Comer animales – Jonathan Safran Foer

Comer animales – Jonathan Safran Foer

Estado: nuevo.

Editorial: Seix Barral.

Precio: $200.

Cuando Jonathan Safran Foer iba a convertirse en padre empezó a preocuparse por la forma más responsable de alimentar a su hijo. ¿Cuáles son las consecuencias de comer animales para la salud? ¿Cuáles los efectos económicos, sociales y ambientales de hacerlo? Mezclando con maestría filosofía, literatura, ciencia y la narración de sus propias aventuras detectivescas, Comer animales explora el origen de nuestros hábitos alimenticios: desde las costumbres nacionales a las tradiciones familiares, pasando por una atroz falta de información.
Con una profunda perspicacia, un equilibrado sentido ético y una creatividad desbordante, Safran Foer revela la espeluznante verdad sobre el precio pagado por el medio ambiente, el Tercer Mundo y los animales para que podamos tener carne en nuestras mesas.
“Se evocan de forma tan viva los horrores diarios en las granjas industriales y se evidencia de forma tan convincente la responsabilidad de los dirigentes del sistema que cualquiera que haya leído el libro de Foer y continúe consumiendo los productos de la industria o no tiene corazón o es impermeable a la razón, o ambas cosas”  . J. M. Coetzee.
Jonathan Safran Foer, nació en Washington D.C. en 1977. Es autor de las novelas Todo está iluminado (2002), Tan fuerte tan cerca (2005) yTree of Codes (2010). Ha sido galardonado con el Zoetrope: All-Story Fiction Prize, el New York Public Library’s Young Lions Fiction Award y fue incluido en la lista de los mejores novelistas jóvenes norteamericanos publicada por Granta. Su obra ha sido traducida a treinta y seis idiomas. Vive en Brooklyn, Nueva York.
Pablo Entrerrios
Llego a la parada del 176 en la ruta 8. Desde hace semanas una chica peruana vende tortilla al lado del cartel de Diarco, a su lado un nene de 10, 11 años, guardapolvo blanco, campera azul, gorro negro. Tiene frió. El nene me dice algo que yo no llegué a entender bien porque justo estaba cambiando de FM a reproductor en el celular, digo que NO con la cabeza. Camino tres pasos. Suena “Giorgio by Moroder” de Daft Punk. Ahhhh, vos querías una tortilla!!! El nene sonríe, como sonríen todos los nenes de Costa esperanza. Grande y lindo. De mi escuálida billetera de día 4 sale un Belgrano; la chica peruana me devuelve Dos Mitre y una tortilla toxica dentro de un sobre de madera que ya empieza a teñirse de aceite.
Estiro el brazo tan largo, como el puente de Zarate y digo: Toma campeón. Vos Querés? tira el pibito. Claro, amigo yo la corto dije. En el horizonte se veía el cartel del 176. El nene saludo a otro chico que bajaba del 670 y enfilaron para el colegio (un colegio para chicos con “problemitas” diría mi vieja) compartiendo la tortilla.
Mastico ese bolo alimenticio a base de harina, agua y sal. sigo masticando, recién logro que traspase el esófago cruzando General Paz. En mis Sony gira “A- punk” de Vampire Weekend.
No hay sol. Pero mis ojos brillan…
Fragmento del libro Comer animales
Posible de nuevo
Unos impulsos inesperados me asaltaron cuando descubrí que iba a ser padre. Empecé a ordenar la casa, a cambiar bombillas que llevaban tiempo difuntas, a limpiar ventanas y a archivar documentos. Me gradué la vista, compré una docena de pares de calcetines blancos, instalé una baca en el techo del coche y un panel divisorio en la parte trasera, me sometí al primer chequeo en media dé-cada… y decidí escribir un libro sobre comer animales.
La paternidad fue el empuje inmediato para emprender el viaje del que saldría este libro, pero lo cierto es que llevaba la mayor parte de mi vida haciendo esas maletas. A los dos años, los héroes de todos mis cuentos eran animales. A los cuatro, adoptamos al perro de un primo durante un verano. Yo le di un puntapié. Mi padre me dijo que a los animales no se los patea. Con siete años, lloré la muerte de mi pez. Me enteré de que mi padre lo había tirado por el retrete. Le dije a mi padre, con palabras menos educadas, que a los animales no se los tira por el retrete. Cuando tenía nueve años, tuve una canguro que no quería hacerle daño a nada. Lo expresó así cuando le pregunté por qué no comía pollo, como hacíamos mi hermano mayor y yo: «No quiero hacerle daño a nada.»
—¿Hacer daño? —pregunté.
—Sabes que el pollo es pollo, ¿no?
Frank me lanzó una mirada: «¿Mamá y papá han confiado sus preciosos retoños a esta imbécil?»
Ignoro si su intención era o no convertirnos al vegetarianismo —el hecho de que las conversaciones sobre carne tiendan a hacer sentir incómoda a la gente no significa que todos los vegetarianos se dediquen al proselitismo—, pero como ella era aún una adolescente, carecía de esos frenos que a menudo nos impiden entrar en ciertos temas. Sin dramatismos ni retóricas, compartió su opinión con nosotros.
Mi hermano y yo nos miramos, con las bocas llenas de pollo sacrificado, y tuvimos uno de esos momentos de «¿cómo diantre no había pensado en esto antes y por qué diablos nadie me lo ha dicho?». Dejé el tenedor sobre la mesa. Frank se terminó la comida y es probable que esté zampándose un muslo de pollo mientras yo escribo estas líneas.
Lo que nos dijo la canguro tenía sentido para mí, no sólo porque parecía verdad, sino porque era la aplicación al tema de la comida de todo lo que mis padres me habían enseñado. No debe hacerse daño a la familia. No debe hacerse daño a amigos ni a extraños. Ni siquiera a los muebles tapizados. El hecho de que yo no hubiera incluido a los animales en esa lista no los convertía en excepciones. Sólo dejaba constancia de que yo era un crío, ignorante del funcionamiento del mundo. Hasta que dejara de serlo. Momento en el cual debía cambiar de vida.
Mas no lo hice. Mi vegetarianismo, tan explosivo e inquebrantable en sus inicios, duró unos cuantos años, se atascó y agonizó en silencio. Nunca se me ocurrió una respuesta a lo que nos había dicho la canguro, pero encontré formas de difuminarlo, reducirlo y finalmente olvidarlo. En términos generales, no causaba daño a nadie. En términos generales, intentaba hacer el bien. En términos generales, tenía la conciencia limpia. Pásame el pollo. Me muero de hambre.
Mark Twain dijo que dejar de fumar era una de las cosas más fáciles que uno puede hacer: él lo hacía constantemente. Yo añadiría el vegetarianismo a la lista de propósitos sencillos. En mi época en el instituto pasé a ser vegetariano más veces de las que puedo recordar, normalmente como un esfuerzo para reclamar alguna identidad en un mundo poblado por personas cuyas identidades parecían fluir sin el menor esfuerzo por su parte. Quería un eslogan para lucir en el parachoques del Volvo de mi madre, una buena causa para llenar la solitaria media hora del descanso, una excusa para acercarme a los pechos de las activistas. (Y seguía pensando que estaba mal hacer daño a los animales.) Lo cual no quiere decir que me abstuviera de comer carne. Sólo que me abstenía de hacerlo en público. En privado, el péndulo tendía a oscilar. En esos años muchas cenas empezaban con la siguiente pregunta por parte de mi padre: «¿Alguna nueva restricción dietética que necesite saber esta noche?»
En la universidad, empecé a comer carne con más ganas. No es que «creyera en ello», signifique lo que signifique, pero de una forma consciente alejé la preocupación de mi mente. En esos momentos no me apetecía tener una «identidad propia». Y no tenía por allí cerca a nadie que me hubiera conocido en mi época vegetariana, así que no se suscitaba el tema de la hipocresía pública, ni siquiera tenía que justificar el cambio. Tal vez fuera el predominio del vegetarianismo en el campus lo que descorazonó el mío: uno se siente menos impelido a dar dinero a un músico callejero cuya gorra rebosa billetes.
Pero cuando, a finales del segundo curso, empecé la licenciatura de Filosofía e inicié mis primeros razonamientos serios y pretenciosos, recuperé el vegetarianismo. Estaba convencido de que la clase de olvido voluntario que implicaba comer carne resultaba demasiado contradictorio con la vida intelectual que intentaba moldear. Creía que la vida debería, podía y tenía que adaptarse al tamiz de la razón. Podéis imaginar lo fastidioso que me puse.
Cuando me gradué, comí carne, montones de carne de todo tipo, durante unos dos años. ¿Por qué? Pues porque estaba buena. Y porque a la hora de forjar hábitos las historias que nos contamos a nosotros mismos son más importantes que la razón. Y yo me conté una historia que me exoneraba de toda culpa.
Entonces tuve una cita a ciegas con la mujer que luego se convertiría en mi esposa. Y unas cuantas semanas más tarde nos descubrimos abordando dos temas sorprendentes: el matrimonio y el vegetarianismo.
Su historia con la carne era notablemente parecida a la mía: había cosas en las que creía por la noche, cuando estaba acostada en la cama, y decisiones que tomaba en la mesa del desayuno a la mañana siguiente. Existía en ella una sensación (aunque fuera sólo transitoria y fugaz) de estar participando en algo que estaba muy mal, y al mismo tiempo existía la aceptación tanto de la confusa complejidad del tema como de la naturaleza falible, y por tanto excusable, del ser humano. Al igual que yo, ella tenía intuiciones muy fuertes, pero al parecer no lo bastante.
La gente se casa por muchas y variadas razones, pero una de las que nos animó a tomar la decisión fue la perspectiva de iniciar, explícitamente, una etapa nueva. El ritual y el simbolismo hebreo fomentan esta idea de establecer una profunda división con lo que había antes: el mejor ejemplo de ello es la rotura del vaso al final de la ceremonia nupcial. Las cosas eran como antes, pero serían distintas a partir de entonces. Las cosas serían mejores. Nosotros seríamos mejores.
Suena genial, sin duda, pero ¿mejores en qué sentido? Se me ocurrían incontables formas de mejorar (aprender idiomas, tener más paciencia, trabajar más), pero ya había hecho demasiados buenos propósitos para seguir confiando en ellos. También se me ocurrían incontables maneras de mejorarnos a los dos, pero en una relación las cosas en las que ambos miembros pueden ponerse de acuerdo para cambiar son más bien escasas. En realidad, incluso en los momentos en que uno siente que puede hacer muchas cosas, son pocas las que al final puede realizar.
Comer animales, una preocupación que ambos habíamos tenido y olvidado, parecía un buen principio. Implicaba muchas cosas y podía dar pie a muchas otras. En la misma semana, abrazamos el vegetarianismo con fervor.
Nuestro banquete de boda no fue vegetariano, por supuesto, ya que nos convencimos de que era de justicia ofrecer proteínas animales a nuestros invitados, algunos de los cuales habían recorrido largas distancias para participar de nuestra alegría. (¿Es un razonamiento difícil de seguir?) Y comimos pescado durante la luna de miel porque estábamos en Japón, y donde fueres… Y, ya de regreso a casa, tomábamos de vez en cuando hamburguesas y caldo de pollo, salmón ahumado y filetes de atún. Pero sólo en contadas ocasiones. Sólo cuando nos apetecía de verdad.
Y me dije que así eran las cosas. Y me dije que no estaban mal. Acepté que mantendríamos una dieta marcada por una consciente incoherencia. ¿Por qué comer debía ser distinto al resto de los aspectos éticos de nuestra vida? Éramos gente básicamente honesta que a veces decía mentiras, amigos atentos que en ocasiones metían la pata. Éramos vegetarianos y comíamos carne de vez en cuando.
Y ni siquiera podía estar seguro de que mis intuiciones fueran algo más que vestigios sentimentales de mi infancia; de que si las exploraba con seriedad no me toparía con cierta indiferencia. Ignoraba qué eran los animales, y no tenía la menor idea de cómo los criaban o los mataban. El tema en conjunto me resultaba incómodo, pero eso no quería decir que tuviera que serlo para el resto del mundo. Ni siquiera para mí. Y no sentía la menor prisa o necesidad de averiguarlo.
Pero entonces decidimos tener un hijo, y ésa fue una historia distinta que iba a necesitar una historia distinta.
****
Una media hora después del nacimiento de mi hijo, fui a la sala de espera a dar la buena noticia a mi familia.
—¡Has dicho «él»! ¿Es un chico?
—¿Cómo se va a llamar?
—¿A quién se parece?
—¡Cuéntanoslo todo!
Respondí a sus preguntas tan deprisa como pude, luego me fui a un rincón y encendí el móvil.
—Abuela —dije—. Hemos tenido un niño.
El único teléfono de su casa está en la cocina. Descolgó a la primera llamada, lo que significaba que se encontraba sentada a la mesa, esperando a que sonara. Era poco más de medianoche. ¿Estaba recortando vales? ¿Preparando pollo con zanahorias para congelarlo y dárselo de comer a alguien en el futuro? Nunca la había visto u oído llorar, pero noté un nudo de lágrimas en su voz cuando preguntó:
—¿Cuánto ha pesado?
***
Pocos días después de nuestro regreso del hospital, envié una carta a un amigo en la que adjunté una foto de mi hijo y mis primeras impresiones sobre la paternidad. Él respondió simplemente: «Todo vuelve a ser posible.» Era la frase perfecta, porque reflejaba exactamente cómo me sentía. Podríamos volver a contar nuestras historias y hacerlas mejores, más significativas o más ambiciosas. O podíamos elegir historias distintas. El mundo tenía otra oportunidad.
Comer animales
Es posible que el primer deseo de mi hijo, mudo e irracional, fuera el de comer. Segundos después de nacer ya estaba mamando del pecho de su madre. Lo observé con una admiración que no tenía precedentes en mi vida. Sin explicaciones ni experiencia previa, él sabía qué hacer. Millones de años de evolución le habían transferido ese conocimiento, de la misma forma que habían codificado el latido de su diminuto corazón y la expansión y contracción de sus flamantes pulmones.
Mi admiración no tendría precedentes, pero me vinculaba a otros a través de las generaciones. Vi los anillos de mi árbol: mis padres observándome mientras comía, mi abuela viendo comer a mi madre, mis bisabuelos viendo a mi abuela… Él comía igual que lo habían hecho los niños de los pintores de cuevas.
