Como una moto. La vida galopante de John Belushi – Bob Woodward

Como una moto. La vida galopante de John Belushi – Bob Woodward

Estado: nuevo.

Editorial: Papel de liar.

Precio: $250.

John Belushi murió a los treinta y tres años ejecutado por su volcánica exuberancia (y por una exuberante dosis de speedball) en un lujoso hotel de Sunset Boulevard. Esa muerte es el arranque de una indagación que conducirá a Bob Woodward, cobestia negra de Richard Nixon, hasta las aromáticas vísceras del show business norteamericano. Para relatar la portentosa vida del humorista y plasmar la estridente fanfarria que rodeó su ascensión y su tragedia, el infatigable reportero tuvo que manejar un heterogéneo aluvión de materiales (diarios, cartas, inventarios, facturas, diagnósticos, etc.) y, sobre todo, entrevistar extensamente a una caterva formada por 217 celebridades, fantasmas y medianías: la viuda del difunto, compañeros de armas y fatigas como Dan Aykroyd, actores y directores como Chevy Chase, Robin Williams, Carrie Fisher, Spielberg o Jack Nicholson, prohombres de la industria cinematográfica, policías, matones, traficantes, músicos, vividores y otros interesantes especímenes del submundo adherido a las candilejas. Todos sabían que el bólido se dirigía al abismo, pero sus amigos fueron incapaces de detenerlo y sus satélites siguieron proporcionándole el combustible que lo mantenía en marcha (una marcha, por cierto, tan ruidosa como rentable): la «gran vida» de Nueva York o Hollywood tenía esos feroces inconvenientes. Bob Woodward dibuja en este libro un meticuloso, conmovedor y en ocasiones despiadado retrato de una época y de un individuo que vivió demasiado y lo perdió todo a manos de su insaciable antojo.
Bob Woodward, paisano de John Belushi y redactor jefe del Washington Post, ha escrito doce libros de investigación que han causado un notable impacto en la sociedad norteamericana (Todos los hombres del presidente, Los comandantes, Las guerras secretas de la CIA, Bush en guerra, Plan de ataque, etc.). En 1973 recibió con Carl Berstein el Premio Pulitzer por los reportajes que condujeron al Escándalo Watergate y la caída de Richard Nixon.
Capítulo 1
 Bob Woodward
Chicago. Viernes 6 de julio de 1979. Judy Jacklin Belushi, esposa del cómico John Belushi, se levantó con una resaca atroz sintiendo que iba a estallarle la cabeza. La fiesta del 4 de julio se había prolongado hasta el día 5: un partido de los Chicago Cubs, los fuegos artificiales desde un tejado, una gira nocturna por la ciudad con John, una visita a Second City —el famoso teatro de comedia improvisada en que él había trabajado—, los bares de antaño, jugar al millón, y la cocaína, que ella había rechazado, pero que John había tomado. En esta ocasión, la cocaína la había suministrado el productor cinematográfico de John, Robert K. Weiss, un gigante barbudo.
John estaba en Chicago para empezar a trabajar en Granujas a todo ritmo, una comedia musical sobre dos tipos enrollados y su banda de blues. Mantenerle alejado de las drogas era ya lo bastante difícil como para que encima los responsables del plató aportaran sus propias reservas. Judy llamó a Weiss enfurecida.
—¡No le pases la puta coca! —vociferó.
John no podía controlarla. Estaban intentando expulsarla de susvidas. Ella llevaba seis semanas de abstinencia, iba a superarlo. Johntambién podía, pero necesitaba ayuda.
—Con la cocaína, va a cargarse la película —dijo Judy.
Weiss también se la jugaba.
—Es tu carrera —alegó ella—, pero es mi vida.
Weiss adujo que desconocía que el problema de John con las drogas fuera tan grave.
Judy le recordó a Weiss que John consideraba Chicago su hogar. Regresar con el equipo de la película era como un picnic drogata. John, que había cumplido los treinta, estaba siendo tratado como un emisario de la contracultura, y todas sus redes sociales y narcóticas se habían reactivado.
Weiss dijo que lo entendía. Prometió hablar con los miembros de los Blues Brothers, algunos de los cuales consumían cocaína, para conseguir su apoyo.
Aquella noche, Judy se sentó para escribir otra entrada en el diario que había empezado seis meses atrás, justo después de que la fama de John despegara definitivamente. El otoño anterior había aparecido en la portada de la revista Newsweek como Bluto, el colgado de una hermandad universitaria que protagonizaba la película Desmadre a la americana, ya en camino de convertirse en la comedia más lucrativa de la historia de Hollywood. Hacía seis meses, John y su socio, Dan Aykroyd, habían sacado el disco más vendido del país, el primer álbum de los Blues Brothers: 2,8 millones de copias vendidas. Además, John seguía siendo la estrella de Saturday Night Live de NBC, el programa más aclamado de la televisión nocturna, cuya audiencia superaba los veinte millones de espectadores.
La fama repentina había significado el fin de una afanosa existencia. Suponía más dinero y más drogas. Entregar o vender drogas a John era una suerte de juego, como arrojar cacahuetes a las focas del zoo: si le das algo, actuará, hará su papel de chalado abominable; si le das algo más, le tendrás toda la noche en vela, bailando compulsivamente, dejando a todos atrás.
Judy, de veintiocho años, una mujer menuda a la que ocasionalmente confundían en los platós con una mensajera por su ropa informal y su hablar acelerado, estaba con John desde los años de instituto en Wheaton, Illinois, una pequeña ciudad a cuarenta kilómetros de Chicago. Llevaban tres años casados y seguía muy enamorada de él. Se sentía atraída tanto por su persona como por su vida profesional. John podía ser horrendo, brusco y exigente, pero había en él fuerza y un auténtico sentido de la decencia.
Según escribió aquella noche en su diario, Judy sentía que quizá no había sido justa con Weiss. El hombre parecía en verdad no ser consciente de la situación. Pero ella ya no podía soportarlo. Las cosas tenían que cambiar, y al menos se había decidido a llamarlo. «Ahora me siento mejor —escribió—. Las cosas han de salir adelante.»
Varios días más tarde, el doctor Bennett Braun, un médico y psiquiatra de Chicago de treinta y nueve años que coordinaba la asistencia médica durante el rodaje, fue al plató. John pidió su habitual inyecciónde vitamina B12.
