Pelham. Uno Dos Tres – John Godey

Pelham. Uno Dos Tres – John Godey

Estado: usado.

Editorial: Circulo de Lectores.

Precio: $120.

Underground
Rodrigo Fresan
UNO
Bajen las escaleras, desciendan, conozcan otro mundo que está en éste, allá vamos, Línea 6:
Third Avenue – 138 Street, Brook Avenue, Cypress Avenue, East 143th. Street – St. Mary’s Street, Longwood Avenue, Hunts Point Avenue, Whitlock Avenue, Elder Avenue, Morrison – Sound View Avenues, St. Lawrence Avenue, Parkchester, Castle Hill Avenue, Zerega Avenue, Wetchester Avenue – East Tremont Avenue, Middletown Road, Buhre Avenue y, por fin, Pelham Bay Park.
Una vez allí, bajarse, cambiar de andén, viaje de vuelta y volver a empezar.
DOS
Un pequeño apunte personal: desde siempre, desde que comencé a viajar, lo primero que hago cuando llego a una ciudad que no conozco es conocerla profundamente, a fondo.
Es decir: lo primero que hago cuando llego a una ciudad que no conozco es viajar en subte porque, pienso, las tripas de una metrópoli revelan y dicen, en más de una ocasión, mucho más que los paisajes cosméticos y las postales artificiales y artificiosas de la superficie.
Así, siempre tomo notas de lo que sucede en el subte, alguna vez escribiré un libro sobre mis viajes subterráneos y, seguro, en su momento no dudé ni un segundo en leer –en un paperback usado al que parecía haberle pasado un tren por encima, comprado en un puesto callejero de Manhattan– The Taking of Pelham One Two Three, novela publicada en 1973 por John Godey.
Lo pagué –apenas un dólar– y después bajé por las escaleras de la estación de metro de Times Square y busqué y encontré un asiento en el vagón, lo abrí mientras se cerraban las puertas y comencé a leerlo.
Y es un placer releerlo –tantos años más tarde, para su reedición en la colección Roja & Negra– mientras voy desde la estación de Peu del Funicular a Plaza Catalunya, Barcelona, 2009.
TRES
La Nueva York en la que yo leí por primera vez la novela de John Godey no es la Nueva York de ahora.
Es una Nueva York que ya no existe. En especial en lo que se refiere a Times Square y sus alrededores, donde alguna vez hubo cines porno y taxi-drivers alucinados, hoy se representan los musicales marca Disney y pasean sin temor los jubilados de Iowa. Es una Nueva York que supo ser “higienizada” con rigor por Rudolph “Rudy” Giuliani.
Ignoro si la inminente nueva adaptación fílmica de Tony Scott con guión de David Koepp –con John Travolta (el malo) y Denzel Washington (el bueno), James “Soprano” Gandolfini en el rol de alcalde neoyorquino y secundarios de primera de Luis Guzmán y John Tuturro y Gbenga Akinnagbe de The Wire– intentará reproducir esa ciudad turbulenta y desaparecida o si en cambio, seguramente, ofrecerá vistas de la ciudad actual con el frenético y espasmódico y vertiginoso montaje que es marca de la Casa de los Hermanos Scott.
Por lo pronto, hay que decirlo: el poster de la versión 2009 poco y nada tiene que hacer comparado con esa maravilla casi pulp de la admirada versión de 1974.
Yo la vi poco después de leer la novela.
Ganas de verla otra vez.
Vuelvo a verla.
Típico –en el mejor sentido– cine de los años ‘70. Esos colores desteñidos, ese aire casi documental, esa tensión que -–aunque dirigida por el apenas “hábil artesano” Joseph Sargent formado en seriales televisivos– recuerda al pulso de firmas más nobles como la de Sidney Lumet, Alan J. Pakula y Sidney Pollack.
Y esa ciudad.
Y el guión de Peter “Charade” Stone.
Y la inolvidable partitura de David Shire.
Y esos actores: Walter Matthau como el bueno (el teniente de policía Zachay Garber, con su cara de sabueso cansado) y Robert Shaw como el malo y británico (Bernard “Mr. Blue” Ryder) y Martin Balsam como otro malo (Harold “Mr. Green” Longman) y Héctor Elizondo como un malo más (Joe “Mr. Gray” Welcome) y Earl Hindman como un último malo (George “Mr. Brown” Steever).
Y lo más importante de todo y de todos: ese ya clásico cinismo tan pero tan neoyorquino que –mal que les pese a Giuliani y a sus descendientes– llega intacto y vigoroso hasta nuestros días.
Y todo termina con un estornudo.
Y dato interesante: el film tuvo muy buenas críticas pero sólo tuvo éxito de público en las ciudades con sistema de subterráneos propio. Casi nadie fue a verla en barrios residenciales o en áreas rurales.
De ahí que en su libro Subway Lives, Jim Dwyer la define como “la película que todo usuario de subte ha visto”.
Y no diré nada más.
CUATRO
Pero basta de películas. Hablemos del libro y del escritor.
Cuando se publicó en 1973, la novela de John Godey fue uno de esos best-sellers. Mi destartalado paperback incluye admiradas loas de la Saturday Review (“A blockbuster!”), del New York Times (“Absolutely tops!”) y The Washington Post (“Machine gun paced entertainment… A high voltage thriller… You can’t put it down!”) y de The New Yorker (“A cliffhanger, fast moving and believable!”).
Y ninguno de ellos mentía.