A medida que mi hijo daba los primeros pasos en la vida y yo iniciaba este libro, daba la sensación de que todo cuanto él hacía giraba en torno a la comida. Mamaba, dormía después de mamar, lloriqueaba antes de mamar, o expulsaba la leche que había mamado. Ahora que termino el libro, él es capaz de mantener conversaciones bastante sofisticadas y, cada vez más, los alimentos que come se digieren con la ayuda de las historias que le contamos. Dar de comer a mi hijo no es lo mismo que alimentarme yo: importa más. Importa porque la comida importa (su salud física es importante, el placer de comer es importante), y porque las historias que se sirven de guarnición con la comida también importan. Estas historias unen a la familia, y unen nuestra familia a las otras. Historias sobre comida e historias sobre nosotros: nuestra historia y nuestros valores. De la tradición hebrea de mi familia, aprendí que la comida sirve para dos propósitos paralelos: nutre y te ayuda a recordar. La comida y los cuentos son inseparables: el agua salada son lágrimas, la miel no sólo tiene un sabor dulce sino que nos hace evocar la dulzura, el matzo es el pan de nuestra aflicción.
Hay miles de alimentos en el planeta, y explicar por qué comemos una parte relativamente pequeña de ellos requiere unas cuantas palabras. Tenemos que explicar que el perejil está en el plato por motivos decorativos, que la pasta no se come para desayunar, y por qué comemos alas y no ojos, vacas y no perros. Las historias establecen narrativas, las historias establecen reglas.
En muchos momentos de mi vida he olvidado que tengo historias que contar acerca de la comida. Me limité a comer lo que tenía a mano o tenía buen sabor, lo que parecía lógico, sensato o sano… ¿qué había que explicar? Pero la clase de paternidad que siempre imaginé aborrece ese tipo de olvido.
Esta historia no empezó en forma de libro. Yo sólo quería saber, por mí y por mi familia, qué es la carne. Quería saberlo con la mayor concreción posible. ¿De dónde sale? ¿Cómo se produce? ¿Cómo se trata a los animales y hasta qué punto eso importa? ¿Cuáles son los efectos económicos, sociales y ambientales de comer animales? Mi búsqueda personal no se mantuvo así durante mucho tiempo. A través de mis esfuerzos como padre, me enfrenté cara a cara con realidades que como ciudadano no podía ignorar y como escritor no podía guardar para mí. Pero enfrentarse a esas realidades y escribir sobre ellas con responsabilidad son dos cosas distintas.
Quería abordar estas cuestiones de una forma global. De manera que aunque el 99 por ciento de los animales que se comen en este país proceden de «granjas de producción masiva» —y por tanto dedicaré gran parte de este libro a explicar qué significa esto y qué importancia tiene—, el otro 1 por ciento de la cría de animales es también una parte de esta historia. La desproporcionada cantidad de páginas que dedico en este libro a las mejores granjas familiares refleja lo significativas que creo que son, pero al mismo tiempo, lo insignificantes que resultan en el conjunto: la excepción a la regla.
***
Para ser totalmente honesto (y aun arriesgándome a perder mi credibilidad en esta misma página), partí de la base, antes de empezar con mis investigaciones, de que sabía lo que iba a encontrar: no los detalles, pero sí el conjunto de la imagen. Otros asumieron exactamente lo mismo. Casi siempre que comentaba que estaba escribiendo un libro sobre «comer animales», mi interlocutor llegaba a la conclusión, sin conocer mi punto de vista, de que se trataba de una defensa del vegetarianismo. Es significativa la convicción de que una investigación concienzuda sobre la cría de animales acabará comportando que uno se aleje de comer carne y que la mayoría de la gente es consciente de ello. (¿Qué os vino a la cabeza al leer el título del libro?)
También yo asumí que mi libro sobre comer animales se convertiría en una defensa a ultranza del vegetarianismo. No ha sido así. Merece la pena escribir una defensa a ultranza del vegetarianismo, pero no es lo que he escrito.
La cría de animales es un tema muy complejo. No hay dos animales, criadores, granjas, granjeros ni consumidores de carne que sean iguales. Al echar un vistazo a la ingente cantidad de investigación —lecturas, entrevistas, observaciones de campo— que fue necesaria incluso para ponerse a pensar sobre este tema en serio, tuve que preguntarme si era posible decir algo coherente y significativo sobre una práctica tan diversa. Quizá no exista la «carne». En su lugar, existe este animal, criado en esta granja, sacrificado en esta planta, vendido de este modo y consumido por esta persona: todos demasiado distintos para ser unidos en un mismo mosaico.
Y comer animales, como el aborto, es uno de esos temas en los que es imposible saber de manera definitiva algunos de los detalles más importantes. (¿Cuándo es un feto una persona real y no potencial? ¿Cómo es en verdad la experiencia animal?), lo cual remueve las desazones más profundas de uno y a menudo provoca actitudes defensivas o agresivas. Es un tema peliagudo, frustrante y vibrante. Una pregunta lleva a otra, y resulta fácil que uno acabe defendiendo una postura mucho más radical que sus propias creencias o que su forma de vida real. O, aún peor, que acabe sin hallar una postura que merezca la pena defender o que sirva de base en su vida.
Luego está la dificultad de distinguir entre las sensaciones que provoca algo y lo que ese algo es en realidad. A menudo los argumentos sobre comer animales no son en absoluto argumentos, sino simples afirmaciones de gusto. Y donde haya hechos —ésta es la cantidad de cerdo que comemos; éste es el número de plantaciones de mangos que han sido destruidas por la acuicultura; así se mata una vaca—, surge la cuestión de qué hacer con ellos. ¿Deberían ser éticamente convincentes? ¿Comunitariamente? ¿Legalmente? ¿O sólo más información para que cada consumidor la digiera como le parezca?
Mientras que este libro es el fruto de una enorme cantidad de investigación, y resulta tan objetivo como cualquier otra obra periodística —usé los datos estadísticos disponibles más fiables (casi siempre del gobierno, y de fuentes del ámbito académico y de la industria que gozaban de un amplio consenso) y contraté a dos asesores externos para corroborarlos—, yo pienso en él como en una historia. Contiene muchos datos, pero a menudo se muestran lábiles y maleables. Los hechos son importantes, pero por sí solos no dotan de significado, sobre todo cuando están tan vinculados a las elecciones lingüísticas. ¿Qué significa «reacción de dolor mesurada» en los pollos? ¿Significa dolor? ¿Qué significa «dolor»? No importa cuánto aprendamos de la fisiología del dolor —cuánto tiempo persiste, qué síntomas produce, etcétera— nada de ello nos dirá algo significativo. Pero si se colocan los hechos en una historia, una historia de compasión o dominación, o quizá de ambas; si se colocan en una historia sobre el mundo en que vivimos, sobre quiénes somos y quiénes queremos ser, podremos empezar a hablar con sentido sobre la costumbre de comer animales.
Estamos hechos de historias. Pienso en esos sábados por la tarde sentados a la mesa de la cocina en casa de mi abuela, los dos solos: pan negro en la tostadora humeante, el rumor de una nevera casi cubierta por el velo de fotografías familiares. Tomando esos restos de pan de centeno y Coca-Cola, ella me hablaba de su huida de Europa, de lo que se vio obligada a comer y lo que no. Era la historia de su vida. «Escúchame», me suplicaba, y yo comprendía que me transmitía una lección vital, aunque siendo niño no alcanzara a saber de qué lección se trataba.
Ahora sí lo sé. Y aunque los detalles no podían ser más distintos, intento, e intentaré, transmitir su lección a mi hijo. Este libro es mi esfuerzo más serio por hacerlo. Al empezarlo siento una gran inquietud, porque son muchos los recuerdos. Aun dejando de lado, por un momento, los más de diez millones de animales sacrificados todos los años en Estados Unidos para servir de alimento, y dejando a un lado el entorno, los trabajadores, y otros temas tan relacionados como el hambre del mundo, las epidemias de gripe y la biodiversidad, también está la cuestión de qué pensamos de nosotros mismos y de los demás. No sólo somos los narradores de nuestras historias, somos las historias mismas. Si mi esposa y yo criamos a nuestro hijo como vegetariano, él no comerá el plato especial de su bisabuela, nunca recibirá esa expresión única y absolutamente directa de su amor, quizá nunca pensará en ella como en la Mejor Cocinera del Mundo. La historia de ella, la historia básica de nuestra familia, tendrá que cambiar.
Las primeras palabras de mi abuela al ver a mi hijo por primera vez fueron: «Mi venganza.» Del infinito número de cosas que podría haber dicho, fue eso lo que escogió, o que le fue escogido.
Escúchame:
—No éramos ricos, pero siempre teníamos lo suficiente. Los jueves hacíamos pan, challah y rolls, y duraban para toda la semana. Los viernes hacíamos crepes. Para el sabbat siempre tomábamos pollo y sopa de fideos. Ibas al carnicero y pedías un poco más de carne. Cuanta más grasa tuviera mejor era la pieza. No era como ahora. No teníamos neveras, pero sí leche y queso. No teníamos verduras de todas clases, pero las que teníamos nos bastaban. Las cosas que tenéis aquí y que dais por sentadas… Pero éramos felices. No conocíamos nada mejor. Y también dábamos por sentadas muchas cosas.
»Luego todo cambió. La guerra fue el Infierno en la Tierra y me quedé sin nada. Dejé a mi familia, ya lo sabes. Corrí día y noche, sin parar, porque los alemanes iban pisándome los talones. Si parabas, morías. Nunca había suficiente comida. Fui poniéndome más y más enferma por la falta de comida, y no hablo sólo de quedarme esquelética. Tenía llagas por todo el cuerpo. Me costaba moverme. No se me caían los anillos por comer de los cubos de basura. Comí los trozos que tiraban los demás. Si te espabilabas, sobrevivías. Cogí cuanto pude. Comí cosas de las que prefiero no hablarte.
»Incluso en los peores tiempos, encontrabas a buena gente. Alguien me enseñó a atarme los extremos de los pantalones para poder llenar las perneras con tantas patatas como podía robar. Caminé kilómetros y kilómetros así, porque nunca sabías cuándo volverías a tener suerte. Una vez alguien me dio un poco de arroz, y viajé dos días hasta un mercado para cambiarlo por jabón, y luego fui a otro mercado y canjeé el jabón por judías. Había que tener suerte e intuición.
Lo peor de todo fue hacia el final. Mucha gente murió al final, y yo no estaba segura de poder sobrevivir un día más. Un granjero ruso, Dios lo bendiga, vio cómo estaba, entró en su casa y salió con un pedazo de carne para mí.
—Te salvó la vida.
—No la comí.
—¿No la comiste?
—Era cerdo. Nunca comería cerdo.
—¿Por qué?
—¿Qué quieres decir con «por qué»?
—¿Te refieres a que no era kosher?
—Por supuesto.
—Pero ¿ni siquiera para salvar la vida?
—Cuando ya nada importa, no hay nada que salvar.
La matanza de animales como alimento
Henry Stephens Salt
Es imposible que resulte adecuada o concluyente ninguna discusión del principio de los derechos de los animales que, como siguen ignorando muchos de los llamados humanitarios, ignore la inmensa importancia subyacente del tema de la alimentación. No tenemos por qué preocuparnos gran cosa por el origen del hábito de comer carne. Vamos a dar por supuesto, como hace la teoría que goza de mayor favor, que inicialmente, bajo la presión de la necesidad, mataban animales las tribus migratorias no civilizadas, y que la práctica que así surgió, fomentada por la idea religiosa de la ofrenda de sangre y la propiciación, se perpetuó e incrementó aun después de que hubieran desaparecido las tempranas condiciones de su origen. Lo que es más importante observar es que el hecho mismo de que ese hábito prevalezca ha propiciado que llegue a considerarse una característica necesaria de la civilización moderna, y que esta opinión ha tenido, inevitablemente, un señalado efecto -un efecto sumamente perjudicial- sobre el estudio de la relación moral del hombre con los animales inferiores. (Nota de la web: inevitablemente encontraremos en este texto numerosas expresiones especistas, así como un uso del lenguaje que reafirma la distancia entre los humanos y el resto de los animales, como esta de “animales inferiores”. Téngase presente que el texto es de finales del siglo XIX.)
Ahora bien, hay que admitir, creo, que resulta difícil reconocer y afirmar de manera coherente los derechos de un animal que tenemos el propósito de convertir en festín, dificultad que no han podido superar en absoluto, de manera satisfactoria, aquellos moralistas que, mientras aceptan la práctica del consumo de carne como una institución que está más allá de toda crítica, se han mostrado deseosos de hallar una base sólida para una teoría de la condición humanitaria. “Extraña contradicción de la conducta -dice el Filósofo Chino de Goldsmith respecto a este dilema-. ¡Sienten piedad y devoran los objetos de su compasión!” Hay también otra consideración más que hacer: que la sanción que implícitamente otorgamos a las terribles crueldades que el vaquero y el matarife infligen al inofensivo ganado hacen casi imposible, por paridad de razonamiento, abolir muchos otros actos de injusticia que por todas partes vemos en nuestro derredor, y quienes se oponen a la reforma humanitaria no han tardado en sacar provecho de este obstáculo[39]. De ahí la disposición por parte de muchos autores, que por lo demás muestran humanos sentimientos, a evitar el embarazoso tema del matadero, o a pasar por encima de él con una serie de excusas contradictorias y harto irrelevantes.
Pondré algunos ejemplos. “Privamos a los animales de la vida -dice Bentham, en una aplicación deliciosamente ingenua de la filosofía utilitaria- y está justificado que lo hagamos: sus dolores no son comparables al placer que nos proporcionan.”
“Dentro del programa de la universal providencia -dice Lawrence- han querido ser recíprocos los servicios entre hombre y bestias, y la mayor parte de estas últimas no puede pagar el trabajo y el cuidado humanos de otro modo que mediante la pérdida de la vida.”
La alegación de Schopenhauer se asemeja en algo a la anterior: “El hombre, privado de la alimentación carnívora, sobre todo en el norte, sufriría más de lo que sufre el animal con una muerte rápida e inesperada. Pero deberíamos mitigar ese sufrimiento con la ayuda del cloroformo”.
Hay también el argumento que suele fundamentarse en la supuesta sanción por parte de la naturaleza. “Mis escrúpulos -escribe Lord Chesterfield- no podían reconciliarse con esta horrible forma de alimentarse hasta que, tras grave reflexión, llegué al convencimiento de su legitimidad derivada del orden general de la naturaleza, que ha establecido, como uno de sus primeros principios, la depredación sobre el más débil.”