—Ningún estudio avala que eso te vaya a servir de nada —dijo Braun.
—Me mantiene en marcha —replicó John.
Braun pensó que no había motivos para discutir. Le puso la inyección y realizó un somero examen físico. Era evidente que John estaba consumiendo demasiadas drogas. Braun podía constatarlo: sobrepeso, mirada huidiza, orificios nasales obstruidos, tez pálida, casi incolora, respiración afanosa. Braun formuló algunas preguntas. Sí, respondió John, consumía cocaína para el subidón. Luego, necesitaba algo para bajar. Era evidente que John estaba maltratando su cuerpo y su mente.
—Te estás quemando —dijo Braun—. La cocaína te acortará la vida.
John se limitó a escuchar.
Braun no insistió. Si John hubiera sido un paciente habitual, le habría presionado. Quizá los médicos sentían demasiado respeto por la fama del paciente para tomar medidas. Además, si John despedía a un médico que interviniera en exceso, el doctor no habría conseguido más que perder a un enfermo influyente.
Braun fue a ver a Weiss. John necesitaba ayuda psiquiátrica, y Braun se ofreció a tratarlo.
—Tienes que apartarlo de las drogas —dijo el doctor pausadamente—. Si no lo haces, sácale tantas películas como puedas porque sólo le quedan dos o tres años de vida.
Weiss quedó consternado por el diagnóstico de Braun, sobre todo tras la llamada de Judy. La evaluación del doctor era demasiado cruda para ser repetida. Su único deber consistía en centrarse en la salud de John y hacer lo posible para aliviar la presión. Iba a ser duro, casi imposible. No había manera de atar a John, y era justamente esa falta de control, esa cualidad temeraria lo que le había convertido en aquel éxito de taquilla.
Al mes siguiente, agosto, empezó el rodaje. La agenda era apretada, el consumo de drogas constante. Judy no veía salida y se daba cuenta de que ella misma recaía con frecuencia: algo de hierba y ocasionalmente speed o LSD. El 27 y 28 de septiembre, Judy, la actriz Carrie Fisher (la princesa Leia de La Guerra de las Galaxias) y Penny Marshall (una de las estrellas de la serie televisiva Laverne and Shirley) tomaron algo de LSD. Judy lo recordaba como un «fin de semana de los sesenta». Tomaron Polaroids y grabaron sus conversaciones mientras alucinaban.
Fisher, de veintitrés años, hija del cantante Eddie Fisher y de la actriz Debbie Reynolds, fue elegida como la ex novia enojada de John para Granujas a todo ritmo. En la vida real estaba liada con Dan Aykroyd, el otro Blues Brother, y tenían pensado casarse. Pasaban mucho tiempo con John y Judy y las dos parejas se habían convertido en una especie de pandilla. Fisher tenía la impresión de que ella y Aykroyd pasarían con John y Judy el resto de sus vidas.
Fisher y John mantenían, por su parte, una relación estrecha. Ella se sentía atraída por la incapacidad de él para controlar su propia energía. John podía saltar y decir «¡tengo una idea!» con una fe y convicción que acababan embarcando a todo el mundo. Siempre parecía estar fundando un nuevo club. De modo intuitivo podía concentrar toda la energía dispersa en una estancia, amplificarla y cambiarlo todo. Fisher confiaba en él, no se veía con derecho a juzgarle.
También John sentía cierta afinidad. «Oye —le dijo una vez—, tú eres como yo. Ellos son diferentes —comentó en referencia a Judy y Danny—. Nosotros somos iguales.» John parecía siempre algo insatisfecho, como si protestara: «Esto no puede ser todo. No puede serlo todo. No basta. Tiene que haber más, en alguna parte». Fisher sentía lo mismo.
Una vez le grito: «¡Soy un adicto!». Y no se refería a las drogas. Se refería a su vida, a la excitación, a la posibilidad de algo más.
John podía inducir a Carrie a probar cualquier cosa. A ella no le gustaba la bebida, pero John hizo que bebiera Wild Turkey, un bourbon. Una vez incluso fumaron opio juntos.
A ella le daba la impresión de que John estaba consumiendo unos cuatro gramos de cocaína diarios, pero resultaba difícil calcularlo. Tomaba tanta que ella solía bromear: «Oye, deja algo». Y normalmente lo hacía. Fisher conocía tanto el atractivo como el peaje mortífero de las drogas. Su padre se había inyectado speed durante más de doce años.
Mientras intentaba reducir el consumo de drogas de John, Judy dispuso una ley en el Blues Bar, un viejo local que John y Dan habían reabierto en Chicago como retiro privado. «Nada de coca en el bar —decía a quienes llevaban cocaína—. Sé que no queréis lastimar a John.»
Una noche en el bar, le pidieron a Fisher que vigilara a John. Él se sacó un buen fardo de coca y se lo pasó.
—¿Quieres algo de farla? —preguntó.
—¿Crees que te conviene? —replicó Fisher, tratando de portarse como una buena guardiana.
—¡¿Quieres o no?! —le espetó John.
Decidió que fueran otros los que jugaran a policías. Aquello no era para ella. Tampoco quería a un nuevo John.
***
Morris Lyda, un texano de veintinueve años contratado como road manager de los Blues Brothers, se convirtió en el supervisor personal de John durante el rodaje. Era el responsable de que se levantara por la mañana, de conducirle al plató y de controlarle por la noche.
El tiempo libre era la mayor amenaza para John: unas horas, una tarde, medio día o incluso un par de días en los que no se le necesitara en el plató. Lyda, que raramente pasaba más de dos días sin cocaína, trataba de controlar la liquidez de John. Las adquisiciones de droga se hacían en metálico y, sin él, no podía comprar. John llamaba a todas horas del día y de la noche solicitando dinero; una vez lo hizo a las cinco de la madrugada, necesitaba 600 dólares. Lyda no quería entregarle esa cantidad, y llamó a su mánager adjunto, Joel Briskin, que también estaba en Chicago para ayudar a John.
—Vale, dáselo —dijo Briskin—. Que sea lo que Dios quiera.
Algunos miembros del equipo proveían a John, a menudo colocándole cocaína que había sido cortada varias veces (lo que aumentaba la cantidad pero reducía la potencia con ingredientes inocuos como la lactosa). Lyda la llamaba «farla guarra», y John la consumía en la mayoría de las ocasiones.
