Una vida encantada – Mary McCarthy

Una vida encantada – Mary McCarthy

Estado: nuevo.

Editorial: El Aleph.

Precio: $120.

Ambientada en el círculo sofisticado y snob de la bohemia literaria y artística de la Nueva Inglaterra de los años cincuenta, Una vida encantada gira en torno a Martha Sinnot, una joven casada en segundas nupcias. En us primer matrimonio, y a pesar de su carácter independiente y libre de prejuicios, Martha se vio unida a un hombre mucho mayor que ella al que se entregó sin ilusión ni amor. Tras esa amarga experiencia han pasado siete años de vida conyugal con el segundo esposo, al que se siente estrechamente unida. Sin embargo, la vuelta a la pequeña ciudad que pensó dejar para siempre al cerrar su primer matrimonio y su reencuentro con el exmarido desembocan en una situación de aparente callejón sin salida. Tal enredo provoca en el alma de la protagonista un deseperado sentimiento de protesta y rebeldía ante las leyes de una naturaleza y un azar injustos. Éste es el punto de partida de un drama desgarrador e hiriente que describe la lucha de una mujer por ser dueña de su propio destino.
Conversando con mis tías
Tomás Abraham
Hannah y Mary se conocieron en 1944 en uno de esos departamentos neoyorquinos en los que los tragos estimulaban las discusiones políticas y los chismes culturales. Mary ofendió a Hannah. La casa era de Philip Rahv, escritor judío-ucraniano, uno de los directores de Partisan Review, la revista en la que colaboró Mary con sus crónicas teatrales. Sucedió que Mary hizo una broma provocativa, y no le salió bien. Fue culpa de Hannah. Si ella no hubiera estado presente, el incidente no habría tenido ningún relieve. Los huéspedes ya conocían la malicia de Mary y su desenfado amoral. Le quedaba bien, muy bien a sus ojos, a su sonrisa y a su sexualidad irlandesa. Pero a Hannah le importaba poco el brillo de las reuniones sociales. Era una mujer afable pero poco dispuesta al histrionismo de vernissage.
El comentario de Mary sobre los esforzados intentos de Hitler en atraerse la simpatía de los franceses, su sarcasmo cuando califica de “pobre” a Hitler, “que busca el amor de sus nuevas víctimas”, le valió una recriminación de Hannah. Fue una admonición para colocar las cosas en su lugar. Le dijo que era particularmente irritante que se bromeara con tan mal gusto frente a alguien que, como ella, había sido cautiva de un campo de concentración nazi. Mary se disculpó.
Sólo unos años después de este desafortunado incidente, en una caminata nocturna al subte luego de otra reunión, Hannah le confesó a Mary que jamás había estado en un campo de concentración.
¿Cuál fue la alquimia secreta de esta amistad? No son sólo dos mujeres, son dos damas, dos fuerzas, dos guerreras, una multiplicidad de entes multiplicados por dos. La singularidad de cada una es irreductible. Vienen de mundo lejanos, constrastados. Nacieron con pocos años de diferencia. Hannah en 1906 y Mary en 1912. Sus territorios son parte de mundos distintos, una es de EE.UU, entre Philadelphia y Maine; y la otra es de Königsberg con filial en Berlín, Alemania. La formación y el medio intelectual son dos bombas a presión y ruidosas. Una expeliendo la cultura de los “twenties” en Nueva York, la otra destilando una época de plena transformación filosófica en Marburgo y Heidelberg.
Mary se zambulle en la protesta cultural de los “radicals” norteamericanos entre anarquistas, trotskistas y comunistas, Hannah transita toda la amalgama que va desde el kantismo ético, la Ilustración filosófica de la Haskalá judía, hasta los brotes del nacionalismo alemán que llega al poder con el nazismo en 1933.
Su amistad es el cruce entre la literatura norteamericana y la filosofía alemana y esto a pesar del lugar que cada una ocupa en su ámbito de expresión. Son dos cabezas que chocan, dos lenguas que hablan en un mismo recinto, dos tradiciones y dos bastardías. Sigue la palabra “dos” pero cuando se trata de mundos cada cardinal aporta una historia, una geografía y una demografía. Son dos hormigueros.
Debo agregar que son bellezas, especialmente para un varón que las mira arrobado, aunque sea un sobrino. Una belleza que transita las palabras que escribieron, lo que dijeron y pensaron, y que se muestra en las fotos. Heroínas de cien escenas y mil batallas, acepto el carácter impúdico de este inevitable homenaje adolescente. Estoy enamorado de mis tías, sé que esta pasión hoy anacrónica no lo era tanto en épocas en que las familias se visitaban con más frecuencia.
Trataré de sublimar esta ofrenda pueril con la adultez de la disquisición erudita, pero insisto en mis sentimientos porque lo considero no sólo un acto de sinceridad sino de libertad. Y el atrevimiento social que plasmo en este escrito es un legado de ellas, me lo enseñaron también ellas, fueron mis tías las que con el ejemplo de sus vidas y de sus escritos me inspiran esta lucha contra el temor al ridículo, y a la risa madura de la censura. Nadie puede acusarme de amarlas, no se ama con una calculadora sino con babero y pañal, y más si se trata de seres insignes.Aunque no todo el mundo opine así, me refiero a la majestad de su talento intelectual.
Además, y lo considero relevante, fueron mujeres del amor a un hombre, y no me refiero a los hombres, todo lo contrario de un humanismo nulo y casto, sino mujeres de un solo hombre, esposas y amantes. En una historia de la filosofía en la que transitan hasta el hartazgo misóginos de todas las especies, solterones cobardes, puritanos perfumados con desodorante de ambiente, y pederastas idealistas, cada vez que se tiene la extrañísima ocasión de ver brotar a una mujer filósofa, siempre la vemos encaminada a un martirologio de convento, al suicidio o la triste muerte. Por eso un caso filosófico como el de mi tía Hannah es una rara flor del amor de una mujer hacia su hombre. Que fueron varios.
Pero muchos menos que Mary, que en algunos momentos de su vida fue llevada por la desesperación a camas sin nombre. En realidad éste es un epitafio estúpido, no se trata de nada macabro ni tan solemne, hizo el amor de un modo sexual, lo que no es un crimen. Un amor con anécdota y sin símbolos, pasajero, fulminante, olvidable.
Las dos eran muy diferentes, pero tenían sus intersecciones. Una de estas zonas comunes estaba constituida por aquello que buscaban en un hombre. A las dos las atraía en un hombre que fuera un hombre, y para ellas hombre no era un concepto del Quattrocento ni el Hijo de Dios ni la criatura de cualquier pastoral. Un hombre era un ser que respiraba lo masculino, un ser de un solo género, como Jim para mi tía Mary y Heinrich para la tía Hannah.
Quiero decir que Hannah y Mary son emblemas de mujer, la mujer bicéfala que amo, la mejor composición erótica y metafísica. A Mary le gustaba ser ama de casa. Recibía a su hombre, a su marido, con la cena caliente y exquisita. Regaba las plantas, le encantaba la jardinería, lavaba, planchaba, se hacía cargo de las planillas de impuestos, hacía las compras, esto con Jim, no con los otros, y menos con nuestro conocido Edmund Wilson, “esa vieja” como a ella le gustaba evocar.
Hannah se mostraba frágil con Heinrich, exponía sus dudas, toda su inseguridad. Le leía sus manuscritos, solicitaba su protección, adoraba su desapego y su resignación intransigente. Hannah decía en alemán gleichgültigkeit, que traducen al inglés por carelessness, una planta extraña en el herbario de la despreocupación y de la fobia al sentimentalismo.

 

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