Y tenemos por último al temible Paley, que descarta como carente de valor toda apelación a la naturaleza, y se apoya en los mandatos de las Sagradas Escrituras. “Un derecho a la carne de los animales. Alguna excusa se antoja necesaria por el dolor y la pérdida que ocasionamos a los animales al restringir su libertad, mutilar sus cuerpos y, finalmente, poner fin a su vida para nuestro placer o conveniencia. Las razones que se alegan para vindicar esta práctica son las siguientes: que al haberse creado diversas especies de animales para comerse unos a otros, es permisible una suerte de analogía para demostrar que la especie humana debía alimentarse a base de ellos… Ante tal razonamiento haría yo la observación de que la analogía que pretende establecerse resulta en extremo débil, ya que los animales no pueden sustentarse de otro modo, y puesto que nosotros sí podemos, ya que la especie humana podría subsistir en su totalidad a base de fruta, legumbres, hortalizas y tubérculos, como de hecho hacen muchas tribus hindúes… Paréceme que sería difícil defender este derecho mediante argumentos proporcionados por el orden natural, y que debemos agradecerlo al permiso que se recoge en las Sagradas Escrituras.”
De las citas que acabamos de mencionar, y que podrían ampliarse indefinidamente, resulta claramente que la fábula del lobo y el cordero se repite incesantemente en la actitud de nuestros moralistas y filósofos hacia las víctimas del matadero.
Así puede señalar Humphry Primatt que “buscamos por toda la naturaleza y la forzamos en sus partes más débiles y tiernas para arrancarle, a ser posible, cualquier concesión en la que podamos apoyar la apariencia de un argumento”.
Mucho más prudente y humano es, sobre este particular, el tono adoptado por autores tales como Michelet, quienes, no viendo modo alguno de escapar a la práctica de la alimentación carnívora, se abstienen al menos de intentar apoyarla con falaces razonamientos. “Los animales que están por debajo de nosotros -dice Michelet- tienen también sus derechos delante de Dios. ¡Sombrío misterio, la vida animal! Inmenso mundo de ideas y de mudos sufrimientos! La naturaleza entera protesta contra la barbarie del hombre, que no comprende, que humilla, que tortura a sus hermanos inferiores… ¡Vida… muerte! El diario asesinar que implica alimentarse de animales… esos duros y amargos problemas eran una grave preocupación para mi mente. ¡Miserable contradicción! Esperemos que exista otro globo en el que se nos ahorren las bajas, las crueles fatalidades de éste.”[40]
Pero, mientras tanto, sigue siendo cierto el sencillo hecho -que cada día encuentra más y más corroboración científica- de que no existe esa “cruel fatalidad” que Michelet imaginaba. La anatomía comparada ha demostrado que el hombre no es carnívoro, sino frugívoro, en su estructura natural, y la experiencia ha demostrado que la alimentación a base de carne es totalmente innecesaria para sustentar una vida saludable. La importancia de este reconocimiento más general de una verdad con la que han estado familiarizados en toda época unos cuantos pensadores bien informados, difícilmente se sobreestimará en la relación que tiene con la cuestión de los derechos de los animales. Despeja una dificultad que desde hace tanto tiempo ha aminorado el entusiasmo, o deformado el juicio, de la escuela más humana de moralistas europeos, y hace posible abordar el tema de la relación moral del hombre con los animales inferiores con un espíritu de indagación más imparcial y menos lleno de temores. No es mi propósito en estas páginas abogar por la causa del vegetarianismo. Pero, a la vista de la gran masa de pruebas, fáciles de obtener[41], de que el transporte y sacrificio de animales van necesariamente acompañados de las más atroces crueldades, y de que un gran número de personas han vivido durante años con buena salud sin recurrir al consumo de carne, hay que decir al menos que omitir esta derivación del tema de la consideración más seria y rigurosa es jugar con la cuestión de los derechos de los animales. Hace cincuenta o cien años quizá existiera alguna excusa para suponer que el vegetarianismo era una simple manía. Pero no existe en la actualidad semejante excusa.
Dos puntos hay de especial significación a este respecto. El primero es que, conforme la civilización avanza, las crueldades inseparables del sistema de sacrificio se han ido agravando, en vez de disminuir, debido tanto a la mayor necesidad de transportar animales a grandes distancias, por mar y tierra, en condiciones de premura y dureza que impiden por lo general toda consideración humana hacia su bienestar, como a los torpes y bárbaros métodos que con harta frecuencia se practican en esos antros de tortura que se conocen como “mataderos privados”[42].
El segundo es que también ha aumentado en gran manera el sentimiento de repugnancia que causa entre toda la gente sensible y refinada la visión de la actividad del carnicero, e incluso su mera mención, o el hecho de pensar en ella, de modo que los detalles del repulsivo proceso se mantienen cuidadosamente fuera de la vista y de la mente, en la medida de lo posible, delegándose en una clase de parias que realizan el trabajo que horrorizaría hacer a las personas más delicadas. En estos dos hechos tenemos clara evidencia, primero, de que hay buenas razones para que la conciencia pública, o en todo caso la conciencia humanitaria, se inquiete por cuanto concierne al sacrificio del “ganado” y, segundo, que esta inquietud ya se ha desarrollado y manifestado en gran medida.
El argumento común, que adoptan muchos apologistas del consumo de carne, o de la caza del zorro, según el cual el dolor que se inflige al matar a los animales está más que compensado por el placer que han gozado durante su vida, ya que de otro modo no hubieran existido siquiera, es más ingenioso que convincente, ya que no es en rigor nada más que la vieja y conocida falacia que ya hemos comentado: el arbitrario truco de constituirnos nosotros en portavoces e intérpretes de nuestras víctimas. Mr. E.B. Nicholson es por ejemplo de la opinión de que “podemos estar bien seguros de que si [el zorro] fuese capaz de entender y dar respuesta a la pregunta, elegiría la vida, con todos sus riesgos y penalidades, a la no existencia sin ellos”[43]. Desgraciadamente para la solidez de esta suposición sospechosamente parcial no hay ningún caso registrado de que esta extraña alternativa se haya sometido nunca a ningún zorro ni a ningún filósofo, de modo que habría primero de establecerse el precedente para basar en él un juicio. Entre tanto, en vez de cometer el grosero absurdo de hablar de la no existencia como estado bueno o malo, o de algún modo comparable a la existencia, mejor haríamos en recordar que los derechos de los animales, si los admitimos en absoluto, han de empezar con el nacimiento de los animales en cuestión, y pueden sólo terminar con su muerte, y que no podemos evadirnos de las responsabilidades que en justicia nos corresponden mediante esas sofísticas referencias a una imaginaria decisión prenatal en un imaginario estado prenatal.
El más nocivo efecto de la práctica carnívora, en su influencia sobre el estudio de los derechos de los animales en los actuales tiempos, es que estultifica y degrada la razón de ser misma de innumerables miríadas de seres: trae a éstos a la vida sin mejor finalidad que negarles el derecho a vivir. Ocioso resulta apelar a la mortífera guerra que vemos en algunos aspectos de la naturaleza salvaje, donde el animal más débil es a menudo presa del más fuerte, puesto que allí {aparte del hecho de que la cooperación modifica en gran medida la competición) las razas más débiles viven al menos su vida propia y tienen su oportunidad en el juego, mientras que las víctimas de los carnívoros humanos son criadas y cebadas, y destinadas desde el primer momento a la final matanza, de forma tal que todo su modo de vida se ve desvirtuado de su natural norma, y apenas son más que filetes, piernas o jamones animados. Y esto, yo sostengo, es una flagrante violación de los derechos de los animales inferiores, derechos que comienzan a ser percibidos por la conciencia más humana de la humanidad. Muy bien se ha dicho que “tener a un hombre {esclavo o siervo) meramente para tu propia ventaja, o tener a un animal al que puedas comerte, es una mentira. No puedes mirar a ese hombre o animal a la cara”[44].
Que quienes son conscientes de los horrores que implica la matanza, y asimismo de la posibilidad de una dieta sin carne, piensen que basta con oponer “el permiso de las Escrituras” como respuesta a los argumentos de los reformadores de la alimentación, es un ejemplo del extraordinario poder de la costumbre para cegar la vista y el corazón de personas por lo demás humanas. Cito el siguiente pasaje de Súplica de Clemencia para los Animales[45], como ejemplo típico de esa especie de perversión del sentimiento a la que aludo. “No sólo en la supersticiosa India -dice el autor, cuyas ideas de lo que constituye superstición parecen ser más bien confusas- sino también en este país, hay vegetarianos y otras personas que ponen objeciones al uso de alimentos animales, y no únicamente por motivos de salud, sino porque implican el uso de un poder al que el hombre no tiene ningún derecho. Ante tales afirmaciones no tenemos más que oponer el claro permiso del divino Autor de la vida. Pero ese permiso sin matices no puede nunca sancionar que se inflija innecesario sufrimiento”.
Pero si puede prescindirse del consumo de carne mismo, ¿cómo cabe argumentar que el sufrimiento, que es inseparable de la matanza, pueda ser también otra cosa que innecesario? Confío en que la causa de la humanidad y la justicia (que no “clemencia” ) para con los animales inferiores no se vea retardada por objeciones sentimentales y supersticiosas de este estilo.
La reforma de la dieta será sin duda lenta, y en el caso de muchos individuos estará llena de dificultades y retrocesos. Pero al menos establece que hay algo que incumbe a todos los pensadores humanitarios: que cada cual debe llegar a alguna conclusión satisfactoria respecto a la necesidad, la necesidad real, del consumo de carne, antes de llegar a ninguna conclusión intelectual sobre el tema de los derechos de los animales. Es fácil de ver que, conforme se discuta más y más la cuestión, el resultado será cada vez más decisivo. “Con independencia de cuál sea mi práctica -escribe Thoreau- no me cabe la menor duda de que forma parte del destino de la raza humana, en su gradual mejoramiento, dejar de comer animales, del mismo modo que en las tribus salvajes han dejado de comerse los unos a los otros al entrar en contacto con los más civilizados.”
NOTAS A PIE DE PAGINA
[39] He aquí dos argumentos que se utilizan respectivamente en defensa del vivisector y del cazador deportivo ..Si el hombre puede legítimamente dar muerte dolorosa a los animales con el fin de procurarse alimento y lujos, ¿por qué no ha de estar asimismo legitimado para provocarles dolor, e incluso la muerte, con la superior finalidad de aliviar los sufrimientos de la humanidad?” (Chamber´s Enclyclopaedia,1884).
“Si se les pide que pongan fin al tiro al pichón, se les pedirá a continuación que pongan fin al sacrificio de reses” (Lord Fortescue, Debate on Pigeon-Shooting, 1884).
[40] “La Bible de I´Humanité”
[41] Pueden conseguirse dirigiéndose a cualquiera de las sociedades que a continuación se citan: Vegetarian Society, 75, Princess Street, Manchester; London Vegetarian Society, Memorial Hall. E.C.; National Food Reform Society, 13, Rathhone Place, W.
[42] Si algún lector piensa que hay exageración en esta afirmación. que estudie Cattle Ships, de Samuel! Primsoll, Kegan Paul, Trench, Trubner and Co., 1890, y Behind the Scenes in Slaughter-House.”, de HF Lester, Wm. Reeves, 1892.
[43] The Rights of an Animal, 1879.
[44] Edward Carpenter, England, Ideal.
[45] J. Macaulay, Plea for Mercy to Animals (Partridge and Co., 1881).
PREGUNTAS Y RESPUESTAS SOBRE LA VIVISECCIÓN
CONTESTADAS POR HANS RUESCH
EN CONMEMORACIÓN DE LOS 20 AÑOS DE LA PUBLICACIÓN DE LA PRIMERA EDICIÓN DE MATANZA DE INOCENTES EN INGLÉS
Hans Ruesch, investigador de la historia de la vivisección y de la medicina, es el principal partidario de la abolición de la vivisección. En las siguientes preguntas y respuestas, Ruesch explica con términos simples pero convincentes por qué la “vivisección” (experimentación con animales) es algo más que una forma de explotación animal, y asegura que constituye una amenaza para la salud y el bienestar de los humanos.
Puede servir de introducción a Matanza de Inocentes, el genial libro del mismo autor que generó el moderno movimiento antiviviseccionista científico que es apoyado por numerosos eruditos, doctores y científicos de todo el mundo.
PREFACIO
El funcionamiento de la naturaleza humana es siempre misterioso. En cada época de la historia aparecen ciertos individuos en la escena mundial que están destinados a desafiar y a cambiar la cultura dominante con objeto de mejorarla y ennoblecerla. Tales individuos sueles ser científicos o artistas (generalmente artistas), pero siempre dejan en el mundo una gran obra que inspira a las generaciones siguientes. En mi opinión, Matanza de Inocentes, de Hans Ruesch, es una de esas obras.
Matanza de Inocentes es un libro escrito con una gran inteligencia, con una erudición sólida pero fácil de entender y con una elevada dosis de compasión y empatía, combinadas con una gran destreza literaria. Además constituye la crítica más contundente de la vivisección (experimentación con animales vivos) publicada en el siglo XX, superando incluso al Dr. Walter Hadwen, gran pionero del antiviviseccionismo. Hans Ruesch fue capaz de mezclar en ella con gran brillantez la pasión con la perspicacia, la piedad con un humor amargo y mordaz, y el conocimiento con la sensibilidad. En Matanza de Inocentes podemos encontrar algunas de las enseñanzas más importantes de la vida, unas enseñanzas que la humanidad ha optado por ignorar neciamente.  La vivisección no es solamente una agresión salvaje contra los animales que tan inútilmente diezma y profana y luego desecha sin ninguna compasión, sino que también es culpable de la matanza de la humanidad (en todos los sentidos de la palabra), porque sus resultados no son aplicables a la investigación médica seria. No existe una crítica más convincente, angustiosa y sincera contra la vivisección que la que se realiza en Matanza de Inocentes.
Han pasado 20 años desde la publicación de la primera edición en inglés de Matanza (el autor e investigador suizo había publicado con anterioridad una versión menos extensa del mismo libro en italiano dos años antes). Para conmemorar el vigésimo aniversario UKAVIS ha decidido publicar el presente resumen de los argumentos básicos de Matanza de Inocentes, con el objeto de animar al público en general a leer la versión completa de Matanza de Inocentes.
Si se preocupa por los animales tanto como por su propia salud, si se preocupa usted por conocer la verdad, entonces encontrará pocos libros más importantes que Matanza de Inocentes, pero lea primero las siguientes páginas que resumen la inutilidad y los peligros de la vivisección. En las preguntas y respuestas que aparecen a continuación podrá leer un anticipo del poderoso e inolvidable mensaje que le espera enMatanza de Inocentes, que es un clásico del idealismo humano y una defensa irrefutable de la verdad.