Lyda mantenía una provisión de Valium a mano para ayudar a apaciguar a John. Éste le llamaba a cualquier hora de la noche —en ocasiones, dos veces por noche— y Lyda le llevaba los tranquilizantes a su hotel.
Fue un período deprimente para Lyda. Se había convertido en una suerte de mozo de drogas, y se odiaba a sí mismo por ello. Estaba sacrificando buena parte de su energía y dignidad con los hábitos de John. Pero tampoco podía adoptar una postura firme a causa de su propio consumo. Habría sido ridículo. Era tanto el facilitador como el regulador del consumo de John: se trataba de una contradicción insalvable.
***
A última hora de la tarde del jueves 25 de octubre, John Landis, director de Granujas a todo ritmo, se levantó encolerizado y cruzó el escenario de la película, que aquel día se hallaba en las afueras de la ciudad. El equipo estaba esperando que empezara la siguiente escena. Era el día 64 en exteriores, uno de los últimos de filmación en Chicago, y Belushi se negaba a salir de su tráiler privado.
Como tantos en el negocio del cine, Landis estaba al corriente de los rumores hollywoodienses, y el chismorreo acerca de su proyecto era a la vez doloroso y cierto. La película llevaba semanas de retraso y sobrepasaba en millones el presupuesto. Las drogas eran fácilmente accesibles en el plató. El guión, inicialmente de 324 páginas —casi el triple de lo habitual— se había recortado, pero nunca se finalizó debidamente. Su autor aparecía como «Scriptatron GL- 9000»; se trataba de Aykroyd, a quien gustaba verse a sí mismo como un escritor automatizado.
Los ejecutivos de los estudios Universal estaban al borde del síncope, y presionaban a Landis para que se hiciera con el control de su película. Habían acelerado la producción del proyecto de manera precipitada tras el éxito de Desmadre a la americana y del disco de los Blues Brothers.
Landis, de veintinueve años, corta estatura y voluntad firme, con gafas y barba espesa, se sentía como un espectador indefenso ante su propia película. Su humor oscilaba entre vértigo y la desesperación. Estaba ansioso por solucionar la irresponsabilidad de John de una vez por todas.
Landis fue hasta el tráiler y abrió la puerta. Belushi parecía una parodia semiadulta, horrenda y abotargada de Bluto. Su rizada mata de pelo negro estaba alborotada, su mirada fija en un punto. Había coñac Courvoisier derramado por doquier y orina sobre el suelo. Encima de la mesa había un montículo de cocaína.
—¡John, te estás matando! —vociferó Landis—. Esto resulta económicamente inviable. ¡No le hagas esto a mi película!
John cabeceó repetidamente.
—No me hagas esto. No se lo hagas a Judy. ¡No te lo hagas a ti!
Belushi se limitó a alzar la vista.
—Pillaré los fotogramas de esto, voy a revelarlos y te los enseñaré —amenazó Landis.
John no dio señales de comprender, ni siquiera un encogimiento de hombros.
¿Era posible escapar de aquella locura?, se preguntaba Landis. Recogió el polvo blanco y lo arrojó al retrete.
John se incorporó tambaleante, musitando, y avanzó hacia Landis: 100 kilos contra 60. Landis cerró el puño, se echó para atrás y golpeó a John en la cara. Belushi se desplomó. Landis no sabía quién de los dos estaba más sorprendido. Dios, acabo de atizarle a la estrella de mi película,un amigo y colaborador, y es lo bastante grande como para matarme, pensó.
John no se levantó, ni siquiera se movió. Luego agachó la cabeza y rompió a llorar.
—Estoy tan avergonzado, tan, tan avergonzado.
Se levantó, temblando, y echó sus brazos en torno a Landis.
—Por favor, entiéndelo.
Landis no lo entendía. ¿Qué era lo que John encontraba en las drogas? Había tanto en juego: una carrera, la familia, su propia vida.
—¿Por qué? —le preguntó.
—Lo necesito. Lo necesito —respondió John con un hilo de voz—. No podrías entenderlo.
Judy llegó a la caravana de John unas dos horas más tarde, cuando el sol se ponía. John dormía. Aquella mañana Judy había descubierto una docena de Quaaludes en la chaqueta de John y le había quitado cuatro para que no tomara tantos. A John le gustaba esa clase de sedantes pues, cuando se ingieren varias unidades, producen relajación muscular, cierta satisfacción, una pasividad similar a la de una ebriedad moderada cercana a la somnolencia y desconexión entre cuerpo y mente. Los Quaaludes, decía, eran perfectos para contrarrestar el subidón de la coca. El día anterior le había secuestrado varios gramos de coca.
Ayer cocaína, hoy Quaaludes. Estaba claro que sus esperanzas del mes de julio anterior, su optimismo acerca de reducir el consumo de drogas de John eran patéticos.
John se despertó unos minutos más tarde y vomitó su historia. Estaba en el centro cuando recibió una llamada a las cuatro de la tarde reclamándolo de inmediato para una toma de ocaso. No se puso en marcha hasta las cuatro y media y se vio atrapado en el tráfico de la hora punta.
Judy trató de quitarle hierro al episodio.
—No lo entiendes —dijo John al borde de las lágrimas—. No entiendes lo que me han hecho… me han humillado.
No dijo que Landis le había golpeado, sino que éste le culpaba por entero del retraso. John se sentía traicionado, sobre todo después de las muchas ocasiones en que había estado esperando para hacer una escena o en que se le había llamado sin ningún motivo. La película era un caos.
—No pueden tratarma así —dijo John—. He estado trabajando duro. No pueden echarme la culpa por arruinar el día entero y hacerles perder dinero.
John dijo que quería algo de coca.
—No —dijo Judy.
—La necesito. Es imposible que haga esta escena sin coca.
Pero ya no había cocaína. John empezó a beber coñac y cerveza. Judy decidió apuntarse. O le seguías o enseguida te quedabas atrás. Landis regresó al tráiler para decirle a John que debía acudir para la escena.
—¡Jódete! No estoy listo. ¡Sal de aquí o te mato!
Landis vaciló y se fue. Judy no había visto a John en aquellas condiciones desde hacía un año. Quizá sus esfuerzos fueran en vano, quizá ella no le conviniera, quizá las drogas eran el único medio para terminar la filmación de una película como aquella.