Eran, sí, los días de El Padrino y de El día del chacal y de Maratón de la muerte y de Tiburón y de Carrie y de El exorcista. Tiempos en que los best-sellers tenían que ser, primero, novelas bien escritas y bien hechas porque, de no ser así, no gustaban y no vendían.
En ese sentido, eran tiempos mejores.
Y así, la novela de John Godey narraba fiel y obsesivamente lo que sucedía cuando un grupo de secuestradores tomaba como rehén a todo un tren subterráneo y a sus pasajeros (la particularidad del asunto y el desconcierto de los policías pasa porque un subte es un circuito cerrado, no se lo puede sacar de su trayectoria) y estaba escrita con los mejores rasgos del entonces todavía new journalism, a la vez que recitaba más que bien las lecciones aprendidas del insuperable cronista neoyorquino Joseph Mitchell –especialista en develar las intimidades de la ciudad que nunca duerme– primero en periódicos como The World y The Herald Tribune y luego y para siempre en las páginas de The New Yorker con obras maestras como El secreto de Joe Gould.
Así, leer Pelham Uno Dos Tres es todo un viaje.
Leyendo Pelham Uno Dos Tres –con esos saltos de nombres, lugares, situaciones, bruscos cambios de tiempo y espacio que anticipan la mecánica de series como 24 y películas como Máxima velocidad y Los sospechosos de siempre– uno se siente como un rehén, como un secuestrador, como un policía, como un lector feliz de que lo lleven de paseo por más que no esté del todo claro si va a regresar entero a casa.
Y todo el tiempo –vagón a vagón, estación tras estación– sabemos que estamos en manos de un experto.
John Godey era el nombre de batalla de Morton Freedgood (Brooklyn, 1913-Nueva Jersey, 2006) para escribir policiales. Con el tiempo, yo leí alguna otra novela de Godey como The Snake (1979), donde la cosa pasaba por una mortal serpiente mamba suelta por los prados del Central Park (otra vez, impresionaba el rigor de los datos y la documentación, aunque estaba claro que todo el asunto era producto de aquella moda de “animales peligrosos”) y la bizarra The Three Worlds of Johnny Handsome (de 1972, y llevada al cine en 1989 en la poco valorada Johnny Handsome de Walter Hill con Mickey Rourke, Morgan Freeman, Forest Whitaker, Ellen Barkin y Elizabeth McGovern).
No leí, en cambio, el único libro de Morton Freedgood –se titula The Wall-to-Wall Trap, de 1957–, quien estudió en el City College, luchó en la Segunda Guerra Mundial, tuvo un programa de radio contando peculiaridades de la vida en Manhattan, y comenzó publicando cuentos en Cosmopolitan y Collier’s y Esquire mientras trabajaba para la industria del cine con base en Nueva York como relaciones públicas de los estudios United Artists, 20th Century Fox y Paramount. En algún momento, Morton Freedgood decidió que publicaría ficción seria bajo su nombre y “entretenimientos” como John Godey, alias que tomó prestado de una revista femenina del siglo XIX: Godey’s Lady’s Book. Pero John Godey se impuso a Morton Freedgood. John Goodey secuestró –literal y literariamente– a Morton Freedgood. Y en un curioso giro cuasi-psicótico fue John Godey quien firmó la memoir de infancia pandillera de Morton Freedgood publicada en 1974: The Crime of the Century and Other Misdemeanors: Recollections of Boyhood.
Y tal vez valga la pena añadir –por si a alguien le interesa– que su esposa, Lillian Freedgood, se dedicó con cierto éxito a la escultura con huesos de aguacates y que los estudios Disney adaptaron en 1979 su The Reluctant Assasin para lucimiento de Dick Van Dyke en un episodio de la serie Disneyland.
Pero nada de esto importó a la hora de las necrológicas que titularon –a lo largo y ancho del planeta, a mediados de abril del 2006– “Muere John Godey, autor de The Taking of Pelham One Two Three”.
Y aunque los malos no siempre ganen, está claro que en más de una ocasión el crimen paga: en su momento, en 1974, la New York Transit Authority se negó a colaborar con el rodaje de la película por considerarlo pernicioso para la imagen de la ciudad y sus medios de transporte.
Pero visiten hoy el museo de la entidad en cuestión, en Brooklyn, ubicado en la misma estación abandonada que se utilizó para filmar la primera versión de The Taking of Pelham One Two Three y –en un ala dedicada a los largometrajes filmados en los subsuelos de Manhattan– encontrarán que Mr. Blue y sus muchachos ocupan el sitial de honor.
Aquí –el tiempo pasa, los graffiti permanecen– vienen otra vez.
No acercarse demasiado al borde del andén.
Dejar salir antes de entrar.
Todos a bordo.
Allá vamos.
Una vez más.
Este texto es el prólogo a la reedición de Pelham Uno Dos Tres de John Godey, en la colección Roja & Negra (Mondadori) dirigida por Rodrigo Fresán. El libro, lamentablemente, todavía no tiene fecha de salida en Argentina.

 

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
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