Con ocasión del vigésimo aniversario de Matanza de Inocentes en inglés, UKAVIS desea destacar el gran valor de los escritos y de la figura de Hans Ruesch.
ENTREVISTA
● ¿Preferiría que se realizaran experimentos con humanos en lugar de con animales?
En absoluto. Deseamos que se dejen de realizar experimentos con seres humanos. Se están efectuando constantemente experimentos con humanos, y eso ocurre precisamente porque los experimentos con animales nunca proporcionan resultados concluyentes.
● ¿Cómo podemos desarrollar entonces nuevos medicamentos?
Su pregunta parte de la suposición de que necesitamos más medicamentos y de que las pruebas efectuadas con animales pueden proporcionarnos una información correcta sobre sus efectos. Ambas suposiciones son erróneas.
● ¿Está sugiriendo que no necesitamos más medicamentos?
Solamente la industria farmacéutica necesita nuevos medicamentos para reemplazar los que se demuestra que son inútiles o peligrosos. La gran mayoría de los 205.000 medicamentos y combinaciones que se han desarrollado hasta ahora ya han sido retirados del mercado. Los experimentos realizados con animales llevaron a los investigadores ingenuos a conclusiones incorrectas.
● ¿Cuántos medicamentos necesitamos en realidad?
Lo que sabemos con seguridad es que no existen suficientes enfermedades para todos los medicamentos que se comercializan actualmente. La Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó una lista de medicamentos esenciales que solamente incluía 250 referencias, pero poco después la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI) presentó una lista que únicamente contenía 26 medicamentos “realmente esenciales”, que posteriormente se quedaron en 9, según informó el semanario suizo Weltwoche el 14 de octubre de 1981. ¿Y cuál era el medicamento que encabezaba la lista de los 9 “particularmente esenciales”? Era la antigua Aspirina, que fue descubierta hace más de un siglo sin experimentación animal.
● ¿Es posible determinar la eficacia de un medicamento sin realizar experimentos con animales?
Lo cierto es que la mayoría de los pocos medicamentos que tienen un valor terapéutico demostrable nunca fueron probados con animales; son de origen vegetal y ya eran conocidos en la antigüedad, y en aquella época la gente no los probaba con animales.
● ¿Y la industria farmacéutica no ha utilizado esos medicamentos útiles?
Sí, la verdad es que ha usado algunos de ellos, pero de forma incorrecta. Para producirlos a escala industrial (es decir, para ganar dinero más rápidamente), la industria farmacéutica ha procedido a sintetizar sus agentes activos intentando reproducirlos artificialmente, pero frecuentemente con resultados devastadores.
● ¿Puede proporcionar más información al respecto?
La Rauwolfia Serpentina, por ejemplo, es una planta de la familia de las apocináceas procedente de la India que se usa desde hace siglos y que contiene diversos alcaloides de importante valor terapéutico, como la Reserpina (que reduce la tensión sanguínea) y la Ajmalina (que regula el ritmo cardiaco).
En su estado natural es una planta medicinal que contiene numerosos oligoelementos y ciertas sales que hacen que sea de fácil asimilación, y que además posee las habituales sustancias “vitales” que los análisis químicos no pueden identificar y, por lo tanto, no pueden reproducir. Los hombres de negocios de los laboratorios aislaron la Reserpina intentando imitarla químicamente y empezó a prescribirse en su forma pura, hasta que pocos años después se descubrió que la preparación artificial (la imitación química del valioso producto natural) puede causar cáncer de mama y depresión en humanos, unas enfermedades que no provoca la planta en su estado natural y que no pudieron predecir los experimentos con animales realizados durante años.
● No obstante, suponiendo que tuviéramos que probar un nuevo medicamento, ¿no sería más seguro probarlo primero con animales?
Todo lo contrario. El creciente número de desastres farmacéuticos se debe a los resultados de los experimentos efectuados con animales. No se producían tales catástrofes antes de que se empezaran a realizar pruebas con animales de forma masiva.
● ¿Por qué siguen experimentando con animales entonces?
Porque la experimentación con animales es indispensable para la industria farmacéutica, aunque no lo es para la ciencia médica.
● ¿Podría explicar eso un poco más?
Por supuesto. Es un hecho generalmente reconocido que a causa de las diferencias existentes entre las especies ninguna prueba realizada con animales puede proporcionar un resultado completamente fiable sobre la seguridad y los efectos de un nuevo medicamento en el ser humano. Por tanto, los experimentos con animales se llevan a cabo porque suministran oráculos que solamente pueden ser interpretados por los propios fabricantes de medicamentos.
● ¿Las pruebas realizadas con animales no pueden indicarnos, por ejemplo, si un nuevo medicamento es capaz de provocar malformaciones en los fetos humanos?
En absoluto. Lo único que pueden hacer es despistarnos como sucedió en la década de los 50 del siglo xx con la Talidomida, que es el primer caso que se produjo y también el más conocido, aunque de ningún modo es el único. La Talidomida, un tranquilizante que fue comercializado a pesar de que no era necesario en aquella época debido al gran número de tranquilizantes existentes, había sido especialmente recomendada a las mujeres embarazadas después de haber sido experimentada durante años con animales. Después de dicha tragedia, la industria farmacéutica, en lugar de renunciar a los experimentos con animales, decidió aumentar su número con el pretexto de evitar desastres similares, pero desafortunadamente el resultado ha sido el contrario. (Para más detalles consultar el apartado titulado “10.000 Pequeños Monstruos”, de Matanza de Inocentes). A la inversa, si la Aspirina hubiera sido probada con animales, una de las medicinas más usadas y relativamente menos peligrosas probablemente nunca hubiera sido comercializada, porque causa la muerte a muchas especies de animales. Por lo tanto, los experimentos con animales también pueden impedir el uso de medicamentos valiosos.
● ¿Considera usted entonces que la investigación basada en el uso de animales es errónea?
Efectivamente. Miles de expertos médicos que se niegan a someterse a los intereses de la industria farmacéutica confirman mi opinión totalmente. De hecho, en 1989 publicamos a través de nuestra editorial CIVIS un libro titulado 1000 DOCTORES (Y MUCHOS MÁS) CONTRA LA VIVISECCIÓN.
● ¿Y por qué las autoridades sanitarias continúan exigiendo la realización de experimentos con animales?
Las llamadas Autoridades Sanitarias confían en los “expertos” médicos que son proporcionados por la industria farmacéutica. Desgraciadamente, es lógico que quienes trabajan para las empresas farmacéuticas sean considerados los principales “expertos” en la materia. ¿Dónde si no podrían encontrarse? Los experimentos con animales cumplen con la función de proveer una coartada. Cuando sucede un desastre a causa de los medicamentos, los fabricantes pueden exculparse aduciendo que efectuaron “las pruebas de seguridad legalmente establecidas”, aunque no revelan que fueron ellos mismos los que impusieron esas engañosas pruebas “de seguridad”.
● ¿Quiere usted decir que dichas pruebas no garantizan la seguridad?
Es peor que eso: los medicamentos experimentados de esa manera han causado muchas enfermedades que antes no existían.
● ¿Puede mencionar algún ejemplo?
La Neuropatía Mielo – Óptica Subaguda (SMON) es una grave enfermedad completamente nueva del sistema nervioso que provocó parálisis, ceguera o incluso la muerte a decenas de miles de seres humanos. Fue causada por unos medicamentos que contenían Clioquinol, una sustancia que fue distribuida por todo el mundo con afirmaciones fraudulentas sobre sus efectos. Los tribunales de justicia determinaron que el Clioquinol carece de valor terapéutico, y que, por tanto, tenía “efectos secundarios” fatales sin aportar ningún beneficio, excepto para sus fabricantes.
● ¿Algún otro ejemplo?
El Dietilestilbestrol, una hormona sintética, más conocido como Destilbene en Francia y DES en Estados Unidos, había sido probado con animales durante décadas y fue especialmente recomendado a las mujeres embarazadas para prevenir abortos espontáneos. Años después se demostró que causaba cáncer en la vagina de las hijas de las mujeres que lo habían tomado durante su embarazo. (Para más detalles consultar los apartados titulados “¿Medicamentos Cancerígenos?” y “El Caso del Estilbestrol, o Los Fabricantes de Cáncer”, de Matanza de Inocentes). Hemos mencionado solamente dos ejemplos de los muchos que existen.
La FDA (Administración de Alimentación y Medicamentos de Estados Unidos), ha admitido recientemente que cada año un millón y medio de americanos son hospitalizados a causa de los efectos adversos de los medicamentos. Además, en el hospital tienen más posibilidades de sufrir más daños debido a terapias incorrectas.
De hecho, en uno de los años estudiados se atribuyeron 140.000 muertes a los efectos de los medicamentos.
● ¿Todo eso es aplicable también a Europa?
Por supuesto, y también a todos los países industrializados en los que la propaganda de la industria farmacéutica, aliada con el sistema médico y con las autoridades sanitarias, ha logrado que el supersticioso público crea en la medicina “oficial” como si fuera una nueva religión.
● ¿Quiere usted decir que los ciudadanos están siendo engañados deliberadamente?
Así es, y sucede por orden de la todopoderosa industria farmacéutica. Como ha declarado hace poco un importante responsable de la OMS, las multinacionales farmacéuticas se han convertido en la principal fuerza política y económica de nuestras sociedades. Es una situación muy peligrosa.
● ¿Por qué no interviene el gobierno?
Porque los gobiernos actuales están sometidos a la industria química, que es la mayor de las industrias y supera incluso a la industria bélica, porque toda guerra termina tarde o temprano, mientras que las enfermedades nunca terminan, especialmente si uno sabe cómo hacer que se mantengan con vida y se multipliquen. Para permanecer en el poder los políticos tienen que proporcionar puestos de trabajo, no salud, y por lo tanto es la enfermedad lo que hace que la industria farmacéutica prospere. Eso explica por qué nuestros gobiernos contribuyen a hacer que la gente dependa de los médicos y de los medicamentos desde la infancia. Los escolares “hiperactivos” (sanos) son tratados con tranquilizantes. Los padres colaboran con esa locura, porque también fueron educados con la misma mentalidad.
En un Congreso de especialistas de medicina interna celebrado en Wiesbaden, Alemania, el Profesor Hoff confirmó en 1977 que las enfermedades iatrogénicas, que son las enfermedades causadas por los doctores o por sus terapias, se han convertido en la actualidad en la principal causa de enfermedad.
● ¿Qué puede decirnos de la situación en Suiza?
¿Cómo podría ser la situación diferente en un país que está igualmente dominado por la industria farmacéutica? Suiza tiene una clase política equivocada y venal, y creadores de opinión y periodistas similares a los del resto de países industrializados.
● ¿Cómo podemos luchar contra el cáncer y las enfermedades cardiovasculares sin recurrir a la experimentación animal?
Aunque millones de animales han sido torturados cada año en la investigación contra el cáncer y contra las afecciones circulatorias, dichas enfermedades siguen en aumento. Sus causas son perfectamente conocidas y podrían evitarse mediante la prevención, que es el único enfoque válido para el mantenimiento de la salud general y que no tiene efectos secundarios. Sin embargo, la prevención no da dinero, y por tanto se permite que la gente crea que no es necesario realizar ningún esfuerzo personal ni ningún sacrificio para obtener o preservar la salud, y que solamente tienen que tomar unas píldoras que una empresa filantrópica pone a su disposición por motivos humanitarios. El contribuyente es quien paga la factura.
● ¿No se descubrió la cura de la diabetes mediante la experimentación con animales?
La diabetes es una de las enfermedades que pueden evitarse con medidas preventivas, como una dieta apropiada. El uso prolongado de la insulina de origen animal (un planteamiento de efectos devastadores) provoca inevitablemente con el tiempo problemas circulatorios, artritis, gangrena pancreática, ceguera y muerte prematura, además de animar al insulinodependiente a no seguir una dieta adecuada, que es el único remedio que podría salvarle. Y lo que es peor, el uso crónico de insulina provoca la atrofia total del páncreas. Hay que tener en cuenta que desde la introducción de la insulina a comienzos de la segunda década del siglo xx, cuando la diabetes era una enfermedad extremadamente rara todavía, su incidencia ha aumentado de un modo tan dramático que en Estados Unidos se ha convertido en la tercera causa de muerte, después del cáncer y de las enfermedades cardiovasculares. ¿Cómo vamos a hablar de éxito entonces?
● ¿No se descubrió la penicilina mediante la experimentación animal?
La penicilina se descubrió por pura casualidad. Según sus tres descubridores — Fleming, Chain y Florey — la penicilina nunca se habría utilizado si hubiera sido probada primero con los habituales conejillos de indias como era intención de sus descubridores, porque la penicilina es fatal para los conejillos de indias. Afortunadamente, en aquel momento no tenían conejillos de indias en el laboratorio porque los habían matado a todos; en consecuencia, emplearon ratones, y los ratones afortunadamente no mueren cuando se les administra penicilina.
● ¿No es verdad que por lo menos debían realizarse pruebas con animales para determinar la dosis correcta?
¿Cómo va a ser eso cierto cuando algunos animales pueden tolerar 100 veces más o 100 veces menos que los seres humanos determinadas sustancias? De hecho, todavía no existe una dosis universalmente “correcta” de penicilina.
Algunas personas son extremadamente alérgicas a la penicilina y pueden sufrir graves daños cuando se les administra, mientras que para otras personas resulta ineficaz. Además, cada vez más doctores están llegando a la conclusión de que es posible que los antibióticos hayan causado más daños que beneficios.
● ¿Cómo es posible?
Según la teoría de la supervivencia de los más aptos enunciada por Darwin, la prescripción irresponsable de la penicilina, que se emplea hasta de forma preventiva, ha causado con el tiempo el desarrollo de cepas de bacterias particularmente resistentes que son inmunes a la penicilina.
Lo mismo puede decirse de los antibióticos que se desarrollaron cuando la penicilina empezó a perder su eficacia inicial. En realidad, una de las maravillas atribuibles a la medicina moderna es haber creado seres humanos cada vez más débiles y cepas de bacterias cada vez más resistentes.
El término “antibiótico” significa curiosamente “enemigo de la vida”. No es un secreto que todos los medicamentos maravillosos solamente han causado maravillas en las cuentas bancarias de sus fabricantes. (Para más detalles consultar el apartado titulado “Los Traficantes”, de Matanza de Inocentes).