John se levantó y se fue al baño. Judy le vio tomar algunos Quaaludes.
Aykroyd se presentó para tratar de convencer a John: daba igual lo que hubiera sucedido, tenían que seguir. No era más que una escena: John tenía que sentarse en el capó de un coche en una gasolinera, estrellar una botella de whisky y anunciar que debía acudir a un concierto. Al final accedió, pero después de diez minutos se desvaneció y lo llevaron al tráiler semiconsciente.
Judy hurgó en sus bolsillos y encontró únicamente tres Quaaludes. Tres más los cuatro que le había secuestrado antes sumaban siete. Por tanto debía de haber tomado cinco; una dosis excesiva. Junto con el licor, el cóctel resultaba peligroso. Una mezcla de Quaaludes con alcohol podía provocar un coma e incluso la muerte. Judy llamó a la enfermera del equipo, que hizo vomitar a John. La enfermera le dijo a Judy que vigilara atentamente los ojos de John por si aparecían señales de que estuviera entrando en coma.
Condujeron a John y Judy de regreso a su apartamento alquilado en las torres Astor. Aykroyd acudió para hacer compañía a Judy. Era el mejor amigo de John, además de su socio; un tipo de veintisiete años, alto, desgarbado y que, a su modo, estaba tan loco y era tan desbordante como John. Con todo, Aykroyd mantenía sus sentimientos y el consumo de drogas en privado. Era indulgente con John pero comprendía a Judy. Le recordó que ya habían pasado por aquello y que las cosas mejorarían.
Judy se sentía perdida, atrapada en una telaraña de drogas. John siguió vomitando a lo largo de la noche, pero más tarde pareció mejorar. Después de que Aykroyd se fuera, Judy escribió en su diario: «¿Qué puede estar sucediendo en el interior de esta persona para que sea tan infeliz?».
***
El sábado 27 de octubre, Landis filmó la escena final en Chicago, la explosión de una gasolinera. El domingo todo el equipo se marchó a Los Ángeles durante tres meses más para la filmación y el trabajo técnico que completarían la película.
Tras varias noches en el hotel Beverly Hills, John y Judy se trasladaron a la casa de la actriz Candice Bergen, que alquilaron por 2.000 dólares al mes. Era una casita elegante, escondida entre bosques en el cañón Coldwater, a quince minutos de los estudios Universal, donde estaban filmando.
El viernes 9 de noviembre por la noche John y Judy acudieron a casa de Ron Wood, componente de los Rolling Stones, y consumieron cocaína base por primera vez. Wood escribió las instrucciones para calentar y purificar la cocaína normal y luego inhalar los vapores. Se marcharon pronto, hacia la una y media de la madrugada. Judy escribió en su diario: «Un buen rato. Hay que colocarse de vez en cuando».
A pesar de la cocaína base, Judy empezaba a sentirse mejor. Con sólo dos semanas alejados de Chicago parecía que la vida volvía a encarrilarse. Le dieron un despacho en Universal para que pudiera trabajar en el libro que estaba escribiendo en torno a la película: una historia humorística con fichas y fotos sobre su esposo y Aykroyd como Jake y Elwood Blues, los Blues Brothers.
John y Danny estaban preparando y filmando escenas con Aretha Franklin y Ray Charles, y el trabajo parecía estar saliendo muy bien. John se levantaba temprano, nadaba, hacía algo de ejercicio y tomaba vitaminas. Judy se había traído una exprimidora y una licuadora y cada mañana preparaba un zumo especial para los dos con una docena de naranjas, algo de germen de trigo, un huevo y un plátano. El día 15 de noviembre escribió sobre John: «Se le ve muy feliz, sano, rico y prudente. Estoy orgullosa del modo como está trabajando. Estoy muy feliz y enamorada».
A la semana siguiente John se lastimó la rodilla y tuvo que acudir a urgencias para que le sacaran sangre a fin de aliviar la presión. Le dolía mucho, y el domingo posterior al Día de Acción de Gracias, cuando dos miembros de los Blues Brothers le facilitaron algo de cocaína, Judy no se mostró excesivamente preocupada. Se había convencido a sí misma de que un consumo moderado resultaba aceptable. El rodaje continuó a ritmo razonable a lo largo de Navidad. Para fin de año, en su tercer aniversario de boda, dieron una gran fiesta en su casa, con tres cajas de champán. Cher (de Sonny y Cher) y el gobernador de California Jerry Brown fueron dos asistentes inesperados. John cumplió treinta y un años el 24 de enero.
La filmación duró una semana más. El 1 de febrero de 1980 Landis creía contar con suficiente material para completar una película.
Poco después, John desapareció. Nadie tenía idea de adónde había ido, ni Judy, ni Landis, ni Aykroyd. Landis esperaba escuchar en las noticias en cualquier momento: «John Belushi, el famoso humorista, fue hallado muerto…».
Pero unos días más tarde, John reapareció comportándose como si nada hubiera sucedido y sin percatarse de la angustia que había provocado. Landis sintió que debía hacer algo y llamó a Judy.
—Hay que ayudar a John —le dijo—. Tiene que tratarse, hay que hospitalizarle, desintoxicarle; comprometerle formalmente si es necesario.
Judy estaba de acuerdo. Haría cualquier cosa por detenerle. La moderación no había funcionado. Se habían producido más subidones y bajones; demasiadas drogas, y la cosa estaba acabando con su matrimonio, acabando con ella. Tanto Judy como Landis coincidieron en que la clave era Bernie Brillstein, que había sido el mánager de John durante casi cinco años, desde los primeros episodios de Saturday Night Live en 1975. Brillstein, un hombre de cuarenta y nueve años, quería a John como a un hijo. Era probable que John le escuchara.
Como no se llevaba bien con Brillstein, Landis pidió a Weiss y a otros ejecutivos de Universal que le llamaran y le apremiaran enérgicamente para que ayudara a John a someterse a una cura de desintoxicación que lo mantuviera apartado hasta que dejara la cocaína.
Finalmente, Landis le soltó su propio discurso a Brillstein.
—Haz que se comprometa —dijo Landis—. Sálvale, Bernie.
Sólo te escuchara a ti. Se va a morir. Tienes que llevártelo. Está fuera de control. Sólo tú, sólo tú, Bernie, puedes hacerlo. Sólo te escuchara a ti.
