activa tu trama? Cuando estés trabajando, conduciendo, haciendo ejercicio, mantén sólo esta cuestión en tu mente. Toma notas conforme tengas ideas. Y sólo cuando estés decidido acerca de los huesos de la escena, entonces siéntate y escríbela. No vayas a ese aburrido y polvoriento ordenador sin algo en la mente. Y no hagas que tu lector camine trabajosamente a través de una escena en la que pasa muy poco o nada.
Número cuatro: Sorpréndete a ti mismo. Si puedes llevar la historia – o dejarla que ella te lleve a ti – a un lugar que te asombre, entonces puedes sorprender a tu lector. Cuando llegas a ver cualquier sorpresa bien planeada, las posibilidades son que también la verá tu sofisticado lector.
Número cinco: Cuando te atasques, vuelve y lee los capítulos anteriores, buscando personajes o detalles que puedas resucitar como “armas enterradas”. Al final de estar escribiendo “El club de la lucha”, no tenía ni idea de qué era lo que iba a hacer con el edificio de oficinas. Pero releyendo el primer capítulo, encontré el comentario desperdiciado sobre mezclar nitro con parafina y como eso era un método incierto para fabricar explosivos plásticos. Esa tonta acotación (… la parafina nunca me ha funcionado…) fue la perfecta “arma enterrada” para resucitarla al final y salvar mi culo de narrador.
Número seis: Utiliza el escribir como una excusa para hacer una fiesta cada semana – incluso aunque llames a esa fiesta un taller” -. Cada vez que pasas tiempo entre otra gente que valora y apoya la escritura, eso compensará esas horas que gastas a solas, escribiendo. Incluso si algún día vendes tu trabajo, ninguna cantidad de dinero te compensará del tiempo que pasas a solas. Así coge tu “cheque” por adelantado, haz de la escritura una excusa para estar con gente alrededor. Cuando llegues al final de tu vida, confía en mí, no mirarás atrás y saborearás los momentos que pasaste a solas.
Número siete: Permítete mantenerte en el “No Saber”. Este pequeño consejo viene a través de un centenar de gente famosa, a través de Tom Spanbauer hasta mí y ahora, tú. Cuanto más tiempo puedas permitirle a una historia que tome forma, mejor forma tendrá. No apresures o fuerces en final de una historia o un libro. Todo lo que tienes que conocer es la próxima escena, o unas pocas próximas escenas. No tienes que conocer cada momento hasta el final, de hecho, si lo haces, será terriblemente aburrido de ejecutar.
Número ocho: Si necesitas más libertad en la historia, entre borrador y borrador, cambia los nombres de los personajes. Los personajes no son reales, y ellos no son tú. Por el hecho de cambiar sus nombres arbitrariamente, consigues la distancia que necesitas para torturarlo de veras. O peor, bórralo, si eso es lo que la historia necesita de verdad.
Número nueve: Hay tres tipos de discurso – No sé si esto es VERDAD, pero lo oí en un seminario y tenía sentido -. Estos tipos son: Descriptivo, Imperativo y Expresivo. Descriptivo: “El sol se levantó alto…” Imperativo: “Camina, no corras…” Expresivo: “¡Ay!” La mayoría de los escritores de ficción utilizarán sólo uno – dos, todo lo más -. Así que, usa los tres. Mézclalos. Es como la gente habla.
Número diez: Escribe el libro que quieres leer.
Número once: Hazte ahora fotos de autor, con chaqueta, mientras eres joven. Y hazte con los negativos y el copyright de esas fotos.
Número Doce: Escribe sobre los temas que realmente te preocupan. Esas son las únicas cosas sobre las que merece la pena escribir. En su curso, llamado “Escritura peligrosa”, Tom Spanbauer enfatiza que la vida es demasiado preciosa como para desperdiciarla escribiendo historias insulsas y convencionales las cuales no tienen ningún lazo personal contigo. Hay tantas cosas de las que Tom habló, pero sólo puedo medio recordar: el arte de “manumision” que no puedo deletrear, pero que entendí que significaba el cuidado que utilizas al mover a un lector a través de una historia. Y “sous conversation”, el cual me hice la idea de que significaba el mensaje escondido, enterrado entre la historia obvia. Como no me siento cómodo describiendo temas, sólo medio entiendo. Tom estuvo de acuerdo en escribir un libro sobre este trabajo y las ideas que él enseña. El título de trabajo es “A Hole In The Heart (Un agujero en el corazón”) y tiene planeado tener listo un borrador en Junio de 2006, con fecha de publicación a primeros de 2007.
Número Trece: Otra historia de escaparates de navidad. Casi cada mañana, desayuno en el mismo restaurante, y esta mañana un hombre estaba pintando el escaparate con dibujos navideños. Hombres de nieve. Copos de nieve. Campanas. Santa Claus. Él permanecía de pie, fuera, en la acera, pintando con pinturas de diferentes colores. Dentro del restaurante, los clientes y los camareros observaban como esparcía pintura roja y blanca y azul en el exterior de la gran ventana. Tras él, la lluvia cambió a nieve, cayendo de un lado a otro en el viento.
El pelo del pintor era de todos los tonos de gris, y su cara, flácida y arrugada como el culo vacío de sus vaqueros. Entre colores, paró para beber algo de un vaso de papel.
Observándolo desde el interior, comiendo huevos y tostadas, alguien dijo que era triste. Este cliente dijo que el hombre era, probablemente, un artista fracasado. Que lo del vaso de papel, probablemente sería güisqui. Que probablemente tenía un estudio lleno de pinturas fracasadas y ahora vivía de decorar escaparates de restaurantes y tiendas. Triste, triste, triste.
Este pintor siguió poniendo colores. Todo el blanco nieve primero. Entonces algunas extensiones de rojo y verde. Entonces unas líneas de negro que delimitaban las formas de colores y las convertían en paquetes y árboles.
Un camarero caminó por el restaurante, sirviendo café a la gente, y dijo, “Es tan bonito. Ojalá yo pudiera hacer algo así…”
Y tanto si envidiábamos como si nos daba pena el camarero en el frío, él siguió pintando. Añadiendo detalles y capas de color. Y no estoy seguro de cuándo pasó, pero en algún momento ya no estaba allí. Las pinturas por sí mismas eran tan ricas, llenaron tan bien la ventana, los colores tan brillantes, que el pintor se había ido. Tanto si era un fracasado como un héroe. Él había desaparecido, se había largado a donde fuera, y todo lo que estábamos viendo era su trabajo.
Otros libros relacionados:
Ravonne – Julián Urman
Plástico cruel – José Sbarra
Última salida para Brooklyn – Hubert Selby Jr.
Viaje al fin de la noche – Louis-Ferdinand Céline
Matilda, peón de circo – Michelle Chalfoun

 

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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2 respuestas a Monstruos invisibles – Chuck Palahniuk

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