● ¿Cuántos tipos de investigación existen?
El más importante consiste en la observación clínica practicada por doctores sensibles e inteligentes, que tantos problemas médicos ha resuelto en el pasado. Además, pueden usarse cultivos de células, órganos y tejidos de seres humanos, que están disponibles y proceden de biopsias, de fetos abortados, de cordones umbilicales, de placentas, etc. Todos ellos producen resultados más fiables precisamente porque son de origen humano, y no de origen animal. Asimismo, la tecnología informática ha alcanzado un gran desarrollo en el ámbito de la medicina. Pueden usarse ordenadores no solamente para la diagnosis y para los análisis de datos, sino también para la experimentación de preparados medicinales, de reflejos condicionados, de la función renal, de los trastornos cardiacos y en estudios de crecimiento. (Para más detalles consultar el apartado titulado “Métodos Científicos Alternativos” de Matanza de Inocentes) Dichos métodos son más rápidos, más fiables y más baratos que la experimentación animal.
● ¿Por qué no se usan generalmente entonces?
En primer lugar, porque los investigadores no recibieron la formación adecuada, y no hay una ignorancia más terca que la de los supuestos científicos, que no ven más allá de lo que les han enseñado. Los poderosos solamente se preocupan de las ventajas inmediatas que obtienen para sí mismos, y no de las generaciones futuras. La gente buena es demasiado débil para ganar en la lucha por el poder. La mayoría de los profesores de nuestra época todavía viven en el siglo XIX. Debe enseñarse a usar métodos progresistas; eso requiere realizar un estudio serio y utilizar una inteligencia normal, mientras que cualquier idiota puede cortar en pedazos a los animales o envenenarlos y luego puede afirmar que lo que hace es “investigación médica”.
● ¿Es ésa la única razón?
Por supuesto que no. Se ha construido con secretismo una lucrativa infraestructura alrededor de la creciente actividad viviseccionista: enormes criaderos de animales de laboratorio y desventuradas criaturas condenadas a crecer y morir sin ver jamás la luz del día ni a seres humanos que no sean sus torturadores. A eso hay que añadir el negocio de la fabricación de jaulas, de instrumentos de inmovilización y de tortura, y de cajones diseñados para el transporte a los laboratorios de animales vivos ya mutilados por hasta 17 diferentes operaciones quirúrgicas, como quedó perfectamente documentado en los inolvidables vídeos Hidden Crimes (Crímenes Ocultos) y Lethal Medicine (Medicina Letal), de Javier Burgos. Todos esos intereses han creado los poderosos lobbies de la industria farmacéutica y médica que hoy dan instrucciones a los medios de comunicación y a los gobiernos.
● ¿Pero no es cierto que la alta esperanza de vida actual es debida a la vacunación?
En absoluto. Los historiadores médicos tienen una opinión totalmente diferente, porque el descenso de la incidencia de las enfermedades infecciosas y el consiguiente aumento de la esperanza de vida comenzó medio siglo antes del inicio de la vacunación. Ambos fenómenos fueron resultado de la revolución industrial, que terminó con la pobreza generalizada dominante en la Edad Media y con ello mejoró el nivel de vida y la higiene. En los continentes donde todavía no hay un nivel de vida alto y la higiene es mala la esperanza de vida es actualmente muy baja.
● ¿No fueron eliminadas las grandes plagas y epidemias del pasado mediante la vacunación?
En absoluto. Todas las epidemias pasan por un ciclo determinado: crecen, alcanzan un apogeo durante el cual mueren los individuos más sensibles a esa enfermedad en particular y finalmente la epidemia entra en declive. Todas las campañas de vacunación se iniciaron cuando ya había pasado el apogeo y el ciclo estaba en la etapa de decadencia de la enfermedad. De hecho, la devastadora peste bubónica de la Edad Media desapareció por sí misma sin intervención médica y mucho antes de que se ideara el concepto de vacunación. La fiebre puerperal, que en el pasado mataba a tantos niños y a sus madres y reducía la esperanza de vida, fue eliminada exclusivamente con medidas higiénicas, que fueron puestas en práctica por primera vez por Semmelweis en la Maternidad de Viena muchas décadas antes de que se oyera hablar de Pasteur. (Para más detalles consultar el apartado titulado “Cirugía”, de Matanza de Inocentes).
● ¿No fue eliminada la viruela mediante la vacunación?
Todo lo contrario. Inglaterra fue el primer país que impuso la vacunación contra la viruela obligatoria en el siglo xix, y fue también el primer país que prescindió de ella a finales del mismo siglo, después de que se demostraran su inutilidad y sus riesgos. Consiguientemente, durante el siglo XX, después de deshacerse de la vacunación obligatoria contra la viruela, Gran Bretaña pasó a tener menos casos de viruela que los países europeos en los que la vacunación seguía siendo obligatoria. (Para más detalles consultar los apartados titulados “Las Vacunas y Otras Confusiones” y “Gigantes con Pies de Barro”, de Matanza de Inocentes).
● ¿No es posible entonces determinar más allá de toda duda razonable si la vacunación ha alcanzado sus propósitos?
Es posible que nunca consigamos pruebas de ello. Para obtener una respuesta estadísticamente significativa debería exponerse a un amplio grupo de personas no vacunadas a una infección peligrosa y luego comparar los resultados con los de otro grupo de personas vacunadas expuestas a la misma infección.
● ¿No demuestra la explosión demográfica del Tercer Mundo que la vacunación protege contra las enfermedades?
La introducción de los programas de vacunación masiva siempre va acompañada de la mejora de las medidas higiénicas y de las condiciones de vida. Es obvio que el aumento de la alimentación y la reducción de la suciedad tienen un efecto positivo en la esperanza de vida.
● ¿No es posible demostrar los efectos positivos de las vacunaciones?
Nunca se ha podido demostrar. Lo único que se ha demostrado de manera irrefutable es que las vacunaciones han provocado muertes y daños físicos. Se han escrito volúmenes enteros sobre ello que pueden encontrarse en las principales bibliotecas médicas. No obstante, no nos estamos preguntando si la vacunación es útil o no, sino si los experimentos con animales proporcionan resultados válidos para la ciencia médica. Lo cierto es que las vacunas desarrolladas sin el uso de animales han demostrado ser menos peligrosas.
● ¿Puede proporcionar algún ejemplo?
Para producir vacunas se necesita material biológico básico que no tiene por qué proceder de los animales. La antigua medicina china solía practicar la vacunación procediendo a introducir directamente en la nariz de quien deseaba ser vacunado mucus seco en forma de polvo procedente de pacientes infectados. En la antigua Unión Soviética las vacunas se producían usando huevos de pato, y no porque los dirigentes soviéticos fueran amantes de los animales. De hecho, no permitían a sus ciudadanos tener animales de compañía.
● ¿No fue eliminada la poliomielitis mediante la experimentación con monos?
Eso es solamente propaganda y desinformación deliberada. Ocurrió exactamente lo contrario. Los programas de vacunación masiva contra la poliomielitis se introdujeron cuando dicha enfermedad infecciosa extremadamente rara ya estaba desapareciendo. La incidencia de la poliomielitis descendió al mismo ritmo en todos los países que no realizaron vacunaciones contra ella, pero los que habían realizado vacunaciones experimentaron rebrotes de la enfermedad después de cada vacunación masiva. Brasil fue uno de los países más afectados, porque la poliomielitis prácticamente no existía en ese país hasta que se llevó a cabo la vacunación masiva.
● ¿Provocó realmente daños demostrables la vacunación contra la poliomielitis?
Efectivamente. En 1983, por ejemplo, unos 30 años después de la supuesta eliminación de la poliomielitis, se produjeron importantes escándalos relacionados con la poliomielitis en Estados Unidos, Gran Bretaña y Nueva Zelanda. Es particularmente interesante el hecho de que los cultivos celulares procedentes de los riñones de los monos (con los que Salk y Sabin elaboraron sus vacunas) demostraron ser muy peligrosos, y lo eran precisamente porque procedían de los animales. El reconocimiento de ese hecho hizo que se fabricara una nueva vacuna procedente de cultivos celulares humanos. (Para más detalles consultar los apartados titulados “Métodos Científicos Alternativos” y “¿Medicamentos Cancerígenos?”, de Matanza de Inocentes).
● Una carta publicada en el Swiss Observer afirmó que actualmente no es posible determinar si un paciente está afectado de tuberculosis sin efectuar pruebas con animales.
Ése y otros disparates médicos similares son difundidos por el Dr. Carl Stemmler, un colaborador habitual delSwiss Observer, un semanario que suele presentar a dicho personaje como un gran amante de los animales: por tanto, es el más capacitado para engañar al público en asuntos de vivisección. Stemmler es un apasionado defensor de la experimentación animal y fue durante años presidente de la Comisión Estatal para el control de los experimentos con animales en la ciudad de Basilea (una comisión que aprueba regularmente hasta los experimentos más absurdos). Desafortunadamente, la opinión pública está expuesta a los engaños de los pseudoexpertos, porque todas las demás informaciones, que pueden perjudicar a la todopoderosa industria farmacéutica, no pueden expresarse en igualdad de condiciones.
● ¿No es cierto que no es posible demostrar que alguien padece tuberculosis sin realizar pruebas con animales?
Por supuesto que no. Hasta hace unas pocas décadas el único método que había para descubrir si un paciente tenía tuberculosis consistía en inocular una mezcla de su material orgánico (saliva, orina, jugos estomacales) a un conejillo de indias y esperar unas semanas para observar si el animal desarrollaba la enfermedad. Los resultados no eran fiables, como ocurre con los resultados de todos los experimentos efectuados con animales. Sin embargo, investigadores más inteligentes han conseguido desarrollar un método para cultivar las bacterias de la tuberculosis in vitro, fuera del cuerpo humano, en un medio de cultivo artificial. Por tanto, actualmente el examen se realiza exclusivamente con el microscopio, lo que proporciona unos resultados rápidos y fiables que hacen que las pruebas con animales hayan quedado obsoletas.
● De acuerdo, admitimos que los experimentos con animales son inútiles para la investigación médica humana. ¿Qué puede decirnos de la cirugía? Un cirujano necesita practicar para adquirir destreza manual. ¿No es cierto que la mejor manera de adquirir esa destreza es realizando primero operaciones con animales?
Permítame hacer una pregunta: ¿Si usted tuviera que ser operado acudiría a un veterinario? ¿Por qué no? Contestaremos a su pregunta con las palabras de Lawson Tait, el famoso cirujano británico que a finales del siglo xix desarrolló varias técnicas quirúrgicas que hoy se practican habitualmente.
Después de años de ejercicios con animales, Tait dejó el método viviseccionista y se embarcó en una campaña contra la experimentación animal. Escribió lo siguiente: “Como método de investigación, la vivisección ha llevado a quienes la han empleado a conclusiones erróneas, y la historia está repleta de casos en los que no solamente se ha causado la muerte a animales sin obtener ningún fruto, sino que además se han añadido vidas humanas a la lista de víctimas provocadas por sus errores y por su falso esplendor”. Un gran número de destacados cirujanos actuales y del pasado han expresado opiniones similares.
● ¿Cómo puede desarrollar entonces un cirujano su destreza manual?
Abel Desjardins, que fue el cirujano más importante de su época en Francia y que también fue profesor de cirugía de la Universidad de París, respondió a la pregunta que usted ha formulado de forma inequívoca y lógica en el transcurso de una conferencia que pronunció en Ginebra: “Para convertirse en un cirujano, uno debe primero ser ayudante de un cirujano durante mucho tiempo. Cuando el profesor considera que el aprendiz está preparado, éste debe ocuparse de casos simples bajo la supervisión del profesor, que debe comunicarle si realiza algún procedimiento erróneo y que también puede aconsejarle. Solamente de forma gradual podrá el aprendiz pasar a ocuparse de casos más difíciles. Ése es el único método válido para la formación de un cirujano, y afirmo categóricamente que no hay ningún otro. Cualquier formación basada en la realización de operaciones con perros, como se ha hecho con frecuencia, está condenada a cometer lamentables errores. El cirujano que conoce su arte no puede aprender nada de tales ejercicios, y el principiante no aprende con ellos la verdadera técnica quirúrgica: únicamente se convierte en un cirujano peligroso” (Para más detalles consultar los apartados titulados “Cirugía”, “La Formación Quirúrgica” y “Opiniones de Cirujanos Muy Importantes”, de Matanza de Inocentes).
● ¿Por qué estos hechos no son conocidos por el público en general si la situación es tal y como usted afirma?
Porque la opinión pública es manipulada por los vastos intereses de la industria farmacéutica y de la corporación médica, que siguen apoyándose mutuamente. En Suiza, por ejemplo, la industria química es una fuerza política dominante, y la industria farmacéutica es su sección más lucrativa. La industria química y la de armamento no están sujetas al control de los políticos y superan a estos últimos en poder real. También determinan la actitud de los medios de comunicación, que dependen de la publicidad para seguir existiendo: entre el 80 y el 90 por ciento de toda la publicidad que permite que existan los medios de comunicación procede directa o indirectamente de dichas industrias.
● ¿Quiere usted decir que no todos los doctores están inspirados exclusivamente por ideales elevados y que se dejan manipular por la industria?
Exactamente. La industria química farmacéutica, valiéndose de generosas donaciones a las facultades de medicina, compra la gratitud y la dependencia de relevantes departamentos universitarios y de muchos doctores, que se han convertido en una especie de asiduos traficantes de los productos farmacéuticos. Los médicos inteligentes, valientes y honestos que se atreven a prescribir medicinas y terapias más baratas son acusados de ser “curanderos” por los auténticos curanderos que ostentan el poder médico. Los doctores que prescriben terapias naturales suelen ser expulsados de la profesión médica.
Además, la industria química se ha hecho con el control de las principales organizaciones de protección animal mediante generosas donaciones realizadas en nombre de la filantropía y de la humanidad; también se ha adueñado de algunas supuestas organizaciones antiviviseccionistas, que actualmente se dedican a ocultar la verdad sobre la inutilidad de la vivisección y sobre sus peligros intrínsecos. En otras palabras, su labor es impedir cualquier cambio.
● ¿Cómo lo hacen?
Asegurando que hay un pequeño porcentaje de experimentos con animales que “todavía son necesarios actualmente”, y pidiendo a sus miembros que tengan paciencia unos cuantos años más. Normalmente les dicen que en cinco años se solucionarán todos los problemas y que entonces podrán pedir la abolición total.
● ¿No ha publicado La Academia de Ciencia Médica de Suiza recientemente unas normas éticas para la protección de los animales de laboratorio?