Brillstein dijo que era algo que ya habían vivido antes. Era una fase, una etapa, una juerga más. John despertaría y se daría cuenta de lo que sucedía.
—No —alegó Landis—. Bernie, esto no puede seguir así. No pue de permitírselo. Ha llegado a un punto en el que no hay vuelta atrás, en serio.
Brillstein conocía a John como la palma de su mano. Landis estaba exagerando.
—¡Oye, capullo! —le gritó Landis—. ¡No podrás ganar dinero con un cadáver!
Brillstein detestaba que la gente emitiera dictámenes sobre John, o sobre su relación con él. Todo el mundo sabía lo de la cocaína. Es el mundo del espectáculo. A algunos les salía por las orejas, como a John. En la medida en que no interfiriera con la realización de las películas, nadie podía chistar. Brillstein sopesó su responsabilidad. Judy y Aykroyd sabían que a John no se le podía controlar. Cuando estuviera ocioso, John saldría a pillar drogas, o a pillar tres pizzas o una mamada o una siesta.
¿Por qué Landis no había tomado el control durante la filmación? ¿Por qué el estudio no detuvo la producción si la cosa se había puesto tan fea? Y ahora le cargaban el muerto. Ahora que ya se había terminado la película, la cosa era tan grave que había que hacer algo.
Brillstein no quería inmiscuirse en la vida privada de John. Él comprendía el comportamiento obsesivo: al igual que John, comía compulsivamente. Quince años atrás había tenido un problema serio con el juego, mientras trataba siempre de conseguir más y más dinero. Por fin acabó con una deuda de 20.000 dólares y se asustó al pensar que no saldría jamás del hoyo. Le llevó tres años saldarla, pero Brillstein aprendió la lección. Estaba convencido de que John era lo bastante inteligente para aprender la suya. John, al igual que el propio Brillstein, tenía un curioso sexto sentido. Sabría cuándo retirarse.
Una mañana, en Los Ángeles, John acudió al despacho de Brillstein en la cuarta planta de un edificio situado en Sunset Boulevard. Era evidente que no se había acostado y tenía un aspecto deplorable. John le dio a Brillstein un gran abrazo, algo habitual en el mundo del espectáculo. Hedía fieramente. Tenía sobrepeso y estaba hecho un desastre. Resultaba embarazoso. Ya no podía haber más simulaciones, ni medidas tibias.
—John —dijo Brillstein—, tienes que parar. Tienes que conseguir ayuda. Tienes que ponerte en forma.
—Yo controlo —dijo John—. Tengo el corazón de un muchacho.
—Te estás matando —dijo Brillstein—. No puedes seguir así, no puedes abusar de ti. Vas a desaparecer del mundo del espectáculo. No puedes continuar saliendo con la misma chusma.
Los ojos de John centellearon. Se levantó y cerró la puerta del despacho.
—¡Oye! —gritó—, ¡no te pago para que seas mi mejor amigo!
Era la primera vez que John trataba a Brillstein como a un empleado. Brillstein trató de interrumpirle, pero John estaba acelerado.
—Yo no te pregunto qué haces después de las seis, así que no me lo preguntes a mí —dijo. Ahí es donde estaba el límite, Nadie, nadie en absoluto iba a decirle lo que debía hacer—. ¡No me preguntes adonde voy! ¡No me digas adónde ir!
—No puedes pedirme que no me preocupe por ti —gritó Brillstein—. ¡No estoy hablando del puto negocio! ¡Estoy hablando de tu vida!
—Ya sé lo que quieres decir —dijo John—. Ya sé que es por mi bien… pero tengo que vivir mi propia vida.
Se abrazaron.
—Tú preocúpate de tus cosas —dijo John—. Yo me ocuparé de las mías.
Brillstein se dio cuenta de que no había salida. Había hecho lo posible, y John se había revuelto encolerizado. Al menos ya sabía que no debía tocar más el tema.
Universal había comprado por teléfono el guión de Granujas a todo ritmo. Aquello había sucedido dieciocho meses antes cuando John pasó a ser increíblemente famoso. Brillstein podría haberles vendido humo si hubiera estado en venta. Pero John volvía ahora a estar ocioso, y Brillstein pensó que le convenía conseguir otra película u otro proyecto enseguida con la idea de mantener a John ocupado en algo que no fueran las drogas. Brillstein veía que Landis no había exagerado el problema, pero la solución que proponía tampoco había funcionado.
***
Judy llamó al doctor Michael A. Rosenbluth, un eminente internista de la Quinta Avenida de Nueva York, donde John y Judy tenían su hogar. Rosenbluth había atendido a John tres años atrás cuando el problema de las drogas estaba fuera de control.
John acudió a ver a Rosenbluth el 27 de marzo de 1980. Tras la cita, el médico escribió en su informe: «Paciente muy hostil, alterna agitación con somnolencia. ¡Paranoico! Ha estado consumiendo cocaína profusamente, según su esposa. ¡El paciente declara que no quiere dejar el consumo! Caso debatido con la esposa. Se aconseja que el paciente sea hospitalizado para desintoxicación».
Sin embargo, Judy y Brillstein concluyeron que extraerle un compromiso era imposible. John haría su voluntad, y ni siquiera iba a escuchar. Su voluntad era demasiado apabullante en las cuestiones más nimias. Insistía en que podía parar cuando quisiera.
Pero había que alcanzar un acuerdo.
Una semana más tarde, el primer fin de semana de abril, John voló a Chicago para ver a su hermano menor, Jimmy, de veinticinco años, en una obra de teatro.
Jimmy estaba preocupado por su abuela de ochenta y cuatro años, Vasilo Belushi, que yacía agonizante en California. Nena, como solían llamarla, había tenido tres ataques al corazón.
Se trataba de una figura maternal muy querida que vivió en la casa familiar de Wheaton mientras los chicos crecían. Era una segunda madre, como un tribunal de apelación. Les concedía cosas que su madre les negaba: una risa aprobatoria, una golosina, unas palabras de consuelo. Hablaba poco inglés y a John le llamaban «el Johnny de Nena», como si le perteneciera. Era su favorito. Ella era una mujer pequeña, frágil, dulce y amorosa. Siempre llevaba una redecilla negra para el cabello y casi nunca salía de casa.