La llamada “Academia”, que se presenta con un disfraz de “Fundación”, es un fraude. En realidad fue creada por la industria farmacéutica, que se ocupa de su financiación. Su único objetivo es promover los venenos de la industria, que tantas enfermedades causan.
● ¿No cree usted entonces que la industria farmacéutica esté guiada por intereses filantrópicos?
¿Qué opinión le merece a USTED una industria que no duda en vender a la ignorante población del Tercer Mundo los medicamentos que han sido retirados del mercado de los propios países de los fabricantes a causa de sus fatales efectos secundarios?
● ¿No han amenazado las empresas químicas de Basilea con trasladar su fábricas a otros países si la vivisección es abolida?
Se trata de propaganda vacía para intimidar a los políticos y a los ciudadanos, Ya tienen filiales en otros países, donde la mano de obra es mucho más barata. No obstante, deben mantener su sede en Suiza para contar con la protección del gobierno. Unas organizaciones que han logrado vender medicamentos cancerígenos como remedios contra el propio cáncer podrían vender sin problemas productos menos dañinos si quisieran. No pedimos que dejen de vender medicinas a los creyentes, sino que cambien sus métodos de investigación. La facturación del negocio de las medicinas de Basilea podría incluso aumentar si los envases llevaran una inscripción como la siguiente: “La eficacia de este producto no ha sido probada con animales”.
● Se me ocurre otra pregunta. ¿No fue el factor Rhesus descubierto realizando experimentos con monos de dicha especie, como su nombre indica?
En absoluto. El factor Rhesus, como ocurre siempre, fue descubierto en el ser humano, y fue posteriormente cuando se buscó en los animales. En 1939, Levine y Stetson descubrieron un nuevo antígeno (sustancia que provoca la formación de anticuerpos en la sangre) en el suero de una mujer que había recibido una transfusión de su marido después de un parto prematuro con graves consecuencias (Levine P. y Stetson R.: “An Unusual Case of Intra – group Agglutination” – “Un Caso Inusual de Aglutinación Intragrupal”, Journal of the American Medical Association – Revista de la Asociación Médica Americana, 113: 126, 1939). Describieron la aglutinina (una sustancia que provoca la aglutinación de los glóbulos rojos) sin darle un nombre. Si hubieran decidido darle un nombre, el “Factor Rhesus” tendría actualmente un nombre distinto. Un año después, Landsteiner y Wiener descubrieron que cuando la sangre de un mono rhesus es inoculada en el peritoneo de un conejo, aparece en la sangre del conejo una aglutinina que es similar (aunque no idéntica) a la aglutinina descrita por Levine y Stetson, y le dieron el nombre de “RH”, abreviatura de Rhesus (Landsteiner K. y Wiener A. S.: “An Agglutinable Factor in Human Blood Recognizable by Immune Sera for Rhesus Blood” – “Factor Aglutinable de la Sangre Humana Reconocible Mediante Sueros Inmunes de Sangre de Rhesus”, Soc. exp. Biol.. Med. 43: 223).
● Una última pregunta. ¿Por qué no se preocupa usted más por el bienestar de los humanos que por el de los animales?
Creemos que a partir de todo lo que hemos dicho hasta este punto ha quedado claro que nos preocupa el bien de la humanidad en la misma medida, y realmente mucho más que a la industria farmacéutica, a los medios de comunicación, a los doctores y a los gobiernos en su conjunto. Para dichas organizaciones el “bien de la humanidad” y de “nuestros hijos” son solamente pretextos para aumentar su poder y su riqueza. Esa misma pregunta suelen hacérnosla personas que nunca han hecho nada ni por los animales ni por los humanos. Creemos que existen leyes para la protección de la gente. Sin embargo, las legislaciones no protegen a los animales de laboratorio, sino a sus torturadores y explotadores.
● ¿Cómo cree usted que puede cambiarse la situación?
Solamente con la educación de toda la población. Eso es precisamente lo que CIVIS está intentando conseguir. ¿Quieren colaborar con nosotros?
Liberación animal [1]
Peter Singer [2]
I
La frase “Liberación animal” apareció en la prensa por primera vez el 5 de abril de 1973, en la tapa de The New York Review of Books. Bajo ese título, yo reseñaba Animals, Men and Morals, una colección de ensayos acerca de cómo tratamos a los animales publicada por Stanley y Roslind Godlovitch, y John Harris[3]. El artículo comenzaba con las siguientes palabras: “Estamos familiarizados con la liberación negra, la liberación gay, y una inmensa variedad de movimientos. Con la liberación femenina, algunos pensaron que habíamos llegado al final del camino. Se decía que la discriminación basada en el sexo era la última forma de discriminación universalmente aceptada y practicada sin fingimientos, incluso en esos círculos liberales que durante largo tiempo se habían enorgullecido de estar libres de discriminación racial. Pero uno siempre debe ser cauteloso si se refiere a ‘la última forma de discriminación que queda’”.
En aquel texto, señalaba con insistencia que a pesar de las diferencias obvias entre los animales humanos y los no humanos, compartimos con ellos la capacidad de sufrir, y que esto significaba que ellos, como nosotros, tenemos intereses. Si ignoramos o no tenemos en cuenta sus intereses basándonos simplemente en que no son miembros de nuestra especie, la lógica de nuestra posición se hace similar a la de los más obvios racistas o sexistas, que piensan que aquellos que pertenecen a su raza o sexo tienen un estatuto moral superior simplemente en virtud de su raza o sexo, y sin respeto por otras características o cualidades. A pesar de que la mayor parte de los humanos pueda ser superior en cuanto al razonamiento y otras capacidades intelectuales respecto de los animales no humanos, esto no es suficiente para justificar la línea que hemos trazado entre humanos y animales. Algunos humanos –los niños y quienes tienen severas disfunciones intelectuales– tienen capacidades intelectuales inferiores a las de algunos animales, pero nos sentiríamos escandalizados, y con razón, si alguien propusiera que infligiéramos muertes penosas y lentas a esos humanos intelectualmente inferiores con la finalidad de probar la seguridad de los productos que se compran para el hogar. Tampoco toleraríamos, por supuesto, que se los confinara en jaulas pequeñas y que luego se los carneara para comerlos. El hecho de que estemos preparados para hacer este tipo de cosas a los animales no humanos es entonces signo de “especismo”, un prejuicio que sobrevive porque es conveniente para el grupo dominante, en este caso ya no blancos o personas de sexo masculino, sino todos los seres humanos.
A aquel ensayo, y al libro que derivó de él, también publicado por la revista The New York Review[4], se le adjudica en general el comienzo de lo que luego se conoció como el “movimiento en defensa de los derechos de los animales”, a pesar de que la posición ética sobre la que descansa dicho movimiento no precisa remitirse a los derechos. Por esa razón, el aniversario número treinta de la publicación de ese ensayo ofrece una conveniente oportunidad de hacer un balance tanto del estado actual del debate acerca del estatuto moral de los animales como de cuán efectivo ha sido este movimiento para dar lugar a los cambios prácticos que pretende en el modo en el que tratamos a los animales.
La diferencia más obvia entre el debate actual acerca del estatuto moral de los animales y aquel de hace treinta años es que al comienzo de la década de 1970, y con una extensión apenas creíble hoy, prácticamente nadie pensaba que el tratamiento de los animales suscitara un tema ético digno de ser tomado con seriedad. No había organizaciones por los derechos de los animales o por la liberación animal. El bienestar animal era cuestión de amantes de gatos y perros, y era llanamente ignorado  por cualquiera que tuviera algo más importante que escribir.
Hoy la situación es muy diferente. Las cuestiones referidas a nuestro tratamiento de los animales aparecen habitualmente en las noticias. Las organizaciones de derechos de los animales son activas en todas las naciones industrializadas. El grupo estadounidense de derechos de los animales denominado People for the Ethical Treatment of Animals tiene 750.000 miembros y colaboradores. Ha surgido un animado debate intelectual (la bibliografía más abarcativa sobre escritos acerca del estatuto moral de los animales cuenta con sólo noventa y cuatro trabajos en los primeros 1970 años de la era cristiana y 240 trabajos entre 1970 y 1988, año en que la lista fue confeccionada[5]. Hoy probablemente la cuenta daría miles). Este debate no es simplemente un fenómeno occidental: los principales trabajos sobre animales y ética fueron traducidos a la mayor parte de las lenguas más extendidas, incluidos el japonés, el chino y el coreano.
Para evaluar el debate, es útil diferenciar dos preguntas. Primero, ¿puede ser defendido el especismo, es decir la idea de que es justificable dar preferencia a ciertos seres sobre el simple supuesto de que son miembros de la especie Homo Sapiens? En segunda instancia, si el especismo no puede ser defendido, ¿existen otras características en los seres humanos que justifiquen que se le de mucha más significación moral a lo que les ocurre a ellos respecto de lo que les ocurre a los animales no humanos?
Se asume con frecuencia la visión de que la especie en sí misma es una razón para tratar a algunos seres como moralmente más significativos que otros, pero raramente se la defiende. Ciertas personas que escriben como si defendieran el especismo, de hecho están defendiendo una respuesta afirmativa a la segunda pregunta, cuando argumentan que existen diferencias moralmente relevantes entre los seres humanos y otros animales que nos arrogan el derecho a dar más peso a los intereses de los humanos[6]. El único argumento que encontré que parece una defensa del especismo en sí mismo es la reivindicación de que así como los padres tienen una obligación especial de cuidar a sus propios hijos con preferencia a los hijos de los extraños, del mismo modo tenemos una obligación especial frente a los miembros de nuestra especie respecto de los miembros de otras especies[7].
Los defensores de esta posición usualmente hacen silencio sobre el caso obvio que se encuentra entre la familia y las especies. Lewis Petrinovich, profesor emérito de la Universidad de California y una autoridad en ornitología y evolución, dice que nuestra biología convierte ciertos límites en imperativos morales, y luego enumera: “niños, familiares, vecinos, y especies”[8]. Si el argumento funciona tanto para el círculo más restringido de la familia y los amigos como para la esfera más amplia de las especies, entonces también debería funcionar para el término medio: la raza. Pero un argumento que apoyara nuestra preferencia por los intereses de los miembros de nuestra propia raza por sobre los de miembros de otras razas sería menos persuasivo que uno que otorgara prioridad solamente a familiares, vecinos y miembros de nuestra especie. A la inversa, si el argumento no muestra que la raza es un límite moral relevante, ¿cómo puede demostrar que la especie sí lo es?
Robert Nozick, el ya desaparecido filósofo de Harvard, decía que no podemos inferir mucho del hecho de que no tengamos todavía una teoría acerca de la importancia moral de la pertenencia a las especies. “Nadie” –escribió– “ha invertido mucho tiempo intentando formular una teoría de esa índole porque la cuestión no parecía apremiante”[9]. Pero ahora que han pasado casi veinte años desde que Nozick escribiera estas palabras, y que muchas personas invirtieron, durante esos años, una buena parte de tiempo intentando defender la importancia de pertenecer a ciertas especies, el comentario de Nozick adquiere otro peso. El continuo fracaso de los filósofos en producir una teoría plausible acerca de la importancia moral de la pertenencia a algunas especies indica, con probabilidades cada vez mayores, que nada de eso puede existir.
Esto nos lleva a la segunda pregunta. Si la especie no es moralmente importante en sí misma, ¿hay otra cosa que resulta coincidir con la especie humana, en base a la cual podemos justificar la consideración inferior que damos a los animales no humanos?
Peter Carruthers argumenta que es la falta de la capacidad para la reciprocidad. La ética, dice, se desprende de un acuerdo que consiste en que si no te hago daño, no me harás daño a mí. Desde el momento en que los animales no pueden formar parte de este contrato social, no tenemos deberes directos respecto de ellos[10]. La dificultad con esta aproximación a la ética es que también quiere decir que no tenemos deberes directos respecto de los niños pequeños o de las futuras generaciones todavía no nacidas. Si producimos desechos radiactivos que serán mortíferos durante miles de años, ¿no es antiético ponerlos en un recipiente que va a durar ciento cincuenta años y luego arrojarlo en un lago conveniente? Si lo es, la ética no se puede basar en un principio de reciprocidad.
Se han sugerido muchos otros modos para marcar la significación moral especial de los seres humanos: la capacidad de razonar, la seguridad en uno mismo, la posesión de un sentido de justicia, el lenguaje, la autonomía, y otras tantas. Pero el problema con esas supuestas marcas distintivas es, como se ha señalado más arriba, que algunos seres humanos carecen por completo de ellas y son muchos los que quisieran relegarlos a la misma categoría moral que los animales no humanos.
Este argumento se hizo conocido por el rótulo, carente de tacto, de “argumento de los casos marginales”, y produjo una extensa literatura por sí mismo[11]. El intento del filósofo conservador inglés Roger Scruton para responder a este argumento en Animal Rights and Wrongs ilustra a la vez su fortaleza y su debilidad. Scruton está seguro de que si aceptamos la retórica moral prevaleciente que asevera que los seres humanos tenemos el mismo grupo de derechos básicos, independientemente del nivel intelectual, el hecho de que algunos animales no humanos sean como mínimo tan racionales, seguros de sí mismos y autónomos como algunos seres humanos parece una base firme para asegurar que todos los animales tienen esos derechos básicos. Señala, sin embargo, que esta retórica moral predominante no coincide con nuestras actitudes reales, porque generalmente contemplamos “el asesinato de un vegetal humano” como excusable. Si los seres humanos con discapacidades intelectuales profundas no tienen el mismo derecho a la vida que los seres humanos normales, entonces no hay inconsistencia alguna en negar ese derecho a los animales no humanos también.
Sin embargo, al referirse a un “vegetal humano”, Scruton convierte a las cosas en demasiado fáciles para sí mismo, desde que esa expresión sugiere un ser que no es siquiera consciente y que por lo tanto no tiene interés en todo aquello que necesitaría ser protegido. Scruton estaría menos cómodo aplicando este punto de vista respecto de un ser humano que tuviera tanta seguridad y capacidad para aprender, tal cual los zorros que él pretende que se permita seguir cazando. En cualquier caso, el argumento de los casos marginales no se limita a la cuestión acerca de qué seres podemos matar con justificación. Además de matar animales, les infligimos sufrimiento en una amplia variedad de modos. Por lo tanto los defensores de las prácticas habituales que involucran animales nos deben una explicación respecto de su voluntad de hacerlos sufrir, mientras que no estarían tan de acuerdo con hacer lo mismo con seres humanos con similares capacidades intelectuales (Scruton, para crédito suyo, se opone al creciente confinamiento de los animales modernos, diciendo que “una verdadera moral del bienestar animal debe comenzar con la premisa que este modo de tratar a los animales está equivocada”).