Mientras hablaban, Jimmy rompió a llorar ante la perspectiva de la muerte de Nena.
—Tranquilo —dijo John, y le instruyó sobre la necesidad de ser fuerte. También había expresado la absurda creencia de que si Nena estaba esperando a despedirse de ellos, seguiría viviendo hasta que llegaran. Al mantenerse alejados, razonó John, estaban demorando su muerte.
—Ya lo sabes —dijo Jimmy—. Te está esperando.
—Por eso no voy —replicó John.
—Tienes que ir.
John hizo ademán de que lo dejara.
Más adelante, aquella misma semana, Brillstein llamó a Jimmy, que también era uno de sus clientes.
—Estamos preocupados por John —dijo—. Judy está preocupada. Quizá tú puedas hacer algo. Creo que es hora de que el hermano menor haga de hermano mayor. Tienes que hablar con él.
Jimmy se metió en su jeep y se puso a buscar a John. Con un mandato de Judy y Brillstein para que se hiciera con el control, podía intentar algo. Localizó a John en el apartamento de Del Close, cuarenta y cinco años, director del grupo teatral Second City. Close, un intelectual virulento en la vena de Lenny Bruce y antiguo yonqui, había dirigido tanto a John como a Jimmy en Second City y había ejercido una gran influencia en sus vidas.
Jimmy llamó a la puerta del apartamento de Close y entró. Era evidente que John y Close habían estado consumiendo drogas.
—Tienes que venir conmigo —dijo Jimmy, agarrando a John del brazo y arrastrándole hacia la puerta.
—¡Vale, vale, vale, vale! —dijo John, y salió con él.
Jimmy hurgó en un bolsillo de su hermano y le confiscó un paquete de cocaína. Tomaron un taxi hasta la calle Clark, donde Jimmy había aparcado su jeep.
John propuso que salieran de excursión por la ciudad.
No, dijo severamente Jimmy, se iban a casa.
John dijo que le apetecía salir, no ir a casa.
A casa, dijo Jimmy, indicando que estaba allí para enderezar a su hermano mayor.
—¿Así que quieres pelea? —preguntó John.
—Sí —replicó Jimmy. Quería pelea; la ira y la rivalidad emergieron de pronto. Su corazón latía fuerte y tenía la boca seca. En medio de la calle Clark, al atardecer, afloraba la vieja e íntima historia del hermano mayor, el hermano menor, sus carreras y sus padres.
—Si gano yo, salimos —dijo John, provocando—. Si ganas tú, vamos a casa.
Se cuadraron. Desde ciertos ángulos los hermanos eran idénticos. Era como boxear ante un espejo. Pero Jimmy era más rápido y estaba en mejor forma. Pegaba duro y le propinó un golpe en la boca. Se atacaban y esquivaban. Cuando se detuvieron un momento, Jimmy tenía claro que había ganado, pues era el único que había acertado un puñetazo. El labio de John empezaba a hincharse.
—Esto es como Al este del Edén —dijo John, haciendo referencia a la escena de la pelea entre hermanos de la película de James Dean. John jadeaba, estaba sin resuello.
Jimmy pensó que ya podían irse a casa, y se encaminó hacia el jeep. John saltó al asiento del conductor.
—Vamos —dijo haciéndose con el volante y atropellar de paso la victoria de Jimmy.
Acudieron a un club de blues, luego a Lincoln Park y más tarde se embarcaron en una gira por la nocturnidad clandestina de Chicago. John llevaba una cámara Polaroid, y no dejó de tomar fotos en toda la noche. Jimmy enseguida se puso de buen humor. Salieron durante cuatro horas. John era divertido cuando tomaba el mando. Había sido como cuando eran niños.
Al día siguiente, Jimmy se sentía culpable por su sermón y por haberse peleado con él. John era mucho John como para detenerle, y quizá ni siquiera un hermano tenía derecho a hacerlo. ¿Cómo podía Jimmy decir cuánta cocaína era demasiada? Se disculpó varias veces.
—Oye, que ya está —dijo John—. No te preocupes. Lo he olvidado. Ni me acuerdo. Olvídalo.
—John, lo siento —dijo Jimmy—. No quería decir eso.
—Oye, olvídalo, no te preocupes más.
***
Jimmy marchó solo a California a ver a Nena. John se quedó en Chicago. Algunos días más tarde Judy voló a Chicago desde Nueva York para decirle a John que se iba a California a ver a Nena, y John decidió acompañarla. Llegaron y él acudió al hospital, donde estuvo hablando con Nena hasta que se durmió en su cama. Judy, Jimmy y los médicos consideraron que John tenía tan mal aspecto que debía examinarlo un doctor.
—Mira —le dijo Judy—, pienso que deberías decirle directamente lo que has estado haciendo esta semana para que pueda entender qué te pasa.
—Se lo diré —dijo John agresivamente—. Voy a decírselo.
John fue examinado. Su problema: demasiadas drogas.
Nena murió al día siguiente, y John pagó 4.066 dólares para que catorce parientes de Chicago pudieran acudir al funeral. En la ceremonia se desmoronó y las lágrimas resbalaban por su rostro mientras abrazaba a numerosos amigos y parientes.
***
A la semana siguiente John aceptó contratar a un guardaespaldas que le ayudara a controlar su consumo de drogas. Tanto John como Morris Lyda habían oído hablar de un antiguo agente del servicio secreto que había logrado ayudar con éxito al primer guitarra de los Eagles, Joe Walsh.
Richard G. Wendell, llamado «Smokey» por los tatuajes de osos en sus brazos, era lo bastante alto y robusto como para impresionar físicamente, pero sin ser abrumador. Con siete años en el servicio secreto y la Agencia de Protección Ejecutiva, Smokey, de treinta y cuatro años, era un observador profesional, un consumado agente antidroga. Tenía voz y maneras suaves y suficiente autoridad y tacto naturales como para resultar eficaz. Walsh lo recomendó vivamente y luego, medio en broma, le advirtió a Smokey:
—Puede que os haya hecho el peor favor de vuestra vida a ti y a tu familia. Te he liado con John Belushi.
—La verdad es que no le conozco —replicó Smokey, aunque le había visto brevemente con Walsh unos meses antes en Chicago.
—John tampoco se conoce a sí mismo —dijo Walsh.