Scruton, de hecho, está dispuesto a admitir sólo a medias que un “vegetal humano” deba ser tratado de modo diferente de otros seres humanos y enturbia el panorama cuando afirma que es “parte de la virtud humana reconocer a la vida humana como sacrosanta”. Además, sostiene que, como en condiciones normales los seres humanos son miembros de una comunidad moral protegida por derechos, incluso la anormalidad profunda y seria no cancela la pertenencia a esa comunidad. Entonces, aunque los humanos con profundas discapacidades intelectuales no tengan realmente las mismas reivindicaciones para hacernos que los humanos normales, haríamos bien, dice Scruton, en tratarlos como si las tuvieran. Pero, ¿es esto defendible? Desde luego, si cualquier ser sensible, humano o no humano, puede sentir dolor o sufrimiento, o a la inversa, puede disfrutar de la vida, debemos otorgarle a los intereses de ese ser la misma consideración que le damos a los intereses similares de los seres humanos normales cuyas capacidades no están afectadas. Hay que decir, sin
embargo, que el hecho de que la especie, solamente, sea condición necesaria y suficiente para hacer de alguien un miembro de nuestra comunidad moral y para tener los derechos básicos que se garantizan a todos los miembros de esa comunidad, requiere una justificación adicional. Volvemos a la pregunta central: ¿sólo los seres humanos, y todos ellos, deben ser protegidos por derechos, cuando existen animales no humanos que son superiores en sus capacidades intelectuales y tienen vidas emocionales más ricas que algunos seres humanos?
Un argumento conocido para una respuesta afirmativa a esta pregunta afirma que, a menos de que podamos trazar un límite claro en torno de la comunidad moral, nos vamos a encontrar en una pendiente resbaladiza[12]. Vamos a comenzar por negar los derechos a los “vegetales humanos” de Scruton, es decir, a aquellos que se pueda demostrar que están irreversiblemente inconscientes, pero luego quizás extendamos gradualmente la categoría de aquellos sin derechos hasta abarcar a otros, quizás a los intelectualmente discapacitados, o a los dementes, o sólo a aquellos cuyo cuidado es una carga para sus familias y la comunidad, hasta que finalmente hayamos alcanzado una situación que ninguno de nosotros habría aceptado de haber sabido que nos dirigíamos hacia allí cuando negábamos el derecho a la vida a los irreversiblemente inconscientes. Este es uno de los tantos argumentos que fueron examinados críticamente por la activista por los animales italiana Paola Cavalieri en su libro The Animal Question: Why Nonhuman Animals Deserve Human Rights, una rara contribución al debate anglófono hecha por una escritora de Europa continental. Cavalieri apunta a la facilidad con la que las sociedades esclavistas eran capaces de trazar líneas entre los humanos con derechos y los humanos sin derechos.
Que esos esclavos eran seres humanos había sido reconocido tanto en la antigua Grecia como en los estados esclavistas de los Estados Unidos –Aristóteles dice explícitamente que los bárbaros son seres humanos que existen para servir el bienestar de los griegos más racionales[13] y los blancos del sur buscaban salvar las almas de los africanos que habían hecho esclavos convirtiéndolos en cristianos. Todavía la línea entre esclavos y personas libres no se había desplazado de modo significativo, aun si algunos bárbaros y africanos lograban la libertad o si los esclavos daban a luz a niños de raza mixta. Por lo tanto, Cavalieri sugiere que no hay razones para dudar de nuestra habilidad para negar que algunos humanos tienen derechos, mientras se mantienen los derechos de otros humanos tan a salvo como siempre. Sin duda ella no está defendiendo que hagamos eso. Su preocupación es más bien la de socavar el argumento que dibuja los límites de la esfera de los derechos de modo tal de incluir a todos los humanos y solamente a ellos.
Cavalieri también responde al argumento de que todos los humanos, incluyendo a los irreversiblemente inconscientes, tienen que ser elevados sobre los otros animales por las características que “normalmente” poseen, más que por las que realmente tienen. Este argumento parece convocar una especie de injusticia al excluir a aquellos que “fortuitamente” fracasan en poseer las características requeridas. Cavalieri responde que lo “fortuito” es meramente estadístico y no conlleva relevancia moral, y que si se intenta sugerir que la falta de las características requeridas no es culpa de aquellos con profundas discapacidades intelectuales, entonces ese hecho no constituye una base para separar a esos seres humanos de los animales no humanos.
Cavalieri plantea su propia posición en términos de derechos, y en particular los derechos básicos que constituyen lo que, siguiendo a Ronald Dworkin, denomina la “meseta igualitaria”. Cavalieri insiste en que queremos asegurar una forma básica de equidad para todos los seres humanos, incluidos los “no paradigmáticos” (su término para “casos marginales”). Si la meseta igualitaria consiste en tener un límite defendible y no arbitrario que salvaguarde a todos los humanos de ser empujados al borde, debemos seleccionar como criterio para ese límite un estándar que permita a un gran número de animales no humanos estar comprendidos también dentro del límite. Entonces debemos admitir dentro de la meseta igualitaria a los seres cuyo intelecto y emociones estén en un nivel compartido por, como mínimo, todas las aves y mamíferos.
Cavalieri no argumenta que los derechos de aves y mamíferos puedan ser derivados depremisas morales verdaderas y evidentes por sí mismas. Su punto de partida, más bien, es nuestra creencia prevaleciente en los derechos humanos. Busca mostrar que todos los que aceptan esta creencia deben también aceptar que derechos similares se aplican a otros animales. Siguiendo a Dworkin, considera a los derechos humanos como parte del marco político básico de una sociedad decente. Las sociedades decentes colocan límites a lo que el Estado puede eventualmente hacer a los demás justificadamente. En particular, instituciones como la esclavitud u otras formas odiosas de discriminación racial basadas en violar los derechos humanos de algunos para los cuales lasreglas del Estado son, por esa razón solamente, ilegítimas. Nuestra aceptación de la idea de los derechos humanos, en consecuencia, requiere la abolición de todas las prácticas que cotidianamente pasan por alto los derechos básicos de quienes tienen derechos. Entonces, si el argumento de Cavalieri es sólido, nuestra creencia en los derechos nos compromete a una extensión de los derechos más allá de los humanos, y eso a su vez requiere que nos decidamos a abolir todas las prácticas, como las granjas industriales y el uso de los animales como sujetos de investigaciones penosas y letales, que habitualmente pasan por alto los intereses básicos de los portadores de derechos no humanos.
Por otra parte, no se supone que los derechos que defiende Cavalieri resuelvan toda situación en la cual haya un conflicto de intereses o de derechos. Su noción de los derechos como parte del marco político básico de una sociedad decente es compatible con restricciones específicas a los derechos, como ocurrió por ejemplo cuando “Typhoid Mary”[14] fue puesta compulsivamente en cuarentena porque era portadora de una enfermedad mortal. Un gobierno debe tener la potestad de restringir el movimiento de humanos o animales cuando son un peligro para el público, pero incluso así debe mostrar hacia ellos la preocupación y el respeto que se les debe como poseedores de derechos básicos[15].
Mi propia oposición al especismo se basa, como lo he mencionado, no en los derechos sino en la idea de que una diferencia entre especies no es una base éticamente defendible para tener menos consideración por los intereses de un ser sensible que los que damos a intereses similares de un miembro de nuestra propia especie. David DeGrazia defiende hábilmente la consideración equivalente para todos los seres sensibles en el libro Taking Animals Seriously. Una posición de ese tipo precisa no dar por sentada una aceptación previa de nuestra visión habitual respecto de los derechos humanos –visión que, a pesar de estar extendida, puede ser rechazada, especialmente una vez que se extraen sus implicaciones respecto de los animales, como lo hace Cavalieri. Mientras que el principio de consideración equitativa de los intereses está más solidamente basado que en el argumento de Cavalieri, sin embargo debe enfrentar las dificultades que se derivan del hecho de que sean los intereses, y no los derechos, el foco de atención en este caso. Eso requiere que consideremos cuán variables e ilimitados son los intereses en diferentes circunstancias.
Para tomar un caso de significación ética particular: el interés que tiene un ser en una vida que se desarrolla en el tiempo –y por consiguiente, desde el punto de vista de los intereses, lo equivocado de quitarle la vida a ese ser– dependerá, en parte, del hecho de que el ser sea consciente de sí mismo como entidad existente en el tiempo, y de que sea capaz de formar deseos orientados a futuro que le den algún tipo de interés particular en continuar viviendo. Hasta este punto Roger Scruton está en lo cierto respecto de nuestras actitudes frente a la muerte de miembros de nuestra propia especie que carecen de estas características. Lo vemos como menos trágico que la muerte de un ser orientado hacia el futuro y cuyos deseos de hacer cosas en el mediano y largo plazo se verán, por consiguiente, truncados si él o ella muere[16]. Pero esto no es una defensa del especismo, porque implica que matar a un ser consciente de sí mismo, como un chimpancé, causa una pérdida mayor que matar a otro ser con una discapacidad intelectual tan severa que excluya la capacidad de formular deseos a futuro.
Entonces tenemos necesidad de preguntarnos qué otros seres tengan quizás esta clase de interés en vivir en el futuro. DeGrazia combina intuiciones filosóficas e investigación científica para ayudarnos a resolver ese tipo de preguntas acerca de especies de animales en particular, pero en general deja lugar a dudas, y los cálculos que se requieren para aplicar el principio de consideración equitativa de los intereses, si es que se pueden hacer, sólo pueden ser aproximados. Sin embargo, quizás esa sea simplemente la naturaleza de nuestra situación ética, y las visiones basadas en los derechos evitan ese tipo de cálculos al costo de dejar afuera algo relevante para lo que debemos hacer.
El agregado más reciente a la literatura sobre el movimiento por los animales provino de una zona sorpresiva, una zona profundamente hostil a cualquier discusión acerca de la posibilidad de justificar el asesinato de seres humanos, no importa cuán severamente dañados puedan estar. En el libro Dominion: The Power of Man, the Suffering of Animals, and the Call to Mercy, Matthew Scully, un cristiano conservador, antiguo editor de literatura de la revista National Review y luego autor de los discursos del presidente George W. Bush, escribió un elocuente y polémico texto contra el abuso de los animales por parte de los humanos que terminaba con una descripción devastadora de las granjas industriales.
Como el movimiento por los animales fue generalmente asociado, en los últimos treinta años, con la izquierda, es curioso ver ahora a Scully tematizar muchos de los mismos puntos dentro de la perspectiva del derecho cristiano, lleno de referencias a Dios, interpretaciones de las escrituras y ataques al “relativismo moral, el materialismo centrado en sí mismo, el libertinaje que se justifica a sí mismo como libertad, y la cultura de la muerte”[17], pero esta vez apuntando a condenar no crímenes sin víctimas, como la homosexualidad o el suicidio clínicamente asistido, sino el sufrimiento innecesario infligido por las granjas industriales y los modernos mataderos. Scully apela a nosotros para que mostremos piedad frente a los animales y abandonemos los modos en que los tratamos, modos que fallan en respetar su naturaleza de animales. El resultado es un trabajo que, aunque no sea filosóficamente riguroso, tuvo una notable y favorable recepción en la prensa conservadora, en general desdeñosa con los defensores de los animales.
II
La historia del movimiento animal moderno ofrece un buen contraejemplo al escepticismo respecto del impacto de los argumentos morales en la vida real[18]. Como observan James Jasper y Dorothy Nelkin en The Animal Rights Crusade: The Growth of a Moral Protest, “Los filósofos sirvieron de parteros para los movimientos por los derechos de los animales en la última parte de la década de 1970”[19]. La primera protesta exitosa contra los experimentos realizados con animales en Estados Unidos fue la campaña de 1976-1977 contra los experimentos llevados a cabo en el Museo Estadounidense de Historia Natural respecto del comportamiento sexual de gatos mutilados. Henry Spira, que concibió y llevó adelante la campaña, tenía antecedentes de trabajo dentro de movimientos de derechos civiles y sindicales, y no había considerado, hasta que leyó el artículo de 1973 en la New York Review of Books, que los animales también merecieran la atención de aquellos que se ocupaban de la explotación de los débiles. Spira avanzó hasta ocuparse de objetivos de envergadura, como la prueba de cosméticos con animales. Su técnica era hacer blanco en una corporación importante que usara animales –en la campaña cosmética, comenzó con Revlon– y luego les pedía que diera pasos razonables tendientes a encontrar alternativas al uso de los animales. Siempre con la intención de entablar un diálogo y no de penar a los abusadores de los animales como si fueran sádicos diabólicos, tuvo notable éxito en estimular el interés en el desarrollo de otros caminos para probar los productos que supusieran la utilización de animales, o que recurrieran a menos animales y de modos menos dolorosos[20].
Parcialmente como resultado de su trabajo, hubo también un considerable descenso en el número de animales usados en investigación. Las estadísticas oficiales británicas muestran que hoyen día se utiliza apenas la mitad de los animales que se usaban en 1970. Las estimaciones para Estados Unidos –donde no se llevan estadísticas oficiales– sugieren una evolución similar. Desde la posición de una ética no especista, todavía falta un largo camino que recorrer respecto de los animales usados en investigación, pero el cambio que introdujo el movimiento por los animales implica que cada año muchos menos animales se ven forzados a pasar por procedimientos dolorosos y muertes lentas.
El movimiento animal tiene también otros éxitos en su haber. A pesar de que la industria afirme que “volvieron las pieles”, las ventas de pieles todavía no recuperaron los niveles de la década de 1980, cuando el movimiento por los animales comenzó a hacer su blanco en ellas. Desde 1973, momento en que se duplicaron las personas que tenían gatos y perros, el número de animales callejeros y no queridos asesinados en perreras y refugios se redujo en más de la mitad[21].
Estas modestas ganancias son pequeñas, sin embargo, si se considera el enorme aumento de animales que se mantienen encerrados, algunos atados tan fuertemente que son incapaces de estirar sus patas o caminar incluso un paso o dos en las granjas industriales de Estados Unidos. Esto es, de lejos, la mayor fuente de sufrimiento infligido por seres humanos a animales, simplemente porque los números en juego son enormes. Los animales utilizados en experimentos se cuentan en decenas
de millones por año, pero el año último, sólo en Estados Unidos, diez billones de aves y mamíferos fueron criados y asesinados para alimentación. El incremento respecto de los años anteriores, de alrededor de 400 millones de animales, es mayor que el número total de animales asesinados en Estados Unidos en perreras y refugios, sumando los asesinados para la investigación y la explotación de pieles. La abrumadora mayoría de esos animales criados industrialmente viven hoy sus vidas completamente puertas adentro, sin conocer jamás el aire fresco, la luz del sol o la hierba hasta que son arrastrados al matadero.