Brillstein aceptó pagar 1.000 dólares a la semana a Smokey más gastos.
—Va a ser muy duro —advirtió Brillstein—. Es un hombre difícil. Estoy seguro de que ya conoces su problema.
El miércoles 16 de abril de 1980, Smokey se trasladó desde su casa en una zona residencial de Washington D.C. a Nueva York. Estaba previsto que se encontrara con John aquella tarde en Records Plant, un estudio de grabación en la calle 42 oeste. Por lo que decían todos, Smokey era consciente de que no se trataba de moderar el consumo de cocaína de John, sino de eliminarlo por completo. Aparentemente, John desconocía la moderación: si tomaba un poco, tenía que tomar más. Una vez em pezaba, consumía cuanto podía. Smokey tendría que ser implacable.
Smokey acudió a Record Plant hacia las dos de la tarde junto con Walsh, quien había aceptado ayudar a John a grabar una versión de «Gimme Some Lovin’» para el disco de la banda sonora de Granujas a todo ritmo. Morris Lyda también se presentó.
Bob Tischler, productor del disco, le dijo a Smokey:
—Quiero desearte mucha suerte. John no es fácil.
Todos se pusieron a esperar a John, que apareció tres horas tarde, aparentemente ajeno al hecho de haber tenido aguardando a Walsh, una de las estrellas del rock mejor pagadas. John estaba exultante, hasta arriba de cocaína, concluyó Smokey.
—Eh, vamos —dijo John—. ¿Qué pasa?
Vestía unos pantalones azules de pana, zapatillas y una chaqueta deportiva cruzada que no podía abrocharse porque estaba demasiado gordo. Llevaba los bolsillos llenos de tarritos de helado HäagenDazs, que empezó a ofrecer a la vez que se ponía a comer uno.
—Eh, Smokey —dijo John, acercándose y estrechando su mano cautelosamente, al tiempo que le dedicaba una mirada intensa, la mirada Belushi, de ojos centelleantes, que sostenía la de Smokey.
Smokey le devolvió la mirada como diciendo «ya sé que sabes que sé que mi trabajo es acabar con la droga». Fue una comunicación simple pero clara.
—Vaya, cabello tratado —le dijo John a Smokey.
—Sí, antes era como el tuyo —replicó Smokey.
—Uno a cero —dijo John, alejándose y moviéndose por la sala a sacudidas, nerviosamente.
Se puso unos auriculares para empezar la sesión.
Unos minutos más tarde, un extraño bien vestido entró en el estudio. Llevaba un bastón elegante, lo acompañaban dos mujeres y cargaba con tres botellas de champán.
John conocía sin duda al hombre y parecía muy satisfecho de verle. Trajeron una cubitera para el champán.
—Os presento a Smokey —dijo John, e hizo las presentaciones—. Va a viajar conmigo, a ayudarme y a ocuparse de mí. Hoy empieza.
Smokey observó a los recién llegados. Intercambió miradas de preocupación con Walsh. Los extraños eran sin duda gente vinculada a las drogas, concluyó Smokey. Se preguntó cómo iba a funcionar aquello. ¿Se daría cuenta si se producía alguna transacción?
—Tengo que ir al baño —dijo John con excesiva suavidad—. Pero primero escucharé esto.
Se puso de nuevo los auriculares y se alejó.
El extraño acudió enseguida al baño y salió poco después.
Smokey se apresuró hacia allá sin que John se diera cuenta. En el pequeño cuarto, sus ojos y sus manos empezaron a registrar. En el portarrollos del papel higiénico encontró un paquetito de cocaína. Smokey se lo guardó en el bolsillo y regresó al estudio.
John terminó de escuchar y se dirigió al baño. Después de varios minutos abrió la puerta y se abalanzó ceñudo hacia el extraño. Smokey se esforzó por tratar de oír la conversación.
—Es imposible —dijo el extraño, y regresó al baño, del que salió desconcertado.
Smokey observó a John mientras fisgoneaba por la estancia. Se apreciaba sobre la mesa la acostumbrada parafernalia de las sesiones de grabación: comida, bebidas, café, cigarrillos. Con un cigarrillo Vantage Blue colgando de los labios, John se aproximó y con afectado descuido agarró un paquete de Dunhill.
—Déjame ver los cigarrillos —dijo Smokey, acercándose a la mesa.
—¿Qué cigarrillos? —soltó John—. ¿De qué me hablas?
Smokey le dijo a John que creía que fumaba Vantage.
—No fumo de estos, pero quiero probarlos —dijo John.
Smokey agarró el paquete de Dunhill y apretó con fuerza. John se revolvió. Smokey no cedió. Ninguno de los dos lo hizo, y enseguida cayeron al suelo tirando de la cajetilla. Smokey por fin se hizo con ella, se incorporó y la abrió. Dentro había otro paquete de cocaína.
John se levantó y recorrió la estancia gritando y amenazando. Tischler estaba asombrado.
Smokey se dirigió a Tischler.
—Bob, ¿sueles tener a toda esta gente en el estudio cuando se graba?
—No —respondió Tischler.
—Estos son amigos míos —gritó John—. Si los quiero aquí, se pueden quedar.
—Esto es lo que vamos a hacer —dijo Smokey suavemente, dirigiéndose al extraño—. Puedes quedarte, pero cuanta más farla dejes por ahí, más caro va a salir. Tengo dos gramos en mi poder. Sé que John puede permitírselo. Es una pena cuando pierdes farla, pero es peor cuando se tira. Bien, si esto fuera sacarina… —con un solo gesto Smokey abrió rápidamente los paquetes, y antes de que nadie pudiera detenerle, había vaciado su contenido en una taza de café.
John parecía una máquina a todo gas, fuera de control, y se abalanzó a la sala de grabación insonorizada. Por la ventana, los demás podían ver que estaba arrojando cosas, gritando tan fuerte que podían oír su voz amortiguada.
—No me lo puedo creer —dijo Tischler.
John finalmente regresó e hizo un ademán para tener un aparte con Smokey.
—¡Nunca jamás! ¡Jamás vuelvas a avergonzarme de ese modo ante mis amigos!
Smokey le explicó que no habría pasado nada si le hubiera dejado ver el paquete de cigarrillos. Esas eran las reglas, indicó Smokey. Tenía que ser capaz de hacer su trabajo sin interferencias.
John le lanzó una mirada iracunda.
Smokey consideró que lo mejor era tratar de mantener la ventaja psicológica tan pronto como fuera posible, incluso si aquello significaba que le despidieran el primer día.
John regresó al trabajo. Walsh le explicó el modo de mezclar té con miel para mejorar su voz. Mientras marchaban, Walsh le deseo a John suerte con Smokey.
—Tienes razón —dijo John—. El tipo no me va a gustar.
John le dio una palmada a Smokey en la espalda y estrechó su mano.
John, Smokey y Lyda acudieron a un restaurante italiano cercano. Smokey ya había trabajado con estrellas del rock, pero jamás había visto a tantos cazautógrafos como los que acudían a su mesa. También fue la primera ocasión en que vio comer a John: primero, un entrante; luego espaguetis, raviolis, un plato de carne y el pos tre. Después de cenar, John y Smokey fueron a casa de John en el número 60 de Morton, una hermosa calle arbolada de Greenwich Village. En la primera planta, que de hecho estaba a nivel de sótano, se hallaba el dormitorio de John y Judy. Junto al mismo, John tenía una habitación a la que llamaba la cripta, una gran sala de música con un sofisticado equipo musical e insonorización en suelo y paredes.
John llevó a Smokey a la cripta, cerró la puerta, puso una grabación y subió el volumen. John miró a Smokey para ver qué le parecía el sonido.
—¿Está demasiado alto? —preguntó John.
Sin decir nada, Smokey se aproximó al amplificador y elevó el volumen.
Aburrido, John apagó la música y subió a las dependencias principales, donde había un gran salón y el comedor.
John dijo que quería ir al Blues Bar, otro bar privado (con el mismo nombre que el de Chicago) que él y Aykroyd habían alquilado a unas manzanas de allí. Smokey debía llamar a una limusina, dijo John, y añadió que no le gustaban las Cadillac. Quería una Lincoln.
Smokey pidió una Lincoln, y mientras esperaban John hizo unas cuantas llamadas, luego aclaró las responsabilidades de Smokey.
—Haz lo mismo que hacías con Joe Walsh —dijo John, y añadió—: No voy a ningún sitio sin Judy. Nunca la dejo. Cuídala. Es muy importante para mí. Recuérdalo.
Smokey explicó que se levantaría con John por la mañana y lo acostaría por la noche, y que trataría de ocuparse de todo: coches, comida, teléfonos, seguridad, viajes, lo que John quisiera.
John pareció relajarse.
—Bien, en cuanto a mí y mi problema —dijo—, te vas a encontrar con muchos obstáculos, y vas a tener que lidiar con ellos. ¿No quieres anotar nada?
Smokey dijo que lo recordaría.
—Supongo que sabes que en este negocio las drogas son uno de los mayores problemas, junto con el alcohol. Bueno, yo no soy un gran bebedor… Cuando cumplí treinta me dijeron que era millonario. Antes vivía con Judy en apartamentos de una habitación.
John volvió a su problema:
—Es difícil salir y ser siempre gracioso.
Contó que existía una presión increíble y expectativas por parte de todos, incluso de él mismo.
—Estoy seguro de que no sorprende a nadie que la gente en este negocio necesite algo para estar despierta y en marcha. Necesitas drogas. Necesitas estar al máximo, almacenarlo todo para poder utilizarlo.
Añadió que siempre tenía que estar alerta ante las posibilidades cómicas de todo lo que sucedía a su alrededor y a él mismo.
Estuvieron un rato sentados en silencio. A Smokey empezaba a gustarle John.
Uno de sus sitios favoritos, dijo John, uno de los pocos lugares donde podía ir a relajarse, eran los Baños de la calle 10, unos viejos baños rusos y turcos; el schvitz, o «sudor» le llamaban. El negocio lo llevaba un tipo llamado Al, que tenía también un pequeño restaurante. Tienes que conocerle, dijo John, y le llamó por teléfono. John pidió una segunda cena: bistecs, patatas fritas, ensaladas.
—Tengo un buen amigo que pasará a recogerlo —dijo John—, Smokey.
John firmó algunas fotos suyas para la gente de los baños y envió a Smokey cuando llegó la limusina.
Éste se encaminó hacia el coche, le dio al conductor la dirección de los baños y le pidió que recogiera la comida. Smokey subió entonces por las escaleras exteriores hasta el segundo piso y esperó. Tan pronto como la limusina giró por la esquina, John salió a la calle. Con paso alegre y vivo marchó por la calle Morton. Smokey bajó las escaleras y le siguió, acelerando el ritmo hasta que estuvo junto a él.
John se apercibió de Smokey y se detuvo bruscamente.
—¿Qué demonios haces aquí? —gritó.
—¿Adónde vas? —preguntó Smokey.
—Te dije que pillaras la cena —contestó John.
—¿Cuánto pueden pesar dos cenas en la parte trasera de un Lincoln? Además, el conductor me pareció lo bastante fuerte.
—Mierda —exclamó John. Alzó los brazos y golpeó duramente una señal callejera con la palma de la mano. Se volvió y regresó a casa. Smokey le siguió.
Smokey revisó la casa para asegurarse de que no había salidas traseras y se sentó a ver la televisión. Hacia las diez de la noche llegó la comida y John devoró su segunda cena. Entonces cogieron la limusina hasta el Blues Bar. Pasados unos minutos, John empezó a avanzar lentamente hasta la puerta, y luego trató de escapar, pero Smokey consiguió salir antes por otra puerta. Cuando John alcanzó por fin el coche, Smokey ya estaba sentado esperándole.
—¡Hijo de puta! —gritó John, pegando un portazo. Regresó al bar.
Poco después John salió corriendo y llegó solo al coche. Esta vez Smokey llegó más tarde y tuvo que perseguir al automóvil por la calle. Al final, lo alcanzó y golpeó la parte de atrás del vehículo. John ordenó al conductor que se detuviera, después que avanzara de nuevo y que parara de pronto. Smokey persiguió el coche a lo largo de una manzana hasta que este se detuvo. Abrió la puerta y entró.
John reía histéricamente.
—¡Te pillé!
—Eso depende de como lo mires —dijo Smokey—. ¿No estamos juntos en el mismo coche?
—Sí —dijo John—. Le dije al tipo que parara.
—¿Por qué?
—No lo sé —respondió John.
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