El movimiento por los animales fue impotente hasta hace bastante poco contra el confinamiento y matanza de animales de granja en Estados Unidos. El libro de Gail Eisnitz, Slaughterhouse [Matadero], de 1997, contiene informes espeluznantes y bien autenticados respecto de animales que fueron desollados y desmembrados cuando aún estaban conscientes en los mayores mataderos estadounidenses[22]. Si estos incidentes hubiesen sido documentados en Gran Bretaña, hubieran llegado a constituir notas de importancia en la prensa y el gobierno nacional se habría visto obligado a hacer algo al respecto. Aquí el libro pasó virtualmente inadvertido fuera del movimiento a favor de los animales.
La situación es muy diferente en Europa. Los estadounidenses han menospreciado muchas veces a algunas naciones europeas, especialmente a los países mediterráneos, porque toleraban la crueldad respecto de los animales. Ahora la mirada acusatoria corre en sentido contrario. Incluso en España, que tiene una cultura establecida alrededor de la corrida de toros, muchos animales son mejor cuidados que en Estados Unidos. En el año 2012 se solicitará a los productores europeos de huevos que den a sus gallinas una percha y un lugar para anidar donde puedan soltar sus huevos, y a dejar como mínimo 750 cm2, o 120 pulgadas cuadradas, por ave –cambios radicales que transformarán las condiciones de vida de más de doscientos millones de gallinas. Los productores de huevos de Estados Unidos ni siquiera comenzaron a pensar en perchas o sitios para anidar, y en general dan a sus gallinas adultas sólo 48 pulgadas cuadradas, o sea más o menos la mitad de la superficie de una hoja de papel tamaño carta de 81/2 x 11 pulgadas para cada ave[23].
En Estados Unidos, las terneras parturientas se mantienen deliberadamente anémicas, privadas de paja para echarse, y se las confina en nichos individuales tan angostos que ni siquiera pueden darse vuelta. Este sistema para tener animales preñados fue ilegal en Gran Bretaña durante muchos años, y ya es ilegal en toda la Unión Europea. Dejar a las cerdas preñadas en nichos individuales durante toda la gestación, lo cual es la práctica corriente en Estados Unidos, fue prohibido en Gran Bretaña en 1998 y hoy está siendo eliminado paulatinamente en Europa. Estos cambios tienen un amplio apoyo y el respaldo de los líderes europeos expertos en el bienestar de los animales de granja. Son una vindicación de mucho de lo que los defensores de los animales han venido diciendo en los últimos treinta años.
¿Están menos preocupados los estadounidenses por el sufrimiento animal que sus contrapartes europeas? Quizá, pero en el libro Political Animals: Animal Protection Policies in Britain and the United States, Robert Garner explora varias explicaciones diferentes y posibles para la brecha creciente entre ambas naciones[24]. En comparación con el británico, el proceso político de Estados Unidos es más corrupto. Las elecciones son muchas veces más costosas –la elección británica completa de 2001 costó menos que lo que John Corzine gastó para ganar una simple banca en el senado norteamericano en el año 2000. Como el dinero juega un rol mayor, los candidatos estadounidenses son más contemplativos con sus donantes. Lo que es más, la recaudación de fondos en Europa es realizada en su mayor parte por los partidos políticos, no por los candidatos individuales, lo que hace que sea más abierta al escrutinio público y hace más probable que se produzca una reacción violenta contra el partido entero si se lo percibe asociado al bolsillo de alguna industria en particular. Estas diferencias permiten a la industria agroalimenticia un control mucho mayor sobre el congreso norteamericano del que puede soñar en tener sobre los procesos políticos en Europa.
Coherentemente con esta explicación, las más exitosas de las campañas estadounidenses –como la campaña de Henry Spira contra el uso de los animales para testear cosméticos– se han concentrado en las corporaciones más que en la legislatura o el gobierno. Recientemente se vio un rayo de esperanza proveniente de un agente poco probable para el cambio. Luego de prolongadas discusiones con los defensores de los animales comenzadas por Henry Spira antes de su muerte, y luego continuadas por el grupo “Personas por el Tratamiento Ético de los Animales”, McDonald’s aceptó pautar y cumplir estándares más altos para los mataderos que le proveían carne, y luego anunció que iba a solicitar a sus proveedores de huevos que suministraran a cada gallina un mínimo de setenta y dos pulgadas cuadradas de espacio para vivir –una mejora del 50 por ciento para la mayor parte de las gallinas estadounidenses, pero todavía apenas suficiente para aproximar a esos productores hasta un nivel que ya está siendo superado en Europa. Las cadenas Burger King y Wendy’s siguieron el ejemplo. Estos pasos fueron los primeros signos esperanzadores para los animales de granja estadounidenses desde que comenzó el movimiento moderno por los animales.
Un triunfo todavía mayor fue logrado en noviembre pasado recurriéndose a otro camino: el referendum iniciado por la ciudadanía. Con apoyo de una cantidad de organizaciones nacionales por los animales, un grupo de activistas por los animales en al estado de Florida logró reunir 690.000 firmas para someter a votación una propuesta de cambio de la Constitución de ese estado, de modo tal de eliminar la posibilidad de mantener a las cerdas preñadas en nichos tan angostos que ni siquiera pudieran darse vuelta. Cambiar la Constitución es el único modo en el que los ciudadanos pueden tener un voto directo sobre una medida en Florida. Los que se oponían a la medida, obviamente mal dispuestos a argumentar que los cerdos no necesitan poder darse vuelta o caminar, trataron en cambio de persuadir a los votantes de Florida que el confinamiento de cerdos no era un tema apropiado para la Constitución del estado. Pero con una ventaja de 55 a 45 por ciento, los votantes dijeron “no” a los nichos para las cerdas e hicieron entonces de Florida la primera jurisdicción de los Estados Unidos en eliminar una de las formas principales de confinamiento de los animales de granja. A pesar de que Florida tiene sólo un pequeño número de criaderos intensivos de cerdos, el voto sostiene la idea de que no es el corazón duro ni la falta de simpatía por los animales, sino una falla de la democracia, lo que causa que Estados Unidos esté tan rezagado respecto de Europa en abolir los peores rasgos de las granjas industriales.
III
Mi artículo original en The New York Review of Books finalizaba con un párrafo que veía el desafío propuesto por el movimiento por los animales como una prueba para la naturaleza humana: “¿Puede tener éxito una demanda de este tipo, puramente moral? Las apuestas le jugaban en contra. El libro [Animals, Men and Morals] no incentiva esta idea. No nos dice que vamos a convertirnos en más saludables, o que disfrutaremos más de la vida, si dejamos de explotar a los animales. La liberación animal va a requerir un enorme altruismo por parte de la humanidad, más que cualquier otro movimiento de liberación, desde el momento en que los animales son incapaces de pedirlo por ellos mismos, o de protestar contra su explotación por medio de votos, marchas o bombas. ¿Es capaz el hombre de ese tipo de altruismo genuino? ¿Quién sabe? Si este libro tiene un efecto significativo, sin embargo, será una reivindicación de aquellos que creyeron que el hombre tiene dentro de sí el potencial para algo más que la crueldad y el egoísmo”.
Entonces, ¿lo hemos hecho? Tanto los optimistas como los cínicos acerca de la naturaleza humana pudieron ver los resultados como confirmadores de sus puntos de vista. Han ocurrido cambios significativos en las pruebas científicas realizadas con animales y en otras formas de abuso de los animales. En Europa, industrias enteras están siendo transformadas a causa de la preocupación del público por el bienestar de los animales de granja. Quizás lo más alentador para los optimistas es el hecho de que millones de activistas entregaron libremente su tiempo y su dinero para apoyar el movimiento por los animales, y muchos de ellos cambiaron su dieta y estilo de vida para evitar respaldar abusos respecto de los animales. El vegetarianismo e incluso el veganismo (el hecho de evitar todo producto de origen animal) están mucho más extendidos en América del Norte y Europa de que lo que estaban hace treinta años, y aunque es difícil saber cuánto de esto habla de la preocupación por los animales, sin duda algo tiene algo que ver.
Por otro lado, a pesar del curso favorable del debate filosófico acerca del estatuto moral de los animales, la visión popular respecto del tema todavía está muy lejos de adoptar la idea básica de que los intereses de todos los animales deben recibir una consideración similar, independientemente de la especie. La mayor parte de la gente todavía come carne, compra lo que es más barato e ignora el sufrimiento del animal cuya carne come. El número de animales consumidos es mucho mayor hoy que hace treinta años y la prosperidad creciente de Asia oriental está creando una demanda de carne que amenaza con elevar ese número todavía mucho más. Mientras tanto las reglas de la Organización Mundial de Comercio amenazan los avances en el bienestar animal, desde el momento en que deja en duda el hecho de que Europa pueda mantener sus importaciones provenientes de países con estándares más bajos. En síntesis, la conclusión que hasta ahora puede extraerse indica que como especie somos capaces de una preocupación altruista por otros seres, pero la información incompleta, los intereses poderosos y un deseo de no conocer ciertos hechos perturbadores han limitado las ganancias obtenidas por el movimiento por los animales.
Traducción de Margarita Martínez
Notas
[1] Artículo publicado en la revista The New York Review of Books nº 8 del Volumen L, el 15 de mayo de 2003.
[2] Filósofo australiano. Profesor Titular de la cátedra de Ética en la Universidad de Princeton.
[3] Publicado por Taplinger en New York, 1972.
[4] Peter Singer. Animal Liberation. New York, New York Review/Random House, 1975; edición revisada, New York Review/ Random House, 1990; reeditada con un nuevo prefacio, Ecco, 2001.
[5] Charles Magel. Keyguide to Information Sources in Animal Rights. Londres, McFarland, 1989.
[6] Véase, por ejemplo, de Carl Cohen, “The Case for the Use of Animals in Biomedical Research”, en New England Journal of Medicine, Volumen 315, 1986, páginas 865 a 870; y de Michael Leahy, Against Liberation: Putting Animals in Perspective. Londres, Routledge, 1991.
[7] Véase, de Mary Midgley, Animals and Why They Matter. Athenas, University of Georgia Press, 1984; de
Jeffrey Gray, “On the Morality of Speciesism”, Psychologist, Volumen 4, nº 5, de mayo de 1991, páginas 196 a 98, y “On Speciesism and Racism: Reply to Singer and Ryder”, Psychologist, Volumen 4, nº 5, de mayo de 1991, páginas 202 y 203; y de Lewis Petrinovich, Darwinian Dominion: Animal Welfare and Human Interests. Cambridge, MIT Press, 1999.
[8] Lewis Petrinovich. Darwinian Dominion: Animal Welfare and Human Interests. Op. cit., página 29.
[9] Robert Nozick. “About Mammals and People”, en The New York Times Book Review del 27 de noviembre de 1983, página 11. Sobre esto, me baso en el artículo de Richard I. Arneson: “What, If Anything, Renders humans Morally Equal?”, en Singer and His Critics. Compilado por Dale Jamieson. Oxford, Blackwell, 1999, página 123.
[10] Peter Carruthers. The Animals Issue: Moral Theory in Practice. Cambridge, Cambridge University Press, 1992.
[11] Daniel Dombrowski. Babies and Beasts: The Argument from Marginal Cases. Urbana, University of Illinois Press, 1997.
[12] Véase, por ejemplo, de Peter Carruthers, The Animals Issue. Op. cit.
[13] Aristóteles. Politics. London, J.M. Dent and Sons, 1916, página 16.
[14] (N. de la T.) Sobrenombre popular de Mary Mallon (1869-1938), la primera persona en ser catalogada, en Estados Unidos, como portadora sana de fiebre tifoidea.
[15] Como argumentó el propio Dworkin respecto de la detención de presuntos terroristas; véase “The Threat to Patriotism”, en The New York Review of Books, 28 de febrero de 2002.
[16] Véase, de mi autoría, Practical Ethics. Cambridge, Cambridge University Press, 1993, especialmente el  capítulo 4.
[17] Citado del artículo de Kathryn Jean Lopez, “Exploring ‘Dominion’: Matthew Scully on Animals”, publicado en la revista National Review Online, el 3 de diciembre de 2002.
[18] Véase, por ejemplo, de Richard A. Posner. The Problematics of Moral and Legal Theory. Cambridge, Belnap Press/Harvard University Press, 1999.
[19]  New York, Free Press, 1992, página 90.
[20] Véase, de Peter Singer. Ethics into Action: Henry Spira and the Animal Rights Movement. Lanham, Rowman and Littlefield, 1998.
[21] The State of the Animals 2001, editado por Deborah Salem y Andrew Rowan. Humane Society Press, 2001.
[22] New York, Prometheus, 1997.
[23] Véase, de Karen Davis. Prisoned Chickens, Poisoned Eggs: An Inside Look at the Modern Poultry Industry. Summertown, Book Publishing Company, 1996.
[24] New York, Saint Martin’s, 1998.
Otros libros relacionados:
Walden o La vida en los bosques – Henry D. Thoreau
Los derechos de los animales – Henry S. Salt
Tras la sonrisa del delfín. El hombre que decidió devolver a los delfines a su hábitat natural – Richard O’Barry con Keith Coulbourn
Historia de la alimentación – Jean-Louis Flandrin & Massimo Montanari
El país del hambre – Piero Camporesi
Historia natural y moral de los alimentos (9 tomos) – Maguelonne Toussaint-Samat
El café. Historia de la semilla que cambió el mundo – Mark Pendergrast
El hambre. Una historia moderna – James Vernon
Obesos y famélicos. Gobalización, hambre y negocios en el nuevo sistema alimentario mundial – Raj Patel
De compras en el Renacimiento. Culturas del consumo en Italia 1400-1600 – Evelyn Welch
Monsanto. De la dioxina a los OGM. Una multinacional que les desea lo mejor – Marie-Monique Robin
Sal. Historia de la única piedra comestible – Mark Kurlansky
El mundo de los caníbales – Christian Spiel
Una cena con Calígula. El libro de la cocina depravada – Medlar Lucan & Durian Gray
La bodega del mundo. La vid y el vino en España (1800-1936) – Juan Pan-Montojo

 

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